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EL–HIGOLAN una historia de Sombras de Kadazra.(Recopilación)

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Smooky Marple
(@smooky-marple)
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La Hermana de la Muerte, Tarian Ardan contempló el mapa que cubría todo el suelo de su estancia, pequeños estandartes señalaban el avance de la Sierpe por el territorio de Kadazra.
 
Sonrió. Abrió el pequeño vial que colgaba de su esquelético cuello. Vertió una pequeña cantidad de ankar negro pulverizado en el dorso de su mano. Inhaló el oscuro polvo.
 
La cabeza de Tarian cayó pesadamente hacía delante. La saliva comenzó a gotearle por aquel pozo de infección que llamaba boca. De manera súbita, su cuello se dobló hacía tras en un ángulo imposible, un chasquido horripilante rompió el silencio.  Sí hubiera sido una humana hubiera muerto en el acto.
La conciencia de Tarian se movió entre las sombras de otros tiempos, apartó los fantasmas del pasado, del presente y del futuro. Buscaba a la portado del anillo de Regaron.
 
El anillo había sido forjado con pastas e higos del más allá del umbral, en el mundo del Gran Leviatán e imbuido con su gran poder.
 
La pureza del ankar negro que lo adornaba funcionaba como un faro para todos aquellos espectros, fantasmas... que lo hubieran poseído, pero sólo cuando su portador llamaba su poder, ya fuera de manera consciente o no, iluminaba el camino hacía él.
La Hermana de la Muerte había invertido mucho tiempo en ver ese destello entre la oscuridad, pero después de cientos de sacrificios lo había encontrado.
Proyectó su esencia hacía el anillo.
 
Lucrecia corrió las pesadas cortinas, necesitaba una siesta reparadora.
Media hora más tarde, Lucrecia despertó empapada en lo que pensó era sudor. El olor a hierro la hizo sobresaltarse. Con mano temblorosa encendió la lámpara de aceite. Lanzó un grito. 
Algo había lacerado la piel de sus piernas y las sábanas, algo había trepado por su cama.
La cara interna de su muslo izquierdo apareció escrito:
“Voy a por ti”
 
Tarian Ardan con los ojos velados deambuló por el mapa. Una uña pútrida se hundió en su diestra muñeca,  una sustancia hedionda comenzó a gotear hasta formar una ponzoñosa X en el lugar marcado como: El-Higolan.

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Fasa_Ape
(@fasa_ape)
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Berta desembarcó de la gabarra que la acerco a tierra firme, seguida por Vicentin, que cargaba con todo su equipaje. Aún que no necesitaba la mitad de esas cosas; de hecho, una de las maletas iba llena de ladrillos. Quería que Vicentin estuviera cansado, así no se metería en líos, y lo más importante, no la metería en líos a ella.
 
El puerto en el que puso pie, era bullicioso; podía ver barcos con insignias de toda Kadazra. Por lo que sabía, en esa isla se producía gran cantidad de leche y polvo de amapola, lo que tenía un amplio uso medicinal, pero Berta sospechaba que, la mayoría de la riqueza de esa provincia procedía de los usos más ilegales de esas sustancias.
 
En el malecón la esperaba una calesa dorada, conducida por un cochero con librea. De pie y esperándola, pudo ver a un hombre y una mujer, ricamente vestidos, con pelucas empolvadas con polvo de arroz y pesadamente maquillados de blanco. Berta no pudo evitar fijarse en sus orejas picudas y su grácil apariencia física, aunque, tampoco se le pasó por alto lo cuadrado de sus mandíbulas. Eran semielfos.
 
Los semielfos aunaban lo peor de ambos mundos, eran tan envidiosos y taimados como los elfos, y tan avariciosos y egoístas como los humanos. Esos engendros deberían estar prohibidos, pensó Berta.
 
Antes de que pudiera terminar de subir la escalera hasta el malecón, los semielfos se acercaron a ella. -Virreina Berta, ser bienvenida a Florelia, soy Jacinto, señor de estas tierras, y esta es mi querida hermana Margarita- dijo amaneradamente el semielfo, acto seguido y al unisono, los dos hermanos hicieron una amplia y elegante reverencia.
 
-Es un honor, príncipe Jacinto, no esperaba que vos en persona vinierais a recibirme- Berta inclinó la cabeza respondiendo a la reverencia de los hermanos.
 
-Por favor, mi querida virreina, es obligación de un buen anfitrión recibir a sus invitados más insignes. Además, mi madre desea entrevistarse con vos antes del baile, así que nos ahorraremos la ruta turística e iremos directamente al palacio.
 
Berta respiró aliviada, no le apetecía ver lo fea que era esa isla llena de flores y además poner buena cara.
 
Tras acomodar el equipaje de Berta en otro carro que les seguía, Berta y Vicentin subieron a la calesa, sentándose enfrente de la pareja de hermanos.
 
Ya llevaban un rato de viaje sin que nadie dijera nada. Berta iba a romper el silencio, cuando Jacinto y Margarita empezaron a besarse. ¡A BESARSE EN LA BOCA, CON LENGUA Y TODO! ¿Pero no le habían dicho que eran hermanos?, ¡Malditos elfos pervertidos! Y luego los que tenían mala fama eran los goblins.
 
Berta y Vicentin, se miraron el uno al otro, preguntándose en silencio: ¿dónde nos hemos metido?.
 
Después de una hora de viaje, viendo cómo esos dos hermanos se enrollaban entre sí sin ningún decoro, por fin llegaron al palacio. Berta, bajo aliviada, se lo agradeció sinceramente al criado que la recibió y la llevó a la habitación que ocuparía durante los próximos días.
 
Una vez a solas con Vicentin, Berta decidió cambiarse. Hacía calor, así que eligió un vestido de raso morado, bastante escotado. Mientras se cambiaba, le dijo a su asistente -Vicentin, no te acerques a esos semielfos. Seguro que tienen una de esas asquerosas enfermedades de elfos, incluso te podrían pegar ladillas-.
 
-¿Que son ladillas, Berta tuerta?- pregunto el niño goblin intrigado.
 
-Pipis, Vicentin, te pueden pegar pipis -dijo Berta muy en serio. El niño goblin puso cara de auténtico terror -Voy a ver a esa reina Camelia, no quemes la habitación mientras estoy fuera-.
 
Berta salió de la estancia. En el pasillo, la esperaba un ujier que la acompañó a una terraza, donde una humana anciana, en silla de ruedas, admiraba el mar de color turquesa, que rompía suavemente muchos metros más abajo.
 
Tras las presentaciones y quedar a solas, Camelia dijo sin rodeos. -Así que tú eres esa goblin de la que habla todo el mundo. No me pareces muy impresionante-. Camelia miraba a Berta de arriba a abajo, la goblin tuerta era baja, incluso para los estándares goblin.
 
Qué señora mayor humana tan simpática, pensó Berta, seguro que se cree mordaz e implacable, pero al lado de cualquier señora mayor goblin, no es más que una aficionada. Así que Berta decidió hacer lo que hacía cada vez que hablaba con una señora mayor goblin. Asentir y hacer como que le interesaba lo que le decían.
 
-Siento decepcionaros, señora, no todas las goblins podemos medir dos metros. Agradezco la invitación al baile- dijo con humildad.
 
-Y no me extraña, muchos están dispuestos a pagar para poder asistir a una de estas soirées -dijo la humana casualmente. Berta se escandalizó, porque ella habría pagado por no ir.
 
Camelia se inclinó todo lo que le era posible hacia la goblin y le dijo en un tono bajo -Necesito hablar muy en serio contigo, pero no puede ser aquí, demasiados oídos indiscretos. Reúnete conmigo en mis habitaciones a las doce de la noche- Tras esto, la mujer se enderezó y, dando unas palmadas, anunció que la reunión había terminado.
 
Berta abandonó la terraza, esperando que en la reunión de la noche, la humana, tuviera algo interesante que decirle, porque después de ver a que se dedicaban sus hijos, Berta no estaba muy dispuesta a fiarse de esa vieja y mucho menos a ser peón en alguna de sus maquinaciones.
 
En los últimos meses, Berta, ya había aprendido por  las malas que, los goblins tenían mala fama, pero que los auténticos pervertidos solían ser, los que les señalaban con el dedo, y que una goblin decente como ella, no podía fiarse de toda esta gentuza.
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Higo Chumbo
(@higo-chumbo)
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Iniciador de tema  

Lucrecia soltó un chillido al ver las palabras escritas en su carne. Una carrera alocada se escuchó en el pasillo hasta que  Alano irrumpió en el camarote con un fuerte portazo.  Con el sobresalto Lucrecia le arrojó sin pensar una copa de plata que el edil esquivó por poco. 

 

— ¿Estáis bien mi señora? ¿Quésucede? —. Pregunto Alano muy preocupado. 

Lucrecia, aún hiperventilando, bajò la mirada hacia su muslo donde ya no había nada. 

 

— Alano, no te preocupes, habrá sido una pesadilla.  Una pesadilla muy real. — respondió Lucrecia poco convencida de lo que decía.

 

Cuando la caída del sol empezó a teñir las nubes de rojo y  morado. Un mayordomo impecablemente vestido salió al jardín para llamar a todos los invitados, los cuales  miraban asombrados el atardecer reflejado en el mar.  

 

Una hora más tarde….

El carruaje se detuvo frente a las puertas del palacio con un fuerte frenazo. Lucrecia y Alano salieron de él casi al trote. Atravesaron un corredor con paredes de mármol que  terminaba al otro lado del  jardín, ella caminaba con prisa  agarrando la falda de su vestido de seda roja mientras él la seguía embutida en un traje lleno de medallas.  

 

—Sí no te hubieras probado todas las chaquetas de tu guardarropa no estaríamos llegando tarde—. Le reprochó Lucrecia esquivando a un sirviente. 

 

— Claro, si no hubieras monopolizado a mi “ayuda de cámara” tras echar a la tuya por la borda, no tendría que haberme vestido yo mismo— .  Contraatacó Alano. 

— Esa inutil me llamó gorda. —

— No es cierto, te dijo que la faja ya no te entraba, pero te empecinaste en apretar… ¡Y claro! la pobre salió despedida cuando se soltaron las costuras. 

 

— No me lo recuerdes. — Zanjó Lucrecia con un bufido—.   Y a quién llamas empecinada cuando llevas más medallas que el difunto emperador. ¡Vas ridículo!—. Alano miró con orgullo la solapa izquierda de su traje, donde tres filas de medallas pendían y ondeando de izquierda a derecha ante el ritmo de su marcha apresurada. — Son todos los méritos a una vida de  trabajo y sacrifico por …

—Anda y vete por ahí—. Le interrumpió Lucrecia. 

La pareja salió al jardín trasero del palacio. El leve siseo de la música y las risas se hizo presente. Torcieron a la izquierda siguiendo un sendero de matorrales y tras ascender por un repecho el Pabellón del príncipe apareció ante ellos. Un chambelán con un antifaz de gato les recibió en la entrada, y tras una reverencia silenciosa, les dio la llave  de su reservado y abrió la puerta. 

