Primera: Brote
Le atravesé el hueso del coco. Esperaba, como mucho, que se arrancase un trozo de lengua de un mordisco o saltaran un par de dientes con la presión del impacto, pero sonó un chasquido y su parietal cedió. Como un huevo que se casca para hacer una enorme tortilla.
Muchos en el barrio se habrían alegrado al contemplar la escena. Ese tío era un perro cabrón. Así es: dos animales en uno. Por suerte el callejón estaba vacío. Los testigos no son buenos bajo ninguna circunstancia y en esta en concreto, menos aún.
Solo tuve que detener su avance pisándole la rodilla en medio de la zancada, desplazarme a un lado y, con un saltito, encajarle un puñetazo descendente en el lateral del cráneo.
Era la primera vez que trataba con ese montón de estiércol que en menos de un minuto babeaba en el suelo con la calavera rota. Sin embargo, ya había oído hablar de él y visto llamar la atención como solo una caja de problemas lo puede hacer. Cayó de lado tensando el cuerpo, meneándose igual que un atún recién pescado, con los ojos fijos en el infinito.
Corrijo: uno de los ojos miraba hacia la nada y el otro parecía querer escaparse de la cuenca en busca de una explicación por lo que acababa de pasar.
No entiendo cómo hago para meterme en líos así. ¿No será porque soy una caja de problemas aún más grande? Por suerte, si podemos llamarlo de esta manera, el último marrón estaba aún reciente y tenía el instinto de conservación activado. Esta vez pude proceder con la cabeza algo más fría y no tuve duda alguna de qué era lo que tocaba a continuación. Si no lo mataba, me señalaría, vendrían a por mí y me tocaría volver al agujero.
Cuando le pisé la cabeza, mi mente recreó el recuerdo del martillo de mi abuelo. Ese que llevaba a la playa para cuando enganchaba un pez grande, de los cabezones a los que no les hace gran cosa el cuchillo y hay que aplastarles la testa.
La bombilla del cabrón pasó de ser un huevo roto a una sandía aplastada bajo la planta de mis pies. Acabé la faena y lo dejé tirado donde cayó. No intenté ocultarlo. Lo más seguro es que habría dejado un montón de pruebas incriminatorias en el proceso, tardado demasiado y alguien podría verme.
Solo me descalcé y me alejé caminando tranquilo a mi casa para meditar cuál sería el siguiente paso. Abandonar la ciudad durante un tiempo.
Una vez en la puerta, a tan solo tres calles del callejón, de tanto pensar en lo ocurrido, empezó a parecerme un sueño, algo que alguna vez vi en una película. El tipo exigiendo dinero, asomando la cara desde las sombras, con ese tono insultante, desafiando. Me vi a mí mismo mandándolo a la mierda; él, alzando la voz; las ventanas del callejón llenándose de luces; un paso, dos y todo lo que llevó a la sandía aplastada en el suelo tras un contenedor.
Un sueño pasajero a tres calles de distancia. Nada más.
Parte 2
Tenía el cuerpo dentro del portal. Estoy acostumbrado a que mis ojos sean siempre lo último que cruzo en los umbrales por si alguien me está siguiendo. Del fondo de la calle me llegó el rumor de una carrera en tacones. Era una mujer con un vestido que corría tras un chaval de unos 12 años. El chico estaba asustado. Eso lo pude notar en su respiración. Jadeaba como quien quiere gritar pero no puede. La mujer, a pocos metros por detrás, encorvada, manteniendo sin garbo el equilibrio al correr, balbuceaba insultos entre zancadas mientras blandía un trozo de tubería entre las manos. Su pelo suelto y mojado se le pegaba al rostro intentando ocultar sin éxito sus facciones. Sonreía. Un sonreír tan desquiciado como desesperada era la expresión del muchacho.
Permanecí unos momentos en esa postura, viéndolos desaparecer por las callejuelas. Sobrevino un silencio que se vino a romper con un alarido fugado de mi propio portal.
En el tiempo que tardé en girar la cabeza, la vecina del tercero había recorrido todo el hueco de la escalera para reventarse contra el suelo de la planta baja. Sonó como una torta con la mano abierta sobre una nalga gorda y desnuda en medio de un anfiteatro. Le siguió el redoble de pies a la carrera, bajando hacia donde la vecina se acababa de estampar. No era alguien preocupado. En su mirar se mezclaban la rabia y la ilusión de un gamberro burlón.
Me vio al doblar el último tramo de escaleras, echó un vistazo a la vecina yacente y sin pensarlo mucho puso rumbo de colisión contra mi persona. Lo normal es que un hombre como ese, de rostro sin marcas, bien vestido y peinado caro, ni siquiera me dirija la palabra, pero ese tío me miraba con intención de agredir. Podría haberlo conseguido de no telegrafiar sus movimientos en la forma que lo hizo. Cuando aún le faltaban tres o cuatro pasos para llegar hasta mi, yo ya empezaba a levantar la rodilla. Un paso más tarde, el tipo tenía mi pie desnudo plantado en toda su cara. Su cabeza rebotó hacia atrás mientras el resto de su cuerpo quiso seguir adelante.
Fue en ese momento cuando me animé a relacionar todos los eventos. Algo duro estaba pasando alrededor, algo serio, algo violento y por primera vez no era yo el responsable.
Razón de más para ponerme alerta.
parte 3
Pasé junto al último personaje sin reconocer su cara aplastada. No se parecía a ninguno de los vecinos en el edificio. De camino a mi apartamento en el cuarto piso me asaltaron sonidos de discusión que parecían venir tanto desde dentro como desde el exterior del edificio. No quise encender las luces ni calzarme al entrar. Algo me decía que era mejor no llamar la atención.
Con cautela, aparté ligeramente las cortinas y permanecí un rato en silencio, observando. La calle, aunque vacía, parecía vibrar de tensión. Algo así como el murmullo de la marea, crecía como banda sonora de la situación, amenazando con envolverlo todo.
De pronto, una furgoneta blanca entró derrapando desde el cruce. Dentro, una pareja se pelea a puñetazos y tirones de pelo. Tenían las ventanas bajadas y pude oír claramente cómo se juraban la muerte mutuamente hasta que se estamparon con los cimientos de mi edificio. El estruendo del choque sirvió de acicate para que el murmullo se convirtiese de pronto en un maremoto de gritos y la calle no tardó en llenarse de gente discutiendo entre sí.
Parecían tener buenas razones. Se acusaban de muchas cosas. Los golpes no tardaron en saltar de un cuerpo a otro y antes de convertirse en una batalla campal, el sonido de una ronda de detonaciones despejó la calle de alimañas. La batalla continuó por los callejones durante al menos un par de horas. Todo el mundo quería matar a todo el mundo. Si alguien asomaba la cabeza en algún espacio abierto, muchos saltaban desde las esquinas para cortársela. Necesitaba enterarme de qué estaba pasando.
Cerré bien las cortinas y bajando el volumen al mínimo, encendí el televisor. Allí, en el único canal que aún conservaba la señal, un sacerdote daba un responso lleno de bilis y reproche a quien quisiese escuchar.
«Merecemos lo que nos está pasando…»
Nuevamente, disculpen por favor los gazapos. No he tenido mucho tiempo para revisar.
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“El infierno se está desbordando y Satán nos envía a sus demonios. ¿Por qué? Pues porque ustedes tienen relaciones sexuales sin estar casados. Matan a bebés que aún no han nacido, tienen relaciones de hombre con hombres, matrimonios del mismo sexo. ¿Cómo creen entonces que dios les va a juzgar? Pues bien, amigos: ahora lo sabemos. Cuando ya no quede sitio en el infierno, los condenados caminarán sobre la tierra”
Ese maldito cura sobrealimentado no hacía más que echar gasolina al montón de brasas en el que se acababa de convertir el laberinto de las calles en esta ciudad.
Seguí viendo noticia tras noticia hasta que los informativos sucumbieron a la terrorífica presión del fenómeno. El espectro completo de la banda de emisión, se convirtió en una carta de ajustes. Algunos de los directos fueron interrumpidos por mareas de salvajes que, entre insultos, disparos y golpes, acababan con los presentadores, se peleaban entre ellos y lanzaban amenazas a la cámara.
Por lo que pude entender, se trataba de personas que sucumbieron al arrastre del odio que llevaban dentro. Sin razón aparente, como un virus o locurón colectivo. Mas no era gente enajenada, sino padres y madres de familia, repartidores, personal médico, policías. Aquellos que no atacaban, o bien eran abatidos hasta la muerte, o en defensa propia, terminaban desatando la misma ira rubicunda que obligaba a los unos a merendarse a hostias a los otros. Era solo cuestión de tiempo que acabasen entrando en mi apartamento por el puro placer de arrasar con todo el edificio. Así es: a las pocas horas ya habían empezado a quemar las casas. Es más, aún viviendo en el cuarto piso, si te esforzabas un poco podías entrar por el balcón saltando desde la ladera de la montaña.
Tenía que salir de allí.
Me puse la gabardina de los viejos tiempos, los buenos tiempos, los tiempos del todo o nada. Esa de bolsillos reforzados y cincha enganchada al pecho; esa con tantos asideros para cuchillos que nunca he podido llenarlos por el peso de las hojas. Llevé también mis dos viejas confiables Smith & Wesson Bodyguard, dos porras extensibles, karambits y cuchillos que harían jiñarse encima a cocodrilo Dandee.
Antes de cruzar el umbral de mi puerta, escuché una marabunta de asesinos revolviéndose entre ellos a la carrera. Estaban pateando todas las puertas. Piso a piso, los alaridos se sumaban y crecían exponencialmente. Si salía por allí no iba a poder acabar con todos ni contando a bala por cabeza.
Tuve que saltar por el balcón.
Lo hice con dos cosas en la mente. Eran dudas: ¿Cómo era posible que esa mierda no me afectase a mí? Y ¿De verdad creía que iba a aterrizar en condiciones? Ambas respuestas perdieron su importancia justo al despegar porque la horda entraba a machetazos por la puerta de mi casa.
Salté. Salté muy alto, con fuerza hacia la oscuridad, armado hasta los dientes y revestido con la esperanza de caer sobre la grava volcánica de la ladera. Volé. Creí volar al menos durante unos segundos hasta fundirme con una negrura rocosa que me golpeó de frente y empecé a caer intentando agarrarme a las rocas durante la caída.
Se me peló la punta de los dedos al primer contacto. Sentí algo parecido a intentar agarrarme al abrasivo de una lijadora industrial. Después, un saliente me golpeó la planta del pié derecho haciéndome rebotar en la caída hacia la izquierda, donde una rama robusta y afilada frenó mi descenso, enganchándome por el costado y regalándome una sinfonía de dolores.
Quise gritar, que mi voz llena de rabia se mezclase con los alaridos del resto del entorno hasta que me di cuenta de que esos salvajes saltaron al vacío tras de mí. En ese momento me encontraba al menos a tres plantas de altura, enganchado en una rama y los demonios que venían a caminar sobre a la tierra saltaban al vacío tras de mí en claro desprecio por cualquier tipo de vida.
Se reventaron uno a uno contra la pared de roca madre hasta que uno me golpeó con su cuerpo y ambos caímos al vacío.
La diferencia entre él y yo, era que yo, por difícil de creer que parezca, ya había estado en esa situación y sabía lo que tenía que hacer: agarrarlo con fuerza y usarlo de escudo durante la caída, hasta que el suelo me golpease y yo le devolviese el gesto con el cuerpo del desafortunado loco de los cojones que me hizo el favor de desengancharme de la rama.
En partes anteriores:
Tenemos a un protagonista aún sin nombre que intenta mantener un perfil bajo en una nueva ciudad donde vive desde hace algún tiempo. Según deja entrever, no es la primera vez que se lleva por delante alguna que otra vida y su mejor opción siempre es la de cambiar de ciudad. Al principio del relato, sin querer, mata a un borracho de un puñetazo en el cráneo.
Durante el camino de vuelta a casa se encuentra con escenas de ultraviolencia. Se defiende gracias a su amplia experiencia metiendo las manos en el fango de la muerte. Una vez en su apartamento, se entera por la tele de un brote bestial de odio puro. Medita la forma de proceder hasta que una horda de encolerizados terminan entrando en su apartamento. Salta por el balcón hacia la ladera de la montaña donde se apoya su edificio. En la oscuridad, se estampa contra la pared de roca para quedarse enganchado en una rama de la que solo se suelta al caerle encima uno de los locos que saltaron a ciegas detrás de él. Antes de romperse contra el suelo, usa de escudo el cuerpo del atacante y nos encontramos justo en el momento previo a su contacto con el límite entre el suelo y la montaña.
El crepitar del aire en mi oreja durante la caída, junto al manoteo del pobre diablo al que sujetaba, opacaron el resto de los sonidos de la ciudad. ¿Quién sabe lo que tardamos en tocar el suelo? A mí me pareció viajar a cámara lenta, viendo la forma en que las facciones del tipo viajaban del odio al miedo y la desesperación, entre fotogramas iluminados por el reflejo de las ventanas.
No sentí el golpe. No en el momento. El dolor apareció cuando, después de rebotar intenté moverme y llenar de aire mis pulmones. Estaba roto por dentro, pero vivo. Fue entonces cuando dos chispazos brillaron frente a mí, levantando esquirlas de adoquines en el suelo. La tercera chispa no brilló porque la bala me acertó en el abdomen, añadiendo un condimento más a la ensalada de dolores que empezaba a saborear. Ahí se desvaneció el pitar de mis oídos para dejar paso otra vez al caos.
Volvieron las voces, los gritos, el rechinar de ruedas sobre el asfalto, pasos a la carrera y la detonación de al menos cuatro disparos más, mas no sentí el dolor de sus impactos. Después cuando me desvanecí.
Entre la neblina de la inconsciencia, como el espectro de una sombra, creí soñar con unas manos presionándome la herida y preguntándome si estaba bien.
Hoy han pasado 20 años del primer brote. Esa voz, ahora tiene nombre y un apellido del que nunca me acuerdo. Se llama Roy, le llamo agente Roy Ghatti. Es una de las tres personas que conozco capaces de resistir a la influencia del Odio. Ese hombre mató de cuatro disparos a su compañero para evitar que siguiese tiroteando a la gente sin motivo. Después arrastró mi cuerpo hasta la patrulla, me llevó a un lugar seguro, curó mis heridas y se atrincheró intentando comprender lo que ocurría a su alrededor. Yo, simplemente tuve suerte. Los dos la tuvimos.
