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CoquinArtero
(@coquinartero)
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Acabo de volver a mi casa, mi cuerpo, mi ciudad.
Sé que suena extraño, mi mente clara aún no está.
 
Mucho tiempo ha pasado.
Como cuatro o cinco años en los que mi conciencia viajó a un lugar, mientras mi cuerpo aquí se quedaba, comportándose de modo osado.
Estudió grimorios, excavó en la arena, en el corazón de mi esposa y mi hijo, sembró semillas de pena mientras en el otro lado, yo nunca supe si era él o era ella.
 
Un intercambio, una promesa de saber, un contrato obligado con tanto por amar y temer.
 
Aquí yo era maestro de física elemental.
Daba clases cuando un día, asaltome la sorpresa, mis alumnos juraron ver algo que les marcó honda huella.
De pronto quedé callado, parpadeé y caí al suelo.
Al despertar había olvidado quién era yo, quién eran ellos.
Tan solo el mayor de mis vástagos en mí guardó confianza.
Elena se fue corriendo con el pequeño de la camada.
Él me cuidó y enseñó a andar de nuevo. Miraba por mí, aunque siempre con recelo y no lo culpo pues aunque tarde, pudo saber que ese señor no era su padre.
 
Yo estaba en un laberinto de pasillos anegados de una niebla total, donde el silencio de un duelo reinaba, y el aire se podía navegar.
Tenía un semblante distinto, difícil de describir.
Anatomía incomprensible ¿Qué más puedo decir aparte de los tentáculos que brotaban en mi cabeza? Leían un idioma ajeno que hablaba de leyendas, del inicio de todas las cosas, de seres con mil cabezas, de tentáculos y filamentos, de lo que se esconde en la tierra.
Por los pasillos viajaba reptando.
Allí no tenía piernas.
Mi cuerpo era algo así como un cono.
Mi mente, siempre extranjera.
 
Por fin después de un tiempo que para mi sentir fueron eras.
Del mismo modo que marché, volví con la cantinela de la clase que estaba dando.
Tal como si no me hubiese ido, pero en medio de una escalera.
Mi hijo me miró perplejo.
La voz me había cambiado.
Me dijo— ¿Dónde has estado?
Le contesté que fuera.
 
Aún recuerdo esos pasillos, esos seres de leyenda que leían conmigo en muros cubiertos por tinieblas.
Ahora todo es distinto. Pues yo tengo respuestas que toda mente curiosa anhela.
Hechos que cambian la historia.
Cosas que desesperan.
 
Ahora todo es distinto aunque ocultarlo pretenda.
 Nadie podrá entender lo que este hecho me apena.
Ahora es todo distinto.
 Ahora el conocimiento es una grieta en el alma, que llevaré conmigo hasta que por fin un día muera y de nada habrá servido, haber cruzado esa puerta.

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CoquinArtero
(@coquinartero)
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Iniciador de tema  

En mi infancia sufrí cuadros graves de ansiedad. Nadie hizo nada porque eran cosas que pasaban en mi intimidad. Normalmente cuando estaba dormido. Despertaba en medio de la penumbra con la impresión de quelas líneas y los ángulos de la habitación estaban más marcados de lo normal. Parecían amenazantes, como queriendo retener a todo lo que hubiese dentro. Esa sensación me producía una alteración tan intensa que un ruido sordo inundaba mis sentidos y me hinchaba desde dentro. Entonces, el tacto, la impresión de tocar con la punta de los dedos me hacía perder la razón. No sabría explicarlo, pero lo más parecido sería a que no encontraba la manera de dejar de apretar las yemas entre sí.

      Hacía pinza con el índice y el pulgar. Se formaba una línea perfecta por la presión entre ambos dedos y aparecía como la más amenazante de todas. Yo trataba de separar los dedos sin éxito y la línea se defendía hinchando la piel, las falanges, la mano, las articulaciones, el cuerpo entero. Sentía que me hinchaba hasta quedar atrapado por los ángulos de la habitación, hasta que me faltaba el aire, hasta que me desvanecía inconsciente otra vez.

      En ese momento mi cuerpo se relajaba y rompía a sudar como un pececillo de orilla.

      Era algo extraño porque si alguien llamaba mi atención durante esos ataques, descubría que todo eso sólo ocurría dentro de mi cabeza. En realidad estaba en una postura cómoda, con los ojos abiertos y sin moverme en absoluto mientras mi mente me castigaba por razones que aún no he logrado comprender. Eso era lo mejor que me podía pasar porque, aunque no aseguraba que me volviese a pasar en breve, al menos no llegaba a ese segundo estado, el de la inconsciencia.

      Cuando eso pasaba, entraba en una realidad completamente distinta en la que las leyes de la física humana no funcionan, las dimensiones son ciclópeas y los seres que allí se encuentran harían dudar al mayor de los genios de su propio poder de raciocinio.

      Por suerte, al entrar en la adolescencia, pasiones como la lectura o las artes marciales me ayudaron a controlar los descarrilamientos nerviosos que, se redujeron hasta desaparecer del todo el día que empecé a fumar porros.

      No entraré en descripciones, pues mi trabajo ha sido el de recopilar las que el mundo de las letras ha ido dejando desperdigadas como semillas de plata en un sembrado inmenso de flores silvestres. La mayor parte de estos escritos se habrían perdido en las arenas del tiempo de no ser por mi intervención y, si algo tienen en común, aparte de porque todos parecen hablar del mismo lugar de mis delirios, ninguno conserva a su autor con vida.

      Es normal en los casos en los que el texto se escribió hace al menos tres o cuatro décadas, pero los más contemporáneos dejaron su contacto con nuestro mundo material poco después de registrar su paso por un lugar tan bizarro como este que se describe en Portales.

      Al principio me parecieron meras coincidencias. Solo encontré media docena de textos antes de dar con La sombra fuera del tiempo de H. P. Lovecraft. Entonces empecé a sospechar que todos hablan no solo de un sitio en común, si no además, de uno real. Un lugar al que solo es posible acceder a través de puertas que no son comprensibles y por lo tanto, inexplicables, indescriptibles, horrorosas. Un lugar del que a la mayoría le nace hablar con rima, por vaya usted a saber qué motivos, capaz de enganchar y obligarte a dedicar tu vida a su leyenda y comprensión.

      Ha sido una frenética búsqueda de textos que ha puesto en riesgo mi vida, mi cordura, mi economía, mi vida social, hasta todo aquello que me convierte en persona. He tenido que viajar y meterme en reservorios nauseabundos de papel a medio pudrir, para encontrar el más bello de los poemas, he recorrido el globo varias veces en mi tarea y soy consciente de que, después de publicar este libro, será mi turno para marchar y no volver jamás.

      Solo espero que el conocimiento prometido en las paredes de esa enormérrima ciudad, de la que ni siquiera conozco el nombre, sea cierto y pueda durante la muerte, entender el origen de las cosas como lo deseé en vida.

      Eso y que lo disfruten tanto como yo al enloquecer con sus lecturas.

 

 

Floribundo Castalleiro, espediciónario de quicios y pasumbres varias.


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CoquinArtero
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Un último paso.

A los 5 años me enteré de que nadie más podía verlo; A los 10 supe que seguir haciéndolo, para el resto podía ser un problema, así que dejé pasar unas semanas sin hablar del tema y cuando me volvieron a preguntar, contesté que se había ido, que no había vuelto y que ni siquiera recordaba cuál era su forma.

     Desde entonces se convirtió en lo que llamo mi extraño pasajero.  Pasajero porque casi siempre está subido a mi chepa o encaramado a la tela de mi espalda, y si el resto pudiese verlo, sin duda lo describiría como… sí, eso… como algo extraño. Es algo como el muñón de nacimiento ajeno: a ti te puede chocar un poco, pero para el dueño es algo… normal, una parte de su cuerpo.

     Así es mi extraño pasajero: como un muñón de nacimiento.

     A veces le pregunto cómo es posible que entre todas las personas haya sido yo la elegida. Siempre me contesta que no soy la única y quiero pensar que en los filamentos que forman su rostro se esboza una sonrisa picarona. Me dice que no soy la única a la que le pasa, pero sí seré la única que al llegar el día, le acompañará de vuelta a casa.

     Digamos que si él es mi muñón de nacimiento, yo soy el suyo, pero él es mucho más viejo que yo. Miles de años mayor.

     A veces, cuando me aseguro de que estamos realmente a solas, hablamos de su hogar, una especie de biblioteca infinita que guarda la historia de todas las cosas, me cuenta la misión fallida que terminó anclando su existencia a la mía y no entiendo ni la mitad. Él lo sabe y aún así continúa.

     En ese lugar, la atmósfera es tan espesa que las criaturas flotan nutriéndose del saber escrito a lo largo de sus cientos de miles de muros, los seres que lo habitan, los mundos a los que representan.

     Aquí me informa de las cosas que pasan a mi alrededor cuando no puedo verlas. No es que vivamos literalmente pegados y eso me ha ayudado siempre a hacer trampa en los exámenes o curiosear en conversaciones que poco tienen que ver conmigo. Podríamos decir que esa es la parte divertida.

     Hace tan solo unos días me dijo que en breve tendríamos que partir, que lo había dispuesto todo para volver a abrir un portal de vuelta a casa. Debo reconocer que me inquieta la idea de marchar a un sitio tan… tan así como mi extraño pasajero. Por suerte se ha molestado en asesorarme para así entender cuáles serán los cambios que voy a experimentar. Sobre todo debo tener valor porque solo será un instante.

     No hace falta que diga el terror que me agarra el pecho cada vez que pienso en lo rápido que pasan los segundos.  ¿Se lo pueden imaginar? Para el resto, para mi familia y las personas más cercanas de mi vida, será como si me hubiese perdido así, sin más. Seré una de esas fotos que pegan en los cartones de leche y no es lo que más me preocupa. ¿Acaso no debería ser como él para poder habitar un lugar así?

     Cuando se lo pregunto, siempre responde que al principio no será necesario, pero que me conoce y si me lo explica con detalle, no lo voy a terminar de entender, que será mejor experimentarlo cuando toque.

     Por alguna razón siento que se lo debo. No sería quien soy de no ser por mi extraño pasajero: me ha defendido, explicado las cosas que nadie se atrevió, acompañado en momentos difíciles y guiado ante la adversidad.

     Él es real. Lo sé. No es momento para dudas sin importar lo que ocurra al margen. Solo con la mente tranquila, limpia y convencida, será posible localizar el parpadeo exacto que abra el portal durante la caída. Aunque solo él es capaz de ver la entrada, me dice que ya estoy preparada para ser quien haga de llave.

     El barranco es muy alto. Al menos diez segundos de caída en medio de la noche que serán los que recuerde durante mi eternidad al otro lado. Joder… Claro que asusta un poco.

     Nunca me atrevería a pensar en mi vida sin él, pero… no sé. A veces preferiría ser otra persona para saber lo que se siente sin tener que ocultar lo que ven mis ojos, sin constantes interrogatorios acerca de si estoy o no estoy bien, de si me he tomado o no las pastillas. A veces preferiría ser otra persona que no esté dispuesta a saltar a ciegas hacia otra realidad, pero entonces vuelve a subírseme a la espalda y me susurra que todo está en orden, que allí todo será distinto. Repite una y otra vez, con esa voz ronca y gomosa, que solo tendré que dar un paso.

     Un último paso y se acabó.


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CoquinArtero
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Permítanme engolosinarles con una pequeña historia sin fin cuyo único objetivo es el de tenerles con el hype calentito para cuando volvamos de este summer break literario. La primera parte está compuesta a su vez de dos tramos, que son los que pasamos a narrar a continuación.

Por cierto... que aproveche 😉

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Ese trabajo era un chollo. De los mejores que había tenido en su vida, y eso que llevaba currando desde muy niño. Consistía en ir de ciudad en ciudad, supervisando los pormenores de una exposición itinerante. Montaje, carga y desmontaje. No tenía por qué hacerlo, pero siempre ayudaba también en las labores que requerían un verdadero esfuerzo, como la carga y clasificación de los artículos a exponer. Trabajaban hasta el mediodía, que era cuando salían a comer y a las 9.30 quedaban en el comedor del hotel para desayunar antes de empezar la faena. Por eso les pagaban cien pavos diarios más 36,70 para gastos. Lo dicho: una ganga.

     Últimamente, su trabajo también requería visitar los emplazamientos para estudiar condiciones de acceso, proveedores cercanos, valorar hoteles y, ¿por qué no? Los mejores lugares de ocio para la cuadrilla de trabajo. En esa ocasión, le tocó un pueblo del que nunca había oído hablar, Los Lirios. Por eso, su primera impresión al conocer el nombre, fue que se trataría de una especie de anexo venido a más, en el que tuvieron la suerte de construir algo parecido a un museo.

     Le sorprendió encontrarse con una comunidad de casas antiguas aunque en buen estado. Hechas en piedra de cantera.  Se parecía a un decorado de tan pulcro y ordenado que estaba, y lo bonitas que eran sus gentes. Creyó que su lado fantasioso exageraba la situación al distinguir en el ambiente las notas de la Sonata Claro de luna. Las notas literalmente flotaban en el aire y brotaban de la nada.

     Como remate perfecto de la situación, un gatito blanco tamaño cría, saltó a su regazo y ronroneó medio dormido mientras él se terminaba su tanque de café con Bayleis. Los sentidos le regalaron una estampa idílica que lo invitó a ignorar los detalles que no encajaban. Hasta que se fijó; Tenía que pasar, algunos eran muy evidentes.

     Primero el pozo anclado en el centro de la plaza: antiguo, de piedra negra, con inscripciones incomprensibles, ajadas por los embates del tiempo y rodeado por una valla que separaba al viandante, al menos un par de metros de su murete. En ese espacio trabajaba un operario con lo que parecía ser un enorme cuchillo jamonero.  

     Cuando el visitante quiso analizar en detalle la actividad del operario,  fue el momento en que la realidad se le empezó a tambalear.

     ¿Conocen esa sensación que se te enreda en las tripas cuando te enteras de un detalle que hace que todo lo demás descuadre cambiando de significado? Es como una onda expansiva que reescribe los recuerdos, tiñe las paredes de un tono más oscuro, deforma la realidad. En el caso de este pobre hombre fue algo parecido a un velo que se deshizo detalle tras detalle.

     El señor del cuchillo vestía un mandil de carnicero manchado de sangre y destazaba enorme filetes de una masa bulbosa que rebosaba palpitando por los bordes del pozo. Miró a las caras de los comensales que esperaban con ojos exageradamente abiertos y encharcados en lagrimones que no terminaban de brotar. Observaban como perros hambrientos desde la terraza junto a la puerta de acceso de la valla.

     No entendía qué era lo que estaba viendo ni por qué presentía que era el único al que acababa de brotarle un picor nervioso desde la base de la columna hasta la coronilla. Amaba la sonata Claro de luna, pero en ese momento le asustó como acompañamiento musical a una imagen tan bizarra.

     Buscó las reacciones adecuadas en la cara de la gente. Tenía la impresión de que algo no cuadraba. Buscaba su misma sorpresa, pero en su lugar encontró sonrisas exageradas, en discordancia con un montón de cejas ladinas rodeando ojos negros de topacio y pintados con ojeras mortecinas.

     Una nube traicionera atenuó la luz del sol y la brisa de la tarde enfrió de golpe el ambiente. Bañados por la repentina sombra, los animales de la calle ya no lucían tan amistosos, parecían sucios, enfermos, grasientos y su aspecto en general no era ni de perro ni de gatos, si no el de algo que no sabía si sería capaz de entender.


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CoquinArtero
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     Se sentía igual que un animalito entrando en un bosque precioso, pero compuesto de árboles retorcidos. Como un animal que acaba de enterarse de que además, es una presa.

     El ronroneo del gato pasó de ser una vibración a un hormigueo que ardía y erosionó sus pantalones. Se había olvidado del gato. Intentó quitarse al animal de encima, pero mil garras se anclaron sobre su muslo provocándole un dolor que le puso en pie de un salto. El bicho no se soltó.

     Nadie hizo nada a pesar de haber tirado la mesilla con el exabrupto. Entonces se dio cuenta de otro hecho oculto a plena vista: el animal no tenía cabeza. Todo era tan bonito que no se molestó en comprobar algo tan evidente como que ese animal tuviese o no una cabeza. Se había convertido en una masa peluda con un sinfín de uñas que gusaneaban enterrándose en su carne, escarbando a través de la tela roída y deshecha. Atrapó al viajero limitando sus movimientos. El pobre hombre no pudo más que actuar por instinto y desatando una rabia irracional, brindó una ristra de puñetazos en cadena sobre el lomo del bicho, que seguía sin asomar nada parecido a un morro, pero se quejaba con un chirrido semejante al de un cochinillo aplastado por el peso de una guarra enorme.

     La gente dejó lo que hacía para observar la escena. La música subió una octava, aumentó el volumen hasta lo absurdo. La cola del gato agarró las dos piernas del viajero ayudada por miles de uñas como agujas asomando entre los pelos del apéndice.

     Él golpeó con gritos cada vez más fuertes. La sonrisa en la cara de los habitantes crecía hasta casi tocarse las orejas con la comisura de unos labios que guardaban cantidades ingentes de dientes. Eran seres demoníacos disfrutando crueles e impasibles del espectáculo.

     Por fin, el gato empezó a deshacerse y caer al suelo convertido en bolas sanguinolentas de pelo que al aterrizar, se esparcían con la brisa, dejando como huella, una gran mancha de sangre con trozos de tela y uñas de gato.

     Una vez libre, quiso volver a gritar fuerte, pedir ayuda. Reprender la impasible burla de los habitantes pero sus miradas, lejanas e inhumanas, le hicieron sentir que sería un acto absurdo. Una vez muerto el engendro, el público volvió a lo que hacía como si nada hubiese ocurrido. Él seguía de pie, le sangraban las piernas desde el muslo hasta los tobillos, no entendía nada y solo quería salir de allí. Olvidarse de los Lirios aunque eso le costase el mejor trabajo de su vida.

     Antes de emprender la marcha, notó una presencia a su lado que afiló su escalofrío. Se atrevió a mirar para encontrarse a una niña preciosa que lo miraba sonriente. Sus rizos pelirrojos, coronados por un toto azul celeste, enmarcaban una carita tallada por los ángeles y espolvoreada de pecas rojas como fresas diminutas. Al parecer no necesitaba compañía paterna, pues a su diestra, un enorme y viejo sabueso velaba por su seguridad.

     —Un médico. Necesito un centro de salud —gritó para toda la terraza—. ¿Me oyen? Estoy sangrando.

     Tan solo la niña pareció prestarle atención. El resto lo ignoró, imitaban el ambiente de un domingo normal. Hasta el enorme sabueso se relajó lamiendo los restos del ataque que manchaban el suelo.

     —Oye, nena. ¿Sabes dónde…? —Ella miraba con intriga los estragos que causaron las uñas del gato maldito. La piel estaba sembrada de pequeños garfios nacarados y había trocitos de tela engarzados en los huecos de la carne abierta— Niña ¿qué haces?

     Ella ni siquiera le respondió. Sonrió, levantó su dedo y tocó curiosa los bultitos temblorosos que se meneaban bajo la piel. El hombre aún no se había dado cuenta de eso. Algo se movía. El felino dejó algo bajo su piel. La imagen hizo que la presión sanguínea le bajaba hasta los talones, sus nervios se congelaron, ya no podía reaccionar.

     Cada una de las notas de la sonata, sonaban como martillazos en su nuca. En vez de preocuparse por la sangre, los gritos, el desorden o la música, la gente seguía en el papel de domingueros paseantes con sonrisas infinitas, llenas de dientes, ojos y cejas delirantemente malvados, rebosantes de cruel indiferencia.

     Del dedo de la niña brotó un filamento que hurgó como una culebra en la profundidad de los desgarros y su perro, después de lamer la sangre del suelo, deformó sus fauces para lanzar una lengua larga, viscosa, cubierta de ventosas, con la que enredó el tobillo del visitante.

     Éste, despertó de su estupor gracias al dolor que le estaba causando la chiquilla. Nunca creyó ser capaz de hacer algo así a un ser de aspecto tan inocente pero le empujó la cara con fuerza, apartó la pierna justo cuando la boca del perro, ahora convertida en un tubo succionador con varias hileras de dientes en espiral, se cerró sobre su tobillo. Pudo sacarlo y desenredar la lengua después de un buen tirón, pero los dientes desprendieron un montón de virutas de carne, dejando al descubierto varios huesos y tendones chorreantes.

     Comenzó la huida trastabillando hacia atrás. La niña, que ni siquiera se mostró ofendida por la afrenta, cambió su expresión de dulzura natural, a la del resto de los habitantes de la plaza. Solo miraba sonriendo. Señalaba con su dedo filamentoso y manchado de sangre, a las larvas que ahora brotaban por las heridas.

     El perro, chuperreteaba los adoquines queriendo aprovechar la sangre que el incauto visitante perdía con cada paso. Eso ya no era un perro. Mutaba por segundos generando filamentos que le brotaban del hocico para expandirse por el hueco entre las piedras.

     El visitante no podía hablar. Su instinto de supervivencia le decía que tenía que salir de allí antes de preocuparse por cualquier otra cosa. Tropezó en la huida con transeúntes tan indiferentes y demoníacos como los demás. Ninguno expresó intención de socorrerlo ni retenerlo de ningún modo hasta que un señor con sombrero y gabardina pasó corriendo a su lado y lo sacó de allí en volandas para colarse por una puerta al fondo de un callejón.

Fin de la primera parte.... continuará


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