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Goblinburgo. Ciudad de Goblins.

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LordToldingale
(@lordtoldingale)
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Imagina a un Ministro goblin mirando al cielo, con la bizca mirada fija en las estrellas, buscando entre ellas aquellas con más brilli-brilli, ansiando hallar la constelación de No Me Pises Lo Fregao… cuando de repente, sin avisar educadamente con un “all’á que voy´, tolai”, cae del cielo un justiciero encapuchado to’ de blanco y… ¡ZAS! Chancletazo en toda la cara. Ahora, aquel Ministro conocido como Leopoldo Muerdechapas, duerme la siesta eterna mientras sus restos descansan en la zanja para abonos garrapatiles.

Desde mi niñez en San Judas, siempre me ha gustado el corre-corre y dile-dile. Indagar, rebuscar, cuchichear, saber y largar a todos lo que sé forma parte de mi naturaleza. Acabar trabajando en la Gaceta de Goblinburgo era inevitable, del mismo modo que lo es la muerte del monarca en una sociedad chulísima y perfecta como la goblin. Pero tener al alcance de mis garras poder descubrir la identidad del mayor y más indiscreto justiciero encapuchado de la historia de Goblinburgo… no entraba en mis planes.

Todo comenzó después de la limpieza realizada en los bajos fondos. Un hecho habitual en una sociedad con tanto amor propio, donde todos se creen los mejores por encima de los demás; lo cual es cierto, puesto que no hay nadie mejor que yo. Pero lo llamativo del asunto era cómo había ocurrido, cocreta-mente en relación al par de sicarios y al ministro que aparecieron finiquitados al otro lado de la ciudad. Otro goblin cualquiera no vería relación alguna, teniendo en cuenta la distancia entre ambos hechos, pero yo no soy un goblin cualquiera. Mi olfato me decía que allí había enano encerrado, un tufo al que nadie se puede resistir.

Después de mucho insistir, preguntado a los vecinos de la zona, entrando en sus casas a revolverle los cajones, chupándoles el pavo asado guardado en la nevera y alguna que otra recogida de “pruebas”, descubrí que la reventada metida a aquellos tres fue obra del archiconocido Caballero Blanco de Goblinburgo. Debo añadir que las marcas de chancleta halladas por todo el cuerpo de los difuntos, incluso entre nalgas y rabadillas, también me hicieron sospechar desde un principio. Sólo él podría usar aquella mortífera arma justiciera.

Pero fue al regreso de mi amada cochiquera cuando todas mis sospechas fueron confirmadas…

Era ya de noche, y la tormenta rompía los cielos con fogonazos cual garrapato en celo. Yo procuraba resguardarme del viento y la lluvia, restregando lo mío por cada puerta y portalón del camino, al tiempo que agarraba con firmeza mi chuleta de notas de la investigación. Entonces lo vi. En lo alto del campanario, al lado de las horrendas gárgolas élficas cubiertas de cagarrutas. ¡Era el Caballero Blanco de Goblinburgo! Me miró. Yo le devolví la mirada consciente del peligro, pero como ya comenté, soy el más mejor goblin, así que la aguanté sin pestañear. Entonces él me señaló con su chancleta y aulló al cielo tormentoso “¡Qué mira’s, tolai!”. Entonces saltó desde lo alto y, mientras surcaba los vientos tempestivos de la noche, pude maravillarme con cada músculo, curva y lorza constreñida por el cuero blanco de su traje. La capa blanca al viento también lo realzaba a más no poder, todo a juego con las orejitas puntiagudas de su mascara de encapuchado. Cuando hizo pie en tierra, cual garrapato de bengala, lo hizo con una agilidad y gracia jamás vista por estos ojillos de metomentodo. Entonces se volvió a dirigir a mi: “¡Tú! ¡Negao’! ¿Qué mira’s? ¿A qué anda’s? Que me entere yo que mete’s el hocico ‘onde no debe’s. ¡Qué te vas a dar por enterao’!” Le sobró medio gesto de chancleta para que callera a sus pies, emborrachado por semejante portento de la naturaleza goblin. Mientras lamia el fango del suelo, sentí como aquel pedazo de adonis goblinés se me acercaba, paso a paso, con la chancleta haciendo silbar el aire. Una vez estuvo a medio palmo de mi oreja, con un susurro digno del más mejor justiciero, me dijo: “Tolai, no te cague’s encima tolai… esta chancletita mía pide carne, pero no será’ la de un humilde ciudadano de Goblinburgo. No… ¡La chancleta quiere la lorSSSa del joputa que intente joder Goblinburgo! ¡Yo soy la justicia!

No sé cuándo se fue. Ni cómo lo hizo. Solamente sé que me había mojado de muchas maneras aquella noche, y todas me gustaron. Nunca olvidaré sus palabras. ¡Me importa un rábano lo que publiquen los otros periodicuchos y los comunicados oficiales de los Ministros! ¡Poco importa si difaman a pedazo hercúleo goblin! Yo sé que él lucha por la justicia. ¡Yo sé que la chancleta traerá la única verdad a Goblinburgo!


