Posada Finisterre
La posada Finisterre está asentada en una remota aldea de la Costa da Morte. Dado su extraño origen y su ubicación liminal a ella acuden curiosas criaturas, personajes de todo tipo, algunos totalmente mundanos y otros…otros incluso provenientes del más allá, del alén, aunque también los hay de lugares que nunca nadie ha imaginado…
Eran pocos los que permanecían esa noche de oscura niebla, frío y lluvia en la posada, y los que quedaban, o bien estaban ebrios, o quizás, no estaban sobrios.
Fue un poco después de medianoche cuando una sombría figura entró por el portón, de baja estatura y ataviado con una raída túnica negra. La capucha difícilmente podía esconder sus afilados rasgos, su perilla… Los ruidosos pasos despertaron a los caballos, que en sus cuadras dormitaban plácidamente, y ahora, asustados, relinchaban nerviosos.
Se sentó en la barra, próximo a Carlos y a Nuno, que debido al alcohol que corría por su sistema sanguíneo apenas conseguían mantenerse despiertos y los cuales ni siquiera se dieron cuenta de la nueva compañía. Quitándose el capuchón, el forastero, demandó una taza de vino de la casa a Aldán, el tabernero, y tras unos minutos, habló. Se dirigió a aquellas embriagadas almas con voz burlona. El extraño narró una historia, una singular historia que ahora os contaré, intentando no olvidar ni el más mínimo detalle.
Así la escuché yo, y así os la transmito.
Saludos amigosh, hoy estoy muy contento… je, je, je… digamos que esta noche he cerrado un par de negocios muy suculentos, ji, ji, ji.., y dado que empiezo a aburrirme y hace poco me crucé con esa sucia comitiva, os agasajaré, y sin que sirva de precedente, con el origen de esa antigua historia que por aquí tanto os gusta y que en esta lluviosa tierra, no olvidaréis jamás…
Ahora es muerte, pero Cumiar era una antigua aldea, escondida en el valle de aquella triste montaña.
Muchas de sus casas se apelotonaban, retorcidas, como queriendo protegerse del frío, del frío y también del miedo. Esa es una primitiva táctica que incluso los animales utilizan.
Sus calles húmedas, estrechas y sin pavimentar, llenas de barro y sombras, se confunden fácilmente con un caprichoso laberinto, pues sus ancianas paredes de granito, musgo y agua han visto tantas almas perderse y perdidas que ahora se ríen en secreto cuando alguien las transita.
Me gustaba mucho recorrerlas en las noches de poca luna y algunas noches vuelvo…
Triste y oscuro pueblo, oscuros y tristes habitantes…
En aquellas noches de invierno, tenues luces amarillas salían de los ventanucos, muchas veces se podían atisbar negras siluetas observando la noche y, si se prestaba la suficiente atención, se lograba escuchar susurros, oscuros susurros que no cesaban jamás.
Hambre y envidia…
Los bosques que la circundan son tan antiguos como el tiempo, los conozco bien, y ellos a mí.
Todavía hoy, aquellos árboles ancianos, recitan el poema de la lluvia cuando el viento cruza sus incontables hojas.
Robles, sauces, tejos… Qué ironía…Ellos pueden tocar la profunda muerte con sus raíces y acariciar la vida del cielo con sus ramas.
Ahora el pueblo, su gente, está maldita para siempre…
Allí vivía Uxía,“la meiga”, así era conocida. Ella sabía del poder de muchas plantas con las que convivía, y eso fue más que suficiente para levantar horrendos prejuicios y viejas habladurías.
Solitaria madre de una preciosa y risueña niña, Aldara, bella alma perdida…
Su hija, enferma de tos ferina, hubiese sobrevivido con alimento, agua limpia y descanso, pero eran tiempos difíciles y esos eran ingredientes valiosos y muy difíciles de encontrar.
Aquella desesperada madre suplicó ayuda durante tres largos días, viendo como su pequeña se desvanecía.
Nadie…
Ningún vecino, ningún caminante, ni siquiera el párroco…
La pequeña se fue, yo la vi.Todavía descansa en aquel húmedo y olvidado cementerio. Los cuervos saben su historia, los cuervos pueden guiar.
Su madre perdió el deseo de vivir. Enloqueció, habló con ellas, las tres ancianas, Nona, Décima y Morta…
Recordaba los nombres de todos y cada uno.
Su pequeña…
Venganza de madre.
Aquella noche, curiosamente, yo paseaba por allí cuando lo hizo.
