La granada estalló con un ronco estampido seguido por una nube de polvo y humo seguido por un olor a carne quemada.
Tras asentarse el polvo, junto a Lucrecia apareció el Sargento Montesa, de la compañía Perejil, quien tras limpiarse el monóculo avanzó hacia sotillo. Este lo saludó con un cálido apretón de manos y la mirada fija el único ojo de su compañero.
-¡Sotillo! Necesito que usted y sus hombres se unan a nosotros. El objetivo, además de escoltar a la Condesa, será abrir un corredor seguro hacia la Ciudadela, donde estableceremos un puesto de mando avanzado. ¡Es una Orden directa del General Soto Grande!
-Entendido...- exclamó el sargento al escuchar las órdenes del cual alguna vez había llamado Padre-- Villaverde, Belmonte, y Ulrico acompañad a la compañía, el resto seguidme les daremos con su propia medicina.
Con esas palabras, la compañía Perejil marcho hacia la ciudadela, despertando a sus centinelas dormidos. Una lluvia de balas surgió de todas las almenas en un atronador silbido que llenaba el aire, hasta que una chispa del tamaño de una calabaza salió disparada hacia el muro haciéndolo bolar por los aires. Con la brecha abierta y el desconcierto de los cultistas, la ciudadela no tardó ni media hora en caer. Cuando la bandera Col y Flor ondeó de nuevo sobre la fortaleza, Lucrecia y su escolta acababa de subir la cuesta hacia el palacio. Al llegar a la cima, la sangre abandonó sus rostros al descubrir con horror el bosque de empalados que decoraban los jardines y la ciudad. Ulises calló de rodillas sobre la arena dorada, Villaverde se giró en un aspaviento para no vomitar sobre sus botas, pero Sotillo se quedó mirando con una boca cada vez mas torcida al contemplar la mayor bajeza a la que podía llegar un ser inteligente.
Lucrecia apartó la mirada cuando una sonrisa fugaz la atravesó el rostro al recordar las palabras de su querida amiga goblin, "Malditos Semi Elfos".
Cuando se hubieron recuperado de la impresión, avanzaron por entre los postes sanguinolentos, ignorando los quejidos y las suplicas de los moribundos que les desgarraban el corazón Al llegar, la entrada del palacio estaba desierta y las puertas abiertas de par en par, Sotillo lanzó una granada. Los cuerpos de los orcos se sacudieron como muñecos de trapo.
Con la glockburn en ristre, Belmonte y Sotillo a los lados, el grupo rodeó a Lucrecia y cruzó con cautela el recibidor desconchado por la metralla. Entonces una melodía atrajo la atención de Sotillo, quien alzó el puño para detenerse. Los ecos de una orquesta empezaron a romper el silencio de la muerte, surgidos de una puerta entre abierta al final de un corredor.
El sargento echó una mirada a sus compañeros, y ordenó avanzar con sigilo hacia la puerta...
Si queréis escuchar la melodía, seguir el enlace:
La granada estalló con un ronco estampido seguido por una nube de polvo y humo seguido por un olor a carne quemada.
Tras asentarse el polvo, junto a Lucrecia apareció el Sargento Montesa, de la compañía Perejil, quien tras limpiarse el monóculo avanzó hacia sotillo. Este lo saludó con un cálido apretón de manos y la mirada fija el único ojo de su compañero.
-¡Sotillo! Necesito que usted y sus hombres se unan a nosotros. El objetivo, además de escoltar a la Condesa, será abrir un corredor seguro hacia la Ciudadela, donde estableceremos un puesto de mando avanzado. ¡Es una Orden directa del General Soto Grande!
-Entendido...- exclamó el sargento al escuchar las órdenes del cual alguna vez había llamado Padre-- Villaverde, Belmonte, y Ulrico acompañad a la compañía, el resto seguidme les daremos con su propia medicina.
Con esas palabras, la compañía Perejil marcho hacia la ciudadela, despertando a sus centinelas dormidos. Una lluvia de balas surgió de todas las almenas en un atronador silbido que llenaba el aire, hasta que una chispa del tamaño de una calabaza salió disparada hacia el muro haciéndolo bolar por los aires. Con la brecha abierta y el desconcierto de los cultistas, la ciudadela no tardó ni media hora en caer. Cuando la bandera Col y Flor ondeó de nuevo sobre la fortaleza, Lucrecia y su escolta acababa de subir la cuesta hacia el palacio. Al llegar a la cima, la sangre abandonó sus rostros al descubrir con horror el bosque de empalados que decoraban los jardines y la ciudad. Ulises calló de rodillas sobre la arena dorada, Villaverde se giró en un aspaviento para no vomitar sobre sus botas, pero Sotillo se quedó mirando con una boca cada vez mas torcida al contemplar la mayor bajeza a la que podía llegar un ser inteligente.
Lucrecia apartó la mirada cuando una sonrisa fugaz la atravesó el rostro al recordar las palabras de su querida amiga goblin, "Malditos Semi Elfos".
Cuando se hubieron recuperado de la impresión, avanzaron por entre los postes sanguinolentos, ignorando los quejidos y las suplicas de los moribundos que les desgarraban el corazón Al llegar, la entrada del palacio estaba desierta y las puertas abiertas de par en par, Sotillo lanzó una granada. Los cuerpos de los orcos se sacudieron como muñecos de trapo.
Con la glockburn en ristre, Belmonte y Sotillo a los lados, el grupo rodeó a Lucrecia y cruzó con cautela el recibidor desconchado por la metralla. Entonces una melodía atrajo la atención de Sotillo, quien alzó el puño para detenerse. Los ecos de una orquesta empezaron a romper el silencio de la muerte, surgidos de una puerta entre abierta al final de un corredor.
El sargento echó una mirada a sus compañeros, y ordenó avanzar con sigilo hacia la puerta...
(Si queréis escuchar la melodía, seguir el enlace: https://youtu.be/TDBWHs43IzE?si=8igul7-d8zX1MELJ&t=40 )
Berta intentó sintonizar el espejo, pasó un buen rato pasando de una imagen a otra, pero, o Lucrecia no se daba cuenta de que estaba recibiendo una llamada, o estaba muerta. Por fin, la goblin se aburrió de intentarlo -no podemos pasarnos así todo el día- se puso en pie y caminó de prisa hacia la puerta de la habitación -aún tenemos que encontrar a Elsarin y a Margarita. Espero que ellos se muestren más participativos que Jacinto-.
Antes de comenzar su misión, la goblin había estudiado un mapa del edificio y tenía una idea aproximada de dónde se podía encontrar cada hermano.
Juntos, Berta y Elric, recorrieron el palacio. Resultaba llamativo lo silencioso que estaba, no había servicio, no se veían guardias. Lo que, en un edificio tan inmenso, aumentaba la sensación de vacío, resultaba extraño; daba la impresión de ser un mausoleo.
Se dirigieron al ala oeste, con paso seguro. -Vamos a buscar primero a Margarita, esa niñata semi-elfa me engañó hace unos días, quiero tener unas palabritas con ella- Berta estaba muy decidida.
-Espero que, al menos, la mates limpiamente- Elric parecía asqueado con ese tema en particular.
-He dicho que quiero tener unas palabritas con ella- la goblin miró al enano con un poco de tristeza, parecía que Elric empezaba a verla como una carnicera insensible -Hace unos días, la habría matado sin dudar. Me engaño y no me gusta que se rían de mí. Pero ahora, sé lo de la posesión. Eso cuadra con la historia que me contó- Berta giró por un pasillo, como si supiera dónde iba -hablaré con ella, le sacaré toda la información que pueda. Si lo que dice me convence, solo la dejaré encerrada. Que la juzgue su madre. A ver si, de esa forma, esa vieja humana cansina de Camelia hace algo para variar-.
No tardaron en llegar a una puerta en la parte más alejada del ala oeste, según el plano que había estudiado y lo que le dijo Camelia, esa debía de ser la alcoba de Margarita.
Berta empujó la puerta y se asomó. El cuarto, estaba amueblado de forma elegante y con buen gusto, aunque resultaba un poco infantil. Era un gran contraste con las salas de Jacinto, que parecían el cuarto de baño de un nuevo rico. Sin duda, esas habitaciones reflejaban la personalidad de sus habitantes.
Berta entró en el cuarto con sigilo, haciendo señas a Elric para que esperara fuera. Miró alrededor. En un rincón del cuarto, Margarita, estaba sentada en el suelo, sollozando. Esto es buena señal, pensó Berta, se acercó a ella con el mismo sigilo que había empleado para entrar en el cuarto, salto a la cama como un gato, y se sentó en ella, lo suficientemente lejos de Margarita para que no se sintiera amenazada, pero lo suficientemente cerca para lanzarse sobre ella si era necesario, carraspeo para hacerse notar.
Margarita levantó la vista, miró a la goblin extrañada, como si estuviera teniendo una alucinación. Unos instantes antes, no estaba allí y no había escuchado pasos -¿Virreina Berta, sois vos de verdad, o por fin me he vuelto loca?- La semi-elfa estaba en un estado febril.
Berta se sentaba en la cama relajadamente, balanceaba las piernas, como siempre que se sentaba en un lugar alto, y miraba a Margarita con una sonrisa cínica -Creo que un poco de las dos cosas- la goblin saco una lima de uñas de algún bolsillo y empezó a afilárselas con calma, mientras seguía balanceando las piernas -¿Por qué me mentiste en la casa de té, Margarita?-.
Margarita la miró extrañada -No sé de qué me habla, yo no la mentí, aunque no recuerdo qué pasó después- la joven semi-elfa volvió a echarse a llorar. Berta no se inmutó -¿no recuerdas haber secuestrado a Lucrecia y arrastrarla a los subterráneos del palacio? Ahora mismo, no te conviene guardarte secretos, mira el lío que hay ahí fuera. Si quieres que pare, tendrás que contármelo todo- se sopló las uñas y las frotó con su vestido.
-No sé de qué me habláis, aunque no recuerdo nada de los últimos días- Margarita estaba muy abatida -Me desperté aquí ayer, sola, y esta mañana me han despertado los cañonazos, se está librando una batalla y no entiendo qué está pasando-.
Berta no parecía hacerle mucho caso, concentrada en arreglar sus uñas -Tu hermano Jacinto está siendo muy travieso- la goblin siguió haciendo como si no sintiera interés por Margarita, aunque en realidad, no le quitaba ojo, atenta a sus reacciones -Ha desarrollado unas costumbres muy desagradables, como empalar a todo un vecindario... y no morirse ¿tú no sabrás nada de eso, verdad?-.
Margarita se tensó -Son las Kinaz, le advertí que no aceptará el pacto-.
Por fin, algo interesante, pensó Berta, aunque siguió arreglándose las uñas y fingiendo falta de interés -¿Qué pacto? Y esa "Kinaz" ¿le dio algo a Jacinto cuando lo sellaron?-.
Margarita dudó en responder, como si fuera un secreto que, una vez revelado, necesitara una explicación -Fue hace unos años, estábamos explorando los sótanos del palacio de Florelia. Estábamos..-.
- Vale, vale, seguro que fue súper bonito y todo eso- Berta no tenía paciencia ni el más mínimo interés en la historia -Que le entregó esa Kinaz y dónde está ahora ese objeto-.
Margarita estaba un poco sorprendida por la interrupción -Era un espejito, pero Jacinto lo dejó allí, dijo que era más seguro así-.
Berta puso los ojos en blanco, guardó la lima de uñas y saltó de la cama-¿es que en estas islas todo tiene que ver con los espejos?- empezó a andar hacia la puerta -Gracias por la conversación, ha sido una completa pérdida de tiempo-.
Margarita se quedo perpleja y empezó a incorporarse -Espere, virreina, ¿dónde va?-.
Berta, ya en la puerta, se volvió para mirar a margarita -Soy una goblin muy ocupada. Tú, vas a quedarte aquí tranquilita. Ya enviaré a alguien a buscarte luego- sin escuchar lo que Margarita le iba a decir, la goblin salió del cuarto, cerró la puerta y la atranco.
Elric la esperaba fuera, Berta lo miró -ha sido una pérdida de tiempo- le dijo entre dientes al enano mientras echaba a andar.
-No del todo. Ahora sabemos que, realmente hay algo que puede romper el pacto y volver vulnerable a Jacinto- Elric camino junto a Berta.
-Ese espejo, está en Verdejardin, no aquí, y sí es lo que tiene esa humana repipi de Lucrecia... No podemos contar con ella, así que, es igual que si estuviera en Goblinburgo- la goblin giró en un pasillo -No puedo liquidar a Jacinto, pero a Elsarin, sí- el tono de voz de Berta se volvió acerado y frío -Ese tolay se va a llevar lo suyo y lo de su hermano-.
Se encaminaron hacia el sur, hacia los aposentos de Elsarin, no habían avanzado mucho, cuando el estridente sonido de la música empezó a llenar los pasillos, era una inquietante discordancia con respecto al silencio sepulcral del resto del palacio. Era como si Elsarin estuviera diciéndoles dónde encontrarle, "menudo cretino", pensó Berta sonriéndose.
Siguiendo el sonido de la música, por fin, llegaron a una sala de conciertos. Se colaron sin dificultad, moviéndose con sigilo para acercarse todo lo posible a Elsarin. Al llegar a un lateral del escenario, Berta se asomó entre unas cortinas; podía ver perfectamente al semi-elfo. Dirigía la orquesta golpeando el suelo con un bastón.
Berta se volvió hacia Elric -Mira lo bien que se lo pasa el tolay. Vamos a aguarle la fiesta- la goblin se separó del enano, situándose en una posición ventajosa, desenfundó la daga y se lanzó al ataque. Berta corrió a toda prisa hacia Elsarin, saltó y chocó contra él, derribándolo.
La música se detuvo abruptamente, la goblin quedó sobre el semi-elfo, y levantó la daga; la cara de pavor de Elsarin era todo un poema. Si Berta no hubiera estado totalmente centrada en su tarea, se habría desternillado de la risa. Pensaba atesorar ese recuerdo, para rememorarlo cuando se aburriera.
Estaba a punto de pincharle un par de veces para ver qué tal gritaba, cuando escucho gritar a una mujer -¿Virreina Berta?- la goblin levanto la vista, Al otro lado de la sala de conciertos, pudo ver a un grupo de humanos armados hasta los dientes, Elsarin aprovechó la distracción para quitarse de encima a Berta y salir corriendo.
La goblin maldijo y lanzó un bufido de enfado, se puso en pie de un salto y corrió tras él, dejando atrás el alboroto de los músicos intentando huir, y los humanos armados, enfrentándose a ellos, solo volvió la vista atrás para asegurarse de que Elric la seguía.
Corrió tras Elsarin con todas sus fuerzas, pero una zancada del semi-elfo valía por dos de las suyas.
Elsarin estaba a punto de bajar por unas escaleras, cuando Berta le gritó -¡NO CORRAS, LO ÚNICO QUE ESTÁS CONSIGUIENDO ES CABREARME!-.
El semi-elfo volvió la cara hacia ella y empezó a reír mientras corría escaleras abajo, pero ese descuido, resultó fatal. Perdió pie y empezó a rodar y rebotar escaleras abajo.
Berta llegó a la escalera y miró cómo caía Elsarin. Con cada rebote del semi-elfo, la goblin ponía cara de dolor, hasta que, por fin, Elsarin llegó al pie de la escalera. Quedó allí tirado, desmadejado.
Elric llegó resoplando hasta Berta, la goblin, sin dejar de mirar al machacado semi-elfo, le dijo muy seria al enano -Pues al final, Elsarin, no era tan mal tipo. No solo me ha hecho el trabajo, además ha conseguido que parezca un accidente-.
La mano de una humana se posó en su hombro, interrumpiéndola.
Este ha sido un relato escrito a dos manos entre el maestro Fasa_Ape y un servidor Higo_Chungo, esperamos que lo disfruten.
Acto 1
—Ni que lo digas. Además hacía rimas penosas. -Exclamó Lucrecia con una risa de afecto al ver de nuevo a su amiga. El crujido de unos pasos la hizo darse la vuelta. Sotillo se acaba de poner a su lado y soltó un silbido de asombro al ver el cuerpo despatarrado del semielfo.
Sin perder la sonrisa, Lucrecia se volvió hacia la Goblin, saludando a Elric por el camino con una suave inclinación de cabeza. —Virreina Berta, le presento al Sargento Sotillo, su grupo me ha escoltado hasta usted.
Berta, no pareció sorprendida ni alegrarse por ver allí a Lucrecia, puso los ojos en blanco —Su grupo os ha escoltado hasta aquí y por lo visto os ha mantenido entretenida— Berta se cruzó de brazos y miró hacia arriba para mirar a Lucrecia a la cara
—He pasado un buen rato intentando comunicarme con vos, la reina Camelia dice que tenéis lo que hace falta para despachar a ese cenutrio de Jacinto. Yo lo he intentado pero no quiere morirse—.
Estas palabras parecieron cambiar el ánimo de la condesa, pues su cara pasó de la sonrisa mas exultante a una mueca seria y siniestra. Tras asentir varias veces arrugó un poco la frente y su mirada se deslizó del ojo bueno de la goblin hasta perderse en el vacío del pasillo. Y allí se quedó fija y sin parpadear.
— Ya veo…— exclamó Lucrecia llevándose la mano al bolsillo.
Mientras su mano no dejaba rebuscar dentro de su bolsillo, sin inmutar su mirada perdida, localizó un sillón y se dirigió hacia él con pasos torpes y erráticos. Una vez se hubo sentado, hizo gestos a la goblin para que la siguiera.
— Acompañadme, Virreina, no habría sido prudente contar esto al borde de una escalera.
—De pronto se giró hacia Sotillo—.
Sotillo, abandonad la estancia y cubrid las entradas, tengo que contarle algo confidencial a la virreina. Elric, la miró sintiéndose aludido, y con un destello Lucrecia forzó una sonrisa de oreja a oreja.
—Representante Elric, usted…. Es digno de presenciar lo que tengo que decir.
Berta siguió a Lucrecia al sofá, pero en lugar de sentarse, se quedó delante de ella, con los brazos cruzados y golpeando el suelo con un pie con impaciencia —Contarme lo que sea rapidito, antes he hecho el ridículo con Jacinto y tengo ganas de explicarle un par de cosas con mi daga—.
—Bien… —exclamó Lucrecia recuperando la compostura. —Si recordáis me quedé atrapada en una cueva bajo la ciudadela de Verde Jardín. Y allí me guiaron hasta esto…
Entonces sacó de su bolsillo un pequeño espejo de mano: Un plato de plata reluciente, sostenido por los brazos extendidos de una figura dorada.
Lucrecia empezó a limpiarlo, ocultando su superficie de la vista de Berta.
—¿Queréis saber lo que me dijo?— susurró con una sonrisa cómplice.
—Que si esa vieja humana cansina de Camelia, en su momento, les hubiera dado un par de bofetadas bien dadas a sus hijos, se les habría quitado la tontería de golpe, y ahora no estaríamos así?— la impaciencia la volvia sarcástica a Berta, y estaba muy impaciente, Jacinto se había reído de ella, y aun peor, llevaba despierta desde las cuatro de la mañana, y además tenía hambre.
—Jajajajaja, siempre tan sarcástica. ¿Porque no se lo preguntas tú misma? Y con un suave movimiento de la mano Lucrecia volteó el espejo frente al ojo de Berta.
Tras un segundo contemplando su rostro, una leve chispa de luz amarilla destello en la parte trasera del reflejo. Y en ese momento, escuchó dentro de su cabeza como una brisa cálida de verano la llamaba por su nombre:
—Berta… Berta… ¿Me oyes Berta…?
Berta se tenso como si hubiese sentido un calambre -no, no, no. Aparta eso de mi. Si no fuera porque necesitamos eso para acabar con Jacinto, os diria que lo hicierais polvo y lo tirarais al mar. Sea lo que sea lo que hay en ese espejo, es muy hostil hacia los goblins. No me lo vuelvas a acercar- la goblin no se había sentido nunca tan amenazada y no le gustaba nada.
Berta se alejó pero la chispa de luz blanco empezó a crecer hasta envolverlo todo.
—No te preocupes criatura.— dijo suavemente la dulce voz del viento.
—Los problemas de los padres no son la herencia de los hijos. Pero… si hay un problema con el que tenemos que lidiar.
En ese instante, la blancura se transformó en una sucesión de imágenes que pasaron a toda velocidad. Pero la mente de Berta, fue más fuerte de lo que Ella pensaba y pudo ver más allá de lo que Ella quería enseñar:
Primero, una isla emergiendo del mar. De la cual surgieron 7 luces diferentes que alejaban una sombra verde y etérea. Más tarde dichas luces se fragmentaron en otras muchas, más pequeñas y de menor brillo. Berta pudo sentir como esas luces se revolvían en una agitación inmensa. Luego cuatro de aquellas luces, de las más brillantes, separon una parte de la isla que arrancaron de la principal y la llevaron al mar. Más tarde 3 de aquellas luces, la azul, rosa y verde, se juntaron para consumir a la amarilla. Quien se quedó titilando hasta desaparecer.
Entonces la visión volvió a cambiar, esta vez como meras siluetas sin definición, similar a las sombras chinas.
Frente a ella, apareció un elfo con rizos lagos que andaba por una ruina hasta toparse con una estatuilla .
Ella trató de hablarle, pero su mente estaba cerrada. Y sin percatarse se la llevó a su palacio como mera decoración. Y allí, banquete, tras banquete , descubrió a un niño pequeño de orejas puntiagudas como llorar en una esquina.
Ese niño creció hasta convertirse en un adulto, y fue el primero que le prestó atención. Entonces, Ella se reveló ante él en todo su esplendor.
Le encomendó entonces que devolviera su luz al mundo y se le dotó de dones y bendiciones para ello. Pero en su mezquindad, el hombre de orejas puntiagudas perdió el rumbo, abandonó su propósito y volcó sus bendiciones en uso propio.
Y Ella, no tolera la traición.
Tras contemplar aquella visión, las sombras se apagaron y la realidad volvió de golpe.
—Enseñarle el espejo, mostrarle la verdad de mi luz, y volverá al mundo como fue una vez, mortal.— Exclamó Ella alejándose en un susurro alejado por el aire.
Cuando se vio libre de la vision, Berta cayó de rodillas y vomito, se limpio con la manga del vestido, mientras Elric la ayudaba a ponerse en pie.
—No necesitaba eso. ¿No me lo podías haber dicho directamente? Mantén alejada esa cosa de mi.
—¿Eh?— exclamó Lucrecia confundida.
— Esto… — siguió balbuceando hasta que se percató del estado de la goblin—. ¿¡ Por Dios, Berta, qué te ha pasado!?— Pero cuando Lucrecia se agachó para ayudarla empezó a mirar a todos lados más confundida todavía —. ¿Pero.. ¿Cómo he llegado aquí? Hasta hace un momento creía que estábamos en la escalera… pero ahora ? ¡Que hago aquí sentada descansando?!
— Exclamó la condesa levantándose de un salto. —. ¡Vamos a matar a ese hijo de puta!
-Por fin decis algo con sentido, pero. Que mosca os ha picado ahora? Erais vos quien quiso sentarse en el sillón y quien me enseño, esa... Esa cosa, ni seos ocurra volver a enseñarmela ni mirarla bajo ningún concepto- Berta se apoyaba en Elric para no volver a caer de rodillas -Cuando Jacinto haya visto su reflejo en ella y sea vulnerable, destruir ese espejo, y nunca volváis a pensar en el-.
— ¿Yo hice eso?— exclamó Lucrecia muy confundida— No me acuerdo de nada, será posible que…. —Lucrecia bajó la mirada y enseguida guardó el espejo bajo su falta muy alarmada.
—Debemos tener mucho cuidado con esta cosa. No me fío un pelo de Ella. En cuanto terminemos con ese malnacido, la devolveremos al lugar del que salió. Y entonces os ruego que me contéis que os ha contado.
Dicho todo esto, echó un vistazo en derredor y al ver que estaban solas exclamó a grito pelado: ¡Por Santa Perogalla Leonina! ¡Dónde hostias se ha metido mi escolta!
-Lo único que he sacado en claro, es que Jacinto tiene que verse en el espejo, el resto….—Berta escupió, sacó su petaca y le dio un trago para quitarse el sabor del vómito de la boca -El resto era un sinsentido y prefiero olvidarlo-.
Acto 2
Lucrecia miro extrañada a Berta, siempre que había tratado con ella, actuaba con decisión, incluso con descaro, pero ahora, parecía asustada, o al menos lo más parecido a asustada que Lucrecia la hubiera visto. Y lo que sea hubiera visto la había afectado de alguna forma.
Por fin la goblin se separo del enano que la sostenia gentilmente -vamos a terminar de una vez con Jacinto, ya estoy harta de esta isla- Berta empezo a andar un poco insegura, haciendo señas para que la siguieran.
El grupo irrumpió en la sala del trono, con Lucrecia y Berta a la Cabeza. Sotillo, Elric, Ulises y Ulrico las flanqueaban con las armas en ristre.
Jacinto que no se había movido de su sitio las miró con una sonrisa jocosa.
— Ay Berta— entonó con falsa sorpresa—. Has traído a tus amiguitos. Y qué sorpresa. exclamó con en tono burlón— Mi señora condesa. A sus pies me hayo jajaja. Ulrico, Ulises, los perros falderos de mi madre. Jahajaha ¿ya habéis abandonado sus faldas? Y al resto… no os conozco. Haced el
Favor de presentaros— Elric y Sotillo no se inmmutaron—. Que penaaaaa. Y Que gente más aguafiestas me traes, Berta. No se porque te sigues molestando ya que, no puedes vencer a un Dios.
Te verán fracasar otra vez.
A si que bienvenido a la fiesta de tú deshonra. Jejejje
-Anda Lucrecia, enseñale al papanatas este lo que le has traído de Florelia- Berta desenfundo la daga y se puso en posesión de combate.
—Con sumo placer.
Dicho esto, Lucrecia asomó el borde del espejo y Jacinto al verlo se incorporó de un salto.
La sonrisa había desaparecido en su rostro, y una mezcla de sorpresa y terror la había dominado. Con lo dientes apretados por la ira, lanzó una mirada asesina a Lucrecia y avanzó con el brazo extendido:
¿¡Perra rastrera? ¿Cómo has conseguido eso?! ¡Acaso crees que te va a ayudar! ¡No! ¡Yo soy su adalid! ¡Yo soy su campeón ! Y tú una maldita perra…
Un escopetazo de fuego le cortó el discurso. Tan rápido como el plomo atravesado su carne Jacinto ya se había recuperado .
Lucrecia se guardó la escopeta y dio un paso adelante. El semielfo cogió impulso y se lanzó escaleras abajo con intención de despedazarlos, pero antes de que diera el último paso Lucrecia destapó el espejo. Y en ese momento, todo, se volvió negro.
Al abrir los ojos de nuevo, el espejo yacía a sus pies roto, crepitando con unas chispas negras sobre las que flotaba un espíritu incorpóreo, Ella.
Todos en la sala se quedaron boquiabiertos. La figura ante ellos, etérea y semitransparente, irradiaba una luz blanca pura y majestuosa que bañaba toda la habitación. Además de esos rayos surgía un coro angelical que inundaba sus corazones con una gracia infinita, pues sentían que se hallaban en presencia de lo divino.
Salvo dos excepciones.
Jacinto, había caído de rodillas llorando, pues reconocía esa imagen que brillaba frente a él, y el destino que le tenía reservado. Se alejó todo lo que pudo hasta hacerse un ovillo contra la pared, asustado y susurrando el nombre de su madre. La corona de siete diamantes cayò de su cabeza y rodó hasta los pies de Elric.
Berta sintió como un miedo primitivo, alojado en lo más profundo de su subconsciente, le chilla que se alejara, llenándola el corazón de muerte, destrucción y desolación.
La figura abrió los ojos, descubriendo una pupila amarilla al igual que su tocado centelleante, formado por entero de ankar cristalino.
Con una sonrisa cándida se acerca hacia Lucrecia y la susurró gozosamente.
— Gracias criatura. Gracias por traerme mi recipiente. ¡Y goza al contemplar el nacimiento de un nuevo Dios!
En ese momento, la Kinaz se giró hacia la figura lastimera que gimoteaba en lo alto del púlpito.
Y tras un gesto de su mano la Kinaz desapareció y Jacinto empezó a chillar
El hechizo se rompió y la habitación volvió a la normalidad, ya nadie sentía ese éxtasis sensorial, había sido todo una ilusión .
Jacinto se dobló sobre sí mismo sin dejar de gritar. Sus ropas empezaron a rasgarse. Pues los huesos dentro de él se estaban partiendo en un crecimiento acelerado al igual que sus músculos se desgarraban para hincharse más grandes. El coro de gritos y chasquidos se detuvo de pronto. En completo silencio, Jacinto se puso en pié, pero ya no era él.
La kinaz había utilizado a Jacinto para envolver a su espíritu de carne. Lo había moldeado a su gusto.
Su piel, antes morena, estaba surcada por venas oscuras que palpitaban con energía maligna. Mientras que sus ojos ardían como brasas amarillas, y cada exhalación suya era un viento abrasador.
—Tras 1000 años de encierro— empezó a decir Jacinto con la voz distorsionada.
— Por fin vuelvo a sentir el aire en mis pulmones. Y las energías del cielo corren por mis venas. Que privilegio es estar vivo de nuevo.
¡El Imperio celeste resurgirá de nuevo, alzaos hijos míos y tomad lo que es mio!
Tras decir esto, por toda la isla, los cultistas y los poseídos se exacerbaron al sentir el poder de su Diosa manifestarse en el mundo físico.
Berta se sobrepuso al temor cerval y al escozor de piel que le provocó la kinaz al manifestarse.
— Por esto los goblins decimos; reza para que no te venga a salvar ningún dios- masculló, miró al restó del grupo, todos estaban paralizados por la impresión, la goblin les gritó: -Echarle encima todo lo que tengáis, dispararle, escupirle, insultarle. Empezar a hacer algo o estamos perdidos-.
Ulrico descargó una nube de balas contra la pierna de la Criatura. Mientras que Ulises lanzó unas granada.
Todo fue inútil. Y solo se llevaron un manotazo que los estampo contra la pared de mármol.
— ¡Criaturas patéticas! ¡Me serviréis de alimento!
Lucrecia tras agotar las balas de su escopeta, mientras la Kinaz se entretenía con el equipo se acercó hacia Berta y la gritó:
—¿¡Berta, todavía tienes contacto con Camelia!? ¡Si es así, ordena un bombardeo masivo, es nuestra única alternativa. ¡Nada puede sobrevivir a eso!
Berta maldijo entre dientes y sacó el espejo — Mantén esa cosa alejada de mí, mientras intento comunicarme con ella- la goblin se alejó lo que pudo y empezó a gritarle al espejo -dejate de saludos.... que si, si.... me quieres escuchar?.... Que todos los barcos que te queden disparen al palacio.... Ya lo sé!! Me quieres hacer caso, vieja bruja humana insufrible?— tras un momento mirando al espejo y escuchando lo que le decían, la goblin se lo guardó y le dijo a camelia: -Creo que ese último comentario, la ha convencido definitivamente de empezar a bombardear el palacio. No sé por qué se ha enfadado tanto, solo le he dicho la verdad.... Más vale que empecemos a correr-.
Acto 3
El grupo empezó a correr hacia la salida mientras la Criatura les intentaba alcanzar entre risas. Sus enormes pisadas retumbaban por todas partes, al igual que el sonido de las torres de artillería al apuntar hacia el palacio.
Un estruendo sacudió las paredes cuando Jacinto embistió un arco de mármol. Su risa gutural resonó como un trueno en los corredores.
—¡¿De verdad creéis que podéis escapar de mi poder?! Ulrico quien cargaba a Ulises y Sotillo, esquivó uno de sus dedos.
La salida estaba cerca, sólo quedaba un último tramo, ya podían ver la luz del sol asomar entre las puertas abiertas. Esta era su única salvación. Pero la Criatura también lo sabía.
Con un rugido, el coloso saltó hacia adelante, aterrizando con tal fuerza que el suelo tembló y las paredes se agrietaron. Otro arco de mármol colapsó, bloqueando parte del camino.
Lucrecia sintió un escalofrío recorriendo su espalda. ¡Estaba ganando terreno!
—¡Más rápido, maldita sea! —gritó Berta, lanzando una mirada a Ulrico
—. ¡Tira a esos dos si hace falta!
—¡Jamás! —gruñó Ulrico, apretando los dientes y redoblando el esfuerzo.
La criatura levantó un brazo monstruoso y lo dejó caer contra ellos. Elric empujó a Ulrico justo a tiempo, la mano hizo añicos el suelo.
Entonces, un trueno retumbó en el exterior.
El bombardeo había comenzado.
—¡Corred insensatos! —gritó Lucrecia.
El palacio entero empezó a sacudirse, trozos de mármol cayeron del tejado, columnas se volcaron, y la estructura comenzó a resquebrajarse. Detrás de ellos, la bestia poseída soltó un rugido de furia... y algo más. ¿Era miedo?
Berta no tuvo tiempo de pensarlo. La explosión los lanzó hacia adelante. La última imagen del palacio fue la del coloso envuelto en llamas, extendiendo una mano hacia ellos envuelta en odio puro.
Este relato está escrito a dos manos por Higochumbo y un servidor. Mis agradecimientos al maestro Higo por encontrar tiempo para hacer este relato posible.
Tras derrotar de jacinto, a la vista de todos y de forma tan espectacular. Los poseídos dejaron de estar bajo su influjo y se volvieron contra las filas sectarias que, abandonaron sus posiciones en una gran estampida, rumbo a no se sabe dónde. Sin resistencia, la toma de Sinfonía fue un paseo de rosas. Y Lucrecia y Berta fueron llevadas como heroínas de vuelta a florelia, donde Camelia, ya había mandado organizar una gran fiesta. Y dos funerales, solo por si acaso.
“Con fiesta, con danza y canción, la multitud aclama.”
-Un grandioso desfile irrumpe en el salón de baile. Al frente se encuentran Berta y Lucrecia, bastante artas de la cancioncita que no han dejado de escuchar desde hace media hora.
“Y nos llega la salvación, escuchen su proclama. Trompetas de guerra sonad. Camelia vence a Jacinto. ¡Danza y tambor redoblad que aquí esta Camelia aquiiiii!”
En ese momento, al frente del desfile aparece Camelia, engalanada como nunca antes. “Bienvenidas, heroínas aclamadas sois” Exclamó en un aria perfecta.
Entonces el coro volvió a sonar junto a los cánticos de la reina, formando un estruendo ininteligibles.
—“Ahhhhh”
— Y entonces él se rindió.
— Mi corazón traicionado.
— Un millar de cañones bramó.
— Camelia vence a Jacinto.
— Y al triunfar… ¡Heroínas son Bartola y Lucrecia aquíiiii!!! El coro termina en un crescendo apoteósico digno de una ópera, para callar repentinamente, dando paz a la cabeza de nuestras protagonistas.
Al llegar a este punto, Berta se apartó. La goblin se negaba a asistir a la ceremonia, aduciendo que: no podía conocerse su participación, pero que seguro que el contraalmirante Saturnino, comandante de la flota goblin que rodeaba El-higolann y capitán del acorazado Corazón Negro, estaría encantado de recibir cualquier chorrada brillante que estuvieran dispuestos a darle.
Por lo que Saturnino, emperifollado con su uniforme de gala y con Pedrito, su dragón férrico miniatura en el hombro, ocupó el lugar de Berta y compartió el lugar de honor con Lucrecia durante la ceremonia; al fin y al cabo, el contraalmirante estaba convencido de que se lo merecía. Vale que había estado poseído todo el tiempo, pero el Corazón Negro, contra todo pronóstico, no participó en las batallas navales de aquel día, y solo por eso se merecía una medalla bien grande y brillante.
Rodeando al desfile de soldados trovadores, (pues como parte de su enseñanza militar se encontraba el canto lírico y el musical) se reunían todos los nobles y gentilhombres supervivientes de Verde Jardín y otras partes del país, entre los que una engalanada goblin observaba toda aquella cacofonía pomposa desde un palco reservado.
Lucrecia y Saturnino, dieron un paso al frente para recibir de manos de la reina un broche de diamantes. La nobilísima orden de Col y Flor. Tras lo cual, la inmensa fila de cantores se retiró a una esquina para montar la orquesta, mientras un ejército de chambelanes con pelucas aparecieron cargados de bandejas, dando inicio a la fiesta y al baile.
Camelia alzó la cabeza hasta el reservado de la goblin, e hizo un gesto a Lucrecia. Sujetándose los vestidos para no matarse por la escalera. Reina y condesa empezaron a hablar mientras subían.
— Lo has hecho bien, querida. Tu padre estaría orgulloso. Allá donde esté enterrado.
— Pero, Camelia. Él no ha muerto, está en una tumba investigando un, no sé qué.
— Ah, claro, eso explica la ausencia del funeral. Y que no me invitarais. Pero bueno. ¿Cómo te sientes después de toda esta aventura?.
Lucrecia se calló durante un momento, recordando en su mente los cuerpos mutilados, las nubes de balas y el bosque de empalados que todavía rogaban por ayuda.
— Bien, sin más.
— Me alegro, porque Ulrico y Ulises se han trastornado algo. Creo que ver su querida ciudad destruirse a manos de sus seres queridos poseídos les ha afectado demasiado. Les he dado unos días de permiso.
— Lo raro es que no te haya afectado a ti, querida Camelia.
Camelia se estremeció al sentir en su interior la voz de su padre muerto, responder en su mente “jajajaja si supiera Lucrecia lo que has hecho. Y a propósito, no me suena que un arresto domiciliario se considere como permiso, querida florecilla, jajaja”
— Paparruchas, ya sabes que soy de hierro. Aunque los paseos ayudan a asumir los recuerdos. “Y los polvos de la amapola, jejejeje”
Mientras conversaban, las dos damas llegaron a la cortinilla que cerraba el palco. Berta las esperaba con una copa en la mano, llevaba un elegante vestido de noche rosa, ya que le habían exigido que, aunque no recibiera la condecoración, asistiera a la fiesta.
La goblin no parecía estar de muy buen humor, aunque, por lo poco que la conocían las dos humanas, esa parecía ser su formal de ser habitual.
Cuando Camelia y Lucrecia se reunieron con ella, Berta no se ando con rodeos -Espero que esto sea rápido, quiero zarpar lo antes posible hacia Puerto Cervecero, no se puede dejar una ciudad goblin mucho tiempo sin gobierno, ya está en ruinas, pero seguro que cuando vuelva, sé las han ingeniado para no dejar ni eso-.
Camelia sonrió, ya se estaba acostumbrando al carácter de aquella goblin. —Podéis estar tranquila, mi estimada Virreina, una vez acaba la fiesta, seréis libre de iros. No querréis llamar la atención de todas las excelencias aquí reunidas. A sí que no tengáis prisa por marcharos, disfrutad de la velada, tomaros una copa de ese brebaje del mono que tanto os gusta. Pero no me he reunido con vos para contaros lo evidente. Nos hemos reunido para daros una merecida recompensa por vuestros servicios— Camelia les extendió un pergamino.
—Aquí os doy lo prometido: los derechos exclusivos, para su vuecelencia, del tráfico de perfume y “otros derivados”, jejeje, de la amapola blanca y el loto rojo. Solo falta vuestra firma. Y ahora dos regalos personales: un espejo con enlace directo conmigo por si necesitáis un aliado para el futuro. Ejem, ejem. Y un broche de jade con forma de flor de loto. Es una reliquia familiar. Mi padre se la arrebató a un sumo sacerdote nativo. Un amuleto de protección de jade, imbuido por los antiguos dioses. Como símbolo de cooperación y mi amistad— Sin que Berta pudiera reaccionar, Camelia se lo abrochó en una parte del vestido, y este destello por un instante —¡Y ahora a disfrutar!—.
Berta miró el broche. Ella prefería las cosas brillantes como el oro y la plata, pero el broche parecía caro, y eso sí que le gustaba. Firmó el pergamino y se lo devolvió a Camelia, mientras decía -Siento mi mal humor. He tenido una fuerte discusión con Elric. Parece que no se ha tomado muy bien, que le diga que le dejó y que, lo sucedido en Florelia, se queda en Florelia. Tengo planeado volver lo antes posible a Goblinburgo. Deseo reunirme con un ministro, tenemos que hablar sobre una mejora de empleo y sueldo- eso era un eufemismo para decir que, pensaba asesinar a un ministro y ocupar su lugar.
— Jejejejejeeje — se rio Camelia— pues no dudéis en avisarme si necesitas apoyo con esa empresa. Lástima escuchar lo de Elric, me consta que hacías buena pareja, algo insólita, pero buena. En fin, dejémonos de parloteo. Acompáñeme abajo, deseo probar una de esas bebidas “del mono”— Camelia dejó solas a Berta y Lucrecia.
— Berta, siento mucho lo de Elric. ¿Espero que estéis bien? No me extraña que queráis volver a casa tan rápido. Solo espero que tras lo vivido en esta isla, hayamos afianzado nuestras relaciones en el futuro. Pues nos esperan problemas, muchos problemas y muy grandes, los cuales sin ninguna duda debemos abordar juntas si queremos que lleguen a buen puerto. ¡Ay, ya me estoy recordando a mi padre! Por San Geranio, acompañemos a Camelia antes de que se ponga a dar gritos— Tras decir esto, Lucrecia, se agarró el vestido y esperó la respuesta de Berta.
-Sí, necesito unas copas para aguantar esta celebración humana, no me gusta cómo me miran todos esos nobles repipis. Si no tomó algo, seguro que mató a alguno, y no sé por qué, creo que Camelia, no le vería la gracia- Berta bajó las escaleras con decision y la fluida gracia felina que siempre mostraba en todos sus movimientos. No se tomó la molestia de esperar a Lucrecia.
Lucrecia sonrió ante tal desfachatez. Y siguió a la goblin sin prisa, no dejaría que nadie la arrollara, ni siquiera una amiga. Una vez abajo, observó a Berta, que se había reunido con Camelia y charlaba con ella animadamente.
Cuando se dirigió a ellas, un susurro llamó su atención. Se alejó entonces, escabulléndose entre la multitud.
Pasó al lado de un hombre gordo y bigotudo, vestido de verde, que se giró para increparla, hasta que la mirada del hombre se posó sobre una pequeña cabellera carmesí que charlaba con la reina. El hombre orondo, con levita verde, no pudo dejar de observar aquella melena rojiza.
Durante todo aquel tiempo, habia maldecido a los hados por habérsela arrebatado, y se lamentó de que solo quedara el recuerdo de aquella noche tan especial. Pero ahora, su querida Bartola regresaba a él una vez más. Pero no podía abordarla ahora, ella estaba con Camelia y él estaba con el Archidiácono Tuflis, el contrabandista más popular de la ciudad. Sity, sabía que debía esperar su oportunidad para actuar, debía esperar para hacerse con ella, debía llegar a El-higolann. Aun que, eso no significa que no pudiera acercarse para darle una muestra de cortesía. Al fin y al cabo, ella ya lo conocía a él. Le había enseñado su secreto, su dominio del ENUNTIARE, a sí que la próxima vez no se inhibiría con ella… Tras todo este flujo de pensamiento, volvió al discurso del Arcipreste sin dejar de observar a su dulce carmesí.
Berta conversaba con la reina Camelia, mientras esperaban que llegara una botella de grog goblin marca la isla del mono -Los goblins no hablamos de historia antigua goblin con no goblins, pero, puedo decir que, eso a lo que llamáis Kinaz, nosotros lo llamamos Quina, y todo el mundo sabe que no hay nada más malo que la Quina- estaba diciendo cuando alguien la interrumpió, la goblin se volvió para ver a un alto y obeso humano, con bigote de manillar y totalmente vestido de verde.
Era Sity, el único humano al que Berta reconocería entre un millón, a la goblin le chirriaron los dientes. Sity hizo una ampulosa reverencia ante la reina Camelia -Su majestad, deseaba presentarle mis más sinceras felicitaciones por su gloriosa victoria. La vida nos presenta desafíos, y su majestad los ha superado con creces- dicho esto y tras el seco agradecimiento de Camelia, Sity se volvió hacia Berta -Estimada baronesa Bartola Eusebia Robustiana, ahora que sois virreina y con la situación estabilizada en Puerto Cervecero, haremos negocios con frecuencia. Espero que podamos tener pronto una reunión más... personal. Aún recuerdo con deleite nuestro último encuentro privado- tras este saludo, Sity se despidio y se perdió entre la multitud.
A Berta le chirriaron los dientes y cerró tan fuerte las manos que le empezaron a temblar. Camelia pareció no darse cuenta de la reacción de la goblin o prefirió ignorarla -Veo que ya conoces a Sity, es el hombre de negocios más importante de El-higolan, además de un gran mecenas de las artes-.
-Lo conozco lo suficiente- soltó la goblin entre dientes, intentando controlar su rabia. No pensaba confesarle a Camelia que, ese monstruo repugnante, la había violado, y que solo seguía vivo y con las pelotas en su sitio, porque así lo ordenaban los ministros.
Por fortuna, por fin, llegó la botella de grog, así que Berta se centró en beber. Intentando sacarse de la mente a aquel cuadrúpedo, para no matarlo allí mismo.
Sirvió una copa para ella y otra para Camelia. La reina, levantó su copa desconfiada y la olio. El grog goblin tenía fama, entre los humanos, de ser auténtico aguarrás, ya que ese mejunje de alta graduación etílica, era capaz de disolver algunos materiales. Camelia se tapó la nariz y, con valentía, tomó un sorbo.
El sabor cáustico y dulzón, pareció gustarle. Quince minutos después, estaba claro que, Camelia, no soportaba bien el grog goblin. No llevaban ni media botella y ya se le había soltado la lengua. -Eres una borrachuza, y la mayor parte del tiempo, una zorra fría e implacable, además de totalmente insufrible- La humana dio otro trago a su copa de grog -Pero, eres buena persona, Berta Panduro-.
-No consiento que me llamen eso- Berta miró a Camelia con indignación.
-¿Qué parte? ¿La de zorra fría o la de insufrible?- a Camelia parecía haberle desaparecido de golpe la borrachera.
-La de buena persona. Tú no me conoces, humana- Berta llenó su copa una vez más. Camelia alargó la suya para que también se la rellenara.
-Pero lo que hiciste en el palacio de la rima... Perdonarle la vida a mi hija Margarita, cuando yo misma te dije que la mataras- hipó Camelia.
-Eso fue solo porque... me aburría. Además, si se corriera la voz, ¿qué pensaría la gente? Sería un escándalo- Berta hizo señas para que les trajeran otra botella.
-Lo que hiciste fue porque eres buena gente- Camelia apuró su copa y esperó a que Berta se la rellenara -¿así que te molesta que crean que eres buena persona?... ja, ja, ja, ¡eres buena persona!-.
-Y tú eres insoportable todo el tiempo, sobre todo cuando bebes- dijo Berta con fastidio -Además, debes borrar mi participación en todo esto, nadie debe mencionarlo ni recordarlo jamás-.
-Pero te mereces un reconocimiento- le respondió Camelia con sorpresa.
-¿Recuerdas que soy miembro de una organización secreta? ¿Y qué esa organización, es secreta, basicamente porque, entre otras cosas, asesina a cualquiera que sepa de su existencia? Si se corre la voz de mi participación en lo sucedido, en Goblinburgo, se harán preguntas, y eso no nos conviene ni a ti ni a mí- dijo la goblin muy en serio, estaba harta de estas celebraciones humanas, saltó de su silla y dejó sola a Camelia.
Sin despedirse de la reina, se dirigió hacia la puerta del salón de baile. Se iba a embarcar de inmediato en el Corazón Negro, ya había tenido bastante de esa apestosa isla y quería zarpar cuanto antes.
Estaba a punto de salir, cuando una mano se posó en su hombro. La goblin se volvió, la mano, pertenecía a Elric -¿Ya te vas, no vas a quedarte para despedirte y tomar unos brandis de cereza?-.
-Estoy cansada y bastante aburrida, además zarpo de inmediato hacia Puerto Cervecero. Perdona que no te invite a pasar la noche- a Berta le apetecía, pero recordaba la fuerte discusión que tuvo con él hacía unas horas, y cómo le dijo, sin muchos rodeos, que; ya es hora de terminar con nuestros escarceos. Fue divertido, pero no va a funcionar. Y lo que pasa en Florelia, se queda en Florelia.
-¿Por qué no me concedes unos minutos? La noche es joven- el enano le tendió la mano. Berta puso los ojos en blanco, pero se dejó guiar a una terraza con vistas al mar.
Bajo la luna llena, se podía ver al Corazón Negro y su escolta de fragatas, con todas las chimeneas expulsando humo, lo que delataba que sus generadores de ankar estaban a toda potencia, y listos para hacerse a la mar. En el balcón, les esperaban unas copas y un par de botellas; obviamente, el enano se había tomado su tiempo para preparar el escenario.
Elric le entregó una de las copas a la goblin -¿Y qué piensas hacer después de esto?- Elric miró a Berta con una expresión indescifrable en la mirada.
-Ya te lo dije. Continuaré haciendo de virreina. Hasta que me surja la primera oportunidad de volver a Goblinburgo- Berta le dio un trago a su copa, era Brandi de cereza. Siempre que bebía eso, terminaba haciendo una tontería y Elric lo sabía. El enano tramaba algo -Allí, mataré a un ministro y ocuparé su lugar. Después cobraré un sueldazo y me daré la gran vida- ese siempre había sido el plan de la goblin.
-Te darás la gran vida, pero, no vivirás en paz ni un minuto de esa vida. ¿No me digas que nunca te has parado a pensarlo?- El enano hablaba con toda la sinceridad del mundo.
Berta, dudo, volvió a llenar su copa -No lo entiendes. Siempre he tenido a alguien tirando de mi correa. Si fuera ministra, nadie volvería a darme órdenes-.
-Pero siempre habrá alguien intentando asesinarte, tendrás que dormir el resto de esa vida, con un ojo abierto, ¡y solo tienes uno! Supongo, que llevas mucho tiempo planeando convertirte en ministra, y no creo que cambies de opinión. Los goblins estáis obsesionados con el poder. Pero espero que esto te ayude a reconsiderarlo- El enano buscó en uno de sus bolsillos, sacó algo y se lo tendió a Berta.
Era uno de los grandes diamantes que habían adornado la corona de Jacinto. Berta lo agarró y lo sostuvo ante su único ojo con admiración.
Elric le susurró al oído -Lo engarzaré en una gargantilla y te lo volveré a ofrecer. Si entonces lo aceptas, me lo tomaré como un compromiso de que te quedaras en El-higolann... y conmigo- Elric, agarró el diamante y volvió a guardárselo.
-¿Me estás proponiendo... matrimonio?- susurró la goblin con incredulidad.
Salve Condesa.
La fiesta continuaba, y Camelia a quien no se le escapaba una, dejó de atender el
monólogo del Alto Magistrado Torcuato, al advertir el errático comportamiento de Lucrecia.
La joven no paraba de dar vueltas por la habitación persiguiendo algún tipo de alucinaciòn
etílica. O eso pensaba ella, pues en verdad Lucrecia perseguía un susurro de viento que la
llamaba desde el infinito.
Con una mirada fugaz y una ceja levantada, la reina observó como la condesa recorría la
estancia tratando de alcanzar algo incorpóreo. «Estos jóvenes de hoy en dia, ya no saben beber»
Entonces de improviso, Lucrecia se metió en el salón del trono.
“Pe.. pero! Oye! ¡Qué haces!” exclamó Camelia en un arrebato de sorpresa. El pobre
Torcuato pegó un brinco hacia atrás.
— Mil... Disculpas su alteza.. Nunca pensé que vuecencia disintiere de la corriente
Hermenéutica Incaica ....
— A usted no, Torcuato— se disculpó la reina con tono más relajado— Si me perdona.
Con una leve inclinación de cabeza, Camelia agarró el vestido y marchó donde estaba
Lucrecia.
Al cerrar la puerta, la sala del trono se enmudeció. Con pequeños rayos de luz filtrándose
de los postigos. Las paredes forradas por los Espejos Sagrados iluminaban a una figura
engalanada que sostenía un espejo entre sus manos.
Camelia entrecerró la mirada, y con cautela dio un paso hacia la figura. Las sombras
ocultaban los detalles pero no cabía duda de que se trataba de la condesa.
—Lucrecia, ¿qué estás haciendo aquí?
Al no recibir respuesta, la reina se volvió con decisión hacia una cuerdecita que hizo sonar
un cascabel. Ningún criado acudió, entonces se volvió hacia la puerta con todavía mayor
decisión pero la encontró cerrada. «Mierda» exclamó la reina.
No le quedaba de otra que ir hacia la figura. Y con un suspiro se volteo hacia atrás y...
¡Ostia! Exclamó al encontrarse de pronto con el cuerpo de Lucrecia parada sobre ella y con
la cara oculta por el espejo. El susto fue supino y la reacción, peor: un patadón que mandó
volar a Lucrecia y al espejo de vuelta al centro de la sala.
Con el aullido de su corazòn todavía martillando su pecho, Camelia reconociò el espejo que
Lucrecia había encontrado en la cueva, del cual ahora había empezado a proyectarse una
luz negra.
—¿Camelia?— preguntó con un susurro Lucrecia quien se estaba incorporando entre toses
tras la patada voladora. —Seguía el susurro.. cof...cof...
— Aguarda niña, algo está pasando con ese espejo.
— ¡El espejo!
En ese momento, una sombra femenina se proyectó en el techo, esparciendo por toda la
bóveda el destello de un tocado blanco de pura liz estelar. La kinaz
— Malnacidas criaturas, acaso creíais que me habéis derrotado. — Se jacto la proyecciòn.
— ¡Como ostias sigues viva, si te tiramos un edificio encima!
La sombra empezó a revolotear por las paredes del salón.
— No me hagáis reír. Lo único que destruiste fue mi vestimenta mortal. Lucrecia Averilich.
Pero mi alma es pura y eterna. Fraguada por la luz de millones de almas, dadas en
sacrificio jajajajaja.
Mientras la proyecciòn hablaba, Camelia escuchò la voz casposa de su padre:
—¡Ja!, al final no eran tan salvajes las creencias de los isleños atrasados.
—¿De qué hablas?— Se grunñò Camelia para sí misma.
—Ay, siempre te has creído más lista de lo que eres, florecilla. ¿No te acuerdas de lo que te
contaba sobre la creencia de los nativos? ¿Aquello de los “Demonios hambrientos de almas
mortales” cuya única protección eran los Espejos Sagrados? Jajajajaja.
Ante la risa histeria de la voz que compartía su cabeza, Camelia lanzó su chal hacia el
espejo que proyectaba la sombra. Y desapareció.
Lucrecia, todavía alucinada por lo que acababa de pasar, observó perpleja como camelia
envolvía el espejo y se acercaba hacia ella.
— ¿Pero qué ha pasado Camelia?
— No te preocupes querida, no va a hacernos nada. Esta cosa, no es más que la sombra
de un mal antiguo y muerto hace mucho. Rebajada a ser una sombra proyectada en la
pared. Cuya única vía para hacer su voluntad es este pequeño espejo.
Lucrecia pareció entenderlo, y se dirigió a la puerta de salida, Camelia la interrumpió.
—Lucrecia, yo que tu me andaba con cuidado con ese anillo tuyo. Consúltalo con tu mago o
bruja de confianza porque me da en la nariz que es algo más que un sello heráldico.
Y tras este encuentro con lo sobrenatural, Camelia y Lucrecia regresaron a la fiesta,
haciendo como si no hubiera pasado nada.
Tras la fiesta los invitados embarcaron de regreso a sus hogares. Camelia, visitó a Ulrico y a
Ulises en su arresto domiciliario y les ofreció acompañar a Lucrecia de regreso a su hogar, o
la muerte. No podía dejar testigos de lo que había hecho, explotar su ciudad, y sembrarla de
muerte y destrucción. A si que decidieron sabiamente acompañar a la Condesa.
Al día siguiente los rayos del alba iluminaron el cuerpo del Edil Alano apareció flotando en la
ciudad para disgusto de Lucrecia, mientras que la amante con quien había yacido no había
aparecido.
El maestro Fiesrich, por su parte, regresó al continente, hasta que la guerra le volvió a
alcanzar y se volvió a Elhigolann.
Margarita, fue amnistiada y nombrada heredera al trono, mientras que Camelia seguía
batallando contra la locura.
Un par de días más tarde....
Con el atardecer tiñendo el mar de oro resplandeciente, Camelia observa, en lo alto del
acantilado, como el crucero de Lucrecia desaparecía bajo la línea del horizonte.
Cuando el último mástil se dejó de ver, Camelia soltó un respiro, bajó el catalejo y se puo
en marcha de regreso al palacio .Con la caída del sol los cipreses a su alrededor dibujaban
sombras sobre las tumbas de sus antepasados. Las ramas empezaron a sacudirse a
medida que la brisa nocturna empezaba a levantarse. Echó la vista al suelo mientras
andaba, el césped la acariciaba los dedos. Pero al alzar la cabeza, se sintió perdida y
buscó la efigie mortuoria del Venerable Geràsino de Canóniga. Pero su mirada se quedó
clavada en el panteón de su padre. Y con su mera visión, el viento empezó a aullar con otra
voz, la voz que llevaba atormentando desde que hizo volar la ciudad para acabar con el
usurpador y salvar su reinado.
Hola Florecilla.. —Susurró con tono burlón el difunto Rey Hortensio.
—¡Sal de mi cabeza!— aulló Camelia.
—JAJAJAJAJAJA, que graciosa eres, pero si llevamos tanto tiempo unidos, ya
sabes.... desde aquello.
— ¡Al final no vas a ser más que un trozo de culpa reprimida que todavía se resiste a
las drogas.
— Tal vez... Pero... ¿Por qué no lo has dicho? ¿Te da vergüenza Florecilla? ¿No te
atreves a decirlo en voz alta?
Camelia se quedó callada un momento, y volvió a mirar al mausoleo.
— Esto es absurdo, no voy a caer en las argucias rebuscadas de mi propia mente.
Pero si con eso te callas, no tengo ningún inconveniente en ¡Gritarlo a los cuatro vientos!
—Pues adelante, florecilla, no te prives jejejeje
Camelia dió un paso al frente, y escupió sobre la tumba de su padre.
— Ojalá no haber tardado tanto en abrirte la cabeza con el cetro, lunático hijo de
puta. Ojala haberlo hecho antes de que hicieras lo mismo con tu propio hijo, pobre Narciso.
Y volvió a escupir sobre el mármol viejo. Con los puños apretados, como siempre que
estaba enfadada, alcanzó la tumba del Arcipreste Geràsino de Canóniga, y descendió por
la escalera secreta hacia su alcoba. Se sentó en la cama y vió a través de la puerta
entreabierta a su hermana, la Gran duquesa Herminia, perseguir a unos sirvientes montada
en la silla de ruedas. La silla con la que ella misma había hecho el paripé al comienzo de la
recepción. Entonces vió sobre su mesa aquel espejo tapado con su chal. Entonces se
acordó de pronto que todavía tenía que exiliar a la criatura, y con la agilidad felina, agarró el
espejo y una vela para marchar en camisón al salón del trono.
Una vez allí, bajo la triste luz de vela, desenvolvió el espejo de mano y PUSO su reflejo
sobre uno de los grandes Espejos Sagrados. No pasó nada al principio, pero de pronto un
grito ahogado resonò por todo el salòn SEGUIDO POR UN RESPLANDOR QUE RECORRIÓ TODO EL ESPEJO. Esperó un par de segundos y examinó el espejo de
mano ES CUAL ahora era opaco Y ESTABA QUEBRADO. EN el otro EL FULGOR se había CONCENTRADO EN una pepita BRILLANTE HASTA APAGARSE COMO EL RESTO DE LA superficie argentea.
—Vaya me sorprende que todavía TENGAS EN MENTE la religión de los nativos—
Exclamó la VOZ burlona del rey muerto:
— todavía sigues aquí. ¡Donde he metido mi pastillero!
— ¿Cómo era eso...? AH SÍ, los espejos son la puerta a un Mundo plano
más allá del sentido”
“Pues nos rondan aquellos que nos consumen y nos devoran. Y la única forma de salvar y
preservar el alma de los dioses hambrientos” era “encerrandola en el Reino Sagrado y
Protegido de los Espejos Sagrados” Jajajajajaja Que PENA QUE LOS MATARA A TODOS JAJAJAJ, pues va a resultar que eran
más sabios de lo que pensaba jajajajaj
Camelia se tragó una pastilla y la voz se fué apagando como un susurro llevado por el
viento.
Por otro lado, Lucrecia a bordo del flamante buque de su padre, aprovecha que andaba por
la parte oriental de la Isla, alargó su visita como dos semanas más, ya saben para hacer
visitas oficiales a nobles, boutiques de lujo, salas de fiesta y demás.
Durante las noches, se dedicaba a atender la correspondencia, recibiendo informes de toda
la isla, los presupuestos, las novedades del asedio a Puerto Igben, antes de remitirles a
Berta. Hasta que de improviso, se encontró con una carta de su Tío Abuelo Boris Averilich
Vorloff, antiguo Góspotar de Valashia, y Tío de Lucano. Actual Malgrave de su propio
dominio: Nueva Valashia:
La cúal decía:
Querida sobrina.
He oído las extrañas nuevas llegadas de Florelia. Confío en que te encuentres bien de
salud. Te convoco a mi castillo en cuento arribes a la ciudad de tu padre, pues debo
comentarte un asunto muy peliagudo que se cierne sobre nosotros. Además de los que ya
te pesan. Te combino a regresar cuanto antes a la ciudad de tu Padre, pues no quiero ser
cuervo de malas nuevas, pero la encontraras..... eh.... más diferente de lo que la dejaste.
Con amor, Boris.
Tras leer la carta, Lucrecia despertó al capitán para que pusiera rumbo a Puerto del Higo.
LOS GOBLINS, SON CRIATURITAS MUY COMPLEJAS. AVECES, HASTA TIENEN SENTIMIENTOS.
Cita de Jaques Molay. Catedratico del Arca.
Berta decidió posponer sus planes para ser ministra. Había regresado hacía unas semanas a Puerto Cervecero. Nada más llegar, informo a los ministros de sus negociaciones con Lucrecia y lo sucedido en Verde Jardín, ocultando su participación en los hechos. Los ministros, estuvieron encantados de retirar las reclamaciones a la corte imperial. De todas formas, ya tenían lo que querían, y la auditoria no se podía detener. Fuera como fuera, habían ganado. Arreglado ese detalle, Berta, tuvo una temporada de libertad, lo que aprovechó para empezar con el entrenamiento de Vicentin y, sobre todo, para verse a escondidas con Elric.
Esta calma también tenía otras ventajas. Ahora que contaba con cierta estabilidad, podía enviar y recibir correspondencia de Goblinburgo con frecuencia. Esa mañana, había recibido un par de cartas.
Leyó el remitente de la primera. La carta era de la archiduquesa Winifreda Rigoberta Ambrosia Von Mascamonos.
-¿Wini? ¿Qué querrá esta ahora?- Mascullo Berta.
Winifreda, era su mejor amiga de la infancia, aunque, cuando Berta quedó huérfana y fue internada en San Judas, perdieron el contacto. Lo último que sabía de ella, era que, en lugar de dedicarse a lo que se dedicaba la nobleza goblin, básicamente aburrirse en la corte o unirse al ejército, Winifreda había decidido convertirse en una goblin de negocios. Actualmente, era la reina de los bajos fondos de Goblinburgo.
Berta leyó la carta que decía:
Querida Chuchi. (Así llamaban a Berta sus amiguis de la nobleza goblin) A llegado a mis orejas, que eres la nueva virreina de Puerto Cervecero, en hora buena, parece que por fin avanzas en tu cursus honorum para convertirte en ministra, aunque creo que, si trabajaras para mí y te olvidaras de esa chorrada de ser ministra, sería mejor para tu salud.
Y de eso te quiero hablar. Sé que, de algún modo, as conseguido una licencia de exportación de los derivados de la amapola blanca. Planeo expandir mis negocios, podríamos vender esa cosa en El-higolan y con el dinero comprar grandes cantidades de azúcar para trapichear en Goblinburgo. Nos vamos a forrar.
El mes que viene te haré una visita y ya me dices que as decidido.
Así que, un saludo, un abrazo, besitos y todas esas cosas.
Berta dejó la carta a un lado. Era una oferta interesante, no se había planteado todavía qué hacer con aquella licencia que le dio la reina Camelia, y meterse a narcotraficante no era lo peor que podía hacer con ella.
Abrió la siguiente carta. Era de su banco.
Cuando se quedó huérfana y fue internada en San Judas, los ministros ingresaron su fortuna familiar en una cuenta a plazo fijo en el mejor banco de Goblinburgo. Bernardos, Benitos and Coo.
La forma de trabajar de los bancos goblins, consistía, básicamente, en llevarse el dinero al casino y jugárselo. Bernardos, Benitos and Coo. Solía registrar grandes ganancias en sus "inversiones". Una de dos, o tenían mucha suerte, o eran muy buenos haciendo trampas.
La carta decía:
A la atención de la baronesa Bartola Eusebia Robustiana Von Buenculon. También conocida como Berta Panduro, actual virreina de Puerto Cervecero.
Estimada clienta. Tras varios años sin ser posible contactar con usted, nos encontramos en la obligación legal de comunicarle el estado de sus finanzas.
Su cuenta se abrio hace diez años, con órdenes del ministro Tolentino Rascanapias, de invertir sobre seguro, bajo amenaza de darnos la mayor paliza que nos hayan dado nunca, lo que es mucho decir, ya que; en este humilde establecimiento, recibimos muchas. Por lo tanto, y por la presente, a día de hoy, tras deducir impuestos, y la parte de los directivos de esta entidad. Tenemos el placer de comunicarle que, usted, es asquerosamente rica.
Comunicado esto, y con el deseo de que, por favor, por favor, por favor, no retire nunca sus fondos de esta entidad.
Se despide Bernardos, Benitos and Coo.
P.D.
Le adjuntamos un juego de sartenes.
"Maravilloso", pensó Berta, "parece que, por una vez, todo me va bien".
Como para variar, se encontraba de un humor excelente, decidió contestar a la última carta de Elric.
Se sentó en su escritorio, para hacerse hueco, retiro los informes de reconstrucción de Puerto Cervecero, comprobó que su pluma favorita estaba bien afilada y sacó de un cajón el papel para cartas bueno. Miro a la repisa de la chimenea, donde se encontraba el gran diamante engarzado a una gargantilla que Elric le regalo hacia unos días como joya de compromiso. Le gustaba mirarlo, era muy brilli.
Pensó un poco que escribir, quería ser romántica, pero no babosa. Por fin se decidió a empezar.
Querido Elric:
No sé qué mosca te ha picado con que nos casemos.
No es posible.
Primero. Tendría que ser en secreto. No creo que a tu gente o la mía les entusiasme la idea.
Segundo. De casado a cansado, va solo una letra.
Y antes de que te pongas tremendo y empieces otra vez con la cantinela de que no te quiero.
Tienes que entender que, podría estar con cualquier goblin que deseara. Además, nuestra relación, me convierte en una pervertida para mi gente. Y ¡aun así estoy contigo, enano estúpido!.
Disfrutemos de lo que tenemos mientras lo tenemos...
Un sonido chirriante, y los graznidos de Sobras, su cuervo mascota, interrumpieron la escritura de Berta. Era una llamada entrante en la bola de cristal.
Berta se levantó de su escritorio y se dirigió a la mesita donde descansaba la bola. La goblin rozó su superficie para activarla.
Era el ministro Tolentino Rascanapias, que sacudía su bola de cristal, con sus dedos llenos de brillantes anillos.
-¿Esto funciona? ¡No funciona!. Oh, Berta, ¡cuánto tiempo, no te veía desde el principio del sitio a Puerto Cervecero! Rufina, cariño, saluda a Berta-.
La voz de una vieja goblin se escuchó desde algún lugar detrás de la bola -Hola, Bartola, cariño- trino alegremente -estás más delgada. ¿Comes bien? ¿No te pica ese parche? ¿Vas a tener bebes de una vez?-.
Berta puso los ojos en blanco y resopló. Rufina nunca la llamaba por el diminutivo de su nombre, y era tremendamente pesada. En cierta forma, era como una madre para ella. Aún podía recordar que, cuando estaba internada en San Judas, y Rufina la visitaba los sábados, le daba azúcar de tapadillo para que lo vendiera allí. ¡Iban a medias con las ganancias!.
-Bueno, vale de cháchara- dijo el ministro, consciente de que si su mujer cogía carrerilla no le dejaría hablar. El ministro se aclaró la garganta -Me pongo en contacto contigo, por ese asunto sin importancia sobre el que me querías consultar-.
Desde lo sucedido en Verde Jardin, Berta había estado dándole vueltas a la razón por la que no era capaz de negarse a participar en cualquier mision que se le propusiera, por arriesgada que fuera. Y así se lo planteo a Tolentino.
-Vas directa al grano, como siempre- Tolentino jugueteo con sus anillos -la razón es muy simple. Todos los agentes de la hermandad de los cuchillos largos, reciben condicionamiento mental desde que se unen a la organización. No pongas esa cara, creía que lo sabias. ¿como crees que se puede convencer a un goblin de hacer ciertas cosas?- el ministro bajo el tono de voz para hacerle una confidencia a Berta -solo los agentes con suficiente fuerza de voluntad para sobreponerse al condicionamiento, pueden convertirse en ministros. Si no fuera así, cada vez que alguno intentara asesinar a un ministro, vastaria con encargarle que se cuele en la guarida de un dragón, y se iría a hacerlo encantado. Si no eres capaz de sobreponerte al condicionamiento, quiere decir que no estas preparada para ser ministra. Piensa que, la mayoría nunca llega a superarlo, aun que la mayoría, nunca llega a ser consciente de ello-.
Berta asintió despacio, Tolentino le había dado mucho en que pensar.
-¿Ya estas satisfecha?- Tolentino hoy parecía tener ganas de hablar -bueno pues, aprovechando que estamos teniendo esta combersacion, queria mencionarte el tema de la colina que nos conseguiste- el ministro se repantigo en su asiento. Si se ponía cómodo, quería decir que esto iba a ser largo -Sé que ya lo sabes, pero para que comprendas con exactitud lo que nos jugamos, te voy a dar una pequeña clase de historia- Berta puso los ojos en blanco. Justo lo que más le apetecía: volver al colegio. -Se dice que, hará unos quince mil años, año arriba, año abajo. Surgió una civilización pretérita compuesta por los Aurgos Originarios (criaturas de origen feérico), que llegaron del mar y se mestizaron con los gigantes, para dar vida a humanos, elfos, duendes, goblins, orcos, enanos, gnomos… Se instalaron al norte de la región de Jottum (mucho más verde y fértil por aquel entonces, o eso dicen) y basaron su prosperidad y tecnología en el uso del ánkar, que llegaron a dominar a la perfección-.
Berta, dio una cabezada, empezaba a pensar que debería traerse una silla para aguantar mejor el monólogo, pero entonces se quedaría dormida y sería peor.
-Alcanzaron un nivel de desarrollo jamás visto. Pero los mitos cuentan que en su ambición trataron de experimentar con el Ánkar de la Vida Eterna, y sobrevino la catástrofe. Se habían obsesionado con prolongar su existencia y las leyendas cuentan que esto fue su perdición. Desaparecieron dejando tan solo las ruinas de sus viejos templos desperdigadas por el mundo y un extraño lenguaje de símbolos grabado en la roca que nadie ha logrado descifrar (eso serán los elfos, porque yo los entiendo perfectamente, pero como a los goblins no nos pregunta nadie...)- El ministro concluyo
-Bueno, pues la mayoría de eso, no son más que tontadas inventadas por algún elfo listillo que se debe aburrir mucho en casa. Lo que sí es cierto, es que, esa civilización de Aurgos Originarios, existió, y sigue existiendo. Somos nosotros, los goblins de goblinburgo. Éramos los amos de este mundo, pero fuimos traicionados, humillados, y obligados a vivir en un pantano por las razas que nosotros mismos contribuimos a crear- El ministro se estaba emocionando -Esa tumba en la colina, contiene los datos de entrada al cubículo de zinc. Esa cámara se encuentra en las profundidades de El-higolann, que por si no lo sabes, es una isla artificial, creada por nuestros ancestros, para contenerla -la voz de Tolentino era acerada y maliciosa -Dicen, que nuestros antepasados lo sacrificaron todo para conseguir la inmortalidad, y que su fracaso, fue lo que nos convirtió en lo que los elfos no dudan en llamar; alimañas verdes, esmirriadas y débiles mentales. No entienden nuestra perfección, nuestra pureza. Por eso nos envidian, por eso nos odian ¡y por eso los odiamos a todos!. Cuando tengamos lo que queremos de la tumba, tendremos acceso a un poder lo suficientemente grande como para volver a dominar el mundo, y entonces, comenzará el mayor ajuste de cuentas que haya conocido la historia- En ese momento, un relámpago iluminó la sala donde se encontraba el ministro. Este se volvió -Rufina, cariño, te he dicho mil veces que no cocines mientras hablo por la bola de cristal- El ministro volvió a mirar a la goblin.
-Berta, te conozco desde que no levantabas un palmo del suelo y siempre he abogado por ti- El ministro Tolentino Rascanapias, adoptó un tono paternal- pero si no consigues lo que buscamos, las cosas se van a poner muy desagradables. Muchos ministros te ven como una amenaza y te tienen enfilada desde hace tiempo. Si fracasas, tendré las manos atadas, y no podré protegerte más- saco un reloj del bolsillo y lo consulto- Si mis cálculos son exactos, en unas horas, debería llegar el barco correo de los martes, con un grupo de expertos abordo. Ellos se encargaran de investigar la tumba. Irán escoltados por un agente de la hermandad de los cuchillos largos. Se trata de Gervasio Muerdeperros. Creo que lo conoces bien...- la comunicación se cortó de golpe, seguro que Tolentino había apagado la bola sin querer.
A Berta le rechinaron los dientes, como siempre que se enfadaba -Pues qué bien. Tenía que ser ese gilipollas de Gervasio- gruño la goblin -Se acabó la buena racha- Y aun tenia que posar para su cuadro.
-A continuación, se subastará el ítem 1513. La Goblin. También conocido como La Goblin del Brillante- la sala de subastas, se llenó de murmullos; ese era el artículo principal del lote de ese día.
-Retrato oval. Olio sobre lienzo. Atribuido a Coquinariel el Artero, o uno de sus aprendices. Fechado poco después del inicio de la guerra de las sombras, exactamente hace trescientos años. La pintura representa a una bonita goblin tuerta, con un brillante de grandes proporciones engarzado en una gargantilla. Se desconoce la identidad de la modelo. Aunque debió ser una goblin con cierto estatus y poder en El-higolann, ya que fuera de Goblinburgo, apenas existen representaciones pictóricas de dicha raza. La subasta se abre en cinco millones-.
Los asistentes se prepararon para hacer sus pujas. Pero antes de que nadie pudiera hacer un gesto, alguien alzó la voz -¡cincuenta millones!-
Esto era absurdo, nadie pujaba tan fuerte de inicio, los asistentes se miraron entre si. Confusos. El subastador miró al público, esperando una nueva oferta. Pero medio minuto después, era evidente que no llegaría.
-A la una, a las dos, a las tres, adjudicado a la joven Condesa-.
Una hora después y cumplimentado todo el papeleo. La condesa Averil, se quedó a solas con su nueva adquisición. Se acercó a la pintura, estiró la mano para tocarla, pero en el último momento, decidió no hacerlo, podría dañarla. Miró con una expresión indescifrable en el semblante a la goblin del cuadro, que le devolvía la mirada con una sonrisa pícara.
-¡Que bien posabas, jodía!. Hasta pareces maja y todo. ¡Con lo cabrona que eras y la mala leche que te gastabas! Pero después de trescientos años, vuelvo a ver tu cara... amiga-.
+++++++
Berta bostezó ruidosamente, la ropa le picaba horrores, y ponerse la gargantilla con el brillante, no había sido una idea tan buena como ella creía ¡Pesaba como la piedra que era!.
-Por favor, virreina, mantenga la pose ¡Como ya hemos hablado treinta veces!- dijo con exasperación el elfo que se sentaba tras el caballete.
La goblin puso los ojos en blanco y volvió a sonreír, tenía ganas de echar a patadas a ese condenado pintamonas elfo. No le importaba que fuera un gran maestro del nuevo ultra realismo elfico y cobrara una barbaridad por cuadro. Llevaba toda una hora sentada, posando para su retrato, estaba muy aburrida, y aún tenía que hacer sus cosas de virreina. Se tuvo que recordar que estaba haciendo esto por Elric.
Aprovechando que el conocido pintor Coquinariel el Artero, había llegado a El-higolann huyendo de la cada vez más inestable situación del continente, el enano había decidido que quería un retrato de la goblin para colgar en su estudio privado. Berta se ofreció a posar desnuda, pero Elric rechazó la oferta. No quería que nadie más la viera de esa manera. Según él: si alguien más la viera, se vería obligado por su honor a matarlo.
"Menos mal que Elric, no sabe con cuantos goblins y otras cosas me he acostado. Si no, se pasaría una buena temporada matando por honor. Y es un alivio que no quisiera un desnudo, si no, no solo llevaría una hora aburrida, además, ya llevaría una hora desnuda y despatarrada delante de un asqueroso elfo" penso la goblin con resignación.
Un portazo interrumpió los pensamientos de Berta y el trabajo del pintor, que frustrado, tiró al suelo el carboncillo con el que perfilaba el boceto.
++++++
Gervasio Muerdeperros entró en la sala, como Pedro por su casa, se detuvo y miró a su alrededor con parsimonia. Allí estaba ella, tan guapa como la recordaba ¡no, más!. Tenía que reconocer que el parche en el ojo le daba un toque sexy.
-Bertita, ¡cuánto tiempo!, te he echado de menos- dijo Gervasio jovialmente, Berta lo miró como si fuera un bicho asqueroso que hubiera caído en su comida.
-Gervasio- la voz de goblin era gélida -ya me avisaron de que vendrías como escolta del equipo de arqueólogos. Pero hace falta mucho valor para entrar en mis salas privadas sin invitación ¿que haces aqui?-.
-¡Oh, vamos! ¿no me digas que me guardas rencor? Parece que te ha ido muy bien desde la última vez que nos vimos- a Gervasio Muerdeperros siempre le gustó provocar a Berta.
A la goblin le rechinaron los dientes -La última vez que nos vimos, intentaste asesinarme, y luego ni te molestaste en comprobar si estaba bien muerta. ¡Por tu culpa perdí el ojo!-.
Gervasio, realmente estaba enfadando a Berta. Siempre le gustó hacerlo - venga, Bertita, no fue nada personal. Tenía que eliminar a la competencia. Todos queremos medrar en la vida ¿no?-.
-Pues no veo que ya seas ministro- escupió la goblin -Y además, ¡ÍBAMOS A CASARNOS, PEDAZO DE GILIPOLLAS!-.
Gervasio contuvo una sonrisa. Como decia el viejo refran goblin: Tres cosas hay en la vida; Salud, Dinero Y Jamon, y a ti te encontre en un campo de navos.
Cuando conoció a Berta en San Judas, ya le gustaba hacerla enfadar. Pronto, descubrió que era Baronesa, incluso tenía uno de esos nombres de noble ridículamente largos; Bartola Eusebia no sé qué Buen nosecuantos, lo que quería decir que estaba forrada. Además, estaba apadrinada por un ministro. Nada menos que Tolentino Rascanapias, el decano de los ministros, del que se decía que aún hoy en dia, esquibaba todos los intentos de asesinato y se mantenía con vida, con la esperanza de que fuera Berta quien lo asesinara y ocupara su lugar. Y para rematar, además era guapa y estaba muy buena. Todo esto la convertia en un partidazo.
Con el tiempo terminaron estando muy unidos. Gracias a ella, Gervasio paso las pruebas de actitud de la hermandad de los cuchillos largos. El tiempo paso y todo fue a las mil maravillas entre ellos, hasta lo de Castelnuovo.
Por desgracia, y como dice el viejo dicho goblin: por cada tía buena que hay en Goblinburgo, hay un tolay que está aburrido de follarsela. Y Gervasio... Gervasio se aburría con facilidad.
-¡Pero si te hice un favor! mírate, vestida con ropas caras y rodeada de lujo, si hasta te estan pintando un retrato. ¿Qué te parece si quedamos esta noche y nos damos una nueva oportunidad? ¿No me digas que no me has echado de menos?- Gervasio Muerdeperros utilizó su tono más zalamero.
-Definitivamente, eres imbécil- Berta había vuelto a adoptar su pose y el pintor elfo trabajaba entre maldiciones -No volvería a acostarme contigo ni aunque fueras el último goblin de Kadazra y tubieras una montaña de cosas brillantes-.
-Oh, es cierto. Ahora lo que te pone, es follar con enanos- El tono ironico en la voz de Gervasio, terminó de sacar de sus casillas a Berta. Por muy discreta que hubiera sido con su relacion, era un secreto a voces.
-¡Lavate la boca antes de volver a hablar de mi enano!- la voz de la goblin destilaba veneno, le faltaba un pelo para empezar a tirarle cosas a Gervasio -Aun no me as dicho que coño pintas en "MI" despacho-.
Gervasio, se paseo con petulancia hasta el mueble bar, agarro una botella de Grog goblin marca La Isla del Mono y la guardo en su abrigo como si tal cosa - Solo queria pasarme a saludar y comunicarte que la espedicion esta lista. Partimos en una hora-.
-Pues muy bien, ya me lo as dicho- en este punto, la goblin, estaba haciendo un gran esfuerzo por mantener la pose y no exasperar aun mas al pintamonas elfico- Si ya as terminado con tus gilipolleces, lárgate de aquí. Y no vuelvas sin lo que estamos buscando. Como me enteré de que te paseas por "MI" colonia hacindo el vago, te juro que te mandaré arrestar y te mataré con mis propias manos-.
Gervasio Muerdeperros contuvo una carcajada mientras inclinaba la cabeza, se volvía y salía de la sala. En su opinión, Berta, nunca fue una buena agente de la hermandad, no por falta de avilidad, sino porque tenía corazón, eso sí, pequeño y negro, pero lo tenía. Por eso le divertía tanto cabrearla.
+++++++
No habían pasado ni diez minutos, cuando la puerta volvió a abrirse de un portazo. Un humano entró a la carrera por la puerta, lo que era un gran mérito, ya que estaba construida a escala goblin.
-¡Así es imposible trabajar!- gritó el pintor elfo tirándose de los bigotes.
-¿Pero, hoy qué pasa aquí? ¿Han puesto un rótulo de Bar en la entrada del cuarto y no me lo han dicho? ¿Es que nadie le va a decir a esta gente que, hoy no recibo a nadie, dónde está Vicentin?- Berta seguía muy enfadada después de su reencuentro con Anacleto y esta intromisión no lo estaba mejorando.
El humano se acercó a Berta, se arrodilló y le entregó un rollo de madera labrada cerrado por un sello. El lacre sobresalía con la forma de un dragón rampante rodeado por 7 estrellas y rematado por una corona de perlas. El escudo de la Casa Averil.
-¿Qué querrá esta ahora?- murmuró la goblin al reconocer el emblema.
Al partir el sello, dos papeles doblados, cayeron sobre su falda. La caligrafía apresurada del más pequeño llamó la atención de Berta.
«A la atención de la Virreina Berta».
Lo desdobló con cuidado hasta extender una tira larga en la que se leía:
Mi muy querida amiga.
Siento no llamarte por la bola que me obsequiaste, pero aún no me sé apañar con ella.
Mis fuentes me han informado de que el asedio está a punto de completarse. Lo celebro con alegría.
Confío en la habilidad y destreza que siempre me has demostrado para sacarme otra vez de los asuntos más difíciles. No tengo dudas de que podrás pacificar el territorio antes de la llegada de la comisión.
Sé que no deseas la intromisión de mis fuerzas en las tuyas, pues no las necesitas y solo serían un estorbo. Es por ello que te remito el informe de mis espías por si te puede ser de ayuda en el ataque.
Esperando que te encuentres bien, se despide afectuosa tu amiga.
Lucrecia.
A continuacion Berta desenrolló el otro papel.
Estimada Virreina, mi nombre no es relevante.
Antes de comentar el clima que azota la ciudad sitiada, debemos entender la base sobre la que se asienta su sociedad.
Dicho por el propio Barón Igben:
“Igben, no es un simple apellido. No es un adorno con el que presumir en las grandes salas de baile. Y sobre todo, no es el cimiento de una autoridad ilusoria como en el resto de grandes casas de Kadazra.
Igben, es el emblema de una gran familia.
Un clan forjado por la voluntad y no por la sangre.
Cada hombre y mujer de Igben es libre e igual entre ellos. Todos trabajan para la prosperidad de la sociedad.
«Una sociedad mercantil, se entiende, jejejeje»
De esto podemos inferir que la Casa Igben no es como las demás casas nobles. Esta se forjó para afianzar la gestión de una compañía en concreto. La compañía comercial I. B. N.
Dicha compañía familiar se volvió tan grande que consiguió formar una comunidad separada con una cultura y características particulares.
Fascinante ¿cierto?.
Pero no debemos pensar que hasta el empleado más insignificante de la I.B N es miembro de Igben. Solo los puestos de gestión y supervisión son cubiertos por miembros de la Casa.
Y solo podrán ser miembro de la Casa:
1 Los hijos o cónyuges de un miembro.
2 Un empleado o solicitante que, por su talento o sus méritos, reúna 5 recomendaciones del consejo.
3 O en la situación más extraña, comprar la participación de otro miembro.
Todos sus miembros demuestran una educación exquisita. Pero los nacidos dentro del clan son valorados como los mejores estrategas, administradores, y juristas del continente. Es por ello que muchos hijos menores trabajan fuera de la compañía como forma de extender la influencia de la casa.
Ahora hablaremos de su gobierno.
Todo se rige y supervisa por el consejo de familia. Una asamblea donde todos los miembros se reúnen para supervisar el buen funcionamiento de la compañía, aprobar presupuestos y cuentas.
De este órgano se elige por votación la máxima autoridad del clan (el Patriarca o el Barón Igben). Un cargo vitalicio encargado de dirigir, gestionar y liderar los esfuerzos de la compañía, aplicar La Paz y resolver disputas en el clan.
Desde la fundación, el ala de los fundadores es la que más participaciones posee y, por tanto, se ha impuesto como la más poderosa.
Conclusiones:
Tras tanto tiempo de asedio, la ciudad de Puerto Igben, aún sobrevive a base de patatas y pescado salado.
Reina el descontento, la población sabe que no queda mucho. Pero rechazan la opción de escapar, pues el honor y la fidelidad al clan los obligan a aguantar.
A pesar de que en el fondo saben quién es el único culpable. Aquel que se resguarda en lo alto de la Torre. Aquel que traza planes cada vez más salvajes y alocados. Aquel cuya irá ha llevado a todos a la ruina. Se mantienen resignados a la espera del fin, mientras en las espaldas del Pirado Igben, como han dado en llamarle, el viento arrastra el susurro de una conspiración.
Berta dobló las cartas y se las metió en un bolsillo oculto en una de sus mangas. Se había olvidado por completo de Puerto Igben, si quería llegar para ser testigo de cómo reducían a cenizas la ciudad, más le valía partir de inmediato.
Se levantó y se quitó la gargantilla con el pedrusco. La dejó en el asiento y se dirigió a la puerta mientras gritaba a pleno pulmón -¡¡VICENTIN!! ¡¡QUE PREPAREN MIS COSAS, NOS VAMOS A PUERTO IGBEN!!-.
El elfo la miró horrorizado -Virreina, no podéis iros... el cuadro-.
La goblin se volvió -Ya tienes el boceto... más o menos. Solo tienes que ponerle colorines, o lo que se suponga que hagas- Después de esto, se volvió y salió de la sala gritando -VICENTIN, VICENTIN ¿dónde está ese condenado crío?.
A su espalda, el elfo volvió a tirar el carboncillo -¡Goblins... es imposible trabajar con ellos!-.
El regreso de la Condesa.
Cap 1.
El crucero surcaba la corriente del río Higo con la suavidad de los mejores estibadores . Las
aguas oscuras se arremolinaban alrededor del casco difuminando el reflejo de los faroles
que bordeaban los muelles.
Desde su tumbona Lucrecia contemplaba la ciudad que se desplegaba a ambos lados del
barco. A su espalda, Ulrico y Ulises observaban el espectáculo urbano con curiosidad y
maravilla. Ante los susurros tras de sí, la dama se decidió a hablar:
— Os haré un poco de turismo. Bienvenidos a Puerto del Higo, muchachos. La ciudad de mi
padre. Hogar de artistas exiliados, príncipes sin trono y marineros sin alma. Y bla bla bla
—a Lucrecia le costaba pensar, tanta fiesta y tanto alcohol la habían pegado duro— O algo
así. Un refugio para todos aquellos que busquen escapar y olvidar e incluso, rehacer su
vida.
A su derecha emergió de entre los tejados de las torres de la Archi-Catedral del Culto al
Ánima. Las agujas afiladas de los chapiteles rasgaban los cielos. Sus campanas de bronce
tañían a todas horas con un sonido hueco, una plegaria por los fallecidos de la guerra de las
sombras. Los tres se la quedaron mirando hasta que el barco entró en una zona bulliciosa:
—El Barrio del juego y los bares, —indicó la Condesa, tras pegar un sorbo a su copa de
agua. Ulrico y Ulises se apoyaron sobre la barandilla con interés mayor .
Ante ellos se abrieron calles inmensas, atestadas de mesas de juegos, comensales
borrachos y camareros apurados. Todos formaban un revoltijo animado y estridente,
bañado por la luz roja de las farolas de Ankar rojo. Desde los balcones que daban al río,
cortesanas y músicos ofrecían guiños y besitos a los dos soldados que trataban de
mantener la compostura . El grito de un perdedor ahogado en deudas se perdió entre las
carcajadas de los marineros ebrios.
Con un par de golpecitos a su copa, Lucrecia desvió la mirada de los soldados a la otra
orilla. En contraste con la sordidez del barrio de los juegos, se extendía el elegante Barrio
de los Teatros. Allí, bajo la luz de los fanales de bronce, poetas y dramaturgos discutían
sobre el destino de los imperios de fantasía y la naturaleza de sus musas. Los teatros de
mármol relucían con su cartelera de tragedias y espectáculos de ilusionismo. Y en los cafés,
intelectuales y conspiradores compartían la absenta con los secretos, mientras que en los
balcones, una soprano ensayaba su aria con una voz que atravesaba las casas.
El barco avanzó junto a un edificio imponente de piedra oscura:
—Y esta mole de piedra labrada, es el Concejo Municipal, la sede del gobierno local. Aquí
bajo grandes salones iluminados por candelabros de bronce , se dirime el futuro de la
ciudad. Como lo escucháis, la ciudad se autogestiona a sí misma en cuanto a comercio y a
asuntos diarios, una argucia que impulsó mi padre para quitarnos un problema de encima y
contentar a los comerciantes y marineros. Así se entretienen debatiendo los impuestos de
basuras, las normas urbanísticas, etcétera así nosotros podemos dedicarnos a cosas más
importantes. Como por ejemplo beber. — Y tras decir ésto, le pegó otro trago a la copa—
Bien es cierto, que la corrupción y la diplomacia bailaban juntas en sus reuniones, en un
juego peligroso donde las palabras pueden ser más letales que las espadas. Pero buenooo,
para eso tengo al Justicia Mayor, que vigila a los concejales y mantiene la seguridad.
Más adelante, oculta tras una reja de bronce sobredorada por estatuas plateadas, se
encontraba la Sede del Arca en el Exilio.
— En este edificio tan bonito. Residían los miembros más notables del Arca en el exilio. Los
grandes maestros que se han resistido a las doctrinas fanáticas de la sierpe. Adalides del
conocimiento y la sabiduría que con su luz alumbra el camino de la Razón. En definitiva,
Unos Soplapollas engreídos que no paran de conspirar y maquinar para recuperar su poder
en el continente. Muy pocos se dignan a salir de sus muros y ofrecer algo de su preciado
conocimiento para ayudar a su generosa anfitriona. Porque por su puesto, son más pobres
que las ratas.
Cuando el río torció en una gran curva, aparecieron en los extremos los Palacios del
Olvido.
— A ambos lados del río podréis observar las madrigueras de la peor calaña de la ciudad.
Las mansiones construidas por reyezuelos destronados y nobles sin dominio, que se
yerguen sobre un orgullo fatuo de glorias pasadas.
Y como todo mal siempre viene de tres en tres, existen tres tipos de aristócratas exiliados.
—Explicó la dama preparando —. Por un lado tenemos a la estirpe de haraganes que se
pasan todo el día ahogados en vino, bufones y orgías. Luego,tenemos los que se hayan
sumidos en la melancolía o las fantasías obsesivas de venganza. Sus casas son las que
parecen abandonadas.No salen mucho, pues viven sumidos en sus delirios y depresiones.
Gastan todo su tiempo en recordar lo que una vez fueron y tuvieron, y cómo planean
recuperarlo. De vez en cuando me sorprendo al recibir una carta con su sello, pues
pensaba que habían muerto ya.
Y por último y los menos molestos, son los que han llegado con una mano delante y otra
detrás. Los que se han visto obligados a trabajar, los Don sin Din. Estos al menos intentan
salir adelante.
En resumen, tenemos a los que no quieren pensar, los que piensan demasiado y los que no
se lo pueden permitir. Los dos primeros son gente indigna de toda mi lastima. Pues a pesar
de su situación prefieren aferrarse a la fantasía en vez de resolver sus asuntos.En cualquier
momento los echó a patadas, a ver si en las tierras salvajes espabilan un poco..
El barco continuó su travesía hacia su destino final, el Palacio Condal, la residencia de
Lucrecia. A su alrededor, Puerto del Higo palpita con la vida y los secretos del único bastión
alejado de la guerra.
FOTO ANEXA: Vista de Puerto del Higo (a la derecha) (y palacio condal a la izquierda).
Cap 2.
Al doblar la gran curva del embarcadero, Lucrecia recibió un mensaje que la hizo saltar de
la tumbona.
— ¿Qué os sucede, mi señora? —exclamó Ulises agarrando el pomo de la espada.
—Problemas Ulises, problemas. —repuso ella volviendo a llenar su copa— Y por favor,
llamame Lucrecia, ya hemos padecido bastante como para andarnos con finuras.
Cuando la escalerilla tocó el muelle, Ulises supo a lo qué se refería La Dama: Una fila de
personas vestidas con ropas finas los esperaban. El que más destacaba era un anciano
vestido de oro y seda verde con una enorme mitra multicolor.
Cuando la Condesa puso un pié en tierra todos se abalanzaron sobre ella deshaciéndose
en saludos y alabanzas. Con una media sonrisa , Lucrecia recibió los cumplidos con una
inclinación de cabeza. Sin perder un momento para cortar toda aquella patraña, se apresuró
en presentar a sus invitados de izquierda a derecha.
—Ulises, Ulrico, —Lucrecia señaló al hombre con monóculo que sujeta la maza dorada—.
tengo el.... placer de presentaros al Comisario Del Puerto, Arnulfo. — Luego la mano de la
condesa señaló a un barrigon bigotudo que lucía un bicornio y una levita esmaltadas en
verde—. El Burgomaestre VelTor-illa. — Su manó pasó a un anciano achaparrado forrado de
negro— El Gran Canciller Tigurius y...
De pronto, anciano de la mitra Multicolor se abrió pasó apartando al resto con la ayuda de
su ayudante hasta quedarse frente a Lucrecia.
— Y el que aparece sin un ápice de cortesía, es el Archidiácono Tuflis, seguido por su
Protodiacono ambos, sumos sacedortes del culto del anima.
— Mi señora— exclamó el anciano con voz siniestra y un intento de reverencia.
—Disculpadme la osadía, tenemos la urgencia de comunicaros unos hechos preocupantes.
— ¿¡Y por qué has de ser tú el que se lo diga, prelado extrangero?!
El Archidiácono se giró hacia Arnulfo y empezó a señalarlo con el báculo a la vez que le
exhortaba a su derecho como cabeza del culto del anima.
Mientras todos discutían, Lucrecia les lanzó un susurró a sus acompañantes: El anciano que
espera paciente, bajo la armadura azul es el Capitán Krestor de mi guardia palatina, vuestro
futuro jefe.
—¡Ya está bien! — Alzó la voz el burgomaestre—. Señora, unos invitados enmascarados
junto a una numerosa... procesión, se han instalado en vuestro palacio.
— ¿Como?
— Sí, vuestro padre, según parece, ha dado permiso a esta gente para asentarse en el
Salón de la opera. El Chanciller ha validado su edicto.Tigurius asintió levemente.
— ¿Pero habréis comprobado que mi padre está entre ellos?
El prelado agachó la cabeza y el nerviosismo reinó entre los presentes.
—Según ha dicho la servidumbre— continuó VelTor-illa—. Vuestro padre está muy ocupado
con sus invitados, y no a.... permitido audiencia alguna.
—Me cago en todos vosotros uno a uno... ¿Y qué hay del Capitan Isidro!? La última vez
que lo ví estaba con mi padre.
—No se ha presentado en la guarniciòn, ni ha retomado su despacho....
— Maldita sea, ¿Cómo se os ha ocurrido dejarles entrar así?
— Tenían el sello...
— Y no se os ha ocurrido que lo podrían haber robado, hostias.
— Pero, eso sería imposible a raíz de su carta, todos creímos que vuestro padre estaba de
vacaciones — En ese momento Lucrecia recordó que no había dicho a nadie que su padre
se encontraba excavando en un monte perdido de las tierras salvajes.
— Maldita sea, —refunfuñó Lucrecia para sí— Krestor acompáñame, vamos a sacar a esa
gentuza fuera de mi casa.
El capitán mandó a uno de sus hombres y todo el grupo emprendió el camino hacia el
salón de la ópera. A medida que avanzaban por el jardín, los ecos de una representación
se hacían más evidente :
“La canción que yo cantaba y el País arrebataba, es essstaaaa.
La canción de Aleking con su alegre rin tin tin candaba yyyyy
Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,tiiiiiiin, Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,tiiiiiiin,
Es un muñeco el Aleking, Es un muñeco de cartón, Que para verle bailar, hay que tirar de
un cordón”
Mientras tanto el grupo se formó alrededor de la puerta y el Capitan Krespor, llamó con tres
golpazos.
— ¿Qué es esto? que pasa?— Estalló el coro al unísono.
— ¡Abrid esta puerta, en nombre de la ley!
Sin dar tiempo a una respuesta los tres guardias derribaron la puerta. Ante ellos se abrió
una habitación forrada de paneles de roble, un sillón orejero que daba la espalda a la puerta
tres sillas ocultas por doseles de seda. Y entre medias una fila de soldados dorados sus
con las lanzas en ristre.
— ¡Armas!— Gritó Krespor y los guardias sacaron sus pistolas y todos salvo Lucrecia se
desperdigaron ante el peligro inminente de una batalla.
Sin que nadie lo esperaba, una mano blanca asomó tras uno de los sitiales velados y los
soldados dorados dejaron de apuntarlos y se dispersaron por la habitación.
Entonces, la cara de Lucano asomó tras el sillón con la pipa en la boca.
—¡Lucecilla! Qué sorpresa más grata. No te esperamos hasta dentro de dos días.
Tras un día de viaje, Berta llegó a las inmediaciones de Puerto Igben. Pronto se lanzaría el asalto, y ella quería estar allí para verlo. La mayoría del ejército goblin desplegado en la isla, estaba concentrado en los alrededores.
De momento, los goblins, se habían contentado con mantener la ciudad sellada, por tierra y por mar. A estas alturas, allí dentro, se les debía de haber terminado la comida y seguro que ya habían empezado con las ratas. "¡Bien!", pensó Berta, "después de lo que nos hicieron pasar en Puerto Cervecero, se lo merecen".
Mando que levantaran su tienda cerca del campamento principal, y antes de encontrarse con el Mariscal, decidió cambiarse de ropa. Eligió un caro vestido de terciopelo rosa de estilo goblin, con unos botines de tacón alto, aunque normalmente prefería llevar calzado plano, y para rematar el conjunto, añadió un sombrero de pico goblin del mismo material del vestido. Quería tener un aspecto impresionante, además de parecer más alta.
Recorrió el campamento escoltada por media docena de guardias de Puerto Cervecero, y Vicentin, que no paraba de parlotear entusiasmado, a Berta le estaba dando dolor de cabeza. Los soldados admirados, se apiñaban para verla pasar, la silbaban y le lanzaban piropos. Verla le estaba subiendo la moral a la tropa y a Berta tampoco le molestaba que la miraran con buenos ojos de vez en cuando.
No tardaron en reunirse con el mariscal. Terminados los saludos de rigor, el mariscal Eulalio Pelagatos, de los Pelagatos de toda la vida, invitó a Berta a pasar revista a las tropas. Los soldados goblins formaron por compañías alrededor de sus banderas y tambores, y cantaron el himno de la infantería de Goblinburgo que decía:
Yo hago cosas por dinero.
Mato cosas por dinero.
No sé qué y no sé cuántos.
Pero tú dame dinero.
Cinco minutos después, Berta pasó junto al último soldado en posición de firmes. Estaba harta de fingir interés y le iba a estallar la cabeza, deseaba acabar con esos formalismos y visitar las labores de asedio de una vez, pero antes, el mariscal quería enseñarle su tanque personal.
La guío hasta la montaña de metal erizada de armas, a la que el mariscal llamaba tanque, por fortuna, no se encontraba muy lejos, ni muy escondida, tampoco es que fuera posible hacerlo. Al verlo, Berta no se sintió muy impresionada.
"En caso de que fuera capaz de desplazarse sin explotar, esa cosa no sería capaz de seguir el ritmo de la infantería. Es un trasto enorme y muy poco práctico, me pregunto si el mariscal no estará intentando compensar algo, porque sé la he visto y..." pensó la goblin al verlo.
En uno de los costados de la mole de metal, podía verse un dibujo bastante realista de Berta, ligera de ropa en una pose sexy. Bajo el dibujo, podía leerse el lema: Venganza de la virreina Berta.
La goblin se sonrió, preguntándose "¿qué opinaría Elric del dibujito?" Berta se lo pasaba muy bien cuando el enano se ponía celoso.
Terminada la visita al tanque, se celebró un pequeño banquete en la tienda del mariscal, amenizado por unos juglares goblins, que interpretaron grandes éxitos musicales goblins, como: ¿Quién es ese goblin?. ¡Ay, qué dolor, qué dolor, un lobo wargo en el armario!. Goblinburgo patria querida. Y, mi carro me lo robaron anoche mientras bebía. Entre otras.
Tras el atracón, a base de Ajopringue y ranas a la brasa, Berta se comía una cebolla como si fuera una manzana ante la tienda del mariscal. Quería ver cómo avanzaba el sitio a Puerto Igben. Y se fijaba en las vapuleadas murallas de la ciudad y en las tareas de zapa de los goblins.
El mariscal Eulalio Pelagatos, de los Pelagatos de toda la vida, que se encontraba a su espalda, le explicaba la situación. -Esta sigue siendo una operación de relaciones públicas- recitaba Eulalio, como si fuera un discurso que hubiera ensayado mucho -Por esa razón, hace unas semanas, lanzamos un ultimátum; permitiremos la salida de la ciudad por mar, de todos los no combatientes. Cuando lancemos el ataque, para quienes permanezcan dentro, no habrá piedad. Para que no haya dudas de nuestra buena fe, hemos pedido a los enanos y a esos apestosos elfos, que aporten los barcos para ese fin. La fecha límite termina hoy a las doce de la noche- concluyó el mariscal, que había soltado todo esto sin pararse a tomar aire.
-¿Y cuántos han abandonado ya la ciudad?- preguntó Berta con indiferencia mientras masticaba su cebolla.
-Ni lo sé ni me importa. Por mí como si los devoran las ardillas- el desprecio le dio un tono duro a la voz del mariscal -a las doce de la noche, la armada, iniciarán un bombardeo de precisión contra las defensas. Cuando su artillería reaccione, nuestros morteros de asedio en tierra, que hemos mantenido escondidos alrededor de la ciudad, harán fuego de contra batería, cubriendo el ataque por la puerta oeste- el mariscal, dio un par de pasos y se quedó pegado a Berta -Pero esto es solo la vieja táctica de; mira paya mientras te pego de verdad por otro lao. El ataque real se desarrollará por la puerta norte- en este punto el mariscal hizo una pausa -Ese ataque, debe ser sigiloso, en este punto, es donde entra el pequeño favor que me gustaría pedirte- El mariscal se pegó más a ella y le susurro al oído -Necesito que entres en la ciudad y nos abras la puerta-.
Berta tragó y puso los ojos en blanco. Desde que llegó a El-higolan, ya se había visto envuelta en dos batallas urbanas y ahora querían meterla en una tercera. Esto empezaba a ser repetitivo y ya estaba muy arta. Además, era virreina, se suponía que no debería meterse en esas cosas.
-¿Es que no tenéis a nadie que pueda hacer eso? Mariscal, le recuerdo que soy virreina. Yo aquí solo he venido a mirar- Berta mordió su cebolla.
-Estaba previsto que lo hiciera otro, pero ya que estás aquí... Berta, eres la mejor agente de la hermandad de los cuchillos largos, y siempre es un placer verte en acción- Eulalio alargó su mano derecha y agarró el culo de Berta -además, pensé que la idea de la venganza te excitaría- estaba claro que a quien si que se la ponía dura todo esto, era al mariscal.
Por muy poco, la goblin no escupió el trozo de cebolla a medio masticar que tenía en la boca. -Ufff, eso no va a poder ser. Me duele la cabeza, tengo la regla y... he comido demasiado- eran unas escusas pésimas, esos motivos nunca habían dejado sin ganas de sexo a ninguna goblin -y no pienso volver a hacer esas cosas nunca más- Berta remarcó bien esa parte, aunque ella misma no sabía si se refería a entrar en la ciudad o al sexo casual.
El mariscal soltó el culo de Berta y se encogió de hombros -no entiendo qué bicho te ha picado, desde que te conozco nunca as perdido la oportunidad de divertirte un poco-.
-Yo misma no lo entiendo- soltó la goblin con resignación. A Berta le costó rechazar la oferta de sexo. Hacía días que no veía a su amante enano.
Aunque tenía que reconocer que se divertía mucho cuando Elric se ponía celoso, porque era algo que, ningún goblin con el que hubiera estado había hecho nunca. Le había prometido que le sería fiel, y pensaba cumplir esa promesa, aunque fuera algo totalmente antisocial para un goblin. Era cierto que los goblins tenían relaciones de pareja exclusivas e incluso se casaban, pero nunca terminaron de comprender el concepto de monogamia.
-Vale, no quieres follar, lo respeto... Pero, verás. Esta mañana, antes de que llegaras, he tenido una conversación, por bola de cristal, muy interesante con los ministros, y ellos dicen que, aunque seas virreina, y sobre todo, porque eres virreina, tienes responsabilidades. Entrar en esa ciudad, es una de ellas- Eulalio miró fijamente al ojo de Berta -¡Y todos obedecemos a los ministros!- añadió con frialdad.
A Berta, le rechinaron los dientes. Tolentino Rascanapias, ya le había advertido de que algunos ministros la tenían en el punto de mira. Que hubieran insistido en que, precisamente ella, participara en una misión prácticamente suicida, apestaba a juego sucio. -Todos obedecemos a los ministros- contestó la goblin, con la misma frialdad que Eulalio, mientras pensaba "hasta que dejamos de hacerlo. Maldito condicionamiento".
-Con eso me vale- Eulalio mantuvo la mirada fija en ella y su tono frío.
-No he traído mi equipo, tendréis que proporcionarme eso y toda la información que tengáis sobre la ciudad y sus defensas- Berta contuvo su enfado. Después de esta, más le valía empezar a cubrirse las espaldas.
Introducción El regreso del padre.
1º Parte.
Lucrecia no respondió a su padre, solo le miró. Lo miró con unos ojos de fuego mientras su mente se reiniciaba ante la sorpresa de volverlo a ver con vida. Para el resto de los presentes, fue un minuto agónico donde la tensión se acumulaba hasta el punto de que el más mínimo ruido, el más mínimo roce, podría desencadenar la furia explosiva y descontrolada de la Condesa. Tras un sin fin de miradas furtivas viajando de un lado a otro con las frentes perladas por la ansiedad. Sin previo aviso, Lucrecia rompió el silencio con un grito que resonó por toda la habitación encogiendo el corazón del mismísimo capitán de la Guardia: ¡Todos, fuera! ¡Ya!
Paralizados por el miedo, ni el Archidiácono, ni el resto de altos funcionarios tuvo el valor de contradecir aquella mirada furiosa, y abandonaron el salón de forma atropellada. Los guardias de armadura añil fueron los últimos en salir.
Cuándo el cerrojo golpeó la jamba de la puerta, Lucrecia se volvió hacia su padre, el cual ya se había bajado del sillón. Su miradas se chocaron como dos contrincantes a punto de iniciar un duelo y entonces los dos se lanzaron el uno hacia el otro hasta fundirse en un abrazo .
Con los ojos cerrados por la alegría, Lucrecia abrazó con mayor fuerza a su padre— Oh Papá, no sabes que alegría me da verte. Después de todo este tiempo sin saber nada de tí temí por un momento que…— Lucano la interrumpió.
— Ja, ya sabes hija mía que hierba mala nunca muere jejeje. Aunque es verdad que estuvimos a punto jiajajaja.
—Debes contármelo todo, y sobre todo presentarme ah. — Lucrecia señaló con la cabeza a los tres Palanquines velados que reposaban a la izquierda.
— Todo a su tiempo, querida, pero ahora toma asiento pues te voy a contar, la mayor aventura de mi vida. Ah y no te preocupes por la salud de nadie, Isidro está en su casa y tu primo Sivos está con Markez en la Torre.
Bien, si no recuerdo mal, nos vimos por última vez antes de que la legión de momias nos atacará…
Mientras Lucano le daba la chapa a su hija, un soldado enmascarado se aproximó a uno de los palanquines para susurrarle un mensaje. En respuesta, la figura en su interior se meció la barba pensativa y tras dialogar un par de susurros con sus otros compañeros; hizo un gesto con la mano y cuatro soldados enmascarados respondieron sacando los palanquines de la habitación.
Lucano sin percatarse de la ausencia, continuó su relato cómo hicieron frente a las momias, los acertijos y la maquinaria defectuosa de su amigo Markez.
— Bien— exclamó Lucano llenando la pipa de tabaco— Después de atravesar los restos del mosaico, que la máquina de Markez había explotado!. Se abrió ante nosotros un inmenso corredor abovedado, en cuyas paredes resplandecían intrincadas escenas talladas. Al contrario que los últimos túneles, la estancia nos acogió con la luz del mediodía que se filtraba por unas aberturas laterales. Tras asegurarnos de que nada vivo protegiera
dichas cámaras decidimos instalar allí el campamento. Yo me quedé con Isidro montando la tienda de…
— ¡Bua, eso no te lo crees ni tú! ¿Lucano Averil manchandose las manos para ayudar, teniendo a otros para que lo hagan por él, cuando se ha visto eso?
Lucano, se indignó chupando con más fuerza la pipa.
—Sin duda, menuda desfachatez. ¿Acaso crees que habría dedicado algo de mi preciado tiempo si Isidro no me hubiera obligado? Además tú primo Sivos se quedó hablando con el adepto de Belisario y no estaba a mano para sustituirme.
— ¿Quien?
Sí, un joven alegre, poco despierto y más robusto que cualquier adepto del Arca que haya conocido antes. Se notaba que prefería hacer ejercicio con los libros de Markez más que leerlos jajajaja.
Era bastante gracioso, pues pronunciaba mal la R, muy propio de los valles centrales. Esto según me enteraría más tarde, despertó la curiosidad de tu primo. Y ya sabes como es él, tras compartir un par de comentarios cordiales le atacó sin piedad:
—Y bueno, Allegrano, cuéntame. ¿Cómo terminaste bajo la tutela del maestro Markez?
El otro, dudó un momento, mientras la tristeza le ensombrecía el rostro, parecía un tema sensible.
(Allegrano tiene acento frances)
— Bueno, fue todo obrrrra de mis padrrres. Ellos… fuerrrron unos militares de Lanssat que tras la muerte del emperadorrr me enviaron bajó la tutela del Maestro Markez para estudiarrr. Luego, ya sabeis… La Sierrrpe mató a todo el mundo allí. El maestro Marrrkez y yo vinimos aquí y … Él es lo único que me queda.
El chico no lo soportó más y rompió a llorar, el berrido llegó hasta nosotros, pero Markez me disuadió de atenderlo. Sin saber qué más hacer Sivos lo abrazó y mientras le empapaban media armadura escuchó cómo Alegrano le juraba entre lloros:
— Perrrrro Algún día, seré lo suficientemente fuerte para vengar la muerte de mi familia. Y destruiré a la Sierpe.
En ese momento la cámara entera empezó a retumbar y un brillo verde empezó a extenderse, iluminando los murales que adornaban las paredes. Isidro desenfundó la espada preparándose para lo peor, los dos jóvenes se volvieron con él aguardando las sorpresas que esa luz nos traería.
En su recorrido, la luz fue eliminando el polvo de los bajorrelieves, arrojando a la cámara una neblina cada vez más densa. Gracias a que el techó también empezó a brillar, pude agarrar a Márquez en su carrera frenética hacia nosotros.
— ¿Pero qué has hecho desgraciado?— le grité casi arrancándole las solapas. — No se que he hecho, pero algo ha sido.
Casi lo mato en ese momento, pero entonces vi como varios rayos empezaron a unirse en un punto y nos volvimos corriendo con el grupo. Ya solo faltaba una línea por converger, la segimos con las armas en ristre para enfrentarnos a lo que fuese y entonces no pasó nada.
Bueno, nada nada no es la palabra. Las paredes que habíamos pasado por alto resplandecían ahora con una luz propia, y con un cierto movimiento en las imágenes.
Entonces Markez se volvió hacia nosotros con los brazos extendidos y proclamó: “Bienvenidos caballeros, a los Murales de los recuerdos”.
Parte 2
Mientras Isidro me echaba el broncazo del siglo por no saber controlar a mi amigo. Markez aprovechó para retroceder y dirigirse a su aprendiz.
–Allegraaaanoooo, ¿ya sabes lo que toca ahora no? –preguntó en un tono alegre y jovial. –Sí, maestrrrro –respondió el joven, sacando de su bolsa un carboncillo y unas hojas de papel.
–¡Muy bien, muchacho!, ya le vas pillando el truco. Ahora ve y no te rompas nada . —Gracias, Maestro —respondió Allegrano con una sonrisa antes de salir corriendo hasta la primera imagen iluminada. Markez se quedó observando la pared opuesta cuando una mano se posó sobre su hombro y lo hizo saltar del susto.
— ¡Ahia! ¡Sivos, por poco te calcino! La próxima vez no roces muchacho. — Disculpe maestro Markez. Ya que mi tío está ocupado, venía a ver si pudiera arrojar luz sobre el significado de estas escenas.
— ¿Escenas? Ah los relieves escultóricos.
— ¿Espera, quieres decir… no querrás decir que no has oído hablar del Imperio de Pekino? — Hagamos como si no lo hubiera hecho. — se disculpó Sivos.
— El Imperio de Pekino fue la civilización original de Eligolann antes de su conquista. Sus naturales vivieron durante miles de años en estas tierras y ¡alcanzaron una sofisticación extraordinaria! Pero el paso del tiempo o algún suceso catastrófico que nos es esquivo provocó su caída. Pues lo que encontraron las tropas imperiales fueron solo los estertores de una raza moribunda.
Y ahora, nos hallamos en uno de los pocos vestigios originales, de aquel y glorioso Imperio. Y si la suerte nos acompaña,— exclamó con una emoción desorbitada—. en una de las tumbas escondidas de las Primeras Kinazzz. ¿No es emocionante?
— ¿Una… de las que?
Al ver la cara de confusión del chico, el ímpetu de Markez se desinfló con un suspiro, que volvió a rellenar con sus aires de ex catedrático.
— Acompañeme Joven Sivos.
Markez lo llevó ante uno de los primeros paneles luminosos, donde Alegrano se unió a la conferencia. Al verlos arrejuntarse, Isidro y yo también nos acercamos.
— Oh, fíjate. El Muro de los recuerdos … tan bien conservado… Nunca he visto un ejemplo mejor de relieve escultórico de principios de la primera era… Los antiguos Pekinos registraron mucho de su saber acumulado en piedra. Una forma de evitar el olvido de los siglos. Una política sabía sin duda…
— ¿Pero maestro no me iba a hablar de las Kinaz?
— Todo a su tiempo Joven Sivos. Observad ahora este
primer mural.
Veis la figura que lo preside con las manos alzadas.
Según la poca tradición que nos ha llegado hasta
nosotros, este debe ser Timur, dios principal de esta
gente. Se le conoce como el Padre Eterno y Soberano
celestial. Por su gesto y los relieves en movimiento
parece que en efecto está… ¡alzando la isla del mar!
¡Fascinante! Algunos diseños posteriores ya hablaban
de que Elhigolan “se alzó del mar, para escapar de los
demonios de Jade”, pero nunca creí que fuera algo
literal.
— ¿Y eso qué importancia tiene?
— ¿Cómo que…? Pero vamos a ver Sivos jejejeje. Si
me hace usted ese tipo de preguntas es que usted no
ha dado ni palo. ¡Elhigolan es una isla artificial!
Vayamos al siguiente mural.
Tras la respuesta tan desagradable de Markez, Sivos
se abstuvo de hacerle cualquier otra pregunta. El
grupo avanzó, absortos en la charla del erudito sin
percatarse que uno de los relieves del techo empezó a
mover la mirada hacia ellos.
— ¡Pero bueno, a quien tenemos aquí! Antes me
preguntabas por las Kinaz, pues aquí las tienen. Las 7
reinas, estirpe divina de Timur. Fijaos cómo
resplandecen sus coronas. Lo único… hay algo que
me intriga…
— ¿El qué? — preguntó Isidro meciéndose la perilla.
— Parece ser, que… Ya lo tengo. ¿Veis las nubes que
cubren a la figura en el cielo? Esto representa una
forma de castigo o un apartamiento. Se marcha, eso
está claro, dejando brillar a sus hijas. ¿Y el gesto de
tocar la isla? Quizá tomen posesión ante la ascensión
del padre. Vamos a ver que nos revela el siguiente
mural.
— ¡Por los huesos de Connor! La pieza central de estos murales son desgarradoras. ¡Cuanta potencia! ¡¡Cuanta expresión!!
— No te enredes Markez, un poquito de porfavor. — Exclamó Isidro ante la emoción del mago.
— ¡¿Pero no te das cuenta?! Esta técnica está por encima de todo lo conocido. Parece como si la piedra misma se hubiera moldeado…
—Que sí, ve al grano.
Con una mueca de disgusto Markez, se ajustó las gafas.
— Estos frisos narran una lucha mítica, recogida en otros muchos sitios. La Guerra en el cielo. En la mitad superior, los hijos, inferiores a sus madres ávidos de poder, conspiraron contra sus Kinaz para arrebatarles su magia divina. Así nacieron los Kinaz Usurpadoras: meros mortales elevados a la divinidad. En la mitad inferior, se muestra como las Kinaz más poderosas, dándose cuenta del peligro, prefirieron enterrarse junto a sus sacerdotes más leales, en túmulos secretos donde poder yacer a la espera del regreso de su Padre.
No están muertas como pudiera parecer, pues la aureola en sus cabezas así lo indican. Parecen dormidas…
— El segundo panel está más que claro:
Estos Usurpàdores, también llamados,
Dioses-Reyes o Kinaz, se pelearon entre ellos durante cientos de años, con el fin de alargar su existencia. Esto… empezaría la caída del imperio. Pues según los textos que conservamos, algunos de estos nuevos Kinaz se hundieron en los abismos del sacrificio, perdiéndose en la locura. Otros se mantuvieron gracias a las artes del renacimiento.Y otros buscaron respuestas en planos alejados y secretos. Siglo tras siglo, fueron decayendo hasta que fueron derrotados por un par de rebeliones campesinas, poco antes de la Invasiòn, algunas sectas perduraron ocultas en las montañas pero el
Ejército de Connor se ocupó de ellos durante la invasión.
Nadie se atrevió a hablar, incluso Markez pausó su discurso ante la gravedad de sus palabras. En ese momento, pudimos sentir el horror de esa época filtrarse hasta encoger nuestros corazones. Los gritos de las almas atormentadas en rituales nefando por aquellos segadores insaciables. Con unos pasos tímidos, Markez avanzó hasta el último mural, sin habernos percatado de ello habíamos recorrido toda la galería.
— Vaya, esto parece prometedor.
Hay un símbolo tallado en el centro
igual al de la puerta.
Este friso, no cuenta una historia
sino más bien da instrucciones
para resolver… ¡Una prueba!
¡Claro, una prueba para acceder a
la Kinaz!
Tenemos por un lado el signo del
príncipe, y la sangre …
— Entonces, ¿muestra como abrir
la puerta?— preguntó Isidro
ligeramente excitado.
— Paciencia, querido capitán.—
Respondió el erudito ojeando su
libro— Los Pekino no eran
precisamente un pueblo sencillo.
Todo está envuelto en alegorías y
simbolismo mítico.
— Ante nosotros se alza un "sello
de sangre" Otra de las artes Pekino
pérdidas. Sin duda,
desencadenada por... bueno,
sangre. Concretamente… sangre
regia.
¿Tenemos algo de eso por aquí?
En ese momento Sivos alzó la mano.
— Yo soy un príncipe.
— ¿Tu eres un príncipe? ¡Increíble! Pues nada ahora ábrete un corte en la mano, y posará en el sello.
Sivos sacó su cuchillo, y cuando se sacó el guante Isidro le detuvo.
— Espera. No sabemos qué podemos encontrar dentro. Antes de abrir nada preparémonos.
Nos colocamos alrededor de la puerta con las armas en ristre por lo que pudiera pasar, y a la señal de Isidro Sivos posó su mano en el sello. Casi inmediatamente, el sello comenzó a girar y brillar con una luz pálida y la inmensa puerta redonda cayó hacia abajo.
Nudo. parte 1
Al otro lado del umbral, se nos abrió una caverna amplia bajo el cielo abierto. Despacio y con precaución nos adentramos en un gran patio embaldosado y allí nos quedamos impresionados al contemplar un edificio ciclópeo que se alzaba de la roca desnuda hasta la grieta del techo. En los extremos de la fachada había talladas dos estatuas imponentes que parecían guardar una puerta igualmente grande. En lo alto de las escaleras, se alzaba una tarima solitaria sobre la que descansaba un gong. Los rayos mortuorios del atardecer iluminaban la superficie verde mate del instrumento oxidado, en donde se advertían unas inscripciones. Markez, sin esperar ningún reconocimiento se lanzó directo a la tarima. Esto sacó de quicio a Isidro quien miró a todas partes con la mano ya puesta en el sable. Su preocupación fue vana, pues no hubo más respuesta que el viento y los susurros del mago . Al ver que era seguro nos aproximamos a la tarima. Los rayos del sol ya se estaban apagando, sumiendo en penumbra partes de la caverna.
— Por mandato del cielo.— Empezó a narrar Markez— La corona será solo de aquel que, siendo de sangre regia, consiga superar las Pruebas que dispuso Ar-Zival la pura. Más, quien sea vencido perderá la vida…
—¡¿Pero qué narices significa esto?! — exclamé a los cuatro vientos. En ese mismo instante la caverna retumbó con el tañido de mil tambores, seguido por clamor de mil trompetas. Sobresaltado y sin tiempo para pensar corrimos para acurrucarnos tras una roca, donde contemplamos una ceremonia de aquella civilización extinta: De unas terrazas ocultas empezó a congregarse una multitud cargada con instrumentos que empezó a desfilar hasta los pies de las escaleras. En un solo movimiento sincronizado todos se giraron al frente, así pudimos ver que se trataban de las mismas momias que nos habían atacado antes. Pero con la piel más blanca que la leche, ropajes mejores y una máscara cobriza sobre la cara. En lo alto, tres figuras vestidas con túnicas brillantes, se deslizaron frente a la puerta, y tras una reverencia se postraron frente a ella. Fue impresionante, las primeras filas de la multitud se postraron al mismo tiempo, en una imitación perfecta . Los instrumentos empezaron a tocar y las filas entonaron un coro acompañando la voz grave de las figuras.
—¡¡¡¡Están vivos!!! —susurro extasiado Marquez.
Isidro, agarró el pomo del sable preparado para cualquier adversidad. Allegrano empezó a escribir como loco en su cuaderno, mientras que Markez intentaba traducir el cántico, por la
—Estos parecen tres sacerdotes… que ruegan plegarias a su reina durmiente—
De pronto, una línea de lanceros enmascarados se puso frente al coro. Este se giró sobresaltado al igual que los sacerdotes y los tambores empezaron a retumbar llenando la escena de una tensión creciente. Los lanceros se aproximaban hacia la multitud con las lanzas en ristre desatando el caos. Los sacerdotes observaban todo desde arriba aterrados. Era curioso pues los instrumentos no dejaban de sonar a pesar de los embates de los lanceros y el coro seguía cantando con una sola voz mientras eran apaleados.
Al ver tanto sin sentido, el nerviosismo se nos pegó al cuerpo.
— ¿¡Que está pasando Markez !— le grité a Markez histérico. Entre tanto barullo ya daba igual el ruido que hiciéramos. Markez me miró con el semblante desdibujado por el horror. — ¡Soltadme Perros! eso es lo que gritan una y otra vez.
Los lanceros, reunieron a la multitud como perros pastores y los hicieron subir entre exclamaciones de “Ah” y “gila la vida” una vez estuvieron a pocos escalones de la cima, los tres sacerdotes alzaron un colgante con una piedra verde refulgente. El coro reaccionó aterrado y quiso volverse pero los lanceros no les dejaron. El sacerdote con el colgante dió un paso al frente y empezó a hablar.
— ¿Qué dice? — preguntamos todos a la vez.
— Ehhh…“ Por la larga vida de nuestra Ar-kinaz…. vosotros…. daréis la vuestra” Y en ese momento los instrumentos cesaron y el coro por completo se desplomó en los escalones. En respuesta, la gema verde estalló en una onda de luz verde. Al ver semejante horror, nos ocultamos instintivamente tras la puerta para no perder la cordura. Tardamos en recuperar el aliento y cuando volvimos a asomarnos a la plaza, toda la multitud había desaparecido. Tras esperar un rato nos acercamos hasta los pies de los escalones.
— Esto no ha sido real. -- exclamó Isidro palpando la piedra pulida por el uso. — Claro que sí— le repuso sivos tendiendole un trozo de seda.
En ese momento, todos nos giramos ante unas risotadas que surgieron al otro lado de la caverna. De un portal oscuro aparecieron tres figuras ricamente engalanadas, uno con una túnica verde, otro con una roja y el último con una azul. En los pecho tenían bordados símbolos en color jade. Portaban las caras arrugadas de una vejez bien llevada, tras ellos colgaban gruesas coletas negras y su piel resplandecía con la decoloración de la pintura blanca. Sus ojos rasgados se ensombrecían con finas líneas pintadas. El trío caminaba hablando entre ellos jocosamente, según nos dijeron luego…
— ¿Como que os dijeron luego?
— ¡Por los huesos de Connor Lucrecia, no me interrumpas ahora.
Como estaba diciendo… Según nos dijeron luego, estaban felicitando al azul por el espectáculo que habían realizado antes. ¡Lo de antes había sido teatro! Y todo fueron risas hasta que nos vieron.
Ambos grupos nos quedamos congelados mirándonos, nosotros con una mezcla de terror y ansiedad y ellos con más extrañeza y asombro que otra cosa.
Nervioso por no saber qué hacer en esa extraña situación, Markez dió un paso hacia el Gong y ellos tres saltaron al instante gritando en el mismo tono.
— ¡Quieto! ¡Para! ¡Detente!
¡Quién eres!, ¡Qué quieres! ¡Qué haces aquí!
¡Estás a las puertas de muerte segura!
¡Si valoras tu vida, huye de esta locura!
¡Vete de aquí, no hay honor ni conquista!
¡Aquí se destripa, no hay danza, ni pista!
¡Vete, insensato, no toques el gong!
¡Vuelve a tu patria, a romperte el melón!
¡Pero aquí no! ¡Aquí es tu fin!
¡Aquí se te apaga la luz… por fin!
Todo su discurso lo acompañan de gestos estrambóticos y golpes al aire hasta ponerse entre nosotros y el Gong. No hay palabras en el mundo para describir el asombro que sentimos al escuchar palabras entendibles salir de sus bocas.
— Pe… ro ¿¡Sabéis…. nuestro idioma!?— exclamó Markez en un hilito de voz y la mandíbula desencajada.
— ¿A que habéis venido ¡extranyeros!?
— ¡Hemos venido a por la corona!— exclamó Sivos con toda la firmeza y determinación que pudo dar.
Los tres sacerdotes se miraron y estallaron en risas:
¡Por una corona! ¡Bah! ¡Qué locura!
¡Un aro de oro no es más que basura!
¡Fulgor en la frente! ¡Yugo en la nuca!
¡Una trampa dorada que a todos educa!
¡Ejércitos, reyes, hasta dioses cayeron!
¡Y tú, necio, crees que ya la vencieron!
¡Mil quinientos llevamos, ni uno triunfó!
¡Todos soñaron… y la cabeza rodó!
¿Tan poco te importa tu vida, tu aliento?
¡Vas derecho al tajo, al cruel sufrimiento!
¡No hay gloria! ¡No hay reino! ¡No hay melodía!
¡Solo huesos y nombres en la galería!
¡Vuelve a tu patria, busca otra corona!
¡Una de flores, de pan o amapola!
¡Pero esta, no! ¡Esta es la fiera!
¡Esta devora al que se le altera!
¡Aquí no se gana, aquí se fracasa!
¡Aquí no hay trono… solo la carcasa!
¡Vete, insensato! ¡No des otro paso!
¡Aquí se te traga… el último lazo!
— Ya veremos…
En un rápido movimiento, y aprovechando la risa de los sacerdotes, Sivos se lanzó a por el Gong. El verde se lanzó el primero pero el sable de Isidro lo hizo retroceder. Yo impedí que el Rojo pasará, bloqueando con mi bastón y pero a Markez se le escapó el azul, el cual corrió desesperadamente por los escalones
— ¡No te pierdas así!—. grito desesperado.
Mientras Sivos corría escaleras arriba, al Sacerdote rojo que tenia bloqueado, se le iluminaron los ojos y me hizo soltar mi bastón, tras ello subió corriendo tras él:
— Lo que buscas es solo una ilusión.
Te juegas la perdición,
te juegas la cabeza.
La muerte, es sombra tras esa puerta.
¡Te precipitas a tu ruina!
¡No te juegues la vida!
Varios lanceros enmascarados empezaron a llegar interponiéndose en su paso, pero él los esquivó y cuando llegó a la cima agarró la maza y alzándose gritó: ¡Alkanaz! –¡ La muerte!-- imploraron los sacerdotes. Y Sivos golpeó tres veces el gong.
Los sacerdotes cayeron desesperados, los lanceros se pusieron en guardia y un clamor se alzó de entre los nichos escondidos, encumbrando al nuevo aspirante.
— Bueno, y Colorín colorado, este cuento se ha acabado…
— ¡Pero si te falta la mitad!
— Pues esa mitad se tendrá que esperar a que regrese del baño.
Saludos cordiales, Higo Chungo.
Enlace a los grabados: https://docs.google.com/document/d/1pjF9KSamXZYuhLu553pf_VAhRkpaS6VRFJKUc916ujw/edit?usp=sharing
El-higolan, es una tierra rica en leyendas y cuentos. ¿Quién no conoce la historia de las Kinazs y las siete coronas?. Cada período histórico ha aportado una capa de folclore a nuestro amado archipiélago.
Pero tal vez, el periodo que más influyó en nuestro acervo cultural, sea el más desconocido. Hablo de la prácticamente olvidada invasión Goblin del setenta y cinco después de Connor. También conocida como: la guerra de un año, o la guerra de los zapatos, como se conoce en Goblinburgo. Ya que se desencadenó cuando una baronesa goblin, vómito en los zapatos del barón Arsenio Igben.
Un periodo convulso de nuestra historia, que fue relegado a un renglón a pie de página, ya que se desarrolló durante la guerra de las sombras. Sin embargo, tuvo un gran impacto en la cultura popular.
Prácticamente, todos los cuentos, canciones y leyendas en las que aparece un goblin, proviene de esa época. Ya sea en el cuento popular de Elric y el dragón dorado. Donde la criada goblin resulta un alivio cómico. O el de la zorra roja. Donde la goblin se caracteriza por su mezquindad y crueldad. Todas estas historias tienen en común resaltar la maldad de esas pequeñas criaturas verdes.
Aunque, tal vez, el cuento con goblins más interesante, sea el de la pequeña fantasma de Puerto Igben. Y precisamente, el interés de este cuento de terror, reside en que generalmente no se asocia con goblins.
Este aterrador relato habla del fantasma de una niña, que recorre las calles de una ciudad sitiada y atribulada, asesinando brutal y cruelmente a cuantos se cruzan con ella.
El lector, creerá que es muy aventurado decir que, este cuento de pesadilla, está relacionado con goblins, ya que se describe al fantasma como una niña pálida, con un ojo amarillo de gato y otro azul de hielo, que nunca miraban en la misma dirección. Pero, si uno lee entre líneas, descubrirá detalles muy esclarecedores, como cuando menciona la larga nariz de la niña, o que cuando hablaba, lo hacía con una voz chillona pero claramente adulta.
Estas conjeturas ganan solidez a la luz de las últimas investigaciones de la universidad de Puerto del Higo. Un equipo de historiadores, encabezado por el doctor Mauricio Roca-Flor, ha pasado los últimos años descifrando y estudiando un interesante legajo, en el que se describe el asedio de Puerto Igben. En dicho texto, se menciona fugazmente la infiltración en la ciudad, de una goblin disfrazada de niña humana.
Extracto de: Una recopilación definitiva del folclore y tradición oral de El-higolan. Impreso en Puerto del Higo en el año 360 después de Connor. Actualmente descatalogado.
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En el campamento, no tenían nada de lo que Berta necesitaba. Así que, decidió utilizar un disfraz para tratar de pasar desapercibida.
Vicentin le consiguió ropa de niña humana, olía a cementerio, prefirió no preguntarle de dónde la había sacado y se la puso con asco. Para completar la mascarada, se pintó la cara de color carne humana, y aunque no le hacía gracia, se quitó el parche de su ojo izquierdo, y rellenó su cuenca vacía con un ojo de cristal de color azul que sacó del botín personal del mariscal. El amarillo felino de su ojo sano, era un gran contraste con el azul gélido del ojo de cristal. Añadió unos guantes de lana, a pesar del calor, y para terminar, completó el disfraz con una caperuza que ocultaba sus orejas y su melena roja.
Cuando estuvo vestida, Berta se miró en un espejo. El verde natural de su piel, le daba un aspecto cadavérico al maquillaje, no había forma de que el ojo de cristal mirara en la misma dirección que su ojo sano y la ropa le quedaba grande. A Berta, que no diferenciaba a un humano de otro, el disfraz le parecía perfecto. Además, se movería de noche y todo el mundo sabía que, por la noche, todos los humanos son pardos.
Llegada la hora, el propio Mariscal Eulalio Pelagatos, de los Pelagatos de toda la vida, la acompañó lo más cerca posible del punto de inserción que se podía estar sin levantar sospechas. Se trataba de un desagüe.
La tubería, era de cierto tamaño, pero tan pequeña que, los defensores no lo tapiaron o bloquearon, aunque estaba enrejada. Debían pensar que, ni los goblins, que eran pequeños, podrían pasar por allí, y si lo lograban, sería en un número tan reducido, que no supondrían un riesgo. Claramente, no conocían a Berta.
-Un ingeniero de combate, ha pasado las últimas noches serrando los barrotes muy despacio, para no atraer la atención- informó el mariscal a Berta -Es un desagüe pequeño, pero confió en que, tú, pasarás sin problema-.
-Ya sabes lo que dicen: si entra la cabeza, entra todo- Berta miró al mariscal con reproche -eso no era una insinuación, deja de mirarme el culo-.
-De verdad, Berta, no sé qué te pasa últimamente. Eres la goblin más seria que conozco, pero desde que volviste de Verde Jardín, no se te puede ni hablar- Eulalio se cruzó de brazos.
Berta puso los ojos en blanco, al menos el mariscal, no se hacía el gracioso ni soltaba ningún comentario "sagaz" sobre su relación con Elric.
-Lo que pasa en Verde jardín, se queda en Verde Jardin- comentó la goblin.
Tras los deseos de buena suerte de Eulalio y la promesa de un barrilete de cerveza enana fría a su vuelta, Berta se puso en marcha. Vadeó la pequeña charca. Apestaba, pero ¿qué se podía esperar si se había formado con lo que salía de ese desagüe?.
Cuando llegó a la tubería, tiró de los barrotes que, aunque parecían bien fijados, habían sido serrados a conciencia. Berta pensó que debía recordar recompensar al ingeniero de combate que, había hecho ese trabajo. Tendría que darle algo que a un goblin le gustara mucho. Como por ejemplo, invitarle a beber todo lo que quisiera, en cualquier taberna de Puerto Cervecero, siempre que se lo pagara todo él.
Metió la cabeza en el desagüe, estaba un poco justa, pero como ya había dicho, donde metía la cabeza, podía meter todo el cuerpo. Se contorsionó y, poco a poco, fue reptando a su interior. Por fortuna, no lo hizo por mucho tiempo. Ya al otro lado de la muralla, levantó una tapa de reja y asomó la cabeza como un topo; la calle estaba desierta. Algo lógico, ya que en una ciudad asediada, debía haberse impuesto la ley marcial y, por lo tanto, un toque de queda, solo tenía que ocultarse de las patrullas.
Se impulsó fuera de la alcantarilla y la tapó, empezó a caminar hacia las puertas de la ciudad, empezaba a pensar que esto era pan comido y que solo tendría que preocuparse por la guardia de la puerta cuando escuchó una voz -Eh, niña, ¿qué haces aquí a estas horas?-.
Berta apretó el paso, pero no corrió, no quería parecer aún más sospechosa. -Niña, te estoy hablando- el humano la había alcanzado y la retenía agarrando su hombro.
Berta lo miró de soslayo con su ojo sano, procurando no mostrar su cara por completo. El humano parecía pertenecer a la milicia ciudadana. Si los defensores, estaban recurriendo a los civiles para patrullar las calles durante la noche, quería decir que, una de dos, o estaban concentrando a sus tropas en la defensa de puntos clave, o que apenas les quedaban tropas.
Los informes decían que, en su apresurada retirada de Puerto Cervecero, el ejército de Igben, había dejado atrás gran cantidad de equipo y bagaje. Lo que empezó siendo una retirada ordenada, terminó siendo una desbandada general, cuando empezaron a ser acosados por la vanguardia del ejército goblin. Nadie sabía realmente el número real de desertores y de bajas del ejército de Igben en aquellos frenéticos días.
-Que haces tú sólita, a estas horas por aquí, ¿Dónde están tus padres?- le preguntó el humano con amabilidad, Berta negó con la cabeza, no quería hablar y descubrir el pastel tan pronto.
El humano le agarro la mano y empezó a tirar de ella -Será mejor que vengas conmigo, por la mañana buscaremos a tus padres, o a alguien que te cuide- Berta abrió mucho los ojos, la estaba arrastrando en dirección contraria a las puertas de la ciudad, trato de resistirse suavemente, quería librarse del agarre, pero no hacer saltar las alarmas.
Diez minutos después, ese humano pesado no dejaba de tirarle del brazo, Berta trataba de resistirse, pero ya la había desviado varias calles de su objetivo -deja de hacer el tonto, niña, no puedo dejarte solita en la calle, no podría perdonármelo cuando llegue a casa-.
La goblin ya estaba hasta las narices de ese maldito humano metomentodo -Por eso no sufras, no vas a volver a casa- dijo entre dientes. Con su mano libre, agarró el pequeño cuchillo que llevaba oculto, por fin miró al humano directamente a la cara, vio horror en sus ojos.
-¡Por las siete coronas, eres un fantasma!- el humano gritó e intentó soltar la mano de Berta, pero ahora era ella quien apretaba su mano con fuerza.
-Sí, lo que tú digas, cansino- Berta lo acuchilló en una pierna, haciendo que cayera de rodillas, después se impulsó para alcanzar el hombro del humano sin soltar su mano, lo que provocó que al pobre desgraciado se le dislocara el codo, la goblin le apuñaló el cuello.
El hombre empezó a gritar -¡Socorro, me atacan, me estoy desangrando!- todas las ventanas de la calle se abrieron, y los curiosos empezaron a asomar.
Berta entrecerró los ojos, molesta porque el humano no parecía querer morirse de una vez, y encima estaba atrayendo la atención. Los gritos de dolor y terror, del humano, se vieron ahogados cuando Berta lo degolló con saña, la sangre arterial la salpicó -¿Ves? Ya no sangras, bueno, no. En realidad sangras más, lo que pasa es que te importa menos. En fin, ya sabes lo que quiero decir-.
Berta calló de bruces junto al humano muerto, miró su ropa manchada de sangre -Ahora sí que no pasó desapercibida, estos humanos son imbéciles- Limpió el cuchillo con la camisa del muerto y se volvió para mirar a los curiosos en las ventanas -¡Aquí no hay nada que ver! ¡Como ha dicho el humano este, soy un fantasma! ¡Si alguien no está de acuerdo, que bajé y se lo explicó como a él!- las luces empezaron a apagarse y los postigos de las ventanas a cerrarse. Cuando Berta estuvo segura de que no había ningún "héroe" en el vecindario, se volvió y empezó a desandar el camino hacia su objetivo, mientras mascullaba -eso me parecía a mí-.
Ya iba mal de tiempo, comenzó a correr, siempre por las zonas más oscuras de las calles. No tenía ganas ni tiempo para más encontronazos, no tardo en llegar a las puertas. Para su sorpresa, estaban abiertas de par en par, no se veían guardias ni movimiento.
Con cautela, traspasó el arco de entrada a la ciudad, sin entender qué estaba pasando. Unos gritos llamaron su atención ¿Era la voz del mariscal Eulalio Pelagatos?.
-¡¡Nada de negociar!! Yo he venido aquí a quemar la ciudad y es lo que voy a hacer. No vale que os rindáis en el último minuto. ¡Eso es trampa!- El mariscal parecía furioso.
Berta corrió fuera de la ciudad, no muy lejos, pudo ver antorchas y faroles, un grupo de tres humanos parlamentaba con Eulalio que estaba rodeado por su guardia personal. Se acercó con sigilo y esperó fuera del círculo de luz, tratando de comprender lo que pasaba.
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Adelaida trataba de ocultar su asco y su desprecio, mientras miraba con incredulidad, al pequeño goblin cargado de medallas y vestido con un llamativo uniforme, que pateaba el suelo indignado delante de ella y sus dos compañeros.
No podía creer que hubieran llegado tan lejos para encontrarse con la cerrazón de esa cosa verde. Se aclaró la garganta y habló, ya que, aun siendo la de menor estatus de los tres, la habían designado como portavoz.
-Sé que estamos rozando el tiempo límite del ultimátum, pero aún podemos negociar- Adelaida empleó su mejor tono diplomático.
-¡No!- el goblin se cruzó de brazos con un mohín, como un niño caprichoso, Adelada tenía ganas de patearle la cara.
-Por favor, aún no es tarde. Podemos resolver esto de forma pacífica- Adelaida odiaba rebajarse así ante esa alimaña, pero era necesario.
-¡Que no! No he venido hasta esta asquerosa isla para ahora irme sin ganar una medalla- el goblin parecia un niño mal criado.
Adelaida estaba a punto de hablar, cuando una voz surgió de las sombras -Lo único que me gusta menos que trabajar, es que me hagan trabajar para nada- Una niña espectral entró en el círculo de luz de los faroles, los tres humanos dieron un respingo, hasta que comprendieron que era una goblin mal disfrazada de niña humana.
La recién llegada, puso los brazos en jarra y se dirigió al mariscal goblin -Espero que no supieras esto de antemano y haya sido todo una bromita- su tono, demostraba que estaba acostumbrada a dar órdenes -Yo soy la máxima autoridad goblin en El-higolan, mariscal- se quitó la caperuza, revelando sus grandes orejas verdes de goblin y una melena roja -yo llevare las negociaciones. Los quiero en veinte minutos en mi tienda- la goblin salió del círculo de luz sin siquiera mirar a los tres humanos.
El mariscal Eulalio Pelagatos, les dedicó una sonrisa cínica, antes de ordenar que los escoltaran hasta el campamento goblin.
El Regreso del padre: Última parte.
N. A: Disculpen la demora, aqui tienen la segunda parte de la trama de lucano.
Un saludo cordial, un abrazo enorme, espero que les guste.
—Bien —exclamó Lucano, dejándose caer de nuevo en el sillón y lanzando volutas de
humo desde su pipa—. Como estaba diciendo...
Poco a poco, la multitud fue entrando desde pasadizos ocultos, llenando la plaza con
susurros, incienso y expectación.
Los tres sacerdotes intentaron disuadir a Sivos. Se postraron a sus pies, le ofrecieron oro,
gloria, inmortalidad, hasta una villa junto al río Amargo, pero él se mantuvo firme en su
negativa. Parecían muy asustados, ansiosos por evitar algo.
Entonces, una voz grave surgió en el interior de la puerta. Las linternas parpadearon, y
todos, salvo Tang, se arrodillaron.
Las inmensas hojas se abrieron y una figura ataviada con una armadura blanca entró en
escena. Su rostro estaba oculto bajo una máscara de cobre bruñido que solo dejaba ver una
mandíbula arrugada. Portaba un bastón coronado por un dragón de cobre enroscado. Igual
al mío, más limpio, de hecho.
Bajo aquella máscara de facciones talladas, sus ojos de verde ardiente se clavaron en
Sivos, que todavía sostenía la maza.
—Un nuevo aspirante ha turbado el sueño de Ar-Zival... —exclamó con una voz gravísima
que hizo retumbar toda la sala.
—¡Oh, gran Mariscal del Cielo! —exclamó Pang, con los brazos extendidos a ambos lados.
El Mariscal desvió la mirada hacia los tres sacerdotes y, con severidad, les apuntó con el
bastón.
—Preparaos, guardianes, para las pruebas... pues cuando la luna se alce sobre nosotros, el
destino del extranjero será echado. ¡Así lo manda!
—¡Así lo manda! —repitió la plaza en eco.
La multitud estalló en una algarabía de música y canción. Los sacerdotes nos guiaron a
través de un pasadizo cubierto de tapices roídos y antorchas vacilantes. Llegamos a una
estancia circular, forrada de estanterías rebosantes de pergaminos enrollados.
Allí, los sacerdotes empezaron a ir de aquí para allá, lanzando órdenes a los siervos y
discutiendo sobre telas ceremoniales y el tipo de incienso. Unas damas veladas vestían a
Sivos en un pedestal.
—Oh, Pekino, ahora te inquietas, cuando antes dormías henchida por tus últimos siglos.
Todo culpa de este extranjero que se atreve a desafiar el destino de Ar-Zival —se quejó el
azul, repasando un pergamino dorado.
—Todo se regía por la antiquísima regla del mundo —continuó el azul.
—¡Hasta que llegaste tú! —remató el rojo, golpeando la cabeza de Sivos con el pergamino.
—¿Pero qué se supone que están haciendo? —preguntó el chico mientras unas manos lo
vestían.
—Yo preparo los inciensos de fiesta —entonó el azul.
—Yo, las honras fúnebres —le siguió el verde.
—Nos preparamos para los dos posibles desenlaces: vuestra victoria o vuestra muerte
—sentenció el rojo.
Nosotros nos quedamos agazapados en una esquina, observando todo el ajetreo, hasta que
Markez estalló de emoción.
—¡Por los huesos de Connor! Pellízcame, Lucano, porque debo estar soñando. ¡Están
vivos! Y, además, hablando nuestra lengua. ¡¿Pero cómo es posible que la conozcan?!
Tengo tantas preguntas que hacerles...
Los sacerdotes, sin detenerse un instante, le respondieron:
—Tuvimos tiempo para aprender ese idioma gutural vuestro —respondió el sacerdote rojo,
con un tono divertido—. El Óculo nos da la capacidad de ver más allá de los muros de este
palacio.
Y con un ademán, una de las paredes se abrió, revelando una sala circular en cuyo centro
sobresalía un pedestal de metal en el que descansaba una esfera. Markez corrió hacia ella
y empezó a toquetearla. Al contacto de sus manos, las paredes de la habitación se
iluminaron con una proyección de paisaje agreste. El grito de emoción de Markez no se hizo
esperar y empezó a dirigir la proyección por toda la isla.
—¿Cuáles son vuestros nombres? —preguntó Sivos.
—Díselo, Tang.
—Díselo, Pong.
—Díselo, Yiu.
Sivos, satisfecho con la respuesta, continuó su interrogatorio.
—¿Y qué me espera ahora?
Tang se volvió, solemne:
—Te esperan tres pruebas, más negras y oscuras que una chimenea. Una para el alma,
otra para la mente. Y la tercera... ¡ni nosotros lo sabemos!
—¿Y por qué habláis rimando?
Los tres se miraron.
—Ella nos lo ordena, pues es la gran cantora. En vida disfrutaba de muchas melodías, y en
el sueño nos hacía adorarla con rimas. Así, su espíritu yace complacido, henchido de
placer, pues la tierra enmudece su callado poder.
—¿Y cómo es que seguís con vida? —les pregunté, así como si nada.
Al escuchar la pregunta, los tres se detuvieron y me miraron con mofa.
—¿Llaman a esto vida?... ¡Ja! —exclamaron al unísono—.
¡Siglos sin salir, entre libros antiguos, gastando la eternidad en la sangre de Ar-Zival!
Pero de pronto, sus rostros se calmaron y miraron a lo lejos, llenos de nostalgia:
—Yo tenía un palacio en Higo-Nang... —empezó a decir Tang—. Aún oigo el susurro del
bambú en la brisa. ¿Cuándo volveré allá...?
—Yo tenía un jardín en Ti-Sang —continuó Pong—, con los cedros más bellos que el mundo
dio... ¡y no los veré jamás!
—Una pagoda dorada, en los estanques de Zulang... Allí dormía la paz... —terminó Yiu,
para volver con fuerza todos a la vez:
—Higo-Nang... Ti-Sang... Zulang... ¡Todo lo dejamos por venir aquí! ¡Sombras y plegarias!
¡Devanándonos los sesos en nombre de lo eterno!
—Algún día volveremos allá...
—Oh, cuándo...
Los tres se quedaron inmóviles, en éxtasis, disfrutando del momento. Sivos tragó saliva.
En ese momento, un campanazo resonó, devolviendo a los tres sacerdotes a la triste
realidad.
—¡Nosotros soñando, y el palacio ya despierta! ¡Escuchad la gran campana del Templo
Verde! ¡Soldados y sirvientes ya se han reunido! ¡Vamos al enésimo suplicio!
Sin tiempo que perder, y con un chasquido, enfundaron a Sivos en las últimas túnicas y
arrancaron a Markez de la esfera. Así marchamos en fila, presididos por los sacerdotes que
avanzaban con solemnidad, y acompañados por un clamor de trompetas
El grupo llegó a la plaza. La multitud los esperaba sujetando faroles rojos, estandartes e
incensarios. Mientras el coro y los instrumentos alababan la llegada del aspirante, los
sacerdotes nos llevaron a lo alto de las escaleras portal, donde nos esperaban cuatro
figuras blancas: el Mariscal, con su reluciente armadura, y tres ancianas momias ataviadas
con togas del mismo color.
Al quedarnos en nuestro sitio, el mariscal dio un paso al frente y toda la multitud cayó de
rodillas.
—Por mandato del cielo, la corona será solo de aquel que, siendo de sangre regia, consiga
superar las Pruebas que dispuso Ar-Zival la Pura. Mas quien sea vencido al caer el día,
perderá la vida y alimentará el sueño de Ar-Zival.
Intrigados por el significado de aquella nueva estrofa, nos inclinamos hacia los sacerdotes
para preguntarles.
—¿A qué se refiere con “alimentará el sueño”? —preguntó Isidro, un tanto preocupado.
—Muy sencillo. Tal y como hicieron todos los súbditos de Ar-Zival la Pura, recolectaremos
vuestra alma para alimentar su vida... y la nuestra.
El aire se volvió espeso cuando Tang terminó de hablar. Nadie se atrevió a respirar. Las
palabras habían caído como un yunque sobre un lago en calma, y lo que antes era
expectación se tornó en un silencio brutal, afilado, despiadado. No hubo gritos. Ni protestas.
Solo una quietud aterradora, como la que precede al derrumbe de un mundo.
Isidro se llevó la mano al pecho. Markez alzó ligeramente una ceja antes de bajarla con el
peso del espanto. Y Sivos susurró un “¿qué?” que nadie respondió, antes de palidecer tanto
que parecía hecho de cera. En ese momento, la alegría abandonó nuestros rostros: nos
dimos cuenta del lío en el que nos habíamos metido.
Un clamor de trompetas nos sacó del estupor. Isidro, en secreto, ya había empezado a
trazar una ruta de escape.
Uno de los tres sapientes se alzó, y con los brazos extendidos llamó a Sivos. Ante el paso
vacilante del chico, un rugido de tambores y trompetas lo animaba.
Cuando llegó frente a la momia, esta anunció con voz ronca:
—Gol zu’u nahlaan, fah lahney do hin lok, muz fen koz nau Chin.
El Mariscal tradujo:
—Oh, extranjero osado: para probar la fortaleza de tu espíritu, deberás alcanzar lo que se
esconde tras el Chin.
Acto seguido, la momia sopló unos polvos en la cara de Sivos, quien, tras toser
soberanamente, cayó al suelo. Isidro y yo nos lanzamos, pero las hojas brillantes de las
lanzas no nos dejaron ni dar un paso. Ahí nos dimos cuenta de que tenían una punta de
ankar rojo, por lo que podían expedir fuego a voluntad.
Mientras mirábamos impotentes el cuerpo de tu primo —según nos contó luego— empezó a
deambular por el laberinto de su mente, reviviendo recuerdos bañados por una luz blanca.
No te aburriré con los detalles oníricos, querida. El caso es que alcanzó su destino: una
pagoda derruida bañada por una potente luz blanca. Y al pasar el umbral, tu primo despertó.
Y de entre sus labios exclamó:
—Il brillante blanco.
La multitud se sobresaltó, alzando los brazos por la sorpresa. Los tres sapientes repitieron
al unísono la respuesta:
—Il brillante, il brillante.
Tras la ovación, el segundo de los sapientes enunció la prueba de la mente:
No se toca ni se ve,
pero en tu pecho reposa.
Si pecas, llora en silencio.
Si mueres, vuela en la sombra.
No es carne, no es voz, no es llama,
y aun así, en ti se encona.
¿Quién habita en tu interior,
pero huye si la traicionas?
Sivos dudó, pensando la respuesta.
—¡Por tu vida, responde, extranjero! —exclamó Tang, preocupado.
Markez, sin poder callarse un segundo, gritó a los cuatro vientos:
—¿Qué es de lo que siempre parlotean los clérigos?
—El alma —respondió Sivos.
Los tambores sonaron con júbilo. La multitud estalló en alabanzas y un griterío se extendió
por el coro. Los tres sapientes repitieron al unísono:
—Il alma.
Con una inclinación de cabeza, el Mariscal abrió las puertas y la multitud estalló de nuevo
en júbilo, cantando:
—¡Gloria, venchedor!
Los sacerdotes no se creían lo que veían y empezaron a saltar de alegría ante la posibilidad
de ser liberados, por fin, de sus juramentos.
Los sacerdotes no se creían lo que veían y empezaron a saltar de júbilo ante la alegría de
ser liberados por fin de sus juramentos.
La inmensa puerta flanqueada por las estatuas se abrió y accedimos a una cámara
cuadrada forrada de cerámica esmaltada que representaba escenas policromadas. Sobre
ellas resplandecía una luz azulada y, en el centro, sobre un trono inmenso de piedra negra,
yacía una estatua de la que fuera la Kinaz. Una bellísima mujer con el gesto dulce y
benévolo, de la que salían rayos petrificados. Sobre ella flotaba la corona: una tiara
enjoyada que resplandecía con luz propia. Las piedras de ankar se engarzaban con unas
filigranas exquisitas, y la pieza central brillaba con un verde eléctrico.
El mariscal descendió los escalones con solemnidad:
—La última prueba, extranjero. Acepta el sacrificio máximo, ofrece tu alma y tu cuerpo como
recipiente para la Ar-Kinaz. ¡Corónate... únete a ella... en su divino poder!
Sivos dio un paso atrás. —No.
El mariscal palideció. —¡¡Cómo que no?! Eres digno... Pero... ¡no sois los aspirantes
verdaderos! ¡¿A quién habéis traído, canciller Tang?! ¡¡A ladrones!!
Un rugido de ira sacudió la cámara. El bastón del mariscal empezó a brillar, pero me
adelanté a él y, antes de que pudiera murmurar nada, le lanzé un chorro de energía que lo
desintegró.
—¡Ahora, no toquéis la corona! —gritó Markez.
Sivos se volvió, con miedo. Pero Allegrano se quedó mirando absorto la corona y, con paso
firme, empezó a avanzar hacia ella.
—¡Allegrano, ¡qué haces, insensato!— le espetó Markez.
—¡Lo siento, maestro! —respondió el joven con los ojos desorbitados—. ¡Si Sivos no la
quiere, la tomaré yo! ¡Vengaré la muerte de mis padres!
—¡No seas idiota, nos condenarás a todos!
—Isidro, por Connor, ¡pégale un tiro!
Pero antes de que pudiera amartillar la pistola, Allegrano subió los escalones. La corona
descendió hacia él y, apenas la tocó, comenzó a flotar. Su cuerpo brilló. Una túnica de luz lo
envolvió. En su rostro se advertía una felicidad inmensa, hasta que un grito desgarrador
surgió de él y la túnica explotó en un brillo cegador.
Cuando nos recuperamos de la ceguera, ante nosotros levitaba algo que ya no era
Allegrano. Era... blanca. Pero no un blanco normal. Era un blanco que lo llenaba todo, como
si el mundo se hubiera vaciado de color. No proyectaba sombra... era la luz misma. Cada
línea de su cuerpo era simetría. Ya sabía que algo iba mal desde el primer instante.
No porque flotara —ya he visto cosas peores que flotan—, ni por la corona brillando como si
fuese la mismísima joya del Primer Trono. No. Lo supe cuando vi la cara de Allegrano... y no
reconocí nada en ella.
Era como mirar un rostro hecho por encargo. Sonreía, sí. Pero no de alegría. Sonreía como
lo hace un niño cuando arranca alas a un insecto y no sabe por qué le gusta.
Y entonces habló con una voz dulce. Empezó a hablar... no con la boca, sino con la mente:
—Hola, luz de estrella.
El corazón me latía con violencia, pero sentía los brazos dormidos. Una parte de mí quería
arrodillarse. Otra, gritar. Pero no hice nada. Solo miré. Como un insecto delante del sol.
—Oh, Tang... me has hecho perder unos instantes valiosísimos, pero qué dulce es volver a
sentir. Ha llegado el momento de reclamar lo que es mío. Mi reino, en mi ausencia, se ha
desbocado... un poquito. Pero tranquilo, querido... eso no durará mucho. No habrá más
sufrimiento... Entregaos, mis pequeños... descansad.
Uno a uno, vi cómo empezamos a caer. Markez se desplomó murmurando que las piedras
le cantaban. Sivos avanzaba hacia la Kinaz con una expresión... vacía. No era él. Era su
cuerpo andando por puro reflejo.
Los sacerdotes callaban. Todo callaba. Todo... menos Isidro. Mi viejo amigo. Allí estaba, con
el sable en la mano y los dientes apretados. Temblando. No por miedo. Sino por rabia.
Lo vi agachar un momento la cabeza. Sentí que lo perdíamos. Pero entonces, levantó la
vista. Y juro por los huesos de Connor que nunca vi una mirada así. Firme. Feroz. Humana.
—¡No! —rugió. Su voz tronó como un cañón—. ¡A mí no me rompes!
La Kinaz giró la cabeza, curiosa. Como una reina que ve moverse a una piedra en el
tablero.
—¡No soy tu títere! —gritó él—. ¡Soy Isidro Faal, capitán general del Octavo Regimiento! ¡Y
si quieres mi alma, vas a tener que venir a buscarla a pie!
Y entonces, por un instante eterno... ella vaciló. Pero enseguida estalló en carcajadas y de
sus labios surgió una canción que ni Isidro pudo resistir:
—La canción que yo cantaba y el País arrebataba, es essstaaaa. La canción de Aleking con
su alegre rin tin tin cantaba yyyyyoooo... Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,tiiiiiiin, Ti,ti Ti,ti Ti,ti Ti,ti
Ti,ti Ti,ti Ti,tiiiiiiin.
Isidro empezó a tambalearse y vio con horror cómo sus brazos estaban rígidos, parecidos a
los de un mimo o a algunos autómatas de la ciudad de Khalia. Contra su voluntad, empezó
a danzar y bailar, tirado por hilos invisibles.
—Es un muñeco el Aleking, es un muñeco de cartón. Que para verle así bailar, hay que tirar
de un cordón. Siempre al son que queremos que baile, y consiste en el tira y afloja, el que
nada nos puede negar.
Absorto en todo aquello, no me di cuenta de que la Kinaz estaba distraída jugando con
Isidro. Y sin que se diera cuenta, yo todavía sostenía mi bastón. Con toda la voluntad que
me quedaba, lo apunté hacia la figura flotante de Allegrano y, con el mayor esfuerzo de mi
vida, logré pronunciar:
—¡Meyz, Hatall, Ia Ia Leviatan, zeyma mul!
Un rayo oscuro surgió del bastón y atravesó el cuerpo de Allegrano, disolviendo la carne de
la Kinaz, expulsando su espíritu de vuelta a la corona. Y todo se hizo negro.
Pero tranquila, que todavía tengo más. Ya sabes que el uso del ankar negro es muy
perjudicial para la salud.
—¿Y fumar no?
—Eso son tonterías de los mata sanos.
Bueno, el caso es que me desmayé, e Isidro me despertó zarandeándome. Claro, yo pensé
que me agradecería por haberles salvado la vida, pero no fue así. Me zarandeaba para
espabilarme, ya que una legión de lanceros se acercaba a nosotros desde las escaleras.
Tang venía con los ojos inyectados en siglos. Los tres —Tang, Pong, Yiu— con sus ropajes
ceremoniales al viento y un escuadrón de lanzas alzadas.
Y allí estábamos nosotros: maltrechos, confundidos, con una corona envuelta en lino oscuro
y el cadáver de un intento de dios aún caliente en el alma.
—¡La habéis sellado! —gritó Tang—. ¡Habéis vuelto a encerrarla! ¡El ritual no se completó!
¡Y ahora yo sigo atado a este destino maldito!
Pong murmuró entre dientes: —Nos arrebatasteis el final.
Yiu simplemente apretaba los puños, como quien no quiere llorar delante de desconocidos.
Y no podía culparles. Mil años. Mil años esperando un candidato. Preparando el salón,
desempolvando versos. Y al final, el elegido no era más que un chiquillo con alma rota y
una sed de venganza tan corrosiva que mancilló la resurrección entera.
—No era el adecuado —les dije.
—¿Y qué hacemos ahora? —respondió Tang—. ¿Seguir aquí? ¿Volver al silencio, a la
piedra, a esperar que el próximo aspirante también falle?
—No —contesté.
—¿Entonces qué?
—Entonces os venís conmigo.
Se miraron. Primero con asombro. Luego, con algo que se parecía mucho a miedo.
—La corona aún necesita custodios —continué—. Y vosotros sois los únicos que aún
sabéis cómo hacerlo. No será regresar a la isla que dejasteis —les dije—. Quizá la
encontréis más fea... pero con atardeceres. Y, además, Puerto del Higo tiene templos.
Lagos azules. Rumores de bambú y lagos tranquilos.
Pong sonrió. No le oí reír, pero su mirada cambió de siglo. Tang suspiró por la nariz. Yiu
bajó la cabeza como quien asiente sin querer mostrarlo.
—¿Custodiarla... allá arriba? —musitó Tang.
—Sí. Seguir vuestra misión. Pero esta vez... bajo la luz del día. Entre gente. Con vino. Y
repostería.
Tang no respondió al momento. Solo observó el paño que cubría la corona. Luego dijo:
—Entonces partiremos. Aún hay deber... y aún hay camino.
Pong añadió: —Y puede que el verdadero candidato aún esté por llegar.
Yiu murmuró, contagiado por el entusiasmo: —Y si no... por lo menos veremos el rumor del
bambú.
Así, tras un chasquido, bajaron las lanzas y ordenaron desmantelar todo el templo. Y así, en
una procesión inmensa, caminamos hasta aquí, donde están montando una pagoda en el
patio de atrás. Por cierto, a donde han ido.
Lucrecia se quedó pasmada, asimilando lo que acababa de escuchar. Las manecillas del
reloj inundaron el silencio de la habitación mientras Lucano rellenaba su pipa una vez más.
El Ajo Pringue.
Se trata de la base de la alimentación tradicional goblin, ya que acompaña a todas las comidas.
Consiste en una espesa natilla a base de; gran cantidad de ajo, cebollas, crema de leche de garrapato y hongos de los pantanos. Se echa todo en una hoya y se cuece todo junto, hasta que resulta una crema. Sazonar al gusto.
Originalmente, antes de que Connor obligara a Goblinburgo a abrirse al mundo, el Ajo Pringue, se consumía poniendo un gran cuenco en medio de la mesa, en el que todos los comensales metían los dedos para luego chuparlos.
Con la apertura de las fronteras de Goblinburgo y, por lo tanto, con la llegada de productos del exterior, como la harina, empezó a comerse untándolo en pan, aunque, hoy en día, la mayoría de goblins siguen "mojando los dedos".
Debido a las dificultades, fuera de Goblinburgo y sus colonias, para conseguir crema de leche de garrapato y la variedad de hongos de los pantanos necesarios para la receta, el Ajo Pringue está considerado como una delicatessen acta solo para los más adinerados, cosa que los goblins no entienden, ya que están hartos de comerlo todos los días.
Como curiosidad, las malas lenguas dicen que, Connor no se suicidó, sino que, murió de un atracón de Ajo Pringue.
Este es un relato escritro en colaboracion con el maestro Higo. Mis agradecimientos por aguantar lo pesado que puedo llegar a ser.
Sin el maquillaje, la goblin resultaba ser bastante bonita. Había tapado su ojo izquierdo con un parche dorado y, estaba ataviada con un hermoso vestido, que parecía prohibitivamente caro."Aunque la mona se vista de seda..." pensó Adelaida con desprecio.
La pequeña goblin, se sentaba ante un tocador con espejo, mientras cepillaba su melena roja, que llegaba hasta sus delicados hombros.
No se volvió ni una sola vez para mirar a los humanos, que apenas podían mantenerse erguidos, dada la baja altura de la carpa en la que se encontraban. Aunque no lo parecía, resultaba evidente que no apartaba su único ojo de sus "invitados" reflejados en el espejo.
La criaturilla verde por fin hablo -Soy Berta Panduro, virreina de Puerto Cervecero, tambien podeis llamarme baronesa Bartola Eusevia Robustiana Von Buenculon. Aun que creo que vosotros me conoceis como la zorra roja-.
Los emisarios se miraron entre si incómodos. La zorra roja era un personaje infame en Puerto Igben. El barón utilizaba ese nombre para justificar todas las desgracias y derrotas, lo hacía tan a menudo, que la gran mayoría de la población creía que era un invento, un chivo expiatorio al que culpar incluso del mal tiempo. Sin embargo, aquí, frente a sus ojos, tenían a una goblin que, si no era la zorra roja, al menos encajaba perfectamente con la descripción.
Adelaida no pudo contenerse -No puede ser. Estáis utilizando ese nombre para intimidarnos, ahora nos diréis que lanzáis rallos por vuestro ojo-.
-¡Y truenos por el culo!... Me da igual lo que creáis. Sois vosotros quienes me llamáis asi- la goblin dejó el cepillo en el tocador, cogió un frasquito de perfume y se espolvoreó un poco. La carpa se inundó de un inquietante aroma floral. No resultaba desagradable del todo, pero contenía algo nauseabundo. Era como un apetecible pastel, cubierto de nata, pero cuyo interior estuviera hecho de azufre.
Alfredo le dio un codazo a Adelaida con una mirada de reproche, se aclaró la garganta -No pretendíamos ofender, Virreina, solo queremos...-.
Al escuchar esto, la goblin por fin pareció prestarles atención, se dio la vuelta e interrumpió a Alfredo -¿Pedir perdón? ¡Ya es muy tarde para arreglarlo con una disculpa! ¿O querías decir, rendiros?- la goblin lanzó una amarga carcajada - Oh ¿que aún creéis que estáis en posición de negociar? ¡sois un chiste! Esto no es una tregua. Os estais rindiendo. ¡No hay nada que negociar! ¡Aquí las condiciones las ponemos nosotros!. Si no os gusta, tal vez, no deberíais haber empezado todo esto. Ahora no os vais a escapar con un; lo siento mucho no volverá a repetirse- dicho esto, metió una mano por una de sus mangas y saco un rollo de pergamino que mostró a los humanos -Estas son las condiciones que impone Goblinburgo- le tendió el rollo a un niño goblin que andaba por allí y, con una sonrisa de suficiencia dijo -¡léeselo Vicentin!-.
El niño goblin tomó el rollo, lo desenrolló con seguridad y pasó a leer con voz alta y clara -La E con la L, EEEL, la R con... esta palabra no la entiendo Berta tuerta- se quejó el niño.
La goblin puso los ojos en blanco y le arrancó el rollo de las manos al niño. Leyó el contenido del pergamino para si. Algo pareció no gustarle, porque sacó una pluma de uno de sus bolsillos y garabateó algo en un margen.
-No, no confundáis esta visita, con una rendición incondicional. Virreina- anunció una figura que se había mantenido en el escaso punto ciego de Berta -Al final acabaremos rindiéndonos, de eso no hay duda. Pero ¿a qué coste? Y ¿en cuánto tiempo? Este es un clan de negocios, virreina. Y valoramos las cosas según el retorno de lo invertido. Esta ciudad es enorme. Y tendréis que esforzaros mucho en ir barrio por barrio, casa por casa hasta exterminarnos a todos. También podéis bombardearnos hasta los cimientos. Entonces, ¿qué retorno vais a obtener para apaciguar la codicia de vuestros ministros? ¿Un puñado de rocas y cenizas humeantes? ¿Hacer una montaña de muertos cuando nuestro activo más valioso, es la formación y talento de nuestra gente? No lo vemos rentable. Y es por ello que os ofrecemos otra opción-.
-Dejadnos mantener nuestras leyes e instituciones y a cambio:
I. Acataremos el pago de todas vuestras demandas.
II. Acataremos la presencia de una guarnición militar de infantes para mantener La Paz, al mando de un oficial de alto rango. Al cual cederemos un número suficiente de participaciones para tener influencia en nuestro consejo. Y, por su puesto, con el correspondiente reparto de dividendos que se os darán en forma de tributos tanto para los ministros como para la ciudad de Puerto Cervero-.
La mujer terminó su discurso y se quitó la capucha, mostrando un rostro arrugado y venerable, con el pelo rubio casi blanco y una mirada seria que aguardaba con paciencia la respuesta de Berta.
La goblin no levantó la vista del pergamino mientras seguía escribiendo. Total, no diferenciaba a un humano de otro.
Mientras leía las condiciones, se había dado cuenta de que, entre todas las reclamaciones, ninguna mencionaba Puerto Cervecero. Cuando se cobrarán las compensaciones, todo iría directamente a los bolsillos de los ministros.
Por esa razón estaba añadiendo una nueva cláusula, quería y necesitaba que Puerto Cervecero, volviera a ser productivo cuanto antes; era justo que Puerto Igben pagara lo que había roto.
Por supuesto, si los ministros se enteraban, pensarían que estaba desviando fondos para su propio beneficio, lo que no les haría ninguna gracia. Pero no tenían porque enterarse ¿Verdad?.
Además, algo dentro de ella, le decía que muchos goblins seguían durmiendo a la intemperie. Si no conseguían refugio antes del otoño, muchos morirían. Quería quitárselo de la cabeza, pero no podía.
Una vez terminado su pequeño apunte en el pergamino, se tomó la molestia de contestar a la humana.
-Las condiciones ya están escritas y no son negociables. Además, no sé si os perdisteis la parte en que impedí que el mariscal diera la orden de ataque, tal vez estéis confusa porque en ese momento yo iba perfectamente disfrazada- Berta tiró el pergamino a los pies de los humanos -Para nosotros, la guerra no es una cuestión de negocios, sino de prestigio. Además, entre el saqueo y la venta de los prisioneros como esclavos, estoy segura de que obtendremos algún beneficio- Berta no era la más indicada para negociar, nunca se le dio bien la diplomacia.
La goblin se cruzó de brazos -Que estemos teniendo esta conversación, quiere decir que sabéis que ya no tenéis opciones. Mientras que nosotros tenemos muchas. Puedo dar rienda suelta al mariscal, y que tome la ciudad a sangre y fuego, que al fin y al cabo, es lo que está deseando. Os podemos bombardear con munición incendiaria, y sentarnos a esperar a que salgáis. O podemos seguir como hasta ahora- la goblin bajo la voz -¿Cuánta comida os queda? ¿Ya habéis empezado con los perros... Con los gatos?- la goblin por fin miró a los humanos, recorrió sus caras con su único ojo -por vuestras caras, estoy segura de que alguno ya ha probado la rata. Bien fritas y al ajillo están buenas, ¿verdad?- había dado en el clavo, al menos uno de los humanos se agitó inquieto -empiezo a pensar, que tal vez, deberíamos volver a hablar dentro de unas semanas, cuando por fin seáis conscientes de vuestra situación. En Puerto Cervecero, matasteis a cientos, y no solo en combate. Los matasteis de hambre, de frío, de desesperación... y de pena. ¿Alguna vez se os ha muerto un niño por hambre en los brazos?- La goblin sostuvo la mirada de la humana mayor y se rio en su cara -Seguís creyendo que podéis negociar porque aún no conocéis la miseria de la guerra. Os estoy dando la oportunidad de no hacerlo- Berta sacó su pipa y la encendió. Como esperaba, el humo morado y denso del loto rojo causó arcadas a los humanos.
La mujer de pelo rubio se lamió los labios asqueada.
- Ya han muerto muchos, Virreina. Incontables. Porque creéis que no sacamos a nuestros hijos cuando tuvimos la oportunidad. ¡Porque están muertos!, los enviamos a combatir en esta guerra absurda. - Berta pudo ver cómo su interlocutora se giraba para ahogar un sollozo - Los que visteis en la puerta somos los únicos que quedamos. La locura de ese hombre nos ha llevado a la ruina. - De pronto la cara de la dama se puso seria, apretó los dientes y lanzó una mirada iracunda. Somos un pueblo acabado. Nos dan igual vuestras amenazas. Solo queremos reconstruirnos y seguir con lo que siempre ha sido nuestra vida. Y, si NO nos tendéis la mano. No tendremos nada por lo que seguir viviendo. Y os aseguro que no quedará piedra sobre piedra y ninguna persona viva para pagaros -.
La dama hizo un ademán con la mano y sus dos acompañantes asintieron tristemente. El de la izquierda, sacó una píldora gruesa del bolsillo y se la metió en la boca tan rápido que los guardias no reaccionaron hasta que el cuerpo cayó al suelo sin vida.
El otro sacó un cronómetro muy grueso para mostrar sus agujas, las cuales llevaban más de una hora y media en movimiento.
- Gracias, Alfredo. Tenéis media hora para decidiros. Si no, la ciudad estará plagada de cuerpos como el de Adelaida. Sin nadie para pagaros ni contener el fuego -.
-¿Eso tiene que impresionarme?- solto la goblin con tono apatico -¿Estáis intentando convencerme de que no merecéis ser aniquilados, suicidándoos? ¿Que sois, el comando suicida de liveracion de Puerto Igben?- la goblin se mofo -¿Creéis que me importan vuestras pateticas vidas? ¡Pero si ni siquiera soy capaz de diferenciaros a unos de otros!- Berta ni pestañeo -leer el pergamino. Tal vez descubráis, que lo que reclamamos, no está muy lejos de lo que ofrecéis, aunque con este teatrillo y esa amenaza, solo habéis terminado de demostrarme lo estúpidos que sois. Parece mentira que tenga que salvaros de vosotros mismos- la indiferencia solo superaba al desprecio en la voz de la goblin.
La dama se tragó su orgullo ante ese insulto imperdonable.
«Lo entupidos que somos “Salvarnos de nosotros mismos” jajajajaa cómo se puede ser tan arrogante.» Pensó la dama rubia para sus adentros, reprimiendo una sonrisa ironíca.
- No hay nada que demostrar. Ya hemos dejado claro nuestro punto. Dadnos el pergamino o matadnos si os place, pero no os burléis de un pueblo que no está dispuesto a renunciar a sus creencias. Dadnos por lo menos eso -.
-Aunque no tengáis mi respeto. Os concederé eso- dijo la goblin volviendo a darse la vuelta para mirarse en el espejo -Ahora, coger el pergamino, tenéis hasta las diez de la mañana para entregármelo firmado y sellado. ¡Largo de mi tienda! no pienso invitaros a cenar y, llevaros a vuestro muerto. Aun que creeis que los goblins somos poco mas que animales, no nos gusta ese tipo de decoracion- la goblin agitó una mano, como espantando una mosca, para dejar claro que la reunión había terminado. Alfredo se agachó para recoger el pergamino que Berta le había lanzado a los pies, se lo entregó con reverencia a la dama, luego, con dificultad, arrastró a su compañera muerta fuera de la tienda.
Cuando Berta se quedó a solas, miró a una esquina. Entre las sombras se ocultaba una bola de cristal -¿Lo as visto todo? ¿estás satisfecha, Lucrecia? Me he portado bien, lo he resuelto sin matar a nadie, como te prometí. Bueno, si no contamos a al que maté cuando me infiltré en la ciudad y a la suicida... ¡pero esos no cuentan!-.
- ¡Por Connor! Que pirados. Y pensar que bajo todo ese pragmatismo comercial se escondía tanta necedad, ¡es asombroso! Gracias, amiga, sabía que podía confiar en ti. No dudo de que firmaran. Es mejor eso a la aniquilación, desde la tumba no se pueden hacer negocios, verdad. Jejejeje, ahora solo queda un pequeño tema que no debemos perder de vista para el futuro -.
-¿Y qué tema es ese?- la goblin cogió una lima de uñas del tocador y empezó a repasarselas. Berta lo hacía cada vez que tenía la oportunidad, aunque su objetivo con esto, no era mantenerlas igualadas, sino, lo más afiladas posible.
Lucrecia abandonó la sonrisa y posó los ojos fijos en la bola. —De hecho, amiga mía, son dos los temas que te debo comentar, y abre bien las orejas porque son de vital importancia. El primero, y el más importante. Durante los primeros años de Elhigo-lann, este era un lugar sin ley, alejado de la mano del emperador. Los descendientes de los conquistadores, no dejaban de pelear entre ellos, anexionando las tierras del vecino y creando un clima de inestabilidad insoportable. Esto, acabó alejando al comercio, lo que casi nos sumerge en la ruina. Lo cual fue suficiente para que los señores se dieran cuenta de que con aquella actitud solo llevarían a la destrucción a sus casas. Así que se reunieron en asamblea y firmaron los pactos de no agresión y las leyes de convivencia. Obligándose a mantener a raya las agresiones entre ellos, salvo causas muy justificadas. Como reunir a la asamblea era siempre un guirigay, se acordó que sus abogados formarán una comisión permanente para que vigilará el cumplimiento de los pactos y solucionara los problemas diarios para evitar que nadie se pasase de la raya. Pues, a diferencia de los goblins no nos gusta resolver las cosas a puñetazos. Por tanto, aunque tú quisieras y la nueva Baronesa quiera, la ley de convivencia no le permite darte los derechos totales sobre el territorio. Así que, por fuerza, la tendrás que mantener viva—.
Berta miró con disgusto al reflejo de Lucrecia en la bola -Para empezar. Ya sé que piensas que voy matando cosas por ahí como entretenimiento. Pero, yo no he dicho en ningún momento que fuera a matar a esa humana- la goblin jugueteo con la lima de uñas, haciéndola girar en su mano como si fuera un cuchillo -en cualquier caso solo la sustituiría por alguien más... propenso a hacer mi voluntad, perdón, quería decir la voluntad de los ministros. Y sobre ese pacto. No se contó con los goblins cuando se firmó y nadie nos ha invitado a hacerlo, por lo tanto, no se nos aplica. Si, en lugar de montar tantas asambleas y comisiones, lo hubierais arreglado desde el principio con una buena toñina en la cepa de la oreja, ahora todo sería mucho más sencillo. Pero a los humanos os encantan los legalismos y no entendéis que, estas cosas se pueden arreglar de tú a tú, con un poco de violencia amistosa, sin llegar a la guerra-.
—Ya, ya. No me mires así. Ya sé que vuestro país, es perfecto e idílico, y que las leyes se cambian a golpe de puño, pero ahora estás aquí. En mi isla. Y debes respetar la ley y el juego político si quieres ser virreina de algo. Porque si no lo haces ...— Lucrecia clavó la mirada en el ojo de la goblin— Les darás la excusa perfecta al resto de casas, para sancionar a tu Virreinato. Y no creas que te van a respetar. Pues te aseguro que la Compañía y los Von Shadow, están deseosos de hacerse con tu nueva conquista. Y esta vez no podrá venir a salvarte ninguna flota. Porque a pesar de todas tus virtudes, Berta, no eres invencible. Y lo peor, es que has llegado tarde a este juego y apenas te sabes las reglas. Y ni aunque tuvieras todo el poder de tu reino pantanoso, podrías pelear contra estos dos. Serías como un guijarro arrastrado por dos avalanchas. Juan Luis lo sabía. Los ministros lo saben. Y solo falta que lo sepas tú. ¡Vivimos entre hienas hambrientas! —Lucrecia pegó un golpe en la mesa, haciendo tambalear la imagen.
Los ministros estaban tan interesados en hacerse con El-higolann que, en realidad, Berta sí contaba con todo el respaldo de Goblinburgo, pero esta era una carta que no pensaba mostrar a Lucrecia. Al fin y al cabo, los ministros, le habían ofrecido el cargo de gobernadora general de El-higolann si se salían con la suya.
-Que lo intenten- masculló la goblin volviendo a limar sus uñas.
—¡No seas necia y deja las cosas como están!— Tras aquellas palabras tan duras, Lucrecia, con la cara roja de ira, respiró un par de veces antes de seguir con un tono más relajado. —Porque, además, no son los únicos Igben que quedan por el continente. De hecho, esta es solo una pequeña rama cadete del grueso tronco familiar. (Maldita sea, incluso tengo una puta oficina en mi propia ciudad.) Lo que te quiero decir con esto. Es que todas las ramas están emparentadas con la casa matriz, muy poderosa y emparentada con la sierpe. Bien, a sí que, si no quieres ganarte un grano en tu Buenculon, llamado Agripina Igben, la cual te va a estar jodiendo durante el resto de tu vida. Te vuelvo a insistir en que seas sensata y toques al Consejo de Familia. Deja que se queden conmigo y haz lo que te plazca con el resto. Luego, está el tema de las sedes interterritoriales. — Carraspeó la bola - Como bien te comentó mi espía en su informe, el Clan Igben es más semejante a una compañía comercial que una casa nobiliaria. Y como toda compañía comercial que se precie, posee sedes varias y otras ciudades esparcidas por todo el continente. A los cuales se refieren como Primos. Tenemos que estar preparadas para la respuesta de estos enclaves, así que es menester que cuando entres en la ciudad y te hagas con su control, acudas a la torre del Consejo de Familia y recabes toda la información sobre ellos. Esta gente lo registra todo, a sí que no será difícil de encontrar. Ah, cierto, la dama con la que has estado parlamentando, era la segunda al mando del difunto Barón. La propia Agripina Igben, de la que te he hablado, la cual, es la nueva cabeza del clan -.
-Mañana, cuando me entreguen el papeleo firmado, entraré en la ciudad para "escenificar" el cambio de poder. Aunque dudo de que me reciban con los brazos abiertos, no creo que se atrevan a negarme la entrada a esa torre. Ya te contaré- con un movimiento tan rápido que fue casi imposible de ver, Berta, clavó la lima de uñas en el tocador, se levantó y apagó la bola de cristal.
Ahora que sabia lo de esa lista, Berta empezaba a tener ideas. Puede que no pudiera darse el gusto de ver arder la ciudad, pero aun no había acabado con los Igben.
Mientras se terminaba de arreglar para cenar con el mariscal, decidió que, una vez tuviera ese documento, lo copiaría y se lo enviaría a los ministros. Pronto, los lideres de esos asquerosos y marrulleros Igben del continente, sufrirían una serie de desafortunadas desdichas y, se encontrarían pruebas que incriminarian a los señores de El-higolann.
Por supuesto, Lucrecia, no tenia por que enterarse, porque; ojos que no ven.... hostia que te pegas. Pensó la goblin sonriendo con malicia, mientras salia de su tienda.
Terminada la cena con el mariscal, Berta, se retiró de inmediato a su tienda, con la escusa de que al día siguiente tenía que madrugar para entrar en la ciudad y echarles un discurso a esos humanos, que les dejara bien claro que, ahora, estaban bajo el amoroso puño de los ministros, o lo que en El-higolann equivalía a lo mismo, el suyo.
Paso junto a las hogueras de campamento, donde los soldados goblins se apiñaban muy decepcionados. Llevaban semanas preparándose para el asalto y, ahora, en el último momento, se les negaba la oportunidad de combatir y, aún más importante, de saquear.
Si las cosas se complicaban, como esa humana repipi y listilla de Lucrecia creía que pasaría, tendrían su oportunidad. Pero la goblin ya tenía un plan para impedirlo y, esta misma noche, empezaría a situar sus piezas en el tablero.
Los ministros son los goblins más astutos, ladinos y taimados. Y aunque Berta, había renunciado a intentar serlo, como le prometió a Elric, seguía siendo una candidata más que apta para el ministerio, y lo pensaba demostrar, porque, si Lucrecia estaba intentando buscarle las cosquillas con eso de: "No te sabes las reglas del juego, ninini, ninini, ninini" lo había conseguido.
Entró en su tienda y le dijo a Vicentin que no la molestaran bajo ningún concepto. Tras repetírselo cinco veces y echarle de la tienda de una patada, Berta se dirigió a la bola de cristal y la activó.
El receptor del otro lado, tardó en activarse. Cuando lo hizo, respondió una goblin con rulos y la cara cubierta de crema para la piel.
-¡Me cago en to! Os tengo dicho que no me molestéis a estas horas- gritó la goblin.
-Hola, Wini, creía que las jefas criminales trasnochabais más- saludó Berta a su vieja amiga con un tono sarcástico.
La archiduquesa Winifreda Rigoberta Ambrosia Von Mascamonos, era la señora de los bajos fondos de Goblinburgo y, lo había logrado teniendo aún menos escrúpulos que sus competidores; además, estaba bastante gordita para ser una goblin joven. "La buena vida" pensó Berta.
-¿Chuchi? No esperaba verte hasta el mes que viene, ¿a qué se debe la llamada? Por cierto, el parche dorado en el ojo te queda super ideal, ¿de dónde lo as sacado?- Wini ya no parecía tan cabreada.
-Fue un regalo de un gilipollas, pero como es muy brilli, ahora mi parche favorito. Ya te contaré cómo me cargue al tolay que me lo regalo. Te vas a descojonar- el parloteo de las dos goblin duro harta que Berta por fin saco el tema que le interesaba -Verás, por alguna razón que no alcanzo a comprender, algunos de los autoproclamados señores de este sitio, se creen que me pueden pisotear por ser goblin y nueva aquí- el tono de Berta se volvió más duro -Quiero que tu gente, venga lo antes posible y se ponga a trabajar de inmediato. Pero se deben centrar únicamente en un lugar llamado Puerto Umbroso-.
Wini entrecerró los ojos-¿por qué solo en Puerto Umbroso? ¿No sacaríamos más beneficios extendiendo el tráfico de amapola blanca por toda la isla?-.
Berta ya esperaba estas preguntas y le iba a ofrecer a su amiga un par de caramelos -No vas a perder nada centrándote allí, porque, tú, te quedarás con todos los beneficios-.
Wini empezó a carcajearse -Perdona, chata, pero cuando me dicen que me van a dar algo a cambio de nada, por lo general, termino perdiendo dinero-.
Berta se sonrió de forma aviesa -No perderás nada, y yo obtendré beneficios, pero de otra manera. Quiero que la mano de obra de los Von Shadow, sea tan adicta a la amapola blanca que, se vuelvan completamente inútiles para el trabajo. Espero que con eso, los Von Shadow tengan tantas pérdidas económicas y se debiliten tanto políticamente que, dejen de meter sus asquerosas narices humanas en mis asuntos antes de empezar a hacerlo. Y por supuesto, no quiero que se me relacione con ello-.
-Ya veo por dónde vas- se sonrió Wini.
-Además, y, como incentivo. Mañana me aré con una lista de nombres que enviaré a los ministros. Los humanos de esa lista, serán asesinados uno a uno en los próximos días y semanas. En la escena de los crímenes, se encontrarán pruebas que incriminaran a la compañía de las islas orientales, lo que provocará una guerra comercial entre los Igben y esa compañía mugrosa, con un poco de suerte, hasta llegarán a las manos. Espero que eso abra un espacio que puedas aprovechar para instalar empresas legítimas en El-higolann, serás una goblin de negocios legal- Berta sabía que Wini no se resistiría a eso.
-Me gusta cómo piensas, pero, hay un pero. Creo que estás pasando por alto a un Humano llamado Sity- Wini llevaba en la mano la bola de cristal, mientras iba a su despensa y se preparaba un tente en pie de media noche -ese humano, tiene sus tentáculos bien metidos en Puerto Umbroso y en la compañía de las islas orientales y, sus tentáculos son los tentáculos de los ministros. Si hacemos lo que pretendes, algún ministro se cabreará mucho-.
Berta también había tenido eso en cuenta -Veo que estás bien informada. Precisamente, el tercer objetivo, es arruinar a Sity. Los ministros preferirán utilizar a un goblin como intermediario en lugar de a ese humano gordo y asqueroso-.
-Claro que estoy bien informada, soy la reina de los bajos fondos de Goblinburgo- respondió Wini mientras se comía su entremés nocturno -Y aunque no dudo de que muchos ministros te aplaudirán, por hacer que dejen de depender de ese humano, otros verán amenazados sus intereses y de hecho, creo que ya tienes a bastantes de esos en contra-.
Berta puso los ojos en blanco -¿Y qué van a hacer? Si la mayoría de los ministros ven las ventajas y me apoyan en esto, la minoría tendrá que cerrar la boca y aguantarse-.
-Creo que tienes demasiada fe en los ministros, mona- respondió Wini con la boca llena -Pero como quien se va a llenar los bolsillos, soy yo y, quien se va a llevar los palos de los ministros díscolos, eres tú. Haremos lo que dices, ¿por qué no?-.
-Eso me parecía a mí. Espero que lo de visitarme dentro de un mes, siga en pie- Berta ya tenía lo que quería, ahora, bastaba con sentarse a mirar.
-Claro que sí, Chuchi, a ver si me presentas a ese enano tuyo. Si estás con él, debe de ser una fiera en la cama- se carcajeó Wini antes de cerrar la comunicación.
Berta torció el gesto. ¿Es que todo el mundo sabía lo suyo con Elric? ¡Estaba rodeada de chismosos! Negó con la cabeza y empezó a desvestirse para meterse en la cama. Mañana tendría un día muy largo y desagradable, rodeada de humanos, pero si todo salía según lo previsto, y con la llegada de la organización de Wini a la isla, mataría tres pájaros de un tiro.
Berta se levantó a las nueve de la mañana, lo que, para ella, era darse un madrugón, ya que, era raro el día que se levantaba antes de las doce.
Dado que en Puerto Igben le tenían tanto miedo a la zorra roja, Berta decidió darles zorra roja hasta que se hartaran. Se vistió con un vestido de terciopelo rojo, acompañado de una capa de armiño, para dejar claro que era virreina, y remató el conjunto con un gorro isabelino, también de tercio pelo rojo.
Salió de su tienda y, escoltada por Vicentin y su guardia personal, se reunió con el mariscal Eulalio Pelagatos, de los Pelagatos de toda la vida, que, frente a su tienda, se jugaba a los dados una pequeña fortuna con su guardia personal.
Cuando se encontró con el mariscal y, como todo saludo, dijo -¿Vamos a entrar en la ciudad, o vamos a pasarnos la mañana jugando a los dados?-.
Eulalio, miro a Berta, mientras clavaba un cuchillo en la mano de uno de sus compañeros de juego, que intentaba mover los dados aprovechando su descuido y, dijo con calma -Esta mañana, a primera hora, los humanos han pedido, por favor, el honor de trasladar ellos mismos a la virreina, a la ceremonia de entrega de poderes-.
A la goblin le chirriaron los dientes. Eso no era lo acordado, parecía que, el mariscal, la estuviera entregando a los humanos para que la liquidaran y, así, tener la escusa para arrasar la ciudad, que, al final, era lo que quería.
Eulalio pareció leerle la mente -No pongas esa cara, te va a escoltar toda una compañía de coraceros a lomos de garrapatos, además, tu solita deberías ser capaz de darles lo suyo a un puñado de humanos muertos de hambre-.
Berta suspiró, puso los ojos en blanco y, se hizo sitio en la mesa para unirse a la partida de dados, mientras esperaba a que los humanos vinieran a buscarla.
Una hora después, Berta tenía un buen montón de cosas brillantes, nadie le ganaba haciendo trampas. Se habría pasado así el día entero, pero los humanos llegaron para arruinar la diversión.
De las puertas de la ciudad salió una lujosa carroza dorada, tirada por cuatro caballos blancos. Cuando Berta la vio entrar en el campamento goblin, bufo -puf, caballos...-. Recogió sus ganancias y se preparó para ser "invitada" a abordar el carruaje cuando llegara a la tienda de mando del mariscal.
Eulalio dio órdenes de que la compañía de coraceros se preparara y se puso a esperar de pie junto a Berta -¿no te gustan los caballos?- le preguntó mientras se quitaba las arrugas del uniforme.
-No- dijo Berta con disgusto -Son demasiado grandes para los goblins. Además, son malos y muerden. ¡No son tan majos como quieren hacer creer a todo el mundo! Al menos con los garrapatos ya sabes qué esperar- la carroza ya estaba deteniéndose ante ellos -Pero lo que realmente me molesta, es que los humanos no se los hayan comido aún. Mira que comer ratas pudiendo comerte un caballo-. Eulalio contuvo una carcajada, el cochero descendió, abrió la puerta e hizo una reverencia.
La goblin avanzó con decisión y subió a la carroza, rechazando la ayuda del cochero, ayuda que, Vicentin que iba con ella, sí aceptó. Una vez a bordo, se asomó a la ventana -Voy a hacer esto rapidito, estaré de vuelta para comer. Espero que hoy, tu cocinero no deje aguado el Ajo Pringue-.
-Tranquila. Si no vuelves al caer la noche, no dejaré piedra sobre piedra de la ciudad- le respondió Eulalio con jovialidad.
Berta sabía que, el mariscal, hablaba totalmente en serio; estaba deseando destruir esa ciudad. Y, para ser sinceros, ella también. Pero si no quería ponerse en contra a toda El-higolann y, que ademas, alguien pagara las compensaciones de guerra, le convenía mantener la destrucción y el pillaje al mínimo, así que tendría que volver lo antes posible.
La carroza empezó a moverse. Berta se acomodó en su asiento junto a Vicentin, levantó la vista y, por primera vez, reparó en que, sentado frente a ella, se encontraba un joven humano mirándola. ¿Por qué había allí un humano mirándola?.
La goblin lo ignoro mientras miraba por la ventana, hasta que el humano se aclaró la garganta y hablo -Virreina, permitir que me presente y me disculpe- el tonito de superioridad del humano era imposible de disimular -me llamo Mercucio Igben y, me temo que le he tendido una pequeña trampa- el humano realizo una reverencia tan engolada como le permitió el reducido espacio en el interior de la carroza -hoy debería haber entrado en la ciudad por sus propios medios, pero, me he tomado la libertad de crear esta pequeña mascarada para poder hablarle en privado y proponerle una alianza-.
Berta no tenía ganas de escuchar las chorradas de ese humano, pero no podía saltar de la carroza en marcha. Puso los ojos en blanco, pero no dijo nada.
-Verá, virreina, el relevo en la cúpula directiva y, sobre todo, la forma de llevarlo a cabo, no ha satisfecho a todos los implicados. Agripina, envenenó al baron sin contar con nadie. No me malinterprete, ese hombre nos metió en esta poco lucrativa empresa y se lo merecía, pero, estas cosas se deben hacer por consenso y repartiendo los ascensos y dividendos de forma equitativa. Esa bruja de Agripina, no solo se ha hecho con el poder sin consultar al consejo. Ha repartido los puestos de responsabilidad entre sus allegados-.
La cháchara de ese humano parecía no tener fin. Berta sacó una lima de uñas y empezó a repasárselas, mientras Vicentin, de pie sobre el asiento, asomaba la cabeza por la ventana.
-En la situación actual, usted va a convertirse en una de las principales accionistas de la delegación de la compañía Igben en El-higolann. No puedo oponerme a eso, pero puedo convencerla de que, en las reuniones del consejo, vote a favor de lo más conveniente-.
El joven humano sacó un saquito y se lo tendió a Berta. La goblin lo tomo y lo abrió, estaba llena de cuentas de cristal, agarró una con dos dedos y la sostuvo frente a su ojo sano -de dónde han salido, hay muchas más, una cantidad inagotable, solo tiene que tomar las decisiones correctas. Tranquila, yo le diré cuáles son-.
¿Ese humano era imbécil? ¿La estaba intentando comprar con cuentas de cristal brillantes? ¿No se daba cuenta de que el vestido que llevaba, ya era más caro que la carroza en la que viajaban? La estaba subestimando. Los humanos en general tomaban por idiotas a los goblins, creían que con darles algo brillante, aunque no valiera nada, los tenían comiendo de la palma de la mano. Bien. Eso era lo que quería. La noche anterior ya sembró esa idea, al hacer creer a los emisarios humanos que, era una criatura presuntuosa y vacua. Decidió hacerse la tonta.
-Es un alivio saber que puedo encontrar un buen consejero en esta ciudad- dijo la goblin con tono atolondrado, en su mejor imitación de Vicentin y se guardó la bolsa de canicas con fingida ansia. El humano se sonrió satisfecho con la respuesta y se recostó cómodamente en su asiento, convencido de que había conseguido lo que fuera que quisiera. Berta tampoco le había hecho mucho caso mientras hablaba, solo había entendido que quería mandar él y, no se atrevía a darle un par de guantazos al consejo. Aún no sabía cómo aprovechar esta disensión entre los Igben, pero pensaba encontrar la forma.
La carroza recorrió los distritos residenciales y financieros de Puerto Igben, la multitud se agolpaba en las calles para ver pasar al cortejo de Berta, no se veían muchas caras de alegría, aunque sí de alivio. La guerra había terminado y, aunque no hubieran ganado, al menos ya sabían que vivirían un día más.
Por fin, se detuvieron frente a la torre del consejo, que se encontraba en el centro del puerto. Si se hubiera producido el asalto a la ciudad, ese punto habría atraído casi todo el fuego de la artillería naval.
Berta se despidió del humano con tono infantil y descendió de la carroza seguida de Vicentin. El vehículo se puso en marcha, casi sin esperar a que se apearan. La goblin se quedó allí, junto a Vicentin, rodeada por la compañía de coraceros goblin. Seguro que el humano se estaba riendo al pensar que la había humillado. "Humanos" pensó la goblin.
Cuando estabo segura de que el humano de la carroza ya no la veía, le lanzó la bolsa de canicas a Vicentin, mientras empezaba a subir las escaleras hacia las puertas de la torre -Para ti- le dijo -te las puedes meter una a una por donde te quepan- El consejo en pleno ya la esperaba en las puertas, ahora solo tenía que firmar el papeleo, echarles un discurso y sobre todo, hacerse con la lista de nombres, y todo eso antes de la hora de comer.
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-Y si no os gusta, no haber perdido la guerra- Berta concluyó su discurso.
Uno de los humanos levantó la mano -Disculpe, virreina, entonces... ¿Seguimos siendo independientes o un protectorado de Goblinburgo?-.
Berta puso los ojos en blanco -Para ti, es virreina baronesa Bartola Eusebia Robustiana Von Buenculon. Y ya os lo he dicho. Ahora, sois un estado libre asociado, sin voz ni voto, y tenéis todo el derecho a pagar las compensaciones de guerra. A lo único que no tenéis derecho es, a no pagarlas y a tener derechos-.
Todos los presentes empezaron a protestar hasta que Berta los interrumpió -No sé de qué os quejáis, ya tenéis más derechos que los goblins-.
Otro humano levantó la mano -Virreina...-.
-Virreina baronesa Bartola Eusebia Robustiana Von Buenculo- lo interrumpió Berta.
-Perdone, virreina baronesa Bartola Eusebia Robustiana Von Buenculon. Quería preguntar sobre los hombres que cayeron prisioneros, durante el asedio de Puerto Cervecero, no los ha mencionado y, sus familias, agradecerían tener noticias de ellos-.
Gracias a su posición en la cadena de mando, ella no lo sufrió, pero durante el asedio de Puerto Cervecero, se pasó mucha hambre, así que... algunos goblins, y Berta no quería señalar a Vicentin. Digamos que... se comieron a los prisioneros... pero lo hicieron porque tenían mucha hambre, aunque, Berta no estaba muy segura de que ese fuera el caso de Vicentin, ese crio tenía acceso a sus raciones. Fuera como fuera, los goblins ya eran bastante impopulares, no podía decirle al consejo de Puerto Igben lo sucedido, ni mucho menos que, Vicentin, tenía la culpa de todo.
-Ahora viven felizmente en las minas de ankar de Goblinburgo y, han decidido que no van a volver. Trabajar en las minas engancha- se excusó Berta.
-Pero..- insistió el humano.
-¡No!- le interrumpió la goblin.
-Es que...- insistió el humano.
-¡Qué no! Y se acabó. Seguro que en algún momento, os escriben una postal... o algo- Berta usó su tono más conciliador, aunque a los humanos no se lo pareció.
Una vez resueltas las insignificantes y absurdas dudas de los humanos, Berta, pidió que le hicieran una visita guiada por la torre.
El consejo accedió; al fin y al cabo, era lo más sensato que le habían oído decir a esa goblin en toda la mañana.
Mientras salían de la sala, Berta se acercó a Vicentin y le susurro -Cuando yo te diga, entretén a los humanos, no me importa lo que tengas que hacer. Como me pillen por tu culpa, quemo tu peluche y te hago comer sus cenizas- quitarle su peluche a Vicentin y, tenerlo encerrado en su caja fuerte para coaccionarlo, era la mejor decisión que Berta hubiera tomado nunca.
La goblin alcanzó a los humanos y, se hizo la interesada en las explicaciones que le daba Agripina Igben. La visita se desarrolló con la normalidad y el aburrimiento que eran de esperar. La cosa continuo hasta poco después de pasar frente a la puerta de los archivos. Berta dio la señal a Vicentin, que empezó a cantar y bailar como un poseso, atrayendo la atención de todos los presentes.
La goblin aprobecho y corrió a la puerta de los archivos, sacó una ganzúa de los muchos bolsillos de su vestido, la abrió con facilidad y se deslizó dentro del cuarto.
Como era de suponer de los Igben, el archivo estaba meticulosamente ordenado, no le costó dar con lo que buscaba. Pero había un problema. El listado de sucursales y nombres de barones Igben del continente, estaban anotados en un gran libro mayor. Era demasiado grande para sacarlo de allí y, aunque pudiera sacarlo, se notaria a primera vista que faltaba.
Berta maldijo y pensó rápido. Decidio que la mejor forma de ocultar que faltaba algo, era que faltara todo. Cortó las hojas del libro, hizo varios rollos y los guardó por los distintos bolsillos ocultos de su vestido.
Después, lo preparó todo para prender fuego al archivo. Pero, las cosas no arden porque sí. Recordó a ese cretino de Mercucio Igben. Le había estado dando vueltas a cómo aprovechar la, aparentemente, débil e inexistente oposición en Puerto Igben, y ahora sabía cómo hacerlo.
Prendió fuego al archivo con una risita y salió disimuladamente. Avanzó por el pasillo y se unió al grupo de humanos que, observaban a Vicentin con una mezcla de estupefacción y fascinación. En algún momento, el niño goblin, se había quedado en blanco y, no sabiendo qué hacer, se arrancó la ropa y ahora estaba tirado en el suelo fingiendo un ataque de una forma penosa.
Berta se acercó y le dio un par de patadas -Perdonen a mi asistente, le gusta mucho ser el centro de atención- los humanos humanos se encogieron de hombros e iban a continuar con la visita, justo cuando el humo del incendio empezó a llegar.
Todos corrieron al archivo para ver lo que estaba sucediendo. Berta se quedó atrás junto a Vicentin -rápido, dame la bolsa que te di antes- le espetó al niño goblin que torció el gesto -¡puedes quedarte con las canicas! Solo quiero la bolsa y... ¡Vístete! ¡Estás dando mala imagen a los goblins!- Vicentin buscó en el montón que era su ropa, encontró el saquito, vacío su contenido y se lo dio a Berta.
Como esperaba, en el saquito se podía ver un escudo heráldico. Era una variación de las armas de la casa Igben. Por alguna razón que Berta no entendía, a todos los humanos repipis les gustaba poner sus escuditos chorras en todas sus cosas. Berta echó un puñado de monedas de curso legal en El-higolann en su interior y, corrió a reunirse con los humanos.
Los humanos intentaban apagar el fuego, aprovechó la confusión para meter el saquito con dinero en la bolsa de uno de los guardias. Se acercó a Agripina Igben y tiró de su falda para llamar su atención -Esto es inaceptable y sin duda sabotaje, yo empezaría a interrogar a los guardias. Siempre son los más fáciles de comprar- le dijo con fingida preocupación.
Cuando los que la rodeaban escucharon esto, empezó una tremenda confusión. Unos humanos empezaron a acusar a otros, algunos empezaron a forcejear. Berta tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener la risa.
Por fin, alguien encontró un saquito con el escudo de un tal Mercucio Igben lleno de monedas en la bolsa de uno de los guardias.
-Sabíamos que Mercucio, estaba en contra del nuevo reparto de responsabilidades, pero esto es alta traición- Agripina miró a Berta con severidad -necesitamos ayuda para sofocar la rebelión-.
-Ni hablar- le respondió Berta -no voy a meter a un montón de goblins armados en la ciudad. Solo empeorarían las cosas y, por si fuera poco, va en contra de los acuerdos. Esto es un asunto interno de Puerto Igben y, debéis encargaros vosotros mismos. Además, ya llegó tarde a comer- la goblin se levantó la falda para no pisársela, se dio la vuelta y, se alejó con elegancia felina seguida de cerca por Vicentin.
Berta salió de la ciudad bastante satisfecha. La verdad es que fue mucho más divertido de lo que esperaba. Al llegar al campamento, corrió a su tienda.
Usando la bola de cristal, informo a los ministros de lo sucedido. También les hablo de la lista de nombres y lo que pretendía que hicieran con ella. Esto generó un pequeño "debate", la goblin asistió con impaciencia a cómo los ministros, se daban una tremenda paliza entre ellos, hasta que una de las facciones, convenció a la otra de las ventajas del plan de Berta. La verdad es que, el resultado estaba cantado, eran cuatro contra nueve.
Resuelto este punto, se unió al mariscal Eulalio Pelagatos, de los Pelagatos de toda la vida, para comer.
Los juglares goblin cantaban, el dulce sonido de la bandurria travesera amenizaban la comida. Desde la mesa podían ver cómo ardía Puerto Igben.
Las acciones de Berta, en la torre del consejo, desencadenaron una purga, en principio discreta, que, rápidamente, degenero en una pequeña guerra civil.
-Tengo que reconocerlo, Berta, eres un genio- Eulalio levantó su copa en su honor -no solo as conseguido esa lista para tus jueguecitos. As logrado que empiecen a ver fantasmas y amenazas por todas partes. Eso los hace más dependientes de nosotros- El mariscal empezó a reír -as logrado que esos asquerosos humanos, destruyan su propia ciudad. As logrado lo que queríamos, y todo sin romper los acuerdos-.
Berta apuró su copa -No era lo que buscaba, pero, he de reconocer que no está mal- puso su copa ya vacía a un lado, antes de continuar -Aunque la verdad es que, mientras paguen las compensaciones de guerra, no me importa a que dediquen su tiempo libre los humanos-.
Eulalio dejó de reír, de pronto se puso totalmente serio -Supongo que, ahora que la situación está totalmente bajo control, es hora de recoger los bártulos y volver a Goblinburgo-.
-Si y no, mariscal- Berta se inclinó sobre la mesa y hablo en tono conspiratorio -En mi visita a Verde Jardín, llegue a un acuerdo con Lucrecia, la humana repipi que, "de momento", manda en esta isla- la goblin entrelazo los dedos de las manos, un gesto que recordaba mucho su mentor, el ministro Tolentino Rascanapias -Le prometí, que retiraría el 90% de la flota y todo el ejército-.
-Espero que le sacaras algo bueno a cambio- comentó Eulalio, no muy convencido.
-sí. Le saqué ese montecito que tanto desean los ministros. Pero ese no es el asunto- Berta bajó aún más su tono de voz -Voy a autorizar que el 90% de la flota se retire. Como prometí. Pero, el ejército, solo fingirá que se retira. En realidad, se quedarán escondidos en Puerto Cervecero-.
-El ejército desplegado en El-higolann está formado por dos cuerpos de ejército, sin contar a la infantería de marina. En total somos ochenta mil efectivos -Eulalio se encendió un puro, cuando vio la cara con la que le miraba Vicentin, le dio el puro al niño goblin y se encendió otro, antes de continuar -Tengo entendido que los humanos saben contar, ¿no crees que se darán cuenta?-.
Berta puso los ojos en blanco -¡Deja de mal criar a mi asistente! Por tu culpa, ahora tendré que darle tabaco todo el tiempo- la goblin le quito el puro a Vicentin y empezó a fumarlo ella -Y con respecto a la ocultación. En Puerto Cervecero, ahora tenemos mucho espacio libre, además, los humanos no se preocupan en contarnos, para ellos, siempre somos demasiados-.
-Los humanos son bastante cortitos, es verdad. Aun así, deberíamos tomar medidas para ocultar que, la población de tu ruinosa colonia, se ha duplicado de la mañana a la noche- el mariscal mugió un aro de humo.
-Si alguien pregunta. Diremos que son cuadrillas de reconstrucción y colonos que han venido para repoblar. Si te ven a ti, diremos que te has quedado como enlace con Goblimburgo y, para coordinar a la pequeña guarnición que, debe quedarse aquí, en Puerto Igben- la goblin lo tenía todo calculado.
-Berta, te estás tomando muchas molestias con todo esto. ¿Tiene algo que ver con ese "insignificante" montecito que quieren los ministros?- el mariscal no era mariscal solo por haber liquidado a su antecesor, sabía sumar dos y dos.
-El otro día, llego un equipo de arqueólogos para, estudiar lo que hay bajo ese "insignificante" montecito. No tardaremos en tener noticias- Berta puso los pies sobre la mesa mientras fumaba -Además, pronto vendrá una auditoria Imperial para decidir si, Lucrecia, es digna de ser la señora de El-higolann- la goblin se sonrió -Ya sé que es una pantomima. La sierpe es ridícula. Intentan mantener la ilusión de que, las instituciones imperiales siguen funcionando. Mientras arrasan con el mundo. Pero nos servirá de justificación para deponer a Lucrecia. Si las cosas salen como es debido, seré la próxima gobernadora general de El-higolann-.
El mariscal se echó a reír -Seguro que a esa Lucrecia, no le hace ninguna gracia-.
-No quiero hacerlo. Pero si es necesario... yo misma mataré a esa humana repipi- dijo Berta con un tono que al mariscal le heló la sangre.
Berta había vuelto a Puerto Cervecero el día anterior y no perdió el tiempo. Envío un mensaje a Elric, usando a Sobras, su cuervo mascota. Sí, por fin le había encontrado utilidad a ese bicho, aparte de adornar.
El enano se presentó allí en unas pocas horas y pasaron la noche juntos. Ya amanecía, Berta tenía la cabeza apoyada en el pecho de Elric y enrollaba los pelos de su pecho con uno de sus dedos.
-Oh, vamos, no te pongas así, cariño- la goblin utilizaba su tono más dulce, como siempre que hablaba con el enano -Te prometí que renunciaría a intentar convertirme en ministra, no que no aceptaría la oferta de los ministros, de convertirme en gobernadora general de El-higolann-.
-A lo que estás jugando es un juego muy peligroso. Los goblins estáis obsesionados con el poder. Pero tú, deberías ser consciente de dónde te estás metiendo- Elric acariciaba la melena roja de Berta.
-No es algo que desee. Es una recompensa por un trabajo. Ser virreina no es un cheque en blanco para hacer lo que me salga de los bajos. Soy una funcionaria y tengo que hacer lo que me mandan- Berta miró a los ojos a Elric -Los goblins no somos criaturas tan libres y despreocupadas como todo el mundo piensa. Los que tenemos un mínimo de poder, nos pasamos el tiempo rindiendo cuentas a los ministros y haciendo sus recadillos-.
-Aun así, me parece que juegas con fuego- el enano acarició la mejilla de Berta.
-Creeme, es más peligroso no obedecer. Además, piensa en la erótica del poder. No me digas que no te pone la idea de follarte a la gobernadora general de todo El-higolann- el tono de voz de la goblin era de lo más sugerente.
Elric estaba a punto de responder cuando, la puerta, se abrió de golpe. Era Vicentin.
-¿¡CUÁNTAS VECES TE TENGO QUE DECIR QUE LLAMES ANTES DE ENTRAR, Y QUE CUANDO ESTOY CON ELRIC NO TE QUEDES EN LA PUERTA PONIENDO LA OREJA!?- Berta le lanzo una almohada al niño goblin y lo derribo -perdona Elric. Ya conoces a Vicentin, es como el hermano pequeño medio tonto que nunca tuve y al que habría asesinado- se excusó Berta con voz melosa.
-Es Gervasio Muerdeperros, Berta tuerta, está en tu despacho y quiere verte- Vicentin estiraba el cuello para tratar de ver desnuda a Berta.
A la goblin le rechinaron los dientes -¿Qué querrá ese gilipollas ahora?- vociferó antes de empezar a vestirse apresuradamente, teniendo buen cuidado de que Vicentin se quedara con las ganas de ver algo.
Antes de salir, le dijo a Elric -esperame, no tardaré mucho, cariño, en cuanto mande a tomar por culo a ese tolay, continuamos-. Berta se dirigió a su despacho, y allí estaba Gervasio, sentado en su sillón y con los pies sobre su escritorio.
-Tú ponte cómodo, como si estuvieras en tu casa- le soltó la goblin con acritud.
Gervasio Muerdeperros, no se dio por aludido, se levantó y se dirigió al mueble bar, destapó una frasca y olió su contenido. No debió gustarle lo que contenía, ya que la lanzo por encima del hombro, repitió la operación con otro recipiente, este pareció gustarle.
Se sentó. mientras bebía directamente de la botella, frente a Berta, que ya había ocupado su lugar tras el escritorio, la goblin ni se dignó en fingir que le interesaba lo que Gervasio estaba haciendo.
-¿Cómo puedes tener agua en el mueble bar? ¡Es asqueroso!- Dijo Gervasio dando un trago a la botella.
-Es que no es para ti, pedazo de cretino, es para las visitas humanas- una explosión sacudió el despacho.
-Eso deben ser los arqueólogos, les encantan los explosivos- Se sonrió Gervasio.
Berta puso los ojos en blanco -¿Se puede saber a qué has venido? No llevas ni una semana en la excavación y ¿puedes decirles a tus amiguitos arqueólogos que ¡DEJEN DE HACER AGUJEROS EN "MIS" PAREDES!?-.
-Qué tiquismiquis te has vuelto desde que eres virreina, antes no te importaba hacer agujeros en cualquier sitio. ¡Deja a los arqueólogos que hagan sus cosas de arqueólogos!- Gervasio volvió a beber.
-¡Antes no eran mis paredes!- Berta no disimulaba su disgusto -Bueno ¿me vas a decir a qué has venido, o me voy a tener que levantar y darte de hostias?-.
-¿Es que no recuerdas lo bien que nos lo pasábamos antes, tú y yo?- Gervasio utilizó un tono inocente y zalamero que no engañaba a nadie.
-Lo que recuerdo, es que, intentaste asesinarme y por tu culpa me quedé tuerta- la voz de Berta destilaba veneno.
-Qué rencorosa eres. Sabes que lo hice sin malicia- Gervasio se hizo el ofendido.
-¡ME IMPORTA UNA MIERDA EL PORQUÉ LO HICIERAS! ¿Por qué estáis aquí tú y los arqueólogos, en lugar de en la excavación?-
-Vinieron unos monjes humanos muy maleducados y nos echaron- Gervasio volvió a beber de la botella.
-¿Y tú lo permitiste?- Berta no era conocida por su paciencia y empezaba a acabársele.
-Bueno, sí. Pero ya habíamos terminado el trabajo- Gervasio tiró la botella vacía por encima del hombro -La tumba estaba vacía-.
-¿cómo qué vacía?- a Berta le chirriaron los dientes.
-Alguien pasó antes que nosotros y, se llevó todo lo que no estaba clavado al suelo, y algunas cosas que sí lo estaban- Gervasio se levantó para buscar otra botella en el mueble bar -Y eso que los arqueólogos lo dinamitaron todo a conciencia, pero allí solo había cosas muertas, muertas-.
Berta golpeo la mesa -¡LUCRECIA LO SABíA! Sabía que esa tumba había sido saqueada, ¡por eso me la cedió con tanta facilidad!- Berta estaba furiosa -¡Esa humana repipi, me engaño y me las va a pagar!-.
Gervasio se sonrió, siempre la había divertido ver a Berta cabreada.
