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El legado de Loew

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CafeSolo
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Praga tiene muchas calles cuya belleza está a niveles difícilmente comparables con otros lugares del mundo. No porque esté a un nivel superior, simplemente posee unas características tan propias que no he encontrado otro lugar como aquél. La capital de la magia me gusta llamarla. Rabís, magos, alquimistas y toda clase de estudiosos que exploran las fronteras de la realidad se han arremolinado en aquél lugar durante siglos.

Su reloj astronómico, es el mejor ejemplo de lo que hablo. Construido en 1410, sigue dando la hora con una exactitud difícil de explicar. Protegido por sus cuatro guardianes, el filósofo, el arcángel, el astrónomo y el cronista, permanece impasible a los años que con tanta precisión sigue marcando.

Cerca de la pared sur de la Ciudad Vieja donde se encuentra, se pueden encontrar multitud de tiendas de suvenires donde puedes encontrar reproducciones a pequeña escala del reloj, chocolates varios y postales para enviar o regalar. Pero si escarbas un poco más, puedes llegar a encontrar tiendas muy peculiares, con artículos de recuerdo aún más peculiares.

Decidí entrar en una de esas tiendas. Era pequeña y con una decoración muy cargada. El lugar estaba iluminado por un conjunto de lámparas cuyas bombillas parecían doblarme fácilmente la edad. A los lados de la estrecha tienda se podía encontrar multitud de tés, chocolates por supuesto, y pequeños adornos, algunos de ellos muñecos que representaban los denominados “heykal”. Hombrecillos de los bosques típicos del folclore checo.

Entre los recuerdos me llamó la atención un conjunto de faltriqueras hechas de cuero que había a un lado de la tienda. Precisamente su discreción fue lo que más me llamó la atención. Eran perfectas para guardar el cargador del móvil, y sobre todo, sería un recuerdo que podría llegar a utilizar a diario. Me decidí a comprar una.

La dependienta era una mujer adulta pero no de avanzada edad con una expresión risueña en la cara. Muy amablemente la mujer envolvió el recuerdo, me entregó la vuelta de la cantidad que le había dado para pagar la faltriquera y simplemente asintió a modo de darme las gracias. No debía hablar inglés.

Tras la compra y cenar bien por los alrededores, decidí volver al hotel después del largo día.

No tardé mucho en irme a la cama directamente dispuesto a caer en brazos de Morfeo.  Acomodé las cosas, puse a cargar el teléfono, y dejé la faltriquera justo al lado para guardar las cosas al día siguiente.

En el silencio de la habitación empecé a escuchar ruidos provenientes de alguna otra habitación del hotel. Una fiesta. La música alta, y el murmullo de las conversaciones impedían que fuera capaz de traspasar el velo entre este mundo y el otro. En ese momento decidí intentar no darle importancia, y me enfoqué en dormir. Al día siguiente mi avión salía y debía estar fresco para no llegar tarde al aeropuerto. Silencio, solamente pensaba en el silencio. Quieto, sobrio y serio silencio. Y el silencio hizo acto de presencia como un manto grueso y opaco que oculta la luz.

No estoy seguro de si en aquél momento aquella sensación fue producto del cansancio, o de si todo fue producto de la casualidad. Pero disfruté aquellos instantes como nunca antes, un silencio negro, y profundo que lo envolvía todo. Un silencio con el que era capaz de escuchar mi propio corazón latiendo y la sangre corriendo a través de mis venas. Lo agradecí, inconsciente de los oscuros acontecimientos que estarían a punto de acompañarme, cruzando el umbral con la llave de plata en la mano.


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CafeSolo
(@cafesolo)
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Nota al narrador: Loew es una germanización de un nombre hebreo. Una aproximación de la pronunciación es "Loeh".  

 

Desperté sobresaltado por una sensación angustiosa de caída al vacío al día siguiente. Me senté en la cama y me palpé la cara. Me sentía embotado. Había algo extraño en el ambiente. Seguía sin escuchar nada. Era inquietante. Por un instante pensé que era problema mío. Tal vez alguna clase de sordera pasajera o quizás un daño más severo en el oído. Abrí y cerré la mandíbula con fuerza con la esperanza de recolocar de alguna manera mi oído y que aquello pasara. Nada más que silencio, oscuro, grueso y opaco.

Tomé el móvil que estaba en la mesilla donde lo había dejado anoche. Eran las nueve y media de la mañana y mi vuelo salía en apenas una hora. No tenía tiempo para aquello. Me vestí lo más rápido que pude, alisté mi móvil, tomé la faltriquera e introduje el cargador en su interior. Salí del hotel y tomé un taxi.

- Hacia el aeropuerto por favor. Lo más rápido que pueda. – dije como pude con urgencia vocalizando aún inquieto por la sensación de sordera.
- Buenos días. Claro por supuesto. – contestó el taxista de manera seca pero cortés poniéndose de inmediato en marcha.

Respiré hondamente y me recliné sobre el asiento mirando por la ventanilla, intentando no agobiarme por la hora que era. Había sido capaz de escuchar al taxista. Un nudo en el estómago mezcla de los nervios por el vuelo y el pensamiento de que podría haber perdido la capacidad de oír me presionaba el estómago.

Llegué a tiempo al avión. Eran ya las once menos cuarto y regresaba a Madrid. Aproveché el viaje para revisar las fotos que había hecho durante el viaje. Muchas de ellas podría reciclarlas para el trabajo y ganaría algunas horas libres con ello al llegar a casa. No me había dado tiempo a desayunar nada y decidí tomar algo. Un café sólo y un par de tostadas, suficiente para saciar el hambre y de paso matar un poco el rato hasta que llegara a mi destino. Todo volvía a su cauce normal.

A mi izquierda, en la otra fila de asientos que estaba más allá del pasillo del avión había un hombre de espesa barba rubia y canosa que parecía enfocar su atención en la bandeja de comida que estaba disfrutando. Vestía de negro, y tenía unas largas patillas rizadas que le colgaban por ambos lados del rostro. Tenía toda la pinta de ser un miembro de la comunidad judía.

- ¿Quiere? – le ofrecí una de las dos tostadas con tomate.
- Son muy típicas y útiles. – respondió.
- ¿Las tostadas? – pregunté extrañado ante la respuesta. No sabía que era algo típico de República Checa.
- No, las bolsitas. Algunas de ellas vienen con instrucciones. – miré mi bandeja. Había dejado la faltriquera con el cargador del móvil al lado y me quedé mirándola unos instantes.
- Sí, yo la uso para guardar el cargador. Así los cables no se estropean tanto. – el hombre rió sonoramente y se acomodó de nuevo en su asiento mirando por su ventanilla.

Esta publicación ha sido modificada el hace 2 semanas por CafeSolo

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