Forum

Avisos
Borrar todo

El León la Grulla y el Escorpión

Página 1 / 2

Learntofly
(@learntofly)
Estimado Acólito
Registrado: hace 10 meses
Respuestas: 159
Iniciador de tema  
Carta de Haxamanis a Morgana, ambos brujos del linaje de los merlínidos, grupo secreto que opera a la sombra de los Wicca de la Bretaña francesa.
 
Querida Morgana:
 
Lee esta carta con el mayor cuidado, y destrúyela. Nada ha de quedar por escrito ni caer en manos de nuestros enemigos, que son muchos y están cerca. Quizás algún día, pronto, espero, cuando hayamos recuperado nuestras capacidades mentales, podamos prescindir de estos vehículos tan ordinarios. Te relato, a continuación, cómo empezó todo y quiénes son nuestros padres primitivos.

"En algún momento del reinado de Ciro II, el aqueménida, nacen tres niños. El primero se llama Kolia, un hijo de las Tierras Tenebrosas de Gog y Magog, que crece y se educa entre los persas; de espíritu independiente y alegre, solo desea montar a caballo, probar su puntería con las flechas y mirar a las chicas. La segunda se llama Zhishú, hija ilegítima de un noble, en el amanecer de la China Imperial en tiempos de los Reinos Combatientes. Abandonada por su madre en las manos de una lavandera que, a su vez, la abandonó para que muriese en el curso del arroyo, tributario del río Wei, en el que lavaba. De temperamento apacible y sereno, guarda dentro de sí profundas capacidades que serán una guía en su azarosa vida. El tercero se llama Munda, el cazador de alimañas. Sin familia, ancestros, ni tribu conocidos y silencioso como los seres que domina, posee una piel de color bronce y los ojos azul oscuro más extraños y magnéticos del reino de Magadha. El control que ejerce sobre los animales más odiados por los hombres no se extiende a sí mismo, hasta que descubre que, en realidad, no desea tener poder sobre ninguna criatura.

Quizás otros niños más débiles se conformarían con escuchar en boca de otros los cuentos que narran las hazañas de los héroes, pero Kolia, Zhishú y Munda son los protagonistas indiscutibles de sus propias vidas. El recuerdo de su valor al perseguir sin descanso sus sueños de libertad, transmitido oralmente durante generaciones, encenderá un día la chispa de la lucha de la humanidad por su libertad muchos siglos más tarde.

Esta historia tiene lugar en una de las líneas temporales paralelas originadas por la onda expansiva de la destrucción del colosal y hermoso quinto planeta de nuestro Sistema Solar, como consecuencia de las Guerras del Antiguo Imperio de Lyra. Las vidas y hechos de estos tres personajes tendrán una relevancia capital millones de años después de la trágica catástrofe y serán los líderes de la última y trascendental batalla de la humanidad contra nuestros milenarios enemigos".

Ellos viven, Morgana, todavía están entre nosotros, en uno de esos reinos de los que se habla, escondido entre los velos de las realidades y protegidos por las Tres Ancianas. Debemos encontrarlos, pues son la fuente original de nuestra orden y poseen los cristales MEH (Memorias Eternas Holográficas). sé que tú y yo hemos discutido sobre este asunto antes, y que tenemos opiniones opuestas en cuanto a la existencia de los MEH y sobre su utilidad y uso. Por mi parte creo que deberíamos tener uno en nuestras manos para poder reiniciar nuestras capacidades ancestrales y sé que tú opinas que debemos hacer cuanto podamos por recordar todos los conocimientos de manera orgánica, sin ninguna ayuda, y aprender algunas habilidades nuevas al calor de nuestros anfitriones. A pesar de nuestras diferencias, deseo proponerte que me acompañes en el viaje hasta las puertas del Inframundo en el que, ahora lo sé, viven nuestros tres antepasados. Te propongo que viajemos hasta las entrañas de las montañas Altai, en el Asia Central. Creo que si bien es posible que no hallemos nada allí, el viaje nos puede reportar sabiduría y los nuevos conocimientos que tú, querida amiga, tanto anhelas.
 
Espero tu mirlo con impaciencia.
Este tema fue modificado hace 4 meses 3 veces por Learntofly

cuervos le gustó
Citar
Etiqueta de Temas
Learntofly
(@learntofly)
Estimado Acólito
Registrado: hace 10 meses
Respuestas: 159
Iniciador de tema  

Querido Haxamanis,

Cada vez me duele más tener que matar a los mirlos mensajeros, ya no quedan tantos. Detesto que no hayamos sido capaces de recuperar la comunicación mental como hacían nuestros ancestros. Deseo tanto como tú que la humanidad recupere su poder, que nuestra mente entre en el Reino del Conocimiento Silencioso, no solo la mía o la tuya, sino la de todos, para romper el hechizo, el techo de cristal que nos mantiene en esta cueva rebosante de monstruos. Es gracioso cómo unas pocas palabras puedan describir tan bien nuestros orígenes, por qué nos dividimos en tres clanes con los nombres de esos animales que identifican a nuestros maestros primigenios. Sé que todo esto está escondido en nuestro ofiuro, en las partes más pequeñas que nos componen, y que estas se igualan a la inmensidad que nos rodea en que concentran todo poder y toda luz. Somos la esencia del Universo, semillas diminutas de conciencia espolvoreadas al azar que han sido metidas en un frasco como luciérnagas. Es muy probable que tengas razón y que debamos agitar nuestros cuerpos para reactivar la serpiente del conocimiento. Permanecer a la espera nunca trajo nada bueno salvo unas grandes posaderas. Acepto tu invitación, saldré de Rosnoën hacia Pont de Buis, te espero en nuestra taberna favorita el octavo plenilunio. Te esperaré dos lunas, si no llegas para entonces, empezaré mi camino hacia las tierras de Gog y Magog. No mates al mirlo, dile que me busque, desconozco si habrá mirlos educados en la palabra allá donde vayamos. Nos arriesgaremos a que nos descubran los Cautos.

Hasta pronto, querido amigo.

Morgana

Esta publicación ha sido modificada el hace 4 meses 2 veces por Learntofly

ResponderCitar
Learntofly
(@learntofly)
Estimado Acólito
Registrado: hace 10 meses
Respuestas: 159
Iniciador de tema  

En la ciudad oculta que algunos llaman Shambalá, se está librando una guerra. Los linajes del León y el Escorpión luchan contra el Enkidu, cargo con que es nombrado el gobernador de esta tierra. Buscan hacerse con el poder místico que otorgan los libros sagrados MEH y la corona de siete puntas. Desde tiempos inmemoriales se ha dicho: "Como es arriba, es abajo", sin saber muy bien a qué se hace referencia. La correspondencia entre los mundos es absoluta pues, arriba, en la tierra donde viven los hombres, hay otra guerra que se disputa por idénticos motivos. Todo está oscuro, sin embargo, para los combatientes, pues hace mucho tiempo que los los cristales sagrados, la corona de siete puntas y el oro blanco que da la inmortalidad, han sido llevados a los abismos oceánicos. Allí aguardan su suerte y su destino. Morgana, arriba, y Grulla en Sambalá, intuyen la verdad: que los objetos por los que se lucha solo son símbolos de tal poder, y que todo conocimiento y poder están dentro de uno mismo. Allí donde lo escondieron los dioses cuando advirtieron la potencialidad del Hombre y se la arrebataron.


ResponderCitar
Learntofly
(@learntofly)
Estimado Acólito
Registrado: hace 10 meses
Respuestas: 159
Iniciador de tema  

Querido Haxamanis, gracias por devolverme el mirlo y por tu mensaje. Sé que arriesgamos mucho, que nuestra discreción debe ser máxima porque cualquiera puede ser uno de los Cautos: la gente que tiene miedo. Si lo que dice nuestro Libro es cierto, se acercan tiempos terribles para nosotros: los druidas, los magos y los brujos seremos perseguidos y exterminados de las más horribles maneras. Ojalá podamos conjurar ese mal que nos acecha.

Te previne de intervenir en los acontecimientos de Domrémi. Ahora ya no hay vuelta atrás. Quisiste ver con tus propios ojos a la entidad que se le aparecía a la pequeña Juana. ¡Querías ver a San Miguel! Querías saber que no somos los únicos que podemos actuar en los planos sutiles y has acabado encerrado como un genio en la botella. San Miguel no se le apareció a Juana, fuiste tú. La pobre Juana te vio a ti y te preguntó tu nombre. Y tu, inconsciente amigo mío, viendo que allí no había nadie más y que la niña te miraba con arrobo, le dijiste que te llamabas San Miguel, para que así la historia escrita en nuestro Libro resultase cierta. ¿Qué haremos ahora? ¿Deberíamos seguir el guion del libro y aparecernos de nuevo a la pequeña Juana para empujarla a su fatal destino en la hoguera, a Francia a su unidad, a Castilla a conquistar las tierras de allende el océano y a toda Europa a una cruel y mortífera caza de brujas? O, ¿debemos dejarlo aquí y no volver a visitar a la pequeña Juana y dejarla vivir su vida tranquilamente? Tú decides, amigo.

Tenemos el libro y nos faltan la espada y el cáliz. Sabes que para mí no son nada, peor que eso, son trampas que nos distraen de lo esencial: el conocimiento, el poder y la vida eterna están dentro de nosotros, no me cansaré de repetírtelo. Pero te debo respeto y lealtad, y confío en ti y en nuestro lema: El Valor, la Verdad y la Virtud nos acompañan.

Seguiré mi camino como teníamos previsto. Siempre hacia el este, hacia las montañas de Asia para conocer a nuestros progenitores y ancestros.

Espero tu mirlo con ansiedad.

Morgana

Esta publicación ha sido modificada el hace 3 meses 2 veces por Learntofly

ResponderCitar
JohnClare
(@johnclare)
Acólito Activo
Registrado: hace 2 meses
Respuestas: 12
 

Mi querido Phillipe:

Sé que hace meses que no te escribo, pero tengo el corazón inquieto. Espero que puedas perdonar a tu hermana, que hoy se esfuerza por garabatear estas letras en busca del consuelo que solo un sacerdote puede proporcionar. Trataré de ser breve, pues el papel y la tinta son un lujo que apenas nos podemos permitir. Ojalá que tus conocimientos y fe basten para aliviar la desdicha que se ha cernido sobre mi familia.

Hace ya siete noches que mi pequeña Jeanne afirma que ha visto a San Miguel, que se apareció ante ella y le habló, llevándole palabras pronunciadas por el mismo Dios. Al principio no le dimos demasiada importancia; bien sabes tú las fantasías que los niños de estas edades pueden llegar a elaborar. Pero es tan insistente, y sus dulces ojos brillan de una manera tan extraña… como si hubieran visto más allá de las estrellas. Cada vez que me habla del arcángel hace que me estremezca, que se me erice la piel. Hace dos días que Jacques fue a pedir ayuda al párroco local, que nos concedió una breve entrevista. Y fue entonces cuando comenzó nuestra pesadilla.

El párroco le preguntó por San Miguel, esperando tal vez que le hablara de piel de alabastro y dorada cabellera, de alas de plumas níveas y de un aura poderosa. Pero la criatura que Jeanne describe solo puede tratarse de un demonio, Phillipe, un demonio que ha venido a llevarse el alma de mi hija. Nos describe sus afiladas garras, su carne macilenta, sus ojos abisales y sus dientes pútridos, con tanta maravilla como si en verdad hubiera contemplado un milagro. Dice que le tocó la frente, hermano mío, y que sintió un ardor que la recorría como si nuestro Señor hubiera besado su piel. ¿Cómo puede fingir algo semejante una niña tan pequeña? Cuando escuchamos las recomendaciones de nuestro párroco para terminar con las visiones de Jeanne huimos aterrorizados de la sacristía. Ni mi esposo y yo tenemos la firmeza que hace falta ni el valor necesario… que Dios nos asista.

Aun con todo, aunque seamos débiles de espíritu, no podemos seguir ignorándolo más tiempo. No mientras la piel de Jeanne se cae en tiras secas como la de una serpiente, revelando esos extraños símbolos en su espalda. Ella afirma que ha de ser la que empuñe la espada, la que porte la corona de siete puntas en su frente. ¿Ves lo que te digo? Siete puntas, como siete son los pecados. Necesitamos tu ayuda, Phillipe. Necesitamos que vengas cuanto antes.

 

 

 

En el año 1420 de Nuestro Señor, tu hermana que te ama.

 

 

Isabelle


Alegorn y Learntofly les gustó
ResponderCitar
Learntofly
(@learntofly)
Estimado Acólito
Registrado: hace 10 meses
Respuestas: 159
Iniciador de tema  

@johnclare ¡Qué maravilla! Gracias por este post.


ResponderCitar
JohnClare
(@johnclare)
Acólito Activo
Registrado: hace 2 meses
Respuestas: 12
 

@learntofly A tí, querida, por alimentar e inspirar Lo Terrible.


Learntofly le gustó
ResponderCitar
Learntofly
(@learntofly)
Estimado Acólito
Registrado: hace 10 meses
Respuestas: 159
Iniciador de tema  

@johnclare. Muchas gracias por escribir en este hilo, espero estar a la altura.


ResponderCitar
Learntofly
(@learntofly)
Estimado Acólito
Registrado: hace 10 meses
Respuestas: 159
Iniciador de tema  

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana, la muerte corporal,

de la cual ningún hombre vivo puede escapar.

¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!

Bienaventurados los que encontrará en tu santí­sima voluntad,

pues la muerte segunda no les hará mal.