Lucrecia se quedó paralizada ahogando un grito en su garganta al contemplar  a las personas más influyentes del imperio pasearse desnudas por la habitación, danzando, comiendo y restregando sus cuerpos unos con otros. Con el gesto torcido y los ojos como platos se giró lentamente hacia la puerta para tratar de procesar aquella situación, cuando una voz que conocía muy bien la llamó detrás ella. 

 

— Dama Lucrecia, qué placer verla, ha llegado justo a tiempo para el baile de máscaras. 

—Como me gustaría decir lo mismo, señor Sity—. Le repuso la dama en un esfuerzo sobrehumano para no mandarlo a Tomar por Culo, pues en ese contexto  podría entenderse de otra forma.  Mientras se daba la vuelta hacia el hombre sin despegar la mirada del suelo otra voz se acercó hacia ella. El príncipe Jacinto.  

— ¡Oh qué ven mis ojos, una estrella con nosotros!

 Bienvenida a dama Lucrecia, espero que disfrutéis de la velada tanto como yo. 

 

En un movimiento rápido Lucrecia fijó los ojos en la cara de su interlocutor en un esfuerzo por mantener la decencia y no mirar a nada más que su cara. Alterno su mirada iracunda sobre la máscara de bufón del semielfo y la máscara felina del mercader. Y cuando se dispuso a reprenderlos por  toda aquella  repugnancia. Una punzada de miedo y sorpresa volvió a paralizar su expresión al notar el contacto de una lengua húmeda y salivosa chupar su mano enguantada. Apartó la mano en un aspaviento a la vez que torcía la cabeza, para descubrir al anciano sumo sacerdote Taranis arrodillado a cuatro patas con una máscara de perro.  Esto ya era demasiado, Lucrecia alzó su mano y con el anillo  bien sujeto y apartó al anciano de un manotazo que lo dejó en el suelo. Sus dos interlocutores, se marcharon riendo para mezclarse en el mar de gente. Entonces un par de dedos enguantados llamaron la atención de Lucrecia, que se giró con violencia preparada para atizar a otro pervertido. Cuando se encontró a un camarero joven y atractivo vestido con solo un antifaz de conejo. El cual sostenía una copa en su mano y le señalaba a una figura en un extremo de la habitación. Era Alano quien trataba de llamar su atención para acudir al reservado, mientras alejaba a la mujer de Don Dele que intentaba quitarle los pantalones. 

Lucrecia se bebió la copa de un trago, respiró hondo y se adentró con paso firme apartando a todo aquel o aquella que osase tocarla un pelo.  Mientras cruzaba aquel salón atestado de cuerpos desnudos y sudorosos, observó a la orquesta que llenaba el ambiente con  música animada, a un lado Elsarín los dirigía con la ayuda de otro muchacho que le comía a besos entre nota y nota. Apartó la mirada cuando el Procurador General tras abalanzarse sobre una montaña de polvo de amapola, empezó a saltar sobre las mesas y a perseguir a las camareras con máscaras de conejos. Tras apartar a un par de invitados que la tiraban del vestido consiguió llegar hasta Alano y encerrarse con él en el reservado. Al entrar una decena de miradas se posaron en ellos, eran todos los invitados que como ellos no habían querido soportar la indecencia del Príncipe. Lucrecia caminó directamente hacia el bar mientras Alano charlaba con la Condesa Viuda von Schadow. Al llamar la atención del barman, una copa de Grog Isla del Mono se deslizó hacia ella del otro lado de la mesa. —Yo invito a esta ronda Condesa— 


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Fasa_Ape
(@fasa_ape)
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A Berta no le gustaban los vestidos de baile de moda en Goblinburgo. Eran demasiado estridentes para su gusto. Su entrenamiento de asesina, le había enseñado a apreciar la discreción, así que, decidió llevar un vestido de satén rojo burdeos con manga guateadas, y de cuello cerrado, rematado con una golilla. Peinó su pelo rojo en un intrincado peinado, y se puso el parche dorado, regalo de Elsarín.

No podía llevar los guantes perfumados, ya que los quemó. Así que, teniendo en cuenta, que no tenía perro, y no podía decir que se los habían comido, decidió culpar a Vicentin. Si alguien la preguntaba, diría que; Vicentin se había comido los dichosos guantes.

Al caer la tarde, los invitados al baile, fueron convocados al pabellón del príncipe.

Berta entró en el abarrotado salón de baile, miraba con atención a todos los invitados, buscaba a Lucrecia. El problema era que ¡todos los puñeteros humanos le parecían iguales!.

-Oh, baronesa Bartola Eusebia Robustiana Von Buenculon, qué gran placer volver a verla- Berta reconoció la voz de inmediato, pertenecía al único humano al que reconocería entre un millón.

Se giró, y allí estaba ese gordo cabrón de Sity. Berta apretó los dientes, no podía matarlo allí mismo, seguro que alguien se lo tomaba a mal.

-Sois tan bella como recordaba -dijo Sity acercándose a Berta y posándole una mano en el hombro -Que estéis aquí, solo hará esta fiesta aún más divertida, espero veros a solas a lo largo de la noche-.

-Si nos quedamos a solas, te garantizo que, al menos yo, me lo pasaré en grande- dijo Berta con tono venenoso, Sity no captó la amenaza.

-Sity, Sity- llamó una voz, una voz musical y afeminada.

-El príncipe Elsarín me reclama. Espero poder veros en un rato, muñequita- Sity se apartó de Berta y se perdió entre la multitud.

Berta estaba deseando matar a ese degenerado, pero no podía hacerlo allí mismo. Le resultaría fácil enviar una compañía del ejército a su finca, y quemarla con él y ese desgraciado toca clavicémbalos de su criado dentro. Pero los ministros no lo aprobarían, tenía muchos contactos, así que lo querían vivo. Berta tendría que hacerlo personalmente y en secreto. Pensaba hacerlo en cuanto le fuera posible y lo disfrutaría, mucho, mucho.

La goblin siguió paseándose por la sala, buscando a Lucrecia.

Llevaba un buen rato deambulando y ya se había tomado un par de copas. La orquesta dejó de tocar, y un semielfo subió al estrado.

-¡Bienvenidos! Muchos de vosotros habéis esperado todo un año para disfrutar de los placeres que solo Verdejardin puede otorgar. La auténtica fiesta ahora va a comenzar- dio unas palmadas. Unos criados con máscaras de conejo, empezaron a repartir máscaras entre los invitados, otros entraron cargando con grandes bandejas llenas de un polvo blanco.

A Berta, le dieron una máscara de zorra, "qué apropiado" pensó la goblin.

De repente, todo empezó a salirse de madre. La gente se acercaba a las bandejas de polvo, otros se desnudaban, e iniciaban todo tipo de actos sexuales.

Berta inclinó el cuello hacia la izquierda y entrecerró su ojo sano. Las fiestas goblin podían ser salvajes, ¡pero esto era pasarse!.

Una mano la agarró por el brazo, Berta se volvió para encontrarse con Elric, el representante de la naviera enana.

-Baronesa, ¿o debería llamarte Berta? Es un gran placer volver a verte- dijo el enano amablemente -Si no estás pensando en participar en esto, te sugeriría que me acompañaras- el enano rodeo a Berta con el brazo y la guio a través de la orgía -generalmente, los que asistimos a estas fiestas por compromiso, nos reunimos en un reservado- explicó Elric mientras saltaba por encima de una pareja que retozaba en el suelo.

Entraron a una sala con barra de bar, una buena cantidad de personas se apiñaban allí, muchos de ellos discutían airadamente sobre la orgía que se estaba desarrollando en la sala de al lado.

Elric, pidió algo en la barra, poco después, les sirvieron dos copas de un licor ambarino. El enano le entregó una a Berta, la goblin olio su copa desconfiada.

-Es brandi de cerezas. ¿Recuerdas? Aquella noche, en la fiesta de Sity, le vomitaste en los zapatos a Igben, luego él te dió una patada, haciéndote volar hasta casi la mitad del salón de baile. Ya solo por eso te ganaste mi respeto, así que te ayudé a levantarte, y compartimos una botella de brandi de cerezas. Dijiste que era la primera vez que lo probabas y que te gustaba mucho-.

Berta no recordaba la mitad de aquella noche.

-En estos meses he pensado mucho en ti, cuando me entere de lo de Puerto Cervecero, monte en cólera, por desgracia, la cofradía de armadores no cuenta con un ejército, así que envíe quejas a todas las autoridades de la isla, incluso intente ir varias veces a buscarte- El tono de Elric no dejaba duda de su sinceridad.

-Ahora que las cosas se han calmado, podríamos retomar las cosas donde las dejamos. Mi barco está atracado en el puerto y, como te dije en mi carta, tengo un colchón por estrenar- dijo el enano con una sonrisa pícara.

Berta vio entrar por la puerta a una joven humana, ¡esa era Lucrecia! La reconoció porque siempre iba acompañada por un viejo, que al parecer era su perrito faldero.

-Bueno, sé que soy una fiera en la cama, me lo dicen mucho, pero no estoy lo suficientemente borracha, y no planeo estarlo en los próximos, digamos, veinte años. Ahora, si me disculpas, he visto a alguien a quien me gustaría saludar-. Berta se bebió de un trago su copa de brandi y fue a la barra, donde pidió dos copas de grog marca la isla del mono.

Cuando se las sirvieron, Lucrecia ya estaba apoyada en la barra, intentando llamar la atención del camarero, Berta empujo una de las copas, que se deslizó hasta quedar justo delante de la humana, que sorprendida miró en su dirección.

-Yo invito a esta ronda, Condesa- dijo Berta con amabilidad.

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Smooky Marple
(@smooky-marple)
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El voluptuoso cuerpo de Diän se contoneó en dirección a los servicios. Su vista se paseó por las diversas parejas, tríos de cuerpos humanos en posiciones del Higosutra. Los más inexpertos necesitaban varios minutos para entender que orificio era ocupado por que objeto de carne, metal, piedra…
 
A Diän no le interesaba esas penetraciones burdas y faltas de imaginación, su ardor era saciado por maneras mucho más intensas. Respiró hondo. Era hora de informar.
 
Cerró la puerta del baño amortiguando los jadeos, los “estrújame el higo maduro…” Diän se quitó el sujetador. De una de sus copas extrajo un objeto abovedado similar al marfil, su tacto era poroso, vetas de un color más cerca del negro que del rojo recorría las costuras del mismo. Frotó el trozo de cráneo.
  • ¡Gran Hermana de la Muerte, tu sierva te llama!.
La visión difuminada de Tarian Ardan en la superficie del hueso provocó el deseo de Diän. La acolita aplacó el escalofrío que nacía de sus labios inferiores al contemplar a su señora.
  • Mi niña, ¿Cómo van las pesquisas?-dijo Tarian mirándola fijamente desde los vacíos de sus ojos.
  • He localizado a alguien cercano a la portadora del anillo. Es su primer edil. Es un político astuto, pero se cómo llegar a él.
  • Por tu bien, no me defraudes. Necesitamos toda la información para romper el vínculo del anillo con el portador, un error… y lo destruiríamos.
 
