Al primero que cruzo la puerta le pegamos dos tiros de bienvenida. Tal fue nuestra puntería que los sesos y la sangre se desparramaron por todos lados, cegando a los que venían detrás y regalándonos unos segundos que no teníamos. La hija del Dr. Blank supo cómo aprovecharlos. Cogió la única silla de la habitación y la lanzó contra la ventana, reventándola en mil pedazos. Después, sin dudarlo, salto por ella. Recuerdo que pensé: «Joder, ha saltado…», pero mi cerebro no tuvo tiempo de procesar nada más, pues nuestros inesperados invitados ya se abalanzaban de nuevo en la angosta habitación. Yo también salté, por pura fe, sin saber que había más allá. Independientemente del resultado, sería mucho mejor que quedarme en aquel infierno y que me atraparan vivo.
En apenas unos instantes sentí el golpe contra la arena, amortiguado por el rodar duna abajo. La ventana desde la cual nos habíamos lanzado estaba en la cuarta planta del hotel, mirando hacia el este. El desierto había hecho su trabajo, día a día, grano a grano, acumulando parte de su inmenso cuerpo contra la parte trasera del tugurio; la duna por la cual rodábamos llega casi a la tercera planta. Al volver a la verticalidad ella ya corría, atravesando las arenas, sin mirar atrás. Yo la seguí, pues, en el fondo, esa era la única opción si deseaba continuar siendo yo mismo.
No sé cuanto tiempo corrimos, pero cuando nos detuvimos estábamos exhaustos. El sol tampoco ayudó, abrasándonos con su inclemente fuerza y dejando un anochecer bermellón a nuestras espaldas. Nuestro destino resultó ser otro tren, compuesto en está ocasión por locomotora y dos vagones de mercancías. Al acercarnos, un ruso con la cara marcada por la viruela y semidesnudo, nos saludó con un seco gesto de cabeza al tiempo que nos apuntaba con un Mauser noventa y ocho.
—¡Quietos! No mover —su fuerte acento era reflejo del bajo dominio que poseía de un idioma que le era ajeno. —Si dar un paso, morir.
—Yuri, Baja el arma —dijo ella—. ¿acaso estás más loco que cuando me fui?
—¿Jane? ¡Ah!... No vas engañar a Yuri Popov, por mucho que tener misma cara que Jane.
Nos apuntó con el fusil, y sus intenciones eran claramente hostiles.
—¡Yuri! ¡Baja el puto arma! —la voz pertenecía a otro hombre, pero a diferencia del que nos recibía con tan poca confianza, este no parecía ruso. Fuera de donde fuera, se mostraba calmado, pero, a diferencia de su compañero, no mostraba la misma calma fría propia de quien está a punto de apretar el gatillo sin importar la vida que arrebate.
—¿Dónde nos conocimos, Jane? —preguntó el hombre, mientras su mano se acercaba a la empuñadura de un revolver a juego con los nuestros.
—Hace más de veinte años, en el bosque, cerca de la base donde habían destinado a nuestros padres. Tu estabas cubierto de mierda de los pies a la cabeza, porqué, al creerte capaz de logar lo que ningún niñato mocoso había conseguido nunca tú serías mejor que los demás. Aquel día supe que había encontrado a alguien digno de ser mi amigo.
El hombre sonrió, apartando la mano del revolver a tiempo que Baja el cañón del fusil de Yuri.
—Veo que has encontrado el juguete favorito de tu padre. Vamos, tenemos que largarnos antes de que nos encuentren.
Mirando al ruso, dijo.
—Yuri, arranca este trasto, nos largamos.
El ruso, sin dejar de mostrar sus amarillentos dientes, respondió.
—Nadie mandar Yuri que hacer… pero Yuri querer volver casa, así que Yuri llevar.
Nos subimos al último vagón. El hombre del revolver nos ayudó, ofreciéndonos su mano como apoyo.
—Me llamo Daniels, Daniels O’Hara —me dijo sonriendo—. Bienvenido a la resistencia.
El tren comenzó a moverse, haciendo rechinar hasta el último hierro que lo conformaba. Me metí en el vagón, buscando un lugar donde poder descansar y pensar en todo lo que había pasado. Apenas había sitio, pues estaba ocupado por un enorme bulto envuelto en una lona de cuero y atado con varias cuerdas. Jane estiro la mano hacia el bulto, con la evidente pregunta asomando por sus labios. O’Hara simplemente se la agarró, negando con la cabeza. Yo hice como si no hubiera visto nada, preguntándome cual sería la próxima sorpresa.
1 Hall.
Estaís cansados, cansados y perdidos. Después de todo el día caminando, de los larguísimos y enormes pasillos del aeropuerto a los larguísimos y estrechospasillos del tren subterráneo, de allí al gigantesco y moderno centro de congresos. Después de horas caminando por las espaciosas salas del edificio de congresos, por fin al hotel. Un hotel no tan moderno, pero igualmente gigantesco, en la parte antigua de la ciudad. Pero en algún momento, entre el garage y la recepciónparace que habéis tomado el camino equivocado, y ahora todo el grupo mira con extrañeza los pasillos enmoquetados y el sin fin de pasillos laterales, depuertas cerradas y enormes espejos decorativos, por los que avanzáis, sin acabar de saber muy bien si alguna escalera mecánica o hall de recepción os espera..
-Parece que hemos tomado el camino de las cocinas.. -Comenta alguno no muy convencido. -El móvil no tiene cobertura, que raro.. -Dice una voz femenina.-Pues yo tengo hambre! -dice otro con voz alegre.
Qué hacemos?:
a.) Intentamos llegar a las cocinas, si es que este es el camino. Ir al nº 5.b.) Intentamos volver a Bajar al parking, regresando por donde vinimos.. Ir al nº 6.c.) Buscamos un ascensor o escalera mecánica para llegar a la recepción del hotel. Ir al nº 7.
2 Perdidos.
Decidís separaros. Camináis durante lo que os parecen incontables horas entre salas y pasillos que parecen iguales, alucináis por el hambre y la sed. No volvéis a encontraros nunca más unos a otros.. Ir a nº 99.
3 El soñador.
Os encontráis con un extraño individuo, calvo, vestido con un pijama y con cara de acabarse de levantar de una larga siesta. Os mira con ojos entrecerrados.- No sé si estoy soñando, o si he estado caminando en sueños, pero no sé donde estoy.. - comenta mientras parece intentar orientarse.
a.) Tomando unas puertas de emergencia que solo se abren desde este lado, intentamos acceder al parking. Ir a nº 9.b.) Intentamos despertar al soñador, o al menos que nos indique por donde salir.. Ir a nº 33.c.) Volvemos por donde vinimos.. Ir a nº 4 .
4 El agente SCP.
Os encontráis un hombre vestido con un traje negro, parece un camarero. Os alegráis mucho de verlo, alguno y alguna incluso corre hacia él. El hombre levantalas manos lentamente y sonríe levemente. A continuación se lleva una mano al bolsillo interior de la americana y saca una identificación que os muestra diciendo-No se preocupen, amigos. Estoy aquí para ayudarles, pero deben escucharme con atención. Se han visto ustedes involucrados en un hecho que desafía la lógica y larazón. No deben preocuparse, no corren ningún peligro.. al menos todavía. Deben acompañarme y les conduciré de nuevo a su hotel o al menos hasta un taxi.
a.) Acompañamos al agente del SCP. Ir a nº 11.b.) Pasamos de este tío salido de expediente X, y buscamos nosotros nuestro propio camino. Ir a nº 10.c.) Seguimos buscando por las habitaciones. Ir a nº 8.
5 Las cocinas.
Llegaís a lo que parece un área de servicio para restauración, pero está todo cerrado. Carritos metálicos vacíos, enormes puertas de cámaras frigoríficascerradas con candados. Verjas metálicas cubriendo pequeñas barras de bar incrustadas en los muros. Todo esta iluminado por enormes fluorescentes debaja potencia, que se reflejan levemente en el suelo embaldosado de blanco. Seguís avanzando, pero solo encontráis otras zonas de servicio que parecen cerradas..
a.) Bajamos hacia lo que parecen lavanderías o zonas de desagües. Ir a nº 13.b.) Intentamos encontrar el acceso a las plantas superiores, o un ascensor. Ir a nº 7.c.) Intentamos comer algo, ya que estamos aquí. Ir a nº 21.
6 Cruce de caminos.
Camináis por el suelo de moqueta entre pasillos con puertas cerradas y enormes espejos del suelo hasta el techo. Estos crean un efecto de amplitud, pero también mucha confusión en la orientación con los pasillos llenos de puertas.
a.) Miramos por los pasillos a ver si alguna puerta se abre o hay alguien. Ir a nº 4.b.) Continuamos adelante, bueno, hacia atrás, si es que esto es atrás.. Ir a nº 3.c.) Nos hacemos la picha un lío. Ir a nº 7.
7 El ascensor.
Por fin encontráis un par de ascensores. Uno de ellos tiene las puertas abiertas, pero cuando entráis veis que los botones no responden ni las luces seiluminan al pulsarlos..
a) Intentamos darle al botón de la campanilla o de emergencia, a ver si alguien responde. Ir a nº 15.b) Intentamos arreglar nosotros el ascensor. Ir a nº 16 .c) PELIGRO. Nos metemos todos y saltamos a ver si Baja.. o cae. Ir a nº 17 .
8 El cuarto de las escobas.
Encontráis, tras una puerta abierta, lo que parece un almacén de la limpieza. Viejas taquillas metálicas, cubos y fregonas en un rincon, papeleras, un lavavoy algo muy extraño.. Donde debería estar el espejo no hay nada, pero nada, ni siquiera una pared. Un agujero cuadrado, del tamaño que ocuparía un espejo, seadentra en el muro sin que se vea un final, solo oscuridad..
a.) Nos metemos por el pasadizo en la pared, qué demonios! Ir a nº 22.b.) Salimos por la puerta que hay al otro extremo del almacén. Ir a nº 10.c.) Investigamos más puertas en los pasillos con espejos. Ir a nº 7.
9 Las sombras.
Tras las puertas solo hay oscuridad. La poca luz que entra no alcanza el final de la sala. Os adentráis en la oscuridad para intentar alcanzar al otro lado..De repente, os parece ver unas sombras más oscuras que la penumbra por donde camináis, pero con las luces de los móviles no se ve a nadie. Al fin alcanzáisa ver unas paredes. Muebles apilados y cubiertos de lonas son lo único que hay en la sala. Una puerta cerrada se encuentra al fondo.
a.) Investigamos la puerta. Ir a nº 24.b.) No habéis visto esas sombras? Vamonos de aquí cagando leches! Ir a nº 10.c.) Vamos a cazar sombras! Ir a nº 29.
10 Recepción.
Por fin encontráis un amplio vestidor, con hermosas columnas y alfombras frente a un mostrador. Pero las luces están atenuadas y parece no haber nadie, las puertasexteriores están cerradas y solo oscuridad se ve por los ventanales que dan al exterior. Unas grandes escaleras parten del centro de la sala hacia los pisossuperiores.
a.) Buscamos a alguien por aquí, tocamos la campanilla del mostrador con insistencia. Ir a nº 27.b.) Subimos las escaleras. Ir a nº 20.c.) Intentamos forzar las puertas y salir al exterior de edificio. Ir a nº 12 .
11 Emision.
El agente del SCP se presenta como Cooper, Carter Cooper. Os cuenta que lleva días por aquí, esperando a gente como vosotros, perdida en estos pasillos. Sumisión consistía en investigar lo que esta sucediendo en este lugar, pero se perdió, al igual que vosotros. Se durmió de puro agotamiento escuchando la suavemelodía del hilo musical, y soñó que os encontraría exactamente aquí. También soño como os acompañaba al garaje, pero ahí despertó.. Suena increíble, verdad?
a.) Fantástico, veamos donde nos lleva el agente Cooper. Ir a nº 14 .b.) Que se ha fumado este tío? Os marcháis en dirección opuesta. Ir a nº 10 .
12 Noche cerrada.
Las puertas están cerradas, pero entre varios y sin mucho esfuerzo conseguís reventarlas. En el exterior os recibe la fría madrugada, todos respiráis aliviadosbajo el cielo sin estrellas, en la desierta calle nocturna.(fin)
13 El sotano.
Pasillos mucho más estrechos y de Baja altura, sin apenas una capa de Pintura, pero llenos de tuberías, de gas, de vapor.. Escalinatas metálicas y estrechas curvascon pasillos laterales. Seguro que queréis Bajar por ahí?
a.) Deberíamos llegar a la lavandería, o algún puesto de mantenimiento. Seguimos. Ir a nº 19.b.) Mejor volvemos. Ir a nº 10.
CAPITULO V LA FIESTA
Todos en algún momento hemos querido destacar, o dejar de existir, en especial, en esa época de nuestra vida en la que no éramos, ni demasiado grandes para tener libertad, ni demasiado pequeños para ser felices.
Ayla guardó los artilugios, viendo que ya eran las 19:30, aprovechó los aproximadamente 45 minutos que le quedaban, ninguna de sus dos amigas era conocida por ser puntual, más bien por lo contrario.
20:20 p.m.
- ¡Venga!, vamos a llegar tarde- le replicó Aurora, tenía muchas ganas de ver a Ayla.
- Espeeeera, me estoy dando los últimos retoques- se hecho perfume, cogió su bolso de tonos plateados y se miró al espejo, iba con un vestido rojo con la espalda al descubierto que le llegaba a las rodillas y unos tacones de 5 cm negros, iba hasta arriba de maquillaje, pintalabios, pestañas postizas… - listo.
- Siempre igual, nunca entenderé porque te llevas tres horas para maquillarte, ¡tres horas!, ¡ni que fuésemos a una boda! – en cambio Aurora, no se había maquillado lo más mínimo, iba con sus dos características trenzas que le recogían la larga cabellera castaña, pero poco más, su vestimenta era un pijama azul con estrellas, su plan era quedarse a dormir con su amiga.
- No, pero me gusta ir arreglada, ya lo sabes.
- Buffff, si si, venga, vámonos-abrió la puerta rápidamente y hecho a correr a la habitación de Ayla.
- ¡espera!, se te olvidan los…. Refrescos, agh, siempre igual, menos mal que no le gusta ir de fiesta, me las arruinaría siempre.
Sonó el timbre de la puerta-ya voy- Ayla abrió la puerta, iba con unos vaqueros largos de color negro, una camiseta de mangas largas blanca con un zodiaco estampado, llevaba el cabello suelto, le colgaba liso, a la altura de los hombros, aunque pareciese muy común era totalmente negro, más negro que la noche, con algunos reflejos cuándo le daba la luz, que hacía que su pelo pareciese un hermoso cielo estrellado; no estaba usando zapatos, ya que su habitación tenía el suelo de madera.
- ¡Holaaa! – se abrazaron con fuerza mutuamente.
- Ya estamos aquí- Esther apareció detrás de su hermana, andando con paso firme, seguro y majestuoso, como siempre.
- ¡Estás guapísima! - Ayla la miró de arriba abajo con los ojos como platos, le deslizó los dedos por el pelo, dorado, como el oro puro.
- Traigo refrescos, ¿qué os apetece?
- Limonada limonada limonada.
- ... uno de naranja, la cola me sienta mal.
- Aquí tenéis- Esther les tendió al mismo tiempo el respectivo vaso a ambas.
- Muchas gracias.
- ¿os apetece que contemos historias de miedo? – propuso Ayla
- Por mí vale- dijo Aurora.
- Mmm, ¿no son muy infantiles? – replicó Esther.
- Créeme que no, hay algunas realmente aterradoras.
Las tres pasaron toda la noche contando historias y jugando a juegos de mesa, parchís, cartas, monopoly, incluso algo de rol, lo pasaron muy bien, las dos hermanas se fueron a las 7:00 a.m a su habitación, no les pillaron, los profesores estaban muy cansados de toda la semana.
Cuando se fueron, Ayla apuntó todo en su diario y siguió leyendo el enorme volumen, al que la joven abreviaba cariñosamente como “Dreams”, ya que gracias a este libro cumpliría su sueño, y les devolvería a sus dos amigas, aquello que les había sido arrebatado.
CAPITULO VI SUEÑO O REALIDAD
Todos alguna vez hemos estado allí, en las tierras oníricas, puede que ya no lo recordemos, pero, en nuestra infancia las visitábamos a diario, los sueños son algo muy intrigante, aún a día de hoy no se tiene certeza de que son o para que sirven, hay quienes intentan interpretarlos, a veces con éxito, otros le dan un razonamiento lógico, según ellos, cosa que personalmente veo absurda, ni siquiera entendemos la vida, no podemos pretender intentar si quiera ir allí a posta para investigarlo, como si de una zona de fósiles se tratase, los sueños van más allá, son otra dimensión, que, muchas veces, parece más real que la propia existencia, cosa que les hace cuestionarse incluso a los más escépticos y sabios, si la realidad tangible es el verdadero sueño del alma.
20 de diciembre de 2.0…
- Creo que dormiré un poco. -Ayla se puso su pijama, era parecido al de Aurora, sólo que tenía una gran luna menguante en la zona del pecho, se tumbó en la cama, cerró los ojos y empezó a soñar.
- …es… precioso…-ante ella se alzaban ahora torres cilíndricas de pintorescos colores y formas indescriptibles: azules, rojas, moradas, verdes, amarillas, blancas y otros muchos colores que no había visto nunca, corrió hacia una de ellas, entro por la puerta de forma circular, al atravesar el umbral se dio cuenta de que ahora estaba boca abajo, subió la escalera de caracol que llevaba a la cima, desde allí pudo verlo todo: un colorido paisaje, de cielo anaranjado con tonos turquesa, el suelo era una pradera inmensa, que se extendía kilómetros y kilómetros, aunque parecía de día, no era el Sol el que comandaba el Horizonte, era una Luna llena de múltiples colores, estaba respaldada por incontables estrellas, tantas, que se diría que eran galaxias enteras, a lo lejos se podían distinguir montañas en forma de pirámides, estas, al contrario que las torres, tenían colores grises, marrones o negros, eran angulosas y picudas, Ayla las miró, en ese momento, un fuerte aunque fugaz escalofrío recorrió toda su espalda, no sabía porque, pero aquella zona le resultaba familiar y aterradora al mismo tiempo.
- N-necesito salir de aquí, tengo un mal presentimiento-en ese momento, todo a su alrededor se deformó, conceptos como arriba, abajo, minutos u horas desaparecieron, en su lugar sólo había una fuerte escala de aterradores colores indescriptibles, parecían atisbos residuales de los originales, eran mórbidos y grotescos, Ayla comenzó a descender por la torre, echó a correr, seguía y seguía, sin parar, pero las escaleras no se acababan nunca.
- Ven con nosotros- unas voces que parecían proceder de ultratumba la llamaban, una y otra vez, la chica se tapó los oídos tratando de dejar de oírlas, pero fue en vano, las blasfemas voces estaban en su cabeza, en un intento desesperado por despertar saltó por el hueco de las escaleras.
- ¡Ayla, Ayla! – la joven despertó.
- ¡AAAAH! – en un acto reflejo agarró muy fuertemente a su amiga por las muñecas ¡¿Dónde estoy?! Qué…-en ese momento se dio cuenta de que había despertado-¿qué…?
- Tranquila-le abrazo y le siguió susurrando al oído-tranquila... tranquila...
- He tenido una pesadilla horrible, estoy harta de tener estos sueños cada dos por tres. – se abrazó con fuerza a Esther y comenzó a llorar. – tengo miedo… parecen tan reales… cuando… cuando era pequeña podía controlarlo mejor, pero… ahora… acabaré necesitando medicamentos para dormir.
- No digas eso, sólo necesitas descansar bien, esta noche me quedaré contigo, si empiezas a gritar o a moverte te despertaré al instante.
- Pero… ¿no ibas a una fiesta hoy?
- Da igual, la cancelaré.
- No, ve, se puede quedar Aurora conmigo, está deseando pasar un día conmigo a solas, no sé qué querrá, quiero averiguarlo.
- Mmm, está bien, pero si pasa cualquier cosa llamadme de inmediato, ya sabes lo sensible que es mi hermana, además, tiene asma. Y no quiero que le dé un ataque sin que yo esté.
- Mmmm, vale, te diré lo que haremos, Aurora ahora está durmiendo, por la noche no creo que tenga mucho sueño, así que, como es sábado, nos quedaremos en mi habitación, no dormiremos hasta que vuelvas.
- Está bien, iré sólo una hora o menos, quiero saber cómo es para que podamos ir las dos el próximo finde.
- ¡genial!, ¿qué hora es?
- Son las… 11:05.
- ¿ya es casi la hora de comer? ¡vamos! Despierta a Aurora, yo voy cogiendo mesa.
Las tres llegaron a duras penas a la hora de comer, almorzaron sin ningún tipo de problema ni nada destacable, sólo un par de huevos fritos con beicon y un poco de pan.
CAPITULO VII SUSURROS EN LA OSCURIDAD
Siempre se ha tenido a los juegos como algo inservible, inútil, algo que sólo sirve para entretener, no estoy de acuerdo, juegos de rol, que te obligan a interpretar un personaje, pueden enseñar mucho, otros como el monopoly pueden ayudarte a comprender mejor el sistema económico, el pasa palabras te enseña mucho vocabulario, y el ajedrez… que decir del ajedrez que no se haya dicho ya, es algo extraño, se puede relacionar con tantas cosas de la vida real… no sólo con un ejército medieval, también con los trabajadores de una empresa, un sistema social, incluso con la vida misma, todos comenzamos siendo peones, sólo podemos avanzar, poco a poco, jamás debemos retroceder ni mirar atrás, pero, lo más importante, es que podemos derrocar a cualquiera de las otras piezas, incluso al rey, y, si llegamos al final, podemos coronarnos incluso como la pieza más poderosa de todas.
Llegadas ya las 20:23, ya habiendo cenado y descansado, Esther se dispuso a maquillarse para salir, mientras, las otras dos chicas se quedaron en la habitación de Ayla, la curiosidad de saber que era lo que Aurora quería de ella se la estaba comiendo por dentro.
- Oye, llevas un tiempo queriendo quedarte a dormir en mi habitación, ¿por qué? – miró a la chica con los ojos muy abiertos- dímelo, dímelo.
- Pues…-Aurora se puso roja y se encogió un poco, me gustaría que me enseñases a jugar ajedrez.
- ¿eso era? Ayla soltó una risita y la miró con ternura. – ¿por qué no se lo has pedido a tu hermana? Ella es muy buena, de hecho, nos conocimos jugando una partida en un campeonato, ella me ganó, desde entonces no hemos vuelto a jugar
- Precisamente por eso no se lo pido a ella, está muy creída, siempre me dice que es el mejor juego del mundo, y que lo que juego yo es para niños pequeños y bla, bla, blaaa.
- Entiendo, está bien, te enseñaré, ¿sabes mover las piezas?
- No… sé que la reina es la más poderosa y que el caballo salta, pero no mucho más.
- Vale, mira – Ayla sacó de los cajones de su cama un tablero de tamaño medio, de casillas blancas y negras, las piezas eran de madera, las blancas en marrón claro, las negras en oscuro.
Los peones, son la infantería, los soldados rasos. Sólo pueden ir una casilla hacia adelante, excepto al salir, que pueden ser dos, comen en diagonal y nunca, nunca, nunca retroceden, por eso son la pieza más valiente del ajedrez. – Aurora, escuchaba atenta, le gustaba mucho el tono teatral de su amiga.
Luego están los caballos, obviamente son la caballería, se mueven en L, tres casillas, en cualquier dirección, pueden saltar tanto piezas aliadas como enemigas, comen cuando caen en la pieza que esté al final de su movimiento.
Ahora viene la favorita de muchos, sobre todo los niños, ¡la Torre!, representa una torre de asedio móvil, a mí me gusta decir que son los arqueros, por cómo se mueven parece que están disparando una flecha; pueden ir hacia adelante, hacia atrás, izquierda y derecha, el número de casillas que quieran, comen cuándo una pieza enemiga está en su camino, no pueden saltar piezas.
Una silueta alta y esbelta se desliza silenciosamente por las calles oscuras, tan sólo iluminadas por la tenue luz de la Luna, a unos 50 metros ve el conjunto de luces purpura, verde, rojas, azules… eran tantas y de tantos colores, que no dudo que harían retorcerse a un epiléptico al instante; la chica se dirigió al portero del lugar.
- ¿cuánto es la entrada?
- 7 $, pero… eres mayor de edad.
- … si…
- Enséñame el carnet.
- Eh…-Esther le tendió la mano con su carnet de identidad.
- Uyyy, casi, por un año, lo siento, no puedo dejarte entrar.
- Venga ya tío, enróllate.
- No, lo siento mucho- le devolvió el carnet.
- Joder – pensó en su amiga, a ella aún le quedaban 2 años para cumplir los 18.
- Estos son los alfiles, son… ¿la guardia personal del rey? Sinceramente no lo sé, parecen caballeros con esta especie de cascos.- A ver- Aurora cogió la pieza y la examinó detenidamente- creo que es un guardia real o un alto cargo, lo que lleva en la cabeza es un yelmo, se ponen al lado del rey y la reina ¿no?
- Sí.
- Pues ale, guardias reales y ya.
- La reina o dama: es la segunda pieza más importante, sólo por debajo del rey, puede hacer el movimiento de cualquier pieza, excepto el del caballo.
- Mmm, ¿por qué será?
- Ni idea, supongo que si pudiese sería imparable, ya de por sí lo es.
- El rey… ¿es la pieza más poderosa?
- Jajajajaaa, ni de lejos, sólo una casilla en la dirección que quiera, no salta piezas ni nada.
- ¡¿sólo una?!
- Sí, una y nada más, hay una pequeña excepción, cuando se enroca, pero eso te lo explico cuándo estemos jugando.
Esther iba de vuelta a casa, de repente le pareció ver que alguien la estaba siguiendo, miro un momento atrás.
- ¡oye guapa, vente conmigo un rato, vamos a pasarlo bien! – era un “hombre” de mediana edad, estaba hasta arriba de alcohol, la chica se asustó un poco, pero viendo el amarillo que llevaba, pensó que con sólo correr podría escapar, en ese momento, una figura encapuchada se acercó al hombre, le puso un pañuelo en la nariz y dos segundos después el borracho estaba en el suelo, durmiendo como un tronco.
- Esther ahora sí se asustó más, empezó a caminar marcha atrás, rezando porque el ser encapuchado no se hubiese dado cuenta de que estaba allí. Justo en ese momento aparecieron dos sombras detrás de ella, repitieron el mismo proceso que con el borracho, le pusieron un pañuelo en la nariz y tres segundos después, pass, al suelo.
***
- Jooo, este juego es muy difícil.
- Hey, no te quejes tanto, yo la primera vez que jugué lo hice bastante peor que tú.
- Mmm, ¿pasa algo si el peón llega al final del tablero, va hacia atrás o algo?
- Ah, eso, es verdad, si llega al final lo coronas, puedes cambiar ese peón por la pieza que quieras.
- ¿Incluso por otro rey?
- Nop, esa es la única que no puedes cambiar, la dama sí, podrías tener hasta nueve damas.
- Wow, ¿y el enroque?
- Eso es muy fácil, simplemente, cuando no halla piezas entre el rey y la torre, mueves el rey dos hacia la izquierda o derecha, haces que la torre salte al rey y ya te has enrocado.
- Aah, ¿no es más práctico dejar la torre en su sitio?
- Depende, algunas veces sí, otras no. – las dos chicas siguieron jugando, sin tener ni idea de lo que estaba a punto de suceder.
CAPITULO VIII EL RITUAL
Hay algo que asusta más a las personas que los monstruos de las películas, la realidad, por eso, cuándo al principio de una película leemos que está basada en hechos reales nos interesamos más, también por esta razón nos asustan las películas de terror con seres o hechos que podrían ocurrir, como tiburón, viernes 13 o Halloween nos asustan tanto porque lejos de ser algo ficticio, podría estar ocurriendo en este mismo instante.
??? de diciembre de 2.0…
Esther despertó atada boca abajo dentro de una cueva, a unos 50 metros había un grupo de más de 20 personas, todos ellos vestían túnicas negras con toques cobrizos, rojos y dorados; estaban alrededor de un símbolo tallado en el suelo, no podía escucharlos bien, pero estaban recitando algún tipo de cántico, en el centro del circulo estaba el borracho que se había encontrado hace unas horas, al principio se alegró un poco, ya que ese mal nacido pagaría muy caro lo que había intentado hacer con ella, pero quedó horrorizada al ver que uno de los encapuchados lo cogía del cuello y le atravesaba el pecho con su mano derecha, no podía verla bien, pero sabía que no había usado ningún arma, vio como sujetaba el corazón, aún palpitante, lo colocó en uno de los bordes del círculo y arrojo el cuerpo al abismo. Esther quedó aún más espantada cuando vislumbro más cuerpos tumbados por aquí y por allí, pero no fue eso lo que más le espanto, lo que le causo un horror indescriptible fue escuchar la forma que tenían de comunicarse las extrañas siluetas, hacían movimientos bruscos y grotescos, como si no tuviesen huesos, y de su boca salía un sonido que no podía pertenecer a este mundo, era imposible que unas cuerdas bocales humanas produjesen un sonido tan espantoso, era parecido al seseo de las serpientes, pero mucho más seco y grave; estaban recitando una especie de cantico, no entendía nada sólo oía una y otra vez a las mórbidas criaturas gritar “¡Yi Yi Hoji-Dughdoh!, ¡Yi YI Hoji-Dughdoh!”
CAPITULO IX LA PESADILLA
Existen dos tipos de terror, el que sentimos por algo inminente que va a ocurrir: un examen, una entrevista de trabajo… y el que sentimos hacia lo desconocido y lo que no podemos controlar, este es el peor de todos, el no saber si lo que está pasando es real o no, el asumir que hay algo por encima de ti, que no puedes ver, oír, ni siquiera imaginar, algo que intentamos explicar comparándolo con un dios, pero, que está tan por encima de nosotros que ni personificándolo podemos llegar a comprenderlo.
Esther miró justo detrás del grupo, estaban adorando al ídolo de una criatura parecida a una araña, peluda, amorfa, hinchada, tenía una enorme trompa parecida a la del elefante, no distinguía bien el color, pero estaba segura de que nunca lo había visto.
- ¿qué… qué es eso…? - dijo aún algo adormilada.
- ¡Yi Yi Hoji-Dugdo, Yi Yi, Hoji-Dugdo! – los abominables seres seguían gimiendo el horripilante cántico, Esther cada vez se sentía peor, no estaba nerviosa, era algo más profundo, estaba tan aterrorizada que su cerebro no era capaz ni de procesar la emoción eufórica que estaba sintiendo, era como si de repente hubiese entendido algo, que preferiría seguir ignorando, su instinto en esa situación le llevo a cerrar los ojos muy muy muy fuerte, lo único que deseaba en ese momento era deshacerse de sus cinco sentidos, para dejar de escuchar las espantosas voces.
- Necesito… salir… quiero…-acabó por desmallarse, había conseguido lo que quería, ya no escuchaba ni veía el macabro ritual.
CAPITULO X COSAS EXTRAÑAS
El mundo onírico está estrechamente ligado con los astros, la posición de la Luna, de Marte o Aldebarán, dictaminan si lo que tendrás será un sueño o una pesadilla, también la duración del mismo. Si se da la posición adecuada en el momento adecuado, puedes quedar atrapado eternamente…
- ¿qué es esto? -Esther miró a su alrededor y vio que todo era blanco, no pudo localizar ningún tipo de estructura, no había cielo ni suelo, se encontraba flotando en un vacío pálido e infinito, escuchó tras de sí una especie de gruñido, dudó unos segundos si girarse o no, intento ver a la criatura por el rabillo del ojo, pero fue imposible, ya que esta se estaba moviendo, y, además estaba lejos, tragó saliva, apretó los puños y se dio la vuelta súbitamente.
- ¡¿Quién anda ahí?!-su sorpresa fue inmensa cuando contemplo donde se encontraba, estaba en la entrada de Kiláti, a su derecha estaba su hermana, mirándola extrañada.
- ¿por qué gritas Esther? – dijo su hermana bastante seria.
- P-pués… - Esther miró a su alrededor, no podía creer lo que estaba pasando. – ¿qué día es hoy?
- Lunes, ayer estuviste en la discoteca ¿te acuerdas? Ayla y yo nos quedamos en la escuela, ¿lo pasaste bien?
- Si… no, no me dejaron entrar. – la chica aún extrañada le siguió la corriente a Aurora, esperando que todo hubiese sido sólo una pesadilla.
- Vaya… que mal, ¿y si te das una ducha? Te sentará bien.
- Tienes razón. - Esther miró el reloj de aguja que había en la torre más alta de la antigua institución – son sólo las 9:04, aún tengo tiempo.
- Yo creo que iré un rato con Ayla, si tardas mucho te guardaremos sitio.
- Está bien, muchas gracias.
Aurora se alejó sin despedirse, ni abrazo, ni beso, ni siquiera un hasta luego, Esther cada vez estaba más extrañada, miró la hora y el día en su móvil, eran las… 9:39, 22 de Diciembre, todo era cada vez más y más raro la chica siguió con su plan de acción: iría a la ducha, una vez dentro se pellizcaría y probaría unos cuantos trucos que había visto en internet para detectar que estas en un sueño, el de la hora no le había funcionado, por eso estaba dudando si estaba en la realidad o no, se dirigió a toda prisa a su habitación. Cuando llegó, cogió la ropa más cómoda que tenía, una toalla y se fue directamente al cuarto de baño, una vez dentro se miró al espejo, todo parecía normal, se veía perfectamente, se pellizco los mofletes y luego un costado, nada, todo era normal, se desvistió y encendió la ducha, probo a cambiar la temperatura, fría, templada, caliente, incluso se quemó un poco, no podía creerlo, ¿acaso se había quedado dormida y la habían traído de vuelta? ¿salió de la academia la noche anterior?, cada vez estaba más y más confusa, terminó de ducharse, se secó y vistió rápidamente, fue al cuarto de su amiga, no estaba, se dirigió al comedor con paso ligero, al llegar vio a su hermana y a Ayla comiendo.
- Sí que has tardado-dijo Aurora mientras masticaba un trozo de tostada con queso y paté.- Imposible, no puedo haber estado en la ducha más de…- miró el reloj, eran las 11:19.
Esther se comenzó a asustar de verdad, algo iba mal, tenía que salir de allí.
- Bueno… ¿qué tal ayer?
- Bien, no pasó mucho, nos fuimos a dormir muy muy temprano.
- ¿ah sí? – esbozó una pequeña sonrisa, ninguna de las dos era de acostarse temprano, por fuera se erguía triunfante, pero por dentro estaba atemorizada, no cabía lugar a dudas, no estaba en el mundo real, mejor dicho, lo que ella consideraba el mundo real.
Durante todo el día actúo con la máxima normalidad que le fue posible, ya eran cerca de las 19:02, pronto todos se irían a dormir, y ella podría investigar.
Ya llegada la hora de irse a las habitaciones, esperó a que Aurora y Ayla estuviesen dormidas, salió a hurtadillas de la habitación, recorrió lo más rápido y silenciosamente posible el edificio, todo estaba bastante oscuro, pensó en ir a la zona Baja, tenía curiosidad por saber que había allí nunca había Bajado por miedo, pero ahora que sabía que no estaba en “la realidad” se confió y decidió investigar.
CAPITULO XI HOJI-DUGHDOH
Los sueños pueden abrirnos puertas a paisajes maravillosos y a cosas que no conocemos o que nunca hemos visto, a medida que crecemos, si no hemos practicado y siempre ignoramos el mundo onírico, perdemos gradualmente esta habilidad, y, en lugar de abrirnos puertas, los sueños deciden cerrárnoslas.
??? de diciembre de 2.0…
Esther bajó las escaleras y llegó al sótano, la puerta estaba cerrada, llamo dos veces, pero nadie contestó, intentó abrir la cerradura a la fuerza, su sorpresa fue muy grata cuándo, al tirar hacia ella, pudo arrancar la puerta de cuajo, pero, al intentar entrar en la habitación, había una especie de muro invisible, no podía pasar, en ese momento, como por obra divina, se le vino a la mente el extraño cantico que emitían los seres que la habían secuestrado, lo murmuró en voz Baja:
- Yi… yi… Hoji-dughdoh…
- ¡más alto, dilo 0más alto!, una voz ronca y profunda retumbo en su cabeza, Esther se echó las manos a la nuca, y, en un intento desesperado de que la espantosa voz parase lo grito una y otra vez.
- ¡YI YI, HOJI-DUGHDOH, YI YI, HOJI-DUGHDOH, YI YI, HOJI-DUGHDOH!- los ojos de la chica se pusieron blancos, al instante cayó al suelo desmayada.
- Esther, Esther, ¡Esther!-la chica abrió los ojos aterrada.
- ¿qué… qué ha pasado?
- Te has desmayado en clase, te hemos traído a la enfermería.
- ¿en clase? Pero si yo…-Esther se tocó la cabeza, le dolía muchísimo ¿qué día es hoy?-preguntó sin saber bien porque lo hacía.
- 21 de Enero- respondió su hermana.
Los ojos de Esther se volvieron blancos por un instante, y esbozo una macabra sonrisa espasmódica
- Ven a buscarme… me necesitas….
- ¡aaaah!, ¡sal de mi cabeza! ¡¿quién eres?!
-Tengo muchos nombres… la bestia de la oscuridad, sánatas, Alshaitan, el vástago negro, pero, sobre todo… se me conoce como ¡Hoji-Dughdoh!- al oír estas palabras Esther volvió a tener los ojos pálidos, salió rápidamente de la enfermería y fue al sótano, esta vez sí pudo cruzar el umbral, allí estaban las extrañas criaturas que la habían secuestrado, correteando y retorciéndose en el suelo, las paredes, el techo, en una postura inhumana, en posición horizontal, apoyados hacia atrás sobre las extremidades anteriores y posteriores, no tenían rostro, carecían de ojos, tan sólo se apreciaban dos horrorosas cuencas negras rodeadas de sangre reseca. tenían el cuello torcido y garras muy afiladas, danzaban en círculos perfectos alrededor del ídolo, Esther, al ver esto, se rindió por completo, hasta ahora había sido consciente de sus acciones, pero ya no, perdió todo rastro de cordura y humanidad, se colocó en la misma posición que las demás criaturas, en una grotesca escena que haría temblar al más valiente, llena de espasmos interminables, convulsiones y muchos muchos crujidos de huesos rotos. se unió a ellas, bramando al unísono aquel apocalíptico cántico con una voz indescriptible, un aullido más horripilante y funesto que cualquier otro que se hubiese oído jamás en este mundo: ¡YI YI, HOJI-DUGHDOH!, YI YI, HOJI-DUGHDOH!, YI YI, HOJI- DUGHDOH!, YI YI, HOJI- DUGHDOH!...
Días 1-4
¿Por qué alguien vendría a esta ciudad maldita? ¿Una enfermedad incurable? ¿La desesperación, quizás?
En mi caso fue la curiosidad. Una curiosidad necia y temeraria, encendida por los rumores de una cura prodigiosa que, según decían, desafiaba a la muerte misma. Historias absurdas, pensé. Y sin embargo… algo en mí no pudo resistirse.
Antes de llegar, me parecía inconcebible que cualquier elixir —o método, como más tarde descubrí— pudiera aliviar los padecimientos más atroces. Pero ya era tarde. La decisión estaba tomada, y mis pasos me llevaban inevitablemente hacia esa ciudad que nadie debería buscar.
Lo cierto es que, desde que comenzaron los rumores, aquel pueblo olvidado por el mundo creció con una rapidez antinatural. En cuestión de años —algunos dicen meses— se alzó en su lugar una metrópoli de arquitectura extraña y solemne, con torres de piedra negra que desafiaban el cielo y catedrales consagradas a deidades cuyo nombre no figura en ningún libro conocido fuera de estas tierras.
Su expansión caminó de la mano de una universidad local, que pasó de ser un claustro modesto a una institución de renombre mundial. Las mentes más brillantes acudían allí, atraídas por descubrimientos que parecían desafiar las leyes mismas de la naturaleza.
Y, así como su ascenso fue meteórico, su caída fue aún más abrupta. Un día simplemente… cerró. No quedó más que el eco de su nombre, sepultado bajo capas de silencio y miedo.
Llegué una mañana pálida, tras una noche de luna nueva tan espesa y cerrada que parecía no haber dejado rastro alguno en el cielo. El carruaje cruzó un bosque interminable, de árboles negros que crujían incluso sin viento, y luego una zona pantanosa donde la niebla se enredaba entre raíces sumergidas.
Al salir de aquel terreno muerto, la vi.
La ciudad se alzaba ante nosotros como una dama envuelta en un velo: solemne, distante, casi irreal. La bruma del amanecer acariciaba sus tejados como si aún la protegiera del mundo exterior, ocultando detalles que solo podrían verse cuando uno ya estuviera dentro. En ese instante, comprendí que lo que se decía sobre ella no era del todo exageración. Había belleza allí, sí… pero también algo profundamente erróneo.
Los lugareños con los que hablé a mi llegada, parcos y desconfiados, me comentaron que el nombre de la ciudad venía de una antigua reina—una figura envuelta en leyendas tan fragmentadas que nadie parecía saber si realmente existió. Pertenecía, decían, a una civilización anterior a toda memoria escrita.
Aunque casi todo rastro de aquel pueblo se había perdido, la universidad local dedicó vastos recursos al estudio de sus ruinas. Según algunos documentos a los que logré acceder más adelante, no se trataba de una cultura primitiva, sino de una sociedad extremadamente avanzada… demasiado avanzada para el mundo que la rodeaba.
Caminar por las calles empedradas de la ciudad fue como internarse en un laberinto antiguo, uno cuya lógica parecía ajena a todo diseño humano. Los edificios, altos y silenciosos, se inclinaban levemente unos hacia otros, como si conspiraran en voz Baja. Sus fachadas estaban cubiertas por relieves que mezclaban lo divino con lo grotesco: ángeles que parecían llorar, mujeres de piedra con los ojos en blanco y brazos extendidos, suplicantes… o tal vez entregadas.
A medida que descendía hacia el corazón de la ciudad —una hondonada profunda, rodeada por las colinas—, la catedral surgió ante mí como una montaña esculpida. No era solo enorme: era demasiado. Demasiado alta, demasiado ornamentada, demasiado... viva. Había en ella una belleza opresiva, casi dolorosa, como si observarla durante demasiado tiempo pudiera quebrar algo dentro de uno.
Mi primer día transcurrió con una calma extraña. Al no conocer a nadie, me dediqué a recorrer las calles, memorizar rutas, observar rostros. Buscaba entender su historia, sus costumbres, su pulso oculto.
Descubrí que no era el único recién llegado: había otros viajeros, muchos de ellos extranjeros, hospedados en posadas discretas, intercambiando rumores en lenguas apagadas. Algunos se mostraban dispuestos a hablar; otros, por el contrario, parecían marcados por una desconfianza profunda, como si temieran ser oídos por algo más que los presentes.
Encontré alojamiento en una vieja casona reconvertida, atendida por una mujer de acento incierto y mirada huidiza. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, elegía con cuidado cada palabra, como si cada sílaba contara demasiado.
Durante los primeros días me dediqué a establecer una rutina. Desayunaba temprano en la posada —pan negro, un queso salado de sabor mineral y una infusión rojiza cuyo aroma no logré identificar— y luego salía a caminar por distintos barrios, intentando entender la estructura de la ciudad. Todo parecía en orden, aunque había una extraña uniformidad en la gente. Todos vestían colores apagados, caminaban en silencio, y evitaban salir una vez que caía el sol.
Busqué algún rostro un poco más amigable al cual poder preguntar discretamente por la cura, esperando encontrar al menos una historia concreta, un nombre, un método. Pero las respuestas eran siempre vagas, imprecisas. Algunos simplemente decían que eso era asunto exclusivo de la Iglesia, que sólo sus miembros sabían administrarla. Otros me miraban con extrañeza, como si no entendieran por qué alguien haría preguntas tan directas sobre algo que, para ellos, era casi sagrado.
“Los clérigos la preparan”, me dijo un carnicero en el mercado, encogiéndose de hombros. “Sólo ellos saben cómo. Nosotros… solo confiamos.”
Sin embargo, escuché —una noche, en la mesa de al lado en una taberna— a dos hombres murmurar que la cura que usaban venía de algún lugar bajo tierra. Uno rio, como si no creyera del todo su propia historia. El otro solo dijo: “Te cura, sí. Pero también te cambia.”
En los días siguientes, comencé a prestar más atención a las pláticas de los locales. No buscaba ya respuestas directas, sino fragmentos, grietas en el discurso cotidiano donde pudieran esconderse verdades que no quisieran ser contadas.
Otra tarde, mientras observaba la bruma ascender por las callejuelas, escuché a un grupo de ancianas conversando cerca de la fuente central. Sus voces eran Bajas, casi reverentes, pero al mencionar una palabra en particular, Bajaron aún más el tono.
“El castillo”, dijeron. Nada más. Y luego, con una risa temblorosa, una de ellas agregó: “Los nobles bebían sangre como si fuera vino. Decían que les daba juventud… o poder.”
Me acerqué disimuladamente y pregunté si hablaban de algún sitio real. Una de ellas, de mirada astuta y piel ajada como pergamino, me respondió:
—Dicen que está al norte, más allá del bosque y de los riscos, donde la nieve nunca se derrite. Pero es sólo una leyenda. Nadie en su sano juicio va allí.
—¿Por qué? —insistí.
Cuentan que una reina habitó ese castillo, altiva y hermosa como la luna. No fue la Iglesia quien le dio el elixir, sino un traidor: un sabio o caballero, nadie lo sabe con certeza, que robó una cantidad incierta de la sangre más antigua y las llevó a su castillo en secreto.
Dicen que la reina la bebió sin miedo, sin plegarias ni rituales, y que desde ese instante su cuerpo dejó de envejecer. Los suyos la adoraron como a una diosa. Y ella, satisfecha, les prometió que pronto todos compartirían su don.
Cuando la Iglesia descubrió la profanación, juró borrar su linaje. Los verdugos marcharon bajo estandartes blancos y rodearon el castillo. La nieve se tiñó de rojo aquel invierno, y los gritos de los caballeros resonaron durante tres noches. Al final, solo ella quedó en pie. Ni viva ni muerta.
—¿Y la reina, que pasó con ella? —pregunté, incapaz de contenerme.
—Algunos creen que sigue allí —susurró la anciana—. En su trono vacío, aguardando entre los cuerpos de los suyos. Dicen que aún escucha pasos en los pasillos, o que habla con los que se acercan demasiado. Ofrece promesas de sangre y eternidad… y busca nuevos siervos para su corte.
Durante un instante, la voz de la anciana cambió. Sonaba más grave, más serena, como si repitiera palabras que no eran suyas. Un escalofrío recorrió el aire.
Me quedé un momento en silencio, observando cómo el viento hacía temblar el agua de la fuente.
No supe por qué, pero tuve la certeza de que la historia aún no había terminado.
Días 5-9
A medida que la luna comenzaba a reaparecer en el cielo —una delgada hoz plateada apenas perceptible entre las nubes—, había una inquietud callada en el aire. Los comerciantes recogían sus puestos un poco antes, los campanazos de la catedral sonaban más graves, más lentos, como si cada uno descendiera desde una mayor profundidad.
Durante esos días, me propuse averiguar más sobre la cura. Intenté acercarme a la universidad, siguiendo un antiguo sendero que bordeaba los distritos altos, pero fui detenido antes de llegar siquiera a ver sus torres. Un guardia solitario custodiaba una verja de hierro oxidado. Vestía el uniforme de la institución, aunque algo en su postura —rígida, ausente— me hizo dudar por un instante si realmente estaba vivo.
—¿La contraseña? —preguntó, sin mover un solo músculo del rostro.
Al decirle que no conocía ninguna, solo asintió una vez, sin hostilidad ni palabras de despedida. Me retiré con la sensación de que, tras mí, no volvía a mirar el camino, sino algo más allá de mí, hacia un punto fijo en el vacío.
Me dirigí entonces a la Iglesia. Su fachada blanca parecía recién pulida, y un incienso dulzón se escapaba por las rendijas de sus puertas. Dentro, columnas altísimas sostenían un techo perdido en la penumbra. Fui recibido por un clérigo alto, de túnica impecable, que me escuchó en silencio mientras formulaba mis preguntas.
—La cura es un don, no un servicio —dijo finalmente, con una voz suave, casi paternal—. Se otorga a quien la merece. No es asunto de ciencia ni de explicación.
Intenté insistir, le pregunté si realmente la cura procedía de algún tipo de sangre antigua, pero su mirada se endureció.
—La sangre limpia y eleva. Deje que haga su trabajo.
Lo despedí con una leve reverencia y regresé a la posada con más dudas que certezas. Al llegar a mi habitación sentía una extraña presión detrás de los ojos, como si algo en mi interior estuviera tratando de recordar algo que nunca viví.
Esa noche empecé a soñar. No con personas, ni lugares… sino con texturas. Superficies húmedas. Paredes que respiraban. Algo latiendo, muy lejos, o muy dentro.
Al despertar, me sentí más cansado que antes de dormir. Caminé por la ciudad como si aún estuviera dentro del sueño, con una bruma pegada a los ojos que no terminaba de disiparse. Las calles se sentían más estrechas, los sonidos más apagados, y había algo en el aire —una densidad leve, casi imperceptible— que hacía que cada paso pesara un poco más.
Una mañana nublada, mientras descendía por una callejuela adoquinada camino al mercado, me crucé con un hombre sentado contra el muro de una herrería cerrada. Iba envuelto en varias capas de ropa sucia, y tenía la mirada clavada en algún punto más allá de los tejados. Cuando pasé a su lado, sus labios se movieron. Al principio creí que rezaba, pero sus palabras eran inconexas.
—La sangre canta… ¿la oyes? —dijo sin apartar la vista del cielo—. Está en todas partes. En las piedras. En el agua.
Me detuve, por pura curiosidad malsana. El hombre giró lentamente la cabeza hacia mí. Sus ojos eran vidriosos, inyectados en sangre. No olían a alcohol ni a suciedad; olían a metal.
—¿Está usted bien? —pregunté, manteniendo cierta distancia.
—Tuve familia… creo. Pero ya no importa. Nada importa cuando todo se vuelve rojo.
Intenté ofrecerle unas monedas, pero lo rechazó con un manotazo torpe y, por un instante, su cuerpo se crispó como si algo se tensara por debajo de la piel. Luego volvió a sentarse y no volvió a hablar.
Nadie más en la calle pareció notarlo. Ni a él… ni a mí.
Esa noche tuve otro sueño. No uno como los anteriores, de imágenes vagas y pulsaciones internas, sino un sueño real, lúcido, como una visión.
Caminaba por un pasillo de piedra húmeda, bajo tierra. El aire era espeso, saturado de un olor a flores marchitas y carne tibia. A los lados, nichos cavados en las paredes albergaban figuras inmóviles, vestidas con ropajes de clérigos, pero con rostros cubiertos por vendas. Uno de ellos alzó lentamente una mano y me señaló.
En el fondo del pasillo había una puerta. La abrí.
Y al otro lado… solo había luna. No el cielo, no estrellas. Solo la luna, inmensa, ocupándolo todo. Latía como un corazón.
Desde aquella noche, la ciudad ya no me parecía la misma. No sabría decir si fue el sueño, el encuentro con aquel hombre, o simplemente el paso del tiempo. Pero algo se había desplazado, como una piedra que gira apenas en el lecho del río, lo suficiente para cambiar el curso del agua.
Comencé a evitar los espejos, aunque no recordaba haberlo decidido. Me encontraba observando detalles mínimos durante horas: las vetas de la madera en la escalera, el modo en que el humo del incienso se retorcía en la iglesia, como si dibujara un idioma secreto. A veces despertaba con la sensación de haber hablado en otro idioma durante la noche. O de que alguien —o algo— me había respondido.
No era miedo lo que sentía. Era otra cosa. Una forma de expectación… como si algo se aproximara. Y yo ya no pudiera más que esperarlo.
Días 10-13
La luna crecía, y con ella, la fiebre de la ciudad. En los mercados, la gente hablaba sobre una enfermedad que se extendía por los pueblos vecinos. Decían que el cuerpo ardía desde dentro, que la piel se volvía gris, que los enfermos suplicaban por la cura antes incluso de recibir diagnóstico alguno. La Iglesia de la Sanación no tardó en reaccionar, dejando de lado todos los protocolos y, al verse rebasados por la cantidad de enfermos, cada mañana monjes de túnicas blancas repartían pequeños frascos de vidrio rojizo a las puertas de los templos. “Un don divino”, proclamaban. Pero los templos olían cada vez más a formol y a ceniza.
Yo también había comenzado a sentirme extraño. No era fiebre ni debilidad física, sino algo más sutil, un desorden de la mente: los pensamientos se me confundían, los días parecían repetirse, y al despertar, no estaba seguro de si lo que recordaba era sueño o vigilia. Dormía mal, soñaba con pasillos interminables, y al abrir los ojos, me costaba reconocer el rostro que me devolvía el espejo. En la posada, alguien me habló de un médico que aún atendía fuera de la autoridad de la Iglesia, un hombre de ciencia y costumbres anticuadas. Lo busqué sin saber exactamente por qué.
Su consultorio estaba en una calle lateral, casi oculta por la bruma. El letrero, oxidado, apenas dejaba leer su nombre. Dentro, el aire olía a alcohol, papel viejo y hierbas secas. El médico era un hombre alto, de barba entrecana y mirada fatigada. Me examinó en silencio, con un gesto que no supe si era prudencia o miedo.
—No es nada que la Iglesia pueda curar —dijo finalmente, sin levantar la vista de mis manos—. Y si me permite el consejo… no deje que le toquen con sus agujas.
—¿Por qué dice eso? —pregunté.
—Porque la sangre no sana —replicó—. Solo cambia el nombre de la enfermedad.
Sus dedos temblaban ligeramente mientras guardaba los instrumentos en un estuche de cuero. Luego me miró por primera vez, con una expresión entre compasiva y advertida.
—Dígame —continuó—, ¿qué ha hecho en los días previos a su malestar? ¿Ha comido algo fuera de lo común, bebido algo distinto?
Pensé unos segundos antes de responder.—He recorrido la ciudad. Buscaba comprender su historia… la Iglesia, la universidad, sus orígenes. He hecho preguntas, quizá demasiadas.
El médico asintió lentamente.—En esta ciudad, el conocimiento tiene un precio —dijo—. Aquí, cuanto más se sabe, más se pierde. Lo mejor que puede hacer es no buscar. La ignorancia puede ser una bendición, créame. Hay respuestas que solo sirven para enfermar.
—He visto lo que ocurre con los que aceptan la cura —continuó después de un silencio tenso—. Al principio parecen renacer. Hablan de fuerza, de claridad, de visiones. Pero pronto dejan de dormir. Luego dejan de soñar. Y al final… dejan de ser.
El silencio que siguió me pesó más que sus palabras.
—¿Entonces… no es realmente una cura? —pregunté.
El médico suspiró, apoyando una mano sobre un libro abierto en su mesa. Su portada estaba escrita en un idioma que no reconocí.
—Hay cosas que el cuerpo humano no debía conocer —dijo lentamente—. Ni el cuerpo, ni la mente. A veces el conocimiento duele más que la fiebre. Y cuando la mente sangra… ya no se detiene.
Me despidió sin cobrarme nada. Antes de irme, añadió casi en un susurro:
—Los viajeros siguen llegando. Cada día más. Algunos no regresan a sus habitaciones. Y los que lo hacen… no recuerdan quiénes son.
Esa noche la fiebre me alcanzó por completo. Soñé —o creí soñar— con la ciudad vista desde muy lejos, como si la observara a través de un ojo suspendido entre las nubes. Las torres parecían espinas, las calles se contraían como venas palpitantes. Y en el centro, la gran catedral respiraba, lenta y profunda, como un organismo dormido.
Desperté al amanecer, empapado en sudor, con la certeza de que algo me había mirado desde aquel sueño… y que, de algún modo, me había reconocido.
Día 14
El amanecer llegó con un resplandor enfermizo, pálido y pesado como el aire antes de una tormenta. Bajé a desayunar y encontré a la casera cerrando con llave las ventanas. No me miró al hablarme.
—Esta noche habrá luna llena —dijo—. Debería quedarse adentro, forastero. No es buen momento para andar por las calles.
—¿Por qué? —pregunté, intentando sonar despreocupado.
La mujer levantó la vista apenas un instante. Sus ojos eran grises, apagados.—Porque cuando la luna se alza, la ciudad se prepara —susurró—. Y cada quien lo hace a su manera.
No quiso decir más. Al salir, noté que las calles estaban más vivas que nunca, pero de una forma extraña: la gente caminaba con prisa, murmuraba entre sí, cargaba objetos envueltos en telas oscuras. Algunos lloraban. Otros reían sin motivo aparente.
A medida que avanzaba por la plaza central, vi a hombres con chaquetas de cuero oscuro y sombreros de ala ancha. Llevaban armas: lanzas, cuchillos largos, fusiles de caza. Sus movimientos eran precisos, disciplinados. Uno de ellos, al notar mi mirada, me sostuvo la vista y sonrió brevemente antes de seguir caminando. Nadie parecía temerles; al contrario, la multitud se apartaba con una mezcla de respeto y alivio. Escuché a alguien murmurar cerca de mí:
—La Iglesia ha soltado a los polvoritas.—Entonces es cierto —respondió otro—. Esta noche habrá cacería.
Seguí mi camino, intentando disimular la creciente sensación de extrañeza. A cada paso, el aire parecía más denso, y la luz del sol, menos natural. Hacia el mediodía, un resplandor rojizo comenzó a filtrarse entre las nubes, como si el cielo sangrara. En los balcones, algunos rezaban; otros se reían y aullaban mirando hacia arriba.
Fue entonces cuando escuché por primera vez la frase que me heló la sangre:—La luna será roja esta noche. Roja como la sangre de los santos.
Al principio creí que era una metáfora, pero mientras el día avanzaba, la luz cambiaba. Las sombras se estiraban de formas imposibles, los edificios parecían inclinarse levemente hacia el centro de la ciudad, y las campanas de la catedral comenzaron a repicar sin horario ni razón.