Francisco de Asís, del “Cántico de las criaturas”

 

Queridísima Isabelle:

¡Que Dios nos asista! Qué espantosas noticias me haces llegar, y cuánto me gustaría poder ofrecerte algún consuelo. Bien sabes que no fue precisamente mi vocación la que me llevó a convertirme en monje. Que nuestro padre ―que Dios tenga en su gloria―, solo hizo con nosotros lo que es costumbre hacer: a ti te casó con tu esposo, y a mí, por ser el segundo varón, ordenó mi ingreso en la Abadía de Fontenay. Sabes que he tratado de encontrar la fe durante estos años, y que me rebelé contra su mandato huyendo a Umbría, buscando la benéfica sombra de Francisco, donde encontré finalmente el consuelo y la paz que buscaba. Te recuerdo estas cosas porque debo pedirte algo de suma importancia. Debes esconder las visiones de Jeanne, sobre todo de los curas y los monjes. Me saben amargas estas palabras, pero tendrás que ser muy cauta si has de escribirme otra vez. Hazme llegar tus mensajes a la Posada de “Mamá Oca”, allí tengo amigos. La dueña me tiene confianza pues cambiamos los excedentes de la huerta por productos, como la sal, que ella puede conseguir y nosotros no podemos sacar de la tierra. Mi advertencia no es gratuita, Isabelle. Desde hace meses, hemos sido infiltrados por ‘Los Hombres Cautos’ ―una hermandad secreta―. Nos obligan a hacer cosas por las que nos hemos ganado el tormento en vida y el Infierno tras la muerte. Los Cautos nacieron en Scotia y son una rama demoníaca de la Casa Bolton. Buscan algo que tú has puesto ante mis ojos: quieren a Jeanne, tu hija. Y desean encontrarla con tanta intensidad y de forma tan brutal que me estremezco. Las celdas de nuestros sótanos se han convertido en mazmorras. Aquí traen a las niñas de los alrededores y las torturan horriblemente buscando a la que llaman ‘La Corona de Siete Puntas’. Les arrancan la piel, Isabelle, empezando por la espalda, donde dicen está dibujado el mapa para encontrar el Cáliz. En sus contubernios de beodos hablan entre sí burlándose de nosotros. Dicen que el cráneo de Francisco, nuestro patrón, es el cáliz que buscan. Poco les importa lo que podamos hacer unos pobres frailes; se saben poderosos y fuertes porque van ganando la guerra.

Ni los ejércitos, ni la religión podrán hacer nada por tu hija. El único consejo que puedo darte es que busques a Morgana. Tiene fama de bruja y sanadora, pero si le insinúas este asunto como si hablases de un sueño, quizá pueda ofrecerte una salida. Te mantendré al tanto de cualquier novedad en cuanto pueda volver a la posada.

En el año de Nuestro Señor de 1420, tu hermano, que te quiere,

Phillipe


JohnClare le gustó
ResponderCitar
JohnClare
(@johnclare)
Acólito Activo
Registrado: hace 2 meses
Respuestas: 12
 

Mi venerada maestra:

 

Recibí vuestro mirlo con la advertencia y partí tan deprisa como mis gastados huesos permitieron, aunque suscribo que la premura no fue suficiente. Temo que ya podemos hacer elucubraciones con bastante fundamento del por qué Haxamanis no respondía a ninguna de vuestras últimas misivas… y me atrevo a afirmar que terminó por encontrar a la entidad que estaba buscando. Pero no adelantemos acontecimientos. Seré breve, pues como vos siempre afirmáis, el tiempo discurre en nuestra contra.

La noche en que llegué a Domrémy debió de estar marcada por el destino, pues si hubiera tardado media jornada más es probable que los malditos Cautos se me hubieran adelantado. Pero allí estaba, la destartalada morada de los D’Arc, rezumando humildad y miseria. Sin embargo, el silencio que arrastraba la brisa de otoño caló en mi determinación. Carezco de vuestro conocimiento, de vuestros dones, pero hasta un apóstata como yo podía entrever que la oscuridad se había aferrado con garras tenaces a los tablones de madera con la desesperación de un mal hongo.

La puerta entreabierta permitió que el hedor de la muerte abofeteara mi nariz. Entré, sosteniendo en alto el farol que me había alumbrado en mi peregrinaje, para encontrar los bártulos de un modesto equipaje a medio empacar, empapados en sangre viscosa, que ya llevaría varios días coagulándose en hilos negros sobre la tela y los alimentos. Todo estaba teñido de ese color parduzco, impregnado del perfume férrico y seco de los cadáveres sangrantes. No os describiré con más detalle los cuerpos de los que supongo padres de la muchacha, maestra, no por afectar a vuestra sensibilidad sino por contener mis nervios para seguir escribiendo. Solo diré que los horrores que un día perpetré en nombre de la Inquisición parecen leves faltas si los comparo con el estado del hombre y la mujer que yacían inflados sobre la alfombra de arpillera. Y ahí estaba ella, en medio, con el rostro sucio de sangre y hollín, con el torso descubierto lleno de escarificaciones que se enredaban en unas y otras como una sinuosa tela de araña, brillante escarlata sobre su piel pálida y núbil. Y debo confesar, Morgana, que cuando me miró con esos hermosos ojos castaños, supe con toda certeza que ella lo había hecho, que ella había causado tan terrible masacre.

Pese a ello, aun conociendo el horror que había nacido en sus manos, mi corazón se estremeció de amor, de compasión, ante aquella niña ahora huérfana, cuyas delicadas facciones parecían guardar todos los secretos del inframundo. No pude hacerlo, maestra, no pude cumplir con mi cometido, y os ruego perdón por ello. Pero la saqué de allí, para llevarla lejos, para ponerla a salvo de los Cautos y de todo aquel que quiera destruirla. Por eso no os revelaré mi paradero por el momento, hasta que vuestra clarividencia os haga comprender que necesitamos a Jeanne para encontrar los objetos, para salir victoriosos en esta guerra que trasciende lo humano. Os suplico que sepáis disculpar la arrogancia de este viejo aprendiz. Prometo volver a ponerme en contacto con vos en cuanto la chiquilla y yo estemos en un lugar seguro.

Con toda mi fervorosa admiración

 

                                                                               Guillaume Van Hove

 

 

PS: La criatura la acompaña todo el tiempo, y aunque mis ojos mortales no pueden verla, adivino su silueta rodeándola en lo profundo de la noche, dibujando con sus garras sobre la carne de Jeanne. Desconozco su naturaleza, desconozco sus intenciones, pero a veces me siento tentado de rezar para que su aliento infecto no susurre en el oído de la muchacha que me dé el mismo destino que recibieron sus padres.


Alegorn y Learntofly les gustó
ResponderCitar
JohnClare
(@johnclare)
Acólito Activo
Registrado: hace 2 meses
Respuestas: 12
 

Vendrás conmigo, dulce doncella,
Di que vendrás conmigo
A los profundos valles de la sombra,
Donde brilla la oscuridad de las estrellas;
Donde el camino pierde su rumbo,
Donde el sol se olvida del día,
Donde la luz es siempre sombría,
Vendrás conmigo, dulce doncella.

An Invite to Eternity, John Clare (1841)

Del diario de Guillaume Van Hove

 

3 de Diciembre del año 1424 .

 

 

Ahorro mi aliento para derramar sobre estas páginas los últimos resquicios de vida que me quedan, buscando una oportunidad desesperada para resarcirme de mi arrogancia. Me atreví a soñar que podía manejarla, que podía plegar a la niña Jeane a mi voluntad para servirme del poder de la criatura que la ronda. Qué loco fui. Qué insensato. Pequé de la misma vanidad que ostentan nuestros enemigos. Pero espero que estas letras, emborronadas por mi mano temblorosa, puedan llevar mi advertencia más allá de este páramo solitario, donde alguien comprenda las terribles verdades que guardan. Cómo os echo de menos, maestra, Morgana… Cuánto me arrepiento ahora de haberos traicionado…

 

Las señales eran más que evidentes, aunque yo no quise verlas. Jeanne era dócil, agradable, algo tímida y obediente. Una niña educada con humildad, cierto, pero virtuosa a todas luces. Huimos hacia Flandes, buscando un lugar tan alejado de los Cautos como de mi maestra para poder estudiar el fenómeno en profundidad. El viaje fue tedioso, pues avanzábamos con lentitud para evitar caminos y poblaciones donde alguien pudiera reconocerla, o más bien reparar en los símbolos que comenzaban a asomar en sus manos, por debajo de las mangas del vestido o en el cuello. Tuvimos suerte de que su rostro no se viera afectado por las macabras caricias de su guardián, que poco a poco se hacía más patente ante mis gastados ojos; durante el día Jeanne era una chiquilla normal, pero cuando las estrellas se alzaban sobre nosotros caía en el hechizo del arcángel impostor, y más de una vez la sorprendí susurrando a la oscuridad. Ese recuerdo aún me eriza el vello.

 

Llegamos, más o menos a salvo, hasta una cabaña de pastores aislada en las montañas, que no me costó demasiado adquirir. Ella no parecía afectada por la pérdida de sus padres; sin embargo, mi cordura se resentía un poco más por cada noche que pasaba alerta, escrutando las sombras. Utilicé la manida técnica de los conventos y monasterios para apartarla de sus tentaciones: le asignaba tareas tediosas, como ocuparse del huerto o de los quehaceres domésticos, para mantener su moral quebrada y su cuerpo doblegado a la fatiga, para limitar las conversaciones nocturnas con San Miguel, por mucho que no pudiera evitar que sus brazos la rodearan en la madrugada. Así estuvimos seis meses, o quizás más, manteniendo a raya a la lóbrega presencia cuyos ojos centelleantes me asaltaban de cuando en cuando en mis pesadillas.

 

Tardé mucho en darme cuenta de que los glifos en la piel de la pequeña no eran un capricho aleatorio, sino que guardaban cierta relación, cierta geometría. Ella, con la carencia de pudor que solo puede tener un niño, me permitía examinar bajo la luz dorada del sol las costras, que curiosamente jamás se infectaron, sino que conformaban un tatuaje perfecto, ejecutado con la precisión de un arquitecto. Había símbolos en latín, aunque las frases que se formaban no tenían significado alguno; también algo de griego, creo, y algún lenguaje que queda lejos de mi escaso conocimiento de letras. Y luego aparecieron patrones puntiformes, constelaciones y espirales, arcos y signos que no tengo palabras para describir. Sé que los Cautos buscaban un mapa en ella porque mi maestra así me lo dijo, pero aquel esquema demencial no podía señalar un punto sobre la tierra. Cuando le pregunté a Jeanne si San Miguel le había dicho qué eran aquellos signos solo me respondió: “Es la puerta que se abre para el portador de la Espada, señor. El camino que he de seguir para empuñarla. Y Él me dará la llave para abrirla… cuando llegue el momento”

 

Me obsesioné hasta tal punto con aquella puerta que casi me olvidé por completo de la entidad. Si lograba abrirla, si conseguía hallar la manera de llegar hasta ese plano preternatural del que la chiquilla murmuraba en sueños, podría alcanzar uno de los objetos sagrados que Morgana tanto codiciaba: la Espada. Y tal vez si la ponía en sus hermosas manos pudiera perdonar el haber desobedecido su mandato, aunque mi lado más sensato me advertía de la terrible equivocación que podría suponer traer a este mundo un objeto que los Cautos buscaban sin descanso. Quizás por eso, porque estaba ahogado en la soberbia, no me di cuenta de la sangre seca bajo las uñas de Jeanne, de sus largas ausencias en las noches sin luna, de sus prolongadas catatonias bajo la luz fría de las estrellas, a la intemperie pese a la nieve o la lluvia. Lo que si advertí fue que, tras un largo año en la compañía de San Miguel, el mapa había sido completado: la sombra había desaparecido, ya no rondaba a la muchacha. Fue demasiado tarde cuando percibí que desde entonces se hallaba en el fondo de sus ojos.

 

El sacerdote que un día fui no hubiera vacilado en practicar un exorcismo, tan cruento y prolongado como hubiera sido necesario para salvar el alma de Jeanne. Pero el hombre nuevo, el aprendiz de Morgana, sabía que no había nada que rescatar: solo quedaba el cascarón de la niña, y lo que se agazapaba en su interior no se rendiría ante ningún crucifijo. Fui más pragmático: le corté el cabello sobre la frente para disimular las diminutas protuberancias que comenzaban a despuntar sobre su cráneo; cuando aún me dejaba tocarla llegué a contar cinco, aunque no me cabe la menor duda de que llegarán a ser siete... Esa maldita corona... Jeane había dejado de ser niña, pero tampoco era mujer; la cosa en la que se había convertido quebraba mi voz únicamente con su presencia, solo con la mirada de aquellos ojos empañados de tinieblas.  Sé que ha permanecido junto a mí todo este tiempo para torturarme, para hacerme partícipe de su horror mientras alcanza su última forma, mientras reúne lo necesario para conseguir la Espada. Y sonríe condescendiente cuando ve mis garabatos y anotaciones, todo el trabajo de estos años, todos mis esfuerzos por expiar el terrible pecado que cometí al dejarla con vida.

 

Hoy, tres de diciembre, no hay luna. La he seguido hasta la aldea porque no puedo soportar más la incertidumbre. Se pasea por sus calles como un ángel de la muerte, acariciando con las manos desnudas las paredes de piedra y madera para elegir sobre qué morada descenderá el horror. Y entonces entra, arrancando la puerta con una fuerza que ningún hombre podría ostentar. Escucho los llantos, los lamentos, las súplicas. Puedo adivinar por los sollozos que me llegan que no es la primera vez que San Miguel castiga a estas pobres gentes. Y luego vienen los sonidos: golpes, jadeos, llantos. Adivino sus dedos, pequeños y suaves, desgarrando la piel, alcanzando los órganos aún humeantes para llevárselos a la boca. Jeanne, San Miguel, lo que quiera que sea ahora... se está alimentando. Ignoro con qué fin. Me duele el pecho, el brazo me hormiguea y apenas puedo respirar. No sé siquiera si esta parte será legible. Dejaré el diario en las alforjas de alguno de los mercaderes con la esperanza de que no sea sepultado en la nieve, pues contiene al detalle todas mis averiguaciones. A mí de poco me sirve ya el papel…

 

Hoy he visto el rostro de la muerte. Llevo cuatro años besando su frente cuando la arropo por las noches. 

