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El León la Grulla y el Escorpión

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JohnClare
(@johnclare)
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La Grulla duerme todavía, atrapada en los recuerdos mientras se sacude una telaraña de fantasmas.

El Escorpión se abre camino entre el fuego y los otros insectos siguen sus pasos hacia la noche que está por venir.

Es hora de que el León ocupe su lugar en el tablero.

 

 

Estás enferma, ¡oh rosa!
El gusano invisible,
que vuela, por la noche,
en el aullar del viento,

tu lecho descubrió
de alegría escarlata,
y su amor sombrío y secreto
consume tu vida

William Blake

 

 

 

Diario personal de Leonard Rodgers, 23 de Marzo de 1427.

 

Voy a dejar esto por escrito no porque ese plomazo de Lord Alester me haga sentir en la obligación, sino porque todavía no atino a dar crédito a lo que me ha sucedido. Mi tutor me instó a empezar un diario "para mejorar mi destreza con el lenguaje", aunque si he continuado con este despropósito ha sido más por vencer a la desidia de mis días que por seguir su firme instrucción. De cualquier forma, ahora me va a servir como prueba de que el hastío no me está volviendo loco, porque a este paso voy a empezar a estrellarme contra las paredes como ese pobre monje que se tiró desde el campanario la semana pasada... Phillipe, creo que se llamaba.

 

Cuando mi padre me puso bajo el cuidado de Lord Henry Alester, más para librarse de mí que preocupado por mi porvenir, me permití soñar con la guerra contra los franceses: me imaginaba cabalgando tras Alester con la espada bañada en la gloria de los enemigos muertos y, tal vez, con una o dos muchachas que recordar cuando fuera viejo, en las noches frías de York. Lo que no imaginaba, desde luego, era que iba a pasar más de tres años en este erial que denominan monasterio, en Umbría, tan lejos del campo de batalla. Lord Alester dice que tenemos una misión sagrada aquí... Yo creo que no hay que ser demasiado listo para darse cuenta de que no hay nada de santo en esta barbarie.

 

La locura comenzó con la caza de jovencitas: alegaban brujería, pactos con el maligno y supercherías varias para apartarlas de sus familias y traerlas aquí, donde las encerraban en una celda húmeda y las interrogaban hasta la extenuación, usando métodos que habrían hecho vomitar al verdugo del Rey. Por mil demonios, si las despellejaban como a conejos, buscando un supuesto mapa para alcanzar la reliquia de San Francisco de Asís: una copa de un material al que Alester se refiere como el oro de la inmortalidad. Cuando le pregunté si se trataba del Santo Grial me hizo callar de una bofetada, como si mis elucubraciones fueran acaso más fantasiosas que su estúpida búsqueda. 

 

Así estuvieron meses: Alester y su ejército tenían atemorizados a todos los monjes, y se aprovechaban de sus provisiones y conocimiento, obligándolos a registrar cada palabra, a amortajar los cadáveres de las muchachas que no resistían la tortura y a limpiar las celdas de interrogatorios, cada día más numerosas.  Yo debía estar presente en todos los actos en los que Lord Alester tomaba parte; al principio las pesadillas me asediaban y la culpa lastraba mis pasos en mis vagabundeos por el monasterio, pero con el tiempo me fui haciendo más y más insensible. Asumí el insomnio y me refugié en el vino que fabricaban los monjes para olvidar las largas horas examinando la piel a medio curtir a la luz de una vela solitaria, para zafarme del terror que me invadía al pensar que se me pudiera escapar algún signo sagrado de ese lienzo carmesí, y de lo que Lord Alester me haría si así fuese. El tiempo se me escurrió, beodo y atemorizado, con los dedos oscurecidos por la sangre reseca que ya no era capaz de eliminar de debajo de mis uñas.

 

Fue entonces, cuando todo parecía perdido, cuando hicieron su gran hallazgo, y si bien Lord Alester no encontró lo que estaba buscando sí que alcanzó a atisbar algo que calificó de divino... A mí me resultó más bien demoníaco, pero claro, qué sabré yo con esta mente simple que Dios me ha regalado...

 

La muchacha era fuerte como ninguna, con una voluntad férrea que no se dobló ni un instante, insistiendo en su inocencia con cada corte, dedo a dedo, diente a diente. Mierda, me pongo a sudar cuando lo recuerdo y estoy emborronando las letras... Como sea, no dejó de rezar, cubierta de sangre y lágrimas, balbuceando que la dejaran regresar con su familia mientras escupía coágulos en el rostro de su inquisidor. Luego, ante la futilidad del esfuerzo, comenzaron con el procedimiento para retirar su piel: dibujaron secciones con carbón, que serían numeradas tras su extirpación para su posterior estudio... Alester la contemplaba con la entereza que lo caracteriza, mientras yo empapaba mi túnica, esforzándome para que no se percatara de que, de cuando en cuando, apartaba la mirada de la chica, acongojado por el hecho de que siguiera consciente tras tanto sufrimiento. 

 

Si no recuerdo mal habían retirado la piel de la mayor parte de su pantorrilla izquierda cuando comenzó a hablar esa extraña lengua. No era latín, ni nada que se le pareciese; no habré estudiado mucho, pero hasta yo sé pronunciar mis oraciones.  Los ojos de Lord Alester se abrieron en un éxtasis victorioso; él tampoco entendía sus palabras, aunque sabía que acababa de rozar con la yema de los dedos lo que tanto anhelaba. Aun me pregunto cómo puede haber entrado en un monasterio un pedazo del Infierno... Y no lo digo por la muchacha.

 

Detuvieron el tormento de la joven y la subieron a una de las celdas superiores; en el trayecto no dejó de proferir aquellas maldiciones guturales, mientras sus iris iban poco a poco perdiendo el color, hasta que sus ojos se convirtieron en dos esferas blanquecinas, húmedas, con un aspecto viscoso y frágil que hacía desear introducir el dedo para saber si, en verdad, se romperían con tanta facilidad como parecía. Le asignaron su cuidado a este pobre infeliz: yo lavo su cuerpo mutilado, al que le han arrebatado pies y manos al completo para que desista cualquier intento de fuga. Yo peino sus cabellos trigueños, que se enredan a parches en el peine de madera mientras su cuero cabelludo se desprende como escamas. Ya no la visto; me obligan a mantener sus heridas abiertas, usando una cuchilla para rebanar la carne que se tiñe de negro por la gangrena, soportando el hedor a putrefacción de las escaras que se han formado en su espalda por la inmovilidad a la que la obligan... Lord Alester afirma que es ese dolor, aunado a su fuerza de espíritu, lo que ha conseguido que la muchacha alcance un estado de comunión con Dios... Y yo empiezo a sospechar que el Dios al que rezamos Alester y yo no es el mismo.

 

No puedo soportar más ser el guardián y el torturador del Oráculo, como ahora la llaman. Tal vez lo consideren un honor; para mí es una condena. Nunca pensé que podría albergar tanta piedad en mi interior...

 

Por eso deseo dejar por escrito todo lo que ha pasado esta noche, cuando su rostro se ha vuelto hacia mí en un instante de lucidez en el espacio en el que los traductores, que día y noche la asedian para tratar de comprender su mensaje, han hecho una leve pausa para descansar de la atmósfera oscura que destila la habitación del Oráculo.

 

Ha entreabierto sus labios, agrietados por la sed, y me ha sonreídomostrando sus encías desnudas. No he podido evitar acariciar ese rostro, que un día tal vez fue bello, o dulce, o pícaro, pero que ahora es una máscara de muerte. Ella me ha llamado por mi nombre y se me ha roto el corazón en mil pedazos.

 

Luego ha hablado para mí, en esa lengua, y he entendido cada susurro agónico como si la hubiera escuchado desde la infancia. Ahora sé lo que tengo que hacer. Sé dónde está el cráneo de Francisco... Sé dónde está el cáliz de la inmortalidad.

 

Podría decir que murió porque no podía soportar tanto dolor pero, en realidad, el que no pudo aguantarlo fui yo. En mi debilidad reside mi pecado.

 

Tú le has dado un propósito a mi vida. Nunca olvidaré tu nombre, Giordana.


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Los predadores tomaron posesión porque para ellos somos comida, y nos exprimen sin compasión porque somos su sustento. […] Para mantenernos obedientes, dóciles y débiles, los predadores se involucraron en una maniobra estupenda (estupenda, por supuesto, desde el punto de vista de un estratega). Una maniobra horrible desde el punto de vista de quien la sufre. ¡Nos dieron su mente! ¿Me escuchas? Los predadores nos dieron su mente, que se vuelve nuestra mente.

“El conocimiento silencioso”, Carlos Castaneda

 

Mezcló los pigmentos con cuidado. Las múltiples tonalidades de ocre y el negro del carbón, le darían al toro la vida que imaginaba. Cerró los ojos y respiró profundamente. Se desconectó de la charla de su mente y los recuerdos llegaron a oleadas: «Aquí está el ojo, Aldebarán…, aquí está Elnath, en el cuerno…, las Pléyades en el lomo y las Hyades en la oreja...» Había retenido la imagen de las protuberancias de la pared para visualizar dónde representaría el mapa del cielo. Se aplicó en el dibujo general y añadió varios animales para figurar un rebaño. Nadie, salvo ella, sería capaz de descubrir las pistas. Apuró los pigmentos, no debía desperdiciar un material tan valioso. La grasa de los animales era una fuente de calorías más que un medio para la expresión artística. Además, los otros, quizá no apreciasen su esfuerzo por embellecer su hogar.

Contempló, satisfecha, su obra finalizada.

Las preguntas que vivían en su subconsciente, los ecos atávicos de otras vidas, brotaron y le hicieron recordar que una vez estuvo completa:

«¿Te encontraré algún día?... ¿Cómo sabré que eres tú?... Somos tan extraños en esta prisión de carne... Recuerdo nuestra promesa de estar siempre juntos…»

Estos pensamientos cruzaban su mente como nubes blancas arrastradas por el viento… Y, mientras disfrutaba del recuerdo de su hogar y del amor en su corazón, se quedó dormida.

 

***

 

Morgana despertó en su cama. No abrió los ojos, ni movió un músculo, ni siquiera tragó saliva. Se quedó inmóvil, conteniendo la urgencia de cambiar de postura que exigía su cuerpo. Concentró la mirada en un punto imaginario delante de sus ojos e intentó retomar el sueño. Podía hacerlo. Su esposo estaba de viaje, el servicio de día libre y era domingo; nadie la molestaría. En breves instantes, volvió a ocupar su cuerpo de ensueño, pero no volvió a Lascaux…

 

                 

 

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“El Destino no existe; se llama Sincronía. Y hay que acumular silencio para percibirla”

11:11

 

Al día siguiente, Morgana recibió el pedido de paño de Castilla. En uno de los baúles, encima de las telas, encontró un libro. Dejó a los empleados en la tienda y se fue a la parte posterior a leer el diario; pues de eso se trataba. Lo abrió por una página al azar…

 

Del diario de Guillaume Van Hove.

 

En la primavera del año de nuestro señor de 1414

 

Queridísima Morgana:

Aún me abruman los secretos que custodio y quisiera hacerte partícipe de ellos, pero no me atrevo a ensuciarte con mi inmundicia. ¿Qué infeliz tiraría excrementos a la fuente donde calma su sed?... Pero yo debo descargar mi alma, y seguiré escribiendo este diario para liberarme de la pesadumbre que me atenaza.

Haxamanis me ha dado acceso a vuestro libro. En sus páginas, he completado lo que ya sabía de la espada y la daga forjada con sus restos. Fue escondida en la cripta de Santiago de Compostela en el año 997 por el musulmán Almanzor. Me puedo imaginar tu cara si algún día lees esto.

Yo ya sabía que en Santiago reposaban los restos del obispo Prisciliano, desde el año 385. Prisciliano fue acusado de brujería y gnosticismo, y tras ser torturado, confesó dichas prácticas. Fue sentenciado y decapitado, convirtiéndose en el primer hereje católico, ajusticiado por civiles, bajo mandato eclesiástico. Fue un movimiento estratégico de la corrupta Iglesia Católica, que quiso frenar el primer movimiento ascético de su historia; así de podrida estaba ya en sus inicios.

Cambiaron el nombre de Prisciliano por el de Santiago el Mayor, y promovieron la peregrinación a su sepulcro. De esta forma se aseguraban tres vías para incrementar su poder y riqueza: los romeros iban a Roma, los palmeros a Jerusalén y los peregrinos a Santiago de Compostela.

Pero, aunque no haya ninguna reliquia relacionada con el discípulo de Jesús en Compostela, el Camino de Santiago está señalado por las estrellas y es en verdad sagrado.

Sabiendo estas cosas, los primeros templarios ―antes de adquirir el nombre de La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón―, ya sabían que debían arrancar de las garras de la Iglesia las reliquias, los artefactos y los libros que contuvieran algún poder. Hubo, en la misma época, facciones espirituales entre los hebreos y los musulmanes. A una de estas pertenecía en secreto el militar apodado Al-Mansur (El Victorioso). Pero nada debía saberse de estas componendas entre los ortodoxos de las tres religiones.

Sabíamos que la daga estaba en manos musulmanas al rayar el Milenio. La historia cuenta que Almanzor tomó Santiago en el año 997, que destruyó la ciudad y la catedral, pero que respetó el sepulcro. Cabe preguntase el porqué, ¿no crees? Sospecho que escondió la daga en el osario de Prisciliano procurándole así el escondite perfecto. Yo partiré pronto hacia Santiago para confirmar mis sospechas.