Los primeros gritos resonaron poco antes del anochecer. Una turba se arremolinó en una calle lateral; alcancé a ver cuerpos forcejeando, luego una figura alzada que rugía más que gritaba. Los cazadores acudieron de inmediato, y la multitud se dispersó. Nadie explicó qué había pasado. Solo se oyó el sonido de un arma descargándose… y el silencio posterior.
Sentí entonces que la ciudad respiraba otra vez. Pero su respiración era agitada, convulsa, como la de un animal herido.
Corrí por la calle sin saber por qué, atraído por el ruido y la vibración que parecía venir de todas partes. El cielo ardía: una luna inmensa, roja y Baja, colgaba sobre la catedral como una herida abierta.
La ciudad había cambiado. Las sombras eran más densas, los muros parecían respirar. En las esquinas, figuras encorvadas gemían o reían. Vi a un hombre golpear su cabeza contra el suelo hasta quedar inmóvil, mientras otros, cubiertos de vendas, se arrastraban pidiendo más sangre. Los cazadores recorrían las calles con antorchas y fusiles, disparando a los que se acercaban demasiado. Algunos cuerpos ardían en las plazas.
Las criaturas empezaron a aparecer entonces ante mí.No eran humanas. De sus formas colgaban miembros alargados, tan finos que parecían hechos de humo solidificado. Caminaban sobre las fachadas, suspendidas en un equilibrio imposible, con rostros que no miraban, pero sabían.
Corrí sin rumbo. Las calles se fundían entre sí; los edificios se curvaban como espinas en torno a un corazón invisible. El aire olía a hierro, ceniza y mar.Sentí un zumbido dentro de mi cabeza, un pensamiento que no era mío, una voz sin origen ni boca que murmuraba algo que apenas comprendí:
“Todo lo que mira la luna... acaba siendo mirado por ella.”
Caí de rodillas. Frente a mí, el cielo se abrió en un rojo absoluto. La luna había crecido, inmensa, tan cerca que parecía aplastar el horizonte. Su superficie se agitaba, palpitante, y en ella se movían siluetas colosales, incomprensibles. No tenían forma, sino intención: algo entre manos, alas y raíces. Cada movimiento suyo desgarraba el firmamento y hacía temblar la ciudad.
Comprendí, entonces, que las criaturas no estaban llegando. Siempre habían estado ahí.
No sé cuánto tiempo permanecí arrodillado, mirando la luna.Podrían haber pasado minutos o siglos; el aire era un mar quieto y yo flotaba en él. Cada latido parecía un eco de algo mayor, un pulso que venía de arriba, de esa esfera viva que lo contenía todo. La luz roja cubría los tejados, las torres, las ruinas. La ciudad entera parecía respirar al ritmo del astro.
Murmuré sin saber por qué, como si las palabras me fueran dictadas desde dentro:
“Oh luna insidiosa… la maravillosa oscuridad.”
Y comprendí que no era un pensamiento mío, sino una plegaria.Una ofrenda que innumerables gargantas pronunciaban al unísono en la distancia.
Algo cambió entonces.Un sonido cortó el silencio: un estallido seco, luego otro, y otro más.Los cazadores.
Me volví y vi el resplandor del fuego elevándose entre los callejones. Las antorchas se habían multiplicado. No era una cacería, era una purga.Los polvoritas, superados por la marea de bestias, prendían fuego a todo lo que tocaban: casas, templos, cuerpos. El aire se llenó de humo y gritos. Algunos rezaban, otros solo gritaban. Vi figuras humanas arder y seguir caminando, con las llamas trepándoles por la espalda.
La luna, arriba, observaba.Y juro que su luz crepitaba como si disfrutara del espectáculo.
Corrí hacia la plaza —o hacia lo que creí que era la plaza— y tropecé con cuerpos irreconocibles. El suelo hervía. En algún punto, una torre se desplomó.El cielo se rasgó un poco más, y por un instante tuve la certeza de que la ciudad ya no existía; era solo una sombra proyectada sobre algo inmenso que latía debajo del mundo.
Caí otra vez.Todo ardía. Todo olía a sangre y ceniza.
Las llamas se alzaban más alto que las torres, devorándolo todo con un rugido que parecía salir de las entrañas de la tierra. Corrí, aunque ya no sabía si huía o regresaba a algún sitio. Las sombras se confundían con las llamas; las calles eran un solo cuerpo convulsionando en su agonía.
Vi a un cazador atravesar con su lanza a una criatura que lloraba con voz humana. Vi a una mujer abrazar a su hijo mientras ambos ardían, rezando a un dios que no escuchaba.Y entendí, por fin, que ya no había diferencia.Que los hombres y las bestias eran lo mismo: carne buscando sentido en el fuego.
La luna seguía allí, inmensa, contemplando el festín con su calma inhumana. Sentí que me observaba, que esperaba algo de mí.Entonces grité. No a los cielos, sino a las brasas.
—¡Quemen la ciudad! —supliqué—. ¡Quemen cada piedra, cada templo, cada alma!¡Que no quede nada! ¡Que el humo borre nuestros nombres, que el fuego limpie lo que la sangre corrompió!
Mi voz se perdió entre los rugidos y los disparos, pero por un instante creí que el fuego respondió.Las llamas se elevaron aún más, abrazando el aire, lamiendo los restos de las catedrales.
Caí de rodillas, exhausto, mientras el resplandor consumía la noche.Y en la última visión que mis ojos alcanzaron, vi la luna descender lentamente sobre la ciudad como si viniera a reclamar los restos.
Luego, nada. Solo el eco de mi súplica flotando entre las ruinas:
“Que arda Yharnam... hasta que el mundo olvide su nombre.”
(Nota para el maestro Alberto y al resto de la audiencia lectora. Por si fuera de su interés, la pronunciación correcta del Capitán, es Ce-Pe-llín, terminado con doble L. No Zeppelin).
La peor Aduana del Imperio.
Tras reparar el timón de cola y lubricar el motor con un poco de tocino rancio, la aeronave volvió a surcar los cielos rumbo a Puerto Umbroso.
— Lucano, este viaje me está saliendo por un ojo de la cara. Ya me debes como unas 5 medallas de la orden del león Blanco y… medio jamón.
— ¿Te debo? Pero sí has sido tú quien casi nos hace ostias contra los repollos. — Repuso Lucano entre carcajadas.
Cepellín frunciò tanto el ceño que el puro estuvo a punto de caersele de la boca.
—Ay, no te enfades Augusto, en cuanto toquemos tierra te prometo que te repongo el medallero jajaja.
Esto pareció reconfortar al capitán, pues volvió a lanzar anillos plácidamente.
Desde la proa del barco, bajo el ruido estridente del motor; Sivos e Isidro, observan como la ciudad portuaria se hace cada vez más grande.
— ¿Qué problema tiene Lucano con los goblin?—preguntò el joven.
Isidro, soltó un bufido.
—Veras chico, a tú Tio le va mucho la juerga, eso ya lo sabes. Pero cada vez que se junta con esos granujas verdes siempre acaba teniendo problemas. Por ejemplo: ¿Cómo crees que Puerto Cervecero está donde está? Pues naturalmente, se eligió jugando a los dardos durante el Concilio de Punta Cuervo, con el ministro de nosequé . Entre chupito y chupito, pusieron un mapa en la pared y… a donde cayera el dardo.
A la mañana siguiente, los goblins ya habían iniciado su “Gran Marcha Verde” al nuevo territorio designado por el dardo. En plena resaca Lucano tuvo que ir corriendo a apaciguar a los Igben, y evitar que estos masacraran a los pobres colonos. Hubo que compensarles muy generosamente para que “tolerarán” la colonia. Y como esta historia miles. Debo admitir que son una gente estupenda, un tanto loca, pero estupenda. Quizá por eso les tenga un cariño especial.
De pronto la cabeza de Cepiellín asomó por una ventanilla.
—Señores dejad la chachara y adentraros en la cabina. Ya estamos a punto de llegar a la Aduana.
Los dos hombres obedecieron. De entre las nubes apareció una inmensa cadena montañosa que rodeaba la ría. Cepellín tuvo que darle caña al motor para lograr subir el pico. Durante el ascenso, Sivos e Isidro pudieron ver la fila de cañones que se alineaban a lo largo de las laderas. Tras superar la cima, una fila de aeronaves aguardaban frente a una muralla gruesa y Baja coronada por una serie de minaretes. Una de estas torres les lanzó un destello que alumbró toda la cabina. Augusto detuvo el motor y les mandó un par de rafagas con el foco. La luz respondió a la secuencia, y al segundo un pequeño aerobote salió de ella para abordar el dirigible. Dos hombres uniformados con largos abrigos de cuero entraron en la cabina sin saludos ni ceremonias. En sus rostros se podía leer la inapelable autoridad de la policía aduanera.
—Documentos de identidad y manifiesto de carga, por favor. —Exigió al primer agente con un gran bigote, mientras el otro sostenía una tablilla.
—Esta aeronave no está registrada, es un modelo experimental. —dijo Cepellin tendiéndole un papel con los datos del pasaje. El primer agente le echó una ojeada y se lo pasó a su compañero.
—Mnnn, tendrá que ir a la torre de inspección numero 5 para una indagaciòn.
—Pero tenemos un salvoconducto diplomático.—exclamó Lucano tendiendole su cartilla.
El oficial lo miró con el bigote torcido.
—Como si tienen una maldita carta de la baronesa. Aquí manda la Casa Sirga, y si digo que van a la torre de inspección número 5 .Van a la torre de inspección número 5. ¡Entendido! O quieren que avise nuestras baterías y los haga saltar por los aires.
El agente apuntó hacia la luz que surgía de la torre y de entre el destello vieron la oquedad de un enorme cañón antiaéreo.
Todos asintieron y el agente se giró hacía su navío, le hizo una señal, y este se desenganchò. Tras esto, el agente se puso a los mandos de la nave y la dirigió hasta la torre 5. La luz no dejó de seguirles hasta que estuvieron amarrados al muelle aéreo.
Todos Bajaron y recorrieron un corredor humedo y oscuro, hasta una sala grande y cuadrada llena por personas que pasaban a lo largo de varios puestos de control. Al atravesar la puerta un guardía les encadenó las manos y lees señalò un cartel que con la porra:
Para mantener el orden y la paz en la sala de espera, se obliga a los visitantes el uso de grilletes. Se les serán retirados tras finalizar la inspección.
Para mantener el correcto desempeño de los funcionarios inspectores, se obliga a los visitantes a mantener un ”Silencio Absoluto”. Hasta ser atendidos por los funcionarios inspectores. Se les devolverá el privilegio del habla tras finalizar la inspección.
Gracias por su cooperaciòn.
Lucano observó como el agente del bigote, se acercaba a uno de los oficiales supervisores. Este portaba en su gorro peludo una calavera cruzada por dos tibias y un grueso bigote blanco.
— ¡Mierda!—se quejó Lucano en un susurro ahogado— La última vez que vine, el Clan Gurka controlaba la aduana.
— ¿A quién han jodido esta vez Lucano?— le inquirió Isidro en otro susurro.
— Bueno… ¿Recuerdas a aquel chaval a quien ,en un descuido inocente, abrí la cabeza con el canto de un orinal? Pues era el primogénito de los Sirga. A ver, esto pasó hace más de 5 años, no creo que se acuerden ya.
Isidro puso los ojos en blanco.
— Me cago en tus muertos, uno por uno, Lucano. Ya estás rezando a San Pito Pato, para que no lo se acuerden. —siguió susurrando Isidro.
—Tranquilidad, en el peor de los casos, siempre podemos recurrir al Cónsul General, mi fidelísimo Matoyo.
—¡Pero sí Matoyo la palmó el otro día tras intentar cambiar un enchufe! ¡Si fuiste quien presidió su funeral!
—Ay, es verdad. Bueno da igual, a quien sea quien haya puesto Lucrecia en su lugar.
—¡Quereis dejar de murmurar! — estallò Cepellin— Que ya nos toca, joder.
Al ver que la fila se precipitaba hacia su destino, Lucanò se detuvo un momento para esperar a su sobrino.
—Oye Sivos, sujetame esta bolsita de hierbas un momento. No te preocupes, que es orégano Goblin.
Antes de que Lucano pudiera hacer nada un guardía se le acercó por detrás y le tapó la boca con un trapo. Indignado, el ex-conde empezó a farfullar colérico y observó que tanto Cepellin como Isidro intentaban deshacerse de sus propias mordazas. Un guardía dio un par de toques a las reglas antes de arrastrarlos a la fuerza. A pesar de su resistencia, les hicieron entrar en un despacho donde los cuatro fueron sentaron frente a un escritorio inmenso.
Allí, una mujer con rango de inspectora contemplaba con interés el manifiesto de pasaje y carga. Su mirada gélida como el mármol, acentuada por una expresiòn de indiferencia y altivez, viajò del papel al grupo que la observaban con expectación. Sus ojos azules se entrecerraron analizando a cada hombre con pasiòn, hasta quedarse fijos en los rasgos apuestos de Sivos. Entonces aquella cara dibujó un atisbo de sonrisa ardiente y con un gesto de la mano los guardias arrastraron al chico a un cuarto contiguo. Los tres hombres empezaron a farfullar bajo sus mordazas.
La mujer sin decir nada, se dirigió al cuarto mientras se enfundaba un guante ajustado. Descorriò una cortinilla, donde todos pudieron entrever cómo varios ayudantes sujetaban el cuerpo desnudo y cincelado de su joven compañero. Los tres hombres intentaron protestar pero los guardias los mantuvieron sentados. La inspectora les lanzó una mirada helada, y antes de entrar señaló con la mano enguantada la cara de Isidro: “Tú serás el siguiente” y cerró la cortinilla. El militar tragó saliva al escuchar los sollozos del chico.
De pronto una puerta se abrió y el oficial de la calavera entró corriendo en el despacho hasta llegar a la cortinilla, donde se detuvo al contemplar a los hombres atados. Con una orden furiosa los guardias soltaron a los hombres. Y tras atravesar la tela fue recibido con una exclamación seguido por varios taconazos. Tras unos gritos en un idioma ininteligible, la inspectora descorrió el velo muy enfadada y caminó furiosa fuera del despacho.
Mientras Sivos se vestía en el cuartucho con afliccion, el oficial sentado sobre el escritorio les retiraba las esposas y las mordazas.
—Disculpadnos su excelencia, la inspectora ha cometido un grave errrrorrr — exclamó dirigiéndose a Lucano con un acento en la erre. —Porrr no haberrrrnos perrrcatado de su prrrensencia antes. Su excelencia y su séquito, podrra aguarrrdarrr al Señorrr Delegado en la planta Baja.
—Y qué pasa con mi aeronave?— preguntò Cepellín frotándose las muñecas. El oficial lo mirò con desconcierto al verse interpelado por alguien a quien consideraba inferior.
—Su cachivache, está siendo conducido a la Mansion de Señor Delegado. Porrr favorrr acompáñenme abajo.
Tras Bajar hasta las calles bulliciosas de la Aduana, un inmenso carruaje les esperaba con la puerta abierta. Los cuatro hombres más el Oficial Petre, se metieron en el vagón.
Tras cerrar la puerta, seguido inmediatamente por el restallar del látigo. Lucano alzó la vista para ver a su anfitrión, la cara se le contrajo en una mueca de asco.
—De entre toda la calaña de Ladinos, embusteros, y sibilinos diplomáticos que tenía mi hija a su disposición, ha tenido que elegir al más rastrero adulador.
—Yo también me alegro de verte Lucano. —dijo una figura alta y delgada saliendo de la sombra—. ¿No me vas a presentar a tus amigos?
Con una mueca de disgusto, Lucano se volviò hacia sus amigos.
—Tengo el disgusto de presentar al Cónsul General, Yam-Yam.
El cónsul, torciò su sonrisa en una de disgusto — Así no es como me llamo, borracho destronado.
— Ya lo sé, babosa zalamera. Te llamas Sinibaldo, pero como no se acuerdan ni en tu casa de el . Pues Yam-Yam te viene fenomenal, porque no paras de jalar.
Sinibaldo enfatizó su molestia ante aquella afirmación.
—Pues quizá habría sido mejor haberos dejado en la aduana, mientras la Inspectora Aderoffnoya, “inspeccionaba” a tu sobrino.
— No te habrías atrevido, con lo cobarde que has sido siempre. Además estoy seguro que Lucrecia no te lo habría dejado pasar por alto. No como yò. Que según tus palabras fui «un gobernante irresponsable, irresoluto y escandaloso».
Con cada ataque Lucano y Sinibaldo, se iban acercando más y más dejando al resto como meros espectadores de la contienda.
—Incluso destronado, nunca ha dejado de ser verdad.
—Ahora que lo pienso. ¿No fue por eso por lo que te despedí? Qué haces aquí pues…
Sinibaldo se recostó en el asiento, regodeándose de su triunfo, antes de volver al ataque.
— Tu hija, quien ha demostrado tener más sesera que tú, ha reconocido mi valor. Y tras la muerte de Matoyo, soy la persona que tiene más experiencia con los Von Chadow. No se si te acuerdas que me dejaste pudrirme en esta esquina congelada ¡por más de 20 años!
— ¡Si por mí fuera, te habría mandado a puerto cervecero sí admitieran embajadas! Para que los goblins te destrozaran .
— ¡Patético, Imbécil! ¡Después de todo lo que he hecho por tí!
— Dirás, por tí. Porque no haces nada sin beneficiarte. ¡Sanguijuela pretenciosa!
En este punto los dos contendientes estaban tan crispados que si el cochero no hubiera detenido el carruaje habrían llegado a las manos.
Los hombres Bajaron del carruaje a toda prisa y pudieron admirar el exquisito traje de Sinibaldo: una toga de seda, bordada en plata, con su escudo en las anchas mangas al estilo de los Boiards.
A lo cual Lucano escupiò:
—Tan fantoche y fatuo como siempre, Yam-Yam.
El Cónsul ignoró aquel insulto y los invitó a pasar a su palacio.
—Id cambiandos, pues Letícia ha organizado una audiencia en media hora para recibirte.
Entonces, Sinibaldo se giró hacia Lucano, y apuntándole con un cetro y una mirada asesina le dijo:
—Y si en algo aprecias la vida de todos. ¡Ni se te ocurra! mencionar esa bufonada de llamarla Ojo Piedra.
Adjunto : aduana.jpeg
Los pasillos subterráneos de la base, se llenaron con murmullos y miradas curiosas mientras transportaban a la Kitsune al laboratorio de alta seguridad. El equipo científico ya espera preparado para recibirla, con instrumentos de análisis y una jaula reforzada con runas antimagia.
-¿Esta es la criatura?- preguntó una investigadora de bata blanca, ajustando sus gafas al examinarla -Los informes decían que era... más grande-.
Otro científico comentó en voz Baja -Parece una muñeca mal hecha, creo que he visto algo parecido en AliExpress- Mientras la desnudaba y le conectaba sensores y extraía muestras de sangre.
El líder de los militares estaba cruzado de brazos junto a la puerta. Su expresión era impenetrable... pero había algo en cómo revisaba constantemente los monitores que delataba su preocupación.
-No subestimen su resistencia- advirtió a los científicos -Esa 'cosa' derribó a seis hombres bien entrenados, ella sola... ademas, continuó consciente después de recibir un dardo tranquilizante- el líder hizo un silencio incómodo -... Y aún sedada, amenazó con meternos palos por el culo-.
Los científicos intercambiaron miradas nerviosas, antes de volver a centrarse.
-Entendido, jefe. Estaremos alerta- le respondió la doctora Anderson, antes de volverse hacia el resto del equipo -Muy bien, señores. Empecemos con el escaneo. Después... la vivisección- añadió con tono sádico.
