Forum

Avisos
Borrar todo

Crónicas, Augurios y Poemas de Recogimiento para las Fes Imperturbables


carlosdtorres
(@carlosdtorres)
Acólito Eminente
Registrado: hace 3 meses
Respuestas: 25
Iniciador de tema  
Éxtasis de los Destinos con el Rostro Cubierto

Tomás había recibido amparo en distintas abadías de la región, las mismas que le darían destierro a la postremera. No así en su última parada: una aldea llamada Recogimiento. En la dicha, los más viejos decían que Tomás era un anciano decrépito ya cuando ellos eran niños. Podría decirse que era poco más que un espíritu contenido en un recipiente de sangre. Tomás (no puedo saber si desde hace tiempo o recientemente), practicaba las alquimias más desafiantes e inhumanas; alquimias cuya praxis otorgaban la capacidad de ilusionar a la muerte y aturdir a la vida, hasta generar una mixtura donde ambas, vida y muerte, bailan sin sentido y al margen de lo natural, como un vuelo de brujas o una marcha de encapuchados disciplinantes. Lo cierto es que, si Tomás siempre fue dado al ocultismo y a las artes malogradas, en Recogimiento podía dar rienda suelta a su comportamiento, pues todos los habitantes tenían demasiado que acallar como para señalar a otros. Dada la experiencia de Tomás y la predisposición natural de estas gentes, Tomás se granjeó el puesto de Sapiente del Caudillo Insigne de Recogimiento: Capitellus.

      Tanta felonía, pecado y perversión de la sacra senda terminó por dar cuerpo a la reacción ajusticiadora. En el cielo ocre de Recogimiento se agrietó un haz, un destello que descendió hasta la tierra, perforándola y causando una profunda gruta subterránea. Las gentes de Recogimiento ni querían casi prestarle atención, no más que para sospechar inquisitivamente de ello y para confirmarse los unos en los otros que aquello no entrañaba nada recomendable y que mejor no prestarle atención.

      No era ese el devenir del Caudillo Capitellus ni del Sapiente Tomás, que ya reptaban sus pies en dirección a las entrañas de aquel subterráneo. El chirriante vaivén del candil que portaba Capitellus le servía de guía a Tomás, que lo detectaba entre los ecos misteriosos y, por algún motivo tan obvio como difícil de explicar, sonaban furiosos y serios; acompasados con el vaivén del candil.

      —Oídme bien lo que os digo, mi Sapiente ­—dijo el Caudillo Capitellus—, sé que cognoceis bien de misterios y artes que el resto dellas gentes ignoran en completo. Si vierais este horrendo lugar podríais sentir una amenaça diferente della guerra, la plaga, la fambre o el malogro humano. Aquesto es el infierno del que tanto habéis estudiado desde faze siglos.

      —Mi bien querido Caudillo, ojalá respirásemos efluvios des las cataratas inframundas, mas muncho me temo que no estamos agora en la Ciudad Terrena[1], que estamos descendiendo a algo bien peor que los infiernos: aquí mora La Gran Revelación Celeste­ —Tomás, sabiendo de antemano que Capitellus no era tan leído y no sabía tanto de cuestiones místicas como él mismo, se adelantó a la pregunta que le iba hacer—. Todo quanto habéis cognoscido es la Ciudad Terrena. Todo desierto que habéis colonizado, toda tribu que habéis sesgado, cada salón quemado… Debéis saber que algo nos amenaza a quienes hemos corrido siempre en la Ciudad Terrena y, agora, nos aguarda: las fuerzas des la otra Ciudad, los centinelas de nostra religión. Hubo un tiempo en que yo mismo creía que aquestas forças eran ineuitables e que la rectitud me lleuaría a bien. Mas hay aflicciones, pecados, cuio destino no son la absolución por confesa, sino enraizarse dentro de uno mismo hasta fazerlo renaçer y desligarse de todo pasado.

 

[1] La Ciudad Terrena es, según san Agustín, el plano donde discurren guerras, opulencia, mentiras y otros eventos indeseables del mundo. Se puede interpretar como el infierno aquí en la vida. El otro plano, opuesto a la Ciudad Terrena, es la Ciudad Celeste, según la obra De Civitate Dei (que significa Sobre la Ciudad de Dios) de san Agustín. Siglo V d.C.

Este tema fue modificado hace 2 meses 5 veces por carlosdtorres
Este tema fue modificado hace 1 mes por carlosdtorres

Citar
carlosdtorres
(@carlosdtorres)
Acólito Eminente
Registrado: hace 3 meses
Respuestas: 25
Iniciador de tema  

Conforme decidían tomar una u otra bifurcación, podían ver y oír señales, señales más etéreas que palpables, aunque no se intentasen justificar el porqué de tal delirio, casi como en un sueño. Señales que los hicieron querer retroceder. Retroceder para perderse en nuevos laberintos rocosos. Las señales sugerían o evocaban los destinos de las vidas similares de Tomás y Capitellus.

      —¡Debemos consultar vueso grimorio, Tomás! —desesperó el Caudillo— ¡Non sabemos donde hemos entrado!

      —Oh, ojalá no lo supiera; y cuán envidia me causa que no lo sepáis vos. Este maldito libro nos sería útil si desearais cognoscer cuál recto y resplandeciente mandoble os aguarda —condenó Tomás, no tan desesperado, pero sí entre arrepentido y enloquecido, con su ennegrecida y famélica mano temblando sobre su báculo.

      El Caudillo agarró de la túnica a Tomás agitándolo con tanta vehemencia como amenaza sentía. En ese momento, Capitellus vio lo que no esperaba ver en el rostro de su Sapiente, provocándole un ataque de confusión y cólera; una aparición mariana ante él: era un corazón flamígero que flotaba sobre un vientre en cuyo interior retoñaba una fruta que parecía guardar un rostro humanoide. Sobre las llamas del corazón, un rostro femenino, bello y moreno de casi inapreciable sonrisa y mirada clavada cual talla de madera, cinco lágrimas perlando su tez.

      El Caudillo no pudo tener otra reacción que machacar la empuñadura de su espada contra aquel espejismo, rompiéndole la nariz a su Sapiente y dejándolo tirado en el suelo, sin más respuesta. Tomás parecía una babosa ciega allí tirado entre su túnica. El Caudillo robó el grimorio de Tomás y decidió ir solo a buscar una salida, hasta el fin de los días.

 

 

<<Pero los cobardes e incrédulos, los homicidas y hechiceros y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte>> (Apocalipsis, 21, 8)

 

[1] La historia (si es que esto se requiere) de Tomás, se puede ver en "Crónicas de la Cofradía de la Orden Cruzada"

Esta publicación ha sido modificada el hace 2 meses 8 veces por carlosdtorres
Esta publicación ha sido modificada el hace 1 mes 2 veces por carlosdtorres

ResponderCitar
carlosdtorres
(@carlosdtorres)
Acólito Eminente
Registrado: hace 3 meses
Respuestas: 25
Iniciador de tema  
Cuerpos sin Brújula ni Mapa
Allí a Recogimiento llegaba, por fin, tras mucho peregrinar sin hallar agua ni lecho. Veteris se adentró en Recogimiento como si se sintiera alzado de entre los muertos y se adentró en una posada a mendigar algo con que refrescar su áspero gaznate y reposar su abrasada espalda. El rostro de Veteris era casi una corteza arbórea de arrugas, miraba con los ojos como dos diminutos insectos negros espachurrados y brillantes. El dolor no le permitía preocuparse por los hilos de baba seca en su barba gris y enmarañada, los muchos lunares de su calva revelaban interminables jornadas de marcha carentes de sombra bajo un sol impío. El báculo donde se apoyaba tenía algunos arreglos a base de clavos oxidados por donde se había partido del permanente uso inhumano.
      —Faze demasiados soles que vengo arrastrando mis pecados para que sean purgados en mi peregrinar —explicó entumecido de dolor Veteris—. Ay, soles míos, que parecen no ponerse nunca. Yo soy Veteris, ¿Es esto, este logar, una confirmación de que mis pecados por fin han purgado tras el muncho marchar? ¿Es aquí donde podré beber de aguas? ¿Quando podrá descansar esta lacrimosa joroba? Decidme que no se trata de un delirio y que he llegado a buen punto.
      —Soy Limosnos ¿Por qué has andado tanto bon hombre? —se interesó intrigado un joven vecino que le ofreció su cuenco de caldo y su jarra de cerveza tibia.
      —El mandato de mi cofradía es caminar, quizás no sea más que una cobarde elección para nostro alivio espiritual, pues ¿non es caminar el más cómodo de los caluarios? Oh, no os toméis a ofensa el repudio desta jarra, pues ya sabéis que soy un hombre de fe y nostro recato también abarca la abstinencia. Mas yo os bendigo, hijo, por esta ración de caldo que me brindáis. Gratitud por apiadaros de un clemente que no dispone de bienes mundanos con que pagar —terminó de agradecer Veteris para beber un poco de aquel cuenco que él sintió como si le devolviese la vida, al mismo tiempo que veía a una joven discutir con el posadero, aunque demasiado respetuoso como para poner el oído y estar pendiente.
      —Venid por aquí, cognosco un sitio donde descansar por largo —le dijo Limosnos.
      La joven que discutía salió corriendo de la posada, llegando a la enorme boca de La Gran Revelación Celeste, la reciente gruta de Recogimiento, al mismo tiempo que Limosnos arrojaba a Veteris a los dichos abismos misteriosos del otro lado de este orbe de polvo, cera y sal.
 
 

<<El ojo que se burla de un padre, que se burla de una madre anciana, será picoteado por los cuervos del valle, será devorado por los buitres>> (Proverbios, 30, 17)

Esta publicación ha sido modificada el hace 1 mes 2 veces por carlosdtorres

ResponderCitar
carlosdtorres
(@carlosdtorres)
Acólito Eminente
Registrado: hace 3 meses
Respuestas: 25
Iniciador de tema  

Libro de las Letras Negadas

El grimorio que conocía de memoria Tomás anunciaba a Capitellus más y más desdichas que no hacían sino confundirle. Los textos, las imágenes, los palimpsestos[1], las letras y los códigos táctiles mucho más antiguos que el braille colmaban aquel repugnante libro de maldiciones y malogros intolerables.

      Similar al delirio onírico provocaba aquella gruta, aunque sí logró debatirse si aquel grimorio le estaba guiando o perdiendo, pero ¿acaso tenía más posibilidades de salir de allí con o sin el libro? ¿Acaso tenía alguna posibilidad de no estar ya loco? No disponía de la lucidez suficiente para responder a tales preguntas, no mientras se mantuviera quieto y dejando que el miedo, que sentía que lo acechaba como una pantera, se cerniera sobre él. Lo único que sabía en el fondo era que si se despojaba de aquel libro tendría más miedo. Correr fue lo único que le alivió de aquella vorágine de debates; correr y bramar hasta que la resistencia denudó en fatiga asfixiante y hasta que su candil se apagó.

      Capitellus no veía nada por más que bamboleara la cabeza hacia un lado y otro. Lo que sí sentía era una levitación fría que orbitaba en torno a él acompasado por un inquietante musitar, como el rezo del feligrés que pretende orar en silencio sin lograrlo. El balbuceo se detuvo frente a él, provocando que Capitellus sacudiera fuertemente su espada delante suya, silenciando así el murmullo, pero encendiéndose de nuevo el candil. Ahora podía ver a donde había parado.

      Un espacio cavernoso pero muy amplio, que podían recordar a las creaciones de Leonardo da Vinci en los visionados más superficiales. Al frente aparecían tres cataratas celestiales: una de polvo, otra de cera y otra de sal. Las tres se derramaban en un pantano ocre con inmundicias y suciedades que podían confundirse con fauna de otro mundo u otra era. Cuando Capitellus volvió a sí mismo, se percató que el grimorio estaba abierto por un capítulo que no había visto antes, a pesar de lo mucho que había mirado ya el libro. Eran apuntes un poco injustificados (aunque, ciertamente, todo en aquel libro le parecía muy incoherente). Eran notas, aparentemente de terceros, que mostraban deseos, instintos, delirios, incógnitas, maldiciones y arrepentimientos.

 

 

[1] Borrado a base de raspar y arañar con el propósito de sobrescribir encima.

Esta publicación ha sido modificada el hace 1 mes por carlosdtorres

ResponderCitar
carlosdtorres
(@carlosdtorres)
Acólito Eminente
Registrado: hace 3 meses
Respuestas: 25
Iniciador de tema  

como el camino bajo una luz maligna que se adentra en los bosques con una luna incierta, cuando ocultó el emisario el cielo con sombra y a las cosas robó su color la negra noche[1]

 

ves cómo el peñón calizo se yergue blanco por una profunda capa de nieve, y no pueden ya los bosques sostener el paso que les agobia, y los ríos se han inmovilizado por efecto del hielo penetrante[2]

Capitellus se hallaba leyendo en voz alta, contrariado por aquellos textos e intentando sustraer algo en clave, cuando se sorprendió al oír otra voz, la inconfundible voz reptante de Tomás. Una voz que invocó de nuevo a aquel murmullo caliente y sin complejo, aquel vuelo frío y lastimero, y apagándose el candil.

      Capitellus estaba espumeando por la boca y salpicando sangre que salía desde su garganta:

      —¡TÚ, MALDITO BRUXO! ¡Todo aquesto es obra tuia! ­—maldecía Capitellus arrojando el grimorio al suelo y bamboleando su espada del derecho y del revés intentando atravesar a su objetivo.

      Pero su objetivo ya había recogido el grimorio maldito por el resonar de su caída y se alejaba de Capitellus en dirección a las tres cataratas celestiales, dejando a Capitellus rodeado de aquel íntimo y calenturiento susurro, cada vez más audible conforme iba dejando de berrear y de menearse el Caudillo. Sin libro, sin luz, sin saber y con miedo.

 

 

<<Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad>> (Santiago, 3, 14)

 

[1] Poema de Virgilio dedicado a la muerte. En su versión dice Júpiter, no emisario. La variación es por ajuste y adaptación a la temática religiosa.

[2] Poema de Horacio dedicado a la muerte. En su versión dice Soracte, no peñón calizo. La variación es por ajuste y adaptación a la temática geográfica.


ResponderCitar
carlosdtorres
(@carlosdtorres)
Acólito Eminente
Registrado: hace 3 meses
Respuestas: 25
Iniciador de tema  

Sobre esta piedra

La pobre halló el cuerpo de Veteris retorcido y espachurrado contra el suelo rocoso de la gruta.

      —Disculpad, sennor, a mí también me han arrojado a aqueste foso gélido e temible. Mi nombre es Yehiel —la chica intentaba hablar con compostura a pesar de los sangrados a causa de la caída—. Unos pocos, quienes no desean comulgar con las repulsiuas tendençias de Recogimiento, han sido arrojados aquí y non se ha vuelto a saber de eios. Permitidme que os auxilie.

      Veteris miraba no se sabe bien hacia donde, el pobre anciano peregrino tenía los ojos tan lacrimosos como sucios de sangre, probablemente ya no pudiera ver bien. Pero la cara se direccionaba a Yehiel.

      —Mi nombre es Veteris. No os apiadéis más de mí, pues no hay alivio mundano para quien ya está entrando en el Regnum Dei. Ya reposo. Ya solo espero el poco más. Sois un alma uenerable. Esa mano blanca sobre tu hombro es real.

      Yehiel no podía entender claramente sus últimas palabras. Pero sí podía entender que hablar sería una tortura para Veteris antes de morir. Prefirió no molestarle más, dejarlo ahí expirando; y, al girarse, entendió mejor. Lo primero que vio al girarse fue a un mendigo extremadamente paupérrimo y genuflexo con las manos en posición de caridad, los labios entreabiertos y curvos hacia abajo como una luna invertida, mostrando los azarosos huecos de su denudada dentadura. Las mantas que él entendía como ropaje azules y amarillas, sin poder saberse si tales colores eran algo además de suciedad. Apenas un mechón de pelo blanco como una hebra de algodón de azúcar rodeaba su ancha calva por debajo, su barba tropezada de moho.

      ­—Os saludo como Surtep, bienuenida a mi humilde construcción, Yehiel —Surtep le enseñó una piedra con la mano derecha—. Aquesto es el único material que necesitamos para leuantar caminos rectos.

      —Admiroos uestra construcción y tesón —A Yehiel, más que la piedra, le llamó la atención lo que portaba en la otra mano, dos llaves desproporcionadamente grandes, brillantes como si recién hechas y de un metal dorado trabajado artesanalmente. Mas no quiso detenerse en incógnitas más allá de su propósito: intentar salir con vida de aquella situación—. ¿Uos sabéis cuomo puedo salir de aquí?

      —Non pensaréis que una alma uenerable pueda verse condenada a formar parte desta pequeña piedra. Podéis seguirme, pues esa es la uoluntad —terminó de decir Surtep mientras la comenzaba a guiar por las sobrenaturales grutas.


Alegorn le gustó
ResponderCitar
carlosdtorres
(@carlosdtorres)
Acólito Eminente
Registrado: hace 3 meses
Respuestas: 25
Iniciador de tema  

A Yehiel, extrañamente, no le provocaba mala sensación andar por aquellos túneles fríos y húmedos. Le parecía reconfortante el brillo colorín y verdoso que iba viendo por las paredes. Llegaban ecos de origen desconcertante, pero que hacían creer a Yehiel que aquello haría avergonzar a los mismísimos cantos de sirena de la misteriosa y ya sumergida antigüedad. Sabía que, aunque queriendo salir de allí, no olvidaría aquel espacio ni aquellas sensaciones tan nuevas e impensables para ella.

      ­llegaron a una extensión diáfana con tres cataratas al frente: de polvo, de cera y de sal respectivamente, cuyos derrames brillaban grácilmente sobre un lago de colores entre inhumanamente nuevos y celestes. Los condenados que desesperaban en aquella expansión no podían verlos, solo estaban, eran… Más fantasmales que cualquier espíritu, aunque en su recipiente carnoso y visceral.

      Surtep la acompañó hasta la catarata de polvo y la amoldó con las llaves, como si de un velo se tratase, para que pasara Yehiel. Yehiel sintió el lago al andar a través de él como si arrastrase sedas. Ella no entendía nada, tampoco tenía palabras para empezar a formular las diversas preguntas que, en el fondo, por alguna razón que ni yo ni ella sabríamos explicar, no le eran ya tan importantes, lloraba de calma. Surtep la seguía mirando con súplica en sus pupilas, pero sus palabras revelaron júbilo y le transmitió calma posando su blanca mano sobre el hombro de la chica. Surtep sabía que incluso alguien tan pía como Yehiel estaba evocada a abandonarlo. Él solo podía seguir poniendo piedras en La Gran Revelación Celeste.

 

<<Y respondiendo, les dijo: el que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo>> (Lucas, 3, 11)


ResponderCitar
carlosdtorres
(@carlosdtorres)
Acólito Eminente
Registrado: hace 3 meses
Respuestas: 25
Iniciador de tema  

Pues por mi nombre también corre el salitre

El candil del Caudillo Lot apareció repentinamente sobre aquel pantano, levitado, alumbrando la catarata de sal como un círculo de plata antigua casi sin brillo, similar a una luna ahogada de calima. El único pensamiento que brotó del turbado juicio del Caudillo fue dirigirse allí con la esperanza de estar más cerca de la salida tras esas cataratas. Por supuesto no le preocupó el hecho de que el candil flotara, mucho menos atravesar aquel pantano desconocido y amenazante. Sí le preocupó ver a Tomás, dispuesto a atravesar la misma catarata que él mientras palpaba cierta página de su grimorio. Alumbrado de refilón por el candil ante la catarata de sal parecía uno de esos mártires momificados, atrapado entre la perpetuidad corporal y la esencia esquelética. El Sapiente Tomás oyó con claridad las zancadas de Lot acelerarse hacia él. Tomás decidió que lo mejor sería paralizarlo usando los símbolos alquímicos que él trabajaba, que reposaban en una de las páginas y, liberando ciertas palabras de un idioma ya consumido por las dunas del tiempo; dejó al Caudillo allí tirado y flotando sobre el pantano, inerte pero consciente y pudiendo oír. Lot parecía un légamo sobre el que pisar, allí tirado en el pantano.

      —La necedad es lo único que le queda al histérico ­—le insultó Tomás—, un espíritu sanctificado os ha estado disipando vueso uicio. Por eio es que preualece en vos la uenganza e no el salir de aquí.

      El único pensamiento de Lot era superar aquella extraña arte que le había poseído para salir por la catarata que iluminaba su candil; pero, muy por encima, sabotear a su Sapiente, no sé si por la falta de cordura o por algo más místico, más inexplicable en su interior; o, ¿por qué no? Más infernal. Surtep, el Obrero, Guía y Guardián de La Gran Revelación Celeste, lo estaba viendo todo con gran claridad desde lejos, a pesar de que ellos estuviesen envueltos por una densa oscuridad, viendo solo aquella luna calimosa en la catarata de sal ofrecida por el candil.

      Tomás le permitió hablar haciendo resonar otras palabras del mismo idioma extraño que empleó antes.

      ­—Bien sabéis meior que yo donde estamos, ya que los ojos son una preçiada herramienta para cognoscer logares novos. Así cuomo yo puedo seruirme de vuesa visión, vos podéis seruiros de mis saberes si queremos salir. Agora hablad o acelerad nostro funeral aquí mesmo.

      —Del lado de aquesta catarata hay otras dos, mas está preclaro que es esta la que debemos tomar, pues es la única que podemos uer e lo mesmo hay tras las demás —le respondió Lot mientras notaba como, poco a poco, podía ir agarrando su espada.

      —¿Estáis seguro de que son tres las cataratas que aquí se derraman?

      —Las he uisto ego mesmo —la empuñadura de su espada ya estaba bien agarrada.

      —Es entonçe que non hay esperança para nos.

      Las palabras de Tomás, además de provocar la mayor desconfianza, no hacían sino abravar la agresiva ira de Lot, pero no había llegado esta a su punto álgido, no hasta que oyó de un ignoto origen y de una voz curtida pero soñadora las siguientes palabras:

      —Perdonaos y acobijaos el uno en el otro, pues más que eso no tenéis.


ResponderCitar
carlosdtorres
(@carlosdtorres)
Acólito Eminente
Registrado: hace 3 meses
Respuestas: 25
Iniciador de tema  

Lot desató un violento brazo destinado a clavar la espada en el óseo muslo de Tomás e, incorporándose para levantarse en el cuerpo agachado, debido a la lesion, de su Sapiente, se dirigió pesaroso hacia la catarata de sal. La mano de Tomás en su tobillo, aunque intentando entorpecerlo, no le haría gran lastre al Caudillo, atravesando así la catarata mientras era agarrado.

      En ese momento, una mano blanca se puso sobre el hombro del Caudillo iluminando todo y dando la última visión de Tomás, que sintió como la médula ósea de sus huesos se le fundió a la par que su juicio: el pantanoso e insondable paisaje revelado turbó en mucho a Tomás que, sin esperar de ningún modo ver repentinamente, mucho menos esperaba ver aquello. Sintió el miedo como el puño de un gigante cerrándolo en un brutal abrazo. En su rostro una expresión de genuino terror, pues conocía donde estaba mediante artes cojas, trucos casi; mas no mediante las verdades, los sentidos y por él mismo, no hasta ahora. Creo que no le dio tiempo a entender nada. El pobre Sapiente notó el espíritu de una lágrima marchar descendiente en su rostro, recordándole como él estaba marchando también a otro descenso.

      Su Caudillo ya había atravesado la catarata de sal y lo había arrastrado también a él. El salitre latigaba ya su rostro sonando como la risita de un gigante. Espíritu se disipaba como humo y cayó como la arena que vuela sobre el pantano.

 

 

<<Confunde, Señor, divide sus lenguas, porque he visto violencia y rencilla en la ciudad>> (Salmos, 55, 9)

 

Habéis apenado a todos los ángeles y embestido contra la primera y última inocencia. Habéis saqueado y pervertido los recuerdos de la prédica sacra. Habéis bebido de las raíces del árbol oxidado y roto los cristales que se os dieron. Habéis negado la semilla del mundo. El vueso arrepentimiento y lacrimato no está a lejos.


ResponderCitar
Compartir: