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1898


Nikephoros
(@nikephoros)
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Iniciador de tema  

Mr. H. G. Wells

Jefe del Departamento de Ciencias

Henley House, Kilburn, Londres

5 de Mayo de 1898

 

 

Querido Emilio,

 

 

Nadie lo habría dicho, considerando la palpable zafiedad y estrechez de miras del reaccionario señor Cánovas del Castillo pero, de algún modo, el genio de Cartagena consiguió convencerlo para que la corona sacase fondos, vaya usted a saber de donde, y financiase el desarrollo de su asombrosa invención.

 

 

Ahora resuena con más fuerza la denuncia del matrimonio Curie, que alertó del peligro del Proyecto Viriato; el uso del extraño mineral que, como recordarás, de forma tan sorpresiva apareció en la región de Las Hurdes (y que causó la aterradora explosión cuyo resplandor llegó a iluminar Lisboa), para la sobrecarga eléctrica de los nuevos proyectores etereléctricos que se comenzaron a instalar en los submarinos.

La atención del mundo parecía centrarse en los astilleros de Cádiz y Cartagena, y en las aberrantes labores de ingeniería que allí se estuviesen llevando a cabo… además del súbito amor del Imperio Alemán por el pueblo español, que tan sospechosamente cedió los derechos de fabricación de su Mauser 1893 aparentemente a cambio de nada.

Pero, ¿quién habría llegado a imaginar que al otro lado del globo se encontrarían enfrascados en las mismas urdimbres?

 

 

Mi amigo, el señor Twain, así como otros prohombres estadounidenses con los que mantengo correspondencia, me informan -aun presas de una asombrada incredulidad- de lo acontecido en Cavite.

La escuadra del Comodoro Dewey se adentró en la bahía de Manila presta a caer sobre los cinco cruceros con los que los españoles defendían el puerto. ¿Cómo iban a conocer esos desafortunados marinos lo que que ahora sabemos del tercer Laboratorio Viriato en Dávao?

Habrás leído en la prensa lo que aquellos esquivos submarinos hicieron con la flota yanki. Pero lo que no ha trascendido a la opinión pública fue lo que sucedió con el USS Olympia. No, Dewey no realizó una “valiente arremetida contra el crucero Reina Cristina cuya carga épica haría palidecer al mismísmo Temístocles”. No, amigo mío, una de las naves del señor Peral apareció a babor del buque insignia del comodoro estadounidense y le disparó una andanada de esos endemoniados rayos de no menos infernal resplandor. El Olympia, y cree lo que te digo, se sacudió y tembló y, ante los ojos de sus aterrados compañeros, pareció brillar como mil soles antes de estallar y quebrarse como un cristal impactado por una bala de cañón.

 

 

Las autoridades de Washington llaman a sus conciudadanos a mantener la calma, pero empiezan a verse caravanas de espeluznados civiles abandonando ciudades costeras de la costa oeste, desde San Diego hasta la bahía de San Francisco.

Y todo esto sin mencionar los inhumanos sucesos que la prensa ha bautizado como “Las Vísperas Hawaiianas”; el sangriento levantamiento de la reina Liliuokalani que ha costado la vida a todos los terratenientes estadounidenses y a un desconocido número de colonos.

 

 

¿A donde nos llevarán estos nuevos horrores tecnológicos? ¿Qué sucederá con las continuas bravatas de Theodore Roosevelt, ese arrogante palurdo? ¿Materializará Guillermo II su tácita connivencia con los españoles y se involucrará en la guerra? ¿Hará el gobierno de Su Majestad algo más que cerrar Hong Kong?

 

 

Espero disculpes la extensión de esta carta.

En la confianza de que te mantengas con salud.

Tu amigo,

 

 

H.G. Wells

 


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