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Sombras de Kadazra

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CoquinArtero
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La ropa y las armas están mutando a  pasos agigantados. Puede que en la Smithy aún guarde un par de balas que sigan siendo funcionales al menos, para dar un buen susto a esas cabras. No creo que conozcan la sensación de llevarse un buen tiro entre cuerno y cuerno. Eso puede darme la ventaja de la sorpresa.

     He tenido que deshacerme de la recortada porque empezaban a brotar ramas del percutor, pero la Tommy... sí, parece que la Tommy no se atreverá a fallarme por ahora. Si me organizo bien, no hará falta más de un par de ráfagas para hacerme dueño del cotarro hasta que encuentre la forma de volver a mis trapicheos en Chicago. Ahora bien: debería actuar con la prudencia de quien, con suerte, solo tiene un tiro. De ser así, esa bala tiene nombre: aquel a quien los hombres cabra llaman Pierrot.

     La noche se presenta fría después de pasarme un número incontable de horas oculto en una montaña enorme de estiércol. Ni la más nariguda de las cabras podría encontrar mi olor oculto entre tanta mierda. Por suerte, al desplazarse por el bosque no se molestan en ocultar su rastro. Se sienten a salvo en su bosque del mismo modo que se sentiría una bandada de polluelos en la seguridad del nido.

     Por fin llego a la entrada de la ciudad. Sí, una enorme ciudad excavada en el risco de la montaña. Desde la distancia puedo verles saltar y encaramarse a salientes imperceptibles. Cualquiera diría que se trata de un inmenso castillo del tamaño de una montaña, pero es más bien una ciudad con torretas que se alzan antinaturalmente hasta el cielo y cientos de miles de oquedades cumpliendo la función de puertas y ventanas. Escucho el murmullo de sus pobladores en la distancia, del mismo modo que puedo oír cómo parlotean los guardias apostados en la falda de la ciudad. Parece que llegar a Pierrot va a ser algo más complicado de lo que pensaba.

     Están tranquilos, charlan en la distancia. Se creen intocables, capaces de repeler el asalto de cualquier máquina de guerra que conozcan.

     Veamos qué tal se llevan con mis píldoras de plomo, que tienden a irse con cualquiera. ¿Que son dos balas? ¿Una? poco importa. Lo que ahora me interesa es la detonación. Esos hijos del demonio se van a congelar cuando apriete por primera vez el gatillo. No me sorprendería que la ciudad entera cayese desmayada como las cabras enanas que vi cuando fuimos al almacén de moonshine. No eran muy listas las cabronas. Se hacían las muertas o algo por el estilo cuando se las asustaba. Me recordaba a los KOs de Boogie. Tenía el puño grande y duro como el martillo de un picapedrero.

     Ahora es mi momento. Solo dos cabras patrullan la entrada principal. Esperaré por seguridad a que se separen un poco antes de disparar. Si alguna vez creí en algún tipo de dios, si alguna vez imploré por algo, es porque hoy, mi quitapenas no me falle. Ahí lo tengo, justo a tiro. Casi no necesito apuntar.

     Aprieto el gatillo. Al instante, los cuernos y media cabeza del hombre cabra salen volando acompañados por un estruendo tan escandaloso que distorsiona el aire a mi alrededor. Dirijo la mirada a su compañero y, lejos de desmayarse, dirige hacia mí una mirada cargada de dureza y serenidad.

     Balancea una cuerda en su mano derecha, conectada por uno de sus extremos a un bastón con el que me apunta. Ahora la cuerda comienza a girar como las aspas del motor de un barco. Aprieto el gatillo, pero no pasa nada.

     A la mierda la Smithy.

     Enristro la tommy y se me descuajeringa entre las manos.

     El guardia se acerca corriendo hacia mí, mientras un artilugio atado en la punta de la cuerda, al girar hace sonar una alarma muy parecida a la de la policía. La punta de su bastón escupe una ráfaga fortísima de luz que me ciega por unos segundos y saltando hacia atrás termino cayendo entre los zarzales.

     Decenas de luces como la del guardia me buscan. Parten desde diferentes alturas y rodean los arbustos. Aún puedo escapar si me doy prisa.

     Esta es la mayor pifia de mi historia.

     Me revuelvo entre los pinchos, me pongo a cuatro patas dando la espalda a las luces y suena algo que nunca creí oír en un lugar como este.

     Las punzadas de la Gatlin barren el terreno, acercándose, reventando hojas, rama, fruto y tierra en su sed de sangre destructora.

    Se me enganchan las manos en la zarza, la ropa me impide avanzar y las balas del ángel de la muerte, alcanzan en una sola barrida a mi tobillo y rodilla derecha. Me retuerzo de dolor y las púas, aceradas como los anzuelos atuneros, arrancan el anillo de mi mano llevándose medio dedo en el camino.

     De pronto, todo vuelve a estar en silencio… conozco este lugar. Es la trasera del bar de Moe… también reconozco este dolor. Necesito un médico y alguien a quien contarle lo que está pasando.

     Esto no puede quedar así.


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Smooky Marple
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Acto IV, Parte III: Contención.

Prólogo:

Hörs se encuentra en el Pantano de los Perdidos reviviendo su peor pesadilla, el momento en que Kalaziel la está llevando hasta un prisionero de la Sierpe.

--------

Kalaziel  y Hörs zigzaguearon entre  los carromatos que comenzaban a partir hacia Lanssat con los pocos supervivientes y soldados que quedaban.

Una rabia irracional  invadía al taumaturgo.

  • ¡No sucumbas a la carne!.

La voz, que desde niño había acompañado a Kalaziel, era cada vez más fuerte desde que la Sierpe había entrado en acción.

  • ¡Pronto será toda tuya!.

Mientras atravesaban el improvisado cementerio, una sensación de familiaridad atravesó a Hörs, la cicatriz, que le hizo un cadáver en un sueño cuando era niña, comenzó a arder.  

  • ¡Huye, sálvate para salvarnos!

Un coro de voces, que parecían una sola, brotaban de los centenares de tumbas improvisadas.

  • ¡Mira atrás, mira atrás pequeña hacia la muralla y corre!.

Hörs frenó en seco y miró hacia la muralla, la única defensa del Paso de Lakeron ante la Sierpe. Una gran nube negra, formada por una maraña de criaturas, se aproximaban rápidamente hacia ellos, en pocos minutos lo arrasarían todo.

Hörs hizo sonar el cuerno de guerra que llevaba prendido en el cinturón, los pocos paladines que quedaban comenzaron a formar una línea para contener a la Sierpe, cuando se disponía a correr hacia a la muralla para unirse a sus paladines algo la retuvo, unos tentáculos de sombras la anclaban a la tierra.

Lentamente se giró para ver que los tentáculos emanaban de un colgante ankar negro que portaba Kalaziel y que jamás había visto.

  • Tenemos grandes planes para ti- La voz de Kalaziel sonaba distorsionada.
  • ¿Tenemos?- Kalaziel la sujetó por el brazo acariciando la cicatriz. En ese momento, Hörs entendió que cuando le contó su sueño había sentenciado a toda esa gente. Hörs le escupió a la cara.
  • Sí, lo hiciste- dijo contestando a su pensamiento- No vas a morir pequeña paladine, te convertiré en algo mejor, aunque tenga que romper tu alma y tú cuerpo en mil pedazos te recompondré en algo mejor.- Sus ojos brillaban de deseo pensando en ello- La Sierpe necesita guerreros y tú serás uno de ellos, de ti depende de cuan doloroso quieres que sea.

Los tentáculos comenzaron a introducirse debajo de la piel Hörs como si fueran gusanos excavando en la tierra.

Hörs cayó de rodillas, su sangre comenzó a mezclarse con la tierra.

  • ¡Pues que sea doloroso!- Gritó Hörs, el guantelete con una incrustación de ankar tierra comenzó a vibrar, haciendo temblar el suelo bajo los pies de Kalaziel, un gran agujero se lo tragó, los tentáculos de ankar negro se disiparon.
    • ¡Corre, nosotros lo detendremos!- corearon las voces de los muertos.

Sin mirar a tras comenzó a correr hacia la muralla.

  • ¡Nooooooooooooo!- el potente grito de Kalaziel no la detuvo ni siquiera cuándo el tentáculo de ankar negro le rompió la armadura y lo que había debajo de ella, carne y hueso.

Kalaziel sintió como algo en su interior se rompía, le dolió hacerlo, pero ya la cuidaría y la curaría. Intentó correr tras ella, pero  unas manos formadas por un denso vapor amarillo lo sujetaban.

Hörs, a duras penas llegó a la muralla, allí encontró a su mermado regimiento y a Lekar.

