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[Resuelto] No soy uno de ellos

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LordToldingale
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Al descarrilar un ferrocarril cada pasajero siente lo mismo. Primero un ligero vértigo que va en aumento, hasta constreñir cada músculo y órgano del cuerpo, para, al final, sentir el frenético caos de lo inevitable.

¿Cómo lo sé? Pues porque yo iba en ese puto tren.

El convoy, que ahora se desparrama en cientos de pedazos por el desierto, estaba conformado por seis vagones de mercancías y tres coches de pasajeros; locomotora aparte. Fabricado hacia más de cincuenta años, cruzaba el Sáhara desde Tetuán hasta la revolucionaria Argel, mi destino.

Por increíble que parezca, y como atestiguan estas palabras, sobreviví al desastre. Es curioso cómo, lo que sería una muerte segura para la mayoría, fue, para mí, la salvación. Los pocos supervivientes estábamos tan aturdidos y afectados que era imposible diferenciarnos, resultando aquel estado de shock la tapadera perfecta ante el escrutinio de los Otros. Mis recuerdos a partir de este momento se vuelven vagos y confusos, volviendo a mí en destellos demasiado breves y desordenados.

Recuerdo como el sol abrasaba los cielos y la tierra, para, en un pestañeo, dar paso a la fría luna llena.

Intentar incorporarme, buscando un apoyo donde poder sostener mi maltrecho cuerpo, y ver en la lejanía un bailar de fulgores.

Fuegos a mi alrededor, seres cuyos rostros son sombras, y voces cuya lengua resultaba incomprensible.

Un gran edificio en medio de las dunas, cuya forma evoca los tiempos coloniales.

La voz de una mujer, la presión de unas manos en mis brazos y mis piernas, y sentir la aguja suturar mi carne.

Oscuridad mecida por nuevas voces, pero ahora claras a mi entendimiento. Hablan sobre la pérdida de más de cien ejemplares, también de la imposibilidad de recuperar el artefacto. Hablaban de comprobar quienes estaban disponibles y quienes no. Siento como los latidos de mi cabeza van en aumento, dejándome inconsciente por el dolor.

Recuerdo que alguien me susurra al oído, me implora que me levante, que si no lo hago ambos estaremos muertos. Es una voz cálida al tiempo que decidida. Siento como me ayudan a incorporarme y, dando traspiés, atravesamos los pasillos entre luces cegadoras y sombras infranqueables. Al final nos detenemos, y noto la ingrávida caída sobre un duro colchón. El dolor disminuye para dar paso al reconfortante sueño.

Es mil novecientos veinte, y la Gran Guerra, que muchos creían terminada, sólo acaba de empezar.

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LordToldingale
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Otra vez el mismo sueño. Siempre el mismo. La campiña gris se difumina hasta el horizonte, interrumpida sólo por un hombre. Alto y fornido impone su presencia en todo el paisaje. No me mira, no me presta atención. Yo grito su nombre, pero él no se gira. Su vista está fija en el cielo. Al elevar la mía en busca de aquello que atrapa su atención un fogonazo de luz me devuelve a la realidad.

La persiana estaba rota, dejando que los rayos del sol se colaran en la habitación y me cegaran.

—Maldita sea… mi cabeza…

Mi protesta se ve interrumpida por una voz. Es la misma voz decidida de la última vez.

—Calla. Están en el pasillo. Nos oirán.

Guardo silencio. Mientras esperamos con los nervios al límite, yo no puedo evitar fijarme en ella. Es una mujer joven, de tez morena, con los rizos cobrizos bailando sobre los hombros. Su camisa gris, a juego con los pantalones y botas militares, me dejan claro que no es una huésped del hotel, si no una viajera, que al igual que yo ha acabado tirada en aquel maldito lugar. Los pasos se alejan. Ambos nos relajamos hasta que ella me mira y me pregunta.

—Tu debes de ser Jack. Joder, él tenia razón. ¿Por qué coño tuviste que subirte al tren?

«¿Cómo sabe mi nombre?» Pienso mientras intento buscar una respuesta. Ella continúa maldiciendo y soltando preguntas al aire que nunca tendrán respuesta.

—… se lo advertí, le dije a ese maldito necio que… ¿Por qué nunca me hace caso? Desde que le pusieron Dr. delante de Blank se ha vuelto un jodido imbécil.

La sed y su retahíla me atormenta, pero al nombrar al Dr. Blank mi cerebro por fin reacciona.

—¿Dr. Blank? ¿Te refieres al Dr. Henry Blank? No puede ser.

—Ah, ¿no? —contesta ella, mientras su verde mirada deja clara su pregunta.

—No puede ser, porque yo vi como mataban al Dr. Blank.

Su sonrisa contine una carcajada.

—¿Qué coño te hace tanta gracia? —le recrimino.

—Se ve que no conoces a mi padre, Jack, no tan bien como yo. Si lo conocieras sabrías que es un magnífico actor, como todo buen amante de la tragedia griega.

Mi cabeza vuelve a latir por el dolor. ¿Su hija? ¿Esa mujer era su hija? ¿Qué hacia allí? Espera. ¿Cómo sabía que yo estaría allí? ¿Qué coño estaba pasando? Me empecé a marear, entre la sed, el sofocante calor de la habitación y todo aquello que no entendía. Antes de derrumbarme sobre el polvoriento colchón noté su mano, firme, que me sostenía al tiempo que la otra me ofrecía una cantimplora.

—Estas deshidratado. Bebe. ¡No! ¡Despacio! Eso es. No te preocupes, Jack, todas las preguntas tendrán respuestas. Ahora ya no estás solo.

No estaba solo. Hacía mucho que caminaba por este mundo solo, pero ella me decía que no lo estaba. Dejé que siguiera sosteniéndome. No sé porque, pero la dejé. Después de unos minutos recuperé la compostura, al punto de poder incorporarme y sostenerme por mi propio pie. Ella, paciente, me dejó en mi lucha personal contra la gravedad para acercarse a la puerta. La entreabrió, dejando apenas una ranura a disposición de su escrutinio. Casi al momento la cerró, con rapidez, pero procurando que el chirrido de las bisagras no revelase la acción.

—En la mesita, hay un Nagant del noventa y cinco. Está cargado.

Al tiempo que me lo decía, cortando en seco cualquier nueva pregunta, ella saco otro revolver igual de una cartuchera oculta bajo su camisa. Abrí el cajón y empuñé el arma, contagiándome de la misma fría tensión que la colmaba.

No hicieron falta más palabras. Los mismos pasos que escucháramos irse ahora regresaban, acompañados por muchos más… Sabían que estábamos allí. Sabían que nosotros no éramos uno de ellos.

Si lo sabía uno, lo sabían todos…


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LordToldingale
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Al primero que cruzo la puerta le pegamos dos tiros de bienvenida. Tal fue nuestra puntería que los sesos y la sangre se desparramaron por todos lados, cegando a los que venían detrás y regalándonos unos segundos que no teníamos. La hija del Dr. Blank supo cómo aprovecharlos. Cogió la única silla de la habitación y la lanzó contra la ventana, reventándola en mil pedazos. Después, sin dudarlo, salto por ella. Recuerdo que pensé: «Joder, ha saltado…», pero mi cerebro no tuvo tiempo de procesar nada más, pues nuestros inesperados invitados ya se abalanzaban de nuevo en la angosta habitación. Yo también salté, por pura fe, sin saber que había más allá. Independientemente del resultado, sería mucho mejor que quedarme en aquel infierno y que me atraparan vivo.

En apenas unos instantes sentí el golpe contra la arena, amortiguado por el rodar duna abajo. La ventana desde la cual nos habíamos lanzado estaba en la cuarta planta del hotel, mirando hacia el este. El desierto había hecho su trabajo, día a día, grano a grano, acumulando parte de su inmenso cuerpo contra la parte trasera del tugurio; la duna por la cual rodábamos llega casi a la tercera planta. Al volver a la verticalidad ella ya corría, atravesando las arenas, sin mirar atrás. Yo la seguí, pues, en el fondo, esa era la única opción si deseaba continuar siendo yo mismo.

No sé cuanto tiempo corrimos, pero cuando nos detuvimos estábamos exhaustos. El sol tampoco ayudó, abrasándonos con su inclemente fuerza y dejando un anochecer bermellón a nuestras espaldas. Nuestro destino resultó ser otro tren, compuesto en está ocasión por locomotora y dos vagones de mercancías. Al acercarnos, un ruso con la cara marcada por la viruela y semidesnudo, nos saludó con un seco gesto de cabeza al tiempo que nos apuntaba con un Mauser noventa y ocho.

—¡Quietos! No mover —su fuerte acento era reflejo del bajo dominio que poseía de un idioma que le era ajeno. —Si dar un paso, morir.

—Yuri, baja el arma —dijo ella—. ¿acaso estás más loco que cuando me fui?

—¿Jane? ¡Ah!... No vas engañar a Yuri Popov, por mucho que tener misma cara que Jane.

Nos apuntó con el fusil, y sus intenciones eran claramente hostiles.

—¡Yuri! ¡Baja el puto arma! —la voz pertenecía a otro hombre, pero a diferencia del que nos recibía con tan poca confianza, este no parecía ruso. Fuera de donde fuera, se mostraba calmado, pero, a diferencia de su compañero, no mostraba la misma calma fría propia de quien está a punto de apretar el gatillo sin importar la vida que arrebate.

—¿Dónde nos conocimos, Jane? —preguntó el hombre, mientras su mano se acercaba a la empuñadura de un revolver a juego con los nuestros.

—Hace más de veinte años, en el bosque, cerca de la base donde habían destinado a nuestros padres. Tu estabas cubierto de mierda de los pies a la cabeza, porqué, al creerte capaz de logar lo que ningún niñato mocoso había conseguido nunca tú serías mejor que los demás. Aquel día supe que había encontrado a alguien digno de ser mi amigo.

El hombre sonrió, apartando la mano del revolver a tiempo que baja el cañón del fusil de Yuri.

—Veo que has encontrado el juguete favorito de tu padre. Vamos, tenemos que largarnos antes de que nos encuentren.

Mirando al ruso, dijo.

—Yuri, arranca este trasto, nos largamos.

El ruso, sin dejar de mostrar sus amarillentos dientes, respondió.

—Nadie mandar Yuri que hacer… pero Yuri querer volver casa, así que Yuri llevar.

Nos subimos al último vagón. El hombre del revolver nos ayudó, ofreciéndonos su mano como apoyo.

—Me llamo Daniels, Daniels O’Hara —me dijo sonriendo—. Bienvenido a la resistencia.

El tren comenzó a moverse, haciendo rechinar hasta el último hierro que lo conformaba. Me metí en el vagón, buscando un lugar donde poder descansar y pensar en todo lo que había pasado. Apenas había sitio, pues estaba ocupado por un enorme bulto envuelto en una lona de cuero y atado con varias cuerdas. Jane estiro la mano hacia el bulto, con la evidente pregunta asomando por sus labios. O’Hara simplemente se la agarró, negando con la cabeza. Yo hice como si no hubiera visto nada, preguntándome cual sería la próxima sorpresa.

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LordToldingale
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Me despertó el chirrido del tren al detenerse. Me había quedado dormido, sin saber muy bien cuándo ni durante cuánto tiempo. Volví a tener el mismo sueño, con el hombre que me ignora y aquel cielo cegador. O’Hara me miraba, con aquella sonrisa suya que parecía no desaparecer nunca.

—Arriba, Jack. Aún nos queda un largo camino.

Dijo, al tiempo que abría la puerta del vagón, dejando que el aire viciado saliese y la luz lo inundara todo. Tardé unos segundos en adaptarme al nuevo ambiente, pero, al hacerlo, descubrí que teníamos compañía.

—Estos que tienes ante ti son los Fedayines de Argel. Los últimos que quedan de la resistencia en esta maldita ciudad…

Ante las palabras de O’Hara, uno de los ocho fedayines se adelantó. Envuelto en su túnica negra, a juego con un pañuelo del mismo color que sólo dejaba al descubierto el rostro, le respondió.

—Argel es antigua y orgullosa, como lo son los linajes de sus moradores. Si no fuera por nuestra buena educación para con los invitados, amigo mío, pasaríais el resto de la semana atados a cuatro estacas, al juicio del sol —dijo mientras señalaba al cielo— y desnudos…

Después de unos segundos, ambos hombres sonrieron y se estrecharon la mano como viejos camaradas. Intercambiaron unas pocas palabras más, las cuales no llegué a oír. Al terminar la conversación, y con un gesto del mismo que había hablado con O’Hara, tres de ellos trajeron un viejo carro de madera. Sin mediar palabra cargaron el bulto que transportábamos. Al moverlo, pude observar que era pesado, lo suficiente para que aquellos tres tuvieran problemas para cargarlo en el carro. También me di cuenta de que su forma era ovalada, disimulada hasta aquel momento por la lona que lo cubría.

El joven que lideraba los fedayines, con la misma sonrisa que mostró al saludar a O’Hara, se inclinó y dijo.

—Bien, amigos míos, es hora de irnos. Largo es el camino hasta la joya blanca de Argelia…

Sin previo aviso, Yuri hizo acto de presencia como sólo él sabía hacer.

—Casa de Yuri no estar en blanca joya. ¿Cómo saber que tu no querer engañar? Puede que tu querer ver desnudo Yuri…

El mismo joven le respondió.

—Salim Adjani jamás osaría engallaros… y mucho menos a ti, Yuri Popov. ¡En toda Argel se cantan tus hazañas en esta guerra! También sabemos de que eres capaz con suficiente dinamita… —se volvió a inclinar de nuevo, está vez con mucha más floritura—. Nuestra lucha no hallará victoria sin alguien de tu valor. Por favor, sería un honor acompañarte camino de Argel.

Volviendo a reverenciar al loco de Yuri, que se relamía en orgullo, lo invitó a caminar a su lado. Todos nos pusimos en marcha, abandonando el que fuera nuestro transporte a la suerte del desierto. Caminamos varias horas, pues el sol se ocultó al poco de partir, dejando paso a una enorme luna llena que coronaba el cielo nocturno. Si bien los demás iban intercambiando alguna palabra durante el camino, yo, por mi parte, permanecí callado, ensimismado en mis pensamientos: «Argel…». El Dr. Blank me había enviado allí. Me ordenó encontrar el artefacto, pero no me había dado ninguna descripción sobre cómo era, ni dado detalle alguno sobre por qué debía conseguirlo. Su carta solamente ponía que lo reconocería en cuanto lo viese, que debía recuperarlo y llevarlo de vuelta a Nueva Inglaterra, y, lo más importante, evitar que cayera en manos de la resistencia. Mientras repasaba en mi mente cada palabra, cada punto y cada coma de la carta, mis ojos permanecían fijos sobre aquel enorme ovalo envuelto en lona. «Sí aquel era el artefacto que el Dr. Blank me había enviado a buscar, tenía que hallar la manera de hacerme con él. Sin importar el coste.»

—¿Por qué esa cara tan seria? —la voz de Jane irrumpió como un trueno en mis pensamientos—. No hay de que preocuparse, Jack, ya te dije que ahora no estás solo.

Yo respondí con una sonrisa, que ella me devolvió. Pero ninguno de los dos dijo nada más. Cuando la tensión ya era insoportable, Salim nos avisó de que habíamos llegado a la primera parada de nuestro camino.

Delante nuestra, al pie de las montañas al sur de Argel, se abría un oscuro túnel.

—Argel a sido tomada. Cada calle, cada barrio, cada casa. Los que antes fueron nuestros amigos, ahora infectos por el mal, caminan y deambulan por ella como si nada hubiera pasado. Pero el corazón de la ciudad sigue siendo libre… bajo sus pies.

Señalando la entrada del túnel, por la cual algunos de sus compañeros ya cruzaban lampara en mano, Salim continuo.

—Podremos llegar al puerto por aquí, aunque el camino es… ¿cómo decirlo…?

—¿Un suicidio? —le sugirió O’Hara.

Sonriendo, Salim respondió.

—Yo no diría tanto, amigo mío.

Pero en sus ojos no había la alegría ni la confianza que mostraban sus labios. En ellos había una extraña expresión que algunos podrían confundir con miedo. En ellos había resignación.

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LordToldingale
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Adentrase en aquella oscuridad no fue fácil. El túnel se alargaba varios kilómetros hasta el puerto de Argel, y a lo largo de todo su recorrido se abrían cientos de galerías secundarias. En algunas ocasiones las desviaciones estaban a tan solo a un par de metros, mientras que, en otras, a varios cientos. Salim nos explicó que al final todos volvían a converger, en el mejor de los casos, en otro abismo insondable. Perderse en aquel laberinto sempiterno era sinónimo de muerte, que sumado a quiénes deambulaba por encima de nuestras cabezas lo convertía en una trampa que no quería pisar. Pero a pesar de nuestras reticencias o dudas seguimos a Salim, que abría la marcha acompañado de dos de sus hombres. Otros tres tiraban del carromato y, los demás, cerrábamos la marcha, protegiendo nuestra retaguardia uno de los fedayines. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo mientras observaba las sombras bailar a su antojo e ignorar nuestros movimientos.

Según avanzábamos, Salim, con una voz que era casi un susurro, nos contó cómo habían tomado la ciudad.

—Al principio no nos dimos cuenta. Se entremezclaban entre nosotros como uno más, sin llamar la atención y actuando con normalidad. Quién sabe durante cuánto tiempo…

»Un día, sin previo aviso, ocurrió un incidente en el mercado. Un anciano comenzó a comportarse de un modo extraño. Balbuceaba incoherencias, no era capaz de sostenerse en pie, hacía gestos y movimientos extraños. Al final, cayó al suelo entre convulsiones. La gente pensó que estaba enfermo, que sufría algún tipo de ataque. Lo que le sucedía era normal, teniendo en cuenta que su cuerpo no era adecuado. Las autoridades lo llevaron al hospital del centro de la ciudad. Introdujeron a uno de ellos en el lugar perfecto para que comenzaran a…

O’Hara lo interrumpió para bombardearlo a preguntas.

—¿Cómo lo hicieron? ¿Qué coño son? ¿Capturasteis a uno? ¿Acaso sabéis cómo podemos acabar con esos cabrones? Joder ¿Cuántos calculas que hay en total?

Salim, negando con la cabeza ante el interrogatorio de O’Hara, continuó con su relato.

—No lo sé, amigo mío. Solamente sé que una vez logran entremezclarse con la población… bueno —hizo un gesto que no supe cómo interpretar—. Creemos que cuando eran pocos los enemigos que dominaban a los nuestros, procuraban no llamar la atención. No dan problemas. No discuten a pesar de incitarlos a hacerlo. Si les pegas… no hacen nada, sólo dicen «Lo siento». Parecen vivos, sabes, pero en el fondo están muertos. Es como si no tuvieran alma…

Lo que describía el líder de los fedayines tenía sentido. Yo también los había visto. Antes de cruzar el Estrecho de Gibraltar hacia Marruecos, había desembarcado en Cádiz. El poco tiempo que estuve en la ciudad vi algo parecido a lo que describía Salim. En el puerto, una veintena de hombres y mujeres hacían desfilar a los pasajeros y tripulantes desde la pasarela del barco a una garita dispuesta en el mismo muelle. Una mujer preguntaba a los pasajeros por su nombre, de dónde venían y cuál era el motivo de su visita. Ninguno parecía mostrar el más mínimo atisbo de emoción. En vez de humanos parecían autómatas, todos ellos. Una vez zafado el interrogatorio de la garita, nos condujeron a la mayoría a un almacén lleno de cajas donde nos cerraron a cal y canto. Al hacerse de noche, me largué por una de las trampillas del techo con la ayuda de otros dos. Ellos también sabían lo que pasaba allí, como yo. Tuvimos que salir corriendo de aquel maldito lugar. Al final, una vez cruzamos los campos, a las afueras de Cádiz, nos separamos… no sé qué fue de aquellos dos.

Cuando Salim estaba a punto de seguir contándonos lo que sabía, Yuri intervino. Era la primera vez que lo veía serio, sin mostrar sus amarillentos dientes en una mueca burlona, como solía hacer antes de soltar alguna de sus locuras.

—También ser así en madre Rusia. No hacer nada si pegar. No decir nada si preguntar con hierro en mano. No abrir boca cuando cortar cuello. Pero si poner solos en habitación, lejos de otros, entonces ellos grit…

No acabó la frase. Todos nos paramos. Nadie respiraba.

De repente, delante nuestro, apareció de la nada una niña. Su pálida piel estaba sucia, sus cabellos rizados conformaban una maraña indomable.

Allí plantada, como una estatua, nos miraba. No parecía siquiera estar viva.

Entonces abrió la boca… y gritó. Gritó tan fuerte que nuestros huesos se estremecieron. Gritó tan alto que las paredes resonaron más allá de nuestro entendimiento. Gritó de un modo que ningún ser humano podía hacer.

Al liberarse nuestros oídos de aquel indescriptible sonido, desde algún lugar de la oscuridad, oímos otro.

Y después otro.

¡Y otro!

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LordToldingale
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Cuando intentó gritar de nuevo, los cuchillos aparecieron para hacer su trabajo, rajando su cuello hasta decapitarla. Los fedayines fueron rápidos, no mostraron piedad o duda, tan sólo férrea determinación. Al terminar, lanzaron la cabeza de la niña lejos del cuerpo.

—¡Todos! ¡Vamos! —nos ordenó Salim.

Los hombres que empujaban el carromato con la carga empezaron a resoplar por el esfuerzo. Yuri, Jane y yo los ayudamos. Teníamos que salir de aquella maldita trampa mortal; pero no podíamos hacerlo con las manos vacías. No después de todo lo que había sacrificado. O’Hara, por su parte, ayudó a los demás fedayines a encabezar la marcha, mientras que el último del grupo continuaba guardándonos las espaldas. No sé cuánto tiempo empujamos, pues en aquella oscuridad, rodeados por la perpetua tensión ante el siguiente ataque, el tiempo era un concepto vacuo.

Al final, lo inevitable, llegó.

Lo hizo desde un túnel lateral, abalanzándose sobre uno de los fedayines. Fue uno de los habitantes de Argel, que, al igual que la niña, ahora era parte de los Otros. Con una hoz amputó el brazo derecho del joven, y su agónico grito resonó por todo el túnel advirtiéndonos de la amenaza.

—¡Govnó! —fue la respuesta de Yuri, llena de rabia, y acompañada por un disparo de su revolver que reventó los sesos del atacante. La sangre lo salpicó todo.

Salim nos ordenó continuar, mientras él ayudaba a su camarada. Yo no le hice caso, quedándome con ellos. Saqué mi cinto y le hice un torniquete a fedayín herido para cortar la hemorragia. Después de ayudarlo a recostarse contra una pared, Salim intercambió unas palabras con él en árabe. No supe que decían, pero el rostro salpicado de sangre del joven se veía en paz, sin mácula de miedo o duda. Salim, al final, simplemente asintió, y le dejó su fusil cargado.

—¿Dejarlo morir? ¿Es eso lo que vamos a hacer? —le recriminé.

—Para nosotros la muerte sólo es un paso más, amigo mío. Es un camino que todos nosotros tomamos hace tiempo—. Fue la respuesta que me dio Salim; calmada y llena de convicción. Una actitud sorprendente en alguien tan joven.

Por mucho que odie reconocerlo, tenía razón. El muchacho allí sentado estaba pálido, no acabaría el viaje hasta el puerto; no en aquellas condiciones, y mucho menos allí abajo. Ahora ya no era un hombre; ahora era alguien dispuesto a morir por la causa.

Las luces de nuestros compañeros disminuían en la lejanía del túnel, hasta casi desaparecer. Salim y yo nos levantamos, dejando al moribundo y corriendo a más no poder para darles alcance. Pero los Otros no estaban dispuestos a permitírnoslo. No sé de dónde salieron, pero un par de ellos nos cortaron el paso. Salim volvió a ser rápido, y con aquel cuchillo, cuya hoja tenía el largo de un antebrazo, demostró su valía. Apenas había terminó de sajar el cuello del primero, lo lanzó contra el otro atacante, y aprovechando que perdía pie, clavó el cuchillo en su cabeza. La hoja de acero entró hasta el fondo, atravesando piel, carne y hueso con un viscoso sonido de muerte. Lo que no esperábamos ninguno, lo que nadie podía esperar, fue al tercero. Plantado en medio del túnel, la luz de la lampara tirada en suelo proyecto una gigantesca sombra detrás de él. Aquel ser, si alguna vez había sido considerado un humano, ahora ya no lo era. Medía más de dos metros, y su corpulencia era descomunal. Un amasijo de músculos y nervios que ocupaba casi todo el hueco del pasillo. Me resultaba inaudito como aquel oscuro ser podría haber llegado hasta allí con semejante tamaño. Cuando Salim se fijó en él, solamente dijo.

—Bendito sea Alá…

Apuntó su cuchillo contra aquella bestia, mientras esta, por su parte, dejó que la luz del suelo mostrara el desproporcionado tamaño de sus dientes. Sus mandíbulas, más propias de un cánido, apenas eran capaces de contenerlos. Proyecto un bramido hacia nosotros, distinto al que proferían los demás, pero al mismo tiempo igual de horrendo y espeluznante. Clavó sus dedos en las paredes, agujereándolas con la fuerza del golpe. Sus pasos hacían retemblar las tablas del suelo, al tiempo que declaraban la brutalidad del peso de nuestro enemigo. Pero Salim no se amilanó. Recuperado de la primera impresión, atacó. Lanzo tajos a diestro y siniestro, haciendo bailar la hoja de afilado acero y revistiendo a aquel ser de cientos de cortes y regueros de sangre blancuzca. «¿Blanca? ¿Su sangre es blanca?» pensé, «¿Cómo es posible? ¿Qué coño es?». Jamás, ni si quiera en mis sueños, había visto nada parecido. Una bestia que parecía el recuerdo de un humano y, cuya sangre, era blanca. Salim seguía atacándolo, al tiempo que esquivaba sus golpes. Pero aquel engendro seguía avanzando, bloqueando el camino al tiempo que nos hacía retroceder. Entonces llegó el primer disparo, alcanzando al gigante en el hombro y dejando un sanguinolento cráter níveo a su paso. Al buscar de dónde venía, vi al fedayín herido recostado contra la pared. Pero su mirada ya estaba vacía, y su cuerpo ya no tenía vida. Cogí el fusil, recargué y disparé. Al tiempo que Salim seguía con su ataque, yo cosí a balazos a aquel maldito hijo de puta. Cuando se acabaron las balas de fusil, saqué el Nagant del noventa y cinco y continué. A falta de dos balas para vaciar el revolver, le acerté entre las cejas. El cabrón cayó a plomo, como una inmensa losa de piedra. Salim me miró extenuado.

—La cabeza… amigo mío… siempre a… la cabeza. Es… donde son más… vulnerables.

Yo asentí, ayudando a aquel magnífico muchacho. Después de pasar por encima del cadáver del inmundo ser, recogimos la lampara, y al ver que casi no tenía aceite, improvisamos un par de antorchas para continuar nuestro camino.

Los gritos seguían oyéndose en los túneles. Pero aquel indescriptible sonido ya no me hacía estremecer. Ya fuera por causa del subidón de adrenalina, el deseo de luchar hasta la muerte o el simple impulso de sobrevivir… ¡no importaba! Nosotros avanzamos hacia el puerto de Argel.


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LordToldingale
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Salimos de aquel infierno… casi no podía creérmelo. No había sido fácil, con los Otros dándonos caza en la oscuridad. La muerte que se extendía a nuestros pies nos señaló la ruta a seguir, igual que el hilo de Ariadna en el laberinto de Tauro. Nuestros compañeros dieron buena cuenta de quienes osaron interponerse en su camino, aunque tuvieron que pagar un alto precio: cuatro de los fedayines habían muerto, y su mutilación dejaba claro que le sucedería a quien no lograra vencer. Por las ropas destrozadas, y la docena de cadáveres que los rodeaban, dedujimos que la lucha había sido encarnizada. Mientras pasábamos al lado de los caídos, Salim, murmuró unas palabras en árabe. Yo, a pesar de no dominar su lengua, comprendí que eran las mismas otorgadas al primero en caer: una sentida despedida.

La salida de los túneles se hallaba próxima a unos enormes almacenes, que rodeaban una pequeña cantera a cielo abierto. Nuestra entrada a la amurallada Argel, fue en otro tiempo, una rica mina.

—Debemos llegar a El Harrach. Allí es donde resistimos los libres. Si los demás todavía viven, habrán ido allí.

Después de decirme esto, Salim señaló al suelo, donde la tierra y el polvo habían sido marcados con dos profundos surcos y varias pisadas. Seguían la dirección al rio, que cruzaba El Harrach de norte a sur. La misma que Salim y yo tomamos al abrigo de la noche.

Cruzamos la zona de los almacenes, esquivando a los Otros que patrullaban por calles y callejones. Salim, señalando con el índice, me reveló donde se apostaba algunos vigías, ocultos entre los tendales de los tejados. Parecían estar por todas partes. Pero, a pesar de ello, conseguimos cruzar la ciudad, como un par de gotas en medio del océano. No sabíamos si los demás había llegado al escondite de la resistencia, pues tan solo dos de los fedayines del grupo podían seguir vivos. Tampoco pudimos seguir las marcas del carromato mucho más tiempo, porque sobre los empedrados de las calles no dejaban huellas.

—Es allí —señaló Salim— donde la Pont de Oued. Debemos llegar al puente, amigo mío. Bajo sus raíces se halla el fortín de la resistencia de Argel.

Un puente de piedra cruzaba el rio de este a oeste. Las casas que lo rodeaban eran ruinas, esqueletos ennegrecidos por el fuego.

—Cuando empezaron a tomar la ciudad, los libres de Argel no atrincheramos alrededor del Pont de Oued. Teníamos la esperanza de resistir si manteníamos al enemigo dividido. Sólo sirvió para que acabaran con nosotros más rápido. Ahora, las cenizas de aquella lucha oculta nuestro último reducto. Bajo el puente, hay una abertura. Conduce a las alcantarillas. Allí resistimos, amigo mío. Si los demás siguen vivos estarán allí.

No dije nada. Aguardé en silencio mientras Salim decidía que camino tomar a continuación. Nos encontrábamos a poca distancia, menos de un kilómetro, según mis cálculos, y en el horizonte se podía ver el rielar de la luna sobre el mar Mediterráneo. Cuando se decidió, Salim me indicó lo que debía hacer.

—Tienes que bajar por este camino. Allí, pasado el bazar del toldo gris, continua por las escaleras. Después dirígete al rio, entre las ruinas. Síguelo corriente abajo, hasta llegar al puente. Cuando te adentres en la abertura, camina cien pasos; estará oscuro, pero no son los túneles —sonrió—. Después espera. La resistencia te encontrará.

—Hablas como si no fueras a venir…

—Hay muchos esta noche. Creo que nos estaban esperando. Saben que estamos aquí… Para poder lograrlo necesitaremos una distracción. Sobra decir, amigo mío, que pedírselo a alguien que no conoce la ciudad, ni sus calles, ni sus… moradores… sería como enviarlo a un suicidio. Además, ya se lo dije a O’Hara, sois mis invitados.

Su sonrisa, aunque sincera, me entristeció. Con todo lo que habíamos pasado para llegar hasta allí, y ahora esto. Él pondría de nuevo su vida en riesgo, pero en esta ocasión no por sus ideales o por su gente. Esta vez lo haría por alguien que apenas conocía. Supongo que así era Salim.

Le di las gracias y le deseé suerte. El me advirtió que esperara la señal antes de moverme.

—¿Qué señal? —le pregunté.

—No te preocupes, amigo mío, lo sabrás cuando la veas.

