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EL–HIGOLAN una historia de Sombras de Kadazra.(Recopilación)

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Higo Chumbo
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Lucrecia parpadeó varias veces, se sentía, cansada, lenta, le costaba entender lo que había pasado. Se puso de pie con cuidado, y dio una vuelta por la habitación. El suelo estaba frío, y el crepitar  de las antorchas y el goteo de la sangre rompía el silencio dejado por la muerte.

Miró sin más los cadavers encapuchados que rodeaban el altar , «otra secta libertina» pensó.

 

Tras observar por unos momentos el mobiliario de la habitación, se dio cuenta al final de que se encontraba en la cava baja del jardín infantil.

Le dolía la cabeza, su cerebro estaba dormido, ese anestésico le había dejado medio borracha.

A duras penas llegó sin caerse hasta una pared llena de botella. «El vino me  ayudará a despejarse» pensó .

Pero al Intentar sacar una botella sólo consiguió que se le escurriera de las manos y saliera rodando por el suelo.

La dama la persiguió hasta toparse con un bulto negro y mullido que le sonaba familiar. Lucrecia se quedó mirando  unos segundos hasta que una pizca de lucidez la hizo recordar la presencia de Berta.

 

—Ah virreina, que alegría me da veros.

Y por cierto, soy condesa, no duquesa estimada virreina.— Exclamó Lucrecia con un tono de ebriedad.

— Y si estos carbonesss, no me hubieran drogado, hip, habrían conocido mi ira santa. Pero gracias aun así por salvarme.

 

Al ver que no recibí respuesta, le pegó varios puntapiés al cuerpo de la goblin para ver si se despertaba.

— ¿Virreina, estáis bien?

  Un pedo estruendoso resonó por toda la cámara como única respuesta.

—Ja, así me gusta— respondió Lucrecia, cuando el sonido de unos pasos lejanos la hizo girarse hacia la puerta.

—Oh parece que vienen más invitados al baile, será mejor que nos os vean así—

Lucrecia agarró a Berta por las manos  y la arrastró con gran esfuerzo hasta el montacargas que subía al jardín.

Con una patada tiró un tonel vacío que allí había e introdujo con suavidad el cuerpo de la goblin dormida.El cual se hizo un ovillo acomodándose al espacio y arropándose con la capa.

 

—Ay que tierna—exclamó Lucrecia sacando el tapón que había frente al ojo sano de la goblin.

 

Los pasos sonaban cada vez más cerca, y  Lucrecia que aún seguía aturdida,!se dirigió torpemente hasta un costado de la puerta. Recuperó la botella por el camino y la alzó con todas sus fuerzas sobre el dintel.

— En respuesta a vuestra pregunta, Virreina. He logrado sobrevivir gracias a las máximas impartidas por mi querido padre.

 

Los pasos ya se escuchan tras la puerta y el chirrido de las bisagras no se hizo esperar.

Lucrecia, alzó la botella sobre la puerta en movimiento  y con una mirada furtiva al barril dijo:

—Recordad lo que decía mi padre:

“Si te toca un vecino carbón.

Mazeta, Botella o ¡Jarrón!.”

 

Tras lo cual estrelló la botella sobre la cabeza del encapuchado entrante, que con un grácil movimiento se desplomó sobre el suelo.

Esto le dio tiempo a la condesa a ponerse  frente al que le seguía y lanzarle una patada furiosa en la entrepierna que lo dejó doblado en el suelo.

—Una patada en los cojones,

zanja muchas discusiones.— expuso con tono instructivo mirando de nuevo hacia el barril.

Entonces un tercer encapuchado que no había visto se abalanzó sobre ella. Los dos cayeron al suelo y en un ágil movimiento Lucrecia le clavó dos uñas en los ojos. El  encapuchado empezó a gritar y se apartó de ella preso del dolor, lo que aprovechó  para levantarse tranquilamente y sacar de su manga una pistola de bolsillo y explotarle el cráneo de un disparo .

—”Nunca salgas de casa sin tus armas de mujer”— expuso soplando el humillo del cañón.

 

Entonces escuchó una gran marcha de pasos aproximarse a la habitación. Lucrecia se abalanza para cerrar la puerta, y ganar el tiempo suficiente para esconderse tras el barril de Berta antes de que las bisagras volvieran a sonar.

 

Una cantidad indeterminada de personas entró en la sala, algunos lanzando gritos de horror y otros plegarias al aquella deidad desconocida. Pero una voz grave, profunda y varonil acalló todas las demás.

Era el Príncipe Jacinto.

« Esto cambia los planes.

Tú, Avisa a Elsarin de que todo se ha jodido  y hay que adelantar los planes.

Vosotros encontrad a esa Puta antes de que le diga nada a mi madre. Y si vuelve a rechazar el regalo de nuestra diosa ,allá ella, quizá aparezca mañana flotando como esa vieja.»

 

Varias personas salieron corriendo de la habitación. Pero Jacinto , todavía seguía allí, aún podía oler su perfume. Lucrecia estaba en tensión preparada para arrojar  el último tiro su pistola sobre la cara de ese semi elfo.

Entonces, una voz dulce y bucólica interrumpió sus pensamientos.

 

—Hola Hermano, que siesta más rica he tenido. ¿Quieres saber lo que he soñado?

—Claro que si, mi querida margarita. Vamos a mi alcoba y me lo cuentas todo.

 

 

Lucrecia alzó un poco la vista, preocupada por su amiga, y lo que vio la hizo sacar la cabeza.

Jacinto caminaba con el culo al aire y su hermana en brazos mientras ella bebía un  líquido amarillo que él segregaba del pecho.

Lucrecia no pudo aguantar su repulsión y apuntó su arma al degenerado semi elfo cuando el cuerpo de Margarita se giró hacia ella, clavándole una mirada negra llena de maldad y lujuria. Y tras  una relamida gritó señalando a Lucrecia.

—Allí está La Puta, mi señor ¡prendedla por orden de La MaTrona!—

 

 

—Mierda… —gritó Lucrecia antes de disparar el freno del montacargas que empezó a elevarse a toda prisa hasta salir disparado hacia el jardín .

 


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Fasa_Ape
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Mientras todo esto sucedía, Berta estaba perdida en el estupor provocado por la sobredosis de azúcar. Apenas fue consciente del último disparo de Lucrecia, y de cómo está, llevada por la prisa, la agarraba por una pierna y la arrastraba por el suelo mientras intentaba alejarse del montacargas.
 
La conciencia de Berta, estaba muy lejos de allí, en la distancia y el tiempo.
 
 
*******
 
 
Era sábado, el día de visitas en San Judas. Los pobres huerfanitos, que aún conservaran algún pariente, lo podían ver durante unas horas. Berta, no tenía más parientes que sus padres; aun así, todos los sábados, tenía visita.
 
Era costumbre, entre los ministros, elegir un heredero. Ya que, tarde o temprano, serían asesinados, les gustaba asegurarse de que su sustituto era el adecuado.
 
De esta manera, buscaban niños prometedores que hubieran quedado huérfanos y los internaban en San Judas, con la esperanza, de que en un futuro, se convertirían en astutos e implacables agentes de la hermandad de los cuchillos largos, capaces de sorprenderlos, matarlos de alguna forma ingeniosa e inesperada, y ocupar su lugar, gobernando con sabiduría y artera astucia el futuro de Goblinburgo. Hasta cierto punto, se podía decir que, los ministros, adoptaban a esos niños.
 
Esa era la razón, por la que Berta estaba sentada en la húmeda y mal iluminada sala de visitas, junto a Rufina, la exuberante mujer del ministro Tolentino Rascanapias.
 
La mujer del ministro, aprovechaba estas visitas para instruir a Berta en las sutilezas de la política goblin.
 
-Claro que tengo hijos, Bartola- Rufina nunca llamaba a Berta por el diminutivo de su nombre -pero, no pueden heredar el cargo de ministro. Solo se reclutan huérfanos para la hermandad de los cuchillos largos. Claro, podrían asesinar a su padre y ocupar su lugar, pero por muy listos que sean, sin la formación de asesinos, no durarían ni un minuto. Por eso, cuando su padre muera, mis hijos se convertirán en nobles- Rufina hacía girar con un dedo la boina que solía llevar -Todos los nobles descienden de un ministro. Por ejemplo, tu tatarabuelo, Benemérito Buenculon, fue ministro, y puede que algún día, tú también lo seas- Rufina revolvió el pelo rojo de Berta y le puso su boina.
 
Berta, sabía que, se decía, que antes de casarse con Tolentino, la alegre y dicharachera Rufina, había sido una conocida jefa criminal de los bajos fondos de Goblinburgo.
 
-¿Por qué no asesinas a Tolentino y ocupas su lugar? Seguro que tú durarías más de dos minutos-. Berta se retiró la boina que le quedaba grande y le tapaba los ojos.
 
-Es verdad, ¡podría matarlo! Sería una ministra cojonuda. Y no sería la primera vez que pasa- dijo Rufina con tono soñador -pero... ¿Para qué? Si ya le mando yo- añadió como si se le acabara de ocurrir -perseguir el poder, está muy bien, es lo que deseamos todos los goblins, pero recuerda, Bartola, en la vida, hay más cosas. Si solo deseas el poder por el poder, lo conseguirás, pero siempre serás una infeliz-.
 
Rufina consultó la hora -Se acaba el tiempo- rebuscó en su bolso y sacó un paquetito que le entregó a Berta -aquí tienes, doscientos gramos de azúcar. Véndesela a tus compañeritos, y la semana que viene nos repartimos las ganancias, como siempre. Y por favor, Bartola, no te la tomes tú, ya sabes lo mal que te sienta- Tras esto, Rufina recuperó su boina, le dio un beso en la frente a Berta y salió de la sala.
 
 
**
 
En la actualidad, Lucrecia, corría mientras tiraba de la pierna de Berta, haciendo que la cabeza de la goblin rebotara con todas las piedras del camino.
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Higo Chumbo
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Lucrecia sentía la hierba acariciar sus pies desnudos mientras el rugido de sus perseguidores sonaba cada vez más fuerte.  Su mente solo pensaba en correr y sujetar el brazo de la goblin que le había salvado la vida. Con suerte encontró una carretilla de madera, y sin pensarlo dos veces,  arrojo el cuerpo de Berta en la caja y empezó a empujarla colina arriba.

Esta situación no era algo nuevo en la vida de Lucrecia.

Pues el carácter burlón e irreverente de su padre, casi siempre terminaba en una salida estrepitosa en donde fuera que se hubieran alojado.

—Esta situación me recuerda a un viaje que hice con mi querido padre. —Empezó a contar Lucrecia, entre jadeos por el esfuerzo.

—Hicimos escala, en una ciudad portuaria llamada "Badu-Pest", en las costas orientales de Celestia. Tendría como unos 20 años.... 