Por la noche subió a lo alto de la montaña.
Subió sin luz, sin frío, sin miedo, sola, decidida… y al llegar a la cumbre, donde está aquel olvidado dolmen, se arrodilló.
Cogió una afilada y puntiaguda lasca de pizarra del suelo y gritó el nombre de su hija, Aldara, mientras cortaba las venas de sus muñecas.
Mientras su sangre resbalaba por las manos y tocaba aquella antigua losa ella recitaba todos los nombres de los residentes de aquel maldito pueblo, pueblo que no había ayudado a su indefensa criatura. No se derrumbó hasta que el último nombre salió de sus labios.
Poderosa y antigua maldición, pretérita de Dios, maldición de madre, primitiva como la creación. Yo tampoco puedo hacer nada.
Aquellas asquerosas gentes fueron condenadas a no descansar jamás, condenadas a no morir, pero tampoco a vivir. Almas condenadas que tendrán que pedir la ayuda que nunca ofrecieron.
Muchos son los días que se ven por las viejas sendas.
Estantigua, la pantalla, hueste… Santa Compaña, así la llamáis ahora, vomitiva palabra…
En cuanto a mí…La razón de que conozca esta remota historia… bueno…ji, ji, ji… Vosotros me conocéis por muchos y variados nombres, no os lo diré. Tengo ya una edad provecta, pero siempre he estado y estaré ahí para aconsejaros, je, je, je… Es suficiente una gota de sangre en un cruce de cuatro caminos, o de algún cruceiro, de esos que tanto abundan por aquí, para que acuda en vuestra ayuda…
Recordad, yo puedo solucionar cualquiera de vuestros problemas con un sencillo y rápido acuerdo…
Nadie lo escuchaba, algunos por borrachos, otros por dormidos…
Aquel curioso personaje, al que por cierto, por más que bebía nunca se le vaciaba la copa de vino, se fue dejando una vieja moneda de oro con un tridente y una pluma con tinta roja en la punta…
Pero lo más absurdo de todo era las marcas que dejaron sus pies en el sucio suelo, sus huellas eran como dos dedos, dos dedos con forma de pezuña…
Una tenue luz azul
Había noches en las que la posada estaba llena de gente, gente bebiendo y hablando hasta la salida del sol. Pero aquella noche, casualmente, no.
En la posada solo se encontraba Aldán, el tabernero, que dormitaba tras la barra con un vaso en una mano y un sucio paño en la otra.
Eran algo así como las tres de la mañana cuando aquel hombre aparcó su coche cerca de la puerta y entró.
Pidió un Whisky, y comentó que había pasado muchas veces por aquella carretera, pero nunca se había fijado en la posada.
Aldán, que había escuchado esa frase varias veces, respondió que muchas veces obviamos y omitimos lo que tenemos delante de los ojos y que muchas eran las personas que pasan a diario por esa carretera y no la ven.
Tras un par de copas, con los ojos vidriosos y chispeantes, aquel forastero, que tenía una vital necesidad de hablar, encontró en el viejo tabernero la persona ideal con la que desahogarse.
Lo que le contó aquel hombre aquella calurosa noche de verano fue lo siguiente;
Llevo tres días sin dormir, no sé que me pasa, pero algo turbio y oscuro sucedió aquella noche.
Todo comenzó aquel viernes mientras iba de camino a casa.
Había sido una semana dura, se aproxima el verano y la campaña de incendios estaba a punto de comenzar. Yo trabajo como instructor de vuelo para futuros agentes forestales, concretamente instruyo a futuros aviadores de avionetas de carga en tierra TANGO, modelo AT-802. Son unas máquinas antiguas, pero fiables, máquinas que en silencio han evitado infinidad de catástrofes ambientales.
Llevo cerca de 3000 horas ahí arriba, he visto de todo en el cielo. He volado de día, de noche, con vientos huracanados y también en incendios, bueno… Podríamos decir que he volado en condiciones en las que muchos han perdido la vida.
Alguna vez había visto alguna luz rara en el firmamento, pero nunca algo como aquello… Como ya he dicho todo empezó el viernes, concretamente el 3 de mayo a las 23:11. Nunca olvidaré esa maldita fecha.
Estaba volviendo del vuelo de prueba C-03, a la avioneta de prácticas le habían instalado el nuevo sistema de comunicación y tras comprobar que todo funcionaba perfectamente tomamos la decisión de aterrizar en el aeródromo de Verín.
Recuerdo que hasta pasadas las 21:30 no habíamos podido despegar ese día por culpa de una borrasca que dejó casi 200 litros por metro cuadrado en 4 horas.
Estaba a unas 2 millas de Ourense cuando vi aquel fogonazo azul por primera vez. Me quedé cegado un instante. No podría describir con exactitud que fue lo que me dejó sin visión, pero yo sé que aquello era algo físico. Entiendo que cause risa esto que voy a decir, pero el objeto que logré ver de reojo era más grande que todo el aeródromo y se movía de una forma muy extraña.
Calculo que lo vería durante 30 segundos, siempre tras de mí. Era oscuro y muy difícil de seguir con la mirada, luego, súbitamente desapareció y no lo vi más, no lo volví a ver hasta hace unos días…
Yo no dije nada por radio, estaba agotado y estas cosas conllevan mucho papeleo, además, no es la primera vez que la caída de un meteoro asusta hasta al más experimentado de los pilotos.
Volvía a casa, estaba muy cansado.
Hacía calor esa noche, me encanta conducir de madrugada. Vivo en un pueblo pequeño. Es una sensación increíble conducir por carreteras apenas transitadas, el cielo inmenso y estrellado, curvas y parajes solitarios, pequeños pueblos vacíos, grandes bosques oscuros y tranquilos.
Carretera, kilómetros sin ver a nadie, tan solo con la sorpresa de algún animal nocturno.
Bajé la ventanilla y aceleré. El aire fresco palpaba mi cara, instintivamente subí el volumen y en unos segundos me fundí con la música. Los que aman la música saben de lo que hablo. Hay momentos en los que cuando uno escucha una canción que le gusta, en el lugar indicado, puede suceder la magia. La mente es capaz de dejarlo todo, abstraerse en un universo donde el sentido espacio-temporal no tiene importancia, y las notas y melodías nos regalan un viaje al mundo del tiempo perdido, donde hasta la última célula de tu cuerpo se mueve y vibra al son de esa armonía.
Mi problema fue que no sé como había llegado hasta allí, de repente me di cuenta de que estaba parado en el mirador del cañón del Sil, a unos 15 kilómetros de mi casa, y apenas recordaba nada del trayecto.
Estaba asustado, eso podría haber acabado en accidente.
Bajé del coche dispuesto a fumar un cigarrillo, tenía que tranquilizar mis nervios, volver a casa y meterme de una puñetera vez en cama. Me autoconvencí de que llevaba muchas horas sin dormir y que estás mierdas a veces pasan, tal y como había leído en numerosas ocasiones.
Fue al encender el pitillo cuando noté el silencio, un silencio anormal. Ni siquiera la piedra del mechero hizo ruido al producir chispa, nada. Tampoco se oían los árboles ni el viento.
Era una sensación surreal. Algo muy raro sucedía.
En el momento exacto que exhalé la primera calada, todo, absolutamente todo se tiñó de una tenue luz azul. ¡Qué coño estaba pasando! Un pitido extraño se introdujo en mi cabeza y lentamente, acercándose por detrás de la montaña que tenía justo delante lo vi, ahí arriba.
Aquel inmenso objeto, que no lograba ver del todo ni girando la cabeza, estaba delante de mí. Esa mierda no era humana, esa cosa no era de aquí.
Paralizado por el susto vi como aquel colosal objeto, en cuestión de segundos se convirtió en una pequeña bola azul, y venía directa hacia mí. Corrí, me metí dentro del coche, bloqueé las puertas y escapé todo lo rápido que pude.
Basado en el cuento popular “Muerte madrina”
Y allí estaban, cada uno con su cerveza, escuchando al anciano de tez pálida y porte delgado, un hombre elegante y atractivo, poseedor de unos oscuros y pesados ojos, ojos que desprendían tristeza, hundidos y realmente cansados.
Fuera, la espesa niebla borraba el rastro de la posada y la sumergía en un mundo surreal, casi onírico, donde la tenue luz rojiza que escapaba por las ventanas dibujaba extrañas figuras que se proyectaban como espectros castigados en aquella pesada atmósfera. Dentro, sin embargo, el fuego y el calor de la chimenea invitaban al descanso, a la escucha y la contemplación.
Aquel anciano conocía el secreto más preciado.
Y a la luz de las velas contó un cuento, según él, antiguo y absurdo, pero que recomendaba no olvidar.
Nosotros sabíamos muy bien y muy dentro, que aquella vieja historia no era un cuento cualquiera. Él se lo relataba a nuestras almas, y nuestras almas, embelesadas, le creían, pues estas recordaban al triste anciano y sabían de su veracidad.
