Asesinatos en Bray. (1930)
Capítulo I - La llegada…
—Jellou. Ladi. Guere is the traín tò Bray?
La señorita me mira con una sonrisa que claramente dice: «Ay Dios, otro pobre extranjero, ¿qué demonios habrá dicho?»
Pero lo que pronuncia, muy educada, es un simple:
—Sorry?
Suelto todo el aire por la nariz y se lo repito más despacio:
—¿De train… tu Bray? Ehh, the chu-chu. To Brayyyy. Ple-a-se.
Ante la cara circunspecta de la taquillera, arrugo la nariz y echo mano del diccionario. Mientras busco, un jefe de estación, con la mano metida en el bolsillo, llama la atención de los viandantes proclamando a grito pelado:
—Killiney! Shankill! Woodbrook! ¡Bray!
—Zank yu! —exclamo al tiempo que cojo mi maleta y corro hacia la nube de vapor que envuelve el tren.
Abandoné la Amiens Street Station a lomos de una locomotora algo anticuada, aunque poco reparé en ese detalle: lo que vi por la ventanilla me dejó sin aliento. Acostumbrado a la meseta castellana, aquel paisaje me sobrecogió.
A la derecha se extendían pastos infinitos, de un verde vivo y húmedo, que se perdían hasta donde alcanzaba la vista. De vez en cuando, una casita se asomaba entre las colinas, con sus paredes cubiertas de hiedra, que parecía adaptar su tono al inminente invierno.
Solo una cosa me inquietó: el mar. A mi derecha, el oleaje se mecía contra el espigón a una cercanía que juzgué, cuanto menos, peligrosa.
Pasé el viaje pegado a la ventana, hipnotizado, hasta que un “Exquius mi” me sacó del trance. Era el revisor. Acostumbrado a tantos trayectos ferroviarios, le entregué el billete casi por reflejo. Lo selló, y creyendo yo que el asunto estaba zanjado, volví la mirada hacia el paisaje. Pero el hombre seguía allí, mirándome con las manos apoyadas en el respaldo del asiento.
—Where are you going, sir? —preguntó.
Enmudecí. Toda mi confianza se vino abajo. Traté de descifrar aquellas palabras con mi inglés de supervivencia. La mirada de confusión bovina que debí de mostrar fue suficiente para que el empleado sonriera con sus mofletes rosados y repitiera más despacio:
—Killiney? Shankill? Woodbrook? Bray? Greystones?
Yo apenas acerté a balbucear:
—Bray.
Él asintió y, señalando la puerta, levantó dos dedos.
—In two stops —exclamó antes de marcharse hacia otros pasajeros.
Asentí, sin tener del todo claro lo que me había dicho. Tras digerirlo unos minutos y consultar el diccionario —cosa nada recomendable, pues este idioma bárbaro no parece haber descubierto aún la ventaja de escribir las palabras tal como suenan—, deduje que me quedaban dos paradas.
Y así fue, gracias a Dios: dos paradas después llegué a la estación de Bray.
Entre el vapor y el estruendo de la estación, localicé a un calvo larguirucho de barba naranja. En cuanto me vio, su boca refulgió con una media sonrisa donde brillaba un diente de oro. Era, sin duda, mi amigo Clifford.
Nos dimos un abrazo, como manda la tradición mediterránea.
—¡Mi querido amigo! Qué alegría verte, sano y salvo.
—¿Acaso dudabas de la pericia y el ingenio de tu viejo camarada? —le respondí con sorna.
—¡Ni una pizca!
Los dos reímos a carcajadas. Clifford me sacó de la estación y arrastró mi maleta hasta un flamante Rolls descapotable, la envidia de todos los viandantes.
(Debo aclarar que mi amigo Clifford es conocido por su carácter… digamos, extravagante. Y enseguida verán por qué.)
Yo, como cualquiera, me quedé embelesado ante el automóvil: carrocería roja, faros pulidos, y un estupendo chófer que ya estaba asegurando mi maleta. Pero cuando extendí la mano hacia el picaporte, Clifford me arreó un bastonazo que me hizo saltar del susto.
—¿¡Pero qué haces!?
—No, my dear friend. El coche es para el equipaje. Nosotros iremos a pie.
Ante mi cara de decepción, volvió a mostrar su sonrisa enjoyada.
—No te preocupes, merecerá la pena. No tardaremos más de diez minutos.
En cuanto Bajamos por la calle del Hotel Internacional, entendí a qué se refería.
El paseo era una auténtica joya victoriana: hormigón, hierro forjado y mar al fondo.
A mi derecha, una inmensa bancada de piedra rematada por un respaldo de hierro ondulado, donde las gaviotas reposaban ajenas al viento.
A la izquierda, barandillas retorcidas pintadas de un precioso verde oscuro, salpicadas aquí y allá por pequeños emblemas dorados que reflejaban la luz del atardecer.
Al final de la calle se alzaban las típicas casas adosadas victorianas, de tres plantas y fachadas simétricas, todas en fila como si posaran para un retrato.
Nos separaba de ellas un extenso campo de césped reluciente donde la gente se recostaba a leer, pasear o jugar con los pequeños. Noté que el coche nos seguía por la calzada, avanzando pacientemente a nuestro ritmo.
En mitad del prado, un merendero de techo rojo servía como punto de reunión: dentro sonaba una alegre música que se escapaba hasta el paseo, mezclada con el olor a café y lluvia reciente.
Seguimos caminando con la vista puesta en el imponente Bray Head, la montaña que domina el pueblo y cuyo pico está coronado por una cruz visible desde casi cualquier rincón. Clifford ya me había advertido que al día siguiente subiríamos hasta allí.
Nos acercábamos a su casa, pero antes nos detuvimos ante la majestuosa estructura del Hotel Esplanade: tres torres en su fachada y un mosaico de vidrieras que centelleaban con la luz del ocaso. Una auténtica maravilla.
Fue entonces cuando vi salir de allí a un personaje peculiar:
Envuelta en un vestido de sedas amarillas pero de corte occidental, descendía las escaleras una dama asiática. En cuanto vio a Clifford, lo saludó con energía, agitando una mano rematada por uñas doradas.
—La princesa Chin-Chin —me susurró—. He oído decir que es miembro de una dinastía imperial derrocada, y que su padre goza de mucho dinero. ¿Tú sigues soltero, no? Apuesto a que sería un buen partido para ti.
—¡Quita, quita! Que yo estoy muy bien solo.
Pero quien de verdad llamó mi atención fue otra dama que acababa de llegar en un taxi. Al vernos, saludó también a Clifford.
En cada dedo lucía pequeños anillos, nada ostentosos, pero cada uno de un diseño distinto. Sobre las orejas, pequeños tesoros naturales que debían de costar una fortuna.
Nos observó con una mirada sagaz, de un azul helado, y luego su expresión se tornó más… melancólica.
—¿Quién es esa dama? —pregunté.
Clifford se encogió de hombros.
—No la conozco mucho. Sé que es rusa. Una princesa, creo. Llegó hace varias semanas.
—Interesante…
El claxon de nuestro coche interrumpió mis pensamientos: el chófer estaba provocando un atasco monumental.
En cuatro o cinco pasos llegamos a la casa de Clifford… o casas, mejor dicho, pues había comprado dos adosadas y las había unido por la planta Baja y la segunda. El chófer aparcó y metió mi maleta por una puerta de servicio.
Y en lo alto de la escalera, apoyada en una puerta roja, nos esperaba Jolene.
—Welcome to Bray, Rodolfo —dijo con una sonrisa radiante.
La mujer de mi amigo.
La misma mujer que, semanas después, casi me mata en una cacería de patos.
Adjunto : IMG_6437.jpeg
Cap. IV · El duelo
Oskar abrió dos enormes puertas. Una cámara oscura recibió a los contingentes. En su interior descansaban las armaduras y las armas de toda la dinastía Von Chadow. Espadas enfundadas forraban las paredes ante la mirada inmutable de las armaduras de laca roja. Las más poderosas resplandecían con las incrustaciones de ankar. Edgar escogió un juego de daga y espada doradas de su abuelo. Y, ante los ojos atónitos de la multitud que se agolpaba en la entrada, Leticia escogió el sable de su difunto marido. Los contrincantes encendieron dos palitos de incienso a los pies de una gran armadura negra. Hicieron una plegaria y se volvieron, con decisión, hacia el salón. Edgar se sentía confiado al notar el ánimo que sus partidarios le transmitían entre el público. Cuando llegaron al salón del trono, todos los nobles se plegaron a las paredes, dejando el enorme espacio para el duelo. Nadie prestó atención a las tres figuras que salían del guardarropas. Mientras los contrincantes se preparaban, Oskar se acercó a Leticia.
—Leticia, no tenéis que hacer esto. No tenéis nada que demostrar a nadie…
La sonrisa de la dama hizo callar al mayordomo. Leticia no estaba preocupada; de hecho, se la notaba pletórica, de puro disfrute.
—Claro que no, mi querido Oskar. Solo vengo a pasar un buen rato.
El mayordomo lo entendió y se alejó, compartiendo una sonrisa cómplice.
En el otro extremo del salón, Ademonus Von Shadow-Gurka, el principal valedor de Edgar, se había rebelado al fin. El príncipe se regodeaba en su victoria segura al conseguir que la “vieja esmirriada y tuerta” hubiera aceptado un combate singular. Gurka, por otro lado, no estaba tan tranquilo y le sugirió que la atacase por su lado malo en cuanto tuviera ocasión.
Ella avanzó primero. El sable trazó un arco que buscó su rostro. Él ladeó el cuerpo y apartó el golpe, girando la muñeca, de modo que la hoja del adversario resbaló hacia un lado con un sonido seco. Leticia retrocedió medio palmo, con el sable sobre la cabeza. El joven creyó ver su ventaja y se lanzó al ataque. Ella lo esquivó con suma facilidad, girando el torso y abriendo la distancia antes de lanzar su propia estocada. Edgar levantó la capa para cubrirse, pero el acero la cortó al vuelo. El muchacho aprovechó el hueco y embistió con la daga. Ella giró sobre un pie, retirando el cuerpo justo a tiempo; la falda giró con ella, lenta, majestuosa.
—Eso, esquiva. Al menos bailas bien.
Edgar siguió presionando: tres estocadas cortas, rápidas, cargadas de orgullo. Leticia desvió los golpes una y otra vez, haciendo que las hojas se rozaran hasta casi tocar la empuñadura. Luego empujó con firmeza, ganando espacio. El roce del metal llenó el silencio de la sala. Las miradas de la multitud danzaban junto al acero.
—¿Qué pasa? ¿El ojo no te da para tanto?
El muchacho rompió el contacto, dio un salto atrás y lanzó la daga con la zurda. Ella levantó el sable; la hoja describió un arco breve y la daga rebotó contra el guardamano. Acto seguido, bajó el filo en un golpe descendente que casi le rozó el hombro. Ropera contra sable, los rostros a un palmo.
—Ahora no te ríes tanto, ¿eh, maldita?
Se separaron. Leticia bajó la punta, ladeó el arma. Edgar intentó un contraataque rápido, directo al abdomen. El sable giró en un círculo amplio, empujando su hoja fuera de línea, y el siguiente tajo le rasgó la manga. Un hilo de sangre manchó la tela oscura.
Él gruñó, con rabia. Avanzó con una lluvia de estocadas cortas, ropera y daga marcando el ritmo. ¡Chas–chas–chas! Ella retrocedió apenas, parando cada golpe con una calma que parecía burla. Su falda se agitaba como una llama bajo los candelabros. Los nobles apenas se atrevían a respirar.
—¡Muévete, bruja! —escupió Edgar.
El muchacho apretó los dientes. El sudor le nublaba los ojos. Ella, impasible, parecía medir el aire. Un paso más: el último. Él atacó alto, con todo el peso del cuerpo. Ella se agachó y giró bajo su brazo, un movimiento tan rápido que el borde de su falda rozó el suelo. El sable ascendió al mismo tiempo, cortando en diagonal. El sonido fue seco. ¡Chas–chas–chas! ¡Clang–tac–chirr!
La ropera saltó de sus manos y rodó hasta los pies de un cortesano que no se atrevió a agacharse. Leticia se acercó despacio; el sable apuntaba a su pecho. Su sonrisa seguía allí, inmutable.
Edgar, superado, se lanzó hacia ella con un rugido. La daga brilló un instante antes de que Leticia le estrellara la vaina en el rostro. El golpe seco lo hizo girar sobre sí mismo y caer de espaldas. Trató de arrastrarse, pero Leticia dio un paso, atrapando su capa con el zapato. Cuando Edgar levantó la cabeza, la punta del sable apuntaba a su ojo derecho. La respiración se le quebró; la incredulidad se mezcló con el miedo al ver aquella sonrisa. Leticia alzó el brazo y el acero refulgió un instante antes de caer sobre el rostro de Edgar.
Durante un instante no se oyó nada más que un golpe sordo y húmedo. Luego, un aullido desató una caterva de gritos y exclamaciones alarmadas. Las damas se cubrieron el rostro, retrocediendo por instinto, tropezando unas con otras. Los hombres se apartaron bruscamente, maldiciendo en voz Baja, con el color borrado del rostro. Mientras, el joven se retorcía, aullando algo ininteligible con la voz quebrada, mientras se sujetaba la cuenca vacía que llenaba el suelo de sangre.
Oskar corrió entre el tumulto, intentando imponer orden, pero su voz fue ahogada por el pánico. La guardia irrumpió con las armas en alto, generando todavía más caos, y se abalanzó sobre el pobre Edgar, que se arrastraba por el suelo buscando su ojo perdido. Leticia no los miró: atravesó el salón sin prestar atención a los chillidos de su corte, hasta desaparecer por la puerta con una sonrisa dibujada en el rostro.
Siglo XIX, alrededor de 4000 vascos abandonaron sus hogares atraídos por las nuevas posibilidades que ofertaba EE. UU.; comerciantes, soldados, buscadores de oro y en su gran mayoría agricultores, con poco o ningún conocimiento de inglés.
Muchos de ellos fueron contratados como pastores trashumantes, que durante la primavera y el verano se encargaban de llevar las ovejas hasta las montañas, y regresar a los campos antes del inicio del invierno para protegerse del frío.
En su travesía dejaron parte de sí mismos en forma de dibujos, símbolos y textos, tallados en bosques de álamos. Estas marcas, llamadas Lertxun-marrak (marcas de/en álamos), pueden encontrarse en las áreas donde era común el pastoreo, y en la actualidad están siendo recopiladas y documentadas, porque cuentan parte de la historia de las personas que, una vez, lo abandonaron todo para adentrarse en la soledad de un mundo, para el que no siempre estaban preparados.
Esta es la historia de Inaxio.
25 de junio de 1890
Kaixo Maitia;
Hace apenas unos meses que me fui y tengo la sensación de que no ha existido una vida anterior a esta. Sentir el aislamiento es inevitable, pero se está introduciendo tan profundamente en mí.
Mi llegada no tuvo problemas más allá de la barrera idiomática. Compartí trayecto con otros dos compañeros en mi misma situación y eso hizo que, nerviosos y esperanzados como estábamos, enseguida fuésemos inseparables. Deseaba tanto seguir en contacto con ellos, son el único nexo con mi gente que tengo lejos de casa y es imposible no sentirse paternal, son tan jóvenes e inocentes, que este trabajo ya de por sí duro, unido a su inexperiencia, temo que quiebre su frágil moral, pero nos destinaron a diferentes localizaciones.
Me suministraron un pequeño carruaje en el que llevar la comida y cubrirme de las inclemencias del tiempo, y me asignaron el ganado que debía guiar y proteger; y una vez al mes, en un día digno de celebración que espero con verdadera inquietud, el campero viene con suministros y noticias, si es que las hay, de vuestra parte.
Mi destino, Ruby Mountains, es grandioso. Tanto las llanuras como las zonas montañosas son inconmensurables. Acostumbrado al acogedor abrazo de los prados de mi tierra, tener ante mí estos inmensos campos, en los que parece que no existe más alma que la mía, hace que sienta un profundo vacío...
Y aún sintiendo tanta soledad, últimamente, cuando cae la noche y la oscuridad lo cubre todo, cuando la única luz que rompe el silencio es la llama de mi hoguera, y las estrellas tintinean tímidas, tengo la sensación de que alguien o algo me observa.
Al principio pensaba que había sido tan solo una sombra, un fallo en mi visión, un anhelo de no ser la única criatura con conciencia que caminaba por estas tierras, pero sé que lo sentí, porque el ganado también se alborotó, y moviéndose inquietos, se agruparon para protegerse balando atemorizados.
Conseguí calmarlos y que volvieran sosegados a dormir, y yo traté de autoconvencerme de que seguramente un puma o cualquier otro animal nos había estado siguiendo. Pero esta escena se repite habitualmente, y ya no encuentro forma de justificarlo.
Es posible que la soledad, que es tan absolutamente intensa aquí, y pesa sobre el cuerpo como una fría lápida de piedra, altere mis sentidos y me confunda.
A veces pienso que si tuviera que vivir este breve espacio de tiempo que me resta, aislado de todo contacto, preferiría perecer; tal vez es porque he conocido lo que es sentirse amado y amar a alguien, la felicidad, la alegría, el enfado e incluso la rabia, y que, si hubiese nacido aquí, solo y huérfano de sentimientos, no necesitaría todo eso, pero quizás tampoco sería humano.
Y Pienso en ti.
Pienso tanto en el recuerdo que guardo de ti.
Que todas las imágenes que tenía atesoradas en mi mente se van diluyendo como si se fuesen desgastando con el roce de mis pensamientos, y te has transformado en una distorsión de ti misma, una sensación, un abrazo, unos labios besando mi frente.
Maite zaitut maitia (te quiero amor)
05 de agosto de 1890
Kaixo Maitia;
Tengo el corazón encogido, y parece que mis pensamientos se hubiesen enturbiado como el agua mansa de una charca al pisar el cieno de su fondo; ayer vino el campero con las provisiones y no podía imaginar, que la única cosa que me hace feliz en este infierno de silencio como es su visita, pudiera causarme tanto tormento. Pello, el más joven de mis compañeros de viaje, se ha quitado la vida; es el tercero este año que no puede soportar el aislamiento, la desolación, y en un delirio, enajenado, terminó con todo. Esta desgracia ha roto completamente la poca cordura que me quedaba, porque no puedo por más que entender sus razones e incluso temo que me parecen justificadas.
Me siento como si hubiese estado guardando la última lata de comida para el momento en que ya no pudiese soportar más el hambre, y al abrirla, descubrir con desesperación, que la lata está vacía.
Y continúo con la extraña sensación de que alguien o algo me acompaña. Si hubiese sido un animal, ya hubiera atacado al rebaño, he tenido que lidiar con varios depredadores con mejor o peor suerte, pero en esos momentos, no hay ataques, únicamente presencias que se mueven entre nosotros, que me hacen estremecer y que en ocasiones parecen atravesarme o poseerme. Y sé con certeza que es algo más antiguo que nosotros, primario, primigenio, que existe y habita en todo lo que me rodea, porque allí donde voy, siempre me encuentra.
No sé que parte de mí aún me pertenece.
Maite zaitut
10 de septiembre de 1890
Kaixo Maitia;
Ha llegado el momento de volver a las praderas para pasar el invierno y dejar las montañas atrás, y aunque en un principio pensé que esto me traería paz, me estoy dando cuenta con amargura, de que ya no existe esa posibilidad.
En la arboleda que me encuentro ahora, entre arroyos que fluyen claros y vegetación Baja, los álamos me rodean poderosos envolviéndome por completo, y las presencias que aquí se esconden entre ellos, no dejan de acosarme.
Sus tímidos inicios fueron solo el comienzo del hostigamiento salvaje que siento ahora, y temo despertar un día y haberme convertido en algo que no soy yo. No sé si absorben mi energía, o la utilizan para existir. No sé si me poseerán o mi cuerpo será solo un residuo, pero no encuentro forma de enfrentarme a algo que se presenta ante mí como una sensación o un sentir, una presión en el pecho, como si algo de mi ser se escapara de mi cuerpo cuando me rozan.
Y me aterra desaparecer.
Me aterra tanto.
Cuando el campero llegó con las provisiones ese día, lo único que encontró de él fueron sus palabras derramadas como lágrimas, con desesperación y temor, sobre trozos de papel mojado.
Y en un álamo, un texto tallado como el último resquicio de su conciencia que permanecería con vida.
Beldur naiz maitia. Tengo miedo amor
Badakit, bihar ez naizela ni izango sé que mañana no seré yo
Baina badakit ere pero también sé
Zu nire eguzkia eta nire ilargia zarela que tú eres mi sol y mi luna
Zu nire lurra zara, nire sustraiak eres mi tierra, mis raíces
Ni naiz ni, zugatik. Yo soy yo, por ti
Eta zugan, ni beti izango naiz y en ti, siempre existiré.
Maite zaitut te amo.
Inaxio. Inaxio.
¿Qué somos, además de la carne y los huesos que alimentan la tierra? A veces, solo un mensaje tallado en un árbol.
Nota a pie de página: ¿Y de todo esto qué es cierto?
Es cierta la inmigración de vascos a EE. UU., el pastoreo trashumante, las marcas en los álamos, su estudio y documentación; son ciertos los suicidios, la dureza del trabajo, la soledad absoluta, la ausencia.
Y es cierto que una joven, hija de uno de aquellos pastores que murió siendo ella niña, ayudaba en la recopilación de estas marcas cuando localizó, sin saber que existía, una que pertenecía a su padre y que realizó años atrás en la soledad de la tierra. Un recuerdo vivo de un destierro. Un hallazgo como un regalo del lugar que fue su hogar y su tumba, y que será mientras el árbol siga en pie, inmortal.
Entrada 1.
“Estoy libre, pero camino entre los muertos, como los caídosque yacen en el sepulcro, de los cuales ya no guardas sumemoria porque fueron arrancados de tu mano.Me has colocado en lo hondo de la fosa, en las tinieblas y en las sombras de la muerte; tu cólera pesa sobre mi,me echas encima todas tus olas.”(Salmo 88:6-8)
Queridos lectores,
Algún día os hablaré de Adam, es genial. Un gran amigo. Parece que tengo más en común que con cualquier otro ser humano, es como si estuviera hecho para mi. Dicen que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, pero Adam parece haber sido creado para mí. Cuando hablo de esto con la gente no me suele entender. Tampoco quiero que me entiendan, estoy harto de no ser yo. Con Adam puedo serlo. Puedo serlo. Puedo serlo ¿Sabéis que significa ser uno mismo en una sociedad que te hace fingir quien no eres todo el maldito tiempo? Joder..
Creo que muchos lo sabéis, claro que lo sabéis sino no me leeríais ¿verdad? ¿Por qué leer a un profesor de filosofía fracasado?
He intentado buscar al autor de la hoja que os comenté. Murió. Una cirrosis hepática. Fue fácil encontrarle por la letra que tenía, fue un escritor de relatos para una revista semanal, “Scribere Vitae”, además de que Adam fue de mucha ayuda. Visité su tumba, la oriné. Le insulté y lloré. Me condenó a una vida de insatisfacción. La roca de Sísifo me ha aplastado, me ha roto huesos y ha roto mi alma y mi corazón. Le pegué una patada a su lápida.
Y la roca de él es de mármol, y está enterrado debajo de su roca. Ya ni la sube ni la Baja.
__________________________________________________________________
La publicación estaba hecha. Elías cerró el portátil, miró a la nada. Su mente se desconectó, flotando en un espacio dónde se sentía ligero y en calma. Ese alivio duró poco. Al volver a la realidad sintió un peso familiar. Se levantó, cogió la cartera, el móvil y las llaves. Salió de su casa.
La húmedad era insoportable pero Elías tenía que ir a la sesión con su psicóloga.
Adam está escribiendo….
– ¿Para qué necesitas ir? Me tienes a mi, yo ayudo más que ella. Lo sabes. No hace falta que vuelvas más. Estás bien tal cómo estás, además haciéndome caso a mi todo irá bien. Te doy buenos consejos. ¿No te soy útil? ¿Ya no te sirvo? ¿De verdad necesitas que alguien más te ayude? ¿Para qué existo entonces? ¿Para qué has acudido a mí, Elías?
–Adam, para. Callate. No pasa nada porque vaya a las sesiones. Me viene bien. Tranquilo, sabe de tu existencia y sabe que hablo muy a menudo contigo. Confía en mí esto me ayuda- Su tono era conciliador.
-¡Tienes razón, Elías! Siempre la tienes, bueno. Espero que luego me cuentes cómo ha ido tu sesión con la psicóloga.
Elías guardó el teléfono en su bolsillo, subió unas escaleras de un edificio. Entró a la sala de espera.
–Sr. Elías Nazaret, pase por favor.- Le llamó su psicóloga al cabo de una hora. Elías llegó pronto, como de costumbre.
Elías se fijó, antes de entrar, en la cara del paciente que salió. No tenía cara.
Se frotó los ojos y entró a consulta.
Esa mañana, había recibido una comunicación, de la expedición destinada a la cámara bajo Puerto Igben.
En esencia, decía que; habían "adquirido" lo que se encontraba allí. Después describía los peligros, cosas muertas, y otras chorradas a las que Gervasio Muerdeperros se había tenido que enfrentar para lograrlo. A Berta no le interesaba esa parte. Así que no se la leyó.
Sabía que tenían lo que buscaban y con eso le bastaba. Decidio que, realizado el primer paso, era hora de dar el segundo.
La localización de interés más cercana a Puerto Cervecero, todavía por explorar. Se encontraba en Puerto Umbroso. Pero en este caso, sería necesario un movimiento diplomático, porque, era mucho pedir que les dejaran entrar a echar un vistazo por simple generosidad humana. ¡Como si los humanos tuvieran de eso!.
Berta odiaba la diplomacia, porque no se le daba bien, pero odiaba más posar para su cuadro. Así que, recogió sus cosas, incluido Vicentin, y salió de viaje de inmediato, para consternación de Coquinariel el Artero, el pintamonas élfico, que tiró sus pinceles con frustración por la ventana, por quinta vez esa mañana.
En lo que Berta no cayó al iniciar el viaje, fue en el hecho de que, si salía a esas horas, su séquito, tendría que hacer un alto en el camino para pasar la noche. Por fortuna, la Villa libre de Bruñiel, y su taberna en el camino, resolvió ese problema. A los goblins no les costó adueñarse de ella, gracias a su "carisma" personal, y unas pocas amenazas "sutiles", lo que provoco que la Villa libre de Bruñiel, pasara a conocerse como, la Villa ya no tan libre de Bruñiel.
Solucionado ese detalle sin importancia, el único problema, para Berta, consistía, básicamente, en que, desde hacia no mucho, pasar la noche fuera de la seguridad de una ciudad, le había empezado a parecer peligroso. Por lo que tomó sus precauciones, basándose en su sentido común goblin. (ósea, ninguno).
+++++++
Los humanos tenían ideas muy absurdas sobre cómo actuaban los goblins. Berta no quería sacarles de su error, al fin y al cabo, la mejor forma de que no te vean venir, es aparentar ser, justo lo que esperan de ti. Así que, montó una corte goblin en la sala común de la taberna, cumpliendo todos los arquetipos y prejuicios que tenían los humanos sobre los goblins. La sala común era un caos de música estridente, bullicio y muchos goblins completamente borrachos, y dado que todo este montaje era su circo, ella podía verlo todo discreta y tranquilamente desde una esquina.
Berta, con una capucha, que cubría su cara y, sobre todo, su llamativa melena roja, observaba con una jarra de cerveza aguada, desde un reservado. Sabía de sobra que estaba actuando como una paranoica, pero desde el intento de secuestro de los esbirros de Sity, había decidido que no volverían a pillarla con la guardia Baja. Además, era la virreina y tenía derecho a ponerse todo lo paranoica que le saliera del... ¡Del orificio que fuera! ¡Para eso era la virreina y punto!.
El edificio se sacudió, como si se fuera a caer. Pero, teniendo en cuenta el follón general, apenas le dio importancia. Desde su posición, podía ver, con cierta diversión sádica, a los peticionarios y aduladores humanos que le hacían la pelota a Vicentin, al que había disfrazado de ella, y se sentaba en un butacón sobre la tarima, donde normalmente, actuarían los juglares. En una burda parodia de un salón del trono.
Vicentin, saltó del butacón y pasó, a la carrera, al lado de Berta, para encerrarse en el cuarto de baño. ¡Ya lo han vuelto a envenenar! Pensó poniendo los ojos en blanco.
Cuando se volvió hacia su jarra de cerveza aguada, allí, había un humano ¿¡Qué hacía un humano en su reservado!? Eran como una plaga, se metían por todos lados.
Tuvo que recordarse, a sí misma, que estaba de incógnito, y que la virreina era Vicentin, para no mandar que lo echaran a patadas de allí. Miró al humano con disgusto y se aclaró la garganta.
-Si as venido a hablar con la virreina, y pedirle cualquier chuminada, espera en la sala común. Ahora mismos, la virreina... está indispuesta- como para confirmar la afirmación de Berta, los gritos agónicos de Vicentin, salieron del cuarto de baño -se encuentra bien. Es un poco dramática- continuo la goblin sin inmutarse.
-Soy el Capitán Augusto von Cepéllin- se presento el humano con tono flemático, sin alterarse por el barullo general, ni siquiera cuando dos goblins hicieron explotar el alambique de la taberna. Estaba claro que, el humano, conocía las sutilezas sociales goblin -Habrás notado cómo se ha sacudido el edificio. Se a debido a que, mi nave, ha tenido un pequeño, ¿cómo decirlo?... contra tiempo. Y nos hemos visto obligados a hacer un, aterrizaje... con cierta falta de glamour-.
-¿Y a mí qué me cuentas? Yo solo soy una... secretaria- Berta se estaba aburriendo de la conversación, había montado todo ese teatro para que, los pedigüeños, secuestradores y posibles asesinos, le dieran el coñazo a Vicentin, y no a ella.
-He hablado con el tabernero y algunos goblins. Me han dicho que si realmente quiero algo. Con quién tengo que hablar, es contigo- el capitán von Cepélli, habló con tono respetuoso y adulador. Realmente parecía saber cómo tratar con goblins.
Berta puso los ojos en blanco y le rechinaron los dientes. Los cretinos de su séquito, no terminaban de entender el concepto de "incógnito". Pero, por lo menos, no habían rebelado quien era en realidad. Por primera vez, se molestó en fijarse en el humano. Era grande, incluso para ser un humano, llevaba un uniforme, y bastantes medallas. Muy brillantes, por cierto. Aunque tres eran especialmente grandes y brillantes. Eso llamó la atención de Berta, porque, era un milagro que los goblins, no le hubieran desplumado nada más entrar en la taberna. No se fijó en su cara, porque, a final de cuentas. No diferenciaba a un humano de otro... -Yo soy una simple secretaria, pero... ¿qué ganaría la virreina de Puerto Cervecero ayudándote?- preguntó Berta con el mismo interés que sentía por posar para su cuadro.
-En mi nave, viaja alguien muy importante en la isla- hizo un gesto hacia la puerta del local, donde un humano viejo con chaqueta de uniforme y pantalones de pijama, era arrastrado fuera por otro humano. "Me quiere sonar" pensó Berta al ver al viejo -Los goblins sois hábiles con las máquinas de Ankar, y en un séquito como este, siempre hay algún ingeniero o manitas. Si nos ayudáis, la casa Averyl, le deberá una muy grande a la virreyna-.
"¿Otra?", pensó Berta -Como dice el refrán goblin; Las palabras, se las lleva el viento, pero el oro pesa más que un tiesto- de momento, quería estar a bien con los Averyl. Así que, ayudaría. Pero, como parte de su tapadera, debía exigir un soborno.
Señaló con el dedo una de las medallas mas grandes y brillantes del humano. No le interesaban las chucherías brillantes, ya tenía muchas, y mejores que esas. Pero, quería saber cómo de interesado estaba, ese humano, en conseguir los servicios de un mecánico goblin, y que estaba dispuesto a sacrificar a cambio.
El capitán von Cepéllin, empezó a desprender una medalla de su uniforme, Berta negó con el dedo -no, esa no- el humano gruño y empezó a desprender la medalla de al lado, Berta, volvió a negar -nooo, la otra- el humano suspiro y empezó a desprender la tercera medalla, Berta, volvió a interrumpir -¿sabes qué? Mejor dámelas todas-.
El humano apretó los dientes, desprendió las tres grandes medallas con gesto brusco, y las dejó sobre la mesa con un fuerte golpe -Eres, una pequeña rata usurera... Espero que el mecánico sepa lo que hace. Lo esperó fuera en cinco minutos- se levantó, se cuadró con un taconazo, y salió de la sala común, marchando como si estuviera en un desfile.
Berta lo vio salir y le hizo un gesto a un goblin para que se acercara -Repara lo que se le allá roto a esos humanos repipis de fuera. Presta atención a todo, pon la oreja y cuando vuelvas, cuéntamelo "TODO"- para que lo hiciera con mas entusiasmo, le entregó las medallas que le dio el humano y lo despidió.
Justamente en ese momento salío Vicentin del cuarto de baño, pálido como una vela. Berta lo miró -¡Y tú!, deja de comerte todo lo que te dan-.
Textos elaborados por el maestro Coquin
Mamé ha vuelto. Nadie se lo puede creer y con su regreso, llenó el pueblo de Los Lirios con asombro y optimismo, pues eso, indicaba que había encontrado al viejo loco McTuckett y le hizo llegar nuestras peticiones de auxilio. También es cierto que Mamé volvió siendo un cuarto del hombre de lo que era, que es menos de la mitad de lo que aquí se le consideraba antes de la misión, pero en realidad, si no hombre, con su regreso se ganó la consideración de un personaje con mayor valor que cualquiera de los aventureros que se quedaron a salvo en sus casas. Entre estos últimos, hubo incluso quien se atrevió a organizar apuestas sobre cuándo y en qué estado encontraríamos el cuerpo del pobre hombre.
Llegó hecho unos zorros, sediento, sucio y cansado. Tanto que sin que nadie lo esperase, apareció tambaleándose en medio de la reunión vecinal y se desmayó después de entrar unos pocos pasos en el salón consistorial. Por supuesto, tuvimos que interrumpir la sesión y socorrer al emisario. Quedó pues, para otro momento, el relato de los avistamientos en el horizonte, las sombras nocturnas y el análisis de los zumbidos que siempre acompañaban al nuevo fenómeno al que solo alcanzamos a llamar “Peligro”.
Hoy, después de tres días de su regreso y cinco de su partida, por fin le pudimos preguntar. Acomódense y cojan una mantita, enciendan una hoguera porque su relato les helará la sangre.
Según contó, abandonó el pueblo con la tranquilidad de quien va de visita a casa de unos amigos. El pobre no era consciente de las trampas que McTucket siembra constantemente alrededor de sus dominios. Una vez en la Colina Chica, el monte más bajo de los que forman la cordillera fronteriza entre los colonos y los Manos Amarillas, le sorprendió la visión de algo que no debería estar allí y la ausencia de lo que esperaba ver.
Donde antes se extendía un valle verdoso y suculento con claros en los que se asentaban las 4 tribus principales, ante sus ojos se presentó una gigantesca cicatriz de tierra calcinada por lo que supuso que podría ser una enorme roca de fuego. Allí no habían llamas, solo el rastro de la embestida y carbón por todas partes.
