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El Augurio del Dragón

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Alegorn
(@alegorn)
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En los cielos de Tesalia, sobre el valle del río Peneo, el Anemoi Noto luchaba con sus cálidas corrientes por detener a Apeliotes el cual, mucho más exaltado de lo habitual, no parecía por la labor de esperar su turno para soplar y asolar aquellas tierras. Entretenido por la disputa, Céfiro observaba la disputa de su hermano asomando la cabeza sobre los montes Pinto, y allí fue dónde escuchó cómo una joven lanzaba su plegaría:

-Está bien, ¡Gea, Artemisa, mis diosas, prestadme vuestra ayuda! Yo, eh... Siento muc... ¡No!, Lamento haber abandonado mi puesto, la misión que me encomendaron vuestras amigas y emisarias. Estoy segura de que Iolanda y las demás podrán cuidar de la frontera en mi ausencia, está nueva misión corre mucha más prisa.

Es divina, ¿verdad? Sé que sabéis lo que estoy haciendo, a quién estoy buscando. Aún no sé el por qué, y dudo que las visiones que estoy teniendo me las mandéis vosotras, pero estoy segura de que estáis al corriente de lo que quiera que esté pasando. Por favor, no dudéis ni por un segundo de que sigo a vuestro servicio. Ehm… E-es cierto que más desencantada que cuando empecé, ¡pero mi objetivo sigue siendo el mismo que cuando me acogisteis como acólita!

Por eso, ¡por favor!, ayudadme. Estoy perdida. Y asustada desde aquel sueño hace dos noches. Necesito encontrarle, asegurarme de que está bien y... ayudarle en lo que pueda. No quiero que muera, tengo que asegurarme de que no lo haga.
Pero, el problema es que no sé dónde está, a dónde tengo que ir. Por favor, dadme una señal, apuntadme a un camino, con eso me basta, pero no soporto esta impotencia, estar tan desorientada es... peor que antes de que os encontrará. Porque ahora ya no es mi vida lo que está en juego, es la suya.

No creo que os esté pidiendo mucho. Por favor, os lo ruego.

 

Céfiro, que había dejado de observar a su hermano y ahora se centraba en la cazadora a la que algunos llamaban “Quimera” y quienes la conocían mejor “Alcmena”, vio como uno de los animales que la acompañaban, un búho, alzaba con decisión el vuelo rumbo al oeste, hacia Epiro, y cómo el semblante de la muchacha, al verlo volar, resurgía del abatimiento y cambiaba a una expresión de gran gratitud. Esa debía de ser la señal divina.
Y siendo testigo de este hecho, el Anemoi decidió alejarse de aquellas tierras, no sin antes lanzar un último grito de apoyo hacia Noto, con la esperanza de que su otro hermano, Euro, ocupara la región en su lugar y ayudara así en su camino a la muchacha y sus criaturas, empujándolas hacía su destino.

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Learntofly
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Si fuera nube y te viera, tan sólido y callado.

Si fuera nube y huyera de tu enfado legendario.

 

Queridos padres.

Os escribo por última vez y me despido.

Los últimos días he llenado mi memoria con fantásticas visiones de otros mundos, tan brillantes e intensos, que parecían haber absorbido el resplandor de millones de crepúsculos. He tenido compañía. Los niños del pueblo, huérfanos en su mayoría a causa de las sirenas, han venido a mi casa, a que les enseñe el arte de la forja unos, y a pescar, la mayoría. Morfeo me ha visitado todas las noches y me ha mostrado el Mundo donde el tiempo se dilata y se contrae a conveniencia. También me ha enseñado que hay poderes de tal antigüedad y magnitud que no tienen en cuenta a los hombres, aunque no lo hacen por maldad, sino porque no saben de nuestra existencia. Me ha mostrado también que quienes se hacen llamar Dioses entre nosotros, no son más que una pálida imitación de estas vastas entidades primigenias. Hoy lo dejo todo, que nada es en realidad, y subo al Olimpo. Me encontraré con mi Destino, sea el que sea. Me he liberado de todas las influencias: de los compañeros de los sueños, de los Dioses, de las Moiras y  Ananké. Y no temo represalias ni castigos. Haré cuanto quiera. No contaré mis latidos y buscaré mi lugar más allá de las estrellas. Un vientecillo rápido y un roce de seda acarició mi pierna. Era la cola de un zorro que cruzó como un rayo en la noche para certificar esta idea.

Hylas, quise ser un héroe; y un profeta.

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shadow_rokhan
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@learntofly es usted muy amable, morrigan.


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Learntofly
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@shadow_rokhan. Y usted es un caballero, señor Sombra.


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Alegorn
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Iniciador de tema  

Las profundidades de Gea son algo difícil de explicar en palabras, no están hechas para ser visitadas por los mortales, eso es seguro. ¿Qué se os viene a la mente cuando os has hablan de una gruta, de una cueva? ¿Un abrigo en la montaña? ¿Esos zulos entre rocas en los que hibernan los osos? ¿Quizá a algún ateniense presente se le venga a la mente los túneles de las minas de Laurión llenas de esclavos? O quizás hay aquí alguien con mundo suficiente para haber visitado una verdadera caverna, un inmenso boca en la roca llena de colmillos pétreos por la que fluye el agua formando caminos que llevan hacia las oscuras profundidades.
Si avanzas lo suficiente por una de estás el aire comienza a viciarse y la temperatura a subir, las llamas se apagan y hasta es costoso respirar. Aquellos suficientemente valientes o estúpidos para aun así querer continuar nunca regresan, perdiéndose en la oscuridad, y por ello hay quienes piensan que estas grutas son los caminos que llevan al hades, al reino de los muertos de donde el rey del inframundo rara vez ha dejado a alguien marchar.
Bueno, no sé si es cierto que todas las cuevas del mundo conducen al Erebo, pero lo que es seguro es que éste era el caso de aquella por la que descendía Menandro.

"Continúa por la cueva siguiendo sonido del agua hasta que encuentres un río en el que nada flota. Sigue su orilla hasta encontrar a una inmensa serpiente capaz de hablar. Ella conoce la verdad, más en su lengua no debes confiar. Una vez hayas acabado, sigue el curso de las aguas hasta que vuelvas a ver la luz del sol".
Aquellas habían sido las palabras con las que le había despedido el fauno antes de dejarlo solo en aquella gruta interminable.
Desde aquel momento había pasado ya bastante tiempo. Una cantidad indeterminada, bien podían haber sido días, semanas, o puede que tan solo las horas más largas que cualquier ser haya jamás vivido. Lo que era claro es que había sido todo una eternidad.

Menandro se deslizaba por húmedos pasillos más estrechos que su propia cabeza, en los que se había dejado la ropa y puede que también la piel, era difícil saberlo en aquella achicharrante oscuridad en la que apenas se distinguía la roca del agua que la impregnaba, el agua del nauseabundo vapor que colmaba el aire y el aire del propio sudor que jamás paraba de manar. Apenas se sabía dónde era arriba y dónde abajo; olía siempre a huevos podridos y en la boca se sentía un intenso sabor a sal. Así, el único sentido en el que podía confiar era el oído y por él se dejaba guiar.

Avanzaba jornada tras jornada por aquella sombra buscando los murmullos del agua. Su cansancio era comparable al de Sísifo y su sed comparable a la de Tántalo. Y aunque lo primero aún era remediable, pues cada cierto tiempo se paraba a dormir y descansar; ya había comprobado que poco podía hacer respecto a lo segundo, pues probablemente no existía ser en el mundo capaz de tragar aquella hirviente, salada y sulfurosa agua que le rodeaba.
Sin embargo, lo que le resultó más curioso es que, a pesar de que debían de haber pasado días desde la última vez que se alimentó, no había vuelto a sentir hambre desde que entró a la cueva. Puede que fuera debido a aquel inmundo olor que le asfixiaba cada vez que tomaba aire, pero su mente comenzaba a barajar otra opción, una que cada vez cobraba más y más fuerza y que de alguna forma le ayudaba a continuar:

"Esto es un sueño. Esta oscuridad no es más que un sueño. La más vívida e interminable pesadilla que jamás he soñado. Estoy cansado por la huida de Delfos, y tengo sed por culpa del queso. Mi espalda me duele porque estoy acostado en el suelo, no por arañármela en esta cueva, y mis pies se abrasan por los días de caminata y no por las aguas. Sí, todo esto no es más que un sueño del que no consigo despertar. Pero eso no es malo, eso significa que si sigo avanzando, si llego al final, podré despertar."

 

Un reflejo. El final del sueño llegó con un reflejo en el agua que interrumpía la hasta entonces impenetrable oscuridad. Siguió aquella luz entre el laberinto de espejos que eran las paredes de roca mojada hasta que oyó como dos nuevos sonidos retumbaban por la caverna. El primero era el distante arrullo del agua de un río, mucho más profundo y vivaz que los suaves e intermitentes flujos que solía seguir. El segundo era un casi imperceptible siseo que transportaba malicia en el aire.
Trato de contener el ímpetu que la ruptura de la monótona oscuridad le había dado y avanzó con cautela siguiendo el brillo, el cual cobró fuerza poco a poco hasta que finalmente, tras bordear un peñasco, se tornó en una intensa luz que le cegó tanto como si le ardieran los ojos. El dolor tardó en pasar, pero cuando por fin consiguió volver a abrir los ojos y contemplar la escena que tenía ante sí, quedó convencido de que aquello debía de ser un sueño.

Tras la oscura silueta de las últimas estalagmitas, tras la orilla de un río de aguas más negras que la propia oscuridad, se extendía un inmenso campo de brotes blancos que florecían incesantemente. Sobre ellos, en el horizonte, se alzaban dos titánicas figuras; a la izquierda, tras otro río, un colosal álamo blanco cuyas ramas alcanzaban los cielos y cuyas iridiscentes hojas brillaban más que el propio sol; a la derecha, una empinada cordillera que se elevaba cuál muralla, escupía al aire un fuego del rojo más intenso, el cuál alcanzaba unas alturas que no tenían nada que envidiar a las hojas del árbol. La combinación de las luces que ambas figuras emitían sumía al campo de flores en lo que parecía un atardecer eterno. Por mucho que buscase, jamás encontraría palabras para describir la belleza de aquel lugar.

Hechizado por tal divina visión, Menandro se lanzó hacía la orilla, dispuesto a cruzar el río y llegar a aquel radiante vergel. Pero en su imprudente carrera, acabó por tropezar, resbalar y caer al suelo, torciéndose un tobillo y puede que hasta rompiéndose la nariz. Este hecho le salvó la vida. Ya que al reincorporarse dolorido, cayó en la cuenta de las extrañas cualidades que poseía el caudal que tenía ante sí.
Todo el vapor y el miasma que manaba de la gruta por la que había venido eran engullidos por las aguas como si del propio Caribdis se tratase. No solo era eso, sino que el río succionaba todo aquello que pasara sobre él, el propio aire incluido, hundiendo toda materia hasta su abisal lecho y formando sobre un desconcertante vacío sobre el regato.

Advirtiendo cuán imposible el vadearlo, tuvo que conformarse con observar desde la orilla. Contempló atónico como las flores surgían continuamente, y descubrió maravillado pequeños susurros que parecían surgir de ellas. Y cuando estaba a punto de elaborar una teoría al respecto, volvió a escuchar el siniestro siseo, esta vez mucho más potente y cercano, y justo detrás de él.
Al voltear, se encontró con la serpiente.


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cuervos
(@cuervos)
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"La mitología griega y romana nunca había sido una de mis asignaturas favoritas en el colegio, pero a medida que fui creciendo, empecé a apreciar las leyendas y a darme cuenta de que contenían un vívido mundo de aventuras con maravillosos héroes, villanos y, sobre todo, muchas criaturas fantásticas."

- Ray Harryhausen.-

 

“Con la luz del amanecer sobre su rostro y el vuelo de los ansiosos buitres sobre su cabeza, despertó la valerosa Eudocia crucificada en alguna playa remota de Cefalonia... las manos clavadas en la madera y su cuerpo envuelto en amarres.

La Harpía sollozaba junto a ella, que corría suerte similar. Atada y amordazada y con las alas repletas de cortes, emitía descorazonadores graznidos que resonaban a lo largo de la costa.

Rumores acerca de una guerrera que viajaba hacia Ítaca sobre una bestia alada habían propiciado su captura.

Frente a ellas, un pequeño grupo de hombres ataviados con túnicas negras, diseminaban sobre la arena dientes de gran tamaño, regándolos cuidadosamente con la sangre de sus rehenes. La tarea se prolongo mientras Eudocia luchaba por no perder el conocimiento.

Desfallecida y medio muerta, miraba al cielo con la esperanza de que aquello pusiese fin al tortuoso viaje que inició hacia ya demasiado tiempo y que solo había traído desgracia, pena y muerte...

...pensamientos tan solo distraídos por el penoso llanto de la harpía, que despertaba de nuevo en ella las ascuas de la venganza.

Terminada la extraña siembra, se reunieron los encapuchados a cierta distancia para contemplar el espectáculo que se avecinaba.

La tierra tembló y de cada uno de los orificios comenzó un nacimiento. Como un parto que se demora, de cada uno de ellos brotaban lentamente criaturas carentes de carne, portando espadas y escudos, que se iban alienando y formando una peculiar escuadra esquelética cuyos ajetreos antinaturales parecían saltarse la lógica del movimiento completo, dando la sensación de que en cualquier momento podrían deshacerse, dejando solo huesos amontonados. Los enjutos soldados soportaban una vibración constante emitiendo chasquidos y sus mandíbulas no cesaban en el castañeteo.

La penumbra envolvió a Eudocia. Escuchó los látigos y vio la luz de las antorchas. Recibió de nuevo la mirada por la que la sangre fluía sin descanso, de las aterradoras Erinias.

Tisífone la habló de nuevo:

“¿Es esto lo que buscas?, ¿acaso Anhelas la muerte desdichada mortal?. Creímos haber visto en ti la justicia que nos guía, la venganza que nos forma...tal vez hayamos incurrido en error y este deba ser tu final... Dime Eudocia ¿Cuál ha de ser tu destino?”

Eudocia la miró y en sus ojos brillo el fuego y en sus entrañas estallo la furia de los dioses.

“bien, que así sea”

En la oscuridad que la envolvía cedieron los amarres y los clavos cayeron sobre la arena. En su pelo jugueteaban serpientes y de sus ojos emanaba la sangre del castigo.

El sol ilumino de nuevo la playa y vio la guerrera a los encapuchados correr en todas direcciones, tratando de escapar de los susurro que las hermanas enviaban a sus mentes...

asssseeeessinoss....culpableeees...”

La valerosa Eudocia atravesó la barrera de esqueletos llevándose a varios por delante como un toro embravecido y agarrando la espada de uno de ellos, inicio la carrera en dirección a los hombres encapuchados. Descargo sobre ellos la ira y el dolor acumulado ante el regocijo de las hermanas de la venganza, que se alejaban para perderse en el horizonte.

La escalada de miembros amputados y túnicas cubiertas de sangre cesó cuando solo uno de ellos quedó con vida que tembloroso, se arrastraba por la arena tratando de escapar de la furia desatada.

De el obtuvo la guerrera información sobre el culto al que rendía pleitesía tras prometerle mostrar misericordia. Eudocia le ordeno despojarse de la túnica y descubrió bajo ella tan solo a un miserable y escuálido joven que lloriqueaba suplicando perdón.

El joven reveló importantes cuestiones que guardaban cierta relación con el sueño que inicio el viaje, ahora retorcido y con cuantiosas novedades, vivencia y perdidas, que poco a poco parecía ir cobrando cierto sentido.

Eudocia pensó unos instantes, perdiéndose entre sueños, recuerdos y pensamientos. Decapito entonces sin piedad al joven y agarrando la cabeza, alzo la espada y se giro hacia los recién nacidos guerreros de hueso aullando con fuerza.

Al unísono, los descarnados se postraron ante su nueva líder.

 

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Learntofly
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Hylas penetró en la noche tras el zorro.

Anduvo meditando durante la caminata ascendente que le llevaría al Olimpo. Pensó en la muerte, en su muerte, más que en cualquier otra cosa. Y en que le encantaría encontrarse con el perro guardián del Hades y derrotarlo, ese sí que sería un buen triunfo para llevarse al Tártaro, pues sabía que nada tenía para alcanzar los Campos Elíseos. «Sí, algunos triunfos», puede que fuera eso lo que necesitara. Se preguntaba por qué apartaba de sí a quienes más apreciaba, qué espíritu burlón le servía de lazarillo y le empujaba al centro de todas las trampas. Solo para divertirse, seguro, él no veía otra ganancia.

El camino se fue haciendo más agreste y empinado, nada amable, y un viento aullante y arisco comenzó a azotarle al borde de la mañana. Las rachas le empujaban sin piedad, y Hylas creyó ver la mano de Ananké en aquella señal. Una forma de decirle que debía interrumpir la escalada. Un «espera a tus amigos» le era sugerido cada vez que el aire frío le abofeteaba y hacía de su caminar un penoso suplicio. «Que se joda la Necesidad» ―dijo entre dientes―, cuando notó que flaqueaba la entereza de su propósito de llegar a la cumbre. Y se rio a carcajadas cuando, tras escupir el juramento a la cara de la diosa, las rachas de viento frío cesaron como por arte de magia. «No somos tan frágiles, ¿verdad?, solamente necesitamos saber que debemos aguantar un poco vuestra divina presión, y enseguida se pasa…»

Pensó que su historia compensaba a la de Hefesto ―quien cayó del Olimpo al mar― y se preguntó por qué nunca sintió devoción por el Dios patrón de su oficio. Puede ―se dijo―, que no sea en realidad un herrero, que tan solo conozca el arte de la herrería. Quizá sea un marinero. Pero por más que rebuscó en su interior, tampoco percibió simpatía por Poseidón. Concluyó que poco le importaban los titanes, ni los dioses, ni sus enrevesados parentescos. Y si el mundo debía pertenecer a alguien, merecía ser de los hombres, que tantos trabajos y sacrificios hacían en nombre de otros.

Encontró diversas criaturas en su camino. Algunas las mató para alimentarse. Otras veces debió vencerlas en furiosos combates sin más propósito que el de seguir vivo y continuar su ascenso. Halló serpientes de dos y más cabezas, aves carroñeras que disputaban sus presas a las águilas, ratas de garras leoninas, insectos de tamaños monstruosos y lagartos que escupían veneno. La fuerza de su brazo fue casi siempre suficiente para dominarlos, y cuando no era bastante la potencia, recurría a su astucia o huía como un cobarde. Dormía poco, los augurios volvieron a atormentarle. Recordó a sus compañeros, y algunas veces, se ayudaban mutuamente en batallas oníricas, como la vez que mataron entre todos a un gigantesco cíclope en Tebas. Se encontró con seres engañosos que le quitaron las ropas y el martillo mientras dormía. Arrebató a un oso su cueva a pedradas. Tropezó con Bía, con Eris, con Fobos y Deimos. Trasegó ambrosía con Momo al que venció en una lucha de ingenio. Se las tuvo que ver con Zelo y con la engañosa Selene. Luchó por su vida con muchos, pero llegó solo a la cumbre. Y se acercó a la entrada de la cueva por la que brotaban los inmundos vapores de la respiración de su enemigo.

Estaba solo, hambriento, desnudo, sin armas.., y hacía frío.

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shadow_rokhan
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ἀνάγκᾳ δ’ οὐδὲ θεοὶ μάχονται

"Ni siquiera los dioses se oponen a la necesidad." Simónides de Ceos.

DIARIO DE VIAJE DE ARCÉN DIA 7 PARTE II.

Después de ajustarme la armadura un frio recorrió mi espalda; porque recordé todo lo que acababa de acontecer en mi habitación, me sentí indefenso y angustiado por  lo que me espera, pero debo afrontarlo con valor de otro modo no tendré ninguna posibilidad ante los grandes retos que me aguardan; porque si la situación de torna tal y como me la describió aquel ente  encapuchado, las bestias míticas serán el menor de mis problemas.

Sin perder mas tiempo cruce el umbral de mi habitación hacia afuera y emprendí mi camino hacia el oráculo por las estrechas calles de Delfos mientras me seguía de cerca Cyrill; pude apreciar rápidamente que había cierta agitación en la ciudad, había grupos de hoplitas patrullando en formación cerrada, algo los había alarmado porque los Locagos (jefe militares de los hoplitas) estaban dirigiendo patrullas hacia afuera de la ciudad como tratando de encontrar a algo o alguien, en ese momento Cyrill me dijo que por la prisa que llevaba no había podido decirme que durante su búsqueda por información de la noche anterior, algo había sucedido en las afueras de las murallas, un centinela avisto una especie de bestia mítica que fue repelida por los arqueros con flechas incendiarias durante la noche; eso alarmo a la población y de acuerdo a lo que había escuchado mientras espiaba la junta de los TAXIARCOS de la ciudad (jefes de guerra elegidos por el pueblo), iban a organizar un grupo de hoplitas para dar caza a la creatura que amenazaba la ciudad, esta información me tomo por sorpresa pero, debía seguir hacia el oráculo.

Después de unos minutos de caminar llegamos hasta el Santuario de Delfos, este se alzaba imponente, lujoso vasto e increíblemente pomposo, por otro lado las estatuas de bronce finamente trabajado  tenían plasmadas sonrisas sardónicas, con la cuales recibían a los visitantes,  una vez dentro del santuario elegí como sacrificio un cerdo de buen peso, me costo 10 dracmas lo cual es el sueldo por 10 días de trabajo de un hoplita. una vez que se le dio muerte al cerdo, pude preguntarle al Oráculo el cual me dijo:

ORACULO: Joven arcén, veo que porfin has llegado hasta mí por lo que puedo observar la visita que recibiste durante la mañana te ha angustiado, mas sin embargo debo decirte que no debes preocuparte tienes el favor de tu visitante aunque el encuentro haya sido algo peculiar él te favorece, en tu camino veo muchos combates, guerras, heroísmo y gallardía para las cuales debes prepararte y el primer paso para ello se encuentra muy cerca de ti, debido a que ya se te ha revelado lo que ha causado el gran revuelo durante la noche, debes acabar con la creatura, ese será el primer paso, la guarida de la bestia se encuentra en la garganta oscura de una gruta cerca del monte parnaso, una vez muerta la creatura deberás ir a su guarida donde encontraras el fino regalo hecho por las manos de Hefesto, pero solo tu podrás poseerlo. Mas sin embargo si fracasas el tormento que te aguarda en el hades será eterno y despiadado.

Una cosas mas arcén, encontraras al sabio que ha de entrenarte en la cima del parnaso, el ya te espera y a tu llegada te pondrá una prueba para conocer tu valía y determinación, antes de que dejes la ciudad de Delfos, consigue 4 herraduras de plata elaboradas por Calix el mejor herrero de la ciudad, este obsequio te supondrá ganarte por completo la devoción de aquel que te ha de entrenar. Nos hemos de volver a ver joven Arcén.

Que los dioses guarden tu camino.

Después de escuchar la voz del oráculo me tranquilice por que ahora se el rumbo de los acontecimientos, antes de dejar la ciudad buscare al herrero y conseguiré las herraduras, después iré a encarar a la bestia y le daré muerte con mi espada.

 

 


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shadow_rokhan
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DIARIO DE VIAJE DE ARCÉN DIA 7 PARTE III.

Inmediatamente después de consultar al Oráculo, salí del templo en dirección al taller del herrero el cual estaba cerca de la muralla que conecta con el exterior; al llegar al taller me encontré con Calix, el cual estaba dándole los toques finales a una espada al rojo vivo; golpeando vigorosamente con su martillo  la espada contra el yunque, ese hombre era robusto alto y de poblada barba, le pregunte si tenia herraduras de plata que pudiera venderme, aunque mi pregunta le pareció un tanto rara, atino a decirme que tenia algunas guardadas que me las podría vender en 10 óbolos cada una para que mi montura fuera la mas lujosa de toda Grecia mientras soltaba una gran carcajada.

No pude evitar decirle a Calix, que todos morirían de envidia con las herraduras de plata de mi montura, mientras soltaba una carcajada también, después de comprar las herraduras me encamine hacia la salida pasando las murallas, me dispuse a seguir de cerca a una patrulla de hoplitas al mando de un LOCAGOS , ellos estaban avanzando en formación cerrada en dirección al monte parnaso, creo que ellos tienen información acerca de la localización de la bestia porque no parecían avanzar sin dirección o rumbo fijo, Cyrill también estaba convencido de eso.

Por ahora seguiré avanzando de cerca al grupo no creo que mi presencia les importe lo suficiente, la tarde esta terminándose, la oscuridad de la noche se mezcla con el color naranja del atardecer, probablemente mañana por la mañana nos acerquemos a la guarida, cuando se detengan a descansar nos detendremos cerca de los hoplitas, no podra avanzar muy lejos con todo el equipo de bronce de 40kg.


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Learntofly
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Tu poder radica en mi miedo; ya no tengo miedo, tú ya no tienes poder.

Palabras de Séneca a Nerón

 

La nueva luz del día sorprendió a Hylas observando la entrada de la gruta. Estaba calculando sus opciones y dedujo que no tenía ninguna de salir vivo de aquel trance. Pero no había subido allí para nada, sabía que debía entrar. Al fin y al cabo, lo que forja el futuro son los actos, no el miedo a ejecutarlos.

Miró alrededor buscando alguna cosa con la que protegerse de los vapores nauseabundos. A pocos metros de la caverna había un grupo de arbustos de laurel, con cuyas hojas trenzadas hizo una máscara que lo protegería de los miasmas pestíferos. Y armado con su nueva protección, Hylas enfrentó la neblina que salía de la gruta, empujada por una corriente de aire caliente que su cuerpo agradeció. El suelo y las paredes de la caverna eran ásperas y porosas, semejantes a las que formarían las coladas volcánicas. Se percibía, muy al fondo, un resplandor anaranjado y lechoso, mezcla de antorchas encendidas y los vapores malignos. Caminó con decisión hasta llegar a la fuente de la luz que iluminaba débilmente la cueva. La luz se fortalecía y niebla se iba diluyendo según se adentraba.

Los vapores salían de unas fumarolas sulfurosas.

―Están dispuestas en fila a lo largo del camino de entrada como si fueran una medida disuasoria… ―murmuró Hylas.

―Así es ―dijo una voz femenina―, los vapores alejan a cualquier animal que se acerque y no me gustan las visitas inesperadas. Pero tú eres un animal que no conozco, te pareces a mi padre, dime a qué has venido a mi casa.

Superando un instante de turbación, Hylas respondió a la voz.

―He venido a matar al dragón, ¿eres tú el dragón del augurio? Si lo eres, tendré que matarte o morir intentándolo.

―Yo no sé nada de dragones. Mi nombre es Neurístrata. Soy la hija de Hydra y de Apolo, y la nieta de Tifón. Soy alguien de quien nunca oirás hablar pues mis padres se avergüenzan de mí. Y vivo aquí, guardando la entrada secreta a las estancias de mi padre en el Olimpo. He heredado de mi madre la capacidad de regenerar mi cabeza y de mi padre el don de la profecía. Pregunta cuanto quieras, no deseo tu mal, aunque me defenderé si tu intención es hacerme daño.

El único ojo y las dos visiones de Hylas le proporcionaron la experiencia única de observar a Neurístrata tal como era, y tal como se presentaba. La sibila se acercaba a él sinuosa, arrastrando la parte inferior de su cuerpo como lo hacen las serpientes, con los brazos relajados a los lados y las manos de cinco dedos con las uñas aparentando garras. Su cuerpo era cilíndrico y escamoso. Amarillento y pálido en el vientre y rojizo en el resto. A la luz de las antorchas, su rostro de facciones humanas y reptiles combinadas no le resultó desagradable, más bien desconcertante: los ojos almendrados de pupilas verticales eran lo más notorio, el cráneo sin cabello, los diminutos pabellones auriculares y la nariz, chata y levantisca, como una cresta. A la vez, Hylas podía ver a la otra Neurístrata. La mujer de finos cabellos, sonrisa de ninfa y aura dorada que disolvió todos sus miedos.

―Habla, hombre, dime cómo te llamas.

―Soy Hylas, el herrero. Quiero saber el porqué de esta guerra absurda que se libra entre la vigilia y el sueño. Cuál es mi papel y el de mis compañeros, ¿la ganaremos?, ¿por qué…?

―¡Alto ahí! ―Dijo Neurístrata―, responderé a tus preguntas, pero debes darme algo a cambio de mi esfuerzo.

―¿Qué podría darte? Tú misma ves que no tengo nada ―dijo Hylas.

―Me conformo con un beso ―dijo ella.

―Te pagaré cuando me respondas, tú te ofreciste a contestar mis preguntas primero.
 
―Responderé tus dudas entonces. Esta es una guerra antigua, tanto como la misma Gaia. Y se generó por el afán de poder de los Dioses. Todos competían por la posesión de los territorios, y más tarde, cuando se hubieron repartido los mares y las montañas, pelearon por la posesión de todas las criaturas. Al principio, los Dioses vestían cuerpos físicos en su mayoría, pero pronto descubrieron que eran vulnerables, que podían ser muertos y dañados. Entonces comenzaron a luchar en el mundo de los sueños. Allí, como bien sabes, también se muere, pero los Dioses saben cómo conservar sus cuerpos y empezaron a usar a los hombres y los animales como avatares. Ese es tu papel y el de tus compañeros, meros ejecutores de los deseos de otros. Pero ahora las cosas han cambiado. Existen dos bandos diferenciados: unos luchan como siempre, por poseerlo todo, y los demás no hacen más que defenderse, pues han entendido que no se puede poseer a la tierra; que ellos son los hijos de Gaia y no al revés... El resultado de la guerra es incierto y se crea un resultado diferente a cada momento, a cada decisión que se toma. Solo importa la determinación de acabar una tarea. Si crees o no en ella. Veo en ti esa determinación, pero no distingo de qué lado te inclinas... Puedo ver, si tal es mi deseo, una parte del futuro de Gaia, algo de tus compañeros y de la guerra, pero contigo no puedo... Hasta ahora has vencido contra todo pronóstico...
 
―No importa. Tengo suficiente y te lo agradezco. Te pagaré ahora.
 
Hylas se acercó a Neurístrata decidido, le agarró la cabeza como hacía con Alción y la besó. El rostro draconiano se disolvió y Hylas se encontró abrazado a la mujer. Se separó de ella un tanto y miró por encima de su hombro. La empujó al suelo mientras seguían abrazados y forcejearon largo rato. Ambos sabían que era una cuestión de vida o muerte. Ella demostró ser fuerte pero él la ganaba en experiencia. Rodaron de aquí para allá, hasta que él la pudo acercar a la grieta por la que ascendían los vapores venenosos y el aire caliente.  Con un esfuerzo colosal, se acercó cuanto pudo a ella, la dominaba con todo su cuerpo, sabía que sí cedía un centímetro ella podría transformarse de nuevo y estaría perdido. Y con una arriesgada finta empujó a la dragona al abismo. Se asomó a la grieta mientras ella caía y dijo a voz en grito:
 
―Esta es la decisión que he tomado, lo que no podías ver. Si ves a tu padre le dices que este es el precio por Dafne y Cassandra.
 
Hylas recuperó la máscara de laurel y se la apretó a la cara, y salió corriendo del hogar del dragón.
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Alegorn
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Diario de Viaje de Menandro, Día ¿?:

 

Hola Menandro del futuro, soy Alcmena. Espero que me perdones por haber leído y ahora escribir en tu diario, pero lo he encontrado aquí en tu bolsa mientras espero a que despiertes y he pensado que quizá me podría dar alguna pista de por qué estabas flotando inconsciente por el río, o que al menos me ayudaría a tranquilizarme u ocupar mi mente.

Ha sido vergonzoso descubrir que mi nombre salía tanto, perdona, no me lo esperaba para nada, pero no sabes cuánto me ha alegrado.
Siento no haber estado en Tebas cuando fuiste a buscarme. La historia es larga y suena a que ya la has oído asique no la escribiré, pero, quiero que sepas que cuando dejaba todo atrás sí que pensé en escribirte pero esperaba que hubieras seguido tú vida y no quería perturbarla solo porque yo estuviera apostando la vida, me sonó demasiado infantil.

Ahora llevaba semanas buscándote, he recorrido media Hélade buscando tu rastro y parece que tú también. Y no sabes cuántas ganas tengo de abrazarte, bueno, de que tú me abraces, es… bueno, puede que tú también.

En la última entrada estabas antes de Delfos, y aunque no sé exactamente dónde estamos, pero sé que es alguna parte del Epiro, desde las montañas se veía el jónico al oeste y puede que Corcira. El Parnaso está más que lejos de aquí, han debido de pasar semanas desde entonces.

No sé cómo será la charla cuando despiertes, espero que me expliqué mejor que ahora, pero lo que he leído, el sueño, la ninfa, la mercenaria… lo que he soñado yo misma, y el modo en que te he encontrado… No me auguran nada bueno sobre lo que te ha podido pasar.
Sé de primera mano que el trato con los dioses no es para nada cómo nos lo imaginábamos de niños, y en verdad no quería involucrarme más con ellos de lo que ya estoy pero, verte así…

Pase lo que pase te prometo que a partir de ahora te protegeré y ayudaré. No tendrás que seguir solo. Y te lo dejo aquí por escrito, así podrás chantajearme con ello cuánto quieras.

 

No sé qué más escribir. Estoy preocupada, tienes pulso y ya he conseguido subirte la temperatura pero ya han pasado horas y aun no das signos de despertar. Ojalá pudiera llevarte a un curandero.

¡Ah! Ya sé que escribir, esto es un diario, puedo dejar escrito cómo te encontré, es parte de la historia.
No te imaginas cuán bonito es este valle, aquí no hace tanto viento como en las cimas por las que he venido, los álamos crecen verdes y están llenos de vida, así a voz de pronto oigo cantar a al menos cinco currucas, una docena de tórtolas y algún que otro gorrión. Es medio día, cielo está despejado y aquí a la orilla de este río, con la arena tan blanca y el agua tan transparente, parece simplemente el día perfecto.
Estaba amaneciendo cuando bajamos a beber, Koukou nos llevaba guiando toda la noche y queríamos descansar. El sol aún no había conseguido alzarse sobre las montañas y la luz era aún naranja, además alrededor del río había algo de niebla, todo eso junto a lo que brilla esta arena le daba un aura espectral. Entonces, cuando Navi y yo nos acercamos a beber oírnos algo chapeando río arriba y al acércanos a la curva del meandro allí estabas tú , flotando inconsciente, como un espectro. ¿No te parece apropiado?, encontré a “Menandro al llegar al meandro”. Yo de verdad pensé que era otro sueño. Mi reacción fue golpearme para tratar de despertar. Pero no, allí estabas, flotando, chocando lentamente contra las rocas, embarrado en la blanca arena inconsciente. Inconsciente pero vivo. El sueño era verdad.

 

Releyendo lo que acabo de escribir me doy cuenta de lo desordenado que está todo, no te rías mucho de mí cuando lo leas, por favor, y perdón de nuevo por coger el diario sin permiso.
Cuando despiertes, después de ponernos al día me aseguraré de que la siguiente entrada vuelvas a escribirla tú. No me hagas esperar mucho, de verdad quiero ese abrazo.


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Alegorn
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-Entonces, ¿me lo vas a contar? ¿Qué te pasó?

-Ya te lo he dicho, no estoy seguro, es… Lo único que recuerdo es como un sueño, ni siquiera estoy seguro de si ha pasado de verdad o de si lo he soñado, no recuerdo la mayor parte…

-Cuéntamelo, quizá te ayude.

-Estaba… Había una serpiente gigantesca, tan grande que su cuerpo podría dar dos vueltas completas alrededor a la Cadmea de Tebas y aún le sobraría cola para casi medía más. Sus escamas eran tan oscuras como la oscuridad de la que había salido y yo estaba aterrado. Es una de las cosas que me hacen dudar de si realmente ha sido o no un sueño, si lo ha sido, ¿cómo es que no me desperté de aquel terror?

-Sigue.

-Sí. La serpiente, lejos de atacarme, me invitó a cruzar. Trata de querer convencerme de algo, no recuerdo el qué, pero ella parecía ser capaz de atravesar e vacío del río que teníamos ante nosotros, y me aseguró que la respuesta que yo buscaba estaba en el interior de las flores.
»Oh, es verdad, las flores, Alcmena, había tantas flores. No te puedes imaginar lo bello que era. Del otro lado del río, hasta donde alcanzaba la vista toda estaba lleno de estás flores blancas en un hermoso atardecer. Y todas parecían susurrar, como si tuvieran vida. Es más, creo que eran vidas… Sí, ahora recuerdo, había pequeñas luces flotando entre las ellas, como fantasmas de luciérnagas viajando de flor en flor. La sierpe me vio dudar y alargando su cola reunió varias de ellas junto a la orilla. Allí las luces tomaron la forma de mi abuela.

-¿La señora Thele?

-Sí, era mucho más joven de lo que nunca recuerdo haberla visto, pero era ella.

-Aún recuerdo los bollos de queso y miel que nos hacía de pequeños.

-Siempre me extraño que te los hiciera a ti también, porque luego parecía tener algo en contra tuyo, no le gustaba que jugará contigo.

-Eso es porque siempre que nos peleábamos, y mira que nos peleamos, yo siempre te ganaba, y no le gustaba que a su queridísimo nieto fuera apalizado por una chica.

-Es que eras más mayor…

-¡Tres meses!

-¡Aun así cuenta!

-No vamos a volver a tener esta conversación. Anda sigue.

-Eh, sí. Eh… mi abuela. Las luces que flotaban entre las flores se juntaron y formaron el reflejo de mi abuela. No recuerdo las palabras exactas de la serpiente, pero me vino a decir algo así como que era eso, solo un reflejo, pero que eso significaba que ella estaba allí, en alguna parte del campo de flores y que si cruzaba, no solo encontraría lo que buscaba, sino que quizá podría incluso volver a encontrarme con ella y despedirme apropiadamente está vez.

-Wow…

-Sí. Pero yo sabía que aquello no estaba bien, no estoy seguro de por qué, pero… no estaba bien. Me negué, rechacé su oferta y ella se enfadó. Me llamó de todo, cobarde, inútil, un desperdicio, una carga… y luego se abalanzó sobre mí y alguien me salvó.
»Esta es la parte más confusa del sueño, o del recuerdo o, ¡lo que sea! Y a la vez siento que ha sido la más importante, pero, no logro recordar casi nada… Le visualizó, eso sí. Era un tipo alto, envuelto en una túnica morada oscura y con el rostro oculto bajo el yelmo de un hoplita. Creo que le agradó el que no hubiera hecho caso a la serpiente, que no hubiera cruzado y… Espera, ¡creo que me hizo esto! ¡¡Au!!

-Tu brazo… ¿qué es eso? Es como… una marca de esclavo.

-No, pero no es una quemadura es… ¿como si me hubieran pintado la piel? Aunque duele…

-¿Son dos cabezas de perro?

-Y la serpiente y el casco del tipo, ¿lo ves? Esta dibujado raro pero, es como si los perros se la estuvieran comiendo y…

-Lo que está claro es una cosa; si tienes eso, entonces no creo que fuera un sueño.

-Maldita sea, tienes razón… Pues para la siguiente parte entonces no tengo explicación, pero esto es lo que recuerdo:

»Estuve hablando con aquel hombre, dijo que quería ayudarme, me hizo esto para… eh… ¿mantener alejado a… alguien? Algo sobre Ares… maldita sea… No recuerdo nada de la conversación y siento que era muy importante. Bueno, si me acuerdo te lo cuento luego. La cosa es que luego me indicó la salida de aquella cueva; siguiendo el río. Y lo seguí, pero… a cuatro patas…

-¿Cómo?

-Era… no era yo, tenía patas en vez de manos y pies y… ¡creo que era un perro!

-¿Quién era un perro?

-Yo.

-Menandro…

-¡Lo sé! Por eso pensaba que era un sueño. Pero lo que recuerdo es seguir el rio siendo un perro. Y ¡yo qué sé! En algún momento me caería y acabaría flotando en él, y luego me debiste de encontrar, y para ese entonces ya era hombre otra vez. Es… todo lo que recuerdo… ¡No me mires así!

-Vale, te creo. O al menos creo que tú lo crees.

-En realidad no sé qué creer. Pero, de alguna forma me siento… más confiado. Antes de meterme allí estaba… al borde de un ataque de nervios. Entre los asesinos, la conspiración, los dioses, las… Pero desde que he despertado, me siento otra vez capaz de todo. Y no es como al principio, de la emoción de la aventura, no. Es un sentimiento más calmado, más sosegado. No sé si me explico.

-Bueno, quedémonos con que estás bien y has despertado. ¿Buscamos algo para comer?

-Vale, lo cierto es que me muero de hambre.

-Eso ya me lo imaginaba yo… ¡Venga chucho!

-Qué mala eres…

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Este fragmento de conversación es todo cuánto se tiene constancia del reencuentro de Alcmena y Menandro, lo único que los dioses que los observaban quisieron transmitir sobre aquel día, y solo por la importancia del relato del cabrero para comprender el resto de su viaje.
Ya que el despertar del éste y los momentos subsecuentes que compartieron ambos compañeros fueron demasiado íntimos para compartirlos con nadie más. Lo único de que podemos estar seguros aun sin confirmación oficial, es de que hubo abrazos.


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Learntofly
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Ganar sin riesgo es un triunfo sin gloria.

Pierre Corneille

 

Queridos padres:

Espero que os encontréis bien y que os alegre recibir noticias mías. Debo pediros perdón por mi larga ausencia, pues he debido enfrentar grandes peligros y no ha sido el más pequeño enfrentarme a mí mismo. Mi egoísmo y tozudez han dañado a cuantos amo en este mundo: a vosotros y a mis amigos. Mi viaje por la Hélade ha sido un simple reflejo de mi viaje interior. Las cosas que he descubierto de mí mismo debería haberlas confrontado mucho antes, pero se necesita toda una vida para darse cuenta de que solo somos niños; juguetes en las manos de otros que rigen nuestros destinos.

Todos hablan de lo difícil que es subir una montaña. Del esfuerzo y el sacrificio que hay que hacer para coronar la cumbre, pero nadie cuenta lo difícil que es bajarla. Es ahí donde se mide a los hombres; bajar una montaña te cambia la vida.

En mi viaje de vuelta desde del Olimpo, he estado yendo al mundo de los sueños para encontrarme con mis amigos, pero no los he hallado. Cada vez me encuentro con paisajes oscuros, fríos y solitarios. Pareciera que ya pasó nuestro momento y que nos han vencido hace ya mucho tiempo. El mundo que se me presenta es un erial, una desolación que solo proporciona desesperación y locura. He llamado cada noche a Morfeo para que separe los velos de la mentira que interponen los demás Oniros, pero tampoco ha acudido a mi grito de socorro.

Pero esta pasada noche he soñado algo distinto.

Empezó en la playa, como siempre. Allí estábamos todos y podía distinguirlos claramente, el Chacal de dos cabezas, la Quimera, la Gorgona, el Centauro…, pero en vez de salir del mar volvíamos hacia dentro. Caminamos largo trecho sobre el lecho del mar y seguimos un camino de luminarias oceánicas hasta las estancias de Poseidón. Fue con él con quien hicimos el pacto que debemos honrar.

Ananké, Poseidón, las Moiras y algunos otros son los aliados de Gaia. Ella, nuestra amada Tierra, ha tomado conciencia de sí misma y ha decidido no tolerar más los abusos de los Titanes y los Dioses (y de muchos de los hombres que imitamos sus conductas). Poseidón se erigió de mediador en esta guerra, eligió su bando y buscó aliados entre Ninfas y Nereidas y Ananké eligió a los hombres. Hay muchos otros seres que se han decantado hacia uno u otro bando y ahora toca representar la última obra de este teatro.

En palabras de Poseidón, lo que Gaia dejó muy claro es que el tiempo de los Dioses se ha terminado. Ya no reinarán más en la Tierra: ni en sus entrañas, ni en los cielos, ni en los valles y las montañas. Los que estén a su lado serán absorbidos por ella en su transfiguración y permanecerá su esencia divina. Pero no se los podrá ver más, y solo quedarán las historias de sus vidas y las estatuas de los templos para recordarlos.

El otro bando de esta guerra está formado por quienes no se resignan a morir y no tienen dónde ir: Tifón, Equidna, Pan…, los hombres de Ítaca y tantos otros, que casi parece un absurdo poder enfrentarlos con nuestras escasas fuerzas. Pero los enemigos de Gaia no morirán sin oponerse ni arrastrar a su locura a cuantos puedan, pues aún conservan la Esperanza ―que es el último de los males de la caja de Pandora como ya sabemos―. Creen que pueden doblegar a la Madre de Todo. Tampoco se quieren rendir ni dar explicaciones sobre sobre su conducta y de cómo malgastaron sus milenarias vidas sin hacer nunca nada realmente generoso; todo para sí, nada por los demás; egoísmo en estado puro.

Gaia le ofrece a la humanidad la oportunidad de ocupar el nicho de los Titanes y los Dioses. Nosotros, los elegidos por Ananké, somos adalides de los hombres, los escogidos para poder medrar sobre Gaia, para amarla, para admirar su belleza… para hacer todo aquello que los Dioses no hicieron y tampoco nos dieron la oportunidad…, quizá sepamos aprovecharla si ganamos esta guerra.

Mi sueño terminó cuando, tras hablar con Poseidón, volvimos por el camino submarino hacia la playa, aunque esta vez éramos conscientes de nuestra misión. Encontramos la playa iluminada por el Sol y en paz, expectante, si un lugar pudiera ser definido así.

Una sorpresa nos aguardaba en la arena. Un caballo blanco y alado estaba mirándonos emerger de las aguas. Pegaso se encabritó y corrió hacia Eudocia ofreciéndole su cuello para que lo cabalgara. Eudocia se abrazó a él, enredó sus dedos en las largas crines y le dio un beso entre los ojos…

―Zoticus, amado mío… ―murmuró.

Lo montó de un salto con una agilidad sin par y se fue cabalgándolo.

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