Los científicos se pusieron a trabajar rápidamente, mientras el líder permanecía observando sin apartar la mirada de los monitores. Parecía que se había tomado muy en serio la tarea de mantener controlada a Alfhild...
Unos minutos más tarde, la doctora Anderson, se volvió y le hizo señas al líder para hablar con él en privado. El militar se alejó unos pasos de los monitores, con expresión aún sería mientras escuchaba lo que la mujer rubia le contaba en voz Baja en una esquina. El resto del equipo, continuaba con los exámenes, intentando mantener una fachada de profesionalidad... a pesar de los murmullos ocasionales de "¿De verdad la vamos a viviseccionar?" Y "Es tan mona. Espero que en esta ocasión, la doctora Anderson, permita mantenerla dormida durante la operación".
La científica ajustó sus gafas y consultó la tablet antes de hablar -Los resultados son... inusuales. Su estructura celular contiene patrones de energía sobrenatural nunca documentados- Hizo una pausa dramática -pero lo más preocupante es que, su organismo se adapta rápidamente. El sedante se metaboliza un 300% más rápido de lo normal. Estimamos que recuperará la movilidad en... aproximadamente siete minutos-.
En ese momento, como si la naturaleza quisiera probar su teoría, las orejas de Alfhild se erizaron levemente, el primer signo de que su cuerpo estaba luchando contra el tranquilizante.
-...Y parece que nuestros cálculos fueron optimistas- murmuró la doctora Anderson, retrocediendo instintivamente.
El líder no perdió el tiempo -¡Refuercen las ataduras! ¡Y que alguien traiga otro inyectable!-.Pero ya era demasiado tarde. Los ojos amarillos de la Kitsune brillaron entreabiertos, desplegando una sonrisita astuta, mientras sus dedos empezaban a retorcerse para alcanzar el cierre de las esposas.
-¿Dónde estoy? ¿Qué es todo esto?- preguntó adormilada mientras disimuladamente movía los dedos, forzando la cerradura de las esposas.
Los científicos y el personal de seguridad, que empezaba a entrar en el laboratorio, se volvieron al escuchar la voz adormilada, sorprendidos por lo rápido que el sedante estaba perdiendo su efecto. Algunos incluso retrocedieron un paso por instinto.
El líder aprieto la mandíbula -Mierda, ya está despierta...- La doctora Anderson abrió la boca para responder la pregunta, pero el líder se lo impidió con un gesto, observando cómo, los deditos de Alfhild, buscaban el cierre de las esposas, mientras aún se hacía la dormida.
-Que mal educados sois los humanos, ¿nadie me va a contestar?- Ya había abierto el cierre.
Los científicos se quedaron paralizados cuando, se dieron cuenta de que, las manos de Alfhild ya estaban libres; algunos incluso retrocedieron con expresión de pánico.
-¡JODER, ¿CÓMO LO A HECHO?!- gritó la doctora Anderson.
-¡Maldita sea!- dijo el líder -Estás en un laboratorio. Solo queremos hacerte unas pruebas y luego te soltaremos, nadie te va a hacer daño, conejita- dijo con voz suave para tratar de calmar a la Kitsune.
Alfhild se incorporó y agarró los barrotes de su jaula, sin importarle que todos vieran que se había desencadenado -¡No soy una conejita! Yo, como conejos, las kitsune somos zorros, ¡zorros!- respondió molesta -Además, ¿por qué estoy desnudita? Ya sabía yo que, lo que queríais era tocarme el culito- se quedó pensando un rato -¿Y qué es una vivisección?-.
El laboratorio entró en un silencio incómodo. El líder cierra los ojos y respira hondo, como si rezara pidiendo paciencia.
-¡E-Es el protocolo estándar!- balbuceó una investigadora, agitando las manos -¡Para análisis biométricos sin interferencia de tejidos! ¡N-Nada que ver con... eso!-.Las orejas de Alfhild, se erizaron por la furia, mientras apretaba los barrotes, que crujieron bajo su fuerza sobrenatural. -Alfhild...- El líder cogió la pistola de dardos tranquilizantes de uno de los agentes de seguridad -... si rompes algo, tendré que sedarte de nuevo-.
-Yo era una kitsune inocente y decente, pero me habéis desnudado y toqueteado, ya no podré casarme- dijo Alfhild llevándose la mano a la frente, con dramatismo exagerado.
El líder, que parecía cada vez más irritado por su actitud, apreto los labios con gesto impaciente. -Lo que los científicos te han hecho, fue necesario para el examen. Nada más. Y no fuiste 'tocada,' sino 'analizada.' Es por tu bien, Alfhild. Deja de actuar como un bebé caprichoso-.
-¿Me habéis secuestrado, desnudado y metido en una jaula por mi bien?- preguntó la Kitsune con curiosidad genuinas.
El líder se frotó las sienes con expresión exasperada mientras, la doctora Anderson murmuraba -Dios, es como discutir con una adolescente sobrenatural...-.
-Alfhild no te hagas la tonta. Sabes perfectamente que tu especie es un riesgo para la humanidad- respondió el militar, amartillando la pistola de tranquilizantes -Esto no es un spa, Alfhild. Es una instalación de contención-.
-Tu especie si que es un riesgo para la seguridad de las kitsune. Nosotras vivimos en el bosque sin meternos con nadie. Yo esta mañana estaba muy tranquila haciendo mis cosas de kitsune. Cuando llegaste tú, y los gamberros de tus amiguitos y me secuestrasteis, lo peor es que no pude cazar a ese estúpido conejo gordo. Habría quedado perfecto al ajillo- Alfhild apretó un poco más los barrotes, su rabia era patente.
El laboratorio se sumió en el silencio. El líder, sin embargo, se mantenía firme como una roca... aunque por un instante, un destello de tensión pasó por sus ojos fríos -Sí, bueno, los conejos gordos están seguros un día más gracias a mí- dijo con sarcasmo, mientras la miraba, sin dejarse amedrentar por su ataque de ira.
-Pues muy bien- contestó Alfhild con fastidio al sarcasmo del humano -¿puede alguien, por favor, devolverme mi ropa? No me gusta que todo el mundo me mire estando desnudita-.
El ambiente en el laboratorio, ya de por sí incómodo, se volvió tenso con la petición. Algunos de los presentes, incluso tuvieron la decencia de ruborizarse y apartar la mirada, tras oír las "inocentes" palabras y ver los movimientos de la Kitsune enjaulada. El líder en cambio, se pasó una mano por la cara con cansancio. -Tu ropa está siendo estudiada por nuestros científicos- dijo con tono plano -así que deja de quejarte y compórtate con un poco de madurez-.
-¿Y cómo debería de comportarme? ¿Tú cómo actuarías si yo te secuestrara, te metiera en una jaula, y te quitara la ropa para que todas las kitsune, te vean desnudo, te pinchen cosas?-.
El laboratorio volvió a sumirse en un silencio incómodo. El líder se cruzó de brazos con gesto severo, sin parecer afectado por las palabras de Alfhild, aunque un atisbo de molestia cruza por su rostro al responder -Si fuera una cuestión de contención y estudio, y no un secuestro aleatorio, aceptaría la situación con dignidad. Y sin los caprichos de una cría. Eres una kitsune, por amor a dios-.
-Eso no te lo crees ni tú. Además, ¿qué sabes de las kitsune?- dijo con frustración agarrando los barrotes de la jaula con fuerza con sus manitas y aplastando sus orejas.
El laboratorio se llenó de murmullos incómodos, mientras todos los presentes se volvían para mirar a Alfhild con una mezcla de sorpresa y nerviosismo. Al ver las orejas aplastadas, signo de que aquella criatura estaba muy enfadada. El líder frunció el ceño cruzando los brazos.
-Eso es irrelevante. Lo único que importa es que ahora estás bajo nuestro control, y eso no va a cambiar- Se inclinó hacia la Kitsune con expresión severa, manteniendo el contacto visual con firmeza -Tienes dos opciones. Cooperación o contención forzada-.
-Eso es trampa, las dos cosas son lo mismo- chilló Alfhild, con las orejas aún más gachas y apretando con más fuerza los barrotes, que empezaban a crujir.
El líder apretó la mandíbula ante la lógica de la Kitsune, aunque no se detuvo. -No, no lo es. Cooperación significa que trabajarás con nosotros, respondiendo preguntas y participando activamente en los análisis. Eso te garantiza cierto nivel de comodidad, como estar dormida cuando te viviseccionemos. Contención forzada, por otro lado, implica métodos menos placenteros, y créeme... No los disfrutarás- dijo con voz grave.
-Es lo mismo y ¿qué quiere decir vivisección?- insistió la Kitsune hinchando los mofletes.
El líder exhaló, claramente, al límite de su paciencia. Por un momento, pareció que iba a soltar algún comentario cortante, pero, en cambio, solo se pasó una mano por la cara y suspiró. -¿Sabes qué?... sí. Tienes razón. Es lo mismo. Y no me voy ni a dignar en explicarte que es una vivisección. Pero te garantizo, que lo voy a disfrutar- dijo con voz cansada, antes de girarse hacia los guardias de seguridad del laboratorio -Aumentad la dosis del sedante-.
Otro pinchazo llegó para sumir a la Kitsune, en un sueño profundo. Esta vez con menos protestas dramáticas.
La Batalla por el Rio Anqärill.
Los elfos de Bosque Alto, en las laderas de las montañas Dragon, han contratado a la Compañia mercenaria de aventureros, vosotros, para adentraros en el nacimiento de su rio y principal fuente de agua, en los arroyos que nacen en lo mas alto y profundo de los bosques de la montaña.Las aguas han estado Bajando contaminadas, envenenando al ganado, las gentes y los cultivos de la ciudad de los elfos. Lossanadores creen que el veneno procede de la extraccion de Ankar por metodos bastos y toxicos propios de los orcos y otrasrazas oscuras. Los aventureros deberian encontrar las minas o explotaciones en las montañas, y acabar con cualquier amenazaque este envenenando los valiosos riachuelos.
La compañia de aventureros esta compuesta por un variopindo grupo de heroes, lo que imagineis para vosotros.. Un mago,erudito del Imperio de Connor. Una goblin picara. Un par de amantes, elfos exploradores. Una alquimista, mercenarios curtidos,un enano despistado.. Pero probablemente ninguno conozcais lo profundo de los bosques en las altas montañas..
Tras caminar por todo un dia bajo las copas doradas de los antiguos bosques de los elfos, entre elevados robles, el terrenose convierte ya en algunas sendas poco utilizadas entre pendiendes escarpadas y colinas rocosas cubiertas de vegetacion y arboles. Acampais en un claro poco inclinado donde encontrais un antiguo mirador tallado en roca por los elfos y cubierto demusgo, y pasais la primera noche bajo las estrellas y constelaciones que brillan en un cielo alejado de la civilizacion.
A la mañana siguiente, retomando el curso del rio os adentrais ya en las montañas, donde los caminos son estrechos para loscaballos y las sendas transitables escasas. Sobre las copas de los ya menos frondosos arboles, se ven las cumbres nevadastocando el cielo. Tras caminar a paso lento ascendiendo por el dificil terreno llegais al atardecer a un pequeño lago, donde vierten sus aguas varios riachuelos mas pequeños. Una cascada cae desde un risco al norte.
Tras explorar un poco el area buscando las mejores sendas y posibles rastros descubris que uno de los riachuelos Baja massucio que los demas, mezclandose con el agua de los otros en el pequeño lago.Decidis pasar la noche en la orilla del lago, con intencion de retomar el curso del riachuelo contaminado al dia siguiente. Semontan algunas guardias para defender el campamento y preparais un fuego. Un curioso explora la cascada y se da un baño,encontrando una vieja inscripcion en la roca en la pared tras la caida de agua. Estas viejas tallas elficas, desgastadas y cubiertasde liquenes y musgo, indican: Fuentes del Anqärill.
A la mañana siguiente los exploradores de avanzada informan al grupo de la presencia de patrullas de orcos en uno de los caminos. Siguiendo otra senda se ha encontrado una cueva grande, pero sin rastros aparantes de enemigos en la entrada.Siguiendo un poco el curso del riachuelo intoxicado se adentra en las mas elevadas partes del bosque, donde ya hay que escalar en algunos tramos para salvar las rocas milenarias que emergen de la montaña.
La compañia de aventureros sois un grupo numeroso, pero debeis tomar una decision y actuar todos juntos:
A.) Decidimos dar caza al grupo de orcos, tomando la senda del oeste. Ir a nº 1.B.) Decidimos explorar la cueva al este, en busca de una mina de ankar o enemigos y tesoros. Ir a nº 5.C.) Decidimos continuar el curso del riachuelo contaminado hacia el norte. Ir a nº 10.
1. El valle al oste.
Os adentrais en la senda y al poco rato encontrais un claro, con restos y desperdicios de un campamento de orcos. Un explorador os informa que se acercan desde el norte. Debeis decidir rapido:
A.) Les preparamos una emboscada de guerrillas desde la fronda. Ir a nº 2 .B.) Preparamos una defensa en el claro. Ir a nº 3.C.) Atacamos, somos un grupo superior en numero y habilidad. Ir a nº 4 .
2. La patrulla de orcos.
Los orcos negros llegan ruidosos al claro, una patrulla de una docena de bestias salvajes, con arcos rudimentarios y espadas de metal de muy Baja calidad pero enormes. Gritan y os buscan con el olfato. Antes de que os vean lesatacais con todo. En un momento la mayoria caen muertos, los pocos supervivientes huyen aterrados. Correis en supersecucion pero uno consigue escapar. No encontrais nada de valor entre los restos de la patrulla orca, ni ankarni tesoros.
A.) Volvemos al lago de la cascada y retomamos el curso del riachuelo contaminado hacia el norte. Ir a nº 10.B.) Volvemos al lago de la cascada y exploramos la cueva al este. Ir a nº 5.
3. El prisionero.
Cuando los orcos negros llegan al claro gritando os encuentran de frente plantando cara. Estalla una contienda brutal. En un instante hay muchos heridos y muchos muertos, pero todos los muertos son suyos. Conseguis capturar a unveterano guerrero malherido. Este os confiesa, entre esputos sanguinolentos, que en la cueva al este hay una mina deankar. Pero protegida por lideres de la sierpe que mantienen escalvizados a cualquiera que capturen para extraer mineral.Uno de vosotros le encuentra al prisionero un collar con un colgante de ankar, y al arrebatarselo al orco este leinsulta e intenta morderle gritando en su repulsiva lengua negra. Uno de vosotros le atiza y lo acaba de rematar.Tendreis que jugaros a los dados quien se queda el amuleto de ankar, una fina pieza elfica de plata que contieneuna luz naraja en su diminuto corazón labrado. Los sanadores del grupo os vendan y os tomais alguna pocima.
A.) Volvemos al lago de la cascada y exploramos la cueva de la mina al este. Ir a nº 5.B.) Volvemos al lago de la cascada y retomamos el curso del riachuelo contaminado hacia el norte. Ir a nº 10.
4. Cazadores cazados.
La patrulla de orcos negros no os ven llegar, antes de saber que les atacais ya habeis matado a muchos de ellos.Huyen aterrados algunos supervivientes. Entre los caidos encontrais un collar con un colgante de ankar, unamuleto. Una fina pieza elfica de plata que contiene una luz naraja en su diminuto corazón labrado.Tendreis que jugaros a los dados quien se lo queda.
A.) Volvemos al lago de la cascada y exploramos la cueva al este. Ir a nº 5.B.) Volvemos al lago de la cascada y retomamos el curso del riachuelo contaminado hacia el norte. Ir a nº 10.
5. Bajo la montaña.
Llegais por una senda hasta la entrada de una gran caverna, y os preparais con antorchas y cuerdas para explorarla.Resulta bastante facil adentrarse, e incluso se puede caminar de pie en algunos tramos. No hay rastos de animales niotras criaturas. Conforme avanzais descendeis por tramos mas estrechos, hasta desembocar en una gran cavernapor donde discurre un arroyo subterraneo. Pero aqui el agua apesta, parece Bajar sucia y contaminada, mas aun quela que desembocaba en el pequeño pantano de la cascada. Hay restos de criaturas y un olor penetrante a podredumbre.Intentais seguir el pequeño arroyo subterraneo pero la caverna se estrecha hasta ser un pequeño tunel y hay que meterlos pies en el agua sulfurosa. De repente, un sonido de succion acompañado del picoteo de muchas patas quitinosas resuena por el tunel, y una criatura monstruosa avanza hacia vosotros. Es una enorme araña negra, tan grande que casino pasa por el estrecho tunel su gigantesco cuerpo. Una bolsa negra le cuelga de un torso central grande como un tonel, ocho patas largas como las de un caballo arrastran su masa por el tunel. Una cabeza grande como la de un buey, pero negray plagada de muchos pares de ojos negros y brillantes, con unas mandibulas de decenas de dientes negros grandes como dagas, supuran un icor negro con motas de brillante rojo. Todo su cuerpo esta veteado de franjas rojo brillante, dondeflotan gotas redondas y negras del icor que parece su sangre. Grita y chirrian sus afilados dientes con una agudeza que os mete el miedo como hielo en las venas. Pero lo peor es la telaraña que os arroja desde un agujero en el fondo de lagran bolsa de pellejo negro que arrastra. Una fina subtancia negra, con una velocidad pasmosa y un sonido como de unescupitajo mostruoso, que cuando se adhiere brilla en un intenso color rojo y quema todo lo que toca por unos terriblesinstantes, y que no se despega con facilidad mientras combustiona.
A.) Atacamos a muerte. Ir a nº 6.B.) Huimos como ratas. Ir a nº 7.
6. La araña de ankar rojo.
Haceis frente a la monstruosa criatura, sufriendo graves quemaduras por la teleraña y el icor de sus mordiscos. Si algunjugador lleva consigo el amuleto de plata elfica de ankar naranja, sera inmune al daño producido por la araña, y podrállevar a cabo una hazaña heroica, matando a la bestia con ayuda de otros jugadores. En todo caso, con graves dañosy muchos sudores por parte de los sanadores, matareis a la araña. Seguireis el tunel buscando tesoros u otra salida, peroencontrais los huevos de la araña, un monton de esferas negras con puntitos rojos brillantes. Tomais alguna para venderlascomo componentes magicos y prendeis fuego a las demas, descubriendo que estas se hallaban sobre unas grandesvetas de mineral de ankar naranja. Aunque sois muchos en la compañia, es un pequeño tesoro para cada uno. Despues de despejar el tunel veis que el riachuelo continua por el estrecho pasadizo y trae consigo un olor a azufre y de fuegos quimicos con la corriente de aire que viene del interior de la montaña.
A.) Continuamos adentrandonos en la montaña. Ir a º 8.B.) Regresamos a la superficie y volvemos al lago de la cascada, para retomar el curso de riachuelo al norte. Ir a nº 9.
7. Huida.
Conseguis huir de la araña, aunque esta os persigue y os chamusca el trasero, llegais al exterior y podeis sanaros un poco yvolver a lago de la cascada. Alli comeis algo y descansais antes de continuar hacia el norte. Ir a nº 10.
8. Los esclavos.
Continuais el curso del apestoso riachuelo subterraneo. Este desemboca en una caverna grande, donde se hacinanun puñado de esclavos encadenados por los pies. Estan en un estado deplorable. Hay orcos, elfos y algun humano y goblin. Los que os ven aparecer se asustan y se encogen en el sitio. Hay pocos guardias, orcos negros bien armados, pero conseguis liquidarlos en silencio antes de que puedan dar la alarma. Parece que la gran caverna se comunica conel interior de una mina subterranea. Por uno de los pasadizos continua el sucio arroyo, y parece comunicar con algunafragua por el ruido y el intenso olor y calor que trae la corriente.