Diän buscó al edil. Tenía ganas de enroscar el largo pelo castaño de Alano en su diestra mano, lamer sus pómulos, mientras con su mano izquierda iba en búsqueda del … Diän se preguntó cuanto tiempo tardaría en empañarse las gafas del edil.
 
  • Disculpadme señor, estoy intrigada por una de vuestras medallas.
 
Alano giró su esbelto cuerpo hacia el origen de la sensual voz. Esperaba encontrar a otra cabeza de chorlito semidesnuda interesada más por poner en práctica la postura del Higo invertido con miel que de hablar. Como echaba de menos una buena conversación…pero lo que encontró fue a una mujer enfundada en un largo vestido, que según le incidiera la luz pasaba de negro a un profundo verde oscuro, el tejido parecía estar vivo. Su escote sugería más que enseñaba, pero fueron sus gafas de cristales de ankar negro lo que le llamó la atención.
 
La condesa viuda Von schadow se marchó airada por la pérdida de atención de Alano.
 
-Soy el primer edil Alan...-el largo índice de Diän se posó en sus labios acariciándolos.
 
-Sé quién sois, por eso me he acercado a vos. Si os parece bien, vamos a un lugar apartado y me contáis todo sobre ellas- dijo posando sus dedos en las medallas- sin duda son los méritos y sacrificios de vuestra vida…. no hay nada que me ponga más que el sacrificio.
 
Alano trago saliva. Ella le entendía.
 
-Seguidme- el edil se inclinó para besar las manos de Diän. Mientras se endereza sintió que algo le rozaba y apretaba ligeramente la entrepierna. La observó desconcertado.
Diän sonrió.

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Fasa_Ape
(@fasa_ape)
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Este es un relato escrito a dos manos entre el maestro Higo-Cumbo y un servidor. Gracias al maestro por colaborar, aun que fuera a deshoras, siempre tengo prisa.

 

Berta, no sabía muy bien cómo enfocar el asunto, además tenía que asistir a la reunión con la reina Camelia en unas horas, así que quería despachar lo antes posible la negociación con Lucrecia, se acerco a la humana, con su copa de grog en la mano.
-Es un placer verla, espero que no me guardéis rencor por mi comportamiento la ultima vez que nos vimos. ¿Estás fiestas son siempre así?- .

—Lo mismo digo Virreina.
No os preocupéis, si algo me ha enseñado mi padre fue a no enfadarse por tonterías y reservar la ira para los hijos de puta que se crucen por el camino. Y además se notaba que no teníais vuestro mejor día. Por favor si tuvierais la bondad de acompañadme a fuera, tanta gente me está poniendo nerviosa. —Lucrecia salió al Jardín copa en mano y dio un par de pasos hasta apoyarse en una balaustrada. La luna iluminaba las olas que batían el acantilado bajo ella, llenando el silencio de la noche.

—Si os soy sincera, esta es la primera vez que me invitan a uno de estos “bailes.”Antes, era mi padre quien siempre asistia y el muy carbón se quejaba por lo aburrido que era.

-vuestro padre debe tener una idea muy curiosa de lo que es la diversión- dijo Berta trepando a un banco cercano. Le dolía el cuello de mirar constantemente hacia arriba.
-Recuerdo que la última vez que nos vimos estabais abierta a negociaciones- Berta dio un trago a su copa de grog- E recibido permiso de Goblinburgo para hacer una oferta. Si os sigue interesando....- Berta balanceaba sus piernas que colgaban sin tocar el suelo, como si fuera una niña pequeña.

— Ni que lo diga. ¿Y que puede interesar tanto a Goblinburgo como para no entrar y cogerlo ellos mismos? — Preguntó Lucrecia girando el cuerpo hacia la goblin. — y Dígame Virreina Berta, ¿que es lo que me ofrece?

-Queremos ser buenos vecinos, a usted le molesta la presencia del ejercito goblin, podríamos retirar, un digamos, cincuenta por ciento y otro cincuenta de la flota, a cambio del más insignificante de los montecillos, con todo lo que contiene en su superficie e interior, por supuesto- Berta tenía permiso de retirar todo el ejercicio, pero decidió regatear- me parece un precio justo por un monte en medio de ninguna parte- dijo la goblin agitando ligeramente su copa para que el grog que contenía se aireara.

Lucrecia no dijo nada durante un momento, sopesando la oferta, haciendo balance y agitando la copa de grog hasta dejarla sin más sobre el pasamanos. — ¿Y que montecillo tan insignificante puede valer tanto para retirar el 90% de vuestras fuerzas y el 90% de vuestra Armada?

- 80 - dijo Berta dejando la copa en el banco, y sacando de un bolsillo un pequeño mapa con la localización del monte marcada con una equis -en realidad es un sitio como cualquier otro, pero mis superiores son caprichosos, seguramente solo quieren construir una plantación de caña de azúcar o simplemente poner una banderita en el mapa para que todo el mundo sepa del poder de Goblinburgo, yo prefiero no hacer preguntas- Berta volvió a coger su copa y bebió de ella.

—85%, ni para usted ni para mí.— Declaró Lucrecia acercándose al mapa. No lo adivinó al principio pero una punzada de sorpresa se abrió camino por su mente hasta reconocer la montaña donde su Padre se había mudado para desentrañar los secretos del pasado. — Ay, se trata del túmulo de Ralftan—expuso Lucrecia con un tono reticente y preocupado. —Me temo, Virreina, que os va a costar algo más que el abandono de vuestros ejércitos, pues habéis puesto el ojo sobre territorio protegido por la Orden Ekivary. ¿No conocéis la historia que pesa sobre ese monte?.

-Me temo, que mi mejor oferta es retirar al ejército y un 90% de la armada y si queréis os puedo regalar a Vicentin, mi ayudante- Berta termino su copa y la dejo en el Banco -es mucho por un monte birrioso. La alternativa es, que sencillamente, un batallón del ejercito acampe allí indefinidamente- Berta saco una petaca del bolsillo y relleno la copa -no conozco la historia local, solo llevo unos meses en El-higolann, aun así, unas aburridas anecdotas de gente muerta hace mucho y que no recuerda nadie, no deberían haceros perder de vista el presente-.

Lucrecia sonrió, ante la amenaza. —No hace falta llegar a eso, Virreina. OS ACEPTO EL TRATO, Y OS PODÉIS QUEDAR A VICENTIN, pero antes dejadme explicaros la situación. Durante las guerras de la unificación, El-Higolan estaba gobernada por una secta muy antigua que había repelido toda invasión a lo largo de la historia. Hasta que mi abuela, a fuego y sangre consiguió desembarcar en la isla. Para tomarla bajo el estandarte del León. En ese momento, los Skivari una facción de Monjes Militares que durante siglos habían protegido los santos lugares de la isla, se unieron a mi abuela para continuar su labor. Así esta coalición tomó la Isla y la hizo parte del imperio de Conor.El Emperador nos recompensó con la gobernación territorial y a ellos, con la autoridad total sobre esos santos Lugares. Entonces, estamos ante un problema de Jurisprudencia, pues en cualquier otro caso sería tan fácil como expropiarlo y dároslo como un enclave territorial. Pero en este caso la ley no me ampara, pues es territorio soberano y es necesario el visto bueno del gran maestre Teltos. -Lucrecia hizo una pausa. -Os lo puedo conseguir, pero me llevará tiempo. Y como contingencia, si no obtenemos el permiso de Teltos, os puedo autorizar una “misión arqueológica para estudiar las ruinas que hay bajo la montaña”. Y estableceros en el terreno para alegría de los misterios y reclamarlo por usucapiòn transcurrido unos años.

—Eso sí —exclamó Lucrecia muy seria, mirando fijamente a la goblin— Para demostrarme vuestra buena voluntad y que nuestras buenas relaciones volverán a su cauce, os pido que retiréis la demanda contra mi casa ante la Corte Imperial. Se que no servirá de nada pues el proceso ya no se puede parar. Pero me ayudará en las negociaciones con Teltos ya que os considera una raza de mentirosos y embusteros en los que no se puede confiar.

-Que casualidad, eso es justo lo que los goblins pensamos de los monjes- Berta obvio que Lucrecia compartía esa opinión sobre los goblins y bajo ágilmente del banco -no os preocupéis, aun que no depende de mi, haré lo posible para que se retire la reclamación. Sobre el ejército y la flota, darlo por hecho, aún que me decepciona que no os quedéis con Vicentin. Y oh, por cierto, aún no habéis probado vuestro grog, sería una lastima que se desperdiciara- dijo la goblin mientras se encaminaba de vuelta al pabellón del príncipe.

—Estupendo Virreina, os informaré personalmente de las negociaciones con el Gran Maestre—. Lucrecia sonrió ante su victoria y al bajar la mirada hacia su copa, está se había derretido por la acción del grog, que ya empezaba a disolver el pasamanos.

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Smooky Marple
(@smooky-marple)
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La siguiente situación ocurre a la vez que la charla entre Lucrecia y Berta.
 
Diän comenzó sutilmente a desabrochar la chaqueta a Alano. Con un suave empujón sientó al edil en uno de los sofás de la estancia.
 
La sierva de la Hermandad de la Muerte puso su torneado muslo entre las piernas del edil. Un extraño sonido, como si algo saliera de un lugar húmedo, fue amortiguado por el sonido de los jadeos de la sala contigua. El dedo de Diän señaló una medalla con forma de una higuera con largas raíces.
 
Alano bajo la mirada hasta dedo de la mujer, mientras un calor repentino ruborizaba su rostro.
 
—Oh mi dulce dama, no alcéis tanto el muslo que os vais a herniar — expuso en un susurro entrecortado—. Se trata de la Cruz de la Encomienda de la Nobilísima Orden del Higo Borracho.
 
—No os preocupéis mi señor, soy muy flexible. Contadme que historia os llevó a ser merecedor de tan ilustre recompensa— el sonido de algo saliendo de una gruta húmeda se hizo audible.
 
En ese momento la mente de Alano fue tomada por sus deseos. Y con una mirada de deseo volvió la cara hacia la joven.
—Si vamos a un lugar más tranquilo, te lo cuento todo.
 
Diän le tendió la mano. El sonido de la fiesta llegaba hasta ellos. Si él comenzaba a gritar lo oirían. La Hermana de la Muerte retrajo la punta del tentáculo que se abría lentamente entre sus piernas. Tosió para disimular el sonido de succión.
 
—Tengo curiosidad si algunas de vuestras hazañas son contra monstruos, fantasmas...
 
—Ay quien me han llamado monstruo — susurró el edil acercando sus labios a la oreja de la joven—. Un monstruo del dolor… — susurro lascivamente agarrando con fuerza el brazo de Diän llenando de saliva su oreja.
 
Diän sintió la presión en el brazo, otra lo hubiera apartado por la excesiva presión de Alano. Apretó su cuerpo contra él.
 
—Sólo alguien débil de espíritu y cuerpo os llamaría monstruo. ¿Acaso no es el dolor la sal de la vida? —Diän le cogió la nalga izquierda con fuerza—Espero que aguantéis esta noche algo de sal.
 
