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El Zahorí – Egipto


Learntofly
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Anotaciones del diario de Rodinia McLeod

 

Galway, 26 de septiembre de 1912

 

Volví a casa al rayar el alba, tras dejar los despojos machacados de Alma Errante en el bosque.

Subí a mi piso del ático, me di un baño, me acosté y me dormí —más bien me dejaron  dormir—, durante dos días. Cuando desperté, me reuní para desayunar con Roger y Linda en la cocina. Les conté de principio a fin mis últimas peripecias y he de decir en su favor, que ninguno hizo aspavientos o gestos de extrañeza. Por suerte para mí, se habían acostumbrado a las cosas no tan comunes y no me hicieron sentir mal ni culpable por nada.

Mientras tomábamos la segunda taza de té me acordé de Félix. No lo había visto desde que me acosté hacía dos noches. La señora Waters me dijo que había pasado la mayor parte del tiempo con ella en la cocina y que lo había visto entrar en la despensa. Lo llamé. La puerta de la despensa se movió empujada desde adentro. Una patita asomó primero, seguida de una flexible bola de nieve. Félix se había vuelto completamente blanco. No encuentro una explicación razonable a lo que le ha sucedido. Comentamos que sí se sabía de personas a las que se les había vuelto el pelo cano tras recibir un gran susto. Podría tratarse de lo mismo, pero Félix había visto cosas horribles antes, así que concluimos que debía tratarse de otra cosa; el qué, no lo sabíamos. No obstante, pensé en los animales blancos Gran Espíritu de las leyendas de los nativos americanos, y deduje que había más de una posibilidad de que Félix fuese uno de esos seres Manitú de la cultura tradicional algonquina. Decidí añadirle otro apellido a su nombre: Félix Ochovidas Gran Espíritu. Lo dije inconscientemente en voz alta. Félix dio un espléndido salto del suelo a la mesa. Se me quedó mirando, me agaché para poner mi cabeza a su altura y juntamos nuestras frentes.

He podido resolver todos los asuntos pendientes.

Los Pinkertons son en extremo eficaces cuando fluye el dinero. No hacen preguntas. Han facilitado los trámites legales de la muerte de mi yo anterior: Kerrigan, y han hecho efectivo el testamento. Me han proporcionado el pasaporte que necesito, con mi nueva identidad y profesión, y tengo la propiedad, la gestión y los fondos de la fundación «Félix Ochovidas: Agencia de Cazadores de Espectros», sin una investigación previa.

La entidad que contengo está inquieta. No es que haya una única voz a la que deba aplacar, no, es una multitud horrísona. Existe, no obstante, un hilo conductor en su cacofonía: Egipto, Egipto, Egipto…

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Learntofly
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                                                                       Serpiente de Fuego

 Anotaciones del diario de Rodinia McLeod

 

 Tell El Amarna, 6 de diciembre de 1912

 

El viaje desde Galway a Egipto ha sido emocionante y agotador. Las paradas y cambios de transporte en Dublín, Liverpool, La Havre, París, Marsella y Catania, fueron una balsa de aceite en comparación con la agitación de nuestra llegada a Alejandría. Lo primero que se percibe es el calor. Si la entidad no puede acabar conmigo, el calor es un firme candidato a terminar con mi vida. Me parece estar soñando en un cuento de Las Mil y Una Noche: el bullicio de la gente por las calles, la brillante luz, los colores vivos, el idioma ajeno, los olores exóticos y una insólita percepción que me hace sentir bien acogida. Pero soy un juguete en manos de la entidad, que, desde que llegamos a Egipto, apenas me ha dado un respiro. Todo ha sido un continuo averiguar acerca de viajes, horarios, excavaciones y permisos.
 
Hemos llegado a Tell El Amarna esta mañana en una barcaza de aprovisionamiento. Me he presentado a Ludwig Borchardt —el egiptólogo jefe encargado de la excavación—, que me ha permitido trabajar con su equipo en calidad de ayudante y observadora. Nos han invitado a tomar un té a la tienda de intendencia. Además del té y de unas tortas de trigo redondas, estaban repartiendo el guiso de habas y comino al que llaman fool y que llevamos comiendo tres días. Le he puesto a Félix un tazón, y me ha mirado con cara de: por favor, otra vez no, te lo suplico. Al terminar el desayuno nos han conducido junto a otros ayudantes a la zona norte de la excavación. Nos han dado material para escavar y hemos pasado allí el resto del día. No supe a qué se debía, pero el péndulo que llevo colgado casi me corta el cuello de lo que tiraba hacia la tierra. Hemos estado desenterrando huesos de niños. Las voces de la entidad parecen amenazar con hacer una locura. No sé si las podré contener; parecen más fuertes que nunca.
 
Casi a la puesta del sol, cuando volvíamos al campamento, hemos visto que había un gran revuelo y hemos corrido a ver de qué se trataba. Han encontrado un busto de Nefertiti. Es una preciosidad. Si el busto hace honor a la belleza que poseía, debió ser una mujer en extremo delicada y elegante, y una de las más hermosas que cualquier hombre haya visto en su vida. La entidad me incita a destruir el busto. Sé que hoy no podré dormir. He aparentado curiosidad por los otros hallazgos y he acompañado a los portadores del busto para averiguar dónde lo guardaban.
 
A mitad de la noche, Félix y yo hemos salido de la tienda como ladrones, hemos ido a la tienda donde están los objetos recuperados y nos hemos colado dentro. He robado el busto y lo he llevado al cementerio de niños en el que estuve excavando por la mañana. Las voces de la entidad han rugido a través de mi boca al unísono:
 
—¡Nadie debe rendir culto a esta asesina!
 
He caído de rodillas en la arena. He soltado el busto que ha rodado lejos de mí. Félix se ha colocado entre la escultura y yo como protegiéndola. He pugnado con la entidad y he logrado decir por mí misma:
 
—¿Por qué os consume un odio tan antiguo? ¿No os dais cuenta de que aferrarse a él es como agarrarse a un carbón caliente con la intención de tirárselo a otra persona? Eres tú el que te quemas.
 
Una serpiente de fuego salió por mi coronilla. La entidad había perdonado liberándose a sí misma de su agonía. La serpiente de luz danzó en el bellísimo escenario negro lleno de estrellas. Se ha cerrado sobre sí misma y ha formado un círculo, y con un fogonazo final, ha desaparecido de nuestra vista. Una revelación asombrosa surgió en mi cabeza: esa era la única manera en la que la humanidad florecería: uniendo nuestras almas y mentes con un fin superior a uno mismo. Félix se ha abalanzado contra mi estómago y casi me derriba. Las almas que no habían perdonado seguían dentro de mí sin que yo me diera cuenta. Salieron expulsadas por mi boca con gran fuerza y se han proyectado contra el busto. Me parece que se han quedado atrapadas en la figura. Félix y yo nos miramos. He dicho en voz alta:
 
—Me temo que este busto dará muchos problemas si lo llevan a Alemania.
 
Félix me responde mentalmente:
 
—También en Egipto.
 
Repongo la figura en su lugar y camino hacia la tienda-dormitorio pensando en que nos iremos de Tell El Amrana al día siguiente alegando cualquier excusa; no importa con qué rumbo. Mi cabeza ha quedado libre de la entidad y disfruto de mi nueva libertad por un breve instante. Una voz conocida retumba en mi mente:
 
—¡Kanca! ¿Estás ahí?
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Learntofly
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Anotaciones del diario de Rodinia McLeod

 

Tell El Amarna, 7 de diciembre de 1912

 

—¡Kanca! ¿Estás ahí?
 
Kanca es el nombre que utilizamos mi amigo y yo para ponernos en contacto. Significa ‘amigo’ en javanés y creemos poder eludir la vigilancia que ha sido impuesta sobre nuestras comunicaciones telepáticas con esta ingenua treta. No está garantizado que seamos indetectables, por eso solo lo usamos en caso de extrema necesidad.
 