Se levantó, y de tres zancadas silenciosas se adentró en las tinieblas de una calleja contigua a nuestra atalaya. Pasó un minuto. Dos. Cinco. Diez. Entonces oí un ruido; cerca, muy cerca. Uno de los Otros estaba caminado por la calle aledaña. Lo vigilé por encima de un derruido muro: parecía una persona cualquiera, normal, pese a que sus ropas estaban sucias y desgastadas, y su rostro reflejaba las penurias del hambre y el trasnochar, caminando… ¡directo hacía mí! No me moví. No respiré. No hice ruido alguno, rezando a un Dios en el que nunca creí, para que los latidos de mi corazón no revelasen mi posición. El Otro se detuvo, girando la cabeza, buscando. En un momento dado se giró en mí dirección, y yo me comprimí todo lo que pude contra la poca pared que nos separaba. Entonces… ¡me miró! Me di por muerto… hasta que me fijé en sus ojos. ¡Estaban velados por la ceguera! Siempre había tenido suerte. Joder. Siempre. Pero en esta ocasión parecía que la mismísima Tiqué hubiese intervenido…

¡BOOM!

La detonación se produjo muy cerca. Los cascotes volaron por todos lados. Uno impactó de lleno en el rostro del Otro, reventándole la cabeza como un si fuera un tomate maduro. La onda expansiva lo remató tirándolo al suelo.

Recuerdo que pensé en Salim.

Recuerdo levantarme y correr, sin mirar atrás.

Cruzar las calles, los carbonizados escombros y bajar por las escaleras hasta el rio.

Cuando me detuve a recuperar el aliento estaba de nuevo metido bajo tierra, en medio de la oscuridad. Pero esta vez, algo era muy diferente: el olor a tierra y aceite quemado había sido sustituido por el hedor del moho y la mierda.


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LordToldingale
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Al abrir los ojos contemplé la campiña gris, extendiéndose hasta el lejano horizonte. Un hombre se hallaba de pie, imponiendo su figura contra el ardiente cielo: un mar de fuego que se expandía, devorando todo a su paso. Grito un nombre, pero el creciente rugido de las esferas lo acalla. Grito más y más, hasta que no me queda aire en los pulmones. El fuego sigue acercándose, devorándolo todo; y yo vuelvo a lanzar el mismo grito, con más fuerza. Entonces, el hombre se gira, y me mira. Su rostro es un espejo, donde veo mi reflejo…

Al despertarme, hay una cimitarra ante mí. Su afilado filo deja claro que no debo moverme. La empuña un hombre de barba cana, cuyos atuendos son los mismos que llevan los Fedayines de Argel. A pesar de la oscuridad dominante, las luces de varias antorchas revelan un rostro serio, marcado por las penurias de una larga y cruenta guerra. El hombre no está solo, pero los demás no me apuntan con sus armas; su atención se dirige a la entrada de la alcantarilla. Es el hombre de la barba cana el único que me mira.

—¿Tu nombre? —su fuerte acento francés revela que es hijo del Argel colonial, cuando los reyes de Francia gobernaban Argelia.

—Me llamo Jack, Salim me…

Antes de poder continuar, el acero de la cimitarra me obliga a retroceder, pegándome a la pared igual que la mierda que la cubre. El hombre no afloja en su presión, y noto como brota un hilo de sangre desde mi mandíbula inferior. Pero mis ojos siguen fijos en los suyos, y no sé muy bien cómo, pero en ellos veo a Salim.

—Dices conocer a Salim… pero… ¿acaso eso nos convierte en aliados? ¿Dónde está Salim?

—No estoy seguro —respondo—, nos separamos. Poco después de irse oí una explosión. Supongo que fue obra de Salim. Había muchos, me dijo que no lo conseguiríamos. Me dijo que…

—¡Silencio! Ya has hablado suficiente…

Con un gesto de cabeza los demás fedayines se levantan. Uno hace un gesto y llama mi atención, al tiempo que la cimitarra del hombre vuelve a su vaina. Entonces, por puro instinto, me giro, para ver como la culata del rifle vuela directa hacía mí.

No tengo ni idea de cuanto tiempo estuve inconsciente. Otra vez. Un sitio que nunca había pisado y del que nada sé, otra vez. Mi vida, de nuevo, al capricho de lo desconocido.

Joder. Otra vez no.

Me desperté en una celda mugrienta, con grilletes en muñecas y tobillos. Estaba oscura, apestaba a la podredumbre propia del moho creciente sobre inmundicia caduca. Pero, incluso en ese lugar, sonreí. Jane y Yuri también estaban allí presos. Al menos no estaba solo.

Yuri, mirándome, no pudo contenerse más, y me saludó con la gilipollez de turno.

—¡Por fin! Despertar nuestro caballero de capa verde. ¿Dónde dejar caballo? ¡¿Eh?! ¿Dónde? Si no caballo, no rescatar. Historia de caballero siempre ser así.

Aquel jodido cabrón seguía tan loco como el primer día que lo conocí. Tener la cara cubierta de sangre reseca, el pecho desnudo cubierto de hematomas violetas y verdosos, y estar colgado boca abajo, parecía darle igual.

Por el contrario, Jane, salvo por un par de rasguños, parecía estar bien.

—¿Cómo habéis llegado hasta aquí? ¿Dónde están los demás? ¿Pensé que los fedayines eran vuestros aliados? —les inquirí.

—¿Vuestros? —me recalcó Jane— son NUESTROS aliados, Jack. O se suponía que lo eran…

—¿Qué ha sucedido? Por favor, contádmelo todo.

Jane me relató como habían continuado por los túneles después de separarnos, abriéndose un sangriento camino a través de los Otros. Cuando salieron a cielo abierto, entre los almacenes, solo quedaban cinco: ellos dos, O’Hara y dos de los fedayines. Estos últimos les explicaron cómo llegar a las alcantarillas, pero lo que nadie sabía era que: los Otros los esperaban a pocas calles de distancia, una vez superados los almacenes. No vieron vigías, ni a nadie en Argel. Ninguno sospechó que pudieran emboscarlos, pues, aquellos seres nunca antes habían mostrado un comportamiento tan complejo y que requiriese ese nivel de planificación. Fueron rápidos, una encerrona coordinada a la perfección. Yuri y ella escaparon a duras penas; los demás, junto con el artefacto, acabaron en manos de los Otros. Lo más probable es que ya estuvieran muertos. Cuando lograron alcanzar el rio, y llegar a la entrada de las alcantarillas, llevaban detrás de sí una verdadera horda de aquellos malditos hijos de puta. Los fedayines de la resistencia fueron más rápidos y silenciosos que los Otros, y antes de que se dieran cuenta, antes siquiera de poner un pie en la entrada bajo el Pont de Oued, los Otros ya estaban decapitados y flotando rio abajo; mientras que ellos dos estaban atados de pies y manos.

Llegados a este punto, supongo que la única esperanza que nos quedaba era que Salim siguiera vivo. Sin él, nuestra estancia en Argel iba a ser... como Yuri.

—¿Qué mirar? ¡Para Yuri heridas ser orgullo! Nunca gustar que otro hombre tocar huevos. Solo Nika poder tocar huevos Yuri. También Ivana, puede que a veces Natasha, y también…

Su verborrea fue interrumpida por un silbido. Era ligeramente grave. Pero a cada instante se volvía más grave e intenso. Hasta que llego la detonación he hizo temblar las paredes de nuestra prisión, como si el mismísimo Etna hubiera estallado a nuestro lado. A los pocos segundos oímos un segundo silbido, después un tercero; los demás se sucedieron sin cesar, haciendo temblar las paredes con distinta frecuencia según cuan cerca estallaran los silbidos.

Al parecer, una vez más, la guerra había vuelto a despertar en la blanca ciudad de Argel.

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LordToldingale
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Nuestra celda temblaba con el ímpetu del bombardeo. Lo hacía de tal forma que, las anillas de hierro de las cuales colgaba Yuri cedieron, dejando al magullado ruso tirado en el pegajoso suelo. Jane y yo forcejeábamos por liberarnos, pero nuestros intentos eran en vano: los grilletes de hierro no cedían lo más mínimo. Entonces la puerta de nuestra celda se abrió. En el umbral apareció uno de los fedayines de Argel, agarrándose el vientre… estaba sangrando… intentaba impedir que las tripas se salieran de su cuerpo… Abrió la boca, y de ella emergió un estallido sanguinolento acompañado de una punta de acero. Cayó al suelo entre estertores de muerte. A su espalda apareció un individuo cubierto con un extraño traje: iba todo de negro, desde las botas militares hasta la máscara que le cubría completamente la cabeza, bajo esta última, se intuía un rostro humano que por ojos tenía dos cristales circulares de tono ahumado; el conjunto lo completaba una especie de blindaje que cubría el pecho, los hombros y los antebrazos, que recordaban a las armaduras de los mirmidones griegos, además de distintos pertrechos que no supe identificar. Lo que sí reconocí fue el símbolo que portaba en ambos brazos a la altura del hombro: una circunferencia roja sobre campo negro, dentro de la cual convergían otras tres, también rojas, que en ningún punto llegaban a conectar y conformaban una tríada.

Aquel era el símbolo de Acheron. Y si Acheron estaba allí, entonces…

Detrás del soldado de Acheron que portaba la extraña lanza, entraron media docena más. Sin mediar palabra cogieron a Yuri y a Jane, y se los llevaron. Nuestras protestas no sirvieron de nada, pues aquellos soldados no eran nuestros libertadores. Acheron no había venido hasta Argel a liberar a nadie. Yo lo sabía bien. Después de perder de vista a mis amigos, todavía pude oír las protestas de Jane, y lo que gritó antes de que él apareciera.

—¿Por qué lo haces? ¿Por qué? ¡PADRE! ¡¿POR QUÉ?!

Unos instantes después entró en la celda el Dr. Henry Blank. También llevaba ropas militares, con los mismos tonos y símbolos que los soldados, pero a diferencia de estos no vestía las mismas ropas de combate; tampoco aprecié que llevase arma alguna.

—Mi querido Jack —me dijo mientras se acercaba— cuanto me alegro de verle, viejo amigo.

«Viejo amigo» pensé. Si bien era cierto que consideraba al doctor mi amigo, en absoluto podría añadir el termino viejo amigo. Primero porque lo había conocido hacía apenas un año, sumado a la diferencia de edad que nos separaba, más bien diría que, para mí, era un mentor, y no un viejo amigo.

—No tiene por qué estar confuso, Jack. Ha hecho un buen trabajo… mejor de lo que esperaba.

Su mano acarició mi rostro.

—Dr. Henry, ¿qué hace usted aquí? ¿por qué Acheron…?

Antes de que pudiera acabar la pregunta, el doctor me agarro fuerte de los cabellos, obligándome a girar la cabeza y dejando mi cuello expuesto a la inyección que me administró. Intenté resistirme, revolviéndome contra el que se supone que era mi aliado, buscando la manera de romper mis ataduras para defenderme de ellos.

—¡¿Qué cojones está hacie…?!

No pude terminar la frase. Sentía, de repente, la boca pastosa e insensible. Lo que fuera que me había administrado del Dr. Henry ejerció su efecto sobre mi rápido. Mis ansias de luchar, mis ganas de liberarme y revelarme contra todos y todo desaparecieron, como lo hace la escarcha de la mañana ante un sol de justicia. Me sentía mareado. El estomago paso de gruñir por el hambre a convertirse en un plomo silencioso. Todavía podía percibir mi entorno, los sonidos, los olores, las formas y los colores… pero no tan nítidamente como antes. Era como ver a través de la superficie del agua, donde la imagen del fondo va y viene a voluntad, sin que puedas hacer nada para evitarlo. Cuando volví a mirar el rostro del doctor, este me devolvía la mirada, y sus ojos azul celeste refulgían con destellos caleidoscópicos. Todo comenzó a tener ese aspecto, cada línea, cada curva, en cada parábola y superficie. Todo refulgía con un halo que aparecía a un instante para desaparecer al siguiente, como las ondas del mar que lamen la orilla para, después, morir arrastrándose de vuelta a la madre de la que provienen.

Me habían drogado, pero no sé con qué. Estaba a la merced del Dr. Blank y de Acheron… pero ignoraba el porqué.

—Todas las preguntas tendrán respuestas, Jack. A su debido tiempo.

El doctor me sonreía. Sus hombres me liberaron de mis ataduras, y me ayudaron a caminar; para seguir al doctor. Mi voluntad estaba sometida de una forma que nunca antes había experimentado.

Yo era la marioneta y él quien manejaba los hilos.


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LordToldingale
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Las imágenes se sucedían ante mí en una caótica sucesión: a un instante veía cómo el Dr. Blank caminaba delante, con los soldados de Acheron rodeándonos, y al siguiente las paredes de la alcantarilla daban paso a la infinita campiña, con sus grises nieblas, sus brillantes estrellas… una ensoñación de irrealidad.

Sentía la boca pastosa, seca, como un desierto en el infierno. Lo que me administró el doctor ejercía su influencia en mí, sometiendo mis sentidos a una voluntad que iba más allá de mi entendimiento.

De repente, la luz del día me cegó con su ardiente bienvenida, que nada entendía sobre la misericordia. Cuando logré adaptarme, estaba de nuevo en Argel, sostenido por sombras negras; sus ojos eran una tríada roja de círculos sobre círculos que nunca se tocaban: la tríada carmesí.

—Vamos, Jack… —la voz del hombre sonaba lejana, como si procediera desde algún lugar distante—. Ven, y observa.

No sabía qué debía ver. Ya no sabía nada. El hombre allí de pie, con su portentosa figura, señalaba al cielo. Repitió las mismas palabras, pero con una voz profunda. Yo obedecí: el cielo rebosaba de fulgurantes orbes de fuego, que lo cruzaban sin cesar, dejando estelas llameantes a su paso.

—¿A caso no lo ve? —preguntó la voz del doctor.

El Dr. Blank señalaba una calle lateral. En ella, cientos de cuerpos se desperdigaban por el suelo: hombres adultos, jóvenes mujeres, ancianos desaliñados y niños descalzos dormitaban entre muchos otros. De su sueño emergía un extraño líquido, que brotaba de sus bocas y sus cuerpos, empapando la tierra poco a poco. Aquel fluido avanzaba, lento, sin dejar un misero fragmento sin dominar en su conquista terrenal. Casi nos alcanzaba, casi nos rozaba aquel extraño e inmaculado lago. Y entonces… ¡FUEGO! El fuego los comenzó a devorar, brotando sin cesar desde algún lugar más allá de mi visión. Las llamas los lamian, acariciando y besando sus cuerpos, fundiéndose con ellos. Volviéndose todos uno.

—Sigue mirando… —fue la orden de la voz extraña.

Mis ojos se clavaron sobre aquel macabro teatro. Observando. Esperando, sin saber a qué. Entonces, cuando sentía que mi visión se nublaban por el rutilante espectáculo que parecía no tener fin… aparecieron. Primero uno, en un rincón, como si no quisiera que nadie lo viera. Lo siguió otro, un tercero; cuando empecé a ser consciente de cuántos eran, ya había decenas. De la llameante masa surgían pequeñas figuras, que se retorcían en un siniestro baile. Emergían de los cuerpos, agitándose sin cesar, mientras las llamas los teñían de brillantes azules y verdes que no eran de este mundo. Los contemplé hipnotizado, intentando comprender…

—Tráiganlo —ordenó la voz del doctor.

Mientras me arrastraban detrás del Dr. Henry, yo seguía intentando entender qué eran aquellos seres vermiformes; intentaba comprender por qué ardían sobre una masa ennegrecida. Pero esos recuerdos son difusos, apenas un fino hilo dentro de la gran maraña que es mi memoria. En uno de esos retazos hay un hombre de barba cana arrodillado, su cabeza descansando en el pavimento sobre un charco de sangre; a su lado hay un joven, con sus mismos ojos celestes, pero en ellos no se muestra el frio vacío de la nada, tan sólo ardiente furia y odio visceral. En un instante, la cabeza del joven se precipita, cayendo en un vuelo picado contra el suelo; veo cómo rueda lejos del cuerpo, veo cómo desaparece para no volver jamás.

La noción del tiempo ya no significa nada. El espacio se expande y contrae a su voluntad. Un fogonazo, y la infinita campiña gris se extiende ante mí. Al siguiente, las calles arden rodeadas de negras sombras, cuyos rostros son la tríada carmesí. Una vaina que se retuerce, en cuyo interior habita un ángel caído. Lenguas de fuego, restallidos de relámpagos cegadores, cuerpos que se oscurecen hasta volverse cenizas, serpientes que se retuercen revestidas de zafiros y esmeraldas. El cielo arde, y los trozos caen sobre la grisácea campiña. Una figura que se gira: su rostro es el mío… y me mira.

—No estás solo, Jack. Nunca lo has estado.

Por aquel entonces no sabía que deparaban sus planes. Pero todos somos parte de él. No importar quiénes fuéramos… no importa una mierda.

Era el uno de mayo de mil novecientos veinte, y la Gran Guerra Mundial fue sólo un pequeño aperitivo del gran festín tiestiano a punto de comenzar. Se había iniciado la primera fase: Catábasis.


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Memorias del Dr. Henry Blank.

«¿Cuánto hay de real, y cuánto de ficción, en la historia que nos han legado? ¿Hasta dónde llega la verdad?» He tenido más de medio siglo para responder a estas preguntas, pero las respuestas, todavía, me eluden. Lo que si sé con total seguridad, es que Acheron ya era una pieza más de la Corporación Utani.

Utani… una bestia de la civilización cuyas pisadas se extienden largamente en el tiempo de la historia…

Los textos canónicos de los Católicos Apostólicos de Roma nos cuentan que Jesucristo, al que consideraban Hijo de Dios en la Tierra, realizó múltiples milagros. Obras imposibles ante los ojos de los mortales.

Una de ellas fue la resurrección de un hombre, Lázaro, el cual se relata así según San Juan: “Había un enfermo que se llamaba Lázaro, de Betania, en la aldea de María y de su hermana Marta… Entonces las hermanas le enviaron este recado (a Jesús): —Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo. Al oírlo, dijo Jesús: —Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios… Entonces Jesús les dijo (a sus seguidores) claramente: —Lázaro ha muerto... Y después de decir esto, gritó con voz fuerte: —¡Lázaro, sal afuera! Y el que estaba muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y con el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: —Desatadle y dejadle andar” Juan capítulo 11 versículo 32 al 45 (Juan: 11, 32-45). Esto, sólo es una parte de lo narrado en los Escritos.

Otro testimonio sobre un hombre, que después de muerto ha vuelto a la vida, es el referido al propio Jesús: los textos fundamentalistas de la Iglesia de Roma cuentan su resurrección, vaticinada por él mismo, al tercer día de su muerte… Pero, en esta ocasión, el hombre no retornó de la tumba caminado; simplemente su cuerpo desapareció, para más tarde aparecerse a los creyentes en forma de visiones. En una anotación hallada en los archivos del Vaticano aparece un nombre, en referencia a uno de estos visionarios, que vio a Jesús después de muerto: Utani.

Ya fuera por soberbia, o necesidad, aquellos que se denominaban siervos de Dios también dejaron escrito el comienzo de la especie humana. Donde hoy la ciencia nos dice que bajamos del árbol, siendo simios inferiores, para después alzarnos en la vastedad de las praderas como la especie dominante; ellos nos cuentan que Dios, después de forjar este mundo, creó a Adam, el hombre, a su imagen y semejanza, para, después, crear a la mujer, Eva, a partir de su costilla. Un Edén idílico, donde el dolor, la muerte, el miedo o la locura no tenía cabida. Pero también nos cuenta que, un día, la mujer encontró el pecado, y sin poder resistir la tentación, comió: y con su transgresión obtuvo conocimiento, ofreciéndoselo también a Adam, y ambos fueron expulsados del paraíso. Lo que no nos cuentan, pero nosotros sabemos, es que el pecado no fue la manzana sugerida por la serpiente, si no la carne de un Ángel Caído de los Cielos. Una delicia que los convirtió en algo más que simples seres de este mundo…

En otros textos, en concreto el Libro del Éxodo cristiano y la Torá judía, se describe cómo las diez plagas de Egipto fueron enviadas por el Dios hebreo, Yahvé, para someter a los gobernantes de Egipto a su voluntad, obligándolos a liberar a los esclavos hebreos para permitirles vagar libres. Según los textos, después de ignorar las advertencias de Moisés, y las de su hermano, Aarón, cayó el desastre sobre la tierra de los faraones: la primera plaga convirtió el agua en sangre, extendiendo su muerte a cada río, manantial y fuente; con la segunda, fueron asolados por una infinidad de sapos, ranas y demás batracios, que invadieron las casa de pobres y ricos con su pestilencia; la tercera trajo bastas hordas de piojos y mosquitos nacidos del polvo; a continuación, la cuarta, un ejército de moscas y tábanos se cebaron con el pueblo egipcio; la quinta supuso la muerte de todo el ganado, por mano de una virulenta enfermedad; la sexta se extendió en forma de ulceras y sarpullidos como la lepra; con la séptima, el cielo se cubrió de fuego, que caía a la tierra en cientos de fragmentos; con la octava, sopló un viento del este, que traía miles de murmullos de cientos de voces, enloqueciendo a los saltamontes y langostas, y tornándolos en plaga; la penúltima, y novena, fueron las tinieblas, una oscuridad tangible que cegaba e inmovilizaba a quien tocara, sin distinción; por último, con la décima, Dios pactó con el Ángel de la Muerte, que bajó a la Tierra para segar la vida de todos los primogénitos de Egipto, incluso la del hijo del faraón. En cada una de las diez plagas, fue el mismo cayado, en manos de Aarón o Moisés, el iniciador del desastre… y, en todas, el pueblo hebreo no fue tocado por la nefasta hecatombe…

Bajo el fango del mar Rojo es dónde descubrimos la verdad. Allí desenterramos las pruebas olvidadas de aquellos tiempos.

Por todo ello, me pregunto: «¿Cómo? ¿Cómo lo imposible es posible?». Estos acontecimientos son datados en una época donde la ciencia, la medicina y la tecnología apenas eran un suspiro de la que, hoy, reposa en nuestras manos.

La única respuesta lógica que hallo, es…: que ya estaban aquí…


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LordToldingale
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Memorias del Dr. Henry Blank; 15 de diciembre de 1910.

Hoy hemos recibido un informe de la división Glauber, una de las partes que conforman la Corporación Utani; la misma de la que es parte Acheron.

El informe en cuestión es en relación al organismo descubierto el 13 de noviembre de este mismo año, en la península de Kola, Rusia, en torno a la latitud 67.91, longitud 36.66 grados decimales. El organismo referido en el informe fue hallado bajo tierra, a una profundidad de unos cincuenta metros por debajo del permafrost. Su descubrimiento fue realizado durante una prospección por parte de la división Glauber, cuando sondeaban la zona en busca de pozos de petróleo y gas. El informe muestra que los datos obtenidos de los magnetómetros, complementados con métodos gravimétricos, indicaban que: un gran espacio debajo de la zona de estudio estaba ocupado por una masa ligera, no correspondiente con un extracto rocoso. En primera estancia fue catalogado como un abundante pozo petrolífero, a pesar de las extrañas lecturas obtenidas por los magnetómetros. Cuando comenzaron a perforar, y alcanzados los cincuenta metros de profundidad, del pozo no emergió el petróleo esperado: una vez retirada la gran perforadora, de la tierra manó un géiser de sangre bermellón. Varios trabajadores resultaron heridos, teniendo que ser atendidos in situ por quemaduras de primer y segundo grado al verse afectados por la sanguinolenta detonación. No se informa de bajas.

Diez días después del incidente, la división Glauber ya había establecido una base de operaciones en la zona, estableciendo un perímetro de unos cien kilómetros cuadrados alrededor de la sangrienta apertura. Los detalles técnicos del despliegue de tropas e infraestructuras evidencian que no era su primera vez; reflejaban que aquella división de la Corporación Utani, a pesar de su justificación inicial basada en la búsqueda de petróleo y gas, estaba preparada para un evento de esas características. Laboratorios de campaña, zonas de aislamiento y desinfección, transporte, armas, equipamiento de espeleología adaptado a altas temperaturas y un sinfín de razones más confirman mis sospechas. Acheron no es la única división de la Corporación Utani responsable de su localización y estudio... Esto hace que me pregunte: «¿Qué más se oculta detrás del opaco manto de Utani?».

El informe continúa describiendo las características del organismo descubierto bajo tierra. Se refieren a él como una gran masa de carne informe, donde los órganos se distribuyen sin ningún sentido u orden. Las dimensiones exactas no se especifican, pero se estima que ocupa un área equivalente a la perimetrada en la superficie por las fuerzas de la división Glauber. La temperatura en el interior, al menos en las zonas periféricas de la gran masa, ronda los treinta y siete grados Celsius, que aumenta gradualmente hacía el interior de la masa: esto permite establecer el eje centro-periferia del organismo. También se ha detectado cavidades huecas en el interior del ser, conformando, en algunos casos, grandes huecos, túneles y corredores, así como cavernas. El organismo se ha catalogado como un ser vivo con base de carbono; se desconoce como obtiene energía, si ingiere alimento o si tiene algún sistema de respiración, y si dispone de algún órgano equivalente a nuestro cerebro, sistema nervioso o aparato reproductor. Se debe destacar que: durante la exploración del interior del ser, se han identificado otros organismos de tamaño mucho menor, que alcanzaban dimensiones corporales entre las de un gato común, hasta las de un caballo robusto, y que parecen habitar en el interior de la gran masa de carne. Todavía se están identificando, recolectando y diseccionando estos seres asociados; no todos parecen tener cuerpos con base de carbono.

Los estudios del organismo, y lo seres que lo habitan, todavía continúan realizándose a la redacción de este informe. La división Glauber nos enviará muestras para estudiarlas, a la menor brevedad posible.

Al final del informe hay una nota. El nombre que han decidido darle al hallazgo; el mismo que está escrito en el apócrifo Libro de Henoc, el otorgado al primero de los siete arcángeles: el ángel del mundo, Regente del Sol y Luz de las Estrellas.

Lo han nombrado: Uriel, el Tercer Ángel Caído.

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Memorias del Dr. Henry Blank; 14 de febrero de 1911.

Nuestra base de operaciones, el transatlántico Acheron, había sido modificado pocas semanas después de que fuéramos absorbidos por Utani: su regaló fue una enorme esfera de hierro negro, de cinco metros de diámetro exactos. La función de ese elemento era, única y exclusivamente, la celebración de reuniones de la cúpula de la Corporación. A mí, como líder de la división Acheron, me correspondía una de las siete plazas.

La compuerta de la esfera se deslizó, dándome vía libre, y cerrándose a mi paso. La sala permanencia en una semioscuridad perpetua, que se extendía en todas direcciones hasta un límite indefinido; tan sólo la silueta de la puerta de entrada, marcada por la luz del exterior, y las luces arcoíris de los siete símbolos del suelo, quebraban la monotonía. Uno de aquellos símbolos era la tríada de Acheron. Caminé varios pasos hasta situarme sobre él. Los demás símbolos, todos dispuestos unos enfrente de los otros, correspondían a las restantes divisiones de la Corporación Utani: unos cinco en total; junto con el séptimo símbolo, que representaba el alma máter de la Corporación… los triángulos enlazados del Valknut, identificador de Utani.

Apenas unos pocos segundos después de situarme sobre el lugar que me correspondía, cinco figuras aparecieron sobre los símbolos; la única excepción fue, de nuevo, el círculo solitario a mi izquierda, el perteneciente a la división Moon. Los asistentes se veían como sombras negras, cuyos rasgos humanos eran perfilados en la oscuridad con líneas multicolores que abarcaban todo el espectro visible. Las proyecciones eran fidedignas recreaciones de los cuerpos que se hallaban sobre los símbolos, en las otras esferas negras, que podían encontrase a miles de kilómetros de mi localización. A pesar de sus diferencias, sus voces eran muy similares, distorsionadas por el mecanismo encargado de reproducirlas; las distorsionaba de tal modo que las hacía sonar extrañas y autoritarias. A pesar de ello, cada una conservaba pequeños rasgos de su propia identidad. En cambio… los ojos… eran todos iguales, sin diferir en lo más mínimo: una blanca e impoluta esclerótica coronada por iris multicolor, y en el centro el vacío sideral de una pupila que no reflejaba nada… Supongo que mi representación no era muy distinta.

—La división Moon no será partícipe de esta reunión —la voz pertenecía a Utani—. Los problemas para entablar comunicación persisten. Se han tomado medidas al respecto.

La figura que representaba a Utani era la más imponente de la tenebrosa sala.

—¿Cómo avanza el proyecto Atolón? —exigió saber la misma voz.

La figura encorvada sobre el símbolo de la división Glauber, una espiral dorada, fue la encargada de responder.

—Avanza según lo planeado. Hemos encontrado… —dejó que el silencio tensara el ambiente sólo lo justo— …dificultades; pero han sido resueltas. Estimamos un año para alcanzar el núcleo.

—¿Qué sabemos de la Unión? —volvió a preguntar Utani.

—El frente Siberiano corre peligro. —La voz que respondió fue la del líder de la división Viper, que estaba sobre el símbolo del sad smile—. Han conseguido acceder a la tecnología de los Antecesores. Han mejorado su armamento, rivalizando con nuestros Gears-E13. Pero al parecer no han conseguido dominar la nueva fuente de energía: sus máquinas de guerra parecen emplear algún tipo de refinado de diésel.

—De acuerdo… —fue la única respuesta por parte de Utani—. ¿Qué hay del proyecto Void?

La pregunta me cogió con la guardia baja.

—Hemos logar estabilizarlo— respondí—, y sus capacidades cognitivas son óptimas. Pero no hemos conseguido resolver el problema referente a los recuerdos. Al parecer, de algún modo, perduran en el genoma del sujeto. —Dejé que mis palabras hicieran su efecto—. La única solución viable es bloquearlos, una vez el sujeto alcance la madurez…

—¿Sigue en contacto con el Primero? —preguntó Utani.

—Si—. Fue mi respuesta.

—Continue con las pruebas—. Me ordenó.

Yo asentí. Guardé silencio mientras los demás asistentes de la reunión continuaban tratando temas menores de logística, los frentes abiertos en la Gran Guerra y demás cuestiones secundarias, mas no por ello imprescindibles.

Mis pensamientos divagaban aquí y allá, mientras los oía conversar: «¿Por qué esa fijación con el Primero? ¿Por qué lo habían escogido a él? Después de todo…» mis pensamientos fueron interrumpidos por la voz de Utani.

—Se da por finalizada la reunión. Vuelvan a sus deberes. Esta Guerra está lejos de terminar.

Los ojos de Utani se clavaron en los míos. Intenté controlarme, y evitar que el escalofrío que estremecía mi espalda dejase entrever mi debilidad. En un pestañeo, estaba solo en la oscuridad.

«¿Por qué tiene que ser él?» fue mi pensamiento mientras abandonaba la sala.


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NOTA INFORMATIVA:

La Corporación Utani. Una organización privada que brinda apoyo, a través de sus seis Divisiones, al bando de los Estados Occidentales Europeos y los Estados Unidos de Norteamérica en la Gran Guerra Mundial.

¿Qué aguarda más allá de su opaca sombra?

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NOTA INFORMATIVA:

La Unión. Una gran coalición de Estados, entre los que se incluye la extensa Siberia, Oriente Próximo, India, China, el Sudeste Asiático y Japón.

Uno de los mayores bandos en la Gran Guerra Mundial, que planta cara a los Estados Occidentales Europeos y a los Estados Unidos de Norteamérica, confrontando, sin saberlo, los intereses de la Corporación Utani.


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