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Rufo

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Javi Gil
(@javi-gil)
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Iniciador de tema  

Buenas noches amigos, adjunto un relato escrito de forma conjunta con el Maestro Coquin en un ejercicio francamente interesante de escritura conjunta del Taller Literario del Vuelo del Cometa, dirigido por el Maestro Álvaro Aparicio. Creo que puede dar pie a muchos relatos de realidades fantásticas que puedan ser observadas por Rufo. Me parece interesante que si alguien se anima, incluya en su relato el primer párrafo de éste a modo de "opening". ¡Ahí va!

 

Soy un perro. Con cara de perro, pelo de perro y peste de perro mojado que vaga día y noche por un playa de la costa alicantina. Llevo mucho tiempo aquí, tanto que no recuerdo cuándo puse por primera vez la pata sobre la arena. En mi soledad me he memorizado cada rincón y he aprendido a ver cosas que al principio se me escapaban.

 

Esas cosas que se esconden en la arena.

 

Con el paso del tiempo un perro también pierde el interés. Los pequeños oasis, el mar de dunas y el deambular de pequeñas caravanas que son posteriormente saqueadas me llamaron mucho la atención en un principio, pero con el tiempo aburren. Fue echando la siesta cuando algo llamó mi atención. Por encima del olor habitual de la arena y la sal, algo raro llegó a darme justo en las narices. ¿Acaso huele así la magia? Fijé la vista en la arena y vi cómo un personaje que me era familiar avanzaba lentamente bajo el castigo del sol.

 

Aziz, mi viejo amigo y compañero de penurias, vagaba con su morral al hombro duna arriba, duna abajo. A su edad ya debería haber dejado caer la triste tela que protege sus espaldas del sol y dejarse secar como la coraza muerta del camarón, pero ahí sigue. Paso a paso hacia el indefectible olor de la magia. 

 

En la distancia, no mide más que el más pequeño de mis pelos y aún así puedo verle cansado, lleno de hastío y con vistosas marcas de sed afeando su semblante.

 

Ha avanzado durante toda la mañana, y por primera vez en el día se frena un momento y me parece que va a desplomarse. No, espera, ha visto algo entre la arena, tan pequeño que tengo que forzar un poco mi vista cansada. Toma el objeto y alza la vista al cielo, y pienso que me mira directamente en busca de consejo. ¿Qué puedo decir? Soy un mero observador y no intervengo a no ser que la necesidad sea imperiosa. Me limito a devolverle mi mirada de perro mojado que vaga día y noche, a lo que parece responder reprochándomelo.

 

No sé si es a mí a quien mira, si existiría o no el día que deje de verlo, pero ahora… parece tan real… Frota el objeto. Lo investiga de cerca, le arranca las costras de arena seca y, bien por suerte de un torbellino desatado, bien porque se me escapó una respiración algo dura de más, se levanta una polvareda que envuelve a Aziz y su maravilloso hallazgo.

 

Entonces pasa algo sorprendente que me hace acomodarme en el sitio. Cuando la arena se posa, un extraño individuo aparece en su lugar, en un contraste enorme con el viejo Aziz. Tiene el torso parecido al socorrista de la segunda torreta, el color de piel tostado, rojizo de alemán descuidado, pero parece sin embargo vigoroso y fuerte. Zarcillos de oro cuelgan de la oreja y la nariz, y donde debieran estar las piernas hay una pequeña tormenta de arena en miniatura, que crepita como la hoguera de un espeto.

 

—¡Por los mil pares de brazos del creador!—rugió el invitado—. ¡Mil años retorciéndome en esa baratija, esperando que por fin mi amo tenga a bien acordarse de este humilde siervo y manda a un cochambroso vagabundo en su lugar! Contéstame, perro inmundo ¿Dónde está Abdelkaziz? ¿Qué le impide devolver un favor en persona a mi hermano?

 

Por un instante me doy por aludido, hasta que comprendo que los improperios van dirigidos a Aziz. Al margen de la interesante historia, hay una sensación familiar que empieza a acumularse bajo mi vientre de chucho.

 

—¿Abdelkaziz? No se de quién me hablas, pero por favor, ¡no me hagas daño! Soy un peregrino en dirección al Oasis de Zabaar, y mi único crimen ha sido hallar esta baratija —dice Aziz temblando.

 

—Peregrino te haces llamar y las marcas de tu cuerpo me confirman que mientes —contestó airado el mágico hombrecillo—. Tienes nudillos gruesos y cicatrices en la cara, Un peregrino elude el enfrentamiento  y tú has llegado a viejo conservando callos en los nudillos. Tu morral se sujeta con un palo grueso, no con una simple vara, conoces los secretos del desierto, puedo oler desde aquí cuánto hace que no ves el agua. Así que dime, viajero. ¿Te manda o no te manda mi señor?

 

—No, por cierto, no conozco al señor del que me hablas, pero deduzco que tal y como yo lo fui en su día, vos sois también siervo. ¿Y de qué favor habláis? Tal vez podría ayudaros si pudiera recuperar fuerzas, pero tengo tanta sed… habéis hecho mal en mencionar el tiempo tortuoso que he pasado sin llevar agua a mis labios. Ahh, cómo desearía tener ahora mismo una jarra de agua fresca. —La elucubración de Aziz fue interrumpida de pronto por su extraño interlocutor.

—¡No! No tienes la potestad para pedir nada, no tienes créditos suficientes en tu experiencia para siquiera alcanzar a ser considerado digno. —Por mucho que bramó, sus manos no dejaban de hacer piruetas y frente a aziz, se materializó una jarra flotante hecha única y exclusivamente de agua fresca bailoteando frente al vagabundo.— ¿Ves lo que me has obligado a hacer?

La codicia llegó a la par de la súbita comprensión, y en el rostro de Aziz se dibujó una sonrisa pícara. Contempló con cautela al hombre mientras bebía hasta saciarse, y se refrescaba la cara, la nuca y los brazos.

—Bueno, oh poderoso, y entonces ¿cuántos deseos insinuáis que no puedo formular? ¿Cuántos sueños están ahora fuera de mi alcance? —preguntó en tono humilde.

 

Observo con gran interés el diálogo entre los dos hombrecillos en miniatura, y la mágica aparición del agua. El ver como Aziz derrama la jarra sobre su cuerpo me hace sentir raro e incómodo, pero no pienso moverme de aquí hasta que esto acabe. ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que vuelva a presenciar un espectáculo tan pintoresco?

—¿Acaso desearíais saberlo? —contestó el geniecillo con toda su cara de puta con bigote.

—¡Por cierto que no! Pero pensaba que serías amable con quién solo quiere ayudarte —dijo Aziz abandonando el “usted” en su trato con el genio—. ¿Sabes qué? Pienso que se han invertido las tornas, y que ahora tal vez soy yo el señor, y tú el ser insignificante que solo vive para complacerme, ¿no es así?

—Hacen falta unas cuantas cosas más aparte de menear tus telas sobre una baratija en medio del desierto —contestó alisándose la melena—. Existen códigos, normas que no estoy obligado a explicar mientras tú te pudres al sol pidiendo otra jarra de agua fresca.

—¿Eso crees, verdad? —Azuzado por el descaro de su interlocutor, Aziz se precipitó a contestarle—: Pues escúchame con atención, porque yo no soy la clase de persona que valora el poder y ese tipo de tópicos. ¿Y si desease, como deseo, ser el más sabio entre los sabios, conocedor de todos los códigos y secretos? —Pese a la fanfarronada, Aziz se había precipitado, pensando que la sabiduría sería la llave que le permitiría obtener honores, seducir mujeres y hacerse rico.

 

—Si lo deseaseis, que no lo habéis hecho, os convertiría en una puta piedra. En el corazón de una montaña, en algo inmovil que siempre ha estado ahí, sea hombre, animal o cosa —contestó casi sin ponerle atención—. Sois viejo, podéis hacerlo mejor.

Aziz titubeó ante la respuesta del hombrecillo. No sabía si iba de farol, pero desde luego no deseaba pasar el resto de sus días convertido en una roca del desierto.

—Bien, he de pensarlo con cuidado. —Ideas acerca de la salud, la felicidad, riquezas, pasaron raudas por su mente, pero perversiones a cada cuál más crueles de sus deseos llegaban con igual facilidad. Angustiado de pronto, sintió que tal vez no había sido un golpe de fortuna si no de infortunio dar con el arrogante personaje. Sintió de pronto que el tiempo se le iba rápido, y con apremio, replicó—: ¡Deseo entonces que la suerte siempre me sonría, al elegir rumbo, al jugar a las cartas o al evitar el peligro. Te lo ruego, no castigues a este viejo ¡Y que mi siguiente deseo juegue a favor de ambos!

—Esperaba más de vos, viejo zorro —replicó sonriendo mientras hacía bailotear sus manos en el aire—. Está hecho mas, poned atención antes de elegir camino, apostar al azar o evitar los males que os podáis encontrar porque os sonreirá la suerte, pero ésta no tiene moral ni conciencia de lo que es bueno o malo. Podéis tener todo tipo de suerte y en esta encrucijada, ved que, al final del día, solo me tenéis a mí. Al sol, la arena y a mí. ¿Una última jarra de agua fresca?

—¿Una última? De modo que son tres deseos, ¡y ya malgasté dos! Maldita sea la hora en la que encontré este artefacto. Había que ser muy cuidadoso a la hora de formular el último deseo. ¿Vida eterna? En forma de mosca no, gracias. ¿Llevarme al oasis? Seguro que me dejarías en el fondo de la charca. —Mientras así razonaba desquiciado, un pensamiento se materializó en el fondo de su cabeza castigada por el sol. Con rapidez fue ganando fuerza, y la expresión de Aziz mudó de la desesperación a la de una victoria inminente. Y mientras hablaba, reía y bailoteaba sin gracia, sabiendo que había vencido a su rival—. ¡Ya lo tengo! Era mucho más sencillo de lo que parecía, ¿no es así? Ni tú ni ningún poder sobre el desierto puede malograr mi deseo, que hará a su vez que todos mis anhelos se vean cumplidos. Y desde las alturas contemplaré como te sigues pudriendo en esa lámpara mugrienta, hijo de mil hienas. ¡Escúchame bien ahora! Desearía… ¡no! ¡DESEO…! —Había ido alzando la voz paulatinamente, y Aziz clamaba en el desierto, y por primera vez pareció que el genio dudaba ante su expresión decidida.

 

Pero no soy más que un perro y seguro que era un final interesante. Vamos que tuve que mear ancho, largo, húmedo y calentito. Me pareció que era un buen lugar, en un valle entre dos montañitas de arena donde tuvo principio y fin otra historia de Aziz, esta vez, con un genio encerrado en una lámpara roñosa.

Así que recordad, amiguitos, no hay deidad que no sea capaz de mearte en la cara en el peor de los momentos porque, los dioses, deben estar muuuu locos.


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CoquinArtero
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Rufo se estiraba sobre la arena calentita de primeras horas de la tarde. Le gustaba revolcarse y sentirse seco y limpio antes de la llegada de la noche.

     Ese día había comido lo suficiente como para tener el corazón contento, cosa que siempre se le antojó el perfecto broche de oro con el que cerrar el día. Restregando el lomo panza arriba, tiró de la barbilla hacia atrás y miró las montañitas de arena vueltas del revés. Aguzando la vista, una silueta que no tardaría en reconocer, recorría la cresta de uno de los montoncitos como si para ella fuese una gigantesca duna serpenteando en el desierto.

     La silueta era Aziz, su viejo compañero de fantasías. En esta ocasión venía cantando y como queriendo bailar bajo la fresca brisa de la tarde y así se la pasó colina abajo hasta encontrar un echadero donde con alborozo, metió antinaturalmente la mano hasta el hombro en el hatillo que colgaba de su garrote. Por lo que podía parecer, era más grande por dentro.

     Al sacar la mano, arrastró una pata de cordero recién cocinada a la brasa, con su grasita chorreante y costrilla rostizada. Aún recién comido, el olor de la pieza hizo salivar a Rufo y éste se dio la vuelta para observar con mayor detenimiento la situación.

     Nunca había visto al viajero con un equipaje tan curioso. Normalmente solía andar escaso de suministro y vagaba por el desierto buscándose la vida. En esta ocasión, después de bajarse el asado en poco más de tres bocados, volvió a meter la mano en la saca y extrajo un enorme trozo de queso Gouda con la consistencia justa que le toca por estar templado, sudando todo ese saborcito que hacía que se comiese solo.

     El trozo de cuarto y mitad de kilo de queso desapareció entre las fauces de Aziz en un abrir y cerrar de boca. Le siguió una enorme jarra rebosante de vino de grosella verde, media docena de suspiritos de Moya y otras tantas delicias turcas.

     Rufo no cabía en su asombro. ¿De dónde habría sacado tan mágico complemento? Alzó la vista para otear en la distancia si algún diminuto remolino en la arena, pudiese esconder una enfurecida partida de rescate, pero no. Ni un alma seguía a Aziz, el contento, el afortunado propietario de la saca mágica sin fondo, el que se puso hasta las trancas , el que ahora engulle en las fronteras del sueño, una finísima lámina de After8.

     Por más que comía no se saciaba, ni siquiera parecía estar engordando. Tan solo cayó dormido por el empacho dejando su mágico tesoro a medio asir y rodeado de restos de comida. Como si no existiesen las hormigas.

     Como era de esperar, durante el sueño llegaron primero los insectos a buscar restos, éstos atrajeron a pequeños roedores y pájaros para alimentarse, que a su vez atrajeron aves de presa; finalmente, las señales de vida en la distancia llamaron la atención de un grupo de beduínos.

     Al llegar, las gentes del desierto encontraron a Aziz yaciente y satisfecho, con el hatillo abierto, rebosando uvas frescas y jugosas por su abertura, así que llenaron sus odres del fruto de su mágico fondo, saciaron su hambre y su sed y llenaron un pellejo de camello con vino para el caminante para llevarse la inagotable fuente de alimento consigo.

     Aziz abrió los ojos y se encontró abrazado al vino y con una sonrisa tonta marcándole el rostro. Estaba pletórico de energía, sin comida pero con litros de vino para hidratar las horas que le quedan de viaje hasta el siguiente caravasar.
Rufo pensó con su mente de perro sucio y mojado de playa alicantina, que perder el hatillo era lo mejor que le podría haber pasado a su compañero de vagancias.

     Durante el tiempo que obtuvo lo que quiso, no se movió del sitio. Abusó de las beldades que le ofrecía la bolsa de cuero hasta dejarse ir expuesto a las inclemencias del destino, dormido y satisfecho; las hormigas podían haberle picado, las aves de presa podrían haberle sacado los ojos y los beduínos, además de salvarle de una vida de vagancia y abandono al quitarle la bolsa, podrían haber abusado de él, de su fuerza, de su situación desfavorable, pero los pueblos del desierto no son así. Los beduínos son sabios.

     Aziz despertó aún de madrugada con lo suficiente para vivir otro día más y la motivación para hacerlo como mejor se puede hacer: buscando tesoros. Así como hacen los perros salvajes que huelen a mojado y después se secan con la arena caliente, saboreando cada segundo como si fuese un sabor distinto cada vez... Guau¡


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Makishima
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Soy un perro. Con cara de perro, pelo de perro y peste de perro mojado que vaga día y noche por una playa de la costa alicantina. Llevo mucho tiempo aquí, tanto que no recuerdo cuándo puse por primera vez la pata sobre la arena. En mi soledad me he memorizado cada rincón y he aprendido a ver cosas que al principio se me escapaban.

 

Esas cosas que se esconden en la arena...

 

Aunque por lo que observé esa mañana, no era el único buscando algo, bajo el inclemente azote del sol, hallé una figura con un artefacto que pitaba constantemente, en el punto álgido de estruendo, esa persona se paraba y comenzaba a excavar con una pala, encontró diversos residuos como latas de conserva o de refresco, pero en el primer objeto que se detuvo, fue un pequeño artilugio rojo con una cruz blanca del que se dispuso a desplegar una cuchilla que probó en diversas ocasiones al igual que unas tijeras y un sacacorchos. Se diría que estaban algo oxidados y habían perdido el filo, quedando prácticamente romos por lo que tras agitar la cabeza varias veces, lo descartó. Al anochecer volvió con su saco remendado lleno de basura, cabizbajo...

 

A la mañana siguiente, volví a encontrarme con el mismo sujeto, tenía mal aspecto se notaba que había dormido poco, lucía una barba desaliñada y parecía que su búsqueda volvía a ser infructuosa, encontró algunos céntimos, varios mecheros... hasta que dio con un diente de oro, creía que había logrado dar con lo que buscaba, al final algo de valor, pero, inexplicablemente, no prestó demasiada atención al hallazgo, le sopló un poco la arena y lo metió en el bolsillo. Esto me hizo pensar sobre cómo podría haber acabado allí este diente, ¿sería de un cadáver? Viendo la ristra de porquerías y baratijas que allí se albergaban, no sé cómo me podía extrañar eso. Cuando cayó la noche, nuestro curioso vagabundo tomó de nuevo el saco y desapareció

 

Era el tercer día y las ojeras comenzaban a ser profundas, el hombre se bamboleaba carente de fuerza, algo le unía a la arena, puesto que parecía que su voluntad fuera en una dirección y su cuerpo por otra diferente. El día estaba siendo pésimo y se acercaba el atardecer sin ninguna buena nueva... de repente, como por arte de magia, el aparato volvió a pitar frenéticamente, ya era muy tarde y por la cara de este señor pudiera ser la última oportunidad para encontrar aquello que le traía a deambular por estas dunas. Cuando empezó a tocar el objeto, se le cambió el semblante, una radiante sonrisa le cubría el rostro, tras mucho escarbar y soplar logré percibir lo que parecía un coche de bomberos de latón. Era tan tarde y estaba tan cansado que agarró el juguete con ambas manos sobre su regazo y se acurrucó para recuperar fuerzas, al caer dormido, un brazo se movió a un costado dejando caer el tesoro recién descubierto, al golpear el suelo, un cangrejo ermitaño arrastró el cochecito al interior de la duna, estuve a punto de ladrar para advertirle, pero no me gusta inmiscuirme en los asuntos de los mortales

 

Lo último que vi de ese hombre fue un móvil iluminado con una alarma cuyo título rezaba: "Cumple de mi hijo"


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salvidormale
(@salvidormale)
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Muy bien escrito, gracias por compartirlo


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CoquinArtero
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Soy un perro. Con cara de perro, pelo de perro y peste de perro mojado que vaga día y noche por una playa de la costa alicantina. Llevo mucho tiempo aquí, tanto que no recuerdo cuándo puse por primera vez la pata sobre la arena. En mi soledad he memorizado cada rincón y aprendido a ver cosas que al principio se me escapaban.

     Por poner un ejemplo, esta misma mañana el destino me premió con el hueso más grande que he visto en mi vida. Lo presentí primero por el olor, enterrado en la arena pero cerca de la superficie. No estaba tan rancio como para que no lo pudiese roer durante un buen rato ni tan fresco como para atraer a todas las moscas de la playa, parecía que algún otro perro (Quizá yo mismo), lo hubiese dejado macerar durante el tiempo suficiente. Justo en su punto.

     El calor del sol secaba los rizos de mi lomo mientras yo apartaba arena con prisa e ilusión. Tuve que parar unas pocas veces a coger resuello, pero el cansancio no importaba porque la recompensa estaba al caer. Imagínense el boquete que abrí en la arena hasta que llegué a tan tremenda regalía por mi labor de escarbar perruno. 

     Era casi más grande que yo. Un fémur suculento relleno de rico tuétano que me puse a mordisquear sin salir del lugar.

     No había nadie en la playa. Solo mi hueso y yo, y al cabo de un rato, Aziz también.

     El hoyo terminó siendo tan grande que llegué a una parte de la arena más densa y consistente. Tenía más la forma de un cráter que el típico cono que, de manera natural forma la arena al resbalar. Allí mismo, al abrigo de la brisa marina y revolcándome agarrado al hueso sobre la arena dura, centré mi atención en el hueco que dejó una raíz o un grueso gusano.

     Tenía toda la forma de una cueva excavada en la pared de un acantilado desde donde una silueta se asomaba al precipicio. Fijé la mirada y descubrí a mi buen Aziz enfrentando el dilema de cómo salir de allí y me puse a observar.

     Aziz entraba y salía del hueco rascándose la cabeza con aspecto contrariado. Valoraba la altura a la que se encontraba de la base del hoyo. En proporción sería la suficiente como para romperse todo si llegaba a caer por ahí.

     La pregunta que me surgió entre roer y roer fue qué carajos estaría haciendo ese hombre justo en ese boquete.

     La respuesta la encontré en sus manos. Esta vez no llevaba el hatillo de costumbre sino una rudimentaria pala hecha con una rama retorcida en forma de uña. ¿Habría olido también un hueso? Lo dudé entonces. Debía ser algo tan valioso como un enorme fémur en su punto de maduración y relleno de tuétano bien jugoso.

     Entonces, una sonrisa se dibujó en la cara de Aziz. Al alongarse por la abertura y mirar hacia arriba, descubrió el brillo de diminutos trozos de vidrio que al recibir los rayos del sol, los deshacía en una lluvia de colores. A partir de ese momento no le importó la altura, ni el sol, la sed o el cansancio.

     Usó la pala como pico en el que apoyarse para subir con esfuerzo. Trastabilló varias veces en el proceso, pero al final lo consiguió, sacó los cristales y se quedó mirándolos durante un buen rato, del mismo modo que hacía yo con mi preciado regalo del destino.

     Aziz alzó la vista al cielo en señal de agradecimiento con un par de lágrimas haciendo surcos de barro el su rostro y nuestras miradas se cruzaron.

    —A mí no me lo agradezcas —. Le dije a sabiendas de que en realidad no era  a quien miraba.

     A riesgo de su propia vida, agarró las piedras y volvió derrapando de vuelta a la entrada de la cueva para contar, limpiar y adorar de cerca su tesoro.

     Es curioso cómo actúan los instintos: él era feliz con un puñado de cristales en su regazo a pesar de que el sol del mediodía quemaba sus manos y secaba su cuerpo del mismo modo que a mí me chamuscaba el lomo; no tenía ni idea de cómo salir de la cueva, pues la pala se rompió al bajar, como yo, que ya sé que me va a resultar muy difícil salir de este cráter cargando con el hueso, pero en este preciso momento somos felices los dos.

     Sé que tarde o temprano tendré que volver a dejar este regalo de los dioses atrás para no ahogarme cuando suba la marea. Dudo de que mi amigo sea consciente de que existe un mundo más allá de esas piedras.

     Como siempre digo: a veces lo mejor que te puede pasar en la vida es cruzarte con un perro sucio y mojado que vaga entre las arenas de una playa en la costa alicantina.

     Ahora, que el sol aún no ha conseguido tostarme la poca energía que me queda, me despediré de mi querido hueso y tendré la delicadeza de apoyarlo de la forma más adecuada, para que el pobre Aziz pueda salir y disfrutar un día más de su preciado montón de cristalitos.

     Espero que no se lo gaste en vino.

     Porque uno es perro, si, pero no un animal cualquiera. Además ¿Qué sería de los dioses sin la humanidad para entretenerse un poco?

     Me despido con la barriguita llena y el corazón contento, mientras corro a darme un chapuzón con mi amigo en la memoria, esperando volver a encontrármelo pronto.


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CoquinArtero
(@coquinartero)
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Soy un perro. Con cara de perro, pelo de perro y peste de perro mojado que vaga día y noche por una playa de la costa alicantina. Llevo mucho tiempo aquí, tanto que no recuerdo cuándo puse por primera vez la pata sobre la arena. En mi soledad me he memorizado cada rincón y he aprendido a ver cosas que al principio se me escapaban.

    Esas cosas que se esconden en la arena

    Hoy ha sido un día algo oscuro. Las nubes no dejaban ver el sol y la playa lucía más vacía que de costumbre. Al principio la brisa no me importó en absoluto. Era la propia que cabía esperar en esta época del año, pero después de un rato, me sorprendió lo fuerte que con el paso de las horas, se había vuelto el viento.

    No importaba que pudiese tener el estómago más vacío que el corazón de un asesino, en ocasiones como ésta, lo que toca es protegerse como mejor se pueda contra el frío. La brisa de la marea no solo te refresca cuando hace calor, también te roba la temperatura cuando hace frío. Independientemente de la roña que puedas haber acumulado para cubrir tus rizos, esa dulce maravilla de la naturaleza te puede matar sin que te des cuenta.

    Por eso me apresuré a excavar un hoyo  junto a una duna de matojos, al abrigo de la corriente de aire, y allí mismo me acurruqué a esperar mientras me entretenía con el aullido de mis tripas.

    Mientras el vaivén de la arena mecida por las ráfagas, dibujaba y desvanecía pequeñas dunas ante mis ojos, para Aziz, que de pronto asomó la cabeza por la ladera de uno de esos montoncitos, las dunas eran una enorme cordillera a batir en medio del desierto, al tiempo que medía sus fuerzas contra una colosal tormenta de arena. Le seguía un grupo de personas arengadas por un canto que a duras penas era audible contra el viento.

    En lo más alto de la duna, Aziz paró y observó la orografía del terreno que le rodeaba y el séquito de sufridos acompañantes paró arrodillándose ante él, a la espera de instrucciones sobre qué hacer en ese momento.

    Mi viejo amigo levantó los brazos y todos pusieron atención para poder escucharlo bramar por encima de la tormenta. Me fijé con atención y me sorprendí al ver las pinturas que adornaban su rostro, las joyas que colgaban de su cuello, las ropas que cubrían sus carnes… Ese era Aziz, sí, lo conozco perfectamente. Por eso era consciente de que interpretaba un papelón tan grande que un grupo de al menos veinte personas se dejaban guiar por él en medio de una tormenta de arena.

    Aziz, en su papel de mesías, ordenó la opción más lógica en una situación como esa: venir a refugiarse en el mismo hueco en que yo lo hacía. Resguardarse de los designios de la naturaleza durante un tiempo y fortalecer lazos al abrigo de la hoguera, situada justo frente a mis hocicos.

    Allí sacaron diversas viandas que calentar y con las que alegrarme el olfato. Comieron y bebieron hasta quedar todo el mundo satisfecho.

     —Ahora que por fin puedo explicarme —arrancó a decir el líder de la congregación—, créanme cuando les digo que lo último que recuerdo de antes de despertar, fue una deliciosa tortilla de setas que comí en la posada del poblado. Las cosas, al poco empezaron a teñirse de colores que no sabía que existiesen y, aún consciente de que que solo yo podía verlos, entable conversación con dos elefantes con corbata que de pronto aparecieron ante mí —el grupo empezó a dejar de lado su expresión de extasío ante la figura de Aziz y a intercambiar miradas de confusión—. Sepan que fue al coger tino de nuevo, que ya estaban ustedes azuzándome para que intercediese ante no se qué magnífico para obrar otro milagro, pero, panda de cabrones, no sé de qué milagro hablan. Dejen de adornar mi cuerpo, de regalarme joyas y de llorar a mis pies. Sobre todo de llorar a mis pies. Por favor ¡Qué asco! ¿A ustedes no les da vergüenza? ¿No tienen trabajo, casa, familia..?—

     —Pero, maestro ¿No cree que está siendo un poco miserable? —se lamentó una voz entre el tumulto— Nosotros te vimos levitar, te vimos curar al enfermo, al menos uno de nosotros te vio. Es evidente que los dioses te obedecen.

     En ese momento entendí lo que estaba pasando. También entendí lo desesperada que estaba esa gente por asumir su entorno de una forma mágica a la que poder seguir y, cómo no, culpar de sus desgracias.

     —Si lo que quieren es una prueba —interrumpió de repente Aziz, haciendo callar a la multitud—, una prueba tendrán. ¡Oh grandísimo salvador de la integridad del ser, yuxtaposición flamígera de la verdad y el todo! ¡Arrrfavó! ¡Manifiéstate!

     En serio. No pude contener la risa. Quise hacerlo pero no pude… ¿Yuxtaposiquéee?

     Me reí y tosí por culpa de la arena, apagando el fuego del montón de feligreses tamaño pulga que merendaban justo frente a mi nariz. Seguro que todos pensaron que ocurrió por el arte y la gracia del poder divino oculto en las manos de Azíz, que esbozó un gesto de conmoción confusa ante tal maravilla.

     Aziz pudo haber aprovechado la ocasión para solicitar dádivas a cambio de su poder divino, convertirse en un santo, un rey o un dios, pero no. No lo hizo porque tanto él como el resto de los que pasean por sus aventuras, no son ni más ni menos que un constructo de mi mente de perro y como perro, no puedo permitir que existan verdades más importantes que las de un simple chucho sucio y mojado que vaga duna arriba, duna abajo, por una playa alicantina.

    Todo lo demás, o es fantasía, o no merecerá nunca la pena.

    Si es que los dioses deben estar muy locos.


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CoquinArtero
(@coquinartero)
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Soy un perro. Con cara de perro, pelo de perro y peste de perro mojado que vaga día y noche por una playa de la costa alicantina. Llevo mucho tiempo aquí, tanto que no recuerdo cuándo puse por primera vez la pata sobre la arena. En mi soledad he memorizado cada rincón y aprendido a ver cosas que al principio se me escapaban.

     Esas cosas que se esconden en la arena.

     Hoy soñé como hacía tiempo que no lo hacía. Paseaba por la playa, igual que en todos los sueños. Una compuesta por una mezcla de arena y mar, aunque con una diferencia más que notable con respecto al resto de las playas. ¿Tienen en mente ese momento de la orilla en el que la marea endurece una franja amplia de arena con muy poco desnivel? Pues toda la playa era así. Una inmensa orilla que nunca terminaba de convertirse en mar, con arena rasposa, dura y ausente de brisa. Solo la arena húmeda y el sol tostándome otra vez el lomo.

     Acentué el olfato buscando el olor del mar para así poder encontrarlo y resultó que estaba por todas partes. Entonces fue cuando comprendí que no era más que un sueño muy extraño, pues los sueños no huelen, pero en este, para oler, lo necesario era pretender hacerlo. Volvía a olfatear pensando en cómo olería el pollo y la playa entera desprendió aroma a asadero de fin de semana. Agucé el oído y todo se volvió un estruendo de olas chocando con gaviotas dando por culo, mas no alcancé a determinar la dirección de la marea. Por eso eché a correr como el perro sucio y cada vez menos mojado que era.

     Corrí jadeando hasta que la arena dura abrasó y lijó las almohadillas de mis patas, hasta que el sol calentó tanto mi espalda que sin notarlo corría de lado. La sed me obligó a morder la arena húmeda con desesperación.

     Frustrado, comencé a llorar y sin querer, mis quejidos se tornaron en súplica. Algo que no había hecho hasta entonces: suplicar.

     Siempre he estado solo ante todas las adversidades del camino. Ni siquiera pensé que pedir ayuda fuese una opción a tener en cuenta en mi día a día. Era una sensación nueva, imperiosa, triste.

     Aullé con fuerza y gasté energías a cambio de la falsa sensación de estar dejando una puerta abierta como alternativa a una situación desesperante. Aullé y ladré con los ojos llenos de lágrimas y la boca de barro arenoso. Miré alrededor, mareado, cansado, las ganas de seguir avanzando seguían en su sitio. No entendía cómo podía ser posible que mi propio cuerpo no se dignase en responder y por eso, lloré aún más y más fuerte.

     Entonces sentí la voz. Una voz que me resultaba familiar y clamaba por un nombre que desconocía por completo, pero igual de familiar: Rufo

     —¡Rufo! ¡Rufo! —clamó la voz con insistencia y ternura—, pero ¿Tú te has visto, muchacho?—

     Me volví intrigado y donde antes no había ni un bicho, ahora estaba Aziz. Un Aziz enorme. Varias veces más grande que yo. Me llamaba hincando una rodilla en el suelo y los brazos abiertos en mi dirección. En el momento en que entendí que esa era la ayuda que estaba esperando, volvieron los sonidos normales de la playa, las olas, la brisa, el olor de la arena mojada, las gaviotas, todo.

     Mi cola enloqueció al verlo y mi cuerpo encontró fuerzas para arrancar, sacudirse y arrancar tambaleante hacia mi fiel amigó Aziz “El grande”.

     —¡Eso es, nene¡ Deja que te limpie los josiquillos, que vienes comío e mielda, bribón—

     Mientras más hablaba, más contento estaba; mientras más cerca, más real la playa y más ganas tenía de saltar y revolcarme en la arena con mi querido amigo Aziz. Corrí a su alrededor, le invité a un pilla pilla, hasta que no pude aguantarlo más y salté a sus brazos con los ojos cerrados.

     Cuando los volví a abrir, seguía en medio del salto, con la lengua colgando de la comisura y una sonrisa de perro tonto, sucio y mojado en el rostro.

     Aziz ya no estaba allí. La playa volvía a ser la misma costa alicantina. tuve que reconocer hasta el último grano de arena para poder darme cuenta de que acababa de despertar.

     Dirán que lo que les cuento en realidad no es un sueño, sino una pesadilla. Nada más allá de la verdad: por un momento, justo lo que duró el salto, fui feliz. Supe que lo fui porque en el mismo sueño pude compararlo con un momento en que estaba seguro de no serlo y ¿Saben qué? Mereció la pena. Esa fracción de segundo antes de despertar mereció tanto la pena que no me importaría volver a vivir otra vida entera a cambio de ese pequeño momento de felicidad.

     ¿Será eso el sentido de todo o será simplemente que tengo hambre?

     ¿Quién sabe? Ahora al menos sé unas pocas cosas que antes desconocía por completo.

     Encantado: mi nombre es Rufo.

 


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Smooky Marple
(@smooky-marple)
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Soy un perro. Con cara de perro, pelo de perro y peste de perro mojado que vaga día y noche por una playa de la costa alicantina. Llevo mucho tiempo aquí, tanto que no recuerdo cuándo puse por primera vez la pata sobre la arena. En mi soledad me he memorizado cada rincón y he aprendido a ver cosas que al principio se me escapaban.
 
Corría alegremente por la playa, cuando vi una vela de cumpleaños medio enterrada por la arena, al contemplarla mi mente perruna vagó al día que conocí a la  Dama del Mar.
xxx
Apenas despuntaba el alba de una fría mañana de noviembre, cuando me hallaba en plena batalla campal con una gaviota por un chusco de pan.
Después de unos minutos, me hice con el trozo de pan hasta que una ola traicionera me rozó las patas traseras, decir que estaba helada era quedarse corto, de la impresión abrí la boca dejando que mi botín, que con tanto esmero me había costado, se marchara volando.
  • ¡ Bicho asqueroso, devuélveme mi pan!- ladré con las pelotas encogidas por el frio.
Seguí con la mirada a ese bicho cuando divisé a lo lejos, entre el picado mar, una mujer nadando hacia la orilla.
  • ¿Cómo puede esa mujer nadar con el agua tan fría?.- un repelús me recorrió de cabeza a rabo.
La mujer salió del mar completamente desnuda, sus pequeños pies la encaminaron hacia donde yo estaba.  
  • Buenos días, espectador del tiempo, ¿Cómo te llamas?.- sus ojos aguamarina me miraban fijamente.
  • Me llamo Rufo, señora- ladré como si me pudiera entender.
  • Rufo, un nombre interesante.
Mi sorpresa fue tal,  que durante unos segundos, dejé de respirar hasta que mis tripas protestaron.
La mujer sonrió, se acuclillo en la orilla y con un movimiento de la mano un pez surgió de la espuma del mar, sus ojos opacos no verían más.
  • Acaba de morir.
Cual fue mi cara de desconcierto que añadió.
  • Rescato lo que perece en mis dominios. Para ti, mi pequeño amigo.- me dijo tendiéndome el pez.
La miré suspicaz.
  • Nadie da nada gratis- ladré masticando el pez.
  • Es cierto, quiero una cosa de ti  espectador, un recuerdo olvidado.
Continuó con su melodiosa voz.
  • Es mi cumpleaños, no poseo recuerdos propios solo los ecos de aquellos que perecen en el mar, ¿me regalas un recuerdo olvidado?.
  • ¿Un recuerdo olvidado? - pensé- ¿cómo se regala algo que no se recuerda?- estaba echo un lío- ¿Me quedaré sin ese recuerdo?
  • No, pequeño, estará contigo hasta que exhales tu último aliento.
Hacía tanto que estaba en esta playa que algunos recuerdos comenzaban  a esfumarse dejándome una sensación de vacío en el pecho.
  • De acuerdo, quisiera recordar la primera noche que pase con mi amigo Aziz, si es posible- dije en susurro.
 
Y en lo que dura un parpadeo o una vida, recordé las arenas del desierto y la noche estrellada, donde algunas estrellas todavía no tenían nombre, allí en medio de la más absoluta paz, una hoguera refulgía espantando las sombras del desierto.  
Aziz me rascaba la cabeza para tranquilizarme, apenas levantaba yo un palmo del suelo, era todo pulgas y pellejo. Aziz me había rescatado de la miseria de las calles de la ciudad.
  • No es mucho amigo, pero esta noche llenarás esta barriga- me dijo acariciándome y tendiéndome un trozo de carne que distaba mucho de ser fresca.
Comencé a masticarlo, estaba un poco correoso, pero no importaba, era lo mejor que comía desde que recordaba,  lo estaba saboreando cuando oí como las tripas de Aziz protestaban, cogí el trozo menos masticado y lo empujé con mi hocico hacia él, pocas veces  vi llorar a Aziz.
  • Ni el más puro de los hombres tendría un gesto tan noble.- dijo mientras me rascaba detrás de las orejas hasta que me quede dormido, calentito de corazón y de cuerpo, por fin me sentía a salvo.
Abrí los ojos con la sensación de calidez en mi interior y alguna fugitiva lagrima que otra rodando por mi hocico.
  • Gracias- le dije mientras pasaba mi lengua por el  salado rostro de la Dama del Mar.-  No te he preguntado tu nombre- ladré avergonzado.
  • No te preocupes, tengo muchos- miró al horizonte como si viera algo que yo no alcanzaba a ver- he de marchame, he de trabajar.
  • ¿Trabajas en tu cumpleaños?.
  • Si, he de recogerlos, gracias por compartir tu recuerdo conmigo, me has hecho muy feliz.
  • ¿A quién tienes que recoger?.
  • A los que acaban de morir, tengo que guiar sus almas.
Se levantó y poco a poco entro las frías aguas.
Le ladré.
  • Dama del Mar ¿Nos volveremos a ver?.
Se giró.
  • Sí, mi querido Rufo, nos volveremos a ver. 
 
Desde entonces espero que lleguen las frías mañanas de noviembre para que la Dama del Mar venga a visitarme y recordar un recuerdo olvidado.

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CoquinArtero
(@coquinartero)
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Registrado: hace 2 años
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Soy un perro. Con cara de perro, pelo de perro y peste de perro mojado que vaga día y noche por una playa de la costa alicantina. Llevo mucho tiempo aquí, tanto que no recuerdo cuándo puse por primera vez la pata sobre la arena. En mi soledad he memorizado cada rincón y aprendido a ver cosas que al principio se me escapaban.

     Esas cosas que se esconden en la arena.

     Ayer sentí tremendo picor azorándome la espalda. Se concentraba en la rabadilla, en el corazón de un cúmulo de nudos al que llamo “mi rastita molona”. Por más que me restregaba contra arena, grava y zorzal playero; por más que mordisqueé y rasgué con la pata cual guitarrón flamenco, el picor seguía ahí.

     La salida a tal tormento pasaba por arrinconarme y hacerme bola para acercar el ojo hasta el problema en cuestión. Allí estaba mi fiel amigo Aziz, que, después de despejar un claro de pelo, continuó abriendo un boquete entre el pelo y la piel, para enterrar lo que parecía ser otro personaje de mis fantasías, al que no había tenido el gusto de conocer.

     De pronto, Aziz paró de picar. Algo le llamó la atención por la espalda. Algo se movía entre los pelos del otro lado del claro. Se sorprendió (y yo también), al notar que el difunto ya no estaba allí. ¿Podría ser el muerto quien nos despistó a ambos hace tan solo un momento?. Era un difunto con peste de difunto mojado que no vaga, sino yace en la espalda de este perro que sí que vaga por una costa alicantina.

     Con la pala agarrada con ambas manos y andares cautelosos, se acercó poco a poco, al origen del misterio y preguntó alto y firme — ¿Quién anda ahí? ¿Quién se atreve a profanar los restos de un desconocido al que intento enterrar? ¿Qué haces? Pervertido —. Los movimientos cesaron para dar paso a una voz cargada de timidez y culpa —Ruego sepas perdonar a este triste morador de las arenas, ungido de pesar y hasta hace unos momentos, de hambre—

     Entonces, los nudos tras los que ocultaba su estampa se separaron y dejaron entrever algo muy parecido a un hombre como Aziz, pero vestido de todo lo sucio, lo abyecto, lo podrido y  lo atroz. Sus manos a medio descarnar aún sostenían el brazo a medio merendar del desconocido difunto (que ya no estaba entero).

     —Haz el favor de no alterarte —. Dijo levantando las manos y dejando caer el brazo al suelo— Tú a él no lo conoces y seguro que estaría agradecido contigo por tu labor de buen samaritano —entonces invitó con un gesto a dirigir la mirada al miembro amputado—, pero seguro que también me agradecería a mí por aprovechar sus restos. Tú no lo conoces, según me has dicho y… bueno… esto es lo que hago yo… No sé. Como muertos y tal—

     Aziz lo miró de arriba abajo varias veces antes de aflojar su presa sobre la pala. No podía ocultar la repulsión que el extraño acompañante le inspiraba. ¿Qué coño? Era tan feo que prefería tener pulgas o garrapatas. O pulgas agarrapatadas. O garrapatas pulgosas, aunque ese no era el caso. El detalle que me llamó la atención fue que pudiese expresarse tan claramente como lo hacía mi fiel compañero de ensoñaciones. Tenía, además, un acento meloso pero exótico a la vez, y hablaba de la misma forma en que lo haría un sabio.

     Poco a poco salió del cúmulo de pelos y restregándose la sangre de los morros, al ver que Aziz no decía nada, se sentó junto al brazo del difunto.

     —Échate junto a mí, compañero —sugirió el ghoul mientras tapeaba el suelo a su vera—, debes estar cansado y por hoy, puedo decir que estoy satisfecho. Me presentaría de acordarme de mi nombre, pero hace tanto que no probaba bocado, que temía haberme vuelto más bestia que persona… o, bueno… ya me entiendes ¿Qué te trae por esta loma?—

     Aziz siempre me ha parecido un buen muchacho: noble como él solo, abierto, generoso. Fue en este momento cuando además, sentí orgullo ajeno por él.

     La aversión del principio dio paso a curiosas preguntas sobre el pasado de aquel al que nombró como Paquito Pellejos. Este, por su parte contestó con interesantes historias del desierto y algún que otro chascarrillo que arrancó las risas de los tres. Agradecí los abrazos que Aziz obsequió por los dos al no-muerto de las arenas entre carcajada y carcajada. Agradecí también que dejase de picar sobre mi espalda y observé en silencio durante horas.

     Mira que eran distintos entre sí, y sin embargo el desierto los había convertido en hermanos durante el tiempo en que se cruzaron sus caminos.

     Paquito mascaba distraído los padrastros del brazo, que colgaba de sus fauces como hijos en la boca de Neptuno. Aziz le invitó a vaciar una calabaza de vino para pasar la noche y ambos rieron otra vez con ganas cuando Paquito le sugirió que quizá le apetecería probar una de las nalgas del muerto para acompañar.

     Si es que en el fondo, cuando rascamos un poco el barniz que nos recubre de “civilización”, pueden salir cosas maravillosas.

     Hoy desperté descansado y contento como cada día, aunque la peste que desprendían mis rastas sugería que lo mejor iba a ser pasarme un buen rato en remojo para que la sal curase mis heridas, el yodo diese lustro a mis cabellos y el sol, viento y arena, el volumen que necesito para pasar el día en un cruce de caminos.


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