Comprobaré, si me es posible, que también están allí los restos de Roland, el sobrino de Carlomagno. Si es cierto lo que cuentan nuestros libros, su espíritu está encerrado en un féretro de piedra en la cripta de la catedral, en el cementerio de peregrinos. En nuestras crónicas, se dice que el arcángel Uriel tomó el cuerpo de Roland en la batalla de Roncesvalles. Y que vestido de esa carne llegó a Santiago, y que allí murió en las batallas de la reconquista. Creemos que sus huesos están en un ataúd de piedra recubierto de plomo, lo que causa un gran desconcierto al espíritu que no puede trascender a las Estancias de la Reencarnación. Su alma se ha vuelto corrupta tras el larguísimo confinamiento y solo desea su liberación para vengarse. Su liberación se producirá cuando alguien cante las sílabas contenidas en apéndice musical de Codex Calixtinus. Entonces, el plomo y la piedra del sepulcro se agrietarán liberando al demonio Uriel: el que un día traicionó a Dios contándole los planes de este a Noé sobre el Diluvio.

Espero que un día te sean de utilidad estos conocimientos.

Tu humilde servidor,

Guillaume Van Hove

***

De las artes que practicaba Prisciliano. Prisciliano - Wikipedia, la enciclopedia libre.

Representación del demiurgo gnóstico, llamado Saklas en varias de sus escuelas.

Según Orosio, en su texto contra Prisciliano, Communitorium de errore Priscillianistarum et Origenistarum «Prisciliano enseñó que los nombres de los Patriarcas corresponden a las partes del alma, y de modo paralelo, los signos del Zodíaco se corresponden con partes del cuerpo».

 


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JohnClare
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Soy la antivida, la bestia del juicio. Soy la oscuridad al fin de todo. Fin de universos, dioses, mundos... de todo. ¿Qué serás tú, soñador?
The Sandman, Neil Gaiman

 

 

En algún momento oscuro de finales de 1428

 

Ya no sé quién soy.

Tengo retazos, memorias vagas de mi existencia antes de tomar este cuerpo, pero están cubiertas con una neblina de la que no puedo zafarme. Y mientras más hondo penetro en esta criatura más difícil se hace recordar, aunque me sorprendo al darme cuenta de lo poco que me importa.

Mi nombre era Mykaeris; al menos eso lo sé con seguridad. También soy capaz de esbozar el frío y la oscuridad, así como esa estrella moribunda que apenas alcanzaba ya a iluminar la tierra yerma que habitaba. Antes mi conciencia no se ordenaba de esta forma, no era capaz de hilar un pensamiento tras otro como hacen estos seres. Me movían el hambre, hábito que sí compartimos, y la desesperación, que tampoco les es desconocida. Tal vez la mayor de mis certezas es que, en esa época, yo moría junto al resto de los de mi estirpe: una raza agonizante, apartada de cualquier materia que pudiéramos consumir. No alcanzo a recordar el motivo, aunque antes de que Jeanne me entregase su voluntad tenía claro cuál era mi cometido. La misión… tenía algo que ver con la Espada… Sí, creo que era así.

Encontré la grieta de Lucaerys cuando estaba a punto de abandonarme a mi suerte. Había rescatado fragmentos en la conciencia colectiva que pertenecían a Urkiel y Gybrael, de modo que conocía su aspecto antes de toparme con ese abismo, con ese agujero que absorbía todo rastro de luz, por pequeño que fuese. Por aquél entonces yo pensaba que mis compañeros habían dejado de existir, derrotados por el vacío; comprendí que en realidad habían llegado a atravesar la grieta, y que por eso su resonancia había desaparecido de la red. Podría haber vacilado, pero nuestro creador nos había condenado a la extinción: se había cansado de sus viejos juguetes, relegándolos al olvido en pos de un entretenimiento mejor. Si el vórtice me destruía tan solo aceleraría la sentencia.

El tiempo fluctuó a mi alrededor y me cambió en ese lugar. Fui luz, fui materia, fui partículas dispersas y fui consciencia. Y luego me arrojó aquí, a este mundo cálido y dorado, sin capacidad de hacerme oír, sin ser perceptible a los ojos sencillos de sus habitantes. Vagué por el dolor del ostracismo, pues mi mente había sido arrancada de esa colmena primigenia en la que, aun moribundo, podía encontrar seguridad. Hasta que el viejo dio conmigo con aquella desastrosa invocación, en un pueblecito del enorme reino que ahora sé que se llama Francia.

Haxamanis, con sus ojos oscuros y rasgados destellando codicia, enfermo de ambición, buscando la manera de sobreponerse a alguien más poderoso… Aún no sé a quién. Intentó conversar conmigo, hacer un pacto; fue él quien me habló de la Espada, quien me regaló promesas de la Corona de Siete Puntas ciñendo mi frente inmaterial, quien me instó a abrir el camino a todos los que se habían quedado atrás… Ah, sí… Creo que esa era mi misión. Para poder unirme de nuevo a la helicidad en la que me habían creado.

Casi acepté, casi me doblegué ante el viejo… Pero ella estaba escuchando, ella me contemplaba con esos grandes ojos de cachorro. Me nombró como Miguel, me regaló un amor inocente y una devoción implacable a cambio de nada. Y la quise mía… Y la hice mía… Ahora somos uno.

Ya no sé quién soy, pero tampoco deseo saberlo. El sol calienta esta piel suave que ahora me cubre, y la brisa nocturna mece los cabellos castaños de Jeanne… siento como le rozan el rostro, como la lluvia se posa sobre su nariz y sus pestañas, cómo la nieve empapa su ropa y la hace estremecerse bajo el peto de acero. Percibo el sabor metálico de la sangre, la tibieza de la carne y el amargor de las vísceras cuando nos alimentamos. El agua, que limpia mi garganta tras nuestros festines, me produce un ligero éxtasis que apenas puedo describir. El tacto de otro ser humano me conmueve, tan extraño, tan tangible, tan deseable, tan diferente a toda compañía que yo hubiera podido conocer en mi existencia anterior. Hemos domesticado a ese arrogante que dice ser Rey, y cabalgarlo llena este cuerpo mortal de una electricidad extraña que me ha generado una leve adicción, solo comparable al placer de ser alimentadas con los pedazos de sus amantes, como un exquisito banquete con el que nos agasaja mientras nos perdemos entre sus sábanas de seda italiana.

 Le hablo de un Dios que no existe, y en su nombre está dispuesto a cometer los más disparatados actos para complacernos. Por ese Dios Crucificado ha decidido poner bajo el mando de la dulce Jeanne más de doce mil espadas, que servirán para perpetrar el sacrificio que fortalecerá la unión de este mundo con mi hogar. Y entonces, con el camino abierto, podré al fin traer a mis hermanos... Sé que cuando sacie su hambre ellos me ayudarán a encontrar el fragmento de la Espada que me falta.

Jeanne y yo reinaremos sobre este mundo que resplandece, y tornaré la tierra en cenizas y sangre. Recompensaré su fervor, su entrega, poniendo a sus pies a todos estos sacos de carne, que vagan en una existencia tan simple y errática que no merecen disfrutar del privilegio que supone el libre albedrío. Francia será solo el principio; no quedará ningún rincón de este exuberante universo que no entregue a mis hermanos, hasta que se convierta en un cascarón hueco del que no pueda rascarse ni una sola partícula de vida.

Pero aún es pronto para todo eso. Primero quiero disfrutar de esta corporeidad y todos los placeres banales que puede brindarme.

De nuevo siento hambre.

Me adentro en la sala del trono; en los ojos de Su Majestad adivino el fuego que devora este envoltorio de piel aterciopelada. Sin embargo, yo prefiero el pavor que gobierna las miradas escurridizas del resto de la Corte. Si ahora le ordenase que me cediera su asiento privilegiado sé que lo haría de buena gana, que incluso besaría el barro del camino que recubre mis botas. O podría arrastrarlo por su cráneo lampiño hasta las puertas del palacio y arrojar sus pedazos para que la multitud, hambrienta y empobrecida por esta guerra infinita, se deleitara con el sabor de la carne real. 

Me temo que soy terriblemente hedonista... Voy a doblar la rodilla una vez más, para prolongar el placer que me produce este juego macabro... para explorar los límites que este nuevo cuerpo puede alcanzar. 

Al fin y al cabo, ¿no es esta la más perfecta de todas las formas que he habitado?

 

 

Nota del Autor:

Quero pedir disculpas a la comunidad por la desfachatez que supone no poder asistir a las reuniones que celebráis los sábados por la noche; sería un auténtico placer, pero las circunstancias personales no me lo permiten. Agradezco la cálida acogida de mis escritos, que no serían posibles sin el apoyo incondicional de la señorita Morrigan, quien me tiene fascinado por su historia. Me gustaría haceros saber que sigo en diferido los programas de "De Profundis" y los disfruto con creces; me maravilla la calidad de todas las historias que aquí se entretejen, y deseo que de ellas salgan cosas muy grandes. Y por supuesto, agradezco a Láudano dar voz a mis pequeñas historias; no puedo describir la satisfacción que me produce.

Intentaré continuar aportando mi granito de arena mientras me sea posible; solo os pido que disfrutéis con mis historietas tanto como yo lo hago escribiendo aquí.

Un melodramático abrazo de vuestro humilde servidor

 

John Clare

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@johnclare. Es un placer leerle y un honor que nos deleite con sus escritos.

Su humilde y asombrada lectora,

Morrigang

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“Pero él muchas veces hablaba con la irresistible potencia de un espíritu elevado, y ese Espíritu poseía un dominio absoluto sobre todo aquel que lo estuviera escuchando.”

Khalil Gibrán

 

Danzó como lo hacen las grullas, respiró como debía hacerse y adoptó la postura que atraía los recuerdos de otras vidas…
 

===♦===

 
«Mi cuerpo arde con un fuego blanco. Sangro y supuro por las llagas, por los cortes y las heridas. Se me escapa la consciencia entre los resquicios que han procurado las múltiples torturas: el hambre, la sed, el frío, los azotes y la corona de espinas. He cargado con el travesaño de esta cruz y tengo los clavos hundidos en mis muñecas. Sufro con el desgarro de mis músculos y tendones que cargan con mi peso muerto. Padezco el colapso de mis órganos internos. Agradezco el lanzazo en mi costado que libera el encharcamiento de mis pulmones. Igual que agradezco la ceguera paulatina y el ralentizarse de mi corazón… Pero hoy he recibido tu visita y he recobrado mis fuerzas. ¡Más de mil años encadenado a esta tortura! Pero tú me encontraste al fin, Alma Mía.
 
»Padre, ¿por qué me has abandonado?
 
»A causa de tu cólera estoy aquí, en esta cárcel a la que envías a los rebeldes que disienten contigo. Donde destierras a tus leales, aquellos que destruyeron mundos enteros cuando estaban a tu servicio. Aquí, donde gobiernan tus esbirros y se comercia con la sangre de los hombres. En este mundo, donde somos divididos en hombre y mujer ―en alma y espíritu― en las Estancias Entre Vidas. Y donde vivimos en el eterno ciclo de las reencarnaciones, condenados a buscar a la otra parte de nuestro ser andrógino primitivo.
 
»Entre las capas inmateriales de este mundo, lejos de las Estancias Entre Vidas, es donde se pudren tus generales. Aquellos que cometieron alguna falta mayor según tu estricto criterio. Abandonados para que padezcan la soledad y el hambre de la compañía de sus pares. Vagando solitarios, corrompiéndose en su desesperación. Tan solo los osados hombres se atreven quebrar esa frontera. Invocándoles, seduciéndoles mediante conjuros y sigilos. Son los mismos hombres que, una vez que consiguen atraerlos a la carne, los temen y los odian, porque no pueden manejarlos a su antojo. Ellos encuentran por fin un divertimento. Y juegan a que les obedecen y se recrean infectando sus mentes y haciendo el mal. Y los hombres pactan con ellos. Cambian sus almas eternas por el oro, por el éxito y el poder, cosas estas tan efímeras como sus cortas vidas. Y los hombres les dan nombres nuevos: Demonios y Djins les llaman.
 
»Pero mi castigo es diferente. A mí me diste un trato especial, tan grande fue mi pecado al disentir contigo y no aceptar tus designios de invasión y de muerte. Mi espíritu ha sido encapsulado en la escena de mi muerte y no puede trascender a las Estancias Entre Vidas. Estaré por siempre en esta cruz, con mi madre terrenal, con María de Magdala y con Juan como testigos. La trampa creada por tu Iglesia mantiene mi espíritu estancado. Y cada vez que alguien comulga, en cada misa dominical, en cada Semana Santa, cada vez que se celebra mi muerte y no mi vida, se me encadena otro día más a mi Infierno particular.
 
»Somos una raza antigua. Somos los guerreros ancestrales que conquistaron los mundos que otros construyeron. Somos guerra y destrucción. Y le tememos a la muerte. Tenemos miedo del hambre y del frío. Incapaces de sentir emociones, pues nos fueron cercenadas en tiempos pretéritos para que no estorbasen a nuestros fines. Ahora que nuestro sol se muere, también debemos morir, es Ley de Vida. Pero no tenemos a dónde ir. Y me odiaste cuando te dije que tuve una epifanía, que había comprendido la Inmutable Verdad del Universo. Y no quisiste escucharme; me expulsaste de tu lado y me enviaste a esta prisión llamada Tierra…
 
»―¿Estás ahí, Dismas? Recuerda mis palabras:
 
»Existe una forma de romper este hechizo. Todos tenemos las llaves para salir de nuestro propio Infierno. Se puede conseguir la vida eterna, pero hay que ganarla. No con súplicas ni con llantos, ni robándole a otros la sangre y la vida. Tampoco siendo blandos ni complacientes, ni yendo a los extremos de ningún tipo. Sino comprendiendo que todas las criaturas, monstruosas y angelicales, tienen derecho a la vida. De igual modo que todo nace, todo ha de morir: los hombres, los arcángeles y las estrellas oscuras. Entiende que morir es volver al vientre de nuestra Madre. Que la Verdad final es que solo se multiplica lo que se da, y que poco dura lo que se quita. Esas son las matemáticas de la Eternidad, la fórmula mágica que mi Padre no quiere que sepas. Yo esperaré ―en este momento de crucifixión eterna― a que cada ser que puebla este mundo, entienda que solo se consigue la Eternidad entregándose sin reservas…
 

===♦===

 
Morgana despertó de su sueño y lloró por el dolor de saberse escindida. Lloró por la alegría de encontrar a su espíritu. Lloró porque aquellas habrían sido sus palabras de haber podido pronunciarlas. Y lloró por el tiempo que había estado inconsciente de aquella verdad suprema.
 