—Sí, Kanca, te escucho alto y claro. Dime.
 
—Perdona mi irrupción y mi prisa; es mucho lo que tengo que contarte. Por favor, escucha atentamente y no me interrumpas.
 
«Hace muchos años que encontré las tablas de arcilla que me habían encomendado encontrar. Esto ocurrió muy poco tiempo después de que desaparecieses de nuestra secta. Sabes, los hierofantes no andaban muy desencaminados, las tablillas estaban en unos subterráneos del templo de una antigua ciudad abandonada al sur Bagdad, cerca de Maidán; esta gente no da puntada sin hilo. Nunca debieron enseñarnos tantas cosas a ti y a mí. Ahora me doy cuenta que como a ti, me gustan demasiado la verdad y la vida como para poder seguir a su lado y compartir sus oscuros objetivos.
 
«Al observar las tabillas con detenimiento, supe que tenía en mis manos unos objetos que contenían conocimientos valiosísimos. Decidí que no era justo que guardasen tan valiosas enseñanzas para ellos solos y nos dejasen a los demás fuera, por más que la secta tuviera una férrea jerarquía. Es por eso que, junto a lo que ellos me habían enseñado y con la ayuda de algunos traductores locales —de quienes omito sus nombres por razones obvias—, conseguí descifrar el contenido de las tablillas. Te cuento someramente lo que descubrí en ellas:
 
«Nuestro mundo se llama “Dominio del Sol Negro” y existe, en verdad, un Paraíso del que fuimos expulsados. Antes de la Guerra de los Mundos, que aún perdura hasta el día de hoy, nuestro Sol y la parte del Universo que podemos percibir, pertenecían a la Totalidad de la Creación y formaba parte de un sistema solar binario. Nuestro Sol fue conquistado y expulsado de la Totalidad a este rincón oscuro del Universo, mediante la bajada de su vibración original, a lo que podríamos llamar un Infierno. Es aquí, en esta Tierra, donde los seres que dominan nuestro mundo, encarcelan a los rebeldes que expresan sus propias ideas. Aquí están encerrados los más grandes artistas, los que reclaman libertad y protestan y los más abyectos criminales. Es por esto que la historia de la Tierra es lo que es: una línea ininterrumpida de desastres y de guerras.
 
«Nuestros Altos Hierofantes son una secta mucho más antigua de lo que sospechamos. Ellos fueron utilizados desde el principio de la Era Oscura como capataces de la cárcel, pero han terminado creyendo que el negocio es suyo. Es cierto que hace mucho tiempo que los ‘dioses primigenios’, los verdaderos amos del negocio, no hacen acto de presencia, por lo que es normal que, como se dice vulgarmente “cuando falta el gato los ratones hacen fiesta”. Se sabe que quedaron atrás algunos de los antiguos dioses. Aquellos que tuvieron buenas intenciones con la humanidad y que ahora son nuestros compañeros de prisión, como Prometeo; seguro que te suena. También dejaron atrás a otros de su estirpe, solo que a esos los dejaron en cápsulas de estasis, a la espera de que los demás vuelvan. Sé por los herofantes que una de estas cápsulas está en el Pacífico, a poca profundidad en la costa de la isla de Moorea. Es un capitán del linaje de los Cthulhu, uno de los más crueles asesinos de la humanidad y están buscando la forma de despertarlo para que los ayude con sus pérfidos planes ¡Pobres necios! ¡Si despiertan a este ser los convertirá en polvo para rapé en menos de un minuto!
 
«Los “Altos Hierofantes del Sol Negro” usan un estandarte rojo con una esvástica dextrógira negra. Están buscando hacerse con el control total de esta porción restringida del Universo y pretenden, además, conseguir la inmortalidad. Para lo primero, se han infiltrado en los gobiernos, en las monarquías, en las religiones, en las sectas, en las empresas y en cualquier actividad económica, médica o científica que les impulse a hacerse con el control total de humanidad. Para lo segundo, la inmortalidad, están siguiendo diferentes vías: la de fabricar humanos mezclados con máquinas, usando una especie de ‘inteligencia artificial’, no sé muy bien cómo explicar eso. Otra forma que utilizan es el copiado de los cuerpos una vez muertos. Y la tercera forma, su favorita y la que más emplean, es a través de una sustancia que extraen del veneno de los escorpiones y las escolopendras ¡Tendrías que ver las aberraciones que crean!
 
«He descubierto que yo soy un replicante; uno de sus inmundos experimentos. No soy más que la copia de un hombre original. No sé cuándo ni dónde nació ni cuáles son sus recuerdos; mis recuerdos. Tampoco sé cuántos más como yo habrá, ni quiero en realidad saberlo. Espero que de existir más como yo, cuenten con amigos en quienes puedan confiar, como tengo la inmensa suerte de poder hacer contigo.
 
«Desde que supieron lo que les oculto, me han mantenido en unas mazmorras de un lugar que solo podría definir como un desierto. Me han torturado hasta el borde de la muerte y en un acto de crueldad final, me han abandonado al albur del sol y de las fieras. No contaban con los hombres libres. Los freemen, así se hacen llamar a sí mismos, son caravaneros nómadas de este desierto de dunas. Visten de azul oscuro para protegerse del sol y apenas se les ven los ojos, pero por lo que he podido ver hasta ahora, son hombres agraciados y fuertes. Me han recogido y han compartido su agua y su sal conmigo. Me han convertido en su hermano. Viviré lo que me resta de vida con ellos.
 
«Si todavía sientes el deseo de luchar contra los hierofantes, te diré que puedes encontrar algún tipo de ayuda en el Templo de Ptah y Sekhmet, en Karnak. No te sé decir de qué se trata, solo que ellos lo temen como a la tormenta.
 
Te deseo un feliz viaje en tu vida viejo amigo.
 
«Que sigas adelante bajo la fuerza del Cielo, bajo la luz del Sol y el resplandor de la Luna. Que sigas adelante con el resplandor del Fuego, la velocidad del Relámpago y la ligereza del Viento. Que sigas adelante apoyado por la profundidad del Mar, la estabilidad de la Tierra y la firmeza de las Rocas. Que estés rodeado de la protección de los Nueve Elementos.»
 
Con estas palabras habló mi Amigo.
 
Mañana mismo buscaré un transporte que nos lleve a Félix y a mí hasta Karnak.
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Anotaciones del diario de Rodinia McLeod

 

Karnak, 14 de diciembre de 1912

 

«Solo te pido que entres a mi casa con respeto. Para servirte no necesito tu devoción, sino tu sinceridad. Ni tus creencias, sino tu sed de conocimiento. Entra con tus vicios, tus miedos y tus odios, desde los más grandes a los más pequeños. Puedo ayudarte a disolverlos. Puedes mirarme y amarme como hembra, como madre, como hija, como hermana, como amiga, pero nunca me mires como a una autoridad por encima de ti mismo. Si la devoción a un dios cualquiera es mayor que la que tienes hacia el Dios que hay dentro de TI, les ofendes a ambos y ofendes al UNO.»

Esta es la inscripción que se puede leer en el dintel de la puerta del Templo de Sekhmet. Ya no me hago preguntas sobre cómo puedo hacer ciertas cosas, como leer escritura jeroglífica; lo hago y ya está. La sensación de estar en casa en Karnak es muchísimo más intensa que en Alejandría.

Entramos en el templo, es muy pequeño. Una sala alargada y estrecha con la escultura de la diosa-leona atrás, en el centro. El aire está quieto y es algo más fresco que en el exterior. Ryouk no me dio ninguna indicación sobre lo que debo buscar, así que miro a ver si encuentro algo que me dé una pista de por dónde continuar. ¿Qué puede haber aquí que aterrorice a los hierofantes? Nada. A no ser que la estatua cobre vida y comience a rugir, dudo que haya algo pavoroso en este lugar que asuste a nadie. Por lo poco que sé del asunto, entiendo que solo podría atemorizarles alguno de los dioses primigenios que conquistaron nuestro Sol y esta parte del Universo. Alguien capaz de hacer algo así debe de tener un poder gigantesco.

Doy otra vuelta alrededor de la sala. Esta vez voy pasando la mano sobre los bloques de piedra, mirando de cerca las junturas a ver si hay algún mecanismo oculto o un papel escondido, pero no veo nada parecido. Miro hacia abajo y hacia arriba. Paseo alrededor de la estatua de derecha a izquierda y al revés. Nada. Es un enigma sin solución. Me siento en el suelo y tomo la determinación de no moverme de allí hasta dar con una solución o hasta que los guías me encuentren y me saquen a rastras.

Espero tener suficiente agua, es todo lo que me preocupa.

No pienso rendirme. Decido que voy a pasar el resto de la vida viniendo a este lugar hasta que dé con la clave del misterio. Puede que solo sea una pulga en la cola de un perro, pero un guerrero no es el que siempre gana, sino el que siempre lucha. Aspiro profundo y continúo mirando a Sekhmet en busca de alguna pista.

La luz cenital que entra a través de la abertura cuadrada del techo ilumina la estatua confiriéndole una fuerza increíble a la hierática escultura. Recorro con la mirada la superficie de Sekhmet para captar su insólita transformación y entonces lo veo. En el disco solar de su cabeza, aparece una inscripción en bajorrelieve que hace un momento era imposible apreciar. Félix se pone a mi lado y mira también hacia arriba. Leo:

“Iniciativa Dharma – Si entras, no podrás salir.”

Dudo de haber leído tal cosa.

Me froto los ojos, saco el termo de la mochila y tomo un trago de té. Le ofrezco agua a Félix pero ya no está conmigo. Vuelvo a mirar al disco solar a ver si ha desaparecido la inscripción, pero ahí sigue. Llamo a Félix, me asomo detrás de la estatua para buscarlo y por poco no me convierto en piedra yo también. La pared de detrás de la estatua se ha vuelto transparente o ha desaparecido. En su lugar hay un pasillo por el que va corriendo Félix a toda prisa. Me planteo qué debo hacer. Si es cierto lo que pone en la inscripción -que si entro ya no podré salir- sería algo terrible, o quizá no tanto, ya he dejado todos mis asuntos arreglados, pero me apenaría no volver a ver a mis amigos. Por otra parte, Félix jamás entraría en un lugar peligroso arrastrándome con él.

Me pongo en marcha y voy detrás del gato. Ya no hay vuelta atrás.

Nada más poner un pie en la parte nueva del pasillo me quedo fascinada. Algún tipo de magia o de tecnología ilumina el corredor a mi paso. No hay rastro de lámparas o algún otro artilugio distinguible. La luz nace de todas partes y la piedra rojiza se va transformando en una superficie blanca y azulada, veteada de colores claros y refulgentes, como si tuvieran fuego dentro. Digo en voz alta: “MARAVILLOSO”, y una voz masculina, profunda y melodiosa me replica:

—Es ópalo. Yo soy Frank, bienvenida.


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Anotaciones del diario de Rodinia McLeod

Karnak, 15 de diciembre de 1912

(Tiempo indeterminado dentro de La Nave)

 

La voz de Frank me guio por lo que parecía un corredor interminable.

Ya no podía ver a Félix y le pregunté a Frank si sabía dónde estaba. Me respondió que sí, que sabía todo lo que sucedía en la Nave. Todo, salvo lo que pasaba en los espacios que tenía restringidos.

—¿Está bien?

—Por supuesto. Está en casa.

