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Crónicas ocultas del puerto de la Luz

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CoquinArtero
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Porque la noche es oscura y alberga horrores...

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La fábrica de muñecas.

Mi tía me solía contar la historia de dos vecinas: una era Lala y la otra era Rosa. El muro entre sus azoteas no era muy alto y ambas tenían animalitos a los que cuidaban con cariño. En el caso de Lala, amaba con locura a un conejo muy inquieto que solía corretear de un lado al otro, incluso sobre la azotea de la vecina; Rosa tenía a su vez una gallina luchona para cazar ratones que, cada vez que el conejo se colaba, intentaba cargárselo picándole el totizo. Por eso, algunas tardes se podía escuchar por el barrio el grito de Lala pidiendo: «¡Cógeme el conejo, Rosa! ¡Que la polla me lostrosa».

     Así de próximos eran los vecinos de esa época.
Hubo en una ocasión una nave donde se fabricaban muñecas para todo el país. Unos juguetes preciosos que habían conseguido un cierto prestigio. Hasta el punto de dar trabajo a un grupo amplio de vecinos del barrio y alrededores.
Su azotea también era transitada por los trabajadores de las naves contiguas y algunas casas cuyas terrazas se encontraban a la misma altura. El camino entre las azoteas parecía un parque. Había macetas con flores, sillas de jardín, ceniceros, papeleras, asaderos semanales, tendederos con sus telas al sol y gente a todas horas. Tan solo faltaba alguna tienda donde comprar estando allá arriba. Nunca hubieron problemas.

     Ante la inevitabilidad del paso del tiempo, el local terminó cerrando su actividad para acabar siendo una tienda de barrio que cerró a los pocos años. Durante todo ese tiempo, sus techos aún seguían representando el papel de un lugar de encuentro, uno más de los parches de color que adornaban las calles cuando las mirabas desde la montaña.
Lo que sucedió a partir del cierre de la tienda, a la que aún seguían llamando la Fábrica de Muñecas, fue lo que terminó metiendo su historia entre las crónicas ocultas del Puerto de la Luz.

     Los familiares herederos del lugar fueron convocados por responsabilidades que les obligaban a dejar de lado la gestión de la nave. Alguien debía ocuparse de pequeñas reparaciones, mantenimiento y otorgarle al lugar del necesario calor humano para que siguiese en pie. Fue por eso que hubo un acuerdo con ciertos clientes para que habitasen el lugar. A cambio, estaría a punto para cuando quisieran volver y darle uso.

     Era grande. Lo suficiente como para albergar a varias familias, pero no fueron familias los que habitaron la Fábrica de Muñecas. La mayor parte de los dieciseis ocupantes eran personas adultas de ropas anchas y aspecto descuidado. Se hacían distinguir por la cantidad de abalorios que lucían orgullosamente en todo momento.

     El vecindario se abrió hacia ellos como si nada hubiese cambiado. La vida en las azoteas se había convertido en una tradición ineludible. Por eso les decepcionó tanto que les prohibiesen volver a pasar por el techo de la fábrica. Allí arriba estaban seguros, todo el mundo era vecino. No era lo mismo que a pie de calle. Fue decepcionante, sí, aunque no lo consideraron un desastre. Tan solo había que avisar a los niños de que no jugasen allí con la pelota.

     En las naves cercanas, no solo trabajaban vecinos de los barrios limítrofes con el puerto, venían también personas de Artenara, Gáldar, Las Palmas, en una época donde en muchas ocasiones valía más la pena pernoctar en el lugar de trabajo que ir y volver a casa la mañana siguiente. Por eso no pareció tan raro que aún de noche, los nuevos vecinos mostrasen signos de una cierta actividad.

     Otra cosa era la actividad. Eso sí los puso alerta.

     Desde que llegaron, cada noche, alrededor de las tres y media de la madrugada, hacían vibrar las paredes de la nave con cantos guturales mezclados con el ritmo de palmas, pisotones y gritos de dolor y placer alternándose en un rito macabro. Se sospechaba que compraban grandes cantidades de pescado para dejarlo pudrir por las esquinas. El local olía a mar rancio, estancado, muerto, ácido.

     Para los vecinos fue un alivio que al caer dos meses desde su llegada, techasen con un tejado a dos aguas, ocultando sus costumbres siniestras y perturbadoras. De igual forma ya no subían ni a tender pues el pestazo a calamar podrido se les pegaba a las ropas. Las macetas pasaron a ser nidos de insectos y la salitre de la marea degradó en medio año más de lo que podría haberlo hecho en una década. Desde la montaña, la calle parecía haber desaparecido en las fauces de una mancha cada vez más oscura cuyo centro era la misma fábrica de muñecas.
A los dos años los gritos constantes acabaron de pronto y el olor cambió también. Aún seguía impregnando las calles con la descomposición de peces muertos pero además se podían percibir notas de la podredumbre de animales de tierra, mamíferos, roedores, quizá algo más.

     —Es como si echases veinte perros muertos sobre una loma de tripas de pescado —Decía la dueña de la pastelería de la esquina en su denuncia—. No puedo abrir la tienda ni hacer negocio con un olor que te dan ganas de correr vomitando de aquí a Tenerife.

     Ante la pasividad de las autoridades y la falta de respuesta a sus reclamos en la puerta de la fábrica, los vecinos se armaron de valor y reventaron el candado. Fue como si al atravesar el umbral hubiesen puesto los pies en el vertedero del infierno. Allí todo estaba muerto, el aire era tan denso que las cosas pasaban a cámara lenta. Las tripas lo inundaban todo: paredes, techos, maquinaria. Los chorretones y el rastro de los parásitos desdibujaban cientos de glifos incomprensibles que inundaban las paredes. Las filtraciones de los tabiques y el techo, desde donde pendían estalactitas de algún material viscoso, sobre cientos de cirios a medio consumir, parecían tener vida.

     Ninguno tuvo el valor de entrar más de un par de pasos y la mayoría, como era de esperar, se vomitó en lo que quiera que llevasen para taparse la cara.

     Finalmente fue el cuerpo de bomberos quien desde fuera, después de romper los ventanales, inundó el lugar con fortísimos chorros de agua. El ayuntamiento tuvo que poner un cuerpo especial de retirada de residuos, a trabajar en la recogida de todo lo que iba saliendo por las puertas con el agua: cuerpos desmembrados de animales de compañía, restos de telas, muñecas a medio quemar, tripas y tripas de pescado... cuando la policía pudo subir a lo que años atrás era un feliz lugar de encuentro entre vecindario y trabajadores, bajo el techo, cociéndose al sol, estaban los cuerpos podridos de los habitantes aún engalanados y envueltos en sus túnicas.

     Nunca se supo a qué tipo de deidad rezaban esas dieciséis personas, ni cómo llegaron a la conclusión de que debían dedicar sus vidas a un autentico monumento a la locura. Como pruebas de todo aquello, quedó la marca de una sombra persistente en la mente de los vecinos, un escalofrío injustificado cuando pasas al lado de ese local sombrío a quien nadie quiere meter mano y el eco de los cánticos que a día de hoy aún se escuchan a las tres y media de la madrugada.

     Sé que puede ser inquietante, pero estas alturas ya deberíamos saber que algo oscuro se oculta en las aguas del Puerto de la Luz.


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Primera Parte: La Luz

Lo común era verlo tirado haciendo el cafre por las esquinas. Borracho perdido, buscando pelea o recién peleado. Con su cara de mala persona puesta hasta durmiendo, era mejor no tener nada que ver con él pues no solo no conocía el miedo… la empatía, el cariño, la piedad o el amor si no que además le gustaba someter a todo aquel que se cruzase en su camino. Era una mala persona, un psicópata descontrolado.

     De no haberse casado con el alcohol y las drogas se habría convertido en un verdadero peligro pues, en ese caso, nadie podría verlo venir.

     Con su cuerpo enjuto pero duro como la mojama, ni siquiera necesitaba llevar colgando un naife del cinto o una simple navaja en el bolsillo. De tanto usar los puños había aprendido la mejor forma de cortar con los nudillos, golpeando en los sitios clave para dejar fuera de combate al más pintado. A varios a la vez incluso.

     Se dice que todo comenzó durante su etapa en el colegio, donde el resto de los niños se reían de él por su baja estatura hasta que reventó. Algunos que compartieron aula con Benjamín contaban la forma rabiosa que tenía de enfrentarse a un profesorado acostumbrado a dar galletas a sus alumnos de las que pican. Tanto es así que todos consideraron un alivio que dejase de estudiar para embarcarse como hizo su padre antes que él.

     Lo echaron como agua sucia de la mayor parte de las naves donde faenó. Probó todo tipo de formas de buscarse la vida hasta que por fin encontró su lugar pintando las barcas de la puntilla, el casco de los pesqueros y algunas de las casas que aún quedaban en pie de las de madera y piedra viva.

     No lo querían ni contrabandistas ni mafiosos pues al verlo identificaban con claridad su mirada de "Problema con patas".

     Así, tirado en una esquina, borracho como de costumbre fue cuando se encontró con la Luz.

     Deben saber que cuando los hermanos León Y Castillo planearon el puerto como una vía alternativa de atraque al muelle de San Telmo los días de tormenta, podrían haberlo bautizado con el nombre de cualquiera de las dos vírgenes que reinaban sobre las mareas: La virgen del Pino y la virgen del Carmen, pero no. Lo llamaron el puerto de la Luz por una leyenda de la que hablaban los primeros pobladores de la edad moderna de La Isleta.

     Según contaban, tal como la luz de Mafasca, de las aguas surgió una luminaria que recorrió las casas y atravesó las entonces pocas calles de la isleta, para terminar posándose sobre la mismísima iglesia del Carmen.

     El fenómeno cobró importancia cuando con la llegada de los trabajadores en la construcción del puerto (En su mayor parte, oriundos de Lanzarote, Fuerteventura y el interior de la isla), los avistamientos fueron cada vez más frecuentes.

     Si ya de por sí la historia resulta bañada con tintes de fantasía, al desvestirla de sacralidad, pues en realidad nunca se posó sobre iglesia alguna, más inquietante era no saber cuál podía ser su propósito.

     La Luz paseaba orgullosa por las calles y todos se escondían hasta el día siguiente pero siempre faltaba alguien a la hora de hacer el recuento. Desaparecían sin dejar rastro, sin oposición ni signos de lucha. Rezagados que posiblemente llegaron a encontrarse a solas con el fenómeno, y en una suerte de confusión fruto del fuego fatuo, seguían al orbe con la mirada perdida y no se les volvía a ver.

     Al menos eso contaban las voces ocultas tras las ventanas.

     De este modo se encontraron las dos fuerzas de la naturaleza. Benjamín  tirado en la arena, con media espalda apoyada contra una barca y cuatro cartones de vino blanco basureando el lugar.

     La Luz de la que todos hablaron alguna vez en su vida y dio nombre al motor económico de la región, llegó hasta él y se paró iluminando su rostro lleno de cicatrices. Benjamín, en su lógica de un día a día lleno de conflictos, pensó que la guardia civil venía con intención de tocarle la moral y rezongó en voz alta:

     —Los cojone de la pestaña, dando por culo con la linternita. ¿Coño quiere tú ya?

     La Luz, una bola iridiscente y blanca, flotando entre las barcas, sobre el cuerpo medio momio del borracho, hacía las veces de estrella de oriente sobre un portal tan poco navideño como una escopeta de perdigones. Sobretodo por el Jesucristo alcoholizado hasta las pestañas yacente en el medio de la composición.

     Al fin abrió los ojos para encontrarse con la luminaria frente a sí. Podríamos definir a Benjamín con el conjunto de epítetos más deleznable que se nos ocurra sin temor a equivocarnos, pero no era tonto el cabrón. Sabía qué era aquello. Sus padres y abuelos nacieron allí. Conocía la historia turbia de sus calles sea fantástica o no y lo mejor es que toda esa historia lo conocía a él.

     —¡Ahhhh, reputa¡ —exclamó con la voz distorsionada por el ron y el sueño—, ¿en serio tienes bombillitas pa ponerte a bailarme el agua?

     Al momento se levantó tambaleándose hasta situarse a tan solo un metro y medio del fenómeno.

     Con la lógica de un borracho dominando sus acciones, le lanzó tremenda mirada de rabia mordiéndose el labio inferior hasta dejar la marca de un tijeretazo. La sangre brotó hasta empapar la mitad de la camisa.

     Miró directo a la Luz con la sonrisa de un demonio encendido y el tajo del labio, al abrirse llenó su boca con cuajarones de sangre que escupió con fuerza para desafiar a la esfera.

     —No te tengo miedo —. Continuó.


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Segunda parte: La bestia

La Luz retrocedió apartándose del chorro y se alejó para mantener algo más de distancia.

     —No te gusta ¿eh? —. Gritó arrojando  vaharadas de un aliento apestoso entre gotas de sangre— ¡Ven a mí, montón de mierda¡ Contigo también puedo.

     Se agachó para arrojarle un puñado de arena que la Luz esquivó y volvió a retroceder. Ese fue el inicio de una serie de insultos, escupitajos, golpes al aire, amenazas… Benjamín retaba y la luz retrocedía. Mientras más lo hacía, mayor era el placer dentro del pecho del pequeño demonio. Estaba correteando a una leyenda, haciendo lo que ninguno había hecho y divirtiéndose con ello.

     El espectáculo empezaba a ser aterrador. Benjamín, bajo, muy bajito. De poco más de metro y medio pero lleno de un odio visceral a la par que sin sentido, manchado de sangre y goteando todo el camino hasta la entrada del Confital, se internó en el barrio de chabolas, despertó al vecindario en su travesía de acoso y derribo a un ser incorpóreo y luminoso que en su recular, lo llevaba poco a poco hasta la costa del bufadero. Se oyeron los pestillos de puertas y ventanas, se encendieron algunas luces pero nadie salió a socorrer a la Luz.

     —Sé lo que pretendes, mierdagato —gritó al ver que dejaba atrás la última chabola y las olas se hacían oír en un batir alterado—, pero no hay nada ahí que pueda conmigo, perra. Estoy hecho de salitre y el hierro de los barcos. Mastico cristales, como fuego, me bebo el agua de la marea pa bajarme el ron y en la garganta tengo un callo. ¿Ves?

     Agarró una lasca de piedra del suelo y la estampó en su propia frente para hacerla saltar en un millón de partes.

     —¡No tienes nada¡ ¡Bombillita, fogalera, fósforo de mierrda¡ JIaaaaaiajijaijai —

     Cuando Benjamín ya se había acercado a cuatro o cinco metros del borde de piedra, la luz, flotando sobre las aguas infló su destello hasta casi igualar la luminosidad de la mañana, cegando por un segundo al borracho que trastabilló sin caerse. El brillo volvió a desinflarse para dar paso tras de sí a una monstruosa criatura. Algo lleno de enormes tentáculos que, flotando emergió de las aguas y empezó a rodearlo.

     Benjamín, extrañado y entumecido, sintió como la criatura, sin tocarlo siquiera, sacaba algo de dentro de él.

     La masa de tentáculos aspiraba, llevándose una copia vaporosa de sí mismo al tiempo que se alzaban coros de voces graves cantando salmodias desconocidas que surgieron de ninguna parte.

     Por su parte, el borracho sin sentimientos se enfadó por la falta de movimientos, se enfadó por haber sido pillado por sorpresa, por no saber de dónde carajo venían esas voces que ahora lo inundaban todo. Entró en cólera desatada cuando al ver el rostro de su otro yo, el que le estaban chupando y abandonaba su cuerpo, mostraba las facciones de un Benjamín asustado.

     Imposible.

     La rabia le dio fuerzas para resistir. Dobló los codos, aferró su alma por los tobillos, bajó la barbilla sobre el pecho y empezó a tirar con fuerza.

     —Y un carajote me vas a robar tú a mí. No eres más que un pulpo y a los pulpos se les mata mordiéndoles la cabeza.

     Echó a correr hacia el animal con su espíritu colgando del pecho, salpicando gotas carmesí. Con la cara cada vez más pálida, saltó a ciegas en el borde de las piedras y los tres: bestia, animal y luz, entraron en el mar para formar un caldo en ebullición dentro del bufadero.

     Los coros subieron el volumen y los vientos del Confital llevaron el sonido hasta las chabolas donde en el pueblo, aterrados, sus vecinos se persignaban llorando en los rincones más recónditos del hogar.

     La lucha duró horas, la Luz describió siluetas incomprensibles desde el fondo, los cánticos se tornaron en el lamento de desesperación y la rabia incontenible de cientos de condenados. Horas donde, por imposible que pudiese parecer, Benjamín entraba y salía del agua envuelto en tentáculos por todos lados, bramando y mordiendo rejos con el rostro desfigurado y sobretodo, riendo a carcajadas en medio de la noche.

     Al despuntar el alba, emergió desnudo de entre las aguas despegándose los rejos de varios pulpos que se le habían quedado aferrados al cuerpo, con un ojo vacío y una sonrisa socarrona en el rostro. De triunfo.

     Llegó vagando hasta las barcas y allí mismo se tumbó en la arena. Ni siquiera se molestó en llegar a su casa.

     Tras unas semanas salió del hospital siendo un hombre cambiado. Nunca más volvió a beber, no buscaba pleito con nadie, solo se dedicaba a pintar los cascos de los barcos y otros cientos de chapuzas necesarias para los marineros. No obstante, cuando mirabas su rostro barbudo y tuerto, esa sonrisa… esa sonrisa era la prueba de que aún quedaba algo dentro de él miles de veces más peligroso de lo que alguna vez fue.

     Pocos fueron los valientes que se atrevieron a dirigirle la palabra. Él se acercaba a la faena, la hacía y extendía su mano abierta a los dueños de los barcos que pagaban atemorizados sin dudar. No se le volvió a oír pronunciar juramentos o insultos , no se acercaba a la gente pero cuando el valor o la locura te incitaba a arrancarle alguna palabra, te observaba con esa sonrisa de diablo asesino que nunca llegó a perder, para decir entre roncos susurros algo que ha marcado para siempre la esencia de estas crónicas.

     —Algo oscuro se oculta en las aguas del puerto de la Luz.

Esta publicación ha sido modificada el hace 2 meses por CoquinArtero

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Porque a veces una historia no es tan solo una historia... a veces se trata de una puerta

Primera parte:

Cine de barrio

Antes del auge de Internet, en ese impreciso momento en que la gente empezaba a disfrutar un cierto tiempo de ocio y la tecnología estaba suficientemente avanzada como para maravillar al espectador, las salas de cine brotaron por todos los barrios de la isla. Algunas de ellas eran tan solo minúsculas habitaciones donde una sábana de cama de matrimonio hacía las veces de pantalla improvisada, y los espectadores se apiñaban con la vista clavada en la proyección.

     Destacaban los cines Litoral, Victoria, el Galaxy´s, cuyo sótano, una galería enorme y laberíntica con decenas de habitaciones, hacía las veces de albergue para improvisadas salas donde a su vez, poder proyectar también. Eran lugares con todo tipo de tendencias donde matar las horas libres antes de la rebaja en los precios del VHS, y olvidar durante un rato los nervios del trabajo.

     Una época donde casi todo el mundo estaba al tanto de los próximos estrenos sin importar su procedencia o estilo. Por eso cuando un autor canario entraba en el ámbito de la creación cinematográfica, y más cuando la inspiración directa eran los barrios de La Isleta, su nombre se hacía presente de inmediato en las charlas de sobremesa. Eran pocos y los medios de producción escaseaban, por eso entre el público se les consideraba poco menos que un mirlo blanco o una perlas entre el fango. Términos con los que se dirigieron a Adonai Santana en la radio cuando promocionaron su obra: Lilith.

     El título, por sí solo, generó multitud de análisis y especulaciones acerca del sentido de la película; algunos creían que podría tener tintes religiosos; otros, por el diseño de la cartelería, apuntaron a una posible obra de cine negro, terror, conceptualista, crítica… un cartel parco, con el nombre de la obra en grande, letras en forma de cuchilladas rojas sobre papel negro y el nombre del autor en pequeño y blanco, abajo en el centro:

     Lilith por Ado Santana.

     Se decía que su autor era de Telde y poco más. No faltó quien aseguró que compartieron aula de niños o que podría ser el vecino de su cuñada, la del Calero. Todo alrededor de la película revestía un aura de cierto misterio y eso favoreció la publicidad de la cinta. No es que la quisieran en todas las salas ni vendido la totalidad de las entradas pero, se hablaba bastante de Adonai Santana y de su “criatura”.

     La semana antes del estreno, cuando en las salas ya se tenían previstas las ganancias de la inversión en cada una de sus cintas, estalló una noticia que conmocionó hasta a quienes nunca se molestaron en poner su culo en una butaca: Adonai Santana se acababa de suicidar después de pasar a cuchillo a su familia y a los ocupantes de dos viviendas limítrofes a la suya.

     El resto de los vecinos, cuando se enteraron de lo que estaba pasando (pues los gritos de la última familia rompieron el silencio de las tres de la madrugada), corrieron a socorrer a las victimas hasta acorralar al cineasta.

     —Fue entonces cuando, al ver que no podía tirar palante con todos—declaró envuelto en mantas y llanto, el único superviviente de las tres viviendas—, se hundió el naife en el gaznate y allí mismo se murió. Esa no era su cara. Era él pero nunca lo vi así, como si hubiese algo por dentro de su cuerpo que tiraba de él. Movía los brazos igual que las maromas de un barco y me soltó tres picadas en un segundo. Fue un infierno.

     Las noticias no perdieron la ocasión de enlazar el suceso con el estreno inminente de la película que todo el mundo desconocía pero a todos interesaba.

     Oficialmente, solo se depositaron dos copias para su proyección en dos cines de notable categoría. El resto de las salas cerraron su actividad durante el día entero para intentar conseguir una copia lo antes posible. Algunos renunciaron a la sesión nocturna de doble rombo, que siempre daba algún sobresueldo, con tal de tener la oportunidad de pagar lo que fuese por una copia en condiciones de Lilith.

     Las dos salas que apostaron por la obra del “director maldito”, como empezaron a llamarle, encargaron todas las copias posibles a los técnicos de revelado en el laboratorio. Tal fue la prisa que nadie, a excepción de una sola persona, tuvo ocasión de hacer un visionado previo.

     El curioso afortunado regentaba una pequeña sala emergente, improvisada en el campo de un terrero de lucha canaria. Lo encontraron la mañana siguiente, infartado boca abajo sobre la arena y frente a la tela de la pantalla, que cortaba la zona de lucha por la mitad.  

     Morbo, más morbo.


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Segunda parte:

El estreno.

La leyenda del director maldito se extendió a la película, generando una expectación morbosa sin igual en la historia del puerto, donde saber que sus casas podrían salir en la película, les animó a reservar con tiempo un asiento bien situado. ¿Cuál podría ser la visión de un asesino acerca de su barrio?

     Para cuando llegase el día, todas las salas anunciaron sesión doble a partir de las nueve. Justo después del cierre de las oficinas.

     El nombre del director y la película corrieron por el imaginario colectivo como un perenquén buscando refugio entre el picón caliente.

     Llegó el gran momento. Una noche de finales de julio. Calurosa y salada. Las colas que se formaron esa jornada alimentaron  a varias familias de vendedores ambulantes de cerveza y refrigerios. Las calles se llenaron de pintadas con el nombre de la película aunque nadie supiese de qué iba. A algún vándalo se le ocurrió la deslumbrante idea de pintar y vender camisetas con la leyenda: Ado vive, la lucha sigue. Esto motivó que decenas de grupos moralistas como la Asociación de Cabezas de Familia o la Organización Juvenil Cristiana se opusiesen en vano a que la proyección se llevase a cabo. En consecuencia se convirtieron en  hormigas arrastradas por la corriente hasta terminar sentándose junto a sus vecinos en el patio de butacas. Otros asistieron vistiendo un riguroso luto por personas que no conocían en absoluto: las víctimas de Adonai. Corresponsales de casi todos los medios de la isla se infiltraron entre el público para apuntarlo todo en sus libretitas y grabadoras de mano.

     El mayor de los sinsentidos tuvo lugar cuando una furgoneta completamente derrengada se paseó por las puertas de los cines haciendo gritar a los altavoces del vehículo con la Cabalgata de las Valquirias y, sobre la chapa de los laterales la imagen del Ché Guevara con el nombre del director maldito rubricado justo debajo.

      La expectación llegó a tal punto que no faltó a quien le diese una bajada de azúcar y tuviesen que llevarlo en volandas a una Casa de Socorro sin personal, porque todos habían ido a ver la película. Se hizo correr el rumor de que Adonai seguía con vida y estaba entre el público. Nadie sabía cómo eran su cara, sus hechuras o las motivaciones que lo llevaron a convertirse en El Asesino de El Calero.

     Solo querían estar allí ese día pues sentían que sería un momento importante en el recuerdo de sus vidas y si viviste en la zona durante esos días, lo más seguro es que estuvieses allí, ocupando un hueco en la fila.

     A las nueve de la noche, un batir rítmico, metálico y grave ensordeció el ambiente. Frente a cada una de las dieciséis salas apareció alguien vestido completamente de negro y una túnica tapándole el rostro, armados con un enorme bidón de metal vacío y dos baquetas de vibrar bombos en las manos.

     Cuando las campanas de la iglesia del Carmen terminaron su repique, todos los encapuchados comenzaron a tocar al unísono un fortísimo dos por cuatro haciendo que el público entrase encogido, casi en trance.

     Y sus corazones retumbaron con fuerza al apagarse las luces.

     Durante la proyección, las calles parecieron perder sus colores pues la vida que le daban sus gentes desapareció por completo. Nubes de limo viscoso reptaron desde las aguas y ocultaron las aceras para fijar durante varios minutos una imagen de silencio aterradora. Ni un susurro podría bregar contra tanta espesura.

     Los pocos rezagados que quedaron sin entrar, hablaban de sombras escurridizas reptando como enormes serpientes de mar que surgían directamente de las aguas y se deslizaban por las fachadas de los edificios. Nombraban olores densos a mar muerto, a las charcas donde se limpia de tripas el pescado y éstas se pudren al sol. Los desgraciados sin hogar hablaron de una niebla semejante a calima negra ensuciando el aire, y de cómo los encapuchados tornaban en criaturas que volaban igual que las medusas nadan en los mares, recortando su silueta con la luz de las farolas, y dejando el rastro de tentáculos tras de sí. Celebraron la suerte de tener que ver a las bestias sin nombre que trajo la marea en vez estar entre los que vieron la película.

     Entonces comenzaron los gritos.

     Fueses por donde fueses durante el tiempo que duró la proyección, cientos de alaridos cargados de sufrimiento encerrado, luchaban por escapar de los horrores que allí se representaban. Las puertas de los cines temblaron intentando contener a las miles de almas que luchaban por salir al exterior. Se escucharon llantos también y el sonido de cuerpos chocando en marabunta por galerías interminables.

     Esa película parecía haber abierto una puerta directa al infierno.

     Cuando terminó, las caras de la gente contaban sin hablar la odisea que acababan de vivir. Corrían por las calles a refugiarse en sus casas, huyendo con recelo de todo lo que se moviese a su alrededor.

     Perico Caraballo, periodista del Canarias 7, contó que no tuvo fuerzas siquiera para escapar corriendo después de salir del local. Tan solo se acurrucó contra una esquina y lloró durante horas hasta que el sol de la mañana le dio fuerzas para llegar tambaleándose a la capital.

     Después de ese día no hubo reseñas de la proyección en medio alguno ni se nombró jamás al director, autor y asesino Ado Santana. No hizo falta nada de eso para que una generación entera grabase a fuego una marca en su memoria.

     Después de algunos días, cuando pudieron arrancar de nuevo con sus vidas, quien andaba por los negocios de la Isleta, Guanarteme, Mesa y López, La Naval o cualquier parte de la zona del puerto, podía notar esa mirada de quien no quiere admitir que le han hecho algo muy malo. Una vergüenza de frustración ante la derrota, un ego dañado hasta la raíz, imposible de reparar. Sobre todo porque las calles seguían llenas de pintadas ensalzando a Lilith y a su creador maldito.

     En la mayor de las pintadas, a la vista de todo el que pase, justo frente a la entrada de los muelles del puerto, una corrección a spray advierte desde el tiempo a los nuevos visitantes:

     “Algo oscuro se oculta en las aguas del Puerto de La Luz”


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¿Quién no ha escuchado en alguna ocasión la expresión: le cambió la vida en un instante, en un momento, en un segundo? Un parpadeo y ¡Riau!, todo lo que habías organizado, todo lo que hiciste y te llevó hasta ese preciso momento de trauma, ya nunca volverá a ser igual. Puede pasarnos a cualquiera y aún así, con la evidencia danzando ante nuestras narices, seguimos teniendo el cuajo de afirmar que el cambio radical solo es normal y comprensible en terceras personas, pero “Nunca a mí. A mí, no”. Buscamos explicación para ese accidente, enfermedad, lotería, cuernos, despido, hasta que una mañana, como en mi caso, te despiertas siendo una cría de gato, que se retuerce entre las redes y las nasas, amontonadas, esperando por ser reparadas.

     Antes de eso, tampoco es que estuviese haciendo gran cosa con mi vida. Trabajaba de vez en cuando y no tenía grandes amores por lo que tampoco tenía más gasto que los propios del hogar, la comida y alguna litrona salvaje, caída en combate para amenizar la puesta de Sol.

     La noche anterior fue como las demás… a lo mejor iba un poco más descompuesto de lo normal por haberme tenido que bajar a desgana, el chupito de ron con miel que me convidó el dueño del “Mojo picón”.

     Como cada día, me di mi vuelta por toda la bahía del Confital, desde el cementerio indio de más allá del Rincón, hasta gozarme un par de baños en el Bufadero, compartir alguna charla con el vecindario de toda la vida y caer frito viendo los documentales de la Dos en el sofá-cama del salón.

     Cuando al despertar noté mi nueva condición, no pude sino asustarme como lo que era: un gato chico. Reconozco que bien mirado, soy una bola de pelo adorable, blanca y sonrosada a partes iguales, pero soy pequeño y como me cruce con algún elemento del estilo de Benjamín o el Desiderio, corro el peligro de terminar estampado contra una de esas pintadas de promoción para la nueva película de Ado Santana.

     Al principio pensé que el camino desde el muelle a mi casa en la calle Adargoma, no podría suponerme un gran problema pero casi no salgo del muelle. El Sol me chamuscaba las orejas, casi no podía ver, mis patas son increíblemente cortas, tenía mucha hambre y me fallaban las fuerzas. No sabía si ocultarme de coches y salvajes como podía haberlo sido yo hasta la noche del cambio, o llamar en voz alta a cualquiera que pudiese conocer y convencerle de quién era.

     Cuando me decidí, fui directo al parque de Santa Catalina donde seguro que encontraría el apoyo de alguien a quien, por otro lado, conocía muy bien. Me puse a su lado e intenté llamarla con fuerza. Solo se me escapó un lastimero maullido que ni yo mismo pude escuchar con claridad pero ella sí. Lolita era capaz de entender miles de veces mejor un maullido que la voz de cualquier marinero.

     —A ti te llamaré, Blanco —. Dijo con cariño la buena mujer.

     Me cogió llena de amor y me llenó de besos y maquillaje de carnaval para después dejarme junto a su amiga Valentina y otros quince o veinte gatos. Siempre estuve tentado a probar la comida de gato y, por mil demonios… ¡Qué buena estaba esa mierda! Comí tanto que hasta que no sentí media docena de lenguas acicalándome en la oscuridad del anochecer, no caí en la cuenta de haberme quedado dormido.

     Estaba en una enorme caja de madera junto a otros quince gatos más.

     Al alzar la vista, reconocí el lugar. Estaba frente al colegio de la Isleta, justo al lado de la casa de la Bruja Maroya, a unos pocos cruces de mi hogar. Seguro que esa buena mujer pretendía buscarnos familia tentando quienes se acercasen al lugar.

     Menuda suerte: justo al principio de la calle El Faro, a unos pocos cruces de mi hogar. Tenía que intentarlo.
Salté de la caja apoyándome en la cabeza del gatito más grande y me di de boca contra el suelo. Aproveché que a esa hora no pasaban muchos coches para atravesar la carretera y avanzar calle tras calle pegado al bordillo de la acera, con la confianza puesta en que nadie repararía en mi presencia. Había un gran tumulto pero nadie me quiso poner atención pues hablaban de fenómenos extraños… Joder. Y tan extraños. Hasta hace un rato yo era un señor de más de treinta años y ahora soy un puto gato chico.

     Las calles bullían con algo que había pasado en la Fábrica de muñecas. Un lugar por donde dejé de parar hace algún tiempo.

     Al doblar la esquina de mi calle, la vecina de al lado comentaba con Lala y Rosa que el suceso podría estar relacionado con el incendio de las barcas de la Puntilla. Le respondieron que hacía tiempo que no se respiraba tanta inseguridad por las calles, que algo debía hacerse. Que sin ir más lejos, mi propia casa empezaba a oler a marea.
Ahí fue cuando la idea de mi posible muerte y posterior resurrección en forma de gatito de mierda me dio un mordisco en el corazón. Aceleré casi sin aliento, crucé la calle y rasqué con todas mis fuerzas sobre la puerta de madera que siempre me dejaba abierta.

     Daba lo mejor de mí en el intento a pesar de estar muy cansado por el camino. Daba lo mejor de mí pero la puerta no se abría. Quise gritar con fuerza, quejarme al destino… solo me salió un maullido.

     La hoja de madera se abrió con un chirrido.

     Al otro lado, mi propia estampa agarraba el pomo y me miraba desde las alturas con una sonrisa felina en el rostro. Entonces se agachó, me agarró de un puñado, me alzó frente a su rostro, que era el mío y me dijo:

     Algo miau se miau en las aguas del puerto de la miau.


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CoquinArtero
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La última de las crónicas: el inicio de todo

Mi madre era sabia como solo puede serlo un ser eterno. Las pocas millones de generaciones flotando con mis quince hermanos a su alrededor me enseñaron gran parte de los misterios del universo.

Viajábamos desplazándonos por corrientes siderales con rocas y planetas como fuente de alimento y dejando de testigo a las estrellas, el rastro de mi familia, en su lánguido vagar por el espacio. Estrellas de todas formas y tamaños que formaban galaxias y más planetas en un ciclo sin fin.

La mayor lección que aprendí fue que el polvo estelar era inofensivo, pero debíamos temer a las viejas, esas que antes de morir giran acelerando sin control, pues fue una de esas la que me separó de mi madre con un estertor. 

Ella metió su cuerpo a modo de escudo entre el viento de la muerte de una estrella y sus dieciséis semillitas. Abrazó con sus tentáculos e intentó crear una burbuja que nos protegiese, pero la onda fue más rápida y me expulsó del resto sin que apenas tuviese tiempo para reaccionar.

Era muy joven. Tanto mis hermanos como yo lo éramos. Solo mi madre tenía el magnífico cuerpo de un calamar espacial mientras nosotros, un enjambre de orbes de luz pegados a su volumen, no llegábamos a ocupar ni una de sus ventosas. 

En una fracción de segundo perdí de vista a mi familia, su rastro de estrellas y hasta el cuadrante del espacio por donde vagábamos tranquilamente. Viajé durante eones tal como lo haría un proyectil brillando en el vacío del espacio hasta dar contra la superficie del planeta en el cual me encuentro. 

Al despertar descubrí que mi llegada había transformado el lugar en un erial de muerte y caos. Quedé incrustado en el fondo de las aguas desde donde vi el suelo acolchado por millones de cadáveres que se amontonaban entre el polvo.

Para ese entonces yo aún era un huevo que luchaba por abrirse y parar de algún modo  el desorden que había causado. Me revolví bajo mi cáscara de luz durante millones de años hasta que por fin entendí que podía salir y volver a entrar a capricho, pero yo no era como mi madre: seguía siendo millones de veces más pequeño, aunque cientos de veces más grande que el mayor de los habitantes que jamás hayan poblado la historia de este planeta; mi propio cuerpo no resultó ser como el suyo, se parece en algunas cosas a como debería ser, pero nunca como el suyo; cuando no soy el huevo, el orbe, la luz, tengo limitaciones, mucho sueño, pienso lento…, echo mucho de menos a mi madre y mis quince hermanos; mi pena cambia el entorno, a las criaturas que aquí habitan y que poco a poco, con el tiempo, fueron conscientes de mi presencia.

Este planeta podría haber sido pasto de las fauces de mi madre, yo podría haberme alimentado de sus restos, pero la Tierra y yo hemos sido un equipo en simbiosis durante millones de años. Todas las criaturas tienen un poco de mí. De alguna forma intuyen, lo llevan grabado en el ADN, que llegará el día en que me desperece y el hambre de millardos de años me obligue a devorarlo todo, crecer y volver en busca de mi familia.

El momento se acerca, puedo sentirlo.

Quise arreglar el planeta, devolverle la vida regalando parte de mi esencia vital hasta que una especie tuvo la capacidad de expresar la influencia que estaba ejerciendo en el desarrollo de su civilización. Me cantaban plegarias, arrullaban mi sueño en el fondo de las aguas y adoraban mi forma de huevo brillante cuando me mezclaba entre sus gentes. 

Aprendí su idioma, les conté el origen de su especie y el papel que jugué en su evolución, hasta que usaron ese conocimiento para llegar a mí y robar una parte de mi esencia con la que fabricaron esclavos. Seres cambiantes que con el tiempo se rebelaron y volvieron a acabar con todo. La única forma de pararlos fue congelando sus cuerpos, pero a un altísimo coste. Esa civilización cayó poco después para dejar germinar sobre sus ruinas aquello a lo que hoy conocemos como humanidad.

En esta ocasión procuré permanecer oculto, ajeno a sus fases de desarrollo, pero lleno de curiosidad en mi forma de luz, lleno de oscuro y depresivo anhelo en mi otra forma cubierta de tentáculos mientras dormitaba en el fondo de los océanos.

Cuando una reducida comunidad de pescadores en las aguas del norte encontró una ciudad de la civilización perdida, comenzaron a adorarme en secreto y les complací con conocimientos muy limitados acerca de las profundidades de su planeta, como la forma de cantar a los peces para dominarlos, domar la bravura de las olas y, lo más importante para mí: el culto de los dieciséis acólitos que daban su vida para calmar mi aflicción por ser, ante sus ojos, un dios venido de los cielos.

Tuve cuidado de no enseñar mi verdadero ser más que cuando fuese necesario. De mí, quien supo algo, siempre fue primero la luz, después el tentáculo. Por el bien de su especie, no dejé que más de dos o tres familias transportasen la tradición del culto a través del tiempo y así he asegurado a la vez mi persistencia en la memoria y el desarrollo de su especie hasta que encontraron por error a uno de los metamorfos congelados en el hielo permanente del ártico. Este acabó con todos menos uno: un bebé enorme al que escondí en las montañas de Gran Canaria llamado Adargoma.

Al crecer venía casi cada noche a recitar en voz alta los cantares de sus antepasados, que yo susurraba en su mente mientras dormía, le enseñé a llamar a los peces y se hizo amigo de las morenas. Casi llegó a gobernar a todos los habitantes hasta que un grupo de ellos, locos de celos y enfermos de traición, acabaron con su vida. Yo los recluté para servir con sus cuerpos al culto de los dieciséis. 

Desde entonces nunca me ha vuelto a importar el sufrimiento del ser humano, solo deseo crecer y volver con los míos, sembrar estrellas por el universo. 

Me oculto en la bahía del Confital acechándolos de cerca e influenciando sus vidas, haciendo creer que no soy más que una luz hasta que les susurro al oído que su vida solo tiene un sentido: reventar en mil pedazos en el fondo de los mares como ofrenda y recuerdo hacia aquellos que están por venir. Aquellos que una vez perdí y ahora son la única meta de toda mi existencia.

Hasta que eso pase permaneceré observando, iluminando el camino de los sacrificados, revolviéndome silenciosamente entre las cuevas submarinas de los volcanes, convirtiéndome en un cuento, una leyenda maldita llena de historias que se pierden en el inicio de los tiempos.

Seré algo oscuro que se oculta en las aguas del puerto de La Luz.

                              Fin... Y tal

Esta publicación ha sido modificada el hace 1 mes por CoquinArtero

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