—Estoy deseándolo… A este cuerpo le falta salero. — escupió Alano en un rugido animal  antes de abofetear la tersa carne de Diän.
 
Se fueron a un lugar más apartado.
 
—Mi señor, ¿alguna vez os han dado con la de comer y con la de miccionar? — Diän comenzó a desplegar bajo el vestido un gran tentáculo del color de la noche. Su boca se curvó en una sonrisa que prometía mucho dolor y placer a partes iguales.
 
Después de muchos tomas y dacas. Diän comenzó su interrogatorio.
 
—¿Cómo conseguisteis la encomienda? Os imagino, mi querido edil, luchando  por ejemplo, en túmulo...contra las hordas invasoras.
 
—Son todas honoríficas mi dulzura— dijo Alano seductoramente —. Mi lucha ha sido en los despachos… En las reuniones… En las comitivas… Los túmulos siempre han sido asunto de enterradores…Y de Lucano.
 
—Esas son las peores luchas— Diän acarició con Higuito, mote cariñoso con el edil había bautizado a su tentáculo, el pecho de él—He oído que el pobre de Lucano no se encuentra mentalmente muy centrado. Vuestra señora Lucrecia tiene que sentir que lleva todo el peso del reino ...pero con vos a su lado podrá con todo. Deseo que sus cambios de humor no os afecten—Higuito comenzó a bajar lentamente hacia su entrepierna.
 
Alano se regodeó en el placer que sentía con las caricias de Higuito.
 
— No os equivoquéis mi dulzura. El conde Lucano ha vivido siempre … ohhh… de acuerdo a su agenda…. Un hombre… ahí, ahí…de grandes amores y grandes odios, muy dado a la teatralidad. Y su hija, ha heredado la intensidad de su padre y la dureza de su madre… más arriba, más arriba… Para nada cuando se encabrona nunca la paga conmigo, se reserva… oh, oh,… para los hijos de puta.
 
—El anillo de vuestra señora Lucrecia, ¿me podrías decir dónde puedo conseguir al orfebre que lo hizo?. Su diseño es muy original.
 
—El anillo, oh sí— exclamó Alano al borde del éxtasis—. Me temo mi dulzura que es un anillo único. Una pieza exquisita, muy antigua traída de oriente que los Averil han conservado desde el origen de la dinastía.
 
El éxtasis del edil llegó con la interrupción de Lucrecia en la habitación.
 
Mientras Alano se viste apresuradamente. Diän se aproximó hacia él completamente desnuda con Higuito asomando por la frontera.
 
—Para que tengáis un recuerdo mío— Diän le prende un extraño pasador hecho de ankar negro con forma de un tentáculo rodeando una tibia— Os protegerá, pero llevadlo siempre encima y de manera visible para que surta efecto.
 
Alano se sintió conmovido por el regalo de Diän.
 
—Jamás me lo quitaré en recuerdo de mi dulzura, pues has devuelto a este triste burócrata la alegría de la pasión y del amor que ya creía inalcanzable.—Y con eso, Alano abandonó el lecho para reunirse con Lucrecia.
 
—Mi señora, cuales son vuestras intenciones— preguntó Diän en la superficie del cráneo a la suma sacerdotisa de las Hermanas de la Muerte.
 
—Observaremos de cerca el juicio al gobierno de Lucrecia. Embarcarás en el Lucretux rumbo a ese infecto lugar.—decretó Tarian Ardan colocando un pequeño estandarte de la Sierpe en El-Higolan—Sí es necesario, arrasarás con todos y con todo.…muy pronto será nuestro.

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Higo Chumbo
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Este es un relato a dos manos entre el maestro Fasa_ape  y un servidor.
Muchas Gracias maestro por su colaboración.  

No se escuchaba nada más que el susurro relajante de las olas chocando contra el acantilado. Lucrecia tras hablar con la goblin, se tiró en una de las tumbonas que había por el jardín. El güisqui había empezado a hacer su efecto cerrando sus ojos lentamente mientras se concentraba en son de las olas hasta quedar profundamente dormida. O eso intentó, pues al poco rato un piano atravesó una ventana  y se hizo añicos contra el suelo, Justo a su lado.  Entonces decidió que un lugar intra muros sería mejor para su descanso.  Se equivocaba. Una botella de vino más tarde, el tañido de un reloj resonó con su décimo segunda campanada. Lucrecia se bebió la copa de un trago y se saltó de la silla antes de que  el chambelán de la máscara de gato le pusiera la mano encima. ,  —La reina madre os espera Condesa—.anunció este en un susurro tranquilo.

Berta, tras su reunión con Lucrecia, hizo tiempo apoyada en la barra de bar del reservado. No le gustaba la gente que la rodeaba y sabía que ella tampoco les caía muy bien. Tras la tercera botella de grog goblin marca la isla del mono, empezó a importarle menos. Consulto el reloj que llevaba guardado en uno de los numerosos bolsillos de su vestido. 

Eran las doce menos diez, así que salió de la sala, tenía un vago conocimiento de donde se podian encontrar los aposentos de la reina Camelia.

Dejo atrás los jardines, donde por el ruido, se había extendido la orgia del príncipe Jacinto.

No se detuvo para comprobarlo, acelero el paso hasta llegar al palacio y entrar en el gran recibidor, una vez allí, escucho unos pasos tras ella, no le dio importancia. Se encamino al piso de arriba, luego, avanzo por un pasillo, los pasos seguían resonando a su espalda.

Berta se detuvo. Sin mirar atrás dijo con tono amenazante                                                                                                                -¿Me estáis siguiendo?-.

—Oyesss, pero quién te crees para pedirme  explicaciones. No tengo mejores cosas que hacer que seguir a una  asquerosa rata verde—. repuso la Gran Duquesa Hortensia, con un movimiento despectivo. —No sé porque miiiiii hermana va a dedicarte ni un segundo de su tiempo, pero lo que sí sé, es que vas dejando un pestazo allá por donde pisas, así que ¡no te pares! —gritó la vieja lanzando una patada al aire.

Berta, se olió. Mientras se preparaba para la fiesta, se había puesto un caro perfume a base de láudano y adelfa, una goblin no podía oler mejor.

Decidió no enfrentarse a esa vieja, parecía borracha o drogada. Aún que se lo merecía, prefirió no partirle la cara. Seguro que luego iba llorando con el cuento de lo malos que son los goblins.

Berta siguió avanzando por el pasillo, hasta llegar al final, allí ante una gran puerta excesivamente adornada, se encontraban dos guardias.

Una de dos, o eran los aposentos de la reina Camelia o la bodega, a la goblin le iba bien cualquiera de las dos posibilidades.

Al llegar frente a los guardias, estos se cuadraron y abrieron la gran puerta para Berta.

El mayordomo, guió a la dama Lucrecia  por unos pasillos oscuros empuñando para ello un candelabro dorado. Tras torcer varias veces se y abrir innumerables puertas, se detuvieron frente a un mural. A pesar de la luz tenue de las velas Lucrecia pudo ver la cara del Ex marido de la Reina pintado sobre la pared, pero sus ojos estaban muy desgastados. El mayordomo sin perder un momento, presionó  con dos dedos los ojos de la pintura, los cuales se hundieron bajo la pared bajo un ruido de engranajes y poleas. La mitad de la pared se separó del resto revelando una escalera de la caracol que subía por la pared.  El mayordomo entonces indicó a Lucrecia que siguiera las escaleras, lo cual hizo con un poco de desconfianza. Cuando puso un tacón sobre en el peldaño la puerta secreta se cerró de golpe. Ascendió sin dificultad hasta llegar al final de la escalera que terminaba con otra puerta empotrada en la pared.  Al abrirla  apreció en mitad del  corredor que separaba los aposentos privados de la reina. Un pasillo forrada de tapices y murales eroticos que conectaban dos habitaciones paralelas con un terraza al frente y una puerta  enorme al otro extremo. Lucrecia se adentró en la habitación, sin prestar atención a la entrada secreta que se cerraba tras ella, pues la puerta principal se estaba abriendo, descubriendo a la Virreina Berta tras ella.

Berta se sorprendió de que lo primero que viera al abrirse la puerta fuera a Lucrecia. 

Si la reina Camelia había tramado esto para conseguir que la humana y ella negociarán, llegaba un poco tarde.

Berta entro en la sala como si fuera suya, no tenía sentido demostrar su sorpresa.

-buenas noches otra vez, condesa, esperaba encontrarme con otra humana, cualquiera diría que busca excusas para pasar tiempo conmigo- dijo, deteniéndose a unos metros de Lucrecia y cruzando los brazos.

—Lo mismo digo Virreina, que grata sorpresa volvernos a encontrar, esto sin duda no es obra del azar—exclamó Lucrecia con una Sonrisa.  —No ha sido la mano de la serendipia  sino la mía, quien no os ha reunido hoy aquí mis damas damas— anunció una voz áspera y firme que surgía de la terraza. Las dos mujeres se giraron hacia ella, para ver cómo la reina Camelia surgía tras el velo del visillo.

Iluminada por la luna, la reina lucia un camisón de seda roja con patrones simples abotonadlo hasta el cuello y una diadema de plata que sujetaba su pelo rubio apagado.   Detuvo su silla a unos metros de las damas y sin ninguna dificultad se levantó de la silla de ruedas demostrando ser más alta que Lucrecia. Tras un par de estiramientos,  exclamó en tono irónico. —Espero que sepáis disculparme el engaño, pero ya no aguantaba ni un minuto más postrada en esa silla. Por favor acompañadme al cenado, tenemos asuntos que tratar— indicó la reina avanzando a la puerta de la derecha. Lucrecia y Berta la siguieron hasta otra habitación donde reinaba una oscuridad total .

Tras unos instantes en aquella oscuridad Un fogonazo iluminó la cara de la reina, con una luz blanca que fue  ganando brillo hasta llenar por completo la habitación. Entonces Berta y Lucrecia vieron donde se encontraban. Una estancia con las paredes  forradas de estanterías y cortinas que llegaban hasta techo orbitando una mesa redonda y un escritorio lleno de papeles.  Camelia señaló la mesa donde reposaban  tres manteles de seda con sus correspondientes servicios de plata. Pero lo más notable era la silla para bebés que había tras uno de ellos. Lucrecia miro a la reina con incredulidad. 

—Sin ánimo de ofender Virreina Berta, he pensado que la vieja silla de mi sobrino podía seros más cómoda que cualquier otra.—exclamó Camelia con total naturalidad sentándose en su silla, seguida por las otras dos damas. Una vez todas estuvieron sentadas, con las copas llenas  y los aperitivos servidos, la reina volvió a decir: 

—Bien, no me andaré con rodeos,

Primero, gracias por aceptar mi invitación, pero no os he traído aquí solo para que privéis mi asado. 

— ¿Lo habéis cocinado vos?—Exclamò Lucrecia sorprendida. 

—En efecto. Esta y otras muchas, vejaciones,  son las que he tenido que tomar por la misma razón que os he traído hasta aquí. —declaró la reina dando un buen sorbo a su copa.— Mis hijos están conspirando para quitarme de en medio.

—No lo diréis en serio— exclamó Lucrecia  en un arrebato de sorpresa. 

—Ay mi niña, cria cuervos y te sacarán los ojos. Sé que mis hijos son unos consentidos que  albergan un gran resentimiento hacia mi, pues saben que no poseen una mierda, y que en cuanto me tuerzan el gesto, ¡ZAS!todos sus privilegios se irán a tomar por culo.

Y por eso os he citado, pues sois las agentes perfectas, para recabar las  pruebas de esta conspiración. 

Lucrecia tú les conoces de toda la vida y nunca sospecharían de ti. 

Mientras que vos Virreina Berta……— Camelia se detuvo un momento para mirar fijamente a la goblin, y agarrar disimuladamente el mango de su bastón y activar un resorte— sois miembro de la Hermandad de los cuchillos Largos.

A Berta, no se le había pasado por alto el detalle de que, mientras que los cubiertos de Camelia y Lucrecia eran de plata, los suyos eran de madera. Su ojo sano alternaba entre sus birriosos cubiertos de madera y los brillantes cubiertos de plata de las humanas.

"Parece que alguien tiene miedo de que la apestosa goblin le robe sus bonitas cucharas de plata" estaba pensando con indignación, cuando escucho el nombre de la hermandad de los cuchillos largos.

De forma automática agarro el cuchillo de madera y dio un salto felino sobre la mesa, quedando con las piernas flexionadas, en una posición de ataque, acto seguido se lanzó acia adelante. 

Antes de que ninguna de las humanas pudiera reaccionar, tenia la punta del cuchillo a unos centímetros de la yugular de la reina Camelia.

-No se donde habéis oído ese nombre, pero solo por decirlo en voz alta, moriréis las dos, aquí y ahora. Y por si os lo estáis preguntando, los cuchillos de madera, matan igual, solo que os dolerá más-.

 Lucrecia se alejó de la mesa echando la silla hacia atrás , mientras interponía el cuchillo de mantequilla entre la goblin y ella.

 —¡Os habéis vueltos Loca!—chilló  agitando el instrumento de untar. 

—Calla mi niña y deja eso— ordenó la reina con firmeza, mientras una sonrisa de admiración se dibujaba en su boca. Sus ojos no dejaron de analizar la situación hasta quedarse fijos en la cara de Berta.

—¡Una actuación impecable! ¡Brillante! —exclamó la reina en un tono apasionado—.Sin duda sois una de las mejores maestras asesinas que haya conocido.  

Lucrecia se llevó una mano a la boca ante aquella revelación.  

—Conozco las reglas de tu gremio, querida: Maximo secreto y Matar a  todo Cabo Suelto.   

Quizá la Berta asesina que llegó hace 4 meses, las hubiera cumplido sin dudar.  Pero ahora….sois la Virreina. Y considero  que poseéis  la suficiente entereza y visión para seguir vuestras propias normas y objetivos. 

Haced una excepción con nosotras, y seremos vuestras aliadas. 

Cumplid mi encargo y el carbón de la sierpe que os contrató hace 4 meses, aparecerá mañana flotando en las costas de esta isla. 

Clavadme ese cuchillo y detonaré  la  bomba que guardo en el pomo de mi bastón

Berta entrecerró su único ojo. 

Le apetecía saber si la reina Camelia iba de farol, por otra parte, llevaba tiempo queriendo liquidar a los cultitas de la sierpe que la contrataron.

Una cosa había llevado a la otra y no había tenido la oportunidad de hacerlo, y eso era una espinita clavada en su mente, además que para variar, alguien le hiciera el trabajo, era una idea que le gustaba. Como a todos los goblins, a Berta le encantaba que otros trabajarán por ella.

-Cuando me contrataron, había cinco humanos presentes, los quiero muertos a todos- dijo sin mover un milímetro el cuchillo -Cinco vidas, eso es lo que valen las vuestras-.

Camelia asintió muy levemente. — Dos vidas por cinco….. buen precio. ¡Sea!—exclamó la reina con voz firme. —Ahora, hacedme el favor de quitadme esa cosa de la cara.

Berta se relajo y se sentó en el borde de la mesa, jugueteando con el cuchillo y luego  tirándolo descuidadamente, en algún lugar de la sala sonó el ruido de un jarrón al romperse -Me fiare de momento de vuestra palabra, pero más os vale cumplirla- la goblin empezó a balancear las piernas que colgaban -con respecto a vuestro trabajito, solo habéis comprado vuestras vidas, si queréis que considere ayudaros, debereis jurar las DOS, que olvidaréis por completo la existencia de la hermandad-.

Lucrecia, observó la escena con paciencia esperando una respuesta de la Reina y esta llego de una forma inesperada. 

Cuando la última palabra salió de la  boca de Berta. Camelia se levantó de un salto con la mano rígida sobre el mango del bastón y se dirigió rápidamente hasta una de las cortinas. 

—Bien, no habrá problema—exclamó dirigiéndose a Berta sin mover la muñeca de lugar—.Lucrecia querida, hazme el favor de correr las cortinas y abrir la ventana. 

—En serio, nadie me va a decir que hostias acaba de pasar— objeto la Condesa un poco  indignada. 

—Haz lo que te digo, muchacha, no sé cuanto voy a poder aguantar.   

Lucrecia no se lo pensó dos veces fue corrió las cortinas y abrió la gran vidriera que tras ellas, revelando el azul del mar bañado por una noche estrellada.  

—Gracias, querida— exclamó la reina antes  de lanzar el bastón por la ventana, el cual no tardó ni un instante en empezar a brillar hasta reventar en una enorme bola de fuego que iluminó el cielo e hizo retumbar las paredes del palacio. Pero antes de que pudieran ver como esa bola se precipitaba sobre el agua, la reina cerró la ventana y se volvió hacia sus invitadas. 

—Bien, ahora por la presente Yo Camila de la Casa Col y Flor  juro por el alma de difunto padre el Gran Rey Hortensio, que reniego de todo conociendo sobre la existencia de la Hermandad de Los cuchillos largos.  Hale, asunto Zanjado. Ahora tú Lucrecia. 

Lucrecia, con los ojos como platos, seguía sin entender nada, pero asumió que era mejor así e hizo el juramento más sagrado que podía hacer, sobre el alma de su madre. 

—Estupendo, ¿ya todas contentas no ?— exclamó la reina con tono despreocupado mientras abría una puerta secreta que había tras una estantería. 

—Pues ale, id a descubrir si mis hijos me quieren muerta , que yo  me

voy a ver a un viejo amigo. 

Camelia cruzó la librería que se cerró tras ella dejando en la habitación a Lucrecia y Berta.

Lucrecia, observó la escena con paciencia esperando una respuesta de la Reina y esta llego de una forma inesperada. 

Cuando la última palabra salió de la  boca de Berta. Camelia se levantó de un salto con la mano rígida sobre el mango del bastón y se dirigió rápidamente hasta una de las cortinas. 

—Bien, no habrá problema—exclamó dirigiéndose a Berta sin mover la muñeca de lugar—.Lucrecia querida, hazme el favor de correr las cortinas y abrir la ventana. 

—En serio, nadie me va a decir que hostias acaba de pasar— objeto la Condesa un poco  indignada. 

—Haz lo que te digo, muchacha, no sé cuanto voy a poder aguantar.   

Lucrecia no se lo pensó dos veces fue corrió las cortinas y abrió la gran vidriera que tras ellas, revelando el azul del mar bañado por una noche estrellada.  

—Gracias, querida— exclamó la reina antes  de lanzar el bastón por la ventana, el cual no tardó ni un instante en empezar a brillar hasta reventar en una enorme bola de fuego que iluminó el cielo e hizo retumbar las paredes del palacio. Pero antes de que pudieran ver como esa bola se precipitaba sobre el agua, la reina cerró la ventana y se volvió hacia sus invitadas. 

—Bien, ahora por la presente Yo Camila de la Casa Col y Flor  juro por el alma de difunto padre el Gran Rey Hortensio, que reniego de todo conociendo sobre la existencia de la Hermandad de Los cuchillos largos.  Hale, asunto Zanjado. Ahora tú Lucrecia. 

Lucrecia, con los ojos como platos, seguía sin entender nada, pero asumió que era mejor así e hizo el juramento más sagrado que podía hacer, sobre el alma de su madre. 

—Estupendo, ¿ya todas contentas no ?— exclamó la reina con tono despreocupado mientras abría una puerta secreta que había tras una estantería. 

—Pues ale, id a descubrir si mis hijos me quieren muerta , que yo  me

voy a ver a un viejo amigo. 

Camelia cruzó la librería que se cerró tras ella dejando en la habitación a Lucrecia y Berta.

Al día siguiente la playa de Verde Jardín amaneció con 5 cuerpos tendidos sobre la arena, entre ellos el de Don Dele , todos ellos con el signo de la Sierpe tatuado en el pecho.


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Fasa_Ape
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Berta abandonó los aposentos de la reina Camelia, sin mirar a Lucrecia ni molestarse en despedirse de ella.

Esperaba, por su bien, que a esa humana no le picara la curiosidad y empezara a buscar información sobre la hermandad de los cuchillos largos. Por otra parte, se alegraba de haber hecho esa pequeña demostración en su presencia. La próxima vez que tratara con ella, la humana lo haría con pies de plomo.

Sacó su pipa de uno de los muchos bolsillos de su vestido y la encendió. Pensó en Camelia, esa humana vieja, sería muy astuta, pero no tenía ni idea de cómo funcionaban las cosas en un grupo de operaciones especiales como la hermandad de los cuchillos largos.

Berta estaba acostumbrada a recibir un dossier, una información básica que le dijera qué buscar y por dónde empezar, ahora se veía obligada a partir de cero.

No podía buscar documentos, nadie, con dos dedos de frente, ponía por escrito un complot. La única forma de obtener resultados era escuchar de viva voz los planes de los labios de los conspiradores.

La goblin puso rumbo al pabellón del príncipe mientras fumaba su pipa. Con toda la tontería, al final no había cenado, y esto era una fiesta, y a una fiesta uno va a divertirse. En ese momento, le vino a la mente Elric, el representante de la naviera enana, antes le menciono que asistía a estas fiestas por compromiso, lo que quería decir que debía conocer a los hijos de Camelia, siendo Berta nueva en estos círculos, no levantaría sospechas que pidiera información sobre los anfitriones.

El jaleo en los jardines era generalizado; definitivamente, el baile se había desmadrado. Paso junto a el sumo sacerdote Taranis , que se comportaba como un perrito faldero, mientras junto a una voluptuosa mujer se dirigía a toda prisa al palacio, Berta no les dedicó ni una mirada mientras avanzaba decidida.

Al entrar en el reservado, donde seguían reunidos bastantes de los invitados que no deseaban entregarse a sus más bajos instintos, Berta se dirigió a una mesa de bufé y se sirvió lo primero que tuvo a mano.

Mientras comía, buscó a Elric, no le costó encontrarlo. El enano hablaba con una humana vestida de negro, alta, delgada y seca como un sarmiento. Berta dejó el plato en el primer sitio que encontró, se alisó el vestido y se acercó a la pareja.

-Oh, Berta, llevas un buen rato desaparecida, te presento a la Condesa Viuda Leticia Von Schadow. Leticia, esta es Berta Panduro, la nueva virreina de Puerto Cervecero- dijo cortésmente el enano cuando vio a Berta. La humana hizo una rígida reverencia, y la goblin la respondió con una inclinación de cabeza.

-No sois como esperaba- dijo la viuda Von Schadow.

-Por favor, no me digáis que esperabais que fuera más alta- Berta quería librarse de esa humana para poder sonsacar a Elric.

-Sois la goblin más bonita y bien vestida que he visto nunca, pero lo que más me sorprende es que no estéis participando en esa horrible bacanal- la viuda Von Schadow apretaba tanto los labios que parecía que se le iban a volver del revés.

-Los goblins no somos bestias. Puede que muchos de mis congéneres sean un poco toscos, pero están muy lejos de las monstruosidades que se dicen de nosotros. La mayoría de los goblins son personas decentes. Que no hagamos las cosas como las demás razas no nos convierte en animales-. Berta estaba siendo todo lo educada que le era posible; sacarle los ojos a esa bruja solo habría confirmado los tópicos que creía a pies juntillas.

-Será un desafío de su mandato el demostrarlo, virreina, ahora si me disculpáis, es tarde, estas horas rebasan con mucho las que tengo por costumbre para acostarme- la viuda Von Schadow inclinó la cabeza y se alejó.

-¿cómo puedes aguantar a esa bruja?- le preguntó Berta al enano.

-Cuestión de negocios- dijo el enano circunspecto -Tal vez tú también deberías aprender a ser un poco más diplomática-.

Berta puso los ojos en blanco -Hablando de negocios, Puerto Cervecero necesita cerrar unos acuerdos con los gobernantes de estas islas. Tú pareces conocer a todo el mundo, ¿podrías darme unas señas sobre ellos?- dijo Berta con voz acaramelada.

-Por supuesto, querida, pidamos unas bebidas y te contaré todo lo que tú quieras-.

*******
Berta se despertó con una resaca tremenda, se rascó el culo, ¡oh, no! miro bajo las sabanas ¡estaba desnuda! Empezó a tener una desagradable sensación de déjà vu, miró a su alrededor. Aun que elegante y bien amueblado, se encontraba en el camarote de un barco. ¡Oh, no, otra vez no!.

Miró al otro lado de la cama donde se encontraba tumbada; estaba vacía.

Berta se sentó en la cama, desnuda como estaba, le pesaba la cabeza. Recordó la noche anterior, Elric, le dijo todo lo que necesitaba saber, y mucho más, después de tres botellas de brandy, terminó... ¡¿PERO EN QUÉ CLASE DE PERVERTIDA SE CONVERTÍA CUANDO BEBÍA?! Definitivamente debería beber menos.

En ese momento, Elric entró por la puerta cargando con una bandeja -Traigo el desayuno, cariño-.

A Berta le dio dentera al oírle decir eso. Antes de que el enano pudiera seguir hablando, ella soltó -Mira, Elric, tenemos que hablar muy en serio. Sé que de una forma extraña y retorcida realmente me quieres, pero de verdad, lo nuestro no funcionaría, no soy lo que quieres que sea-.

El enano dejo la bandeja con calma en una pequeña mesa y se sentó junto a Berta en la cama, la agarro de la mano -Berta, amor mío. Si hay una raza paciente y perseverante, esa es la de los enanos. No me importa las veces que me rechaces, ni tus dudas, ni esa parte de ti de la que no puedes hablar, yo siempre estaré aquí, para ti- el enano beso a la goblin en los labios.

https://www.youtube.com/watch?v=RdtVQeGCQU0&list=RDRdtVQeGCQU0&index=1


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Fasa_Ape
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Berta no podía entender a Elric. La primera vez que le vio, el enano odiaba a los goblins; de hecho, estuvieron a punto de pelearse. Y ahora le escribía sonetos. Definitivamente, el amor era ciego.

Berta se guardó la carta, sin darse cuenta de que, en otra época, habría quemado esa nota nada más leerla.

Miró a Vicentin, que le había traído el correo.

-Me han pedido un favor. Es algo que no puedo hacer sola. Y aunque eres un inútil y un zoquete, he decidido enseñarte un par de trucos de la hermandad de los cuchillos largos- dijo la goblin poniéndose de pie y apagando la pipa que había estado fumando.

Vicentin, no era un pobre huerfanito de San Judas, y Berta dudaba mucho de que hubiera sido capaz de pasar las pruebas de actitud, pero ahora que era virreina, la goblin creía que tenía derecho a tener esbirros propios.

Vicentin empezó a dar brinquitos -¡SÍ! Por fin voy a hacer cosas importantes- el niño goblin estaba harto de hacer de recadero, y en este palacio lleno de humanos se aburría como una ostra.

-¡Eh, eh! Con calma, solo voy a enseñarte cosas relacionadas con el espionaje, estaría loca si te adiestrara en el arte del asesinato. Y de todo esto, ni una palabra a nadie, que eres muy bocazas, como se lo digas a alguien, te mato a ti, al que selo ayas contado y le corto la cabeza a tu peluche- Berta, le enseño el peluche que le había quitado a Vicentin y que ahora utilizaba para coaccionarle con frecuencia. El tono de la goblin no dejaba dudas de lo en serio que hablaba.

-Iras al puerto y me traerás tres objetos. Un sextante, un silbato de contramaestre y la insignia que lleva en la solapa el jefe del puerto, no me importa como las consigas. Si traes estas cosas sin que nadie te descubra, empezaré a adiestrarte- dijo Berta yendo tras un biombo para cambiarse.

-¿Qué es un sextante, Berta tuerta?- pregunto Vicentin confuso.

-Búscate la vida. Y ahora ¡largo!-

El niño goblin dejó la habitación a la carrera. Berta salió de detrás del biombo con un vestido de verano. Era hora de que ella también se pusiera en marcha.

Berta, había averiguado, gracias a Elric, que la princesa Margarita, una de los hermanos a los que tenía que investigar, frecuentaba un salón de té en la población más cercana.

Berta era consciente de que, siendo la única goblin de la isla, no pasaría desapercibida. Así que el incógnito no le valdría de nada, sencillamente no intentaría esconderse, lo que en sí mismo sería un escondite. Se presentaría allí y se comportaría con naturalidad.

Quería ver a Margarita en su ambiente, con quien se reunía, cómo se comportaba... cuando anocheciera, se pondría la túnica de la hermandad de los cuchillos largos, y se fundiría con la oscuridad. Entonces empezaría de verdad la caza, podría seguir a esa semielfa con toda la discreción del mundo.

Una calesa del palacio la llevo al salón de té, dejándola a la misma puerta del local. El cochero ayudó a Berta a bajar, y a petición suya, anunció su llegada. No es que Berta quisiera darse aires, pero tenía razones fundadas para suponer que, si no se sabía quién era, seguramente le prohibirían la entrada.

A la goblin le sorprendió que el negocio era bastante humilde, era un lugar limpio y no le faltaba cierta elegancia, pero no parecía el lugar donde una princesita semielfa iría a tomar el té.

Una camarera la estaba llevando a una mesa, cuando la propietaria del local se acercó.

-Virreina, nos honra con su presencia. La princesa Margarita me ha pedido que le pregunte si desearía acompañarla- dijo la mujer con una extraña mezcla de educación y miedo. Probablemente, Berta era el primer goblin que veía en su vida.

Esto era inesperado. ¿Margarita se olía algo? Berta estaba dispuesta a descubrirlo. Sonrió a la mujer y asintió con la cabeza aceptando la invitación.

La propietaria la guio por el local. Las lugareñas que se reunían allí para tomar el té, se giraban sorprendidas a su paso. Berta vio muchas caras de curiosidad y aún más de desprecio, los cuchicheos llenaron el salón.

Finalmente, llegaron a una mesita en el fondo del local, allí se sentaba Margarita, estaba mucho menos maquillada que la primera vez que la vio y no llevaba peluca, su pelo dorado como el oro le caía en bucles sobre los hombros, sin la cara pintada de blanco parecía mucho más joven, apenas una niña.

La semielfa miró a Berta con genuina cordialidad cuando se sentó frente a ella -Gracias por aceptar mi invitación, es agradable ver una cara nueva, tomáis el té con uno o dos terrones de azúcar-.

-Lo tomaré solo, gracias. El azúcar es una droga para los goblins, tiene un efecto en nosotros parecido al que vuestro polvo de amapola tiene en vosotros- Berta dijo amablemente.

-Oh, no lo sabía, hay tanto que desconozco de los goblins, ¿me contaréis cosas de vuestra cultura?- dijo la princesa Margarita con voz infantil.

La muchacha semielfa actuaba con total candidez. Era la misma persona, pero no parecía la misma que Berta vio el día anterior besándose en la boca durante una hora con su hermano. Estaba claro que, aquí, había más cera de la que ardía.

Tras pasar unas horas tomando él té con Margarita, la goblin decidió que esa cría no sabía nada, o era muy tonta, cosa que Berta podía asegurar que no era, o en algunos momentos la controlaban de algún modo, lo que encajaba con las pérdidas de memoria que la muchacha decía sufrir.
 
Berta no veía la necesidad de seguirla para ver con quién se reunía, tenía muy claro que solo lo hacía con sus hermanos. Quien estuviera controlando a Margarita, posiblemente era el conspirador, todo apuntaba a Jacinto, aunque podía equivocarse.
 
Con el resto de la tarde y la noche libres y tras enviar a Vicentin, que aún no había sido capaz de traer lo que le pidió del puerto, a informar a Lucrecia de lo que había descubierto. Berta decidió aceptar la cita que le pidió Elric en la nota que le mandó ese día.
 
 
********
 
Berta paseaba por los jardines del palacio, miró en todas direcciones para asegurarse de que no había nadie más y agarró la mano del enano.
 
-jajaja- se rio Elric con ganas.
 
-¿De qué te ríes?- pregunto Berta.
 
-A quién debería importarle el que dirán es a mí, se supone que sois los goblins los que no tenéis vergüenza- el enano se llevo la mano de Berta a los labios y la beso.
 
-No digas tonterías, si alguien se entera, sería un grandísimo escándalo- dijo la goblin que, de no haber sido verde, habría enrojecido hasta las orejas.
 
-No te preocupes tanto por eso, disfrutemos del tiempo que tenemos- la animo el enano -desde la muerte de Conor este mundo se está yendo a la mierda, si no nos mata la sierpe lo hará cualquier otra cosa. Por ejemplo: mira a mi hermano, hace dos años, era capitán de la guardia en una pequeña fortaleza llamada Castelnuovo, cuando fue atacada por los hombres cabra, él, su familia, y todos los que vivían allí fueron masacrados. Por eso, como no sabemos lo que nos depara el destino, debemos disfrutar el momento-.
 
Castelnuovo, era como una maldición para Berta, y siempre volvía para torturarla. ¿Pero cómo olvidar aquello? Si cada vez que se miraba en un espejo, veía el ojo que perdió allí. Si regresaba casi todas las noches en sus pesadillas.
 
No podía decirle a Elric que, quien atacó realmente Castelnuovo fueron los goblins, no podía contarle que quien acuchilló por la espalda y a traición al capitán de la guardia, que ahora sabía que era su hermano, había sido ella misma, y de la carnicería que vino después. Del sonido que hacían los niños cuando los degollaban como corderos, de que cuando terminaron con todos, había tanta sangre que, a los goblins les llegaba hasta la pantorrilla.....
 
-¿Estás bien?- El enano la sacó de sus pensamientos.
 
-Perdóname- dijo Berta con voz quebrada, quería añadir: por ser un monstruo. Pero no lo hizo.
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Fasa_Ape
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Berta estaba tumbada de lado, con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Elric.

-¿Qué me dirías si te dijera que, en realidad, me llamo Bartola Eusebia Robustiana Von Buenculon y que realmente soy baronesa?- la goblin enrollaba los pelos del pecho de Elric con un dedo.

-Jaja, diría que me estás tomando el pelo otra vez- dijo el enano dándole una calada a su puro.

-Lo digo en serio- Berta levanto la cabeza y miro al enano -solo lo utilizo cuando estoy en Goblinburgo, aunque prefiero que me llamen Berta. Lo usé en la fiesta de Sity, porque aunque asistí como plenipotenciaria del virrey, solo se aceptaba la asistencia de personas de un cierto nivel, y en una fiesta con lista, se comprueba que el nombre del asistente pertenece a alguien que realmente existe. No me puedo creer que no lo supieras- Berta le dió un golpecito amistoso al enano.

-Eso es porque yo solo tengo un nombre, no te ofendas, siempre me ha parecido que tienes mucho saber estar para ser una goblin- el enano le dió un besito en los labios a Berta -¿Y como es que una noble goblin, en lugar de estar en la corte, se dedica a viajar con nombre falso sin presumir de título?-.

-Me quedé huérfana siendo muy pequeña y fui internada en el orfanato de San Judas, hasta que tuve edad suficiente para reclamar mi herencia. Tampoco es que importe. Ser un pobre huerfanito de San Judas, quiere decir que cuando sales de allí, se te asigna un empleo, así que llevo años fuera de Goblinburgo, trabajando para el estado- Berta omitió de que se trataba ese trabajo- Además, la vida en la corte de Goblinburgo, consiste en aplaudir durante unas horas a un rey, mientras preparas la coronación del siguiente-.

Elric, iba a decir algo, cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe.

-Berta, Berta- era Vicentin que parecía muy alterado.

-¡VICENTIN, TE HE DICHO UN MILLÓN DE VECES QUE NO ENTRES SIN LLAMAR! - gritó Berta a pleno pulmón, tirándole una almohada al niño goblin -Elric, perdona a mi ayudante, es como el hermano pequeño medio tonto que nunca tuve-.

El niño goblin esquivo el almohadón -es la condesa Lucrecia-.

-¿Es que no me van a dejar ni una noche tranquila? - dijo Berta, envolviéndose en una sabana y saltando de la cama para llevar a vicentin a una pequeña sala contigua al dormitorio.

-¿Qué le pasa a la humana?- preguntó la goblin sujetándose la sabana.

-Creo que se está metiendo en la boca del lobo, ha aceptado reunirse con la princesa Margarita en los jardines, en plena noche y sola- Vicentin estaba realmente preocupado.

-¿La princesa Margarita? Imposible, cuando me despedí de ella esta tarde, me dijo que embarcaba hacia la isla de la Canción de inmediato. Me aseguré de que, al despedirnos, se dirigía directamente al puerto. Esto pinta mal-. Berta volvió al dormitorio.

-Elric, mi amor, me temo que tendremos que continuar en otro momento. La condesa Lucrecia y la princesa Margarita me han invitado a cenar. Ahora que soy virreina, nos hemos hecho súper amiguis. A veces pienso que esas niñitas repipis me ven como una de sus muñecas, y si me descuido, me ponen un canesú y me pasean en un carrito- dijo la goblin mientras buscaba su ropa interior.

-Eso, es porque eres una muñequita - el enano bajo de la cama, le dió un beso a Berta y empezando a vestirse -será mejor que yo también me vaya, mañana zarpo a primera hora de vuelta a El-higolann.

Una vez que el enano, se hubo despedido de Berta y salido de la habitación, la goblin cambió de cara y miró a Vicentin.

-¿Qué te dijo exactamente esa humana?- Berta abrió un arcón y empezó a buscar en un doble fondo.

-Me dijo que había recibido un mensaje de la princesa Margarita, la citaba en el viejo columpio donde jugaban de pequeñas. Anoche, mientras estabas en la fiesta, yo me paseé por los jardines, creo que sé dónde está ese columpio. También, sé que, aparte de los invitados raritos, anoche, en los jardines había gente que me daba miedo.... ¿Vamos a rescatar a la humana?- preguntó el niño goblin con ilusión.

-No, Vicentin- dijo Berta con la túnica de la hermandad de los cuchillos largos puesta, mientras se ajustaba al cinturón a Troche y Moche, sus dagas arpía gemelas -vamos a utilizarla de cebo-.

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Smooky Marple
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Habitación secreta del ala oeste del palacio de la casa Col-y-Flor.
 
-Sí, como me ordenó Camelia- Roser limpiaba su daga mientras el vapor de ankar negro reflejaba la silueta de su verdadero jefe.-Los he dejado en la playa para que sean vistos.
 
Sity sopesó la última frase, tratar con la Sierpe era andar por los pantanos de Babu-Yag, beneficiosos, pero tremendamente mortales.
 
-Deberías haber sido un poco más sutil Roser, ahora tengo que explicar que todo es por un bien mayor. Mantenme al corriente de...
 
-Tengo que marcharme, me reclaman-Roser con un leve movimiento de la mano despejó el vapor de ankar dejándole con la palabra en la boca.
 
 
-Que difícil es mantener la paz, cuando tienes un cuchillo en el cuello- pensó Sity. Se consoló contando las monedas de su último negocio.
 
En la soledad de la habitación, Roser chasqueó la lengua. Había disfrutado matando a los siervos de la Sierpe, en especial a Don Dele. Le hubiera gustado más  haber hecho sufrir a ese cerdo. Suspiró. Miró fijamente la daga, pasó su filo por su antebrazo. Un pequeño hilo de sangre se deslizó hasta su mano.
 
-No hay dolor, no hay miedo, la carne se cerrará, no hay dolor- su antebrazo quedó mutilado por cuatro cortes más- La muerte de Don Dele no te devolverá la vida hermano, pero tal vez traiga algo de paz a nuestra familia.
 
Casa del diácono Periom Ror, Florelia.
 
Periom lanzó un pellizco de polvo de ankar negro a la chimenea. Mientras las volutas de humo adquirían densidad jugueteó con el emblema de la Sierpe, su contacto lo reconfortaba.
 
Sity le había informado que habían asesinado a cinco de sus acólitos, que su sacrificio era por el bien de la Sierpe.
 
El diácono escupió al fuego.
 
-Que sabrá ese orondo mercader de las voluntades del Gran Leviatán- se imaginó metiéndole el exiguo bastón, que siempre portaba, por la garganta y que su sangre tiñera sus ropajes verdes, pero en el momento necesario será un convincente chivo expiatorio, además sus carnes serán perfectas para modelar a un par de títeres de la muerte.
 
Periom rezó para que la Hermana de la Muerte, Tarian Ardan, lo viera como él, un pequeño retroceso para coger impulso.
Esa noche, trás comunicar lo sucedido a Tarian, Periom soñó que algo le arrancaba las vísceras y se las volvían a meter una y otra vez en un bucle infinito. 
 
Al alba, medio mareado se levantó. Su liso abdomen le escocía. 
 
-Malditos chinches y maldito calor, creo que tendré que...-la última frase murió en sus labios. Al despojarse de la camisa vio horrorizado como una gran cicatriz iba de su ombligo a su esternón. 
 
Lo que pensaba que era sudor lo que mojaba su ropa, no lo era. Miró hacia la cama estaba empapada de sangre y de algo más, algo negro y denso que goteaba al suelo empapando la madera.- No te volveré a fallar mi Señora- gritó hasta soltar espumarajos sanguinolentos por la boca.

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Fasa_Ape
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Berta, esperaba agazapada entre las sombras. Podía ver el columpio desde donde estaba, y nada más. Allí no había nadie, ¿llegaba temprano o muy tarde?.

El atontado de Vicentin, conocía el lugar de reunión de Lucrecia, pero no la hora, así que tocaba esperar y ver qué pasaba. Muy aburrida, Berta se perdió en sus recuerdos.

********

Llamaban insistentemente a la puerta. La niña se despertó, le dolía el estómago, llevaba tres días sin comer.

Fue a ver quien era. Esperaba que fueran sus padres; llevaban cinco días sin aparecer.

Al abrir, se encontró con un goblin muy bien vestido. La niña, que era baja para su edad, tuvo que mirar hacia arriba para verle la cara.

-¿Esta es la residencia de los Von Buenculon?- Pregunto el desconocido, la niña asintió - tú debes ser Bartola Eusebia Robustiana- el elegante goblin entrelazó los dedos.

La niña goblin, tenía demasiada hambre como para tener mucha paciencia, no sabía qué vendía ese goblin, y además, sus padres le habían dicho que no se fiara de los desconocidos, así que, empezó a cerrar la puerta de golpe, lo que no consiguió. El desconocido había metido el pie entre la puerta y el marco -¡Buen intento!- el goblin aprovechó para entrar en la casa y agarrar a la niña por el hombro, para que no saliera corriendo. -Me llamo Tolentino Rascanapias, aunque tú puedes llamarme ministro Rascanapias. He venido para comunicarte que, tus papás... han muerto. Verás, te vas a reír. Resulta que el nuevo cretino, perdón, el nuevo rey, puso algún tipo de mecanismo explosivo debajo del trono, lo que convirtió al anterior rey en una fea mancha en el techo, que, por cierto, aún no estamos muy seguros de cómo limpiar, el caso es. Que, por desgracia, tus padres, el barón y la baronesa Von Buenculon, estaban cerca, lo que les convirtió en dos feas manchas, en este caso, en la pared. Que conste, que tampoco sabemos muy bien cómo despegarlos de allí-.

La pequeña goblin pelirroja, se habría echado a llorar, pero estaba demasiado débil por el hambre.

-Aquel mismo día- continuo el elegante goblin -Nos juntamos los ministros, y tras cinco días de debate- El ministro hizo crujir los nudillos -Decidimos, internarte en el orfanato de San Judas. No me mires así, ya verás, te va a gustar mucho, en realidad es una gran oportunidad laboral. Si sobrevives el tiempo suficiente y eres la mitad de avispada de lo que dicen, tras pasar allí unos añitos, podrás unirte a la hermandad de los cuchillos largos. Una vez seas parte de esa honorable organización. Si vives lo suficiente y eres muy muy astuta, podrías convertirte tú misma en ministra, tal vez, incluso... seas tú quien me mate y ocupe mi puesto, jajaja. Pero para eso vas a tener que ser muy lista- el ministro, agarró por la cintura a la niña goblin, que se resistió como pudo, y se la puso debajo del brazo antes de salir a la calle.

-Suéltame, mis padres son nobles, no tienes derecho a llevarme a ninguna parte- La niña pataleaba e intentaba morder.

-Oh, sí que lo tengo, los ministros tenemos derecho a todo. Te advierto, que en San Judas, los niños repipis como tú, no son muy populares. Tendrás que aprender a comportarte. Además, si quieres salir viva, tendrás que usar un nombre menos llamativo y que suene menos a noble que Bartola Eusebia Robustiana- el ministro andaba hacia un coche tirado por garrapatos, mientras ignoraba los pataleos de la niña.

-Todo el mundo me llama Berta- dijo indignada la niña goblin, a la que en realidad no le gustaba mucho su nombre real.

-Eso valdrá, pero tendrás que buscarte un apellido- En ese momento, a la niña goblin, le sonaron ruidosamente las tripas.     -Parece que tus padres no te dejaron mucho para comer- El ministro hurgó en sus bolsillos con su mano libre, hasta que encontró algo que le ofreció a la niña.

Berta, tenía tanta hambre, que aceptó el mendrugo de pan duro.

**

Y ahora, Berta Panduro, agente de la hermandad de los cuchillos largos y virreina de una colonia en ruinas, estaba aquí. A cientos de kilómetros de Goblinburgo, aburrida y dudando de que Vicentin la hubiera guiado al lugar correcto.

Como invocado por estos pensamientos, la goblin, capto un sonido de pisadas cada vez más cercano. Por fin, vio movimientos. Flexionó los músculos para desentumecerse, y puso atención.

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Higo Chumbo
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Iniciador de tema  

—En el lado oeste del palacio real de Florelia descansa sobre tres terrazas el jardín de los infantes . Una zona divertida donde pueden abandonar a sus hijos  mientras sus mercedes se entregan al vicio y al fornicio. —Expuso el guía turístico con total tranquilidad, pues sabía que la multitud cabizbaja y somnolienta que había frente a él, estaba luchando contra la peor resaca de su vida. —Por desgracia— continuó el guía un poco más alto para disgusto de los ubicados en primera fila—. dicha estancia, es de uso exclusivo para la familia real y sus amigos. Aunque sí lo desean puedo darles una descripción  y .

—Vete a cagar, gilipollas—escupió una voz ronca surgida de un hombre con la levita a medio abotonar y la peluca al revés.

—Magnifico. Como iba exponiendo a sus excelencias— la multitud de resacosos expresaron un gemido de disgusto ante la pesadez del guia—. la estancia ajardinada se divide en tres áreas, la casa de muñecas, el fuerte  y la zona de columpios y Bla Bla Bla

 

Lucrecia sonrió cuando las palabras de  aquel charlatán se fuero alejando hasta perderse por completo. Así podía volver a sus cavilaciones. Con una pequeña patada  al aire el columpio sobre el que descansaba empezó a balancearse suavemente. Mientras cogía velocidad, su mente vagó libre por los últimos acontecimientos.

«Debo andarme con cuidado, si Camelia tiene razón en lo del complot… esto se puede complicar mucho » (Arriba)

« Pero… algo así sería demasiado audaz, demasiado osado incluso para unos soplapollas como ellos… Aunque…eso explicaría lo del padre… » (Abajo)

«Sí… fue mucha casualidad que dos años después del divorcio Armonil muriera  por un ronquido fuerte…. y Justo en la mayoría de edad de Elsarin. Todo muy sospechoso» (Arriba)

«Además, a que idiota pretendían engañar con lo del ronquido fuerte cuando todo el mundo sabía que se pasaba todas las noches con la secta esa del Amor y Placer…»  (Abajo)

«Putos Salidos, así claro, como no, quien iba a esperar que sus hijos no fueran tan…

Un crujido de hojas sonó detrás de ella  devolviéndola a la realidad de sus pensamientos. Con un pisotón, frenó en seco el columpio, dejando las marcas en la tierra; y cuando se volteó para ver quien era, un pinchazo inundó sus sentidos antes de volverse todo negro…

 

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Fasa_Ape
(@fasa_ape)
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-Si me dedicara a la caza, subcontrataría, ¡porque sería rica!- pensó la goblin, complacida. Todo estaba saliendo según lo planeado.

Lo que no le hacía tanta gracia, era que, quien acababa de drogar a Lucrecia, no era otra que la princesa Margarita. ¡Eso le pasaba por fiarse de esa niñata semi-elfa! Le había tomado el pelo, y la goblin se lo pensaba hacer pagar.

Desde su escondite, Berta, podía verla. Permanecía inmóvil, con los brazos caídos. Dos figuras encapuchadas surgieron de las sombras y cargaron con Lucrecia. La goblin, empezó a moverse tras ellos con sigilo.

El grupo llevó a Lucrecia a un merendero no muy lejano; allí, pasaron por una pequeña poterna oculta tras un arbusto de frambuesas. Margarita les acompañaba con movimientos mecánicos, como en trance. Berta los seguía con movimientos ágiles y fluidos, impulsada por la emoción de la caza.

Descendieron un tramo de escaleras. Desde ese punto, se habría un pasillo bien trazado y construido; sin duda, se utilizaba para llegar a las bodegas del palacio y llevar alimentos al merendero de arriba.

Durante al menos diez minutos, Berta siguió al grupo a una distancia prudencial, ocultándose en las zonas oscuras que quedaban entre los faroles.

Tras varios giros y bifurcaciones, el pasillo se abrió a una bodega abovedada; en ese espacio, se congregaban al menos veinte personas.

Berta entró con cuidado en la sala y se hizo un ovillo en una esquina oscura. Gracias a la túnica de la hermandad de los cuchillos largos, confeccionada con hilo de ankar, era una con la sombra; de esa forma, podría averiguar que se proponía esa gente, sin miedo a ser descubierta.

Observo la amplia estancia. Se había vaciado e iluminado con velas, solo contenía un altar dedicado a alguna deidad que Berta no conocía, aunque por la falta de ropa de la imagen hermafrodita que lo presidía, y lo que representaba estar haciendo con un objeto fálico, la goblin se hacía una idea aproximada de en qué consistía la cosa.

Los dos encapuchados arrastraron a la cautiva hasta el altar y la dejaron tirada ante el, Margarita se situó a su lado. Tras unos momentos, un acólito, con una túnica más elaborada que la del resto de los allí reunidos, se acercó a las dos mujeres.

-¡Hermanos, hoy damos un paso más para acercar a Verde Jardín y por ende a el-higolann a la luz del amor y el hedonismo! Hoy, la duquesa Lucrecia, se unirá a nuestras filas. Este es el punto más crucial. ¡La puerta de oro! ¡Ya nada nos será imposible, nada nos será vedado!- El acólito tomó un frasco de plata del altar -Princesa Margarita, hacer los honores-.

Margarita agarró a Lucrecia cruelmente por el pelo, tiró hasta levantarla medio metro del suelo, después, con la mano libre, forzó a la atontada humana, que parecía estar recuperando la conciencia, a abrir la boca.

Berta puso los ojos en blanco -humanos haciendo cosas de humanos- musito. Por mucho que le disgustara intervenir, no podía permitir que Lucrecia cayera en los brazos de esa secta. Hasta que los ministros pudieran arrebatarle el poder, esa humana gobernaba El-higolann, lo que quería decir que extendería aún más esa peste de culto.

Tenía que hacer algo, y pronto. Barajo sus posibilidades. Allí había más de veinte humanos, elfos, o vete a saber tú lo que hubiera bajo esas túnicas. No era posible actuar con sigilo, tampoco lanzarse directamente a por ellos; la terminarían aplastando solo por superioridad numérica.

En ese momento, recordó que, hace cuatro meses, compró y molió unas barritas de caramelo que no llegó a usar.

Buscó en sus bolsillos, hasta que encontró la bolsita de seda de araña negra, la abrió. Como esperaba, el azúcar en polvo se mantenía seco y no se había convertido en un hormiguero, gracias al material que componía el saquito.

A Berta no le gustaba usar estos trucos, por lo que no estaba acostumbrada y no le sentaba bien, así que tenía que calcular con precisión la dosis.

La goblin lanzo un suspiró -no me pagan lo suficiente por esto, oh, es verdad, ¡no me pagan!- pensó con amargura, mientras metía la punta de una de sus dagas en la bolsita, sacaba un pequeño montón de azúcar y lo lamía.

Los efectos no se hicieron esperar. Sus pupilas se dilataron hasta que su ojo sano pareció un pozo negro. El mundo se detuvo a su alrededor.
Berta miró al altar, una gota que caía del frasquito de plata, destinada a la boca de Lucrecia, había quedado congelada en el aire, como una pequeña joya ambarina.

La goblin, no podía perder más tiempo. Con sus dagas en las manos, Berta, se precipitó como un borrón de un encapuchado a otro. Apuñalaba, saltaba, degollaba, caía, rodaba, destrozaba rodillas, saltaba de nuevo. Era un torbellino, apenas visible, de sangre humana y acero goblin.

Alcanzo el altar en lo que a ella le parecieron minutos, aunque la gota aún estaba suspendida a unos  milímetros de la boca de la humana.
Con un solo movimiento de su daga derecha, retiró la gota que caía y la fue a clavar en la entrepierna del acólito.

Después, elevó la vista a su izquierda, y ahí estaba esa zorrita semi-elfa que la había engañado, agarrando aún a Lucrecia por el pelo. Tenía algo especial para ella.

Berta trepó por el vestido de Margarita, hasta encaramarse a sus hombros, agarró un buen puñado de su pelo dorado, y lo corto, arras de piel. Iba a degollarla, pero en ese momento, callo en la cuenta de que no podía matarla, seguro que la Reina Camelia no le veía la gracia, así que la golpeó en los oídos, hasta estar segura de que la muchacha semi-elfa perdería el conocimiento.

*

Lucrecia, por fin, logró enfocar: la sala era un matadero. Las dos figuras, que tenía a su lado, se desplomaron de golpe.

Agitó la cabeza para intentar despejarse, hasta que el sonido de una respiración acelerada, llamó su atención. Frente a ella, se alzaba una nube más oscura que la oscuridad del resto de la bodega. El borrón empuñaba dos feas dagas curvas.

Lucrecia miró a dónde debía estar la cara de la pequeña mancha negra, allí solo vio la punta de una nariz verde. La figura, soltó las empuñaduras de sus armas, enganchó los dedos índices en las guardas, e hizo girar varias veces los filos, antes de volver a empuñar las dagas y enfundarlas.

-Me alegro de volver a veros... duquesa, me sorprende que llegarais viva a vuestra edad. Va a resultar que, voy a ser lo más parecido a una amiga goblin que tendréis jamás- dijo, casi atropellando las palabras, una voz chillona que Lucrecia identificó de inmediato.

***

En ese momento, el subidon del azúcar empezó a disiparse. De pronto, Berta se sintió muy mareada. La goblin se calló de culo.

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