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El Don Juan de la Naval

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CoquinArtero
(@coquinartero)
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Esta es una de las Crónicas ocultas del puerto de La Luz, que aún no ha sido presentada en ningún sitio. No me podría perdonar sacarla en papel sin antes presentarla en la plataforma que vio nacer a sus hermanas.

Muchas gracias por todo

El Don Juan de La Naval (Parte I)

Después de veinte años de matrimonio con subidas y bajadas, llegó el divorcio sin aviso previo. Además, aunque quería con locura a sus hijos, sabía que quedarse con la custodia de ambos era un arma de doble filo. En ese momento podía soportar la carga económica que significaba, pero una ligera fluctuación en la economía y los recibos empezarían a desestabilizarle. Por suerte, creció viendo los amaneceres subido a una tabla de surf y nunca dejó de hacerlo, cosa que a sus treinta y ocho años lo mantenía con el suficiente porte como para seguir atrayendo las miradas de un buen montón de postulantes a un hueco en su dormitorio.

Él se quedó en su casa de la calle Naval, y ella se fue a vivir con su nuevo affair a la calle El Faro, en la Isleta del año 2022.

—Como quieras —dijo resignado a su exmujer al darse cuenta del percal—, me quedaré a cargo de los niños y de la hipoteca, pero me debes una buena.

 De inmediato empezaron a fluir por su casa una miríada de féminas con aviesas intenciones, aunque muy pocas lograban medrar una relación mayor a dos o tres semanas.

Hasta que llegó la Toxi 1. Supo meterse en su mundo y ganarse de algún modo su confianza. Hay quien diría que era una confianza comprada a base de regalos carísimos y es posible que no se equivoquen, porque en realidad le agasajaba con presentes muy lujosos que, después de un año tuvo que recuperar con un mohín en el rostro. No le importó dejarse atrás algunos presentes como  el reloj de muñeca, un ordenador en miniatura que costaba más de mil euros, o el robot de cocina. El pequeño cúmulo de excusas adecuado para volver a entrar en contacto con su queridísimo Don Juan.

Para él fue un respiro terminar con la relación, conocer más gente con afinidades suficientes como para compartir buena parte de sus días y no terminar sintiendo que restaban calidad a sus horas. Así, las primeras semanas de su mundo post-toxi1, se las tomó como un casting en el que no le faltaron candidatas. De lunes a viernes iba quedando con mujeres y las noches del fin de semana, las pasaba intentando ignorar los mensajes de su exnovia, que le reclamaba cosas como haber sido visto en compañía de tal o cual señora, o los corazoncitos que brindaba a las publicaciones de esta o aquella mujer; reproches acerca de la velocidad con la que se había atrevido a descartar los buenos momentos vividos a lo largo de doce meses de relación, o consejos sobre las bondades o no de las que pudieran haberse cruzado por su vida. Él quería los fines de semana para surfear, pasar tiempo de calidad con sus hijos y fumarse sus shishas mientras disfrutaba de los combates subvencionados por Dana White. Pero no. Ella le insistía en quedar para verse las caras, decirle lo mucho que lo echaba de menos y restregarle por el rostro lo mala persona que podía ser por no quererla de la misma forma en que ella lo hacía con él.

Después de poco menos de un mes, conoció a una dulzura de mujer que lo colmaba de atenciones y sonreía todas sus gracias. En seguida empezaron a pasar juntos la mayor parte del tiempo libre que les dejaba el trabajo. De las pocas que permanecían en su casa de la Calle Naval para desayunar después de los polvetes de rigor. Esto era así porque ella mantenía atado a un monstruo que terminó viendo la luz la noche en que, durmiendo en casa del Don Juan, despertó por la sensación de un soplo de aire en su frente. Somnolienta cambió su posición y se puso de cara a la mesilla de noche, donde, segundos antes, alguien había colocado dos anillos y una nota que rezaba: «No te fíes de esta loca».

Con las tripas encogidas por no darse cuenta de cómo alguien pudo haberse colado en la casa mientras dormían, la Toxi2 desató por fin a la bestia celosa que llevaba dentro de sí.

Hay que reconocer que para tener algo serio con el Don Juan de la Naval, resultaba de imperiosa necesidad carecer de celos, pero la reacción de la Toxi2 no pudo ser más desmesurada. Los gritos se oyeron hasta en Agaete (al otro lado de la isla), su rostro se transformó exigiendo saber quién podría ser la intrusa que le sopló el pelo a traición. Habría sido más sencillo razonar con ella de no tener un cuchillo de cocina en la mano. Al final, él tuvo que ceder y confesar el nombre de su exnovia a cambio de soltar el arma. Solo el nombre, nada más.

Lo suficiente como para que la Toxi2 partiese airada de la vivienda, para arrancar una búsqueda enardecida por las redes sociales. No sabía mucho de informática, ni de investigación ni nada por el estilo, pero sí que tenía un fuego dentro que la empujó a seguir buscando hasta dar, no solo con los apellidos de la exnovia de su pretendido, también encontró la dirección.

A las nueve de la mañana se encontraba frente a la casa de su competencia directa. A las nueve y media, al no encontrarla en su interior, salía de allí con la sensación de haber triunfado por matar a sangre fría a sus dos inocentes mascotas: un gato angora negro y un viejo mastín que casi no pudo ni defenderse.

Toxi2 hizo todo el camino de vuelta a su casa con una sonrisa de campeona maquillando su faz, y la seguridad de haber dejado las cosas claras tanto a uno como a la otra. Llegó con tiempo suficiente como para, feliz y empoderada ponerse a cocinar un buen potaje que ofrecer cuando volviesen sus dos hijos.

Al abrir la puerta los encontró colgados por el cuello en medio del salón. Muertitos del todo.


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CoquinArtero
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Parte II

El resto de las horas de ese día fueron una montaña rusa de locura para nuestro Don Juan de la Naval. Toxi2 le llamó orgullosa y violenta para recrearse en lo cruel de su decisión en la casa de la Toxi1, acto seguido, nada más colgar el teléfono, la triste dueña de los perros llamaba a la puerta de su casa y por la cámara del telefonillo pudo ver su sonrisa antinatural pidiéndole entrar para explicarle lo que acababa de pasar. Que lo había estado cuidando en la distancia y lo sabía todo de las mujeres con las que se había acostado.

Ahí, asustado y encogido tras la puerta cayó en la cuenta de haber sido vigilado todo el tiempo por medio del reloj que Toxi1 le dejó convenientemente en usufructo. Así sabía con quien andaba, sus teléfonos, redes sociales, su casa, así se enteró de que ésta tenía dos hijos sobre los que descargar su rabia de celos y fue por ese endemoniado reloj que oyó la manera cobarde que tuvo su exnovio de venderla ante la loca del cuchillo.

—¡Yo te habría defendido aunque me costase la tumba¡ —gritaba una y otra vez mientras pateaba el barandal de la escalera, en el rellano, al otro lado de la puerta tras la que se ocultaba sin saber qué hacer el Don Juan.

Tres plantas más arriba se oyó el grito de una vecina amenazando con llamar a la policía, cosa que obligó a la toxi1 a abandonar el lugar, aunque la paz aún tardaría en llegar a la casa de la Calle Naval.

En el mismo momento que la toxi1 abandonaba el portal, la toxi2 llamaba otra vez al Don Juan, para comunicarle la locura que acababa de hacer su exnovia. Bramó encolerizada que hoy moriría mucha gente si no daba enseguida con la asesina de sus hijos y estaba más que dispuesta a barrer con la vida de los vástagos del Don Juan si, de esa forma, se aseguraba de dar con ella.

Él colgó el teléfono sin saber qué contestar, dejándola con la palabra en la boca, pues sentía que el tiempo corría en contra de sus hijos. Los llamó a capítulo. Eran un par de adolescentes capaces de hacer y deshacer su vida por su cuenta, y dándoles la mitad de sus ahorros a cada uno de ellos, les contó lo sucedido y los mandó de viaje a la casa de su primo en Lanzarote.

Como buen isletero, decidió que la mejor solución no pasaría nunca por llamar a las autoridades. Esos siempre terminaban complicando las cosas. En su lugar prefirió esconderse en la casa de la vecina que salió en su auxilio, y refugiarse entre sus carnes hasta quedar dormido.

A la mañana siguiente, con la conciencia confundida y el ánimo en frágil equilibrio, bajó a su rellano justo cuando tres efectivos de la policía venían en su busca para llevarlo a la comisaría. Allí se enteró de que habían encontrado, brutalmente asesinadas a las dos pretendientes y él era el principal sospechoso.

Tuvo que decirles veinte veces que había pasado la noche en compañía de su vecina antes de que le permitiesen llamarla para esclarecer el entuerto. Ésta, entró con el pecho hinchado y alma de heroína por la puerta de la comisaría, dispuesta no solo a declarar a favor de su vecino, sino además, a demostrarlo con la grabación con cámara oculta que le hizo mientras él  desfogaba sus frustraciones a base de folleteo. Aún así, tuvo que pasar un rato más respondiendo las mismas preguntas antes de ser libre.

Al parecer, los chicos ignoraron sabiamente los consejos de su padre y lo primero que hicieron fue acudir asustados a su madre.

Cuando el Don Juan salió de la comisaría, con la vecina colgada del brazo y la mirada perdida, comprendió por qué motivo tuvieron a bien soltarlo en libertad.

Al tiempo que se disponía a abandonar el edificio, por la misma puerta, entraba su exmujer esposada y escoltada por dos agentes. En ese momento comprendió que había hecho una locura por el bien de sus hijos y, que en realidad tenía mayor resolución, fuerza y locura que las mujeres con las que él mismo intentaba lidiar. Las mató con la boca callada, sin avisar. Las dejó frías y tiesas como dos trozos de mojama sobre la arena de Las Canteras.

Al cruzarse sus miradas, la madre de sus hijos tan solo acertó a decirle una cosa:

Estamos en paz.

La cara de tonto le duró semanas, y las ganas de andar con mujeres se desvanecieron durante los días que despertó con la sensación de haber esquivado una bala importante.

Es posible que a mí, que solo conozco la historia de oídas, se me escape algún detalle, pero no creo que les resulte difícil dar con él a primera hora de la mañana, viendo amanecer mientras cabalga las olas de la Cícer.

No tienen más que acercarse a la orilla y llamar al que tenga más pinta de Don Juan.


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