No se trató de un virus, pues nadie murió por patógeno alguno; tampoco de una intoxicación, pues pasó en todas partes al mismo tiempo. Nadie sabe acertar de pleno cuál fue el motivo. Solo que los más fuertes sometieron a comunidades enteras con la única intención de extender la violencia y sumir al mundo en olas de terror. Ya no quedan casas. Todas han sucumbido a las llamas o el vandalismo, han caído tantas bombas que ya nada hace ¡Pum!. Quedamos unos pocos cientos de personas intentando matarse entre sí alrededor de un mundo radiactivo que no escucha el llanto de un recién nacido desde que de repente, todo cambió.
Huimos y nos defendemos dibujando cada día como una nueva meta hasta que hoy, a mis sesenta años, por fin encuentro a otra pareja que en vez de atacar, nos elude. Un viso de instinto de conservación como prueba inequívoca de estar frente a las otras dos personas a las que la ola de Odio tampoco pudo afectar.
Conocen las formas, se mueven como bultos oscuros entre las sombras, no hacen ruido, pero no pueden evitar apestar. Sabemos que están allí, debatiendo en voz baja, como nosotros, si deberíamos entrar en contacto.
Roy, tanto o más harto que yo de la vida, se quitó la manta hace tan solo un momento. Ahora se acerca con los brazos en alto y se desnuda a medida que se acerca a la otra pareja. Repite en los idiomas que recuerda que viene en son de paz, hasta que al fin se pierde entre los escombros.
Pasan unos minutos y grita algo que me resisto a creer. Algo que me hace sentir sensaciones tan antiguas que recordaba como quien recuerda el eco de un sueño, que me revuelven las tripas, que me aceleran el corazón. Grita con voz temblorosa, pero segura. Grita como queriendo no hacerlo y celebrándolo al mismo tiempo.
Grita que una de ellas… está embarazada.
Roy Gattussy
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Cuando todo estalló, no esperaba que hasta los melifluos más pusilánimes tuviesen los arrestos de atacar a sus vecinos sin el menor pudor. No era cuestión de valentía, ni siquiera respondían a los reclamos de una rebelión. Se trataba de una rabia exagerada de todos contra todos, que enardecía a débiles y fuertes por igual haciéndote perder el respeto por la vida y el miedo a morir.
De repente un día, durante la ruta, una madre chocó su auto contra una furgoneta por andar reclamándole no sé qué a alguno de sus hijos. Nunca la había visto, no sé si era vecina o no. La vimos pasar frente a la patrulla, serpenteando sin control para terminar estampándose contra una Renault. De pronto vi volar a un bebé a cámara lenta, atravesando una lluvia de cristales. La pobre criatura destrozó con el cráneo el parabrisas del otro conductor, y la madre solo se recompuso para seguir atacando al otro niño, que entre arañazos y tortas, desató su cinturón para salir corriendo del lugar. Esa mujer no se preocupó lo más mínimo por el recién nacido; tampoco por el cúmulo de cristal, carne, sangre y hueso en el que se convirtió al encontrarse con el hombre tras el volante de la furgoneta; solo quiso seguir pegando al otro niño, aunque eso significase esprintar con los tacones rotos, olvidándose de la escena.
De niño me llamaban “El martillo”. Tenía un buen par de puños que, bien cerrados, podía usar para enterrar clavos a piñazos. No era de extrañar que al hacerme mayor me convirtiese en policía, aunque no era de esos compañeros que le dan mal nombre al cuerpo, esos de mano larga. Guardaba mis excesos para el ring, donde era imparable. No me gustaba ir pegando a la gente por ahí, solo se me daba bien pelear por deporte con los puños desnudos. El resto de detalles eran los realmente complicados: tratar con la gente, seguir el reglamento, cumplir con lo que se esperaba de nosotros… No era sencillo y aún así, me consideraba uno de los buenos.
Detuvimos la patrulla junto al accidente con la intención de atrapar a la señora. Una vez con los pies en el suelo, la loca esa se convirtió en un problema secundario. Era media noche y como tal, había poca gente en la calle, pero la suficiente como para que de la nada se formase un disturbio. Tuvimos que dejarla escapar para contener a la multitud.
De pronto todo el mundo tenía un motivo para replicar, todos necesitaban discutir por algo: una vieja decía no sé qué de los impuestos, otro daba gritos porque el coche de la tipa era eléctrico, otros dos porque hacíamos mucho ruido. Nos vimos rodeados, insultados, hasta que uno de ellos tiró un zapato que alcanzó de pleno a mi compañero en la boca. Empezaron los agarrones, zarandeos, tortazos y se formó una reyerta… Ahí es cuando diría que comenzó para nosotros el apocalipsis.
Al principio me pareció exagerado que mi compañero sacase su defensa. Después, tras llevarme unos cuantos manotazos, me vi repartiendo puñetazos a cualquier bulto que se acercase. Cuando volvimos a arrancar el coche ya no sabíamos quién tenía razón. Creí que lo hacíamos para ponernos a salvo. Teníamos que salir de allí, reclamar refuerzos, pero mi compañero no opinaba lo mismo. Con las ruedas gritando como cochino en matadero, comenzó a arrollar a la gente sin distinción alguna. Derrapó varias veces para atropellarlos con la inercia. Los vecinos, al oír el escándalo, empezaron a salir de sus casas armados con palos y sartenes para unirse a una horrenda batalla campal de todos contra todos. No encontré mejor manera de parar el arrebato de mi compañero, que empujarlo con la planta de los pies, apoyándome en la puerta del copiloto con la espalda y pateándolo con todas mis fuerzas. Los dos salimos despedidos, cada uno por su lado. El coche siguió sin control hasta estamparse contra la sucursal del banco Hispano Americano.
Lleno de magulladuras por el roce contra el asfalto, intentaba levantarme y ubicarme en el espacio cuando empezó a caer gente desde el balcón de un edificio. Sonaban igual que enorme bolsas de basura mezclada con placas de lasaña sin cocer. El primero pasó muy cerca de mi compañero a medio levantar, que, con un rictus irreconocible en el rostro, sacó su pistola y apuntó nervioso hacia ninguna parte. El segundo se estampó a un par de metros de él. Lo bañó de sangre, tripas y trozos de tela.
Del tercer impacto salió rebotando un hombretón que tuvo tiempo de poner a otro infeliz como escudo durante la caída. Seguía con vida, retorciéndose por el dolor, pero con vida. Tenía que apartarlo de allí antes de que le aplastase otro cuerpo. Entonces, el que era mi compañero, fuera de sí, disparó tres veces en su dirección.
Teníamos que ayudar al herido, desescalar la situación, no empeorarla dando tiros. Si alguna vez me viese en la obligación de jurarlo, diría que no tuve más opción que sacar el arma y meterle ocho gramos de plomo entre el cuello y la cabeza. Ese ya no era un miembro del cuerpo. Era alguien que no pararía hasta matar a todo el mundo y quedarse solo, gritando de rabia en medio de la ciudad.
Iluso de mí, que aún me consideraba un auténtico policía, arrastré al herido hasta la patrulla, la saqué renqueando de la sucursal y abandonamos el lugar con la sirena del banco como banda sonora de fondo, para una danza de siluetas que se despellejaban entre sí.
La siguiente parada fue en el centro de salud de una pedanía al este de la capital. No era más que una casa de 2 plantas y apenas cuatro habitaciones donde poner vacunas o puntos de sutura. Entré acarreando al herido, dando voces que se perdieron sin respuesta entre los pasillos. Parecía haber estallado una batalla en la recepción del edificio para después dejarlo abandonado a su suerte. Tuve el impulso de cerrar las puertas detrás de nosotros, asegurarlas hasta enterarme de qué estaba pasando. Entonces me pude parar a valorar la situación.
Nadie contestó a mis reclamos por la central y las noticias que narraban por la frecuencia modulada eran imposibles de creer. Las diferencias de parecer se tornaron de repente en discusiones y éstas en peleas encarnizadas donde el objetivo era la muerte de los semejantes, los canales emitían presagios apocalípticos, fantasías religiosas y todas, antes de que se acabasen del todo las emisiones, coincidieron en llamar al fenómeno de la misma manera: El Odio.
Los días siguientes, tan solo tuve como meta un objetivo. No tenía familia: ni hermanos, ni padres, ni hijos. Nada. Solo un trabajo y una forma de vida basada en lo que se me daba bien. Para mí fue una experiencia atrincherarme en el centro de salud en vez de huir, para salvar la vida de este hombre que hoy, 20 años después, cagándose en mi apellido, me llama Roy Ghatti por no sé qué de alguna película.
El tiempo nos ha cambiado a los dos. Ambos cargamos con secuelas que en tiempos de normalidad nos habrían servido de excusa para dejar de trabajar, mas, si seguimos con vida es porque aún somos útiles para seguir peleando. Tenemos mucho en común: hemos visto bebés apalizados al nacer, hermanos contra hermanos, la explosión de bombas H, los efectos de la radiación, montañas inmensas de cadáveres que se aferraban a las gargantas de sus semejantes incluso después de la muerte, la caída de la civilización… nos parecemos también en que él tiene buenos puños, reflejos, mucha hambre y ninguno de los dos ha sucumbido a la influencia de El Odio. Lo hemos hablado muchas veces con el mismo resultado: creemos que se debe a que la lucha era parte intrínseca de nuestras vidas antes de la primera oleada. O no nos hacía falta emoción para entrar a pelear, o teníamos la pituitaria partida o nos faltaba el órgano específico para odiar. Poco importaba el motivo si, a lo sumo, al menos hasta hace unas horas, el premio sería el honor de convertirnos en las últimas ascuas calientes del cenicero.
Hace tan solo unas horas encontramos a otras dos personas. Las dos primeras que no nos atacan en 20 años y la primera señal de vida en meses. Un hombre y una mujer de mediana edad, más parecidos a la ilustración de un par de neandertales que a humanos como nosotros dos. Fuertes, rudos, sucios, pero pacíficos.
Me acerqué despojándome de cualquier señal que pudiera suponerles una amenaza. En caso contrario, estoy seguro de que, en defensa preventiva me habrían atacado del mismo modo que yo lo habría hecho con ellos.
Fue el hombre quien me recibió apuntándome con un trozo de metal. Una enorme e infecta cicatriz recorría su rostro en diagonal, convirtiendo su nariz en una exageración grotesca de la realidad. A su espalda, desde las sombras, la silueta de la mujer temblaba encogida de dolor, agarrándose el vientre y un charco extendiéndose a sus pies, manaba directamente de entre sus muslos.
—¡Está embarazada! —grité a mi compañero sin creérmelo del todo.
—¡Corre, huye, escapa! —me contestó.
Bruno
En esa época, para tener una vida como la mía, debían acompañarte estigmas de peso: bancarrota, vicios, giros del destino impactantemente absurdos… En mi caso, yo tenía a Bruno.
Lo recuerdo como si lo hubiese cagao esta misma mañana. Un cura gordo, a todo volumen en la televisión de Aurora, la señora que vivía en la planta baja. Lo oía perfecto, pues mi caseta se apoyaba en su pared.
El párroco soltaba una arenga acerca del castigo divino por no sé qué cosas de sexo con animales o algo así. Me hizo mucha gracia y me eché a reír. Borracho como estaba, lo haría hasta del baile de una cucaracha. Reí fuerte durante no sé cuánto tiempo. Pudieron haber sido días. Lo hice hasta que un racimo de manos me agarró de los tobillos y me sacó a rastras de mi refugio. Vivir en la calle tenía esas cosas, y si esto hubiese pasado en mis primeros días, ahora ni siquiera lo estaría contando; pero cuando lo de ese cura, para cuando todo se había ido a la mierda, yo llevaba al menos 10 años defendiéndome de ratas, de personas iguales a mí y de la voz burlona llamada Bruno, que me revolvía las ideas al pensar.
Arranqué a patalear y dar puñetazos con el sonido de la tele de fondo. Estaba asustado aunque la voz de mi cabeza seguía riendo como si no se hubiese enterado de qué estaba pasando. Tumbado de espaldas en la acera, descubrí que no eran niñatos con dinero buscando emociones fuertes. Me atacaban otros mendigos, vagabundos como yo entre los que creí reconocer a la cabrona de Aurora con su camisón. ¿Qué hacía esa vieja? Aún no me lo explico. Eran hombres y mujeres con el pellejo curtido a quienes conocía bien... y Aurora en picardías con las tetas colgando.
Sentí el entumecimiento de varias picadas en el muslo.
—¡Auch! —Hasta Bruno se quejó. La borrachera se atenuó en un instante y solo quedó su voz, ronca, furiosa, asegurando con sorna que estaba atrapado, que me iban a joder bien. Ahí me di cuenta de que mis asaltantes iban en serio. Buscaban herir partes blandas, el interior de las piernas, los sobacos y el cuello.
—Estamos atrapados, basura —repetía el cabrón. Siempre fue así, desde el primer día. ¿Cómo no iba a terminar mal de la cabeza?—. Eres un inútil
No tuve más remedio. Yo no había hecho nada malo, joder.
Me revolví intentando darles la espalda, que al pinchar, les costase atravesar las capas de tela de mi abrigo. Con esto gané una buena primera empitonada en la nalga; pero alcanzar el mango de la llave inglesa que guardaba junto al cartón, nos colocó en igualdad de condiciones. Terminé con el balance de una puñalada por golpe de llave, con la diferencia de que cada una de mis embestidas mandaba un bulto al suelo. En menos de medio minuto abandoné cojeando una escena en blanco y negro, manchada con chorretones de un rojo muy oscuro. Ahí se hizo el silencio. Ni siquiera Bruno se atrevió a rezongar, pues lo que vino después nos sorprendió a los dos.
En la entrada de la calle la gente se señalaba apuntándose con lo primero que encontraban. Estaban bañados en sangre, con miembros rotos, listos para morir matando. Entre las nieblas de la adrenalina y el resto de mierdas que nublaron mi mirada, hasta me pareció que uno de ellos se metió la mano en el calzón para agarrar un pastuño y tirárselo a otro en los ojos. Una mujer apretaba la garganta de un niño mientras, por detrás, un anciano le golpeaba la espalda con un adoquín y, por la frustración de no encontrar contrincante, un hombre sin ojos azotaba el aire con las manos ensangrentadas. Así fue mi primera toma de contacto con El Odio.