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LordToldingale
(@lordtoldingale)
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“En Goblinburgo ha pasado algo maravilloso esta mañana. El Ministro de Agricultura y Ganadería, Mocho el Cachopo, a tenido la genial idea de llevar a los huerfanitos de San Judas al matadero de garrapatos. Allí pudieron vivir en primera persona como los garrapatos, una vez están bien gordos y cebados, se les mete el cuchillo para darles una nueva vida como chuletitas, pancetones, chistorras, costillares, chorizos, jamones, perniles, bistecs y todo tipo de deliciosa carne vegana garrapatil. Los pilluelos, encantados con la experiencia, pronto pillaron mano con las artes del matachín: metiendo cuchillo y sacando tripas. ¡Al final todos se dieron un gran banquete para celebrarlo! Esas habladurías de que lloraban ante tal crueldad, que si los ministros los hemos esclavizado para ahorrar costes y enriquecernos, o lo que nos parece más increíble aún, que planeemos, en un futuro no muy lejano, a proposición del Ministro de Agricultura y Ganadería, engordar a los pobres huerfanitos para comérnoslos… bueno, que decir como Ministro: ¡Nos parece horrible a la par que falso! Por desgracia el Ministro resbaló cuándo regresaba a su casa, palmándola. Pero el lado bueno de todo esto es que una vacante como Ministro de Agricultura y Ganadería está disponible para el goblin que la compre a golpe de soborno…, queremos decir, que se la merezca”

Fin del comunicado oficial de los Ministros.

Los huerfanitos, entre sollozos, eran llevados, al final de la sangrienta jornada, a un cobertizo al lado del matadero. Allí, a golpe de vara verde, eran apaleados y maltratados, para evitar que se escaparán. Por encima, y para colmo de males, una espantosa tormenta resquebrajaba los cielos. Con cada destello de relámpago y bramido de trueno, el ministro Moncho el Cachopo se regodeaba entre carcajadas con su provechosa idea…

¡Pero en Goblinburgo la Justicia había llegado para quedarse!

Recortado contra el cielo, embutido en su traje de cuero blanco, chancleta en mano, acechaba el más mejor justiciero que verán vuestros ojillos de goblin por nunca jamás de los jamases por los jamases que jamás habrá jamás. Su furia, incontenible, hacia vibrar cada chicha, nervio y músculo de su ser. En un ¡ZAS! ¡PAM! ¡CHIMPLÚN! Los guardaespaldas del Ministro fueron enchancletados, y bien apilados, donde el montón de mierda de garrapato pura raza goblinés. Y mientras Moncho el Cachopo se reía de la miseria de los suyos, despreciando a los goblins que debía cuidar y proteger… la ira enardecía al Caballero Blanco de Goblinburgo a ¡más no poder!

—¡Chist! Tú, tolai’. Te’ la pasa’s bien, ¡eh!

¡PAM! Chancletazo en un ojo.

—Gustas’ de abusa’r del goblin dé’bil.

¡ZASCA! Chancletazo en to’ el pecho.

—Pues te’ voy’ enseña’r yo ha abusa’r con esta chancleti’ta mi’a.

¡PIM! ¡PUM! ¡KATAPUM! La chancleta larga a todo trapo por un lado y por el otro, acertando en cogote, hocico y de pleno en todo lo gordo.

Ahora, desde la Gaceta de Goblinburgo, le contamos toda la verdad.

Dicen que los huerfanitos viven libres. Dicen que los garrapatos corren salvajes al lado de esos pillines por el campo y los montes, desde Goblinburgo hasta la capital de los elfos, y que las noches de luna llena todos aúllan por el celo al unísono. Dicen, y yo les digo que es verdad, que el Caballero Blanco de Goblinburgo nos vigila, chancleta en mano. Y pobre de aquel que intente joder Goblinburgo o a sus queridos habitantes.

¡Él es la Justicia!


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agente_naranja
(@agente_naranja)
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(Dedicado a los maestros @guetalon y @fasa_ape por sus ideas y aportaciones para la elaboración de esta historia)

Al contrario de lo que los asquerosos elfos, en su infinita envidia hacia la nación goblin, intentan hacer creer al mundo, la cultura goblin es rica tanto en artes como en ciencias. Especial atención merece lo que esos sucios elfos llaman, en la típica tontuna que tienen en la mollera, Artes escénicas, y que en Goblinburgo conocemos por su correcto nombre técnico: Hacerse el longuis pero cobrando mandanguita de por medio. De hecho, el arte ha sufrido tal meteórico desarrollo en nuestra nación, que ha logrado elevarse casi tan alto como la última prueba de la carrera espacial goblin, ¡bendita catapulta!