A.) Liberamos a los esclavos e iniciamos un motin. Ir a nº 11 .B.) Continuamos hacia la fragua sin llamar la atencion. Ia nº 12 .C.) Continuamos hacia la mina sin llamar la atencion. Ir a nº 13.
9. Regreso.
Volveis hasta el lago junto a la cascada, algo chamuscados pero cargados de ankar naranja sin refinar. Alli comeis algoy descansais antes de continuar hacia el norte. Ir a nº 10.
10. El fin del camino.
A partir de aqui hay que escalar para acompañar el riachuelo en sus saltos entre las rocas ascenciendo hacia las cumbres.Los pocos arboles y vegetacion no protejen aqui del frio y cortante aire. El sol brilla con intensidad, y deslumbra reflejado en la nieve que cubre la montaña, pero no calienta.Por fin llegais a una pequeña meseta, por donde discurre el riachuelo. De un agujero del tamaño de una puerta, excavadoen la roca, parten unos primitivos railes por donde discurren unos vagones cargados de roca quemada y otros con escoria. Empujados por esclavos orcos, elfos y algunos de otras especies, vuelcan su contenido en el riachuelo, donde los restoshumean. Otros esclavos escarvan separando los cristales de ankar rojo de la roca quemada. Algunos orcos negros bienarmados y con latigos controlan la operacion.Atacais por sorpresa, eliminado a los guardias sin que puedan dar la voz de alarma. Liberais a los esclavos, estos, debilesy agotados, deciden huir para salvar la vida. Os adentrais en la mina.. Ir a nº 13 .
11. Espartorco!
Ayudais a los esclavos. Les ofreceis comida y pocimas de sanacion mientras les liberais de sus cadenas. Les entregaisalgunas de vuestras armas secundarias o de reserva, y deciden introducirse en las minas para liberar a sus compañeros.Os avisan de que en las fraguas esta el lider de La Sierpe. Un poderoso sacerdote con un baculo terrible..Uno de los esclavos elfos se identifica como druida de Tel-Qessar, y os agradece profundamente ser liberado. De sularga melena, ahora sucia y apelmazada, saca una trenza donde lleva atado un pequeño anillo elfico de oro, con una gemade ankar naranja diminuta en su interior. Os lo ofrece en recompensa y como ayuda para luchar contra la sierpe.Tendreis que jugaros a los dados quien se lo queda.Antes de que los esclavos la lien, avanzais con cautela hacia la fragua.. Ir a nº 12.
12. Las fraguas.
En esta gran sala cavernosa, varios grandes fuegos arden alimentados por carbones extraidos por esclavos. Sobre ellosse quema el contenido de vagonetas cargadas de mineral y roca, que luego se vuelca sobre otras vagonetas y es llevado de regreso por las vias hacia el exterior de la mina.. Varios guardias orcos negros bien armados controlan a los esclavos.Los matais rapidamente, y los esclavos detienen su trabajo. Pero al fondo de la caverna aparece entre el humo el sacerdote semiorco. Enorme y de piel gris, con ojos porcinos de pupilas rojas. Su boca cubierta de asimetricos colmillosresulta repugnante y aterradora. Viste una tunica andrajosa de color oscuro, recorrida por una tosca serpiente pintada consangre en el pecho. En su mano lleva un enorme garrote. Un cetro de metal, con cuatro serpientes disecadas engarzandouna esfera roja enorme de ankar rojo, con manchas negras en su interior. Este emite pulsos de luz roja. Las manchas desu interior proyectan unas sombras estroboscopicas. La batalla resultara letal. Varios heroes perderan la vida (2d3) ante el poder terrible del Baculo del Leviatan. El sacerdoteoscuro invocara innombrables maldiciones, el pulso de luz roja chocara como olas contra el grupo, debilitando la voluntad yprovocando graves daños por derrames internos. Vuestros proyectiles y hechizos no parecen herir al clerigo maligno. Vuestro sufrimiento alimenta sus fuerzas, y acercarse a el provoca debilidad extrema.Si algun jugador posee el anillo elfico de oro de ankar naranja sera inmune a la influencia del baculo, pudiendo llevar a cabo una hazaña heroica, salvando de una muerte segura a un compañero y ayudando a desarmar al semiorco.Si algun jugador posee el talisman elfico de ankar naranja sera inmune al daño debilitante, pudiendo salvar de una muertesegura a un compañero.Muchos esclavos moriran como resultado de la batalla, excepto algunos de los que hallais podido liberar..Por fin conseguis desarmar al sacerdote de su baculo, y este lanza una ultima maldicion mientras lo matais. El baculo caeal suelo, pero esta vez el pulso que emite al chocar contra la roca hace temblar toda la mina. No podeis recogerlo, acercarsea el debilita terriblemente, y los pulsos que emite cada vez son mas frecuentes, haciendo caer rocas del techo y agrietandolas paredes mientras el suelo tiembla. Huis con los heridos lo mas rapido posible, y conseguis salir al exterior antes de que una gran explosion en el interior de lamontaña se trague la mina y las vias y los vagones y haga desviarse el curso del riachuelo, haciendo desaparecer todos losrestos de roca quemada y escoria y cenizas en el interior de la montaña. Una gran nube de polvo y cenizas y humo lo cubretodo.Regresais a la ciudad de Bosque Alto, donde sereis recibidos y agasajados como heroes en las terrazas colgantes de la ciudad elevada de los elfos. Un cofre cargado de monedas y joyas, de delicada plata y oro elfico sera vuestra paga.
13. La mina de la sierpe.
Un tunel desciende en espiral, recorrido por las vias para las vagonetas. Podeis recuperar algunos puñados de ankar rojosin refinar (1d6+1). Algunos esclavos empujan los vagones y otros los cargan de mineral. En el fondo de la mina estan lasfraguas.. Ir a nº 12.
Con motivo de que mañana mismito publico la recopilación de todos los textos en un solo libro, me gustaría compartir con todo el foro el cuento que faltaba. Considero que no podía ser de otra manera. Ustedes hicieron que esto fuese posible y merecen ser los primeros que tengan accesos a sus tentacularidades.
Dicho esto, solo me queda pedir un pelín de paciencia y, como está en varias partes, si vemos que se nos echa el tiempo encima, siempre podemos dejar algún trozo para la semana que viene.
Otra vez: muchas gracias, Alberto, muchas gracias a todo el De Profundis.
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Atrapado
El colchón acomoda mi cuerpo a su dureza. Las mantas se asientan en mi espalda como lo haría un baño de cera caliente. Tengo tanto sueño que ni abrir los ojos quiero, pero sí que tengo muchas ganas de darme la vuelta… No, tan solo de cambiar la postura. Un poquito, una pierna.
Al intentarlo, el colchón se endurece aún más, casi como una piedra. La manta, celosa, hace exactamente lo mismo. Me encajonan entre los dos. Me aprietan a traición.
No me puedo mover, tampoco respirar.
Abro por fin los ojos para que la luz me devuelva a la realidad: atrapado sin opciones en las entrañas de un edificio que también es una máquina gigantesca de horror y muerte. Creada para facilitar la vida, pero que a mí me la está quitando.
Cuando a mediados de 1930 se construyó la conocida como “Casa Roja” de la Isleta, las viviendas de madera y piedra no disponían de sistema de alcantarillado, y el entramado de sus engranajes solucionó esta necesidad vital para que al fin, su conjunto pudiera ser considerado un barrio.
Está anclada en el acantilado, con dos entradas independientes: una que da a la vivienda principal desde el camino de La Puntilla, y la otra, a la que se accede por una escalera que Baja al primer sótano, a mitad de camino de la marea, donde comienza el sistema de maquinarias.
La casa es como un árbol con las raíces ancladas en paredes de roca costera. Cada raíz, una tubería de desahogo, una de abastecimiento, drenaje, paso y, como viene siendo mi caso, un absurdo pasaje hecho para que los tontos como yo vengan hasta aquí para morir atascados… Con todo lo bueno que se esperaba de mí…
Se supone que la familia que vive en la parte alta son los encargados de mantener las instalaciones a resguardo. Deberían buscarme, haber dado conmigo, como mínimo preguntarse por qué no he salido aún por la puerta por donde entré. ¿Cuánto hace ya de eso?
La señora se limitó a darme la llave de acceso a la escalera y desaparecer de mi vista para escuchar la radionovela con todo el descaro del mundo: a todo volumen, para que lo oiga bien todo el vecindario. La planta Baja es un enorme apartamento lleno de tuberías y engranajes, donde la bomba principal asoma su corpachón que atraviesa el suelo, en la esquina, junto a una cama de matrimonio fabricada con restos de metal. Por la navaja y la foto de un niño albino sonriendo junto al bufadero, diría que usan el lomo de la bomba como mesilla de noche. Bajo la única ventana de la estancia, acomodada sobre cuatro ladrillos, una bañera de metal con la pátina cerámica agrietada, sirve de improvisado almacén para herramientas llenas de óxido. Cientos de virutas se mezclan con una manta de polvo embarrado en salitre, cubriendo el suelo de negro y marrón… Parece mentira que lo construyeran hace solo diez años.
Para dar con el origen de la avería tuve que colarme por una escalera vertical que alguien improvisó en el hueco tras la bomba de agua. Bajo sabiendo que en esta planta, aparte del desorden todo anda bien. Solo la bomba y la instalación de la casa se encuentran en el primer nivel del sótano.
Desciendo confuso, nadie me ha dado los planos de este lugar. Cuando doy la espalda a la escalera, lo extraño del lugar hace que me olvide de respirar.
Un bosque de tuberías de todas formas y metales posibles, nacen del suelo y las paredes para desaparecer por una cantidad de galerías que ahora no sabría determinar. Durante mi formación jamás estudié utilidad alguna para las combinaciones que encontré. Esa estampa rezuma óxido, abandono y desorden, aderezado por la constante neblina de vapor que lo cubre todo a media altura.
Definitivamente: este lugar es mucho más viejo de lo que nos quieren hacer creer. A algunas tuberías les ha dado tiempo a corroerse hasta ser inservibles, las galerías beben sus fuentes de diferentes estilos nacidos en épocas abandonadas y otras más recientes. En las más antiguas, las de piedra techadas por estalactitas de sal, sobrevive a duras penas la silueta de un mural donde se representan columnas de afloramientos en la roca, con forma de anacantos carnosos que me inspiran el fruto del cruce entre un coral, y las setas que brotan en las cortezas de los árboles. Encontré al menos tres puertas que no se podían abrir o no daban a ninguna parte, entradas tapiadas y otras con barrotes doblados por la acción de alguna fuerza desconocida.
“Byrgenwerth es un antiguo centro de aprendizaje. Y la tumba de los dioses, excavada bajo Yharnam, debería ser familiar para todo cazador. Pues bien, en cierta ocasión, un grupo de jóvenes eruditos de Byrgenwerth descubrió un médium sagrado en las profundidades de la tumba. Esto condujo a la fundación de la Iglesia de la Sanación y al establecimiento de la sanación con sangre. En este sentido, todo lo sagrado en Yharnam tiene su origen en Byrgenwerth.”
––Alfred, cazador de Vilebloods.
Willem.
I
Nací en un lugar alejado de estas tierras, en el seno de una familia distinguida y considerada como una de las más importantes de esa ciudad. Entre mis antepasados se pueden contar gran cantidad de consejeros, catedráticos y muchos otros con diversos cargos públicos, todos ellos con una intachable reputación.
Mis aspiraciones eran, por decirlo de alguna manera, algo diferentes. Desde que tuve uso de razón, me vi poseído por una sed insaciable de conocimiento y la convicción de que el intelecto humano era suficiente para desenmarañar los más intrincados designios del universo. Devoré las matemáticas, la física, la astronomía y tratados de medicina en las aulas más prestigiosas de la capital; mis maestros veían en mí al joven erudito que expandiría los horizontes de la ciencia moderna. Poseía —como ya he mencionado — una fe ciega y arrogante en el intelecto humano; estaba convencido de que, si pulíamos lo suficiente nuestros telescopios y refinábamos el rigor de nuestras ecuaciones, el universo eventualmente se desnudaría ante nosotros.
Pero tras apenas unos años como investigador en la universidad de mi ciudad natal, mientras mis colegas se felicitaban por catalogar una nueva especie de planta o calcular la órbita de un cometa, comenzó a asfixiarme una certeza aterradora: la ciencia humana no es un camino hacia el infinito, el cerebro del hombre no es un faro diseñado para iluminar el cosmos, sino una pequeña vela, apenas suficiente para sobrevivir como especie. Comprendí que estamos biológicamente diseñados para calcular la trayectoria de una presa o para distinguir una planta comestible de una venenosa entre la maleza; no para procesar la auténtica, vasta y terrible magnitud del universo. El intelecto humano es, en este sentido, completamente despreciable. Somos seres cuyos sentidos solo captan una fracción miserable de la realidad.
Abrumado por estas ideas comencé a realizar investigaciones demasiado extravagantes para los estándares de la universidad y estos llamaron la atención hacia mi persona. Al compartir mis inquietudes sobre nuestros límites intelectuales y sesgos que nos condicionan como especie, la comunidad científica se escandalizó, me llamaron blasfemo, hereje de la razón. ¿Cómo pretendía un joven como yo destruir las bases sobre los que se cimienta toda la historia de la ciencia?
Ante estas acusaciones y el descontento general de mis antiguos compañeros, se decidió separarme de manera inmediata de mi cargo. Y solo por consideración a mi ilustre familia, se acordó desterrarme con el título de preboste a un rincón olvidado, rodeado por densos bosques y edificado junto a las aguas grises de un gran lago, una pequeña e insignificante universidad provincial llamada Byrgenwerth.
A menudo pienso en ese hecho, ¿podría llamarse casualidad mi llegada a este lugar? Me pregunto si el azar no será otra forma de nombrar el destino. De todos los condenados al ostracismo, de entre todas las provincias lejanas y todas las universidades insignificantes que pudieron elegir, me enviaron justo a las puertas de la tumba de los dioses.
II
A lo largo de mi vida he conocido personas que marcaron mi camino y me permitieron alcanzar logros increíbles tanto personales como académicos. Maestros, compañeros y alumnos. Pero de todas ellas sin lugar a dudas la persona más importante fue Caryll.
Debo admitir que mi llegada a Byrgenwerth no fue esperanzadora en ningún sentido. El lugar consistía en un único edificio devorado por la humedad: un par de bibliotecas, un aula polvorienta en la planta Baja que se asemejaba más a un pequeño laboratorio y una escasa colección de estudiantes poco instruidos que apenas lograban comprender de forma rudimentaria los conceptos básicos de la filosofía clásica. Si bien requerían un inmenso trabajo y una guía constante, pude vislumbrar entre ellos a unos cuantos jóvenes que mostraban verdadero potencial.
Por las noches me refugiaba en los rincones más profundos de la vieja biblioteca secundaria. La biblioteca principal — si es que merecía ese nombre— era de dimensiones muy reducidas y se ubicaba en la segunda planta del edificio; la otra, en cambio, era de un tamaño tan increíble que costaba entender cómo podía existir en un lugar como aquel. Contaba con una gran cantidad de libros que no había visto jamás y tocaban temas tan diversos como la metafísica, lenguas extintas, anatomía, religiones antiguas y diversas ramas del conocimiento que me resultaban completamente desconocidas. Muchos de aquellos volúmenes carecían de autor, fecha o lugar de impresión. Algunos estaban escritos en idiomas que no reconocía.
En este lugar fue donde conocí a Caryll, la segunda o tercera noche que visité la biblioteca, mientras me encontraba ojeando un libro lleno de caracteres ininteligibles escuché su voz en una mesa cercana.
—Es un buen libro ¿Lo conoce?
Levanté la vista. Caryll revisaba una pila de volúmenes tan alta que apenas permitía distinguir su rostro. A decir verdad, ni siquiera había notado que estaba ahí.
—Me temo que no —contesté después de un momento—. De hecho, ni siquiera estoy seguro de reconocer el idioma en el que está escrito.
—Habla sobre enfermedades hereditarias y las pequeñas variaciones que aparecen de forma espontánea entre generaciones.
—¿Variaciones?
—Mutaciones, si lo prefiere. Pequeños errores en el diseño de la naturaleza. La mayoría producen deformidades o enfermedades; sin embargo, de vez en cuando aparece una variación capaz de alterar el destino de una especie entera. Según el autor de ese libro seríamos el resultado de una larguísima cadena de mutaciones en función de nuestro entorno, nada más. Dígame ¿Cree usted que el ser humano es un fin diseñado por una voluntad divina? ¿O cree que somos sólo el puente hacia algo superior?
Sonreí mientras volvía a ver el libro y recorría con un dedo el borde de sus páginas.
—Es un tema delicado —respondí—.
—Claro, esto significaría que no fuimos creados a imagen y semejanza de alguien.
—Así es, es una postura bastante interesante no lo negaré, pero, para serle franco la última vez que discutí abiertamente un tema controversial como este terminé, pues, aquí.
Dejó por un momento el libro que examinaba y sentí su mirada por primera vez.
—La ciudad de Yharnam tiene más historia que cualquiera de las grandes capitales que usted pueda visitar, o incluso recordar. Estoy seguro que con el tiempo entenderá que este es el lugar correcto.
—Le pido que me disculpe —le dije apresuradamente— mi intención no era ofenderle a usted o a su ciudad. Es solo que mi llegada fue algo…
—¿Involuntaria? No se preocupe, yo tampoco nací en Yharnam, al igual que usted llegué aquí por motivos académicos, aunque mis circunstancias fueron completamente diferentes. A diferencia de usted yo busqué este lugar durante mucho tiempo, se podría decir que desde mi infancia escuché que este era mi lugar.
Después de nuestra primera conversación comencé a buscar a Caryll cada vez que visitaba la biblioteca. Con el tiempo nuestras conversaciones se volvieron costumbre. Hablábamos sobre historia natural, medicina, astronomía, filosofía y decenas de disciplinas más. Por primera vez encontré a alguien con quien podía hablar y debatir libremente.
He de reconocer que rara vez conseguía sorprenderle. En más de una ocasión creí haber encontrado una objeción irrefutable a una de sus afirmaciones o una teoría lo suficientemente audaz para despertar su interés, solo para descubrir que Caryll ya había considerado aquella posibilidad mucho antes que yo.
¿Conoce las antiguas catacumbas que se encuentran bajo la ciudad? —Dijo mientras hablábamos sobre antiguas civilizaciones ahora perdidas—.
—Escuché algo sobre ellas a mi llegada. Creí que eran una leyenda local ya que según entendí, nadie conoce su localización exacta.
—No son una leyenda, tampoco crea que esas cuevas se formaron de manera natural. Verá, hace mucho tiempo, antes de que existiera algo que pudiera remotamente ser llamado humano existió ahí una civilización. Esas catacumbas son una estructura colosal tallada bajo tierra por una raza o como quiera llamarlos, la cual solo conozco por el nombre de Pthumerios. ¿Se da cuenta de lo que podría significar esto? Podría ser una civilización completamente diferente de la nuestra, con su propia historia, escritura y cosmogonía. Algo como eso sacudiría las bases de la ciencia ¿no lo cree?
III
Después de solo un par de semanas, guiados por las indicaciones de Caryll y con la ayuda de los estudiantes logramos encontrar la entrada a las catacumbas. Para la mayoría de los estudiantes este proyecto era solo una excusa para salir del aula, pero dos de ellos mostraron un verdadero interés en la expedición. Eran, además, los dos estudiantes más avanzados con diferencia del resto, Laurence y Micolash.