Me pareció algo normal dentro de toda aquella extrañeza. Lo que había estado sintiendo desde que llegamos a Karnak bien podía deberse a que era Félix el que volvía a casa y que, a través de nuestra fuerte conexión mental, me hiciese llegar sus sentimientos.

—Me gustaría hacerte un montón de preguntas.

—Soy tu guía y anfitrión hasta que te asignen un infotexto. Después, cuando quieras o me necesites, estaré a tu disposición. No preguntes por ese artilugio, te enterarás enseguida. Hay cosas más importantes que debes saber.

»Acabas de entrar en La Nave. Este es un vehículo interestelar de entropía nula y espacio-tiempo moldeable. La Nave fue enviada a la Tierra al final de la “Batalla de La Escisión”, en un movimiento desesperado por tratar de conservar esta parte del Universo por parte de las fuerzas rebeldes de la resistencia. Se trata de uno de los últimos reductos de los Antiguos Constructores, y es, de hecho, la única esperanza para la humanidad y para las demás civilizaciones arrastradas a este infierno. Aquí se trabaja para devolver a la Tierra a su anterior estado de vibración y para rectificar la aberrante inclinación de su eje, causada por los restos eyectados de la explosión del gigante Maldek: un planeta no gaseoso ubicado entre las órbitas de Júpiter y Marte. Esta nave guarda muchos secretos y es una de las últimas de su clase que quedan en nuestra Burbuja-Multiverso.

»Si has llegado hasta aquí, es porque sabes que hay una entidad sumamente maligna en estasis en la otra parte del mundo. Si trazas una línea imaginaria que atraviese la tierra pasando por el centro, llegarías a la ubicación de la nave cthulhu que dejó a esta parte del universo fuera de juego. Tenemos la ventaja de que, por ahora, tanto la nave como sus ocupantes están neutralizados, a la espera de unas órdenes que todavía no han llegado.

»No tenemos noticias de La Totalidad y no sabemos cómo va la guerra. A nuestro entender, si a estas alturas no han venido a despertarles y a rematar el trabajo, significa que es posible que La Resistencia les haya ganado algo de terreno y aún quede esperanza para nosotros.

»Estamos llegando a la sala principal, allí te atenderán como es debido.»

Llamar sala principal a aquel colosal espacio era un eufemismo. Había muy pocas cosas en contraste con sus dimensiones, pero una notable actividad lo animaba. Una cúpula conformaba el techo de la estructura, fabricada del mismo material blanco-azulado del que estaba hecho el pasillo y también emitía luz por sí mismo. Frank me invitó a subir a una alfombrilla cuadrada que había en el suelo. La alfombrilla se alzó conmigo encima y levitó acercándome a un mostrador circular que había en el centro.

Cuando mis ojos se desprendieron del encantamiento del lugar, pude distinguir al fondo, por encima y detrás del mostrador, tres puertas circulares enormes por donde entraban y salían personas y vehículos de lo más extraño. Frank me explicó que eran puertas espacio-temporales. Las tres eran similares, tenían unos marcos metálicos con símbolos alrededor y una pieza móvil en forma de triángulo. El interior era una superficie de algún líquido ondulante. Dos de ellas giraban en forma de vórtice, una hacia la izquierda, otra a la derecha y la del centro era ondulante pero inmóvil; sin movimiento de torbellino en ningún sentido. Frank me explicó que servían para ir al pasado y al futuro y la del centro era la puerta de regreso a la Nave. A cada lado de la sala había una única puerta de forma tradicional pero de grandes dimensiones. La de la izquierda, según Frank, era la puerta de un elevador que llevaba a los veintitrés niveles restringidos, y la de la derecha era la puerta de acceso a las salas de entrenamiento y descanso para los centinelas, patrulleros y ejecutores.

La alfombrilla frenó suavemente al llegar al mostrador.

—Te dejo en buenas manos. —Dijo Frank.

Una multitud de rostros sonrientes se giró para saludarme.

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