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EL–HIGOLAN una historia de Sombras de Kadazra.(Recopilación)

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Fasa_Ape
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En condiciones normales, cuando se combate en una zona estrecha, los defensores tienen ventaja, ya que un número reducido, puede contener a una masa mucho mayor. Pero en este caso, los atacantes eran goblins. Allí donde dos humanos entraban hombro con hombro con dificultad, los goblins, gracias a su pequeño tamaño, podían aprovechar mucho mejor el espacio, además, la infantería goblin estaba adiestrada para enfrentarse a enemigos mucho más altos que ellos, podían colarse con facilidad entre las piernas de sus enemigos, ignorando su guardia.

Aquellos goblins, no estaban allí para capturarlos, sino para asesinar a la reina Camelia. En un abrir y cerrar de ojos, el pasadizo era un caos sangriento. Los guardias que cubrían la retaguardia, no podían alcanzar la base de las escaleras, ya que los nobles en pánico trataban de subir. Lo que dejaba el peso del combate a los más cercanos a la entrada.

Un goblin con insignias de teniente se abalanzó sobre ella, blandiendo una cimitarra, lanzo un tajo horizontal que debería haberla partido por la mitad, Berta lo esquivo saltando hacia atrás, hizo una finta hacia la izquierda, el teniente goblin estuvo lento, probablemente por la droga que lo tenía dominado. Berta lo apuñalo, la daga le entro desde el lado izquierdo de la cintura y le salió por la clavícula derecha, inconscientemente, Berta giro la muñeca un cuarto de vuelta para aumentar el daño interno y extrajo el filo de un tirón, justo a tiempo para parar el ataque de otro goblin.

No podía mirar a su alrededor, pero se hacía a la idea de que la situación era desesperada, pudo oír la descarga del cañón de mano de Camelia y otra cosa...

-¡Cielo! ¡Aire!- era la voz de Sity. Al momento, un viento huracanado barrió el pasadizo, Berta se permitió una mirada. Ese asqueroso y gordo humano, hacía girar su pequeño bastón; una de sus puntas se había vuelto incandescente.

El grueso de los goblins, se vio lanzado hacia atrás, algunos terminaron reventados al chocar contra las paredes, pero eso no les detuvo.

Tras verse obligada a parar y esquivar los desordenados ataques de su rival, Berta logro apuñalarlo. Miró a su alrededor, el hechizo de Sity, había conseguido un respiro, pero no duraría. Por lo menos, cuarenta goblins se apiñaban en la entrada. No eran capaces de entrar, ya que intentaban hacerlo todos a la vez.

El pie de la escalera era un gran charco de sangre. Diez goblins estaban allí tirados. Muertos. Entre ellos había cuatro o cinco nobles, los únicos que habían juntado valor para enfrentárseles. Camelia cargaba su cañón de mano, mientras Ulrico intentaba cerrarse una herida en la pierna. Sity hacía girar su bastón, preparando otro hechizo. Que ese condenado humano supiera hacer magia era algo con lo que Berta no contaba.

Vio a Vicentin dándole patadas al teniente que había tumbado antes -¡Deja de hacer el vago y trae aquí a Pedrito!- el niño goblin corrió hacia ella y le entregó al pequeño dragón que llevaba al hombro.

-Creo que ya va siendo hora de que hagas un poco de ejercicio- le dijo señalándole la puerta, por la que los goblins ya entraban en tropel -¡Anda con ellos, Pedrito, anda con ellos!- el pequeño dragón salto al suelo, giro la cabeza, como midiendo la distancia, a continuación, echo la cabeza hacia atrás y escupió un chorro de fuego que cubrió toda la entrada.

Los goblins que se encontraban en primera línea, se carbonizaron al instante, otros se incendiaron y empezaron a correr en todas direcciones. Berta aprovechó la confusión para lanzarse sobre los sobrevivientes, seguida por Ulrico y los guardias que por fin habían llegado al pie de la escalera.

Fue una masacre, los guardias se cebaron con los confusos y desorganizados goblins, todo había terminado tan rápido como empezó.

Berta se movió entre los goblins caídos, buscando alguna cara conocida. Un gemido llamó su atención. Contra el muro del pasillo, un goblin muy chamuscado, se lamentaba patéticamente.

Berta se arrodilló a su lado -Do... ¿Dónde estoy?- gimió el goblin quemado.

-Estás en el semisótano del palacio. Ibais a matar a la reina Camelia, ¿no lo recuerdas?- Berta miró a su congénere con compasión.

-Estábamos en la cubierta del corazón Negro... nos preparábamos para asaltar el palacio... pero los humanos con túnica...- La cara del goblin se tensó, sus ojos se volvieron de un desagradable tono amarillento, estiró las manos y agarró a Berta por el cuello, tratando de estrangularla.

La goblin tuvo un pequeño momento de pánico, antes de apuñalarlo. La presión desapareció -lo siento- siseó Berta, y apartó la vista del goblin muerto. Todo para ver que los nobles ya habían descendido las escaleras y andaban entre los despojos de la batalla, pateando y rematando sin piedad a los moribundos, prácticamente disfrutando de aquello. Aparte de los guardias, solo la reina Camelia, Elric, Sity y la viuda Von Shadow se mantenían al margen.

Berta se puso en pie, viendo el lamentable espectáculo, con una mezcla de pena y asco. ¡Así trataban los humanos a los goblins! Apretó tan fuerte la mano con la que empuñaba la daga, que le empezó a temblar.

De pronto, alguien soltó -¡La goblin nos ha conducido a una trampa!- Los nobles sobrevivientes, que hasta ese momento se habían divertido a costa de los goblins caídos, miraron con desprecio a Berta -¡Savia lo que nos esperaba aquí abajo, por eso nos trajo! ¡Acabemos con ella!- La situación empezaba a ponerse realmente tensa, los nobles querían más sangre goblin y Berta deseaba la de ellos.

-No tenéis lo que hace falta, panda de niñatos mal criados sin pelotas- dijo la pequeña goblin con tono amenazador, mientras hacía un amplio florete frente a ella con su daga, los guardias se pusieron en tensión.

Parecía que la pelea era inevitable, hasta que la reina Camelia se interpuso -¡Vasta ya! No decís más que tonterías. Vuestros prejuicios os están nublando el sentido común. Si queremos salir con vida, debemos colaborar- las palabras de su reina, hicieron que los guardias bajaran las armas. Elric, Sity y la viuda Von shadow se mostraron de acuerdo, pero los nobles seguían pidiendo sangre.

Berta, pateó el suelo mientras le chirriaban los dientes, y tiraba la daga con rabia al suelo -¡NO! ¡¡Ya estoy harta!! Vicentin, recoge, que nos vamos-.

-¡Virreina, tenemos un trato, no puede irse!- Camelia empezaba a estar harta de estar rodeada de críos. Podía esperar esa actitud de la goblin, pero los nobles eran aún peores.

Berta se volvió -Oh, ¡sí que puedo!. Queríais saber si vuestros hijos conspiraban contra vos, y ya lo sabéis. Por mi parte, creo que he cumplido con creces. Me voy de esta apestosa isla y pienso asegurarme de que la flota goblin la machaque hasta hundirla en el mar. Cuando lluevan las bombas, os arrepentiréis de no haber aceptado mi oferta- La goblin echo a andar con decisión, seguida por Vicentin, que cargaba con Pedrito, el dragón férrico miniatura. Al llegar al fondo del pasillo, se dio la vuelta -¡Y no volváis a invitarme a una fiesta!-.

Camelia se quedó mirando cómo la goblin desaparecía al doblar la esquina. Apretó los dientes. Era difícil tratar con ella, pero, aparte de los guardias y Sity, esa pequeña goblin, era la única capaz de defenderse a sí misma y a los demás. Su pérdida disminuía las posibilidades de supervivencia. A su espalda, los nobles volvían a discutir a gritos. Algunos, querían seguir a Berta y matarla, ya que estaban convencidos de que iba a buscar a más goblins que echarles encima.

Una voz grave se elevó por encima de todas las demás -¡DEBERÍA DAROS VERGÜENZA!- era Elric, el representante de la naviera enana -¿Es que no la habéis visto matar a su propia gente por nosotros? Si nos hubiéramos quedado arriba, nos abrían atacado desde la puerta y el pasadizo a la vez, y entonces sí que estaríamos jodidos. ¡ME DAIS ASCO! Me voy con ella-. El enano salió corriendo por el pasillo por el que había desaparecido la goblin.

"Maravilloso" pensó Camelia, "el grupo se está disolviendo, y yo, me estoy quedando con los más tontos". Tras ella, la discusión subió de tono.

++++++

Elric alcanzó a Berta -Espera, me voy contigo- dijo llegando a la altura de la goblin. Berta sonrió y asintió al enano. Este le pasó un brazo sobre el hombro mientras caminaban. Normalmente, no se sentía cómoda con este tipo de contacto físico, pero Berta se sintió reconfortada.

-Las fiestas patronales de Puerto Cervecero son la semana que viene- dijo Berta con voz melosa-. Si salimos de esta, ¿te gustaría venir? Yo no he estado nunca. Me han dicho que antes tiraban un garrapato de la torre más alta, pero las autoridades de El-higolann lo prohibieron por crueldad animal, o no sé qué. Así que ahora, el virrey se sube a la torre más alta y tira piedras... a dar. Si quieres, puedes tirarlas tú, como soy tuerta, no tengo visión de profundidad y me cuesta hacer puntería-.

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Fasa_Ape
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No fue difícil salir del palacio, aparte de un encontronazo esporádico con alguna patrulla, formada por una pareja de cultistas. Todo estaba inquietantemente vacío y silencioso.

A Berta, le resultaba llamativo. ¿Si querían capturar o matar a todos los habitantes del palacio? ¿Por qué no estaba todo a rebosar de grupos armados? Esto no podía ser bueno. Si sus sospechas eran ciertas, los cultistas estaban concentrándose en algo que consideraban más importante, algo que solo causaría más problemas. Pero a Berta, no le podía importar menos. Se sentía muy indignada y ya no le importaba lo más mínimo lo que pasara con Camelia y compañía. Pensaba salir de esa isla, enviar a la flota goblin y prenderle fuego a todo.

Ya en los jardines, se repitió lo mismo. Calma. Si no fuera por los restos de la batalla inicial, nadie diría que allí estaba sucediendo algo fuera de lo normal.

"Mejor" pensó Berta, se lo estaban poniendo fácil, y eso le gustaba. Pensaba relajarse durante el trayecto en barco a Puerto Cervecero, tomarse unas copas con Elric, y tal vez echarle un par de polvos. Al llegar a su destino, se pondría seria, muy seria.

Pero las cosas no son nunca fáciles para un goblin.

La ciudad, estaba desierta, el silencio era absoluto, no se veían señales de combate por ninguna parte, lo que provocaba una sensación realmente inquietante, a pesar del radiante sol.

Berta, que cargaba con Pedrito el dragón férrico miniatura, Elric y Vicentin, apretaron el paso hacia el puerto, se sentían cada vez más agobiados por el silencio, y tenían la desagradable sensación de sentirse observados. Pasaron frente al salón de té, donde Berta pasó la tarde con Margarita apenas un día antes. Estaba cerrado, como si la dueña hubiera salido un momento.

Fue en aquel punto, y gracias a la cercanía al puerto, donde, por fin, pudieron escuchar algo de movimiento, y no era bueno, podían escuchar el restallido de los látigos.

-¿No decías que el puerto era seguro?- Berta miraba a Vicentin con suspicacia.

-Lo era cuando me fui, ¡yo no tengo la culpa de que los humanos estén locos!- explotó Vicentin, que ya estaba bastante harto de correr de aquí para allá todo el día y llegar siempre tarde a todo.

-¡Te estás volviendo muy respondo! Ya hablaremos luego de esto-. Berta nunca había aguantado al niño goblin, y que a sus múltiples y desagradables rasgos se sumara la rebeldía, era algo que no pensaba tolerar -de momento, vas a acercarte al puerto, sin que te vean, y vas a averiguar lo que está pasando. Elric y yo te esperamos aquí- El niño goblin no parecía muy convencido -tomátelo como parte del entrenamiento que te prometí. Y ahora largo. Ah, y si te pillan, no esperes que vaya a salvarte el culo- Vicentin echó a andar hacia el puerto, mientras refunfuñaba.

-¿No as sido un poco dura con él? Lo que va a hacer es peligroso- Elric miraba con preocupación cómo se alejaba Vicentin.

-No te preocupes. Le encanta que le mangoneen y le amenacen. ¿Te apetece tomar algo?- dijo Berta jovialmente, mientras forzaba la puerta de la casa de té -Estoy convencida de que aquí tienen ginebra-.

Media hora después, Vicentin apareció en la puerta de la teteria, se dobló agarrándose las rodillas mientras jadeaba.

-Bueno, ¿qué?- dijo Berta con calma mientras apuraba una pequeña copa de ginebra. En otra situación habría bebido directamente de la botella, pero estaba con Elric y quería parecer fina.

-Los cultistas están en el puerto, están obligando a todo el mundo a cargar cosas en los barcos, todos los barcos- dijo Vicentin mientras trataba de recuperar el aliento.

-¿Cuántos cultistas hay?- Pregunto Berta tranquilamente mientras se servía otra copa.

-No los he contado, pero son pocos, no entiendo por qué los otros humanos se dejan dominar por ellos- Vicentin se acercó a la mesa que ocupaban Berta y Elric, mirando con ansia la botella de ginebra.

-¿Has visto a mi tripulación? ¿Había enanos entre los esclavos?- Elric ayudó al niño goblin a subir a una silla.

-No, allí no había enanos, pero vi un almacén con guardias armados en la puerta. Salían grupos de humanos encadenados, pero no vi que llevaran a nadie allí- Vicentin apoyo el mentón en la mesa y miró con ojitos brillantes la botella de ginebra.

-Si siguen vivos, tu tripulación, probablemente, este en ese almacén- Berta miro al enano -Pues ya tenemos un plan, liberamos a tu tripulación, nos deslizamos hasta tu barco y nos largamos de esta isla mugrosa- Berta se bebió de un trago su copita de ginebra.

-Haces que parezca fácil- Elric no veía muy claro el plan.

-¡Porque es fácil! Lo as hecho bien Vicentin, te puedes tomar un chupito de ginebra, pero rapidito que nos vamos- Berta salto de su silla.

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Higo Chumbo
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Lucrecia abrió los ojos y no vio nada más que oscuridad.  Se encontraba en la cueva  rodeada por obstáculos invisibles ocultos bajo las sombras.

Echó la mirada hacia atrás y observó el área iluminada por el agujero.

Se volvió con disgusto , y con una mano sobre la pared,  anduvo hacia la única referencia que tenia. Notaba las piedras redondas  clavarse bajo sus botas, mientras seguida el camino mental que había trazado.

No sabía cuanto tiempo llevaba atrapada, pero a juzgar por el cambio de la luz, por lo menos 2 horas.

Ya lo había intentado por todos los lados pero siempre surgía algún obstáculo que la obligaba a retrasar a la luz.

«Si me hubiera traído la pipa» no dejaba de reprocharse, «ahora mismo estaría…» no pudo terminar el pensamiento pues un guijarro rebelde se resbaló bajo su bota y la hizo caer de bruces sobre su falda.  —¡Mierda! —exclamó frotándose las rodillas. Tras mitigar un poco el dolor apoyó las manos en el suelo para volver a ponerse en pie. Pero bajo ellas sintió una forma suave y cilíndrica que la resultaba familiar. Lucrecia la agarró y se acercó a la luz con cuidad para ver que era. Su corazón dio un vuelco cuando descubrió la pistola de fuego que le había pasado  Ulrico.

Con un gritó de victoria, mandó a tomar por culo al agujero, sabedora de que había encontrado la llave de su liberación y con un agarre firme empezó a examinar el arma.

Primero frotó el cañón de bronce en busca de cualquier grieta o rotura, pero no encontró nada. Luego amartilló el martillo que se deslizó y dejó al descubierto un trozo de ankar rojo.

Lucrecia no creía su suerte, con suavidad se sentó en el suelo  y rebuscó en sus recuerdos hasta encontrar las lecciones prácticas del maestro markez. La oscuridad se trasformó en un campo recién segado cubierto por los rayos del atardecer. En plena adolescencia, Lucrecia estaba tratando de encender su pipa con un chisquero, hasta que la voz chillona y autoritaria de Markez

—¡Detente Niña! Tanta pipa, tanta pipa te han dejado idiota. No sabe, que la paja se prende con la mirada. La má mínima chispa puede causar una catástrofe. Observa, observa. —Tras esto, el maestro sacó una pistola de fuego de su túnica y acercó el percutor  sobre el rastrojo. Apretó y soltó varías veces hasta que el martillo fracturó el trozo de ankar en su interior liberando una chispa que prendió 4 pajas. Inmediatamente Markez intentó apagarlas a pisotones, pero la llama ya se había propagado hasta formar una línea de fuego que se propagó por todo el rastrojo.

Markez agarró a Lucrecia del hombro y los dos echaron a correr mientras un grupo de  labriegos se aproximaban por el otro lado para tratar de controlar el incendio.

Esta era, en palabras de Markez, la oportunidad perfecta para aprender el uso y funcionamiento de las armas de fuego.

 

—Estas armas, mi niña— exclamó el maestro ya a salvo en su biblioteca

—Son capaces de disparar una bola fe fuego puro.  Los marineros la usan para mandar señales y algunos ejércitos en batallas navales.

Su funcionamiento es muy sencillo:

Tras apretar el gatillo, el martillo accionado por un muelle va hacia adelante, haciendo que un trozo de  ankar rojo golpee el interior del cañón. Este impacto astilla el mineral en diferentes pedazos, prendiendo los  más pequeños en chispas que a su vez, encienden una carga propulsora, normalmente pólvora, que a su vez arrojan y calientas los trozos más grandes de ankar en una bola de fuego. Para ello es preciso haber rellenado una cazoleta con un dedal de pólvora.

Esto es en teoría por su puesto, porque luego la realidad…..

 

Las palabras de Markez se perdieron en un susurro cuando Lucrecia volvió al presente. Bajo la cabeza hacia el arma y abrió la cazoleta que todavía albergaba pólvora.

Sin perder un instante se levantó de un salto, apuntó el arma hacía la oscuridad y apretó el gatillo.

 

Por otro lado, en los pasadizos del Palacio Real.

 

Tras la partida de Berta, Camelia tuvo que reunir a los más notables de su grupo: decidir entre todos una nuevas línea de actuación. Como ninguno se puso de acuerdo decidió optar por La opción mas factible, la propuesta del Duque Tulio, un anciano terrateniente, señor de la flores del Sur. Que sugirió dar la alarma al resto de terratenientes de la isla para que mandasen ayuda.

Sin hacer caso al gentío que lanzaba propuestas absurdas. La reina se retiró a un rincón para pensar, pero seguía sin ver la solución.

 

Camelia se pasó la mano por la cara, y lanzó un largo suspiro. «Sin la ayuda de Berta se me va a hacer muy difícil, y mucho más con esta panda de…» echó una mirada hacia atrás, al espectáculo que se representaba a su espalda:

Varios nobles, discutían a voz en grito el rumbo que debían tomar las cosas, algunos amenazaban a otros con sus floretes creyendo que sus hojalata les darían más razón. Otros permanecían tirados en el suelo, sollozando y lamentándose por la situación en la que estaban. Sity estaba compartiendo su petaca con estos, en un gesto de falsa generosidad para tratar de ganarse su favor, mientras que la viuda Von Schadow la miraba inquisitiva con su ojo de cristal esperando impaciente una resolución.

 

«Debería matarlos a todos.» Pensó Camelia dando un golpe con su bastón. «No solo son un estorbo, si no que son tan idiotas que serían capaces de vender a su madre por continuar con sus patéticas  vidas. Si mi padre siguiera vivo los habría mandado a la mierda … o quizá… habría usado los túneles, los túneles ¡claro!» Entonces una  idea se iluminó en su mente, una idea que podía matar dos pájaros de un tiro: dar la alarma al resto de la isla y a la vez dar un golpe devastador al enemigo.

Su ánimo se turbó al pensar  el precio inmenso que debía de asumir  tanto sentimental como reputacional. Se imaginó las consecuencias que dieron pie dos difíciles preguntas: «¿Estoy preparada para  a sacrificar a millones de almas por recuperar el trono? ¿Estoy preparada para  a castigar a mis hijos con la muerte?»

Tras  hacer un balance rápido de las consecuencias y ganancias del nuevo plan. Fría, impasible y absolutamente práctica llegó a la conclusión de que era  rentable.

Se volvió entonces am hacia sus súbditos y tras tres dar tres toques con el bastón, proclamó con voz seria y fría:

— Ya he tomado una decisión.

Hemos de dar aviso al resto de  Señores de y señoras de las Flores, y para ello, el maestro Friedrich, Ulrico y El Capitan Ulises me escoltarán hasta las cámaras secretas de mi padre.

Vosotros os refugiareis en lo alto del acantilado que da la espalda al castillo.

Un murmullo general se levantó de entre los nobles, pero no hubo ninguna objeción. Todos acataron la orden y avanzaron en fila escoltados por los soldados sin tener ninguno muy claro a lo que se refería Camelia.

 

Fiedeich, se acercó a la reina y tras ajustarse las gafas, exclamó sin ningún decoro: Y que se supone que hay hallaremos en dichas cámaras su Alteza?

 

—El secreto mejor guardado del Reino.— Sentenció Camelia con una mirada sombría que hizo retroceder al mago.

Por otro lado en la cueva oscura.

 

El fogonazo deslumbró por un segundo a Lucrecia. Pero la bola de fuego voló varios segundos antes de morir estampada en un enorme cascote. Esto fue suficiente para que la dama pudiera reconocer dónde se encontraba. Un gran túnel plagado de cascotes y vigas viejísimas, y lo que parecían los restos de un esqueleto ceñido a una bolsa que descansaba a pocos metros a su izquierda. Se acercó a ella gateando y rebuscó hasta encontrar unas barras blandas y largas. Las llevo de vuelta a la Luz y descubrió que eran velas. ¡Por el Leon! Lucrecia, no creía en su  suerte, arranco un trozo de su vestido y lo prendió para encender la mecha. La vela se iluminó con  un brillo tenue revelando una cera ambarina  y marchita que arrojaba un olor horrible.

Y bajo esta nueva  luz se acercó al cadáver para rebuscarlo más a fondo, y encontró bajo sus huesos además de más velas,  un diario que se guardó en un bolsillo. Con todo este nuevo equipo empezó recorrer la oscuridad  en busca de una salida.

 

Tras adentrarse en lo más profundo de la ruina, Lucrecia llegó a una zona más despejada que las otras. Un pasillo con el techo abovedaos sostenido por pilares inmensos, de entre los cuales  asomaban unos grabados increíbles apenas iluminados por unos braseros de ankar. Lucrecia acercó la vela al brasero el cual estalló en una combustión espontánea que se contagió al resto de sus hermanos hasta iluminar toda la sala. Allí Lucrecia pudo admirar mejor cada uno de los grabados, y advertir que al fondo detrás de un pedestal de piedra, se alzaba una escalera. Echó a correr hacia la escalera sin advertir la sombra que se había formado en una de la paredes, y antes de que pusiera un pie en el peldaño, una voz en su mente la aconsejó que no lo hiciera

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Higo Chumbo
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CAP. 2 La Kinaz.

Lucrecia se detuvo un momento y con un rápido movimiento sacó la pistola y empezó a buscar el origen de aquella voz.

—Quien anda ahí. Muéstrate— Ordenó la dama con tono desafiante.

—Hola Criatura... —Aunque lo deseara no podría hacerte daño. 

Lucrecia observó como una sombra estilizada y blanca se formaba en la pared.

 

—¿Quién eres? — preguntó siguiendo la con la mirada.

 

— Mis disculpas criatura, soy una de las últimas Kinaz.

 

—¿Kinaz? —La interrumpió sin decoro y algo impresionada.

—Oh, ya ha pasado tanto tiempo, que nos habéis olvidado?

 

— No me has respondido— inquirió Lucrecia, frunciendo el ceño.

 

— sí, criatura, se lo que piensas, y en efecto.
Soy una de aquellas que narran las leyendas y tango han obsesionado a tu padre. — entonces la sombra alzó los brazos y de sus manos y rostro salieron miles de rayos blancos y negros que viajaron por la pared hasta iluminar toda la sala.

— Contémplame criatura. Contempla a  una de las siete hija de TIBUR, soberano del cielo y herederas de sus dones y sabiduría. Monarcas inmortales, del imperio de Pekino, al que ahora llamáis… ElhigoLan.

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Fasa_Ape
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-¡No estoy de acuerdo!- Elric miraba a Berta con incredulidad -amor mío, sé que sabes luchar, pero lo que quieres hacer es una locura, no puedo permitir que te cueles tú sola en ese almacén, y te enfrentes a quien sabe cuantos cultistas-.

Berta, quería que Elric la aupara a una ventana baja, desde donde se colaría, para, acto seguido, eliminar a los cultistas ella sola. No quería que Elric interviniera. Por muy enano que fuera, era un hombre de negocios, no un guerrero. Además, Berta, no quería que la viera en acción, porque entonces, tendría que dar muchas explicaciones, o matar a Elric, cosa, que no quería tener que hacer.

Se encontraban ocultos, cerca del almacén del que habló Vicentin. Como dijo, había mucho movimiento, allí metían a grupos de personas, mientras otros grupos lo abandonaban cargados de cadenas.

-No necesito matarlos a todos. Si los prisioneros ven a alguien enfrentarse a los que los vigilan, se revelarán. Entonces, aprovechando la confusión, reuniremos a tu gente, nos abriremos paso hasta tu barco y nos largaremos. Es fácil, solo tienes que confiar en mí- Berta no estaba acostumbrada a explicar sus planes y mucho menos a que los pusieran en duda, pero no quería tener una bronca con Elric y mucho menos en ese momento.

El enano, debía compartir ese punto de vista. A pesar de la testarudez típica de su raza, cedió.

-Está bien. Confiaré en ti, pero si pasa algo, entraré a buscarte- se acercó a la ventana y se inclinó con las manos unidas. Berta apoyó un pie en ellas y el enano la impulsó. La goblin llegó al alfeizar con facilidad y se deslizó dentro del edificio.

Se ocultó tras unas cajas y observó. Había bastante gente allí, como sospechaba, solo estaban vigilados por unos seis cultistas, tres de los cuales se encargaban de una pequeña fragua. La utilizaban para engrilletar a los cautivos antes de llevarlos a trabajar al puerto.

Busco a los enanos. Al fondo del almacén, otro grupo de cuatro cultista no les quitaban ojo, al contrario de los humanos, que estaban sueltos, ya que se habían resignado a su destino. Los enanos estaban atados, muchos mostraban signos de haber recibido una buena paliza.

Berta, quería sembrar la confusión, así que no haría esto con sigilo.

De un tirón, rasgó las costuras de los bajos del forro de su falda, encontró un hilo suelto y empezó a tirar. El material era seda de araña negra, fina y resistente, perfecta para lo que quería hacer.

No paró hasta extraer un metro de hilo; después, arrancó unos trozos de tela que enrolló en sus manos, que puso a su espalda y lio los extremos del hilo en ellas. Cuando estuvo preparada, salió de su escondrijo y empezó a andar con calma hacia el cultista más cercano.

-Eh, tú- dijo para atraer su atención y la de los prisioneros.

El guardia se volvió -¿Qué haces aquí, mierdecilla?- echo a correr hacia ella, cuando estuvo más o menos a un metro, se inclinó y estiró las manos para agarrarla.

Berta se impulsó hacia delante, se dejó caer y se deslizó entre las piernas del sorprendido cultista. Una vez sobrepasado, la goblin se puso en pie, se giró y saltó sobre la espalda del humano, levantando los brazos por encima de la cabeza para, continuación, enrollar el fino hilo de seda alrededor de su cuello.

El cultista, intentó librarse de ella, se enderezó, pero eso solo contribuyó a que Berta se quedara colgando de su cuello, aumentando de esta forma la presión. El cultista calló muerto. El hilo, gracias a la fuerza de los brazos, sumada al peso de Berta, prácticamente lo había decapitado.

Los otros sectarios, que presenciaron horrorizados el espectáculo, se lanzaron hacia Berta. Los guardias del fondo, habían dejado de vigilar a los enanos, que, aún maniatados, habían visto su oportunidad.

Berta se liberó del hilo y agarró la porra que el cultista muerto llevaba metida en el cinturón, la hizo girar hábilmente y anduvo tranquilamente hacia el cultista más próximo. Este, llevaba un martillo de fragua en la mano, lo lanzo contra la goblin, que saltó hacia adelante.

En una rápida sucesión, Berta descargo la porra contra la entrepierna del cultista y después a su rodilla izquierda, que crujió satisfactoriamente. El hombre se derrumbó.

Después de esto, el resto de cultistas, titubearon. Al fondo del almacén, los enanos se enfrentaban a patadas y cabezazos con sus captores.

-¿Qué pasa, humanos, estáis acojonados? - gritó Berta, aunque, en realidad, no se dirigía a los sectarios, sino a los prisioneros. Estos parecían empezar a espabilar. Si una pequeña goblin, había liquidado ella sólita a dos cultistas, ellos, que eran altos y fornidos, marineros y estibadores, podrían dar cuenta de esos mal nacidos aún mejor.

Antes de que los cultista pudieran abalanzarse sobre Berta, los prisioneros se les echaron encima.

"Y así, es como se monta una escénita", pensó satisfecha la goblin. Miró, a su alrededor, los marineros y los estibadores estaban linchando a los cultistas y algunos ya se dirigían a ayudar a los enanos.

De pronto, alguien la agarró del brazo y la obligó a darse la vuelta. Era Elric.

-¿Qué ha sido eso?- la tensión en su voz era cortante como un cuchillo.

"Mierda, lo ha visto todo", pensó Berta -Son solo truquitos que enseñan en el ejército goblin- se excusó como si tal cosa.

-He visto luchar antes a soldados goblins y nunca les he visto hacer nada ni remotamente parecido- El apriete en el brazo de Berta se endureció.

-¿De verdad quieres discutir de esto ahora?- dijo la goblin secamente.

-Tienes razón- El enano soltó el brazo de Berta y se dirigió al encuentro de su tripulación.

Elric era el enano más enano que conocía Berta. No dejaría las cosas así. Más le valía inventarse una buena escusa, porque no quería tener que matarlo. De momento apartó esos pensamientos y se encaminó al fondo del almacén.

Los enanos, ya libres, reían con sus vozarrones y se daban palmadas en la espalda, como solo los enanos son capaces de hacerlo, y durante tanto tiempo, como solo los enanos son capaces de hacerlo.

Tras un buen rato de esto, Berta ya estaba aburrida y los interrumpió: -Si ya habéis terminado de comeros las pollas, es hora de buscar vuestro barco y salir de aquí-.

Los enanos dejaron de celebrarlo y la miraron con desprecio. El capitán, que estaba estrechando la mano de Elric, escupió al suelo -Tú no nos das órdenes, goblin. Esos degenerados están cargando los barcos para extenderse por toda la isla, y no vamos a irnos de esta isla hasta que hallamos liberado hasta el último rehén- el capitán soltó la mano de Elric y pasó junto a Berta, chocando con ella y haciéndola caer de culo. Su tripulación lo siguió.

Elric la ayudó a ponerse en pie gentilmente, y juntos, salieron del almacén, donde les esperaba Vicentin con Pedrito, el dragón férrico miniatura.

-¿Nos vamos ya?- preguntó el niño goblin esperanzado.

-¡No! Parece que hay cambio de planes- Elric le dijo al niño.

La lucha en el puerto, que empezó como un pequeño tumulto, se extendió por toda la ciudad, que estaba mal defendida, ya que los cultistas eran pocos y estaban muy dispersos.

Pronto, la ciudad se vio liberada. Los vecinos, que habían estado retenidos en sus casas, recorrieron las calles como una turba furiosa, buscando a los pocos cultistas que patrullaban el lugar.

Unas pocas horas después, la población, al completo, se reunió en asamblea en la plaza mayor, debían decidir qué hacer a continuación, ya que sus líderes, se habían visto infectados por las drogas de los cultistas. Todos los capitanes de los barcos, se presentaron como candidatos para gobernar la ciudad hasta que el orden se restableciera, creando de esta forma una especie de consejo. Para Berta, empezaba a parecer el nacimiento de una república pirata, y no estaba muy dispuesta a permitirlo. En medio de los debates, Berta se acercó a Elric -No podemos irnos- dijo con resignación -si lo hacemos, los cultistas volverán a tomar el puerto, continuando con su plan. Y si esta gentuza logra defender la ciudad, la junta de capitanes, convertirá este sitio en un nido de piratas que, le tocará las narices a todo el archipiélago, y para eso ya está Puerto Cervecero. Puedo organizar a esta chusma para que rechacen el contraataque de los cultistas. Pero soy goblin y, sin el apoyo de un par de cientos de los míos, nadie me hará caso. Sin embargo, a ti...- Berta agarró la mano de Elric -debemos conseguir que entres en ese consejo de capitanes y que te pongan al frente del cotarro-.

El enano comprendía que no quedaba otro remedio -Son estúpidos, si supieran la mitad de lo que hiciste en Puerto Cervecero. No podré hacer esto sin ti...- dijo besando la mano de la goblin.

Después de esta conversación, no le costó más que unas pocas palabras que, su tripulación, fieles a su clan como eran, lo aclamara como el líder de la revuelta, atribuyéndole el rescate en el almacén que lo empezó todo. Gracias a la confianza y seguridad que ofrecía su dura tropa de enanos, la gran mayoría de la ciudadanía estuvo de acuerdo en que formara parte del consejo y ponerlo al mando.

Durante el resto del día, Elric recorrió el puerto y la ciudad. Gracias a su certera visión táctica y carisma, las gentes empezaron a verlo como un buen líder. Se convirtió en una figura fácilmente reconocible. Siempre escoltado por su tripulación, con un pequeño dragón rojo al hombro, y constantemente seguido por una bonita goblin tuerta, que le susurraba al oído antes de que diera una orden u ofreciera un discurso alentador.

Con el tiempo, lo sucedido ese día, se convirtió en historia, está en leyenda, y la leyenda en mito. Siglos después, el relato de cómo el valiente enano Elric y su dragón dorado, defendieron el puerto, a pesar de su cobarde y traicionera criada goblin, se convirtió en el cuento favorito de todos los niños de Verde Jardín.


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Fasa_Ape
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-¡Esta ciudad, es indefendible!- se quejó Berta.

Se encontraba junto a Elric, sobre la muralla que rodeaba el barrio alto de la ciudad, donde el consejo de capitanes había decidido instalarse.

-La mayoría de las defensas, están orientadas al mar, eso es lógico, pero la única muralla con la que cuenta la ciudad, es esta, y solo sirve para separar a los ricos de todos los demás- después de recorrer la ciudad, Berta tenía una larga lista de las cosas que no le gustaban.

-Teóricamente, la ciudad, está rodeada de territorio amigo, no necesita una muralla. Por otra parte, las defensas costeras, son perfectas. Están diseñadas para trabajar en conjunto con el fuerte marino, lo que convierte esta ciudad en un hueso muy duro de roer, sobre todo, teniendo en cuenta, que esta zona de Verde Jardín es la única factible para un desembarco- Elric, se apoyaba en la piedra basta de la muralla, mirando al palacio de la reina, que dominaba el horizonte -Con tu experiencia en combate urbano, deberías ser capaz de crear un plan-.

-Para empezar, no nos van a atacar por mar, sino por tierra, y esta ciudad es un coladero por tierra. Además, en Puerto Cervecero, la estrategia de defensa, era cosa de Juan Luis Dedosmorcilleros, mi predecesor en el cargo de virrey, y el General Mocoverde. Yo me dedicaba a apagar fuegos, iba donde la cosa estaba peor y hacía lo que fuera necesario- dijo Berta mientras se limpiaba la mugre de debajo de las uñas -Y encima, la actitud de los humanos hacia la guerra es ridícula. Se niegan a que las mujeres entren en combate y, peor aún, las propias mujeres no quieren hacerlo. Eso nos deja con varios cientos de defensores menos- La goblin se echó el aliento en las uñas y las frotó con su vestido.

-Los enanos tampoco permitimos que las mujeres entren en combate. Son la fuente de toda virtud y no deberían mancharse las manos de sangre de esa forma. Además, aquí tenemos algunas excepciones- Elric echó a andar hacia las escaleras, seguido por Berta.

-Así que las enanas son la fuente de toda virtud. Por eso prefieres follarme a mi- dijo la goblin dándole un codazo juguetón al enano -Y ¿qué excepciones son esas?-.

Elric soltó una risilla antes de volver a ponerse serio -Hemos recibido peticiones de unirse a la milicia de las hermanas de la virtud de la llama y de las chicas del burdel de Rosita-.

Berta empezó a desternillarse de risa -Ponlas a trabajar juntas- dijo con tono malicioso.

-¿Estás loca? Sería como mezclar agua y aceite, deberíamos poner a las hermanas a cuidar a los heridos, y a las putas a levantar barricadas- Elric no parecía ver la ironía a la situación.

-Dicen que quieren luchar, deja que lo hagan. Además, ¿de verdad que no ves el chiste? Si salen de esta, seguro que habrán aprendido algo las unas de las otras, y si no, al menos habrán muerto haciendo lo que querían, no escondidas como ratas en un sótano- Ya estaban en el pie de la muralla y se encaminaban hacia el lujoso edificio que el consejo de capitanes había elegido como sede.

-Debes abrir la armeria y repartir lo que allá dentro entre los que están dispuestos a luchar. Quiero que tus enanos se encarguen de enseñarles a usarlas- la pareja paso cerca de la estatua del rey Hortensio, que los cultistas habían vandalizado -Es mas, quiero que tus enanos estén siempre haciendo cosas útiles y bien a la vista, que en comparación, los ciudadanos, tengan la sensación de que las tripulaciones de los otros capitanes son vagos y maleantes. Si el pueblo cree que estas al mando, llegado el momento, te pondrán al mando. De esa forma, cuando esto termine, a los otros capitanes, no les quedara otro remedio que volverse a sus barcos- la calle por la que pasaban, era un hervidero de ciudadanos, que cargaban con todo tipo de materiales para instalar barricadas en las entradas del barrio alto -Lo que me lleva a que, tenemos el grano en el culo del consejo de capitanes- Berta ni siquiera intento ocultar el tono de disgusto -Dicen que siguen atados por los contratos con sus navieras y que solo quieren gobernar la ciudad hasta que se restablezca el orden de la reina, pero les ha faltado tiempo para empezar a actuar como auténticos piratas. Estoy convencida de que, si tienen la mas mínima oportunidad, buscaran cualquier escusa para convertirse en gobernantes por tiempo indefinido. Y estoy harta de que cada vez que uno de ellos hace algo útil, el resto se dedique a echarlo todo por tierra. Lo último que necesitamos ahora, son sus jueguecitos de poder-.

Berta, no podía entender a los humanos. Los goblins podían ser muchas cosas, pero, al menos, nunca ponían en entredicho el liderazgo del más astuto. Y si no estaban de acuerdo, siempre podían intentar asesinar a su líder. Si lo lograban, era porque eran más listos que su predecesor y se merecían el puesto. Eso sí que era auténtica meritocracia. No como los humanos, que, por lo general, seguían ciegamente al que más hablaba, aunque no supieran hacer la o con un canuto.

Elric se detuvo y miró a Berta -No te preocupes por la política, yo me encargo, estoy acostumbrado a estas cosas- el enano puso una mano en el hombro de la goblin -Y ahora, ¿me vas a decir de una vez que paso en el almacén?-

Berta meditó un momento y suspiro -Tienes que jurarme, por lo más sagrado, que nunca hablarás de lo que te voy a contar-.

Elric torció el gesto -¿tan comprometedor es que me expliques por qué eres capaz de hacer esas cosas?-.

-Sí que lo es, y si no juras, no soltaré prenda- algo en el tono de Berta asustó al enano.

-Está bien, juro por el blasón de mi clan y por mi madre- Elric juró con solemnidad.

Berta miró a su alrededor para asegurarse de que no escuchaba nadie. Cuando estuvo segura, tomo aire -Goblinburgo, en realidad, no es una monarquía. Eso no es más que una cortina de humo; son los ministros quienes realmente gobiernan-.

-Eso lo sabe todo el mundo, aun así no explica nada- El enano la interrumpió con un suspiro.

-¿Me vas a dejar continuar?- Soltó la goblin con fastidio -Los ministros, tienen planes, tanto personales como para Goblinburgo. Para llevarlos a cabo, no siempre pueden usar la diplomacia, ni mucho menos una guerra abierta. Para esos casos, cuentan con una organización muy secreta y altamente especializada. Una organización que solo obedece sus órdenes directas y que les hace el trabajo sucio. Somos espías... y asesinos- la goblin, volvió a mirar a su alrededor, desconfiada -Somos mucho más activos de lo que puedas pensar, creo que, de lo único de lo que no se nos puede culpar últimamente, es de la muerte de Conor. Y la demostración de lo bien que se nos da, es que, después de cientos de años de historia y hasta la fecha, seguimos siendo un secreto. Principalmente, porque matamos a cualquiera que sepa de nuestra existencia- concluyó Berta.

-Eso explica muchas cosas. Nunca me creí del todo que, una baronesa goblin como tú, se paseara por el mundo al servicio de su gobierno, si no estaba relacionada con algo como esto... por qué realmente eres baronesa, ¿no?- dijo el enano con seriedad.

-Eso es verdad. Ya te dije que mi nombre real es; Bartola Eusebia Robustiana Von Buenculón y, sí, soy baronesa. Berta Panduro es solo mi alias. Y recuerda, de todo esto, chitón, si esto sale de aquí, mandarán a alguien a asesinarte, o peor aún, me lo mandarán a mí- Berta agarró la mano de Elric, se puso de puntillas y lo besó en los labios.

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