Si bien las catacumbas se encontraban efectivamente debajo de Yharnam la entrada estaba en el bosque anexo a la universidad. Como era de esperar solo Laurence y Micolash se ofrecieron para realizar una expedición. Al ser un terreno completamente ajeno para nosotros y desconocer si habría algún otro acceso o lo que podríamos encontrar ahí sugerí que deberíamos buscar a alguien que nos pudiera ayudar a garantizar nuestra seguridad.
—Podríamos pedírselo a Gehrman. Tiene una pequeña armería en la ciudad y según dicen también es bastante hábil con ellas —dijo Laurence mientras alistábamos todo para la primera expedición— puedo preguntarle si le interesaría unirse a nuestra aventura, después de todo las catacumbas son un lugar mítico para cualquier habitante de Yharnam.
Laurence se ofreció a buscar a Gehrman aquella misma tarde. Regresó entrada la noche de buen humor. Gehrman había aceptado acompañarnos al día siguiente. Como cualquier Yharnamita, efectivamente había escuchado historias sobre las antiguas catacumbas, aunque nunca había mostrado un interés particular por encontrarlas. Sin embargo, la posibilidad de explorarlas antes que nadie pareció suficiente para convencerlo.
Laurence, Gehrman, Micolash y yo nos reunimos al amanecer junto a la entrada que habíamos descubierto en el bosque anexo. Nuestro equipo era modesto: unas cuantas antorchas, provisiones para una jornada y una cuerda lo bastante larga para marcar el camino de regreso, Gehrman por su parte había traído un bastón de buen tamaño y un sable curvo. Calculamos que las antorchas nos durarían un poco más de cuatro horas antes de que la oscuridad nos obligara a volver a la superficie.
La entrada resultó ser poco más que una grieta abierta en la roca. Durante los primeros minutos avanzamos por pasadizos estrechos y de techos bajos, obligados a caminar en fila mientras las antorchas proyectaban nuestras sombras sobre las paredes. Como había mencionado Caryll, era evidente que esa estructura no era una formación natural. Cada bloque de piedra había sido cortado con una precisión extraordinaria. Los muros estaban cubiertos de relieves desgastados por el tiempo, tan erosionados que apenas permitían distinguir figuras o símbolos. Aun así, la calidad de la talla era evidente; quienquiera que hubiera levantado aquellas cámaras poseía una destreza que rozaba lo imposible.
Conforme descendíamos, los pasadizos comenzaron a abrirse en galerías más amplias. Al fondo de una de aquellas salas se alzaba una caverna inmensa, surcada por raíces profundas que se hundían en la piedra y daban la impresión de ser venas petrificadas. A ambos lados se levantaban monolitos altos y estrechos, por su disposición por un momento me parecieron ser unas lápidas gigantescas. Varias puertas laterales estaban sepultadas por derrumbes, y otras parecían formar parte de complejos mecanismos de poleas y contrapesos, pero todos ellos se hallaban atascados, inmóviles desde hacía quién sabe cuánto tiempo.
Continuamos nuestro descenso, logramos acceder a las cámaras más profundas al remover unas cuantas piedras que bloqueaban el camino. Gehrman resultó ser bastante útil en estas tareas. Cuando lo conocí comprendí por qué Laurence había pensado inmediatamente en él. Era un hombre alto y robusto, no parecía ser del tipo que hablara mucho y se movía con la cautela de alguien bastante habituado a los peligros.
Las primeras antorchas estaban cerca de consumirse cuando logramos entrar a una cámara que era bastante distinta de las anteriores. En su interior se hallaban una serie de estatuillas que parecían describir el proceso de desarrollo de un ser humanoide; sin embargo, tras unas cuantas figuras esta comenzaba a perder todo rasgo humano. El cráneo crecía de forma totalmente desproporcionada, como si la cabeza hubiese sido estirada más allá de lo posible. Los brazos habían sido sustituidos por largos tentáculos, y en sus extremos se abrían apéndices más pequeños, semejantes a dedos atrofiados. La espalda se desplegaba en una especie de alas rudimentarias, enormes, plegadas sobre el cuerpo con una torpeza que no parecía natural.
Bajo las estatuillas encontré también una especie de códice primitivo. En ellas aparecían las mismas figuras que habíamos visto representadas en piedra, acompañadas de largas columnas de símbolos escritos en una lengua desconocida.
Mientras Micolash y yo examinábamos los grabados, intentando encontrar algún patrón que nos permitiera comprenderlos, escuché pasos apresurados acercándose desde un pasadizo contiguo.
Era Laurence.
Apareció jadeando entre las sombras.
—¡Maestro Willem! ¡Por favor, venga! —dijo visiblemente alterado.
Intercambié una mirada con Micolash. Él permaneció junto a las estatuillas, recogiendo cuidadosamente el códice y las figuras de piedra, mientras yo seguía a Laurence hacia la cámara contigua.
Atravesamos un estrecho corredor y, al cruzar el umbral, la oscuridad me envolvió por completo.
La nueva cámara era inmensa. Durante unos instantes no pude distinguir nada. La llama de las antorchas estaba próxima a extinguirse y apenas lograba arrancar fragmentos de la penumbra. Sólo cuando me acerqué a un par de metros de Gehrman pude verlo claramente. Permanecía inmóvil, con la antorcha alzada frente a él.
La luz apenas iluminaba unos pocos metros a nuestro alrededor.
Más allá sólo había oscuridad.
Y en medio de aquella oscuridad se alzaba una figura descomunal. Al principio creí que observaba una formación rocosa. Una columna quizá, o parte de la propia caverna. Sin embargo, a medida que mis ojos se acostumbraron a la penumbra, comencé a distinguir mejor la forma, pude ver ciertos rasgos donde creía ver solo piedra.
Aquello no era parte de la cámara.
Era un cuerpo.
Pedí otra antorcha. Laurence me miró con desconcierto, como si hubiese perdido el juicio.
—Maestro Willem...
No respondí. Tomé la llama, la acerqué a la mecha nueva y esperé a que prendiera. El fuego vaciló un instante antes de afirmarse. Entonces levanté la antorcha con ambas manos.
La luz creció.
La figura emergió poco a poco de la oscuridad, y con ella el horror de su escala. No se trataba de una simple aberración enterrada en la profundidad; era, sin lugar a dudas, el cuerpo representado en las estatuillas y en el códice.
Gehrman retrocedió un paso. Laurence abrió la boca, pero no encontró palabras. Micolash, en cambio, parecía incapaz de apartar la vista de la criatura.
—Es un monstruo —murmuró Gehrman, con la voz tensa.
Estábamos junto a la misma figura y, sin embargo, veíamos cosas totalmente diferentes. Para ellos no era más que un monstruo: una aberración abandonada en aquellas catacumbas para pudrirse en silencio. Para mí, en cambio, aquello era otra cosa. Veía un cuerpo que había atravesado un proceso imposible, una forma que aún conservaba, bajo aquella deformidad terrible, el recuerdo de un origen humanoide. Era posible.
¡Evolución!
Elric la acompañó hasta el malecón. El enano iba a abrazarla y posiblemente a decir una de esas ñoñerías que a Berta le hacían rechinar los dientes y que, sin embargo, siempre la sonrojaban tanto como un goblin se puede sonrojar.
Cuando Winnifreda tuvo que meter las narices -Volveros a la casa del enano y echar un polvo, pareja de empalagosos. Si no fuera por la prisa que tengo, os acompañaba, como anoche- boceó la prima de Berta sin importarle que medio puerto y toda la tripulación del Azucarillo se enteraran de la "pequeña" fiestecita, llámalo trío, llámalo aberración o, como tú prefieras, en la que participaron los tres la noche pasada.
Berta la fulminó con la mirada mientras hacía rechinar los dientes, y se preguntó por enésima vez esa mañana cómo era posible que aún no la hubiera matado. Poniendo los ojos en blanco, se separó de Elric y subió por la pasarela hasta llegar junto a Winifreda en la cubierta del barco -Baja la voz, no todo el mundo tiene porque saber a quién me follo y mucho menos en compañía de quién- miró a su prima entrecerrando su único ojo -Y no sé a cuento de qué tienes tanta prisa; te recuerdo que soy yo la que la tiene-.
Winifreda solo se carcajeó y empezó a moverse por la cubierta del Azucarillo dando órdenes. La balandra goblin levo anclas y se alejó del muelle. Berta se despidió con la mano de Elric, mientras con la otra se agarraba con fuerza de la borda del barco; sabía que el viaje iba a ser movidito, y así fue.
Aun dentro del puerto y en cuanto fue posible, Winifreda mandó largar velas. La embarcación goblin se lanzó hacia delante como una centella en el abarrotado puerto; los otros barcos no tenían más opción que apartarse lo más rápido posible, o ser esquivados en el último momento por el Azucarillo. Cuando esto sucedía, Winifreda, indignada en el timon, amenazaba con su pequeño puño verde a las pobres tripulaciones de las otras embarcaciones, mientras les gritaba: ¡¡¡DOMINGUEROS!!!.
Por fortuna, la salida de Puerto Cuervo fue rápida y solo hubo que lamentar el embarrancamiento de dos paquebotes, el choque de tres pesqueros y la pérdida de control de un remolcador que ocasionó que el ballenero que remolcaba, chocara contra la grúa principal del puerto, con el resultado de su total destrucción. Berta miró a Winifreda entrecerrando su ojo sano y rechinando los dientes; su prima había devastado el asentamiento de su prometido enano en cuestión de segundos. Winifreda la miró y se encogió de hombros -No me mires así, chata, la culpa es suya por estar en medio. Además, estoy creando puestos de empleo; ¡alguien tendrá que limpiar ese desastre!-
-¡Esto no es un puerto goblin! Y aunque la diplomacia no es lo mío, hasta yo sé que los enanos no le van a ver la gracia a esto... a pesar de crear puestos de empleo- le gritó Berta, agarrándose con todas sus fuerzas a la borda del barco, para no salir despedida en un bandazo, y temiendo la factura millonaria que le llegaría en un par de días. Después de esto, el viaje a Puerto Cervecero transcurrió tranquilo, básicamente, porque en medio del mar no hay nada a lo que hacer chocar ni caos que crear.
A mediodía, El Azucarillo entró en Puerto Cervecero. Berta ya había discutido con Winifreda cómo debía proceder. No tenía sentido entrar en la ciudad a hurtadillas; Berta no era la aspirante que venía a asesinar al virrey para ocupar su puesto, ¡Ella ya era la maldita virreina!, y el payaso de Gervasio Muerdeperros era un oportunista que había aprovechado su ausencia para autoproclamarse virrey, razón por la que ningún goblin le hacía ningún caso, pero eso podía cambiar en cualquier momento.
Para poder ordenar la movilización de las tropas y defender Puerto Cervecero de las represalias de la compañía de las islas occidentales, Berta debía cortar de raíz el conato de rebelión, y ganas no le faltaban. La lista de agravios era larga; Gervasio era su ex prometido. Gervasio le había hecho perder un ojo al intentar asesinarla en Castelnuovo y luego ni se tomo la molestia de asegurarse de si estaba muerta o no. Y no contento con eso, Gervasio aparece en El-higolann para tocarle las narices. ¡A eso no había derecho! ¡Ya estaba bien, hombre ya! ¡Lo iba a estrangular! ¡lo iba a despellejar! y... y alguna otra cosa más que aún no se le había ocurrido. ¡¡Y no necesariamente en ese orden!!.
Berta, con un abrigo sobre su elegante vestido y un sombrero de pico goblin, desembarcó del Azucarillo; insistió en hacerlo sola. No quería a nadie más molestando por en medio, y aún menos que otro goblin presente, llegara a la conclusión de que él podía y debía ser el virrey y aprovechando un descuido, la liquidara a ella y a Gervasio.
Berta caminó con decisión por las abarrotadas calles de Puerto Cervecero; la destrucción seguía presente, pero los trabajos de reconstrucción avanzaban satisfactoriamente. La ciudad estaba volviendo a florecer más hermosa que antes, aunque se trataba de belleza arquitectónica goblin; luego, estaba abierta a debate.
Los goblins con los que se cruzaban la saludaban e incluso besaban sus manos, un gesto de respeto que rara vez demostraban a sus líderes, reconociendo en ella a la heroína que contribuyó a la defensa y salvación de la ciudad y ahora era su dirigente. Probablemente ni se habían enterado de que llevaba un par de días fuera y de que Gervasio se había autoproclamado virrey; ¡los goblin no se fijaban en esas cosas!.
Era mediodía y la goblin empezaba a tener hambre; decidió posponer un rato su venganza y sus ansias asesinas y se dirigió a su restaurante favorito. Como siempre, le tenían reservada la mejor mesa del local. Tras echar a patadas educadamente, con la "ayuda" de un palo, a los goblins que la ocupaban, el camarero invitó a Berta a sentarse.
La goblin cogió la carta y la leyó, siempre le divertía leer los nombres de los platos y su traducción literal del goblin estándar al idioma común, escrita chapuceramente al lado, pidió para comer: jabalí de pantano a la sidra, aun que la traducción literal era cochino de fango ahogado en manzanas pochas. Ranas en brocheta, cuya traducción era bichos pinchaos en un palo. y Ajopringue de la casa para acompañar, para regarlo todo pidió el mejor grog goblin del local, aunque, dado que la única marca de grog goblin que existía era la Isla del Mono, la calidad era la habitual.
Berta comió mientras pensaba en Gervasio, alimentando así también sus ansias asesinas, imaginando la cara que pondría ese imbécil petulante cuando sus manos se cerraran en su pescuezo, pensamientos que se vieron interrumpidos cuando el camarero le ofreció un chupito a cuenta de la casa.
Tras el chupito, bueno, los cinco o seis… ¿Quién cuenta esas cosas cuando eres un goblin y paga otro? Berta cargó la comida al erario de la ciudad y salió del restaurante, con un palillo en la boca, para dirigirse al palacio virreinal, que casualmente era la puerta de al lado. El restaurante no era el favorito de Berta por lo bien que hacían el ajopringue; de hecho, era el peor restaurante de Puerto Cervecero, pero lo tenía al lado de casa. Siempre que era posible, los goblins se regían por la ley del mínimo esfuerzo, vamos, casi todo el tiempo.
Tambaleándose ligeramente por el grog goblin, los chupitos y una ligera indigestión, Berta entró en su casa para echar al usurpador, aunque sus ansias asesinas ahora eran más bien ansias de echarse la siesta.
Bruno
En esa época, para tener una vida como la mía, debían acompañarte estigmas de peso: bancarrota, vicios, giros del destino impactantemente absurdos… En mi caso, yo tenía a Bruno.
Lo recuerdo como si lo hubiese cagao esta misma mañana. Un cura gordo, a todo volumen en la televisión de Aurora, la señora que vivía en la planta Baja. Lo oía perfecto, pues mi caseta se apoyaba en su pared.
El párroco soltaba una arenga acerca del castigo divino por no sé qué cosas de sexo con animales o algo así. Me hizo mucha gracia y me eché a reír. Borracho como estaba, lo haría hasta del baile de una cucaracha. Reí fuerte durante no sé cuánto tiempo. Pudieron haber sido días. Lo hice hasta que un racimo de manos me agarró de los tobillos y me sacó a rastras de mi refugio. Vivir en la calle tenía esas cosas, y si esto hubiese pasado en mis primeros días, ahora ni siquiera lo estaría contando; pero cuando lo de ese cura, para cuando todo se había ido a la mierda, yo llevaba al menos 10 años defendiéndome de ratas, de personas iguales a mí y de la voz burlona llamada Bruno, que me revolvía las ideas al pensar.
Arranqué a patalear y dar puñetazos con el sonido de la tele de fondo. Estaba asustado aunque la voz de mi cabeza seguía riendo como si no se hubiese enterado de qué estaba pasando. Tumbado de espaldas en la acera, descubrí que no eran niñatos con dinero buscando emociones fuertes. Me atacaban otros mendigos, vagabundos como yo entre los que creí reconocer a la cabrona de Aurora con su camisón. ¿Qué hacía esa vieja? Aún no me lo explico. Eran hombres y mujeres con el pellejo curtido a quienes conocía bien... y Aurora en picardías con las tetas colgando.
Sentí el entumecimiento de varias picadas en el muslo.
—¡Auch! —Hasta Bruno se quejó. La borrachera se atenuó en un instante y solo quedó su voz, ronca, furiosa, asegurando con sorna que estaba atrapado, que me iban a joder bien. Ahí me di cuenta de que mis asaltantes iban en serio. Buscaban herir partes blandas, el interior de las piernas, los sobacos y el cuello.
—Estamos atrapados, basura —repetía el cabrón. Siempre fue así, desde el primer día. ¿Cómo no iba a terminar mal de la cabeza?—. Eres un inútil
No tuve más remedio. Yo no había hecho nada malo, joder.
Me revolví intentando darles la espalda, que al pinchar, les costase atravesar las capas de tela de mi abrigo. Con esto gané una buena primera empitonada en la nalga; pero alcanzar el mango de la llave inglesa que guardaba junto al cartón, nos colocó en igualdad de condiciones. Terminé con el balance de una puñalada por golpe de llave, con la diferencia de que cada una de mis embestidas mandaba un bulto al suelo. En menos de medio minuto abandoné cojeando una escena en blanco y negro, manchada con chorretones de un rojo muy oscuro. Ahí se hizo el silencio. Ni siquiera Bruno se atrevió a rezongar, pues lo que vino después nos sorprendió a los dos.
En la entrada de la calle la gente se señalaba apuntándose con lo primero que encontraban. Estaban bañados en sangre, con miembros rotos, listos para morir matando. Entre las nieblas de la adrenalina y el resto de mierdas que nublaron mi mirada, hasta me pareció que uno de ellos se metió la mano en el calzón para agarrar un pastuño y tirárselo a otro en los ojos. Una mujer apretaba la garganta de un niño mientras, por detrás, un anciano le golpeaba la espalda con un adoquín y, por la frustración de no encontrar contrincante, un hombre sin ojos azotaba el aire con las manos ensangrentadas. Así fue mi primera toma de contacto con El Odio.
En partes anteriores:
Tenemos a un protagonista aún sin nombre que intenta mantener un perfil bajo en una nueva ciudad donde vive desde hace algún tiempo. Según deja entrever, no es la primera vez que se lleva por delante alguna que otra vida y su mejor opción siempre es la de cambiar de ciudad. Al principio del relato, sin querer, mata a un borracho de un puñetazo en el cráneo.
Durante el camino de vuelta a casa se encuentra con escenas de ultraviolencia. Se defiende gracias a su amplia experiencia metiendo las manos en el fango de la muerte. Una vez en su apartamento, se entera por la tele de un brote bestial de odio puro. Medita la forma de proceder hasta que una horda de encolerizados terminan entrando en su apartamento. Salta por el balcón hacia la ladera de la montaña donde se apoya su edificio. En la oscuridad, se estampa contra la pared de roca para quedarse enganchado en una rama de la que solo se suelta al caerle encima uno de los locos que saltaron a ciegas detrás de él. Antes de romperse contra el suelo, usa de escudo el cuerpo del atacante y nos encontramos justo en el momento previo a su contacto con el límite entre el suelo y la montaña.
El crepitar del aire en mi oreja durante la caída, junto al manoteo del pobre diablo al que sujetaba, opacaron el resto de los sonidos de la ciudad. ¿Quién sabe lo que tardamos en tocar el suelo? A mí me pareció viajar a cámara lenta, viendo la forma en que las facciones del tipo viajaban del odio al miedo y la desesperación, entre fotogramas iluminados por el reflejo de las ventanas.