  • ¡Márchate!- dijo Hörs a Lekar, conteniendo el dolor- ¡Necesito que te vayas con los supervivientes y destruyas el Paso, te daré todo el tiempo que pueda…
  • ¡No, me quedaré..!-
  • ¡No!- dijo tajante. Hörs sabía que se estaba muriendo y no aguantaría el viaje.- ¡Adiós amor mío!- lo beso por última vez.
  • Te veré al otro lado, en los jardines de Valiar donde descansan los guerreros- dijo Lekar temblándole la voz.

Hörs imploró una plegaria a Xinë:

“Te daré mi alma,

mi cuerpo

lo que necesites o quieras,

solo pídemelo,

pero déjame aguantar en esta  muralla

hasta que el último de ellos estén a salvo,

por favor déjame protegerlos ”.

Hörs hizo sonar de nuevo  el cuerno, los escudos de los pocos paladines que quedaban en pie,  se clavaron en el suelo delante de ellos,  las piedras de ankar de los escudos comenzaron a brillar y a crear un muro de energía para contener a las horrendas criaturas que venía hacia ellos.

  • No pensarás divertirte tu sola – dijo Tarakar aguantando el sollozo cuando vio la espalda de Hörs, su herida comenzaba a tener un color amarillento.
  • Kalaziel nos ha traicionado.
  • Maldito bastardo- dijeron los gemelos Elvenin y Ralan.
  • Aguantad- Gritó Hörs

Lekar miró hacia la muralla, antes de demoler la pared del Paso, para ver como una niebla amarilla envolvía a Hörs.

Los paladines oyeron como la pared del paso caía a sus espaldas, estaban solos, pero los refugiados estarían a salvo y eso era lo que importaba.

Una nube de criaturas enmarañadas unas con otras cayó sobre ellos, las espadas y hachas imbuidas en ankar a duras penas hacían  mella en aquella horda, en pocos minutos la Sierpe  los  habían matado a todos.

----

Babu Yar observó los recuerdos de Hörs en las volutas del humo de su pipa, un escalofrío  recorrió su encorvada espalda, había cometido un gran error al hacer que esa criatura recordará su nacimiento.

Las criaturas muertas que había devorado, comenzaban a reaccionar arañando el suelo donde habían sido enterrados.

Tenía que detenerla antes de que destruyera su hogar, no quería que liberarse las almas allí contenidas, le gustaba torturarlas y le hacían compañía.

Epílogo.

Lekar había conseguido llevar a los refugiados a un vado lejos de la Sierpe, la gente cantaría sobre su hazaña, pero los verdaderos héroes fueron olvidados, con el devenir del tiempo se convirtieron en mártires, y Hörs, su amada, sería recordada más por convertirse en una maldita que en una salvadora.


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Omarelmanco
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Capitulo 13 de las aventuras de Kalyatar y  un murciano de Bilbao que pasa por allí.

Otra vez el gato lavándome la barba, pero al levantar el brazo derecho para darle los buenos días, solo acierto a decir:

¡Hostia puta! -el hombro parece que me explota, y a la misma vez que un gato muy grande que no es el mío salta de mi pecho, dos hombres que no conozco se me quedan mirando y tardo un par de segundos en ordenar mis ideas.

-¿Qué sucede muchacho? ¿Estas bien? -me pregunta el enano.

-El hombro, me está matando.

-¿Ese rasguñito de nada? Tampoco es para tanto, aparte si se supone que eres el Dios creador, ¿No deberías haber sanado ya? Déjame echar un vistazo.

Mientras Thaugen repasa mi herida, me doy cuenta, de que definitivamente, esto no es un sueño, lo que significa que estoy jodido, y lo peor, es que no sé cómo de jodido estoy.

-No Thaugen, no soy un dios, si que es cierto que a vosotros dos, entre otros, si os he imaginado yo, pero mi aportación acaba ahí.

-¿Y que más imaginaste Omar de Murcia? -pregunta Kalÿatar mientras me acerca un café que huele de puta madre y sabe mejor.

-Pues la batalla de la Quebrada de Kawainn, por ejemplo, Smooky, la reina de los piratas, está basada en mi mujer, Älb el Oscuro, es Alberto, la voz de Kadazra , Josh-enDäv, es José David, un famoso pintor,  de hecho, ellos dos fueron dos de los creadores de Kadazra, así como los Astinus de la biblioteca de Lanssat, ElFran y El Gran Gil.

-Pero esa batalla, sucedió hace lustros. -replica Kalÿatâr.

-Supongo que aquello que ideamos o escribimos, se convierte en vuestra realidad con independencia de en qué época esté ambientado.

-Así, que básicamente, somos la creación accidental de un grupo de bardos y cuentacuentos que se reúnen a la luz de la hoguera narrando nuestras venturas y desventuras.-replica Thaugen un poco dolido.

-Va a ser que sí,-contesto. De alguna manera esa especie de pensamiento colectivo os ha dado forma. -Miro fijamente a Kalÿatar tratando de adivinar sus pensamientos.

-¿Qué miras? ¿Acaso tengo un garrapato en la cara? -pregunta Kalÿatar exasperado.

-No, simplemente que no sé si me recuerdas más a Viggo Mortensen o a Íñigo Montoya -contesto medio riendo mientras trato de asimilar toda esta mierda.

-¿Acaso eso es motivo de burla? -Pregunta Thaugen.

-No, nada más lejos, uno es un actor que interpretó a Aragorn hijo de Arathorn en una historia tan grande que ha trascendido varias generaciones, siendo un montaraz que finaliza siendo el rey de la ciudad blanca , y el otro un personaje de un libro que busca al asesino de su padre, a cada cual más noble que el anterior. Cuando pensaba en Kalÿatar tenía a esos dos en mente, así que eso habrá influido en su aspecto.

-¿Y en quién pensabas en mi creación? -Pregunta ahora con mucha curiosidad.

-Cuando escribía sobre ti , tres ideas venían a mi cabeza, Flint Fireforge, el más noble de los enanos de todo Dragonlance, tal era su nobleza que fue nombrado hijo predilecto de Qualinost por el propio rey de los elfos, y el mismísimo Paladine, Dios del bien lo acompañó al paraíso, donde tallando figuras de madera, espera a su amigo Tass, lo segundo en lo que pensé fue en Gimli, hijo de Glóin, nombrado como Gimli amigo de los elfos, era tan querido que los reyes elfos le invitaron a su reino inmortal, y la tercera fue en los vikingos, fieros guerreros del pasado de mi mundo conocidos también por ser grandes navegantes.

-¡Vaya!, parece que en esos mundos, elfos y enanos, han forjado grandes amistades.- dice Thaugen mientras se afana con mi hombro.

-Nada más lejos,-le replico, la desconfianza entre ambas razas es un tópico arraigado en la literatura, así que hazte a la idea de cómo de importantes fueron estos enanos, y tú, desde luego, no ibas a ser menos.

El hombro vuelve a doler cuando Thaugen aprieta el último vendaje.

-¡Joder! ¿No tenéis un Enantium o algo parecido para el dolor?

-Desconozco que significa Enantium, pero el café que has tomado, llevaba unas hierbas que te ayudarán un poco -esta vez es Kalÿatar quien con semblante serio me contesta.-Lince está preguntando si la palabra “Isekai” que pronunciarse antes es algún tipo de conjuro.

-No, no, que va, en mi mundo existen infinidad de recursos y géneros literarios, el “Isekai” es cuando el protagonista, normalmente un friki que va al colegio, se ve arrastrado a un mundo paralelo en el cual pasa a ser un gran héroe. Lo que pasa es que aunque si soy algo friki, tengo 42 tacos, y el héroe, desde luego no soy yo, en mi historia, el héroe eres tú  Kalÿatar, junto a un enano que cocina de puta madre y un lince boreal que tiene un par de secretos.

-A Lince le parece graciosa la forma en la que hablas -ríe Thaugen.

-Por qué no me lo dice él, no muerdo.

-Dice que no puede. -responde Kalÿatar.

Al mencionar a Lince, caigo en la cuenta de que lo último en lo que estaba liado con el ordenador, era la cueva, así que o se dirigían hacia allí o estaban huyendo y los estaba retrasando.

-¿Habéis pillado ya el mapa? O ¿Vais hacia la mina a recuperarlo?

Los dos se me quedan mirando con cara de haba sin saber bien que decir.