 

Escucho sus pasos gráciles crujir sobre el hielo en mi dirección. 

 

Perdóname Morgana.

 
 

 

Esta publicación ha sido modificada el hace 2 meses por JohnClare

Alegorn y Learntofly les gustó
ResponderCitar
Learntofly
(@learntofly)
Estimado Acólito
Registrado: hace 10 meses
Respuestas: 159
Iniciador de tema  
Haxamanis se reunió con Morgana en la posada del “Bosque Oscuro”. Se quedaron un tiempo afuera, sentados en el banco de piedra adosado a la fachada, bajo las macetas de flores que bordeaban el cartel que identificaba el lugar. Esperaron a que se vaciase el patio trasero que habían reservado, con su fuente de chorros y las mesas bajo la sombra de jazmines y parras. Una moza les sirvió cerveza y asado de jabalí, que degustaron tranquilamente, tras lo cual, entraron en materia.
 
Hablaron en voz baja, escondiendo las palabras tras el cantar del agua, conscientes de que podría haber oídos atentos en las habitaciones del primer piso. Se informaron mutuamente de la falta de noticias del monje que Morgana envió con Jeanne, de todo cuanto sabían de la “Hermandad de los Hombres Cautos”. De los desmanes y la arbitrariedad de sus juicios, de que tenían cada vez más adeptos, de cómo se infiltraban en las órdenes religiosas y en los gobiernos... Los Cautos habían demostrado ser bastante crueles, tanto como los Perros de Dios, que tan duramente se empleaban, llegando a unos extremos espeluznantes. Pero había una cuestión que igualaba a inquisidores y cautos: el acoso a los magos y las brujas. Se contaron que el grupo de los Wicca, el hogar que los había acogido durante tantos años, también había sido infectado: habían saltado las trampas que les habían puesto descubriendo que estaba plagado de traidores.
 
Hicieron planes para continuar su viaje a oriente y obtener los objetos sagrados. Decidieron que Haxamanis no se mostraría una segunda vez como el arcángel Miguel a Jeanne, sabían que esta decisión cambiaría el destino de Francia para siempre y que el libro quedaría sin su vigencia profética. A partir de ese momento deberían superar los escollos que surgieran sin su apoyo y sabrían tanto del futuro como cualquiera. No contaron con el advenimiento de los Infiernos que es decisión traería a este malvado mundo, pero esa es otra historia… El plan que pergeñaron estaba bien elaborado y era prolijo en detalles. Dejaron rastros y pistas por todas partes: mensajes grabados en mirlos, señales en los hitos de los caminos, símbolos grabados en las lápidas de los cementerios y tallados en las cortezas de los árboles, historias mnemotécnicas contadas en los retablos de las iglesias y catedrales, artificios escondidos en lugares cuyas señales solo ellos sabrían leer y muchas otras cosas. Morgana le dio a Haxamanis un último procedimiento para completar el plan. Un sistema para recordar que se guardaba en la memoria corporal, de modo que, si todo lo demás fallaba, su saber estaría en el lugar más seguro posible: dentro de sí e inaccesible a sus enemigos. Consistía en realizar unos movimientos muy precisos, una danza acompañada de una forma singular de respirar, que abría las puertas del Palacio de los Recuerdos. Con ese nombre lo nombró al crearlo y así se lo trasladó a su amigo.
 
***
 
Despertó de forma abrupta y su cuerpo se incorporó como activado por un resorte. Pocas veces las imágenes de sus sueños habían sido tan claras y tan cercanas al despertar, tanto que aún podía tocarlas con la punta de sus dedos. Se levantó del lecho dispuesta a acometer un día más en el comercio de telas. Pasó el día pensando en el sueño. Recordaba el olor a jazmines, la vaga idea de una conversación sobre un viaje a oriente, de hablar de cementerios, de cruces en los caminos y de viejos robles en los bosques de Bretaña. Imaginó que había soñado más veces con esos lugares y que por eso le eran tan familiares. Pero, además de la preocupación de que se repitiese un sueño que no lograba entender, debía tener cuidado de no revelar a nadie su contenido. Así de violentos se habían vuelto los reformistas luteranos, los católicos del Imperio y los innumerables cismas y sectas, con respecto a cualquier cosa relacionada con lo sobrenatural. La caza de brujas estaba en pleno apogeo y el brutal acoso estaba segando tantas vidas como la peste; sino más. Además, la guerra contra los ingleses iba mal, demasiado mal, y Morgana temía añadir más preocupaciones a su familia. Pero el sueño le había dejado la sensación de estar embotellada, como si su cuerpo fuera demasiado estrecho al volver de sus viajes por el mundo inorgánico. Sentía también que le habían cercenado una parte de su ser, esa en la que residían los recuerdos.
 
Pasó el día en la tienda de la Grande Rue de Saint Denis con la cabeza en otra parte. Se veía viajando a oriente para adquirir las sedas y brocados más finos. Quizás―se dijo―, el hombre del sueño fuera un oriental que tenía tratos con su esposo, algún comerciante de telas. Al volver a casa subió enseguida a su habitación y se dirigió al balconcillo donde guardaba sus más preciados tesoros: el caballito-balancín azul de su infancia y el puñal con el escudo de armas que sustrajo de las posesiones de padre y que ninguno de sus hermanos había echado de menos. Estalló en llanto al llegar a las puertas acristaladas de su salita y vio en ella unos pesados cortinajes de flores, una mesita redonda vestida con un mantel blanco y un juego de té de plata primorosamente dispuesto, pero ni rastro de los amados objetos que recordaba.
 
Le plantó cara a su esposo e interrogó al personal del servicio. Nadie sabía nada de aquellas cosas y la miraban como si se hubiera vuelto loca. Volvió humillada a su habitación y llorando sobre la cama se quedó dormida. Su sueño fue extraordinariamente vívido por segunda vez en un día. En él aparecía el hombre de la noche anterior señalándole un ave, una grulla blanca que ejecutaba unos extraños movimientos. El hombre la animaba a imitar la coreografía y Morgana cedió. La tercera vez que repitió la rutina entró en un sueño dentro del sueño con plena conciencia de sí misma.
 
Allí estaba Haxamanis, allí estaba el caballito, y allí estaba la daga… ¡Diablos!
Esta publicación ha sido modificada el hace 2 meses 3 veces por Learntofly

Alegorn le gustó
ResponderCitar
Learntofly
(@learntofly)
Estimado Acólito
Registrado: hace 10 meses
Respuestas: 159
Iniciador de tema  

El carro forma parte de la caravana que viaja desde la ciudad de Burgos, en Castilla, hasta Amberes, en Flandes. La Ruta de la Lana recorre Europa llevando los finos paños elaborados con lana de excelente calidad de las merinas castellanas. Gullaume Van Hove, ha tirado dentro de uno de estos carros su diario, esperando que el Destino lo ponga en manos de Morgana. Por ahora el diario está a salvo, pues los arrieros saben poco de letras, (lo justo para que no les engañen en sus transacciones) y no están interesados en leer cosa alguna en su tiempo de descanso. Jonás, el arriero, ha visto un libro en su revisión diaria de la carga y lo ha guardado en el arcón más cercano pensado que es un libro común de cuentas.