El sonido volvió cuando regresé a mi caseta con la inocente ilusión de recuperar dos cartones de vino que tenía reservados para pasar la noche. Después buscaría refugio. Ahí noté que Aurora había dejado la puerta abierta. Como estaba tirada frente a mí con los ojos en blanco, aproveché la situación. Entré y cerré. Silencié el volumen de la tele, aseguré la puerta, las ventanas. Lo apuntalé todo antes de pasar al baño para lamerme las heridas. Por fuera no lo parecía, pero esa mujer tuvo un pasado de alto postín cuyo recuerdo se reflejaba en el lujo desfasado de aquel lugar. Estoy hablando de un lujo tipo: alfombras con imágenes de caza cubriendo las paredes del pasillo.
—¡Wow, coño, tío! —Bruno lo vio en el espejo antes que yo y me lo hizo saber—. ¿Acaso no te duele esa mierda? —Alcé la mirada y yo también lo vi.
Un tajo me cruzaba la cara. A fuerza de acuchillar con lo que tenían a mano, alguien me rebanó un trozo del puente de la nariz. Se me veían las ideas, una buena parte del tabique que debería estar cubierta bajo la piel y algo que supuse que era la grasa luchando por salir. El corte seguía hasta la ceja, abriendo el párpado en diagonal para dejar expuesta una parte del ojo, y la sangre que me pintaba la cara, había convertido mis barbas en una pasta barrosa, sin forma, a medio solidificar. Me quité la ropa frente al espejo. Mientras descubría el verdadero alcance de la pelea, el dolor se apoderó de mis sentidos como uno de esos fantasmas que se te suben en medio de la noche para drenar tu voluntad.
Todo me ardía, todo dolía, cualquier cosa me picaba. Sobre todo el agua.
Tardé en darme cuenta, pero al menos pude celebrar que la casa de la vieja también era como una farmacia. Además de los antidepresivos, opioides y ansiolíticos sin abrir, tenía suficientes antibióticos como para hacerme una tortilla, aunque nada con que coserme los tajos aparte de un par de botes de cianocrilato que guardaba en una caja del salón.
En medio de la reparación de mis pellejos, con las manos llenas de pegamento, desnudo como estaba, senté los huevos en el sofá de skai y le di un poco de voz a la tele. El mundo se había vuelto loco.
Sabía perfectamente que Aurora no tenía familiares. Al menos, si los tenía, no se pasaban nunca por su casa. La habían abandonado del mismo modo y en el mismo momento que la abandonó el personal de servicio: cuando se quedó sin pasta. Aún así, al llegar la luz del día, yo guardaba cierta inquietud por si alguien venía a reclamar lo que era de ella. Algo que nunca pasó.
La locura no se fue de las calles hasta que ésta escaló tanto que terminó llevándose las calles consigo, pero las casas aguantaron por un tiempo.
Pasé meses escondido en ese lugar. Aurora tenía una abundante reserva de comida, un par de paneles solares, así como varios bidones de 200 litros de agua en el tejado que me vinieron muy bien cuando se cortó el suministro. La electricidad tan solo duró la mitad del tiempo y, a partir de ahí, empecé a tirar de las baterías. Las preciadas botellas de vino añejado duraron unos pocos días. Una semana quizá. Eso sí: las pirulas fueron útiles para calmar mis dolores, a mí y a Bruno. Las racioné y administré con cuidado aunque hubiesen de sobra. Tuve suficiente medicación hasta un tiempo después de las bombas: esas que acabaron con todo.
Me gustaba pasar horas leyendo en el sótano. Aunque la planta alta era segura, el sótano fue donde pasé el mono de la priva a base de pastillas, donde estaba la comida, donde escuchaba por la radio los últimos latidos de la humanidad. En el sótano hasta Bruno resultaba útil: estaba más calmado, daba consejos, incluso su voz cambió.
Fueron buenos días aunque perdiese la visión de un ojo, me enganchase a las pastillas y no me atreviese a asomarme al exterior desde el segundo día. En serio. No vi la luz del sol en todo ese tiempo y, ahora que lo pienso, era feliz.
Estaba a punto de bajar la guardia y acostumbrarme a la situación. Se había acabado casi toda la comida, pero quedaban sacos de gachas y arroz para un año entero, las baterías seguían suministrando electricidad, tampoco me faltaba agua o especias; Por primera vez empecé a entablar conversaciones con Bruno. Hasta entonces, solo le había dirigido insultos, pero aún sabiendo que podría ser el fruto de mi locura, lo acepté como compañía y nunca me sentí solo en ese lugar. Como decía: todo iba bien y me relajé.
Es una pena que todo cambie siempre.
Primero sentí una ligera vibración recorriendo las paredes, después, mientras se acercaban las explosiones, pude oír no solo cómo estaban barriendo la ciudad desde el aire, sino también el reventar de los edificios a pocas calles de distancia. Dejé de contar cuántas bombas fueron al llegar a 30 e irse la luz por un fallo en las baterías. Pocos segundos después, el ruido y los temblores me obligaron a coger la mochila con los medicamentos y esconderme en el hueco del montaplatos, justo antes de que la casa se desplomase sobre las vigas del sótano y lo terminase llenando de polvo y escombros.
Estaba atrapado, asustado, sordo, me asaltó un ataque de tos. El estruendo retumbó por mi cabeza durante una eternidad en la que no quise mover ni un pelo porque sentía caer los cascotes junto a mí.
Cuando todo acabó —parece absurdo, lo sé—, temí por la integridad de Bruno, y lo primero que hice fue llamarlo en voz alta. ¡Cuánto me alegró sentir que contestaba a mis gritos! Respondió a través de los escombros. Así es. Por primera vez había salido de mis pensamientos para guiarme a través de las ruinas en busca de aire limpio.
—Rompe el techo y ponte en pie. —El tope del montaplatos ya estaba medio roto por los cascotes que tenía encima y la voz llegó hasta mí, rebotando por un hueco a medio derruir. Había poco espacio. Tuve que topar con la cabeza y hacer presión, tensar los músculos, sentirlos crujir, aguantar el dolor y el picor en la garganta. El esfuerzo hizo que se me agolparse la sangre en la cara y la herida del tajo empezó a arder hasta notarlo como metal candente, pero no paré—. Por aquí hay salida. Solo ponte en pie.
El tono, el timbre, la cadencia de su voz había cambiado y sabía que era él. Solo estaba tan asustado como yo. Cuando por fin cedieron las tablas me cayó una lluvia de piedras y un rabo de viento me hizo un traje de polvo para envolverme durante al menos un interminable minuto.
Después alcé la vista y me levanté. Por el otro lado del hueco se colaban, tímidos, cuatro o cinco rayos de Sol. Decenas de orbes en suspensión, al cruzarse con los haces de luz parecían bailar al son del lamento de los supervivientes. El exterior no ofrecía grandes expectativas, pero los buenos recuerdos de tranquilidad en ese sótano se habían convertido de golpe en un montón de escombros intransitables, así que serpenteé intentando ascender. La vida me volvía a dejar una solitaria y siniestra vía de escape. Así, me despellejé el lomo durante la travesía del parto más accidentado que nunca pude imaginar: no podía separar los brazos del cuerpo, no podía soltar la mochila, era casi imposible doblar las rodillas y subí con hollín quemando mis pulmones, cegando mis ojos, llenándome la boca de sabor a tierra y metal. Herido, a medio desollar, cansado y bajo de forma, pero alimentado. Así nací por segunda vez en un planeta totalmente distinto.
—Ahora tenemos que salir de la ciudad. Aquí no estamos a salvo. —Y tenía razón. Nunca sentí la presencia de Bruno de una forma tan real. Hasta me pareció distinguir su silueta en una neblina de polvo que al depositarse desdibujó la forma de todas las cosas, pintando escombros y cadáveres por igual.
La superficie se había transformado en un erial lleno de cráteres por el que distinguí el fantasma de una carretera. Elegí una dirección y tomé el camino de ascenso hasta lo que me pareció una elevación en el terreno marcando la línea de horizonte. Di media vuelta y arranqué en sentido contrario cuando vi que esa parte de la carretera me llevaba a otro cráter exageradamente grande en comparación con los demás, de unos cien metros de ancho y unos quince de profundidad.
Los siguientes veinte años fueron una búsqueda constante de recursos, vagando por la nada más absoluta y huyendo de los perros salvajes del yermo. La única certeza siempre fue que en la carretera tendría dos compañeros inseparables: Bruno y la muerte.
Nos volvimos desconfiados hasta el punto de cuestionar nuestras propias decisiones, llegué a creer que Bruno quería quedarse con mi parte de la comida, nos asalvajamos, perdimos todo atisbo de humanidad. Fue necesario para defendernos del El Odio y de esa extraña especie de perros, enormes, calvos y de ojos rojos que nos dan caza desde el primer día.
Así, hace unos pocos meses, fue como conocimos a Joy. Subimos a lo más alto de una escombrera para refugiarnos de una manada que nos seguía desde hacía siete días. Con una torre de hormigón aún en pie, justo en el centro del desastre, parecía un faro resistiéndose a morir frente a un mar extinto. Pedí a Bruno que fuera por delante para indicarme el camino. Su presencia era tan intensa que no me hacía falta verlo para saber que estaba ahí. Era mi mejor herramienta, una parte ineludible de mi persona, como podrían serlo mis manos o mi ojo sano. Me guió por galerías deshechas a una escalera de barrotes que ascendía hasta el corazón de la torre.
—Ahí, en la puerta de metal —En ese momento aún no lo sabía, pero esas fueron sus últimas palabras. Le hice caso y busqué algo parecido a una puerta para encontrar algo más como la escotilla de un horno. Una plancha corrediza que se deslizó horizontal sobre dos guías oxidadas. Estaba seguro de que el chirrido atraería a los perros, así que entré sin pensar.
Era un cuarto estrecho, cuadrado y sucio, como todo. Allí no cabrían seis personas. Una claraboya dejaba pasar la claridad del exterior e iluminaba la mitad del habitáculo. La otra mitad estaba gobernada por una mujer que me apuntaba con una lanza hecha de jirones de metal atados con cables. Tenía una expresión seria, preocupada, asustada quizás, pero no era una enajenada, no estaba consumida por El Odio.
Nos miramos frente a frente sin decir nada. Los gruñidos de los perros ascendieron rebotando por las paredes y ante la situación permanecí impávido, con las manos en alto, guardando silencio.
De pronto me asaltó una certeza que hizo que se me encogiese el estómago. Bruno ya no estaba allí, había desaparecido y el hueco que dejó en mi mente se llenó de pena en un segundo. Se había ido sin más y sin importarme lo tenso de la situación, susurré su nombre como una pregunta al cielo.
La mujer abrió mucho los ojos, descolgó la mandíbula, arqueó las cejas hasta que por fin, bajó el arma y se acercó exponiéndose a la luz. Sus ojos parecían querer llorar cuando me preguntó de vuelta si yo también conocía a ese hombre.
En el siguiente capítulo: ¿Qué prefieren: la versión de Bruno o la de Jin, la mujer?
Besines
La habitación de Bruno
No sé cuando nací ni si, en las primeras fases de mi vida, alguien me crió. Mis recuerdos más antiguos se remontan a cuando era muy pequeño. Jugaba con Gabi y un montón de muñecos en su cuarto. Lo hacíamos todo juntos y, si bien al principio a sus padres les resultaba graciosa nuestra amistad, finalmente intentaron acabar conmigo usando todos los medios que tuvieron a su alcance.
Su primer arma fue la terapia. Allí una señora asiática, delgada, bajita y con gafas, aleccionaba a Gabi para que me apartase de su mente hasta terminar olvidándome por completo. Le decía que a su edad no era normal tener amigos imaginarios, mientras yo, de fondo, reía porque me veía más real que ellos dos juntos.
Gabi dejó de contestar a mis demandas, de reírse de mis ocurrencias, de darme las buenas noches antes de dormir, ni siquiera miraba en mi dirección. Yo sabía que podía oírme porque muchas veces perdía la paciencia y me gritaba con frustración para que me fuera, pero era algo que no podía hacer. No tenía otro sitio donde ir.
Después apareció el psiquiatra con sus endemoniadas pastillas: Psicotric y Quetiapina. Nunca las olvidaré ni Gabi tampoco, que ya hablaba de mí como de una molestia, un malestar, una enfermedad.
Por desgracia, consiguieron gran parte de su objetivo, pero no me hicieron desaparecer del todo. Condicionaron mis movimientos hasta confinarme en una habitación durante lustros. Así fue cómo entendí que la psicóloga tenía razón. Que la realidad que importaba era la de Gabi y que yo estaba limitado a sus pensamientos, mas no a su voluntad.
Aquel era un lugar espacioso. Más o menos del tamaño del dormitorio de unos padres que alguna vez pensé míos, con un colchón en una esquina y un ventanuco que daba a la negrura más absoluta. Sobre las paredes, como en las películas que veíamos en el cine, se proyectaba la vida de un creador al que había perdido el respeto. Seguía hablando con él, le insultaba gritando la mayor parte de las veces y, aunque ya no pudiese verme o se olvidase de mi aspecto, mi voz retumbaba en su cabeza con toda claridad. Podía sentirlo. Lo conocía mejor que a mí mismo.
Llegó el día en que decidió combinar la medicación con el alcohol. Algo que le hacía entrar en otros estados de conciencia donde no solo me ignoraba a mí, también a sus responsabilidades, a su entorno, su familia. Me convertí en la excusa perfecta para seguir bebiendo y tomando todo lo que le ayudase a esquivar la realidad.
Si tan solo a sus padres se les hubiese ocurrido respetar los pensamientos de su hijo, nada de eso habría pasado.
Sobre esas paredes vi momentos de tanta crudeza que agriaron mi propio carácter hasta un punto en que nuestra relación se convirtió en un círculo plano de insultos y menosprecio.
Reconozco que temí por mi propia vida viendo la suya tantas veces en peligro. No tuve más opción que acostumbrarme y cedí al mismo abandono: gocé sus colocones, sufrí sus resacas por el puro placer de imitar la única vida que podía ver.
Fueron tiempos complicados aunque no los peores. Esos vinieron después, cuando por fin pude ver al otro lado del ventanuco. De repente, una noche entró la luz de una luna roja. No puedo describir sino como asombro lo que sentí al ver que lo primero en ese lugar que no se proyectaba sobre las paredes, fuese la luz de una luna siniestra con aromas de libertad. Intenté alzarme sobre las puntas de los pies y mirar por si acaso la luz iluminase algo más, algo nuevo, algo mejor. No pude. Algo me lo impidió.
Las paredes se llenaron de caras y manos agarrando a mi viejo amigo para sacarlo a rastras de su tienda, improvisada sobre la acera de un callejón. Fueron imágenes tan violentas que coparon toda mi atención y por momentos me olvidé del nuevo exterior. Al principio me alegré y reí con fuerza. Me burlé de su desgracia, como siempre. Después vi los pinchos, los cuchillos, la sangre, la expresión desesperada de Gabi reflejada en las hojas de las navajas y volví a gritar, pero esta vez a los atacantes. Mi voz se convirtió en un pitido agudo y constante que lo inundó todo con tanta fuerza que creí haberme quedado mudo y sordo.
Gabi salió victorioso del encuentro y huyó del lugar para darse cuenta de que el mundo entero se había vuelto loco. Ahí fue cuando desapareció el pitido y todo se volvió silencio por unos segundos en los que creí estar viendo un enorme mural tapiz en un museo, de esos en los que una manada de perros da caza a un ciervo cornudo y quedan congelados en medio de la acción. En la escena más allá del umbral del callejón, las personas hacían a la vez el papel de perros y presa. Se mordían, arañaban, se sacaban tiras de piel rascando con uñas y dientes, se señalaban con el dedo erigiéndose en jueces, verdugos y condenados a la vez cual demoníaca trinidad.
“Tenemos que salir de aquí”. No sé si lo dije en voz alta o lo pensé muy fuerte. Poco importó. El sonido ambiente volvió acompañando a la barbarie en la medida en que solo esa sinfonía podía acompañar a tal festival de descarnada crueldad. Gabi dio la vuelta, adentrándose en el callejón. Al fin encontró refugio en una casa con la puerta abierta donde pudo curar sus heridas y descubrir que le habían desfigurado el rostro durante la trifulca.
Tardamos un tiempo en sentirnos a salvo. Cuando esto pasó, volví a mirar por el ventanuco de mi habitación. Con solo hacer el gesto me vi transportado fuera. La ventana seguía estando allí. El entorno era lo que había cambiado: el interior de una ambulancia atiborrada de gente, con varios paramédicos, un par de enfermos, dos pacientes, copiloto y conductor.
Estaban muy alterados, discutían. Solo una mujer sentada junto a la camilla permanecía expectante, preparándose para lo que estaba por venir. No me hizo falta mirarla dos veces para saber que era especial, me llamaba la atención igual que si estuviese brillando entre sombras.
Me costó despegar la vista de su semblante preocupado. Cuando lo conseguí, percibí movimiento con el rabillo del ojo y miré al conductor. Había sacado una muleta del espacio entre él y el copiloto para estampársela a éste último en la cabeza. Desde su ángulo, ella no podía verlo, pero yo sí. Estaba claro que pronto tendrían un accidente y ese primer golpe de muleta cayó haciendo dar un bandazo a la ambulancia.
Tuve que hacerlo. Grité a la mujer. Le grité fuerte, quise llamar su atención para avisar del peligro. Le advertí acerca del conductor y, para mi sorpresa, levantó la cabeza buscándome. Después dirigió la mirada a la cabina y de golpe se puso en pie.
—¡Siéntate, puta! —La voz vino del enfermo tumbado en la camilla. Ella le miró sorprendida. Con esa expresión que te sale cuando alguien sin autoridad sobre nadie se atreve a darte órdenes. Al ver que no obedecía, uno de los paramédicos, bisturí en mano, replicó:
—¡Que te sientes! —Su mano viajó rápida, pero, ¡oh, sorpresa!, la de ella lo fue más. Esquivó una estocada que volaba directo a su vientre, agarrando la muñeca del paramédico y apartándose ligeramente hacia un lado para que el bisturí y la mano golpeasen el tablero que estaba justo a su espalda. La punta del arma se partió despidiendo un trozo de metal que se vino a enterrar en la cutícula, bajo la uña del dedo gordo, pero ni tiempo tuvo de quejarse porque ella le hincó el codo del brazo libre sobre el labio superior. Un golpe seco, con fuerza, recto, paralelo al suelo y perpendicular a su dentadura, que desconectó al enfermero y lo desparramó inconsciente por el suelo como si le hubiese fundido los huesos.
El vehículo sufrió varios bandazos más y empezó a derrapar. La otra enfermera estaba ocupada intentando golpear al de la camilla con un orinal metálico. Este se resistía cogiéndole el brazo, y en la cabina volaron puñetazos mientras el volante, sin manos que lo guiaran, hizo lo que pudo para mantener las cuatros ruedas sobre la carretera.
La puerta del lateral se deslizó y la mujer salió despedida hacia atrás con el empuje de la inercia. Después de amortiguar la embestida contra la reja de un bar, a su izquierda, la ambulancia siguió bailoteando sin control durante unas cuantas decenas de metros más, para perderse por uno de los abismos que se abrían a los lados de un puente.
Yo también salí del vehículo. No tengo ni idea de cómo lo hice. La cosa es que salí justo frente a ella, como ligado a su presencia. Estaba intacta, sin heridas ni magulladuras. De hecho, saltaba a la vista que era una mujer ágil, fuerte, musculosa, de manos anchas y curtidas. Al segundo del impacto ya se había puesto en pie y cuando le pregunté si se encontraba bien, se cuadró en alerta e hizo rebotar su mirada por todos los escondrijos de la calle, buscando, otra vez, el origen de mi voz. Así fue nuestro primer encuentro y su primer contacto con el apocalipsis.
Solo tuve que pensar en Gabi para que el ventanuco apareciese junto a mí. Al otro lado, él miraba narcotizado la pantalla del televisor, tal y como lo había dejado. Ella, frente a mí, bajaba la guardia para aguzar el oído. No solo intentaba saber desde dónde le hablaba, también prestaba atención a los sonidos de alboroto que se acercaba desde el puente.
A su vera, junto al bar, en el portal del edificio se había quedado la cancela ligeramente abierta y acercándome, le pedí que entrase y cerrase después; dije que debía buscar refugio porque lo que pasó en la ambulancia estaba pasando en todas partes por igual. No podía creer que pudiese moverme libremente a su alrededor. Después de tantos años me parecía estar volando.
Ella obedeció asustada y convencida. No por mis palabras, sino por la marabunta de sombras que se acercaba envuelta en gritos. Una vez dentro, fue directamente al cuarto de los contadores y esperó en silencio a que la calle se despejase por completo.
—¿Dónde estás? —preguntó en un susurro—. ¿Quién eres?
Como respuesta hice algo que no recuerdo haber hecho nunca con nadie, jamás. Me presenté por primera y última vez en mi vida, le dije mi nombre y, como explicación a mi presencia, objeté que no podía verme, pero había venido para ayudar.
Al otro lado del ventanuco Gabi dormía, así que pasé el resto de la noche hablando con Joy y disfrutando de algo de la camaradería y el respeto que alguna vez tuve siendo niño.
Joy cargaba con problemas desde antes de la llegada de El Odio, su mente empezaba a fallar y parece que en un descuido, dejó una puerta abierta por la que me colé, igual que el edificio donde nos escondíamos lo hizo con nosotros: por la más pura casualidad. Así que entré sin más. Mirando por el ventanuco.
Durante los días que siguieron experimenté cambios en mi condición. La luna roja hizo desaparecer mi habitación. Tan solo quedó el ventanuco que usaba para pasar de uno a la otra y viceversa. Ninguno de los dos podía verme, pero ya nunca volví a estar encerrado. Tras el encuentro con Joy, mi actitud cambió a la hora de relacionarme con Gabi, pues sabía que cuidándolo a él me cuidaba a mí también, y necesitaba estar vivo para poder salvarla a ella. Sentía sobre todas las cosas que si alguien merecía ser salvada, esa era Joy.
Llegó el momento en que pensé que con sobrevivir ocultos sería suficiente. No contaba con que los poderosos, aquellos con “la mano en el botón”, también se verían arrastrados por El Odio. Tardaron en llegar, pero tras unos pocos meses, las bombas empezaron a caer.
Gabi se recuperaba de las heridas en casa de la vieja y Joy sobrevivía aceptando la nueva realidad en la portería que se abría al fondo del cuarto de contadores. Esta última estancia era una vivienda hecha en los huecos no accesibles del edificio: galerías de acceso para el mantenimiento, salidas de emergencia, azotea, el hueco del ascensor y el mismo cuarto de contadores, cuya entrada tuvimos que asegurar con varias docenas de clavos y una mesa de comedor. Desde allí tenía acceso a las casas vacías que yo le marcaba como seguras, minando una fuente cada vez más seca de alimentos, agua y medicina.
Por primera vez entendí por qué mi vida tenía sentido. Me convertí en el ojo tras los muros de los dos, debatía con ellos el camino a seguir y hasta llegué a disfrutar de abundantes momentos de ocio al pensar que estaba viviendo tres vidas: la de Gabi, la de Joy y la que en secreto planeaba para los dos.
Llegaron las bombas y ambos tuvieron que salir de sus refugios para sobrevivir en el exterior con la única ventaja de tener que enfrentarse a la supervivencia desde el punto de partida de un buen estado de salud. Se podría decir que fueron de los pocos afortunados que resistieron la embestida del primer brote. Por desgracia, cada vez que la sociedad intentó organizarse juntando varias decenas de personas, surgieron nuevos brotes de El Odio. No daba tiempo a formar unidades familiares ni normas de convivencia. Así fueron pasando los años y se asentaron certezas no escritas que pesaban más que cualquier ley: siempre hay que huir, nadie es fiable y somos los últimos representantes de la humanidad. Nuestros restos, sí o sí, terminarían siendo alimento para los perros salvajes cuya población aumenta sin control.
Entonces, algo cambió. Empezó a suceder hace un año.
Después de asegurarme de que Joy dormía a salvo en su refugio, fui a ayudar a Gabi en la recolección de medicamentos. Una jornada muy dura, llena de sorpresas y preocupaciones durante horas enteras esquivando perros salvajes. Cuando por fin pudo echarse a descansar, atravesé el ventanuco con la esperanza de encontrar a Joy aún sumida en el sueño, preguntándome qué pesadillas sería capaz de crear la mente de una mujer como ella, que había curtido la crudeza de su espíritu y la tensión de sus tendones con cerca de veinte años de apocalipsis.
Cuando crucé, encontré un espacio que no esperaba. No era el refugio, no estaba dormida, ni siquiera era de noche. Tenía el aspecto de una de las casas de antes de El Odio: cortinas, suelos, paredes y techos limpios, platos en el armario, mesa de té con tapete y Joy fumando en el sofá mientras escuchaba algo de jazz.
Me vio aparecer por la puerta del salón y dio un respingo que me cogió por sorpresa. Podía verme y, al escucharme, me reconoció. Fue ella quien tuvo que decirme que estábamos en su sueño. Su lugar seguro. Ese en el que tenía de todo y podía descansar, en el que era capaz de verme y, como después pudimos comprobar, tocarme.
Me describió la cara mientras acariciaba cada parte con la punta de sus dedos. Me sentí hermoso en sus labios y llegamos a conectar como solo lo pueden hacer los que nacieron para encontrarse y no separarse jamás.
Los días que pasé compartiendo una jaula de abrazos con esa mujer, me hicieron pensar que todo lo demás había merecido la pena si como recompensa el premio iba a ser algo tan maravilloso. Ese mundo que me abría en sus sueños me atrapaba cada vez más.
Pero toda partida tiene su contra. La extraña magia de la mente, en su crueldad infinita quiso que me empezase a ser más difícil atravesar el ventanuco a medida que alargaba mis estadías en sus ensoñaciones y eso empezó a pasar factura a las labores de supervivencia. Yo, que era los ojos en el exterior de los dos, quien les marcaba el camino, quien les avisaba si se acercaban los perros, empezaba a desvanecerme en todas las realidades, pero no pude dejar de visitar nuestro espacio seguro con aroma a jazz y cigarrillos hasta que me hizo saber que estaba embarazada.
Entonces tuve que tomar una decisión dolorosa… desesperada quizás.
Al principio me costó ubicar a Gabi y a Joy sobre el mapa para saber la distancia que los separaba. Poco a poco los fui dirigiendo hacia el mismo punto dentro de uno de tantos centros urbanos en ruinas. Una tarea que se volvía más complicada en la medida en que iba avanzando el embarazo y ambos queríamos pasar el mayor tiempo posible en contacto. En mi desgaste llegué a pensar que la criatura, al crecer, estaba absorbiendo mi vida, y no me importó. Sea como sea, había llegado allí donde Gabi, el niño de verdad, nunca llegó. Ahora tenía que pasarle el testigo.
El final de mis fuerzas llegó justo a tiempo. Joy se escondía en una torre a la que solo era posible acceder a través de una escala de pared en vertical. Necesitaba descansar de varias jornadas de viaje intensivas y era el segundo día que pasaba sin salir de allí. Le dije que no se preocupase por las jaurías que rodeaban el edificio. Le prometí que traería ayuda y desaparecí de su vida.
Ahora, que ya no puedo ver el ventanuco y mi voz en la realidad de Gabi se torna más y más débil, también me cuesta distinguir más allá de esta trama nebulosa que recubre mi visión. Lo único que tengo seguro es el camino que tiene que seguir. Le oriento prácticamente de memoria
—¡Por aquí! —susurro sin fuerzas—. Sube la escalera. Ahí, en la puerta de metal.
Por fin se encuentran frente a frente. Ya no puedo ver nada. Solo me inunda la certeza de que me voy dejando el barco en la dirección correcta
Pido a Gabi que cuide de ella. Digo lo mismo a Joy, aunque no creo que pueda oírme. Ni siquiera yo puedo hacerlo. Relajo la mente y me dejo caer en la negrura.
