Forum

Avisos
Borrar todo

Historias de Bay City

78 Mensajes
6 Usuarios
2 Likes
1,385 Visitas
CoquinArtero
(@coquinartero)
Reputable Member
Registrado: hace 3 años
Respuestas: 251
 

Cosas que viví en Bay City.

La primera apuñalada.

     En 1985, el barrio lucía muy distinto. Yo no era más que un niño sin nociones de las cosas que realmente podían hacerte daño y en casa, a pesar de todo, siempre hubo un esfuerzo activo por tenerme a mí y a mis hermanas, sin influencias de la calle. Un trabajo difícil en los barrios de protección oficial, con la heroína corriendo sin control y poco tiempo después del asesinato de mi tío a pocas manzanas de allí.

     Acababa de cumplir seis años. Yo, no mi tío. Él era algo mayor que mi madre. De unos 30 o así. Nunca me han hablado de qué fue lo que pasó. Solo la vi salir corriendo de casa mientras decía que ahora volvía. Que acababan de matar a su hermano.

     Como dije, era un niño, pero no tonto. No tanto como los mayores creían. Notaba en su forma de comportarse cuando estaba presente, que intentaban reprimir emociones que de ser expresadas, podrían hacerme daño. Después, cuando nos quedábamos solos en casa, nuestros padres ni siquiera se molestaban en hacer el esfuerzo de contener sus palabras. Tanto entre ellos, como con sus cuatro criaturas que crecían llenos de preguntas.

     Mi recurso, el que al menos no empeoraba la situación, era el de quedarme callado, con los ojos muy abiertos y sin hacer nada hasta que me mandasen a quitarme de en medio. Así fue hasta que un día, me llegó el encargo de bajar la basura al contenedor.

     Vivíamos en el primer piso de un edificio de once plantas. Había muchos así, pero cada bloque de viviendas tenía la vida de una ciudad autónoma: una tienda de aceite y vinagre en el tercero B, una pescadería de tapadillo en el bajo, un par de peluquerías de muy bajo costo donde abrían pendientes, trapicheos varios y al menos en cada casa, alguien se ganaba unos centavos cosiendo y arreglando ropa para las señoronas del centro de Bay City. Todo esto, con un montón de niños de todas las edades que pasaban el día en la calle vigilándose unos a otros.

     Esa tarde no tuve ni siquiera que atar las bolsas. Mi madre había preparado dos enormes con todas las cosas que había encontrado para destrozar y tirar. La mayor parte eran revistas y pesaban un huevo. Quise llevarlas de un solo viaje aunque me costase un poco más porque estaba a punto de empezar la serie de El halcón callejero. Me encantaba esa mierda.

     Puse ambas bolsas frente a mí para engancharlas con facilidad al abrir la puerta y cerrar después tirando con el pie.

     Abrí y escuché que alguien subía desde el bajo con prisa hacia mi rellano. Algo tendrá que hacer por el edificio, pensé, Así que esperé a que pasase para no tener que esquivarlo con un bolsón en cada mano.

     Pasó a zancadas justo en frente. Creí reconocer su rostro por un segundo. Me acordé de una imagen suya, sonriéndome y tratando con respeto a mi madre. Lo asocié de inmediato con que debería ser un vecino cercano y saludé con un discreto: ¡Hop!

     No hizo caso y en dos zancadas ya tenía el pie en el siguiente tramo de escalera. Volví a poner atención en mi basura.

     Más pasos a la carrera me arrancaron un suspiro. Unos minutos atrás no había tanto tránsito y me iba a perder la intro de la serie. Solté las bolsas y esta vez no reconocí al que subió también con las prisas de quien se deja el niño en el coche. La cosa, es que el primero, el que creí que era un vecino, reconoció a alguien que, desde algún piso superior también bajaba a la carrera. El supuesto vecino estaba a punto de terminar el segundo tramo y desaparecer de mi vista cuando de repente, se paró, se dio la vuelta y arrancó a correr por donde había venido.

     La matemática quiso que bajando, se encontrase con el extraño justo frente a mis narices. Este, sin perder el tiempo, le metió tres puñaladas en las tripas.

     Uno, dos, tres… la cuarta y la quinta se las dio el tercer tipo que bajaba justo para picar dos veces y salir corriendo con el otro por la escalera hacia la calle.

     El vecino, contorsionado por el dolor, con una mano en el vientre y otra en los riñones, se giró en mi dirección y echó un vistazo a las heridas a través de la camiseta. Creo que vio lo mismo que yo: las tripas se le empezaban a salir y no podía contenerlas.

     Alzó la vista y se encontró de frente con mis ojos, abiertos como platos. Casi tan abiertos como los suyos. Con la mano de la espalda me dio un empellón en el pecho para meterme en casa con el impulso. Después agarró el pomo de la puerta y la cerró.

     A veces, cuando pienso en ese episodio, el primero, el más chocante, quiero creer que lo hizo para evitarme la visión de una muerte siendo tan joven. De hecho, no tengo ni idea de qué fue lo que pasó con ese tipo. Nunca lo volví a ver.

     Mi madre al notar que la puerta se había cerrado y yo seguía con cara de pato mirando al exterior, me preguntó qué era lo que pasaba.

     Le contesté sin pensar.

     —Acaban de apuñalar a un tío ahí fuera.

     Ella ni siquiera se asomó. Me llevó al baño, me dio una ducha caliente, tiró mi ropa a la basura y nunca más volvimos a hablar de eso.

     Pasaban cosas mucho más duras en Bay City como para ponerse a saborear la primera puñalada.


ResponderCitar
guetalon
(@guetalon)
Trusted Member
Registrado: hace 2 años
Respuestas: 46
 

Bay City. El sueño de Shanghai. 1 de enero de 1912.

Bay City se despertaba perezosamente después de una noche de fiesta y celebración. A esas horas de la mañana, el Sueño de Shanghai estaba vacío y los mozos de limpieza preparaban el local barriendo serpentinas del suelo y fregando copas de champaña. Pronto el Sueño de Shanghai volvería a la vida pero mientras tanto dormía, y el suelo aprovechaba para secarse con los taburetes y las sillas colocados encima de las mesas. 

Poco después del mediodía sonó el timbre de la puerta. Un fornido asiatico abrió, dejando entrar a una comitiva de cinco hombres. Mae Li, la hermosa socia de Bao Chang, esperaba en el centro de la sala para dar la bienvenida a sus invitados. 

— Sean bienvenidos —dijo con una reverencia al estilo chino—. Por favor, si son tan amables de acompañarme.

Los condujo a la parte trasera del edificio. Mae abrió una puerta y, apartándose a un lado, cedió el paso a sus invitados que entraron en una sala decorada con el mismo buen gusto que el salón principal. En el centro de la habitación había una mesa cuadrada con capacidad para unas veinte personas.

Por aquellos años, en Bay City, aún no se habían instalado la mayoría de mafias, sectas y asociaciones criminales que décadas después gobernarían la ciudad. Siguiendo el flujo migratorio predominante en el país, la ciudad se la repartían la mafia italiana que gobernaba Little Italy, las tongs chinas que mandaban China Town y la mafia irlandesa que se ubicaba principalmente en el barrio del puerto. 

Dos lados de la mesa se encontraban ya completos con los representantes de la delegación china e irlandesa. La comitiva italiana se sentó y en el lado que quedaba libre se sentaron Bao Chang y Mae Li. Cada asociación constaba de cinco personas: dos portavoces, uno por cada una de las principales familias de cada sector, y tres guardaespaldas que velaban por su seguridad.

—Bienvenidos seáis al Pacto de Fronteras —dijo Bao comenzando su discurso—. Como sabéis, este pacto, que se firmó hace cinco años y se renueva anualmente el día de Año Nuevo, es un juramento de respeto mutuo que las principales familias de la ciudad hacen para garantizar la paz y estabilidad dentro de Bay City. Un año más —continuo Bao abriendo los brazos—, he sido honrado al ser nombrado anfitrión de este evento y por ello querría daros las gracias a todos. Nada me alegra más que ofrecer mi casa como sitio neutral y punto de reunión, ayudando con este pequeño granito de arena a la estabilidad y felicidad de toda la ciudad.

Mae dió unas palmadas y de cada una de las esquinas de la habitación salió una joven camarera, cada una con una bandeja que llevaba una botella sellada de vino francés y cinco copas con filigranas de oro. Las chicas depositaron las botellas en la mesa y una copa frente a cada invitado. En cada delegación, la botella fue inspeccionada por uno de los guardaespaldas que cuando dio su visto bueno y comprobó que estaba totalmente cerrada y sin manipular, la abrió y sirvió vino a todos sus compañeros. 

—Brindemos entonces —dijo Mae—. Por un año repleto de riquezas.

Este particular pacto entre las distintas mafias criminales de Bay City, había traído un periodo de estabilidad en la ciudad que a todos les había traído buenos beneficios. El pacto renovaba los límites territoriales que gobernaba cada organización. En esos tiempos, la ciudad aún era pequeña y dentro de sus dominios cada organización era dueña de hacer lo que quisiera, manejar los negocios que se les presentaran y organizarse como pudiera. El pacto establecía que los integrantes de otras organizaciones podían andar libremente por territorios que no estuviesen bajo su dominio pero tenían totalmente prohibido ejecutar ningún tipo de negocio salvo que poseyeran un salvoconducto emitido por el consejo del Pacto de Frontera. El pacto además establecía cada año las zonas neutrales que debían respetarse y las normas especiales que gobernaban esos territorios. El Sueño de Shanghai y el propio puerto eran dos de esas zonas neutrales.

Todos bebieron el vino y durante las siguientes dos horas conversaron resolviendo pequeños conflictos y negociando nuevos acuerdos. Lo cierto es que en su interior y dentro de su propio territorio, todos despreciaban a sus rivales pero habían comprobado que, si mantenían un cierto decoro y evitaban usar la ciudad como campo de batalla, las autoridades y la policía les dejaban bastante manga ancha para sus negocios, de los que ellos mismos también sacaban beneficios.

 

Esa misma madrugada

Gregory Jones, inspector de policía de Bay City, bostezaba ruidosamente mientras se dirigía al muelle tres donde lo esperaba su compañero. Cuando llegó a su altura, se puso en cuclillas alumbrando con una linterna el cuerpo sin vida que yacía a sus pies.

— Parece un mendigo señor —dijo su compañero —. Lo encontró hace una hora uno de los estibadores que dio la alarma a la autoridad del puerto.

— Un borracho que ha muerto congelado ¿Y para eso me haces salir con este frío? Se me estan congelando las pelotas

— ¿Qué hacemos señor?

—Tiradlo al mar. Me vuelvo a la cama.

Esta publicación ha sido modificada el hace 4 semanas por guetalon

ResponderCitar
CoquinArtero
(@coquinartero)
Reputable Member
Registrado: hace 3 años
Respuestas: 251
 

Cuando entró en la adolescencia, mostró interés por las artes oscuras, el ocultismo, mesmerismo y otros tantos ismos donde destacó con fuerza el de la hipnosis. Era de esas ciencias donde, por mucho que te lo expliquen, siempre tienes que llegar a desarrollar ese Je ne sê quois, o como se diga, fruto de un potaje de actitud, contacto, modulación de la voz y una mirada que en conjunto son capaces de controlar la voluntad de terceras personas.

     Practicó con todo aquel que se le pusiese delante hasta que por fin dio con la fórmula adecuada, hecho que coincidió con su ingreso en un instituto donde nadie sabía nada de él. Es fácil pasar desapercibido en una ciudad de 3 millones de habitantes.