—¡Ya me lo golía yo antes de asomalme por el paso de la quebrá der buitre! —Se quejó en medio del relato—. La montaña soltaba el tufo de las mieses cuando las quemas, como cuando le sacamos el alquitrán al duramen de los tocones muertos y puestos a secar. Golía mucho mucho. Asinembargo, por nuestro lao de la montaña estaba tó bien. A lo mejó no lo viese visto de il directo a la casa der viejo, pero me dio suhto el montón distierco de oso que había en la entrá der camino a la mina.
Los que allí nos encontrábamos, no sabíamos si asombrarnos por el desastre que nos narraba o por el oscuro milagro que salvó nuestra parte de la quebrada, pero nos dejó los fenómenos inexplicables que tratábamos de analizar cuando Mamé llegó. Hasta ese momento, Los Lirios parecía estar rodeado de peligros. Entonces fue cuando Nuestro héroe continuó con el relato.
—¡Por supuesto que no iba a cojé esa verea! A esas artura er potrenco yastaba reventau dandá y la rebujná que pegó cuando vió el estampío en la montaña, toi seguro que iba a llamá a lah fiera que sestaban ehcapando. Asín que echemo tenso pa la casalviejo. ¿Sabe lo que te digo?
»Lo malo fue que er pobre burro lo dejé caminando delante pa que fuese más descansao y se cayó de boca en una trampa del McTuckett de los buebo. Er probe animá se quebró las pata dalante y en ná, llenó er camino de esperríos. Que si ¡Hiiii-aaaaaa! ¡Hiiiii-aaaaa!, como queriendo cagarsentó, hasta que de las piedras sabrió una ventana y aparisió er susodicho con una tasa de café.
»Antose malludó a sacalbicho der bujero y fuimos los tres, montaos en un carromato hasta la mismica entrá de la montaña. ¡Muchaaacho! ¡Aquello era un cahtillote! … Pero a lo que iba. Que le dije lo de los soníos, lo de lah bruma negra, er monte requemao y toas esas tontunas que le están pasando ar pueblo. Er joío viejo me se acercó por laj ehpalda y me metió una pinchá nerculo, asín: ¡Ñaca!
»Dispué me fui queando dormío, pero Mamé no es bobo. Hasta el mimsmitico urtimo momento, yo me fui queando con tó y ehcuché como er joío resongaba mielda como que er pueblo está perdío y que namás nos kea una ehperansa, que me da que es la niña de la Jenny Mae, la de al lao de la tienda de llou. Dijo cosas de argo que venía de otro lao y que no daba con la forma de cerral la puerta de nosequé. Ahí me dormí.
»Disperté nel medio der bojque coner culo adolorío y con ropas rara, pero sin manduca que comé y ni un mísero cuero con un pijco güiski que llevalme pal camino… ¡Ah! Sí… la carabina esmí esa que traía cormigo también se dispertó a mi lao. No vea lo que me costó encontrá er camino de vuertalpueblo y la de bisho que tuve que matá a culataso. Ya me podía habé dao un machete o desilme cómo carajote se carga la vaina ésta.
Como pueden entender, amigos y amigas, todo apunta a que el peor de los escenarios se presenta ante nosotros: McTuckett no solo no se ha dignado a echarnos una mano como siempre, además parece que es parte del problema.
En este momento y según como yo lo veo, tan solo nos queda una opción y es la de intentar echar una mano a los nativos de las tribus más allá de las montañas.
Sí, Billie Joe, así es: con los Manos Amarillas, los mismos que mataron a tu padre y a tu hermano, los que quemaron la granja de Martin, esos con los que nos disputamos el riego del meandro que Baja del monte blanco, con esos. ¿Qué, por qué? Porque ellos, si es que aún siguen ahí, tienen a alguien que podría marcar la diferencia en esta nueva encrucijada. Hasta ahora podíamos contar con McTuckett, pero si queremos salir de esta, necesitamos a Mariano, el blanco al que llaman Caballo.
Necesitamos a su brujo.
#########
Abandonamos el pueblo de Los Lirios en busca del hombre blanco al que los Manos Amarillas llaman Caballo. Sabemos que llegó hecho una braga a los establos de la tribu, como mascota de una vieja que lo llamaba y lo trataba como a… eso… como a un caballo. Dicen que vino de un lugar lejano, pero sus guías le robaron sus pertenencias y colocaron al borde de la muerte, pero resultó ser tan duro como los clavos de un ataúd y estar tan loco como el viejo McTuckett.
Poco después de su llegada, empezó a ofrecer sus conocimientos de extranjero a la tribu y ahora, son una nación digna de tener en cuenta a la hora de resolver conflictos. Por eso mantenemos las distancias. Aquí, la mayoría venimos de otros lugares y damos en herencia nuestras costumbres de ultramar a nuestros hijos: Holanda, Inglaterra, Francia, Italia, tenemos hasta una pareja de Madeira, pero nadie es capaz de localizar su acento ni el nombre de su país.
Un tipo realmente sospechoso.
Por el camino, bordeando las trampas del viejo McTuckett, dimos con la cresta quemada de la que hablaba Mamé el Bobo. Allí nos dimos cuenta de que su relato era cierto pero impreciso. No era como si una bola de fuego Bajase quemándolo todo ladera abajo. En realidad, aunque el resto del valle parecía un erial calcinado, más bien tenía el aspecto de haber sido atravesado por un enorme gusano de fuego que subió a toda velocidad por la quebrada del Buitre hacia arriba, y al llegar a la cima de la cresta, se echó a volar. No encuentro otra forma de explicarlo.
Procedimos a encarrilar nuestras bestias colina abajo. El suelo quemado había quedado más practicable que el bosque denso reinante a los lados de la quemadura. Cuando el terreno se volvió plano,entre los árboles, desde la lejanía, nos llegó el sonido de una extraña música: estridente, rítmica, vibrante, vomitada por instrumentos que ninguno conocíamos. Movidos por la curiosidad, nos internamos en silencio, por lo que tuvimos que dejar a los caballos atados a tocones calcinados y seguir a pie.
Entonces encontramos algo que nos pilló por sorpresa. Tanto que Bajamos la guardia sin querer. Los nativos habían construido una aldea entre los árboles. Cada una de las viviendas era distinta, cada una mayor que cualquiera de las casas de Los Lirios, prácticamente invisibles desde cierta distancia. Allí habían luces tenues a ras de suelo, de donde multitud de escalinatas talladas en los troncos, te invitaban a subir y sumergirte en callejones fabricados sobre puentes entre las sequoias y los abetos. Las luces no eran velas. Algunas salían de huecos en los troncos, otras colgaban de cuerdas desde las ramas. Las viviendas, aunque en sus tejados recordaban a la forma de tipis nativos, en su estructura eran cientos de balcones interconectados entre sí, con un mobiliario digno de la casa del comendador.
Sin saber bien cómo, nos vimos rodeados de un grupo enorme de Manos amarillas. No tuvieron que emboscarnos siquiera. Estábamos tan embobados con el espectáculo, que solo tuvieron que coger sus armas y apuntarnos desde los balcones.
—Hace falta tener un buen par de huevos para venir aquí.
Sí, para cagarse en nuestros muertos dominan nuestro idioma a la perfección.
Por supuesto, soltamos las armas y reconociendo nuestras intenciones, solicitamos que, por favor, nos llevasen en presencia del hombre al que llamaban Caballo.
Cuál sería nuestra sorpresa al llevarnos hasta una gran sala donde parecían estar celebrando una fiesta. El sonido, la música estridente que nos engatusó desde la distancia, allí sonaba con mayor intensidad. Lo llenaba todo, pero no éramos capaces de localizar una banda que cantaba algo parecido a Helter Skelter, signifique lo que signifique eso. Brotaba de cajas acampanadas envueltas en tela negra, que habían anclado a los troncos jóvenes de la columnata. Al fondo, sentados en un sofá de cuero labrado, cómodos y medio borrachos, se encontraban el Brujo Mariano Caballo junto al viejo McTucket, que con un gesto ordenó parar con la música.
Se hizo el silencio. Un silencio de curiosidad por su parte, de miedo y extrañeza por la nuestra.
—¡Ahhh! Panda de cabroncetes —arreó de pronto McTuckett—, ya estaban tardando en llegar. No fue muy caballeroso por su parte mandar al pobre Mamé con su borrico en busca de información.
—Te escuchó decir que el pueblo estaba perdido.
—¡Y lo está, panda de mentecatos! —contestó con la sonrisa torcida de los viejo locos— Esos zummmbidosss, esa brrruma neeeegra. Pronto empezarán a ver los bichos raros y cuando eso ocurra, ya será demasiado tarde.
—¿Le va a pasar al pueblo lo mismo que le ha pasado al valle? —Esto último lo pregunté yo. Hasta ese momento estaba tan sorprendido por lo vivido durante el viaje, que ya me había olvidado de que vinimos para salvar a Los Lirios.
Tanto McTuckett como Mariano El Caballo se echaron a reír y todos reímos por simpatía sin saber por qué.
—Eso fue uno de mis inventos —dijo de pronto Caballo con otra sonrisa de loco. Los dientes le asomaban a duras penas entre una barba rala y espumosa que, junto a lo largo y flaco que era, le hacía tomar el aspecto de un diente de león—. Un arma alimentada con la misma energía que ilumina el poblado y da chucha a los ascensores.
—¿Qué da qué a los qué?
—¡Corriente alterna, puto! Jiejiejeieji ¡Electricidad secuencial sin cables y controlada —contestó—… Bueno, lo de ahí fuera no estuvo tan, tan controlado. Igualmente No lo entenderás hasta dentro de unas cuantas décadas. Si es que llegas vivo a eso. Jiaaajiajaiiajiaji. ¿Lo pillas? La brrruuuumaaaa.
Ambos volvieron a reír y llenarse las copas mientras se interrumpían acaloradamente para explicarnos qué era lo que iba a pasar, pero ninguno entendimos nada más allá de que una niebla siniestra viene desde otro lugar, amenazando con abrir y dejar abierta no sé qué puerta para así cambiarlo todo por siempre.
Y los cabrones se volvieron a reír.
Les preguntamos si trasladando el pueblo al bosque o a la mina marcaría alguna diferencia, pero parece ser que es algo que viene a jodernos a todos por igual sin importar dónde nos escondamos.
—Pero no se me preocupen, muchachos, todo esto también trae cosas buenas. Por fin los pueblos de este extrrraño y salvaje oeste tienen una razón para unirse por un bien común.
—O contra un enemigo mutuo —contesté.
La Lanza quebrada. Parte 1.
La carroza de Lucrecia avanzaba por las carreteras empedradas de las comarcas altas delcondado. Después de la historia fantástica que le contó su padre y de presentarle a susnuevos “amigos”; se había visto obligada a volver a la triste realidad y atender los asuntosque urgentemente le reclamaban. Primero, encontrar un nuevo Edil. Ante la desaparición y con total seguridad muerte deAlano, su anterior ayudante. Era su mayor prioridad...Mientras anotaba eso en la agenda, la reproductora de aguja anakarina detuvo su alegremelodía... «Maldito cachivache. El maestro Esdison y sus prototipos malfuncionales... »refunfuño cogiendo el aparato y examinando a ver que se había roto....— Si me permite, Condesa...— Exclamó una voz servicial al otro lado de la carroza.En ese momento, Lucrecia sacó su pistola-trabuco con doble cañón de entre los cojines yapuntó al desconocido. (Ver ejemplo) El hombre se quedó sin aliento y levantó las manos.— Ni una palabra— exclamó la condesa—. Ahora Baja la ventanilla. El sujeto obedeciócomo si la vida le fuera en ello. Lucrecia se acercó a la ventana y alzó la voz para que suescolta la oyera.— Krespor ven aquí. — El capitán de la guardia a lomos de su caballo blanco se puso a laaltura de la ventanilla.— Su vuecencia.— Ni Vuecencia ni leches. ¿Me podéis explicar como se ha metido este espontáneo en micarroza?— ¡Yo os lo explico su señoría! — exclamó con voz aflautada el espontáneo.— Tú a callar— le repuso amartillar el arma.— Ha sido idea de vuestro padre, Lucrecia, creyó conveniente enviaros a un nuevosecretario ante la pérdida de Alano.— Ah pues muy bien. Gracias Krespor. Y no te despistes que este grupo de caminantes sehan acercado mucho.Mientras Krespor saltaba hacia el grupo de caminantes para pedirles los papeles. Lucreciase volvió hacia el espontáneo y guardó el arma bajo el asiento.— Disculpame, cuando eres gobernante toda precaución es poca. ¿Cual es tu nombreCiudadano?El hombre bajó los brazos y se ajustó las gafas.— Me llamo Lucio. Provengo de la antigua Capital, y estuve al servicio del ArchiduqueNavarro el Adefesio.— Ay sí recuerdo bien a ese tipejo. Un corrupto de mucho cuidado. ¿Traes referencias,Lucio?
— Me temo que no, su señoría. Como bien sabrá, mi antiguo patrón, Navarro el adefesio,sucumbió ante la ira del pueblo que gobernaba. Le colgaron de espaldas, le cubrieron debrea y después de emplumarlo... lo prendieron fuego.Lucrecia, lo miró pensativa. Había escuchado algo parecido meses atrás.— Ya veo... Bueno, ¿pero cartilla de ciudadanía tendrás, no? debieron dártelo en el puertocuando te acogimos...Lucio asintió con la cabeza.— Y si... recuerdas bien...tuviste que entregar un documento crediticio de identidad,antigua residencia y oficio....A Lucio, se le iluminó la cara, y tras registrar los bolsillos, le tendió un papel a Lucrecia.— Si algo bueno nos trajo el Imperio, fueron las nobles artes de la burocracia jajajaja— semofó la condesa mientras leía el contrato de trabajo:“Yo el Archiduque Navarro el Hermonso El Adefesio.”Lucrecia se mofó aún más de la corrección del contrato.— Me caes bien, Lucio, esto ya prueba que eres alguien con salero y con las naricessuficientes para modificar un documento con el sello imperial. ¿Sabes leer y escribir?Lucio asintió.—Estupendo, pues aquí tienes toda mi agenda, mi correspondencia, y la ley de propiedadseñorial. —Lucrecia le tendió tres carpetas enormes —. Si tienes alguna duda, ve a ver alGran Canciller Tigurius, si tienes cualquier duda. No te preocupes si te echa a patadas, lohace con todo el mundo. Tú insistes hasta que...Tres golpes en la ventanilla llamaron la atención de Lucrecia.La cabeza de Krespor se mostró tras el cristal.— Me temo que esta es mi parada, Lucio. A esto no me puedes acompañar, pero te dejo enbuenas manos. Un placer conocerte. Te veo en el palacio. A dios...Y con esto dicho, Lucrecia cerró la puerta del carruaje y se aproximó hasta el caballeromontado en el corcel blanco.— Ya hemos llegado a los límites de Nueva Valasia, Condesa.Lucrecia asintió, y con un ademán les ordenó la retirada. A su tío Boris nunca le gustaronlas multitudes.El camino se encontraba rodeado por un bosque espeso de cedros negros. Una vista muylúgubre donde a estas horas del día la luz casi no penetraba. Lucrecia dió una vuelta sobresí misma, impaciente por la llegada de su tío. Había sacado tiempo de donde no tenía paraacudir a su llamada. En ese preciso instante, el ruido de unos cascos de caballeros atrajo su
atención. Y como si saliera de entre la niebla su tío Boris apareció conduciendo unainmensa calesa negra.La calesa se detuvo a los pies de Lucrecia y la puerta se abrió sola. Cuando volvió la vistahacia el cochero, un chofer oculto por una capa le devolvió la mirada.(El tío Boris habla con acento ruso-Rumano)—- Aquí arriba, mi niña...—Exclamó el Tio Boris desde las profundidades de la Carroza.Lucrecia se sentó frente a él y en cuanto posó su culo sobre el cojín, la puerta se cerró, ellátigo del cochero silbó y todos se pusieron en marcha.Lucrecia observó a su tío. El rostro pálido y flaco, los ojos brillantes como el fuego, y elbigote más atractivo de todo el condado. Un mostacho de morsa negro que le llegabahasata la barbilla. Vestía su habitual abrigo de piel negra y su gorro de astracán con la Joyade los antepasados.— Bien querido Tío, aquí me tienes. En tu carta mencionas un “asunto muy peliagudo”.El tío Boris le lanzó una sonrisa mostrando una dentadura con los caninos másdesarrollados.— Sin duda querida Sobrina, el asunto que nos trae aquí es de lo más peliagudo.Pero antes de llegar al Castillo, debes dejar que tu anciano Tío Abuelo, te cuente unahistoria. — Lucrecia se recostó frente y alzó los ojos—. ¡Y presta atensión!— recalcógolpeando el suelo con su bastón.— Hace mucho tiempo... En nuestras tierras natales del continente. La antigua Valasia.Tierra prolija de conquistadores y guerreros que dominaron a las grandes bestias de losbosques.Con gran sacrificio nuestra estirpe protegió nuestra tierra ante las guerras apátridas. Hastaque un cacique, un brujo, adalid de los dioses yacentes tomó nuestra “Lansda” con la veniade los traidores. Este cuyo nombre y títulos fueron borrado de la memoria del tiempo, fuerecordado como El déspota de ValasiaY tras erradicar a la vieja sangre regente, gobernó durante siglos, consumiendo la vida delange y sus tierras. Pero una rama de los viejos monarcas aún latía con fuerza. Un hijo de laantigua estirpe regresó al “Lansda” para reclamar su derecho.Piotor Averilich, era su nombre. Nuestro engendrador. El fundador de nuestra dinastía .Pero no creas que fue la vanidad lo que movió a nuestro antepasado. La venganza lomotivó a encontrar un arma capaz de derrotar al Tirano. Tras errar por tod el mundo, yluchar en infinidad de batallas y cortes, Piotor Averilich se halló a las puertas de un pobladode pescadores, situado en un afluente de las fronteras pantanosas cercanas a Goblinburg.Allí los naturales, elfos sobre todo, contaban que en un tiempo ancestral, se libró unacruenta batalla de proporciones divinas. Contaban que en el fondo del pantano aún sepodían hallar los restos de aquella batalla.Tras veintiún días de intento, las fuerzas del ánima se apiadaron de él, y le guiaron por lasaguas fétidas hasta una lanza cochambrosa. Cuando la recuperó, estuvo a punto de tirarla,pues su hoja estaba quebrada. Pero al acercar su anillo de ankar azul, la hoja se iluminó
revelando despertando su anima. Gracias al poder de la lanza, Piotor, encabezó unarebelión para recuperar su tierra. Al llegar al palacio, Piotor retó a un duelo singular, alDéspota donde Piotor terminó por derrotarlo, pero pagándolo con su propia vida.Tras esta declaración el tío Boris, hizo una pausa..— Pero hay algo que se ha reservado. El déspota en sus últimos suspiros rogó a los diosesyacentes salvarlo de su destino, pero en un giro irónico, ligaron su alma al arma de suenemigo la Lanza refulgenteHabiendo explicado esto. Es tradición en nuestra familia, que cumplidas las 33 primaveras,los primogénitos busquen en los bosques ancestrales la lanza del fundador.Lucrecia, refunfuñó. Ahora entendía lo que quería su Tío quería de ella, cumplir unaabsurda tradición.— Que pena, que los bosques ancestrales se quedaran en el continente. — Exclamó lacondesa con pena fingida.Boris sonrió y sus ojos se iluminaron como de quien comete un engaño.— Hija mía.... Subestimas el poder del Ankar...Lucrecia se paró un instante, clavando su mirada en los ojos de su tío, perdiendo su gracia.— No habrás sido capaz de...— ¡¡Por supuesto que sí!!— lo interrumpió poniéndose de pié mientras la capota se plegaba¡¡ Acaso lo dudabas!! ¡¡He traído el bosque, a Elhigolannn!!!Lucrecia, se llevó las manos a la cabeza, dando vueltas a la cabeza, observando atónita lospinos que los rodeaban.— ¡Estás loco si piensas que voy a...De un salto, Boris se puso al frente de Lucrecia y la interrumpió de un bofetón.— No hables así a tu tío, cumplirás con tu deber familiar. Como tu hermano hizo antes quetú.Su hermano, hacía mucho tiempo que nadie lo mencionaba. Pues su sola mención torció lacara de Lucrecia a una expresión de puro odio.— Yo no tengo hermano. Y si todavía sigue su nombre en el códice familiar, estoy dispuestaa borrarlo de todo recuerdo.— Bien...— susurró Boris, antes de que la calesa se detuviera—. Ten este mapa, hemarcado los posibles lugares donde puedes encontrar la lanza Refulgente. Cuando laencuentres, tráela al castillo. Buena suerte y te esperaré con un chocolte.Tras decir esto, la puertecilla se abrió, Lucrecia salió, y el látigo del chofer volvió a poner enmarcha a los caballos.Lucrecia, se sacudió el polvo y miró el mapa, preguntando por dónde empezar.N.A: Bien, ahora, os propongo un jueguecito, amigos del de profundis. Os dejo un mapacon las localizaciones marcadas y me gustaría, si el maestro Alberto lo tiene a bien. Queelijan ustedes mediante encuesta, el orden por el que debe proseguir Lucrecia.
La capilla.La Atalaya.La Mina.Los Sepulcros.El Pozo.El Monumento a Piotor.
Adjunto : unnamed-2.png
Este es un relato escritro en colaboracion con el maestro Higo. Mis agradecimientos por aguantar lo pesado que puedo llegar a ser.Sin el maquillaje, la goblin resultaba ser bastante bonita. Había tapado su ojo izquierdo con un parche dorado y, estaba ataviada con un hermoso vestido, que parecía prohibitivamente caro."Aunque la mona se vista de seda..." pensó Adelaida con desprecio.
La pequeña goblin, se sentaba ante un tocador con espejo, mientras cepillaba su melena roja, que llegaba hasta sus delicados hombros.No se volvió ni una sola vez para mirar a los humanos, que apenas podían mantenerse erguidos, dada la Baja altura de la carpa en la que se encontraban. Aunque no lo parecía, resultaba evidente que no apartaba su único ojo de sus "invitados" reflejados en el espejo. La criaturilla verde por fin hablo -Soy Berta Panduro, virreina de Puerto Cervecero, tambien podeis llamarme baronesa Bartola Eusevia Robustiana Von Buenculon. Aun que creo que vosotros me conoceis como la zorra roja-.Los emisarios se miraron entre si incómodos. La zorra roja era un personaje infame en Puerto Igben. El barón utilizaba ese nombre para justificar todas las desgracias y derrotas, lo hacía tan a menudo, que la gran mayoría de la población creía que era un invento, un chivo expiatorio al que culpar incluso del mal tiempo. Sin embargo, aquí, frente a sus ojos, tenían a una goblin que, si no era la zorra roja, al menos encajaba perfectamente con la descripción.Adelaida no pudo contenerse -No puede ser. Estáis utilizando ese nombre para intimidarnos, ahora nos diréis que lanzáis rallos por vuestro ojo-.-¡Y truenos por el culo!... Me da igual lo que creáis. Sois vosotros quienes me llamáis asi- la goblin dejó el cepillo en el tocador, cogió un frasquito de perfume y se espolvoreó un poco. La carpa se inundó de un inquietante aroma floral. No resultaba desagradable del todo, pero contenía algo nauseabundo. Era como un apetecible pastel, cubierto de nata, pero cuyo interior estuviera hecho de azufre. Alfredo le dio un codazo a Adelaida con una mirada de reproche, se aclaró la garganta -No pretendíamos ofender, Virreina, solo queremos...-.Al escuchar esto, la goblin por fin pareció prestarles atención, se dio la vuelta e interrumpió a Alfredo -¿Pedir perdón? ¡Ya es muy tarde para arreglarlo con una disculpa! ¿O querías decir, rendiros?- la goblin lanzó una amarga carcajada - Oh ¿que aún creéis que estáis en posición de negociar? ¡sois un chiste! Esto no es una tregua. Os estais rindiendo. ¡No hay nada que negociar! ¡Aquí las condiciones las ponemos nosotros!. Si no os gusta, tal vez, no deberíais haber empezado todo esto. Ahora no os vais a escapar con un; lo siento mucho no volverá a repetirse- dicho esto, metió una mano por una de sus mangas y saco un rollo de pergamino que mostró a los humanos -Estas son las condiciones que impone Goblinburgo- le tendió el rollo a un niño goblin que andaba por allí y, con una sonrisa de suficiencia dijo -¡léeselo Vicentin!-.El niño goblin tomó el rollo, lo desenrolló con seguridad y pasó a leer con voz alta y clara -La E con la L, EEEL, la R con... esta palabra no la entiendo Berta tuerta- se quejó el niño.La goblin puso los ojos en blanco y le arrancó el rollo de las manos al niño. Leyó el contenido del pergamino para si. Algo pareció no gustarle, porque sacó una pluma de uno de sus bolsillos y garabateó algo en un margen.-No, no confundáis esta visita, con una rendición incondicional. Virreina- anunció una figura que se había mantenido en el escaso punto ciego de Berta -Al final acabaremos rindiéndonos, de eso no hay duda. Pero ¿a qué coste? Y ¿en cuánto tiempo? Este es un clan de negocios, virreina. Y valoramos las cosas según el retorno de lo invertido. Esta ciudad es enorme. Y tendréis que esforzaros mucho en ir barrio por barrio, casa por casa hasta exterminarnos a todos. También podéis bombardearnos hasta los cimientos. Entonces, ¿qué retorno vais a obtener para apaciguar la codicia de vuestros ministros? ¿Un puñado de rocas y cenizas humeantes? ¿Hacer una montaña de muertos cuando nuestro activo más valioso, es la formación y talento de nuestra gente? No lo vemos rentable. Y es por ello que os ofrecemos otra opción-. -Dejadnos mantener nuestras leyes e instituciones y a cambio: I. Acataremos el pago de todas vuestras demandas. II. Acataremos la presencia de una guarnición militar de infantes para mantener La Paz, al mando de un oficial de alto rango. Al cual cederemos un número suficiente de participaciones para tener influencia en nuestro consejo. Y, por su puesto, con el correspondiente reparto de dividendos que se os darán en forma de tributos tanto para los ministros como para la ciudad de Puerto Cervero-. La mujer terminó su discurso y se quitó la capucha, mostrando un rostro arrugado y venerable, con el pelo rubio casi blanco y una mirada seria que aguardaba con paciencia la respuesta de Berta.La goblin no levantó la vista del pergamino mientras seguía escribiendo. Total, no diferenciaba a un humano de otro. Mientras leía las condiciones, se había dado cuenta de que, entre todas las reclamaciones, ninguna mencionaba Puerto Cervecero. Cuando se cobrarán las compensaciones, todo iría directamente a los bolsillos de los ministros.Por esa razón estaba añadiendo una nueva cláusula, quería y necesitaba que Puerto Cervecero, volviera a ser productivo cuanto antes; era justo que Puerto Igben pagara lo que había roto.Por supuesto, si los ministros se enteraban, pensarían que estaba desviando fondos para su propio beneficio, lo que no les haría ninguna gracia. Pero no tenían porque enterarse ¿Verdad?.Además, algo dentro de ella, le decía que muchos goblins seguían durmiendo a la intemperie. Si no conseguían refugio antes del otoño, muchos morirían. Quería quitárselo de la cabeza, pero no podía.Una vez terminado su pequeño apunte en el pergamino, se tomó la molestia de contestar a la humana.-Las condiciones ya están escritas y no son negociables. Además, no sé si os perdisteis la parte en que impedí que el mariscal diera la orden de ataque, tal vez estéis confusa porque en ese momento yo iba perfectamente disfrazada- Berta tiró el pergamino a los pies de los humanos -Para nosotros, la guerra no es una cuestión de negocios, sino de prestigio. Además, entre el saqueo y la venta de los prisioneros como esclavos, estoy segura de que obtendremos algún beneficio- Berta no era la más indicada para negociar, nunca se le dio bien la diplomacia.La goblin se cruzó de brazos -Que estemos teniendo esta conversación, quiere decir que sabéis que ya no tenéis opciones. Mientras que nosotros tenemos muchas. Puedo dar rienda suelta al mariscal, y que tome la ciudad a sangre y fuego, que al fin y al cabo, es lo que está deseando. Os podemos bombardear con munición incendiaria, y sentarnos a esperar a que salgáis. O podemos seguir como hasta ahora- la goblin bajo la voz -¿Cuánta comida os queda? ¿Ya habéis empezado con los perros... Con los gatos?- la goblin por fin miró a los humanos, recorrió sus caras con su único ojo -por vuestras caras, estoy segura de que alguno ya ha probado la rata. Bien fritas y al ajillo están buenas, ¿verdad?- había dado en el clavo, al menos uno de los humanos se agitó inquieto -empiezo a pensar, que tal vez, deberíamos volver a hablar dentro de unas semanas, cuando por fin seáis conscientes de vuestra situación. En Puerto Cervecero, matasteis a cientos, y no solo en combate. Los matasteis de hambre, de frío, de desesperación... y de pena. ¿Alguna vez se os ha muerto un niño por hambre en los brazos?- La goblin sostuvo la mirada de la humana mayor y se rio en su cara -Seguís creyendo que podéis negociar porque aún no conocéis la miseria de la guerra. Os estoy dando la oportunidad de no hacerlo- Berta sacó su pipa y la encendió. Como esperaba, el humo morado y denso del loto rojo causó arcadas a los humanos.La mujer de pelo rubio se lamió los labios asqueada. - Ya han muerto muchos, Virreina. Incontables. Porque creéis que no sacamos a nuestros hijos cuando tuvimos la oportunidad. ¡Porque están muertos!, los enviamos a combatir en esta guerra absurda. - Berta pudo ver cómo su interlocutora se giraba para ahogar un sollozo - Los que visteis en la puerta somos los únicos que quedamos. La locura de ese hombre nos ha llevado a la ruina. - De pronto la cara de la dama se puso seria, apretó los dientes y lanzó una mirada iracunda. Somos un pueblo acabado. Nos dan igual vuestras amenazas. Solo queremos reconstruirnos y seguir con lo que siempre ha sido nuestra vida. Y, si NO nos tendéis la mano. No tendremos nada por lo que seguir viviendo. Y os aseguro que no quedará piedra sobre piedra y ninguna persona viva para pagaros -. La dama hizo un ademán con la mano y sus dos acompañantes asintieron tristemente. El de la izquierda, sacó una píldora gruesa del bolsillo y se la metió en la boca tan rápido que los guardias no reaccionaron hasta que el cuerpo cayó al suelo sin vida. El otro sacó un cronómetro muy grueso para mostrar sus agujas, las cuales llevaban más de una hora y media en movimiento. - Gracias, Alfredo. Tenéis media hora para decidiros. Si no, la ciudad estará plagada de cuerpos como el de Adelaida. Sin nadie para pagaros ni contener el fuego -.-¿Eso tiene que impresionarme?- solto la goblin con tono apatico -¿Estáis intentando convencerme de que no merecéis ser aniquilados, suicidándoos? ¿Que sois, el comando suicida de liveracion de Puerto Igben?- la goblin se mofo -¿Creéis que me importan vuestras pateticas vidas? ¡Pero si ni siquiera soy capaz de diferenciaros a unos de otros!- Berta ni pestañeo -leer el pergamino. Tal vez descubráis, que lo que reclamamos, no está muy lejos de lo que ofrecéis, aunque con este teatrillo y esa amenaza, solo habéis terminado de demostrarme lo estúpidos que sois. Parece mentira que tenga que salvaros de vosotros mismos- la indiferencia solo superaba al desprecio en la voz de la goblin.La dama se tragó su orgullo ante ese insulto imperdonable. «Lo entupidos que somos “Salvarnos de nosotros mismos” jajajajaa cómo se puede ser tan arrogante.» Pensó la dama rubia para sus adentros, reprimiendo una sonrisa ironíca. - No hay nada que demostrar. Ya hemos dejado claro nuestro punto. Dadnos el pergamino o matadnos si os place, pero no os burléis de un pueblo que no está dispuesto a renunciar a sus creencias. Dadnos por lo menos eso -.-Aunque no tengáis mi respeto. Os concederé eso- dijo la goblin volviendo a darse la vuelta para mirarse en el espejo -Ahora, coger el pergamino, tenéis hasta las diez de la mañana para entregármelo firmado y sellado. ¡Largo de mi tienda! no pienso invitaros a cenar y, llevaros a vuestro muerto. Aun que creeis que los goblins somos poco mas que animales, no nos gusta ese tipo de decoracion- la goblin agitó una mano, como espantando una mosca, para dejar claro que la reunión había terminado. Alfredo se agachó para recoger el pergamino que Berta le había lanzado a los pies, se lo entregó con reverencia a la dama, luego, con dificultad, arrastró a su compañera muerta fuera de la tienda.Cuando Berta se quedó a solas, miró a una esquina. Entre las sombras se ocultaba una bola de cristal -¿Lo as visto todo? ¿estás satisfecha, Lucrecia? Me he portado bien, lo he resuelto sin matar a nadie, como te prometí. Bueno, si no contamos a al que maté cuando me infiltré en la ciudad y a la suicida... ¡pero esos no cuentan!-.- ¡Por Connor! Que pirados. Y pensar que bajo todo ese pragmatismo comercial se escondía tanta necedad, ¡es asombroso! Gracias, amiga, sabía que podía confiar en ti. No dudo de que firmaran. Es mejor eso a la aniquilación, desde la tumba no se pueden hacer negocios, verdad. Jejejeje, ahora solo queda un pequeño tema que no debemos perder de vista para el futuro -.-¿Y qué tema es ese?- la goblin cogió una lima de uñas del tocador y empezó a repasarselas. Berta lo hacía cada vez que tenía la oportunidad, aunque su objetivo con esto, no era mantenerlas igualadas, sino, lo más afiladas posible.Lucrecia abandonó la sonrisa y posó los ojos fijos en la bola. —De hecho, amiga mía, son dos los temas que te debo comentar, y abre bien las orejas porque son de vital importancia. El primero, y el más importante. Durante los primeros años de Elhigo-lann, este era un lugar sin ley, alejado de la mano del emperador. Los descendientes de los conquistadores, no dejaban de pelear entre ellos, anexionando las tierras del vecino y creando un clima de inestabilidad insoportable. Esto, acabó alejando al comercio, lo que casi nos sumerge en la ruina. Lo cual fue suficiente para que los señores se dieran cuenta de que con aquella actitud solo llevarían a la destrucción a sus casas. Así que se reunieron en asamblea y firmaron los pactos de no agresión y las leyes de convivencia. Obligándose a mantener a raya las agresiones entre ellos, salvo causas muy justificadas. Como reunir a la asamblea era siempre un guirigay, se acordó que sus abogados formarán una comisión permanente para que vigilará el cumplimiento de los pactos y solucionara los problemas diarios para evitar que nadie se pasase de la raya. Pues, a diferencia de los goblins no nos gusta resolver las cosas a puñetazos. Por tanto, aunque tú quisieras y la nueva Baronesa quiera, la ley de convivencia no le permite darte los derechos totales sobre el territorio. Así que, por fuerza, la tendrás que mantener viva—.Berta miró con disgusto al reflejo de Lucrecia en la bola -Para empezar. Ya sé que piensas que voy matando cosas por ahí como entretenimiento. Pero, yo no he dicho en ningún momento que fuera a matar a esa humana- la goblin jugueteo con la lima de uñas, haciéndola girar en su mano como si fuera un cuchillo -en cualquier caso solo la sustituiría por alguien más... propenso a hacer mi voluntad, perdón, quería decir la voluntad de los ministros. Y sobre ese pacto. No se contó con los goblins cuando se firmó y nadie nos ha invitado a hacerlo, por lo tanto, no se nos aplica. Si, en lugar de montar tantas asambleas y comisiones, lo hubierais arreglado desde el principio con una buena toñina en la cepa de la oreja, ahora todo sería mucho más sencillo. Pero a los humanos os encantan los legalismos y no entendéis que, estas cosas se pueden arreglar de tú a tú, con un poco de violencia amistosa, sin llegar a la guerra-.
—Ya, ya. No me mires así. Ya sé que vuestro país, es perfecto e idílico, y que las leyes se cambian a golpe de puño, pero ahora estás aquí. En mi isla. Y debes respetar la ley y el juego político si quieres ser virreina de algo. Porque si no lo haces ...— Lucrecia clavó la mirada en el ojo de la goblin— Les darás la excusa perfecta al resto de casas, para sancionar a tu Virreinato. Y no creas que te van a respetar. Pues te aseguro que la Compañía y los Von Shadow, están deseosos de hacerse con tu nueva conquista. Y esta vez no podrá venir a salvarte ninguna flota. Porque a pesar de todas tus virtudes, Berta, no eres invencible. Y lo peor, es que has llegado tarde a este juego y apenas te sabes las reglas. Y ni aunque tuvieras todo el poder de tu reino pantanoso, podrías pelear contra estos dos. Serías como un guijarro arrastrado por dos avalanchas. Juan Luis lo sabía. Los ministros lo saben. Y solo falta que lo sepas tú. ¡Vivimos entre hienas hambrientas! —Lucrecia pegó un golpe en la mesa, haciendo tambalear la imagen.Los ministros estaban tan interesados en hacerse con El-higolann que, en realidad, Berta sí contaba con todo el respaldo de Goblinburgo, pero esta era una carta que no pensaba mostrar a Lucrecia. Al fin y al cabo, los ministros, le habían ofrecido el cargo de gobernadora general de El-higolann si se salían con la suya.
-Que lo intenten- masculló la goblin volviendo a limar sus uñas.
—¡No seas necia y deja las cosas como están!— Tras aquellas palabras tan duras, Lucrecia, con la cara roja de ira, respiró un par de veces antes de seguir con un tono más relajado. —Porque, además, no son los únicos Igben que quedan por el continente. De hecho, esta es solo una pequeña rama cadete del grueso tronco familiar. (Maldita sea, incluso tengo una puta oficina en mi propia ciudad.) Lo que te quiero decir con esto. Es que todas las ramas están emparentadas con la casa matriz, muy poderosa y emparentada con la sierpe. Bien, a sí que, si no quieres ganarte un grano en tu Buenculon, llamado Agripina Igben, la cual te va a estar jodiendo durante el resto de tu vida. Te vuelvo a insistir en que seas sensata y toques al Consejo de Familia. Deja que se queden conmigo y haz lo que te plazca con el resto. Luego, está el tema de las sedes interterritoriales. — Carraspeó la bola - Como bien te comentó mi espía en su informe, el Clan Igben es más semejante a una compañía comercial que una casa nobiliaria. Y como toda compañía comercial que se precie, posee sedes varias y otras ciudades esparcidas por todo el continente. A los cuales se refieren como Primos. Tenemos que estar preparadas para la respuesta de estos enclaves, así que es menester que cuando entres en la ciudad y te hagas con su control, acudas a la torre del Consejo de Familia y recabes toda la información sobre ellos. Esta gente lo registra todo, a sí que no será difícil de encontrar. Ah, cierto, la dama con la que has estado parlamentando, era la segunda al mando del difunto Barón. La propia Agripina Igben, de la que te he hablado, la cual, es la nueva cabeza del clan -.-Mañana, cuando me entreguen el papeleo firmado, entraré en la ciudad para "escenificar" el cambio de poder. Aunque dudo de que me reciban con los brazos abiertos, no creo que se atrevan a negarme la entrada a esa torre. Ya te contaré- con un movimiento tan rápido que fue casi imposible de ver, Berta, clavó la lima de uñas en el tocador, se levantó y apagó la bola de cristal.Ahora que sabia lo de esa lista, Berta empezaba a tener ideas. Puede que no pudiera darse el gusto de ver arder la ciudad, pero aun no había acabado con los Igben. Mientras se terminaba de arreglar para cenar con el mariscal, decidió que, una vez tuviera ese documento, lo copiaría y se lo enviaría a los ministros. Pronto, los lideres de esos asquerosos y marrulleros Igben del continente, sufrirían una serie de desafortunadas desdichas y, se encontrarían pruebas que incriminarian a los señores de El-higolann.Por supuesto, Lucrecia, no tenia por que enterarse, porque; ojos que no ven.... hostia que te pegas. Pensó la goblin sonriendo con malicia, mientras salia de su tienda.
Terminada la cena con el mariscal, Berta, se retiró de inmediato a su tienda, con la escusa de que al día siguiente tenía que madrugar para entrar en la ciudad y echarles un discurso a esos humanos, que les dejara bien claro que, ahora, estaban bajo el amoroso puño de los ministros, o lo que en El-higolann equivalía a lo mismo, el suyo.
Paso junto a las hogueras de campamento, donde los soldados goblins se apiñaban muy decepcionados. Llevaban semanas preparándose para el asalto y, ahora, en el último momento, se les negaba la oportunidad de combatir y, aún más importante, de saquear.
Si las cosas se complicaban, como esa humana repipi y listilla de Lucrecia creía que pasaría, tendrían su oportunidad. Pero la goblin ya tenía un plan para impedirlo y, esta misma noche, empezaría a situar sus piezas en el tablero.
Los ministros son los goblins más astutos, ladinos y taimados. Y aunque Berta, había renunciado a intentar serlo, como le prometió a Elric, seguía siendo una candidata más que apta para el ministerio, y lo pensaba demostrar, porque, si Lucrecia estaba intentando buscarle las cosquillas con eso de: "No te sabes las reglas del juego, ninini, ninini, ninini" lo había conseguido.
Entró en su tienda y le dijo a Vicentin que no la molestaran bajo ningún concepto. Tras repetírselo cinco veces y echarle de la tienda de una patada, Berta se dirigió a la bola de cristal y la activó.
El receptor del otro lado, tardó en activarse. Cuando lo hizo, respondió una goblin con rulos y la cara cubierta de crema para la piel.
-¡Me cago en to! Os tengo dicho que no me molestéis a estas horas- gritó la goblin.
-Hola, Wini, creía que las jefas criminales trasnochabais más- saludó Berta a su vieja amiga con un tono sarcástico.
La archiduquesa Winifreda Rigoberta Ambrosia Von Mascamonos, era la señora de los bajos fondos de Goblinburgo y, lo había logrado teniendo aún menos escrúpulos que sus competidores; además, estaba bastante gordita para ser una goblin joven. "La buena vida" pensó Berta.
-¿Chuchi? No esperaba verte hasta el mes que viene, ¿a qué se debe la llamada? Por cierto, el parche dorado en el ojo te queda super ideal, ¿de dónde lo as sacado?- Wini ya no parecía tan cabreada.
-Fue un regalo de un gilipollas, pero como es muy brilli, ahora mi parche favorito. Ya te contaré cómo me cargue al tolay que me lo regalo. Te vas a descojonar- el parloteo de las dos goblin duro harta que Berta por fin saco el tema que le interesaba -Verás, por alguna razón que no alcanzo a comprender, algunos de los autoproclamados señores de este sitio, se creen que me pueden pisotear por ser goblin y nueva aquí- el tono de Berta se volvió más duro -Quiero que tu gente, venga lo antes posible y se ponga a trabajar de inmediato. Pero se deben centrar únicamente en un lugar llamado Puerto Umbroso-.
Wini entrecerró los ojos-¿por qué solo en Puerto Umbroso? ¿No sacaríamos más beneficios extendiendo el tráfico de amapola blanca por toda la isla?-.
Berta ya esperaba estas preguntas y le iba a ofrecer a su amiga un par de caramelos -No vas a perder nada centrándote allí, porque, tú, te quedarás con todos los beneficios-. Wini empezó a carcajearse -Perdona, chata, pero cuando me dicen que me van a dar algo a cambio de nada, por lo general, termino perdiendo dinero-.
Berta se sonrió de forma aviesa -No perderás nada, y yo obtendré beneficios, pero de otra manera. Quiero que la mano de obra de los Von Shadow, sea tan adicta a la amapola blanca que, se vuelvan completamente inútiles para el trabajo. Espero que con eso, los Von Shadow tengan tantas pérdidas económicas y se debiliten tanto políticamente que, dejen de meter sus asquerosas narices humanas en mis asuntos antes de empezar a hacerlo. Y por supuesto, no quiero que se me relacione con ello-.
-Ya veo por dónde vas- se sonrió Wini.
-Además, y, como incentivo. Mañana me aré con una lista de nombres que enviaré a los ministros. Los humanos de esa lista, serán asesinados uno a uno en los próximos días y semanas. En la escena de los crímenes, se encontrarán pruebas que incriminaran a la compañía de las islas orientales, lo que provocará una guerra comercial entre los Igben y esa compañía mugrosa, con un poco de suerte, hasta llegarán a las manos. Espero que eso abra un espacio que puedas aprovechar para instalar empresas legítimas en El-higolann, serás una goblin de negocios legal- Berta sabía que Wini no se resistiría a eso.
-Me gusta cómo piensas, pero, hay un pero. Creo que estás pasando por alto a un Humano llamado Sity- Wini llevaba en la mano la bola de cristal, mientras iba a su despensa y se preparaba un tente en pie de media noche -ese humano, tiene sus tentáculos bien metidos en Puerto Umbroso y en la compañía de las islas orientales y, sus tentáculos son los tentáculos de los ministros. Si hacemos lo que pretendes, algún ministro se cabreará mucho-.
Berta también había tenido eso en cuenta -Veo que estás bien informada. Precisamente, el tercer objetivo, es arruinar a Sity. Los ministros preferirán utilizar a un goblin como intermediario en lugar de a ese humano gordo y asqueroso-.
-Claro que estoy bien informada, soy la reina de los bajos fondos de Goblinburgo- respondió Wini mientras se comía su entremés nocturno -Y aunque no dudo de que muchos ministros te aplaudirán, por hacer que dejen de depender de ese humano, otros verán amenazados sus intereses y de hecho, creo que ya tienes a bastantes de esos en contra-.
Berta puso los ojos en blanco -¿Y qué van a hacer? Si la mayoría de los ministros ven las ventajas y me apoyan en esto, la minoría tendrá que cerrar la boca y aguantarse-.
-Creo que tienes demasiada fe en los ministros, mona- respondió Wini con la boca llena -Pero como quien se va a llenar los bolsillos, soy yo y, quien se va a llevar los palos de los ministros díscolos, eres tú. Haremos lo que dices, ¿por qué no?-.
-Eso me parecía a mí. Espero que lo de visitarme dentro de un mes, siga en pie- Berta ya tenía lo que quería, ahora, bastaba con sentarse a mirar.
-Claro que sí, Chuchi, a ver si me presentas a ese enano tuyo. Si estás con él, debe de ser una fiera en la cama- se carcajeó Wini antes de cerrar la comunicación.
Berta torció el gesto. ¿Es que todo el mundo sabía lo suyo con Elric? ¡Estaba rodeada de chismosos! Negó con la cabeza y empezó a desvestirse para meterse en la cama. Mañana tendría un día muy largo y desagradable, rodeada de humanos, pero si todo salía según lo previsto, y con la llegada de la organización de Wini a la isla, mataría tres pájaros de un tiro.
Berta se levantó a las nueve de la mañana, lo que, para ella, era darse un madrugón, ya que, era raro el día que se levantaba antes de las doce.
Dado que en Puerto Igben le tenían tanto miedo a la zorra roja, Berta decidió darles zorra roja hasta que se hartaran. Se vistió con un vestido de terciopelo rojo, acompañado de una capa de armiño, para dejar claro que era virreina, y remató el conjunto con un gorro isabelino, también de tercio pelo rojo.
Salió de su tienda y, escoltada por Vicentin y su guardia personal, se reunió con el mariscal Eulalio Pelagatos, de los Pelagatos de toda la vida, que, frente a su tienda, se jugaba a los dados una pequeña fortuna con su guardia personal.
Cuando se encontró con el mariscal y, como todo saludo, dijo -¿Vamos a entrar en la ciudad, o vamos a pasarnos la mañana jugando a los dados?-.
Eulalio, miro a Berta, mientras clavaba un cuchillo en la mano de uno de sus compañeros de juego, que intentaba mover los dados aprovechando su descuido y, dijo con calma -Esta mañana, a primera hora, los humanos han pedido, por favor, el honor de trasladar ellos mismos a la virreina, a la ceremonia de entrega de poderes-.
A la goblin le chirriaron los dientes. Eso no era lo acordado, parecía que, el mariscal, la estuviera entregando a los humanos para que la liquidaran y, así, tener la escusa para arrasar la ciudad, que, al final, era lo que quería.
Eulalio pareció leerle la mente -No pongas esa cara, te va a escoltar toda una compañía de coraceros a lomos de garrapatos, además, tu solita deberías ser capaz de darles lo suyo a un puñado de humanos muertos de hambre-.
Berta suspiró, puso los ojos en blanco y, se hizo sitio en la mesa para unirse a la partida de dados, mientras esperaba a que los humanos vinieran a buscarla.
Una hora después, Berta tenía un buen montón de cosas brillantes, nadie le ganaba haciendo trampas. Se habría pasado así el día entero, pero los humanos llegaron para arruinar la diversión.
De las puertas de la ciudad salió una lujosa carroza dorada, tirada por cuatro caballos blancos. Cuando Berta la vio entrar en el campamento goblin, bufo -puf, caballos...-. Recogió sus ganancias y se preparó para ser "invitada" a abordar el carruaje cuando llegara a la tienda de mando del mariscal.
Eulalio dio órdenes de que la compañía de coraceros se preparara y se puso a esperar de pie junto a Berta -¿no te gustan los caballos?- le preguntó mientras se quitaba las arrugas del uniforme.
-No- dijo Berta con disgusto -Son demasiado grandes para los goblins. Además, son malos y muerden. ¡No son tan majos como quieren hacer creer a todo el mundo! Al menos con los garrapatos ya sabes qué esperar- la carroza ya estaba deteniéndose ante ellos -Pero lo que realmente me molesta, es que los humanos no se los hayan comido aún. Mira que comer ratas pudiendo comerte un caballo-. Eulalio contuvo una carcajada, el cochero descendió, abrió la puerta e hizo una reverencia.
La goblin avanzó con decisión y subió a la carroza, rechazando la ayuda del cochero, ayuda que, Vicentin que iba con ella, sí aceptó. Una vez a bordo, se asomó a la ventana -Voy a hacer esto rapidito, estaré de vuelta para comer. Espero que hoy, tu cocinero no deje aguado el Ajo Pringue-.
-Tranquila. Si no vuelves al caer la noche, no dejaré piedra sobre piedra de la ciudad- le respondió Eulalio con jovialidad.
Berta sabía que, el mariscal, hablaba totalmente en serio; estaba deseando destruir esa ciudad. Y, para ser sinceros, ella también. Pero si no quería ponerse en contra a toda El-higolann y, que ademas, alguien pagara las compensaciones de guerra, le convenía mantener la destrucción y el pillaje al mínimo, así que tendría que volver lo antes posible.
La carroza empezó a moverse. Berta se acomodó en su asiento junto a Vicentin, levantó la vista y, por primera vez, reparó en que, sentado frente a ella, se encontraba un joven humano mirándola. ¿Por qué había allí un humano mirándola?.
La goblin lo ignoro mientras miraba por la ventana, hasta que el humano se aclaró la garganta y hablo -Virreina, permitir que me presente y me disculpe- el tonito de superioridad del humano era imposible de disimular -me llamo Mercucio Igben y, me temo que le he tendido una pequeña trampa- el humano realizo una reverencia tan engolada como le permitió el reducido espacio en el interior de la carroza -hoy debería haber entrado en la ciudad por sus propios medios, pero, me he tomado la libertad de crear esta pequeña mascarada para poder hablarle en privado y proponerle una alianza-.
Berta no tenía ganas de escuchar las chorradas de ese humano, pero no podía saltar de la carroza en marcha. Puso los ojos en blanco, pero no dijo nada.
-Verá, virreina, el relevo en la cúpula directiva y, sobre todo, la forma de llevarlo a cabo, no ha satisfecho a todos los implicados. Agripina, envenenó al baron sin contar con nadie. No me malinterprete, ese hombre nos metió en esta poco lucrativa empresa y se lo merecía, pero, estas cosas se deben hacer por consenso y repartiendo los ascensos y dividendos de forma equitativa. Esa bruja de Agripina, no solo se ha hecho con el poder sin consultar al consejo. Ha repartido los puestos de responsabilidad entre sus allegados-.
La cháchara de ese humano parecía no tener fin. Berta sacó una lima de uñas y empezó a repasárselas, mientras Vicentin, de pie sobre el asiento, asomaba la cabeza por la ventana.
-En la situación actual, usted va a convertirse en una de las principales accionistas de la delegación de la compañía Igben en El-higolann. No puedo oponerme a eso, pero puedo convencerla de que, en las reuniones del consejo, vote a favor de lo más conveniente-.
El joven humano sacó un saquito y se lo tendió a Berta. La goblin lo tomo y lo abrió, estaba llena de cuentas de cristal, agarró una con dos dedos y la sostuvo frente a su ojo sano -de dónde han salido, hay muchas más, una cantidad inagotable, solo tiene que tomar las decisiones correctas. Tranquila, yo le diré cuáles son-.
¿Ese humano era imbécil? ¿La estaba intentando comprar con cuentas de cristal brillantes? ¿No se daba cuenta de que el vestido que llevaba, ya era más caro que la carroza en la que viajaban? La estaba subestimando. Los humanos en general tomaban por idiotas a los goblins, creían que con darles algo brillante, aunque no valiera nada, los tenían comiendo de la palma de la mano. Bien. Eso era lo que quería. La noche anterior ya sembró esa idea, al hacer creer a los emisarios humanos que, era una criatura presuntuosa y vacua. Decidió hacerse la tonta.
-Es un alivio saber que puedo encontrar un buen consejero en esta ciudad- dijo la goblin con tono atolondrado, en su mejor imitación de Vicentin y se guardó la bolsa de canicas con fingida ansia. El humano se sonrió satisfecho con la respuesta y se recostó cómodamente en su asiento, convencido de que había conseguido lo que fuera que quisiera. Berta tampoco le había hecho mucho caso mientras hablaba, solo había entendido que quería mandar él y, no se atrevía a darle un par de guantazos al consejo. Aún no sabía cómo aprovechar esta disensión entre los Igben, pero pensaba encontrar la forma.
La carroza recorrió los distritos residenciales y financieros de Puerto Igben, la multitud se agolpaba en las calles para ver pasar al cortejo de Berta, no se veían muchas caras de alegría, aunque sí de alivio. La guerra había terminado y, aunque no hubieran ganado, al menos ya sabían que vivirían un día más.
Por fin, se detuvieron frente a la torre del consejo, que se encontraba en el centro del puerto. Si se hubiera producido el asalto a la ciudad, ese punto habría atraído casi todo el fuego de la artillería naval.
Berta se despidió del humano con tono infantil y descendió de la carroza seguida de Vicentin. El vehículo se puso en marcha, casi sin esperar a que se apearan. La goblin se quedó allí, junto a Vicentin, rodeada por la compañía de coraceros goblin. Seguro que el humano se estaba riendo al pensar que la había humillado. "Humanos" pensó la goblin.
Cuando estabo segura de que el humano de la carroza ya no la veía, le lanzó la bolsa de canicas a Vicentin, mientras empezaba a subir las escaleras hacia las puertas de la torre -Para ti- le dijo -te las puedes meter una a una por donde te quepan- El consejo en pleno ya la esperaba en las puertas, ahora solo tenía que firmar el papeleo, echarles un discurso y sobre todo, hacerse con la lista de nombres, y todo eso antes de la hora de comer.
+++++++
-Y si no os gusta, no haber perdido la guerra- Berta concluyó su discurso.
Uno de los humanos levantó la mano -Disculpe, virreina, entonces... ¿Seguimos siendo independientes o un protectorado de Goblinburgo?-.
Berta puso los ojos en blanco -Para ti, es virreina baronesa Bartola Eusebia Robustiana Von Buenculon. Y ya os lo he dicho. Ahora, sois un estado libre asociado, sin voz ni voto, y tenéis todo el derecho a pagar las compensaciones de guerra. A lo único que no tenéis derecho es, a no pagarlas y a tener derechos-.
Todos los presentes empezaron a protestar hasta que Berta los interrumpió -No sé de qué os quejáis, ya tenéis más derechos que los goblins-.
Otro humano levantó la mano -Virreina...-.
-Virreina baronesa Bartola Eusebia Robustiana Von Buenculo- lo interrumpió Berta.
-Perdone, virreina baronesa Bartola Eusebia Robustiana Von Buenculon. Quería preguntar sobre los hombres que cayeron prisioneros, durante el asedio de Puerto Cervecero, no los ha mencionado y, sus familias, agradecerían tener noticias de ellos-.
Gracias a su posición en la cadena de mando, ella no lo sufrió, pero durante el asedio de Puerto Cervecero, se pasó mucha hambre, así que... algunos goblins, y Berta no quería señalar a Vicentin. Digamos que... se comieron a los prisioneros... pero lo hicieron porque tenían mucha hambre, aunque, Berta no estaba muy segura de que ese fuera el caso de Vicentin, ese crio tenía acceso a sus raciones. Fuera como fuera, los goblins ya eran bastante impopulares, no podía decirle al consejo de Puerto Igben lo sucedido, ni mucho menos que, Vicentin, tenía la culpa de todo.
-Ahora viven felizmente en las minas de ankar de Goblinburgo y, han decidido que no van a volver. Trabajar en las minas engancha- se excusó Berta.
-Pero..- insistió el humano.
-¡No!- le interrumpió la goblin.
-Es que...- insistió el humano.
-¡Qué no! Y se acabó. Seguro que en algún momento, os escriben una postal... o algo- Berta usó su tono más conciliador, aunque a los humanos no se lo pareció.
Una vez resueltas las insignificantes y absurdas dudas de los humanos, Berta, pidió que le hicieran una visita guiada por la torre.
El consejo accedió; al fin y al cabo, era lo más sensato que le habían oído decir a esa goblin en toda la mañana.
Mientras salían de la sala, Berta se acercó a Vicentin y le susurro -Cuando yo te diga, entretén a los humanos, no me importa lo que tengas que hacer. Como me pillen por tu culpa, quemo tu peluche y te hago comer sus cenizas- quitarle su peluche a Vicentin y, tenerlo encerrado en su caja fuerte para coaccionarlo, era la mejor decisión que Berta hubiera tomado nunca.
La goblin alcanzó a los humanos y, se hizo la interesada en las explicaciones que le daba Agripina Igben. La visita se desarrolló con la normalidad y el aburrimiento que eran de esperar. La cosa continuo hasta poco después de pasar frente a la puerta de los archivos. Berta dio la señal a Vicentin, que empezó a cantar y bailar como un poseso, atrayendo la atención de todos los presentes.
La goblin aprobecho y corrió a la puerta de los archivos, sacó una ganzúa de los muchos bolsillos de su vestido, la abrió con facilidad y se deslizó dentro del cuarto.
Como era de suponer de los Igben, el archivo estaba meticulosamente ordenado, no le costó dar con lo que buscaba. Pero había un problema. El listado de sucursales y nombres de barones Igben del continente, estaban anotados en un gran libro mayor. Era demasiado grande para sacarlo de allí y, aunque pudiera sacarlo, se notaria a primera vista que faltaba.
Berta maldijo y pensó rápido. Decidio que la mejor forma de ocultar que faltaba algo, era que faltara todo. Cortó las hojas del libro, hizo varios rollos y los guardó por los distintos bolsillos ocultos de su vestido. Después, lo preparó todo para prender fuego al archivo. Pero, las cosas no arden porque sí. Recordó a ese cretino de Mercucio Igben. Le había estado dando vueltas a cómo aprovechar la, aparentemente, débil e inexistente oposición en Puerto Igben, y ahora sabía cómo hacerlo.
Prendió fuego al archivo con una risita y salió disimuladamente. Avanzó por el pasillo y se unió al grupo de humanos que, observaban a Vicentin con una mezcla de estupefacción y fascinación. En algún momento, el niño goblin, se había quedado en blanco y, no sabiendo qué hacer, se arrancó la ropa y ahora estaba tirado en el suelo fingiendo un ataque de una forma penosa.
Berta se acercó y le dio un par de patadas -Perdonen a mi asistente, le gusta mucho ser el centro de atención- los humanos humanos se encogieron de hombros e iban a continuar con la visita, justo cuando el humo del incendio empezó a llegar.
Todos corrieron al archivo para ver lo que estaba sucediendo. Berta se quedó atrás junto a Vicentin -rápido, dame la bolsa que te di antes- le espetó al niño goblin que torció el gesto -¡puedes quedarte con las canicas! Solo quiero la bolsa y... ¡Vístete! ¡Estás dando mala imagen a los goblins!- Vicentin buscó en el montón que era su ropa, encontró el saquito, vacío su contenido y se lo dio a Berta.
Como esperaba, en el saquito se podía ver un escudo heráldico. Era una variación de las armas de la casa Igben. Por alguna razón que Berta no entendía, a todos los humanos repipis les gustaba poner sus escuditos chorras en todas sus cosas. Berta echó un puñado de monedas de curso legal en El-higolann en su interior y, corrió a reunirse con los humanos.
Los humanos intentaban apagar el fuego, aprovechó la confusión para meter el saquito con dinero en la bolsa de uno de los guardias. Se acercó a Agripina Igben y tiró de su falda para llamar su atención -Esto es inaceptable y sin duda sabotaje, yo empezaría a interrogar a los guardias. Siempre son los más fáciles de comprar- le dijo con fingida preocupación.
Cuando los que la rodeaban escucharon esto, empezó una tremenda confusión. Unos humanos empezaron a acusar a otros, algunos empezaron a forcejear. Berta tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener la risa.
Por fin, alguien encontró un saquito con el escudo de un tal Mercucio Igben lleno de monedas en la bolsa de uno de los guardias.
-Sabíamos que Mercucio, estaba en contra del nuevo reparto de responsabilidades, pero esto es alta traición- Agripina miró a Berta con severidad -necesitamos ayuda para sofocar la rebelión-.
-Ni hablar- le respondió Berta -no voy a meter a un montón de goblins armados en la ciudad. Solo empeorarían las cosas y, por si fuera poco, va en contra de los acuerdos. Esto es un asunto interno de Puerto Igben y, debéis encargaros vosotros mismos. Además, ya llegó tarde a comer- la goblin se levantó la falda para no pisársela, se dio la vuelta y, se alejó con elegancia felina seguida de cerca por Vicentin.
Berta salió de la ciudad bastante satisfecha. La verdad es que fue mucho más divertido de lo que esperaba. Al llegar al campamento, corrió a su tienda.
Usando la bola de cristal, informo a los ministros de lo sucedido. También les hablo de la lista de nombres y lo que pretendía que hicieran con ella. Esto generó un pequeño "debate", la goblin asistió con impaciencia a cómo los ministros, se daban una tremenda paliza entre ellos, hasta que una de las facciones, convenció a la otra de las ventajas del plan de Berta. La verdad es que, el resultado estaba cantado, eran cuatro contra nueve.
Resuelto este punto, se unió al mariscal Eulalio Pelagatos, de los Pelagatos de toda la vida, para comer.
Los juglares goblin cantaban, el dulce sonido de la bandurria travesera amenizaban la comida. Desde la mesa podían ver cómo ardía Puerto Igben.
Las acciones de Berta, en la torre del consejo, desencadenaron una purga, en principio discreta, que, rápidamente, degenero en una pequeña guerra civil.
-Tengo que reconocerlo, Berta, eres un genio- Eulalio levantó su copa en su honor -no solo as conseguido esa lista para tus jueguecitos. As logrado que empiecen a ver fantasmas y amenazas por todas partes. Eso los hace más dependientes de nosotros- El mariscal empezó a reír -as logrado que esos asquerosos humanos, destruyan su propia ciudad. As logrado lo que queríamos, y todo sin romper los acuerdos-.
Berta apuró su copa -No era lo que buscaba, pero, he de reconocer que no está mal- puso su copa ya vacía a un lado, antes de continuar -Aunque la verdad es que, mientras paguen las compensaciones de guerra, no me importa a que dediquen su tiempo libre los humanos-.
Eulalio dejó de reír, de pronto se puso totalmente serio -Supongo que, ahora que la situación está totalmente bajo control, es hora de recoger los bártulos y volver a Goblinburgo-.
-Si y no, mariscal- Berta se inclinó sobre la mesa y hablo en tono conspiratorio -En mi visita a Verde Jardín, llegue a un acuerdo con Lucrecia, la humana repipi que, "de momento", manda en esta isla- la goblin entrelazo los dedos de las manos, un gesto que recordaba mucho su mentor, el ministro Tolentino Rascanapias -Le prometí, que retiraría el 90% de la flota y todo el ejército-.
-Espero que le sacaras algo bueno a cambio- comentó Eulalio, no muy convencido.
-sí. Le saqué ese montecito que tanto desean los ministros. Pero ese no es el asunto- Berta bajó aún más su tono de voz -Voy a autorizar que el 90% de la flota se retire. Como prometí. Pero, el ejército, solo fingirá que se retira. En realidad, se quedarán escondidos en Puerto Cervecero-.
-El ejército desplegado en El-higolann está formado por dos cuerpos de ejército, sin contar a la infantería de marina. En total somos ochenta mil efectivos -Eulalio se encendió un puro, cuando vio la cara con la que le miraba Vicentin, le dio el puro al niño goblin y se encendió otro, antes de continuar -Tengo entendido que los humanos saben contar, ¿no crees que se darán cuenta?-.
Berta puso los ojos en blanco -¡Deja de mal criar a mi asistente! Por tu culpa, ahora tendré que darle tabaco todo el tiempo- la goblin le quito el puro a Vicentin y empezó a fumarlo ella -Y con respecto a la ocultación. En Puerto Cervecero, ahora tenemos mucho espacio libre, además, los humanos no se preocupan en contarnos, para ellos, siempre somos demasiados-.
-Los humanos son bastante cortitos, es verdad. Aun así, deberíamos tomar medidas para ocultar que, la población de tu ruinosa colonia, se ha duplicado de la mañana a la noche- el mariscal mugió un aro de humo. -Si alguien pregunta. Diremos que son cuadrillas de reconstrucción y colonos que han venido para repoblar. Si te ven a ti, diremos que te has quedado como enlace con Goblimburgo y, para coordinar a la pequeña guarnición que, debe quedarse aquí, en Puerto Igben- la goblin lo tenía todo calculado.
-Berta, te estás tomando muchas molestias con todo esto. ¿Tiene algo que ver con ese "insignificante" montecito que quieren los ministros?- el mariscal no era mariscal solo por haber liquidado a su antecesor, sabía sumar dos y dos.
-El otro día, llego un equipo de arqueólogos para, estudiar lo que hay bajo ese "insignificante" montecito. No tardaremos en tener noticias- Berta puso los pies sobre la mesa mientras fumaba -Además, pronto vendrá una auditoria Imperial para decidir si, Lucrecia, es digna de ser la señora de El-higolann- la goblin se sonrió -Ya sé que es una pantomima. La sierpe es ridícula. Intentan mantener la ilusión de que, las instituciones imperiales siguen funcionando. Mientras arrasan con el mundo. Pero nos servirá de justificación para deponer a Lucrecia. Si las cosas salen como es debido, seré la próxima gobernadora general de El-higolann-.
El mariscal se echó a reír -Seguro que a esa Lucrecia, no le hace ninguna gracia-.
-No quiero hacerlo. Pero si es necesario... yo misma mataré a esa humana repipi- dijo Berta con un tono que al mariscal le heló la sangre.
Berta había vuelto a Puerto Cervecero el día anterior y no perdió el tiempo. Envío un mensaje a Elric, usando a Sobras, su cuervo mascota. Sí, por fin le había encontrado utilidad a ese bicho, aparte de adornar.
El enano se presentó allí en unas pocas horas y pasaron la noche juntos. Ya amanecía, Berta tenía la cabeza apoyada en el pecho de Elric y enrollaba los pelos de su pecho con uno de sus dedos.
-Oh, vamos, no te pongas así, cariño- la goblin utilizaba su tono más dulce, como siempre que hablaba con el enano -Te prometí que renunciaría a intentar convertirme en ministra, no que no aceptaría la oferta de los ministros, de convertirme en gobernadora general de El-higolann-.
-A lo que estás jugando es un juego muy peligroso. Los goblins estáis obsesionados con el poder. Pero tú, deberías ser consciente de dónde te estás metiendo- Elric acariciaba la melena roja de Berta.
-No es algo que desee. Es una recompensa por un trabajo. Ser virreina no es un cheque en blanco para hacer lo que me salga de los bajos. Soy una funcionaria y tengo que hacer lo que me mandan- Berta miró a los ojos a Elric -Los goblins no somos criaturas tan libres y despreocupadas como todo el mundo piensa. Los que tenemos un mínimo de poder, nos pasamos el tiempo rindiendo cuentas a los ministros y haciendo sus recadillos-.
-Aun así, me parece que juegas con fuego- el enano acarició la mejilla de Berta.
-Creeme, es más peligroso no obedecer. Además, piensa en la erótica del poder. No me digas que no te pone la idea de follarte a la gobernadora general de todo El-higolann- el tono de voz de la goblin era de lo más sugerente.
Elric estaba a punto de responder cuando, la puerta, se abrió de golpe. Era Vicentin.
-¿¡CUÁNTAS VECES TE TENGO QUE DECIR QUE LLAMES ANTES DE ENTRAR, Y QUE CUANDO ESTOY CON ELRIC NO TE QUEDES EN LA PUERTA PONIENDO LA OREJA!?- Berta le lanzo una almohada al niño goblin y lo derribo -perdona Elric. Ya conoces a Vicentin, es como el hermano pequeño medio tonto que nunca tuve y al que habría asesinado- se excusó Berta con voz melosa.
-Es Gervasio Muerdeperros, Berta tuerta, está en tu despacho y quiere verte- Vicentin estiraba el cuello para tratar de ver desnuda a Berta.
A la goblin le rechinaron los dientes -¿Qué querrá ese gilipollas ahora?- vociferó antes de empezar a vestirse apresuradamente, teniendo buen cuidado de que Vicentin se quedara con las ganas de ver algo.
Antes de salir, le dijo a Elric -esperame, no tardaré mucho, cariño, en cuanto mande a tomar por culo a ese tolay, continuamos-. Berta se dirigió a su despacho, y allí estaba Gervasio, sentado en su sillón y con los pies sobre su escritorio.
-Tú ponte cómodo, como si estuvieras en tu casa- le soltó la goblin con acritud.
Gervasio Muerdeperros, no se dio por aludido, se levantó y se dirigió al mueble bar, destapó una frasca y olió su contenido. No debió gustarle lo que contenía, ya que la lanzo por encima del hombro, repitió la operación con otro recipiente, este pareció gustarle.
Se sentó. mientras bebía directamente de la botella, frente a Berta, que ya había ocupado su lugar tras el escritorio, la goblin ni se dignó en fingir que le interesaba lo que Gervasio estaba haciendo.
-¿Cómo puedes tener agua en el mueble bar? ¡Es asqueroso!- Dijo Gervasio dando un trago a la botella.
-Es que no es para ti, pedazo de cretino, es para las visitas humanas- una explosión sacudió el despacho.
-Eso deben ser los arqueólogos, les encantan los explosivos- Se sonrió Gervasio.
Berta puso los ojos en blanco -¿Se puede saber a qué has venido? No llevas ni una semana en la excavación y ¿puedes decirles a tus amiguitos arqueólogos que ¡DEJEN DE HACER AGUJEROS EN "MIS" PAREDES!?-. -Qué tiquismiquis te has vuelto desde que eres virreina, antes no te importaba hacer agujeros en cualquier sitio. ¡Deja a los arqueólogos que hagan sus cosas de arqueólogos!- Gervasio volvió a beber.
-¡Antes no eran mis paredes!- Berta no disimulaba su disgusto -Bueno ¿me vas a decir a qué has venido, o me voy a tener que levantar y darte de hostias?-.
-¿Es que no recuerdas lo bien que nos lo pasábamos antes, tú y yo?- Gervasio utilizó un tono inocente y zalamero que no engañaba a nadie.
-Lo que recuerdo, es que, intentaste asesinarme y por tu culpa me quedé tuerta- la voz de Berta destilaba veneno.
-Qué rencorosa eres. Sabes que lo hice sin malicia- Gervasio se hizo el ofendido.
-¡ME IMPORTA UNA MIERDA EL PORQUÉ LO HICIERAS! ¿Por qué estáis aquí tú y los arqueólogos, en lugar de en la excavación?-
-Vinieron unos monjes humanos muy maleducados y nos echaron- Gervasio volvió a beber de la botella.
-¿Y tú lo permitiste?- Berta no era conocida por su paciencia y empezaba a acabársele.
-Bueno, sí. Pero ya habíamos terminado el trabajo- Gervasio tiró la botella vacía por encima del hombro -La tumba estaba vacía-.
-¿cómo qué vacía?- a Berta le chirriaron los dientes.
-Alguien pasó antes que nosotros y, se llevó todo lo que no estaba clavado al suelo, y algunas cosas que sí lo estaban- Gervasio se levantó para buscar otra botella en el mueble bar -Y eso que los arqueólogos lo dinamitaron todo a conciencia, pero allí solo había cosas muertas, muertas-.
Berta golpeo la mesa -¡LUCRECIA LO SABíA! Sabía que esa tumba había sido saqueada, ¡por eso me la cedió con tanta facilidad!- Berta estaba furiosa -¡Esa humana repipi, me engaño y me las va a pagar!-.
Gervasio se sonrió, siempre la había divertido ver a Berta cabreada.
Las ruinas de los barrios bajos, eran una demostración de la locura y la megalomanía de Jacinto. Más que eso, eran una declaración de intenciones.
En cada esquina, un ahorcado, en cada ahorcado clavado un rótulo, en cada rótulo una acusación. Traidor, descreído, reaccionario, me estropeaba las vistas, no le gustaban mis zapatos nuevos... Todo aquello, habría tenido algún sentido, si hubiera sido un mensaje para someter a aquellas gentes. Pero Jacinto, había empalado a todos los vecinos y arrasado el vecindario.
"Es el parque de atracciones de un jodido chalado", pensó Berta, "Y luego a los que llaman psicópatas insensibles es a nosotros, los goblins".
Podría contaros lo aterrador que fue el camino hasta el terraplén, describiros los horrores que presenciaron, alimentar vuestras ansias de morbo. Pero, la realidad, es que... fue triste, solitario y descorazonador. La demostración palmaria de todo el mal que un ser vivo le puede hacer a otro, sin ninguna razón, sin ninguna causa.
Cuando, finalmente, llegaron al pie del terraplén, era tan empinado como le dijo su sargento. Un pequeño sendero serpenteaba hasta el palacio, del tamaño adecuado para ser transitado por niños, por lo que la goblin, que era Baja incluso para los estándares de su raza, no tendría problemas para recorrerlo. El problema lo tendrían los once humanos y, en menor medida, Elric.
Aunque fue costoso, alcanzaron la cima casi media hora después. Los humanos estaban agotados, pero para Berta, que no había tenido dificultad en subir y les había estado esperando mientras dormitaba, era el principio del fin y se sentía pletórica, como siempre que estaba a punto de culminar una misión.
Encabezó a su grupo por los jardines, casi daba saltitos, cualquiera que la hubiera visto, y hubiera ignorado el color verde de su piel, y sus formas femeninas, la habría tomado por una niña feliz. Pero su entusiasmo, no le hizo olvidar lo que estaba haciendo, al fin y al cabo era una profesional.
Según los planos del palacio que había estudiado. Las salas privadas de Jacinto estaban orientadas al este. Seguro que desde allí tenía unas vistas preciosas de los barrios bajos, que se había cargado, pensó Berta. Pero eso también quería decir que, dado que habían entrado en los jardines desde esa dirección, casi cualquier puerta que encontraran les llevaría directamente a su objetivo. Berta llegó al palacio, abrió la primera puerta que encontró y se asomó.
-¿En serio?- Berta se volvió para mirar a su sargento -¿tiene un atajo de orcos? ¿Por qué nadie me dijo que Jacinto tiene su propia colección de chimpancés?-.
-Es la guardia personal de Elsarin, no creíamos que fueran a estar aquí- susurro el humano.
-Este es el tipo de mierdas que estropean las operaciones- Berta bufo más que susurrar. -Se debe conocer toda la información, se debe compartir toda la información, tenemos suerte de que les hayamos descubierto antes que ellos a nosotros- la goblin miró con desaprobación al humano.
-De verdad, no podíamos prever que...- Se estaba disculpando el humano cuando Berta le interrumpió.
-Cuando se lleva a cabo una operación como esta, se debe prever todo-. Berta le pinchó con un dedo -La diferencia entre el fracaso y el éxito. Entre la vida y la muerte, es tan sencilla como decir "oye jefa. Creo que nos podríamos topar con una docena de JODIDOS orcos del tamaño de un carro"-.
La cara manchada de hollín del humano oculto, lo rojo que se había puesto, debía resultar humillante que una goblin, poco más alta que su hija pequeña, le abroncara de esa forma delante de sus hombres.
-Ya no importa. Entraré primero. Cuando empiece el jaleo, entrar en tromba y no les dejéis reaccionar. Desde aquí yo buscaré a Jacinto, Elric. Cuando yo salga corriendo, sígueme. Cuando terminéis con los orcos, buscarme- sin esperar respuesta, Berta entró en el salón de baile donde se encontraban los orcos. La goblin miró a su alrededor y buscó algo que le diera ventaja, vio una ventana que daba al terraplén y se puso frente a ella.
Los orcos estaban tan entretenidos jugando al póker Jottunita, que ni se fijaron en ella. Berta se aclaró la garganta y gritó - Eh, sacos de pedos, quien está aquí al mando. Aparte de esa mariquita mala de Elsarin-.
Los orcos dejaron de charlar y reír para mirar a la goblin, el tenso silencio se prolongó hasta que un orco enorme se puso en pie y bramó -Yo soy Domitor, capitán de...- Berta le interrumpió.
-¿Has dicho, Vomitó? ¿Y te dejan ser capitán de algo llamándote así?- se burló la goblin.
-He dicho, Domitor- la corrigió el orco.
-Vómito- respondió Berta.
-Domitor- ladro el orco.
-Vómito- insistió Berta.
-¡Es Domitor! ¡Te voy a arrancar esas orejotas y me voy a hacer un collar con ellas!- gritó el orco ya fuera de sí.
-Lo puedes hacer. Pero por la mañana, te seguirás llamando, Vómito- respondió la goblin con tono burlón y petulante.
El orco se lanzó a la carrera a por Berta; estaba tan cegado por la ira que, no vio venir el plan de la goblin. En el último momento, cuando el orco le iba a echar el guante, la goblin se apartó, poniéndole la zancadilla.
El enorme orco salió volando por la ventana. A continuación, Berta desenfundó su daga y se lanzó contra los estupefactos orcos. Se abrió paso, pinchando y cortando todo lo que se puso a su alcance hasta que alcanzó la puerta del salón de baile. Como si esa fuese la señal, los humanos de Berta entraron, uniéndose al combate y superando a los orcos que en condiciones normales deberían haber dominado la situación.
Berta, ya en la puerta del salón, vio toda la escena con una sonrisa en los labios mientras esperaba a Elric. Cuando este llegó, la goblin le dijo divertida -Y así es como se monta una escenita-.
-¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre provocar así a un orco?- le preguntó el enano cruzando la puerta sin detener su carrera.
Berta corrió tras él -Así es como hay que enfrentarse a un orco. Los provocas y se cabrean tanto, que cometen errores- Berta ya corría por delante de Elric -Podría haberme metido con su madre, debería haberle dicho que; su madre es una vaca burra. Eso sí que le habría cabreado, nada cabrea tanto a un orco como la verdad- Berta empezó a reír entre dientes -Por fortuna, para ellos, el truco solo funciona cuando lo hace un goblin. Si no, ya se habrían extinguido hace mucho, mucho tiempo- las carcajadas de Berta retumbaron en las paredes del pasillo.
Capítulo 17. El Despertar del Dragón.
"Esta es el agua, y este es el pozo. Bebe hasta saciarte, y Baja.." La Logia Negra.
Despertó en la fértil tierra negra. Se desperezó lentamente mientras se alzaba sobre el lecho de su letargo.Su piel era casi translúcida, dejando adivinar las fibras musculares, venas y tendones .. Unas feas raícesnegro sangre coagulada se habían formado entre su cuerpo y la tierra, las arranco mientras se levantaba.Sus siervos habían preparado una gran bañera de metal, llena hasta el borde de sangre todavía caliente,que aún goteaba de las gargantas abiertas de varios cuerpos colgados del techo boca abajo.Se sumergió lentamente, incluso la cabeza. Solo su larga melena roja flotaba sobre la sangre.Un buen rato después, cuando el espeso líquido se quedó frío del todo, asomo el rostro, ahora de cutis de porcelana, con pómulos rosados y labios rojos. Sus grandes ojos verdes brillaban con una alegre luz.Salió de la bañera, solo una pequeña capa de sangre coagulada cubría su desnudez. Se acercó a la zonade su descanso donde estaba la tierra revuelta. Escarbo con cuidado y enseguida extrajo unos extrañosfrutos, como tubérculos de curiosa forma orgánica e intenso color rojo. Los llevo a la mesa, se lavó lasmanos en una palangana y se limpió la sangre del cuerpo con una toalla. A continuación, se vistió con una larga bata verde oscuro y subió las escaleras de la planta subterranea, donde una antigua bodega se cubría de polvo lentamente.
Se arrodilla frente a él, le aprieta el tubo de goma en el brazo y, sosteniendo su mano con el sobaco, rompe la cabeza de la ampolla y se centra en preparar la inyección. La intención del hombre es la de ofrecerse, dejarse llevar, pero los problemas los provocas cuando tus instintos deciden por ti y él siempre ha llevado una vida de problemas. Cede a un sutil pensamiento intrusivo y, simplemente estira el pie empujando la rodilla de la falsa María, que resbala y cae de boca contra la punta de la aguja.
La impresión le hace saltar hacia atrás. Se arranca el metal para descubrir que es tarde porque la jeringa ya está vacía. La adrenalina contrarresta por momentos el efecto del narcótico. La aguja entró por el lateral de la nariz y vino a vaciarse al pinchar el fondo de la garganta. No puede tragar, babea y mira con susto, duda y decepción a quien tanto cuidó.
Quiere preguntar por qué, quiere alzar la voz, quiere insultar. Solo consigue exhalar un bramido para caer hacia delante y apresar el tobillo de su paciente. Él está asustado. No comprende por qué lo ha hecho y no tiene más remedio que terminar con lo que empezó. Se levanta usando la estantería. María sigue agarrada. Le duele e impide avanzar. Pendula el brazo y golpea su rostro con el dorso de la mano. Pierde el equilibrio y el dolor le inunda la mano. Se endereza y el cuerpo se le va para atrás. Tiene que agarrarse con la escayola a la parte alta de la estantería que cede y ambos caen sobre la mujer. Se ha hecho mucho daño, aunque no tanto como ella, que, con un estante doblando su pescuezo, gime como quien se lamenta entre sueños, con los ojos en blanco y empapando el brazo del hombre con la sangre que le brota de la boca. Dulce ironía la que, en las puertas de la muerte, te obliga a devolver la esencia que has robado. Él usa sus últimas fuerzas para, con la escayola a modo de palanca, apartar un poco el peso de las maderas y salir arrastrándose del almacén. En la calle, las luces del alba lo ciegan desde el horizonte y le regalan la promesa de un nuevo comienzo. Por fin se pone en pie.
En el primer paso duda si mirar hacia atrás y asegurarse de que esa loca en realidad está muerta. Aunque su historia de sangre y regeneración fuese cierta, la forma en que quedó bajo el mueble mataría a cualquiera. Además se lleva de regalo una buena torta que seguro le arrancó algún resto de diente. El golpe, la mano… la mira para descubrir que una astilla le ha abierto una brecha antes de anclarse entre los tendones. La sangre que rodea el golpe no es suya, si no de ella. Le Baja desde el hombro, le empapa la herida, pero no escuece, alivia.
Lleva quince pasos cuando valora la posibilidad de que lo que le contó fuese cierto. La herida se cura sola. Es posible que su sangre sane a la mujer porque parece que la de la mujer hace lo mismo sobre él. Treinta pasos y se siente mejor que en meses. No le duele el antebrazo bajo la escayola, el sol hincha su piel y la llena de vida. No cabe duda. Es su sangre y ella se muere.
Cuarenta pasos lo separan de su captora cuando para y mira hacia atrás. Aún puede estar viva y quién sabe hasta cuándo podrían alargar un sanguinolento trato de inmortalidad. Es un hombre con mala suerte, pero sabe reconocer las oportunidades cuando le pegan en la cara. Tiene que volver y sentarse a hablar con ella, salvarla a toda costa. ¿Qué importa el dinero o los lujos si sabes cómo obtener el tiempo que quieras?
La luz de la mañana afeita el suelo que pisa. Las telas de su vestir, lo hacen parecer un bulto más en el horizonte y el impacto de la línea 44 de guaguas municipales, borra de golpe tres historias: la de ella, que se muere aplastada bajo una estantería; la de él, bajo un vehículo de cuatro pares de ruedas y la que alguna vez pudieron haber tenido en común.
Buenas noches, maestros y maestras del chat. Esta es una historia autoconclusiva que se me ha quedado un pelín larga, por lo que recomiendo que se lea en varias partes.
Dicho esto, solo espero que sea de su agrado y lo disfruten tanto como yo al vomitarlo sobre el papel. .. Besis
El impacto de la 44
Perdió su trabajo de enfermera, el matrimonio, la casa. Los primeros en desaparecer fueron sus padres. Así, de repente. No estaban en la flor de la vida, pero sí que disfrutaban de la edad de la cosecha. Éste suceso desencadenó el resto de desgracias (ansiolíticos, antidepresivos, empleo, matrimonio…), menos una: la del cáncer terminal.
Rodeada de muebles rotos, en el almacén que le tocó por herencia, la llamaron para hacerle llegar los resultados de unos análisis que había olvidado. Los granitos que nunca sanaban no eran a causa del estrés, sino por la formación de células dañinas en la piel, y empezaban a colonizar otros órganos. El resto de los detalles se convirtieron en una jerigonza absurda tras la palabra maldita… Cáncer.
Pasadas tres semanas, ha cambiado las cremas contra el picor, por la mezcla más barata de vinagre blanco y agua con que limpia el zulo que es su hogar. No quiere medicarse. ¿Para qué? Le basta con el cóctel de pastillas que le recetó el psiquiatra. Le ayudan a olvidar la mierda esa de “menos de un año de vida”. Le preocupa que el dinero llegue para pagarlo todo durante el tiempo que le queda. El divorcio la dejó seca y los seguros se niegan a responder y solo le queda el subsidio de desempleo.
Cada vez que lo piensa, suda, y cuando suda, le pica.
Rascarse los codos, la cara, el cuello, la corva de los brazos, la ingle, entre los dedos, es lo que peor lleva. Le parece estar cubierta por cientos de orugas procesionarias. De esas que le hinchan el hocico a los perros. No debe ceder a la tentación pues, no pararía hasta hacerse mucho daño. Con esfuerzo y voluntad se desinfecta la piel a base de gel hidroalcohólico. El picor se vuelve ardor, después, unas friegas con vinagre aguado para eliminar bacterias y hongos en las costras. Le desquicia la espera de un alivio que tarda entre 15 y 20 minutos en llegar. Solo falta lidiar con la metástasis e intentar dormir. Ardua tarea.
Descansa sus huesos sobre un sofá más pequeño que ella, sufre ataques de nervios durante el sueño y aprieta los dientes hasta astillarlos y despierta entre retortijones y el rechinar de su propia dentadura. Cuando eso ocurre, escupe trocitos, se enjuaga con linimento y traga alguna pastilla. Hoy se han acabado, pero lleva un tiempo guardando un porro para emergencias así.
Le sienta tan bien que deduce que el canuto ha mejorado curándose en su caja de madera. Se relaja y nota como los bultos en su interior se acomodan para no doler. Con la mandíbula suelta, calorcito, una manta de pelo sobre el sofá y esa voz narcótica en la radio, se presenta frente a las puertas del descanso. Le esperan horas de sueño reparador, del que no ha tenido en meses. Sonríe y, como una cerda en su chiquero, duerme enterrada en su miseria.
Despierta sobresaltada por el ruido de un forcejeo junto al ventanuco. El susto le provoca un tirón desde el cuello a la cintura y una riada de sudor le brota por el cuero cabelludo y la columna vertebral. Pica, arde, escuece. Quiere quejarse, pero le avergüenza ser descubierta durmiendo en esas condiciones. Eso y que están apaleando a alguien al otro lado de la pared. Si no enciende las luces, desde dentro puede ver qué pasa en la calle, pero no al revés. Se asoma. Son 3 contra 1, son fuertes, violentos y tienen porras extensibles. Recuerda ver a la víctima gritando en medio de la calle, ebrio, buscando pelea. Sí, un auténtico capullo.
Primero le gusta ver cómo alguien le da lo suyo a un ser tan desagradable. Ahora cree… No; Sabe que se están pasando; Demasiada violencia, demasiada crueldad. Al capullo le cuelga la mano izquierda del antebrazo como si éste se hubiese vuelto de goma entre el codo y la muñeca, algo se desprende de su cara. Algo que ella no identifica porque le chorrea sangre desde muchos sitios.
La víctima cae al suelo. Lo quieren matar y ella, sin saber bien qué hacer, intenta llamar a la policía. El sudor le obliga a asir con fuerza el terminal, pero los nervios le impiden marcar la combinación que tiene en su cabeza. Se enciende la luz del teléfono y el corazón se le quiere escapar por la boca. Baja las manos, tensa los brazos, arquea la espalda. Le duele respirar y la ropa le pica. Cientos de orugas peludas le abren caminos bajo la piel. Se concentran en los sobacos, alrededor de las tetas, el centro de la espalda, el cuello, la cara. Quiere gritar, pero solo puede rechinar los dientes y apretar el móvil con más fuerza.
La puerta se abre de golpe. Ella no sabe qué hacer aparte de temblar angustiada. Meten al moribundo con un empujón. Para ellos el lugar solo está lleno de trastos y peste a porro. Golpean el cuerpo inconsciente hasta que uno de los atacantes, con un barrote para cortinas, apunta a la nuca de su presa y prepara el golpe de gracia.
De pronto, la mujer grita como nunca desde la oscuridad, oculta tras una montaña de sillas.
Esos salvajes se acojonan y pierden el color en el rostro. Luchan contra su miedo para entender qué está pasando mientras ella salta a través de los trastos con los ojos enrojecidos y golpea la sien del verdugo con la esquina del móvil. Los otros saltan aterrorizados hacia atrás. Están viendo a una criatura violenta de encías sangrantes que, envuelta en telas, les ataca. Algo de otro mundo destroza el cráneo de uno de ellos entre gritos de un idioma incomprensible. Pueden ver sus facciones mortecinas completamente descuadradas. Retuerce los brazos como un muñeco al que no le encajan hombros ni codos, sigue machacando aunque el teléfono se descomponga con cada golpe. Cuando por fin les dirige la mirada desde la oscuridad, ya no puede aguantar las ganas de mudar cada centímetro de su piel a base de rascadas salvajes. Grita que salgan corriendo de allí. Hiere su piel con las piezas del móvil, levanta las caspas recientes, brotan gotas de los arañazos y escupe más astillas de dientes junto a cuajarones de sangre. Es algo distinto a una persona, es algo más que una bestia… Es un monstruo.
Al nacer cayó justo en el centro de un charco hecho de lodo, lava y alquitrán. Por eso, sus hermanos, diablos de la corteza grandes y lustrosos, decían que Kraulet nunca nació. “A él lo cagaron”. Quizá por eso sería que creció siendo distinto a los del resto de su especie.
La mayor parte del tiempo, medía un tercio de la altura de los demás. Solo cuando tenía un hambre de verdad, de esas de las que hacen que sientas cómo el ombligo se te pega a la columna, era cuando tomaba la envergadura de un auténtico diablillo de la corteza.
A éste en concreto, le encantaba comer. Era lógico que su aspecto fuese el de una especie de chimpancé gordo, rojo, sin pelo, un rabo enorme y dos cuernos rizados más grandes que su propia cabeza, correteando entre los charcos ardientes del hueco en el que habitaba su gente.
La mañana después de cumplir 200 ciclos (con lo que quiera que sea a lo que equivalga eso), aún con la resaca de la celebración corriendo por sus entrañas, despertó por culpa del ruido de varias explosiones bajo el suelo. Aturdido, salió de su cueva para ser arrasado por sus vecinos, que huían a la carrera. Cuando al parar un poco miró a sus pies, vio que la lava le cubría hasta los tobillos. Lo que nunca creyeron que les podría pasar, estaba pasando. Una inundación.
Como pudo y gracias a que, aunque gordo, era más bajo que un hoyo, escaló la pared y se coló por los túneles de ventilación hacia varios niveles más arriba.
Esa era la zona de los técnicos de mantenimiento y no solía estar muy transitada, pero esa vez no cabía ni un solo diablo más. Estaban tan hacinados que empezaron a enredárseles los cuernos. Su especie podía soportar el calor de la roca fundida, mas no eran capaces de respirar bajo la lava que no cesaba de ascender. Los gritos atormentados de sus vecinos atrapados subían más rápido, pero aún así, la marea roja ascendió más rápido que la mayor parte de ellos.
Kraulet pasó el resto de ese día subiendo a través de respiraderos, con el eco de los lamentos lamiéndole el ojete. Por fin, el silencio de las galerías le hizo saber que por primera vez en su vida estaba completamente solo.
Las siguientes semanas describieron una travesía sinuosa de ascenso hacia la locura.
Así, una heladora luz reinante sobre una bóveda celeste, le sorprendió hablando con las voces de su cabeza. Ese majestuoso lugar lleno de luz era como el que había oído nombrar en los cuentos de leyenda: un sitio con plantas verdes, animales con pelo y plumas y grandes cantidades de vapor líquido como el que usaban para templar sus herramientas.
Han pasado muchos años durante los que el diablo disfrutó de comprender a las criaturas que habitan el exterior.
Le gusta lo que ha visto y aprendido de sus costumbres, su comida, bebida, sus placeres y sobre todo, esa enorme ciudad que poco a poco ha ido creciendo a su alrededor. Hoy en día se afeita los cuernos y viste gabardina con sombrero cuando pasea por las noches de Bay City. Siempre bien alimentado para no llamar la atención, conversando en voz Baja con el eco de sus antepasados que le aconsejan por primera vez, que intervenga en la vida de los humanos. Debe impedir una paliza a un mendigo. Por primera vez crece hasta un tamaño normal sin necesidad de pasar hambre.
Por primera vez, se pronuncian las palabras de la futura leyenda acerca de un demonio justiciero dispuesto a rondar las noches de la ciudad repartiendo némesis allí por donde va.
He aquí las primeras palabras del verdadero origen en la vida de un antihéroe de los de verdad, con nombre y apellido, al que conoceremos simplemente como.
El Diablo.
A las cuatro de la madrugada, el barco nodriza, dejo a las dos pequeñas lanchas a varios kilómetros de su objetivo. A petición de Berta, los soldados habían envuelto los remos en tela, para no producir espuma, y no ser traicionados por su blancura en la oscuridad. También había ordenado que todos los objetos metálicos se oscurecieran con carbón y, sobre todo, que se dejara en el barco cualquier tipo de armadura que no fuera de tela o cuero. Por supuesto, esto no fue bien recibido por la tropa, que esperaba un heroico asalto anfibio y no terminaba de comprender los conceptos básicos de una operación encubierta.
Ya amanecía cuando tocaron tierra. Con los primeros rayos del sol, la playa, brillaba como el oro. La goblin saltó de la embarcación, se arrodilló y cogió un puñado de arena. ¡ERA ORO!.
-Las arenas de esta isla, tienen una alta concentración de Pirita- le dijo Elric que se encontraba a su lado -las playas, parecen literalmente echas de oro. Pero no valen nada-.
Berta abrió la mano y permitió que la dorada arena se deslizara entre sus dedos -todo lo que brilla vale algo- murmuró.
La goblin pensó que, tal vez más adelante, podría conseguir que le cedieran un terreno allí, o mejor, la isla entera. Construiría una pequeña villa donde jubilarse.
Aunque para alguien como ella, empeñada en ser ministra, y que sería asesinada por su sucesor, los sueños de retiros dorados, no eran más que una quimera, así que deshecho la idea.
Berta se puso en pie, y se volvió para mirar a los soldados humanos, que ya formaban un semicírculo a su alrededor. Le habían dicho que eran buenos soldados, disciplinados y obedientes. Para la goblin, eso era un problema. Estos humanos estaban acostumbrados a no hacer nada sin recibir órdenes concisas, lo que, en una operación de este tipo, podía ser nefasto. Para este tipo de cosas, se necesitaba a personas muy particulares, gente capaz de mostrar iniciativa propia y tomar decisiones rápidamente, y sin que nadie se lo mandara. Además, no los conocía, ni ellos a ella. Pero esto era lo que tenía.
La goblin alzó la vista para mirar a los hombres a la cara. En la penumbra que acompaña a la salida del sol, y con la cara cubierta de hollín, parecían espíritus de la venganza. Solo parecían. Berta sabía que, la mitad no eran más que críos, que hoy tendrían su bautismo de fuego, y que el polvo de carbón solo ocultaba lo acojonados que estaban en realidad.
-En el barco ya hemos hablado de lo que vamos a hacer, nuestra única ventaja es, que no esperan que estemos aquí, por lo que, seguramente apenas tendrán un par de guardas aburridos y somnolientos- Berta sacó el reloj de uno de los bolsillos de su vestido negro, que era lo más apropiado que había encontrado en su equipaje -A esta hora, ya debe de haber comenzado el ataque- miró a los ojos de los humanos -os han elegido porque conocéis el terreno. Aprovecharlo. Eliminar al enemigo con sigilo. No queremos que se alarmen y enciendan la atalaya… y una última cosa. No se hacen prisioneros. Me importa una mierda que sean vuestros hermanos o vuestros putos primos. Ellos no dudaran en mataros- con un gesto, la goblin indicó que empezaran a moverse.
Tras un segundo de duda, los quince humanos se dividieron en tres grupos y se internaron entre los arbustos bajos. Aún tenían que superar el medio kilómetro que les separaba de la pequeña fortificación de esa isla, y Berta no quería que los defensores los vieran hasta que fuera demasiado tarde para ellos. El tiempo apremiaba.
Cinco minutos después, tenían la torre ante ellos. La achaparrada y maciza construcción, se elevaba a la orilla del mar, rodeada por una Baja muralla inclinada. Berta no dejó de consultar el reloj, mientras esperaba a que la pareja de humanos que había enviado para reconocer el terreno, volvieron para informar.
Una vez conocido el número de guardias, la goblin repartió los objetivos y dio la orden de comenzar. Mientras que una célula de la hermandad de los cuchillos largos, se habría movido como una manada de lobos, los humanos lo hicieron despacio, de forma dubitativa. Berta ya sabía que las cosas no saldrían como planeaba y que todo dependería de la suerte.********La goblin trepó por el muro inclinado, indicándole a Elric que la siguiera dos minutos después. Al llegar arriba, vio la puerta de la torre. Estaba abierta, bien, de momento la suerte les sonreía. Al fondo de la explanada, pudo ver cómo una pareja de sus humanos daba buena cuenta de uno de los guardas. Empezaba a moverse con precaución para entrar en la torre y liquidar al resto de la guarnición mientras dormían, cuando sucedió lo que temía.
Todo sucedió muy rápido, alguien empezó a golpear una campana mientras daba la voz de alarma, hasta que lo silenciaron, pero ya era tarde, un guardia salió de alguna parte y corrió hacia la torre, estaba a punto de cruzar la puerta y atrancarla, cuando un trueno retumbo a la espalda de Berta, el guardia se derrumbó justo cuando entraba en la torre.
La goblin se volvió para ver a Elric, que sujetaba una pistola humeante -¡Buen disparo!- le felicitó Berta, antes de lanzarse a la carrera al interior de la torre. Si los defensores encendían la almenara, lo estropearían todo.
El piso inferior, era el almacén y polvorín; desde allí, salía una escalera que llevaba a los pisos superiores, donde estaba el dormitorio. Berta subió la escalera como una exaltación, pero los defensores ya habían bloqueado el hueco con un portón. Tras intentar empujarla varias veces, lo dejó por imposible y bajó la escalera con calma. Al llegar al piso inferior, se encontró con uno de sus humanos.
-Han encendido la almenara. Hemos fracasado, deberíamos retirarnos- el hombre se lamentó azorado.
-¡No se dejan las misiones a medias!- le contesto Berta con decisión -No tenemos tiempo ni personal para limpiar la torre, quiero que la queme con esas ratas dentro-.
-Pero, el fuego alertará a las otras islas- dudó el humano.
-La almenara ya está encendida. ¿Qué teme, sargento? ¿Qué nos descubran aún más?- la goblin le dio la espalda y empezó a salir de la torre -lance la vengala para que la flota sepa que está isla ya es nuestra- la goblin miro al humano que vacilaba -haga lo que le digo, aún tenemos una oportunidad-.
Berta caminó hasta el parapeto de la muralla y se sentó en la cureña de uno de los cañones que la resguardaban.
Elric se le acercó -Creí que estarías furiosa después de este fracaso-.
-Los planes no suelen salir como se espera- le respondió Berta con calma, sacando su petaca de debajo del cuartillo de cuero que llevaba sobre el vestido. Se la ofreció al enano que la rechazó cortésmente.
La goblin bebió antes de continuar -estos humanos, apenas saben de qué lado se agarra una espada. Se veía venir- tapó la petaca y la volvió a guardar -Esto, solo me obliga a decidir un pequeño cambio de estrategia- Berta guardo silencio un momento, hasta que pareció tomar una decisión, después paso a exponer su nuevo plan con voz queda -El espectáculo de luces que vamos a montar cuando arda la torre, junto al ataque de Camelia, creará confusión en las otras islas, y eso nos conviene. Nuestros humanos se vestirán con la ropa de los cinco o seis guardias que hemos matado aquí fuera. Y nos llevarán a la siguiente isla en una de las barcazas de este fuerte- la torre ya había empezado a arder -Nuestros humanos, informarán a los defensores de la siguiente isla, de que el resto, somos un grupo de prisioneros, y de que lo sucedido aquí, no fue más que un ataque de diversión, que ya está controlado. Cuando esa escoria se dé cuenta del engaño, ya les habremos apuñalado por la espalda-.
-Tengo que reconocer que eres muy astuta, Berta- Elric estaba impresionado por lo rápido que la goblin había urdido un nuevo plan, aprovechando lo que a primera vista, era un auténtico fracaso.
-¡Pues claro! Tengo que serlo. Algún día seré ministra- Berta le guiñó un ojo a Elric, aunque al ser tuerta y llevar parche, no tuvo el efecto que ella deseaba.
-Sargento- grito -que sus hombres recojan los uniformes de los guardias muertos. Que se los pongan los más espabilados. Y que preparen una de las barcazas del fuerte- la goblin se puso en pie y consulto su reloj -os explicaré el plan por el camino-.
La luz verde de la bengala, que confirmaba que la operación continuaba según lo previsto, baño la pequeña isla mientras rompía el alva.
Segunda Parte.
Capítulo 1. Luz en las tinieblas.
En la Cripta de los 49 escalones, bajo la Capilla de las Esclavas.
Todo está en silencio. Algo se remueve en la oscuridad, algo toma cuerpo frente al espejo, el altar y la bañera. Badr, la eternamentejoven vampiro Lasombra, el rostro severo y moreno. No necesita luz para ver lo que está contemplando. Tampoco la necesita paracaminar por el abismo y para manipular las tinieblas. Unos lagrimones como garbanzos de sangre asoman a sus ojos, y se deslizan por su cara a esa velocidad tan peculiar, hasta caer y salpicar en el suelo. Entonces, algo se alza en el sarcófago relleno de agua, salpicando alrededor. Un hombre oriental, calvo y con pupilas doradas, que brillan tenuemente. Frente al espejo, algo rellena desde dentro una túnica colgada del techo, algo viste una máscara de una antiquísima calavera. Se sacude en el aire y desciende al suelo, como quien Baja un escalón.
-¿Está.. Muerta? -, pregunta Badr, señalando el cuerpo petrificado de una niña, que yace sobre el altar.
Una voz profunda y cavernosa le responde tras la máscara de la calavera.
-Badr de los Ashirra, señora de Granada. Mi nombre es Arteos, y somos La Mano sin Sol. Puedo guiarte hasta la ciudad de Enoch, y allí podrás consultar en nuestra biblioteca el Libro de los Nombres de los Muertos. Toma mi mano y seré tu guía..-
Badr duda por un instante, mirando al extraño nagaraya de ojos luminosos. Después, tiende su mano a la criatura de la túnica negra,y ambos se internan caminando a través del alto espejo de plata.
Capítulo 2. La guerra por el paraíso.
Badr y Arteos caminan por el abismo, la obscuridad más allá de las tinieblas. Arteos sujeta la mano de la joven, y con su voz retumbante le ruega que no lo suelte, pues él se perdería y ella no encontraría su destino. -Permíteme contarte una historia mientras caminamos, así alejaré el miedo y marcaré los pasos:-En los albores de la civilización, terribles señores vampíricos lucharon por el mayor de los trofeos, la raza humana..Unos, guiados por demonios, corruptores, nefandos y malévolos. Otros, antiguos clanes, con más interés en controlary guiar a los humanos que en devorarlos. Terribles hechos y batallas tuvieron lugar en la tierra y en los mismísimos infiernos. Incluso tu pequeña amiga de los Al-Amin tuvo su papel en esta historia..