 

Del diario de Guillaume Van Hove.

 

En abril del año de nuestro señor 1404.

A mi salvadora, Morgana.

¡Cómo atreverme a pronunciar tu nombre, a expresar los profundos sentimientos que embisten ferozmente mi corazón, a mi alma, perturbados por tu belleza! Ningún mirlo podría arrostrar tanto ardor. Caería fulminado por el peso de la tristeza que me provoca ser incapaz de pagarte tantos cuidados y sabiduría.

Eres una niña para mí, Morgana, pero salvaste mi vida. Cometeré un segundo pecado y desobedeceré tu orden de no dejar nada por escrito. A este menester dedico gran parte del tiempo que no paso con los Wicca; con Haxamanis y contigo.  Ya te he contado muchas cosas, te he abierto mi corazón en mayor medida en que lo hice con mis hermanos templarios. Esta es una herida que jamás sanará, ambos lo sabemos. Debo establecer unas bases para mi nueva vida, construir unos cimientos y asentar firme el suelo sobre el que pisar, y para ello, necesito confesar los graves pecados y traiciones que he cometido.

He merecido la muerte que me quisieron dar mis hermanos de la Orden del Temple. He odiado siempre los secretos pues pudren el corazón de los hombres más puros y honestos. Pero no fui tan loco como para entrar en el juego del poder, nada revelé a nadie, salvo a ti, y una vez que mis hermanos me dieran muerte, esa muerte que tú espantaste con tu mano cual sombra evanescente. Entiendo que al intentar darme muerte perdieron toda ascendencia sobre mi persona y cualquier cosa que posea, incluidos mis conocimientos de las artes oscuras que practican en secreto.

Desde la muerte de Molay nos vimos obligados a escondernos. El grueso del tesoro, nuestros libros, alquimias y riquezas han sido trasladados a una isla allende el océano Atlántico, a la que bautizamos Oak Island, pues allí plantamos los robles que solo crecen en Bretaña como señal. Tuvimos que trasladar nuestros tesoros cual ladrones, amparados en la noche, escondiéndonos en los bordes de los caminos como los vulgares asaltantes de los que antes os protegíamos. Tantas y tantas cosas hicimos en nombre de Dios que Él aborrecería... Tantas mentiras, tantas magias y conocimientos obliterados de los libros…

Pero he de contarte algo, Morgana. Sé dónde fue forjada la espada que buscáis con ahínco. Siendo muy joven, en el primer año que pasé con mis hermanos, escondidos bajo un nombre falso, viajamos a Tierra Santa para recibir la iniciación en la esplanada de las mezquitas. Allí están enterrados los restos del meteorito, hermano del que se encuentra en la Kaaba que nuestros enemigos protegen tan bien. Con el material de la roca del cielo se forjó una espada, la espada que buscas. En mi iniciación me fue revelado que este objeto sagrado será clave para iniciar El Fin de los Tiempos, pero que nosotros podríamos evitar esta calamidad siempre y cuando seamos capaces de impedir que El Escorpión ponga sus manos sobre ella. La espada fue rota por el contacto de otra similar en dureza, en una lejana batalla ocurrida hace mil años en Oriente Medio, en el antiguo reino de Samarcanda. Sabemos también que de sus restos fue forjada una daga, pero desconocemos su paradero actual. Esto es cuanto sé de la espada y te prometo que dedicaré el tiempo de vida que me resta a su búsqueda. Será un pobre pago por haberme devuelto la vida; una vida a tu lado.

Te pido perdón por este pecado, que lleva implícitos el arrepentimiento y el castigo.

Que Dios te acompañe, Morgana.

Tu humilde servidor,

Guillaume Von Hove

 

 


JohnClare le gustó
ResponderCitar
JohnClare
(@johnclare)
Acólito Activo
Registrado: hace 2 meses
Respuestas: 12
 
Carta de la Abadesa de Charlieu al Obispo de Loira. 
 
 
27 de Septiembre del año 1425 de Nuestro Señor.
 
 
Perdóneme, padre, porque he pecado. Y mi pecado es, por necesidad, mortal, pues he visto mi Fe trastrabillar de tal forma que no puedo decidir si es más terrible considerar que mis ojos me han engañado o que toda la vida que he dedicado a Dios ha sido en vano. Anhelo con todo el corazón creer que me hago vieja, que mi mente ya no es la que era o que incluso una terrible enfermedad degenera mi razón irreversiblemente, pero sé que esta dura prueba es real, porque el hedor corrupto que anoche asoló mi convento sigue impregnando hábitos, sábanas, tapices y cortinajes. La sangre de mis hermanas bañará las baldosas de la capilla para siempre, por mucho que las novicias restrieguen con esparto y jabón. La pila de agua bendita quedará teñida en mi memoria, y cada vez que me santigüe en ella lo estaré haciendo con ellas, con las muchachas que un día oraron a mi lado, bajo mi protección. Permitidme, señoría, poner algo de orden a mi relato. Os suplico que no dudéis de mi palabra, que me ayudéis a entender esta dura prueba que Dios me ha enviado, pues temo no ser suficientemente fuerte para soportarlo.
 
- ¿Qué demonios ha sido eso?
 
Annet se sacudió las sábanas, alertada, con el pulso bailoteando en sus sienes mientras el muchacho, aún adormilado, apenas atinaba a apartar el brazo con el que la había rodeado. El golpe había sido contundente, casi como un trueno, pero la brisa fresca de finales de otoño que se colaba a través del ventanuco de su celda hizo que la abadesa descartara una tormenta. Buscó el hábito a tientas, con la destreza que concede la práctica, mientras los pasos acelerados de las otras monjas del convento de Charlieu resonaban en el pasillo, al otro lado de la vencida puerta de madera.
 
- ¿Abadesa?
 
La voz de la hermana Charlotte le llegó somnolienta, pero aun así pudo leer el miedo en ella. Abrió, con el cabello rubio todavía revuelto. No le preocupaba airear sus pequeños secretos: había salvado la vida de la mayor parte de las adeptas: hijas repudiadas, viudas, mujeres abandonadas a la enfermedad o la guerra, huérfanas, e incluso alguna joven noble que había cometido un acto deshonroso a los ojos de su familia. Sabía que todas le eran leales. Además, Annet se decía que había pecados mucho peores que permitir que un muchachito ardoroso le calentara el jergón, y estaba segura de que Dios opinaba de igual manera. En tiempos como aquellos, nadie debería sentirse culpable por buscar un poco de afecto. 
 
- Ya voy, Charlotte.
 
- Hay jinetes a las puertas del convento, Abadesa.
 
- ¿Jinetes? -Annet se estiró el pelo con una mano, recolocándolo bajo el velo-. ¿Llevan estandarte británico?
 
- No llevan estandarte alguno, señora.
 
