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La hija del Voivoda (homenaje a mundo de tinieblas)

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Alastaer
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Una espiral de sombras, 2ª parte.

-Espero que haya entendido los términos de nuestro acuerdo, mister Pitcher. - Meshenka miraba fijamente con
su ojos verde esmeralda al campesino, que permanecía sentado frente a ella.
-¡Cállate ya, y bebe, vampiro! -Dijo el hombre, agarrando una copa de la mesa, llena hasta el borde de sangre,
sangre de Meshenka.
Ella tomó la otra copa que había en la mesa, y sonriendo sinceramente, brindó: -¡Por una larga y fructífera relación!
- y apuró su copa en dos largos sorbos.
El hombre la miró con aprobación y bebió la suya de un trago.
De repente, empezó a temblar visiblemente, apretando los dientes. Un gruñido surgió de su interior, cada
vez más intenso y animal. Meshenka reía, primero suavemente y pronto a carcajadas, sin dejar de mirar al
hombre, que se sacudía intentando ponerse en pie sin dejar de temblar y rugir.
En un instante, el hombre se transformó en un hombre lobo enorme, de más de dos metros y medio de alto.
Con todo su pelo negro, parecía un borrón de sombras, con colmillos y ojos amarillos antinaturales.
Aulló a pleno pulmón. Se removía como un loco, pero estaba claro que se preparaba a saltar sobre ella.
Meshenka, sin dejar de reír, sufrió una transformación similar. De manera casi más bestial, su cuerpo creció y
desarrolló garras, hocico, colmillos y zarpas. Su pelaje era una gran melena pelirroja, sus ojos brillaban granates.
El lobo negro salto sobre ella, pero ella lo esperaba. Evitó el abrazo de sus garras a una velocidad increíble.
Golpeando las patas traseras de su oponente, lo derribó el tiempo justo para saltar sobre él, atrapando su
cuello en una llave de acero, que parecía haber practicado hasta la perfección. El lobo negro se revolvió y
se agitó con fuerza, pero Meshenka no aflojó un ápice su presa.
-¡Ríndete, cachorro! -le dijo, riendo, con una voz profunda, pero musical y femenina.
Al cabo de un rato, o por la falta de oxígeno, el lobo negro se calmó. Meshenka lo soltó y se puso en pie.
-Bienvenido al Sabbat, renegado.

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Alastaer
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Mensaje interceptado a un agente assamita, dirigido a Goratrix, de la casa Tremere.

En la biblioteca de Ŷubayl encontrarás el camino a las fuentes del Ain el-Malik,
donde atravesaras las lágrimas de Isis para llegar hasta la tumba de Ahirom.
Pero escucha la advertencia:
Quien descubra este ataúd, entonces romperá el cetro de su magistratura,
el trono de su realeza se derrumbará, y la paz y la tranquilidad se alejarán de Ŷubayl.
Y en cuanto a él, si borra esta inscripción, su manto real será rasgado.


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Alastaer
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Diario del comandante John Butler. -1º de Rangers de Butler.

Fuerte Wintermute, río Susquehanna, valle de Wyoming.
3 de julio de 1778.

El fuerte arde. El fuerte Jenkins arde hasta los cimientos en la orilla opuesta del río.
Ha sido una trampa perfecta. Los yankees creyeron que nos retirábamos, pero solo
esperábamos escondidos.
Cuando se acercaron los inexpertos reclutas americanos, mis rangers se levantaron
del suelo y los acribillaron, mientras los iroqueses caían sobre ellos desde el bosque.
Huyeron en desbandada, mientras los indios los perseguían y los masacraban.
El rencor de los indios a los colonos es terrible, se están cobrando una sangrienta
venganza en cabelleras humanas.
Mañana avanzaremos al sur para tomar Forty Fort.
El fuego y el humo, y la sangre en el agua, anunciarán nuestra llegada.

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Alastaer
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Forty Fort, esa misma noche.

Lydia, la hija del reverendo Jacob Johnson, lloraba desconsoladamente:
-¡Mi señor esposo, Zebulón, muerto! ¡Dios mio! ¡Recien casada y ya viuda!
El capitán Obadiah Gore intentaba calmar a la joven. Mientras, el muchacho,
más bien un niño, que habia traido el mensaje de la derrota al teniente
John Jenkins, la miraba perplejo. Estaba cubierto de barro, hollin y sangre.
El capitán Wiliam Gallup sugirió: -Deberiamos huir, cuando lleguen los
indios nos matarán a todos. Mujeres, niños, animales..
-Organice la marcha, en una hora partimos. -contestó el teniente Jenkins.
El anciano reverendo ayudó a su hija a recomponerse mientras los soldados
corrian en sus preparativos. Un siniestro resplandor rojo teñia el cielo nocturno.


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Alastaer
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Esa misma noche, mucho más tarde..

La caravana de mujeres, ancianos, niños y enfermos, avanzaba penosamente
en la oscuridad. Todavía no habían podido asimilar la perdida de sus padres,
esposos, hermanos y amigos. Ni el tener que abandonar sus hogares, aterrados.
El capitán Obadiah Gore se había quedado en Forty Fort, con la esperanza
de reagrupar a los supervivientes de la batalla, si es que había alguno.
El teniente John Jenkins cabalgaba al frente, y el capitán Wiliam Gallup en
retaguardia, con la viuda del coronel Zebulón.
Pese a la premura en sus preparativos, un pequeño grupo de exploradores
iroqueses se habían percatado de su intento de huida. Habían dejado que se
alejaran del fuerte, y se preparaban para emboscarlos en el camino, dispuestos
a perpetrar una matanza sobre los indefensos civiles.
De repente, un aullido profundo y siniestro rompió el silencio del bosque. Otro
aullido, aún más escalofriante, sonó en respuesta al primero. 

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Alastaer
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Dos gigantescos lobos, una roja y otro negro, se abalanzaron sobre los desprevenidos
iroqueses. Pero estos eran bravos guerreros Séneca, y lucharon sin miedo.
Dispararon sus armas de fuego con proyectiles de plomo. Descargaron sus hachas
y cuchillos de sílex sobre las bestias, pero estas parecían inmunes al dolor, y sus
heridas no sangraban. Se alzaron sobre sus patas traseras, tomando una forma aún
más gigantesca, todo músculo y pelaje, garras y colmillos.
Los indios que quedaban intentaron huir, sintiendo por primera y última vez el pánico
más visceral de sus vidas.
En el camino, los refugiados de la caravana solo escucharon lejanos aullidos, disparos
y algunos gritos provenientes del bosque. Continuaron a toda prisa la marcha,
en completo silencio, hasta llegar al fuerte Durkee la mañana siguiente.

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