-No me miréis así, os recuerdo que todo esto, ha salido de mi cabeza aunque hay cosas que se me quedaron a medias, así que si ya tenéis el mapa, vuestra ruta os lleva hacia el sur, pasaréis por el Vado de la Zarza, allí en el Gran Árbol pasarán ciertas cosas, por cierto Kalÿatar si vas al Gran Árbol, llévate a Lince. Y no le guardes rencor a Kala cuando te suelte una hostia por pasar de ella tantos años, y deberíamos de ir picando billete que una de las cosas que me dejé en el tintero es que “La Sierpe” os persigue, aunque no creo que tengan los huevos de meterse en Nazadra, por cierto, ¿Tenéis unos pantalones de sobra?


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Omarelmanco
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Capítulo 13 de las aventuras de Kalÿatar y de uno de Bilbao (que reside en Murcia) que pasaba por allí .

Para mi desgracia, no tenían pantalones de sobra así que me tuve que apañar con una manta enrollada a modo de kilt, bendito viaje de novios a Edimburgo,  tanto Kalÿatar como Thaugen me miraban con extrañeza.

-¿Es que nunca habéis usado una manta así? -pregunté.

-Pues salvo en algunos clanes de enanos, la verdad es que no. Entre esa manera de enrollar la manta y la camisola de tu clan, “Noviembre Nocturno” con un chipirón dibujado en ella, sí que pareces un loco de verdad, menudo dios creador estás hecho. -Ríe Thaugen, y por las caras de los demás, no es el único.

-Esos clanes de enanos, ¿también la llevan “a lo escocés”?

Me siguen mirando como un conejo deslumbrado por un coche.

-Si joder, como la pregunta de ¿Qué lleva un escocés bajo la falda?, Soy Connor McLeod del clan McLeod, Los Inmortales…

Paso las siguientes horas explicando un chiste que va perdiendo gracia, así como el argumento de una película a dos tíos que ni siquiera saben que es eso, creo que cuando acabo la explicación acaban encontrando cierta gracia a lo de ir a “pistón suelto” en el frío invierno escocés.

-Entonces, ¿Cuál es el plan que vas a seguir? -pregunto a Kalÿatar con algo de interés

-He de decir que llevabas cierta razón, nos dirigimos al Vado de la Zarza donde pasaremos un tiempo escondiéndonos, y de allí, a la Gran Biblioteca de Lanssat a entregar a los astinus, el mapa para que lo guarden a buen recaudo.

Noto cierto desdén e ira en el comportamiento de Kalÿatar, creo saber el motivo.

-Kalÿatar, yo no los maté, técnicamente hice que aparecieran sus cuerpos de la nada, nunca llegaron a estar vivos.

-¡YO LES ENTERRÉ!, ¡ERAN SIMPLEMENTE NIÑOS! Y todo para entretener a un puñado de locos, malditos seáis todos.

-Kalÿatar, escúchame, sé perfectamente lo que sentiste ese día, lo que te costó enterrar a cada uno de los críos, el nudo el la garganta cuando recitaste la bendición de Erindël.

En ese momento, me suelta una hostia que me tira al suelo, lo que hace que el hombro me estalle de dolor. En el suelo, con la boca llena de sangre, recito:

“Recibid, hermanos en este gran día, el anillo de Erindël, y que su bendición permanezca con vosotros en esta vida y en la siguiente”.

Kalÿatar, alucina, y rompe a llorar, sólo acierto a decirle:

-Lo siento tío, pero en cierta medida, necesitabas ese “empujón”,  sin ese shock, no hubieras ido a la aldea de los druidas, no hubieras decidido aliarte con la resistencia y nada esto hubiese sucedido, al menos, no por mi mano, créeme que desde luego, no sufrieron nada en absoluto.

La monotonía del viaje, se acrecienta con el silencio de Kalÿatar, Thaugen da algo más de palique, supongo que será el carácter curioso de los enanos, por lo que no para de hacer preguntas sobre mi mundo, y a elucubrar cualquier tipo de teoría que pueda explicar que cojones hago aquí, la clásica de “Ha sido un mago” podría explicar muchas cosas, pero estaría bien saber quién y por qué, también puede ser que a algún otro escritor se le fuera la olla con el poder de algún dios primigenio y se le haya ido de madre, a vuelta, si es que vuelvo,  tendré un par de palabras con Alberto, o con Fran y Javi, a los que podría amenazar con revelar su secreto sobre “la cucharita”.

Por la noche, improvisamos un campamento, yo me encargo de montar una hoguera estilo “Dakota” que al ocultar parte de su llama y el humo, será la más apropiada por si nos persigue “La Sierpe”, de encenderla, mejor se encarga Thaugen, que yo, no sería capaz de encenderla ni con un soplete, Kalÿatar, cazará algo para la cena, mientras tanto.

-Me ha sorprendido tu inventiva muchacho, ¿Dónde has aprendido a hacer eso? -pregunta Thaugen.

-Fue en la mili, hace mucho tiempo.-respondo.

-¿Mili? ¿Qué es eso?

-En mi mundo, en algunos países, era, y sigue siendo normal en algunos, reclutar a críos con 18 años para servir en el ejército a cambio de una escueta paga que justo daba para tabaco.

-¡Eso es monstruoso! -exclama el pobre enano escandalizado.

-No creas, en mi país había bastante analfabetismo, y otros tantos sin oficio ni beneficio, si te lo montabas bien salías aprendiendo algún oficio del que poder trabajar toda la vida, si eras un gilipollas, salías de allí más gilipollas aún, no era lo mejor del mundo, pero tampoco es que fuera el infierno y mi país, por suerte, se dedica más a ayuda humanitaria que a guerrear. Y los países que lo siguen haciendo, lo hacen porque es más barato que un ejército profesionalizado.

-Entonces, serás un excelente combatiente, nos vendrán bien un par de manos entrenadas,-exclama Kalÿatar que acaba de llegar con la cena.

-Ahí pinchas hueso,-exclamo,- me defiendo decentemente con armas de fuego, pero cuerpo a cuerpo, creo que el mas esmirriado de los Goblins, me daría una buena paliza, creo que si llevara una mano atada a la espalda y fuera cojeando, algo podría hacerle, pero si nuestra vida depende de que yo le parta la cara a alguien, estamos jodidos.

Thaugen y Kalÿatar empiezan a reír, aunque no se si por la coña, o es la típica risa nerviosa de “la hemos cagao Manolo”.

A la mañana siguiente, despierto con el ronroneo de un gato de unos 10 o 12 kilos encima del pecho, que está durmiendo más a gusto que dios.

-Buenos días Lince, espero que mi esternón sea de tu agrado.-saludo al compañero de Kalÿatar, el cual como cualquier gato, no me hace ni puto caso mientras se hace el dormido.

-Muchacho, buenos días, ¡vaya cara tienes! -saluda Thaugen

-¡Nos ha jodido!, la última vez que monté guardia al raso tenía 19 años y ahora con 42, me duelen hasta los pelos del culo, y vosotros dos ahí frescos como lechugas.

-Ya te dijimos anoche que no hacía falta que montaras guardia- dice Kalÿatar mientras me pasa un taza de hojalata con café.

- Si, si, si, si sarna con gusto, no pica ¿no?

Me miran otra vez con cara de conejo asustado, Kalÿatar se afana en recoger todo mientras Thaugen repasa la herida de mi hombro.

-Muchacho, algún día tendrás que explicarnos esa manera tan extraña que tienes de hablar.

-Seguro que sí Thaugen, tenemos todavía 2 día de marcha hasta llegar al Vado de la Zarza,-contesta Kalÿatar.

Su puta madre, -pienso para mi.


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Crodries
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"De Liber ankarius"

 

Nadie sabe a ciencia cierta cómo Nikoforos de Thul adquirió su maestría en el dominio del ankar. Nadie imagina siquiera la procedencia de los saberes prohibidos recopilados en el tomo maldito que siempre sujetaba entre sus manos envejecidas.

Cuando apareció por vez primera a las puertas de la ciudad de Thul su apariencia ya era casi tan apergaminada como el volumen con tapas de ankar forradas en piel curtida que portaba bajo el brazo. Los guardias no pudieron resistir el influjo que emanaba del viejo.

Al ser llevado ante el Sultán, abrió el tomo. Las guardas de ankar crujieron con tal estruendo que el murmullo del gentío presente cesó. Las volutas de ankar brillaron a medida que el vapor centelleante envolvía al maestro alquimista. Y las palabras de Nikoforos, llegaron altas y claras.

“Tardé siglos en compilar la sabiduría necesaria para controlar el ankar; para extraer de él su poder y poder emplearlo a voluntad: ¿Qué estarías dispuesto a entregar, oh poderoso Sultán, para obtener tales conocimientos? Mi precio es pequeño. No puedo decir lo mismo del libro, pues su sed de fluidos vitales es insaciable.

El tomo está impregnado de la esencia multicolor del ankar que solo puede ser contenida por las cubiertas hialinas. Pero necesita de sacrificios continuos para mantenerse anclado en este plano. Te repito la pregunta, oh Sultán. ¿Estás dispuesto a satisfacer el hambre del Liber ankarius?”

Esta publicación ha sido modificada el hace 3 meses por Crodries

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Smooky Marple
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Acto IV, parte IV: Peor que la muerte.
 
Prólogo.
Babu Yag observa con horror en las volutas de su pipa, como lo que iba a ser una presa sencilla, se estaba convirtiendo, con el paso de las horas, en su peor pesadilla.
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Nota: El acto IV, cronológicamente,  sucede a la par que la muerte de los supervivientes del comando de Vicxer y del hechicero Ka´deth del 9º Regimiento de la Sierpe a manos de Kalaziel (Entreactos: Dolor)
Irhös se encuentra camino a Grothâr (Acto III, Primera parte: El marisco,  mejor fresco.)
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Babu Yag asustada dejó caer la pipa. La amapola negra se había consumido por completo y con ella el manto de la ensoñación en la que había estado cautiva Hörs.
Hörs con ira mal contenida gritó a la nada.
  • Maldita criatura que te escondes cobardemente entre la niebla, ¿quieres saber que paso después de la batalla?. No te preocupes, te lo voy a susurrar al oído cuando te encuentre.
 
La niebla comenzaba a disiparse dando paso a una noche débilmente iluminada  por una pálida luna creciente. Delante de Hörs apareció un bosque de arboles retorcidos que se erguían sobre unas raíces hundidas en agua estancada Hörs comenzó a andar en dirección al bosque. A medida que se acercaba pudo vislumbrar  un sendero.
Babu Yag sabía que no podía huir, necesitaba tiempo para pensar, comenzó a mezclar ankar verde y blanco en una pequeña botella.
  • Vamos, vamos vieja idiota.- se gritaba así misma.
Su enclenque brazo lanzó la botella a los decrépitos árboles, estos comenzaron a retorcerse y estirarse hasta formar un muro de madera reseca, eso la detendría, pero no por mucho tiempo.
 
Babu Yag tenía miedo, solo lo había sentido cuando  la  Sierpe había aparecido, provocando que se recluyera a aquel miserable lugar.
La Sierpe era ahora la fuerza cambiante, estaban modelando Kadazra a su antojo  a través del miedo,  y ella no tenía cabida en el nuevo mundo, ¿o sí?.
Esa mujer parecía importante para ese tal Kalaziel, ¿debía encontrarlo y pactar con él? .
De una estantería jalonada de frascos de conservas rescató un pequeño vial con polvo de ankar negro.
Babu Yag ahuecó la mano izquierda y vertió una pequeña cantidad del ankar negro, esnifó hasta el último gramo.
Tras unos segundos, el iris marrón de su ojo sano comenzó a tornarse negro, las venas de su cara adquirieron un tono morado, su cabeza cayó pesadamente hacia atrás y su corazón, por una fracción de segundo, se detuvo.
  • Tú que moras entre el velo de la cordura y la realidad, escúchame, imploro tu presencia, me postro ante ti, siervo de los Mil Rostros.
Una voz, que podría ser humana, la llamó, sonaba como si estuviera lejos y cerca a la vez.
  • Babu Yaaagg, me has llamaaado.
  • Tengo un regalo para uno de los tuyos.
La incorpórea voz rio. Los oídos de Babu Yag comenzaron a sangrar.
  • ¿Un regalo? Eso es inusual, ¿qué quieres a cambio?.
  • Que cambie mi situación, poder, comida, una casa…
La entidad pareció respirar al lado suyo, su exhalación se introdujo por las fosas nasales de Babu Yag, como si fuera un gusano, excavó en los recuerdos de las últimas horas.
  • Demasiado tarde- susurró.
La puerta se hizo añicos tras la patada de Hörs. 
  • ¡No me mates, eres una paladine!- Babu Yag se lanzó a los pies de Hörs- te daré lo que tengo.

Envainó la mellada espada que había empleado, de hacha improvisada,  para romper el muro de arboles.

  • No te preocupes, no te voy a matar – sonrió Hörs agachándose para quedar a la misma altura que ella.

Babu Yag se había arrancado las tibias que tenía por piernas, dando paso unos muñones supurantes.

Los huesos no la obedecían, lo muerto se revelaba ante la proximidad de Hörs.

  • Eres una buena persona, gracias, gracias- Babu Yag le lanzo el polvo de ankar negro a Hörs a la cara.
Un cuchillo salió proyectado hacia el costado de Hörs, la sangre comenzó a caer al suelo empapando las tablas resecas.
  • Te has equivocado, ni soy buena ni soy una persona- el ankar amarillo comenzó a arder en su espalda, sus ojos se volvieron escarlata- Mortus éirich.
Babu Yag se disponía a lanzarle a Hörs otro vial cuando uno de los frascos de la estantería cayo a su lado, la mano de un orco que tenía en salmuera avanzaba lentamente hacia ella, otro frasco cayó, esta vez un ojo con su nervio se deslizaba como una babosa deforme, más tarros cayeron con toda suerte de partes de cuerpo de diferentes criaturas. Los restos comenzaron a desplazarse hasta Babu Yag.
Las tablas comenzaban a romperse, el hedor a muerte impregnó la estancia.
Hörs antes de levantarse dijo:
  • Soy una mujer de honor, te dije que te susurraría lo que pasó después de la batalla, hay cosas peores que la muerte…
Hörs le contó lo que ocurrió  mientras que manos, ojos, lenguas cercenadas daban cuenta de Babu Yag.
 
Epílogo
Varios espectros de la Sierpe salieron de la ciudad fortificada de Sisboru dirección al Pantano de los Perdidos.
Los espías de la resistencia avisaron rápidamente a la General Groan.

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CoquinArtero
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Si no me estuviese vedado el relato de mis pesares en ese lugar, te contaría una historia cuya más mínima palabra te helaría la sangre.

                                                                        Hamlet (padre), William Shakespeare     

     Tres meses tardamos en rescatar el último anillo. Ha costado tener que dejar de lado los principales negocios del sindicato en Chicago y la vida de al menos tres personas implicadas: la ancianita de la tienda de antigüedades y dos de mis lugartenientes que se llevó por delante en el afán de morir matando. ¿Quién iba a pensar que la señora tuviese tantos recursos?

     Un par de vidas, sí, pero encontramos un hilo del que tirar hasta terminar dando con el anillo en lo más profundo de la alcantarilla de Crocoach Street.

     Antes de partir nos reunimos en el sótano de Moe, un grupo de más de veinte de mis mejores hombres, un arsenal de armas que se comerían a cualquier Gatlin, mi pierna falsamente muerta y yo, cargado de odio y tres meses de carne de cabra en las tripas.

     Gracias a la magia de Jimmy el Rubio pudimos canalizar lo que quiera que hiciese funcionar la joya. La encajamos en un altarcito, una especie de atril conectado a su vez con los anillos de toda la banda. Ese nuevo mundo nos vio llegar armados hasta los dientes, con la esperanza de que la armas aguanten hasta superar la guardia de esa panda de cabrones, y llegar a ese al que llaman Pierrot.

     De los que encajamos los dedos en sus anillos, quince aparecimos en un claro del bosque que reconocí al instante como una ensenada cercana a la ciudad-montaña-fortín, desde donde me intentaron coser a balazos. Sin tiempo para encontrar al resto, al oír la primera ráfaga de tiros, supimos dónde podían haber aterrizado. Esos no tardarían en caer por la causa, solo lo suficiente como para concedernos al resto la ventaja del factor sorpresa. Entramos a hurtadillas con una plegaria en la boca: “que las armas aguanten para que al menos uno (yo), llegue al corazón de la montaña y se adueñe de su arsenal”.

     A cuchilladas y en silencio llegamos a los puestos desde donde atacaban al grupo de avanzada, oculto tras un florecimiento rocoso y azorado por el embiste de las Gatlin. En silencio, sorprendimos a los tiradores en la primera torreta. Desde allí pudimos ver cómo se les acercaba un grupo de hombres cabra de asalto, dispuestos a pescar a quien lograse escapar de la lluvia de balas. Cómo me habría gustado ver sus caras de chivo cuando, creyendo que el fuego había cesado para darles paso, salieron de sus escondites dando berridos y los callamos a base de plomo.

     Al poco, los gritos y balidos de estupor brotando por las ventanas de toda la estructura, estallaron a coro cuando empezaron a volar cuernos y pezuñas. Después de quince minutos no importaba que nuestras armas estuviesen fuera de servicio; haciendo uso de las suyas, nuestro comando de orgullosos chicagüenses, aún mermados, habían sometido a toda la ciudad con las  armas de su propio rebaño.

     Son muchos, demasiados, diría yo, pero están controlados por un puñado de mafiosos cabreados y ahora tienen, además de las ametralladoras de las torretas, un montón de artilugios con toda la pinta de ser armas de fuego llenas de serpentines y piezas dentadas.

     Algo me dice que acabamos de abrir un nuevo mercado y… tenemos cabrito para cenar


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Omarelmanco
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Capítulo 14 de las aventuras de Kalÿatar y de uno de Bilbao (que reside en Murcia) que pasaba por allí.

-Breve resumen de que carajo es esta fumada gorda:

El escritor de las aventuras de Kalÿatar (servidor) después de intentar escribir el capítulo 12, se queda sopa encima del teclado y aterriza en pleno Nazadra frente a Kalÿatar, Lince y Thaugen que se quedan a cuadros. Conviene aclarar que es invierno y voy ataviado con una camiseta de “Noviembre Nocturno”, una manta gorda a modo de “kilt” escocés, un pantalón de pijama corto, y unas chanclas de Astérix el Galo, estoy pelado de frío y de mala leche, que por muy de Bilbao que sea uno, en Nazadra los pedos se congelan del frío que hace.

Toda la parte del Vado de la Zarza fue idea del maestro Javi Gil, que dirigió una aventura la cual tuve el orgullo de jugar con “Talum”, el amigo de Kalÿatar, cuya hermana “Kala” tuvo algo serio con él, como mi memoria es una mierda, no recuerdo el nombre de los demás jugadores a excepción de mi mujer que llevaba un ex-sectario de “La Sierpe” con algunos traumas de más. Así que nuevamente, gracias por tu ayuda Javi.

 

Vuelvo a despertar con olor a café recién hecho, un dolor de todo, y un gato de 10 kilos en mi pecho, ronroneando como el motor de un autobús.

-Buenos días otra vez Lince, ¿De verdad no hay lugar mejor para dormir?, Thaugen está más molludito,-Lince me mira ¿Sonriendo? Y se baja de un salto.

-Buenos días Omar de Murcia, en unas horas, llegaremos al Vado ¿Todo bien?

A mi lado, Thaugen ronca como una manada de osos -Psche!, no me puedo quejar, podría ser peor, podría tener un mapache mordisqueándome las pelotas.- Kalÿatar ríe con mi ocurrencia haciendo que Thaugen se revuelva.

-Entonces eso es bueno.-dice pasándome una taza de café.

-No quiero ser cansino, Kalÿatar, pero como ya te dije el otro día, si la cosa se pone fea, sólo podré ser de ayuda con un arma de fuego, no tengo ni puta idea de pelear con armas, y de hecho, nunca he disparado a nadie, prácticas de tiro en el cuartel y poca cosa más.

-Tranquilo,-me responde-, para el trabajo sucio, ya estamos nosotros, pero aun así te pertrecharemos debidamente en el Vado, por lo menos que puedas defenderte.

-Ahora que lo mencionas, cuando lleguemos al Vado, tenemos que presentar nuestros respetos al jefe, creo que se llamaba Velkan o algo así,  hace poco mataron a su esposa, y su hijo casi le sigue, fue el grupo en el que iba Talum, los que salvaron el día, una paladín, un hechicero, un enano que se llamaba Dumbar y un desertor de la sierpe con complejo de Hulk. Casi no lo logramos.

-¿Logramos? -dice Kalÿatar con sorpresa,- nos dijiste que nunca habías estado en Kadazra ¿Nos has estado mintiendo?

-Nononono, por Dios, no. Eso fue una partida de rol, es otra manera de contar historias, las interpretamos como si fuéramos los héroes, yo interpreté a Talum, su historia, que fue escrita por Javi, me pareció muy buena y decidí que se convirtiera en tu mejor amigo, y su hermana Kala tu amor de juventud.

-¿Hay algo que sea cierto en mi vida? -pregunta visiblemente afectado.

-Bufff, -exclamo sin saber demasiado bien que contestarle-. Mi mundo para ti no existe, pero eso no lo hace menos real para mí. A ver, supongo que todo aquello que recuerdas o sientes es real, un tal Descartes decía: “Pienso luego existo” así que dándole la razón,  me temo que eres muy real y toda tu vida, por lo tanto, también lo es. Imagino que será algo como Nivel 13 pero menos tecnológico.

-¿Qué diantres es un Nivel 13, jovenzuelo? -Pregunta Thaugen que acaba de despertar.

Paso las siguiente horas explicando Nivel 13, Matrix, Inception y otras tantas a Kalÿatar y Thaugen, resumiendo, una pesadilla.

Avanzada la tarde, llegamos a un recodo, el cual me recuerda la descripción de Javi en la partida del “Día del Tentáculo”.

-Y por fin hemos llegado,-anuncia Kalÿatar.

Efectivamente, habíamos llegado al Vado de la Zarza, y Javi, se quedó corto en su descripción, dentro de lo espartano de las construcciones de los árboles, aquello irradiaba paz, se parecía mucho a la luna de Endor y los Ewoks.

-¿Quién va? .-pregunta una voz desde lo alto.

-Somos Kalÿatar y unos amigos, buscamos refugio y algo de pertrecho.

-¿Kalÿatar?,-pregunta otra voz.- ¡por el Gran Roble! Subid, subid.

Nos arrojan una escalera de gato que ha visto mejores días, me pregunto que coño pasará a partir de ahora, sólo tenia preparada su historia hasta aquí.

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Higo Chumbo
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 (Nota del autor: Este es un mismo relato partido en 3 publicaciones, ya que en una sola hubiera sido algo ciclópeo. Dicho esto, solo me queda recomendar que se lean los 3 del tirón ya que no son textos separados. Espero que los disfruten) (Texto corregido y forjado en el taller de Vuelo del Cometa) 

Elhigo-Lann

Capítulo I (1ªPARTE)

 

 

Himno de Elhigo-Lann:

 

El áureo resplandor, que trae el amanecer, anuncia el despertar de un nuevo día. 

 

Los rayos de su luz, para brillar mejor, avanzan sin cesar por toda ElHigo-Lann.

 

¡Gloriosa,  Elhigo-Lánn! 

¡Blanca, joya insular! 

 

¡Gran esplendòr del mar!

 

¡Gloriosa Elhigo-Lann! 

¡No dejes de brillar!

O las sombras del mal, no lo permitirán.

 

¡Gloriosa Elhigo-Lann! 

¡Nunca dejes de brillar!


 

Otro día amanece sobre Roca del Higo. Alumbrando con sus rayos,  la bruma que se extiende por la ciudad, mientras el rumor de pasos y voces delatan el inicio de una nueva jornada laboral.

 

Mientras tanto, en el palacio Averill dos guardias atraviesan las puertas, anunciando el fin de la ronda. Cabeceando y medio dormidos, recorren la sala de audiencias demasiado cansados para notar al hombre que se oculta tras una columna.

 

Una vez los guardias abandonaron la estancia. El anciano, Lucano Bejarano, conde de Averyll y gobernador de Elhigo-Lann, se precipita hacia la puerta, presto a abandonar el palacio, dejando tras de sí una carta titulada: “Para Lucrecia”.

 

Unas horas más tarde. El primer edil Alano corre desesperado por los pasillos, derribando a doncellas con bandejas, lacayos con libreas y todo aquel que se interpusiera entre el hombre y su deber. 

Tras un derrape brusco y un acelerón a la izquierda, irrumpe sin decoro en la habitación de la dama Lucrecia,, la cual descansa plácidamente en su lecho. 

—Dama Lucrecia —susurra Alano, tocándole el hombro. 

—¿Que hora es? —lo interrumpe ella.

—Las 2:30, mi señora. 

— ¿Y qué pasa? —ella le increpa. 

—Señorita Lucrecia, su padre ya no está entre nosotros. ¡Nos ha dejado!

—¡Cómo! 

—Sí, señora. Esta mañana su padre abandonó el palacio y la dejó…

—¡Menudo susto me has dado desgraciado! —lo interrumpe ella arrojándole una almohada. 

—Pero señora, ¡no hay tiempo! Su padre ya no está, y el Enviado del Arca, para el censo, está a punto de atracar. 

—¡Maldita sea su estampa! ¡Siempre me la está liando! ¡Rápido Alano, pásame el vestido rojo!

El edil obedece y los dos salen escopeteados hacia la puerta.

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Higo Chumbo
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 (2ªPARTE)

Momentos más tarde, la pareja llega al muelle donde les espera el capitán Morvin. Los tres observan en silencio la llegada del barco, hasta que el edil recuerda una última noticia: 

—Dama Lucrecia, por cierto, su padre dejó esta carta antes de marcharse —dice pasándola una carta sellada. Está la abre y la lee en alto: 

 

Saludos, hija mía. Soy yo, tu padre, Lucano Bejarano de la Casa Averill. 

 

Espero que no te hayas molestado por mi furtiva partida, pero estaba cansado de esperar. Llevo demasiado tiempo alejado de mi gran pasión, enfrascado en manejar el timón del estado. Pero todo eso se acabó. Hoy por fin me podré dedicar a lo que llevo años esperando. La gran aventura de mi vida. La búsqueda de las 7 coronas perdidas de Elhigo-Lann.

Pero bueno, luego te contaré más. 

Por lo pronto te entrego el timón del estado durante mi ausencia. Y para que sea oficial:  

Yo, Lucano Bejarano de la Casa Averill, Gobernador de Elhigo-Lann. Nombro a mi hija, Lucrecia Lucana de la casa Averill, gobernadora en funciones de toda Elhigo-Lann hasta mi regreso. 

Te deseo mucha  suerte hija mía, y que el timón del estado te lleve a aguas tranquilas. 

 

P.D. Por cierto, para cualquier consulta, me encuentro en un campamento, situado en las cercanías al túmulo de Ralftan. 

 

Un beso muy grande. 

Tu padre, que te quiere.

 

—¡Si es que debería haberse jubilado ya! —dice Lucrecia pasándole la carta a sus acompañantes. 

—”Sí, hija, encárgate de todo”, dice… Pero luego a la hora de la verdad ¿Quién es el que tiene que firmar los papeles? ¡El conde! Es que hay que fastidiarse. Y todo por la leccioncita  del abuelito: “No cedas nunca nada en vida”. ¡Y una mierda para él! En cuanto le eche el guante pienso hablar seriamente de esto. 

 

El edil asiente en silencio las afirmaciones de su señora mientras que el capitán se arrodilla ante ella y exclama:

—Señora, me congratulo en ser el primero en felicitarla por…

—Gracias, gracias —le interrumpe ella—. Y Haga el favor de levantarse, que está a punto de llegar el invitado. 

El capitán se incorpora de un salto, y los tres observan el amarre del barco. 

Del navío sale un joven de aspecto robusto, cabellos negros y de unos veintitantos años. 

Lucrecia al verle se muerde el labio y susurra: 

—Pero qué buen mozo. 

El joven se acerca a ellos y Lucrecia toma la iniciativa. 

—Siéntase más que bienvenido, maestro Sivos-Orzon. Soy Lucrecia Lucana de la casa Averill, condesa en funciones de Elhigo-Lann. 

El joven hace una reverencia y responde: «Bienhallado me encuentro, su excelencia».   

—Estupendo  —dice ella, dando la espalda para irse hasta reparar en la presencia de sus acompañantes—. Ah, sí, y estos son el primer edil Alano, administrador de Roca del Higo, y el capitán Morbin, jefe de la guardia Imperial de la Ciudad. 

—Un placer conocerlos a todos —dice el joven—. Pero, extraño no tener el gusto de saludar a su padre. 

—Yo tampoco lo he tenido, de hecho—responde ella —. Así que haga el favor de acompañarnos y le explicaremos toda la situación. —Tras lo cual, Lucrecia se gira y sube a la silla de maños acompañada por Sivos. El resto sube a sus monturas y todos parten hacia el palacio. 


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Higo Chumbo
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(3ªPARTE)

Durante el trayecto, Lucrecia no deja de observar a su joven invitado degustando con la mirada cada parte de su torso. Inmersa en suculentas fantasías y divagaciones sobre lo que se esconde tras las ropas de su invitado. 

Sivos, por su parte, se siente muy incómodo con estas miradas indiscretas, tanto es así que lanza sin pensar la primera pregunta que se le pasa por la cabeza. 

 —Disculpe mi ignorancia, su excelencia, pero ¿Roca del Higo es el único asentamiento que existe en la isla? 

 

—Bueno, actualmente  Elhigo-Lann cuenta con 6 asentamientos permanentes  Roca del Higo, Puerto Sombrío, el monasterio de la Montaña, Puerto IgBen y el puesto de la Compañía de las Islas Orientales.

—Su excelencia, me parece que le falta uno —indica Sivos. 

—Tiene toda la razón, había olvidado el Puerto Cervecero —responde ella con una carcajada—. Oficialmente, entra dentro de la administración de Puerto IgBen, pero al tratarse de un chanchullo que arregló mi padre con los goblins. 

—¡Con los Goblins! —Sivos interrumpió alarmado. 

—Sí, jaja. Es el lugar de atraque preferido para los piratas, digo, bucaneros. 

Mi padre se lo alquiló al gobierno de Goblinburgo hace un par de años.   Para que sus “honrados” y “tranquilos” bucaneros, tengan un lugar seguro para traficar, digo, descansar. No dan nada de guerra, solo se limitan a dejar el barco, beber, pasarlo bien y asesinar al virrey de vez en cuando. Pero bueno, es su cultura y hay que respetarla jajaja.

 

Una vez en el Palacio, Lucrecia, tras abandonar la carroza se gira hacia su invitado y dice: «Ruego, que me disculpe maestro Sivos, pero no podré acompañarle en el resto de la visita. Debo encontrar a mi padre, y saber que se encuentra sano y salvo. El primer edil le atenderá en todo lo que necesite».

Sivos, asiente con la cabeza y acompaña al edil dentro del Palacio. Lucrecia por su parte se monta en un caballo y sale junto a su escolta en búsqueda del anciano conde. 

 

Una hora y media después, los jinetes alcanzan una extensa llanura salpicada por los restos de una antigua calzada. Un anciano con aspecto bonachón, recorre la llanura recitando a todo pulmón, el himno de Elhigo-Lann. 


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Fasa_Ape
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Este relato continúa con la aportación de Higo Chumbo.

Los ministros son los goblins más astutos y retorcidos, les encanta crear falsas apariencias y engaños dentro de engaños.

Suya fue la idea de hacer creer a la mayoría de la gomblicidad que ser rey es un puesto apetecible, una argucia que servía tanto para ganar seguridad como para echarse unas risas, son ellos los que fomentan la idea de que los goblins no son más que unos pequeños locos que se conforman con vivir en su pantano, de forma que nadie los ve como una amenaza.

De lo que nunca se habla y mucho menos a no goblins, es de la Hermandad de los Cuchillos largos.

Los miembros de la Hermandad, son los ojos, los oídos y el brazo ejecutor de los ministros fuera de Goblinburgo, son sus sabotajes y asesinatos selectivos los que mantienen a la Sierpe alejada de la brillante joya goblin.

La Hermandad está tan entrelazada con el ministerio que llegado el momento, los agentes más veteranos y sobresalientes terminan asesinando a un ministro y ocupando su lugar, perpetuando la tradición de que solo los goblins más astutos y retorcidos se convierten en líderes. 

Pero hasta que llegara ese dia y pudiera volver a Goblinburgo a reclamar su ascenso, Berta Panduro se pudría en esta isla tan fea, todo por culpa de Joselito palotes, o Irhös el pirata, como lo conocían los humanos, algún día ajustaría cuentas con ese capullo.

Se encontraba bebiendo una pinta de cerveza en la taberna de La Babosa Mofeta, a su alrededor los goblins alternaban taciturnamente, al fondo se había montado una trifulca, dos o tres goblins borrachos estaban encaramados a la lámpara de araña y arrojaban palomitas de maíz (entre otras cosas) a los que estaban abajo, un goblin corría en llamas alrededor de la sala común, sin duda el local hacía justicia a su fama de ser la taberna más tranquila de Puerto Cervecero, así llaman los humanos locales a Mangaluz, la base naval de avanzada barra resort goblin. 

-¿Bartra la ladrona felona?- la voz, tres octavas más alta que la de un goblin y sobre todo la sombra que le tapó la luz sacaron a Berta de sus pensamientos.

Ante ella se alzaba un humano ricamente vestido, se inclinaba para no darse con el techo, se le notaba muy nervioso.

Sin esperar invitación, el hombre se sentó, se secaba el sudor con un caro pañuelo de lino Keraltano, una esplosion al otro lado de la sala le hizo dar un respingo, claramente no estaba acostumbrado a los refinamientos sociales goblin.

-¿Eres tú?- Bartra era como la conocían los humanos, esos seres torpes y atontados parecían incapaces de pronunciar correctamente un nombre goblin.

La goblin tuerta miró al humano con disgusto, mientras desenfundaba uno de sus cuchillos bajo la mesa -¿Quien lo pregunta? qué más da, no me lo digas, todos los humanos me parecéis iguales-.

-Dicen que perteneces a una especie de hermandad de asesinos goblins, tengo trabajo para ti- al oír esto Berta salto, apoyo un pie en la mesa para impulsarse, hizo una pirueta en el aire y aterrizó en los hombros  del humano, a continuación acaricio su yugular con el filo del cuchillo.

Toda esa maniobra fue tan  rápida y fluida que la cerveza en la mesa ni se agitó y el hombre tardó unos segundos muy largos en comprender su situación.

-Eso es algo que no deberías saber ¡empieza a hablar! -.

Media hora después, Berta salia de la Babosa Mofeta, no había entendido mucho de lo que decía el humano, entre tanta lágrima y no me mates no me mates, lo que saco en claro, era que el liderazgo local acababa de cambiar, que un empujoncito en la dirección adecuada le garantizaria el título de Gobernador a la persona adecuada.

Al volver la esquina de la taberna la asaltó un goblin con un guardapolvo que le cubría hasta las rodillas. 

-Chis Chis, hey, ricura ¿te apetece un dulce?- con un movimiento rápido abrió el guardapolvo, mostrandoselo todo a Berta.

Tras comprarle unas barritas de caramelo al camello de azúcar, Berta se dirigió a su guarida, tenia que prepararse, cuando cumpiera este encarguito y lo hubiera cobrado, tendria que matar a unos cuantos humanos para mantener en secreto a la hermandad de los cuchillos largos, pero si esto salía bien, por fin podría pagarse el pasaje de vuelta a Goblinburgo.

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Fasa_Ape
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Berta no tardó mucho en llegar al hostal donde se alojaba, al entrar le recibieron dos cosas, el cartel que decía "NO SE ADMITEN HUMANOS,ELFOS, NI ENANOS DE MAL VIVIR"  y los ronquidos de la casera.

Corrió hacia las escaleras, no quería que la anciana se despertara, era una cansina, cada vez que hablan, Florinda (la casera) siempre acababa diciendo:

-¿por qué no tienes bebes? aun que estes tuerta, seguro que una tía buena como tu no tiene problemas para encontrar quien se la folle- la casera no tenía filtro, incluso para ser una goblin vieja.

Berta no era ninguna estrecha, para una espespecie como la goblin, con una esperanza de vida corta y una tasa de mortalidad elevada, el sexo no era ningun tabu y lo practicaban sin ninguna inivicion, Berta lo hacia cada vez que podia, ultimamente, atrapada en esta isla y muy aburrida, lo hacia casi todo el tiempo, tomando precauciones, claro.

No es que no quisiera traer pequeños goblins a este mundo, pero siendo un agente de la hermandad de los cuchillos largos y teniendo que robar información hoy aquí a Fulanito y mañana asesinar allí a Menganito, no podía cargar con niños.  Ya tendría tiempo cuando volviera a Goblimburgo, asesinara a un ministro para ocupar su lugar y por fin pudiera sentar cabeza.

Subió las escaleras a la carrera, no se detuvo hasta entrar en su cuarto y cerrar la puerta con cerrojo.

El cuarto no era gran cosa, aunque para los estándares goblin no estaba nada mal, tenía un jergón de paja no demasiado seca, una pequeña cocina y un armario bastante grande.

Sin perder el tiempo busco un pequeño mortero en la cocina, arrojó dentro las barritas de caramelo y empezó a molerlas, asegurándose de que se convirtieran en un polvo muy fino.

Todos los ejercitos tienen sus drogas de combate, algo que infunde valor y da animos para la batalla, los humanos usan vino, los enanos cerveza, los elfos.... Berta no sabia ni queria saver que usaban esos abraza arboles, fuera lo que fuera, seguro que sus abogados se lo habian proivido, en el caso de los goblins, era el azucar, cuando a un soldado de infanteria goblin le daban azucar, sabia que o le iban a joder o estaba jodido.

Normalmente, Berta no necesitaba del impulso que proporcionaba el azúcar, pero para esta misión cualquier ayuda vendría bien, ningún goblin vivía tanto como ella en su profesión sin tenerlo todo previsto.

Cuando se aseguró de que el caramelo se había convertido en un polvo lo suficientemente fino, lo volcó en una bolsita de seda de araña negra.

Después de esto se dirigió al armario, lo arrastró para separarlo de la pared, había pasado el último mes haciendo un agujero donde guardar sus herramientas, sacó su túnica negra y sus dagas.

Se hablaba mucho de toda esa tecnología avanzada que se fabrica en Goblimburgo, pero lo que realmente hacían bien eran las armas blancas, especialmente las dagas de filo curvo que los goblins llamaban Arpías.

Berta jugueteo con las suyas para desoxidarse, cuando las empuñaba de la forma adecuada, el filo llegaba desde su muñeca hasta su codo, convirtiendo sus brazos en armas mortales.

Decidió que les faltaba filo y empezó a afilarlas de forma lenta y metódica, pronto les daría el uso para el que habían sido creadas, como ya había hecho cientos de veces antes.

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Crodries
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PESOS Y MEDIDAS

Parte 1/6

«Connor nos trajo la paz, y con ella llegó la ilustración. En el nuevo mundo alumbrado por el Emperador ya no hubo lugar para la superstición y la mitología. En efecto, razón y tecnología se convirtieron en los faros que guiarían la acción de gobierno. Nunca estuvo la prosperidad tan al alcance de la mano del ciudadano común que abrazase los nuevos principios».

Mathías Bremmer, Rector de la Universidad de Lanssat.

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Mathías Bremmer estaba nervioso. Hoy asistiría, posiblemente, a la reunión más importante de su vida, y no quería dejar detalles al azar. Mientras recorría absorto la estancia, repasó el discurso otra vez. La cuarta, para ser precisos. «Majestad, miembros del Consejo de Connor, bien sabéis que la guerra ha acabado…». Cómo no iban a saberlo, si él era de los pocos asistentes que no estaba vinculado al ejército.

Su papel como Consejero del Saber era promover el conocimiento y la tecnología sin límite. Proyectarlos no solo dentro de las fronteras del Imperio, sino más allá. Deseaba fervientemente que la luz de la razón iluminase tanto a humanos como aurgos, desde Lanssat a Jottum, y desde las Tierras Nevadas hasta las tribus nómadas de los Medhay.

El erudito se detuvo en el centro de la sala vacía encarándose hacia el gran reloj de péndulo. «Pero no debemos pensar, majestad, que nuestra labor termina con la derrota de los ejércitos rivales en el campo de batalla. Precisamente ahora es cuando empieza la tarea más dura contra el enemigo más difícil: la ignorancia…».

El dispositivo era una obra de ingeniería impresionante. Un armazón metálico, que bien hubiera podido albergar el cuerpo de un ogro robusto, cerrado con paredes de cristal. Se podía atisbar un interior abigarrado, repleto de engranajes, poleas y ruedecillas girando a velocidades diferentes. Y desde sus entrañas emanaba el resplandor del ankar rojo, la fuente de energía que animaba el conjunto. Sin embargo, de ese caos de piezas engarzadas en movimiento surgía el orden.

Un péndulo central oscilaba de izquierda a derecha. Cada vez que el peso sujeto por un cordel alcanzaba su máxima amplitud, se detenía. Entonces, el aparato emitía un sonoro «tic». Después, invariablemente, comenzaba a caer en sentido contrario siguiendo una trayectoria semi-circular. Cuando alcanzaba el centro, la plomada iba a la máxima velocidad, pero, a partir de ese instante, comenzaba a frenarse según ascendía. Cuando el peso se detenía de nuevo, sonaba un «toc». La regularidad era hipnótica. Tic, toc.

El problema era complicado, cada pueblo conquistado empleaba su propio sistema de pesos y medidas. ¿Cómo calculaban los elfos las distancias? En leguas. La distancia que se recorre en un día a caballo es la legua. Pero claro, si en lugar de trotar con un caballo élfico solo tenemos un jamelgo de las Ciudades Fronterizas, la legua será notablemente más corta. Quizá por ello, los humanos prefiriesen emplear las millas. Pero cada ciudad tenía su propia milla. La milla de Aldenheim no mide lo mismo que la milla de Lanssat.

¿Quién no recuerda la historia del Margrave de Phlink, que contrató a una cuadrilla de constructores goblin para rodeasen la ciudad de un muro infranqueable de siete pies de altura? Si tan solo hubiese tenido en cuenta que el pie goblin es mucho más corto que el pie de Herethrin, unidad de medida estándar en Phlink, se hubiera ahorrado un buen disgusto. Al menos tuvo el consuelo de que ninguna oveja ha podido escapar desde entonces.

Mathías continuó su deambular por la habitación mientras gesticulaba en las partes más importantes del discurso. «Esta situación, nobles miembros del Consejo, se reproduce en cualquier esfera de la sociedad. Cada pueblo emplea su propio sistemas de pesos y medidas. Peor aún, cada ciudad que es políticamente autónoma los modifica a su conveniencia: codos, palmos y varas tienen su propia versión en Aldenheim, Nazadra y en el mismo Lanssat. Como medidas de peso tenemos libras, marcos, talentos e incluso acetábulos, pero en sus versiones de Nurash, Ankaria y Celestia. Y todo ello aderezado por las distintas razas que pueblan nuestras tierras, o acaso pensáis que el palmo élfico mide lo mismo que el humano.

»Y todo esto causa un perjuicio insidioso a la gobernanza del Imperio, queridos Consejeros. Un perjuicio que se filtra en la conciencia de los súbditos y va minando la confianza en la autoridad de Connor, nuestro emperador. Pensad que acabamos de unificar territorios lejanos, cuyas naturalezas y costumbres son diferentes. Elfos, enanos y humanos se encuentran ahora sometidos a un gobierno unificado que, pensando en ellos, y para ellos, les va a cobrar impuestos».

Cuando llegase a este punto debía mirar a los ojos al Tesorero Delmer. El dinero era lo único que interesaba a ese viejo avariento, y este comentario seguro que le llegaría al alma.

«¿Pero qué perjuicios causa tal marasmo métrico al Tesoro de Su Majestad, os preguntaréis? Pues bien, pensad en los recaudadores recorriendo los campos y viñas de las tierras recién incorporadas. Imaginad que entran en una aldea remota a por la cuota de doscientas libras de cebada que, en justicia, les corresponde entregar. Y entonces resulta que los lugareños son aurgos. Es más, los campesinos son unos enanos ignorantes». “Maldición”, pensó, no podía siquiera mencionar eso en presencia del Consejero Marek. Ese enano rencoroso era capaz de arrancarle la nariz de un mordisco.

«Es más, los lugareños son unos campesinos ignorantes —continuó de modo más diplomático— que no emplean la libra como unidad de peso sino el celemín. ¿Os imagináis haciendo las conversiones de libras de Lanssat a celemines del culo del mundo o donde quiera que se encuentre esa aldea? ¿Creéis acaso que los recaudadores serán capaces de alcanzar las cuotas previstas?

»Es evidente que los súbditos intentarán por todos los medios engañar a la autoridad para entregar menos de lo que corresponda. Y también es evidente que los recaudadores intentarán obtener más de lo que sea justo, bien para cumplir con las cuotas, bien para quedarse con la diferencia. En consecuencia, todo ello socavará la autoridad imperial».

Mathías Bremmer se detuvo frente al reloj en una pausa teatral. Contó hasta cinco tictocs y continuó evocando las palabras que diría en la sala del Consejo. «Pero no temáis, Majestad y consejeros. El problema tiene remedio; un remedio que he tardado años en desarrollar y que os traigo aquí, en el día de hoy. Un remedio que se llama sistema métrico decimal».

 

 

 


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Crodries
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PESOS Y MEDIDAS

Parte 2/6

La reunión del Consejo no estaba yendo bien. Los próceres del Imperio eran el típico producto de la época que les había tocado vivir: gente educada en la guerra permanente contra sus vecinos y contra todo lo que resultase novedoso. Sus mentalidades eran como los portillos cerrados que impedían el paso del viento. Obviamente, estos ceporros no estaban preparados para el cambio que les proponía. No obstante, debía reconocer que alguna de las metáforas con las que pretendió explicarse no habían resultado afortunadas.

El debate comenzó cuando Marek, el Consejero que representaba a los gremios enanos de Ankaria, expresó sus dudas acerca del kilogramo. Decía que le parecía un concepto innecesario: «incluso ridículo, si se me permite decirlo…». Ridíquili si si mi pirmiti mi mi mi mi. ¡Valiente gañán! Quizá los rumores fueran ciertos y la voz aflautada del enano se debiese a que había sido castrado de joven.

El muy zoquete sostenía que la introducción de las nuevas unidades de pesos y medidas complicaba en exceso el sistema monetario al reducirlo todo a múltiplos y divisiones del número diez, con sus decis, sus centis y sus milis lo que sea. Además, eso perjudicaba el valor de la moneda puesto que reducía el contenido de oro del escudo ankarés, moneda de curso legal en la ciudad y sus alrededores.

La acuñación de la moneda en Ankaria se hacía como en todas partes. Primero se construía un recipiente cúbico de un pie de ancho por uno de alto y uno de fondo. Un pie ankarés, por supuesto. Si ese recipiente se llenaba de agua procedente de un arroyo cristalino, entonces se obtenía la unidad de masa: la libra ankaresa, como es lógico. Pues bien, si se fundía una libra ankaresa de oro, entonces se podían obtener doce escudos. Escudos ankareses, otra vez por supuesto. Y esto, que a ojos de Marek constituía una verdad inmutable, era precisamente la raíz del problema. Como en cada ciudad del imperio se empleaban unidades diferentes, el contenido en oro de cada moneda era distinto.

Pero Marek veía el kilogramo como otra unidad más. En realidad, la veía como la unidad de medida impuesta por un conquistador sobre su botín de guerra; y se veía incapaz de convencerlo de que no era así.

Se trataba justo de lo contrario. El kilogramo era una medida universal. Tendría el mismo valor en cualquier parte, no solo del Imperio, sino en toda tierra conocida. Y también en la que estaba por descubrir pues su valor no se sustentaba en un decreto imperial, como ocurría con el resto de pesos y medidas. Al contrario, su definición derivaba de las leyes de la propia Naturaleza.

La idea era construir un recipiente cúbico y rellenarlo de agua, pero esta vez la arista del recipiente mediría la décima parte de un metro de longitud. ¿Y qué tiene de especial el metro? ¿Cómo se definía tal unidad de medida?

Aquí es donde residía la grandeza del sistema de pesos y medidas que ahora se proponía. El metro era la longitud de un péndulo que tenía el periodo de un segundo. Como el ankar rojo permitía la construcción de relojes mecánicos de gran precisión, tan solo se necesitaba colgar un peso de una cuerda e ir variando la longitud de la misma. En el momento en que cada oscilación coincidiese con el tictac del reloj, la longitud del péndulo sería de un metro exacto.

Y este resultado era universal, sin importar el material o el peso del péndulo. Funcionaba siempre con independencia de los materiales con que había sido elaborado el aparato… Bueno, para ser sinceros, él solo lo había comprobado en Lanssat, en Nurash y en Aldenheim. Pero muchos colegas reportaban resultados similares en otras partes del continente.

En este punto del discurso, para resaltar que el periodo del péndulo solo dependía de su longitud y no de su peso ni del material con el que se hubiese construido, hice la contraposición entre algo pesado y otra cosa más ligera. Un argumento del estilo: «la longitud de un metro nos proporciona el periodo de un segundo sin importar que el péndulo esté construido con una maroma para amarrar barcos o con un fino hilo de seda». Visto en perspectiva, el empleo de los testículos del consejero Marek como metáfora de algo ligero no fue una buena idea.

El enano, rojo de ira, se alzó de la silla entre la algarabía indignada de los miembros de su facción. No era una presencia imponente —con un metro y medio de altura no se puede pretender tal cosa—. Sin embargo, gritaba mucho.

—¡Pues a su madre, Sr. Bremmer, no parece importunarle la visión de mis genitales cerca de su cara!

—Aunque para ello, el Consejero Marek deba ponerse de pie en un taburete.

El comentario, lejos de provocar la hilaridad general, tuvo el efecto contrario. Los presentes fueron acallando sus voces hasta que el silencio se hizo en la sala. Nadie esperaba que un bruto como el general Ushur terciase en la conversación. Es más, afirmaría que todos los presentes estábamos sorprendidos de que el orco montañés hubiese sido capaz de articular una frase tan ingeniosa.

La situación pareció captar el interés de Connor. Desde la silla que presidía la mesa, el emperador se había recolocado. La postura de su cuerpo transmitía interés en las palabras del militar que estaba al cargo de la infantería imperial. Ningún consejero lograba sobrevivir mucho tiempo si no era capaz de interpretar el lenguaje corporal de su patrón, o de sus rivales.

El orco habló con voz de soldado y nos contó una anécdota aparentemente trivial. Sin embargo, la profundidad del argumento expuesto encerraba un ataque envenenado contra la necesidad del cambio de sistema de pesos y medidas que el imperio necesitaba.

¡Maldito general! ¿Acaso no había ninguna frontera remota que proteger? ¿Tenías que venir hoy a fastidiarme la exposición?

 

 

 

 

 


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