Annet frunció el ceño y recogió el hábito en los puños para no tropezar por las escaleras, mientras una azorada Charlotte hacía lo posible por seguirle el paso mientras balbuceaba algo sobre enviar un mensajero que diera la voz de alarma en Loira. La Abadesa, ignorando deliberadamente el parloteo incesante de la mujer, que tenía el rostro congestionado por el esfuerzo, no tardó en alcanzar la entrada principal del convento de Charlieu; el portón estaba abierto, y la noche clara le llevó una imagen que hizo que su corazón se saltase unos cuantos latidos, petrificado por el espanto.
La luna iluminaba con su resplandor argénteo la tez pálida, convirtiéndola en alabastro. La mujer, a lomos de un enorme caballo azabache, era todo nácar y acero; vestía una coraza herrumbrosa, abollada en algunas partes, que cubría un torso menudo de hombros estrechos. Tras ella ondeaba una capa plomiza, jirones arrastrados por el viento, que le daban el aire etéreo de una aparición. No había yelmo que ocultara su rostro, aniñado todavía: el cabello oscuro le caía sobre la frente en mechones suaves, que enmarcaban unos ojos castaños en los que Annet pudo adivinar sin mucho esfuerzo la misma boca del Infierno. Había algo antinatural en su postura orgullosa, como si ese cuerpo hubiera perdido la elasticidad de lo vivo. La Abadesa se estremeció, atrapada por su presencia, y reparó después en que la muchacha no estaba sola: otros cuatro jinetes, igual de desharrapados que ella, la seguían a una distancia prudencial.
 
Hubo un instante, ínfimo y a la vez eterno, en el que Annet dudó. Una parte de ella quería huir, esconderse entre las sábanas como cuando tenía pesadillas de niña, abrazarse al hijo del curtidor y suplicar que la protegiera de los monstruos. Su otra mitad la instaba a rezar todo lo que sabía, a llorar a Dios para que el sufrimiento fuera leve, para que se la llevara la primera de modo que no tuviera que contemplar el destino aciago que se cernía sobre sus hermanas, sobre sus chiquillas. Pues era evidente que aquellos desconocidos no eran amigos de Francia; probablemente, ni siquiera lo fueran de los hombres.
 
- A la capilla- alcanzó a susurrar, sujetando por el brazo a una gimoteante Charlotte con dedos férreos-. Que todas se refugien en la capilla, ya. Y tú, sube a mis aposentos y dile al imbécil de René que busque ayuda en Loira.
 
El caos se desató incluso antes de que la mujer azuzara el caballo hacia el convento. Las hermanas, jóvenes y viejas, comenzaron una estampida por los pasillos, descalzas y a medio vestir. Si habitualmente la voz de Annet era ley, aquella noche más que nunca; tuvo que luchar para no ser arrollada por aquellas a las que llevaba media vida protegiendo. La capilla, su orgullo personal, coronada por un retablo del siglo XII que mostraba diversas escenas de la vida de Jesús, acogió silenciosa a todas las almas que habían logrado alcanzar sus puertas: las novicias más jóvenes, las hermanas más ágiles y, por supuesto, Annet. Atrancaron las puertas con varios bancos de madera maciza, que tuvieron que levantar entre varias. La Abadesa buscó con la mirada a Charlotte, preguntándose si habría logrado alcanzar al muchacho. Sería hermoso decir que el amor que sentía hacia el hijo del curtidor oprimía tenaz su corazón, pero en realidad solo el miedo, pesado como una losa, le impedía respirar. No estaba lista aún para reunirse con el Creador. Y mucho menos a manos de aquel horror impío.
 
Al principio, solo el murmullo de la plegaria desesperada se abría paso entre las gruesas columnas, resonando en la piedra, rebotando en la bóveda de crucería del techo, acariciando el altar, aquella roca antigua, maciza y con apenas formas, que había sido traída desde Tierra Santa como un regalo del obispado para el convento de benedictinas. Pero después comenzaron a llegar gemidos ahogados desde el otro lado de las puertas, acompañados por el crujir de huesos, el estrépito de los candelabros repiqueteando en las baldosas y aquellos gañidos brutales, primitivos, que arrastraban un hambre voraz.
 
El golpe contra la puerta de madera agrietó ambas hojas; las oraciones se quebraron en sollozos y gritos de pavor. Annet quiso llamar al orden, rogarles que mostraran un poco de dignidad, pero la voz se había atascado en su garganta, y tampoco se sentía muy orgullosa del reguero caliente que corría por su pierna. El segundo impacto hizo estallar una lluvia de astillas; la Abadesa alcanzó a atisbar los ojos castaños de la mujer, impasibles, implacables, a través de una de las grietas. Con el tercer empellón de la muchacha la desastrosa barricada voló por los aires, alcanzando a una de sus protegidas, apenas una niña, que cayó inconsciente a pocos metros de Annet. Aunque sabía que debía ayudarla, aunque la poca razón que le restaba gritaba con furia para que reaccionara, Annet retrocedió unos cuantos pasos hacia el altar. La joven de la armadura oxidada avanzó, acompañada de su séquito; en una de las manos arrastraba el cuerpo flácido de Charlotte, que arrojó a los pies de las hermanas en un sangriento ultimátum.
 
- Quiero la Espada.
 
Su voz fue cálida, apacible, casi dulce. Los quejidos se ahogaron en un silencio de sepulcro. Annet alzó el mentón, desafiante, reuniendo en la boca del estómago el escaso valor que aún poseía.
 
- No sé de qué me habláis, mi señora.
 
 
Y en verdad así era, Excelencia: no sé qué quería de nosotras aquella mujer, aquella heredera del Maligno. Alzó a la hermana Jacqueline en volandas, con una sola mano, y aplastó su cráneo contra una de las columnas con la misma facilidad que si se tratara de una nuez. En mis pesadillas, sus dientes aún rebotan por el suelo hasta mis pies. Luego bramó algo en una lengua oscura, y sus heraldos se lanzaron sobre nosotras como aves de rapiña, alimentándose de ellas, de mis niñas, de mis protegidas. Me agazapé bajo la pila bautismal, aferrada a su pie de granito mientras la sangre de mis hermanas se mezclaba con su agua y salpicaba mi rostro, impedida, incapaz de hacer nada. Y desde allí, conteniendo las arcadas que me producían las vértebras desparramadas por el suelo y los amasijos de carne y vísceras en los que ya era imposible reconocer una figura humana, contemplé cómo esa mujer avanzaba hacia el altar, ajena a la vorágine que la rodeaba, o tal vez satisfecha por ella. Y de sus manos, que ella misma rajó con los dientes, manó una sustancia negra, como brea, que se coló en las grietas que el tiempo había dibujado sobre la piedra. Juro por todo lo que un día fue sagrado que yo no sabía que guardaba aquella reliquia, aquel extraño crucifijo de obsidiana, que parecía más un objeto pagano que algo digno de ser guardado en una iglesia. Ella la alzó en su puño, victoriosa, como si blandiera la empuñadura de una hoja invisible. Entonces nuestras miradas se cruzaron de nuevo, Padre, y leí tantas cosas en ella...
 
Perdóneme, porque he pecado.
 
Porque no puedo seguir creyendo en un Dios que permite que tal horror se abra paso a través de su Creación...
 
Porque no quiero vivir en los tiempos que están por venir...
 
Porque no puedo enfrentar el futuro que nos deparan esos ojos.
 
 
Esta carta fue encontrada en los aposentos de la Abadesa del convento benedictino de Charlieu el 13 de Octubre de 1425, empapada en la sangre de Annet Durand, que estaba a su cargo, y que se quitó la vida sobre ella. Jamás fue enviada, y por supuesto, jamás llegó a manos del Obispo de Loira. Ojalá haya encontrado la paz que su torturado espíritu buscó en aquél viejo abrecartas
Esta publicación ha sido modificada el hace 2 meses 2 veces por JohnClare

Learntofly le gustó
ResponderCitar
Learntofly
(@learntofly)
Estimado Acólito
Registrado: hace 10 meses
Respuestas: 159
Iniciador de tema  

"En esto consiste la sabiduría: el que tenga entendimiento, calcule el número

de la bestia, pues es número de un ser humano: seiscientos sesenta y seis."

(Apocalipsis 13:18)

 

Del diario de Guillaume Van Hove.

 

Otoño del año de Nuestro Señor de 1404.

 

Querida maestra:

Te agradezco que me hayas enseñado las prácticas del Palacio de la Memoria, pues está siendo muy útil para sanar los traumas de mi pasado. Hoy, mientras practicaba este arte, he recordado una leyenda ―que nos fue leída mientras comíamos, una costumbre que imitamos de otras órdenes religiosas―, que está incluida en uno de nuestros libros secretos. Transcribo lo más fielmente posible cuanto recuerdo de aquella lectura.

«El arcángel Rafael se le apareció a Catriona. Una joven que iba a casarse con el único heredero de la Casa Bolton y que vivía con su familia en una aldea al noreste de las Lowlands. En el lugar donde se forma el cuello de botella entre el río Clyde, el bosque y el pantano de Hogganfield. Corría el año 999 y las más diversas diputas sucedían en el seno de la Iglesia a causa de la segunda venida de Jesús. Este mismo año, en Roma, el Papa Silvestre II ―después de hacer un pacto con Satanás―, empezó a tener tratos íntimos con un súcubo, que le había sido otorgado como guardián por el mismo Diablo.

»Rafael ayudó a Catriona a realizar multitud de milagros. Predicó la palabra de Dios y favoreció a las gentes de la zona, que obtuvieron hijos sanos, la lluvia deseada, abundantes cosechas y un ganado prolífico. Nunca antes se había visto cosa parecida. Allí adonde iba Catriona era bienvenida. Y se decía que la acompañaba una luz y que exhalaba un suave perfume de flores. Rafael le preguntó un día a la muchacha si se entregaría a él en cuerpo y alma, y ella, encantada de ser el instrumento de tantos prodigios, accedió. Por un breve tiempo siguió realizando milagros de amor y de luz, pero quienes la conocían, detectaron unos hábitos inusuales de lo más extraño. Catriona dejó de predicar, descuidaba su higiene y su aspecto decayó rápidamente. También comenzó a desaparecer de su lecho en plena noche. Sus padres y hermanos se quedaban haciendo guardia, pero siempre les vencía el sueño, aunque se quedasen por parejas para despertarse unos a otros en caso necesario. Los animales la rehuían y las enfermedades hicieron presa en las gentes de los alrededores. Pero nadie se atrevió a llamarla bruja porque recordaban el bien que les había hecho anteriormente.

»Catriona quedó en cinta. Su vientre se abultó sin que nadie supiera de relación sexual alguna, ya que nunca tuvo ocasión, y siempre estaba rodeada de gente, salvo cuando desparecía horas enteras por las noches. A consecuencia de esto, el heredero de los Bolton la repudió antes de casarse. Fue expulsada de los alrededores por el tribunal eclesiástico constituido ex profeso, pero no se atrevieron a condenarla a muerte. Temían una venganza mística del ser que la poseía, pues los miedos tienen profundas raíces en el ánimo de la gente.

»Marchó sola hacia el bosque. Allí se refugió en una cueva que encontró vacía. Un día, mientras buscaba bayas para comer, encontró una corza recién parida. Su vientre se hinchó de forma abrupta, mientras unas manos diminutas se transparentaban a través de la piel tensa tratando de aferrar al cervatillo. Una descarga de sangre se agolpó en su cabeza y, con una avidez inusitada, Catriona se abalanzó al cuello del cervato y lo mató machacando a dentelladas la yugular. Catriona llevó a la corza y al cervatillo a la cueva y se alimentó del cervato y de la leche de la cierva hasta el momento del parto. El primer día bebió la sangre fresca, el segundo día comió sus vísceras, varios días le duró la carne, y cuando le llegó el turno a los huesos, los royó con deleite hasta que hizo sangrar su propia boca. Al nacer el niño ―mucho antes de lo que cualquier niño lo haya hecho―, pasó a devorar a la cierva, en el mismo orden en que lo hiciera con el cervatillo: sangre, vísceras, carne y huesos. Mientras ella consumía al animal, su hijo se alimentaba de su pecho. De él manaba un líquido grisáceo salpicado de borbotones de gusanos y pupas de moscas. Aquel líquido infecto era la delicia del recién nacido. En diciembre de aquel año 999, llegando la fecha del cambio de milenio, el niño ya no era tal, y había consumido totalmente el cuerpo de su madre. Catriona yacía recostada contra la pared de la cueva como una momia egipcia: piel y huesos envueltos en los restos destrozados de su ropa. Su hijo aparentaba la edad de su madre al momento de morir. Era un joven apuesto que llegó a las tierras de los Bolton matando a cualquiera que obstruyera su camino o se opusiera a su voluntad. Arrebató la baronía y el apellido al heredero legítimo de los Bolton y medró como el cuco en el nido ajeno.

»Nadie bautizó al hijo de Catriona, lo llamaban el Innombrable y a él parecía agradarle. Se sabe que los verdaderos progenitores del Innombrable son el arcángel Rafael y la súcubo-guardián del Papa Silvestre. La unión de estos seres, usando los cuerpos del Papa y Catriona, dio como resultado el nacimiento del ser que fundó La Hermandad de los Hombres Cautos. Se hicieron llamar así por el miedo que les provocaba el demonio al que servían, sirven y les da órdenes. Se dice que el Innombrable todavía vive en los subterráneos del castillo del Barón, alimentándose de criaturas recién nacidas ―humanas y animales―, que le son servidas por los cautos, pues él ya no puede salir a la luz del día.

Esta es la leyenda, y es muy probable que contenga algo de verdad, pues es cierto que los Cautos existen y que se expanden decididos por Bretaña. Nuestros hermanos escoceses del temple ―quienes lucharon en la primera cruzada pocos años más tarde―, recogieron esta leyenda de las bocas de los testigos que presenciaron algunos de estos hechos.

Espero que este conocimiento te sirva algún día, amadísima Morgana.

Tu humilde servidor,

Guillaume Van Hove

 

Esta publicación ha sido modificada el hace 1 mes 3 veces por Learntofly

Alegorn le gustó
ResponderCitar
Página 1 / 2
Compartir: