Introducción El regreso del padre.
1º Parte.
Lucrecia no respondió a su padre, solo le miró. Lo miró con unos ojos de fuego mientras su mente se reiniciaba ante la sorpresa de volverlo a ver con vida. Para el resto de los presentes, fue un minuto agónico donde la tensión se acumulaba hasta el punto de que el más mínimo ruido, el más mínimo roce, podría desencadenar la furia explosiva y descontrolada de la Condesa. Tras un sin fin de miradas furtivas viajando de un lado a otro con las frentes perladas por la ansiedad. Sin previo aviso, Lucrecia rompió el silencio con un grito que resonó por toda la habitación encogiendo el corazón del mismísimo capitán de la Guardia: ¡Todos, fuera! ¡Ya!
Paralizados por el miedo, ni el Archidiácono, ni el resto de altos funcionarios tuvo el valor de contradecir aquella mirada furiosa, y abandonaron el salón de forma atropellada. Los guardias de armadura añil fueron los últimos en salir.
Cuándo el cerrojo golpeó la jamba de la puerta, Lucrecia se volvió hacia su padre, el cual ya se había bajado del sillón. Su miradas se chocaron como dos contrincantes a punto de iniciar un duelo y entonces los dos se lanzaron el uno hacia el otro hasta fundirse en un abrazo .
Con los ojos cerrados por la alegría, Lucrecia abrazó con mayor fuerza a su padre— Oh Papá, no sabes que alegría me da verte. Después de todo este tiempo sin saber nada de tí temí por un momento que…— Lucano la interrumpió.
— Ja, ya sabes hija mía que hierba mala nunca muere jejeje. Aunque es verdad que estuvimos a punto jiajajaja.
—Debes contármelo todo, y sobre todo presentarme ah. — Lucrecia señaló con la cabeza a los tres Palanquines velados que reposaban a la izquierda.
— Todo a su tiempo, querida, pero ahora toma asiento pues te voy a contar, la mayor aventura de mi vida. Ah y no te preocupes por la salud de nadie, Isidro está en su casa y tu primo Sivos está con Markez en la Torre.
Bien, si no recuerdo mal, nos vimos por última vez antes de que la legión de momias nos atacará…
Mientras Lucano le daba la chapa a su hija, un soldado enmascarado se aproximó a uno de los palanquines para susurrarle un mensaje. En respuesta, la figura en su interior se meció la barba pensativa y tras dialogar un par de susurros con sus otros compañeros; hizo un gesto con la mano y cuatro soldados enmascarados respondieron sacando los palanquines de la habitación.
Lucano sin percatarse de la ausencia, continuó su relato cómo hicieron frente a las momias, los acertijos y la maquinaria defectuosa de su amigo Markez.
— Bien— exclamó Lucano llenando la pipa de tabaco— Después de atravesar los restos del mosaico, que la máquina de Markez había explotado!. Se abrió ante nosotros un inmenso corredor abovedado, en cuyas paredes resplandecían intrincadas escenas talladas. Al contrario que los últimos túneles, la estancia nos acogió con la luz del mediodía que se filtraba por unas aberturas laterales. Tras asegurarnos de que nada vivo protegiera
dichas cámaras decidimos instalar allí el campamento. Yo me quedé con Isidro montando la tienda de…
— ¡Bua, eso no te lo crees ni tú! ¿Lucano Averil manchandose las manos para ayudar, teniendo a otros para que lo hagan por él, cuando se ha visto eso?
Lucano, se indignó chupando con más fuerza la pipa.
—Sin duda, menuda desfachatez. ¿Acaso crees que habría dedicado algo de mi preciado tiempo si Isidro no me hubiera obligado? Además tú primo Sivos se quedó hablando con el adepto de Belisario y no estaba a mano para sustituirme.
— ¿Quien?
Sí, un joven alegre, poco despierto y más robusto que cualquier adepto del Arca que haya conocido antes. Se notaba que prefería hacer ejercicio con los libros de Markez más que leerlos jajajaja.
Era bastante gracioso, pues pronunciaba mal la R, muy propio de los valles centrales. Esto según me enteraría más tarde, despertó la curiosidad de tu primo. Y ya sabes como es él, tras compartir un par de comentarios cordiales le atacó sin piedad:
—Y bueno, Allegrano, cuéntame. ¿Cómo terminaste bajo la tutela del maestro Markez?
El otro, dudó un momento, mientras la tristeza le ensombrecía el rostro, parecía un tema sensible.
(Allegrano tiene acento frances)
— Bueno, fue todo obrrrra de mis padrrres. Ellos… fuerrrron unos militares de Lanssat que tras la muerte del emperadorrr me enviaron bajó la tutela del Maestro Markez para estudiarrr. Luego, ya sabeis… La Sierrrpe mató a todo el mundo allí. El maestro Marrrkez y yo vinimos aquí y … Él es lo único que me queda.
El chico no lo soportó más y rompió a llorar, el berrido llegó hasta nosotros, pero Markez me disuadió de atenderlo. Sin saber qué más hacer Sivos lo abrazó y mientras le empapaban media armadura escuchó cómo Alegrano le juraba entre lloros:
— Perrrrro Algún día, seré lo suficientemente fuerte para vengar la muerte de mi familia. Y destruiré a la Sierpe.
En ese momento la cámara entera empezó a retumbar y un brillo verde empezó a extenderse, iluminando los murales que adornaban las paredes. Isidro desenfundó la espada preparándose para lo peor, los dos jóvenes se volvieron con él aguardando las sorpresas que esa luz nos traería.
En su recorrido, la luz fue eliminando el polvo de los bajorrelieves, arrojando a la cámara una neblina cada vez más densa. Gracias a que el techó también empezó a brillar, pude agarrar a Márquez en su carrera frenética hacia nosotros.
— ¿Pero qué has hecho desgraciado?— le grité casi arrancándole las solapas. — No se que he hecho, pero algo ha sido.
Casi lo mato en ese momento, pero entonces vi como varios rayos empezaron a unirse en un punto y nos volvimos corriendo con el grupo. Ya solo faltaba una línea por converger, la segimos con las armas en ristre para enfrentarnos a lo que fuese y entonces no pasó nada.
Bueno, nada nada no es la palabra. Las paredes que habíamos pasado por alto resplandecían ahora con una luz propia, y con un cierto movimiento en las imágenes.
Entonces Markez se volvió hacia nosotros con los brazos extendidos y proclamó: “Bienvenidos caballeros, a los Murales de los recuerdos”.
Parte 2
Mientras Isidro me echaba el broncazo del siglo por no saber controlar a mi amigo. Markez aprovechó para retroceder y dirigirse a su aprendiz.
–Allegraaaanoooo, ¿ya sabes lo que toca ahora no? –preguntó en un tono alegre y jovial. –Sí, maestrrrro –respondió el joven, sacando de su bolsa un carboncillo y unas hojas de papel.
–¡Muy bien, muchacho!, ya le vas pillando el truco. Ahora ve y no te rompas nada . —Gracias, Maestro —respondió Allegrano con una sonrisa antes de salir corriendo hasta la primera imagen iluminada. Markez se quedó observando la pared opuesta cuando una mano se posó sobre su hombro y lo hizo saltar del susto.
— ¡Ahia! ¡Sivos, por poco te calcino! La próxima vez no roces muchacho. — Disculpe maestro Markez. Ya que mi tío está ocupado, venía a ver si pudiera arrojar luz sobre el significado de estas escenas.
— ¿Escenas? Ah los relieves escultóricos.
— ¿Espera, quieres decir… no querrás decir que no has oído hablar del Imperio de Pekino? — Hagamos como si no lo hubiera hecho. — se disculpó Sivos.
— El Imperio de Pekino fue la civilización original de Eligolann antes de su conquista. Sus naturales vivieron durante miles de años en estas tierras y ¡alcanzaron una sofisticación extraordinaria! Pero el paso del tiempo o algún suceso catastrófico que nos es esquivo provocó su caída. Pues lo que encontraron las tropas imperiales fueron solo los estertores de una raza moribunda.
Y ahora, nos hallamos en uno de los pocos vestigios originales, de aquel y glorioso Imperio. Y si la suerte nos acompaña,— exclamó con una emoción desorbitada—. en una de las tumbas escondidas de las Primeras Kinazzz. ¿No es emocionante?
— ¿Una… de las que?
Al ver la cara de confusión del chico, el ímpetu de Markez se desinfló con un suspiro, que volvió a rellenar con sus aires de ex catedrático.
— Acompañeme Joven Sivos.
Markez lo llevó ante uno de los primeros paneles luminosos, donde Alegrano se unió a la conferencia. Al verlos arrejuntarse, Isidro y yo también nos acercamos.
— Oh, fíjate. El Muro de los recuerdos … tan bien conservado… Nunca he visto un ejemplo mejor de relieve escultórico de principios de la primera era… Los antiguos Pekinos registraron mucho de su saber acumulado en piedra. Una forma de evitar el olvido de los siglos. Una política sabía sin duda…
— ¿Pero maestro no me iba a hablar de las Kinaz?
— Todo a su tiempo Joven Sivos. Observad ahora este
primer mural.
Veis la figura que lo preside con las manos alzadas.
Según la poca tradición que nos ha llegado hasta
nosotros, este debe ser Timur, dios principal de esta
gente. Se le conoce como el Padre Eterno y Soberano
celestial. Por su gesto y los relieves en movimiento
parece que en efecto está… ¡alzando la isla del mar!
¡Fascinante! Algunos diseños posteriores ya hablaban
de que Elhigolan “se alzó del mar, para escapar de los
demonios de Jade”, pero nunca creí que fuera algo
literal.
— ¿Y eso qué importancia tiene?
— ¿Cómo que…? Pero vamos a ver Sivos jejejeje. Si
me hace usted ese tipo de preguntas es que usted no
ha dado ni palo. ¡Elhigolan es una isla artificial!
Vayamos al siguiente mural.
Tras la respuesta tan desagradable de Markez, Sivos
se abstuvo de hacerle cualquier otra pregunta. El
grupo avanzó, absortos en la charla del erudito sin
percatarse que uno de los relieves del techo empezó a
mover la mirada hacia ellos.
— ¡Pero bueno, a quien tenemos aquí! Antes me
preguntabas por las Kinaz, pues aquí las tienen. Las 7
reinas, estirpe divina de Timur. Fijaos cómo
resplandecen sus coronas. Lo único… hay algo que
me intriga…
— ¿El qué? — preguntó Isidro meciéndose la perilla.
— Parece ser, que… Ya lo tengo. ¿Veis las nubes que
cubren a la figura en el cielo? Esto representa una
forma de castigo o un apartamiento. Se marcha, eso
está claro, dejando brillar a sus hijas. ¿Y el gesto de
tocar la isla? Quizá tomen posesión ante la ascensión
del padre. Vamos a ver que nos revela el siguiente
mural.
— ¡Por los huesos de Connor! La pieza central de estos murales son desgarradoras. ¡Cuanta potencia! ¡¡Cuanta expresión!!
— No te enredes Markez, un poquito de porfavor. — Exclamó Isidro ante la emoción del mago.
— ¡¿Pero no te das cuenta?! Esta técnica está por encima de todo lo conocido. Parece como si la piedra misma se hubiera moldeado…
—Que sí, ve al grano.
Con una mueca de disgusto Markez, se ajustó las gafas.
— Estos frisos narran una lucha mítica, recogida en otros muchos sitios. La Guerra en el cielo. En la mitad superior, los hijos, inferiores a sus madres ávidos de poder, conspiraron contra sus Kinaz para arrebatarles su magia divina. Así nacieron los Kinaz Usurpadoras: meros mortales elevados a la divinidad. En la mitad inferior, se muestra como las Kinaz más poderosas, dándose cuenta del peligro, prefirieron enterrarse junto a sus sacerdotes más leales, en túmulos secretos donde poder yacer a la espera del regreso de su Padre.
No están muertas como pudiera parecer, pues la aureola en sus cabezas así lo indican. Parecen dormidas…
— El segundo panel está más que claro:
Estos Usurpàdores, también llamados,
Dioses-Reyes o Kinaz, se pelearon entre ellos durante cientos de años, con el fin de alargar su existencia. Esto… empezaría la caída del imperio. Pues según los textos que conservamos, algunos de estos nuevos Kinaz se hundieron en los abismos del sacrificio, perdiéndose en la locura. Otros se mantuvieron gracias a las artes del renacimiento.Y otros buscaron respuestas en planos alejados y secretos. Siglo tras siglo, fueron decayendo hasta que fueron derrotados por un par de rebeliones campesinas, poco antes de la Invasiòn, algunas sectas perduraron ocultas en las montañas pero el
Ejército de Connor se ocupó de ellos durante la invasión.
Nadie se atrevió a hablar, incluso Markez pausó su discurso ante la gravedad de sus palabras. En ese momento, pudimos sentir el horror de esa época filtrarse hasta encoger nuestros corazones. Los gritos de las almas atormentadas en rituales nefando por aquellos segadores insaciables. Con unos pasos tímidos, Markez avanzó hasta el último mural, sin habernos percatado de ello habíamos recorrido toda la galería.
— Vaya, esto parece prometedor.
Hay un símbolo tallado en el centro
igual al de la puerta.
Este friso, no cuenta una historia
sino más bien da instrucciones
para resolver… ¡Una prueba!
¡Claro, una prueba para acceder a
la Kinaz!
Tenemos por un lado el signo del
príncipe, y la sangre …
— Entonces, ¿muestra como abrir
la puerta?— preguntó Isidro
ligeramente excitado.
— Paciencia, querido capitán.—
Respondió el erudito ojeando su
libro— Los Pekino no eran
precisamente un pueblo sencillo.
Todo está envuelto en alegorías y
simbolismo mítico.
— Ante nosotros se alza un "sello
de sangre" Otra de las artes Pekino
pérdidas. Sin duda,
desencadenada por... bueno,
sangre. Concretamente… sangre
regia.
¿Tenemos algo de eso por aquí?
En ese momento Sivos alzó la mano.
— Yo soy un príncipe.
— ¿Tu eres un príncipe? ¡Increíble! Pues nada ahora ábrete un corte en la mano, y posará en el sello.
Sivos sacó su cuchillo, y cuando se sacó el guante Isidro le detuvo.
— Espera. No sabemos qué podemos encontrar dentro. Antes de abrir nada preparémonos.
Nos colocamos alrededor de la puerta con las armas en ristre por lo que pudiera pasar, y a la señal de Isidro Sivos posó su mano en el sello. Casi inmediatamente, el sello comenzó a girar y brillar con una luz pálida y la inmensa puerta redonda cayó hacia abajo.
Nudo. parte 1
Al otro lado del umbral, se nos abrió una caverna amplia bajo el cielo abierto. Despacio y con precaución nos adentramos en un gran patio embaldosado y allí nos quedamos impresionados al contemplar un edificio ciclópeo que se alzaba de la roca desnuda hasta la grieta del techo. En los extremos de la fachada había talladas dos estatuas imponentes que parecían guardar una puerta igualmente grande. En lo alto de las escaleras, se alzaba una tarima solitaria sobre la que descansaba un gong. Los rayos mortuorios del atardecer iluminaban la superficie verde mate del instrumento oxidado, en donde se advertían unas inscripciones. Markez, sin esperar ningún reconocimiento se lanzó directo a la tarima. Esto sacó de quicio a Isidro quien miró a todas partes con la mano ya puesta en el sable. Su preocupación fue vana, pues no hubo más respuesta que el viento y los susurros del mago . Al ver que era seguro nos aproximamos a la tarima. Los rayos del sol ya se estaban apagando, sumiendo en penumbra partes de la caverna.
— Por mandato del cielo.— Empezó a narrar Markez— La corona será solo de aquel que, siendo de sangre regia, consiga superar las Pruebas que dispuso Ar-Zival la pura. Más, quien sea vencido perderá la vida…
—¡¿Pero qué narices significa esto?! — exclamé a los cuatro vientos. En ese mismo instante la caverna retumbó con el tañido de mil tambores, seguido por clamor de mil trompetas. Sobresaltado y sin tiempo para pensar corrimos para acurrucarnos tras una roca, donde contemplamos una ceremonia de aquella civilización extinta: De unas terrazas ocultas empezó a congregarse una multitud cargada con instrumentos que empezó a desfilar hasta los pies de las escaleras. En un solo movimiento sincronizado todos se giraron al frente, así pudimos ver que se trataban de las mismas momias que nos habían atacado antes. Pero con la piel más blanca que la leche, ropajes mejores y una máscara cobriza sobre la cara. En lo alto, tres figuras vestidas con túnicas brillantes, se deslizaron frente a la puerta, y tras una reverencia se postraron frente a ella. Fue impresionante, las primeras filas de la multitud se postraron al mismo tiempo, en una imitación perfecta . Los instrumentos empezaron a tocar y las filas entonaron un coro acompañando la voz grave de las figuras.
—¡¡¡¡Están vivos!!! —susurro extasiado Marquez.
Isidro, agarró el pomo del sable preparado para cualquier adversidad. Allegrano empezó a escribir como loco en su cuaderno, mientras que Markez intentaba traducir el cántico, por la
—Estos parecen tres sacerdotes… que ruegan plegarias a su reina durmiente—
De pronto, una línea de lanceros enmascarados se puso frente al coro. Este se giró sobresaltado al igual que los sacerdotes y los tambores empezaron a retumbar llenando la escena de una tensión creciente. Los lanceros se aproximaban hacia la multitud con las lanzas en ristre desatando el caos. Los sacerdotes observaban todo desde arriba aterrados. Era curioso pues los instrumentos no dejaban de sonar a pesar de los embates de los lanceros y el coro seguía cantando con una sola voz mientras eran apaleados.
Al ver tanto sin sentido, el nerviosismo se nos pegó al cuerpo.
— ¿¡Que está pasando Markez !— le grité a Markez histérico. Entre tanto barullo ya daba igual el ruido que hiciéramos. Markez me miró con el semblante desdibujado por el horror. — ¡Soltadme Perros! eso es lo que gritan una y otra vez.
Los lanceros, reunieron a la multitud como perros pastores y los hicieron subir entre exclamaciones de “Ah” y “gila la vida” una vez estuvieron a pocos escalones de la cima, los tres sacerdotes alzaron un colgante con una piedra verde refulgente. El coro reaccionó aterrado y quiso volverse pero los lanceros no les dejaron. El sacerdote con el colgante dió un paso al frente y empezó a hablar.
— ¿Qué dice? — preguntamos todos a la vez.
— Ehhh…“ Por la larga vida de nuestra Ar-kinaz…. vosotros…. daréis la vuestra” Y en ese momento los instrumentos cesaron y el coro por completo se desplomó en los escalones. En respuesta, la gema verde estalló en una onda de luz verde. Al ver semejante horror, nos ocultamos instintivamente tras la puerta para no perder la cordura. Tardamos en recuperar el aliento y cuando volvimos a asomarnos a la plaza, toda la multitud había desaparecido. Tras esperar un rato nos acercamos hasta los pies de los escalones.
— Esto no ha sido real. -- exclamó Isidro palpando la piedra pulida por el uso. — Claro que sí— le repuso sivos tendiendole un trozo de seda.
En ese momento, todos nos giramos ante unas risotadas que surgieron al otro lado de la caverna. De un portal oscuro aparecieron tres figuras ricamente engalanadas, uno con una túnica verde, otro con una roja y el último con una azul. En los pecho tenían bordados símbolos en color jade. Portaban las caras arrugadas de una vejez bien llevada, tras ellos colgaban gruesas coletas negras y su piel resplandecía con la decoloración de la pintura blanca. Sus ojos rasgados se ensombrecían con finas líneas pintadas. El trío caminaba hablando entre ellos jocosamente, según nos dijeron luego…
— ¿Como que os dijeron luego?
— ¡Por los huesos de Connor Lucrecia, no me interrumpas ahora.
Como estaba diciendo… Según nos dijeron luego, estaban felicitando al azul por el espectáculo que habían realizado antes. ¡Lo de antes había sido teatro! Y todo fueron risas hasta que nos vieron.
Ambos grupos nos quedamos congelados mirándonos, nosotros con una mezcla de terror y ansiedad y ellos con más extrañeza y asombro que otra cosa.
Nervioso por no saber qué hacer en esa extraña situación, Markez dió un paso hacia el Gong y ellos tres saltaron al instante gritando en el mismo tono.
— ¡Quieto! ¡Para! ¡Detente!
¡Quién eres!, ¡Qué quieres! ¡Qué haces aquí!
¡Estás a las puertas de muerte segura!
¡Si valoras tu vida, huye de esta locura!
¡Vete de aquí, no hay honor ni conquista!
¡Aquí se destripa, no hay danza, ni pista!
¡Vete, insensato, no toques el gong!
¡Vuelve a tu patria, a romperte el melón!
¡Pero aquí no! ¡Aquí es tu fin!
¡Aquí se te apaga la luz… por fin!
Todo su discurso lo acompañan de gestos estrambóticos y golpes al aire hasta ponerse entre nosotros y el Gong. No hay palabras en el mundo para describir el asombro que sentimos al escuchar palabras entendibles salir de sus bocas.
— Pe… ro ¿¡Sabéis…. nuestro idioma!?— exclamó Markez en un hilito de voz y la mandíbula desencajada.
— ¿A que habéis venido ¡extranyeros!?
— ¡Hemos venido a por la corona!— exclamó Sivos con toda la firmeza y determinación que pudo dar.
Los tres sacerdotes se miraron y estallaron en risas:
¡Por una corona! ¡Bah! ¡Qué locura!
¡Un aro de oro no es más que basura!
¡Fulgor en la frente! ¡Yugo en la nuca!
¡Una trampa dorada que a todos educa!
¡Ejércitos, reyes, hasta dioses cayeron!
¡Y tú, necio, crees que ya la vencieron!
¡Mil quinientos llevamos, ni uno triunfó!
¡Todos soñaron… y la cabeza rodó!
¿Tan poco te importa tu vida, tu aliento?
¡Vas derecho al tajo, al cruel sufrimiento!
¡No hay gloria! ¡No hay reino! ¡No hay melodía!
¡Solo huesos y nombres en la galería!
¡Vuelve a tu patria, busca otra corona!
¡Una de flores, de pan o amapola!
¡Pero esta, no! ¡Esta es la fiera!
¡Esta devora al que se le altera!
¡Aquí no se gana, aquí se fracasa!
¡Aquí no hay trono… solo la carcasa!
¡Vete, insensato! ¡No des otro paso!
¡Aquí se te traga… el último lazo!
— Ya veremos…
En un rápido movimiento, y aprovechando la risa de los sacerdotes, Sivos se lanzó a por el Gong. El verde se lanzó el primero pero el sable de Isidro lo hizo retroceder. Yo impedí que el Rojo pasará, bloqueando con mi bastón y pero a Markez se le escapó el azul, el cual corrió desesperadamente por los escalones
— ¡No te pierdas así!—. grito desesperado.
Mientras Sivos corría escaleras arriba, al Sacerdote rojo que tenia bloqueado, se le iluminaron los ojos y me hizo soltar mi bastón, tras ello subió corriendo tras él:
— Lo que buscas es solo una ilusión.
Te juegas la perdición,
te juegas la cabeza.
La muerte, es sombra tras esa puerta.
¡Te precipitas a tu ruina!
¡No te juegues la vida!
Varios lanceros enmascarados empezaron a llegar interponiéndose en su paso, pero él los esquivó y cuando llegó a la cima agarró la maza y alzándose gritó: ¡Alkanaz! –¡ La muerte!-- imploraron los sacerdotes. Y Sivos golpeó tres veces el gong.
Los sacerdotes cayeron desesperados, los lanceros se pusieron en guardia y un clamor se alzó de entre los nichos escondidos, encumbrando al nuevo aspirante.
— Bueno, y Colorín colorado, este cuento se ha acabado…
— ¡Pero si te falta la mitad!
— Pues esa mitad se tendrá que esperar a que regrese del baño.
A: Tranquilo todo el mundo que esto no acaba aquí. La segunda parte la recibiréis la semana que viene Dios y Cthulhu mediante, así os dejo con la intriga jejejeje y no asfixió al pobre Maestro Alberto que mucho trabajo le he dado ya. Espero que os haya gustado esta pequeña locura. Y ruego me disculpéis por todas las erratas.
Saludos cordiales, Higo Chungo.
Enlace a los grabados:
Esta es una colaboración entre el maestro Higo y un servidor. El texto es largo, pero este es un episodio importante.
Le temblaban las manos, sentía que le faltaba el aire. La última vez que tuvo un ataque de ansiedad como este, fue en el Corazón Negro, mientras el acorazado la llevaba a Verde Jardín. Berta cerró los puños con fuerza, no quería mostrar debilidad delante de Gervasio. Llevaba horas encerrada en su carroza con él, y la tenía hasta las narices desde el minuto uno.
La razón de todo este viaje, era meter un poco de sentido común en sus duras cabezotas, por las "buenas" si era posible, a los monjes metomentodo que, habían expulsado al equipo de arqueólogos de la tumba. Berta estaba de un humor de perros, la pasividad de Gervasio, por no decir su ineptitud, la habían obligado a abandonar sus labores de gobierno de la ciudad y, peor aún, posponer su encuentro con Elric.
Por fin llegaron al dichoso montecillo. Berta saltó de la carroza, aliviada de salir de ese confinamiento con Gervasio. La compañía de guardias de Puerto Cervecero que la acompañaba, formó a su alrededor y, empezaron a ascender el pequeño cerro. La goblin recordaba perfectamente el camino de cuando estuvo allí hacía unos meses.
Para la ocasión, había elegido llevar un vestido de cuello alto y cerrado, con mangas guateadas, de terciopelo rojo y seda negra. Remataba el conjunto con un hennin que provocaba la impresión de que tenía dos pequeños cuernos. Seguro que aparecer ante esos monjes con el aspecto de un diablillo, le tocaba los cojones a esos mea pilas. Además, llevaba puesto al cuello el diamante que le regaló Elric como joya de compromiso; no había mayor demostración de poder que, un brillante del tamaño de un puño de goblin.
Por fin, llegó a la cima. Sacó su pipa de larga caña y pequeña cazoleta; sabía que el humo morado y denso del loto rojo incomodaría a los humanos. Los monjes la miraron desafiantes, hacía rato que la esperaban, se detuvo ante ellos, vestida de rojo y negro, con su hennin en la cabeza y el brillante al cuello, rodeada de una densa nube de humo morado, por no contar a los cien goblins armados hasta los dientes que la acompañaban. Berta empezó a analizar a las tres figuras que los esperaban. Su altura de casi dos metros era lo más destacado de aquellos humanos. Su constitución quedaba oculta bajo los pliegues de sus capas y armadura de intrincado y fino diseño. Sus ojos rasgados centelleaban con una fiereza contenida por la serenidad y la sabiduría ancestral. Todos tenían un rostro, sin arrugas, ligeramente tostado, con el pelo cubierto por sus capuchas. Excepto el que encabezaba el grupo, que portaba una Elegante perilla plateada.
Al encontrarse, frente a los tres caballeros, estos la recibieron con una reverencia. —Virreina. Sus heraldos anunciaron que este encuentro tendría lugar. Soy Teltos, el maestro de la Orden Skivari — al enunciar su nombre, volvió a hacer una reverencia.
Berta los miró con extrañeza. Fue la primera vez que sintió un verdadero respeto provenir de un humano. Hasta en la mirada de Lucrecia, su “amiga”, advertía la chispa de incomprensión y condescendencia que toda criatura “civilizada” sentía hacia su cultura. Pero este humano, de perilla plateada y ojos rasgados, era diferente. En su mirada no había desprecio ni rencor, solo el más profundo respeto al tratar con alguien de gran renombre.
Esto descolocó a Berta, que venía preparada para amedrentar a los humanos. -Respeto viniendo de un humano, ¡esto sí que es nuevo! ¿No decías que eran unos monjes muy maleducados?- Berta, se volvio para mirar a Gervasio, que simplemente se escogió de hombros -Admito que me sorprendáis Teltos. Aun así, ¿con qué derecho os habéis presentado aquí y expulsáis a un inofensivo grupo de estudiosos?- Berta saco de una de sus mangas un rollo de pergamino con el sello de la casa Averil -En este documento sé específica que este monte y todo cuanto hay bajo él, pertenecen a perpetuidad a Goblinburgo, si tenéis quejas, hablarlo con Lucrecia que es la que firma estas cosas-.
— Palabras vacías, Virreina. — Declaró Teltos con calma, leyendo el documento que Berta le tendió — Me temo que la condesa no posee ninguna potestad sobre estas tierras. Seguro que os lo dijo. Este es un lugar sagrado para nosotros, en cuya custodia llevamos afanados desde antes de la Conquista. Y en la que seguiremos durante todo el resto de “La vigilia” hasta que, "Timur, Soberano del cielo" regrese de su exilio trayendo con él, el gran despertar —Disculpadme la cháchara. No os quiero hacer perder más el tiempo. Es un deber que llevamos cumpliendo siglos. Al cual no podemos renunciar—
Berta sujetó su pipa con los dientes y puso los brazos en jarra. Esta era la segunda vez que Lucrecia la engañaba con respecto a la tumba, contuvo su enfado -Así que está bien que unos humanos entren en la tumba y se lo lleven todo, pero ¿está mal que unos goblins entren solo a curiosear?-.
— Nadie puede sacar nada. Ni a los hombres ni a los Altos Go-beling les está permitida la entrada al descanso de los dioses. Solo ellos y sus guardianes pueden acceder a esta morada —.
-Pues te han hecho el lío, Teltos- se sonrió Berta -Tengo entendido que en esa tumba, solo quedan piedras y, solo porque no se las pudieron llevar. Así que, ¿por qué no te sientas y miras para otro lado, mientras mis arqueólogos curiosean un poco? Total, ya no nos podemos llevar nada más que polvo y algún rasguño- Berta estaba siendo amistosa para variar, sentía el respeto de Teltos y se lo quería devolver.
— Aquí hay una nota disonante que debe ser afinada. Agradezco vuestra simpatía, Virreina. Pero un juramento atroz me obliga... Y tras decir esto, Teltos desenvainó la espada, seguido por sus caballeros.
En ese mismo momento, un rugido salió de entre las nubes y retumbó por toda la montaña. Una enorme criatura alada revoloteó por encima de ellos. Hizo un par de pasadas hasta posarse en el arco central. Se trataba de un dragón, un dragón alargado, de escamas verde brillante y esqueleto de marfil, en cuyos ojos resplandecía una energía viva. Teltos guardo su espada enseguida ante la llegada de una de sus monturas.
Los guardias que rodeaban a Berta dieron un paso atrás, aterrados, ella se limitó a poner los ojos en blanco -¡Me dan igual tus juramentos atroces y tus lagartijas voladoras! Este papel dice que este monte nos pertenece- el tono de Berta se volvió más duro -La culpable de todo esto, es Lucrecia, que da lo que no es suyo. Y a sabiendas de que lo han saqueado. Si quieres montar numeritos, vete a hacerlo a su casa, por lo que a mí respecta, esto es territorio goblin ¡No me pienso ir a ninguna parte, y punto!-.
— Tranquila Virreina. Es un jinete que viene con noticias — Un cuarto caballero desmontó del lomo del dragón y se acercó hacia Teltos con prisa. Tras susurrarle algo al oído, (de lo cual Berta solo pudo oír, Pagoda, y Lucano). El maestro arrugó el rostro y se volvió a su interlocutor con los ojos abiertos de par en par. Este asintió ante la sorpresa de su líder y tras cavilar un poco. Teltos dio una señal a sus acompañantes, quienes bajaron a por los caballos —Disculpadme, Virreina.— exclamó con una reverencia más pronunciada — Vos, no sois la culpable de esta profanación, ni la condesa tampoco. Los guardianes así lo han decidido, por razones que me dispongo a averiguar. Haced con el monte lo que os plazca, la sacralidad que debíamos guardar ha abandonado sus muros. Que los vientos del cambio os sean propicios. Nos volveremos a ver. —Y tras decir esto, se subió al dragón y marchó hacia Puerta del Higo, seguido por sus caballeros montados.
Los goblin miraron con desconcierto, cómo los monjes se alejaban -los he asustado- dijo Berta totalmente convencida y, empezó a subir los escalones que conducían a la tumba. Eran tantos como recordaba y, seguían construidos a escala humana. Cuando los goblins por fin entraron en la tumba, estaban con la lengua fuera. Mientras los guardias, que iban cargados de armas y armaduras, se tiraban por cualquier sitio, intentando recuperar el aliento, los arqueólogos se pusieron a trabajar. Pronto la cámara principal estuvo iluminada.
La cámara era amplia y de techo circular, como Berta recordaba, pero cuando estuvo allí por primera vez, la sala estaba a oscuras, ahora, podía ver el muro contrario a las puertas, Presidido por un gran mural compuesto de miles de brillantes teselas. El mural era... El-higolann.
-¿Qué es eso?- le preguntó Berta a Gervasio con suspicacia.
-Yo diría, que es un mapa de la isla- dijo Gervasio sin mucho interés.
-A ver si lo entiendo. Te envían a buscar algo que marque una localización en la isla. Tú ves un mapa del tamaño de un ¡jodido granero! y, dices que no as encontrado nada-
-Bueno, los arqueólogos comentaron algo. Pero yo no le di importancia, los arqueólogos dicen muchas chorradas- Gervasio empezaba a divertirse con el tono de Berta.
Berta se frotó las sienes y habló con calma -¿me estás diciendo que, sabías que eso estaba ahí, y aun así me has hecho venir hasta aquí?-.
-¡Sí!- se sonrió Gervasio -Pero ha sido divertido-.
-¡Yo te mato!- estalló Berta, y se lanzó contra Gervasio. Por fortuna, para él, los guardias sujetaron a la goblin justo a tiempo. La alejaron, mientras agitaba los brazos como un molinillo y pataleaba, gritando -Estábamos prometidos cuando intentaste asesinarme, después ni te molestaste en comprobar si estaba bien muerta, por tu culpa me quede tuerta y, ahora, me traes aquí sin necesidad, solo para echarte unas risas ¡Recuérdame por qué aún no te he matado!-
Gervasio empezó a reír. Iba a responder cuando la goblin se liberó. Se le cortó la risa de golpe y tuvo que salir corriendo, perseguido por una muy furiosa Berta.
La persecución duró hasta que se aproximaron al mural de teselas. La joya que Berta llevaba al cuello. El gran diamante que Elric le había regalado y que había adornado una de las siete coronas de El-higolann. Empezó a brillar. El diamante tiró con una fuerza irresistible del cuello de Berta, provocando que su carrera se interrumpiera repentinamente al estamparla contra el mural. Las teselas emitieron un haz de luz. En ese momento, una voz femenina que hablaba un idioma que, solo podían entender los goblins, y no del todo, llenó la cámara: Identificado pase de seguridad Alfa. Reinicio de las instalaciones, en curso.
Un mapa holográfico en tres dimensiones de la isla de El-higolann, empezó a formarse en el centro de la sala. Los goblins se alejaron asustados. Berta intentaba quitarse la gargantilla con el diamante, que la mantenía pegada al muro, hasta que comprendió que, aquello, era lo que realmente les habían mandado a buscar los ministros. Algunos iconos aparecieron sobre localizaciones, aparentemente al azar, muchos de ellos con parpadeantes marcadores de advertencia de color ámbar, que en la lengua de los aurgos primigenios (de los antiguos goblins) avisaban de que los sellos estaban comprometidos. Fuera lo que fuera eso.
-Empiezo a sospechar que asesinar a tu antecesor, no es el mejor método académico para convertirse en arqueólogo- dijo Berta sin apartar la vista del mapa.
Mientras tanto...
La sombra del dragón sobrevoló las Elegantes calles de Puerta del Higo. Desde lo alto, pudieron observar cómo sobresalía la pagoda de 10 pisos, en plena construcción, en el jardín del Palacio Condal.
Teltos indicó a su piloto que aterrizara en aquel patio. Al desmontar, fueron recibidos por un palanquín de madera policromada y una escolta de lanceros enmascarados, vestidos con armaduras de bronce.
Una figura borrosa se movió con parsimonia y Elegancia en su interior, asomando con sus gestos una mano blanca entre los velos del palanquín. Con la misma finura, hizo un gesto, dándoles la bienvenida.
— O Teltos, O Teltos. O Gran Mariscal del cielo. Celebramos tu encuentro—
Los monjes se quedaron ojipláticos, y Teltos respondió con una inclinación muy exagerada.
— O reverendísimo Sapiente. Me inclino a sus pies. ¿Cómo os halláis aquí entre mortales? ¿Y no bajo el sagrado templo de nuestra madre yacente? ¿Acaso… ha conseguido su renacer? Con esta última pregunta, Teltos tragó saliva.
La figura alzó la mano, y los porteadores del palanquín siguieron su gesto, dando la vuelta y adentrándose en la Pagoda.