Las artes de Hacerse el longuis pero cobrando mandanguita de por medio surgieron inicialmente en Goblinburgo a través de los llamados goblins-mimos-y-cariños, que mediante imitación gestual, vestir trajes a rayas y ponerse en la cara maquillaje blanco, trataban de llamar la atención de los ciudadanos de Goblinburgo con sus mímicas; todo ello, por supuesto, con el noble propósito de facilitar la liberalización de la economía goblin: o lo que es lo mismo, liberar a los goblins despistados de sus monederos mediante un hábil corte de las bolsas de monedas que, a veces, también liberaba las tripas de los propietarios si el tajo no venía convenientemente medido. ¡Que no se diga que la nación goblin no valora y fomenta la libertad social, económica y visceral de sus ciudadanos! El caso es que este primer conato artístico no tuvo el efecto esperado ya que, en muchas ocasiones, cuando los goblins-mimos-y-cariños se quedaban momentáneamente inmóviles, tanto espectadores como compinches aprovechaban para molerlos a palos y despojarlos de todos sus bienes materiales e incluso espirituales.

Por todo ello, nuestro Ministro de Cultura, Festejos y Cosas que Hacen PIMBA, Borjamari Chuchurrío, decidió convocar un concurso para elegir y representar ante toda la nación goblin una obra de teatro digna de verse en los confines de Kadazra y más allá, que hiciera morirse de rabia rabiosa envidiosa a esos malditos elfos, y que además diera a conocer un pedazo de la rica, maravillosa e inigualable historia y mitología goblin. Tras muchas deliberaciones, cinco costillas rotas, tres orejas arrancadas a mordiscos y catorce puntapiés, el jurado eligió la leyenda de Iveco el Peasopegaso, la bestia mitológica con cuerpo de garrapato, alas de dragón y un cuerno bien afilao entre los dos ojos. Según cuenta la leyenda, Iveco el Peasopegaso es la indomable montura del dios Maglubiyet, la cual el héroe goblin Belarmino Pirulino consiguió dominar y llevó a la mismísima Gran Madriguera para alzarse como un igual entre los dioses. Spoiler: la jugadita no le salió nada bien.

El caso es que, para representar la obra fielmente (sin ensayos previos, que no somos elfos vacíos de mollera que necesitan repetir las cosas mil veces para que les salgan en condiciones, nosotros los goblins somos muy echaos p'alante y no nos asusta un público rabioso armado hasta los dientes de piedras, palos y dagas arrojadizas), nos vimos en la obligación de disfrazar a un garrapato ¡y no a uno cualquiera, sino a uno bien grandote y fiero! de Iveco el Peasopegaso, pero el joío garrapato estaba tope rabioso y no se dejaba poner el cuerno de cartón. Tras varios dedos arrancados de cuajo y algún que otro revolcón por los aires (chúpate esa, programa espacial), decidimos darle al garrapato un par de setas de esas de la risa para que se calmara, pero se ve que en los garrapatos el efecto es temporal, porque le duró la calma como cosa de tres suspiros, que son más o menos lo que tardó en llevarse por delante el telón, el escenario, tres ayudantes de maquillaje, la directora artística y a todos los actores de la obra. No obstante, este espectáculo de ponerle el cuerno al garrapato pareció ser del gusto del público, así que decidimos continuar la obra con el concurso de ponerle el cuerno al garrapato, para regocijo y mutilación de los asistentes.

Por desgracia, el garrapato estaba cada vez más rabioso y arremetió contra la grada donde nos encontrábamos todos los ministros y nuestro rey. Así que, para garantizar la estabilidad de la nación goblin, no nos quedó más remedio que desplegar el Escudo Real, es decir, usar al rey como barrera y parapetarnos detrás, con la esperanza de que el garrapato se entretuviera lo suficiente con nuestro monarca como para darnos tiempo a salir cagando lechugas del teatro. La jugada salió bien, bueno, salvo por el rey, que murió de manera totalmente natural, porque lo natural cuando un garrapato te mastica la mollera es que te mueras. Así que no nos quedó más remedio que coronar al garrapato como Garrapato Primero de Goblinburgo y Quinto del Fangal.

No obstante, este hecho ha resultado ser el suceso más dramático de la historia reciente de Goblinburgo, ya que el garrapato ahora, además de fiero, tiene síndrome de abstinencia de las setas de la risa, y no hay quien se le acerque para dar fin a su reinado. Mucho nos tememos que, por fin, se ha instaurado en Goblinburgo la primera monarquía estable y duradera de la historia de esta nuestra gran nación. Y así, sin quererlo, hemos incorporado el drama en el repertorio goblinburgués de las artes de Hacerse el longuis pero cobrando mandanguita de por medio.

Esta publicación ha sido modificada el hace 11 meses por agente_naranja

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Fasa_Ape
(@fasa_ape)
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¡Goblinburgueses todos!. Garrapato Primero de Goblinburgo y Quinto del Fangal..... ha muerto…..

Hoy, despedimos al mejor rey de la historia de Goblinburgo y el más mono.

Los ministros le cogimos mucho cariño, nos ganó a todos con su afable y cariñosa personalidad (aunque nos hizo perder más de un dedo),y se dejaba manipular con la misma alegría con la que se dejaba rascar la barriguita.

Echaremos de menos sacarle a pasear, azuzarselo a los elfos y echarle disidentes para comer.

¡Pero el amor mata!.

¡Mira que os lo dije!. Que un garrapato de su edad y peso, puede comerse dos elefantes y un orangután para desayunar, pero dos orangutanes es pasarse. Sobre todo si alguien se a dejado el mata ratas en la mesa.

Además, que el chocolate no le sentaba bien, y vosotros... ¡que si, ya veras que bien! y le tuvisteis que dar una tarta de triple chocolate selva negra con topping de virutas de chocolate negro y triple ración de sirope de chocolate.

Y que darle de beber solo grog goblin marca La Isla del Mono, tampoco fue buena idea, sobre todo cuando hablamos de un tonel entero cada media hora.

Por no hablar del colectivo de gañanes periféricos cosechadores de hongos de la risa. Sabiendo como le gustaban las setitas, le regalaron el excedente del año pasado.

¡Y mira que os lo dije! que tanta setita de golpe le van a sentar mal y además están caducadas.

Dicho esto. Yo no tengo la culpa de que mientras lo paseaba esta mañana, saliera corriendo y se cayera por un barranco.

Así que, saludemos al rey Garrulio... como se llame, ¡VIVA, VIVA! y todo eso....

¡Si es que no podemos tener cosas bonitas! ¡ESTARÉIS CONTENTOS!.

Esta publicación ha sido modificada el hace 11 meses 2 veces por Fasa_Ape

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guetalon
(@guetalon)
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Todos sabemos que esos apestosos elfos se las dan de muy chachi piruli y les gustan presumir de ser los grandes promotores de las artes, ciencias y deportes en Kadazra. Sin embargo, pocos saben que todo lo que esos asquerosos elfos tienen son malas copias de grandes eventos e inventos de la gran nación goblin.
 
Desde este periódico hoy queremos denunciar la última gran ignominia elfa: Las elfolimpiadas, burda copia de las antiquísimas y respetables goblimpiadas que se llevan celebrando en Goblinburgo desde los antiquísimos tiempos del rey Alfredo el Cateto y el héroe mítico Hercublin, el de las once pruebas porque pilló una buena oferta.
 
En honor a Hercublin las goblimpiadas constan de once pruebas atléticas mucho mejores que las de los copiones elfos: Tenemos carreras a lomos de garrapatos, combates a machete en el barro y lanzamiento de huerfanitos de San Judas.
 
La semana pasada tuvo lugar este importante evento en el gran estadio Goblin Arena, donde Falete Rompedientes triunfó con 7 coronas de hojas de nabo, siendo el indiscutible ganador al lanzar a su huerfanito tan lejos que se estampó contra las gradas reales, provocando la muerte por colapso de nuestro amado monarca y cuatro de sus ministros.
 
Finalmente, la clausura se convirtió en una hermosa ceremonia de coronación para Falete Rompedientes, nuevo rey de Goblinburgo y representante de élite del deporte goblimburgues.
Esta publicación ha sido modificada el hace 11 meses 2 veces por guetalon

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LordToldingale
(@lordtoldingale)
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Goblinburgo… larga es su leyenda… como largas son sus sombras… Tierra del guantazo libre, del sopapo gratuito y el mata monarca y aúlla al viento: “¡viva su nueva majestad!” Oh, sí… Bella es Goblinburgo, desde las mugres de sus pestilentes calles hasta la engalonante roña de sus pringosos habitantes.

Goblinburgo… mi dulce Goblinburgo…

Pero, donde habita la oscuridad y la violencia gratuita, también vive la luz y brillante justicia… al menos eso dicen los asquerosos elfos.

Yo, en mi necedad, siempre renegué de semejante bocachanclada. ¡Qué tan equivocado estaba! ¡Oh! ¡Ya creo que sí lo estaba, por la memoria del Garrapato Primero de Goblinburgo, y Quinto del Fangal! Yo, que me creía el más mejor goblin de los habidos y por haber; yo, que partí dientes y arranqué orejas desde los atrios ministeriales hasta los pachuchurris campos de nabos… ¡Oh! Yo, yo, y ¡mil veces yo! Que me creía el más espabilao’ goblin engendrao’ por el furtivo revolcón…

Durante mucho tiempo estuve ciego… pero ahora veo. ¡Sí! ¡Ojillos míos! ¡SÍ!

Lo veo a Él, lozano y jovial. Observo cada lorza ternesca realzada por su trajecito de cuero blanco aceitao’, su vibrar en cada firme movimiento, el retemblar en cada paliza justiciera. Admiró su gallardía, engalanada con una corona de orejillas puntiagudas y aderezada por un manto de inflexible corambre disecao’. Dulce son sus ágiles chancletazos, fugaces cual ardilla rabiosa, y demasiado breves para desgracia de mi deleite.

Pues yo me relamo de gozo y pasión ante semejante creación nacida del vicio de Goblinburgo.

¡Oh! ¡Qué frenesí me domina con tan sólo oler su tufada sudorosa! ¡Sentir el calor residual de sus nalgas al revolcarme donde ha estáo’ sentao’! Sí ¡Sí! ¡SÍ! ¡Por todos los Dioses e infiernos de la inmortal Kadazra! ¡Sííííí!

Oh… sí…

Yo sé. ¡Yo lo sé…! Él está to’ solo… Pero no por mucho tiempo…

Mi vida. Mi ser. Todo lo que tenga que venir y no volver. Yo lo seré para Él…

Pues al igual que toda moneda tiene dos cholas: donde Él es la Chancleta Justiciera, yo seré el Puchero del Caos…

Mi nombre es…: ¡TOLAI!


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LordToldingale
(@lordtoldingale)
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Caminaba presumiendo de mi nuevo trajecillo de reportero, hecho a base de viejos trozos de periódico, al tiempo que luchaba contra el fogoso vendaval y evitaba que me desnudara con su inclemente lascivia… cuando los vi. En un primer momento, debido a la necesidad de agarrarme la colgandera al paso de una enrabietada racha de viento, y taparme el ojal después de que un zalamerazo de aire refrescara mis nalgas, no los puede apreciar con claridad. Pero una vez había encajado to’ en su sitio, fui consciente de la maravilla.

Allí, recortados contra las ufanas luces de Goblinburgo, en una plazoleta medio abandona’ azotada por la furiosa ventisca, estaban ellos. Si… eran ellos… ¡Oh! ¡Por el gran Leviatán! ¡ERAN ELLOS!

En una de las esquinas, rebosante de brío y majestuosidad, forrado con su trajecito de cuero blanco, estaba el Caballero Blanco de Goblinburgo, adalid de la Única Justicia y portador de la mortífera Chancleta Justiciera. En frente, oponiéndose a él, vestido con un taparrabos hecho a base de verduras y legumbres atadas a un cordel, dejando entrever algún que otro nabo, se hallaba el poco conocido, pero no por ello menos terrible, señor de la Locura, Puchero del Caos, el que esgrime el Cucharón de las “Cosquillas”: se hallaba… ¡El Tolai!

Fue así como comenzó… mis queridos lectores… ¡La más grandiosa batalla que mis ojillos viciosos hallan visto nunca!

La primera estocada la lanzó el Caballero Blanco, largando su fina lengua en burlesco desafío, mediante la siguiente frase: —“¡Eh! ¡Tú! ¡Tolai! ¿A qué anda’s?”. El Puchero del Caos no se amilanó ante la bravata, ¡ya lo creo que no!, y rezongó al desafío, con mirada bizca, un: —“¿Eh? ¿Ah…?”. Las lorzas del Caballero temblaron con la ira, y sin esperar, volvió a largar: —“¿Me ta’s vacilando, tolai? De que va’ssss ¿Ta’s tonto o qué te pas’a? puñetero tolai…”. El Puchero, en toda su soberbia, remarcó su burla, al mismo tiempo que meneaba verduras, legumbres y nabo. Señalando su propia cara desconcertada con el Cucharón que portaba, repitió la vacilada: —“¡¿Eh?! ¡¿Tolai?! ¡TOLAAAIII!”.

Entonces, terminadas las pullitas justicieras e interrogantes chaladuras, ambos titanes se abalanzaron uno sobre otro, como tigre contra león. Los cielos restallaban con los fogonazos de relámpagos, y retumbaban los rugidos de los truenos. Antes de que la primera gotita tocara el suelo, la Chancleta cortó el aire, a una velocidad pasmosa, distorsionando a su paso el tiempo y el espacio, para acabar zumbando en toa’ la cara al mamarracho Tolai. Pero este, encajando el chancletazo como buen tarao’, devolvió el golpe, Cucharón en mano, y le machacó un huevo al Caballero Blanco.

¡PUM! ¡PIM! ¡KATABOOM!

Así estuvieron largo rato, quién sabe cuánto. Se zoscaron de lo lindo, con furia, odio y resquemor. Donde uno gritaba: —“¡Te revie’nto, tolai!”. El otro rechistaba: —“¡¿Eh?! ¡TOLAAAIII!”. Pero al final, como se suele decir, “con el roce, nace el cariño”, y aquellas dos portentosas bestias no estaban exentas de semejante ley universal.

Primero fue una ligera caricia tras las orejillas después de un collejón, le siguió un cariñoso resoplido al borde del cuello tras un buen hostión. Entre guantazos, un recatado besito; pasado el zambombazo, un viscoso lametón. Para cuando me quise dar cuenta, aquellos dos estaban “dale que te pego” como si no hubiera mañana. Ojalá pudiese describir con todo detalle lo que allí aconteció aquella noche… créanme… ¡Ojalá! Pero ante tal despliegue de pasión y ardiente sexualidad, uno, en ocasiones, no logra asimilar semejante prodigiosidad natural: en otras palabras, cuando los envarados sables brillaron en medio de la oscura noche, yo me fui pal’ suelo to’ desvaído, para acto seguido: pantalla en negro, y a dormir.

Demasiada sangre en la chola, supongo…

Cuando me desperté, achicharrado por los rayos del sol naciente, me encontraba tirao’ en medio de un lago de jugos y sudor, producto de los amoríos nocturnos. De aquellos dos adonis no había rastro, tan sólo la Chancleta Justiciera doblada en una esquina, el Cucharón de las “Cosquillas” retorció en otra, un montón de jirones de cuero blanco y dos o tres verduras a medio mordisquear.

Así pues, sin más que ver, me levanté y me fui. Caminé en dirección al agujero conocido como Gaceta de Goblinburgo, y me puse a escribir esto, el que es: mi testimonio.

Ignoro a dónde se habrán ido. Desconozco si algún día volverán. Pero sea cual sea su destino, sabed que fueron reales, tangibles cual diente de ministro arrancado de un palazo picao’ al ángulo muerto.

Sabed que lucharon, al igual que amaron. Sabed que serán recordados, por siempre jamás, como: Caballero y Tolai.

Esta publicación ha sido modificada el hace 11 meses por LordToldingale

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carlitos44
(@carlitos44)
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Super interesante!!


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Fasa_Ape
(@fasa_ape)
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Ah, Goblinburgo, un millón de almas, quinientos cincuenta mil bares, cero iglesias. Gloria y faro de la civilización, fuera de tus fronteras solo hay elfos y otras criaturas salvajes. Grande es tu gloria, sobre todo ahora que , tras nueve semanas y media, o lo que sea (yo no lo llevo contado) el reinado de terror del caballero blanco y el tolay ese, por fin ha terminado.

Todo gracias a la acción, o inacción (la inacción también es una acción) del mejor cuerpo de policía del mundo mundial ¡El de Goblinburgo!.

Llegado a este punto y aunque dicen que son una leyenda, porque nadie les ha visto, es justo que hoy hablemos del cuerpo de policía de Goblinburgo.
En la vida de todo pobre huerfanito de san Judas, llega el momento en el que ya no puede seguir llevando pantalones cortos (Principalmente, porque esos pantalones no son cortos, lo que pasa es que han crecido).

En esos gozosos días, conducimos amablemente (con un palo) a los pobres huerfanitos al campo de Garrapato ball, donde se les somete a duras pruebas físicas y de actitud. De esta forma se decide cuál será su lugar en nuestra perfecta y maravillosa sociedad.

Bueno en fin, como estaba diciendo, los pobres huerfanitos se someten a pruebas físicas y mentales.
Pruebas de habilidad, como: Atrapar el garrapato untado en aceite de freidora usado. Recolección de nabo freestyle. O diferenciar entre izquierda y derecha.

Pero, tal vez, la más importante de las pruebas es, la barra fija.

Ponemos una barra a dos metros del suelo y los candidatos deben agarrarse a la barra.

Los mediocres (el setenta por ciento) pasan de la barra y por eso terminan trabajando de ingenieros o enterradores.
Y luego está el veintinueve por ciento, esa elite que buscamos y necesitamos, los que serán nuestros defensores ante el crimen.

Esos héroes que se ponen bajo la barra, se escupen en las manos y empiezan a dar saltitos durante horas, intentando alcanzar la barra. Estos son nuestros futuros policías (o árbitros de garrapato ball, astronautas, o puede que incluso reyes).

Después de estas arduas pruebas. De entre estos candidatos "especiales" se selecciona solo a los más bestias, perdón, los que tienen el deseo de impartir justicia en la policía, y se les entrega una porra, un silbato y una gorra.

¿Dónde podéis encontrar a estos auténticos héroes de Goblinburgo?.

Pues a los que no se hayan ahogado intentando usar el silbato, probablemente les encontréis en un bar, recaudando impuestos en un callejón oscuro, o pidiendo limosna en una esquina.

Y por eso nuestro cuerpo de policía es el mejor del mundo, y la vida en Goblinburgo es tan perfecta y maravillosa.

¿Que?¿qué, qué pasa con ese uno por ciento que no he mencionado, los que supera todas las pruebas y además con nota, y que no solo no pasan de la barra, si no que encima logran agarrarla?.

Bueno, los mejores candidatos, siempre encuentran una forma creativa para alcanzar la barra, y son una minoría, muy minoritaria.

Estos, pasan a formar parte de la hermandad de los cuchillos largos, donde reciben entrenamiento altamente especializado en.....

Perdón, no quería decir eso, la hermandad no existe, si creéis haber oído mencionar la hermandad de los cuchillos largos, no ha sido así.

Tenéis que limpiaros los oídos o beber menos, repito, yo no he mencionado a la hermandad de los cuchillos largos, porque no existe, no me hagáis mandaros a un agente de la hermandad.


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LordToldingale
(@lordtoldingale)
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Sí, amiguis huerfanillos. Ante vosotros se halla un veterano enterrador goblinburgués. ¿A caso lo dudáis? ¿Pensáis que os estoy tangando? Pardiez, que necios sois, ¡por los mil nabos pelao’s del Barón de Sodoma! Pues sí, lo soy: enterrador acreditao’ por la Escuela Oficial de Enterradores que se Cagaron Encima Intentando Agarrar la Barra Durante las Pruebas para Policía de Goblinburgo en el Campo de Garrapato Ball Optando al Final por Pasar de la Barra y de To’.

¡A mucho orgullo lo digo! Y vosotros, huerfanillos queridos, también podréis algún día…

¡Eh! ¡Tú! ¡Sí! ¡TÚ! ¡Deja esa pala ahora mismo en su sitio! Todavía no te ha engordao’ el callo del cogote como para poder palear tierra con esa obra de arte. Pa’ eso tienes manos, negao’. Anda…, siéntate otra vez al carón de la lumbre con los demás, no vayas pillar un constipao’ y tengamos que improvisar una clase práctica.

Como iba diciendo… algún día podréis ser también enterradores, como este pedazo goblin que tenéis ante vosotros. ¡Fijaros que lorcillas, mirad que pechotes musculao’s! Todo criao’ a golpe de tocino, y torneao’ a base de palear tierra. Y digan lo que digan, el oficio de enterrador es la más noble pretensión a la que pueda aspirar un goblin.

¿Que por qué? ¡Muy buena pregunta! Pues verás, carapollo: en primer lugar, un enterrador de Goblinburgo es una máquina perfecta de arrear mamporros y reventar joputas, mazao’ a más no poder gracias a cavar tumbas, rellenarlas de goblin muerto para, acto seguido, volver a palear tierra sobre el finao’ chuchurrimi. Lo cual me lleva a la segunda razón, todo enterrador de Goblinburgo está más que preparao’ para afrontar la muerte, lo cual es lógico, debido al tiempo que nos tiramos con los cadáveres de aquí pa’ ya’, sea goblin o sea cualquier otro mamarracho; excepto elfos, esos no los tocamos, no vaya ser que nos contagien alguna venérea… los muy marranos. Tercero, y más importante, un buen enterrador goblin siempre va a todos lao’s con su pala; que hay que ir a por pan al comedor municipal, ¡pala al hombro!, que hay que votar al nuevo ministro y saltarle los dientes, ¡pala al hombro!, que una fornida y preciosa goblin te tira los trastos y quiere andar de amoríos, ¡pala al hombro, y a palear!, pues como se suele decir: “quien la saca sólo pa’ enseñar, no es ni medio tolai”. Por último, el Gremio de Enterradores de Goblinburgo es el más poderoso de los poderosos de entre todos los poderosos poderes habidos y por haber.

¿Por qué? Pues muy sencillo, pequeño pillín: cuando algún otro flipao’ cuestiona nuestra autoridad, siempre le soltamos el mismo amenazante discursillo: «los enterradores cavamos vuestras tumbas, paleamos vuestras tierras, estamos armados con las palas que os robamos, os vigilamos de noche mientras dormís, de día mientras defecáis y orináis, lamemos vuestra comida cuando no miráis, mordisqueamos las sobras de vuestra basura antes que nadie, sabemos dónde os escondéis, cuantos años tenéis, olfateamos el tiempo de vida que os queda, restregamos to’ lo gordo por vuestras lápidas, practicamos danzas macabras sobre vuestras tumbas, vemos como se pudren vuestros cadáveres, que siempre están al alcance de nuestro gozo y voluntad, y, sobre todo, no estamos sometidos por las cadenas de la dignidad…».

¿Por qué me miráis así? ¡¿A qué vienen esas caritas de horror?! ¡No seáis críos! Pensad, mis queridos huerfanillos, que vosotros también podéis ser enterradores acreditao’s, con todas las maravillas y placeres que ello conlleva.

Lo único que tenéis que hacer, es pasar de la barra… y dejar que naturaleza siga su curso…

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LordToldingale
(@lordtoldingale)
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En el día de hoy, mis pequeños huerfanillos, yo seré quien os coaccione… quiero decir, explique, las maravillas y noblezas del fantasioso arte del fontanero goblinburges. Pues de los muchos oficios que obran sus artes y chapuzas por la ilustrada Goblinburgo, el fontanero es, sin lugar a dudas, el más capaz de los capaces, incomparable e insustituible, el único digno de ser reconocido como: el más mejor noble artesano chapucero de to’ Goblinburgo.

El porqué es sencillo, mis pillines. Ningún otro artesano tiene la capacidad, ni la entereza moral, para solventar aquello que nuestro gremio denomina: «pedazo troncho de mierda ha taponaó el caño». Sí, sí, sí… Solo un verdadero fontanero goblinburgues puede desatascar semejante… regalo del hedonismo. ¿Y esas caras de asco y repugnancia? ¿acaso las sobras rancias del desayuno estaban en mal estado? Venga, venga, no me seáis blandengues.

Como os iba diciendo, el fontanero es irremplazable, pues de él dependen todos y cada uno de los habitantes de Goblinburgo. Por ejemplo: se necesita hacer que el agua potable llegue a los ministros y las residuales a los barrios obreros, pa’ eso está el fontanero; se precisa mandar a alguien a limpiar las cañerías, caños y alcantarillados, pa’ mandar a alguien está el fontanero; que las fuentes y las piscinas se han puesto toa’s verdes y huelen a orines, el fontanero tira de pócima mágica y arreglao’; que la grifería de oro de los ministros se ha llenao’ de roña, va el fontanero, la arranca y se la lleva, y ¡santas pascuas! Y así, una tras otra, las averías y desgracias más nefastas de nuestra hermosa ciudad son arregladas, con tino y esmero.

¿Queréis saber qué es lo mejor de to’? ¿Incluso mejor que la fama y la gloria que nuestro bendito oficio conlleva? Pues acercaros, os lo susurraré al oído para que solo vosotros lo sepáis.

«Cuando zanjamos toa’s las chapuzas, y las aguas fluyen de nuevo, agarramos un cartón viejo, garabateamos cuatro o cinco tolaidas, y a bajo de to’, donde pone Total, escribimos una cantidad bien gorda pa’ forrarnos con to’ lo que deseamos como buenos goblins».

¡Veis! ¡Os lo dije! ¡El más mejor noble artesano chapucero de to’ Goblinburgo siempre es el fontanero!

¡Y el que se apunte a la Escuela Oficial de Fontaneros de Goblinburgo antes de que termine la semana, le enseñaremos a robar cobre gratis!


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agente_naranja
(@agente_naranja)
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Oh, Goblinburgo, gloriosa entre todas las ciudades. Oh, Goblinburgo, envidia de toda Kadazra (y sobre todo de esos malditos elfos ¡que se chinchen y pudran de envidia!). Todos los caminos conducen a Goblinburgo.

Aunque, siendo puristas, también es justo decir que no todo caminante sabe que se dirige hacia nuestra hermosa ciudad. Ese logro lo tienen los miembros de la cuadrilla del Ministerio de Obras Públicas y Otras Cosas de Apilar, que se han dedicado a visitar cada encrucijada de cada sendero, camino y carretera, y han cambiado los hitos de las principales ciudades y capitales para que, en vez de señalar las direcciones correctas, traigan a los caminantes despistados hacia acá.

Los malditos elfos, en su infinita envidia, dicen que lo hacemos para sembrar el caos y fomentar el pillaje. ¡Malditos difamadores! Lo hacemos con el único interés de fomentar el estado del bienestar y el comercio: cuando la víctima, perdón, el visitante, está ya casi a las puertas de nuestra amada ciudad, le recibe una comitiva del Ministerio de Comercio (que normalmente está escondida entre los arbustos para no estropear la sorpresa) para iniciar el intercambio de bienes y servicios, a saber: los miembros de la comitiva le prestan el servicio de abrirle la cabeza con cualquier objeto contundente o cortante que tengan a mano, y a cambio el visitante abona el servicio con todas las posesiones materiales brillantes que lleve encima y sean del agrado del comité de bienvenida, incluyendo, entre otros,  monedas, joyas, armas, llaveros, vasos, dientes, ojos y uñas. Este florecimiento del comercio está teniendo consecuencias muy positivas en la economía goblin, ya que los ministros nos cobramos el preceptivo impuesto al comercio ¡no podría aceptarse que no sacáramos nada de todo esto!

Después, y si al visitante aún le quedan cosas brillantes por repartir, se le hacen unos remiendos en la Casa de Socorro y se le cobra el importe de la asistencia sanitaria (que se ingresa íntegro en las arcas de los ministros, perdón, de la ciudad), lo cual también está siendo muy positivo para el sistema sanitario de Goblinburgo: los estudiantes de Medicina y Enfermería hacen sus prácticas gratis, y en caso de no supervivencia del paciente, que suele ser lo normal, los estudiantes de la rama de Medicina Forense tienen material nuevo con el que practicar.

Finalmente, y con independencia de si el visitante sobrevivió a la asistencia sanitaria o si fue pasto de los carniceros forenses en prácticas, los restos son reciclados en los comederos de los garrapatos, porque en Goblinburgo, además de comprometidos con el comercio y la sanidad, también lo estamos con el medio ambiente: todo se recicla y nada se desperdicia.

Y además así evitamos que se corra la voz entre los viajeros y fomentamos que se mantenga vivo el sistema.

Oh, qué perfecto es nuestro estado del bienestar, qué sostenible es nuestra economía, y qué hermosa es nuestra Goblinburgo, la más mejor ciudad de todo el mundo mundial.

Esta publicación ha sido modificada el hace 9 meses por agente_naranja

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