     Mantener en secreto su habilidad le ayudaría a posicionarse cómodamente en la jerarquía no escrita entre el estudiantado. Le ayudaría mucho más en las reuniones de tutoría privada que tenía con algunos profesores para mejorar sus notas. Por supuesto, alguien se terminó dando cuenta y pensó que en realidad se trataba de un metahumano.

     La ley Manca hacía meses que estaba vigente. Se empezaban a ofrecer suculentas recompensas por los metas no registrados y nadie investigaba mucho cuando lo políticamente correcto, era someter a un ciclo de presiones y anulación despiadada a cualquiera que pudiera haber nacido con anormalidades alucinantes. Los programas de tertulias tildaban de peligrosos delincuentes en grado de tentativa, a cualquier meta no declarado entre las clases bajas. Decían que lo mejor que podían hacer era ofrecer sus servicios al estado e incluso dejarse anular por éste de ser necesario.

     En el caso del muchacho, fue acusado de ser mentalista, uno de los peores pecados que podías cometer entonces en Bay city.

     La misma tarde de la denuncia, un equipo de asalto irrumpió con cascos de plomo en la tranquilidad de su hogar. Dormían la siesta desde el más grande al más pequeño. Entraron como siempre lo hacían con todos los metas, se buscaban la vida para meter gas somnífero por las rendijas de ventilación y cuando calculaban que podían estar fritos, procedían a su detención sin peligro alguno. Una simple mascarilla quirúrgica con filtro de papel bastaba hasta que la casa estuviese ventilada, y el efecto duraba horas. Suficiente para entrar, secuestrar y salir con discreción, pero algo no salió como esperaban. De no ser así, no tendríamos una trama y cuando termine, habrá quien prefiera haberse quedado sin historias de Bay City este sábado.

     Accedieron a  la vivienda por la puerta trasera. Estaban entrenados para abrir las ventanas en primer lugar y eso no pasó con los encargados de tal tarea. Entraron los dos primeros, al ver que no salían ni abrían vías de acceso, enviaron a otros dos con el mismo objetivo. La tercera tanda de asaltantes prefirió romper las ventanas y no supieron qué estaba pasando al arrojar algo de luz sobre los cuerpos de sus compañeros que yacían muertos a pocos metros de la ventana.

     Esos inútiles se habían equivocado de narcótico y usaron el que servía para dormir a los superfuertes o aquellos con factor de recuperación extremadamente alto. Para el resto, para gente de aguante normal, era un neurotóxico tan potente que te mataba en dos segundos.

     Ese día cayeron cinco miembros del equipo de asalto: las dos primeras tandas y el agente que rompió la ventana. Cayeron también los tres hermanos pequeños del joven hipnotista, sus padres, dos gatos y el chaval.

     Un desastre, una chapuza, un error.

     Intentaron tapar el asunto por todos los medios posibles, pero al final, quien levantó la liebre sobre la desaparición de la familia, fue el mismo chaval que denunció por metahumano a su compañero Pak o-mel.

     De la rata no trascendió su nombre, solo que empezó a hacer demasiadas preguntas cuando la hermana de Pak, de quien creía estar enamorado, dejó de aparecer por clase. Como las autoridades respondieron con el silencio, empezaron una marcha ante las cámaras de la prensa que, al llegar al centro de la ciudad, ya acumulaba más de trescientos mil ciudadanos exigiendo con violencia la derogación de la ley de registro, garantías y control de metahumanos .

     Las cosas se pusieron muy crudas por un tiempo. Las calles se volvieron aún más inseguras. Incluso una vez retirada la Ley Manca, siguieron sucediéndose actos de rebeldía y demostraciones mutuas de fuerza hasta que las cuentas se saldaron con la detención de los mayores torturadores de los cuerpos de seguridad del estado.

     Desde entonces, lo único que quedó en pie fue que se prohibían los mal llamados “supergrupos”, aunque, como sabemos, es una norma que no todos terminan de cumplir.

     En estas condiciones nació El Legado y la que viene, es su historia.


ResponderCitar
Página 6 / 6
Compartir: