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Sombras de Kadazra

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Smooky Marple
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Nota: Los textos de la Resistencia y la Sierpe: en el borde del mundo, son los puntos de vista, acciones, decisiones…de cada una de las facciones antes y durante la misma contienda.

¿De qué parte estás?.

 

La Sierpe: En el borde del mundo. 2ª parte.

 

El Meldaren, buque insignia de la Sierpe, impulsado por ankar oscuro, va acortando la distancia con el último buque de la Resistencia, el Valinox.

En su avance deja una estela de sangre y de muerte.

 

Cuaderno de bitácora de Tirus de Crot, comandante del Meldaren.

 

He soñado con la victoria. Con el Gran Leviatán. He sentido su tacto en mi piel, lamiendo y lacerándola. Ha sido tal el éxtasis, que he tenido que llamar Ertus, para que me trajera uno de los cadáveres para disfrutar de él. Es una pena que, cuando lo revivan, no se acuerde de lo que le hecho a su cuerpo…Ha sido delicioso.

 

No aguanto a Coctus, el nuevo Sumo Sacerdote de los nigromantes, todo el día quejándose de que sus nigromantes están cansados, que si se están muriendo... como si yo no lo estuviera agotado de planear estrategias o de sucumbir a mi lascivia dieciocho horas al día.. prefería a Niguerión, que pena que su ambición lo llevara a ser alimento de mi pequeña.

 

Coctus me ha traído las cifras y los daños sufridos por la última escaramuza con esos desgraciados que se hacen llamar: la Resistencia. Ilusos.

  • Bajas: 2 nigromantes.
  • Daños superficiales en el casco. Reparaciones en curso.
  • Las bodegas se encuentran a su máxima capacidad con los 243 cadáveres que se pudren en ellas.
  • Reservas de ankar oscuro: al 125 por ciento, y aumentando.

 

Mi señor, conquistaré este asqueroso estrecho helado para vos. Acabaré con una de las principales rutas de aprovisionamiento de esa escoria. Nada nos parará.

La victoria es nuestra.

 

El comandante cerró el cuaderno de bitácora. 

Su corrupto y orondo cuerpo tembló de nuevo de placer. Necesitaba desahogarse, necesitaba infligir dolor hasta su propia excitación. Escuchar el sonido de la carne joven al ser desgarrada por primera vez, el ruido de los huesos al partirse como si fueran ramas secas, el olor a sangre…Sabía quién era merecedor de su atención.

 

Hizo sonar la campanilla.

 

Continuará.


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Smooky Marple
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Nota: Los textos de la Resistencia y la Sierpe: en el borde del mundo, son los puntos de vista, acciones, decisiones…de cada una de las facciones antes y durante la misma contienda.

¿De qué parte estás?.

 

La Sierpe: En el borde del mundo. 2ª parte.

 

El Meldaren, buque insignia de la Sierpe, impulsado por ankar oscuro, va acortando la distancia con el último buque de la Resistencia, el Valinox.

En su avance deja una estela de sangre y de muerte.

 

Cuaderno de bitácora de Tirus de Crot, comandante del Meldaren.

 

He soñado con la victoria. Con el Gran Leviatán. He sentido su tacto en mi piel, lamiendo y lacerándola. Ha sido tal el éxtasis, que he tenido que llamar Ertus, para que me trajera uno de los cadáveres para disfrutar de él. Es una pena que, cuando lo revivan, no se acuerde de lo que le hecho a su cuerpo…Ha sido delicioso.

 

No aguanto a Coctus, el nuevo Sumo Sacerdote de los nigromantes, todo el día quejándose de que sus nigromantes están cansados, que si se están muriendo... como si yo no lo estuviera agotado de planear estrategias o de sucumbir a mi lascivia dieciocho horas al día.. prefería a Niguerión, que pena que su ambición lo llevara a ser alimento de mi pequeña.

 

Coctus me ha traído las cifras y los daños sufridos por la última escaramuza con esos desgraciados que se hacen llamar: la Resistencia. Ilusos.

  • Bajas: 2 nigromantes.
  • Daños superficiales en el casco. Reparaciones en curso.
  • Las bodegas se encuentran a su máxima capacidad con los 243 cadáveres que se pudren en ellas.
  • Reservas de ankar oscuro: al 125 por ciento, y aumentando.