Sosegado y reflexivo aquel hombre contó lo siguiente:
Había una vez, hace ya mucho tiempo, un campesino que vivía en un remoto y pequeño pueblo, cerca del valle del viento. Era un hombre justo que poseía una innata erudición, una sabiduría que no había sido otorgada ni por libros ni maestros, sino por el cielo, el trabajo y la tierra.
A este rústico pueblerino, que estaba a punto de ser padre, le preocupaba mucho que su hijo no fuera una persona justa y quería hacer todo lo posible porque lo fuese, pues él, conocedor y cansado de las grandes injusticias del mundo en el que vivía, soñaba que algún día estas, desapareciesen por completo.
Estando una noche con su abuela, la más longeva de toda la comarca, y hablando de su bisnieto, la anciana le comentó:
–Si quieres que el pequeño sea justo, hijo mío, hasle de procurar a la criatura, la madrina o el padrino más justo que encuentres, pues tu hijo, a ellos se le parecerá.
Al día siguiente el noble labriego, mientras caminaba de vuelta a casa con los animales, meditaba en las palabras que su abuela le había dicho aquella noche y mientras lo hacía se encontró con un hombre sereno, tranquilo, sentado al borde del camino en una piedra, el cual mirándole fijamente le dijo;
–Buenas tardes, viejo amigo, ¿Cuál es el problema que pesa en tu interior?
–Pues verá señor–respondió de forma inconsciente– Busco un padrino justo para mi hijo
–No busques más amigo mío, aquí estoy. Yo soy Pedro, de Galilea, y yo tengo las llaves del cielo, de una forma justa, yo decido quien puede entrar en la tierra prometida.
A lo que el campesino, sin titubear contestó;
–¿Justo tú, que le cierras la puerta a personas que han cometido insignificantes pecados y separas a los hombres en buenos y malos? ¿Justo tú, que desprecias a personas de otras religiones y pudiendo ayudar a tus hermanos nunca has sido tolerante?
Nada más acabar de formular aquellas preguntas, la serena entidad desapareció.
Siguiendo su camino y pasando el cruce que lleva al monasterio, se encontró con un hombre, de cara afilada que sonriendo le dijo;
-¡Aeie! Veo en tus ojos que necesitas algo, ji-ji-ji. ¿Por qué no me lo cuentas?
El campesino, que seguía reflexionando en el tema dijo:
-Señor, busco un padrino justo para mi hijo, que está por nacer
-Pues tu búsqueda ha terminado, ja-ja-ja, yo seré, pues soy el Diablo, amigo, Satanás si lo prefieres y de una forma justa condeno al infierno a todas las asquerosas almas, basuras de la humanidad. Soy justo sin más. –respondió aquella extraña criatura mirándole a los ojos y sonriendo.
Asustado por aquella oscura presencia, y en un acto de auténtica valentía dijo:
- ¿Justo tú, que condenas al castigo eterno a muchas almas buenas por crímenes que cometen en contra de su voluntad?, ¿Justo tú, que a ingenuas criaturas incitas al pecado y que en vida no tienen nada más que poder perder?
Un vapor con olor a azufre apareció y el misterioso personaje se esfumó sin dejar más rastro que el del olfato.
Ya cruzando la montaña y en lo más alto de la colina, ante él apareció un hombre anciano, de gran estatura y larga cabellera, su prominente barba blanca era mecida por el viento y ataviado con una túnica de un blanco impoluto le dijo:
–Cuéntame tus penas, buen hombre, pues a mí no me las puedes ocultar.
El campesino, impresionado con aquel ser de luz contestó
–Pues verá señor, estoy buscando un padrino para mi hijo, y necesito el hombre más justo del lugar.
–Tranquilo, descansa, pues yo soy el justo, Dios, y a tu hijo en mis manos puedes dejar–respondió de una forma reposada.
El campesino solo pensaba en el bien de su hijo, por esa razón contestó lo siguiente:
- ¿Justo tú, que has creado o permitido la desigualdad? ¿Justo tú, que has hecho ricos a unos y pobres a otros? ¿Justo tú que nunca escuchas las plegarias de quien lo necesita y otorgas enfermedades a personas solo por nacer?
El anciano blanco, cabizbajo, se fue, y en todo el pueblo empezó a llover.
Fue llegando ya a casa, muy mojado, cuando bajo un árbol y cerca de un gorrión muerto, se encontró con una persona muy delgada que a su paso le preguntó;
–¿Necesita ayuda?
–No, tan solo busco un padrino justo que darle a mi hijo– Respondió cansado.
–No es lo mío, pero yo me ofrezco, si usted quiere. Yo soy la Parca, la muerte, y cuando llega la hora, buen hombre, me llevo a todos por igual.
El campesino, que pensaba que ya no encontraría ningún padrino le dijo:
–Nunca lo hubiese imaginado, pero de todos los que me he encontrado, y a pesar de que muchas veces de forma prematura te los lleves, es usted, con diferencia, la más justa que hay.
Y así fue como la muerte, por primera vez, fue madrina, y fue una madrina ejemplar. Le regaló los primeros zapatos a su hijo, y esta lo visitaba y le agasajaba tanto en el día de su santo como en su cumpleaños.
Un buen, mientras trabajaba, la muerte se le apareció al humilde labriego y le dijo;
–Me apena que el único compadre que tengo en mucho tiempo sea tan pobre, por eso he decidido que te voy a ayudar. Te daré esta pequeña poción, inocua, y tendrás el poder de saber si una persona vivirá o morirá, no por el brebaje, sino porque tú me verás en la cama del moribundo, cuando esté a los pies de su cama le darás una gota y este no morirá, en cambio si estoy en la cabecera, me lo llevaré.
El campesino logró ganar alguna moneda con la ayuda de la vetusta pócima y de su amiga la parca.
Su habilidad pronto se hizo notoria y su fama empezó a aumentar.
Una mañana el mismísimo Rey apareció en su vieja morada, demandando ayuda para su hija, enferma desde hacía varias semanas, a la que ningún médico de la corte encontraba solución. El monarca prometió una cuantiosa recompensa por la salvación de su heredera, tanto oro como el campesino no había soñado jamás.
Estando ya en la habitación de la princesa, el campesino observó que la muerte se encontraba en la cabecera de la cama y cegado por la avaricia giró la cama, dejando a la muerte a sus pies. Luego dio el brebaje blanco a la enferma, y la pequeña en un par de días estaba totalmente recuperada. Un milagro.
De campesino pobre a noble adinerado.
Pasadas siete noches del “milagro” de la princesa, la muerte, de nuevo le visitó. Habló con el campesino, preguntándole si quería conocer su morada. El campesino, que siempre había tenido mucha curiosidad por ver cuál era la morada de la muerte, le dijo que le acompañaría.
No se sabe si en un sueño, pero ambos caminaron, caminaron por sendas que nunca se habían pisado, atravesaron desiertos de arena blanca y lluvia roja, bosques con árboles invertidos, montañas que se hundían en los abismos y ríos que llevaban los anhelos de los hombres.
Al final del camino llegaron a una fuente, la fuente de la memoria. Con un susurro de la parca el agua bajó y al descubierto quedaron unas viejas y húmedas escaleras por las que descendieron.
Aquella sala era de una belleza indescriptible, de un tamaño colosal pero con una decoración muy austera. Las paredes de mármol contaban con infinitas oquedades y dentro de ellas infinitas velas de aceite, algunas muy luminosas, otras no tanto.
La muerte le explicó, que las velas son la vida que le queda a las personas y cuando se apagan, su vida también lo hace. Le enseñó la de su hijo, que brillaba y chisporroteaba con muchísima energía.
–¿Ves esta vela? --le dijo– Esta es la vela de tu hijo, tiene una luz increíble, todavía es largo y próspero su tiempo, sin embargo, ¿ves esta otra? Esta sin embargo se apagará enseguida, y siento decir que es la tuya. Cuando decidiste darle la poción a la hija del rey, tuve que coger el aceite de otra vela, y lo más justo fue coger el aceite de la tuya.
Fue en ese momento cuando el campesino comprendió que la avaricia de su acto había acortado su vida drásticamente.
Estaba triste porque dejaba a su hijo, triste porque su alma había sido corrompida y ahora, cuando menos quería, le tocaba pagar.
La muerte siempre es justa. Los hombres no.
El triste campesino se derrumbó al instante y la vela se apagó.
La leña crepitaba en la chimenea, todos bebíamos y reflexionamos tras el cuento y en la posada se hizo un silencio sepulcral.
Aquel delgado y elegante anciano, antes de salir por la puerta habló con Roberto, recomendándole que se despidiese de su familia y sus amigos, pues en 7 días, él mismo, lo vendría a buscar a la posada, donde siempre.
También le comentó que serían muchos los que le recordasen, había dejado un legado inmortal...