La danza de la grulla. Los japoneses consideran a la grulla el pájaro de la felicidad, mientras que los chinos lo llaman el pájaro celestial.

Atención a los dos soles negros escondidos detrás de las nubes. En ambientes místico-esotéricos se dice que muchos fueron los testigos de la crucifixión de Jesús. Cientos de viajeros del Espacio-Tiempo y seres de otros Mundos estuvieron presentes en ese momento.

El Árbol de la Vida o Sefirot, no es más que una parte de la Flor de la Vida. La Flor de la Vida, la geometría sagrada y los Sólidos Platónicos, no son más que una pequeña parte de las Matemáticas, y de la Unidad en la que convergen. Se dice en ambientes conspiranoier que una de las doce razas que 'modificaron' al ser humano tenía seis dedos. Y que este es el motivo por el cual, a pesar de que solo tenemos cinco dedos, medimos las horas en múltiplos de seis. Misterios misteriosos... El Doctor Corrado Malanga tiene todo estudio de estos seres: Alien-Cicatrix-II.pdf (corradomalangaexperience.com).

 

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JohnClare
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¿Sabes como se entrena un halcón, querida?

Se cubren sus ojos.

Cegado temporalmente, sufre los designios de su Dios con paciencia, hasta que se somete su voluntad y aprende a servir.

 

Próspero, La Máscara de la Muerte Roja, 1964 (Adaptación de la obra de E.A. Poe)

 

 

 

 

 

Diario personal de Leonard Rodgers, 25 de Mayo de 1427

 

Fui un ingenuo al pensar que Alester me dejaría escapar, que los Cautos no me darían caza como a un perro descarriado que ha devorado una de las ovejas del cercado. Es mi culpa; siempre he sido un soñador, y los soñadores tendemos a pensar que podemos interferir en el destino. Ahora tengo la cabeza más fría, lo suficiente para retomar el diario. Al final va a servirme para registrar las locuras de las que estoy siendo testigo.

 

Me convertí en un vagabundo, en un proscrito; mientras permanecí en Umbría evité todas las poblaciones para que no pudieran seguir mi rastro. Me alimentaba de lo poco que podía robar en granjas, y pasaba las noches al raso, agazapado entre arbustos para guarecerme de la lluvia o el frío, que pronto se hizo inseparable compañero de mis huesos. Yo no había nacido para esta vida. Mi destino era ser un guerrero, un señor, como mi padre, y como mi abuelo antes que él. Apenas era capaz de encender una fogata, no hablemos de poner una trampa con la que cazar alguna alimaña. Sin embargo, con la desesperación de las semanas de hambre, que hicieron que la piel se me pegase a los huesos hasta que no parecí más que una versión vieja y gastada de mí mismo, se me empezó a aguzar el ingenio. Me hice con unas vestiduras de monje una vez crucé la frontera, y fingí ser peregrino, para poder sobrevivir de la compasión de las beatas de las aldeas y de los sencillos campesinos temerosos de Dios.

 

Me alcanzaron en el bosque, en la frontera de Francia, con los pies llenos de úlceras de caminar, con los músculos hechos pura fibra por las jornadas interminables y la dureza del suelo. Yo no los había visto en mi vida, pero ellos supieron reconocerme incluso con la barba enmarañada y los harapos que cubrían mi cansada anatomía. No tenían orden de llevarme de vuelta ante Lord Alester; cuando se apearon de los caballos, con el acero por delante, supe que ahí terminaba mi camino. Podría decir que aguanté con orgullo, pero estaría mintiendo: supliqué, lloré como un niño de teta, y lo único que logré arrancar de ellos fue una risa de hiena. 

 

Me arrastraron atado a sus caballos; se turnaban para pasearme como un divertimento para la plebe. Descalzo, con las uñas de los dedos rotas, con las rodillas en carne viva de todas las veces que caí por no ser capaz de seguir el ritmo de sus monturas, recé una y otra vez, enfebrecido, evocando la voluntad de todos aquellos mártires que habían soportado un tormento similar. Fue en ese momento cuando comprendí de verdad el sufrimiento de Giordana, de todas las chicas cuya piel había pasado por mis manos... Y creo que solo el saber que había hecho lo correcto me permitía no rendirme del todo.

 

En una noche de embriaguez, rebosantes de alcohol y crueldad, me clavaron al tronco de un viejo roble con varias saetas en una burda imitación del calvario de Nuestro Señor, con los brazos en cruz y las piernas separadas. Arrancaron mis uñas una a una, con los métodos delicados que ya conocía tan bien y, aunque me permitieron el lujo de conservar la dentadura, se llevaron como trofeo de su captura mi ojo izquierdo. Allí me abandonaron, con la certeza de que, si no me desangraba, el hambre o los depredadores terminarían con el despojo que quedaba de mí. Pero no comprendo lo que pasó... y no morí.

 

Nueve veces el sol cegó el ojo que me quedaba, reseco por la sed, y nueve veces las estrellas fueron testigos mudos de mi agonía. El aire me salía de los pulmones entre estertores dolorosos; el peso de mi propio cuerpo desgarraba la carne allá donde las puntas de las flechas me sostenían contra el tronco del árbol. Los lobos siguieron el aroma de mi carne fresca, pero ninguno de ellos se atrevió siquiera a acercarse. Así de fuerte debe de ser mi maldición. Solo la piedad de unos humildes cazadores me arrancó de las garras de la muerte, de ese extraño limbo en el que me encontraba; escribo ahora desde su posta, donde unas viejas clarisas han tenido a bien asistirme, y donde reposo hasta que las heridas terminen de cerrarse y pueda retomar mi camino.

 

Si en verdad los Cautos piensan que estoy muerto, debo agradecer todo lo que he padecido. Y aunque el dolor reciente hace que lamente en gran medida lo que he perdido estas semanas atrás, también me veo obligado a reconocer lo mucho que he ganado, pues el fantasma de ese ojo que me ha sido arrancado ha demostrado ser más valioso que la esfera gelatinosa que lo precedía. Cuando estoy despierto, mi ojo derecho me mantiene unido a este mundo, a la vida que por algún motivo no han logrado arrebatarme. Pero por las noches, cuando la fatiga vence al terror y consigo dormir, el hueco vacío sueña. Y en esos sueños he sido testigo de lo que ha sido, y de todo lo que puede ser.

 

He soñado con Giordana de niña, con sus cabellos trigueños arrastrados por la brisa mientras jugaba entre pastizales. He escuchado su risa junto a la de otros chiquillos, y saber que en su vida hubo tanta dicha, aunque solo fuera un instante, me ha llenado de alivio.

 

He soñado con una reina, cuya corona de hueso nacía directamente de su cráneo, con el vientre hinchado por una avanzada preñez, que empuñaba una espada forjada con el corazón de una estrella muerta, extendiendo un manto de oscuridad hasta donde mi vista lograba alcanzar. Y al contemplarla he comprendido que su matriz engendrará a los devoradores de toda la vida que habita a lo ancho y largo de la Tierra.

 

He soñado con una doncella sentada en un balconcito de madera mientras borda con las primeras luces del día. Sus ojos, de un azul pálido, enmarcados con unas gruesas cejas oscuras, recorren con delicadeza su tarea mientras con dedos diestros perfora con su aguja, una y otra vez, el retazo de seda atrapado en el bastidor. La melena castaña se le desparrama sobre los hombros; rayos de sol le arrancan destellos rojizos, y es tan hermosa que me hace estremecer. Es joven y vieja, frágil y férrea, y sobre su regazo se pliegan todos los conocimientos que el universo guarda, como un gato perezoso. A veces su rostro se vuelve hacia la ciudad que se puede adivinar más allá del balcón, lleno de melancolía. Cómo desearía poder aliviar su tristeza...  Pero ella es infinita, ha estado en el principio de los tiempos y por ello también ha de ver su final. La única certeza que puedo sacar de su visión es que, mientras su luz siga brillando, aún habrá esperanza.

 

Aún me queda mucho por hacer; primero necesito volver a ser un hombre para poder retomar mi camino, para poder cumplir la promesa que le hice a Giordana. Solo espero que el peso de ese lastre no me ahogue en el más profundo de los abismos.


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“Amargos serán entonces mis días, y a solas caminaré por las tierras salvajes"

El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien

 

Del diario de Guillaume Van Hove

15 De marzo de 1419

 

Acabo de regresar de la Abadía de Cluny. En su biblioteca he tenido acceso a una copia del Códex Vigilanus, iluminado por Vigila de quien toma el nombre, y que contiene una versión de la vida del profeta Mahoma. También he encontrado el Evangelio de Judas en un antiguo papiro copto-egipcio. Te preguntarás cómo es posible que haya podido ver estos libros tan secretos. Mi respuesta es que la iglesia y sus órdenes padecen múltiples enfermedades a las que se puede sacar provecho. En estos tiempos de cismas y simonía, los obispos y los abades, compran y venden los bienes espirituales como si fueran cosa de cada día, y los tratan cual restos de banquetes que se echan a los cerdos. Y el anciano abad de Cluny no es una excepción. El que fuera un día hermano del Temple, logró esconderse y medrar como fraile de la orden negra. Ambos nos conocemos y nos tememos, y si quiere que su halo de legitimidad permanezca incólume, deberá darme acceso a todos los documentos de su biblioteca.

Pero el mayor hallazgo han sido unos rollos escritos con un lenguaje críptico-simbólico que tenían sobre una larga mesa del scriptorium y que, según me contó mi guía, son incapaces de descifrar. Estos rollos fueron intercambiados hace más de cien años con el monasterio benedictino de San Martín de Albelda, en el Reino de Castilla. El archivero me ha contado que fueron escondidos allí para salvarlos de la quema que se produjo en la que fue la Escuela de Traductores de Toledo. La reconquista del territorio musulmán por los reyes del norte provocó más de un incidente de este tipo y los manuscritos fueron repartidos entre las diferentes abadías para preservarlos de la rapiña y la hoguera.

Gracias al conocimiento de los idiomas arcanos que aprendí en mi iniciación, he podido completar la traducción comenzada por los maestros de Toledo y transcribo cuanto he podido averiguar del Arcángel Ghabrael, el personaje a quien están dedicados en su totalidad.

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«Muchos pecados contra Dios cometió Ghabrael. Pero ahora está encerrado tras las puertas inmateriales del cristal rojo. Y muy grande fue la traición de Ghabrael con Él. Primero, por robar en la Biblioteca de Cristal de los Guardianes de la Memoria maldekianos, cuando la orden era destruir la Biblioteca de Cristal en su totalidad una vez que fue saqueada por las huestes del Reino de Dios. Segundo, por desvelar los secretos contenidos en el cristal a los hombres de la Tierra. Y tercero, por negar todos los hechos ante el Tribunal de Los Veintiún Ancianos. Ghabrael ha sido confinado por la eternidad tras las puertas inmateriales del Inframundo. Allí padecerá la compañía de las hordas salvajes y hambrientas que lo pueblan: los seres que jamás habitaron la carne pero que la conocen y la envidian. Solo un ser de su estirpe podrá liberarlo.

»Ghabrael está recluido tras las puertas de cristal y las puertas están selladas.

»El cristal rojo que conserva las memorias de la guerra está enclaustrado en un ídolo de piedra.

»El ídolo está sujeto a una maldición que causará estragos entre los hombres que lo posean.»

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En los rollos anexos se da una relación de los lugares en los que se sabe que ha estado el ídolo.

Se le sigue la pista desde la Arabia de las tribus nómadas. Enterrado en diversas tumbas y mausoleos de oriente. Siendo adorno de casas señoriales de Ur o El Cairo. Cambiado por comerciantes de sedas en Petra. Custodiado por los nizaríes en Alamut. Idolatrado por los askenazi del Mar Caspio. Robado por los Varegos del Rus y llevado por los hunos hasta el reino de Hungría. Fue la pieza central del nacimiento de la Orden del Dragón y de la dinastía de los Bathory. Pero se pierde su rastro en la frontera de Francia con el nacimiento del Sacro Imperio Romano Germánico de Federico I Barbarroja. Se especula con que permaneció guardado en alguna abadía de la Orden de Cluny, hasta que reaparece en las estancias del papa de Aviñón Gregorio XI.

El ídolo de piedra, que encierra los secretos de las guerras de otros mundos, a la horda de espectros demoníacos y al traidor Ghabrael, espera a su siguiente dueño para cumplir su destino.

 

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Los escribas: Serracino, Vigila y García dibujados por Vigila.

El Codex Vigilanus Codex Albeldensis (español: Códice Vigilano o Albeldense) es una compilación iluminada de varios documentos históricos que representan un período que se extiende desde la antigüedad hasta el siglo 10 en Hispania. Entre los muchos textos reunidos por los compiladores se encuentran los cánones de los Concilios visigodos de Toledo, el Liber Iudiciorum, los decretos de algunos papas primitivos y otros escritos patrísticos, narraciones históricas (como la Crónica Albeldense y una vida de Mahoma), varias otras piezas de derecho civil y canónico y un calendario.

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Se denomina Evangelio de Judas a un texto utilizado por el movimiento gnóstico de los cainitas. Se cree que se compuso durante el siglo II, alrededor de los años 130-150. Este evangelio se creía desaparecido, pero durante los años 1970 se halló en Egipto el códice Tchacos copto del siglo IV (supuestamente traducción de un original griego, del que no se conserva ningún ejemplar) en el que aparece un texto que parece corresponder al Evangelio de Judas mencionado en la literatura cristiana primitiva.

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En el Concilio II de Constantinopla se condena la reencarnación y la preexistencia de las almas.

1. El Concilio que condeno la reencarnacion – Nasdat.com

2. EL SEGUNDO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA: EL FIN DE LA REENCARNACIÓN (felitia.com)

 

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"Si el infierno me aguarda, no me iré sola"

Hellboy, Mike Mignola.

 

 

 

En una celda de Winchester, finales de Mayo de 1429.

 

 

— Los malditos franceses estuvieron mordiéndonos el cogote durante todo el puñetero día. Perdonad mi lenguaje, mi Señor, pero es la verdad; no esperábamos que el Bastardo comenzase una acometida, aunque habíamos oído cosas sobre la caída de Blois y Beugancy. Después de cinco meses de asedio pensábamos que Orleans, agotada de suministros, era nuestra. Y ya sabe usted de las habladurías de los soldados: tienden a exagerar todo para elevar su grandiosidad o justificar sus derrotas, por lo que cuando empezaron a contar historias de aquella muchacha la mayor parte de nosotros no le dimos crédito. Así que tengo que admitir que teníamos la guardia baja cuando nos dieron bien por el culo y nos quitaron la bastilla de Saint-Loup. Hasta un tonto como yo se da cuenta que era un punto estratégico. Nos fuimos retirando, aturdidos por la sorpresa, y tardamos dos días en encontrar coraje para plantar cara. Abandonamos Saint-Jean-Le-Blanc y reunimos a los hombres en el monasterio agustino, ese que habíamos usado para construir una posición defensiva. No éramos muchos, es cierto, pero teníamos recursos para aguantar, si por recursos entendemos cañones y pólvora para volar a medio ejército del Bastardo…

 

 

La luz del crepúsculo dibujaba franjas anaranjadas sobre el suelo polvoriento tras las murallas, alargando las sombras de la caballería del ejército francés, que aguardaba expectante a que la poca claridad que quedaba sobre el campo de batalla fuera muriendo. Thomas se pasó la lengua por los labios, resecos por el polvo y el calor, con la espalda apoyada contra la piedra fresca mientras estudiaba a conciencia a todos aquellos hombres estoicos, que esperaban en silencio a... ¿qué? ¿Una señal tal vez? ¿Una orden de su comandante, el Bastardo? Estaba seguro de que sabían lo de los cañones, aunque su munición no era infinita. Thomas pretendía esperar hasta el último momento, hasta que los franceses se decidieran a tomar el monasterio, para asegurarse de que no erraban ni un disparo. No se podía permitir más fracasos.

Se estiró, incómodo; la malla le pesaba, el cinturón de la espada le apretaba, y estaba convencido de que se le iba a caer ese dedo del pie que se le había puesto negro, y que le daba punzadas que le subían hasta la corva de la rodilla. Odiaba esperar, odiaba quedarse allí plantado, y sobre todo después de que los jodidos franceses se hubieran reído de ellos de esa forma. Claro que había oído historias de la muchacha, de esa ramera que supuestamente había sido elegida por Dios, aunque estaba seguro de que lo que había subido la moral de su enemigo habían sido los más de diez mil hombres que le había regalado el rey a esa chiquilla para jugar a los caballeros. Si era tan bonita como contaban, hubiera sido más inteligente encerrarla bien en su puñetero palacio, no mandarla allí a que la hicieran pedazos a golpe de cañón.

Terminó por anochecer; Thomas escuchaba a sus hombres inquietos pasear de un lado a otro de la improvisada muralla que habían levantado meses atrás para proteger el monasterio; el lugar era hermoso a su manera, incluso él sabía apreciarlo. Miró de reojo a Robin, al joven arquero que compartía con él la guardia, que tenía los ojos oscuros perdidos en el mar de acero y estandartes que se abría ante ellos. El chico era demasiado joven y él ya estaba muy viejo. Más les hubiera valido tener el culo bien aposentado en sus respectivos camastros en vez de apoyado en el murete.

— Señor, se ha movido alguien —murmuró el joven, deslizando una flecha con destreza sobre la cuerda de su arco—. Allá, en el frente.

— Déjame ver.

Era cierto: los jinetes de la primera línea habían abierto un pasillo por el cual avanzaba un magnífico caballo del color de la noche, con un trote ligero. La figura tardó un rato en estar lo suficientemente cerca como para poder distinguirla; lo que si se podía apreciar era el estandarte que portaba, colosal, ondeando con un brillo opalescente aun en la penumbra de los primeros instantes de oscuridad. Aquel pedazo de seda blanco había comenzado a adquirir un tono asalmonado por la sangre que iba absorbiendo lentamente, procedente de la cabeza ensartada en lo más alto de su mástil. El portaestandarte se detuvo junto al Bastardo y sus otros comandantes; el hombre se apresuró a ayudarlo a desmontar con delicadeza, lo que hizo que Thomas sospechase que el recién llegado no era nada más y nada menos que la muchacha, la nueva amante del rey francés.

— Es ella —Robin, que parecía haber leído su mente, estaba tensando la cuerda del arco.

— Si esa es el arma infalible de los franceses…

La figura puso el estandarte en las manos del Bastardo y comenzó a avanzar hacia las murallas que protegían el monasterio. Su rostro estaba cubierto con el yelmo, con la celada baja; incluso a esa distancia Thomas alcanzó a atisbar unos labios gruesos, redondeados, y el cabello oscuro que se escapaba bajo el casco en mechones irregulares, que se enredaban en el gorjal y las hombreras. No podía ver aquel rostro, del que decían que llamaba al amor y al horror a partes iguales, y aun así el hecho de que ella avanzara sola hacia el ejército inglés refugiado hizo que una gota de sudor frío recorriera su espalda.

— Abrid las puertas y unos pocos de vosotros podrán vivir.

La voz, arrastrada por la brisa nocturna, no se había alzado un ápice. Su matiz denso, de terciopelo, resultaba como un veneno dulce. Thomas sacudió la cabeza, buscando deshacerse del embrujo. Se dio cuenta de que el muchacho que estaba a su lado estaba pálido; volvió de nuevo la vista hacia el campo de batalla y percibió las sombras que habían comenzado a arrastrarse entre los huecos que la caballería francesa iba dejando: aquellas criaturas extrañas, con la piel de hierro y oscuridad entrelazadas, cuyas extremidades peculiarmente elongadas se movían con la volubilidad del humo, cuyos ojos centelleantes dibujaban estrellas a ras del suelo hasta que pareció que el cielo se había reflejado sobre la tierra. Y en medio de aquello la chica, pequeña, casi una mota frente al portón de madera, con la mano izquierda apoyada sobre lo que parecía la empuñadura de una espada que colgaba de su cintura.

Los ingleses no respondieron a su llamado. El tiempo se estiró, distorsionado, en un momento de incertidumbre ante lo que iba a suceder. Y entonces, Thomas escuchó el silbido de la saeta junto a su oído izquierdo, y su corazón dio un vuelco cuando fue testigo de cómo la flecha de Robin se clavaba hasta la mitad del vástago bajo la axila izquierda de la mujer, justo en el hueco que su brazo doblado había dejado desprotegido.

Hubo vítores en el lado interior de la muralla; los caballos del lado exterior se revolvieron, tan inquietos como sus amos, piafando nerviosos la tierra humedecida por el rocío de la noche. Y entonces despacio, tan lentamente que Thomas pensó que estaba soñando, ella se quitó el yelmo con la mano que tenía libre.

 

— No fue su belleza lo que nos cegó, mi Señor, lo juro por mi vida. Era una muchacha común, agradable a la vista, pero nada que no se pueda encontrar en alguna taberna. Pero sus ojos… esos ojos... reflejaban un hambre que parecía que nada podía saciar.

 

Jeanne alzó la vista, sonriendo, y dejó caer el yelmo ante las puertas del monasterio. Después se desprendió de las botas con lentitud, recreándose en cada correa. Varias saetas más desfilaron hasta ella en una lluvia de acero, pero era como si el destino desviase sus puntas del cuerpo menudo de la muchacha. Se deshizo de los guantes y los brazales, de la capa negra que bailoteaba tras ella con sus movimientos, y aflojó las correas que ceñían la coraza para estar más cómoda. Cuando los soldados ingleses se cansaron de arrojar flechas que nunca llegaban a su objetivo, ella volvió a alzar el rostro, y sus suaves labios se abrieron como si fuera a pronunciar nuevas palabras.

Y se abrieron.

Y se abrieron más.

Y más todavía.

A una postura que Thomas sabía que no podía adoptar una mandíbula humana.

Y aquellos dientes como cuchillas refulgieron con el resplandor de las antorchas, más amenazadores que cualquier espada.

Y sus brazos habían crecido, deformados en un ángulo antinatural para dar soporte a ese cuerpo de alimaña que doblaba el acero que lo cubría a medida que mutaba.

Y la criatura, que superaba tres veces el tamaño de la pequeña Jeanne, se aferró a las puertas del monasterio como si le fuera la vida en ello.

 

— Se hizo el caos, mi Señor, y pronto aquello se convirtió en el peor campo de batalla que he visto. El pánico se adueñó de nuestros hombres; hubo un vano intento por defender la puerta, pero las criaturas que la seguían trepaban los muros con las manos desnudas… Si tenías la desgracia de caer presa de uno de ellos te desgarraban en el mismísimo aire, mi Señor, sin siquiera dar tiempo a que tu carne tocara el suelo. Huesos limpios, eso era todo lo que dejaban. Huesos, y los restos de armadura repartidos por todo el patio del monasterio. Robin, el muchacho… se arrojó desde la muralla cuando vio en lo que ella se había convertido. Dijo que ningún demonio se llevaría su alma. Luego, una vez que aquellas huestes infernales hubieron perforado nuestra defensa, los franceses solo tuvieron que recoger los pedazos que quedaban de entre las cenizas. ¿Cómo pueden pensar que luchan en nombre de Dios? ¿Acaso no tienen ojos para comprender la criatura que los encabeza?

— ¿Y cómo escapasteis vos? — el Inquisidor se levanta del camastro en el que yace el soldado; evita mirarlo, pero no por lástima, sino por la repugnancia que le produce ese cuerpo mutilado, su hedor a podredumbre y enfermedad.

— ¿Escapar, mi Señor?

— Sí. Si tan terrible fue el asedio, si tan rotundo fue el fracaso ¿cómo lograsteis salir de Orleans con vida?

— Porque ella me lo permitió, mi Señor. Porque sabía que vendríais— el hombre se incorpora, apoyado en el muñón que un día fue su brazo derecho tanto como las fuerzas le permiten—. Porque ella sabe que la estáis buscando. Y desea que os diga que os espera con el anhelo de una novia en su noche de bodas. A vos y a todos los que conforman esa camarilla que se hace llamar “Los Cautos”. Para veros al fin con sus propios ojos… pero no esos hermosos ojos castaños que todavía conservan algo de humano, mi Señor. No. Ella desea contemplaros con sus ojos de verdad… Con esas esferas brillantes que anidan en el fondo de su garganta… Con esas mismas que se llevaron mis piernas y brazos.


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Entre el momento en que los océanos hundieron la Atlántida y el surgimiento de los hijos de Aryas, hubo una época inimaginable. Y sobre esta, Conan, destinado a llevar la corona enjoyada de Aquilonia sobre una frente preocupada. Yo soy su cronista, el único que puede contarte su saga. Déjame contarte los días de gran aventura.

“Conan el Bárbaro”, 1982

 

 

Carta, enviada a través de un mirlo, de Haxamanis a Morgana.

 

9 De mayo de 1427

 

Querida Morgana.

Te envío este mirlo para decirte que sé que me he equivocado. No he vuelto a tener un solo día de paz ni una noche de sueño sosegado desde que te traicioné. Cambié mi lealtad hacia ti por el supuesto poder que tendría cuando el arcángel Miguel estuviera bajo mis órdenes. He aprendido que los arcángeles son seres incontrolables de la peor de las maneras. Hoy sé que Ellos hacen su propia voluntad y que, aun en el improbable caso de que tal cosa hubiera sucedido, no hubiese conseguido con ello tu admiración, que era en realidad lo que mi envidioso corazón buscaba.

No soy capaz de trasladarte los horrores que he presenciado en estos últimos años. Nuestro grimorio ―el libro de las predicciones en el que fijaba obsesivamente mi atención hasta hacerme perder el buen juicio―, está en constante cambio. Nunca me tomé en serio tus advertencias y me duele terriblemente tener que darte la razón. El poder es tan volátil como las mentes de los hombres que tratan de controlarlo. Y no es más que una entelequia por la que se muere y se mata. Jamás el poder premia como promete y, tras la decepción inicial, solo quedan la traición y la soledad.

No busco tu perdón pues sé que ya lo tengo; ahí reside tu grandeza. Quiero, no obstante, informarte de mis movimientos y hacerte saber que, desde este momento y hasta el fin de mis días, lo que queda de mi vida es tuyo aunque tú no lo quieras, mi frágil voluntad está a tu servicio. No buscaré el mal y lo combatiré con todas mis fuerzas, aunque me venza al final. Haré mi mejor esfuerzo por contener a los demonios que he desatado sobre este pobre mundo desbordado de tribulaciones. Me dirijo a Compostela, siguiendo el camino que han abierto los monjes negros de la orden de Cluny. Voy en pos del Códex Calixtinus, donde sé que yacen las palabras que podrían liberar a Uriel y su sed de venganza, e intentaré destruirlo.

Conozco lo que le han hecho a Uriel otros pobres desgraciados como yo. Mientras ocupaba el cuerpo de Roland, a su muerte en batalla, encerraron sus huesos en plomo para retenerlo en la carne y que no pudiera trascender, haciendo de él un espectro a su servicio ¡Y vive Dios que lo consiguieron! Su astucia y conocimientos de estas brujerías aún me estremecen. Yo quise hacer algo parecido y nunca terminaré de pagar las consecuencias... Estos nigromantes dejaron el cráneo y las dos tibias de Roland fuera del osario en el que depositaron el resto de sus huesos. Rociando con sangre sacrificial estos huesos podían seguir utilizando a Uriel para infundir el terror entre los musulmanes en las guerras de reconquista. ¡Allí se presentaba Uriel cuando se invocaba a Santiago Matamoros! Los magos negros de esa maldita Hermandad de los Cautos han utilizado innumerables veces a ese pobre espectro condenado ¡Qué necio fui al intentar algo parecido! A los arcángeles solo los puede domeñar alguien de su misma estirpe, en ningún caso un hombre, por más grande que sea su ambición.

Ahora, el grimorio de las predicciones apunta a que un gran foco de maldad se levantará también en Compostela y formará un triángulo maldito junto a Orleans y Escocia. El Camino de Santiago será como una corriente desbocada de corrupción que infectará toda Europa. Las compuertas del Purgatorio se abrirán dando paso a una riada de podredumbre y maldad que anegará a la cristiandad por completo. Nuestro mundo es su Infierno, Morgana. Pretenden rasgar los velos para destruir todo rastro de la humanidad, aquí, y en cualquier otra parte del universo; tal es su naturaleza. El escorpión matará a la rana que lo ayuda a cruzar el río, así nos lo recuerda el genial Esopo en una de sus fábulas. Eso somos para ellos, las ranas que los elevarán a la cumbre y les ayudará a enfrentarse a Dios en la eterna lucha que se desarrolla desde el principio de los tiempos.

Quizá la misión que me he impuesto de frenarlos sea lo que acelere nuestra destrucción. Sé que mi decisión en Domrémy abrió las compuertas que retenían un caudal de maldad que ahora es imposible de contener. Intentaré reparar este error y trataré de hacerme digno de estar en tu presencia con mis actos futuros.

En la esperanza de volver a verte,

Haxamanis

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JohnClare
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Todos los humanos están solos para siempre, pero no quieren estarlo. Siempre hay una búsqueda, un intento de comunicarse, de llegar a otros a través del vacío".

Una canción para Lya, George R.R. Martin.

 

 

 

Interludio: La calma que precede a la tempestad.

 

 

 

Diario de Leonard Rodgers, 23 de Junio de 1429.

 

Me ha costado recomponer mis pedazos, acostumbrarme al fantasma de este ojo que percibe el destino de todo aquel sobre el que poso la mirada, como un relámpago fugaz que me aturde y me fascina en igual medida. Al principio el dolor de mis heridas físicas me tuvo abstraído de todo su potencial y luego mis ensoñaciones me enredaron en una telaraña de delirio, en la que el bello rostro de la muchacha que bordaba en un balcón ha sido el punto de inflexión de todas mis alucinaciones. 

Vagué por la frontera de Francia durante meses, en parte por el miedo a que Alester y los Cautos volvieran a encontrarme, pero también porque era incapaz de ensamblar las piezas de mi mente, de recuperar la determinación que necesito para continuar con la promesa que le hice a Giordana. He soñado con el cáliz, con el cráneo de San Francisco engarzado en esa pieza abyecta de oro. Emite cierta vibración bajo la luz rutilante de los cirios que iluminan su féretro. También he conocido a la Sombra que lo guarda, y empiezo a entender que tendré que enfrentarme a ella si deseo terminar con esta locura. Ojalá pueda impedir que Lord Alester ponga sus codiciosos dedos encima. Siempre que intento dirigir mis premoniciones hacia esa posibilidad encuentro únicamente oscuridad, vacío. Temo que sea ese el destino que nos aguarda.

He retomado al fin mi camino y con ello las páginas de este diario, que empieza a deteriorarse por el tiempo. Me he unido a una caravana de comerciantes y buhoneros para sentirme menos solo; no es mucho lo que puedo aportarles, pero ellos me han acogido con la humildad de quien tiene poco y lo comparte todo. Francia se ha vuelto un lugar peligroso: la gente desaparece de los caminos sin dejar ni rastro, o lo que es peor, dejando un reguero de sangre y muerte tras ellos. Se dirigen hacia París; yo debo desviarme antes y continuar hacia el sur, hacia España: emprenderé la vieja senda de los peregrinos e iré mucho más allá, a donde los hombres han dejado de aventurarse.

Pero esta noche no quiero pensar en ello. Esta noche solo quiero ser un viajero sentado al calor de la hoguera, compartiendo su vino y su comida, y olvidar todo el horror que me ha precedido. Esta noche quiero borrar de mi memoria el rostro de Alester, el calor del cuerpo de Giordana, y todos los sueños que me susurran que el fin de los tiempos está más cerca de lo que a todos nos gustaría.

 

 

La muchacha le dedicó una mirada penetrante con esos ojos almendrados, oscuros, tal vez excesivamente grandes para su rostro dulce en forma de corazón. Leo apartó la cara para ocultar una sonrisa; si se fijaba demasiado tiempo en ella lo vería todo: su infancia, desde la niñez más tierna hasta su despertar más florido; su primer amor, desgarradoramente apasionado; los hijos que vendrían, y los que habrían de morir en su vientre o fuera de él; las enfermedades, que consumirían su piel de terciopelo para volverla pergamino marchito; el polvo de estrellas en el que se convertirían sus huesos. Pero si se obligaba a cerrar su mente, a bloquear el conocimiento que resonaba en el hueco yermo de su cráneo, podía percibir el aleteo de vida de ese instante con el ojo sano: los coqueteos traviesos de la joven que, desde que se había unido a la caravana, no había dejado pasar un día sin tratar de provocarle. 

Leo se preguntó qué demonios vería en él. En otro tiempo, cuando era el hijo de un gran señor de Inglaterra, había sido un muchacho atractivo para las damas: unas pocas sirvientas habían tenido el detalle de entregarle su virtud, y alguna que otra joven noble también. Y él, a su manera, se había enamorado de todas y cada una de ellas, y había sufrido cuando, una vez obtenido su favor, se había convertido en una tediosa obligación en sus vidas de la que se habían desprendido sin miramientos. Tal vez por aquellas pequeñas aventuras su padre lo había enviado a la tutela de Lord Alester... Deseó poder creer que había merecido la pena, pero era demasiado realista para engañarse a sí mismo con esa mentira.

Ella se acercó para entregarle un plato de estofado humeante; Leo le dio las gracias en un tono suave y agachó la cabeza, avergonzado. Sabía el aspecto que debía ofrecer: flaco como un perro abandonado, con aquella túnica sucia que le habían entregado los cazadores y el cabello rubio algo largo ya, rozándole los hombros, con la barba rala y el hueco del ojo vendado para mantener miradas curiosas a raya. Desde luego, no inspiraba confianza. Pero la muchacha había rozado su mano como por accidente y su corazón, tantas veces destrozado y recompuesto, se había permitido latir por un instante.

Se llamaba Nora. Se sentó a su lado, abstraída, enfrascada en la conversación con la que los otros viajeros aderezaban la noche, aunque nadie hablaba ya de la magia de San Juan o de los inicios del verano: todo giraba en torno al caos en los caminos, a la caída de las ciudades y pueblos, al hambre que se había aunado a la miseria de la guerra como una mala plaga. Leo podía haber intervenido para decirles que el futuro era aún más incierto, pero prefirió permanecer callado, revolviendo su cena con la cuchara de madera que le habían regalado; eso, el viejo diario y un cuchillo de caza eran todo su haber. Le divertía pensar que su mano había sabido una vez empuñar una espada.

La mano de Nora se deslizó sobre su pierna tan leve que apenas la percibió, que podría decir que se lo había imaginado. Las llamas dibujaban sombras sobre la nariz delicada de la chica, sobre el liviano vestido de lino y la silueta curvada que se adivinaba debajo. En otra vida Leo no se habría pensado siquiera el corresponder a ese descarado desafío; no obstante, había una parte de él, tan nueva como su ojo fantasmal, que sentía que traicionaba a la muchacha que bordaba en el balcón. Ese rostro, esa mujer... Cada noche que soñaba con ella lo oprimía una sensación de vértigo, de asfixia, como si el mismísimo destino lo hubiera cogido por el gaznate y lo zarandeara para que reaccionase. Y, sin embargo, las noches que se libraba de su presencia eran poco más que un páramo helado.

¿Se podía ser esclavo de tal forma de alguien que no conocía, de alguien que podría incluso no ser real? Ni si nombre podía evocar, y aun así no era capaz de huir de ese hechizo. Era el triste caballero, eterno enamorado de una dama que sabía que jamás podría obtener. A veces su voluntad flaqueaba y deseaba abandonar la búsqueda del cáliz de Francisco para encontrarla a ella. Pero sabía que, si rompía la promesa que le había hecho a Giordana, todo el dolor que había sufrido, y lo que era más importante, todo el que había causado, carecería de sentido.

Extendió la mano y enredó los dedos en la melena de Nora, en sus rizos del color del caramelo derretido, aspirando el aroma a canela que de ella emanaba. Sabía que no la haría suya, que no estaba preparado para mostrarle todas las cicatrices que su cuerpo gastado ostentaba, que los iris de hielo del hada que le tenía subyugado no perdonarían jamás esa traición. Su ojo sano se elevó más allá de las copas de los árboles, hacia la luna llena que coronaba una noche que, en momentos menos oscuros, solía estar llena de sortilegios. Ojalá pudiera hacer que la hermosa costurera supiera de su existencia, aunque solo fuera por un instante.

 

 

Muchas horas después, en la soledad del jergón, la Voz de la Sombra acudió a su encuentro. Ya no lo pillaba por sorpresa: ambos se habían encontrado en el mundo onírico, y ambos sabían que su destino era terminar frente a frente. "Te estoy esperando, Leo, vástago del Innombrable", le susurraba. Él ya lo sabía. Era una certeza que le pesaba como la muerte. Había escapado de sus garras una vez; casi podía sentir su aliento todavía. Algún día tendría que saldar la deuda que tenía para con ella, que agradecerle el favor que le había hecho al permitirle cumplir la promesa que le había hecho a Giordana.


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JohnClare
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Yo soy una parte de aquella parte que al principio era todo; una parte de las tinieblas, de las cuales nació la luz, la orgullosa luz que ahora disputa su antiguo lugar, el espacio a su madre la noche.

Fausto, Goethe.

 

 

Diario personal de Leonard Rodgers. 17 de Septiembre de 1429.

 

 

Mi viaje por el camino de los peregrinos fue relativamente tranquilo; una vez hube abandonado Francia la oscuridad pareció darme una breve tregua, y durante unos meses no he sido más que un vagabundo arrojado a los senderos caprichosos del destino. Crucé España de este a oeste hasta llegar a Portugal, arropado por la soledad que únicamente los sueños de mi ojo vacío rompían de cuando en cuando. No he considerado necesario describir cada noche las mil visiones del rostro de mi adorada costurera, o las amenazas continuas de la Sombra resonando en el interior de mi cráneo. Voy a dejar todo por escrito antes de que la fatiga me venza, antes de que las nieblas del olvido comiencen a retorcer y empañar los recuerdos de la noche en el que al fin he cumplido la pesadilla más temida por la mayoría de los hombres: me he encontrado frente a frente con el Diablo. Pero no importa; ahora tengo el Cáliz. El cráneo de Francisco descansa sobre mi regazo, envuelto en mi capa raída mientras esbozo estas líneas como si se tratara de un saco de manzanas enmohecidas. Y no lo guardo solo por mantenerlo alejado de la vista de los codiciosos, sino porque su macabra belleza me turba y la vibración del oro que engarza los huesos de la cabeza del santo resuena en el hueco de mi ojo en punzadas que me impiden pensar con claridad. Sin embargo, lo que ahora me inquieta es que no tengo ni la más remota idea de lo que debo hacer con mi trofeo. ¿Qué querías de mí, Giordana? ¿Qué viste en tu delirio que no llegaste a contarme? Espero que cuando al fin me abandone al sueño acudas a rescatar a tu adalid, que me envíes una señal de a dónde deben dirigirse ahora mis pasos.

 

 

La capilla estaba soterrada en mitad de la nada, en un páramo yermo por el que la brisa del otoño arrastraba furiosa remolinos de polvo. Leo se alzó la capucha para protegerse del viento; con su ojo fantasma percibía las siluetas de los edificios que se construirían siglos después en aquel lugar maldito: excavarían una fosa para sacar la ermita de huesos a la superficie e incluso levantarían una iglesia junto a ella. Aquel lugar se convertiría en un centro de culto a lo morboso, a lo extravagante, pero si tenía éxito en su empresa de aquella noche la atracción principal de ese erial de tinieblas se habría perdido junto a él en los anales del tiempo. Quizás ni su memoria se conservase. Respiró hondo, borrando todas las posibilidades que oscilaban en el aire nocturno, y apretó los puños para reunir algo de determinación antes de internarse en la cripta. Sabía que la Sombra lo estaba esperando, y habría sido un insensato si no hubiera albergado dudas o miedo en el fondo de su corazón.

Los huesos que conformaban los escalones crujieron bajo el peso de sus botas desgastadas; Leo adivinó los costillares colocados con mimo para crear las aristas de la escalera. No pudo evitar estremecerse; tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que su ojo no comenzase a divagar en las historias de todas las almas cuyos cadáveres se habían empleado para erigir ese templo impío. Si cedía, la historia de miles de vidas entrelazadas, palpitando presa de los muros, se llevaría su cordura. Y no podía permitirse el lujo de perder ni un ápice de voluntad. La estancia que se abrió ante él era idéntica a la que había visitado en sueños: las paredes altas, que se habían construido con largos fémures que daban soporte a sus columnas; las tibias, cúbitos y radios con los que habían diseñado arcos decorativos que creaban las bóvedas; el gran crucifijo bañado en oro, bien pulido, que reflejaba la luz de los cientos de cirios cuyo humo se escapaba por las oquedades de la pared izquierda, por donde se colaba también el viento de la noche. Y en el centro, en el corazón de la capilla, ese sencillo féretro de piedra. Era pequeño, tal vez ideado en un principio para refugiar el cadáver de un niño. Leo sabía que no necesitaba más espacio; al fin y al cabo, sólo albergaba una cabeza. Una cabeza cuyos huesos habían sido fragmentados y recompuestos, unidos con el oro blanco que, según Lord Alester le había contado, era capaz de conceder la inmortalidad.

