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Sombras de Kadazra

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NoviembreNocturno
(@noviembrenocturno)
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Iniciador de tema  

Sombras de Kadazra es una narración épica de los tiempos de auge y caída del glorioso Imperio del León y la llegada de la siniestra Guerra de las Sombras, una compilación de historias y mitos de los continentes ancestrales. La vasta y poderosa tierra que según la leyenda fue gobernada por los primeros artesanos del mineral de Ankar. 

 

Cuentan que a esta piedra preciosa se le atribuían propiedades mágicas y que llegó a ser el centro del comercio y la prosperidad de la civilización más poderosa jamás construida sobre el mundo. 

 

Y durante mucho tiempo nadie supo qué fue de sus alquimistas, pues pocos vestigios quedan de aquellos días… Incluso siglos después no se prestaba demasiada atención a los extraños símbolos que aún se conservaban grabados entre las ruinas. 

 

Su legado nos fue arrebatado de la noche a la mañana, como si la historia se los hubiera tragado para siempre. 

 

Con ellos se perdió la sabiduría necesaria para controlar el Ankar, sus secretos fueron olvidados y el desconcierto posterior provocaría graves escisiones, nuevas alianzas y enfrentamientos entre elfos, enanos, aurgos (orcos, duendes, ogros y goblins) y humanos, que terminaron por disgregarse en una maraña de tribus nómadas y asentamientos inestables, compitiendo por el control de del territorio en una interminable guerra de desgaste. 

 

Durante los siglos venideros, la supervivencia del más fuerte era la única ley que regía en los antiguos continentes.Las distintas tribus recuperaron poco a poco algunos ingenios ankarianos, dominaron nuevas técnicas de agricultura y ganadería y con la reaparición de diversas formas de escritura, surgieron las primeras crónicas de los Señores de la Guerra, que construyeron fortalezas sobre las ruinas de los antiguos mitos, trazaron fronteras en sus dominios y tomaron para sí los símbolos de sus dioses protectores. Pero insistían en conquistarse los unos a los otros. El sistema feudal y las luchas por la prevalencia de las líneas de sangre provocaban enfrentamientos que se heredaban durante generaciones. Las Guerras Apátridas se enquistaron… 

 

Hasta que llegó El Gran Unificador, un joven e impetuoso señor, que decía ser descendiente de los grandes dioses del ánima, que habían tomado la forma del León sagrado. Así se forjó el mito de Konnor el implacable, fundador de la nueva alianza, que reunió a las casas más jóvenes en torno a su carisma y logró alzarse aplastando uno a uno, con paciencia e inteligencia, a todos sus opositores. 

 

La mesa conciliar del Primus Argentus se estableció como sistema de gobierno, allí se ofreció asiento a los doce nuevos líderes de La Unificación y aunque el voto era igualitario, el título de emperador y el veto, seguían en manos de Connor. En pocos años el Imperio del León se había consolidado para gloria y gracia de los victoriosos. 

Sin embargo, los cadáveres y rencillas se amontonaban en el camino. De los caprichos del emperador nacieron nuevas disputas y venganzas que el poder incontestable de la unificación mantenía ocultos, porque mientras proliferaran el comercio y la industria del Ankar, la mayoría miraba para otro lado. Los cultos organizados empezaron a olvidar a los dioses del Ánima. Aparecieron Legislaciones y ordenaciones que se impusieron con relativa paz, se retiró el polvo de los tomos de la Ciudad Biblioteca del Arca, y los frutos del milagroso Ankar vieron nacer un nuevo mundo, especialmente para quien estuviera dispuesto a hacer los sacrificios adecuados…

 

Y así llegamos a los días del ocaso de Connor, se rumorea que murió por su propia mano, solo y atormentado. Lo inesperado de este evento, pilló desprevenidos al resto de miembros del Consejo, que solo podían pensar en la inestabilidad que provocaría esta nueva situación. Más preocupados por sus rencillas internas, por mantener y aumentar sus parcelas de poder, descuidaron la terrible conspiración de La Sierpe, la estirpe de Pegana, que humillada por Konnor en el pasado, aguardaba con paciencia su momento. 

 

Sus hechiceros habían pasado mucho tiempo estudiando las cualidades y secretos del Ankar Oscuro, así entraron en contacto con entidades de otros mundos y de su odio, de su ambición y desesperación, nació el nuevo culto del Sueño del Leviatan… Una criatura primigenia que aguardaba soñando más allá del tiempo y el espacio. Y la muerte de Connor solo era el primer paso, una chispa en la oscuridad, que alentaría las llamas del infierno sobre la tierra. La sierpe reunió a las grandes casas en la sala conciliar, asesinaron a sus líderes y abrieron portales a lo largo y ancho del occidente de Kadazra. Un ejército incontestable se adentró en nuestro mundo… Había dado comienzo La guerra de las sombras. 

 

https://www.youtube.com/embed/ye7LnO3EQ2w

 

 

 

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Fasa_Ape
(@fasa_ape)
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La adusta fortaleza enana de Castelnuovo, se alzaba en la ribera más septentrional del río Escarcha.

Ya antes de la caída, era una importante zona de extracción y tráfico de Ankar, tras siglos de abandono, los enanos reclamaron la fortaleza, pasando las siguientes décadas reconstruyendo y mejorando las defensas.

Osber, mandaba la guardia en la puerta norte, era un trabajo importante, la ruta comercial que unía la ciudad de Asbalona con Tempes, cruzaba el río Escarcha por esa zona.

Osber, taciturno como siempre, apoyó su jarra de cerveza en el parapeto, aun a pesar de la bien conocida habilidad enana para la mampostería, sus nuevas obras y reparaciones parecían trabajos de aficionados en comparación con el trabajo de los antiguos.

Osber oteo el horizonte, este era un destino prestigioso, pero aburrido, las rutas comerciales se mantenian abiertas prácticamente solas, sobre todo tan cerca de Castelnuovo.

Un seco empujón sacó a Osber repentinamente de sus pensamientos, ¿quién coño se atrevía a empujar al jefe de la guardia?.

Osber  palpo sorprendido algo frío y afilado que le sobresalía del pecho, miró hacia abajo, la dorada cerveza de su jarra se había vuelto de un oscuro color tinto, ¿pero que coño? pensó Osber,.

Trató de volverse, justo cuando las rodillas le fallaron 

A su espalda, las campanas de alarma empezaron a repicar, las nubes de humo se alzaban del barrio de los toneleros hasta la capitanía, Castelnuovo ya había caído.


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Javi Gil
(@javi-gil)
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TUMBA ESMERALDA

Conforme se acercaban al claro, el cántico resonante que oían en la distancia iba haciéndose cada vez más claro e inteligible. Las salmodias de los Tel-Qessar, los druidas elfos, se enseñoreaban de la fronda y parecían entrelazarse en armonía con el bullir de la vida en el bosque. 

La atención de los guardianes volvió entonces sobre el cuerpo del prisionero, que parecía muerto mientras lo transportaban bajo las copas, atado de pies y manos, amordazado y asaeteado de flechas con puntas de ankar de un verde cristalino. En efecto no parecía más que el cadáver de un hombre asolado por la enfermedad, lleno de llagas y secreciones purulentas que hacían del olor malsano un acompañante indeseado. Todos eran conscientes del espejismo que esto representaba; esta carcasa, este ser infecto, albergaba la esencia de un antiguo enemigo: Ishii, Amo de los Hongos y Señor de la Podredumbre, que fue uno de los Mil Rostros que asolaban al mundo y que los veleidosos humanos habían invocado al comienzo de la Guerra de las Sombras. 

Reducirlo costó muchas vidas valientes, y aún así estaba lejos del talento de los Tel-Qessar la capacidad de destruirlo por completo. Tal vez los Antiguos habrían sido capaces de desterrarlo, pero el enemigo, agotado por un breve lapso de tiempo, seguía siendo extremadamente peligroso. Los druidas conocían esta verdad, y apelaron a la sabiduría y poder de un espíritu más poderoso, poniendo en conocimiento del Gran Roble de Ard Darach sus temores. El noble espíritu del árbol se ofreció como custodio y guardián del prisionero para toda la eternidad.

El ritual había comenzado, y los grandes menhires de realizados en ankar verde habían sido dispuestos bajo las poderosas raíces del Gran Roble. La tonalidad del cántico subía y bajaba con notas cristalinas y puras; poco a poco se entretejían con el mineral, que parecía pulsar con connotaciones igualmente vítreas. Un latir vigorizante que revitalizaba a todos los asistentes. Cuando el canto alcanzó su cénit, el claro brillaba con el resplandor del Ankar que parecía ahora una esmeralda sintiente, entretejiéndose con las raíces del Gran Roble, que en actitud simbiótica lo fortalecía y a la vez se nutría del mismo. La trampa estaba lista.

Arrastrando el cuerpo del enemigo caído, lo depositaron en la zona más profunda bajo las raíces del árbol, bañado por la luz pura del ankar. En ese momento los guardianes se retiraron y el cadáver pareció ofrecer alguna resistencia; pero fortalecidas por la magia élfica, las poderosas raíces de Ard Darach rodearon a su enemigo, apresándolo. Ishii, el Cien Veces Maldito, fue sepultado en una suerte de tumba-prisión, encerrado en un sarcófago de Ankar y raíces espirituales. Y allí yacería mientras la voluntad de Ard Darach se mantuviese inquebrantable.

Grande fue el júbilo aquel día, más la alegría de los Tel-Qessar no habría de durar. Habían vencido hoy, pero se avecinaban tiempos oscuros, y pruebas aún mayores. Ocultos en la profundidad de los grandes bosques los guardianes podían sentir que las mareas del destino se cernían ya sobre ellos.


Omarelmanco reacted
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FCatalan
(@fcatalan)
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El joven patricio espoleó su montura para alcanzar la cabeza del convoy, que se había parado al llegar al viejo vado. Las ruinas del puente eran visibles al norte, a tiro de piedra, esparcidas por algún ejército en retirada al comienzo de la Guerra.

Al llegar a la orilla encontró a su preceptor a lomos de su mula.

- ¿Cuál es el problema Maestro Viperinus?

Su preceptor se giró hacia él. De niño le había asustado cuando llegó a la villa de su padre, el mismo día que desaparecieron los leones rampantes de la entrada y las sierpes decoraron cada columna de la casa, en claro desafío al moribundo orden del Imperio. En meras semanas las grandes casas habían desaparecido en una orgía de sangre, pero aquellos que habían apostado a tiempo por el poder creciente de la Sierpe vivieron y medraron. Ninguno más que Gaius Tertius Vardus, su padre.

Lucius Viperinus había sido una visión aterradora, con su cuenca ocular derecha vacía, sus harapos negros y las 10 víboras tatuadas en sus brazos, las pequeñas cabezas dibujadas cuidadosamente en la yema de cada dedo. Ahora ya era para él una presencia familiar. No un amigo, ni un segundo padre, solo un maestro estricto, pero justo.

- "El primer carro está atrapado en el lodo de la orilla, retiran la carga para poder sacarlo y continuar", siseó el maestro.

Y como tantas otras veces a continuación se anticipó a su pregunta:

- "Llegaremos sin falta esta noche. Sé que vuestro padre espera ansioso estos carros".

Los dos observaron en silencio unos minutos como los arrieros sacaban las pesadas cajas del carro hundido hasta los ejes, hasta que la voz sibilante del Maestro Lucius Viperinus se deslizó entre ambos, apartando suavemente el silencio.

- "¿Recordáis la historia del Vado del Enano, joven Vardus?", preguntó el maestro, cargado de intención educativa.

- "No maestro", respondió el alumno, invitando a su instructor a narrar su fábula o ejemplo, como tantas otras veces.

- "Es breve, pero contiene valiosas lecciones" dijo Viperinus, y comenzó a hablar con su tono pausado, evitando cualquier teatralidad.

"Había un enano que llevaba una enorme carga de ankar, las ruedas de su carro gemían en cada giro. Al llegar a un vado como este, el carro se atascó como el vuestro, pero el enano espoleó a sus bueyes hasta que arrastraron el carro al centro del río, donde se hundió definitivamente. Los bueyes se ahogaron, y la corriente empezó a deshacer el propio carro, ya debilitado por el exceso de peso. Cuando vio esto otro enano desde la orilla del río, le gritó que se aferrara a una de las maderas que del carro se desprendían, y viviera.

Pero la codicia y el valor del ankar, que no abandonaban su mente, hicieron que no quisiera abandonar el carro y muriera ahogado, perdiendo la vida y su preciosa carga".

Viperinus esperó unos segundos y preguntó:

- "¿Entendéis pues el sentido de esta historia?"

Vardus contestó:

- "Es sencillo maestro. Aunque el dinero y las ganancias sean útiles, cuando peligra la vida por su causa, conviene salvarla. Quien la arriesga por honra o valor es justamente admirado, pero quien la pierde por mera codicia, avaricia o excesivo amor por sus bienes, solo merece escarnio".

Buscando aprobación el joven añadió:

- "Como tantas otras, guardo esta lección como un verdadero tesoro maestro, y espero servirme de ella en el futuro".

Todavía observando los trabajos en la orilla, Lucius Viperinus, maestro y acólito de la Gran Sierpe contestó sin alzar la voz:

- "El futuro es hoy, joven Vardus. Recordad vuestra lección cuando discutáis esta noche con vuestro augusto padre sus reticencias a financiar la ampliación de nuestro Sagrado Templo".


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Javi Gil
(@javi-gil)
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Año 92 de la Guerra de las Sombras, en algún lugar de Ankaria…

 

Desde el exterior, el viejo taller parecía sucio y destartalado; una pequeña edificación de dos plantas de escasa altura, construida con una imaginativa y excéntrica amalgama de madera, ladrillo, piedra y planchas de metal de diferentes formas y tamaños. En su extremo oriental remataba el edificio una pequeña habitación o buhardilla; imposible determinarlo con exactitud entre el cúmulo de tubos de ventilación, chimeneas y canalizaciones que pugnaban por abrirse paso hacia el exterior. Sobre la puerta principal, un cartel desvencijado rezaba: “La *orja de *urik. **paraciones** y *rregl*s”. Llevaba tanto tiempo sin aplicar su propio lema que las gentes del lugar habían acabado por bautizar el lugar como “La Cacharrería”.

Desde el exterior, La Cacharrería parecía sucia y destartalada; pero un rápido vistazo al interior serviría para corroborarlo por completo. En un aparente caos de mesas de trabajo, montones de piezas clasificadas parcialmente languidecían bajo las telarañas que empezaban a formarse sobre ellas. El espacio era tenuemente iluminado por un conjunto de pequeños farolillos mecánicos que usaban polvo de ankar rojo como combustible. Solo una de las mesas parecía estar en uso actualmente, y junto a ella crepitaba un pequeño horno negro de forja. Bajo la luz carmesí del ánkar, dos figuras se afanaban en torno a esa mesa.

Muk observaba orgullosa las piezas que Ruurik no había usado aún, clasificadas a conciencia frente a ella. Había comprado algunas de ellas a sus contactos, mientras que otras las había obtenido usando su singular talento para encontrar maravillas en los desguaces y la basura. Luego había pasado semanas limpiando óxido, perfilando, engrasando, limando y ajustando cada uno de los elementos con cariño maternal, y en este momento nadie sería capaz de adivinar la procedencia de sus suministros. 

Junto a ella, un hombre de gran tamaño y complexión recia manipulaba varios dispositivos metálicos. Su fisionomía era perfecta para ejercer el oficio de herrero que había desempeñado durante gran parte de su vida. El brazo, amputado a la altura del codo años atrás, suponía sin embargo un serio contratiempo para la práctica de la forja. Ruurik encajó en su muñón el primer módulo del brazo, y lo ajustó torciendo el gesto cuando el acero se clavó en la carne. Posteriormente aseguró las cinchas de cuero al exterior y levantó el brazo amputado a la altura del codo.

—Parece que la articulación flexiona de forma aceptable—dijo estudiando con ojo crítico la pieza. Acto seguido enganchó el segundo módulo enroscándolo bajo el primero. El antebrazo era la pieza clave. Además de albergar los tensores y flexores, llevaba el compartimiento de carga de ánkar, que comunicaba con distintos esquemas rúnicos grabados sobre la placa de adamantina—.

—¿Doler mucho? —preguntó Muk observando la expresión ceñuda del humano. El talento de la goblin para encontrar y reparar materiales contrastaba con sus escasas habilidades comunicativas.

—Sí, pero resulta del todo irrelevante para nuestro intento. Acércame el guantelete por favor—Miró a su asistente con una mirada que revelaba el sentimiento de anticipación que embargaba a Rurik. Tomando el guantelete, lo colocó sobre el módulo del antebrazo. Muk comenzó entonces a empalmar los tensores y flexores, lo cual les llevó casi una hora—. Ha llegado el momento—dijo Rurik al finalizar el proceso, mientras en la goblin se podía adivinar un temor casi reverencial—.

—Brazo bonito, pero idea mala, muy mala. Ankar rojo pronto boom boom. Siempre ser así. ¿Y si no más Cacharrería?—manifestó inquieta Muk—.

—¡Por el Gran Basilisco! No seas aguafiestas. Llevamos meses desarrollando los cálculos, gastando recursos ¡Recogiendo basura en los desguaces! No, Muk, no podemos permitirnos fallar. El brazo aguantará—.

Levantando la tapa del módulo del antebrazo, llenó un pequeño vial metálico de ánkar rojo de gran pureza. Con un fuerte zumbido, los engranajes y bobinas comenzaron a girar; y las runas se iluminaron con tonos carmesíes en tanto La Cacharrería se cargaba de un desagradable olor a quemado. Muk corrió a refugiarse detrás de una pila de chatarra. Sin perder un instante, Rurik cerró el vial, notando cómo la temperatura de la prótesis subía y la energía se iba concentrando rápidamente. En un hueco diseñado a tal efecto en la sobre el módulo del guantelete, incrustó una refulgente piedra de ankar azul. Las dos energías mágicas pugnaron durante unos segundos, para finalmente quedar en equilibrio, unas intentando estallar y otras conteniendo los envites de las primeras. El zumbido bajó a un tono más grave, y las luces se estabilizaron en un suave pulsar.

—¿No boom boom? — pregunto Muk, sonriendo aún temerosa desde detrás de la chatarra—. ¿Todo bien? —preguntó.

Ruurik movió el brazo con movimientos lentos primero, más fuertes y decididos después. La velocidad de respuesta era mucho mejor que la esperada. Como nota negativa estaba la sensación de dolor y quemazón en el punto en el que la prótesis tocaba con la carne. Esperanzado, comprobó la movilidad fina tomando entre sus dedos una gastada moneda de plata, que hizo girar y danzar entre sus dedos con la habilidad de un prestidigitador. Una vez encontrado el punto de estabilidad su cabeza bullía con ideas para nuevos añadidos tecnoarcanos, pero aún quedaba por probar las capacidades básicas de la prótesis. El brazo derecho de un herrero debe ser fuerte. Acercándose a la estantería, tomó su viejo martillo de forja, cerrando el guantelete de acero sobre él. La presa hidráulica deformó casi al instante el acero del martillo, haciéndolo inservible para siempre.

—¡Nooo! ¡Ser desastre!—exclamó Muk aterrada cuando finalmente el martillo se rompió y sus pedazos cayeron al suelo de la Cacharrería—.

—No—susurró Ruurik casi para sí mismo, sonriendo mientras cerraba con fuerza el puño—. Es perfecto.


Omarelmanco reacted
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FCatalan
(@fcatalan)
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Mersak Namir, la Pantera Negra de Kusini, recorrió con la vista los rostros impasibles de sus tropas. Ni una mirada de insolencia. Ni una mota de polvo en las armaduras insinuando desidia. Ningún cuchicheo delatando un incipiente motín. Aparentemente estaba, como siempre, ante los soldados de élite a su servicio, seguidores fieles de la Primera Lanza del Imperio.

Al subir al estrado se arropó, tirando de los bordes de la pesada capa púrpura, anticipando un escalofrío. Siete semanas sin ver el sol, recorriendo esta costa gris y desolada habían hecho que una humedad fría calara en lo más profundo de sus huesos. Hacía mucho que ya no era joven. Esta noche en la tienda volverían los dolores.

Posó su mirada sobre los condenados. No eran realmente sus hombres. Eran basura, reclutada con prisas, a la fuerza o mediante engaños en los peores tugurios para completar los cuadros de la Legión durante la rápida movilización. Una eterna fuente de problemas que sólo tenían una solución.

La voz de Mersak había envejecido mejor que sus articulaciones y su mítico rugido llenó la explanada: "¡Seré breve! ¡Somos la Segunda Legión, las Panteras de Mersak! ¡Imponemos el Orden Imperial y destruimos a quien lo altera!. Estos hombres, desafiando mis órdenes expresas, han cometido crímenes contra la población local. La pena es conocida. ¡Procedan!"

Cinco cabezas rodaron por el polvo. Nadie lo celebró, nadie se lamentó.

El rugido se tornó susurro al volverse hacia su asistente: "Marcius, decid a Gorlar que doble la ración de kvar esta noche".

El teniente Marcius se dirigió a la retaguardia buscando al intendente, pensando en que sus todavía recientes lecciones en la Academia desaconsejaban los excesos de alcohol en la víspera de una batalla. Pero en esta campaña el nivel de los barriles bajaba con rapidez. Las batallas se contaban en victorias aplastantes, los rebeldes huían o se entregaban y todos los pueblos a lo largo de la costa habían caído tras cortas escaramuzas. Pero algo no iba bien. Demasiadas patrullas de reconocimiento no volvían y los guardias que se distraían desaparecían sin dejar rastro. El propio terreno y el clima parecían hostiles. Una costa desolada de tierra negra, cielos grises y lluvia fría. La receta tradicional siempre ha funcionado en estos casos: Doble ración de kvar.

Al acercarse de vuelta a la tienda de la general, en el centro del campamento, Marcius supo pronto que la furia de la Pantera estaba en pleno apogeo. El rugido se oía desdela distancia y al entrar Marcius se colocó junto a Pharos, el filósofo, un paso por detrás de los capitanes de la Legión y el Archimago, que rodeaban a su líder escuchando expectantes:

"Mañana tomaremos Pentaras. Asalto frontal, no habrá cerco ni sitio. Volveremos a colocar al gobernador en su puesto si sigue vivo, dejaremos media Legión de guarnición y marcharemos a paso ligero de vuelta a la capital. Perdemos el tiempo pisoteando culebras aquí en el oeste mientras la verdadera Serpiente extiende su veneno directamente en el corazón de Kadazra.

Soy la Primera entre los Trece. Marché junto a Connor en el Paso de la Arpía. He construído el Mundo con Él. 

Si prefiere ahora languidecer en sus aposentos mientras el Concilio vende medio Imperio y esos gusanos harapientos corrompen a la otra mitad, seré yo misma quien tenga que renovar las cabezas clavadas en las picas de la Puerta Roja. Los cráneos que las adornan son demasiado viejos ya."

"Preparad a las tropas".

 

Al atardecer Marcius salió de la tienda, todo estaba ya listo. Dejó al servicio retirando la pesada armadura de la general, calentando el gran caldero de agua para el baño y encendiendo los braseros. La noche se prometía fría, como todas, aparentemente no había verano en la Costa de las Brujas. Recorrió el perímetro del campamento comprobando que todo estaba en orden. Al llegar al extremo más próximo a la ciudad rebelde, vio la inconfundible e incongruente silueta de Pharos el Sabio, apoyado en su báculo sobre un pequeño promontorio rocoso, cerca de dos centinelas, mirando hacia la ciudad.

"Os jugáis la vida Eminencia, la guardia exterior del campamento no es el lugar más idóneo para la filosofía. Veinte pasos más os ponen al alcance de un buen arquero oculto en las sombras de la tierra de nadie".

Pharos sonrió. 

"¿Olvidáis jovenzuelo que yo también soy uno de los Trece y también luché en el Paso de la Arpía? Hace mucho que cambié la espada por la pluma, pero no es mi primera campaña".

El sabio apuntó con su báculo:

 "Mirad las torres de la ciudad. Llevan milenios erguidas sobre esta costa. Pentaras no es una ciudad Imperial. Es mucho más antigua, ni yo mismo sé cuánto. No parece gran cosa, verdad?"

Marcius miró hacia la ciudad. "Parece una aldea de pescadores que ha crecido demasiado, en tamaño y en miseria". "Salvo las dos torres. Las torres no parecen miserables, sólo altas y siniestras".

Pharus asintió. "Décadas he deseado desentrañar sus secretos. Pentaras fue el centro de la magia de los Antiguos, en cierto modo su Biblioteca del Arca. En incontables ocasiones rogué al propio Connor que me permitiera explorarlas". 

El sabio tornó su voz en un remedo de la del Emperador: “Sabes perfectamente que la Costa de las Brujas forma parte de mi Imperio sólo en nombre, les mando un gobernador que nada gobierna y ellos se dedican en paz a lo que sea que se dediquen. Tendría que mandar una legión entera para escoltar a un viejo loco que simplemente quiere satisfacer su curiosidad removiendo viejas piedras que a mí no me importan y a los lugareños si”.

Marcius sonrió imaginando la escena y pensó <<Y al final, después de tantos años, sin aparente provocación, los lugareños se han rebelado y habéis obtenido vuestra oportunidad y vuestra escolta>>. Unos minutos después ambos dieron la espalda a Pentaras y se dirigieron a sus catres para intentar robar algo de sueño a las horas que faltaban para el día siguiente.

 

 

El día amaneció como todos, gris y desapacible. La Legión se desplegó frente a la empalizada de Pentaras. La infantería pesada en el centro, protegiendo a los ingenieros con sus máquinas de guerra y escalas y a la escuadra de magos. La caballería vigilaba a su vez los flancos, lista para desmontar y unirse al asalto en caso necesario.

Mersak y su guardia llegaron a su posición en el centro. Los estandartes del León y la Pantera ondeaban desafiantes al viento. El coronel Vulpes se acercó. 

"Excelencia parece que el enemigo pretende parlamentar, o combatir a campo abierto. Sus tropas están fuera de la ciudad".

Mersak esbozó una sonrisa felina, oliendo una rendición o en su defecto un desenlace mucho más rápido y limpio que el anticipado. "¡Traed una bandera de tregua, veamos qué pretende esa calaña!", ordenó.

Mersak, el Archimago, Marcius y su escolta avanzaron y pronto se encontraron frente a los líderes rebeldes, unos pasos por delante de sus líneas. 

Marcius observó a las tropas. Como en otras ocasiones la mayoría parecían campesinos o pescadores pobremente armados, aunque esta vez, en el centro, vio algún verdadero soldado, no muchos. Algunos más de estos soldados acompañaban a los líderes rebeldes. Marcius comprendió enseguida que eran traidores, probablemente la antigua guarnición de la ciudad. Llevaban armaduras imperiales, los viejos emblemas torpemente arrancados u ocultos bajo toscos dibujos de serpientes rojas sobre fondo negro o serpientes negras sobre fondo rojo. Marcius los miró con repugnancia y estos le devolvieron la mirada, esbozando incomprensibles sonrisas sardónicas. <<Sonreid ahora, pase lo que pase hoy vuestros cuerpos colgarán de la empalizada antes de acabar el día, Mersak puede perdonar a un campesino obstinado, pero no tolera traidores>> pensó Marcius.

La delegación rebelde no era muy impresionante. Una joven pareja y un anciano, igual de harapientos y enfermizos que el resto de su ejército. Cuando Mersak fue a hablar, el joven la interrumpió levantando el brazo. "Somos Skell, Skara y Shagh. Representamos el Poder Eterno de Pentaras. Retiraos para morir otro día o quedaos y morid hoy". La joven asintió desafiante, dejando escapar una risilla. El anciano simplemente tenía la mirada perdida en el infinito y un hilillo de baba salía de su boca desdentada.

Mersak sonrió, los dientes brillando sobre el ébano de su piel y simplemente giró su montura para volver a sus líneas.

Por el camino tomó el brazo de Marcius . "Tomad veinte hombres y a Pharus y subid al promontorio. Quiero al viejo a salvo y quiero que vigiléis. No me fío de esas sonrisas. Las patrullas no han vuelto".

 

Unos minutos después el joven teniente y el anciano observaban la llanura desde el mismo punto en el que habían conversado la noche anterior. Vieron a Mersak alzar su mítica lanza, las trompetas sonaron y la legión comenzó su avance.

Marcius miró a la línea enemiga. Skell, Skara y la guardia habían vuelto entre sus tropas, pero Shagh, el anciano babeante, permanecía en el mismo lugar del encuentro. De repente, animado por una insospechada energía levantó los brazos. "Otro hechicero demente" musitó Pharos.

 

En todos los demás encuentros había ocurrido lo mismo: todo tipo de brujas, chamanes y hechiceros habían llevado a cabo sus rituales al comienzo de cada batalla, siempre sin ningún efecto. En la toma de Quort, una semana antes, otro anciano muy parecido a Shagh había conseguido el éxito más espectacular hasta ahora:  envenenarse con sus brebajes o atragantarse con su propia saliva y morir entre estertores antes de que nadie pudiera ayudarle.

 

Pero Shagh volvió a impulsar sus brazos hacia el aire y esta vez su cuerpo se elevó lentamente más de un metro por encima del suelo ceniciento. Una luz antinatural iluminaba sus ojos y su boca, de la que ahora brotaba una espuma sanguinolenta.

 

El Archimago Imperial Tehkren no necesitó esperar a la orden: alzando su cetro gritó "¡Escudo Arcano!". La escuadra de magos levantó sus manos al unísono, los dedos cubiertos de anillos en los que el ankhar de todos los colores brillaba con luz propia. En apenas unos segundos un muro de energía, transparente, pero visible en forma de destellos en el aire y pequeñas ondas y distorsiones separó a los dos ejércitos. Ninguna magia conocida podía ahora cruzar el campo de batalla.

 

Al otro lado Shagh era ya una silueta de luz flotando en el aire. 

Y en el centro de la silueta apareció un punto negro. 

Una nada más oscura que la noche, que causaba dolor en las retinas al mirarla. 

El punto empezó a crecer, llenando la silueta, engullendo la luz con avidez...

 

El báculo de Pharos escapó de su mano temblorosa. Algunos balbuceos escaparon de sus labios: "... ¡Anatema!... el Mal de los Antiguos ... el Daño de Pegana.... el Ankhar Oscuro".

 

Y de repente, la nada dejó de estar contenida en lo que quedaba del cuerpo de Shagh y estalló en un amplio arco, barriendo toda la llanura. En un mero pestañeo la gloriosa Segunda Legión, orgullo de Kadazra, con la Primera Lanza del Emperador al frente, era mera historia. La llanura, desde el punto en que había flotado el hechicero hasta la retaguardia Imperial era ahora un semicírculo perfectamente plano, de un material negro brillante, pulido como un cristal. No quedaba nada más.

 

Entre los vítores de su gente, Skell apretó la mano de Skara. "¡¡¡Funcionó!!!! ¡¡¡funcionó!!! El Poder ha vuelto. Y si ha funcionado esta vez, ¡volverá a funcionar!"

Skara soltó la mano y se dio la vuelta para volver a la ciudad. "Hubiera estado bien que el viejo viviera, para contarnos por qué esta vez si ha funcionado" dijo entre dientes. Y dirigiéndose a la guardia ordenó: "Cazad a cualquier superviviente".

 

 

Tres semanas después, Marcius y sus compañeros aceleraban el paso. La capital debería estar a la vista tras la siguiente loma. Quedaban cuatro. Habían perdido los caballos el primer día. Pharus y la mayoría de los demás habían caído el segundo, bajo una lluvia de dardos envenenados en una emboscada.

Incluso tras conseguir escapar de la costa, habían tenido que avanzar campo a través, como proscritos, robando comida de las granjas. La misma gente que había arrojado flores al paso de la Legión semanas antes ahora cerraba a cal y canto puertas y ventanas al verlos llegar. Todo el oeste del Imperio parecía ahora una gran provincia rebelde. No importaba, no había tiempo de hacer averiguaciones, debían llegar a la capital y alertar al Emperador Connor y al Consejo cuanto antes.

Leena, de la Compañía de Exploradores, acostumbrada a las privaciones y largas marchas, caminaba ligera unos pasos por delante. Pero al coronar la colina cayó de rodillas y se cubrió la cara con las manos. Marcius corrió los últimos metros hasta alcanzarla y en la distancia pudo ver los poderosos baluartes de la Puerta del Oeste. Sobre ellos flameaban en la brisa de la tarde cientos de estandartes.

Estandartes negros con la Sierpe Roja, estandartes rojos con la Sierpe Negra.


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LUISON_NECRON
(@luison_necron)
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Registrado: hace 6 meses
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@fcatalan Buenísimo, me quito el sombrero


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Donchaves
(@donchaves)
Estimable Member
Registrado: hace 2 años
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-Nunca podréis evitar la llegada del Levi… 

Un sonido húmedo interrumpió la letanía del soldado sectario. La pesada armadura, dos veces mayor que un hombre había reducido la cabeza con sus manos metálicas a una pegajosa pulpa sanguinolenta.

-Patético demonio- despreció Arcalon, piloto de aquel coloso arrojando el cadáver por los aires y caminando por una pestilente alfombra de cuerpos mutilados que al ser machacados sus huesos y vísceras contaban una siniestra armonía

-Por muchos demonios que invoquéis jamás podréis contra el poder de la liga de las tres Ciudades. 

 

Pese a que el áncar presente en las tierras de la liga era el menos poderoso, era al mismo tiempo relativamente abundante. Los ingenieros de esta alianza encontraron la peligrosa pero a la vez eficiente forma de usar este material como baterías de energía æthérica, dando valor a algo que parecía completamente inútil. Ésto era lo que permitía alimentar la máquina bélica de la alianza. Naves voladoras, cañones y rifles que lanzaban descargas letales contra el enemigo y servos de combate como el coloso. Ingenios que permitían la supervivencia in extremis de esta particular alianza de tres ciudades estado, anteriormente rivales entre sí y ahora unidas para una causa común.

 

De entre la masa de soldados y demonios enemigos cargaron tres bestias cornudas contra Arcalon. Sus cuerpos ogroides deformados por el sueño del Leviatán se ensarzaron contra el coloso metálico. Con sus furiosos golpes hicieron saltar chispas y metralla mientras el defensor se cubría de la emboscada. A la primera bestia consiguió parar el ataque con su garra. Con un movimiento brusco atrajo al enemigo hacia él y con la fuerza de su puño le logró atravesar el grueso cráneo quitinoso para, acto seguido, descargar una ráfaga alquímica que abrasó la carne del segundo contendiente. La criatura superviviente aprovechó el sacrificio de sus dos hermanos para arrancar de cuajo uno de los brazos de la armadura e incrustarlo en el pecho de su enemigo, hiriendo a su piloto. 

 

Sorprendido por el traicionero ataque, Arcalon se ensarzó, debilitado contra aquel ser. Golpes, paradas, contraataques, cabezazos. El tiempo parecía detenerse en ese frenesí de violencia hasta que, aprovechando un error en la guardia, Argus atravesó con el puño que le quedaba el pecho del monstruo y arrancarle el corazón palpitante. 

 

Triunfante por un momento, notó como la tierra tembló a la vez que se retiraban las tropas de la sierpe. Del mismísimo suelo surgió un colosal gusano, uno de los vástagos del mismísimo leviatán, el cual  había acudido en la batalla, hambriento. Malherido y sin apenas pudiendo mantenerse en pié, Arcalón rememoró los cantos de su madre, los brazos de su amado Clifas, las risas de los niños de la Ciudad de altas torres marmóreas que le vio nacer hace sólo 20 años. Y con una mueca sonriente, recibió a la muerte cuando el gargantuesco engendro lo engulló de un bocado para, momentos después, explotar desde dentro con una enorme deflagración provocada por la armadura como último regalo de su piloto al enemigo. Aquel día, el cielo lloró por el sacrificio de Arcalon. Uno de los innumerables héroes caidos en la interminable guerra contra las fuerzas del Leviatán. 

 

Que los ancestros honrados, le acojan en su hogar.


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CoquinArtero
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Hace una semana recibí un regalo mi novia. Sabe que siempre me han gustado éstas cosas. Quiero decir: no es que me guste la joyería en general, es que me encantan las que son especiales, llamativas, esas piezas que llevas y llaman la atención por su belleza y capacidad de salirse de lo común. En este caso, se trata de un anillo con una bola de brillo fluorescente.

      No es una gema. Ni siquiera está tallada y sin embargo resulta atrayente, hipnótica y feroz. En cuanto al anillo en sí, su soporte, vamos... se trata de la unión de dos aros paralelos de piedra con una oquedad donde situar el brillante. La piedra de los aros es negra y opaca, tanto que no refleja brillos en sus curvas de formas austeras, casi geométrica pura.

      Me lo puse en cuanto lo vi. Me sienta como un guante pues, aunque noto su peso, parece ser parte de mí.

    La ilusión del regalo me dio fuerzas para hacer las cosas con energía durante toda la jornada. Lo miraba constantemente. Miraba nuestro reflejo en los escaparates de las calles. Estaba tan contento que todo me parecía cargado de energía, luminoso y lleno de poder.

     Entonces, como las primeras gotas de agua que se convierten en vapor cuando hacemos el té, aparecieron pequeños cambios en mi entorno. Cambios que finalmente han terminado por transformar toda mi realidad hasta el punto en que me encuentro. Desorientado y confuso en medio de… ¿Esto qué es, un bosque?

      Primero fueron las caras de la gente. Sus rasgos se acentuaban hasta casi rozar la caricatura pero de una forma natural, realista. Cuando una persona era bella, era muy bella. Sucedía lo mismo si te encontrabas al otro lado. El señor al que veo cada día al salir del trabajo lucía un par deenormes colmillos de jabalí sobresaliendo de su labio inferior. Su voz sonaba igual, el mismo "Buenas tardes" de siempre.

     Después pasó lo mismo con la ropa. Al tercer día desaparecieron las marcas comerciales. Algunas costuras parecían estar hechas con hilos de enredadera de donde brotaban yemas verdes. Un agente de tráfico me escrutó con mirada de cabra mientras se colocó un sombrero de piel a topos, gente descalza por todos lados y algunas con zapatos de plataforma sospechosamente parecidos a patas de vaca.

      Cuando las enredaderas empezaron a cubrir las paredes de los edificios ni siquiera me llamó la atención que a algunos les hubiese salido cola y trepasen en vez de usar las escaleras.

     Al anochecer del sexto día hasta el soñar fue diferente pues eran las imágenes de lo que alguna fueron las oficinas donde se supone que trabajo. Al despertar caí en la cuenta de que la euforia de tener el anillo opacaba la intensidad del resto de los cambios. Me pregunté si no sería el responsable de lo que estaba pasando todo, si no estaría cambiando algo dentro de mí y no se trataba de mi entorno.

      Intenté sacármelo del dedo. Lo intenté. Lo juro. Ahora mismo quiero hacerlo pero… las fuerzas me abandonan todas las veces. Con tan solo pensarlo caigo desolado, con la mirada perdida mientras todo sigue mutando alrededor.

     Hoy la puerta de mi casa ha desaparecido justo detrás de mí y donde antes había asfalto, ahora todo es vegetación, brotan hongos enormes en el capó de los coches y las personas ya no son personas. Ahora todos visten igual, tienen aspecto peludo, caprino y con esos cuernecillos de donde cuelgan velos translúcidos hacia atrás.

     Les sorprende mi presencia. Ahora todos me miran. Parece que aquí el cambio soy yo y tiene que ser por culpa del anillo. ¿Por qué se acercan ahora? ¿Por qué gritan? Tengo que quitarme el anillo.

     Tengo que…

     —Hemos encontrado a otro, lord Comandante —El general Slortz permaneció enhiesto mientras esperó las órdenes.

      En la mente del Lord Comandante Pierrot, la invasión de estos nuevos seres empieza a ser preocupante. No es porque vengan con intenciones belicosas sino por un cúmulo de circunstancias como pueden ser su aspecto de humano escuálido y asustado, igual que si hubiesen crecido flotando en un odre de leche; que todos vengan extasiados y confusos, indefensos en medio de nuestro territorio; pero sobretodo es por esos anillos de darkonita con incrustaciones de Ankar.

     —No son un ejército. Basta con verlos —Pierrot rezongó entre sus barbas—. Pero con esos anillos bien podrían serlo. Mátalo — Sentenció al fin.


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Omarelmanco
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Omarelmanco
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Resumen hasta ahora:
El Montaraz semielfo Kalÿatâr, es contratado por el alcalde de la ciudad de Adrâ-Liin, para dar caza a una bestia que asola la ciudad.
Kalÿatâr, al adentrarse en el bosque, descubre que tan sólo es una osa lunar junto a su cría, que deberían estar hibernando, decide no matarla y visitar a sus hermanos montaraces del Bosque de Nazadra para preguntar si ocurre algo con los animales del bosque.
De camino al Claro de Montaraces, rescata un lince boreal, lo cual le extraña por lo lejano de su territorio habitual.
Al llegar descubre que El Claro, ha sido arrasado. Y sus hermanos montaraces, junto a sus compañeros animales y los aprendices, has sido salvajemente asesinados. Les proporciona digna sepultura, y se dirige a visitar a los druidas del Tel-Qessar en busca de alguna respuesta...

Alzo la mirada, y parece que hasta el cielo, ennegrecido por las nubes, está de luto.
La temperatura comienza lentamente a descender y se escucha un trueno, que hace dar un respingo a mi compañero.
Tiene pinta de que caerá una fuerte nevada, y aqui ya no queda nada que pueda hacer y si el tiempo no mejora, me espera más de una semana de viaje, lo cual me vendrá bien para responder unas preguntas.
¿Que pasa con los animales de este área? Primero, dos osos lunares que retrasan su hibernación, y luego me encuentro un lince boreal a 150 km. de donde debería de estar. Sólo se me ocurren dos opciones: o pasa algo con sus respectivos territorios, o el flujo del ankar verde se ha visto alterado, ninguna de las opciones es deseable.
Otra pregunta que necesitaba responder era ¿Quién o quienes habían masacrado a mis hermanos? El único rastro visible que dejaron los asaltantes, era el de algunas explosiones que podrían ser por usar algún tipo de ankar. Vale que desde que murió Connor hace 50 años, se ha recrudecido la guerra, pero habría que estar muy loco o muy desesperado para entrar en el Bosque de Nazadra, unos cuantos generales al servicio de la Sierpe, pueden dar fe de lo "amistosos" que pueden llegar a ser los elfos de las ramas, con aquellos que no han sido invitados.
Esto me lleva al porqué. Que los montaraces de Nazadra ocultaran algo que alguien quería a toda costa, era quizá la más viable, porque el que alguien odiase tanto a los montaraces, o a su capitán en jefe hasta el extremo de intentar entrar en el bosque, se me antojaba demasiado arriesgado como para una simple venganza.
Y que el motivo fuera robar los anillos de Erindël, es bastante descabellado, sólo son de plata, y la cantidad de ankar blanco que tiene la aleación, es ínfima.
Sumido en estos pensamientos de repente caigo en la cuenta... ¡Los anillos! ¡Mierda! ¿Como he podido olvidar los anillos? Furioso conmigo mismo, decido volver sobre mis pasos. Esto me costará al menos, día y medio de viaje.
-Lince, vamos que hay que volver,- le digo a mi compañero, éste me mira confuso y le contesto.
-¿Y como quieres que te llame? todavía no se me ha ocurrido nada.
-...Me gusta Perro. -su voz, resuena débil en mi cabeza.
-¡No!
-... ¿Por qué? A mi me gusta Perro.
- Pues porque no, no puedes llamarte Perro, porque sería raro que un lince se llame Perro, sería como llamar Elfo a un humano, pero tranquilo, ya pensaremos algún nombre como Calcetines.
-... ¿Como lo que llevas en los pies? Que asco, con lo mal que huele.
-¿Que? no es tan malo, un amigo mío tenía como compañero un lobo que se llamaba Calcetines, aunque si no te gusta, podría llamarte Sardinilla, como el caballo de un brujo que conocí hace muchos años. - digo medio riendo. En ese momento, Lince deja de hablarme un poco enfadado, no le culpo.
Parece que estos días, la dieta a base de cecina y algún conejo despistado, han mejorado la salud de mi compañero, y parece que nuestro vínculo, se fortalece con cierta rapidez. Pienso para mí, con gran alivio.
Llegamos al Claro con más de media jornada de adelanto, todo está tal y como lo dejé, la nieve, que ha caído estos días, aparte de hacer visibles las huellas de posibles intrusos, también amortigua nuestros pasos.
No quiero perder más tiempo del necesario, así que me apresuro hacia lo que deberían ser los aposentos del capitán, después de un breve registro, encuentro la pequeña caja con efectivamente 8 anillos de Erindël, uno por cada aprendiz.
-Lince, vamos, ya tengo los anillos.
-...¿Para que hacen falta? ¿Eso se come?
-No, no se come, -le digo mientras le enseño uno.
Son un regalo que nos hacen a todos los montaraces, en el momento de pasar La Prueba, y tienen el nombre del primer montaraz, Erindël, que según cuenta la leyenda, su propio anillo, le fue regalado por el mismísimo espíritu del Gran Roble como agradecimiento. Estos anillos, representan la unión en hermandad de todos los montaraces de Kadazra, y todo aquel montaraz que muera con honor, será enterrado con su anillo.
-...¡Huelen a magia!
- Si -respondo.
Es porque los anillos tienen un poco de ankar blanco, pero no te preocupes, son inofensivos.
Mientras le voy contando todo esto a Lince, nos dirigimos al patio donde enterré a mis hermanos, y procedo a enterrar un anillo junto a cada aprendiz.
-Faighibh, a bhraithrean, air an la mhor so, fàinne Erindël, agus fanadh a beannachd maille ribh anns a bheatha so, agus anns a bheatha ri teachd.
-¿Que has dicho? -pregunta Lince en mi cabeza.
- Las palabras que deberían haber escuchado el dia que deberían haberse convertido en montaraces, simpre se pronuncian en élfico como muestra de respeto a Erindël, en lengua humana sería más o menos... -Recibid, hermanos míos, en este gran día, el anillo de Erindël, y que su bendición permanezca con vosotros en esta vida y en la siguiente.
Abandono, por fin, El Claro con cierta sensación de impotencia ante lo sucedido, espero que que los Tel-Qessar, tengan alguna respuesta.
Al llegar al Círculo Druídico de los Tel-Qessar aproximo mi anillo de Erindël a un recoveco de uno de los menhires, lo cual aparta el velo mágico que oculta la zona.
-Que la luz del Gran Roble ilumine tu camino, hermano. - dice una voz a mi izquierda.
-Y que a ti, proporcione sabiduría, para discernir el bien del mal. - respondo.
-Bienvenido hermano, me llamo Edhël'ta, hacía mucho tiempo que no veníais de visita, ¿Puedo preguntar como está el capitán Halwig?
-Hermano Edhël´ta, me temo que soy portador de malas noticias, no pertenezco al Claro de Nazadra, me llamo Kalÿatâr, y pertenezco al Claro del Bosque de Ceniza, la voluntad de los espíritus me llevó a visitar Nazadra y éste ha sido arrasado, me temo que apenas media docena de compañeros animales pudieron escapar.
Edhël´ta, se apoya en el menhir visiblemente afectado.
-Pero, pero, eso es terrible ¿sabes si pudo escapar algún niño?
-Me temo que no. -continúo-, enterré a 8 aprendices, lo que coincidía con el número de catres de los barracones. Resolví venir aquí para averiguar si vosotros sabíais algo y para pertrecharme a mí y a mi nuevo compañero, que necesita medicina. -Lince, al oir que hablamos de el, asoma la cabeza desde el escondrijo de mi capa de viaje.
-Disculpa mi falta de hospitalidad hermano, las noticias que traes, me han afectado, tanto tu compañero como tú mismo, sois bienvenidos aquí, ¡faltaría más! la casa a la izquierda de la plaza central es la casa de huéspedes, allí te atenderá el hermano Thaugen, iría yo a acompañarte, pero marcho ahora mismo a ver al Concilio, descansa bien, y mañana por la mañana iré a buscarte.
Doy las gracias al hermano Edhël´ta, y dirijo mis pasos a la casa de huéspedes, una cama caliente me vendrá bien y repondré las fuerzas que ahora me faltan, y ya mañana, veremos que nos trae el nuevo día.


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Omarelmanco
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Resumen hasta ahora:
El Montaraz semielfo Kalÿatâr, es contratado por el alcalde de la ciudad de Adrâ-Liin, para dar caza a una bestia que asola la ciudad.
Kalÿatâr, al adentrarse en el bosque, descubre que tan sólo es una osa lunar junto a su cría, que deberían estar hibernando, decide no matarla y visitar a sus hermanos montaraces del Bosque de Nazadra para preguntar si ocurre algo con los animales del bosque.
De camino al Claro de Montaraces, rescata un lince boreal, lo cual le extraña por lo lejano de su territorio habitual.
Al llegar descubre que El Claro, ha sido arrasado. Y sus hermanos montaraces, junto a sus compañeros animales y los aprendices, has sido salvajemente asesinados. Les proporciona digna sepultura, y se dirige a visitar a los druidas del Tel-Qessar en busca de alguna respuesta...

Alzo la mirada, y parece que hasta el cielo, ennegrecido por las nubes, está de luto.
La temperatura comienza lentamente a descender y se escucha un trueno, que hace dar un respingo a mi compañero.
Tiene pinta de que caerá una fuerte nevada, y aqui ya no queda nada que pueda hacer y si el tiempo no mejora, me espera más de una semana de viaje, lo cual me vendrá bien para responder unas preguntas.
¿Que pasa con los animales de este área? Primero, dos osos lunares que retrasan su hibernación, y luego me encuentro un lince boreal a 150 km. de donde debería de estar. Sólo se me ocurren dos opciones: o pasa algo con sus respectivos territorios, o el flujo del ankar verde se ha visto alterado, ninguna de las opciones es deseable.
Otra pregunta que necesitaba responder era ¿Quién o quienes habían masacrado a mis hermanos? El único rastro visible que dejaron los asaltantes, era el de algunas explosiones que podrían ser por usar algún tipo de ankar. Vale que desde que murió Connor hace 50 años, se ha recrudecido la guerra, pero habría que estar muy loco o muy desesperado para entrar en el Bosque de Nazadra, unos cuantos generales al servicio de la Sierpe, pueden dar fe de lo "amistosos" que pueden llegar a ser los elfos de las ramas, con aquellos que no han sido invitados.
Esto me lleva al porqué. Que los montaraces de Nazadra ocultaran algo que alguien quería a toda costa, era quizá la más viable, porque el que alguien odiase tanto a los montaraces, o a su capitán en jefe hasta el extremo de intentar entrar en el bosque, se me antojaba demasiado arriesgado como para una simple venganza.
Y que el motivo fuera robar los anillos de Erindël, es bastante descabellado, sólo son de plata, y la cantidad de ankar blanco que tiene la aleación, es ínfima.
Sumido en estos pensamientos de repente caigo en la cuenta... ¡Los anillos! ¡Mierda! ¿Como he podido olvidar los anillos? Furioso conmigo mismo, decido volver sobre mis pasos. Esto me costará al menos, día y medio de viaje.
-Lince, vamos que hay que volver,- le digo a mi compañero, éste me mira confuso y le contesto.
-¿Y como quieres que te llame? todavía no se me ha ocurrido nada.
-...Me gusta Perro. -su voz, resuena débil en mi cabeza.
-¡No!
-... ¿Por qué? A mi me gusta Perro.
- Pues porque no, no puedes llamarte Perro, porque sería raro que un lince se llame Perro, sería como llamar Elfo a un humano, pero tranquilo, ya pensaremos algún nombre como Calcetines.
-... ¿Como lo que llevas en los pies? Que asco, con lo mal que huele.
-¿Que? no es tan malo, un amigo mío tenía como compañero un lobo que se llamaba Calcetines, aunque si no te gusta, podría llamarte Sardinilla, como el caballo de un brujo que conocí hace muchos años. - digo medio riendo. En ese momento, Lince deja de hablarme un poco enfadado, no le culpo.
Parece que estos días, la dieta a base de cecina y algún conejo despistado, han mejorado la salud de mi compañero, y parece que nuestro vínculo, se fortalece con cierta rapidez. Pienso para mí, con gran alivio.
Llegamos al Claro con más de media jornada de adelanto, todo está tal y como lo dejé, la nieve, que ha caído estos días, aparte de hacer visibles las huellas de posibles intrusos, también amortigua nuestros pasos.
No quiero perder más tiempo del necesario, así que me apresuro hacia lo que deberían ser los aposentos del capitán, después de un breve registro, encuentro la pequeña caja con efectivamente 8 anillos de Erindël, uno por cada aprendiz.
-Lince, vamos, ya tengo los anillos.
-...¿Para que hacen falta? ¿Eso se come?
-No, no se come, -le digo mientras le enseño uno.
Son un regalo que nos hacen a todos los montaraces, en el momento de pasar La Prueba, y tienen el nombre del primer montaraz, Erindël, que según cuenta la leyenda, su propio anillo, le fue regalado por el mismísimo espíritu del Gran Roble como agradecimiento. Estos anillos, representan la unión en hermandad de todos los montaraces de Kadazra, y todo aquel montaraz que muera con honor, será enterrado con su anillo.
-...¡Huelen a magia!
- Si -respondo.
Es porque los anillos tienen un poco de ankar blanco, pero no te preocupes, son inofensivos.
Mientras le voy contando todo esto a Lince, nos dirigimos al patio donde enterré a mis hermanos, y procedo a enterrar un anillo junto a cada aprendiz.
-Faighibh, a bhraithrean, air an la mhor so, fàinne Erindël, agus fanadh a beannachd maille ribh anns a bheatha so, agus anns a bheatha ri teachd.
-¿Que has dicho? -pregunta Lince en mi cabeza.
- Las palabras que deberían haber escuchado el dia que deberían haberse convertido en montaraces, simpre se pronuncian en élfico como muestra de respeto a Erindël, en lengua humana sería más o menos... -Recibid, hermanos míos, en este gran día, el anillo de Erindël, y que su bendición permanezca con vosotros en esta vida y en la siguiente.
Abandono, por fin, El Claro con cierta sensación de impotencia ante lo sucedido, espero que que los Tel-Qessar, tengan alguna respuesta.
Al llegar al Círculo Druídico de los Tel-Qessar aproximo mi anillo de Erindël a un recoveco de uno de los menhires, lo cual aparta el velo mágico que oculta la zona.
-Que la luz del Gran Roble ilumine tu camino, hermano. - dice una voz a mi izquierda.
-Y que a ti, proporcione sabiduría, para discernir el bien del mal. - respondo.
-Bienvenido hermano, me llamo Edhël'ta, hacía mucho tiempo que no veníais de visita, ¿Puedo preguntar como está el capitán Halwig?
-Hermano Edhël´ta, me temo que soy portador de malas noticias, no pertenezco al Claro de Nazadra, me llamo Kalÿatâr, y pertenezco al Claro del Bosque de Ceniza, la voluntad de los espíritus me llevó a visitar Nazadra y éste ha sido arrasado, me temo que apenas media docena de compañeros animales pudieron escapar.
Edhël´ta, se apoya en el menhir visiblemente afectado.
-Pero, pero, eso es terrible ¿sabes si pudo escapar algún niño?
-Me temo que no. -continúo-, enterré a 8 aprendices, lo que coincidía con el número de catres de los barracones. Resolví venir aquí para averiguar si vosotros sabíais algo y para pertrecharme a mí y a mi nuevo compañero, que necesita medicina. -Lince, al oir que hablamos de el, asoma la cabeza desde el escondrijo de mi capa de viaje.
-Disculpa mi falta de hospitalidad hermano, las noticias que traes, me han afectado, tanto tu compañero como tú mismo, sois bienvenidos aquí, ¡faltaría más! la casa a la izquierda de la plaza central es la casa de huéspedes, allí te atenderá el hermano Thaugen, iría yo a acompañarte, pero marcho ahora mismo a ver al Concilio, descansa bien, y mañana por la mañana iré a buscarte.
Doy las gracias al hermano Edhël´ta, y dirijo mis pasos a la casa de huéspedes, una cama caliente me vendrá bien y repondré las fuerzas que ahora me faltan, y ya mañana, veremos que nos trae el nuevo día.


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Javi Gil
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ANARKALIAH

El dicho popular de Lanssat afirma que: “Kaliah es un faro de cultura y progreso, construido sobre una montaña de mierda”. No está muy alejado de la realidad. 

      En el centro de la urbe se extienden los parques y jardines, y los oligarcas derrochan a manos llenas el oro que manejan. Hay música en las calles trazadas de forma perfecta; y el eco cristalino de las fuentes acompaña a los hechiceros gremiales, que usan ánkar blanco para invocar vientos que alejen el aire venenoso de los suburbios. Paseando por sus avenidas, los acaudalados burgueses frecuentan las galerías de arte, termas y teatros. La guardia de la ciudad luce sus mejores galas; las armaduras doradas y tabardos blancos refulgen a la luz de la mañana.

      En el círculo intermedio habitan los criados y el personal necesario para atender a los poderosos. El mármol se ve sustituido por la piedra y la madera, y los habitantes se afanan en terminar sus quehaceres diarios para, con suerte, poder ir al mercado o acudir al boticario para calmar las dolencias respiratorias fruto del aire malsano. En el límite de este populoso barrio se yerguen altivas las Murallas Grises de Kaliah, donde la guarnición principal de la Sierpe vela por el bienestar de los buenos ciudadanos del interior, manteniendo a la escoria alejada a punta de espada. Realizan orgullosos su labor, y nadie que no porte los documentos adecuados es recibido entre los muros de la urbe.

      Más allá se extienden los suburbios. Bajo el velo negro de los humos de las fundiciones, una gran cantidad de exiliados humanos, elfos, aurgos y enanos luchan por sobrevivir, compitiendo ferozmente con las ratas. Desarraigados de sus regiones de origen, en ellos se ha producido una curiosa metamorfosis. Diríase constreñidos por un urbanismo descontrolado, las penurias y los trabajos extenuantes han ido erosionando poco a poco la cultura de estos pueblos en el exilio, que de algún modo han conseguido llegar a poseer cierta conciencia de clase, o así lo llaman ellos. 

      La mano de obra es abundante y los trabajos brutales e inmisericordes. La paga es exigua, pero tan necesaria como un trago de agua en el desierto. No en vano son frecuentes las disputas acerca del cobro de un salario o de una deuda; y al no imperar aquí otra ley que la de las bandas organizadas por los oligarcas, no es raro que los desacuerdos terminen con algún fulano intentando sin éxito gritar en un callejón, los chillidos ahogados por el gorgoteo de una garganta seccionada. 

      Siempre hay trabajo en los suburbios. En las plazas, crueles capataces seleccionan a los más fuertes (en caso de querer efectividad) o a los más extraños o débiles (en caso de buscar espectáculo). Por lo general, una calculada mezcla de ambos acaba partiendo en un carromato hacia la fundición o cadena de montaje propiedad del oligarca de turno, ante la mirada rebosante de odio de aquellos que, un día más, no podrán consumir más que humo y partículas de carbón. Por lo general los capataces reclutan a más de los que necesitan, pues muchos no son capaces de terminar la jornada; y se rumorea que en las últimas horas del turno los supervisores sobrecargan al máximo a los trabajadores y peones para conseguir ahorrar al oligarca algunas monedas en salarios.

      De entre todas las fundiciones de Kaliah, “Acero de Wyrm” está considerada como una de las más importantes. Propiedad del oligarca Talistor II, se centra en la fabricación de maquinaria de asedio y grandes vigas para obras públicas. En ella hoy comparten turno dos desconocidos: Creb, un humano nacido en los suburbios y Dalmeril, un escuálido elfo.

      Sin apartar la vista del fuego, Creb usa sus poderosos brazos sobre el fuelle, en una agónica repetición que no podría ser llevada a cabo por cualquier alfeñique. De cuando en cuando, el Capataz Horg le regala un latigazo, pero Creb casi no los siente. El espacio entre estas leves “estimulaciones” le da para reflexionar tal y como lo haría una montaña; un razonamiento lento, pesado e inquebrantable. Por su parte el elfo está sufriendo para asegurarse de que diversas barras de acero al rojo quedan bien dentro del alto horno; los ojos llorosos y las manos llenas de ampollas. Creb, que hace tiempo que no siente la mordedura del flagelo, se percata de que los dos capataces cercanos observan a Dalmeril con mirada divertida.

      —¡Eh tú! ¡Sí, tú, escoria! ¿Es que no sabes colocar bien esas piezas? —dice uno de ellos, avanzando con una sonrisa socarrona hacia el operario.

      El elfo capta al instante el tono de amenaza del capataz, y empieza a temblar sabiendo cómo acaba el intercambio de pareceres:

      —Oh, sí, señor… claro… lo hago lo mejor que puedo. Tenga en cuenta, capataz, que no tengo los guantes necesarios para… —Creb deja de bombear el fuelle en mitad de la frase, y resignado, empieza a dirigir su pensamiento hacia los dos interlocutores.

      —Así que no tienes guantes, ¿eh? Chicos, mirad, este pedazo de mierda dice que necesita guantes. —Dalmeril no para de temblar mientras el capataz se le acerca; el calor del horno perlándole la cara de sudor—. Te diré lo que haremos: voy a ayudarte con eso ¿de acuerdo? Mira, solo tienes que hacer así… —Súbitamente, Horg agarra al elfo por la muñeca y con un tirón seco le mete el brazo desprotegido en el alto horno, la palma colocada sobre una barra de acero al rojo. El elfo chilla, y el capataz solo tiene unos segundos para reírse. Creb, desde el lateral, se ha hecho con un pesado engranaje de acero; y, sin pasión alguna, lo estrella contra el cráneo de Horg, que cae al suelo como un fardo pesado.

       Creb vuelve a su languidez habitual y, lentamente, comienza ayudar a Dalmeril a levantarse, pero el otro capataz está usando el silbato como un loco, corriendo sobre la reja metálica de la fundición, llamando a la guardia. Apenas treinta segundos después, dos soldados de la sierpe hacen acto de presencia, y tras hablar brevemente con el capataz, no hacen preguntas.

       El primer virote se clava bajo el omoplato de Creb, que empieza a volverse con un quejido profundo. El segundo guardia es mejor tirador, y en el lugar ocupado hace un instante por la cuenca ocular de Creb ha aparecido el penacho de otro virote. El desplomarse el cuerpo de Creb, sin un quejido, resuena sobre el metal con un sonido funesto. Los guardias se acercan para acabar también con el otro operario díscolo, pero algo les hace detenerse. Ahora solo la luz de la fundición ilumina la escena, las linternas han sido apagadas con gran celeridad. 

      De las sombras emergen dos, tres, seis operarios, y de la pasarela oriental otros tantos, cerrando un círculo en torno a los guardias. Aunque sonríen, tienen cara de pocos amigos. El que los lidera tiene la cara tiznada de hollín, las manos curtidas y llenas de cicatrices. Sosteniendo una llave inglesa con la diestra, la deja caer rítmicamente sobre la siniestra.

      —¿Sabéis qué hacemos la escoria de los suburbios cuando una pieza no funciona como debe? —inquiere tranquilo. Su voz es ronca, y tose varias veces antes de continuar—. Os lo diré, nosotros venimos y la cambiamos. A veces se hace con facilidad… —dice con voz amenazadora mientras cierran filas. Los guardias desenvainan las espadas. Desde las pasarelas superiores alguien arroja una tuerca pesada con gran precisión sobre ellos—. Pero en otras ocasiones ocurre que la pieza no desenrosca como debe. A veces incluso hay que partirlas—.


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Omarelmanco
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Mientras me voy dirigiendo a la casa de huéspedes, observo lo que hay a mi alrededor. Desde la entrada Sur, que es la que he usado, y de frente, una plaza central con una estatua del Gran Roble, y una gran casa detrás, la casa de huéspedes a mano izquierda, y dos edificios más que ahora mientras me voy acercanado, alcanzo a ver. A mano derecha, hay dos edificios más, y detrás de éstos, una gran cúpula que adivina un invernadero o jardín botánico. Con la habilidad de los druidas al construir todo con la propia naturaleza, usando su magia sin necesidad de talar ningún arbol, costaba distinguir una construcción de otra, aunque a medida que me acercaba a la casa de huéspedes, y por el olor, al menos una de las edificaciones de la parte posterior debían de ser las cocinas.
El interior de la casa de huéspedes estaba acorde con el exterior, todo era madera a la que se había dado forma de manera magistral mediante magia, y supongo que el poco mobiliario fabricado, sería de árboles caídos, según la costumbre druida.
-Buenos días hermano montaraz, que tu barba crezca luenga y lustrosa -un enano, robusto como un oso, me saluda desde el otro lado del mostrador. - Y que las de tus enemigos veas afeitar- le contesto.
- ¡Alguien que conoce las costumbres enanas!, soy Thaugen y soy el encargado de esta casa de huéspedes, ¿en que puedo ayudarte?
- Soy Kalÿatâr, el hermano Edhël´ta, me ha indicado que aquí podria tener cobijo para mí y para mi compañero.- digo azuzando un poco a Lince para que salga del escondrijo
-...Joooo tengo sueño, un ratito más.
-...Vamos gandul, que llevas todo el día durmiendo.- le replico.
Sale a regañadientes sólo para volver a enroscarse en el mostrador de Thaugen.
- ¿Tienes algo de fenogreco o de perifollo en la cocina? con un poco de tomillo, también me apañaría.
-Mmmm-musita el enano mesándose la barba-¡Vaya, vaya! parece que el pequeñín está cansado, y diría que tiene pinta de necesitar medicina, y un buen cocido del chef Thaugen, aunque antes de ese cocido, deberías de llevarlo a la boticaria. Al otro lado de la plaza central verás dos edificios, uno es la botica, y adyacente tienes la enfermería, no tiene pérdida, están justo delante de los invernaderos.
Doy las gracias, y vuelvo al exterior con la esperanza de que la boticaria tenga lo que Lince necesita. Una vez fuera, veo que esta aldea druídica no es muy diferente a otras en los que estado, normalmente los druidas se apañan con poco, y al igual que los montaraces, disfrutan más de una pequeña cabaña en un bosque que del bullicio de cualquier urbe.
Al pasar por la plaza central, me detengo frente a la estatua del Gran Roble, que pese a su sencillez , se puede ver perfectamente cada una de las ramas y las nervaduras de las hojas, si tuviera que apostar, diría que de manufactura enana.
Entro en la botica, que como todos los demás edificios está hecho con árboles, ramas y raices vivos.
-Buenos días ¿Hay alguien?- ¿Holaaa?-, repito.
- ¡Un segundo!- responde una voz femenina al otro lado de la pared.
Al poco, aparece una joven, de unos 20 años que sale desde detrás de una puerta.
-Perdón, estaba liada con unos preparados, soy Isênkev, la boticaria, ¿En que puedo ayudarle?
-Buenos días, soy Kalÿatâr y este es mi compañero, Lince, que necesita fenogreco o genciana para subir un poco de peso, lo encontré hace unas semanas y a pesar de que a ganado al de fuerza, lo veo un poco delgado, y si además tuvieras tomillo o perifollo para poder infusionarlo, sería estupendo.
-Mmmm, a ver que tenemos aquí- dice mirando a mi compañero-, sí, parece que tienes razón, pero, aparte de que ando algo escasa de genciana en este momento, no te recomiendo el tomillo para un animal tan pequeño, podría ser mortal, déjamelo aquí todo el día, le haré unos preparados, y con unos rituales mañana te lo llevarás como nuevo.
-Vale, muchas gracias, mañana vendré a recogerlo.
Salgo de la botica, y a pesar del cansancio, dedico tiempo a explorar y reunir información sobre la aldea druida, y efectivamente, detrás de la enfermería y la botica se encuentran los invernaderos, y al Oeste de éstos últimos, detrás de la plaza central, hay un edificio enorme donde se encuentra el Círculo Druida, el cual además les sirve de residencia.
-Buenas tardes Thaugen- digo al entrar ¿Llego a tiempo para cenar?, me he entretenido paseando un poco por la zona y se me ha hecho un poco tarde.
-Tranquilo hermano montaraz, aquí siempre tendrás un plato caliente ¡palabra de enano!
Le doy las gracias y mientras ceno el excelente cocido marca de la casa, rememoro los acontecimientos de estas semanas atrás, repasando una y otra vez cada detalle que se me haya podido escapar, y una vez en la habitación, la cosa no mejora quedándome dormido de puro cansancio.
A la mañana siguiente, viene a buscarme Edhël´ta.
-Buenos días Kalÿatâr- saluda bastente preocupado. -En el día de ayer, estuvimos reunidos los miembros del consejo, el archidruida quiere reunirse contigo después de comer, y quiere que vayas junto con tu compañero.
-Bien, así se hará, gracias Edhël´ta.
El druida abandona mi habitación, dejándome con la intriga de que querrá el archidruida de mí y de Lince. Con estos pensamientos, saludo a Thaugen, que me prepara un buen desayuno y dirijo mis pasos a la botica a recoger a mi compañero.
-Buenos días, ya voy.- oigo desde la trastienda- Hola ¿que tal?
Era la boticaria que salía con Lince en los brazos.
-¡Muy mal! Kalÿatâr, no puedes mantener a Lince a base de cecina y algún conejo esmirriado que puedas cazar.
¿¡Pero que carajo!!? Pongo cara de no saber nada a ver si cuela.
- Si, si, no pongas esa cara de inocente, que Lince me lo ha contado todo, un cachorro tan pequeño no puede sobrevivir con tan poco ¡Y mucho menos en las condiciones en las que lo encontraste! y encima, le haces correr por la nieve con el frío que hace. ¡Como Lince me vuelva a contar algo así, te va a faltar bosque para esconderte de mí. En fin, te he preparado unas píldoras con la medicina que le hace falta, ya le he dicho a Lince que se las tiene que tomar, no le ha hecho mucha gracia, pero no le queda otra.
-¿Como te has enterado de todo eso? -pregunto estupefacto. ¿Acaso ahora los druidas practicáis el mentalismo?
-No, para nada, a sido él quien me lo ha contado todo.
-¡Pero eso es imposible! se supone que un compañero animal, una vez que se establece el vínculo, no puede dirigir "su voz" a nadie, a no ser que un mago de increible poder pudiera romper el vínculo, o que el compañero druida o montaraz fallezca.
-No es del todo correcto, hay una tercera opción que parece que no conoces, cuando vayas a reunirte con el archidruida, él te explicará ciertas cosas.
-¿Que he de darte por tus cuidados?
-Nada, ha sido un placer cuidar de Lince.
-...!Chivato!
-...Y tu maltratador, menos mal que la sanadora supo cuidarme mejor que tú.
-...¿Mejor? Bastante bien estás para lo que hemos pasado.
-...Ñañañaña.
-...En fin, vamos a ver al archidruida a ver que tiene que contarnos.
Se nota bastante la mejoría de Lince, a pesar de haber pasado tan sólo un día. No para de corretear de un lado a otro, olfateando todo y mirando con ojos curiosos auqello que le rodea. Aminoro un poco el paso a fin de dejar a Lince disfrutar un poco, a saber por lo que habrá pasado. De camino, Lince no para de contarme todo lo que le han hecho, darle medicinas con sabor horrible, hacerle muchas cosas con magia, vio lucecitas, recordó cosas de antes de llegar a Nazadra, aunque ahora ya no las recuerda, me lo cuenta todo a la vez, cosa que me hace arder la cabeza.
Según nos vamos acercamos a la casa de huéspedes, nos llega el embriagador olorcillo del cocido de Thaugen, y escucho el rugir de las tripas de Lince.
-¡Justo a tiempo mi buen montaraz! ¡pequeñín!, ¿que tal estás? -Lince se sube al mostrador de un salto a saludar a Thaugen-. Si, si, ya te veo,... ¿no me digas?...Jajajajaja, e Isênkev le echó la bronca, jajajaja hubiera pagado por eso.
- Maese Thaugen, ¿Es que eres capaz de oír a Lince?
-¿Que si lo puedo oír?, de no ser porque usa la mente, diría que ha comido lengua de vaca, Jajajajajajaja, y hablando de comer, sentáos que para ti hay un plato de mi mundialmente famoso cocido, y para Lince, tenemos racion doble.
Terminamos de comer, y después de felicitar al cocinero, nos dirigimos a hablar con el archidruida.
A medida que nos acercamos al lugar, la majestuosidad del edificio/residencia de los druidas, me impresionaba un poco más, que a pesar de no ser ostentoso, dejaría asombrado, al más habil de los constructores.
Entro en el imponente edificio de 2 plantas, el cual es una mezcla de santuario vegetal y monasterio. En vez de un patio de armas, veo un jardín interior rebosante de vegetación, en cuyo centro, hay una fuente natural, toda esta armonía transmite una paz que no sabía que necesitaba.
Pregunto al primer hermano del Tel-Qessar con el que me cruzo, cómo llegar a los aposentos del archidruida, y éste, me indica que en este momento se encuentra en el Círculo Druida, gracias a sus indicaciones, no tiene pérdida.
En la entrada, hay un druida que me corta el paso.
-¡Alto! ¿Dónde te diriges?
-Soy Kalÿatâr y he sido citado por el archidruida.
El vigilante, abre la enorme puerta que custodia, y ruge con una poderosa voz:
-Kalÿatâr el montaraz semielfo y su compañero.


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Smooky Marple
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Acto III, Primera parte: El marisco,  mejor fresco.

Prólogo:

Un extraño anciano reclama a Irhös una esfera de manofactura duende, cuando esta apunto ser  apuñalado en  la mano  por el extraño anciano,  Irhös desaparece ante la atónita mirada de los lugareños de la taberna,  reapareciendo,  para sorpresa de un cerdo, en la aldea de Pathrias a varias jornadas de la Taberna del Goblin Glotón, el anillo de ankar gris había funcionado.

Esa noche,  Irhös dormiría apaciblemente, pero algo en las sombras lo  estaría vigilando.

 

Aldea de Pathrias, al mediodía siguiente, de la llegado de Irhös.

Irhös duerme a pierna suelta, el granjero, que la noche anterior le dio cobijo por unas monedas, no se lo piensa dos veces en echarle un cubo de agua por encima.

  • Esta fría – grito Irhös que  siguió tumbado.
  • Despierta gandul. Si te vas a quedar más tiempo… suelta otra moneda- el granjero extiende la mano hacia él.
  • No har…- al intentar incorporarse nota que todo le da vueltas, a regañadientes, saca la bolsa de terciopelo verde de sus calzones, que pocas quedan pensó, con gran pesar saca una moneda y la deposita en la curtida mano del granjero.
  • Espero que incluya el desayuno- el granjero siguió con la mano extendida, Irhös sacó otra moneda.
  • Si, mi señor- el granjero hizo una torpe reverencia y se fue tarareando.
  • Y luego me llaman a mi ladrón, por Fitheack- Irhös tanteo debajo de la almohada, la esfera seguía ahí, caliente al tacto, ¿caliente? Bah, se dijo así mismo. ¿Cómo podía ser que fuera tan tarde? La cama, un jergón de paja y una sábana raída, no es que fuera especialmente cómoda para haber dormido tanto y levantarse como si le hubieran pisoteado unos duendes borrachos, frunció el entrecejo… algo pasaba.
  • NOOOOOOOOOOOOOO- gritó con tal fuerza, que hubiera desgarrado los tímpanos a un orco- no podía ser, desde que tenía memoria era la primera, buena tal vez la tercera o cuarta vez, que  el guerrero de cabeza púrpura  no se levantaba , ahí estaba fláccida, como una salchicha entre sus piernas…¿sería por el uso del anillo? Ummm, no recordaba que las anteriores veces le hubiera pasado…que mierda- se quejó.

 

Irhös salió al atardecer, no veía la necesidad de pagar otra moneda por pasar otra noche, y además, le quedaban entre tres y cuatro jornadas a píe hasta llegar al puerto de  Grothâr,  situado entre Ankaria y La Frontera de  Herezrin.

Cuando llegara Grothâr  buscaría a su viejo amigo Keroz, el goblin pirata, embarcaría en el desvencijado Cascapiños, y desde allí, rumbo a  Re-hegor, allí, donde Phirias, le podría decir cuantas monedas de oro podría vender la esfera.

 

Llevaba caminando una jornada de viaje, bajo un sol otoñal que apenas calentaba,  cuando una carreta paró a su lado.

  • Sooo- una anciana desdentada detuvo la carretilla, lo miro de arriba abajo- Soy la viuda Terhas, ¿y tú?
  • Soy el gran bardo Irhös- hizo una reverencia- a vuestros pies.
  • Un bardo, hace tiempo que no me topaba con uno de los tuyos, voy a Trogâth, ¿te va bien?.
  • Si- que suerte, le dio gracias mentalmente a Fitheack, cayó en la cuenta que hacía tiempo que no le hacía una ofrenda, la próxima será doble- voy a Grothâr queda a pocos kilómetros de Trogâth.
  • ¿Qué me ofreces si te llevo?- la pregunta le pillo por sorpresa a Irhös.

Irhös miró sus zapatos, el remiendo del remiendo, comenzaba a soltarse,  no aguantarían más caminatas, y no pensaba gastar más monedas.

  • Mi señora puedo regalarle los oídos con mis baladas – la anciana miro  hacia delante, dispuesta a proseguir su camino cuando, la anciana sonrió de tal manera que hubiera congelado las mismas llamas del Submundo.

Irhös  había visto esa mirada en muchas mujeres, como para no saber lo que significaba, así que añadió rápidamente guiñando un ojo- tal vez pueda quitarle algunas telarañas- intentó esbozar una sonrisa conteniendo la arcada. Fitheack maldita seas.

Un cuervo salió volando entre un sonoro graznido, Irhös juró escuchar una risa.

El viaje duró poca más de media jornada, no es que se quejara por complacer una mujer,  lo único, que la tarea fue más ardua de lo que en un principio pensó, por suerte para Irhös, cantar le había dado bastante capacidad pulmonar para aguantar la respiración, cosa que le vino bien cuando a los bajos fondos  de la anciana tuvo que bajar y un intenso olor a marisco le hizo llorar, y no precisamente de alegría,  cogió  todo el aire que pudo, cerró los ojos …tal vez tendría que haber pagado un par de monedas, pensó.

Irhös se despidió de la viuda Terhas, apesar de la insistencia de ella.

Ojalá se  quedara un poco más, no todos los días le quintan  a una las telarañas- se lamentó la viuda.

Cuatro horas más tarde,  por fin, divisaba el puerto de Grothâr, el sol comenzaba a ocultarse, por la hora que era,  Keroz debería estar en la taberna La Sirena Ardiente, y allí se dirigió.

Irhös abrío la puerta de la taberna con brío justo en el momento se percató que  un orco rojo tremendamente enfadado  sujetaba a Keroz por el cuello…

 

La balada de Keroz,  el goblin pirata

Si tu barco a buen puerto quieres arribar

 Con el temible buque  Cascapiños

No te has de encontrar

Si la bandera del goblin pirata a lo lejos ves hondear

Media vuelta te has de dar

Y si en batalla a Keroz te has de enfrentar

que no te lleve a engaño su pequeño tamaño,

no has de titubear,

ya que  con su diestra mano te ensartará.

Pero doncella no has de temer, daño no te hará

Aunque sea pirata

no buscará ni tu oro, ni tu plata

 sino ese tesoro que guardas entre las patas,

Así es Keroz, el goblin pirata,

 amante consumado,

marinero experimentado,

y guerrero feroz

Epílogo:

Hörs se debatía en como proseguir su camino, si por el Paso Montañoso de Kadez o  atravesar el  Pantano de los Perdidos, tiró una moneda al aire, la efigie de Connor por un lado, y por el reverso, el escudo de su familia medio borrado, cara el paso, escudo el pantano.

La moneda aterrizo en el suelo como si una mano la depositara con cariño.

Allí estaba, el escudo medio borrado- como no- se dijo.

Xïne,  en su forma animal, la observaba atentamente entre la maleza.

Hörs escucho un leve crujido a su espalda, se giro lo justo para ver, como entre la maleza desaparecía una cola de un zorro.


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