Nos recibió en el puerto un tal, Señor Kanpinski . Rodolfo Tadeo Kanpinski, un marino retirado, "pirata" según algunos, y "contrabandista de medio pelo" según otros. Aunque no entiendo esto último pues lucía una barba gruesa y peinada con rizos en las puntas. Era amigo de mi Padre y eso era lo único que importaba.

Nos invitó a alojarnos en su casa, lo cual aceptamos con gusto. Aunque cuando llegamos, nos dimos cuenta de que era propiedad de su esposa. —En este punto Lucrecia agachó la cabeza hacia la goblin dormida, y susurrarle en un tono confidencial. 

--Se trataba de la mujer más poderosa y peligrosa de toda la provincia: Pues era la jefa de la 3º organización criminal mas grande de todo el imperio, "Los Elefantes". Además de ser la dueña de la Fabrica de cerveza más popular de la región. Y si no fuera suficiente, era la descendiente de una de las  casas fundadoras de la Ciudad. Tenia una reputación como podréis imaginar muy... chunga. Por no contaros que asesinó a su padre y a sus hermanos para alcanzar el liderazgo de su casa y el de la fabrica de cerveza. Se trataba, de nada mas y nada menos, de la temible Marquesa, Golda Von Pest.  O “La Elefanta” como la llamaba mi padre.

Mi Padre es un insensato, que no se mide a la hora de ser gracioso, y siempre ha preferido poner "apodos descriptivos" antes de aprenderse los nombres de la aristocracia. Y como es natural, muchos de estos “apodos descriptivos” no caían en gracia a ninguno de sus portadores. Y dicho esto, os pido que no le crucéis  la cara, si algún día se dirige a vos como ”Berta la piel de sapo” O la “Virreina de los Parche”  o la "Baronesa Monocular" por ejemplo. —La carretilla ya había llegado a la mitad de la pendiente, y Lucrecia había empezado a relajar el ritmo.

—Como os podéis imaginar, el apodo, no solo respondía al tamaño de la Marquesa, sino más bien a la fuerza de sus pisadas. Pues cada vez que andaba, el suelo crujía y sonaba como si alguien lo estuviera aporreando con mucha fuerza. Así me lo hizo notar mi Padre cuando nos recibió en el comedor, y no pudimos contener una risita.  

Pero nos contuvimos durante el resto la cena, pues hablamos con ánimo sobre muchos temas, el cultivo del tomillo limonero, el estado general del imperio y cito textualmente "como la relación con Kanpinski y el matrimonio en general, era otra empresa más, "yo te doy tu me das". Jajajaja y esa es la razón por la que sigo Soltera, querida Berta .

Pero todo cambió a las 5:30 de la mañana, con un grito airado seguido por múltiples porrazos, que desgarraron el silencio de la noche. Tras ello mi padre entró corriendo en mi alcoba aún en camisón y con una cara de pánico que decía "hay que salir de aquí ¡ya!". Y eso hicimos, saltamos por la ventana y huimos por el jardín, hasta llegar al Puerto, donde el Capitán Isidro, acostumbrado a estas huidas, había dejado el buque listo para zarpar.  

Una vez fuera del alcance de cualquier artillería de la ciudad, mi padre, con un puro en la boca y un brandy en la mano, se relajó lo suficiente como para contarme lo que había hecho.  Según me dijo, tuvo la mala suerte de dormir bajo la habitación de la marquesa quien no lo dejó dormir en toda la noche; pues estuvo moviéndose todo el rato, golpeando el suelo de aquí para allá, haciendo ruido sin ninguna compasión hasta que a mi padre se le hincharon las narices y desató su Ira Santa. Al grito de "hija de la grandíííííííííííisima puta" se alzó de un salto sobre la cama, zapatilla en mano y empezó a aporrear el techo mientras repetía a pleno pulmón:

“¡Elefanta! (POM,POM,POM) ¡Cabrona! (POM,POM,POM) ¡A que jode! (POM,POM,POM)” Entonces, su ayuda de cámara, un tal Fulgencio, entró corriendo en su Alcoba para rogarle que se detuviera:

Don Lucano. Don Lucano. Por el Emperador, Pare. ¡Pare! Que no es la Marquesa. Es la ventana Don Lucano, que la se la ha dejado abierta.... 

Entonces mi padre detuvo su aporreo para dirigir su mirada a la ventana abierta y como el viento la golpeaba contra la pared. En ese momento Lucano conoció el verdadero terror cuando el techo retumbó con las verdaderas pisadas de la Elefanta.  Ahora que recuerdo, olvidamos al pobre Fulgencio y nunca volvimos a saber nada de él...

Unos pasos frenéticos sacaron a Lucrecia de su ensoñación y la percataron de que se había quedado parada. Emprendió  de nuevo la carrera hasta llegar a la cima de la colina, adelantando por poco el placaje de un encapuchado; el cual se estampo contra el césped y acabó rodando colina abajo. Pero sus compañeros no se quedaron atrás y en un ultimo esfuerzo echaron a correr hasta llegar a la cima en pocos segundos. Segundos que aprovechó la dama para subirse a la carretilla, impulsarla con una patada y dejarse caer por la ladera opuesta de la colina

Mientras iniciaba su descenso, Lucrecia pudo ver como se extendía frente a ella el jardín principal, donde habían colocado una gran carpa blanca en la que varios nobles bailaban, reían y comían. La carretilla se deslizó por el césped, ganando velocidad a medida que perdía altura . 

En la Carpa, varios nobles se juntaron para observar y comentar el descenso de  la carretilla, hasta que una voz chillona y autoritaria los hizo dejar paso a una anciana. Se trataba de la Gran Duquesa Hortensia, (hermana de la reina) quien alzó sus gemelos de opera para ver que había en lo alto de la colina, dos encapuchados.

—Oyesss. Tuuuuu, --Escupió al no ver nada-- ¿Qué es eso que miraba todo el mundo… Entonces la carretilla atravesó la carpa a una velocidad de vértigo derribando varias mesas y personas hasta estamparse contra la Gran Duquesa y pasarla por encima.

Tras el atropello, la carretilla volcó arrojando a una Lucrecia que se levantó muy mareada y a una Berta aún dormida.

Las dos fueron rodeadas de inmediato por la guarda personal de la Gran Duquesa, que permanecía inconsciente en el suelo, y las arrastraron hasta las mazmorras por haber atentado contra un miembro de la familia real.

Y en ese momento fue cuando Berta se empezó a despertarse.

 

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Fasa_Ape
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El revuelo y el caos levantados en la carpa fueron tales, que los guardias no tuvieron dificultad para decidir quién era el culpable de toda esa situación. Mientras Lucrecia forcejeaba con los guardias y discutía con ellos a voz en grito, Berta fue arrastrada de inmediato a las mazmorras.

Tras registrar a la goblin y encontrarle sus dagas, entre otras cosas peligrosas e ilegales, llegaron a la conclusión, de que esa alimaña era culpable, y no solo de lo sucedido en la carpa. Además, se la culpó de cientos de pequeños hurtos y actos vandálicos, sucedidos en la isla a lo largo de los últimos cien años.

Sin ninguna ceremonia, los guardias, tiraron a la semiconsciente Berta, al interior de la celda más profunda y oscura del palacio, media hora después, despertó.

Berta intento incorporarse, lo que le provocó un fuerte mareo, la goblin vómito copiosamente, miró a su alrededor, estaba muy oscuro y tenía frío, no necesitaba ser un genio para saber que estaba encerrada en una mazmorra, le habían quitado la túnica de la hermandad de los cuchillos largos y estaba en ropa interior, en algún momento, se había hecho sus necesidades encima, probablemente debido a una de las patadas que Lucrecia le había dado en el estómago.

Estaba entrenada para estas cosas, así que se repuso y mantuvo la cabeza fría. Quería saber el tamaño de su celda, así que, a cuatro patas, se dirigió en línea recta hasta tocar una pared, después la siguió, hasta encontrar la puerta, era de roble y al parecer muy gruesa, continuo hasta completar el cuadrado, que no era muy grande, y se sentó en una esquina.

Respiro hondo para luchar contra la sensación de náusea, volvió a vomitar, en ese momento se dio cuenta de que le habían quitado el parche, ¿pero qué creían que guardaba hay abajo? Berta se tapó la cuenca vacía de su ojo izquierdo con un mechón de su pelo. Esto lo habían hecho para humillarla aún más, conclusión que la llevo a preguntarse quién la había metido allí.

Una de dos; o no había liquidado a todos los incultista, perdón, cultistas y sus amigos furiosos, la habían encerrado allí, mientras pensaban en como matarla entre terribles sufrimientos.

O Lucrecia, le había pagado el favor de salvarle la vida encerrándola allí. No se podía subestimar la perfidia de esos malditos humanos.

Fuera como fuera, estaba encerrada y no tenía forma de salir, tendría que confiar en que Vicentin haría lo que habían acordado en caso de que no diera señales de vida. Lo que era un gran fastidio, a Berta se le revolvían las tripas solo de pensar en deberle una a Vicentin. La goblin volvió a vomitar.

***********

Incluso a esas horas de la noche, las noticias viajaban rápido en el palacio.

Una goblin (lo que era intercambiable por; terrorista, ladrona, gamberra, y ser repugnante en general) había intentado asesinar a la Gran Duquesa Hortensia, incluso Vicentin fue capaz de sumar dos y dos, solo podía ser Berta.

El niño goblin se escabullo del palacio, sabiendo, por experiencia de niño travieso, que el siguiente en ser arrestado sería él, corrió al puerto, como había acordado con Berta.

En este momento, estaba en el puente del acorazado Corazón Negro, acababa de informar de lo sucedido al Contraalmirante Saturnino Ranasgordas.

El pequeño Contraalmirante, con su gran bicornio y descalzo como siempre, una costumbre adquirida en sus tiempos como pirata, se atusaba el bigote mirando fijamente a Vicentin, El niño goblin nunca dejaba de sorprenderse de la cantidad de goblins canijos con grandes sombreros con mando en el ejército goblin, esta situación, se mantuvo hasta que, Pedro, el dragón férrico miniatura de Saturnino bostezo.

-¿Ves lo que ha conseguido la reina Camelia esa? Ha alterado a Pedrito y ¡NADIE ALTERA A PEDRITO! Vas a volver a ese palacio y le vas a decir a esa humana repulsiva que; o suelta y nos entrega a nuestra virreina de una pieza o ¡SERÁ REINA DE UN CRÁTER! Y lo digo en serio, ¡LA VIRREINA ME IMPORTA UNA MIERDA, PERO NADIE ALTERA A PEDRITO! Tiene dos horas, AHORA, LARGO DE MI BARCO, pingajo- el contraalmirante se volvió para dar la orden de zafarrancho de combate.

Y Vicentin pensaba que Berta le gritaba, el niño salió a la carrera del puente, corrió por la cubierta y descendió a la gabarra que le esperaba para devolverle al puerto, todas las sirenas y campanas del Corazón Negro empezaron a jalear al unísono, poco después, las campanas de las cinco fragatas que le hacían de escolta, respondieron a la llamada.

En el puerto se extendió el caos; a sabiendas de lo que significaba que unos barcos de guerra de ese calado hicieran semejante escándalo. Vicentin desembarco, todo el mundo corría de aquí para allá, casi arrollándolo.

"Todos parecen estar pasándoselo muy bien", pensó el niño goblin "a lo mejor, puedo aprovechar que, todo el mundo está distraído, para conseguir las cosas que me pidió Berta. Después de esto, no solo me deberá su libertad, también me tendrá que enseñar cosas de la hermandad de los cuchillos largos" Vicentin ignoró su misión y empezó a buscar un sextante, un silbato de contramaestre y el broche que el jefe del puerto llevaba en la solapa.

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Higo Chumbo
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La caída del sol se filtraba por los barrotes de su celda, mientras el reflejo de las tejas argénteas iluminaban el palacio de Verde Jardín . 

Lucrecia se encontraba encerrado  en las celdas del Fuerte Marino bajo el Palacio de Verde Jardín. Consistían en un largo pasillo por el que se repartían unas 10 celdas con ventanas que daban al mar, y  puertas de barrotes que miraban a una pared de sillares que se extendía hasta la garita del carcelero y la puerta de entrada.

"No me lo puedo creer" pensó para sí Lucrecia, yo hija de un escurridor de bultos profesional y alborotador mayor del reino, me he dejado atrapar por unos come flores 

—¡Mierda! ¡Esto es intolerable! ¡Yo!, Lucrecia Lucarano de Casa Averill, hija de un.... gentil hombre. ¡Encerrada en una celda! Yo, que he luchado en la intestina guerra...... ¡Me estas escuchando imbécil!— Gritó Lucrecia echando una mirada iracunda a la sombra salida de la garita del carcelero. 

—Siiiiii—Respondió el hombre con un tono indiferente. 

—¡Cago en la hostia puta! ¡Pues escúchame bien! Porque en cuando salga de aquí, te vas a ir un poquito a tomar por culoooo!

— Siiiii—Repuso de nuevo el carcelero. 

Lucrecia presa de una rabia explosiva, agarró una taza de peltre y empezó a arrastrarla contra los barrotes causando un estrepito ensordecedor.  Entonces, la sombra de la garita se movió, y de ella salió un hombre robusto de 2 metros de altura, con el cabello castaño atado en una cola caballo y portando un peto de la guardia real sin mangas, lo que dejaba al descubierto sus brazos musculosos, de donde colgaba un folletín. El inmenso guardia se puso frente a Lucrecia, quien lo miraba desafiante mientras seguía arrastrando la taza  por los barrotes. El guardia cruzó sus brazos haciendo saltar sus músculos de acero. —Pare—Ordenó el guardia con voz firme. Lucrecia lo miró por un momento, y le arrojó la taza al pecho, mientras se daba la vuelta con los brazos cruzados. 

La taza golpeó el peto y aterrizó el suelo, el carcelero se agachó a cogerla y volvió en silencio a la garita, pero antes de entrar una sonrisa burlona se dibujó en su boca.

—Es increíble, os comportáis peor que la goblin—anunció el carcelero picando a la dama.

—Para ti—escupió Lucrecia—. Es Virreina Berta, maldito criado irreverente.

—Que lastima, me hubiera encantado haber tenido una excusa para jugar un poco con ella. —

— Como le hagas algo a mi amiga, te mato a ti ¡y a toda tu puta familia!

Esta amenaza hizo volver al carcelero frente a la celda , pero esta vez visiblemente cabreado. Tenía los puños cerrados y los dientes apretados y la miraba con una rabia creciente. Lucrecia sonrió con vileza al ver la furia del guardia. 

— Ya por fin he captado tu atención, musculitos, déjame adivinar.... Tienes una hija verdad, debe ser muy joven....— El guardia apretó más los puños. —Yo no le haré nada si tú no le haces nada a mi amiga, ¿entendido?

El carcelero la miró fijamente y se volvió más intimidante, empezó resoplar, a sacar pecho y a apretar más los dientes hasta que vio que Lucrecia retrocedía un paso amedrentada, en ese momento estalló en carcajadas. 

—¡Imbécil! —le gritó ella mientras buscaba algo para arrojarle. En ese momento las risas del Carcelero ocultaron el chirrido de unas ruedecitas, que se hicieron evidentes cuando la cara del hombre pasó de la risa, a la sorpresa y al miedo antes de arrodillarse y besar una mano enjoyada.   A Lucrecia se le iluminaron los ojos de alegría al ver a la reina Camelia aparecer tras los barrotes. A pesar de la silla de ruedas y la manta sobre los muslos, lucia radiante, con un vestido holgado de encaje color lila y su pelo argénteo recogido en una trenza. Cuando se puso frente a ella, la alegría de Lucrecia se evaporó tras observar la mirada fría, de disgusto y desaprobación que los ojos verdes de la Reina la dedicaban. El carcelero se puso tras ella y siguió taladrando a Lucrecia con la mirada. La ira de Lucrecia se apagó en un instante bajo el peso de esas miradas y una sensación de asfixia empezó a subir por su garganta. Entonces Camelia separó sus finos labios sin desviar aquella mirada penetrante:

—Una carretilla de madera....—susurró la Reina con un suspiro. Lucrecia sentía como sí todo el peso del mundo callera bajo sus hombros, al ver la decepción en los ojos de su madrina. 

—Una carretilla de madera— repitió la reina antes sacar una sonrisa que explotó en un ataque de risa. 

— JAJAJAJAJAJA QUE LASTIMA HÁBERMELO PERDIDO. TUVO QUE SER IMPRESIONANTE. JAJAJAJAJA Y LA CARA DE MI HERMANA TUVO QUE SER JAJAJAJAJA—empezó a gritar la reina, llorando de la risa mientras golpeaba el reposabrazos de su silla. Lucrecia se llevó una mano al pecho al comprobar que no había pasado nada pero el alivio pasó rápidamente a la  indignación. 

—Camelia, por el Emperador. Esto no se hace. 

—No seas tan frágil mi niña, jajajaja. Anda Ulrico ábrele la puerta a esta señorita y enséñanos donde has dejado a la otra.—El carcelero obedeció y dejó libre a Lucrecia, quien salió al pasillo junto a Camelia que seguía riéndose. De pronto, un guardia palaciego atravesó la puerta de entrada tambaleándose, "estamos bajo ataque mi señora" dijo antes de caer al suelo con una daga clavada en la espalda. Tras él salieron tres encapuchados armados con dagas rituales, los cuales se quedaron petrificados al ver a la reina frente a ellos. Camelia los miró con diversión y giró la cabeza a una Lucrecia que se había quedado blanca. 

— ¿Y estos piltrafas son los que os perseguían colina arriba?— Preguntó Camelia incrédula y divertida. 

— ¡Mierda! Nos han encontrado. —Susurró Lucrecia al borde del Pánico. 

—Yo me encargo, sus excelencias— Dijo Ulrico pasando entre las damas mientras tronaba los nudillos de sus manos. Pero Camelia lo detuvo con un manotazo en la pierna.

—Resérvate para los que vengan, Ulrico, yo me encargo de estos.— En un rápido movimiento Camelia lanzó la manta que cubría sus muslo revelando bajo ella un cañón de mano que dirigió a los tres encapuchados y liberó sobre ellos una nube de perdigones ardientes. El retroceso casi  la hace volcar la silla pero Ulrico la sujetó a tiempo. 

Nunca salgas de casa sin tus armas de mujer, jejejeje. Quien crees que enseñó eso a tu padre. 

Lucrecia se encogió de hombros, y el trio anduvo hasta garita de Ulrico, de donde recogió  su armamento y le lanzó una pistola a Lucrecia. Camelia por su parte, se acercó a un  encapuchado que todavía se movía.

Oye, tú. Haz algo útil por una vez en tu vida y dime. ¿Sois la secta orgiástica de mi exmarido, verdad? ¿Del Príncipe Armonil?

La Matrona nos guiará hasta el paraíso. No hay más camino que el del placer.... —Susurró el encapuchado, escupiendo sangre.

Vale, sí sois los mismos. ¿Qué andáis liando ahora?

Tú, reina de los pétalos marchitados, tu poder terminará hoy pues una flor más joven y más fragante tomará tu puesto este jardín de las delicias... exclamó el encapuchado antes de morir.

Camelia se llevó una mano a la barbilla, antes de que un montón de gritos llegaran desde las ventanas, al acercarse vieron como una multitud de encapuchados mataban y lanzaban a sus guardias por los muros del fuerte. 

Perfecto, ahora me han organizado un golpe de estado. Expuso Camelia con disgusto mientras recargaba su cañón de mano. 

 


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Vicentin, tardó exactamente una hora y media en conseguir los tres objetos, habría terminado antes, pero no sabía lo que era un sextante y tuvo que parar a alguno de los asustados lugareños para preguntar.

Muy contento con su logro y con la chaqueta del jefe del puerto puesta, con su broche en la solapa, el niño goblin corrió al palacio. Al llegar, se encontró una batalla campal.

"Me voy una hora y montan un partido de garrapatobol sin garrapato, siempre me pierdo todo lo divertido. Hacer de recadero es un coñazo", se dijo a sí mismo pensando en sentarse a ver el espectáculo, pero llegó a la conclusión de que Berta se enfadaría mucho si no hacía lo que le habían mandado.

No le costó encontrar un guardia herido al que preguntar dónde encontrar a la reina Camelia. El hombre se encontraba tirado en medio del camino, entre el palacio y el pabellón del príncipe, con una fea herida en el pecho y desangrándose, aun así se mantenía consciente.

-Hola, buenos días, señor humano- Berta le había insistido mucho a Vicentin en que fuera cortes con los humanos por mucho asco que le dieran -Verá usted, traigo un ultimátum de la flota goblin; O liberáis a Berta tuerta, u os prendemos fuego a todos. ¿Podría decirme dónde está la Reina Camelia para poder decírselo?-.

Vicentin estaba de pie junto al humano; sin darse cuenta, estaba pisándole la mano izquierda. El hombre salió de su semiinconsciencia y miró a Vicentin como si le estuviera hablando un saltamontes, con voz sorprendentemente firme para su estado. El humano dijo: -La reina está en las mazmorras, bajo el palacio. ¿Te importaría dejar de pisarme la mano?- Tras oír esto, y dar las gracias, Vicentin salió corriendo como una centella hacia el palacio -Niño, ¿dónde vas? Ayúdame- le suplicó el humano mientras se alejaba -Lo siento, ahora estoy muy liado, si eso ya mañana- respondió Vicentin sin mirar atrás.

No le costó infiltrarse en el Fuerte Marino bajo el Palacio de Verde Jardín, los humanos, estaban demasiado concentrados matándose entre ellos como para fijarse en él. Llegó a la puerta que cerraba las mazmorras y la abrió sin más, entró allí como si estuviera en su casa.

Le recibió un atronador disparo, que falló únicamente porque el arma estaba apuntada alta, para acertar en el pecho de un humano.

Vicentin, ni se inmutó, frente a él una humana vieja, que debía ser muy vaga porque estaba sentada en una silla, le encañonaba con un cañón de mano, tras ella, se encontraba el humano más grande y aterrador que hubiera visto jamás el niño goblin, y Lucrecia, con la que ya había hablado en una ocasión.

-Hola, buenos días, buscó a la reina Camelia- Los humanos allí reunidos le miraron extrañados.

Lucrecia se inclinó hacia la humana vieja -Es el asistente de la virreina Berta- le dijo con un susurro.

La vieja asintió -Soy yo, ¿qué te trae por aquí, niño?-.

-Que dice el contraalmirante Saturnino que, habéis alterado a Pedrito y que nadie altera a Pedrito, y que o soltáis a Berta tuerta, o se lía a cañonazos con todo. Usted verá- Vicentin casi estaba deseando que la vieja dijera que no, le gustaría ver cómo el contraalmirante lo rompía todo.

-Montamos un circo y nos crecen los enanos, como no teníamos suficiente. Ahora los goblins me quieren declarar la guerra, porque e alterado a algo llamado Pedrito- dijo la vieja secamente -Está bien, liberaremos a tu virreina, pero tendrás que sacarla de la celda tú mismo. Nosotros tenemos que vigilar la puerta. Ulrico te dirá dónde encontrarla-.

El gigantesco y aterrador humano, le dio a Vicentin unas indicaciones y una llave. Vicentin, corrió hacia una escalera que llevaba a las celdas negras.

 

*******

 

La puerta se abrió. La luz de una lámpara cegó a Berta, que puso una mano frente a su ojo sano para evitar quedar cegada.

-Puff, qué peste, Berta tuerta, ¿qué as hecho aquí?- era Vicentin, Berta se sintió aliviada de que fuera el, pero no se lo iba a demostrar.

-Una palabra más sobre el tema y te daré una paliza, dame esa botella de grog que siempre llevas encima- Vicentin, la buscó en sus bolsillos y se entregó.

Mientras Berta le daba varios tragos a la botella, Vicentin la puso al día -Es muy divertido, los humanos se están matando, entre ellos hay fuera, además he conseguido las cosas que me pediste, mira- El niño goblin le enseñó los objetos con orgullo.

-Bien hecho, Vicentin, quítate la ropa- al niño goblin se le iluminaron los ojos, Berta estaba tan contenta que le iba a gratificar con sexo. La cara le cambió cuando la goblin, empezó a ponerse su ropa tan pronto como él se la iba quitando.

Una vez vestida con la ropa de Vicentin y con su pelo tapando la parte izquierda de su cara, lo que la hacia parecer una pordiosera, Berta, se apoyó en el niño para que la ayudara a salir del subterráneo, hasta llegar al final de las escaleras. Una vez allí, se enderezó y entró en el pasillo de celdas con confianza; no quería dar muestras de debilidad a los humanos.

Se acercó a la reina Camelia, que la miraba con una sonrisa burlona -Así vestida, sucia y apestando, debo de parecerme mucho a la imagen que tenéis de los goblins ¡Y estoy segura de que lo estáis disfrutando!- Berta no estaba para diplomacias.

-Para nada virreina- dijo la reina Camelia, a Berta no le convenció.

-Quiero mi túnica, mis dagas ¡Y sobre todo mi parche! ¡No teníais derecho a quitarme mi parche!- Berta podía aguantar la indignidad de haberse hecho sus necesidades encima, pero no la humillación de que alguien viera la cuenca vacía de su ojo izquierdo.

-Ulrico, sé bueno y dale sus cosas a la señora virreina- el gigantón fue a la sala de guardia y volvió con las cosas de Berta, que le tendió con bastante poca delicadeza.

Mientras la goblin se preparaba, Camelia le explicó exactamente cuál era la situación. Una vez equipada e informada, Berta se volvió hacia Vicentin.

-Si as podido entrar, podrás salir, quiero que vuelvas al puerto, y le digas al contraalmirante, que la situación ha cambiado, debe desembarcar tropas y mandarlas al palacio de inmediato, una vez aquí, deben ponerse bajo las órdenes de la reina Camelia, ¿entendido?- Vicentin asintió -¿pues que haces aquí parado todavía? Corre y no vuelvas sin la infantería de marina- el niño goblin, en paños menores, salió disparado del lugar.

-¿Podemos confiar en él?- pregunto la reina Camelia con seriedad.

-Es muy tonto, pero muy fiel, solo ha intentado asesinarme una vez. Por otra parte, espero que sepáis agradecer lo que estoy haciendo por vos, porque el contraalmirante se va a poner furioso, y no es bueno poner furioso a un goblin pequeño con cañones muy grandes- la goblin no esperó respuesta, se fue a la sala de guardia a buscar algo que comer y asearse un poco.

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Fasa_Ape
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Esta es una colaboración entre el maestro Higo-Cumbo y un servidor.

Berta entró en la sala de guardia, no le costó encontrar lo que buscaba.

En una esquina de la sala, sobre una mesita, podía ver la palangana llena de agua que los guardias usaban para su aseo personal.

Arrastro una silla hasta la mesita, trepo a ella y de puntillas, se lavó la cara y las manos, hecho esto, se encaramó a la mesa y se acuclilló sobre la palangana, procediendo a limpiarse lo mejor que pudo.

Terminada esta acción, Berta, saltó al suelo con una risita. Esperaba que, en algún momento, algún guardia desprevenido se lavará la cara con esa agua. Pero aún no había acabado con su pequeña venganza con los carceleros, se fijó en un bulto sobre un camastro, debían de ser los efectos personales de Ulrico, ahora que se había lavado, no podía pasearse por hay con las bragas sucias, así que decidió esconderlas entre las cosas del gigantón, se lo merecía.

Resuelto el tema de la limpieza, busco algo que comer.

Se izo con el barrilete de cerveza aguada del que bebían los guardias, y se sirvió una jarra.

En el extremo opuesto de la sala, se encontraban una pequeña chimenea, el fuego crepitaba bajó la marmita en la que se preparaban las gachas para los prisioneros.

La goblin, lleno un cuenco con la insípida pasta y se sentó a comer, en una pequeña banqueta frente al fuego.

En ese momento, la interrumpió una voz ya familiar-disculpe, virreina, ¿podríamos hablar?- era Lucrecia.

Berta no se volvió para mirarla -Supongo que tendréis preguntas, acercaros, sentaos conmigo y las contestaré lo mejor que pueda-.

—Supongo que vos también. —Repuso Lucrecia, antes de volverse hacia la puerta al escuchar un gran estruendo. Ulrico entró corriendo empujando la silla de Camelia. —Han asaltado la armería y están bajando en tropel. Les he dejado un par de granadas de regalo, pero no les retrasará mucho y estarán aquí enseguida— anunció Camelia arrojándole a Lucrecia un par de granadas. —Tenéis que mantener la posición mientras buscamos la entrada secreta.

—¿La entrada secreta? ¡Es que acaso tenéis pasadizos hasta en el baño!—Replico Lucrecia con ironía.

—Quién sabe, mi padre no dejó ningún plano indicándolas todas, pero no me extrañaría— Entonces un par de explosiones resonaron al fondo del pasillo, seguidas por unos lamentos de dolor. —¡Ya están aquí! Tumbad esas mesas y flanquead la puerta.— ordenó Camelia antes de dirigirse frente a la pared de sillares. Allí, sobre el escritorio del oficial, colgaba un retrato antiguo del Gran Rey Hortensio, su padre. Ulrico apartó el escritorio de un empujón, revelando tres marcas en los sillares. Tras ellos, Lucrecia y Berta volcaron las mesas, y Lucrecia se cubrió tras ella, a la espera del enemigo.

—Cómo os estaba diciendo Virreina. —Preguntó la dama metiendo el cargador en la pistola— Sin intención de ser indiscreta, me preguntaba nada más: ¿el cómo es posible que hayáis sido capaz de causar esa escabechina en la cava baja de los niños? Sois, además de asesina, ¿maestra del Ankar? Ya que, en vista de lo que se nos viene, sería un momento perfecto para que lo volváis a hacer.

 

-Me temo que no- dijo la goblin sacando un fresquito de cerámica de uno de sus muchos bolsillos, y lanzándola al pasillo a través del ventanuco que tenía la puerta -esos gases lacrimógenos nos ganarán algo de tiempo- Berta ni se volvió para mirar a Lucrecia -Sobre lo de la bodega esa. Cuando llegue, todos estaban muertos, seguramente, eran muy torpes y se debieron caer cuatro o cinco veces sobre sus propios cuchillos- Lucrecia lanzó una mirada de reproche a la goblin - Oh, está bien. Tomé una sobredosis de azúcar a propósito. El azúcar hace que los goblins nos volvamos hiperactivos; una sobredosis puede acelerarnos más allá de lo físicamente posible. Por fortuna, calculé bien, la sobredosis podría haberme matado. Espero no tener que repetirlo, desde luego, en este momento no podría hacerlo. He pasado toda la noche muy enferma, y nadie me ha traído ni comida ni bebida en todo ese tiempo- Berta resopló resignada -Supongo que si no me hubierais liberado, se habrían olvidado de mí y me habrían dejado morir de hambre. Eso es lo que hacen los humanos con los goblins- añadió con tono acusador -eso me lleva a mi propia pregunta. ¿Cómo acabé en una celda, en bragas y cagada?-.

— ¿No recordáis nada? —Susurró Lucrecia con un tono retórico, ofendida por la acusación, cuando varias embestidas se escucharon tras la puerta. —Vaya, tendré que empezar desde el principio. Pues tras escapar de la bodega en el montacargas, subimos por el jardín en una …..—.

—Por el Ánima, Lucrecia, no te enrolles, Atropellasteis a mi hermana con una carretilla y sus jenízaros os encerraron a las dos en la mazmorra —Exclamó Camelia con una risita ahogada.

—Gracias, Camelia— exclamó Lucrecia lanzando una mirada asesina a la Reina— Sí, básicamente ese fue el principal motivo. Escapando de los cultistas nos precipitamos colina abajo, subidas en una carretilla con tan mala suerte que arrollamos a La gran Duquesa. Pero fue sin querer, se puso en medio y claro, la gravedad...—

—Ya claro la Gravedad, jajajajajajaj—Se empezó a mofar Camelia. —Y que conste que yo también he sido encerrada en ese agujero, infectó. A la puerta le quedaba poco para saltar y abrirse.

"Seguro que la trataron igual que a mí" pensó Berta.

Prefirió no decirlo en voz alta, y en su lugar se dirigió al lugar donde Camelia y el gigantón se peleaban con el mecanismo de la puerta secreta, como esperaba, los humanos solo se fijaban en los pulsadores que quedaban altos.

A ras de suelo, podía ver un bloque con estrías. La puerta, estaba diseñada para que se abriera al presionar dos bloques con las manos y un tercero con la punta del pie.

Berta presionó el bloque y la puerta se abrió con suavidad.

-Adelantaos, voy a montar una trampa incendiaria para recibir a esos tipejos. Será necesario; de otra forma, verían que se ha retirado el escritorio y darían con la puerta. Así que largo, nos vemos donde termine el túnel ese- Berta empezó a sacar componentes de sus bolsillos y empezó a trabajar apresuradamente en su trampa.

Camelia asintió ante el plan de la goblin. —No lo habría pensado mejor. Sois toda una caja de sorpresas virreina —felicitó Camelia, más satisfecha por el descubrimiento del mecanismo que por el plan de quemar medio fuerte. Al comprobar que la silla no cabía por la entrada, apretó una clavija y dos bastones gemelos saltaron de los reposabrazos. Camelia los agarró con fuerza y se incorporó lentamente con ellos. Tras desadormecer las piernas, inició la marcha en el agujero sin esperar a nadie. Ulrico fue tras ella con la linterna en la mano, agachando la cabeza para no darse contra el techo. Lucrecia siguió a la pareja, no sin antes despedirse de Berta con un sonoro, «Tenga cuidado, Virreina. Nos veremos al otro lado» que detuvo por un momento el trabajo de la Goblin.

Berta miró a Lucrecia -cuando esto termine, nos tomaremos unas copas, ahora que recuerdo, aún no habéis probado el grog goblin- Lucrecia asintió y desapareció por el pasadizo. La goblin, se concentró en tensar unos finos hilos de seda de araña negra.

Para cuando Berta estaba dando los toques finales a su trampa, la puerta cedió. Un grupo de sectarios, armados con hachas, irrumpió en la sala.
-Mierda- soltó Berta, corriendo hacia el pasadizo y tirándose en plancha a su interior, seguida de cerca por una ola de fuego.


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Fasa_Ape
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Vicentin, llegó al puerto con su ropa bajo el brazo. Berta se la había devuelto cuando volvió a tener su túnica puesta. Se inclinó y se agarró las rodillas jadeando, llevaba corriendo de aquí para allá todo el día.

Levantó la vista, esperando ver el acorazado y sus cinco fragatas y... ¡No había nada! ¿Pero qué narices pasaba aquí? Llevaba todo el día corriendo y se lo estaba perdiendo todo. Tiró al suelo con rabia el fardo que formaba su ropa y empezó a saltarle encima.

-¡Esto no está bien, esto no es nada divertido! ¡Berta tuerta, me va a matar!- gritó Vicentin. A su alrededor, los estibadores y marineros, caminaban por el malecón, le miraban de reojo y, en general, trataban de no acercarse demasiado al pequeño goblin loco.

Por mucho que le gustara gritar y saltar en paños menores en medio del puerto, vicentin, tenía que hacer algo.

Se dirigió al humano más cercano. Este, al ver a un niño goblin en calzoncillos, acercándose corriendo por su espalda, salió huyendo. Vicentin corrió tras él, hasta que se cruzó con otro humano. Vicentin, decidió que este le quedaba más cerca y empezó a perseguirlo. Como el otro, el humano, salió corriendo, esto se repitió cinco veces.

Vicentin, decidió cambiar de táctica, ya se estaba hartando de ser bueno. Cogió un palo y se ocultó detrás de un barril. Le iban a hacer caso, valla si se lo iban a hacer.

Cinco minutos después, un humano pequeño pasó lo suficientemente cerca. El niño goblin, esperó a que pasara, y usando el palo, golpeó con todas sus fuerzas al humano en la parte posterior de las rodillas.

El humano calló de bruces, Vicentin saltó sobre su espalda, y empezó a golpearle con ganas.

-Perdone, señor humano pequeño- Berta, le había dicho que fuera educado con los humanos. Que hubiera tendido una emboscada a este, y que le estuviera dando con un palo, no era escusa para no serlo -¿podría decirme dónde están los barcos grandes que estaba aquí antes?-.

-Se fueron hace una hora- gimió el humano, mientras intentaba protegerse la cabeza -Un energúmeno, con un megáfono, se puso a gritar que; la reina, había alterado a Pedrito y que, como no había recibido respuesta, se iban al palacio a comentárselo. Por favor, no me pegues más-.

Vicentin, todavía de pie encima del humano, se llevó una mano al mentón y empezó a calcular mentalmente: "Vamos a ver, el contraalmirante me dijo que la reina, tenía dos horas para soltar a Berta. Me entretuve una hora y media buscando las cosas para Berta, después, entre ir y volver del palacio, he tardado otra hora, no entiendo por qué... ¡Huy! Creo que ya lo pilló. Si Berta tuerta se entera, me gritará durante días. Bueno, no es culpa mía, es culpa del tiempo, que pasa muy rápido cuando te lo pasas bien".

Vicentin, golpeó dos veces más al pequeño humano -Gracia, ha sido una conversación muy agradable, a ver si lo repetimos otro día- dijo antes de salir corriendo otra vez hacia el palacio.

"Hay que ver lo positivo", pensó mientras dejaba atrás el puerto. "Berta tuerta, me dijo que no volviera sin la infantería de marina, y la infantería de marina va a estar allí, a ver si esta vez llego a tiempo y puedo ver cómo lo rompen todo".


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Higo Chumbo
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Tras el chasquido de la puerta al cerrarse.

El trío avanzó todo lo rápido que las piernas de Camelia podían ir , pues SIN  SU SILLA cada paso que daba tenía que sujetarse en sus dos bastones de marfil. Gracias a esta lentitud, Lucrecia pudo (tranquilizarse  Y  analizar con calma su situación. Observó  lo estrecho que se había vuelto el pasillo para que las hombreras de Úrico que rozaran contra las paredes. Pero no solo eso llamó su atención, pues unas aberturas  pequeños, alineadas por todo el recorrido, alumbraban el suelo con la luz del día. Además, proyectaban en la pared contraria una imagen tenue e invertida del paisaje: un océano infinito soportado bajo un cielo  salpicado de nubes. Esta visión tan antinatural hizo sonreír a la Condesa, al pensar

Tras  caminar  un par de metros, llegaron  al final del pasadizo. Una sala semicircular rodeada  por las mismas aberturas que iluminaban  una escalera de Caracol, y un… mural?

Camelia y Ulrico marcharon con brío hacia la escalera pero Lucrecia se paró un segundo para observarla con curiosidad.

Se trataba de un dibujo desconchado del gran Rey Hortensio. El padre de Camelia, con su sonrisa pícara habitual, tenía el brazo extendido en señal de alto  y  la otra mano con el dedo índice extendido sobre su boca pidiendo silencio, o guardando un secreto….

«¿Que querrá significar?» se preguntó Lucrecia cuando de pronto, la habitación se apagó un poco.

Camelia retrocedió su ascenso y molesta por ello,  con un bufido de cabreo se acercó a una de las aberturas más apagadas, para ver que pasaba . No tardó ni un segundo en apartarse de un salto al grito de: «¡ Mierda! Apartaos de la pared …!» No le dio tiempo a terminar la frase pues el rugido de una bocina de vapor llenó todo el silencio seguido  por  un fuerte impacto que sacudió todas las paredes de la sala. Úrico se asomó con rapidez a  y se encontró  frente a frente con el casco del Acorazado Corazón Negro.  El navío acababa de atracar, peligrosamente cerca del muro rompeolas de la fortaleza, colisionando de camino contra uno de los picos del baluarte, el casco de metal hizo añicos la roca.

—Maldito sea, es que no saben gobernar esa cosa. Hay que pararle los pies antes de que terminen estrellados contra otra cosa— Exclamo la reina con furia,  mientras escalaba los peldaños sacudiendo uno de sus bastones.

 

Lucrecia, Ajena a todo esto, seguía parada  frente a la pintura. Sin prestar atención a nada mas que el brillo amarillo  que desprendía la silueta del retrato. El cual había empezado a cobrar  un significado en el interior de la cabeza de la dama. El cual  no había terminado de entender pero que la estaba incitando a imitar los gestos del mural. Y sin saber porque, de forma automática, alzó la mano enjoyada con el anillo de su padre y empujó con todas sus fuerzas  sobre la palma del rey pintado. Grande, ¡gigantesca ! fue su sorpresa cuando el mural se partió y sintió como se precipitaba hacia vacío.

 

Lucrecia despertó en una playa con el mar de frente, radiante y luminoso como a ella le gustaba. Con el rumor de las olas acariciando sus oídos y la sensación de la espuma acariciando sus pies se sentía en el paraíso. «¿Espera?», se preguntó al ver sus pies descalzos donde en seguida advirtió que estaba desnuda. Se levantó  de un salto y miró a su alrededor pero no vio a nadie. Solo había arena, olas y un espejo de obsidiana pulida con el contorno blanco de una figura encapuchada y sin relieve. Se  acercó al espejo ,  y cuando lo tuvo entre las manos, una sombra indefinida empezó a proyectarse sobre la arena. En poco tiempo se fue alargando hasta transformarse en la misma figura que había dentro del espejo. La cual se giró hacia ella  para decirla  : « Ho-La »

 

Los gritos de Camelia la devolvieron súbitamente a la realidad .

—¡Ay que se ha matao Ulrico! Ulrico.

¡Que Se ha matao!

Ah no.

¡¿Lucrecia, sigues viva!?

—Si, sigo viva, parece que he caído en una especie de ruina. —Respondió ella tocándose el chichón.

—Perfecto querida, te esperamos arriba que no tenemos todo el día.


—¿¡Pero me vais a dejar aquí!?

—A ver, no tenemos cuerda ni nada parecido. Y además por lo que parece, son los cimientos de la Vieja tumba de los kinaz  sobre la que mi padre construyó el palacio. A si que, seguro que encuentras alguna salida. Y si no, pues….. si salgo con vida de esta, y no se de ti en 3 días,  enviaré a alguien a buscarte enseguida.

Lucrecia resopló con resignación al ver como la Reina ascendía con Ulrico por la escalera. Entonces se levantó y empezó a explorar las ruinas en busca de una salida.


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Higo Chumbo
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A un costado del palacio, tras los Rosales y zorzales del jardín principal. Se alza un bosque de estatuas y cipreses que miran al mar.

El panteón del homenaje, donde el mármol da vida al recuerdo de los ilustres difuntos del reino de Florero.

Dos amantes enamorados se morrean bajo  la estatua del tres veces venerable Archi-Predicador  de Florelia.

—Oh Agustín— exclamó la dama  con dulzura— Me siento inquieta, dándonos al vicio y al placer bajo la mirada pétrea del Venerable Geràsino de Canoniga.

 

El galan , muestra una sonrisa perfecta  bajo una mirada hermosa y apartando  un mechón del pelo de su  amada la réplica con pasión:

— Oh tranquila mi Ludmila,

Que no te inquiete su mirada

Pues la roca inanimada

no puede reprocharnos nada.

 

—Oh Agustín, como me encienden tus versos y tus rimas —Entonó la dama desabrochándose el vestido.

 

— O querida, tú dulzura y tu belleza me inspira a cada día.

*Tus ojos son dos luceros,

tus mejillas dos manzanas.

Que linda espalda de fruta haríamos con mi  banana. — Tras lo cual el Galan se arranca  la camisa, descubriendo un torso cincelado y musculoso.  En respuesta a esta provocación la dama se abalanza sobre él en un arranque de pasión desenfrenada.

 

Sin percatarse, la estatua sobre ellos ha empezado a temblar y tambalearse hasta precipitarse sobre ellos con un fuerte estrépito. Del pedestal ahora vacío surgió la cabeza de Ulrico que tras echar una mirada furtiva en derredor saltó al césped, para extender su mano  a la Reina para ayudarla a salir.

Ignorando los cuerpos inconscientes que yacían bajo la estatua falsa del archi predicador, reina y protector se acercaron al extremo del acantilado.

Donde el acorazado corazón negro, junto a sus 5 fragatas se mecían peligrosamente cerca de los muros rompeolas de la fortaleza. Con sus cañones y morteros preparados en zafarrancho,  en la cubierta principal, un goblin con un dragón sobre el hombro y un bicornio enorme, exigía a voz en grito mediante un megáfono la liberación de la Virreina Berta y una compensación de 5 Toneladas de pienso de dragón por haber molestar a Pedrito. Si no abrirían fuego los morteros y

 

Cuando el Contra Almirante se quiso dar cuenta de que le gritaba a unas almenas custodiadas por cadaveres. Ya fue demasiado tarde, pues una ola de cultistas desnudos, surgieron  de las entrañas del fuerte y abordaron los navío armados con pañuelos y frascos empapados en fluido amarillo.

El primer oficial hizo sonar la campana  y las 5 divisiones de infantería de Marina salió a defenderse. Pero eran demasiados.

 

Dos de las fragatas se acribillaron entre ellas en un intento desesperado de quitarse a la playa de humanos desnudos que corrían por sus cubiertas.  Y una tercera se estrelló contra los rompeolas al quedar a la deriva tras arrojar el timón comentes un grupo de cultivas lascivos.

 

La infantería de Marina se defendió con uñas  y dientes pesar de los golpes las heridas y los tiros propinados, el frenesí que movía a los atacantes era imparable y poca fueron cayendo bajo la posesión de la Matriarca. El contra almirante duró mas que el resto, pero al final cayó. Pedrito abandonó su hombro en cuanto sus hombros dejaron convulsionar. Tras lo cual  se sacudió el polvo de la chupa,  recogió su bicornio y junto al resto de tripulación fijó unos ojos totalmente amarillos  en lo  alto del acantilado, Justo donde  hasta hace  unos instantes habían estado Camelia y Úrico. Quienes corrían desesperados colina de césped abajo con la esperanza de encontrar a algún guardia en el palacio.

* Referencia del soneto marcado: Soneto sacado  de la lista de entremeses del genial y siempre querido serie web: Calico Electrónico. 


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Fasa_Ape
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Berta, se levantó, apagando las llamitas que habían prendido en los bajos de su túnica. Miró al infierno que era la sala de guardia; desde luego, los muebles viejos ardían bien, empujo la puerta que se deslizó con suavidad hasta cerrarse con un chasquido, apoyo la espalda en ella y se dejó caer, hasta quedar sentada en el suelo.

Seguía sintiéndose enferma, que no la hubieran dejado comer, no ayudaba. Cuando esto terminara, se pasaría un par de días en la cama.

¿Cómo había terminado así? Al llegar, ella creía que, tras llegar a un acuerdo con Lucrecia, podría descansar unos días, pero había tenido que aceptar meterse en este embrollo. Ayer por la noche, estaba cómoda y tranquila en su habitación, haciendo el amor con Elric... no, se corrigió, follando, hacer el amor implicaba sentimientos, y Berta intentaba negarse a si misma que sintiera algo por ese enano. Y ahora, solo unas horas después, estaba más muerta que viva, en no sabía dónde.

Apartó sus pensamientos de Elric para centrarlos en Camelia. Le sorprendía que esa humana, consiguiera información sobre la archi secreta hermandad de los cuchillos largos, y que ella era uno de sus agentes. Y, sin embargo, no viera venir esto. Berta, empezaba a pensar que, esa Camelia, no estaba más cualificada para gobernar, que Vicentin para ser dentista.

La goblin se levantó con dificultad, estar sentada dándole vueltas, no iba a cambiar nada, recorrió el pasillo hasta llegar a una sala iluminada por la luz del exterior. Allí, no había nadie, parecía que era mucho pedir que la esperaran, no se podía confiar en los humanos, ni para eso.

Una apertura oscura se abría en el suelo del recinto; al fondo, podía ver una escalera de caracol. Parecía que tenía que elegir entre un agujero oscuro o salir a la superficie. Aunque tuviera que escalar para llegar a la escalera, ¡ni de coña pensaba meterse a ciegas en un agujero oscuro!.

Esto le recordaba a Castelnuovo. Estaba harta de que cada vez que hablaba con un goblin con cierto poder, le dijera: ¡Te dábamos por muerta en la purga de Castelnuovo!, asumían que, fingió su propia muerte para desertar, volver a Goblinburgo, asesinar a un ministro y ocupar su lugar, y en cierta forma, así fue.

La triste realidad, era que Berta, había sobrevivido a un intento de asesinato. Otro agente de la hermandad, uno en el que ella había confiado como una estúpida, intentó liquidarla para eliminar competencia, y después ni se tomó la molestia de comprobar siquiera si estaba realmente muerta. Eso es lo que Berta le importaba a ese gilipollas. La goblin, terminó en un subterráneo muy parecido a este, con un par de costillas rotas y sin el ojo izquierdo.

Se sacudió estos humillantes y desagradables recuerdos de la cabeza. Buscó en sus bolsillos la petaca que siempre llevaba encima. Poco después, llegó a la superficie.

Salió por un pedestal cercano a un acantilado; un poco más allá, una pareja de humanos estaba tumbada bajo los restos de una estatua. "Estos humanos se echan siestas en los lugares más inverosímiles", pensó Berta.

Al momento, el ulular de la sirena de un barco llamó su atención. Solo un tipo de barco tenía esas sirenas. "Parece que Vicentin ha hecho algo a derechas por una vez", pensó antes de acercarse al acantilado, sacar un pequeño catalejo y observar.

Berta recorrió con la vista la cubierta del Corazón Negro, algo no cuadraba, veía rastros de lucha, pero ¿qué cuernos hacía la tripulación paseándose alegremente con unos humanos con túnica? Esto no le gustaba un pelo.

Tenía que averiguar qué pasaba exactamente y planear algo, miró a su alrededor. Cerca de los humanos dormidos, podía ver una cestita, se acercó con disimulo y empezó a hurgar en ella, contenía algo de pan, queso y una botella de vino "parece que alguien está de merendola" pensó la goblin "como están muy cansados para comer, seguro que no les importa si me sirvo yo misma" cogió la cesta y volvió al acantilado, trepo a un banco con vistas al mar.

Como siempre que se sentaba en un sitio alto, balanceó las piernas, que no tocaban el suelo. Sacó el tapón de corcho de la botella con los dientes y lo escupió. A continuación, le dio un buen trago, sacó el queso de la cesta, lo olió y lo tiró por encima del hombro, prefirió comerse el pan, que mastico mientras miraba con su pequeño catalejo e intentaba hacerse una idea de lo que pasaba allí abajo.

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Higo Chumbo
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Camelia y Ulrico bajaban por la colina, ocultos bajo el follaje.  En su descenso pudieron contemplar el fulgor argénteo de las armaduras teñidas por el rojo sangre de las vísceras que  adornaban el jardín real.

Cultistas y guardia reales yacían a montones sobre las explanadas verdes.   

Ante tal escabechina, Camelia reconoció la fuerza  del enemigo,  pues a pesar de ir desnudos habían aplastado a muchos buenos soldados con un equipo muy superior. Apartó la vista con asco tras cruzarse con los ojos vidriosos de un joven alabardero. «Malditos incompetentes» Pensó para sus adentros con rabia. «Si mi padre siguiera vivo…. no habría dejado a muchacho a cargo de apaciguar su paranoia.» Entonces recordó todas las veces que El Gran Rey Hortensio había renovado su guardia por no superar sus “expectativas”.

«Pero claro, con estos….»Volvió a refunfuñar.

«Que me podía esperar de estos mequetrefes venidos arriba.

De estos, Galanes con brillante armadura que solo saben cortejar a las damas y competir en quien tiene el sable más grande»

Entonces una punzada de emoción detuvo sus pasos al percatarse de la cabeza cercenada que se elevaba sobre el rosal.

Apartó la mirada con brusquedad, mientras sentía como un géiser de tristeza y dolor brotaba de sus entrañas y la inundaba de una pena incontenible . Ulrico tiró  de su mano con suavidad, para recordarla que no había tiempo para lamentaciones. La reina se permitió un último momento antes de secarse los ojos  y dejar escapar un pequeño sollozo que guardaba todo el dolor y la pena que sentía. Se marcho de la mano de Ulrico, no sin antes lanzar un beso de despedida a la cabeza cercenada de su querida nieta.

 

 

Una vez llegaron al llano, observaron como la mayoría de cultistas se habían agrupado  alrededor del pabellón del príncipe; salvo por un par de patrullas que vigilaban el jardín real, al acecho de no convertidos.

 

Entonces un movimiento sobre ellos llamó la atención de la Reina. Una cortina se había descorrido en el último  de los ventanales De la Torre Este.  Pegó un codazo al brazo duro de Ulrico y apuntó su bastón a la ventana descubierta, el hombre no necesitó más.

 

Esperaron a que la patrulla de la puerta les dieran la espalda y de un manotazo el carcelero mayor los dejó tirados en el suelo. Camelia abrió la puerta con su  bastón en alto, y asomó la cabeza con precaución. Como si de un saqueo goblin se tratase, el corredor estaba patas arriba. Los cuadros rajados, los candelabros  tirados, y los jarrones hecho añicos por el suelo. Eso sí, ningún cadaver.

Viendo que estaba desierto, la pareja se  relajó y se subieron sin cuidado a un montacargas finamente decorado.

Momentos después llegaron al último piso,  Camelia sacó la cabeza y siguió el pasillo  hasta dar con un resplandor luminoso que pasaba debajo de una puerta.

Los dos caminaron lentamente hacia ella,  escuchando el susurro de  unas unas voces que conversaban tras la puerta,  y que cesaron cuando estuvieron frente a ella.

Camelia lanzó una sonrisa maliciosa a Ulrico mientras una diablura se le pasaba por la mente. Con energía, alzó el mango de su bastón y dio tres toques enérgico contra la puerta. Ante el silencio, repitió la jugada con más energía .

— ¡Por el fragante aroma de la Matriarca! Hermanos, entrad y prended a estos herejes.

— ¡Cállate gilipollas!— Escupió una voz más grabe antes de escucharse un culatazo.

La puerta se abrió de golpe, apareciendo tras ella El Capitan Ulises mosquete de fuego al hombro. El cual al ver a quien estaba apuntando se arrodilló de inmediato.

—Oh mi Reina, que alegría veros con vida, con el ataque al palacio ya os habíamos dado por muerta. —Exclamó Ulises  muy emocionado al ver a Camelia Sana y Salva.

Ulises es el miembro mas veterano de toda la guardia Palatina pues acompañó al Gran Rey Hortensio en las guerras de unificación de ElHigoLann; además de ser el Castellano del palacio. Corre el rumor por la corte, que la devoción que siente por Camelia se debe a que ella lo salvó de las purgas de su padre.

—Hemos sobrevivido de milagro, cuando la horda echó a bajo las vayas ya no hubo  hacer nada.

—Habéis dicho “Hemos” ¿Acaso hay alguien más contigo? —Preguntó Camelia haciendo pasar a Ulrico antes de que arrancara la puerta.

—Si mi señora.

Tras una cortina, una figura oronda enfundada en seda verde y con un gran bigote negro, apareció empuñando su bastón. Se trataba del Señor Sity ,( el comerciante por no decir contrabandista más poderoso de toda la provincia y una de las mayores fortunas de todo el imperio.)

El comerciante se apretó las solapa de la levita e hizo una genuflexión apoyándose en su delicado bastón.

—Camelia, que sorpresa más dichosa.

No sabéis cuanto me complace ver que no os han matado esos cabrones.—Exclamó Sity volviendo a hacer una reverencia.

Tras el mercader, apareció un individuo alto, vestido con una larga túnica del Arca adornada con multitud de medallas y bordados, unas gafas ovaladas y un colgante que centelleaba con el color del fuego.

— Me temo que hemos tenido el placer de presentarnos, su Alteza.— Exclamó en tono suave el desconocido— Soy el Maestro Friedrich Jones, Ex Catedrático de Crónicas Antiguas y Alquimia Biológica de nuestra sagrada Arca, a su servicio.— Expuso el hombre con una inclinación de cabeza.

—Antes  éramos más pero nos  dispersamos por todo el complejo para mayor seguridad guardando a los civiles supervivientes de la matanza del salón de Baile.— Expuso Ulises con tono sombrío.

Camelia, sopesó las palabras del oficial, antes de responder:.

—Habéis hecho bien Ulises.

Soy yo la que más se complace en encontraros mis señores. Ya me temía que Ulrico, la Virreina Berta y la Condesa Averil, fuéramos los únicos supervivientes a esta especie de locura.

—En puridad, su Alteza, sería más preciso utilizar el término alucinado, ya que los adeptos no sufren ningún problema neumológico, solo de percepción. Su cerebro está muy cuerdo jajaja — Afirmó el mago en tono de suficiencia mientras se limpiaba las gafas.

—Disculpad el tono del Maestro, Su alteza,  —Exclamó Ulises poniéndose en pie.— Pero, tiene razón, hemos encontrado datos muy esclarecedores que nos llevan a pensar en el posible origen de esta situación.

— Más bien, he encontrado el origen de esta situación— Exclamó el Maestro Friedrich adentrándose en el baño y sacando a un sectario desnudo atado a una silla.

— Este individuo, tuvo la temeridad de cruzarse en nuestro camino y  El Capitan Ulises tuvo a bien traerlo con nosotros para interrogarlo.  Como el interrogatorio no funcionó , me tuve que poner  manos a la obra. Y tras un riguroso análisis metafísico y mental puedo afirmar que:

Los poseídos, no están muertos. Siguen siendo ellos mismos, pero han sido drogados hasta tal punto que tienen la percepción de la realidad alterada.

Están alucinando en una palabra, pues escuchan una voz irreal, (la supuesta “Matriarca”) cuyos designios siguen con un fervor y frenesí fanático, incluso si ponen en riesgo su propia auto preservación física. Algo así como el influjo que tiene el canto de las sirenas, pero mil veces más potente y mil veces más duradero”. —

—Por tanto, si es algún tipo de intoxicación, ¿se podrá desarrollar algún remedio? —Preguntó Camelia esperanzada.

El Maestro por poco estalla en carcajadas.

—No mi estimada señora, no haría falta, el cuerpo ya se purga a si mismo. Lo único que debemos hacer, es evitar que consuma esto—Entonces el Mago sacó de su bolsillo una petaca de vidrio con un líquido amarillo.

—Está es la droga alucinatoria, que

causa las alucinaciones. A si que si destruimos a la fuente, podremos liberar a toda esa gente de su influjo corruptor. Aunque lo que no me termina de quedar claro,es como es posible domar voluntades tan feroces como la Goblin.

Camelia dejó rumiando al mago, y se acercó a la ventana.  Allí Sity observaba el pabellón del Principe y como aquella masa de gente se movían de forma rítmica y sincronizada.

—Ulises.— Llamó Camelia al Capitán, el cual se acercó en silencio.— Necesitó que agrupes a nuestras fuerzas supervivientes en mis aposentos privados, y planeemos desde allí el contraataque. Sea lo que sea, necesitamos cortar esa fuente de raíz ante que de se extienda al resto de la Provincia.

Ulises asintió y marcho a toda prisa hacia otra ventana, donde con el reflejo del sol mandó un mensaje a otras dos ventanas. Solo una respondió, un enano barbudo se asomó al cristal acompañado por un soldado herido que extendieron el mensaje por otras partes del palacio, hasta llegar a todos los supervivientes.

(Incluyó mapa del palacio y jardines, marcado en rojo el camino seguido por Camelia y Ulrico) 


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Berta, había terminado con el pan y ahora, fumaba ociosamente su pipa de caña larga y pequeña cazoleta, mientras barría los jardines con su catalejo. Podía ver mucho movimiento alrededor del pabellón del príncipe.

Por sus ropas, se trataba de cultistas. Su líder era uno de los hijos de la reina Camelia, o los tres, por lo que tenía sentido que se reunieran allí. Lo que no tenía tanto sentido, era que allí también se empezaban a congregar un buen número de goblins. Berta empezaba a pensar que, ese idiota de Vicentin, había transmitido mal sus órdenes y que la flota se había puesto al servicio de los rebeldes en lugar de la reina. Tendría que intentar ponerse en contacto con los barcos para solucionar el malentendido.

Continuo buscando con el catalejo. Una serie de brillos provenientes de barias ventanas del palacio llamaron su atención. Pensó que sería el sol en los cristales, pero cada vez eran más y repetían un patrón.

Parecía que los leales, estaban dispersos por el palacio, los brillos eran una llamada, estaban intentando reunirse en los aposentos de la reina, ya sabía dónde debía ir, plegó el catalejo y apago la pipa, salto del banco.

Mientras bajaba la colina, pensó que, la mayoría de la gente sabía lo que había hecho en Puerto Cervecero. Los más informados, podían suponer que era algún tipo de oficial de elite del ejército Goblinburgues, sin embargo su aspecto actual, delataría que era algo más, a sí que, si se iba a reunir con quien quiera que quedara en ese palacio, y a fin de mantener el secreto de lo que era realmente, no podía ir vestida con la túnica de la hermandad de los cuchillos largos, tendría que pasar por su habitación y cambiarse.

Se encontraba a mitad de camino del palacio. Cuando escucho una risilla aguda, era la risa de un niño goblin. Berta se asomó entre unos arbustos. Allí estaba Vicentin en calzoncillos, lanzando una bola de trapos. Algo pequeño salió lanzado, capturó la bola al vuelo y se la devolvió al niño goblin. ¡Era Pedrito! El dragón férrico miniatura del contraalmirante Saturnino.

Berta salió de su escondite, se acercó con sigilo a Vicentin, hasta rozar con los labios la oreja del niño goblin.

-¿qué haces?- susurró.

-Estoy jugando con la lagartija, debería convencer a Berta tuerta para que me compre una- el niño estaba tan concentrado en su juego que ni se volvió a mirarla.

-¡¿Y SE PUEDE SABER POR QUÉ TODOS LOS GOBLINS ESTÁN AYUDANDO A LOS CULTISTAS EN LUGAR DE A LA REINA?!- Berta gritó a pleno pulmón al oído de Vicentin, el niño dio un salto y por fin fue consciente de que su jefa estaba tras él.

-Yo le dije lo que me mandaste. De verdad, Berta tuerta. Lo que pasa es que el contraalmirante no diferencia un humano de otro- mintió Vicentin.
A Berta también le parecían iguales todos los humanos, así que le vio la lógica a la escusa de Vicentin.

-Está bien, as hecho lo que te mandé- Berta le revolvió el pelo al niño goblin -ya arreglaremos el malentendido. Tenemos que ir al palacio, pero no podemos dejar aquí a Pedrito, tenemos que devolvérselo a Saturnino- la goblin se acuclilló - Misi, misi- llamó. El pequeño dragón inclinó la cabeza y se acercó con cautela. Olisqueo la mano de Berta, al reconocer el olor, se frotó con ella y, de un salto, trepó al hombro de la goblin.

-Los dragones férricos miniatura, son como gatos, pero con alas; son conscientes de todo. Dicen que no hablan solo porque no tienen cuerdas bocales, y además, escupen fuego. Mucho fuego, no conviene alterar a Pedrito- Explico Berta enderezándose y echando a andar hacia el palacio con Vicentin apresurándose tras ella -Tenemos que pasarnos por la habitación, tengo que cambiarme de ropa y tú tienes que vestirte, no puedo presentarme en público con mi asistente en calzoncillos, van a pensar algo raro-.

Cruzaron los jardines apresuradamente, los indicios de la batalla que se había librado eran más que evidentes. Berta aprovechó para hacerse con una daga que le serviría de espada. Para conservar su tapadera, no podía utilizar sus dagas arpía.

Una vez dentro del palacio, se dirigieron a la habitación de Berta. La devastación era tremenda, no quedaba ni una mesa con todas sus patas, pero no había tiempo para detenerse y admirar el arte local.

Una vez en sus aposentos, Berta mandó a Vicentin a ponerse algo, mientras ella buscaba unas bragas limpias y elegía un vestido que ponerse. Escogió un cómodo vestido de crepe negro, para dar verosimilitud a su tapadera, lo desgarró por varios puntos, asegurándose de hacerlo por las costuras. Era un vestido caro y no tenía sentido echarlo a perder.

Una vez lista, con Pedrito al hombro y seguida por Vicentin, se dirigió a los aposentos de la reina. Durante el trayecto, Berta calló en la cuenta de que, ni en el jardín ni en el palacio, se habían cruzado con ningún cultista vivo; esto no podía ser bueno. Se sacudió esos pensamientos. A la vuelta de la esquina, en el pasillo que llevaba a las habitaciones de Camelia, alguien había montado una barricada. Al ver movimiento, los que la guardaban dispararon sin preguntar. La goblin, se echó hacia atrás y se pegó a la pared.

-No disparéis, soy la virreina de Puerto Cervecero- gritó sin asomarse, con Vicentin pegado a ella.

-Muéstrate- respondió alguien desde el otro lado de la barricada. Berta, seguida por Vicentin, salió al pasillo con los brazos en alto.

-Disculpe virreina, estando las cosas como están es mejor disparar y luego preguntar- le dijo uno de los guardias mientras la ayudaba a cruzar la barricada. Berta no podía dejar de darle la razón.

Una vez pasada la barricada, Berta le entregó el pequeño dragón a Vicentin y entró en los aposentos de Camelia. Allí había bastantes más invitados al baile de hacía unos días de los que esperaba, y muchos menos guardias de lo que le gustaría.

La recibió Elric, Berta tenía la esperanza de que ya hubiera abandonado la isla, al verla entrar, el enano se dirigió a ella, la abrazó y la besó en los labios. Berta quería continuar con el beso, pero no quería que se supiera lo suyo con el enano. Que los vieran besándose en público, era un auténtico escándalo. Por fortuna, nadie parecía estar prestando atención. Apartó a Elric con suavidad.

-Elric. Me dijiste que zarpabas al amanece, que haces aún aqui- la goblin, para su sorpresa, estaba genuinamente preocupada por el enano.

-Todo está totalmente fuera de control. Anoche, escuché que te habían arrestado por atentar contra la Gran Duquesa Hortensia- le dijo el enano -Si quieres que te diga la verdad, me sorprende que nadie lo hiciera antes. Y ahora esto. Si la mitad de la gente de la habitación sale con vida de esta, a Camelia le van a llover las demandas- Elric deshizo el abrazo, lo que Berta aprovecho para fijarse en quienes estaban allí, entre ellos reconoció a la alta y seca viuda Von Schadow, que se sentaba en un rincón, abanicándose acaloradamente. Junto a ella, tratando de calmarla, se encontraba un humano, gordo y vestido totalmente de verde.

"Sity" pensó Berta, mientras le rechinaban los dientes.

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Berta se encontraba junto a Elric, en un rincón del comedor de los aposentos de Camelia. Todos los presentes discutían a gritos qué hacer a continuación.

La goblin estaba de un humor de perros. Le molestaba que el enano insistiera en cogerla de la mano en público, pero lo que realmente la puso furiosa, fue la noticia de que los goblins habían sido infectados de alguna forma, convirtiéndolos en siervos de los cultistas.

Que los humanos se empeñaran en perderse en una discusión eterna, no ayudaba. Al parecer, creían que se podía ganar una guerra por consenso. Si esto fuera un debate goblin, Berta ya les habría partido la cara a todos.

Sity estaba allí, vestido de verde, como siempre, y con su pequeño y ridículo bastón. Intentaba mediar y calmar los ánimos, haciéndose el simpático, interpretando el papel que ocultaba la bestia que era realmente.

En los últimos años, como parte de su estrategia a largo plazo para adueñarse de El-higolann, los ministros entablaron una importante relación comercial con Sity. El humano tenía muchos contactos en las más altas instancias, tanto legales como de los bajos fondos, lo que lo convertía en un activo muy importante para Goblinburgo.

De vez en cuando, el humano obeso, miraba sin ningún disimulo a Berta y a la mano que Elric le agarraba, con algo en la mirada que, Berta, no estaba acostumbrada a ver, ya que era algo que rara vez sentía un goblin. Eran... ¿Celos?.

Berta ya sabía que ese degenerado, estaba prendado de ella desde la primera vez que se vieron. Hacía unos meses, tras mucho insistir, Sity consiguió concertar una cita con ella, y aunque la goblin estaba dispuesta a mantener relaciones con él por voluntad propia, el humano prefirió violarla y humillarla durante horas. Desde aquel día, Berta se la tenía jurada, se había prometido a sí misma asesinarlo de la forma más lenta y dolorosa posible.

Ahora que era virreina y tenía acceso a más información, sabía que, al ser un socio preferente, se había hecho todo lo posible para tenerlo contento. Revisando la correspondencia de Juan Luis, Berta descubrió que, ese humano pervertido, había desarrollado una fuerte obsesión por su persona. Ella no fue la primera goblin en serle entregada para satisfacer sus más bajos instintos, aunque, su caso era especial, ya que era la única que había sido elegida personalmente por Sity. Su belleza y su título de baronesa tuvieron mucho que ver, no todos los días se conocía a una auténtica noble goblin.

Por desgracia, los ministros lo querían vivo y no podía tocarle un pelo. Era una auténtica lástima que los cultistas no lo hubieran liquidado, o mejor aún, que fuera uno de ellos. De esa forma, Berta podría matarlo delante de todo el mundo, y encima le darían las gracias. Aun así, podría aprovechar la confusión reinante para vengarse. Pero primero, tenía que salir de ese atolladero.

A su alrededor, la discusión se había estancado. Esta era la razón por la que los debates goblins se zanjaban siempre con un buen derechazo; nada ponía más de acuerdo a un grupo, que un par de ojos morados.

Berta ya estaba harta, soltó la mano de Elric y se dirigió a un gran jarrón de aspecto caro, lo levantó por encima de su cabeza y lo tiró al suelo con fuerza. El estruendo hizo callar a todos los presentes, al momento todos los ojos de la sala se posaron en ella.

-Goblins, no son más que animales- escucho murmurar.

Berta habló con firmeza -A los humanos solo se os da bien hacer una cosa. ¡Perder el tiempo! Los mensajes con los brillos de los cristales se podían ver desde Celestia. Los cultistas sabrán que estamos aquí, solo es cuestión de tiempo que vengan a llamar a la puerta y ¿qué hacéis vosotros? Perder el poco tiempo que tenemos. Decís que los goblins somos animales, bueno, pues los animales solo saben hacer dos cosas: huir o luchar. Vosotros, humanos repipis, no tenéis lo que hace falta para luchar, así que huyamos. En esta sala hay un pasadizo secreto, aprovechémoslo-.

Los allí reunidos, se quedaron en silencio, mirando con odio a la goblin; estaba claro que no estaban acostumbrados a que les hablaran así.

Camelia rompió el tenso silencio con una risa -Por fin alguien habla con un poco de sensatez. Es lo que llevo intentando decir desde hace más de veinte minutos. Ahora que por fin estáis calladitos, vamos a salir de aquí- sin más preámbulos, la reina se dirigió a la puerta secreta y la abrió.

El grupo de nobles y el puñado de guardias, se internó en el pasadizo. Berta estaba a punto de seguirlos, cuando Elric se le acercó y le susurró al oído -Me la as puesto dura-.

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Una vez todos entraron en el pasadizo, Berta se quedó atrás, asegurándose de que la puerta se cerraba del todo tras ellos.

A los guardias encargados, no les hizo ninguna gracia tener allí, controlándolos, a aquella goblin pelirroja y tuerta, con los brazos cruzados, mientras golpeaba impacientemente el suelo con un pie. Esa pequeña y bárbara criatura, había puesto de vuelta y media a los nobles y eso era digno de elogio, pero ahora parecía creerse con derecho a darles órdenes.

Una vez terminado el proceso y tras empujar y tirar de la puerta varias veces para asegurarse de que estaba bien cerrada, cosa que, una vez más, no le hizo ninguna gracia a los guardias, Berta corrió escaleras abajo, levantándose las faldas para no caerse.

Gracias a su pequeño tamaño, pasó con facilidad entre las piernas de la fila de humanos que descendía la escalera de caracol, en un santiamen, alcanzó a Camelia, que se apoyaba en Ulrico, el enorme y aterrador guardia.

-¿Dónde está Lucrecia?- preguntó sin avisar de su presencia, lo que provocó que la humana diera un respingo.

-Creía que te habías cruzado con ella- Camelia tuvo que inclinar mucho la cabeza para mirar a Berta a la cara -Se quedó dentro del agujero que debiste ver antes de salir del subterráneo-.

Berta meditó por un momento. ¿Si Lucrecia muriera, el plan de los ministros se vería favorecido? Si la quisieran muerta, ya habrían dicho algo. Desde luego su muerte no haría daño, no se podía permitir que Lucrecia cayera en manos de esa secta. Aparte estaba el tema de liquidar a Sity, quería hacerlo personalmente, pero aquí había demasiadas variables, empezaba a preguntarse si no sería posible arreglarlo todo de un plumazo...

Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie ponía la oreja -Mi asistente dice que, el puerto sigue siendo seguro. Elric, el representante de la naviera enana, tiene su propio barco, y estoy convencida de que, nos sacaría de la isla encantado. Una vez en Puerto Cervecero, podré enviar a la flota goblin, que pondrá Verde Jardín en cuarentena y lo bombardeará con munición incendiaria, aunque para eso, tendremos que dejar atrás a todo este peso muerto- Berta lanzó una mirada maliciosa hacia atrás, concretamente a Sity.

-Los goblins tenéis fama de sicópatas. Quiero asumir que vuestra cruel propuesta, tiene que ver con el pragmatismo propio de un asesino profesional. Pero no voy a abandonar mi isla, ni mucho menos, voy a permitir que matéis a todos sus habitantes- El tono duro en la voz de Camelia, dejaba a las claras que el plan de la goblin no le gustaba nada.

-La hermandad, es un grupo de operaciones especiales. No somos simples asesinos; además, somos espías y saboteadores. Y os estoy ofreciendo una salida. Deveis aceptar que habéis perdido el control, debemos cortar por lo sano antes de que la podredumbre se extienda- Berta estaba siendo razonable, en otra situación ya habría abandonado la isla con Elric, preferiblemente llevándose a Vicentin, aunque llevárselo no era una prioridad.

Ya estaban al pie de las escaleras. Camelia apenas podía contener su enfado con la goblin, pero debía mantener la calma -No entiendo cómo un cuerpo tan pequeño puede contener tanta maldad- refunfuño mientras buscaba el interruptor que habría la puerta secreta de ese lado, la goblin torció el gesto, obviamente no compartía esa opinión.

El muro se abrió con suavidad, el pasadizo daba a un pasillo en el semisótano, por desgracia, no estaba tan vacío como era deseable. Cincuenta infantes de marina goblins armados hasta los dientes esperaban allí; obviamente, los hijos de Camelia, conocían ese pasadizo; esto no iba a terminar bien.
-¡Era mucho pedir que nos dejaran en paz!- le dijo Berta a la reina Camelia, mientras sacaba una daga con el escudo de la casa Col y Flor de uno de sus Bolsillos.

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