 

Mi señor, conquistaré este asqueroso estrecho helado para vos. Acabaré con una de las principales rutas de aprovisionamiento de esa escoria. Nada nos parará.

La victoria es nuestra.

 

El comandante cerró el cuaderno de bitácora. 

Su corrupto y orondo cuerpo tembló de nuevo de placer. Necesitaba desahogarse, necesitaba infligir dolor hasta su propia excitación. Escuchar el sonido de la carne joven al ser desgarrada por primera vez, el ruido de los huesos al partirse como si fueran ramas secas, el olor a sangre…Sabía quién era merecedor de su atención.

 

Hizo sonar la campanilla.

 

Continuará.

Esta publicación ha sido modificada el hace 2 meses por Smooky Marple

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guetalon
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3.

Durante más de un mes, John Hope desapareció de La Sirena Ardiente. El veterano capitán fue en busca de un barco y una tripulación. Para conseguir lo segundo, se trasladó a una taberna de mala muerte del puerto, donde solían reunirse los marineros que nada tenían que perder. Lo primero, un barco que pudiera llevarlos en busca de su fortuna, también lo encontró, aunque nadie sabe cómo, y tampoco nadie le preguntó.

Yaris por su parte tampoco estuvo ocioso. Viajó para consultar legajos antiguos en las bibliotecas de sus compañeros de hermandad y estudió todo lo que pudo sobre el Ankar azul y su uso en hechizos y brujería. 

Por fin, cuando todo estuvo listo, los dos compañeros se reunieron en una solitaria playa, una noche de luna llena y marea baja para realizar el ritual.

—Quítate el colgante y déjalo en la arena.

—¿Que qué? —preguntó John mirándolo con suspicacia.

—Lo que te he dicho. Que te quites el colgante y lo dejes sobre la arena —Sin fiarse demasiado y sin dejar de mirar al mago, John se quitó el colgante—. Quédate con la cadena, sólo necesitaremos la piedra.

Aunque no era de esos magos a los que le gusta ir cargando con el báculo, esa noche Yaris había traído uno especial. La piedra del extremo era de puro Ankar azul y su base era de plata grabada con intrincados trazos que para John no significaban nada. Yaris clavó la base en la arena húmeda y, deslizando el báculo por ella, empezó a dibujar alrededor de la piedra, lo que a John le pareció un círculo de invocación. Era la primera vez que veía uno en persona, pero le recordaba a las mamarrachadas que, en su mundo, los alquimistas dibujaban en sus libros.

Cuando terminó, el mago empezó a recitar un conjuro y bajo la mirada atónita del marinero, la piedra comenzó a desplazarse, como un gusano, por la arena. Al terminar el ensalmo la piedra quedó de nuevo inerte. Sobre la arena había dibujado el contorno de algo.

—Ahí tienes tu isla amigo mío —dijo el mago—. En su interior encontraremos nuestro tesoro.

—Ahora sólo nos queda saber dónde está.

—No te preocupes. El Ankar sabrá llegar y

con eso es suficiente.


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Smooky Marple
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La Sierpe: En el borde del mundo parte 3

Nota: Los textos de la Resistencia y la Sierpe: en el borde del mundo, son los puntos de vista, acciones, decisiones…de cada una de las facciones antes y durante la misma contienda.

¿De qué parte estás?.

 

El suave tintineo sacó a Ertus, el acólito del más bajo rango, de su ensoñación.

Ertus soñaba que le metía la campana a su señor por la boca y que se asfixiaba lentamente con ella…y ahora lo llamaba.

-Por el Gran Leviatán, ¿Qué querrá ahora esa bola de sebo?- pensó para sí Ertus.

-¿Sí, mi sire?- dijo Ertus disimulando su enfado por ser despertado.

-Tráeme al muchacho de los hoyuelos, es hora de que disfrute de él -dijo el comandante mientras se desvestía.

Ertus apartó la mirada. No por vergüenza sino porque no había nada interesante que ver.

El comandante Tirus ajustó el anillo de ankar negro alrededor de su pequeña erección. Hilos de ankar negro comenzaron a transformar el colgajo de su entrepierna en un poderoso tentáculo. 

El Meldaren se había abastecido en el último puerto de cuerpos para crear ankar oscuro, víveres …y jóvenes para saciar la lascivia de su comandante.

Entre los jóvenes, destacaba uno. No eran sus hoyuelos lo que hacían apetecible ni su tersa piel, sino que no perdió la sonrisa mientras Tirus le destrozaba la mano, no lloró ni forcejeó. Se mantuvo sereno con la mirada desafiante, era ese el desafío lo que el comandante quería romper junto a la piel del joven cuando se introdujera dentro de él.

Ertus marchó presto a la bodega. Odiaba bajar allí siempre le mordía alguna rata.

El Meldaren crujió violentamente de proa a popa.

Tirus elevó una ceja a modo de disgusto, no era el momento para que su pequeña criatura tuviera un berrinche, como él decía.

Los nigromantes comenzaron a entonar los salmos para calmar a la criatura. Todavía no era la hora. Debían estar más cerca del buque de la Resistencia.

Mientras esperaba a que Ertus llegara con el joven, el comandante cogió el cuaderno de bitácora, su grueso dedo buscó la entrada de hacía siete meses

“…Kalaziel, nos ha traído más reservas de ankar amarillo, por el Gran Leviatán como me encantaría acariciar su piel, aunque sólo fuera una vez…

La criatura está terminada. Niguerión ha hecho un buen trabajo, la ha llamado: Cecaelia.

Su torso de mujer, ha sido elaborado con cientos de mujeres... sus extremidades son unos poderosos y hermosos tentáculos, su cuerpo no-vivo ha sido imbuido de ankar negro y amarillo.

El comportamiento de Niguerión ha cambiado desde que destruimos parte de la flota de la Resistencia…Le he hecho seguir.

….. Mi Señor, lo detuvimos justo a tiempo antes de que la destruyera. Ella es vuestra, con Ella ganaremos la guerra…

Niguerión se suma a los cadáveres de la bodega..."

 

La tripulación del Valinox, último buque de guerra de la Resistencia, se estremeció por el grito de la cecaelia.

La batalle era inminente.

El comandante del Valinox miró hacia la popa. El buque médico y dos viejos cargueros comenzaban su lenta travesía a través del peligroso estrecho sorteando los icebergs y naufragios.

El Valinox viró hasta colocarse atravesando al estrecho.

-Soltad el ancla de babor. Estribor a la pendura -exhortó el comandante mientras observaba como el mascarón de proa del Meldaren cobraba vida-Alistar los cañones. Por Glexrein. Preparaos.


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guetalon
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4.

En pocos días, los dos compañeros que, a base de trabajar juntos, habían empezado a considerarse amigos, armaron el barco, enrolaron a la tripulación y partieron rumbo a lo desconocido.

Durante semanas viajaron hacia el sur, cada vez hacia tierras más cálidas, guiados por el colgante de Ankar que vibraba en la mano de John para indicarle el camino. El capitán mismo era quien manejaba el timón y solo lo dejaba cuando necesitaba dormir o descansar y, en ese caso, ponía la nave al pairo para que no se moviera si él no estaba al timón para guiarla. Era una forma lenta de avanzar, pero prefería eso a dejarle el colgante a cualquier subalterno.

Yaris, además de ser un buen mago, pronto se reveló como un más que aceptable marinero. Conocía el oficio y cuando era necesario podía relevar a cualquier oficial en sus tareas. Sin embargo, pasaba la mayor parte del tiempo en su camarote estudiando. Entre las cosas que hacía, consultaba sus cartas de navegación, y cuando pasaban cerca de alguna isla informaba al capitán para hacer un desvío temporal que les permitiera reponer agua y provisiones. 

De esta forma navegaron más de tres meses, principalmente hacia el sur y la mayor parte bajo un cielo despejado y tranquilo. Sin embargo, el viaje no fue fácil y hubo un par de momentos que casi arruinan la expedición. Por un lado, una violenta tormenta casi los hace naufragar en medio de la noche y, por el otro, el asalto de un barco pirata los puso en un verdadero aprieto. 

Del encontronazo con el barco pirata les salvó el buen hacer del capitán guiando la nave y la furia con la que se defendieron todos cuando llegó el momento del abordaje. Cuando los atacantes accedieron al barco, la tripulación entera tomó armas y se defendió con el ardor que da el saber que debes salir de ahí vivo o muerto, porque la alternativa es acabar tus días encadenado al remo de una galera. 

Las hachas se estrellaron contra cráneos y torsos, las espadas iluminaron la noche con chispas que producían al entrechocar en su violento baile y Yaris lanzaba bolas de fuego y protegía el barco de los ataques que el mago de la tripulación pirata lanzaba en su afán por llevar el barco a pique. Finalmente, John y su gente redujeron a los bucaneros, que no les quedó otra que huir con el rabo entre las piernas. Sin embargo, la victoria fue amarga, pues más de la mitad de la tripulación había muerto o estaba tan malherida que murió a los pocos días. 

—¡Tierra a la vista! —gritó el vigía.

Frente a ellos se alzaba una isla, dominada por una espesa selva tropical, y con la forma exacta de aquella que había dibujado el Ankar aquella noche hace ya varias lunas.


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Smooky Marple
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La Resistencia: En el borde del mundo parte 4

Nota: Los textos de la Resistencia y la Sierpe: en el borde del mundo, son los puntos de vista, acciones y decisiones de cada una de las facciones antes y durante la misma contienda.

¿De qué parte estás?.

 

Cuaderno de bitácora del comandante del Valinox, Joras D´Elexquer.

Por Glexrein, nunca he oído un grito tan desgarrador como el de la pobre criatura de la Sierpe.

Sé que no debería sentir pena por ella. Ha destrozado casi toda la flota de la Resistencia con sus tentáculos… aún, así…

He atravesado el Valinox en mitad del estrecho, no se sí impediremos que esos desgraciados se hagan con los buques que llevan nuestras familias, pero es lo único que podemos hacer.

No sé cuánto tiempo aguantaremos o sí conseguiremos vencerlos, soy un iluso en pensar que ganaremos…

Los tablones que taponan la brecha del costado estribor apenas aguantaran otro cañonazo de la Sierpe u otro impacto con un iceberg. Las bombas de achique trabajan sin descanso para evitar que nos hundamos.

He ordenado a Var, la clérigo de combate, que reparta granadas cargadas de ankar rojo a cada miembro de la tripulación.  No consentiré que ninguno de los míos se transforme en los títeres de la Sierpe... o que profanen sus cuerpos hasta matarlos...prefiero que mueran, aunque se conviertan en un amasijo de vísceras y hueso.

Las reservas de ankar azul y blanco a duras penas llenan un par de saquitos por cada pareja de clérigos.

Nuestro maestro armero, el goblin  Ruperto Norris, alías “y la cobra murió a los tres días por una intensa agonía”, ha creado unas ingeniosas minas submarinas que hemos ido dejando por nuestra popa.

Reconozco que tengo mis reservas sobre su artilugio que ha bautizado “al agua patos”, pero por buena o mala suerte no hemos reventado al lanzarlas, lo que si hemos notado que todo lo metálico ha adquirido magnetismo y las bolas de cañón están adheridas unas a otras...

A veces, creo que “y la cobra murió a los tres días por una intensa agonía” es un espía de la Sierpe, pero cuando te mira con esos ojillos y cecea se me ablanda el corazón y por que no decirlo, el que me salvara la vida le da pleno derecho a ser miembro de mi tripulación.

Intento sonreír y dar ánimos a mi dotación, sin embargo, las lágrimas afloran. Quiero llorar y gritar, quiero que esta pesadilla termine…a veces me tienta coger la pistola, cargarla con una bala de ankar rojo y…entonces me acuerdo de ella.

¿Estará bien?. Ella nos dio tiempo para huir. Cierro los ojos y lo último que recuerdo es una gran nube de ankar amarillo rodeándola.

La tormenta comienza a arreciar. Las velas se congelan en los mástiles.

He guardado la pistola en mi cinto, tal vez otro día no la guarde, pero hoy no es ese día…

Continuará


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guetalon
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5.

 

A la mañana siguiente echaron el ancla y armaron un bote con el que se dirigieron a la costa Yaris, John y cinco marineros. El resto, todo lo que quedaba de la mermada tripulación, quedó cuidando el barco. Antes de partir, el capitán dijo a su gente:

 

—Esperad tres días, si después de ese tiempo no tenéis noticias nuestras, partid. ¡Y que los dioses os bendigan!

 

Remaron hasta una playa de arena de coral, tan blanca que la luz se reflejaba con tal intensidad que les obligaba entrecerrar los ojos bajo el sol de la mañana.

Inspeccionaron los alrededores y llegaron a la conclusión de que al menos esa cara de la isla estaba deshabitada. Nadie parecía haber pisado esa playa en años y sólo encontraron algunos monos y otros animales propios de la jungla. Durante su exploración, dieron con la desembocadura de un río y decidieron trasladar el bote hasta él para remontarlo.

La piedra de Ankar vibraba en la mano de John indicándole que iban en la dirección correcta. Remontaron el río durante una hora. En seguida, vieron que la densidad de la vegetación y la poca profundidad del agua hacía imposible usar la barca, así que tuvieron que abandonarla y seguir a pie. No se preocuparon en esconderla, simplemente la dejaron atada a una raíz que sobresalía del agua.

Dos de los marineros abrían camino cercenando la vegetación con sus machetes. Pronto se dieron cuenta que si ahora la isla estaba deshabitada no siempre había sido así. Estaba claro que andaban por una especie de sendero antiguo aunque no sabían qué tipo de civilización lo había construido. A veces creían ver los indicios de unas ruinas, pero, si lo eran, estaban tan integradas en la selva que eran casi indetectables. 

La piedra de Ankar vibró indicando que debían abandonar el curso del río e internarse en la selva. A lo lejos vieron una montaña y John tuvo la seguridad de que la piedra lo dirigía allí. 

Quedaban solo dos horas para el atardecer y la expedición al completo se sentía agotada. Luchar contra el follaje por cada palmo de tierra que avanzaban los había dejado exhaustos. Sin embargo, a nadie le gustaba la idea de pasar la noche en la jungla sin refugio por lo que decidieron hacer un último esfuerzo y trepar esa montaña antes de que la noche se les echara encima.

Trepar aquella ladera fue una aventura. Si alguno aún tenía dudas de que aquella tierra en realidad estaba habitada, se disiparon. Allí donde la naturaleza había proporcionado alguna forma de avanzar debían apañárselas solos, pero, cuando aquello no era posible, una escalera de mano hecha de bambú o un peldaño tallado en la roca les ayudaba a avanzar. Estaban nerviosos. Desde luego, aquello no era obra de una civilización extinta. El camino estaba en buenas condiciones y miraban temerosos a todos lados, esperando la piedra que lanzada desde arriba les tirara ladera abajo.

A medio camino de la cima vieron una abertura en la piedra. Pararon a descansar y el Ankar vibró con tal intensidad en la mano de John que casi la tira al suelo. No había duda, la piedra quería o más bien, exigía, que entraran en esa cueva.


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guetalon
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6.

Entraron por una abertura tan pequeña que uno de los marineros tuvo que quedarse fuera, con orden de vigilar la entrada, porque no cabía por el orificio. El grupo desembocó en un túnel oscuro y tan estrecho que los obligó a andar en cuclillas. John iba delante y lideraba la expedición con el colgante de Ankar colgando del brazo extendido. La piedra vibraba con tanta intensidad que además de emitir un zumbido como el de una abeja, iluminaba el camino que debían seguir. 

Andaron varios cientos de metros por un sendero serpenteante que les llevó a una gigantesca sala, iluminada gracias a las plantas fluorescentes que estratégicamente cubrían parte de las paredes. De nuevo, tuvieron la certeza de que se estaban metiendo en la boca del lobo. Sin embargo, como dicen en el puerto, el pescado estaba ya vendido y no podían echarse atrás. De pronto, el Ankar dejó de vibrar.

Los marineros tenían los nervios y músculos tensos como las cuerdas de una guitarra, listos para tocar música a la primera señal de su director. Pese a ello, todos vieron los extraños grabados que cubrían las paredes. Eran gigantescos; iluminados por aquellas extrañas plantas luminiscentes que nunca antes se habían visto en Kadazra, contaban una historia que ni el mago fue capaz de interpretar.

Varios gritos, lanzados a la vez desde distintos puntos, desvelaron la emboscada. En un instante se vieron rodeados por una veintena de monstruos reptiloides que los atacaron con lanzas. Detrás de ellos, unos seres vestidos con túnicas que ocultaban su cara con una capucha, lanzaban órdenes en un idioma extraño y parecían dirigir el ataque usando a los reptiles como marionetas. 

John y su grupo se defendieron con saña, Yaris se deshizo de un par de enemigos con una bola de fuego. John y los marineros lograron vencer a varios monstruos más, pero eran demasiados y pronto se vieron sobrepasados en número gracias a refuerzos que se incorporaron al poco de empezar el enfrentamiento. Por último, rodeados y con lanzas apuntándoles, tuvieron que rendirse. 

Cuando el combate finalizó, los encapuchados se acercaron a John, que retenido por varios esbirros, forcejeaba intentando liberarse. El que parecía el líder extendió un brazo y una mano grisácea llena de pústulas y con largas y amarillas uñas tomó la barbilla de John, observándole tras la capucha. Al contacto, quedó paralizado, hipnotizado por la oscuridad de la capucha. La mano bajó lentamente por su cuello haciéndolo estremecer de asco, hasta tomar el colgante de Ankar. John sintió, incapaz de hacer nada para evitarlo, cómo se lo arrancaba de un tirón y lo guardaba entre los pliegues de sus mangas.

A un gesto suyo, los encapuchados se volvieron y los hombres lagarto ataron al grupo para encerrarlos en las mazmorras.


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guetalon
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7.

El sonido del portazo aún resonaba en sus oídos cuando los marineros se incorporaron, frotándose las muñecas doloridas.

El camino hasta las mazmorras había sido largo. Atravesaron túneles donde vieron a otras personas, de diversas razas, andrajosas y esclavizadas, picando las paredes, desmigando las entrañas de la tierra. Algunos pararon un instante para mirar curiosos a los recién llegados, lo justo antes de que los hombres lagarto restallaran sus látigos para hacerles volver al trabajo.

Cuando se acostumbraron a la oscuridad, Yaris percibió que no estaban solos en la celda. Al fondo, alguien les observaba en silencio. El mago le hizo un gesto al capitán y ambos se acercaron al desconocido. Cuando llegaron, vieron que su compañero de celda era un enano de aspecto cansado y enfermizo.

—¡Vaya! ¿Y a vosotros donde os apresaron? Debió ser cerca de aquí, se os ve lozanos. Vosotros no habéis navegado lunas enteras en la bodega de esos reptiles asquerosos.

—¿Y qué hay de tí? —contestó John—. Tienes aspecto de llevar soles en esta celda.

El viejo enano se rio muy fuerte para acabar con un acceso de tos que lo encogió por la mitad.

—Soles. Tienes razón —dijo pensativo—. Muchos soles llevo en esta mina. Demasiados. Demasiado tiempo sin salir al exterior. Demasiado, incluso para un enano.

—¿Por qué te metieron en esta mazmorra? —preguntó Yaris.

—¿Y por qué crees tú? —contestó el enano—. ¡Por intentar escaparme! —volvió a reír entre dientes—. Creo que con esta van ya veinticinco intentos. Pero os vuelvo a preguntar. ¿Dónde os apresaron?

—En el salón principal.

—¿Arriba? —Los miró asombrado—. ¡Pero eso es imposible! ¡Esta isla no aparece en los mapas! ¡Es indetectable! ¡Así lo dispusieron los sacerdotes para evitar al Culto de la Sierpe!

—Sabes mucho para ser un simple esclavo —dijo Yaris mirando al enano con atención—. ¿De qué orden eres? 

—¿Acaso eso importa ya? Basta con que sepas que también yo fui mago, en un barco como tú. Fuimos apresados hace mucho tiempo mientras navegábamos hacia Puerto Cervecero. Una noche, fuimos atacados por un barco de hombres lagarto que nos apresaron y trajeron aquí, para trabajar como esclavos en esta mina.

—¿Una mina de qué? —preguntó John.

—Ankar, por supuesto —dijeron Yaris y el enano al unísono.

—¡Ankar! ¡Ankar! ¡ANKAR! —gritó John desesperado—. ¿Es que no hay nada más en este mundo? ¿Oro? ¿Plata? ¿Diamantes? ¡Solo Ankar!

—Solo por Ankar merece la pena esclavizar a decenas de personas y esconderse del Culto de la Sierpe —le dijo Yaris a su amigo.

—¿Y esta vez para qué? ¿Otro tesoro? —rio amargamente John—. ¡Mira a dónde nos ha llevado mi Ankar! ¡Ja!

—También te dije que el Ankar era traicionero, amigo mío. Tu colgante lleva a un tesoro, nuestro error fue pensar que ese tesoro era para nosotros.

De pronto, el enano los miraba con horror, y una chispa de entendimiento iluminaba sus cansados ojos.

—¡No, no, no! —dijo lamentándose— ¡No me digáis que vosotros habéis traído el Ankar turquesa!


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guetalon
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8.

—¡Estamos muertos! ¡Todos muertos! —se lamentaba el enano sacudiendo la cabeza.

—¡Pero qué pasa! —preguntaba el mago. 

—¡Habéis traído el Ankar turquesa! ¡Por eso pudisteis encontrar la isla! ¡El Ankar os trajo! —Ellos asintieron.

—Encontré esa piedra turquesa en forma de colgante entre los restos de un tesoro escondido. Allá en mi mundo —contó John al enano—. Cuando me lo puse, sueños extraños poblaron mis noches. Me mostraban un tesoro y cómo traspasar el umbral entre mundos para obtenerlo.

—Y aquí estáis —dijo el enano con un suspiro.

—¿Por qué no nos cuentas qué está pasando, viejo compañero? —dijo Yaris.

—Tienes razón. Quizás, si os cuento qué está pasando, y ahora que somos dos magos, tengamos alguna posibilidad de salir vivos de aquí ¡Sí! —una ola de positivismo recorrió al mago llenándolo de energía.

»Llevo aquí muchos años y he visto llegar a muchas tripulaciones. Siempre cuentan la misma historia: primero, los hombres lagarto atacan su barco y hacen todos los prisioneros que pueden para luego dirigirse a esta isla, sin duda protegidos por algún conjuro de invisibilidad en todo momento.

»Cuando llegan a la isla nos meten a todos en las minas donde solo tenemos un objetivo: buscar Ankar ámbar. Kilos y kilos de Ankar de ese color. Nunca lo había visto en Kadazra y parece que solo puede encontrarse en esta isla extraña. El trabajo en las minas es brutal y al poco de llegar los débiles mueren mientras que los más vigorosos son sometidos al ritual y convertidos en hombres lagarto, pasando a ser marionetas de los sacerdotes. Los del montón, como es mi caso, quedamos para cavar en las minas hasta nuestro último aliento.

»Los sacerdotes no son de aquí aunque no sé de dónde han venido ni desde cuándo están en este mundo. Parecen eternos y no pueden o quieren reproducirse. Muy raramente muere alguno, de vejez o enfermedad, no sé deciros, pues siempre se cubren con esas capuchas que cubren sus rostros y lo único que muestran son esos asquerosos brazos llenos de pústulas. Son muy pocos, no más de dos docenas según mis cálculos, y por eso necesitan a los hombres lagarto para mantener el orden, pues ellos solos no podrían mantener sumisos a tantos esclavos.

»Aprovechando que saben poco de este mundo, he intentado ocultar mi condición de mago, pero gracias a algunos pequeños conjuros que hice en secreto, ocultando cualquier rastro mágico con toda mi habilidad, pude averiguar varias cosas. A lo largo de los años, logré espiar algunas conversaciones e interpretar algunos grabados con los que me enteré que además del Ankar buscaban los restos de un extraño ser y que necesitaban el Ankar ámbar para resucitarlo. 

»Hace algunas lunas, pude escuchar una conversación entre dos sacerdotes, donde comentaban que el esqueleto del monstruo estaba listo y ya tenían suficiente Ankar para iniciar la resurrección. Sólo quedaba conseguir el catalizador para realizar el ritual, una piedra de Ankar turquesa que les había sido robada hace mucho tiempo, sin duda, algún héroe que quiso frustrar su abominable intención. 

»—Sin embargo —dijo uno de los sacerdotes—. El gran líder está seguro de que el Ankar volverá a nosotros cuando llegue el momento, pues poderoso es el hechizo que los ancestros hicieron en él.

—Y aquí estáis —dijo el enano para concluir—. Como fue predicho. Lo bueno de que estéis aquí es que pronto podremos descansar, libres o muertos ya nos da igual. Estamos demasiado cansados para que nos importe.

Intentaron descansar algunas horas y a la mañana siguiente, según sus cálculos, la puerta de la celda se abrió de nuevo, y tanto el enano como los marineros fueron maniatados de nuevo por hombres lagarto y sacados de allí con lanzas apuntándoles a la espalda.


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guetalon
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9.

Al enano se lo llevaron por otro camino y lo dejaron en la mina junto a su cuadrilla particular para que siguiera cavando. A John y sus compañeros los trasladaron a una celda, cerca del exterior, desde la que pudieron ver, a través de un ventanuco en una de las paredes, al sol moverse y a la luna navegar.

Acercándose la medianoche, volvieron a ser trasladados. Precedidos por un sacerdote encapuchado y custodiados por varios hombres lagarto, entraron en una sala circular de dimensiones gargantuescas, con líquenes fluorescentes en las paredes y una enorme lámpara de araña que, como un sol subterráneo, aportaba luz adicional.

Por la información que el enano les había dado, John supuso que todos los sacerdotes y la mayoría de los hombres lagarto estaban en aquella sala. Sin embargo, en seguida percibió algo raro: salvo los dos sacerdotes que iban a oficiar la ceremonia, los demás se encontraban en un balcón a unos diez metros de altura y separados de los hombres lagarto que estaban en una especie de foso que rodeaba la zona principal, donde se iba a hacer el ritual de renacimiento.

Los cautivos fueron conducidos al centro de la sala y atados con una cuerda a una columna. Delante suyo, vieron en el suelo un esqueleto gigantesco. El esqueleto parecía completo y representaba un animal de unos 12 metros de largo y 4 metros de ancho. Con una descomunal cabeza dominada por una poderosa dentadura y pequeños bracitos, no se parecía a nada que John o los marineros hubieran visto antes. Sin embargo, Yaris sí había leído sobre este tipo de animales, que dominaron Kadazra hace millones de años. Según sus conocimientos, nunca se había recuperado un esqueleto completo de estos seres aunque sí algunos huesos que habían sido estudiados por la orden de magos y registrados en algunos grabados. La atención del mago pasó del esqueleto al techo cuando John le hizo un gesto para que mirara arriba. En el cenit del esqueleto, colgaba una red que mantenía en suspensión toneladas de Ankar ámbar.

Justo al rozar la medianoche empezó la ceremonia. Los hombres lagarto comenzaron a tocar unos tambores y a cantar una salmodia que sin duda los sacerdotes habían introducido en su registro primario, pues estas criaturas eran incapaces de memorizar tan complejo ritual. El sumo sacerdote, se acercó a John y, sacando un cuchillo adornado con los símbolos de un lenguaje desconocido, realizó un profundo corte en la mejilla del capitán. La sangre comenzó a manar y el sacerdote la utilizó para embadurnar el colgante de Ankar turquesa frotándolo contra su cara y provocandole más cortes muy dolorosos. 

Una vez consideró que la piedra, que estaba vinculada con John a su mundo de origen, estuvo impregnada lo suficiente con su esencia vital, el sacerdote se dirigió hacia el esqueleto y se unió a los cánticos alzando el amuleto. El acólito que lo acompañaba se dirigió a un lateral de la sala y cortó con un puñal la cuerda atada allí. De pronto, la red se desprendió y kilos y kilos de Ankar ámbar cayeron sobre el esqueleto cubriéndolo por completo con una cascada dorada.

Los cánticos se elevaron, retumbando por toda la sala. La intensidad del ritual era tal que nadie pudo percibir los gritos y el resonar de espadas, picos y hachas que se sucedían fuera de la sala. En el momento álgido, el sacerdote tiró el colgante de Ankar turquesa en el montón de piedras y decenas de cautivos, armados y listos para atacar entraron en la sala con un grito de guerra liderados por el enano. 


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