No sentí el golpe. No en el momento. El dolor apareció cuando, después de rebotar intenté moverme y llenar de aire mis pulmones. Estaba roto por dentro, pero vivo. Fue entonces cuando dos chispazos brillaron frente a mí, levantando esquirlas de adoquines en el suelo. La tercera chispa no brilló porque la bala me acertó en el abdomen, añadiendo un condimento más a la ensalada de dolores que empezaba a saborear. Ahí se desvaneció el pitar de mis oídos para dejar paso otra vez al caos.
Volvieron las voces, los gritos, el rechinar de ruedas sobre el asfalto, pasos a la carrera y la detonación de al menos cuatro disparos más, mas no sentí el dolor de sus impactos. Después cuando me desvanecí.
Entre la neblina de la inconsciencia, como el espectro de una sombra, creí soñar con unas manos presionándome la herida y preguntándome si estaba bien.
Hoy han pasado 20 años del primer brote. Esa voz, ahora tiene nombre y un apellido del que nunca me acuerdo. Se llama Roy, le llamo agente Roy Ghatti. Es una de las tres personas que conozco capaces de resistir a la influencia del Odio. Ese hombre mató de cuatro disparos a su compañero para evitar que siguiese tiroteando a la gente sin motivo. Después arrastró mi cuerpo hasta la patrulla, me llevó a un lugar seguro, curó mis heridas y se atrincheró intentando comprender lo que ocurría a su alrededor. Yo, simplemente tuve suerte. Los dos la tuvimos.
No se trató de un virus, pues nadie murió por patógeno alguno; tampoco de una intoxicación, pues pasó en todas partes al mismo tiempo. Nadie sabe acertar de pleno cuál fue el motivo. Solo que los más fuertes sometieron a comunidades enteras con la única intención de extender la violencia y sumir al mundo en olas de terror. Ya no quedan casas. Todas han sucumbido a las llamas o el vandalismo, han caído tantas bombas que ya nada hace ¡Pum!. Quedamos unos pocos cientos de personas intentando matarse entre sí alrededor de un mundo radiactivo que no escucha el llanto de un recién nacido desde que de repente, todo cambió.
Huimos y nos defendemos dibujando cada día como una nueva meta hasta que hoy, a mis sesenta años, por fin encuentro a otra pareja que en vez de atacar, nos elude. Un viso de instinto de conservación como prueba inequívoca de estar frente a las otras dos personas a las que la ola de Odio tampoco pudo afectar.
Conocen las formas, se mueven como bultos oscuros entre las sombras, no hacen ruido, pero no pueden evitar apestar. Sabemos que están allí, debatiendo en voz Baja, como nosotros, si deberíamos entrar en contacto.
Roy, tanto o más harto que yo de la vida, se quitó la manta hace tan solo un momento. Ahora se acerca con los brazos en alto y se desnuda a medida que se acerca a la otra pareja. Repite en los idiomas que recuerda que viene en son de paz, hasta que al fin se pierde entre los escombros.
Pasan unos minutos y grita algo que me resisto a creer. Algo que me hace sentir sensaciones tan antiguas que recordaba como quien recuerda el eco de un sueño, que me revuelven las tripas, que me aceleran el corazón. Grita con voz temblorosa, pero segura. Grita como queriendo no hacerlo y celebrándolo al mismo tiempo.
Grita que una de ellas… está embarazada.
Posada Finisterre
La posada Finisterre está asentada en una remota aldea de la Costa da Morte. Dado su extraño origen y su ubicación liminal a ella acuden curiosas criaturas, personajes de todo tipo, algunos totalmente mundanos y otros…otros incluso provenientes del más allá, del alén, aunque también los hay de lugares que nunca nadie ha imaginado…
Eran pocos los que permanecían esa noche de oscura niebla, frío y lluvia en la posada, y los que quedaban, o bien estaban ebrios, o quizás, no estaban sobrios.
Fue un poco después de medianoche cuando una sombría figura entró por el portón, de Baja estatura y ataviado con una raída túnica negra. La capucha difícilmente podía esconder sus afilados rasgos, su perilla… Los ruidosos pasos despertaron a los caballos, que en sus cuadras dormitaban plácidamente, y ahora, asustados, relinchaban nerviosos.
Se sentó en la barra, próximo a Carlos y a Nuno, que debido al alcohol que corría por su sistema sanguíneo apenas conseguían mantenerse despiertos y los cuales ni siquiera se dieron cuenta de la nueva compañía. Quitándose el capuchón, el forastero, demandó una taza de vino de la casa a Aldán, el tabernero, y tras unos minutos, habló. Se dirigió a aquellas embriagadas almas con voz burlona. El extraño narró una historia, una singular historia que ahora os contaré, intentando no olvidar ni el más mínimo detalle.
Así la escuché yo, y así os la transmito.
Saludos amigosh, hoy estoy muy contento… je, je, je… digamos que esta noche he cerrado un par de negocios muy suculentos, ji, ji, ji.., y dado que empiezo a aburrirme y hace poco me crucé con esa sucia comitiva, os agasajaré, y sin que sirva de precedente, con el origen de esa antigua historia que por aquí tanto os gusta y que en esta lluviosa tierra, no olvidaréis jamás…
Ahora es muerte, pero Cumiar era una antigua aldea, escondida en el valle de aquella triste montaña.
Muchas de sus casas se apelotonaban, retorcidas, como queriendo protegerse del frío, del frío y también del miedo. Esa es una primitiva táctica que incluso los animales utilizan.
Sus calles húmedas, estrechas y sin pavimentar, llenas de barro y sombras, se confunden fácilmente con un caprichoso laberinto, pues sus ancianas paredes de granito, musgo y agua han visto tantas almas perderse y perdidas que ahora se ríen en secreto cuando alguien las transita.
Me gustaba mucho recorrerlas en las noches de poca luna y algunas noches vuelvo…
Triste y oscuro pueblo, oscuros y tristes habitantes…
En aquellas noches de invierno, tenues luces amarillas salían de los ventanucos, muchas veces se podían atisbar negras siluetas observando la noche y, si se prestaba la suficiente atención, se lograba escuchar susurros, oscuros susurros que no cesaban jamás.
Hambre y envidia…
Los bosques que la circundan son tan antiguos como el tiempo, los conozco bien, y ellos a mí.
Todavía hoy, aquellos árboles ancianos, recitan el poema de la lluvia cuando el viento cruza sus incontables hojas.
Robles, sauces, tejos… Qué ironía…Ellos pueden tocar la profunda muerte con sus raíces y acariciar la vida del cielo con sus ramas.
Ahora el pueblo, su gente, está maldita para siempre…
Allí vivía Uxía,“la meiga”, así era conocida. Ella sabía del poder de muchas plantas con las que convivía, y eso fue más que suficiente para levantar horrendos prejuicios y viejas habladurías.
Solitaria madre de una preciosa y risueña niña, Aldara, bella alma perdida…
Su hija, enferma de tos ferina, hubiese sobrevivido con alimento, agua limpia y descanso, pero eran tiempos difíciles y esos eran ingredientes valiosos y muy difíciles de encontrar.
Aquella desesperada madre suplicó ayuda durante tres largos días, viendo como su pequeña se desvanecía.
Nadie…
Ningún vecino, ningún caminante, ni siquiera el párroco…
La pequeña se fue, yo la vi.Todavía descansa en aquel húmedo y olvidado cementerio. Los cuervos saben su historia, los cuervos pueden guiar.
Su madre perdió el deseo de vivir. Enloqueció, habló con ellas, las tres ancianas, Nona, Décima y Morta…
Recordaba los nombres de todos y cada uno.
Su pequeña…
Venganza de madre.
Aquella noche, curiosamente, yo paseaba por allí cuando lo hizo.
Por la noche subió a lo alto de la montaña.
Subió sin luz, sin frío, sin miedo, sola, decidida… y al llegar a la cumbre, donde está aquel olvidado dolmen, se arrodilló.
Cogió una afilada y puntiaguda lasca de pizarra del suelo y gritó el nombre de su hija, Aldara, mientras cortaba las venas de sus muñecas.
Mientras su sangre resbalaba por las manos y tocaba aquella antigua losa ella recitaba todos los nombres de los residentes de aquel maldito pueblo, pueblo que no había ayudado a su indefensa criatura. No se derrumbó hasta que el último nombre salió de sus labios.
Poderosa y antigua maldición, pretérita de Dios, maldición de madre, primitiva como la creación. Yo tampoco puedo hacer nada.
Aquellas asquerosas gentes fueron condenadas a no descansar jamás, condenadas a no morir, pero tampoco a vivir. Almas condenadas que tendrán que pedir la ayuda que nunca ofrecieron.
Muchos son los días que se ven por las viejas sendas.
Estantigua, la pantalla, hueste… Santa Compaña, así la llamáis ahora, vomitiva palabra…
En cuanto a mí…La razón de que conozca esta remota historia… bueno…ji, ji, ji… Vosotros me conocéis por muchos y variados nombres, no os lo diré. Tengo ya una edad provecta, pero siempre he estado y estaré ahí para aconsejaros, je, je, je… Es suficiente una gota de sangre en un cruce de cuatro caminos, o de algún cruceiro, de esos que tanto abundan por aquí, para que acuda en vuestra ayuda…
Recordad, yo puedo solucionar cualquiera de vuestros problemas con un sencillo y rápido acuerdo…
Nadie lo escuchaba, algunos por borrachos, otros por dormidos…
Aquel curioso personaje, al que por cierto, por más que bebía nunca se le vaciaba la copa de vino, se fue dejando una vieja moneda de oro con un tridente y una pluma con tinta roja en la punta…
Pero lo más absurdo de todo era las marcas que dejaron sus pies en el sucio suelo, sus huellas eran como dos dedos, dos dedos con forma de pezuña…
Parte 2
Tenía el cuerpo dentro del portal. Estoy acostumbrado a que mis ojos sean siempre lo último que cruzo en los umbrales por si alguien me está siguiendo. Del fondo de la calle me llegó el rumor de una carrera en tacones. Era una mujer con un vestido que corría tras un chaval de unos 12 años. El chico estaba asustado. Eso lo pude notar en su respiración. Jadeaba como quien quiere gritar pero no puede. La mujer, a pocos metros por detrás, encorvada, manteniendo sin garbo el equilibrio al correr, balbuceaba insultos entre zancadas mientras blandía un trozo de tubería entre las manos. Su pelo suelto y mojado se le pegaba al rostro intentando ocultar sin éxito sus facciones. Sonreía. Un sonreír tan desquiciado como desesperada era la expresión del muchacho.
Permanecí unos momentos en esa postura, viéndolos desaparecer por las callejuelas. Sobrevino un silencio que se vino a romper con un alarido fugado de mi propio portal.
En el tiempo que tardé en girar la cabeza, la vecina del tercero había recorrido todo el hueco de la escalera para reventarse contra el suelo de la planta Baja. Sonó como una torta con la mano abierta sobre una nalga gorda y desnuda en medio de un anfiteatro. Le siguió el redoble de pies a la carrera, Bajando hacia donde la vecina se acababa de estampar. No era alguien preocupado. En su mirar se mezclaban la rabia y la ilusión de un gamberro burlón.
Me vio al doblar el último tramo de escaleras, echó un vistazo a la vecina yacente y sin pensarlo mucho puso rumbo de colisión contra mi persona. Lo normal es que un hombre como ese, de rostro sin marcas, bien vestido y peinado caro, ni siquiera me dirija la palabra, pero ese tío me miraba con intención de agredir. Podría haberlo conseguido de no telegrafiar sus movimientos en la forma que lo hizo. Cuando aún le faltaban tres o cuatro pasos para llegar hasta mi, yo ya empezaba a levantar la rodilla. Un paso más tarde, el tipo tenía mi pie desnudo plantado en toda su cara. Su cabeza rebotó hacia atrás mientras el resto de su cuerpo quiso seguir adelante.
Fue en ese momento cuando me animé a relacionar todos los eventos. Algo duro estaba pasando alrededor, algo serio, algo violento y por primera vez no era yo el responsable.
Razón de más para ponerme alerta.
El pabellón del clan Gurka Von Chadow, era un desastre; los signos de violencia, eran evidentes. Muebles rotos, cortinas desgarradas, algún que otro charco de sangre, aquí y allá, una gran mesa servida para la cena, en la que se enfriaba la comida entre copas de vino derramadas y platos rotos.
Al ver esto, Berta se sonrió. Tenía claro que, Leticia Von Chadow le estaba mandando un mensaje, una clara amenaza, ni muy directa, ni demasiado sutil, lo justo para que se entendiera. A Berta le caía cada vez mejor, era la humana con el comportamiento más cercano a los goblins que hubiera conocido, aunque, seguro que a Leticia le horrorizaba esa idea.
Enseguida empezó a organizar a su séquito, hizo que los guardias se encargaran de encontrar cualquier cosa que sirviera de arma y montaran patrullas, ordenó a los mecánicos que aseguraran los cierres de las puertas, y a Andolfa Cuerporata, su arqueóloga, que preparara la expedición a la cámara. Por su parte, Winifreda mandó venir a sus chicos, lo que sumó a la escolta de Berta, una docena de matones, además de un buen cocinero goblin. Winifreda no era obesa solo porque se pasara el día comiendo.
Pronto, el Pabellón Gurka Von Chadow, se convirtió en un hervidero de actividad goblin. Provocando que, en los años venideros, el pabellón pasara a ser conocido como la casa de los ruidos o la casa verde.
Para pasar la noche, Berta eligió la habitación de los niños, era un espacio bien iluminado, con un elegante balcón, y una gran cama en forma de barco, que aunque era del tamaño justo para un niño humano, para una goblin, resultaba bastante alta y espaciosa, sobre todo para Berta que ya era Baja para ser goblin. Un par de horas después y tras una cena de cinco platos y mucho alcohol, allí estaba, desnudándose para ir a dormir, quería madrugar, vamos, levantarse entre las doce y la una, para iniciar la expedición.
Estaba a punto de Bajarse las bragas, cuando escuchó un ruido, puso los ojos en blanco. "Ya está Vicentin intentando verme el culo otra vez" pensó con disgusto. Estaba a punto de empezar a invitar amablemente, entre gritos, a Vicentin a irse a zurrarse la sardina, a tomar por saco de allí, o mejor, que intentara lo mismo con Winifreda, a ver qué opinaba ella, cuando, en el balcón, vio movimiento. La sombra era demasiado grande para ser la de un niño goblin. Berta buscó con la vista algo que pudiera emplear como arma, pero el asesino humano se movió rápido. Debía llevar al acecho desde que el pabellón fue desalojado, la viuda Von Chadow tenia esto preparado desde el principio. En un abrir y cerrar de ojos, el asesino entro en el cuarto y se cernió sobre la pequeña goblin pelirroja.
-Leticia Von Chadow y la casa de los mil ojos, te envían saludos, alimaña- la voz del asesino era dura y llena de desprecio, el frío acero de una daga serpentiforme brillaba en su mano derecha, mientras alargaba la izquierda para agarrar a la goblin por el cuello.
Berta se alejó dando un pequeño salto hacia atrás, necesitaba un arma -Porque te vaya mal en casa, no tienes porque salir a matar cosas- la goblin trato de ganar tiempo, agarró la falda de su vestido que reposaba sobre la cama y la lanzo a la cara del humano, este se debatió, intentando desembarazarse de la lujosa tela que, de pronto, le cubrió la cabeza.
Cuando, unos segundos después, se desembarazó de ella, no había rastro de la goblin. El asesino humano, bufo de frustración, sabía que esa pequeña alimaña verde no podía haber salido del cuarto, empezó a revolverlo todo, buscándola, hasta que percibió movimiento en un armario, que se encontraba en el rincón más alejado del cuarto, el humano era un profesional y sabia lo que hacia, se acerco poco a poco, midiendo sus pasos para no alertar a la goblin que se creía a salvo dentro del armario -Sabes que solo estás retrasando lo inevitable, ratita. Va siendo hora de acabar con nuestro pequeño juego del ratón y el gato- dijo abriendo, la puerta de golpe.
-¡Miau!- dijo Berta, lanzándose contra el asesino desde lo alto del armario, con una lima de uñas en la mano.
++++++
A la mañana siguiente, Berta entró en el comedor con mala cara. Por culpa del asesino de los cojones, no había podido dormir en toda la noche, ¡para una vez que se iba a dormir pronto!.
Tras explicarle, lo que opinaba de eso de; espiar a una señorita goblin mientras se desviste, tarea con la que contó con la ayuda de la lima de uñas, objeto inofensivo, sobre la que el asesino resbalo y calló veinte veces. Tuvo que organizar a la guardia, registrar todo el pabellón y darse un baño para limpiarse la sangre del humano que la cubría. Todo para enterarse de que también habían intentado asesinar a Winifredada, pero, lo que más les molestaba, era que su cara ropa interior se había echado a perder... otra vez.
Winifreda ya estaba allí, comiéndose un desayuno continental doble, ya que era su ración mas la de Berta -Buenos días. Veo que no as perdido el sueño ni el apetito con lo de los asesinos ¿se puede saber como te libraste del tuyo?- Berta se sentó junto a su amiga y trato de picar de su plato, cosa que a Winifreda no le hizo gracia.
-Yo no tengo tu entrenamiento y habilidades de asesina- dijo Winifreda dando un manotazo a la mano de Berta, para que soltara un muslo de pollo. Berta la miró mientras hacía chirriar los dientes -Así que, tengo por costumbre, dormir con un trabuco naranjero cargado debajo de la almohada. El asesino lo descubrió un poco tarde-.
Ese era un buen sistema, pensó Berta, pero ella no podía permitirse usarlo, sería el equivalente a no confiar en sus habilidades -¿Te has deshecho de los cuerpos, como te dije?- preguntó mientras escamoteaba una tostada del plato de Winifreda.
-He mandado a mi gente que los deje tirados en un callejón, junto a una carretilla. Cualquiera que los encuentre, pensará que, se trata de dos borrachos que han sufrido un accidente de carretilla- Winifreda miró mal a Berta que masticaba la tostada.
-Los humanos no saben beber- Berta se mostró de acuerdo. El hecho de lo absurdo de escenario planteado, no le importaba, lo que quería era que Leticia Von Chadow, supiera lo que le esperaba a los que intentaran algo contra ella, y Winifreda estaba satisfecha por haber hecho que pareciera un accidente, ya que para los goblins, que alguien apareciera con veinte puñaladas en el cuerpo, junto a otro con la cabeza destrozada por un disparo a bocajarro de trabuco naranjero, se consideraba muerte natural, ya que nadie puede vivir con esas heridas, y estar muerto era totalmente compatible con un accidente de carretilla, porque todo el mundo sabe que los muertos no saben conducir y menos una carretilla.
-La Leti y yo, ahora somos súper amiguis. Por eso le perdono que me mandara a un asesino, es lo que hacen las amigas- Berta terminó su tostada y birlo otra del plato de Winifreda, que la miró con mala cara -Aun así, tenlo todo preparado para salir de esta ciudad, en cuanto regrese de la cámara-.
-¿Eso quiere decir que tengo que detener las operaciones de tráfico de amapola blanca?- Winifreda puso un brazo entre su plato y Berta para que dejara de robarle comida.
-No. Los ministros quieren lo que sea que hay en las cámaras. Para garantizarlo, necesito que la oposición sea débil o que, directamente, no exista- Berta miró calculadoramente el plato del desayuno, pensando en cómo pillar algo más -Cuando sea gobernadora general de todo El-higolann, ya veré si lo arreglo-.
En ese momento, Andolfa Cuerporata, la arqueóloga del séquito de Berta, entró en el comedor -La expedición está preparada para salir, su excelencia- dijo de forma desabrida y con desgana.
-Excelente- dijo Berta mientras mordía un muslo de pollo, ante la mirada de fastidio de Winifreda, que no entendía cómo había podido robárselo.