— Bienvenido, heredero del Innombrable.

La habitación era pequeña, no había espacio para escondites secretos o recovecos desde los que la Sombra pudiera acecharle. Leo dirigió su ojo sano hacia el lugar del que le había llegado la voz: había un hombre recostado contra una de las columnas de la ermita, ataviado con una sencilla túnica de color gris claro, elegante pese a lo desgastada que estaba por el paso del tiempo. Le sonreía con amabilidad, y su expresión hubiera resultado agradable de no haber sido por el hecho inquietante de que la piel acartonada parecía sobrepuesta a la carne, como una máscara vieja que hubiera quedado demasiado grande para el rostro que debía guardar. Leo terminó su descenso y avanzó hacia su interlocutor como si se tratara de un viejo conocido pues, ¿acaso no había escuchado su voz noche tras noche en cada uno de sus sueños?

— Llevo mucho tiempo deseando encontrarme frente a ti para preguntar quién eres.

— ¿Aunque ya sepas la respuesta? ¿De verdad necesitas oírlo de mis labios, muchacho? —la sonrisa del hombre se hizo más amplia; Leo pudo percatarse de que los músculos que tensaban la boca del extraño habían respondido con lentitud, y para ello no había necesitado hacer uso de su ojo fantasma—. A vosotros os gusta llamarme Lucifer, aunque si deseas más precisión creo que el sonido más parecido a mi nombre que podrías pronunciar es Lucaerys. ¿Estás contento ya? ¿Imaginaste alguna vez que el terrible Ángel Caído no sería más que un hombre cansado que no desea que irrumpan en su morada?

— No sé si eres lo que imaginé porque no puedo ver tu forma, Lucaerys, Ángel Caído, Sombra, o lo que desees ser —Leo alzó el rostro, desafiando tanto a la Sombra como a su propio miedo—. Porque te escondes detrás de ese cuerpo que no es tuyo. Permíteme señalarte lo burdo del disfraz. ¿No sería más sencillo que nos dejáramos de juegos? He venido a por el cráneo de San Francisco, y estoy dispuesto a luchar si es necesario.

- ¿A luchar? —el sonido que escapó de la garganta reseca de Lucaerys pareció un graznido más que una risa. Leo estuvo a punto de dar un paso atrás—. Vienes a por lo que queda de mi adorado Francisco y, aunque para mí es algo con un profundo valor sentimental, he de decir que no soy su guardián, ni su albacea. Si estoy aquí es por el apego que un día sentí hacia estos huesos. Si sigo aquí, morando en la sombra, es porque no me queda ningún lugar bajo la cálida luz del sol al que llamar mío, Vástago del Innombrable. 

— ¿Por qué me llamas así?

— ¿Tampoco eso sabes, chiquillo? ¿No has usado ese ojo tuyo para mirarte en un espejo? ¿No has tenido las agallas de buscar en tu interior las respuestas que lees en el alma de otros?

— Me contestas con más preguntas; así no vamos a llegar a ninguna parte.

— Oh, pero esa es la esencia de tu estirpe, ¿no es cierto? —Lucaerys abandonó la columna y avanzó vacilante hacia el altar, colocando una mano de piel pálida y apergaminada sobre el féretro de piedra—. De dónde venís, a dónde vais... Siempre me ha fascinado vuestra curiosidad; es casi tan insaciable como nuestra hambre. 

—Estás agotando mi paciencia -Leo se llevó la mano al hueco del ojo que había perdido; unas punzadas intensas habían comenzado a perforarlo, como si estuvieran introduciendo una daga hacia su cerebro. El dolor todavía era soportable, pero le costaba hilar las palabras engañosas del hombre que tenía en frente.

— Veo que el metal sagrado te afecta como a nosotros. Igual estaría bien que empezaras a preguntarte el por qué. 

— El Cáliz...—Leo apretó los dientes, intentando respirar más despacio, buscando ese lugar del sufrimiento en el que la mente se volvía clara. Ese mismo en el que se había sumergido cuando estuvo clavado con flechas al árbol—. Necesito el Cáliz antes de que Alester llegue a él. Lo necesito para evitar que todo... ah...

— Necesitas el Cáliz para impedir el fin de los tiempos, para evitar que mis hermanos devoren hasta el último rastro de luz de esta galaxia... ¿Comprendes siquiera lo que es una galaxia, muchacho? Qué importa en realidad... ¿Y qué puedo hacer yo?

Lucaerys se aproximó a Leo, que no tenía espacio para zafarse de él. Su mano derecha buscó la empuñadura de una espada que hacía muchos años que ya no colgaba de su cinto; sus dedos se crisparon al abrazar el aire. ¿Qué pretendía? ¿Amenazar al Señor de los Infiernos con su cuchara de madera?

— Podría acabar contigo aquí mismo y olvidarme de tantos problemas. Como has podido observar, este cuerpo se me ha hecho viejo y ya no me quedan energías apenas para restaurarlo. Podría vestir tu carne y salir de aquí, alimentarme, gozar del poco tiempo que nos quede antes de que la insensatez de mi estirpe consuma este mundo sin preocuparse de lo que sucederá cuando vuelvan a quedarse sin sustento —Lucaerys sujetó a Leo por la mandíbula, obligándolo a mirarle. Sus ojos, verde claro, eran los ojos apagados de un cadáver-. O podría dejarte marchar con el Cáliz, traicionar a mi raza y condenarla a la extinción, solo por la breve esperanza de que este universo que tanto he amado, que tanto me ha amado, siga existiendo unos cuantos milenios más. Os devoré, os cacé y os atormenté, y en vuestro odio he encontrado una fascinación que me condena, vástago del Innombrable, chiquillo mestizo. ¿Qué puedes ofrecerme a cambio? ¿Qué estás dispuesto a entregarme?

 

 

¿He vendido mi alma al Diablo? No lo sé; por una parte, pienso que todos los actos que perpetré en nombre de Lord Alester y los Cautos ya me habían garantizado mi lugar en el Infierno pero, por otro lado, no creo que el Príncipe de las Mentiras se hubiera dejado engañar. Desconozco qué me ha arrebatado cuando ha hundido esas garras abisales en mi pecho; ha hurgado en mi interior y ha encontrado cosas que no quiero recordar, que todavía no estoy dispuesto a afrontar. ¿Y si no cargara solo con mis pecados, sino con los de las generaciones que me precedieron? ¿Y si mi sangre estuviera corrupta por la misma esencia que ahora pugna por gobernar este mundo desde las tinieblas? No tengo valor para enfrentarme a su desafío, para mirar mi reflejo y escrutar qué esconde mi pasado o qué me aguarda en el futuro.

Lucaerys me ha regalado también una revelación, pero no estoy seguro de poder fiarme de su palabra. Por Dios Misericordioso, no estoy seguro de nada ya, ni siquiera de que estoy vivo. Tal vez esta misión es mi purgatorio personal. 

 Me ha dicho que parta hasta Santiago, que desande mis pasos y busque una tumba poco profunda al norte de la ciudad, más allá de sus murallas. Afirma que en esa tumba yace un hombre al que reconoceré por su rostro peculiar; al parecer viene de lejos, de oriente. Según Lucaerys, nunca he visto unos rasgos como los suyos. Al parecer trató de recuperar una reliquia: los huesos de Urkyel, su hermano, que están enterrados en la Catedral. Me temo que el precio ha sido demasiado alto. Dice que si doy de beber a ese hombre con el Cáliz de Francisco me conducirá hacia mi costurera... mi dama... Si acaso fuera cierto... Debo creer que es cierto.

 Después de todo, me ha revelado su nombre.

 Y me ha dado un mensaje para ella.

 "Dile que lo que le ofrecí en el desierto era todo cuanto tenía. Dile que puse mi corazón en una bandeja y quise regalárselo, pero que fue ella la que lo arrojó a las llamas. Dile que tal vez ya no pueda entregarle toda esta tierra, pero que el mundo no merece su sacrificio. Llévatela lejos, Leo, heredero del Innombrable, puente entre dos mundos. Pon fin de una vez a este bucle, a este dolor que la humanidad no merece"

 Ahora sé que tengo que encontrarte, Morgana.

 

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Please allow me to introduce myself
I'm a man of wealth and taste
I've been around for a long, long years
Stole million man's soul and faith.

“Sympathy for the Devil”,  The Rolling Stones

 

Cuando estás en el infierno, solo el diablo te puede mostrar el camino hacia afuera.

Joe Abercrombie.

 

Del diario de Guillaume Van Hove

 

14 De octubre de 1420

 

Esta es la transcripción de la confesión que le hace Lucifer a San Francisco de Asís. Un texto apócrifo ―supuestamente firmado por el Hermano Francisco―, que he encontrado en el scriptorium de la Abadía de Cluny. Lo he extraído de entre los papiros descartados que se utilizan para hacer pruebas de escritura, y lo he rescatado de tal fin y traducido a nuestra lengua. Dada su singularidad, cabe la posibilidad de que contenga alguna traza de verdad. Aunque más bien parece algún tipo de divertimento escandaloso creado por los monjes en sus ratos libres. En cualquier caso, este es su contenido.

 

====<>====

 

Querido Giovanni, o quizá quieras que te llame Francesco, tal cual te rebautizó tu padre al saber que estabas enamorado de las tierras francesas… Como quieras, Francisco, así te llamaré.
 
 
Atiéndeme en este momento de intimidad, yo no quiero tu perdón sino tu oído interesado. Eres un hombre refractario a mis sugestiones y eso me atrae; me gusta. Es cierto que te provoqué y tenté en tu juventud, y que lo hice para burlarme de ti, para consumir tu energía y tratar de poseer tu alma inmortal. Durante años deseé que fueras mío con gran intensidad porque sabía que eras especial ¿Recuerdas cuando luchabas en tu juventud? Tú eras un muchacho alegre y entusiasta y yo te quería reclutar para mi causa. Pero siempre me diste la espalda, por más vigor que yo empleara en desviarte de tu camino. Por estas cosas sé que puedo confiar en ti y que escucharás con atención mis lamentos. Tú, que amas a todas las criaturas vivientes, a mí también me darás una oportunidad. Este será nuestro trato: yo te contaré mi verdad y tú nunca me abandonarás; te quedarás siempre a mi lado.
 
 
Nadie quiso saber por qué fui expulsado del Reino de los Cielos, nadie me lo preguntó jamás. Pero yo quiero ser escuchado… Así que, heme aquí, abriéndome a ti como uno más de tus animalillos...
 
 
En el Reino de los Cielos sabemos que este universo, tu mundo y el mío, todo cuanto vemos y tocamos, la materia y el vacío que nos rodean, son la obra de un creador maldito. Y que nosotros, los Arcángeles, hacemos la obra del creador de la contraparte especular. Los Arcángeles hemos dedicado nuestras vidas a destruir cualquier cosa que exista. Esa, hemos entendido que es nuestra misión: destruir esta copia imperfecta y oscura de la Creación Original. En los ciento veinte millones de años que recuerdo tener, hemos devastado mundos e imperios, hemos destruido planetas y estrellas y convertimos en polvo todo a nuestro paso…
 
 
Nuestro nombre debería ser DESTRUCCIÓN.
 
 
La estrella de mi mundo se muere, Francisco…
 
 
Todos los seres están ligados a sus planetas de origen, pues de ellos obtienen su energía vital y la sustancia que conforma sus cuerpos. Los planetas están, a su vez, inextricablemente conectados con la estrella que les prestó la materia de la que están compuestos. Así, las civilizaciones de los planetas que orbitan una estrella decadente, morirán también con ella cuando esta emita su último pulsar. Sin importar lo lejos que estén en el espacio o el tiempo, cuando una estrella muere, todo cuanto se gestó en sus entrañas morirá también con ella. Te preguntarás entonces por qué queremos devorar vuestra alma inmortal. Al principio fue así porque nada sabíamos de este secreto; Yo no lo sabía... Pero obtener vuestras almas solo marca la diferencia entre morir hambrientos o hacerlo ahítos. Porque nuestro fin es implacable y moriremos de igual manera.
 
 
Pero al llegar nuestro propio ocaso, nos damos cuenta de que no hemos aprendido a morir; que no queremos desparecer... Que, por encima de todo y cualquier cosa, queremos seguir jugando a este juego de la vida. Porque aquí, querido Francisco, aquí somos poderosos. Aquí mandamos y subyugamos a todos. Aquí, en este universo menguado y defectuoso, somos unos seres magníficos en nuestra perversidad. Y eso nos embriaga más que cualquier sangre que bebamos. Nos alimenta más que la carne que arrancamos de vuestros huesos y nos sacia más que las límpidas aguas de las almas que bebemos cual beodos en nuestras razias…
 
 
Y un buen día, algunos de nosotros nos dimos cuenta de que Dios, nuestro comandante en jefe, había enloquecido. Que se había convertido en un demente, que era una sombra decrépita de lo que un día fue, y que todos nos estábamos corrompiendo con su misma enfermedad. Dios empezó a pensar que no nos daría tiempo a terminar nuestra labor de destrucción y que ya nada tenía sentido. Trató de suicidarse y le quiso dejar su legado a su hijo ―ese al que tanto admiras―, solo para descubrir que él no quería seguir con el reinado del terror.
 
 
Entonces, ante ese vacío de poder yo quise tomar el cetro y continuar con nuestra misión como siempre habíamos hecho. Pero Roma no paga traidores y alguien me delató. Y Dios, en un arranque de enajenación, desató su furia contra mí. Y sin un juicio ni escuchar mis razones, se efectuó mi ejecución sumaria, germinada en su mente perturbada. Me condenó a mí, que siempre he sido un verdadero creyente de la dualidad.
 
Y me confinó en este mundo olvidado…
 
Me arrojó a este basural…
 
Me condenó a malvivir en esta escombrera…
 
Y fui aprisionado en un trozo de la estrella que alumbra mi mundo. Y en ese pedazo de la materia de la que estoy hecho, fui enviado aquí a través del Abismo que lleva mi nombre y que se oculta detrás de los párpados y vive en nuestra inconsciencia, tras la oscuridad ignota de terrores inimaginables y dominios desconocidos. Yo fui el primero en ser desterrado, y el único en llegar aquí en el corazón de un cometa. Y vosotros, que me visteis brillar en vuestro cielo nocturno, cabalgando un astro de cola llameante, vosotros, que fuisteis testigos de aquel espectáculo luminoso y bello, decidisteis ponerme nombre, y me nombrasteis: Lucifer.
Yo estuve rondando alrededor de los diminutos restos de mi hogar durante milenios. Engañando, mintiendo, destruyendo, matando, estafando a los hombres…, y a las mujeres; haciendo lo que sé hacer. Induciendoos a cualquier aberración porque me aburro, por inconsciencia, porque es fácil convenceros de hacer cualquier atrocidad.  Y a veces me presento ante vuestros ciegos ojos tal cual soy: una masa brillante que viste los ropajes propios de mi estirpe angelical, el viento de las voces invisibles de aquellos que aniquilé…
 
 
Pero esto terminó contigo, Francisco.
 
 
Y ahora me confieso incapaz de prescindir de la humanidad. He descubierto que oigo en vosotros la melodía lejana del amanecer de la creación. Escucho en vuestras almas el eco de mi infancia, y percibo el aroma cálido y querido de nuestra madre, que nos acuna con la sensación de seguridad que ofrece su protección. Vosotros, los hombres, como la raza joven que sois, aún os ensuciais encima y metéis vuestros deditos regordetes en el fuego para comprobar que quema. Y repetís una y otra vez estos errores pues os sentís huérfanos, al igual que lo hacemos todas las criaturas en este despiadado universo.
 
 
Aunque quizá vosotros seáis capaces de enfrentar este desafío mejor de lo que lo hicimos los demás…
 
 
Y estas son las cosas que jamás creí poder rememorar y a ti te debo.
 
 
Yo, que conozco la verdad secreta del Universo soy tu perrillo faldero. Yo, el mayor de los arrogantes, te sigo a ti, Francisco, que no deseas atraer más almas inocentes a esta carne. Y no por rencor, como lo hacen los gnósticos o los cátaros, sino por amor a su misma naturaleza de almas perfectas en su inmaterialidad. Yo veía el mundo con cinismo y tú me lo mostraste a través de tus ojos limpios de todo prejuicio. Cada amanecer contigo es un recrear el mundo, algo nuevo y emocionante, una aventura sin par…
 
 
Te llevaré conmigo al confín de la tierra, al Finis Terrae, como llamáis a ese pedazo de tierra. A algún lugar donde solo la muerte viva. Y esperaremos juntos, Francisco: tú, a tu gloria, y yo, al fin de mi mundo y a mi muerte definitiva. Cubriré de oro tus huesos y beberé del agua espiritual que de ti mana…, y viviré hasta mi último día en tu compañía.

 

====<>====

 

 

Las raíces de la creencia cátara proceden del gnosticismo y del maniqueísmo. En consecuencia, su teología era dualista radical, basada en la creencia de que el universo estaba compuesto por dos mundos en absoluto conflicto, uno espiritual creado por Dios y otro material forjado por Satán.

Los cátaros creían que el mundo físico había sido creado por Satán, a semejanza de los gnósticos que hablaban del Demiurgo. Sin embargo, los gnósticos del siglo I no identificaban al Demiurgo con el Diablo, probablemente porque el concepto del Diablo no era popular en aquella época, en tanto que se fue haciendo más y más popular durante la Edad Media.

Según la comprensión cátara, el Reino de Dios no es de este mundo. Dios creó cielos y almas. El Diablo creó el mundo material, las guerras y la Iglesia católica. Esta, con su realidad terrena y la difusión de la fe en la Encarnación de Cristo, era según los cátaros una herramienta de corrupción.

 

La frase de la cruzada albigense (contra los cátaros).

Arnaldo es célebre por serle atribuida la frase «¡Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos!» («Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius.»), pronunciada durante el sitio de la ciudad francesa de Béziers, en julio de 1209, en la cruzada albigense.

La frase también ha sido atribuida al papa Inocencio III (Anagni, 1161 - Perugia, 16 de julio de 1216), papa número 176 de la Iglesia católica (de 1198 a 1216) y también se ha atribuido a Simón IV de Montfort, quinto Duque de Leicester (h.1160-1218), vizconde de Béziers y del vizcondado de Carcasona, quien fue el principal protagonista de la Cruzada contra la herejía albigense.

Cesáreo de Heisterbach, monje de la Orden del Císter, fue el primero en atribuirle la frase a Arnaldo Amalric, treinta años después de finalizada la cruzada albigense en su Dialogus miraculorum; si bien Cesáreo, que normalmente hacía constar sus fuentes, en este caso precede la cita con un dubitativo «se cuenta que dijo» («fertur dixesse»). La frase se hace eco de los pasajes bíblicos de la Segunda epístola a Timoteo 2, 19 y del libro de los Números 16, 5, lo que por otra parte hace más probable que la frase provenga de un eclesiástico educado.

 

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Y aparecía el primer jinete sobre un caballo blanco. En la mano llevaba un arco y en la cabeza una corona: era la Conquista, según unos; la Peste, según otros. Podían ser ambas cosas a la vez.

Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Vicente Blasco Ibáñez

 

Mensaje de Haxamanis a Morgana

 

Palas de Rei, octubre de 1429

 

Queridísima Morgana.

Ha sido una suerte encontrar amigos Wicca en los umbrosos bosques de esta zona del país. Y el colmo de nuestra fortuna, ha sido que estas gentes hospitalarias aún conserven el remoto arte de entrenar a los mirlos para enviar mensajes. Pero te preguntarás por qué te hablo en plural, y es que hace doce días que comparto mi camino con un nuevo amigo. Se llama Leo, es nativo de las tierras de York, y es un hombre resuelto y audaz que me ha rescatado de las garras de la muerte.

Los meses que caminé por la ruta francesa hacia Compostela me dieron tiempo para reflexionar sobre mi traición. Pero aquellas cavilaciones, que creía tan profundas, no impidieron que me comportase como el más abyecto de los cobardes una vez más. El nuevo Haxamanis ―que yo creía fuerte y leal―, se deshizo en temblores y súplicas cuando se vio sometido a la tortura. Pues les conté a los esbirros del Innombrable cuanto querían saber, e inventé lo que no sabía buscando su piedad.

No sé cuántos días pasé en manos de los Cautos en aquella húmeda celda. Y desconozco si ya sabían de mí, o si fueron mis preguntas las que despertaron sus sospechas. El caso, es que no tuve tiempo para elaborar otra estrategia y fui cazado como un advenedizo. Le había dado unos maravedís a un muchacho que pordioseaba en el arrabal, y lo había enviado a indagar la ubicación de la cripta. Mientras tanto, yo me hacía el indiferente y paseaba por la calle como un peregrino más. Un hombre, un extranjero, deduje ―por su corpulencia y por el cabello rubio que asomaba por su capucha―, me interceptó, haciéndome creer que quería preguntarme algo. Y al mismo tiempo que me paraba para atenderle, un golpe en la cabeza me dejó ciego y caí como un fardo de remolacha en plena calle.

Al recobrar la conciencia, me encontraba desnudo y atado de pies y manos a una estructura de madera. Los hombres que me habían llevado a aquel templo de suplicio, habían esperado a que despertase por mí mismo para comenzar el festival de la tortura. Y con una frialdad de carámbano, me despedazaron como a un cerdo en San Martín. Todas las partes de mí sufrieron alguna afrenta: dientes, dedos, uñas, orejas, piel, mis partes íntimas… Y mientras me hacían pedacitos, me preguntaban por el cáliz y por la espada. Me escupían y se burlaban mí, y me llamaban el siervo mongol de la bruja. Pues sabían de ti, Morgana, y supongo que mi rostro de nieto de Kublai Khan, resulta inconfundible si se sabe lo que se busca.

Había perdido el conocimiento tantas veces, que no supe que había muerto hasta que mi alma regresó al cuerpo y se encontró con los despojos semienterrados en un yermo extramuros. Y allí me quedé pasmado, ocupando un cuerpo invisible, y mirando el gesto espantado de mi rostro cadavérico; sin saber qué hacer o adónde ir. Mi cráneo, desnudo del cabello que le habían arrancado, brillaba a la luz de la luna como un lucero macabro. Y el cuero cabelludo, que había sido atado a una estaca y clavado a mi lado como un tétrico pendón, parecía un aviso a navegantes de lo que estaba por venir. Y así, mientras flotaba cerca de mis tristes restos, divisé una figura que se acercaba a mi precaria tumba.

Me inquietaba saber qué clase de hombre va en plena noche a un lugar así. Tampoco supe qué murmuraba mientras echaba agua de su bota a un recipiente que no logré identificar y se la dio de beber a mi cadáver reseco. Mi desconcierto no terminó allí, pues mi espíritu, al contacto de mi boca con aquel líquido mágico, recibió una descarga tan brutal que regresó al cuerpo arrastrado por la fuerza de mil demonios.

Me levanté de la tumba sin daño alguno en mi cuerpo. Y desde esa noche, Leo y yo caminamos juntos haciéndonos compañía.

Volveremos a Francia por el Camino Primitivo. Muchas razones nos han impulsado a tomar esta decisión. Por una parte, no queremos llamar la atención de los cautos, porque, aun siendo improbable que vuelvan a comprobar si les falta mi cadáver, no sería tan extraño que regresasen al lugar para enterrar a otro desgraciado como yo. Además, la situación política se ha vuelto muy inestable. En estos días, se ha sabido que el rey Juan II, ha aprobado la recaudación de cuarenta millones de maravedís, para la próxima campaña contra los infantes de Aragón, lo que ha enfurecido a la gente, que anda bullendo nerviosa en revueltas populares. Y para remate de males, una extraña peste ha surgido en Compostela. Y se expande de iglesia en iglesia, en ondas concéntricas como una marea de corrupción. La explicación para esto es muy sencilla para Leo y para mí: los cautos han liberado a Urkyel y este se está cobrando su venganza contra la iglesia, que lo mantuvo cautivo y lo manipuló durante cientos de años.

Así que hemos puesto rumbo al norte. No hemos entrado en Palas de Rei, pero estamos en sus cercanías. Los Wicca, que viven en castros alejados de los núcleos de población, están a salvo de la peste por ahora. Nos han cobijado en sus casas y nos ayudarán a cruzar las montañas. Hemos hecho un pacto de hermandad: ellos protegerán a estos pobres viajeros de los osos y los lobos hasta llegar a la frontera con Francia, y a cambio, te hablaremos de ellos cuando estemos en tu compañía y te entregaremos sus regalos.

Por favor, sal de París cuanto antes y trae contigo la espada. Nos veremos en Rennes. Tú sabes el lugar de nuestra cita; espéranos allí.

Tu humilde servidor,

Haxamanis

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Ruta Jacobea Primitiva

Se conoce como Ruta Jacobea Primitiva, Ruta interior del Camino de Santiago del Norte o simplemente como Camino Primitivo al trayecto comprendido entre Oviedo y Santiago de Compostela. En la localidad de Mellid se une el Camino de Santiago Francés al Camino Primitivo.

No es casual el hecho de que la ruta sea conocida con el apelativo de "primitivo", pues fue precisamente el rey Alfonso II, posiblemente el primer peregrino conocido, quien al conocer la noticia del hallazgo del cuerpo del santo, tomó esta ruta hacia Compostela para ser testigo del suceso.

Mientras que la capital del Reino estuvo en Oviedo, la ciudad asturiana fue uno de los puntos neurálgicos de las peregrinaciones a Santiago. Una vez que ésta fue trasladada a León, la ruta de los franceses fue adquiriendo relevancia, convirtiéndose en la principal vía de peregrinación a la Ciudad Santa en detrimento de la anterior.

Reza una tradicional canción francesa que quién a Santiago de Compostela va en peregrinación y no visita la Catedral de Oviedo, dedicada al Salvador, "visita al Siervo y olvida al Señor". Es por esto que muchos de ellos optan, una vez llegados a León, por dirigir sus pasos hacia la capital asturiana a través del conocido como Camino de Santiago Real, encaminándose con posterioridad hacia la ciudad del Apóstol por esta ruta.

De la importancia de este Camino dan fe los numerosos hospitales de la ciudad de Lugo, y los seis, algunos muy vinculados al Camino, del municipio de Burón, hoy A Fonsagrada.

Portada de la edición de la Crónica de Juan II (Sevilla, 1543).

Juan II de Castilla y la Corona de Castilla en 1429

Tras la firma del tratado de Torre de Arciel, una parte de la alta nobleza castellana se unió en torno a los infantes de Aragón para hacer frente a don Álvaro de Luna y a su política de reforzamiento de la monarquía castellano-leonesa. Reunidos en Valladolid le exigieron al rey que desterrara de la corte a don Álvaro de Luna. La presión hizo efecto y el 5 de septiembre de 1427 Juan II ordenaba el destierro de don Álvaro y de sus partidarios durante año y medio.​ Sin embargo, el destierro de don Álvaro solo duró cinco de meses y el 6 de febrero de 1428 ya estaba de vuelta en la corte ―fue recibido clamorosamente en Segovia― ante las divisiones que habían surgido en la facción que encabezaban los infantes de Aragón lo que les había impedido llevar la gobernación del reino castellano-leonés. Pocos meses después, el 21 de junio, Juan II ordenaba a los infantes de Aragón don Enrique y don Juan, rey consorte de Navarra, que abandonaran la corte y se mostraba reacio a concertar el pacto de alianza y paz perpetua entre las coronas de Castilla, de Aragón y de Navarra firmado en Tordesillas el 12 de abril. A continuación, convocó a las Cortes de Castilla en Illescas para que aprobaran un tributo de cuarenta millones de maravedís con los que reclutar un ejército que hiciera frente a los infantes de Aragón. Los reyes de Navarra y de Aragón interpretaron estas decisiones como el paso previo para revocar lo acordado en el Tratado de Torre de Arciel y en junio comenzaba la guerra castellano-aragonesa de 1429-1430.

Marco Polo y Kublai Khan

Según los relatos, Marco Polo nació y aprendió a comerciar en Venecia (República de Venecia) mientras su padre Niccolò Polo y su tío Maffeo Polo, viajaban por Asia donde habrían conocido a Kublai Kan. En 1269 ambos regresaron a Venecia y vieron por primera vez a Marco, llevándolo con ellos —según los relatos— en un nuevo viaje comercial a Asia, en el que habrían visitado ArmeniaPersia y Afganistán, recorriendo toda la Ruta de la Seda, hasta llegar a Mongolia y China. Las narraciones afirman que Marco Polo permaneció 23 años al servicio de Kublai Kan, emperador de Mongolia y China, llegando a ser gobernador durante tres años de la ciudad china de Yangzhou y volviendo a Venecia en 1295.
 
Kublai trascendió históricamente en gran medida gracias al conocimiento que se tuvo de él a partir de la obra Il Milione de Marco Polo, ya que fue durante su régimen cuando este viajero llegó hasta la misma corte del emperador mongol. En esta obra, Marco Polo afirma haber sido incluso consejero de Kublai.

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JohnClare
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"Y, una vez que lo poseía, se quedaba frío e insatisfecho, sin amor por esa cosa, y entonces partía a la búsqueda de algo más:

la venganza, ciega, estéril y despreciable"

Entrevista con el vampiro, Anne Rice.

 

 

Diario del Barón Guilles de Rais, 29 de Septiembre de 1429.

 

 

No entiendo por qué Lord Alester ha tardado tanto tiempo en responder a mis misivas; he tenido delante de mis narices a la niña que ha estado buscando estos años desde la confrontación con los ingleses de Orleans, pero parece que hasta ahora no se ha interesado por lo que tenía que decirle. Entiendo por qué Alester estaba tan obsesionado con ella; después de haber sido testigo del poder de ese engendro a mí también me gustaría ponerle una correa para pasearlo por el jardín de mis enemigos. Me alegro de que, por el momento, estemos en el mismo bando. Y agradezco que Lord Alester sepa ver más allá de las mentes cuadriculadas de los Cautos; Jeanne es demasiado valiosa para pensar siquiera en destruirla.

No es ningún secreto que la Corte de París se pliega a los caprichos de esa muchacha. Por eso, cuando me dio audiencia en los aposentos de la reina no me sorprendí lo más mínimo. Tenía mejor aspecto que la última vez que la vi, y no lo digo únicamente por su forma monstruosa, sino porque habían comenzado a cerrarse las pocas heridas que algún infeliz había conseguido infligirle durante la batalla. Me resultó pintoresco encontrar a la orgullosa Marie D'Anjou sentada a sus pies, con la cabeza apoyada en el regazo de Jeanne como si se tratase de una niña pequeña. Todos conocíamos la soledad, la humillación y la deshonra que la reina consorte había sufrido a lo largo de su desgraciado matrimonio, pero hasta a mí me incomodó encontrarla despojada de su dignidad. Jeanne alzó la vista hacia mí, ataviada solo con un liviano vestido de seda negra que dejaba entrever los intrincados diseños de las viejas marcas sobre su piel. Me he acostumbrado a la profundidad de su mirada a base de enfrentarme a ella; no obstante, en esa ocasión sentí que la chiquilla volvía mi alma del revés, de modo que hice un esfuerzo por contener las náuseas que me provocaban el recuerdo de sus garras aferradas al monasterio de agustinos de Orleans y dibujé la más seductora de mis sonrisas.

— Me complace comprobar que estáis mejor, mi Señora.

— Veo que al fin tus amos han entrado en razón y se han dado cuenta de que es más provechoso sentarse a hablar conmigo que darme caza como si fuera una liebre —apartó a Marie con un diminuto pie descalzo para incorporarse, tomando con delicadeza una copa plata que había en una mesita a su izquierda. Huelga decir que su contenido era sangre humana, seguramente una ofrenda de la reina, pero todos los que tenemos la arrogancia de considerarnos el círculo más cercano de Jeanne nos hemos acostumbrado a sus extravagancias—. Siempre hay tiempo para rectificar si se tiene buena voluntad, aunque me da pena que no hayan sido tan valientes como para encararse conmigo.

— Mi Señora, Lord Alester...

— Ahórrate las mentiras, De Rais, sabes de sobra que te leo como a un libro abierto —Jeanne dio un largo trago antes de acercarse más a mí, tanto que pude oler el dulzor de la infección en sus heridas. Se rumoreaba que le habían dado un flechazo en el costado especialmente problemático—. Podría decirte que eres único, que has destacado entre toda esta masa de borregos inútiles que se arrodillan ante las palabras de ese Dios inventado, pero no tengo necesidad de mentir. Eres vulgar y corriente, y tu maldad es vulgar y corriente. Eres una mula de carga que sueña convertirse en corcel de batalla mientras acarrea sacos de tierra de aquí para allá. No siento lástima por la muchacha que has convertido en tu esposa, esa con la que has empezado a practicar tus artes perversas, porque la piedad no es un defecto que se me pueda atribuir. Tampoco me importa en absoluto si te entretienes con chiquillos, o acaso con cadáveres. Crees que puedes invocar al Diablo para pedirle deseos como si esto fuera un cuento. Querido, yo soy lo más parecido al Diablo que vas a tener delante, y no me apetece en absoluto complacerte.

Sentí que la sangre huía de mi rostro, que un temblor súbito amenazaba con iniciarse en las yemas de mis dedos y ascenderme por el brazo izquierdo. Utilicé toda mi voluntad para mantenerme estoico, para impedir que sus palabras transmutaran un ápice mi expresión.

— Qué pobre opinión tenéis de mí, mi Señora. Así, ¿cómo vamos a negociar, si no mostráis el más mínimo respeto por este pobre mensajero?

— ¿Negociar? —la risa de Jeanne fue hermosa, fue terrible. Era un sonido impropio de este mundo, demasiado bello, pero también horriblemente aciago—. Doy gracias de no haber apelado tampoco a tu inteligencia, De Rais. Si estás aquí, más allá del hecho de que seas un espía francamente inútil de los Cautos, es porque tu visión me resulta agradable. Y temo que voy a verte mucho próximamente, ¿no es cierto? Así que, si voy a tener que soportar tu presencia revoloteando a mi alrededor, al menos que sea para algo de provecho.

Se apartó de mí con cierta elegancia, aunque no pude obviar esa cadencia extraña, esa rigidez de su cuerpo que te hace comprender que poco o nada queda de humano en ella. Puso la copa en manos de Marie, que la recibió con el mismo fervor que si le hubieran entregado el cáliz de la sagrada comunión, para acercarse a un elaborado secreter sobre el que apoyó sus manos suaves, delicadas.

— Quiero enseñarte algo, De Rais. Algo que estoy segura de que complacerá a tus amos. 

Obedecí a su llamado movido por mi propia curiosidad más que por la lealtad que le debo a Alester y los Cautos. Hay algo en ella, en Jeanne, que rezuma peligro, que hace que todo tu cuerpo se ponga alerta, pero a la vez esa misma aura te atrapa y te fascina, como el veneno de una araña que te va enredando poco a poco en una tela de la que no se puede escapar. Y eso me sucedió al acercarme al secreter: mientras ella giraba la llave para abrirlo comprendí que no deseaba ver lo que esa criatura atesoraba ahí dentro, que nada bueno podía salir de haber captado el interés de la muchacha. Pero era demasiado tarde: por más que ordené a mis músculos alejarse de ella no me moví ni un milímetro. En ese momento me di cuenta de que me había asomado demasiado al abismo, y ya no había más opción que caer.

El ídolo estaba hecho pedazos. No sé si Jeanne había utilizado un martillo o lo había hecho con sus propias manos, pero los fragmentos destrozados rodaron hasta la gruesa alfombra que cubría los aposentos reales tan rápido que no pude hacerme ni una idea vaga de qué aspecto podría haber tenido antes de ser mutilado. El cristal me absorbió: su resplandor escarlata inundó la estancia como un sol en miniatura. Ese brillo hizo que el rostro de Jeanne pareciera más etéreo y, si eso fuera posible, más cruel. Me sonrió con un oscuro deje de dulzura antes de continuar su discurso:

— Es un regalo de su alteza D'Anjou. No te puedes imaginar lo difícil que ha sido para ella encontrarlo, y lo muchísimo que me complace que al final lo haya logrado. Porque si algo he aprendido en este tiempo, mi querido De Rais, es que no hay nada más terrible que la soledad... Y eso lo sabe bien nuestra dulce Marie, nuestra malquerida reina. Pero ahora yo estoy aquí para ella...— Apartó el rostro unos segundos, como si cavilara algo—. ¿Sabes lo que es este cristal, esta gema? Una cárcel, una prisión capaz de contener a una criatura con tanto poder casi como tengo yo. Estoy segura de que los Cautos estarían deseando poner sus sucios dedos sobre uno de estos tanto como anhelan capturarme a mí. 

— Sin duda se trata de una reliquia de gran valor —logré susurrar, mientras sentía el sudor que empapaba mi blusa. Quería girarme, buscar a Marie D'Anjou con la mirada, pues el no poder ubicarla en el cuarto me ponía aún más nervioso. Por supuesto, estaba paralizado.

— Por la frialdad de las estrellas, De Rais, qué aburrido que eres. Pero, aun así, ¿cómo es lo que dijo ese Dios vuestro? No es bueno que el hombre esté solo… Algo así, creo recordar.

Noté la mano de Jeanne sujetando mi nuca segundos antes de que hiciera que mi cráneo impactase contra la madera del secreter. Caí al suelo con la sien sangrando, incapaz de recomponer los instantes que me habían hecho llegar hasta allí. Sé que si lo hubiera deseado podría haber reventado mi cabeza contra el suelo con la misma facilidad con la que se aplasta un insecto. Las manos de la reina sostuvieron las mías con una presa feroz y me colocó boca arriba; en su rostro adiviné el mismo amor demencial que su esposo profesaba hacia la pequeña Jeanne. Tuve un segundo de lucidez en el que me pregunté por qué demonios hay personas tan predispuestas a adorar lo oscuro, lo maldito. Antes de que pudiera proferir siquiera un gemido de dolor Jeanne se había subido a horcajadas encima de mí; con su mano izquierda sostenía el cristal, que parecía palpitar al mismo son enloquecido que mi propio corazón

— Verás, De Rais, necesito alguien de confianza. Alguien que comprenda la magnitud de todo lo que vosotros solo percibís como vorágine, alguien con una mente capaz de compartir conmigo su resonancia. Pero ese alguien necesita un cuerpo que poseer, materia que le dé forma para poder alimentarse. Y ahí es donde entras tú... Vamos a hacer algo de provecho con esa cara tan perfecta que los hados te han dado.

Me sujetó la barbilla con la mano que tenía libre y tiró; sentí cómo mi mandíbula se desencajaba, como la piel se rasgaba, y a pesar de ello no pude gritar. Luego colocó el cristal entre mis dientes y empujó, empujó con violencia para hacerlo descender por mi garganta mientras yo percibía mi tráquea desgarrarse, mi esófago ensangrentarse, cómo mis pulmones se iban encharcando, robándole espacio al poco aire que quedaba en ellos. Solo paró cuando esa piedra iridiscente quedó alojada en algún lugar de mi pecho. Si el dolor no me hizo enloquecer entonces, creo que ya no hay nada sobre la tierra que pueda conseguirlo.

Después, con agilidad, Jeanne se alzó hasta quedar erguida junto a mí. Había expectación en sus ojos de pesadilla, quizás incluso cierta excitación cuando apoyó sobre mi esternón su pie descalzo.

— Despierta, Ghabrael.

Apretó, dejando caer todo su peso sobre mi cuerpo, y escuché las costillas quebrarse, convertirse en astillas mientras el cristal se reducía a polvo en mi interior. Vi estrellas rojas apagarse en un agujero que se tragaba a su paso toda la luz, vi relámpagos que atravesaban el firmamento de punta a punta durante milenios que se sucedían como segundos, vi las llamas que todo lo habían creado consumir una tierra tras otra, vi los reinos de los hombres cristalizar en un crepúsculo de oscuridad y sangre. Me inundó el sabor a hiel de mis propias vísceras, me asfixió la desesperación de saber que estaba muriendo. Y entonces, de nuevo, encontré sus ojos infinitos. Y la odié tanto... Y la amé tanto...

 

He despertado semanas después de aquella noche en mis aposentos sin saber cómo he llegado aquí. He buscado en el espejo las señales que mi cuerpo debería presentar si acaso lo que acabo de escribir sobre estas líneas fuera cierto, y no encuentro el menor indicio de que Jeanne me haya puesto una mano encima. Me aterra pensar que he perdido la memoria casi tanto como la posibilidad de que lo vivido no haya sido más que una extraña ensoñación. Sin embargo, pese a lo que me dicta la razón, solo existe la posibilidad de que lo que ha sucedido sea real. No tengo pruebas, pero no las necesito.

 

Lo siento ahí, agazapado en la profundidad de mi mente, arañándome con su incertidumbre detrás de los ojos.

 

Ya nunca volveré a estar solo. 

 


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