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EL–HIGOLAN una historia de Sombras de Kadazra.(Recopilación)

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Higo Chungo
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Capítulo. V · Las reuniones. 

Escrito a dos manos entre el maestro Fasa Ape, y un servidor. 

Momentos más tarde, Sivos contemplaba el plato de jamón a medio terminar que antes sujetaba con orgullo. El duelo le había arrebatado todo el apetito. Vacío, el salón parecía mucho más imponente. Isidro le estaba dando al güisqui para ver si tragaba lo que acababan de presenciar, mientras que Lucano, engalanado a la manera kai-panesa, rebuscaba bajo las mesas tratando de hallar el ojo de Edgar.

—¿Quieres dejarlo ya? Que no lo vas a encontrar —le dijo Isidro, apurando los últimos dedos de licor.
—¿Y tú qué sabes, viejo borracho? —le espetó el conde con burla, descartando una perla del tamaño de una uva—. La suerte es para los que prevalecen.
—Te has equivocado de mesa —señaló una vocecilla desde uno de los palcos del techo.

Lucano se dio un golpe contra la mesa al tratar de salir con rapidez. Sivos y un Isidro medio borracho siguieron con la mirada los pasos firmes que se acercaban cada vez más a una puertecita oculta. Y cuando esta se abrió, sus ojos se agrandaron al encontrarse con… una pequeña y bonita goblin pelirroja, con un parche dorado tapando su ojo izquierdo. La elegante y excesivamente adornada vestimenta de la criaturilla —y el hecho de que se encontrara en ese lugar paseándose como si le perteneciera— convertían el encuentro en algo surrealista.

Isidro, nublado por el alcohol, se puso firme y la saludó agachando la cabeza, haciendo que su bicornio cayera al suelo. Lucano, frotándose la cabeza, dirigió sus ojos hacia la goblin y rápidamente le ofreció una copa dorada que había por ahí.
—¿Una copa de vino, mi señora?

La goblin dudó por un momento. Por fin pareció decidirse y alargó su mano para aceptar la copa, que olió con suspicacia antes de vaciarla de un trago y arrojarla por encima del hombro.

El gesto hizo sonreír al conde, quien la imitó estrellando su copa contra uno de los platos sucios. Isidro se puso tenso de inmediato al ver cómo su amigo empezaba a hacer tonterías.
—No tengo el gusto de conoceros, mi señora —exclamó Lucano, doblándose en una reverencia.
—Creo que yo sí tengo ese gusto —dijo la goblin, sacando una petaca de algún bolsillo y dándole un trago—. Sois Lucano, de la Casa Averil. —No había ninguna reverencia en la voz de la goblin—. Soy la baronesa Bartola Eusebia Robustiana Von Buenculon, virreina de Puerto Cervecero. Mis amigos me llaman Berta. No me gustan los chistes de “me voy a tirar a la Bartola”. Pero vos me podéis llamar virreina o su excelencia.

Lucano ensanchó su sonrisa. La irreverencia de la goblin no surtía efecto, pues solo acrecentaba su emoción.
—¡Qué suerte la mía! Mira, Isidro, estamos ante alguien tan famoso como Bertuldiano el Grande.
—Yaaaa veoooo —respondió este, arrastrando las palabras.

Isidro empezó a fruncir los labios al detectar aquella emotividad peligrosa que siempre les traía problemas.
—Qué bueno, apuesto, virreina, a que habéis vivido muchas aventuras. ¿Podríais contarnos alguna mientras os busco una botella de grog?

La goblin torció el gesto. Parecía que Lucano había tocado un tema que no le gustaba.
—Dudo que en este palacio tengan grog, y no sé de dónde os habéis sacado que he corrido algún tipo de aventura. Solo soy una funcionaria. Una pequeña goblin débil y asustadiza.

A pesar de lo dicho, la goblin se mantenía en su lugar sin atisbo de titubeo, frente a un grupo de humanos que la duplicaban en altura. Era obvio que mentía, y que si había empezado la conversación y seguía allí, era porque quería algo.

—Claro, claro —exclamó Lucano con retintín. Él sabía perfectamente que Puerto Cervecero había pegado un gran pelotazo y que el único cambio había sido ella. Eso, sumado al parche en el ojo, le invitaba a pensar que era más de lo que decía.
—Seguro que sí. Una penaaa… Aquí no tienen grog —se dio media vuelta y apuntó un dedo hacia el inmenso trono que presidía el fondo de la sala—.

—Apuesto a que no conocéis la historia de este trono. Acompañadme un momento y os la mostraré.

Antes de que Berta pudiera decir nada, Lucano la cogió del brazo y fueron corriendo entre risas hasta los pies de la tarima. Una vez allí, de espaldas a sus acompañantes, Lucano elevó una media sonrisa cómplice.
—¿De qué queréis hablarme? Por favor, no intentéis disimularlo. He conocido a muchos goblins como para saber que, si seguís aquí, aguantando mis chaladuras, es porque queréis algo de mí. ¿Y qué será aquello que un pobre gentilhombre como yo pueda hacer por la imbatible virreina de Puerto Cervecero?

Berta puso los ojos en blanco. Aquel humano empezaba a resultar molesto.
—No me voy a andar con rodeos. No soy Juan Luis, mi predecesor, y los ministros no me han puesto donde estoy por mis dotes diplomáticas, y aún menos por mi paciencia. —La goblin adoptó un tono duro—. Queréis explorar la cámara bajo el orfanato de los pobres niñitos cojos, o como se llame. Los goblins también queríamos echarle un vistazo.

Berta pensaba pedir a Leticia Von Chadow el derecho exclusivo de explorar el yacimiento, pero existían elevadas posibilidades de que se lo negara. De esta forma, esperaba conseguir entrar, ya fuera de una u otra manera.

—Qué interesante —musitó Lucano, sin abandonar su alegre sonrisa. Pero bajo aquella fachada, las palabras de la goblin le sentaron como un jarro de agua fría.
«¿Qué diablos están buscando los ministros allí? ¿Se habrá enterado del poder de las coronas? Solo hay una forma de averiguarlo».
—Bien —exclamó con una palmada—. Una asociación temporal. Entraremos juntos a la cámara secreta.

Berta entrecerró los ojos. Ese humano viejo y cansino había aceptado demasiado pronto, sin discutir ni negociar. Le convenía mantenerse atenta cuando bajaran a la cámara. Tenía previsto eliminar a los humanos una vez abajo; nadie se sorprendería si un humano viejo y sus amiguitos morían de muerte natural bajo una piedra de quinientos kilos. Además, así liquidaría una cuenta pendiente. Aunque ya no le pagarían por ello, hacía tiempo la habían contratado para eliminar a ese viejo, y Berta odiaba dejar un trabajo a medias: era una profesional.

De momento, tendría que estar alerta, no fuera a ser que la liquidada fuera ella. Berta forzó una media sonrisa y extendió la mano para cerrar el trato.
—Entonces estamos de acuerdo.

Lucano le estrechó la mano enjoyada a la goblin. Y cuando alzó la mirada, se encontró con la expresión acusadora de Isidro, que lo observaba con muy poca simpatía.

En ese instante, una voz surgió de la oscuridad y llamó la atención de los invitados. Uno de los soldados de honor apareció de entre las columnas y se dirigió hacia Berta. Su voz era dura bajo un rostro oculto por el casco.
—Virreina, la Regenta desea verla en su cámara. Acompáñeme, por favor.

Berta miró a Lucano.
—Recordad que tenemos un trato —dijo antes de seguir al guardia.

Mientras la goblin abandonaba el salón, Isidro se lanzó hacia su amigo reclamando más de una explicación.

Tras subir unas escaleras, el guardia la guio hasta una puerta. Una inmensa habitación se abrió ante ella, iluminada solo por el destello rojizo del fuego. La chimenea proyectaba una danza de sombras que se revolvían sobre un retrato masculino. Leticia yacía de espaldas a la puerta, sentada frente a las llamas chispeantes. Su silueta se mezclaba con la de la silla en un negro profundo.

Berta no esperó a que la viuda Von Chadow dijera la primera palabra.
—Bonito cuarto, me gusta casi tanto como su hermosa ciudad. El clima y la arquitectura me recuerdan a Goblinburgo, aunque allí no tenemos tantas turbas furiosas… y las que hay no están tan furiosas. Será que reprimimos mejor a las masas… o no las reprimimos lo suficiente.

La sonrisa de Leticia reflejó el color de las llamas. Se giró hacia la goblin.
—Me alegra mucho escuchar eso, virreina. Las reprimimos todo cuanto podemos, muy a mi pesar.

Berta pudo observar que todavía le salpicaban algunas manchas de sangre seca en la cara.

—La verdad es que me siento como en casa. Os parecéis a los goblins más de lo que creéis, aunque nosotros somos más gregarios y, por lo tanto, no hace falta tanta represión. Por lo demás, me gusta. Hasta la sensación opresiva en la corte está muy lograda. Solo que en Goblinburgo se debe a que todo el mundo está esperando que asesinen al rey o reina de turno, y nadie quiere mancharse la ropa de sangre.

Berta estaba genuinamente complacida con lo que había visto hasta ahora de Puerto Umbroso.

—Siempre es agradable escuchar que mis invitadas se sientan cómodas en la decadencia de mi provincia… y más aún cuando han prosperado gracias a ella. —Una mirada afilada cruzó la habitación—. No creas que ignoro lo que estás haciendo, Berta. Ni lo que Winifreda hace por ti, pese al papelucho falsificado que anda agitando por ahí. Está cumpliendo con su oficio, como siempre. Me informaré de cómo demonios se ha hecho con el sello de Tigurios.

Leticia se incorporó lentamente. Su silueta se recortó contra el fuego, y por un instante, las sombras parecieron inclinarse ante ella.
—Amapola blanca… —se burló—. Muy buena jugada. Pero no te engañes: todo tu plan sigue en pie porque yo te lo permito. Porque disfruto observando cómo este lugar se cae a pedazos. Cuando yo ya no esté, tendrás vía libre para hacer con las ruinas lo que te dé la gana. No me interesa que nada de esto sobreviva a mi muerte. —Soltó una risa breve, hueca—. No pongas esa cara; no voy a hacer como esa loca de Camelia… ¡volar media ciudad! ¡Ja! ¿A quién se le ocurre? Pero, mientras tanto, no dejaré que me estropees la diversión.

—Mi único deseo —prosiguió, avanzando hacia el cuadro sumido en penumbra— es hacer sufrir a todos esos cabrones, tanto o más de cuanto me hicieron sufrir a mí… a nosotros. —Sus dedos recorrieron la mejilla pintada del retrato con ternura—. Quiero tenerlos bajo mi bota todo lo que la vida me lo permita.

Entonces se volvió hacia Berta. La luz del fuego reveló su cuenca vacía.
—Pero hay algo que no me gusta, Berta. —Su voz bajó un tono, más grave—. No me gusta que estés acumulando poder tan deprisa. Es un juego que claramente no sabes jugar. Y te lo advierto: si no aprendes, vas a perder antes incluso de empezar. —Cuanto más alto subas, más grande será la caída. —Sonrió con amarga ironía, señalando su cuenca—. A mí me costó un ojo aprender lo que te cuento. —La asamblea territorial se reunirá pronto para tratar el asunto de Puerto Igben, y eso ya no lo detendrá nadie. Así que te conviene empezar a entrenar tu mano izquierda… si es que quieres salir viva de todo esto.

—¡Qué bien me caes de repente! —soltó Berta a la ligera—. No acumulo poder, soy una mandada. Pero tiene gracia que digas que no sé jugar. Todos los juegos goblin consisten en hacer trampas o hacer daño a otros… y yo nunca pierdo. —Berta se cruzó de brazos—. Pero no estamos aquí para hablar de juegos de mesa. No digo que yo tenga algo que ver con eso de la amapola blanca, pero… podría parar si me permitieras visitar, a mí y a un grupo de amigos arqueólogos que tengo, cierta cámara que se encuentra bajo tu bonita ciudad. Bueno, eso y que dejes de meter las narices en los asuntos de los goblins. —El tono de voz de la goblin se volvió más frío—. No te la juegas conmigo, sino con los ministros, y ellos son aún menos diplomáticos que yo.

Leticia sonrió.
—Tienes mi permiso. Despejaré el colegio de niños tullidos para Lucano y para ti. —Lanzó un vistazo a la ventana; el destello de un rayo asomó bajo las cortinas—. Antes de que te vayas: hemos despejado recientemente el pabellón del clan Gurka Von Chadow. Puedes quedarte allí esta noche.

—Qué amable, muchas gracias. La primera vez que te vi pensé que eras una bruja estirada y odiosa, pero en serio, me empiezas a caer bien —Berta se volvió para salir de la sala. En el último momento, se detuvo para decir—: Siento lo que está pasando con tu ciudad. No es nada personal, pero no podía permitir que tú le hicieras esto a Puerto Cervecero.

Leticia asintió y dejó marchar a la goblin.

Mientras tanto, en el salón del trono, tras explicarle su plan a su amigo, Isidro volvió a refugiarse en la botella tras advertirle que todo saldría mal.

En ese instante, las puertas se abrieron, y los tres hombres se giraron hacia Sinibaldo, quien caminaba hacia ellos con cara de pocos amigos.
—¿Nos podemos ir ya? —preguntó el capitán, arrastrando las palabras.
—Sí. Oskar quiere ofrecernos sus disculpas personalmente por todo lo ocurrido. Y a ti, viejo cretino —exclamó, dirigiéndose a Lucano—, Leticia te quiere ver mañana, personalmente y a solas.

 



   
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Higo Chungo
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Mensaje de la dirección autoral:  ¿A quien no le va a gustar, ver el careto de Berta luciendo su melena? Pues ahora pueden hacerlo en nuestra cuenta de Instagram donde subimos regularmente todas las imágenes que acompañan a nuestros relatos, mapas, escenarios y personajes: https://www.instagram.com/fasa_ape?utm_source=ig_web_button_share_sheet&igsh=ZDNlZDc0MzIxNw==  



   
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Fasa_Ape
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El pabellón del clan Gurka Von Chadow, era un desastre; los signos de violencia, eran evidentes. Muebles rotos, cortinas desgarradas, algún que otro charco de sangre, aquí y allá, una gran mesa servida para la cena, en la que se enfriaba la comida entre copas de vino derramadas y platos rotos.

