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Sombras de Kadazra

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Fasa_Ape
(@fasa_ape)
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Berta estaba de vuelta en Mangaluz, o Puerto Cervecero como lo llamaban los humanos.

Tras varias horas de espera en la puerta de la tumba, Berta decidió que lo más probable era que los humanos repipis hubieran muerto.

En ese momento, no le apetecía nada volver a enfrentarse a otra cosa muerta, lo que si le apetecía era ponerse fina de cerveza, grog goblin marca la isla del mono, o cualquier otro aguarrás que pusieran en la Babosa Mofeta.

Así que se volvió a Puerto Cervecero, total, tenía tiempo, los muertos no se iban a ir a ningún lado y con un poco de suerte las cosas muertas si que lo harían.

Decidió pasarse por su habitación en el hostal de Florinda Piñitospodridos, quería recoger algo de dinero y luego correr a su taberna preferida.

Ya en la esquina del hostal, escucho un estrépito de cristales rotos.

En la entrada de un callejón, pudo ver unas palas apoyadas contra la pared, parecía que unos enterradores estaban arrebuscando en la basura de otro. 

A eso se dedicaban los enterradores cuando no estaban enterrando o desenterrando lo que fuera.

Entrecerró los ojos desconfiada, generalmente, los enterradores no mordisqueaban los desechos de los demás en zonas tan céntricas,  pero estaba en Puerto Cervecero y Berta no sabía si aquí era lo normal.

Lo cierto era, que ver a esos tipejos pasándoselo en grande con tan poco le hizo pensar.

¿Qué habría sido de ella si no hubiera superado la prueba de la barra? ¿Habría podido llevar una vida sencilla cavando fosas, enterrando lo que tocara y dándole una paliza con la pala a cualquiera que la mirara mal o bien, además de criar a una piara de hijos?.

-¡No!- Berta meneo la cabeza, se habría terminado amargando, lo cual era mucho decir, ya que la mayoría de los goblins ya la consideraban una amargada de por sí.

Entró en el hostal, Florinda, la vieja casera, estaba roncando. Como siempre.

Berta prefería no despertarla, corrió escaleras arriba, tenía tanta prisa por llegar, que no se fijó en que la puerta de su cuarto estaba entre abierta.

Cuando entro, ya era demasiado tarde, un par de fornidos goblins le saltaron encima, derribandola y sentándose encima de ella para inmovilizarla.

Un viejo goblin se puso a cuatro patas frente a ella, acercó su curtida cara a la de Berta, el aliento le olía a ajo que tiraba de espaldas.

-¿Berta Panduro? Venimos de parte del virrey, estas cortésmente invitada a hacerle una visita- la punta de la nariz del viejo goblin rozó la de Berta. Esta se preguntó si con ese aliento no la estaría dejando rubia, le gustaba el color rojo natural de su pelo.

-Pero, a ver tolay ¿no me podías decir eso sin mas y ahorrarte este circo?- Berta estaba apunto de tirar de daga.

-¿A quién llamas tolay? ¡Tolay! El virrey puede aceptar una negativa, el gremio de enterraores ¡No!, ale chavalotes, envolverla pa regalo que nos alavamos-

Los goblins que estaban sentados sobre ella, procedieron a atarle las muñecas a los tobillos, acto seguido, uno de ellos se la cargo al hombro, como un saco de patatas y corrieron escaleras abajo.

Al llegar a recepción, Florinda estaba despierta.

-¡Berta, ya está bien! dos semanas sin verte el pelo y cuando por fin apareces, ni saludas, te vuelves a ir a montarte una orgía con unos chulazos. No paras, como te lo montas, mona ¡anda que invitas!- La casera estaba a lo suyo, como siempre.

-¡Pero oiga, señora!- soltó Berta indignada, mientras rebotaba en el hombro de su captor.

-Pasatelo bien, y a ver si esta vez, por fin vuelves con un bebe- después de esto, Florinda se puso a ver pasión de goblins en su vieja bola de cristal.

Los enterradores salieron a las abarrotadas calles de Puerto Cervecero, con Berta en volandas, trotando en dirección al palacio del virrey.

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Higo Chumbo
(@higo-chumbo)
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El Higo-Lann 5 
Tras derrotar a dos de las momias el grupo de académicos y el viejo en bata acorralaron a las momias contra la pared. Estas viéndose rodeadas soltaron un alarido gutural y una pared trasera se derrumbó mostrando un largo pasillo negro del que salieron muchas mas momias. 

El grupo contempló sus posibilidades y emprendieron la retirada al exterior. Al llegar a la puerta redonda, Markez invocó un muro de fuego para ganar tiempo, pero varias momias les alcanzaron antes de completar el muro. 

Una de ellas agarró el pie del borracho, que dormía plácidamente. Este empezó a desperezarse al sentir un zarandeo sobre su su tobillo, y al girarse para ver lo que era, soltó un grito de espanto. Seguida de un frenesí de torpes  patadas que no hicieron más que cabrear a la momia. Esta sacó un puñal de su cinto. Pero el borrajo fue más rápido y le estalló una botella en la mano soltando el agarre de la momia. Lo cual aprovechó para incorporar de un salto y pisar con furia el cráneo de la momia, hasta destrozarlo en mil pedazos. 

 

Tras derrotar a las intrusas, el grupo observa con horror como un sin fin de momias se abalanzan contra la barrera. Markez y sus alumnos corren hacia ella para intentar mantenerla activa.  Mientras Lucano se dirige a la salida tras el grito de: 

Aguantad,traeré refuerzos. 

Al mismo tiempo, en la parte baja de la montaña, los soldados habían levantado un pequeño campamento.  Mientras ellos asaban un conejo, Lucrecia, Sivos y Sidro descansaban bajo una tienda.  

En un extremo Lucrecia miraba ensimismada la pared de tela roja  tras ella Sivos y Sidro charlaban  alegremente degustando una jarra de vino: 

 

— Capitan Sidro…- Exclamó Sivos un poco intranquilo-. No cree que la Dama Lucrecia esté teniendo un comportamiento anomal. 

— Por favor, maestro Orzon, llameme Paco. Y descuide, la dama Lucrecia se encuentra perfectamente. -Repuso pegando otro sorbo a su copa-

— Gracias… Paco. Pero no cree que el hecho de que  esté susurrando a la pared sea algo …

— Preocupaciones vanas maestro, es todo muy natural. La familia Averil siempre ha tenido un comportamiento un tanto peculiar.-

—Jajajajaja, sobre todo su Tío, un hombre de grandes amores y grandes odios-  

Esta respuesta sobresaltó a Sivos,   

 

— Sí a la vista queda, de que parece  un hombre un tanto excéntrico- 

— Jajaja,- interrumpió Sidro con una risotada, mientras sacaba su pipa- Lleva poco tiempo aquí maestro sivos y no habéis tenido oportunidad de contemplar el carácter explosivo de Lucano.- Hizo una pausa para llenar su pipa y encender su pipa- Os contaré una historia:    

 

Fue hace 17 años. En aquellos tiempos ElHigo-Lann, no era un territorio independiente como lo es hoy. Sino que estaba bajo la tutela del Antiguo Reino de Celestia. Y por tanto sujeto a su jurisdicción. 

En la práctica, Lucano administraba la isla como le venía en gana. Pero dos veces al año debía viajar a Celestia para entregar los tributos, rendir cuentas y presentar su informe. 

Pero esta vez viajamos al continente como invitados al séptimo quinto cumpleaños del Rey Einar. Para no desaprovechar el viaje , Lucano pensaba entregar el informe y las balanzas. 

Yo le acompañaba en calidad de Capitán General de la Isla y como ayudante fiscal. 

Antes de seguir, ha de saber maestro Sivos, que su tío siempre gustó mucho de la vida militar. Si bien es cierto que participó en algunas batallas, su condición civil le impedía asumir muchos riesgos. 

Es por ello, que siempre se ha sentido muy orgulloso de su ascenso por méritos de guerra renegando de los grados honoríficos. 

Esto hizo que acudiera a la fiesta sin cumplir la gala de la corte. 

Vestía,  un casaca de color azul con bordados dorados en las mangas, bolsillos y cierres. Era un uniforme más funcional, más cómodo y más corto. Con el frente abotonado hasta la cintura y solo faldones traseros. Además lucía en la solapa la de la Real Orden de San Judas junto con dos cruces al mérito naval. Además de la faja de oficial general atada al cinto. 

—Para que aprecie el contraste. 

Yo vestía de acuerdo al protocolo, con: Casaca de seda azul con amplios faldones hasta la rodilla, sobrecargada de adornos dorados que recorren las solapas,  las vueltas de las mangas. Bajo la casaca, portaba el chaleco rojo con más adornos dorados donde pendían mis condecoraciones y la faja de oficial general. 

Sin olvidar la peluca blanca y  el bicornio. 

Esto no hubiera sido problema en cualquier otra corte, pero Celestia se enorgullece por ser la ciudad más elegante de todo el continente. La moda era la norma y el protocolo la ley. 

Lucano, tomaba esta actitud desafiante para para fastidiar a la reina consorte, Katrina Trapote. Segunda esposa del rey Einar. 20 años más joven.  Quien había plagado la corte de sus estirados y coquetos familiares. 

Ya os podréis imaginar nuestra entrada en la sala de baile. Un tumulto de personas ataviadas  con  pelucas cada cual más ostentosa y casacas de un sin fin de patrones y colores. Todos ellos danzaban delicadamente al son de una orquesta vestida de igual manera. 

Lucano, alzó la vista para localizar a su amigo. Pero como solo veía pelucas, avanzó entre los asistentes, ignorando sus saludos y sus burlas. 

Yo iba detrás, tratando de seguir su ritmo, hasta que se perdió en un bosque de casacas. Apreté El Paso hasta dar con su silueta. Estaba quieto, mirando hacia arriba con los puños apretados. Que estaba observando, me pregunté. Tras apartar a dos engalanados, pude verlo al igual que el. 

La reina Trapote, estaba encima de Sir Grigori Supov, valido del rey y amante de la reina. 

No pude evitar una mueca de disgusto. 

Y cuando los amantes repararon en nuestra presencia. La reina, salió de los brazos de su amante, y se acercó a nosotros con una sonrisa maliciosa: 

—Lucano querrrrrido, bienvenido. No te había rrrerreconocido con esas galas de pobrrrre. 

 

—¿Dónde está el Rey, Katrina?

Preguntó Lucano, con el mayor asco que su cara podía expresar. 

— En su alcoba, descansando. Ha sufrido una indigestión con el desayuno. 

Respondió Sir Grigori, en un tono chulesco. 

— No te he preguntado, Chaval. 

Repuso Lucano, emprendiendo El Paso hasta la puerta. 

El joven galán, de ojos claros, y cuerpo cincelado, le detuvo El Paso apoyando su mano en el pecho. Lucano lo miró desafiante. 

—No admite visitas. 

Dijo el Joven de forma chulesca. 

Lucano apretó los dientes y me lanzó una mirada iracunda. Esa mirada que muestra la chispa que desatará una inminente Ira Santa. 

— ¿ A qué os referís con Irá Santa? Preguntó Sivos, cortando la historia. 

— Jajajajaja ahora  lo veréis. 

Al instante, agarré la empuñadura de mi ropera, y di un rápido vistazo para localizar las salidas. 

Tras eso, le hice un gesto y volvió la mirada a la cara del muchacho. 

 

— Mira soplapollas, como me vuelvas a poner un dedo encima te voy a dar con la mano abierta. 

 

En un alarde de superioridad, el  joven se rió de su amenaza y con una cara de idiota, flexionando su brazo músculoso alzó su dedo índice para tocar el pecho de  Lucano.

 

— Mira como te toc..

No tuvo tiempo de acabar, pues Lucano alzó su mano y arrojó una bofetada con tanta fuerza que dio la vuelta a la cara del joven. 

La hostia resonó por todo el salón, acallando a la orquesta y atrayendo la mirada de los invitados. 

 

Durante un instante el tiempo se detuvo. Sir Grigori permanecía en shock con el cuerpo inclinado y la Reina tenía los  ojos como platos fijos en Lucano y con la boca desencajada por la sorpresa. 

Y con la mano en la empuñadura y  con la mirada fija en la mole rubia de 1,90 de alto. Estaba preparado para sacar mi espada y defender a mi señor. 

 

Entonces todo volvió a su ritmo.  La Reina estalló en ira, llamando colérica a la guardia. Los invitados se pusieron a gritar y a reír en un frenesí digno de cualquier pelea de bar.  Sir Grigori se abalanzó contra Lucano 

dispuesto a descargar toda su ira sobre su el. Pero el roce de mi  acero sobre su cuello desvió su atención. Lo cual aprovechó Lucano descargando una patada en su entrepierna. Es pobre guaperas, se hizo un ovillo retorciéndose de dolor. Lucano se levantó de un salto observó como un regimiento de alabarderos avanzaba entre los invitados  en dirección hacia ellos. Entonces una voz grave y severa nos llamó desde el trono. 

 

El Duque Euprepio Ericsen, primer ministro del rey, entró llamando  nuestra atención e ignorando los gritos de la reina. 

Nos hizo un gesto para que lo siguiéramos, pero antes de meterse en las estancias privadas  le dedicó una mirada con su único ojo a la histérica Reina. 

 

— Espero por su bien, majestad que arregle esta algarabía antes de que el rey baje a arreglarlo. 




Justo en ese instante las telas de la tienda se abrieron y entró el que llamaba sin esperar a ser invitado. 

Era Lucano en bata, con el pelo revuelto y mirada furibunda. 

— ¡Subid aprisa! ¡Estamos bajo ataque! 


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Fasa_Ape
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Tras desatarla, empujaron a Berta dentro del despacho y cerraron la puerta de golpe.

-Cuando me mandaron aquí, todo esto era campo, en cualquier momento, podría volver a serlo- dijo como toda presentación Juan Luis Dedosmorcilleros, virrey de puerto cervecero, dándole la espalda mientras miraba por el balcón.

Era un goblin rechoncho, con unas orejas particularmente grandes y peludas, sin duda se trataba de un Umpalumpa.
Goblinburgo se fundó cuando Romualdo y Ramon unificaron a las tres grandes tribus goblin originales, dícese de: Los Gamusinos, los Cenutrios y los Umpalumpas.

Juan Luis Dedosmorcilleros era Umpalumpa hasta la médula y como dice el viejo refrán goblin: Nunca permitas que un Umpalumpa manipule alimentos.

-Berta Panduro, te dábamos por muerta en la purga de Castelnuovo- dijo Juan Luis aun sin volverse.

-La gente exagera mucho- Berta parecía calmada, pero buscaba, con su único ojo, algo que pudiera utilizar como arma en ese despacho.

Juan Luis se volvió y golpeó la mesa, tirando por todas partes lo que tenía amontonado sobre ella -¿Me tomas por gilipollas?

¿Creías que podías pasearte por mi colonia sin que me enterara?.

-Bueno, pues hasta ahora...- soltó Berta con chulería.

-Cierra la puta boca, se quien eres- en este punto Juan Luis adoptó un tono más conciliador- Eres Berta Panduro, alias Berta la ladrona felona, alias Comadreja roja, Alias Culebras Friskis. Eres la niña prodigio, la mejor agente que a tenido la hermandad en los últimos cien años, apuntas alto, quieres ser ministra, no te conformas con un humilde virreinato-.

Berta se burlaba de Juan Luis imitando su parloteo, cuando el virrey la miró, dejó de hacerlo y puso cara de buena.
A Juan Luis no se la colo.

-¿Me tomas por imbécil? la única razón por la que estamos teniendo esta conversación, es porque todos los que ocupamos un puesto de importancia, hemos pertenecido a la hermandad y desertado en uno u otro momento para asesinar a un mandamás y arreglarnos la vida, la diferencia es, que tu te crees especial-.

Juan luis, saco una caja de puros y tomó uno, le ofreció a Berta, que cogió un puñado que se guardó en algún bolsillo, conservo uno que el virrey le encendió.

-Vamos a hacer un trato, no solo no te voy a denunciar por deserción, también te daré un pasaje a Goblinburgo, o a donde te salga del coño, siempre y cuando sea lejos de mi dominio, pero vas a tener que hacerme un favorcito....-.

Dos días después, Berta se bajó de un coche de garrapatos. Estaba vestida al estilo de las damas goblinburguesas.
Con doble polisón, muchos lazos de colores estridentes y un corsé que la ahogaba, todo rematado con una peluca rosa de medio metro de alto que le quedaba grande y le caía sobre los ojos.

También estaba maquillada al estilo goblin, vamos, que iba pintada como una puerta, con la cara embadurnada de blanco y los labios pintados de color rojo putón, que era justamente como Berta se sentía en ese momento.

Había sido ascendida, sin quererlo, al prestigioso puesto de plenipotenciaria del virrey de puerto cervecero , lo que significaba que tendría que representarlo en el baile en honor al gremio de armadores enanos que ofrecía un tal Sity, el humano mas rico de la isla, y al cual asistiría la flor y nata de Elhigo-Lann.

En los últimos meses, los astilleros enanos y goblins, se habían embarcado en una competición muy poco deportiva para conseguir el monopolio de contratación con la naviera de Sity.

Esa noche, los enanos entregarían a Sity su oferta, la misión de Berta era sencilla. Encontrar esos documentos, memorizar las especificaciones técnicas de los barcos que ofrecían, estimaciones de tiempos de entrega y por supuesto, los precios, a fin de que los astilleros goblins pudieran mejorar la oferta.

Era pan comido, una misión de espionaje industrial de manual. Berta empezaba a pensar que, en realidad, lo que quería Juan Luis, era librarse de ir a ese coñazo de fiesta.

No le podía culpar, por eso, cuando fuera ministra, se aseguraría de que ese Umpalumpa tolai, asistiera a todos los bailes de etiqueta que se celebraran en el continente.

De norte a sur.

De por vida.

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Fasa_Ape
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Berta repasó mentalmente su plan (sí, tenía un plan, ¿qué pasa? ¡era una profesional!).
Primer paso: Infiltrarse.

Llegó a la entrada del salón de baile, un ujier elfo con cara de estar oliendo mierda la miro de arriba a abajo. Cosa que no era difícil, Berta ya de por sí era baja para ser una goblin.

Se vio obligada a decirle a ese bicho repugnante quien era, como si hubiera muchas goblins invitadas a esa fiesta.

El elfo reviso la lista de invitados, puso aun mas cara de asco y declamo con voz tonante:

-Baronesa Bartola Eusevia Robustiana Von Buenculon, Chuchi para las amiguis, plenipotenciaria del Virrey de Puerto Cervecero-.
Berta entró en el salón de baile, como si fuera la dueña de la casa, sonriéndose porque había conseguido que ese elfo estirado dijera culo.

Lograda la infiltración, podía ir a por el segundo paso del plan.

Segundo paso: patada, patada, corre, corre, y tal vez morder a alguien.

Noto que le temblaban las manos, de pronto cayó en la cuenta de que hacía días que no probaba el alcohol.

Decidió que no pasaría nada si se tomaba una copita para quitarse las manías, al fin y al cabo, uno va a una fiesta para divertirse, ya tendría tiempo de buscar su objetivo.

Entre los numerosos invitados, no le costó dar con un camarero, este portaba una bandeja llena de elegantes y alargadas copas de cristal.
Berta le tiró de los pantalones para atraer su atención.

-Tu, gañan periférico Humano, deseo una copa de grog goblin- Berta estaba metida en su papel.

-¿Marca la isla del mono?- respondió el camarero con cortesía.

-¿Existe otra marca? Trae esa copa de inmediato... y también la botella.

Desde luego si algo se podía decir a favor del propietario de la casa, era que tenía buen ojo a la hora de contratar a su personal.
Berta no tardó mucho en tener su copa de grog goblin, además de la botella.

Estaba dandole el primer sorbo, cuando sintió una sombra a su espalda, se dio la vuelta para descubrir a un humano, obeso, con un bigote de estilo manillar.

En opinión de Berta, a la que todos los humanos le parecían iguales, la ropa de ese hombre, aún más vistosa y cara que la de los demás invitados, decía a gritos que debía de ser el bufón del lugar.

-Permítame que me presente. Soy Sity, el anfitrión de esta humilde reunión- dijo el Humano haciendo una elegante reverencia, a pesar de su sobrepeso -Es un placer conocerla al fin, baronesa, fue toda una sorpresa ver que en la confirmación de asistencia teníamos un nombre nuevo, ahora entiendo porque Juan Luis la tenía tan escondida, sin duda es la goblin más bella que haya conocido.-

"Definitivamente, era el bufón del lugar" pensó Berta "¿a cuantas goblins había conocido el humano matao este? si estaba tirándola los tejos, lo llevaba muy claro" sin embargo contestó con cortesía.

-Estoy aquí como favor personal para Juan Luis. Llegue hace unos días de Goblinburgo, con intención de tomarme unas vacaciones de los asuntos de la corte, es taaaan agotador coronar a una media de tres reyes Al día....-

-Sin duda, debe ser agotador, y dígame ¿esta disfrutado de la fiesta la señora?- pregunto Sity con auténtico interés.

-Señorita- contestó Berta -Y por decirlo de alguna forma, en Goblimburgo, hasta que no muere algo o alguien no lo consideramos una fiesta-.

-Si lo desea, podríamos charlar en algún lugar más tranquilo, probablemente podamos practicar alguna actividad mucho más de su gusto- todo indicaba que Sity efectivamente le estaba tirando los tejos a Berta ¿era algún tipo de pervertido sexual humano?.

La promiscuidad goblin, era legendaria entre otras razas, aun así, a las agentes de la hermandad de los cuchillos largos, no se les enseñaba a usar sus "armas de mujer" ya que con los miembros de otras razas no solía funcionar, y con los goblins bastaba con poner el culo en pompa. Así que esta situación pillaba a Berta a contra pie.

La goblin, estaba apunto de responder cuando....

-¡No pierda el tiempo con esa alimaña, señor Sity! Tenemos que hablar de negocios- Trono el vozarrón de un enano.

Era un espécimen de su raza realmente típico, bajo, macizo, como esculpido de un solo bloque de piedra, su larga barba trenzada y bien cepillada metida entre la chaqueta de brocado y el ancho cinturón de pesada hebilla de oro, seguro que se trataba de el representante del gremio de armadores enanos.

- Ya decía yo que olía a cerveza rancia y sudor aún más rancio, parece que el señor Sity tiene muy poco criterio a la hora de hacer amistades- respondió Berta con acritud.

-Vamos por favor, estamos en una fiesta, entre amigos, creo que...- Sity intentó poner paz.

-Los de tu especie, estáis tan ocupados robando todo lo que brilla y follandoos todo lo que se menea, que jamás habéis aprendido a cómo comportaros con vuestros superiores- el enano ignoro por completo a Sity.

Estaba claro que era el enano más enano de la enaicidad, pensó Berta.

-Me resulta muy insultante, que se acuse a mi gente de entregarse a todo tipo de aberraciones sexuales. Porque, sin ir más lejos, los enanos se follan a las enanas constantemente y nadie les llama pervertidos- respondió Berta con petulancia.

-¡Te mato, canija degenerada!- el enano se lanzó contra Berta.

-¿Tú a mi, enano parguelas? ¡me voy a hacer unas bragas con tu barba!- Berta también se lanzo contra el enano, sacudiendo los brazos por delante de ella.

Sity, demostrando una gran agilidad para su peso, agarro al enano impidiendo que pudiera chocar contra Berta, hizo un gesto con la cabeza y un criado agarró a la goblin por la parte de atrás del vestido, dejándola agitando los brazos como un molinillo a pocos centímetros de la nariz del enano.

-Calma, por favor, esto es una fiesta, tengamos la en paz- dijo Sity, Berta, no escucho el resto del discurso, se zafó con facilidad del agarre del criado y salió corriendo.

Se alejó a toda prisa, mientras con una mano se levantaba las faldas para no tropezar, y con la otra, sujetaba la botella de grog de la que iba bebiendo a morro.

Conociendo a los enanos, el representante, se pasaría el resto de la noche maldiciendo y mascullando, lo que seguro que acortaría mucho la reunión para entregar la documentación que Berta quería ver.

Sin buscarlo, tenía parte del trabajo terminado, sus objetivos habían ido a ella sólitos.

Ahora podia centrarse en la tercera parte del plan:

Tercer paso: ganancias.

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Higo Chumbo
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El Higolan 6

 

Isidro salió de la tienda y empuñando el sable dirigió un grito a la guardia, quienes desenfundaron sus armas y corrieron escaleras arriba. 

A pocos escalones de la cima, una fuerte explosion detuvo el avance solo para ver como una nube de momias se abalanzaba sobre ellos. Los sables bailaron en el aire rebanando los cuerpos resecos de las momias; las cuales se aferraban a los soldados clavando sus dagas en un feroz y último ataque. Las que aún se mantenían en pie, trataban de derribar a los soldados para que los muñones que se arrastraban por el suelo descuartizaran la carne del desgraciado. 

Isidro derribó a varias extremidades con un solo golpe de espada; pero al girarse no pudo evitar que una momia femenina le derribara en el suelo. Sosteniendo el puñal de la  momia sobre su pecho , se metió la mano en la  casaca  y una bola de fuego atravesó la tela  lanzando a la  muerta por los aires. Entonces se incorporó de un salto para sacar por el agujero humeante, una pistola de dos cañones. Tras apagar las brasas de su chaqueta, con un grito furioso, ensartó a varías momias que trataban de alcanzarle Animando a sus soldados a rematar los restos que aún quedaban. 

 

En las faldas de la montaña, Lucano después de acicalarse el pelo, se reunió con su hija que charlaba con su sobrino (Sivos). 

 

 — Lucrecia Cariño, te agradezco mucho la visita, pero creo que deberías marcharte ya. Esto se está poniendo un poco feo y no me gustaría que te pasara nada.

 Además, ya tienes lo que viniste a buscar. — Dijo señalando el anillo. 

 

— Sí padre, he de marcharme ya o Alano hará un desastre en mi ausencia. 

Lucrecia se puso de pie y le dio un cálido abrazo a su padre. 

Lucano la acompañó hasta el caballo, miestras de fondo se oían los gritos de los soldados agonizantes.  Conteniendo las lágrimas padre e Hija se dieron un último abrazo, mientras un olor a carne quemada descendía desde arriba.

 

Así Lucrecia, partió a la capital sin saber si  volvería a ver a su padre pero sabiendo que en su locura y extravagancia siempre encontraría amor.  

 

Los últimos rayos de sol iluminaron la llegada de Lucrecia que fue recibida por su fiel Alano.  

 

Con la luna en lo alto, las calles de Roca del Higo gozan de un intenso silencio. La cual solo se rompe por las risas, cantos y bailes de los marineros en el puerto; y por las tres figura negras se adentran  en el  palacio. Apartando a todo el que se opone las tres figuras atraviesan a paso ligero los pasillos en dirección a una puerta iluminada. Alano y Lucrecia se encuentran reunidos, cuando una de estas figuras irrumpe en sus dependencias, dejando la puerta abierta a la oscuridad del pasillo. 

 

— Quien osa irrumpir de esta forma en los aposentos de la Condesa— .Grita Alano con furia. 

 

— Condesa en funciones—  Aclara una voz imperativa.

— Igben…—  Susurra Lucrecia entre dientes. 

 

Del alféizar, aparece una figura alta, vestida  de forma severa: Casaca negra, pañuelo gris y un peinado con dos rulos sobre la oreja. Se trata del inclemente Baron Igben, dueño y señor del Puerto Igben y antiguo Corregidor imperial de la isla. Además de un auténtico, engreído, racista y meapilas en opinión del conde. 

—  Esto ya ha ido demasiado lejos. Esas alimañas que tu padre trajo a mi casa no solo han perturbado la paz y la moral de mi gente, sino que ahora osan corromper también a la de Zity. ¡No lo consentiré!  Date por avisada. He aguantado hasta lo indecible por el respeto que profeso a tu padre, pero ahora que ya no está. No creas que te rendiré cuentas, Niña, por lo que les pase a esas alimañas. 

 

— Magistrado Igben, os recuerdo que la población de Puerto Cervecero está bajo la protección imperialz ¡Son invitados del goberna…! — Repuso Alano indignado, antes de ser interrumpido. 

 

—  Esto no es un debate. Si no elimináis  la plaga  Goblins de mis tierras, los exterminare  yo mismo. —  Anunció  Igben, mientras deja la habitación.

Alano cae a plomo en su silla, mientras Lucrecia medita cómo solventar esta crisis. 

 

Dos días más tarde, un Chambelán Elfo anuncia la llegada de la Condesa en Funciones “Lucrecia Lucarana de la Casa Averil, mientras que un gordo mercader de finos ropajes, y amplio bigote, saluda a Lucrecia con una genuflexión. 


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Fasa_Ape
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-Lucrecia Lucarana de la Casa Averil, Condesa de Averyll y gobernadora de Elhigo-Lann, en funciones- Anuncio, el ujier elfo.
Berta, camuflada entre la multitud, presencio como Sity hacia una genuflexión ante una joven Humana.

A la goblin el nombre le resultaba vagamente familiar, lo que si reconoció de inmediato fue el anillo, la joven jugueteaba con el de forma inconsciente, se notaba que no estaba acostumbrada a llevarlo.

Berta maldijo entre dientes. Estaba claro que, no te puedes fiar de una cosa muerta para que te haga el trabajo, debería haberse quedado en aquella tumba, debería haberse asegurado de que el viejo humano estaba bien muerto, y ¡debía haberle quita el anillo de sus malditos dedos muertos!.

Estaba claro que esa humana repipi y entrometida, había saqueado el cadáver que Berta debería haber saqueado.

En realidad, gracias a la nueva y ventajosa situación de Berta, ya no necesitaba llevar a cabo el contrato que la obligaba a hacerse con ese anillo, lo que sí que tendría que hacer, sería buscar a los humanos que la contrataron y liquidar a todos y cada uno de ellos, a fin de mantener en secreto a la hermandad de los cuchillos largos.

Mientras estos pensamientos cruzaban la mente de la goblin. En el salón de baile, Sity presentaba al delegado de la naviera enana a la humana recién llegada, tras una serie de saludos corteses, el trío abandono el salón de baile.
Berta les siguió con disimulo. Cuando salieron del salón y subieron al segundo piso, comenzó a hacerlo con todo el sigilo que le permitía su aparatoso vestido.

El trío, desapareció por una de las puertas, Berta, debía encontrar la forma de entrar allí, corrió todo lo rápido que pudo, hasta llegar al exterior del palacete.

No tardo en ver una luz en uno de los balcones del segundo piso, era hora de prepararse.

Se quitó la falda y el doble polisón, quedando con el corsé y unos pololos que le llegaban hasta las rodillas, después se quitó los zapatos y la peluca rosa de medio metro de alto, de su interior extrajo su túnica negra entrelazada con ankar. Esa prenda la fundiria con las sombras. A continuación rebusco entre los bolsillos de la túnica, encontró unas pequeñas garras metálicas que la permitirían trepar por el muro.

No le costó mucho llegar al balcón, la habitación a la que daba, era una biblioteca recargadamente amueblada. Se hizo un ovillo y escucho...

-Los goblins, son indispensables para la economía y la defensa de Elhigo-Lann- Sity se dirigía a la mujer- Su señor padre lo comprendió de inmediato. Cuando los goblins propusieron el tratado de Punta Cuervo, él...-

-Los goblins, saben de economía lo que yo de volar. Y son más peligrosos para sí mismos que para los demás- Dijo el enano con tono duro -Si de mí dependiera, reinstauraría la gran reserva goblin, Goblinburgo debería volver a ser la prisión que nunca debió dejar de ser. Que se mantuviera a los goblins encerrados durante siglos, fue por muy buenas razones- el enano se levantó -Yo no he venido aquí para hablar de esos psicópatas, tenía que entregar unos documentos y aquí están- el enano dejo con brusquedad un rollo de pergamino sobre la mesa - Buenas noches- escupió mientras se daba la vuelta y abandonaba la biblioteca dando taconazos.

"Pues si que le e cabreado bien" pensó Berta.

-Vamos Elric, no te pongas así por lo de la baronesa, no fue para tanto, además, empezaste tú- Sity siguió al enano intentando calmarlo.

La joven humana se quedó atrás, miro al balcón con suspicacia. Pasados unos segundos que parecieron eternos, la mujer se dio la vuelta y camino con decisión hacia el pasillo, cerrando la puerta tras ella.

Berta, saco un juego de ganzúas de uno de sus muchos bolsillos y entro en la biblioteca.

Al final todo estaba saliendo increiblemente bien, no solo pensaba memorizar los datos, los iba a copiar. Juan Luis le debía mucho más que un pasaje a Goblinburgo.

Media hora después, Berta estaba perfectamente vestida y aparentando una total inocencia en el salón de baile.

Lo malo, era que llevaba apenas una hora en la fiesta, no podía irse sin dar que hablar ni levantar sospechas, tenía que hacer tiempo.

Estaba mortalmente aburrida, y los otros invitados la miraban mal, pensó en matar a alguno, pero decidió no hacerlo, porque seguro que se lo tomaban a mal, por eso, cuando un camarero le ofreció zumo de una fruta local, Berta lo acepto, a pesar de que no tenía nada de alcohol.
Probablemente, fue eso lo que le sentó mal, ya que, justo después de terminarse la tercera botella de grog goblin, Berta empezó a sentir una necesidad imperiosa de vomitar.

Corrió hacia la entrada del salón, por desgracia choco contra alguien que entraba, Berta vómito en los austeros zapatos del recién llegado.

Levanto la vista para comprobar lo rápido que la cara de un humano, puede pasar del blanco livido, al rojo furioso.

El ujier elfo declamó: Barón Igben, señor de puerto Igben.

La cara del humano se trasformó en una máscara de odio.

¡Ahora, ahora sí! Esa reunión empezaba a parecer una fiesta.

Berta se despertó con un resacon del quince, intento incorporarse, la cabeza le pesaba y tenía dificultades para recordar que paso una vez se terminó la tercera botella de grog goblin marca la isla del mono.

Se rascó el trasero, ¡un momento!, ¿cómo podía estar rascándose directamente el trasero?, ¡oh no!, ¿estaba desnuda?.

Se incorporó de un salto, ¡pues sí que estaba desnuda!, ¡desnuda del todo!.

Y peor aún, tenía algo tumbado a su lado. Por favor, que no fuera algún tipo de animal, ¡como en aquella ocasión!.

Berta se estiró para mirar con atención el bulto. No era un animal, era mucho, mucho peor, ¡se trataba del delegado de la naviera enana!, parece que al final sí que se hizo unas bragas con su barba.

Berta se sentía muy mortificada, no debería beber tanto.

Estaba pensando en recoger sus cosas e irse de puntillas, pero, decidió que no era justo que solo ella se sintiera mal por lo sucedido.

Se hizo la dormida. Quería esperar a que el enano despertara y viera con quien había estado fornicando toda la noche.

Si Berta se sentía avergonzada, el enano estaría devastado. Fijo que le daba una apoplejía, y eso, Berta no se lo quería perder.

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Higo Chumbo
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El-Higolan 7 

 

(Dos días, antes de la fiesta.) 

En el palacio de Zity, la melodía de un clavicémbalo inunda de dulzor una  gran sala blanca.  Las ventanas que dan al mar iluminan una multitud de objetos expuestos, estatuas antiguas, murales y pinturas. Desde allí, un hombre de grandes proporciones ataviado con una casaca verde y tréboles dorados, (Zity) contempla ensimismado una de las pinturas . 

En ella, se describe una batalla naval. Al fondo, varios buques en línea se ven envueltos en nubes de humo e iluminadas por las llamas de los cañones de ankar. En primer plano, en el castillo de proa, se desata un abordaje donde el Emperador Connor arranca la cabeza de un pirata con su  sable. Siendo todo lo que rodea al Emperador un caos absoluto.     

 

Con una mano afilando su bigote, Zity desvía una mirada furtiva a la dama que tiene a su lado, tratando de medir su reacción.   

 

Lucrecia, con su habitual vestido rojo, miraba la pintura con interés, moviendo de vez en cuando una copa de vino que tenía en la mano. 

 

Las dulces y suaves notas del clavicordio se vieron interrumpidas por la voz amable de Zity. 

 

– Me encanta esta pintura. Muestra con total exactitud la cruda realidad de una batalla en el mar. —Dijo Zity. 

 

—Habéis participado en alguna batalla, Señor Zity —preguntó Lucrecia terminando la copa de vino.   

 

Zity, se llevó la mano del bigote. 

 

— Algo parecido, hace un par de años en una visita a la Isla de El-Saron, tuvimos un encuentro con unos piratas Goblins. Allí Aliface demostró su fidelidad como secretario. 

¡Verdad Aliface! —gritó Zity al hombre que había  tras el instrumento. Este alzó la cabeza y sin dejar de tocar,  asintió con la cabeza. 

 

Lucrecia se giró para ver al sirviente. Un hombre calvo y descalzo, con un bigote incluso más grande que el de su amo. Alzó la copa para saludarlo y este respondió con una reverencia. 

 

Tras esta encantadora presentación, Zity con la mejillas rosas por la genuina  sonrisa, guió a Lucrecia hacia el centro del salón.

 

—Os ha gustado la pintura, mi dama. —preguntó  Zity con su risueña sonrisa. 

— Una pintura interesante. —respondió Lucrecia volviendo a echar un vistazo a la pintura.  

 

Zity en un gesto cómico echó un vistazo a los lados y se agachó hacia ella discretamente. 

 

—Si me guardias el secreto, os digo su procedencia —le susurró Zity sonriendo . 

Lucrecia siguiéndole el juego, se agachó como él y le guiñó el ojo. 

 

Zity se echó para atrás de la felicidad. 

—Perteneció a la colección privada del fallecido emperador. —Reveló Zity con su sonrisa traviesa. 

 

Lucrecia se lo quedó mirando sorprendida, y sin decir ni una palabra Zity la guió hasta otra gran obra expuesta en el salón. 

 

Allí frente a ellos una gran losa de piedra de 4 metros de alto, mostraba un mosaico. Un millar de teselas de colores que formaban unas siluetas femeninas. 

Dichas siluetas, eran  representadas de forma estilizadas. puntiagudas, simétricas y sin detalles, solo la silueta y la forma. Cada una de ellas estaba formada por  un color diferente. 

A la derecha el azul, a la izquierda el marrón, el centro más  rojo y sobre todas ellas el blanco.

 

— ¿No comprendo?— exclamó Lucrecia—. Es de una simpleza tal que no comprendo su  significado. 

 

Zity sonrió y con un enigmático gesto, tiró de un cordón oculto y tapó una ventana dejando en penumbra la pintura. La cual empezó a resplandecer con una iridiscencia tal que se pudo observar la expresión de sus ojos, los gestos de los brazos y las coronas sobre sus cabezas. 

 

Lucrecia observó con fascinación a las 4 mujeres que surgían ante ella. 

 

— Ankar, mi dama —susurro Zity fascinado—. Un millar de teselas Ankarinas. 

 

Lucrecia abrió la boca en una creciente fascinación. 

Zity, al verla ya encandilada por los destellos de las piedras, dijo: 

 

« Dama Lucrecia, os presento a las reinas, las antiguas y temibles madres de El-Higolan»

 

En la montaña, después de dos días de batalla la guardia del Conde despejó las ruinas del templo. Lucano y el maestro Markez se adentraron en una sala circular donde resplandecía en su interior un mosaico en forma de mujer. . 


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Higo Chumbo
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El-Higolan 8 

 

Juan Luis Dedos Morcilleros con los pies apoyados sobre su escritorio, exhalaba el humo de un puro más grande que su pulgar. Tan concentrado estaba en el deleite del tabaco  que no escuchó el estruendo que surgía tras su balcón, que luego se movió al pasillo y por último a las puertas de su despacho. 

 

De una patada el Capitán Morvin irrumpe en el despacho lanzando por los aires a un esmirriado goblin con levita u  peluca. 

 

Juan Luis sin cambiar de posición pegó una profunda  calada mientras una regimiento de guardias se arremolinaba alrededor del despacho. 

Tras ellos apareció Lucrecia con aire desafiante y preocupado. 

 

—Dama Lucrecia, no la esperábamos, a que debemos el placer— dijo Juan Luis sin moverse de su posición y lanzando un humo al techo. 

 

Lucrecia indignada por la pasividad del goblin, dio un golpe en la mesa. 

 

—¡Virrey Juan Luis! —gritó la Condesa—. ¿¡ Es que acaso no os ha llegado el ultimátum del Barón Igben!?

 

—Por su puesto mi dama—. Respondió Juan Luis apalancando el puro—. ¿Qué pensáis que estoy usando de cenicero?  

 

Lucrecia, cayó a plomo en su silla por la desesperación. 

Pero antes de que dijera nada Juan Luis prosiguió. 

 

—No debéis alteraros mi dama, ese estirado hombrecillo, asqueroso, pusilánime y meapilas de Igben nunca se ha atrevido a cumplir sus amenazas.  

 

— Recordad lo enfadado que se puso cuando cambiamos el salmo de la boda de su hija. Os acordáis jajajajaja —. Entonces Juan Luis se empezó a reír a carcajadas y a tararear un himno—. 

Oh, San Wilfredo deeee  IIII Ig ben, 

Oh San Patron. 

Del amo y del siervo. 

¡¡Oh San Patron Cabron!!  

Del niño y del padre. 

 Jajajajaja. 

 

Ah Lucrecia se le empezó a dibujar una sonrisa, hasta que también estalló en carcajadas. , 

 — Si es verdad, si no os atacò en esta dudo mucho que lo haga ahora. 

 

Juan Luis se juró hacia ella por primera vez y en tono conciliador dijo.

 

—Lo veis, no debéis temer nada, y como dicen en mi tierra  es un garrapato muy gritón pero poco ñam ñam. 

Y además, el puerto cervecero es un puerto fortificado  inexpugnable, fruto de las mentes más brillantes y de la raza más brillante como es la Goblin. Contamos con los mayores y más eficaces ingenios que…

 

El discurso del virrey fue interrumpido por un gran  estruendo seguido por una bala de cañón que atravesó la ventana y se llevó la mitad del escritorio. 

 

La guardia entonces se lanzó sobre Lucrecia y la sacó del edificio, mientras que el virrey bajó los pies de lo que quedaba del escritorio, y se encendió un puro, dio tres pasos hacia el balcón. Allí observó cómo una flota de línea miraba hacia hacia ellos, bombardeando sus buques mientras una tropa anfibia ascendía por la playa. 

 

Entonces el Goblin de la peluca y la levita llamó su atención. 

 

— Cuáles son sus órdenes, oh gran y poderoso virrey — Preguntó el goblin con las piernas temblorosas.

 

Juan Luis se quitó el puro de la boca y miró a su acompañante con desprecio. 

 

— Prepucio, es hora de activar el protocolo verde moco. — Anunció lanzando el puro hacia afuera. 

 

— Euprepio su excelencia, ahora mismo libero al General Verde Moco. 



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Fasa_Ape
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Berta Había sido embarcada a toda prisa, Juan Luis Dedosmorcilleros, Virrey de Puerto Cervecero, quería tenerla lo más lejos posible y cuanto antes.

No es que Berta no se resistiera, aún tenía que asesinar a los humanos que la contrataron al principio, y a alguno más.... definitivamente, tenía sus motivos para quedarse.

No era porque no tuviera prisa por llegar a Goblimburgo, asesinar a un ministro y ocupar su puesto.

Tampoco era que no le molestara, que, al parecer, Sity y el gilipollas ese del delegado de la naviera enana, se hubieran enamorado de ella, y compitieran para ver quien le mandaba el regalo más absurdo e inservible para una goblin.

¡No!, lo que realmente hacía que quisiera quedarse a toda costa, era a consecuencia de que, Juan Luis, tras mucho insistir, y "por el bien de Goblinburgo" la había convencido para, convertirse en la amante de Sity, a fin de conseguir más información en el futuro y lograr que hiciera más tratos con Puerto Cervecero.

La idea repugnaba a Berta, no sólo porque el humano obeso le resultaba asqueroso, es que ella creía que, entregar su cuerpo a cambio de dinero o información, era prostituirse, y ese concepto era totalmente alienígena para una goblin.

Los goblins eran una especie de vidas cortas, además tenían una alta tasa de mortalidad, no tenían tiempo que perder en los elaborados rituales de apareamiento de otras especies, tenían que reponer números de continuo, esa era la razón por la que eran tan liberales con el sexo.

Tanto los machos como las hembras goblin tenían un elevado apetito sexual, todos los goblins tenían acceso al sexo sin complicaciones, bastaba con pedirlo sin muchos rodeos, esa era la razón por la que la prostitución no existía en la sociedad goblin. 

Berta no había nacido ayer, savia que las mujeres humanas y elfas se prostituían. No sabía si lo hacían las enanas, era raro ver a una enana fuera de su casa, Berta creía que era porque los enanos se avergonzaban de que fueran casi indistinguibles de ellos.

Aún así, Berta no podía comprender el concepto, y le parecía intrínsecamente malo. 

Dos días antes de ser embarcada por la fuerza, Berta, accedió a una de las invitaciones de Sity.

Berta, vestida de punta en blanco, al estilo de las damas goblimburguesas, llego a la finca de Sity, y bajo del elegante coche de garrapatos prestado por Juan Luis. Quería despachar aquello lo antes posible. Era cierto que si estaba excitada, podía tener sexo casi con cualquiera o con cualquier cosa, pero el humano obeso no entraba entre sus gustos. 

Se encontraron en una galería llena de cuadros y otras obras de arte, aun que para Berta, no eran mas que basura, un humano calvo tocaba un adornado clavicémbalo, para ambientar la reunión.

Tras una serie de galanterías que aburrieron mortalmente a Berta, decidió que era hora de ponerse al tema, a ver si le daba tiempo de llegar a la hora feliz en la Babosa Mofeta, su taberna favorita. 

-Bueno ¿y como lo hacemos? - pregunto Berta intentando parecer dispuesta. 

Sity, se arrodilló a su lado, el clavicémbalo seguía sonando, levantó la barbilla de Berta con un dedo. 

-Baronesa, es usted una muñequita, una bonita muñequita verde, con demasiado carácter, ¡yo os domare!- sin previo aviso, Sity, le dio un guantazo a Berta que la mandó por encima del sofá más cercano, después, se lanzó sobre ella y le arrancó la ropa. 

Dos horas después, Berta estaba hecha un ovillo en un rincón del sofá, estaba magullada, amoratada y muy dolorida. Sity había abusado de ella de todas las formas imaginables y de algunas inimaginables, el clavicémbalo no había parado de sonar en ningún momento. 

El humano obeso, se vestía con calma -estoy deseando que llegue nuestra próxima cita, tal vez deberíais mudaros aquí, conmigo, no os faltaría de nada-. 

Berta, no contesto, se juro a si misma, que torturaría y mataría a ese humano gordo y repugnante, ¡aún que fuera lo último que hiciera!.

Volvió al coche de garrapatos como pudo y ordeno al cochero ir directamente a la Babosa Mofeta, una vez allí, le dio una paliza al dueño del local, echo a todo el mundo, y empezó a bebérselo todo.

Cuando el altercado llego a oídos de Juan Luis Dedosmorcilleros, se presento allí con dos docenas de sus guardias.

Después de ver el estado lamentable en el que se encontraba Berta, y de que esta le contara lo sucedido, Juan Luis Dedosmorcilleros, decidió que lo mejor para la joven goblin era salir de El-Higolann, lo antes posible, no podía tenerla por allí, sabía que Berta, mataría brutalmente a Sity a la más mínima oportunidad.

Sabia que aun que no había dicho nada, Berta le culpaba de aquello, no podía quitarle la razón, pero ¿como podía saber el que, los humanos se vuelven tan bestias cuando follan? la perfidia humana no conocía limites. En otra situación, Juan Luis la habría ayudado encantado a hacerse un llavero con las pelotas de aquel cabrón, pero necesitaba a Sity vivito y coleando, era mejor que Berta saliera de allí.

Ordeno que fuera embarcada en el primer barco que zarpara hacia Goblimburgo. Por su propio bien, no debía estar sola en ningún momento, hasta que estuviera acomodada abordo y bien lejos del puerto.

 

Dos días después, la carraca correó Reina María Castaña, en la que viajaba Berta, fue lo primero que salto por los aires, salió despedida de la cubierta.

Por fortuna, su barco apenas había traspasado la rada del puerto. Nado hasta el espigón más cercano y salió del agua como una rata mojada. Todo para ver como una flotilla humana tomaba posición, los barcos iniciaron un bombardeo de saturación para cubrir el inminente asalto anfibio.

Unas caóticas horas después, Puerto Cervecero estaba sitiado por mar y tierra.

Berta se encontraba en un salón del palacio del virrey, la acompañaban: Juan Luis Dedosmorcilleros, virrey de puerto cervecero. También la señora Florinda Piñitospodridos, la casera de Berta, que por alguna razón, había sido elegida como comandante de la milicia ciudadana. Y por último, Euprepio, el asistente del virrey, también se encontraba allí, enredando con una bola de cristal.

Estaba previsto que el general Verde Moco estuviera presente, pero sus obligaciones en las murallas no le habían permitido asistir.

Berta tenía entendido que era todo un personaje, tenía que serlo, porque un goblin la tiene que liar muy parda para que le encierren por: escándalo público, exhibicionismo, proposiciones indecentes al asistente del virrey y darse a la fuga a hombros del mismo asistente del virrey.

Euprepio, el esmirriado asistente del virrey, por fin logro encender la bola de cristal, en ella se vio en primer plano la cara de un goblin anciano, era bastante gordito, tenía un ojo morado y el labio partido.

Sacudía su bola de cristal, con los dedos llenos de anillos dorados y muy brillantes, que golpeaban el material de la bola.

-¡No funciona! ¡No funciona! Rufina, cariño, esta bola no funciona- Grito el viejo goblin.

-¿Le has dado unos golpecitos amistosos con el martillo?- Pregunto la voz de una vieja goblin.

El viejo goblin siguió sacudiendo la bola hasta que se dio cuenta de que ya funcionaba.

-¡Ya no hace falta, ya funciona! Buenos días, menuda habéis liado- el viejo goblin jugueteo con sus anillos. -Los ministros hemos tenido que reunirnos de urgencia, tras un debate de lo más elegante, hemos decidido por tres narices y un brazo roto contra cinco ojos morados y una contusión cerebral, que...-

la de vueltas que le daban a las cosas los ministros, pensó Berta, ella lo habría resuelto con dos rodillas dislocadas y tres amenazas verbales

- Hemos decidido- continuo el ministro- que llevábamos buscando un casus Belli desde que firmamos el tratado de Punta Cuervo, aun así, si declaráramos ahora la guerra, nos enfrentaríamos solo al ejército personal de un hombrecillo insignificante, venceríamos con facilidad, pero no ganaríamos nada- Florinda Piñitospodridos, la casera de Berta, empezó a roncar ruidosamente.

El ministro la ignoro y continuo -De momento, elevaremos una queja formal a la corte imperial, a la vez, ya hemos dado orden a nuestra flota pirata de que rodeen toda la isla de El-Higolan, saquearan y hundirán a todos, y digo todos, los barcos que entren o salgan de la isla. Nadie nos puede culpar directamente porque un grupo de emprendedores allá decidido ganarse la vida con un poco de honrada piratería- El ministro parecía empezar a molestarse con los ronquidos de Florinda -también se desplegaran equipos de agentes de la hermandad de los cuchillos largos, que envenenaran pozos de agua, mataran ganado y quemaran graneros por toda la isla. Cuando la situación sea insostenible, desplegaremos a nuestra armada y desembarcaremos una fuerza de intervención para "pacificar" El-Higolan y poner a salvo a nuestros colonos, de esta forma y de facto, nos anexionaremos toda la isla, los indígenas nos tomarán por salvadores, y ni la corte imperial podrá poner objeciones, lo único que tenéis que hacer, es aguantar unas semanas- concluyo el ministro.

-Ahora, quiero hablar en privado con Berta, sacar a esa señora rara de mi vista- el ministro estaba tocando su bola de cristal con la punta de la nariz.

Juan Luis Dedosmorcilleros hizo un gesto con la cabeza a su asistente y abandono la sala, el esmirriado Euprepio, con su peluca torcida y su levita, saco arrastras a Florinda, que estaba más dormida que una piedra.

-Berta Panduro, te dábamos por muerta en la purga de Castel Nuovo- dijo el ministro con una mezcla de fastidio y orgullo, pero ninguna sorpresa.

-Últimamente, me lo dicen mucho- dijo Berta sin miedo.

-La última vez que te vi, tenías los dos ojos- dijo el ministro con paternalismo, fijándose en el parche que Berta llevaba en el ojo izquierdo -en fin, ya sabes que la condena por deserción es la muerte. No pasa nada niña, si te quisiéramos muerta ya lo estarías, lo sabíamos desde el primer día-.

-Pero ¿cómo?, he tomado todo tipo de precauciones- dijo Berta empezando a sentir un sudor frío.

-¡no pongas esa cara!, nos lo contaron los cuervos, ¿o es que crees que nuestros únicos ojos y oídos sois los agentes de la hermandad?- el ministro entrelazo los dedos llenos de anillos. -de momento y aprovechando que estás allí, continuaras como plenipotenciaria del virrey, ayudaras en la defensa todo lo goblinmente posible- La voz de la vieja goblin que debía ser la mujer del ministro lo llamo a comer- Parece que tengo que cortar, solo diré que, algún día, serás una gran ministra, pero te falta paciencia. Dicho esto y como muestra de buena fe, de parte de todos los ministros, te regalamos tu propio cuervo-.

En ese momento, un cuervo enorme grazno en el alfeizar de la ventana, Berta dio un salto del susto.

Berta estaba entusiasmada, una sensación rara en ella -¿Cómo se llama, que sabe hacer?-.

-Se llama Sobras, y no sabe hacer absolutamente nada, es el pájaro más tonto que hallamos criado nunca, pero queda chachi posado en el hombro- el ministro cerro la conexión.

Berta se preguntó como podría llevar ese cuervo sobre el hombro, si era casi tan alto como ella.

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Higo Chumbo
(@higo-chumbo)
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Resumen de todos los hechos notables acontecidos en la majestuosa isla de El-Higolan, hasta mi último relato del 23/09723.

 

El conde Lucano, un buen día se escapa de casa y abandona su cargo como gobernador imperial de la Isla para vivir una aventura de juventud, y para ello cede todos sus poderes a su hija. Pero  Lucrecia, preocupada por la salud mental de su padre va en su busca, y además va en busca del anillo de su padre, que es parte reliquia familiar superpoderosa como sello para legitimar sus acciones en la corte. 

 

Mientras tanto, una asesina Goblin llamada Berta Panduro, es contratada por un hombre misterioso para matar al Conde y hacerse con el anillo. 

 

Lucrecia y Berta encuentran al Conde en el templo de la “Madre verde” donde él espera encontrar una de las 7 coronas de las Reinas Brujas de El-Higolan. 

Tras una pelea contra las momias, Lucrecia consigue el anillo y Berta da por muerto al conde. 

Una vez con la legitimidad encontrada Lucrecia recibe la visita del severo Barón Igben, uno de los señores feudales de la Isla y antiguo Corregidor Imperial (al que ya nadie hace caso). 

Este señor reclama a Lucrecia la devolución de una tierras que le expropió su padre, para construir junto a los Goblins la colonia de Puerto Cervecero. Como no consigue lo que quiere, amenaza con conseguirlo por la fuerza. Cuando Lucrecia va a avisar al Virrey de este asunto, Igben desata su ataque sobre el puerto. 

Mientras tanto Berta, trabaja para el virrey en una misión de infiltración en una fiesta del mayor comerciante de la Isla, el Sr. Sity. 


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Higo Chumbo
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El escape de Puerto Cervecero. 

 

El sol se oscurece por las cenizas mientras el fuego ilumina las calles de Puerto Cervecero. 

El caos y el pillaje que se desata por toda la ciudad, la ciudadanía  corren en estampida de aquí para allá, saqueando las casas de sus vecinos o los cuerpos de estos mismos.  Mientras que el ejército de intrépidos y  borrachos intentan detener el avance del enemigo en las murallas. 

Una gran multitud se ha reunido en las puertas de la ciudad clamando por escapar,  pero el virrey ha dado orden de no dejar salir a nadie salvo a la Condesa Averil. Pepo, el portero mayor, sigue con diligencia la orden y mediante su unidad de Serenos impiden a golpe y porrazo que ninguno de sus nobles ciudadanos crucen el umbral. Pero de entre la masa verde que se pelea por salir, surge una carroza escoltada por 5 jinetes azules. La cual se abre paso entre los guardias hasta cruzar el gran pórtico que se abre y se cierra por completo tras ellos. Pepo atranca el portón y al subir a las almenas de la muralla escucha una fuerte explosion surge de una colina cercana y ve como una gran bola de fuego se dirige hacia ellos.

 Lucrecia observa cada vez más lejos como el gran proyectil de fuego se extiende por toda la plaza arrasando con todo ser viviente. 

— ¡Ese hijo de la gran puta! ¡Me las va a pagar! ¡Os juro que me las vais a pagar muy cara   Igben!-- Grita Lucrecia alzando el puño al aire.

 

Pero Pepo, el enano goblin, ha sobrevivido y tras quitarse un cascote de encima se atusa el polvo del abrigo y llama al resto de su unidad con un fuerte chillido de su silbato para seguir defendiendo la puerta.  

 

Al día siguiente, el sol se refleja en las pecheras de la caballería enemiga. Los Cascos de Hierro, esperan pacientes la orden de su señor, el cual observa irritado como sus soldados intentan tomar los muros de la ciudad, sin mucho éxito. Pues las tropas del Virrey plantan cara al enemigo con todo lo que tienen a mano. Los sitiados, han llegado a lanzar por las catapultas, garrapatos en llamas, garrapatos rabiosos, hasta tinajas de orines y heces para entorpecer el avance del enemigo. 

Ante tal indignación, Igben en un ataque de ira desenfunda dos pistolones con los que empieza a disparar  al aire como loco. Las personas que andaban junto a él, se tiraron al suelo asustados. Después de quedarse sin munición, un valiente criado le acerca una carta sellada. Igben se la arrebata con fuerza y tras leerla un momento, la deja caer en el suelo mientras una violencia mal contenida empieza a dibujarse en su rostro hasta que de pronto ordena a sus generales grito pelado: «¿Que la mitad de las tropas marchen contra Puerto del Higo, de inmediato! ¿De inmediato! Quiero ver esa ciudad reducida a cenizas y a la puta de Lucrecia con la cabeza en un pica »

Sus generales, tratan de disuadirlo  pero él no atiende a razones y les arroja sus pistolas para que se pusieran en marcha.  El general Arsenio Tomás Igben, toma el mando de  la caballería para marchar al galope y seguir las órdenes de su señor.

Mientras tanto Lucrecia llega con su escolta para preparar la defensa de la ciudad. 

 

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Omarelmanco
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Este es un relato con el cual me presenté al concurso del Vuelo del Cometa, quedé en el puesto 426 de 250 participantes, lo iré subiendo semanalmente puesto que son 4000 palabras, Espero que lo disfrutéis.

—SOMBRAS EN LA ARENA

Si en los bajos fondos existieran fondos aún más bajos, ahí estaría Nurash, quizá la ciudad más corrupta y peligrosa de todo Kadazra, aunque para Elarian, el elfo oscuro, era su hogar, o al menos algo mejor que los pantanos de su Thul natal.

—¡Anvor, esta jarra está vacía! —clamaba Elarian.

—Elarian, —susurró el camarero— hace días que se rumorea que junto con Sytitz y los suyos estás planeando algo contra Selven.

—Chaval, con los años que hace que me conoces, deberías saber que preferiría una noche de sexo con el demonio Golgar antes que juntarme con Sytitz.

—Lo que tú digas Elarian, pero si fuera tú, empezaría a buscar un agujero donde esconderme durante mucho tiempo. Si esos rumores llegan a los oídos equivocados, date por jodido.

La noche transcurría como cualquier otra en La Taberna del Oso Pardo: algunos borrachos, un malentendido con las cartas, un cliente que azota el culo de la camarera y se encuentra con su mano clavada en la mesa, etc. Al cabo de unas horas, la puerta de entrada de la abarrotada taberna se abrió dejando ver a dos soldados uniformados de negro con el blasón de Iliana.

—¿Qué estarán buscando los perros de Iliana? —preguntó Elarian.

Anvor giró su cabeza hacia una esquina de la taberna y recibió la señal que por desgracia esperaba recibir tarde o temprano.

—Por atrás, en silencio.

—Te debo una Anvor.

—Me debes demasiadas, ahora fuera de mi taberna.

Elarian se escabulló esquivando clientes hasta la parte trasera del local.

—¡Vaya, vaya, mira lo que ha traído el gato!

Elarian giró para ver a dos soldados más que le estaban esperando en el callejón de la parte trasera de la taberna.

—Hace buena noche para dar un paseo —comentó el otro soldado—. ¿Por qué no nos lo pones más fácil a todos y te entregas sin oponer resistencia?

Sin pensarlo dos veces, Elarian empujó con fuerza al soldado más cercano, lo que pilló por sorpresa al otro, haciéndolos caer al suelo.

Con los dos soldados incapacitados, Elarian, echó a correr por las estrechas y sinuosas calles de Nurash sin mirar atrás. Lo único que podía escuchar en la oscuridad de la noche eran sus propios jadeos, más propios de un fuelle viejo que de un elfo. Sabía que no podía permitirse ser atrapado por el escuadrón que lo perseguía, de ser así, lo encerrarían en La Torre de la Condenación, y sólo los espíritus saben lo que sucede en esa torre.

Saltó por encima de cajas y obstáculos buscando desesperadamente una salida. Se movía con cierto sigilo, pero menos del que le gustaría.

—«Maldita sea» —pensó mientras tropezaba con una adoquín suelto—.

La adrenalina recorría sus venas, agudizando sus sentidos, a pesar de la ingente cantidad de alcohol que había ingerido esa noche.

Por más que Elarian lo intentaba, no conseguía recortar demasiada distancia con los soldados del escuadrón de caza, que avanzaban incansablemente persiguiéndole a través del laberinto de callejones de la ciudad.

Elarian se adentró en una callejuela por la cual apenas podría pasar un carro con intención de dar esquinazo a sus perseguidores. Mientras la atravesaba, observó unos balcones que tal vez le permitirían llegar a los tejados. Se impulsó hacia arriba, escalando, agarrándose con toda su alma, pues sabía a ciencia cierta que su vida dependía de ello.

Los soldados llegaron al callejón y, viendo trepar a Elarian, no dudaron en imitarle con tal de atraparlo.

La carrera por las alturas era muy arriesgada: un pequeño tropiezo y lo único que quedaría de él sería un bonito y semiebrio cadáver con el cuello roto, pero Elarian confiaba en su destreza y velocidad, y que a estas alturas, ya no le quedaba mucho alcohol que sudar. Saltaba entre los tejados, evitando los techos frágiles y las tejas sueltas.

Con la determinación propia de quienes temen un severo castigo, los soldados continuaron persiguiendo a Elarian, soltando tantas flechas como maldiciones tras él. El cual con más suerte que agilidad, se movía con toda la rapidez que podía por los inestables tejados que pisaba, al menos, con la suficiente como para que las flechas apenas le rozasen.

Finalmente, Elarian encontró una vía de escape, un estrecho callejón entre dos edificios. Con un salto se dejó caer, aterrizando en un patio trasero. Rápidamente, buscó un escondite entre los barriles y las sombras, conteniendo la respiración lo mejor que podía.

Los soldados, frustrados por haber perdido de vista a su presa, buscaron frenéticamente en la oscuridad. Pero Elarian se mantenía inmóvil, daga en mano, camuflándose entre las sombras hasta casi ser imperceptible. Con el poco mineral de ánkar azul que le quedaba, decidió convocar una niebla para pasar desapercibido. Y utilizando además un par de piedras y un trozo de teja que encontró en el suelo, logró engañar a sus perseguidores, que se vieron confundidos por el ruido provocado por los improvisados proyectiles y la espesa niebla que había conjurado.

El escuadrón, horas después, finalmente se dio por vencido y abandonó la búsqueda dejando a Elarian libre para poder escapar de Nurash al amparo de la noche.


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Omarelmanco
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Este es un relato con el cual me presenté al concurso del Vuelo del Cometa, quedé en el puesto 426 de 250 participantes, lo iré subiendo semanalmente puesto que son 4000 palabras, Espero que lo disfrutéis.

—SOMBRAS EN LA ARENA

Si en los bajos fondos existieran fondos aún más bajos, ahí estaría Nurash, quizá la ciudad más corrupta y peligrosa de todo Kadazra, aunque para Elarian, el elfo oscuro, era su hogar, o al menos algo mejor que los pantanos de su Thul natal.

—¡Anvor, esta jarra está vacía! —clamaba Elarian.

—Elarian, —susurró el camarero— hace días que se rumorea que junto con Sytitz y los suyos estás planeando algo contra Selven.

—Chaval, con los años que hace que me conoces, deberías saber que preferiría una noche de sexo con el demonio Golgar antes que juntarme con Sytitz.

—Lo que tú digas Elarian, pero si fuera tú, empezaría a buscar un agujero donde esconderme durante mucho tiempo. Si esos rumores llegan a los oídos equivocados, date por jodido.

La noche transcurría como cualquier otra en La Taberna del Oso Pardo: algunos borrachos, un malentendido con las cartas, un cliente que azota el culo de la camarera y se encuentra con su mano clavada en la mesa, etc. Al cabo de unas horas, la puerta de entrada de la abarrotada taberna se abrió dejando ver a dos soldados uniformados de negro con el blasón de Iliana.

—¿Qué estarán buscando los perros de Iliana? —preguntó Elarian.

Anvor giró su cabeza hacia una esquina de la taberna y recibió la señal que por desgracia esperaba recibir tarde o temprano.

—Por atrás, en silencio.

—Te debo una Anvor.

—Me debes demasiadas, ahora fuera de mi taberna.

Elarian se escabulló esquivando clientes hasta la parte trasera del local.

—¡Vaya, vaya, mira lo que ha traído el gato!

Elarian giró para ver a dos soldados más que le estaban esperando en el callejón de la parte trasera de la taberna.

—Hace buena noche para dar un paseo —comentó el otro soldado—. ¿Por qué no nos lo pones más fácil a todos y te entregas sin oponer resistencia?

Sin pensarlo dos veces, Elarian empujó con fuerza al soldado más cercano, lo que pilló por sorpresa al otro, haciéndolos caer al suelo.

Con los dos soldados incapacitados, Elarian, echó a correr por las estrechas y sinuosas calles de Nurash sin mirar atrás. Lo único que podía escuchar en la oscuridad de la noche eran sus propios jadeos, más propios de un fuelle viejo que de un elfo. Sabía que no podía permitirse ser atrapado por el escuadrón que lo perseguía, de ser así, lo encerrarían en La Torre de la Condenación, y sólo los espíritus saben lo que sucede en esa torre.

Saltó por encima de cajas y obstáculos buscando desesperadamente una salida. Se movía con cierto sigilo, pero menos del que le gustaría.

—«Maldita sea» —pensó mientras tropezaba con una adoquín suelto—.

La adrenalina recorría sus venas, agudizando sus sentidos, a pesar de la ingente cantidad de alcohol que había ingerido esa noche.

Por más que Elarian lo intentaba, no conseguía recortar demasiada distancia con los soldados del escuadrón de caza, que avanzaban incansablemente persiguiéndole a través del laberinto de callejones de la ciudad.

Elarian se adentró en una callejuela por la cual apenas podría pasar un carro con intención de dar esquinazo a sus perseguidores. Mientras la atravesaba, observó unos balcones que tal vez le permitirían llegar a los tejados. Se impulsó hacia arriba, escalando, agarrándose con toda su alma, pues sabía a ciencia cierta que su vida dependía de ello.

Los soldados llegaron al callejón y, viendo trepar a Elarian, no dudaron en imitarle con tal de atraparlo.

La carrera por las alturas era muy arriesgada: un pequeño tropiezo y lo único que quedaría de él sería un bonito y semiebrio cadáver con el cuello roto, pero Elarian confiaba en su destreza y velocidad, y que a estas alturas, ya no le quedaba mucho alcohol que sudar. Saltaba entre los tejados, evitando los techos frágiles y las tejas sueltas.

Con la determinación propia de quienes temen un severo castigo, los soldados continuaron persiguiendo a Elarian, soltando tantas flechas como maldiciones tras él. El cual con más suerte que agilidad, se movía con toda la rapidez que podía por los inestables tejados que pisaba, al menos, con la suficiente como para que las flechas apenas le rozasen.

Finalmente, Elarian encontró una vía de escape, un estrecho callejón entre dos edificios. Con un salto se dejó caer, aterrizando en un patio trasero. Rápidamente, buscó un escondite entre los barriles y las sombras, conteniendo la respiración lo mejor que podía.

Los soldados, frustrados por haber perdido de vista a su presa, buscaron frenéticamente en la oscuridad. Pero Elarian se mantenía inmóvil, daga en mano, camuflándose entre las sombras hasta casi ser imperceptible. Con el poco mineral de ánkar azul que le quedaba, decidió convocar una niebla para pasar desapercibido. Y utilizando además un par de piedras y un trozo de teja que encontró en el suelo, logró engañar a sus perseguidores, que se vieron confundidos por el ruido provocado por los improvisados proyectiles y la espesa niebla que había conjurado.

El escuadrón, horas después, finalmente se dio por vencido y abandonó la búsqueda dejando a Elarian libre para poder escapar de Nurash al amparo de la noche.


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Fasa_Ape
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Berta no solo debía ser la plenipotenciaria del virrey, debía parecerlo, eso quería decir que, cargaba con todos los símbolos de su cargo.
Estaba ataviada con: pantalones de montar, una pesada chupa que le llegaba hasta las rodillas, y tenia unas mangas muy adornadas. Sobre ella, una coraza fabricada con el pulido caparazón de una tortuga, un fajín de mando enrollado en la cintura y la banda que la designaba como plenipotenciaria del virrey, cruzándole el pecho, desde el hombro derecho a la cadera izquierda. Para rematar el conjunto, un gran sombrero de ala ancha (en el ejército goblin, quien manda, es el que lleva el sombrero más grande) adornado con grandes plumas de colores muy vivos. Allí había más tela que Berta.

La goblin, estaba bastante incómoda con aquello, no solo por el peso y el calor. Era un agente de la hermandad de los cuchillos largos, estaba entrenada como asesina, espía y saboteadora, se suponía que no debía llamar la atención, y allí estaba, emperifollada como un rey coronado hace cinco minutos, recorriendo la muralla a lomos de un garrapato, acompañada por, un niño soldado cansino que le hacía de enlace y correo, un portaestandarte, y lo que para Berta ya era el gritar ¡ESTOY AQUÍ! definitivo, ¡un músico!, que anunciaba su llegada.

Recorrer las defensas de esta guisa, tenía su lógica. Juan Luis Dedosmorcilleros, virrey de Puerto Cervecero, quería que la ciudadanía viera con sus propios ojos, que los manda-mases no se habían largado.

Las defensas aguantaban gracias a una combinación de, superioridad numérica y una completa ignorancia. Si la moral fallaba, esas dos ventajas desaparecerían rápidamente.

Berta sabia que Juan Luis, tenía otro motivo para tenerla vestida de payaso, correteando de aquí para allá.

El virrey, quería que Berta estuviera ocupada todo el tiempo posible, así, no le daría vueltas a la cabeza, recordando lo que la hizo Sity, ese humano mal nacido.

Cuando todo esto terminara, si sobrevivía, no importaría la opinión de Juan Luis ni de los ministros, iría a buscar a ese cabrón. Entonces, sería ella quien le metería algo por el culo a él.

Un tirón en la manga, la saco de sus pensamientos, era Vicentin, el niño soldado cansino.

-A ver, ¿qué quieres ahora?- le preguntó Berta, muy aburrida ya dé sus constantes preguntas, comentarios, y sus ruiditos al respirar y masticar.

-Quiero, churrar, pimplar, darle al alpiste, ¡beber!- dijo el niño goblin, dando saltitos y agitando un peluche por encima de la cabeza.

Berta puso los ojos en blanco, ese crío bebía más que ella, y ya era decir.

-Mira, Vicentin, te voy a dar un chupito de grog por no darte una patada. Ahora, calladito, que vamos a hablar las personas- Berta, saco una botellita de un bolsillo en la manga y se la paso al niño goblin.

Se encontraban en la plaza que daba a la gran puerta de entrada a Puerto Cervecero, o al menos a lo que hasta hace poco lo era.
Apenas un día antes, la plaza había sido un cúmulo de pequeños puestecillos, donde se vendían todo tipo de nabos, especias y azúcar, ahora, era mitad escombrera, mitad fosa común.

En los primeros compases del asedio, mientras cientos de goblins en pánico, intentaban abandonar la ciudad, la plaza, sufrió el impacto directo de un gran mortero de asedio.

Sus restos seguían allí. El olor era terrible, tan denso que se pegaba a la piel, las moscas y sus zumbidos lo inundaban todo. El único de los presentes que parecía feliz de estar allí, era Sobras, el cuervo mascota de Berta, que rebuscaba entre los restos, dándose un festín.

En realidad esta destrucción tuvo su parte positiva, la potente explosión derribo la puerta y gran parte de los lienzos de muralla que la flanqueaban, creando un terraplén fácil de defender y tremendamente difícil de atacar.

Pepo, el portero mayor, un goblin de mediana edad, con cara de pasar de todo y con un cigarro arrugado en la comisura de los labios, se acercó a darle el parte de situación a Berta.

Tras el ¡Que pasa moza! de rigor, Pepo comenzó su informe-El sector aguanta, aunque, nuestros soldados pierden demasiado tiempo muriendo- dijo el portero mayor, sin cambiar su expresión de estar de vuelta de todo -Los humanos, tienen algún tipo de mortero de asedio realmente pesado, tardan mucho en cargarlo, dispara solo una vez por hora-.

En ese momento, como para apoyar el informe de Pepo, un gran fogonazo surgió en una colina cercana, seguido de un estruendo ensordecedor.
El proyectil que voló hacia puerto Cervecero, era tan pesado y lento que se podía ver como se acercaba a simple vista, el sonido era como el de un tren de carga.

Impacto a unos treinta metros, en el exterior de las murallas, aun así, todo tembló como en un terremoto, una lluvia de arena y cascotes sacudieron la plaza, todos los presentes, se pusieron a cubierto, o se tiraron al suelo, solo Berta y Pepo continuaron en pie en medio del diluvio.

-Una de dos, o esos humanos tienen una puntería de risa, o, ese trasto del diablo es la cosa más imprecisa del mundo- Comento Pepo.

-No necesitan darnos de lleno para hacernos papilla- dijo Berta quitándose el gran sombrero y dándoselo a Vicentin, el niño soldado cansino

-Debemos hacer una salida, si no destruimos ese mortero, nos terminará aplastando-.

Berta, paso Junto a Pepo, empezó a trepar por la montaña de escombros que fue la puerta de la ciudad, los goblins que defendían la plaza empezaron a reunirse a los pies del terraplén, preguntándose que pretendía Berta.

La goblin tuerta, llego a lo más alto, se irguió allí. Su melena roja al viento, las estelas de los garrapatos en llamas, que se lanzaban desde las defensas de la ciudad, pintaban de verde el cielo saturado de polvo y humo.

Al momento, los francotiradores humanos, empezaron a disparar contra Berta, levantando nubecillas de polvo a su alrededor, Berta, savia que era casi imposible que la alcanzaran, era un objetivo demasiado pequeño, los goblins que se apiñaban al pie del montón de escombros, no lo sabían, y empezaban a sentirse muy impresionados.

Berta, miro a la masa de goblins, sucios y harapientos, ¡vamos, como siempre! Solo que ahora, ademas les disparaban. No eran una unidad de elite del ejército, como el batallón de garrapateria ligera Goblinburgo número 7, ni una curtida tripulación pirata, ¡no!, se trataba de la milicia ciudadana y los pocos sobrevivientes del cuerpo de serenos de Pepo.

Berta, alzo la voz -¡Goblins! esos miserables nos han atacado a traición y sin motivo, han roto todos los acuerdos y tratados que firmaron ¡Y eso solo esta bien cuando lo hacemos nosotros!¡Ya es hora de hacer sangrar a esos traicioneros y marrulleros humanos!. Ese mortero les gusta mucho- dijo La goblin, apuntando con el dedo a la colina donde se encontraba el arma- se lo vamos a romper y se lo meteremos por donde les quepa, ¡por eso vamos a salir...-

Un murmullo empezó a alzarse entre la masa de goblins -¿ha dicho que salimos?- pregunto alguien -Sí, sí, ha dicho que nos podemos ir- respondió otro.

Al instante, todos los goblins empezaron a trepar por el terraplén, Berta no entendió qué estaba pasando, hasta que los goblins llegaron a donde se encontraba y pasaron de largo.

-¡ESPERAR! NO HABÍA TERMINADO- empezó a gritar Berta, cuando comprendió que aquello era una estampida -¡QUERÍA DECIR QUE; SALDREMOS EN PEQUEÑOS GRUPOS PARA CARGARNOS EL MORTERO! ¿PERO, DÓNDE VAIS?-.

"¡Nos van a masacrar!" pensó la goblin.


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Fasa_Ape
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El gran mortero de asedio disparo, su potencia era tal, que la cureña de roble sobre la que se apoyaba la enorme olla que era el mortero, levantó su parte delantera durante unos segundos antes de caer con un crujido.

Antes de que se asentara la nube de polvo que había levantado el disparo, los artilleros salieron de sus refugios y se pusieron a trabajar para recargar la monstruosa arma.

Era un proceso arduo y lento, primero, el mortero debía ser enfriado con trapos húmedos, después, se montaba la espoleta del proyectil, antes de cargarlo. Esa era la parte realmente peligrosa del proceso.

Claudio Patricio Igben, estaba encargado de mover la munición desde su depósito, a unos cincuenta metros, hasta el mortero, donde la enorme bola de acero repleta de Ankar, era izada con la ayuda de un gran polipasto y cargada en el arma.

Claudio, estaba llevando el carro tirado por bueyes, en el que estaba cargado el siguiente proyectil, cuando de pronto escucho un griterío.
Todos los artilleros dejaron de hacer lo que estuvieran haciendo, para mirar al linde de un pequeño bosquecito cercano.

Al principio, nadie vio nada, los hombres se miraron sonriéndose y bromeando, pensando que sus oídos debían estar afectados por el tronar del mortero, los goblins no podían llegar hasta allí, cinco segundos después, se acabaron las risas.

Del linde del bosque, empezaron a surgir pequeñas figuras que gritaban y vociferaban cosas, al principio, de uno en uno, al poco, a docenas.
El capitán Mauro Marco Igben, empezó a gritar órdenes, los hombres empuñaron cualquier cosa que pudiera servirles de arma y se apiñaron a su alrededor.

Claudio, salto del carro y se unió a la improvisada formación.

Los goblins, pues no podían ser otra cosa, se lanzaron sobre los humanos de forma desorganizada, eran muchos, sí, pero los humanos eran más fuertes y altos, resultaria fácil mantenerlos a raya, o eso pensaba Claudio.

Los goblins mas rapidos o entusiastas, alcanzaron a los humanos, Claudio, le dio una patada a un goblin, lanzándolo por los aires, en ese momento, a unos tres metros, vio a una pequeña atacante tuerta y de pelo rojo. Era el goblin, macho o hembra, mejor vestido que hubiera visto, portaba una larga daga curva en cada mano, y venía rodeada del grueso de los goblins. Sin duda debía ser la líder.

La criatura, se movía con una seguridad y elegancia casi felinas. Pudo ver como, con un único movimiento, destrozaba las dos rodillas de Lucio y lo dejo allí tirado, sin volverse siquiera a mirarlo, casi con desprecio, como si no mereciera la pena tomarse la molestia de rematarlo. Los goblins que la seguían, le prestaron mucha más atención, tal vez demasiada, ya que convirtieron a Lucio en una pulpa sanguinolenta.

Los humanos empezaban a caer o ceder terreno, la presión era demasiada, ¿dónde estaba la compañía de arcabuceros que debía defenderlos? Claudio se permitió mirar hacia atrás, buscando con la mirada el lugar donde estaban acampados esos haraganes.

Donde deberían estar las tiendas de los arcabuceros, se veía un caos total, un grupo de goblins aún mayor que el que estaba combatiendo Claudio, había atacado por la espalda a la compañía de arcabuceros mientras se preparaban para intervenir.

Eso quería decir que, el ataque contra el mortero, en realidad era una distracción. Este no era un ataque a la desesperada, como era de esperar de unas bestezuelas inútiles e incivilizadas como los goblins, esto exigía una coordinación que no se esperaba de ellos ¡esas alimañas lo tenían todo planeado!

Claudio sintió un golpe en las rodillas, no pudo evitar caer al suelo, los goblins se lanzaron sobre él. Todo se volvió negro.

Despertó un tiempo después, no sabía cuanto llevaba inconsciente, veía doble. Intento moverse, pero estaba atado.

-Claudio, as despertado- era la voz del capitán Mauro -no te muevas, esos pequeños sicópatas, esos... goblins, nos han diezmado, y a los pocos a los que no han degollado, nos han traído al depósito de munición. Esos animales, han armado todos los proyectiles y se han ido-.

Eso era muy malo, pensó Claudio, si un percutor se mojaba, se provocaría un cortocircuito que haría explotar el proyectil, ¡Y estaban en el almacén de munición!

**

Berta, miro hacia la colina del mortero, ya casi estaban de vuelta a Puerto Cervecero, los goblins sobrevivientes pasaban a su lado, cargaban con todas las cosas brillantes o bonitas que pudieron encontrar. Unos diez goblins, tiraban de las riendas de un buey, esa sería la cena, todos se la habían ganado.

Unas horas antes, cuando los goblins salieron en tromba de la ciudad, los francotiradores humanos, empezaron a disparar a discreción, causaron muchas bajas, pero tuvo su parte positiva. La mayoría de los goblins volvió a la seguridad de las murallas.

Después de eso, se quedaron solo los más valientes o idiotas, Berta no encontró dificultad para organizarlos, sobre todo, después de dejar sin dientes al primero que puso en duda su liderazgo.

Una pesada gota de agua callo cerca de Berta, a esta le siguieron tres, en unos segundos, estaban bajo una lluvia torrencial.

La cima de la colina, a la que miraba Berta, se evaporó, por fortuna se habían alejado lo suficiente. Medio minuto después, la acaricio, la cálida brisa que era la onda expansiva de la explosión, si les hubiera alcanzado un kilometro más atrás, la sobre presión habría licuado sus órganos internos.

**

Después de este día, Berta empezó a ser famosa (cosa que no le hacía ninguna gracia).

Allí donde caía la moral, aparecía ella, allí donde las defensas flaqueaban, estaba ella para desbaratar el ataque enemigo. Empezó a ser conocida entre los humanos como, la zorra roja de Puerto Cervecero, al principio como insulto, poco después con respeto, llegado ese punto, el barón Igben se vio obligado a poner precio a su cabeza.

A Berta, lo que los humanos dijeran, o dejaran de decir de ella, le traía sin cuidado, sabía que un goblin, nunca sería el protagonista de ningún cuento.

Esta publicación ha sido modificada el hace 9 meses 3 veces por Fasa_Ape

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