Al ver esto, Berta se sonrió. Tenía claro que, Leticia Von Chadow le estaba mandando un mensaje, una clara amenaza, ni muy directa, ni demasiado sutil, lo justo para que se entendiera. A Berta le caía cada vez mejor, era la humana con el comportamiento más cercano a los goblins que hubiera conocido, aunque, seguro que a Leticia le horrorizaba esa idea.

Enseguida empezó a organizar a su séquito, hizo que los guardias se encargaran de encontrar cualquier cosa que sirviera de arma y montaran patrullas, ordenó a los mecánicos que aseguraran los cierres de las puertas, y a Andolfa Cuerporata, su arqueóloga, que preparara la expedición a la cámara. Por su parte, Winifreda mandó venir a sus chicos, lo que sumó a la escolta de Berta, una docena de matones, además de un buen cocinero goblin. Winifreda no era obesa solo porque se pasara el día comiendo.

Pronto, el Pabellón Gurka Von Chadow, se convirtió en un hervidero de actividad goblin. Provocando que, en los años venideros, el pabellón pasara a ser conocido como la casa de los ruidos o la casa verde.

Para pasar la noche, Berta eligió la habitación de los niños, era un espacio bien iluminado, con un elegante balcón, y una gran cama en forma de barco, que aunque era del tamaño justo para un niño humano, para una goblin, resultaba bastante alta y espaciosa, sobre todo para Berta que ya era baja para ser goblin.
Un par de horas después y tras una cena de cinco platos y mucho alcohol, allí estaba, desnudándose para ir a dormir, quería madrugar, vamos, levantarse entre las doce y la una, para iniciar la expedición.

Estaba a punto de bajarse las bragas, cuando escuchó un ruido, puso los ojos en blanco. "Ya está Vicentin intentando verme el culo otra vez" pensó con disgusto. Estaba a punto de empezar a invitar amablemente, entre gritos, a Vicentin a irse a zurrarse la sardina, a tomar por saco de allí, o mejor, que intentara lo mismo con Winifreda, a ver qué opinaba ella, cuando, en el balcón, vio movimiento. La sombra era demasiado grande para ser la de un niño goblin.
Berta buscó con la vista algo que pudiera emplear como arma, pero el asesino humano se movió rápido. Debía llevar al acecho desde que el pabellón fue desalojado, la viuda Von Chadow tenia esto preparado desde el principio. En un abrir y cerrar de ojos, el asesino entro en el cuarto y se cernió sobre la pequeña goblin pelirroja.

-Leticia Von Chadow y la casa de los mil ojos, te envían saludos, alimaña- la voz del asesino era dura y llena de desprecio, el frío acero de una daga serpentiforme brillaba en su mano derecha, mientras alargaba la izquierda para agarrar a la goblin por el cuello.

Berta se alejó dando un pequeño salto hacia atrás, necesitaba un arma -Porque te vaya mal en casa, no tienes porque salir a matar cosas- la goblin trato de ganar tiempo, agarró la falda de su vestido que reposaba sobre la cama y la lanzo a la cara del humano, este se debatió, intentando desembarazarse de la lujosa tela que, de pronto, le cubrió la cabeza.

Cuando, unos segundos después, se desembarazó de ella, no había rastro de la goblin. El asesino humano, bufo de frustración, sabía que esa pequeña alimaña verde no podía haber salido del cuarto, empezó a revolverlo todo, buscándola, hasta que percibió movimiento en un armario, que se encontraba en el rincón más alejado del cuarto, el humano era un profesional y sabia lo que hacia, se acerco poco a poco, midiendo sus pasos para no alertar a la goblin que se creía a salvo dentro del armario -Sabes que solo estás retrasando lo inevitable, ratita. Va siendo hora de acabar con nuestro pequeño juego del ratón y el gato- dijo abriendo, la puerta de golpe.

-¡Miau!- dijo Berta, lanzándose contra el asesino desde lo alto del armario, con una lima de uñas en la mano.

++++++

A la mañana siguiente, Berta entró en el comedor con mala cara. Por culpa del asesino de los cojones, no había podido dormir en toda la noche, ¡para una vez que se iba a dormir pronto!.

Tras explicarle, lo que opinaba de eso de; espiar a una señorita goblin mientras se desviste, tarea con la que contó con la ayuda de la lima de uñas, objeto inofensivo, sobre la que el asesino resbalo y calló veinte veces. Tuvo que organizar a la guardia, registrar todo el pabellón y darse un baño para limpiarse la sangre del humano que la cubría. Todo para enterarse de que también habían intentado asesinar a Winifredada, pero, lo que más les molestaba, era que su cara ropa interior se había echado a perder... otra vez.

Winifreda ya estaba allí, comiéndose un desayuno continental doble, ya que era su ración mas la de Berta -Buenos días. Veo que no as perdido el sueño ni el apetito con lo de los asesinos ¿se puede saber como te libraste del tuyo?- Berta se sentó junto a su amiga y trato de picar de su plato, cosa que a Winifreda no le hizo gracia.

-Yo no tengo tu entrenamiento y habilidades de asesina- dijo Winifreda dando un manotazo a la mano de Berta, para que soltara un muslo de pollo. Berta la miró mientras hacía chirriar los dientes -Así que, tengo por costumbre, dormir con un trabuco naranjero cargado debajo de la almohada. El asesino lo descubrió un poco tarde-.

Ese era un buen sistema, pensó Berta, pero ella no podía permitirse usarlo, sería el equivalente a no confiar en sus habilidades -¿Te has deshecho de los cuerpos, como te dije?- preguntó mientras escamoteaba una tostada del plato de Winifreda.

-He mandado a mi gente que los deje tirados en un callejón, junto a una carretilla. Cualquiera que los encuentre, pensará que, se trata de dos borrachos que han sufrido un accidente de carretilla- Winifreda miró mal a Berta que masticaba la tostada.

-Los humanos no saben beber- Berta se mostró de acuerdo. El hecho de lo absurdo de escenario planteado, no le importaba, lo que quería era que Leticia Von Chadow, supiera lo que le esperaba a los que intentaran algo contra ella, y Winifreda estaba satisfecha por haber hecho que pareciera un accidente, ya que para los goblins, que alguien apareciera con veinte puñaladas en el cuerpo, junto a otro con la cabeza destrozada por un disparo a bocajarro de trabuco naranjero, se consideraba muerte natural, ya que nadie puede vivir con esas heridas, y estar muerto era totalmente compatible con un accidente de carretilla, porque todo el mundo sabe que los muertos no saben conducir y menos una carretilla.

-La Leti y yo, ahora somos súper amiguis. Por eso le perdono que me mandara a un asesino, es lo que hacen las amigas- Berta terminó su tostada y birlo otra del plato de Winifreda, que la miró con mala cara -Aun así, tenlo todo preparado para salir de esta ciudad, en cuanto regrese de la cámara-.

-¿Eso quiere decir que tengo que detener las operaciones de tráfico de amapola blanca?- Winifreda puso un brazo entre su plato y Berta para que dejara de robarle comida.

-No. Los ministros quieren lo que sea que hay en las cámaras. Para garantizarlo, necesito que la oposición sea débil o que, directamente, no exista- Berta miró calculadoramente el plato del desayuno, pensando en cómo pillar algo más -Cuando sea gobernadora general de todo El-higolann, ya veré si lo arreglo-.

En ese momento, Andolfa Cuerporata, la arqueóloga del séquito de Berta, entró en el comedor -La expedición está preparada para salir, su excelencia- dijo de forma desabrida y con desgana.

-Excelente- dijo Berta mientras mordía un muslo de pollo, ante la mirada de fastidio de Winifreda, que no entendía cómo había podido robárselo.



   
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Higo Chungo
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Capitulo, VI La última reunión. 

 

Muy temprano, bajo un sol lastimero que apenas ilumina, mientras la niebla empieza a despegarse del suelo. Dos figuras caminan por los jardines del palacio de la gobernación.

 

Lucano se relame el bigote inquieto Leticia no para de miralo con su ojo inmovil. Los dos caminan agarrados, deambulando entre la niebla sin decir una palabra. Lucano rompe el silencio.

 

— Ya veo que las cosas siguen como siempre.

Ella dibuja una a sonrisa. 

— Sí lo dices por el jardín.--- se burló— Hemos hecho algunos retoques. En concreto, en el campo santo. Pero si lo dices por Edgar.--- sonrió–  Que yo recuerde. Tú no fuiste mejor que yo. ¿O es que ya has olvidado su nombre?

 

Ante aquellas palabras ponzoñosas, Lucano intentó apartarse instintivamente pero ella lo sujetó con fuerza.

 

—- No lo decía por eso. — musitó—  Cómo alguien podría olvidar el nombre de su hijo. 

 

— Eso creía. Ya estaba empezando a creer que tenías demencia. 

 

El conde la miró con mal gesto pero siguió caminando.

Tras unos cuantos pasos en los que fueron  despertaba a los cuervos. Leticia volvió a disparar. 

  

—¿Qué has venido a hacer aquí Lucano? —. 

El conde la miró sin una pizca de buen humor. 

 

—- Quiero tú permiso para excavar bajo las ruinas del Orfanato. Seguro que la goblin te ha comentado algo.  

 

Leticia puso su ojo en blanco. 

— Eso ya lo sé. Te pregunto, qué es lo que has venido a buscar. 

 

El conde se quedó midiendo sus palabras para no revelar más de la cuenta. No se fiaba un pelo de la ojopiedra.

 

— Déjame responderte por tí— Exclamó Leticia—. Buscas, la corona. 

 

Lucano clavó los tacones en la tierra y con los ojos abiertos, giró un rostro incrédulo e iracundo hacia la media sonrisa de Leticia. 

 

— No me mires así. Tampoco ha sido tan difícil de adivnar.Debes de tener más cuidado a quien invitas.--- Le reprendió— Porque tu amigo, el erudito, lo tenía todo apuntado.  

 

Lucano agachó la cabeza y empezó a resoplar. «Leticia lo sabe». Pensó. «¡Sabe lo de las coronas!» La idea de asesinarla se le cruzó por la mente, pero pudo contenerla. Dió un paso atras, antes de caer de culo. Pero ella asintió.  Ante sus ojos vio como  todo su plan se había  venido abajo. Ante aquella mirada fría y esa pérfida sonrisa. Todos sus años de sacrificio y esfuerzos, se habían perdido por el despiste de un… gilipollas.  

 

Leticia se regodeaba viendo como el peso de la  desesperación caía a plomo sobre el pobre Lucano. Como cada vez se retorcía  de rabia con el alma rota al ser descubierto y como ante el yugo de la angustia el suelo fue su único sustento. Y cuando lo tuvo ahí, tirado,  a punto de llorar, agarró su barbilla afeitada y le dijo.

— No hay nada que escape a mis ojos, Lucano. Y si quieres desenterrar una baratija  tan valiosa como esa. No vas a librarte de mi peaje.

 

El conde se la quedó mirando. Una sutil sonrisa parpadeó en la cara del Conde. «No tenía ni puta idea.» En su interior una alegría inmensa bullía por salir, pero la reprimió para no desvelar su papel. Con la voz cortada le dijo: ¿Qué es lo que quieres?

 

La tuerta apartó su dedo dejando un surco rojo en la piel. Y desde lo alto, le dedicó una amplia sonrisa.

 

— Información. 

 

Momentos después, tras cruzar el canal, los dos aristócratas se encontraban en medio del bullicioso y pestilente mercado de las sardinas. Acaban de abrir las lonjas y las subastas llenaban la calle de marineros y representantes. Leticia, bajo la sombra de una capucha y lucano envuelto en una túnica de mercader. 

 

Un marinero borracho se tambaleaba hacia ellos. Y tras fijarse en el estilizado cuerpo de la Regenta, le chistó. 

 

—Oye guapa, por cuanto ofreces ese bonito par de…. 

No le dió tiempo ni a reaccionar. Leticia le arreó un bofetón que lo dejó en suelo. En ese instante tres policías portuarios surgieron de las sombras y molieron a palos al pobre desdichado. 

 

Lucano no se soltó de la mano de su acompañante, y siguió deambulando entre marineros, comerciantes y pescadores hasta llegar a un gran edificio de ladrillos. 

 

Sobre la puerta relucía la estrella de la C/I\O: Compañía de las Islas Orientales. 

 

— ¿Qué sabes de ellos?— espetó la regenta— Sé que tienes a alguien metido en el consejo. 

 

Lucano, intentó mantener el papel. 

 

— ¿Qué garantías tengo de que no me vayas a joder? 

 

La capucha se giró hacia él. 

 

— Ninguna. Habla y si me gusta lo que dices. Quizá no meta mis narices en tu proyectito.

 

«Proyectito» pensó  «No seas imbécil Leticia, vamos a ver qué es lo que tanto te interesa.» 

 

—  De lo poco que sé. Es que no se llaman las tres hermanas por casualidad. Si no porque se llevan como el culo. Solo Sity ha conseguido mantener a la corporación viva. 

 

— Eso , Lucano. Qué más sabes … 

 

— Bueno. Los Pinilla están consolidando la compra de participaciones. Quieren consolidar su posición dentro del consejo la estructura corporativa. 

 

— Eso me gusta más. 

 

— Te juro que no sé nada más.

 

Leticia, se dió la vuelta. 

 

— No hace falta que jures en vano. 

 

Y tras decir esta última palabra, el edificio de Ladrillo explotó en una llamarada roja. Todo el mercado se transformó en una algarabía de caos y confusión. Los viandantes salieron despavoridos. Muchos intentaron apagar el fuego para que no se extendiera hacia sus comercios. Pero a pesar de sus esfuerzos las llamas empezaron a crecer hasta el techo. Y en un segundo, todo el edificio se vino abajo. Sin saber como, Lucano y Leticia se había escurrido hasta una barcaza de alquiler los estaba alejando del ruido. Cuando la puertecilla se cerró, Leticia se quitó la capucha. 

 

— ¿A qué ha venido eso? — exclamó Lucano todavía con los oídos pitando.

 

Leticia lo observó.  

 

— Una explosión de gas la tiene cualquiera. Además esos tecnócratas habían intentado matar a una invitada de mi casa, y eso no lo puedo tolerar. Pero me ha servido para evaluar tu sinceridad, Lucano Averilich. 

 

Su sonrisa no dejó lugar a dudas. Lo que Lucano le había dicho no era nada nuevo para los oídos de la Regenta. Solo quería saber sí él era digno de su confianza. 

 

— Eres una retorcida de cojones, alguna vez te lo han dicho. 

 

Leticia no respondió, solo se limitó a sonreír. 

 

— Lo que buscas, querido. No está donde crees. No sé qué estará buscando Berta, pero no es la corona. 

 

Lucano se puso serio. 

 

— ¿Y eso cómo lo sabes? 

 

La sonrisa de Letizia se ensanchó. 

 

— Fácil. Porque no están buscando bajo las Puertas del cielo. 

 

Y así Leticia le contó cómo, durante la conquista. Sus antepasados derrotaron a los nativos en el camino hacia de un templo sobre las cimas de las montañas que rodean la bahía. Las puertas del cielo. 

Leticia, le entregó un mapa con la  localización exacta, y la promesa de poderse llevar la joya. Solo le pedía a cambio investigar todo lo que pudiera qué es lo que los goblins estaban buscando en su ciudad. Lucano tras sopesar un momento, la aceptó sin condiciones, pues sentía  la misma curiosidad por el objeto de aquella excavación. 

 

Tras desembarcar en la embajada, Lucano se puso su ropa de faena, agarró los pertrechos necesarios y dejó en la entrada el mapa y una nota para sus amigos: 

 

Estimados amigos, y mal encarado Yam Yam. 

 

No os preocupéis por mí, pues mientras leéis esta misiva, me hallaré a cientos de metros bajo la tierra junto al equipo arqueológico Goblin. 

 

No me esperéis para comer.  Y decidle al cretino de  yam yam, si no esta leyendo esto que le he robado un queso. Sí esta leyendo esto, que te jodan. 

 

Siempre vuestro, 

Lucano.

 

Posdata: Estoy en el colegio de los Felices Huerfanitos tullidos de San no se quien. Para que me vengáis.  

 

Horas después, cuando Isidro bajó el papel de su cara. De sus labios blancos por la sorpresa, solo surgió un enfurecido: Me cago en su estampa. 

 

 

 



   
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Higo Chungo
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Capitulo, VI La última reunión. (Versión corregida)

 

Muy temprano, bajo un sol lastimero que apenas ilumina, mientras la niebla empieza a despegarse del suelo. Dos figuras caminan por los jardines del palacio de la gobernación.

 

Lucano se relame el bigote inquieto, Leticia no para de miralo con su ojo ciego. Los dos caminan agarrados deambulando entre la niebla sin decir una palabra. Lucano rompe el silencio.

 

— Ya veo que las cosas siguen como siempre.

Ella dibuja una a sonrisa. 

— Sí lo dices por el jardín.---se burló— Hemos hecho algunos retoques. En concreto, en el campo santo. Pero si lo dices por Edgar.--- sonrió–  Que yo recuerde. Tú no fuiste mejor que yo. ¿O es que ya has olvidado su nombre?

 

Ante aquellas palabras ponzoñosas, Lucano intentó zafarse instintivamente de su agarre, pero ella lo sujetó con fuerza.

 

—- No lo decía por eso. — musitó—  Cómo alguien podría olvidar el nombre de su hijo. 

 

— Eso creía. Ya estaba empezando a creer que tenías demencia. 

 

El conde la miró con mal gesto pero siguió caminando.

Tras unos cuantos pasos en los que fueron  despertaba a los cuervos. Leticia volvió a disparar. 

  

—¿Qué has venido a hacer aquí Lucano? —. 

El conde la miró sin una pizca de buen humor. 

 

—- Quiero tú permiso para excavar bajo las ruinas del Orfanato. Seguro que la goblin te ha comentado algo.  

 

Leticia puso su ojo en blanco. 

— Eso ya lo sé. Te pregunto, qué has venido a buscar. 

 

El conde se quedó midiendo sus palabras para no revelar más de la cuenta. No se fiaba un pelo de la ojopiedra.

 

— Ya que estas tan tímido. Déjame responderte por ti— Exclamó Leticia—. Buscas, la corona. 

 

Lucano clavó los tacones en la tierra y con los ojos abiertos, giró un rostro incrédulo e iracundo hacia la media sonrisa de Leticia. 

 

— No me mires así. Tampoco ha sido tan difícil de adivinar. Debiste tener más cuidado con a quien invitas.--- Le reprendió— Porque tu amigo, el erudito, lo tenía todo apuntado.  

 

Lucano agachó la cabeza y empezó a resoplar. «Leticia lo sabe». Pensó. «¡Sabe lo de las coronas!» La idea de asesinarla se le cruzó por la mente, pero no había posibilidad. Dio un paso atrás antes de contemplar como  todo su plan se estaba viniendo abajo. Todo ante aquella mirada fría, ante aquella pérfida sonrisa. Todos sus años de sacrificio y esfuerzos, se habían perdido por el despiste de un… gilipollas.  

 

Leticia se regodeaba viendo como el peso de la  desesperación caía a plomo sobre el pobre Lucano. Como du alma se rompía ante el yugo de la angustia encontrando en el suelo su único sustento. Y cuando lo tuvo ahí, tirado, a punto de llorar, agarró su barbilla afeitada y le dijo.

— No hay nada que escape a mis ojos, Lucano. Y si quieres desenterrar una baratija  tan valiosa como esa. No vas a librarte de mi peaje.

 

El conde se la quedó mirando. Una sutil sonrisa parpadeó en su cara. «No tenía ni puta idea.» En su interior una alegría inmensa emergió de su estomago pero la reprimió para no desvelar su papel. Y con voz cortada le dijo: ¿Qué es lo que quieres?

La tuerta apartó su dedo dejando un surco rojo en la piel. Y desde lo alto, le dedicó una amplia sonrisa.

— Información. 

 

Momentos después, tras cruzar el canal, los dos aristócratas se encontraban en medio del bullicioso y pestilente mercado de las sardinas. Acaban de abrir las lonjas y las subastas llenaban la calle de marineros y representantes. Leticia, bajo la sombra de una capucha y Lucano envuelto en una túnica de mercader. 

 

Un marinero borracho se tambaleaba hacia ellos. Y tras fijarse en el estilizado cuerpo de la Regenta, le chistó. 

—Oye guapa, por cuanto ofreces ese bonito par de…. 

No le dió tiempo ni a reaccionar. Leticia le arreó un bofetón que lo dejó en suelo. Y en ese mismo instante tres policías portuarios surgieron de las sombras y molieron a palos al pobre desdichado. 

 

Lucano no soltó la mano de su acompañante, y siguió deambulando entre marineros, comerciantes y pescadores hasta quedarse ante un a un gran edificio de blanco.  Sobre la puerta relucía la estrella de la C/I\O: Compañía de las Islas Orientales. 

 

— ¿Qué sabes de ellos?— espetó la regenta— Sé que tienes a alguien metido en el consejo. 

 

Lucano, intentó mantener el papel. 

 

— ¿Que garantías tengo de que no me vayas a joder? 

 

La capucha se giró hacia él. 

 

— Ninguna. Habla y si me gusta lo que dices. Quizá no meta mis narices en tu proyectito.

 

«Proyectito» pensó  «No seas imbécil Leticia, vamos a ver qué es lo que tanto te interesa.» 

 

—  De lo poco que sé. Es que no se llaman las tres hermanas por casualidad. Si no porque se llevan como el culo. Solo Sity ha conseguido mantener a la corporación viva. 

 

— Eso lo sabe hasta un niño. Qué más… 

 

— Bueno. Los Pinilla están consolidando la compra de participaciones. Quieren consolidar su posición dentro del consejo la estructura corporativa. 

Quieren recuperar la compañía. O eso se temen los consejeros.  

— Eso ya está mejor. 

 

— Te juro que no sé nada más.

 

Leticia, se dió la vuelta. 

 

— No hace falta que jures en vano. 

 

Y tras decir esto , el edificio de ladrillos explotó. Todo el mercado se transformó en una algarabía de caos y confusión. Los viandantes salieron despavoridos. Muchos intentaron apagar el fuego para que no se extendiera hacia sus comercios. Pero a pesar de sus esfuerzos las llamas empezaron a crecer hasta el techo. Y en un segundo, todo el edificio se vino abajo. Sin saber como, Lucano y Leticia se había escurrido hasta una barcaza de alquiler que los alejó a toda velocidad. Cuando la puertecilla se cerró, Leticia se quitó la capucha. 

 

— ¿A qué ha venido eso? — exclamó Lucano todavía con los oídos pitando.

 

Leticia esbozó una sonrisa.  

 

— Esos tecnócratas engreídos han cruzado mi frontera norte para iniciar  “prospecciones” . Me están robando en la cara, Lucano. Y no pienso permitirlo. Ademas han violado la santidad de mi casa infiltrando a un asesino. Han ido demasiado lejos, y se los haré pagar. 

Y me ha servido para evaluar tu sinceridad, Lucano Averilich. 

Su sonrisa no dejó lugar a dudas. Lo que Lucano le había dicho no era nada nuevo para los oídos de la Regenta. Solo quería saber sí él era digno de su confianza. 

—Eres una retorcida de cojones, alguna vez te lo han dicho. 

Leticia ahogó una risotada. Y tras ello, le contò todos sus sus planes. La venganza contra los Voiards, contra los Vonchadows y por último, contra toda su gente. Todos caerían cuando ella cayera, pero hasta ese momento lo mantendría a todos atados bajo su bota.

 Lucano se recostó sobre el asiento, tratando de digerir todas aquellas revelaciones . 

— Lo que buscas, querido. No está donde tú crees.— exclamò Leticia cambiando de tema— No sé, qué estará buscando Berta, pero te aseguro qje no es la corona. 

 

 El Conde frunció el ceño. 

— ¿Y cómo puedes saber eso? 

 

La sonrisa de Letizia se ensanchó. 

 

— Porque no están rebuscando en el sitio correcto. 

 

—Durante la conquista de Elhigolan. Los primeros Vonchadow derrotaron a los nativos en las montañas que rodean la ría. Y su último bastión, descansa todavía sobre la cima de aquellas montañas. Las llamadas: Puertas del cielo. 

Leticia, le entregó un mapa con la  localización exacta, y la promesa de poderse llevar la joya a casa. Solo pedía a cambio, que investigara lo que los goblins estaban tramando en su ciudad. Lucano tras sopesar un momento, la aceptó sin réplica, pues sentía la misma curiosidad por conocer el objetivo de aquella excavación. 

 

Tras desembarcar en la embajada. Lucano se apresuró a ponerse la ropa de faena, agarrar los pertrechos necesarios y salir para donde Letizicia le había dicho. No sin antes dejar el mapa y una nota para sus amigos: 

 

Estimados amigos, y mi mal encarado Yam Yam. 

 

No os preocupéis por mí, pues mientras leéis esta misiva, me hallaré a cientos de metros bajo la tierra junto al equipo arqueológico Goblin. 

 

No me esperéis para comer.  Y decidle al cretino de  yam yam, si no esta leyendo esto que le he robado un queso. Sí esta leyendo esto, que te jodan. 

 

Siempre vuestro, 

Lucano.

 

Posdata: Estoy en el colegio de los Felices Huerfanitos tullidos de San no se quien. Para que me vengáis a recoger.  

Horas después, cuando Isidro bajó el papel de su cara. De sus labios blancos por la sorpresa, solo surgió un enfurecido: Me cago en su estampa. 



   
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Fasa_Ape
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El orfanato de los felices niños tullidos, tenia un ambiente deprimente y decadente. A Berta le recordaba al orfanato de San Judas y eso le gustaba. El semirruinoso edificio había sido desalojado, como prometió Leticia, lo que facilitaba y aceleraba las cosas. Un puñado de goblins en un recinto lleno de niños aburridos solo podía acabar en desastre, para los guardeses del orfanato.

Como esperaba, ese humano viejo y cansino de Lucano no aparecía por ningún lado; su táctica de llegar cinco horas después de lo acordado, para quedarse con la cámara solo para ella, estaba funcionando. No se entretuvieron mucho rato; Berta tenía prisa, y esa vieja monótona y pesada de Andolfa Cuerporata tenía aún más prisa que ella, al parecer, lo único que parecía animarla, era entrar en esa cámara; bueno, eso y dar largas y aburridas clases de historia que a Berta le provocaban somnolencia.

Ya en los sótanos, bajaron a los niveles mas antiguos. Estos, se utilizaban como almacén, los trastos se acumulaban allí desde hacia siglos, lo que a los goblin que acompañaban, les parecía una bóveda llena de tesoros, de no haber tenido tanta prisa, Berta les habría permitido arrebuscar un poco, pero tenían una misión y ganas de irse a comer con Winifreda antes de abandonar la ciudad.

Exploraba las salas buscando la entrada sellada de la cámara, cuando escucho un ruido, se puso en guardia y avanzo con lentitud, solo para encontrarse con Lucano, que rebuscaba entre un montón de cajones, Berta puso los ojos en blanco, estaba claro que no se iba a librar tan fácilmente de el. Berta se puso tras el y se aclaro la garganta -Buenos días, parece que estáis ocupado-.

El anciano humano, dio un respingo y se volvió, sorprendido de que Berta hubiera salido de la nada.

— Menudo susto. Muy buenos días, Virreina. Veo que llegáis “pronto”. Estaba buscando la llave de la sala de castigos. Al parecer ha habido muchos niños borrachos esta semana. Jejejeje. Vos primero, si no os importa. Tengo algunas preguntas para su maestra arqueóloga —.

-Nunca hay suficientes niños borrachos- dijo Berta con aprobación -Y podéis darle la murga a mi arqueóloga todo lo que querais- si Lucano cosía a preguntas a Andolfa, la dejaría a ella libre para hacer lo que tenía que hacer.

—Oh, cuánta gentileza.
Y Lucano se giró hacia la anciana arqueóloga.
—Que podéis contarme, acerca de esta excavación y su objeto. O en palabras más sencillas, ¿qué estáis buscando?, ilustrada señora.

-Digan lo que digan, soy muy gentil cuando es necesario- Berta muchas ganas de contarle nada; se volvió para llamar a Andolfa, y se retiró un poco. Había traído la joya que Elric le regaló, la que consiguió de la corona de Verdejardín, y con la que ya había abierto y activado una cámara. Podía sentir que el gran brillante emitía cada vez más calor; la puerta estaba cerca.

Lucano, las observó atentamente, por encima, notando un tenue resplandor que surgía entre ellas. Apunto en su libreta: Algo brillante a la altura del pecho.

Berta notó la mirada de Lucano -¿me está mirando el escote?- dijo con bastante indignación; no le molestaba que admiraran sus encantos, pero no le gustaba que lo hiciera un repugnante humano. Lo que le recordó a Elric y el tiempo que hacía que no echaba un polvo; prometerse con ese enano y aceptar serle fiel le estaba costando, tanto reputación como un grandísimo esfuerzo; la monogamia no era fácil para los goblins.

—¿Eh?— exclamó Lucano arrancado de sus pensamientos. ¡Ni por asomo!—tardó en decir.— Solo me ha cautivado esa deslumbrante estela que portáis.

-Que no me mires las tetas, viejo salido, los humanos no me van- Berta se indigno de que Lucano ni se sonrojara y aun mas de que siguiera sin apartar la mirada.

Lucano, diò un vuelco con la cabeza solo de pensar lo que Berta acababa de decirle: «Se me esta insinuando» pensó totalmente asqueado.
Cuando volvió la vista, la pared empezó a hacer cosas.

Berta siguió la mirada de Lucano, la pared brillaba, eso era lo que estaba buscando. Se acerco, podía sentir como el diamante tiraba de ella, hasta que estuvo lo suficientemente cerca y el gran brillante floto hasta tocar la pared. En cuanto la joya la toco, la pared vibro, una nube de polvo lo cubrió todo. Cuando la nube se disipo, ya no había pared, si no una gran cámara, de una arquitectura perfecta.

Andolfa, corrio a llamar al resto de goblins, mientras Lucano y Berta entraban despacio en la sala.
Nada mas poner un pie en su interior, un pedestal que se hayaba en el centro, empezo a brillar.
De la nada, se formó la imagen holográfica de una hermosa joven; parecía una elfa, pero había algo en ella, una perfección, una compostura que ningún elfo podía igualar por perfectos que fueran.

El olograma les dio la biembenida en el antiguo idioma de los goblins.

El resplandor de la figura alumbró la frente ondulada del conde mientras que sus mirada se clavaban en la luz viviente, a punto de salirse de sus orbitas. El corazón le latía con el ánimo y el amor de quien contempla algo maravilloso. Pero la cabeza le bullía sedienta de respuestas pues tan centrado como estaba en la cultura Pekina nunca concibió descubrir alguna otra cultura que se le igualara a su grandeza.

—Entre los caminos de la ignorancia. Ante mis ojos refulge el saber olvidado. Cuya luz me guía hacia el origen de su estrella. Así habló el sabio bajo la pirámide de Ankaria. Y así en cono me siento al verlo…—lucano extendió un brazo hasta la figura de luz.

-si, si, claro, si tu lo dices- Berta se acerco a la base del pedestal y urgo hasta que apago la imagen orográfica. Los goblins de su sequito se habían internado en la camara y, sin la mas minima reverencia, buscaban algo, siguiendo las indicaciones de Andolfa Cuerporata, vieja y alicaida goblin que decia ser arqueologa.

Lucano, soltó todo el aire por la nariz. Y se volvió para no ver el destrozo que aquella “arqueóloga”, estaban dirigiendo. Ante el chasquido de la cerámica al romperse, su rostro se contraía con un dolor evidente. Como nada podía hacer para evitarlo. Trató de evadirse buscando algún significado en las tallas de la pared. Enseguida averiguó que no se trataba de una cámara peikina. ¿Quizá de alguien anterior? Pero…¿Quienes habrían sido aquellos constructores? ¿Porque no habían tenido referencias de ellos? Pero sobretodo… ¿Porque el mapa oracular le había mostrado aquella localización? Intentando dar respuesta a sus preguntas, no se dio cuenta de uno de los relieves de la pared empezó a abrir los ojos. De alguna boca oculta aquella cosa alargó un gruñido gutural que lo sacó del trance. Y am alzar la vista, se quedó mirando aquellos ojos pétreos que lo observaban con un destello verdoso.
—¡Holá!. — ¿Krozco-ke Asul namenya?— repuso la voz pétrea. Lucano arrugó la cara con una sonrisa forzada. — Claro, claro. Ehhh... ¿Me da un segundo? Lucano se giró de pronto con la cara sombreada del miedo.

—Bartola. ¡Estamos bien jodidos! Una piedra se ha movido. Creo que es algún tipo de golen. (La voz decia: ¿desea abrir la puerta?, en la lengua Goebeling)

Berta le hizo un gesto a Andolfa, que se acercó con disgusto al verse apartada de su "investigación". La vieja goblin escucho la voz, parecio tardar en comprender lo que decia, o tal vez, buscaba que responder.

Por fin, dijo una sola palabra en un idioma gutural. La pared pareció retemblar; las piedras que la formaban se fundieron en una sola losa megalítica, que se desplazó hacia un lado con una suavidad asombrosa. Un vapor unido a un sonido de succión acompañó el movimiento de la losa, signo inequívoco de que aquella sala, que mantenía cerrada, se había mantenido sellada y a una presión constante desde hacía, tal vez, milenios.

El interior de la cámara permanecía envuelto en penumbra. Ninguna luz que portaran atravesaría el velo que cubría la puerta. Lucano se quedó pasmado; jamás había visto semejante prodigio. Por fin se sobrepuso a su asombro y se acercó a Berta, que revisaba lo que parecía un plano junto a su arqueóloga, con la que cuchicheaba conspiratoriamente.

— ¿Que creéis que contenga? Virreina? Berta le ignoró olímpicamente. Y Lucano apretó los dientes. — Y usted, que opina, Arqueóloga Cuerporata. Ante la cara de uva con la que le respondió la anciana. El conde se mostró abiertamente molesto, antes de que una idea le hiciera sonreír con una mueca. Rebuscó y sacó algo de su bolsillo. El brillo dorado de un león de oro destelló entre sus dado. Todos los Goblin dejaron de trabajar para mirarlo. En su mirada se reflejaba el deseo y la suspicacia del avaro. Lucano sonrío y con mudo “upsss” la lanzó con el pulgar. La moneda giró en el aire atrayendo la mirada de todos los presentes. Hasta caer a los pies de la vieja arqueóloga. No la dio tiempo a decir nada cuando su antigua cuadrilla “organizada” se abalanzó sobre ella, todos a la vez. Unos sobre otros trataron de alcanzar la moneda. Los de mas arriba arreaban tortazos con sus palas y azadas. La anciana consiguió asomar la cabeza para poder respirar y empezó a morder en el culo a los que la aprisionaban.

Berta se pasó la mano por la cara, a punto de pegar un chillido. Hasta que de pronto, la explosión de un arma de fuego atrajo la atención de todos en la sala. Lucano, apuntaba al techo con su pistola pimentero, y en la otra mano sostenía una bolsa de terciopelo.

La agitó para que la melodía metálica, se fijara en la mente de los goblins . Y con un gestò la arrojò al interior de la cámara. Los goblins entraron en tropel en la sala, dejando a Andolfa Cuerporata atontada en el suelo.

Berta cruzo los brazos y golpeo el suelo con un pie, mientras miraba a Lucano con enfado. -¡Humano anciano y cansino! Ya me resultabas cargante, pero acabas de ir demasiado lejos-.

Lucano dibujó una sonrisa para la Goblin —No sería la primera vez ni la última. Mi estimada Virreina. ¿Quizás encontréis lo que buscáis? O quizá lo encuentro yo primero. ¿Que es, por cierto? Para no pegarle una patada ni tirarlo como han hecho sus compatriotas—.

La goblin rechino los dientes, pero no retrocedió ante la humeante arma que portaba Lucano -No es nada que os incuba a ti ni a ningún humano. Ademas, es demasiado complicado para que lo comprenda tu cerebro de viejuno. Pero resumiendo y para que lo comprendas, estamos reclamando lo que nos pertenece por herencia-.

—¿Una herencia Goblin?. ¿En Elhigolann? Muy interesante... Vamos a ver de lo que se trata…— Lucano apunto a la cabeza de Berta, mientras trataba de asomarse a la cámara sin perderla de vista.

Con un movimiento tan rápido que Lucano no tuvo tiempo de ver ni de esquivar, Berta golpeó las rodillas del humano, que, sin entender cómo, se vio tirado en el suelo.

Con una serie de órdenes rápidas y concisas, Berta hizo que sus secuaces se abalanzaran sobre Lucano, atándolo de pies y manos, ante la impasible mirada de Berta.

-Como no vas a salir vivo de esta, te lo contaré todo- la goblin se acuclilló para que Lucano pudiera ver bien su cara -y que conste que te voy a liquidar, primero: porque es una deuda histórica, y no preguntes. Es una historia muy larga. Segundo: porque, después de la explicación, sabrás demasiado. Y por último, y es lo más importante, ¡¡PORQUE ME TIENES HASTA EL COÑO!!-.

— Y tú me tienes hasta los mismísimos. ¡No te jode! A tantos goblin que hay en el mundo, y me he tenido que topar con la tuerta hija de la gran— ex—exclamó en plena ira santa. Un goblin le metió un calcetín sudado en la boca.

— Cabrmm. Hijmm. Puaj. —Lucano acabó escupiendo el calcetín — No te prives, princesa. Anda y cuéntamelo todo, si estás tan segura de lo que dices…. Otro calcetín le volvió a callar, esta vez más apretado.

Berta chirrió los dientes, demostración de lo enfadada que estaba -Mira, no te parto la cara, porque, ya te voy a matar, y si te zurrara, sería trabajar dos veces- La goblin se volvió hacia su arqueóloga -Anda, Andolfa, explícaselo tú, que estás más puesta; yo tengo cosas mejores que hacer, a ver si podemos acabar con esto rapidito- dicho esto, se dirigió a sus secuaces para poner orden.

Andolfa Cuerporrata, se aclaró la garganta y empezó a declamar con voz monótona, como si estuviera dando una clase magistral en la universidad de Goblinburgo -En los albores de los tiempos, cuando este mundo era joven...-.

-Abrevia, Andolfa, queremos matarlo, pero no de aburrimiento- Berta interrumpió a su arqueóloga desde el otro lado de la sala. La envejecida cara de Andolfa, adquirió un aspecto compungido, como si le hubieran arrebatado, lo único que le daba placer en la vida -claro, su excelencia- dijo con desgana; después miró a Lucano y empezó a hablarle como si fuera el niño más cortito de una clase de niños cortitos, vamos, en voz alta y separando mucho las sílabas para que la entendiera -¿VES TO-DO ES-TO, HU-MA-NO?- hizo un gesto con la mano para abarcar toda la sala -es obra de los que, esos ignorantes que se hacen llamar "eruditos del Arca", llaman Aurgos Originarios. Aun que, nosotros los llamamos, ancestros- hizo una pausa para mirar la cara de desconcierto de Lucano -que siiii, ya se que todo es muy grande y los goblins somos muy pequeños. Eso, se debe, a que antes de la caída, nuestros antepasados, tenían un aspecto parecido al de esos repugnantes elfos. Por fortuna mejoramos. Pero me estoy dispersando -la arqueologa goblin hizo una pausa y miro la cara de Lucano -veo en tus ojos que no me crees ¿como crees que la virreina fue capaz de abrir esta cámara sellada?¿como conozco el idioma que habla la mente mecánica que habita este lugar?-.

Lucano se revolvió, furioso por no poder expresar lo furioso que estaba, al tener la boca taponada con un calcetín sudado, demasiado rabioso para sopesar lo que le estaban diciendo. Andolfa continuo -Todas las cámaras de este estilo en El-higolann, nos pertenecen, fueron creadas por nuestros ancestros. ¿Creías de verdad que, todo esto, lo habían creado esos bárbaros palurdos de los Pekinos?- se burlo la arqueóloga goblin -no, solo construyeron encima de lo que ya esistia antes, como an hecho todas las civilizaciones- la voz de Andolfa se alzo, en un crescendo cavernoso -en el pasado, este mundo, perteneció a nuestros ancestros, y gracias a lo que hay en estas cámaras, los goblins volveremos a dominar este planeta. Y lo mas gracioso, es que mientras nosotros nos quedamos con todo, el mundo solo tiene ojos para la Sierpe. La distracción que crearon los ministros, al poner a su alcance un poco de Ankar negro y hacerles creer que se lo inventaron ellos- la perorata sicótica de Andolfa habría continuado, si Berta no la hubiera interrumpido.

Berta se puso junto a Andolfa, mientras jugueteaba con algo parecido a una tarjeta, que guardó en algún bolsillo, antes de que Lucano pudiera verla bien -Andolfa, te dije que le contaras lo que buscamos, no que le contaras todos los panes de los ministros. Se trata de matarlo a cuchilladas o a patadas en los tobillos, no de miedo- Berta le reprochó con sequedad a la arqueóloga; después dedicó una sonrisa sardónica a Lucano -yo ya tengo lo que quería, así que me adelanto- después se dirigió a Andolfa -Destruirlo todo, y después sellar de nuevo la cámara. Ah, y no os olvidéis de dejaros dentro al humano viejuno y mal educado este. En unos siglos, puede que hasta el valga algo- dicho esto, camino acia la salida de la cámara sin mirar atrás.



   
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Fasa_Ape
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Berta estaba contenta. Para variar, todo había salido a la perfección. Consiguió lo que buscaba sin dramas y, lo más importante, se había sacado la espinita de liquidar a Lucano. Además, en su opinión, al darle boleto a ese viejo humano senil, le había hecho un favor a Lucrecia; nadie querría tener un padre así, vamos, humano, lo de loco era lo de menos, o eso pensaba Berta.

La limusina de Winifreda, que tomo prestada para ir al orfanato, entro suavemente en el patio del pabellón del clan Gurka Von Chadow, estaba claro que el cochero sabia conducir a una velocidad normal cuando Winifreda no estaba presente.

El vehículo se detuvo, Berta no espero a que el cochero le abriera la puerta, salto fuera de la limusina, exultante y triunfal, todo para encontrarse con Winifreda, que hablaba con un policía en la escalinata de entrada al edificio.

-Yo no tengo la culpa de que dos borrachos hayan tenido un accidente de carretilla al lado de este edificio- decía Winifreda a la defensiva.

-No estamos acusando a nadie de nada. Pero es difícil de creer que nadie viera ni ollera nada- El policía intentaba sacar algo, a pesar de lo frustrado que la goblin le hacia sentir -Ademas, no estaban borrachos. Uno tenia la cabeza reventada por un arma de fuego, y el otro estaba cosido a puñaladas-.

-Pues mas razón para que tuvieran un accidente. Todo el mundo sabe que, a los muertos, solo se les da bien estar tirados y quietos, porque cuando te mueres, te vuelves un vago. Pero como iban borrachos, se les olvidaria ese detalle, cogieron la carretilla y paso lo que tenia que pasar, porque los muertos no saben llevar una carretilla- Razono Winifreda.

El policía gruño -Volveremos a hablar, no abandone la ciudad- el humano se despidió de Winifreda, se volvió para salir del patio e hizo una inclinación de cabeza al pasar junto a Berta. El policía no había renunciado a conseguir más información; sospechaba que los goblins estaban implicados, pero sabía que, los que se alojaban en ese lugar, tenían inmunidad diplomática. Y que, intentar seguir el hilo de razonamiento de esas criaturas, era el camino más corto a la locura.

Berta torció el gesto y se acerco a su amiga -¿Están dando mucho la lata con lo de los asesinos asesinados?-.

Winifreda se encogió de hombros -Nada de que preocuparse. La que tiene un problema, eres tu-.

Berta sintió como si le echaran encima un cubo de agua fría -¿como que quien tiene un problema soy yo?-.

-Te lo contare mientras comemos- Dijo Winifreda mientras pasaba a su lado y subía a la limusina -He reservado en el mejor restaurante de la ciudad y ya llegamos tarde-.

Berta puso los ojos blanco y siguió a Winifreda dentro del vehículo. Mientras la limusina recorría las calles a toda la velocidad posible, Winifreda ofreció algo de beber a Berta -El restaurante al que vamos, esta cerca del puerto, dijiste que al terminar en el orfanato, querías comer e irte. Me iré contigo en mi yate. Creo que es mejor que salga de esta ciudad una temporada-.

Berta aceptó la bebida y, se preguntó qué podría haber hecho Winifreda para tener tanta prisa por abandonar la ciudad, aparte de inundar las calles de drogas, y lo del asesinato de los asesinos -Pero ¿as estado antes en ese restaurante?-.

-No, pero me han dicho que es bueno. Espero que no sea uno de esos restaurantes modernillos que, sirven raciones diminutas- Winifreda se bebió de un trago su jarra de cerveza enana y se sirvió otra.

-¿Me vas a contar de una vez que problema a surgido ahora?- Berta dio un trago a su bebida.

-Que pesada eres, chata. ¡Siempre con el trabajo!- reprocho Winifreda. Berta rechinó los dientes. Era cierto que, desde que ascendió a virreina, había tenido poco tiempo para ella.

Aunque para los estándares humanos, Berta trabajaba más bien poco, entre los suyos, estaba considerada como una obsesa del trabajo, debido a su gusto, insano para un goblin, por mantenerlo todo controlado y ordenado, o todo lo controlado y ordenado que puede mantener algo un goblin.

El viaje por las calles de Puerto Umbroso, no llevó mucho tiempo. En una hora, ya estaban sentadas en el restaurante, con la comida pedida y servida. Realmente era un buen restaurante, el comedor era elegante, los manteles de seda fina y, estaban atendidas constantemente por dos camareros que rellenaban sus copas, pero lo que más le gustó a Berta, fue que los cubiertos eran de plata. Se había acostumbrado a que le pusieran cubiertos de madera cuando iba a ese tipo de sitios fuera de Puerto Cervecero.

Winifreda se atiborraba delante de ella, mientras se quejaba de que los humanos; no saben cocinar las ancas de rana. Berta estaba de acuerdo, pero no lo menciono, otra cosa le daba vueltas en la cabeza y, no la dejaba disfrutar de quejarse de lo mal cocinado que estaba todo -bueno ¿me vas a decir que pasa de una vez?-.

Winifreda no dejó de masticar ni por un segundo mientras le respondía -Gervasio Muerdeperros, el imbécil de tu ex prometido, ha dado un golpe de Estado en Puerto Cervecero y, dice, que ahora manda él-.

Berta puso los ojos en blanco, ya se veía venir algo así -no me preocupa, hasta que no me mate, decir que manda en Puerto Cervecero, es igual que nada. Esto es mas bien un desafió o una pataleta, ningún goblin moverá un dedo por el, por muy plantado que tenga su culo en mi despacho-.

Winifreda siguió comiendo a dos carrillos -Aun así, tienes que cerrarle el pico lo antes posible. Cada minuto que pasa, es un desafió a tu autoridad-.

-No. Gervasio siempre ha sido impaciente. Cuanto más tarde en volver a Puerto Cervecero, más probable es que meta la pata- Berta levantó la copa para que el camarero se la rellenara -ya que vamos a viajar en barco, aprovecharemos para pasar unos días en el asentamiento de la cofradía de armadores enanos- Hacía bastantes días que no veía a Elric, su prometido enano. Siendo goblin, Berta tenia unas necesidades sexuales elebadas, y dado que le había prometido al enano serle fiel, era obligación de Elric mantenerla satisfecha.

-Genial, así me presentas de una vez a tu enano. —En cuanto terminemos de comer, embarcaremos en el Azucarillo- celebro Winifreda apurando su copa de fino cristal y tirándola por encima del hombro, ante la consternación de los dos camareros humanos.

-Espera ¿traficas con azúcar en Goblinburgo y as llamado azucarillo a tu yate?- pregunto Berta desconcertada.

-Eh, yo no me avergüenzo de mi profesión- se defendió Winifreda, para a continuación, preguntar mientras pedía la carta -¿Que quieres de postre?-.



   
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Fasa_Ape
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Berta y Winifreda llegaron al muelle donde estaba amarrado el yate. Bajaron de la limusina, parloteando como dos niñas traviesas; no obstante, se habían escabullido del restaurante sin pagar. Allí ya les esperaba su equipaje, Vicentin, alguno de los esbirros de Winifreda y, por supuesto, Andolfa Cuerporata, que rehuyó hablar con Berta.

El Azucarullo resultó ser una balandra goblin. Tosca, al tratarse de una embarcación construida por esas criaturas, pero también más veloz y maniobrable que las balandras de otras razas. Aunque se puede pensar que los goblins son unos chapuceros, y con razón. Sus astilleros civiles construían barcos de altas prestaciones y a un precio muy asequible. Eso sí, muy feos.

Estas características, que no su calidad, fueron lo que, hace unos meses, llevó a los astilleros de Goblinburgo y a la cofradía de armadores enanos a entrar en una espiral de ofertas, contraofertas y, sobre todo, juego sucio, por hacerse con el lucrativo contrato que ofrecía Sity, el hombre más rico de El-higolan. Fue en ese ambiente de espionaje industrial y zancadillas, en el Juan Luis Dedos Morcilleros, fallecido virrey de Puerto Cervecero, implicó a Berta. Total, para nada. El ataque de los Igben a Puerto Cervecero y la invasión goblin que le sucedió lograron que aquello se convirtiera en algo muy secundario y quedara olvidado. A Berta le parecía que había pasado toda una vida desde entonces.

Winifreda hizo zarpar el barco prácticamente de inmediato, se puso al timón, con Berta a su lado, que pronto tuvo que dejar su actitud relajada para agarrarse a la borda. Wini parecía tener más prisa por abandonar la ciudad que ella, y ya era decir. Un grupo de humanos con uniforme de policía llegó al muelle donde estaba atracado el Azucarillo, justo cuando la balandra largó velas y se dirigió a la boca del puerto a una velocidad peligrosa, esquivando en el último momento a las barcazas de carga y remolcadores que se cruzaban en su camino.

-¿Pero tú sabes llevar el cacharro este?- le gritó Berta a una Winifreda que hacía girar el timón de forma brusca pero despreocupada.

-Pues claro, chata, en Goblinburgo me saqué el título de patrón de yate- justamente en ese momento, salían entre las torres que controlaban la entrada del puerto; estaban tensando la cadena que impedía la salida. Eso no inquietó a Winifreda, que gritó órdenes a la tripulación para que mantuvieran la baluma abierta y subieran la botavara.

El Azucarillo pasó como una centella entre las torres; aun así, estuvo a punto de zozobrar cuando la cadena lo levantó por la popa. El barco traqueteó, pero siguió adelante, dejando atrás las torres. Berta, agarrada a la borda con todas sus fuerzas, empezaba a sospechar que alguien no quería que abandonaran Puerto Umbroso. Se sacó esa idea absurda de la mente y gritó -En Goblinburgo no hay escuelas de patrones de yates-.

-Pues claro que las hay. En Goblinburgo tenemos de todo. ¡Pero cómo no vienes nunca!- reprochó Winifreda, provocando que Berta pusiera los ojos en blanco.

La mafiosa goblin enderezó el timón, provocando que el Azucarillo diera un bandazo, derribando a más de un goblin en la cubierta; tras esto, cizagueó durante un par de horas hasta que estuvo segura de que no las seguía nadie.

A última hora de la tarde, avistaron Punta Cuervo. La base de la cofradía de armadores enanos, y el lugar donde hacía veinte años, se celebró la cumbre donde los ministros engañaron a Lucano, perdón, negociaron con él un acuerdo mutuamente beneficioso, para edificar Puerto Cervecero en un terrenito desocupado que había por allí. Cosa que, por alguna razón, no gustó al barón Igben, ¿pero, a quién le importaba eso?.

El astillero, estaba tan transitado como cabía esperar. El práctico del puerto tardó en abordar el Azucarillo y en encontrar un amarre entre los paquebotes y los grandes mercantes que entraban y salían, para recibir reparaciones en los diques secos.

Una vez cumplimentado el papeleo, Berta, Winifreda y Vicentin, que cargaba con el equipaje, desembarcaron y se dirigieron al palacete del representante de la naviera, en otras palabras, la casa de Elric. Punta Cuervo, no era un asentamiento grande, apenas las viviendas de los carpinteros de ribera y técnicos enanos, además de unas cuantas tabernas y burdeles para el entretenimiento de las tripulaciones, mientras sus barcos eran reparados. Berta se sentía como en casa; era un Puerto Cervecero a menor escala, aunque mucho más ordenado.

No tardaron en llegar a su destino, aunque le costó convencer a Winifreda de no hacer una parada en cada taberna del camino. El palacete, era un buen ejemplo del estilo arquitectónico brutalista enano, un edificio megalítico de planta cuadrada, con un patio interior circular en su interior, bonito a su manera, pero poco luminoso.

Tras intercambiar unas palabras con el guardia de la puerta y decir quién era, Berta y compañía, pasaron al patio interior, en cuyo centro se hallaba un estanque lleno de carpas doradas. Las dos goblins se quedaron mirando fascinadas a las enjoyadas criaturas acuáticas, olvidándose de Vicentin, que se ocupó de dejar el equipaje de Berta y Winifreda donde pudo, hasta que a sus espaldas resonó la potente voz de un enano.

-¡Berta, amor mío, qué agradable sorpresa! Si hubiera sabido que venías, habría mandado preparar un banquete- Elric estaba en mangas de camisa; seguramente estaba trabajando con sus libros de cuentas cuando le avisaron de las visitas. Sin mucha ceremonia, el enano se acercó a Berta, la abrazó y besó en los labios; solo después del largo beso, miró a Winifreda -¿Y quién es tu amiga?-.

Berta dudó sobre cómo presentar a Winifreda a Elric. No podía decirle que; era la reina de los bajos fondos de Goblinburgo, ni que ahora, era la mayor narcotraficante de El-higolan, ni mucho menos que ella misma era su socia en eso. Total, tampoco podía contarle lo del asalto goblin a Castelnuovo, ni que ella fue quien asesinó a su hermano, que era capitán de la guardia en aquella fortaleza. No contarle cosas a su prometido enano, se estaba convirtiendo en una especie de costumbre.

-Esta es mi prima Winifreda, es mi mejor amiga de la infancia. Es una goblin de negocios- dijo sencillamente, optando por no decir la verdad, pero tampoco mentir.

Con una seductora sonrisa, Winifreda extendió la mano, para que Elric se la besara -Archiduquesa Winifreda Rigoberta Ambrosia Von Mascamonos. A Chuchi, no le gusta decir mi apellido. Será porque su tatarabuelo asesinó al mío para convertirse en ministro- Berta entrecerró su único ojo. ¿Winifreda estaba coqueteando con Elric?.

El enano besó cortesmente la mano de la goblin obesa, que hacía aletear sus pestañas. Estaba tonteando descaradamente; Berta hizo chirriar los dientes y contestó con acritud -Somos primas. También era mi tatarabuelo-.
-Sí, pero poco- le respondió Winifreda provocándola.

Justo en ese momento, Vicentin gritó desde sus espaldas -¡Berta tuerta! Mira, peces de colores- el niño goblin intentaba pescar uno de los peces del estanque botibo situado en el centro del patio, hasta que cayó dentro.

Berta puso los ojos en blanco y se volvió para gritarle -YO TAMBIÉN ME QUIERO COMER LOS BONITOS PECES DE COLORES. PERO HAY QUE ESPERAR A QUE NO TE VEAN PARA HACERLO. AQUÍ SOMOS INVITADOS- la goblin se volvió para mirar a Elric; tanto ella como Winifreda, sonrieron al enano con una sonrisa inocente, que mostraba todos sus afilados dientes goblins, con la esperanza de que el enano no se hubiera tomado a mal eso.

Elric conocía lo suficiente a los goblins, como para saber, que las cosas brillantes les volvían locos; si la cosa brillante además se podía comer, no podían resistirse, razón por la que ignoro lo que su prometida le gritó a su pequeño e insufrible asistente.

-Bueno ¿y aquí cuándo se come?- preguntó Winifreda para romper el incómodo silencio.

Elric soltó una carcajada -Mandaré que preparen algo. Pero ya que Berta está aquí, quiero mostraros algo-. Siguieron al enano al interior, hasta llegar a lo que parecía su despacho. En la zona mejor iluminada de la sala, sobre un caballete, se encontraba un cuadro oval; se trataba del retrato de Berta. Coquinariel, debió terminarlo y entregarlo en los últimos días.

Berta miró su retrato -Es sorprendente que Coquinariel haya tardado meses en terminarlo- dijo Elric admirando la obra -es conocido por lo rápido que trabaja. Acabar un encargo como este debería haberle llevado unas pocas horas-.

La goblin puso los ojos en blanco. La culpa era suya; no había dejado de moverse y quejarse mientras posaba, y había aprovechado cualquier excusa para salir de viaje. Provocando el enfado y la frustración del pintor élfico. Pero no pensaba reconocerlo.

-Creo que ese pintamonas elfo, tiene un grave déficit de atención. Además, solo ha extendido bien un poco de pintura. Puede que le hubiera llevado más intentos, pero un mono podría haber hecho lo mismo, y habría cobrado la mitad- dijo Berta como disculpa, tratando de ocultar la pequeña sensación de culpa que sentía y cargar con toda la responsabilidad al elfo.

Elric sonrió; sabía de sobra que el retraso se debía por completo a Berta, pero también sabía que conseguir que un goblin, y especialmente su amante, se sentara durante una hora entera sin moverse, era prácticamente un milagro.

-Sea como sea, es un trabajo soberbio. En mi opinión, ha salido barato- comentó el enano.

Mientras tanto, Winifreda, trataba de contener una risa burlona, provocando que Berta se pusiera todo lo colorada que se puede poner un goblin, y que le dirigiera con una mirada asesina.

-¡A mí no me mires así, canija!- amenazó Winifreda, que era cinco centímetros más alta que Berta, mientras se arremangaba.
-Como sigas poniéndome en ridículo y tonteando con Elric ¡te reviento!- siseó Berta entre dientes, también arremangándose. Todo indicaba que las dos, estaban a punto de embarcarse en un debate al estilo goblin, vamos, a partirse la cara amistosamente.

-Vamos, vamos, señoritas, un poco de calma. Tomemos algo y calmémonos- Elric trató de rebajar el ambiente, ofreciendo unas bebidas a las dos primas. Berta agarró la pequeña copa que le ofrecía y la olió; era brandy de cerezas. No quería beber eso en ese momento; siempre que lo tomaba, terminaba haciendo alguna tontería.

Vació la copa de un trago, sin apartar la vista de Winifreda, que hizo lo propio con la copa que Elric le acababa de entregar.

++++++

A la mañana siguiente, Berta, se despertó completamente desnuda en la cama de Elric. Tenía una resaca del quince. Siempre que bebía ese condenado brandy de cerezas terminaba igual.

Extendió una mano hacia atrás para apartar a Elrick un poco; le estaba dando calor. Berta palpó ¿Desde cuándo se depilaba el pecho Elric? ¿Y cuándo había engordado tanto como para que le salieran tetas?.

Berta levantó la cabeza de la almohada y miró a su espalda. Entre ella y Elric, estaba Winifreda, tan desnuda como ella misma. Genial, pensó Berta, ahora no dejará de hablar de esto y recordármelo de por vida.

Decidió volver a dormirse, a ver si con un poco de suerte, Winifreda se despertaba, veía el panorama y se le caía la cara de vergüenza.

 



   
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Higo Chungo
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El escape de Lucano
Rodeado por la más absoluta negrura, Lucano solo sentía el roce áspero de la cuerda en las muñecas, el frío suelo bajo las piernas y el repiqueteo furioso del corazón intentando escapar del pecho.

 Pero aún así, con una dignidad solo comparable a la de un borracho levantándose del barro, logró escupir el calcetín sudado. El golpe húmedo rebotó en la oscuridad, dejando escapar un torrente de risas enloquecidas.

 —Por los huesos de Connor… —jadeó—. Qué mala broma. ¡Qué mala broma! JAJAJAJA…

 —O sea… O SEA… que según la vieja decrépita… —gritó a la oscuridad— ¡NOSOTROS! El mundo… debemos creer que los GOBLINS causaron la Guerra de las Sombras.

 —JAJAJAJAJAJAJA. ¡Qué gilipollez más grande! Jajajajaja —agachó la cabeza doblandose de risa.

 —¡Y encima, dicen que ELLOS, crearon Elhigolann! Jajajajaja. ¡Sí, claro!

 Y ya puestos, inventaron el café con leche, el jabón de manos y el alcantarillado público. ¡No os jode!

 —JAJAJAJAJAJA.

 El ataque de risa se fue apagando a medida que el aire escapaba de sus pulmones. 

 —Qué mal chiste…Qué mal chiste… tan increíblemente malo… que casi ofende. Jajajaja.

 Vosotros —escupió la palabra con ironía— o vuestros “poderosísimos ancestros”… como MUCHO pusisteis un pie aquí, antes de que los Pekino os echaran a patadas. JAJAJAJA.

 ¡O es que…. no os dais cuenta… de que solo han sobrevivido los restos de vuestras  madrigueras! JUJAJAJA.

 —Pero lo mejor… JAJAJA… LO MEJOR VIENE… cuando decís que descendéis de los Aurgos Primigenios…

 —Y en el caso de que eso fuera, verdad  

Ostias ¡Qué vergüenza me daría acabar como vosotros! Jajajajajaj  ¡Hacéroslo mirar porque madre mía! ¿Cómo una raza “tan gloriosa” ha podido degenerarse tanto?… JIAJAJAJA.

 Y yo que pensaba que no podríais caer más bajo… pero no, en el sótano de vuestro fracaso hay otro piso más. JAJAJAJA.

 La risa fue apagándose y Lucano, por fin, respiró hondo.

 La adrenalina empezo a huir y la realidad volvió a clavarle sus garras. Entonces se dio cuenta de en qué situación se encontraba. No es que fuera ajeno a terminar las fiestas encerrado en una mazmorra (por lanzarle un orinal usado a su anfitrión, o por tocarle las narices a una dama casada). Pero en este caso, no había ningún guardia al que pudiera sobornar. 

Todo estaba oscuro y había escasísimas posibilidades de que pudiera salir de esta. Solo esperaba que Isidro, como su buen y fiel amigo, hubiera previsto este desenlace y estuviera de camino con un equipo de zapadores.

 Respiró hondo y trató de deslizarse varias veces para localizar alguna de las paredes, pero los escombros invisibles le impidieron el paso. Al rodar de vuelta, notó una punzada clavarse en su culo.

 —Ajá… —exclamò—. Sabía que fumar acabaría salvándome la vida.

 Con dedos torpes y doloridos, consiguió meter la mano en el bolsillo y sacar el chisquero de ankar. Y al  golpearlo: chak.

 Un fogonazo breve iluminó la cámara:  Vio la entrada sellada, la puerta parlanchina… y el maldito calcetín tirado a solo unos pasos.

 Rodó a trompicones, trabado por las ataduras y la mugre del suelo, hasta caer sobre la tela. Con la mano libre lo acercó al chisquero y con el roce de su dedo… ¡FUUUUM! El calcetín ardió como si llevara semanas marinado en grasa goblin.

 —¡¡ME CAGO EN LA PUTA!! —gritó al acercar la mano al  fuego y sentir como la llama devoraba las correas.

 Lucano se soltó, cubriéndose las quemaduras como pudo y volvió a chasquear la piedra. Las sombras de un sinfín de objetos rotos bailaron en el suelo. Alargó la mano hacia un trozo de cerámica con filo suficiente y cortó los nudos de sus tobillos.

 Libre por fin, arrancó un pedazo de camisa y lo prendió para improvisar una antorcha.

 La luz temblorosa trazó un círculo a su alrededor.

 Su bolsa repujada devolvió el brillo de las llamas. No quedaba nada más que su pistola abollada, una libreta manchada y restos de carboncillo.

 Y entonces… los ojos de la puerta se abrieron de nuevo e iluminaron la calva del Conde. Al notar su sombra frente a él, se dio la vuelta y la sala tembló bajo el susurro de la pared.

 —Krens-na voy isnaz-cano voia.

 Lucano dio un paso atrás, alzando la pistola abollada y poniendo la antorcha entre medias.

 —¿A-ca-so ten-go que ha-blar en es-ta len-gua gu-tu-ral tu-ya?

 —Pero… —balbuceó— ¿cómo sabes mi idioma?

 Los ojos romboides se tensaron un instante; un brillo distinto brotó en su interior y la puerta adoptó una mueca divertida.

 —Las palabras que derramaste en mi presencia se grabaron en la piedra; ahora me pertenecen.

 —No te re-co-mi-en-do se-guir con el cayín en-cen-di-do.

 —¿El qué, la antorcha?

 —Ex-ac-to. Es-ta con-su-mi-en-do el po-co ai-re que te que-da.

 Al reconocer la amenaza en sus palabras, Lucano apagó la antorcha a pisotones, regresando a la tenue oscuridad. Los ojos de la puerta brillaban en aquel mar de oscuridad hasta que ellos también se volvieron negros. En ese instante, por todas partes, enormes líneas talladas empezaron a iluminarse. La cámara entera resplandeció con un tono verde apagado. Y la puerta volvió a descubrir sus ojos romboides.

 —¿Qué eres? ¿Algún tipo de golem avanzado?

 —¡Cui-da tus mo-da-les, siervo!

 —Soy ca-paz de tor-tu-ras que ha-rían pa-li-de-cer a los seres sin nombre que sostienen el mundo.

 —Pero… eres una puerta…

 Un rayo de energía verde atravesó el cuerpo de Lucano y lo hizo doblarse de dolor.

 —Ahhh, lo siento, lo siento. Detente, por favor.

 —A-sí mejor, siervo. Tú ha-bla-rás cu-an-do yo te di-ga que ha-bles. In-sec-to.

 No te de-bo obediencia.

 —Pero si eres una puerta…

 Otro rayo postró al Conde en el suelo, retorciéndose de dolor. Lucano asintió finalmente, boqueando.

 —Di-me, si-er-vo. ¿Por qué los ma-es-tros me han des-per-ta-do y han de-ja-do con-mi-go a se-me-jan-te in-fe-rior? ¿A-ca-so qui-e-ren que te ins-tru-ya?

 —Ehhh… claro… eso quieren.

 —¿O qui-zá quie-ran que te ma-te?

 —No, no, no. Que me instruyas, que me instruyas.

 Los ojos romboides se afinaron, divertidos.

 —Tan in-signi-fi-can-te es tu exis-ten-cia, ¿que el se-cre-to más in-fi-mo te lo ha de re-ve-lar es-ta “pared”? Ja-ja-ja-ja.

 En un momento, Lucano metió la mano en la bolsa y notó una cosa alargada. Sonrió. Y sin más miramiento la apuntó hacia la puerta:

 —¡Chúpate esta!

 En ese instante, el color abandonó el rostro del humano. Había sacado el encendedor creyendo que era la pistola.

 La puerta alzó su mirada desafiante y sus ojos brillaron con más intensidad. Las luces de la cámara siguieron a la intensidad de su mirada.

 —MAL-DI-TO IN-SO-LEN-TE. Yo soy el GU-AR-DIÁN del a-cervo secreto. El CUS-TO-DIO IN-MOR-TAL DE LA HE-REN-CIA DE LOS ANTIGUOS. Y tú no eres na-da más que una SU-CIA crea-ción imper-fecta de…

 La pared se detuvo. Movió los ojos, tratando de observar algo en la oscuridad.

 —Al-go… Algo es-ta… e-el sa-grario…

 Algo in-ten-ta entrar.

 Una parte del muro estalló abriendo un boquete de luz blanca. De ella, tres figuras enlutadas se abrieron paso entre el polvo. Agarraron a Lucano y lo sacaron a rastras.

 La puerta lanzó un rugido al instante uno de los intrusos cayó bajo la descarga de aquel rayo jade.

    Justo antes de que la puerta fijara su mirada en el grupo, una bola metálica cayó a sus pies. No le diò tiempo a gritar, una explosion contenida de ankar resquebrajò el dintel colapsando al poco tiempo.

   Con ella, la cámara empezó a temblar ante el colapso de la mente mecánica que la sustentaba.  Los tres lograron saltar antes de que la cámara se viniera abajo. 

Cuando Lucano se limpió el polvo de los ojos, descubrió ante sí la figura alta y siniestra de Leticia. Quien no hacía ningún esfuerzo por ocultar su diversión. 

    —¿Te lo has pasado bien? 

Lucano, le devolvió la sonrisa.

   —No sabes cuanto. 

Horas más tarde… 

El dirigible de Cepellín surgiò de las nubes enfilando la proa hacia las faldas de una sierra. 

Ataviada bajo las pieles, Leticia observaba el paisaje nevado . 

— Allí está la frontera con las tierras de la Compañía. —exclamó apuntando su catalejo.

El Conde dirigió sus binoculares hacia el punto donde el río Nieva se desparramaba por el mar helado. La frontera terrestre. 

En el extremo de la orilla, descansaban los cimientos de una enorme torre de extracciòn . 

— Ya veo porque dices, que esos cabrones te están robando… como poco 

— Pero eso no durará mucho. — Y ante un gesto de su mano, una rafaga de luz brilló sobre sus cabezas. Las  nubes al frente respondieron con luces rojas y al instante una flota de aeronaves cayó sobre la torre de extracción. Su bandera los identificaba como los Piratas del hielo. Lucano cerró el catalejo.

— ¿En serio te rinde, ponerte a mal con la Compañía? 

Leticia sonrió. 

—¿Yoooo?— exclamó con falsa sorpresa—. Pero si van a ser los terribles piratas del hielo los que vayan a destruir  sus activos. Yo estoy acompañando a un amigo a las montañas del E-dalou. 

—Yá ....Y se lo van a creer… 

—No podrán demostrar nada… Además, mira tú que casualidad que justo haya venido de visita la Virreina de Puerto Cervecero. Mira tú que casualidad, justo, cuando su sede explota y sus minas son atacadas.Segurò que El consejo es capaz de hilar esa relaciòn jejejeje

Lucano carraspeò. Recordar a Berta todavía le escocía. 

—Tengo a Markez secuestrado en la biblioteca revisando las referencias de lo que me dijo esa petarda. 

—Menuda historia —se mofò Leticia— Menos mal que no estaré aquí para verlo…

Lucano se giró hacía ella. 

—Pero qué estás diciendo Leticia…

Leticia lo miró fijamente y lanzó su media sonrisa. La cara preocupada del Conde no diò replica. —¿Podrías guardarme un secretito, amigo mio? — dijo susurrándole a la oreja —.Me estoy muriendo, Lucano Averil…

El dirigible se detuvo, a los pies de una escalera tallada en la roca. Lucano, Sivos e Isidro bajaron de un salto con su equipo de montaña y se encaminaron hacia las llamadas “puertas del cielo”. 



   
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Fasa_Ape
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Berta, sentada en el borde del estanque votivo del centro del patio y con los pies descalzos dentro del agua fresca y cristalina, pescaba las carpas de colores con una caña que había encontrado en algún sitio. Elric le había prometido que podría comerse todo lo que pescara.

Era cierto que si pescaba a mano, ya tendría todas las carpas en un cubo y estaría dando vueltas alrededor del cocinero de Elric, metiéndole prisa para que se las friera hasta que crujieran y comerlas a puñados con una jarra de cerveza enana. Pero esto era un ejercicio para relajarse, o terminaría estrangulando a Winifreda, que llevaba desde el desayuno tocándole las narices con lo sucedido durante la noche pasada.

No era el primer trío en el que participaba Berta, pero sí la primera vez que hacía algo así con Elric, y desde luego Winifreda no era ni de lejos la primera goblin que hubiera deseado como tercera pata de ese banco. La confianza da asco y Wini siempre se tomaba demasiadas.

Sintió movimiento a su espalda; era Vicentín. Berta ni se dignó a girarse para mirarlo directamente. -¿Es verdad lo que dicen, Berta tuerta?- preguntó el niño goblin con insana curiosidad.

Berta enrojeció todo lo que un goblin puede enrojecer. En un momento u otro, todos los niños goblin hacían ese tipo de preguntas incomodas. Normalmente, era responsabilidad de los padres responder a esas desagradables cuestiones, pero al ser su jefa, ahora le tocaba a ella ese marrón -Es verdad- dijo con tono serio -Existen bebidas sin alcohol. Pero tú tienes prohibido probar esas guarrerías hasta que seas mayor de edad, o te tire a una turba furiosa para ganar tiempo mientras escapo. ¡Lo que pase antes!- Oído esto, Vicentín salió corriendo, probablemente decidido a desobedecerla. Berta puso los ojos en blanco; no sabía ni por qué se esforzaba.

Continuó pescando, intentando centrarse; no habían pasado ni diez minutos cuando apareció Winifreda con un gesto en la cara como el del gato que se ha comido al ratón. Se sentó junto a ella en el borde del estanque.

Berta hizo chirriar sus dientes -En el desayuno, ya has hecho todos los chistes posibles sobre lo de anoche. ¡Deja de urgar en el tema!- dijo Berta con tono desabrido.

-¿En serio? Porque eso no es lo que me decías anoche, cuando te metía el dedo por...- empezó a comentar Winifreda con una sonrisa malévola.

-¡Como sigas así, te tragas la caña!- saltó Berta. La pequeña goblin tuerta no era conocida por su paciencia y Winifreda sabía muy bien cómo hacérsela perder.

-Eso ya lo hice anoche y tu enano no tuvo ninguna queja- Winifreda miró divertida a Berta. La tensión en sus manos era patente y winifreda sabía que su prima había, como mínimo, lisiado a gente por mucho menos -Pero tienes razón, hay otros temas más importantes ahora mismo- la mafiosa goblin hizo una pausa -un pajarito me ha dicho que ayer, mientras salíamos de Puerto Umbroso, varias instalaciones de la compañía de las islas occidentales fueron atacadas y destruidas por piratas del aire. La compañía de las islas occidentales ha llegado a la conclusión de que es cosa nuestra-.

Era cierto que el uso de testaferros, piratas y ataques de falsa bandera era el juego favorito de los ministros de Goblinburgo; la apresurada salida de Berta y Winifreda de Puerto Umbroso solo las hacía más sospechosas. Era una jugada astuta; sin duda esa vieja humana marrullera de Letizia von Shadow estaba detrás. Berta soltó la caña y se frotó las sienes. Era increíble lo bien informada que estaba siempre Winifreda. ¡¿Cómo era posible que ella fuera la virreina del asentamiento goblin más importante fuera de Goblinburgo, y siempre fuera la última en enterarse de todo?!.

-Eso no es todo- continuó Winifreda con cierto placer sádico -Ese viejo humano que te acompañó a la cámara, sigue vivito y coleando-.

Berta hizo chirriar los dientes. La primera vez que lo tuvo a tiro, hacía unos meses, no lo liquidó, confiada en que las cosas muertas de la tumba le harían el trabajo. Esta vez había caído en el mismo error; el exceso de confianza la había llevado a delegar el trabajo en Andolfa Cuerporrata, que seguro que había delegado el trabajo en otro, que a su vez, seguro que había delegado el trabajo en otro y en otro.

-¿Ves? Ese es el problema de usar esbirros públicos para estas cosas. Un sicario privado no habría fallado- comentó Winifreda, encantada de darle una lección a una maestra asesina de la hermandad de los cuchillos largos y que, posiblemente, estaba entre los mejores asesinos del mundo.

Berta no podía estar de acuerdo con esa afirmación. Sabía por propia experiencia que un asesino al servicio del Estado, estaba dispuesto a matarte y a rematarte treinta veces, solo para desahogarse por lo poco que cobraban. Berta por fin habló -Pensaba quedarme aquí unas semanitas y, que ese imbécil de Gervasio se impacientara y metiera la pata, pero tenemos que volver de inmediato a Puerto Cervecero y movilizar al ejército- era un buen movimiento que, Berta hubiera mandado que el ejército goblin, en lugar de abandonar la isla, se quedara haciéndose pasar por colonos, y que ahora más de la mitad de la población de Puerto Cervecero estuviera formada por ellos.

Winifreda, se mostró de acuerdo; a ella tampoco le convenía que la compañía de las islas occidentales se interpusiera, al menos hasta que la guerra comercial con el clan Igben en el continente, los debilitara. Se levantó y salió inmediatamente para mandar que se preparara al azucarillo para zarpar rumbo a Puerto Cervecero con urgencia.

Berta se quedó sola en el patio, se levantó y caminó con los pies mojados hacia el despacho de Elric para despedirse de él y explicarle su pronta e inesperada partida. Cuando entró, en la habitación no había nadie; era posible que el enano hubiera salido para hacer su ronda por el astillero.
La goblin miró por el oscuro despacho, hasta que su ojo sano se posó sobre su retrato en el caballete. Se le ocurrió algo, buscó entre los muchos bolsillos de su vestido, hasta encontrar la tarjeta que sacó de la cámara de Puerto Umbroso, se acercó a su retrato y, con una de sus afiladas uñas, despegó un poco el forro que cubría la parte de atrás del cuadro; a continuación, introdujo allí la tarjeta.

Si el intento de eliminar a Gervasio Muerdeperros salía mal, al menos, ese cretino no se podría apuntar ese tanto. En ese momento, Elric entró en el despacho. Berta se volvió hacia él con inocencia -Cariño, me temo que tengo que volver a Puerto Cervecero con urgencia. Gobernar una ciudad goblin no da tregua-.



   
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Fasa_Ape
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Elric la acompañó hasta el malecón. El enano iba a abrazarla y posiblemente a decir una de esas ñoñerías que a Berta le hacían rechinar los dientes y que, sin embargo, siempre la sonrojaban tanto como un goblin se puede sonrojar.

Cuando Winnifreda tuvo que meter las narices -Volveros a la casa del enano y echar un polvo, pareja de empalagosos. Si no fuera por la prisa que tengo, os acompañaba, como anoche- boceó la prima de Berta sin importarle que medio puerto y toda la tripulación del Azucarillo se enteraran de la "pequeña" fiestecita, llámalo trío, llámalo aberración o, como tú prefieras, en la que participaron los tres la noche pasada.

Berta la fulminó con la mirada mientras hacía rechinar los dientes, y se preguntó por enésima vez esa mañana cómo era posible que aún no la hubiera matado. Poniendo los ojos en blanco, se separó de Elric y subió por la pasarela hasta llegar junto a Winifreda en la cubierta del barco -Baja la voz, no todo el mundo tiene porque saber a quién me follo y mucho menos en compañía de quién- miró a su prima entrecerrando su único ojo -Y no sé a cuento de qué tienes tanta prisa; te recuerdo que soy yo la que la tiene-.

Winifreda solo se carcajeó y empezó a moverse por la cubierta del Azucarillo dando órdenes. La balandra goblin levo anclas y se alejó del muelle. Berta se despidió con la mano de Elric, mientras con la otra se agarraba con fuerza de la borda del barco; sabía que el viaje iba a ser movidito, y así fue.

Aun dentro del puerto y en cuanto fue posible, Winifreda mandó largar velas. La embarcación goblin se lanzó hacia delante como una centella en el abarrotado puerto; los otros barcos no tenían más opción que apartarse lo más rápido posible, o ser esquivados en el último momento por el Azucarillo. Cuando esto sucedía, Winifreda, indignada en el timon, amenazaba con su pequeño puño verde a las pobres tripulaciones de las otras embarcaciones, mientras les gritaba: ¡¡¡DOMINGUEROS!!!.

Por fortuna, la salida de Puerto Cuervo fue rápida y solo hubo que lamentar el embarrancamiento de dos paquebotes, el choque de tres pesqueros y la pérdida de control de un remolcador que ocasionó que el ballenero que remolcaba, chocara contra la grúa principal del puerto, con el resultado de su total destrucción.
Berta miró a Winifreda entrecerrando su ojo sano y rechinando los dientes; su prima había devastado el asentamiento de su prometido enano en cuestión de segundos. Winifreda la miró y se encogió de hombros -No me mires así, chata, la culpa es suya por estar en medio. Además, estoy creando puestos de empleo; ¡alguien tendrá que limpiar ese desastre!-

-¡Esto no es un puerto goblin! Y aunque la diplomacia no es lo mío, hasta yo sé que los enanos no le van a ver la gracia a esto... a pesar de crear puestos de empleo- le gritó Berta, agarrándose con todas sus fuerzas a la borda del barco, para no salir despedida en un bandazo, y temiendo la factura millonaria que le llegaría en un par de días. Después de esto, el viaje a Puerto Cervecero transcurrió tranquilo, básicamente, porque en medio del mar no hay nada a lo que hacer chocar ni caos que crear.

A mediodía, El Azucarillo entró en Puerto Cervecero. Berta ya había discutido con Winifreda cómo debía proceder. No tenía sentido entrar en la ciudad a hurtadillas; Berta no era la aspirante que venía a asesinar al virrey para ocupar su puesto, ¡Ella ya era la maldita virreina!, y el payaso de Gervasio Muerdeperros era un oportunista que había aprovechado su ausencia para autoproclamarse virrey, razón por la que ningún goblin le hacía ningún caso, pero eso podía cambiar en cualquier momento.

Para poder ordenar la movilización de las tropas y defender Puerto Cervecero de las represalias de la compañía de las islas occidentales, Berta debía cortar de raíz el conato de rebelión, y ganas no le faltaban. La lista de agravios era larga; Gervasio era su ex prometido. Gervasio le había hecho perder un ojo al intentar asesinarla en Castelnuovo y luego ni se tomo la molestia de asegurarse de si estaba muerta o no. Y no contento con eso, Gervasio aparece en El-higolann para tocarle las narices. ¡A eso no había derecho! ¡Ya estaba bien, hombre ya! ¡Lo iba a estrangular! ¡lo iba a despellejar! y... y alguna otra cosa más que aún no se le había ocurrido. ¡¡Y no necesariamente en ese orden!!.

Berta, con un abrigo sobre su elegante vestido y un sombrero de pico goblin, desembarcó del Azucarillo; insistió en hacerlo sola. No quería a nadie más molestando por en medio, y aún menos que otro goblin presente, llegara a la conclusión de que él podía y debía ser el virrey y aprovechando un descuido, la liquidara a ella y a Gervasio.

Berta caminó con decisión por las abarrotadas calles de Puerto Cervecero; la destrucción seguía presente, pero los trabajos de reconstrucción avanzaban satisfactoriamente. La ciudad estaba volviendo a florecer más hermosa que antes, aunque se trataba de belleza arquitectónica goblin; luego, estaba abierta a debate.

Los goblins con los que se cruzaban la saludaban e incluso besaban sus manos, un gesto de respeto que rara vez demostraban a sus líderes, reconociendo en ella a la heroína que contribuyó a la defensa y salvación de la ciudad y ahora era su dirigente. Probablemente ni se habían enterado de que llevaba un par de días fuera y de que Gervasio se había autoproclamado virrey; ¡los goblin no se fijaban en esas cosas!.

Era mediodía y la goblin empezaba a tener hambre; decidió posponer un rato su venganza y sus ansias asesinas y se dirigió a su restaurante favorito. Como siempre, le tenían reservada la mejor mesa del local. Tras echar a patadas educadamente, con la "ayuda" de un palo, a los goblins que la ocupaban, el camarero invitó a Berta a sentarse.

La goblin cogió la carta y la leyó, siempre le divertía leer los nombres de los platos y su traducción literal del goblin estándar al idioma común, escrita chapuceramente al lado, pidió para comer: jabalí de pantano a la sidra, aun que la traducción literal era cochino de fango ahogado en manzanas pochas. Ranas en brocheta, cuya traducción era bichos pinchaos en un palo. y Ajopringue de la casa para acompañar, para regarlo todo pidió el mejor grog goblin del local, aunque, dado que la única marca de grog goblin que existía era la Isla del Mono, la calidad era la habitual.

Berta comió mientras pensaba en Gervasio, alimentando así también sus ansias asesinas, imaginando la cara que pondría ese imbécil petulante cuando sus manos se cerraran en su pescuezo, pensamientos que se vieron interrumpidos cuando el camarero le ofreció un chupito a cuenta de la casa.

Tras el chupito, bueno, los cinco o seis… ¿Quién cuenta esas cosas cuando eres un goblin y paga otro? Berta cargó la comida al erario de la ciudad y salió del restaurante, con un palillo en la boca, para dirigirse al palacio virreinal, que casualmente era la puerta de al lado. El restaurante no era el favorito de Berta por lo bien que hacían el ajopringue; de hecho, era el peor restaurante de Puerto Cervecero, pero lo tenía al lado de casa. Siempre que era posible, los goblins se regían por la ley del mínimo esfuerzo, vamos, casi todo el tiempo.

Tambaleándose ligeramente por el grog goblin, los chupitos y una ligera indigestión, Berta entró en su casa para echar al usurpador, aunque sus ansias asesinas ahora eran más bien ansias de echarse la siesta.



   
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Fasa_Ape
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La goblin subió los escalones que llevaban a la planta donde se encontraban sus aposentos y el despacho del virrey. Entró en la sala arrastrando los pies y se dejó caer pesadamente en un sillón; solo entonces miró a su alrededor.

Su despacho, habitualmente limpio y ordenado, o al menos lo que los goblins entendían por limpio y ordenado, era un desastre de botellas vacías y rotas, papeles esparcidos por el suelo, manchas en las paredes y un tufillo que decía a gritos que alguien no era mucho de salir para usar el cuarto de baño. Gerbasio Muerdeperros estaba tirado sobre el escritorio mirando al pecho en un estado de estupefacción; Berta por fin habló.

-¿Te das cuenta de lo que le va a costar a Vicentín limpiar todo esto? Si has liado este desastre en "MI" despacho, no quiero pensar qué habrás hecho en "MI" cuarto con el cajón de mis bragas- El tono venenoso en la voz de la goblin era casi una agresión física.

Gervasio levantó la cabeza y miró a Berta con ojos vidriosos y estupefactos, como si no pudiera discernir si su ex-prometida estaba realmente allí o era una alucinación; un hilo de baba espesa le colgaba de la comisura de los labios. Berta reconoció de inmediato los síntomas: Gerbasio estaba drogado, iba de setitas hasta las orejas.

Los goblins habitualmente se drogaban con azúcar. El azúcar hacía sentir una euforia abrumadora; en grandes cantidades podía provocar que el metabolismo goblin, ya rápido de por si, se revolucionara hasta conseguir literalmente que el goblin se moviera a una velocidad extrema. Pero las setitas eran harina de otro costal, mientras que el azúcar se podía refinar casi de cualquier raíz o planta y era una opción asequible para cualquier goblin buscando desconexión. Las setas eran caras, no eran un derivado, ni algo que pudiera refinarse, ni alterarse de ninguna forma. Era una droga cara, solo al alcance de los goblins muy ricos, de los ministros y los nobles, que las tomaban para aclarar su mente, pero pegaban muy fuerte si te pasabas, sobre todo si no estabas acostumbrado, como el caso de Gervasio, que en su delirio de creerse el virrey de Puerto Cervecero, se estaba dando a la vida de nuevo rico.

Gervasio parpadeó en pleno delirium tremens -Bertita ¿por qué no me quieres? Juntos seríamos los dueños de Goblinburgo y del mundo; contigo sería ministro mañana mismo- su voz sonó pastosa y somnolienta.

-Siempre has tenido la profundidad de un charco- prácticamente escupió Berta, haciendo rechinar los dientes -Cuando éramos pareja, la cabeza pensante era yo. Hasta que tuviste una idea propia y decidiste quitarme de en medio. Si no lo hubieras hecho, ahora ya sería ministra y tú mi marido florero- la goblin hizo un gesto con la mano con desde -Pero tranquilo, ya he renunciado a ser ministra, estoy bien como estoy-.

Gervasio se sentó en el escritorio; el desprecio en su cara era un reflejo de lo que dijo a continuación -¿Es por ese enano de mierda al que te follas? ¿Por qué no echamos un polvo? Seguro que después entras en razón-.

Berta puso los ojos en blanco -cuidado con lo que dices de mi Elric. Además, para tu información, le he prometido serle fiel, así que no me acostaría contigo ni aunque fueras un goblin decente como el mariscal Eulalio Pelagatos, de los Pelagatos de toda la vida- Berta ya había entrado en el despacho con ganas de matar a Gervasio, pero su actitud le estaba dando ganas de, además, darle una paliza y llamar a un nigromante para que lo reviviera y volver a darle una paliza y volver a matarlo, pero esta vez de otra forma, para no hacerse repetitiva.

-Hubo un tiempo en que te acostabas con todos tus conocidos -la acusó Gervasio, a quien siempre le gustó provocar a Berta y hacerla enfadar, sin darse cuenta de que en esta ocasión, Berta estaba a un parpadeo de cumplir con las amenazas que siempre le lanzaba en esas situaciones -¡¡Y además eres Bisexual!-.

Esa fue la provocación final, la gota que colmaba el vaso. Berta saltó del sillón -¡Pues como todas las goblins, Tolay! ¡¿A qué viene eso ahora?!- La goblin se lanzó a una velocidad vertiginosa sobre Gervasio mientras sacaba un pequeño estilete que había fijado su peinado -¿Ves este pincho? Pues además de pinchar, pica, corta y hace mayonesa-.

Berta lanzó el estilete con una precisión casi quirúrgica contra el ojo izquierdo de Gervasio, deseando hacerle perder el mismo ojo que ella perdió por su culpa, antes de darle un boleto solo de ida al otro mundo. Pero Gervasio, a pesar de la estupefacción causada por el exceso de setita, seguía siendo un agente de la hermandad de los cuchillos largos. En el último momento retiró la cabeza, provocando que el estilete quedara profundamente clavado en el escritorio. Gervasio lanzó un puñetazo que derribó a Berta. La goblin era pequeña, ligera y terriblemente veloz, pero Gervasio era más duro y fuerte.

El goblin arrancó el estilete de la dura madera del escritorio y, bajo del mueble, agarró a Berta por el pelo y golpeó con el estilete, buscando una puñalada que entrara por debajo del esternón y atravesara limpiamente el corazón. La punta del estilete pincho el corsé del vestido de Berta, pero en ese mismo momento, el broche que le regalo la reina Camelia y que la goblin siempre llevaba prendido, por presumir de contactos en las altas esferas humanas, y porque como descubrió por accidente era la llave de activación de las cámaras de El-higolann, brillo con una luz que heria los ojos, el estilete salio rebotado, la goblin tan sorprendida por lo sucedido como Gervasio pero mas rápida en sus reacciones, golpeo los testículos de Gervasio, que soltó su pelo dándole la libertad de movimientos que necesitaba.

Sin perder tiempo, Berta agarró lo primero que tuvo a mano, un pequeño busto del emperador Connor, que estaba por allí para congraciarse con los visitantes humanos, y lo descargó con un golpe seco contra el cráneo de Gervasio. El despacho retumbó con un crujido; Berta, llena de adrenalina, no sabía si provenía del busto o del cráneo de Gervasio, pero no importaba, el sonido le resultó igual de satisfactorio.

Gervasio giró sobre si mismo y cayó al suelo, pero Berta no estaba satisfecha con ello; se sentó a horcajadas sobre el goblin inconsciente e indefenso y empezó a golpear su cabeza con el busto con una saña casi maníaca, reduciendo a pulpa la cara del goblin al que en el pasado amó. Berta sentía una catarsis, se vengaba del que le hizo perder un ojo, de quien la traicionó; sentía que destruía lo que la ataba al recuerdo de lo que hizo en Castelnuovo. Aunque los recuerdos traumáticos de las atrocidades que los goblins cometieron contra los enanos en aquella remota fortaleza nunca desaparecerían, y seguirían agustiándola en sus pesadillas, sentía que por fin podía pasar página.

Cuando Vicentín entró en el despacho, encontró a Berta aún machacando el cráneo de Gervasio con el busto agrietado de Connor. El niño goblin se quedó helado, no por el horror, era un goblin, eso lo veía todos los días antes del desayuno, sino porque ahora le tocaría a él limpiarlo todo. Berta giró su cara manchada de sangre hacia él y lo miró con su único ojo entrecerrado mientras seguía machacando -Lárgate y no vuelvas sin el mariscal Eulalio Pelagatos, de los pelagatos de toda la vida; tenemos un ejército que convocar y organizar- el tono frío y determinado de la voz de la goblin no dejaba espacio a la discusión, aunque nunca la dejaba. Vicentin corrió a cumplir con el mandato de la virreina.



   
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Fasa_Ape
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Una hora después, una Berta ya aderezada y almidonada, tras asearse y cambiarse a un caro vestido de terciopelo gofrado granate de cuello alto y gola, se apoyaba en el escritorio de su despacho, que seguía lleno de botellas vacías o rotas, además de una mugre de origen difícil de determinar, mientras estudiaba un mapa de la zona circundante a Puerto Cervecero, e ignoraba conscientemente los esfuerzos de Vicentín por sacar, a rastras, los restos mortales de Gervasio Muerdeperros de la sala. Frente a ella, el mariscal Eulalio Pelagatos, de los Pelagatos de toda la vida, miraba con fingido desinterés cómo el niño goblin se desriñonaba tirando de las piernas del cadáver de la forma más ineficaz posible.

Sin apartar la vista, el mariscal preguntó directamente -¿Y qué dices que le ha pasado a Gervasio?-.

La goblin puso los ojos en blanco y suspiró, mientras mascullaba con su mejor tono de inocencia resignada -Tropezó y se dio en la cabeza con el pico de la mesa- El mariscal miró la masa triturada e informe que era la cabeza de Gervasio y se encogió de hombros. Para un goblin, y esa era una explicación tan convincente para justificar un deceso como decir que alguien se había resbalado treinta veces sobre un cuchillo, que Fulanito se había puesto unos zapatos de cemento para ir a nadar al charco más profundo, o que Menganito había decidido dormir debajo de una caja fuerte para no coger frío. Y además, Berta no tenía ganas de dar explicaciones, ni justificarse por haber elegido tomar el camino de la violencia, ¡y punto!.

-¿Quieres dejar de perder el tiempo con nimiedades y poner atención? El ejército de la compañía de las islas occidentales está de camino. Y me niego a que pongan sitio a la ciudad, otra vez. La ultima vez no me dejaron dormir más de dos horas seguidas y tenía que dar un discurso motivador cada dos por tres- el tono de disgusto de Berta ocultaba su preocupación por la población civil de Puerto Cervecero que ya había sufrido el rigor y la miseria de un asedio prolongado hacia tan solo unos meses. Pero como dirigente goblin, presuntamente desalmada, taimada, miserable, artera y abusona, Berta jamás lo admitiría, ni a ella misma.

-Yo no me preocuparía -dijo Eulalio tomando repentinamente un tono profesional -Un ejército tarda semanas en organizarse y movilizarse; la logística es importante, en especial si se trata de un ejército mercenario. Tendrán que organizar un tren de suministros capaz de mantenerlos sobre el terreno y seguro que no querrán mover sus gordos culos humanos hasta estar seguros de que se dispone de suficientes fondos para pagarles. Hasta ahora, habrán servido de guarnición y querrán re-negociar la tarifa por una campaña prolongada y al raso, negociar porcentajes sobre posibles saqueos, el seguro por defunciones inesperadas que no sorprendentes, bonificaciones y puntos extra por enemigo escamochao, dietas por desplazamiento, etc, etc- el mariscal se atusó el mostacho mientras calculaba mentalmente -Me atrevería a decir que tenemos un par de semanas antes de que se presenten aquí-.

-Bien, tenemos tiempo de sobra para desplegarnos en posiciones estratégicas bien ocultas- repuso Berta -Esos humanos marrulleros de la compañía de las islas ornamentales, perdón, occidentales, son una panda de mercachifles sin pelotas. Seguro que querrán negociar antes de atacar, al fin y al cabo, a esos tipejos no les convienen las guerras cuando son ellos los que ponen el capital, en lugar de ganarlo. Querrán enseñarnos lo grande que es su ejército para compensar lo pequeña que la tienen... y demás. Creo que podremos aprovechar eso también- añadió la goblin pelirroja entrecerró su ojo sano, estudiando el mapa, tramando un plan, tan astuto como rastrero. Por fin, la goblin musitó -Además, esta vez, me aseguraré de que las milicias ciudadanas estén armadas con algo más que malas intenciones -.

Berta sacó su pipa de larga caña y pequeña cazoleta de una de las mangas de su vestido con un movimiento fluido, casi felino, y la encendió. El denso humo morado del loto rojo mezclado con tabaco, inundó la sala del dulzón olor que solo los goblins encontraban agradable. Tras dar un par de caladas, la goblin miró a Vicetín, que seguía jadeando y tirando de las piernas de Gervasio Muerdeperros, que ya empezaba a estar rígidas por el rigor mortis, sin lograr mover más que unos centímetros el cuerpo, y gritó -¡VICENTÍN! ¡¿Quieres dejar de hacer ruido, que estamos hablando las personas?! ¡Y de paso, deja de hacer el vago! ¡Tráenos algo de beber, con alcohol, al mariscal y a mí! tenemos mucho que planificar.



   
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