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Marea

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La Lira
(@la-lira)
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Era solo una niña cuando la marea se la llevó. Un día ventoso, con nubes de movimientos raudos y rayos de luz empobrecidos. Su madre la buscó aquella mañana, pero solo encontró una cama perfectamente deshecha. Un caos demasiado tranquilo, demasiado frío. No se calzó antes de salir de aquella casa de muros pintados con cal en la que vivían, dejando la puerta abierta tras de sí. El viento azotó sus largos cabellos mientras caminaba por las calles adoquinadas, con el rostro pintado con la resignación de aquél que sabe que aquellos temores que lleva tantos años esperando se están cumpliendo en esos mismos instantes. Los vecinos que intentaron hablarle se encontraron con unos ojos vidriosos, como gotas de agua, que no respondían a palabras humanas, y la vieron marchar hacia el acantilado con paso estoico, inquebrantable. Horas más tarde, cuando al fin la buscaron, la encontraron de pie en la orilla del mar, justo en el límite en el que el agua sueña con la arena sin llegar a acariciarla, con los pies descalzos y la mirada fija en un punto en el horizonte. A su espalda, el acantilado se erguía como una muralla infranquable tras la que el pueblo permanecía dormido. Hubo un sinfín de intentos de hablar con ella, de hacer que reaccionara, pero el rostro de la mujer permanecía impertérrito, ajeno a todas las palabras pronunciadas por sus vecinos. Pese a que muchos lo pensaron, ninguno de ellos se atrevió a tocarla.

Llegada la tarde a una vecina se le ocurrió preguntar por su hija, alegando a la posibilidad de que tal vez ella podría sacar una reacción de su madre. Fue entonces cuando notaron su desaparición. Al ver aquello el pueblo se llenó de corros de gente susurrante y de teorías que se agolpaban en los oídos de los viandantes, que buscaban sin cesar la verdad en cada una de ellas. Algunos decían que la niña había sido raptada por un marinero, y la madre, impotente, miraba al horizonte en busca de su hija. Otros decían que la madre debía conocer lo acontecido a la pequeña, o incluso que ella misma fuera la causante de la presente situación y que eran los remordimientos los que la habían llevado a ese estado de locura. Indefinibles teorías, todas con el mismo denominador común. Una verdad tan absoluta como que todos ellos respiraban. Un hecho que solo podía ser cierto: la mujer se había vuelto loca. Fuera lo que fuera lo que había ocurrido, la verdadera realidad, ya fuera causa o consecuencia, era que aquella mujer había sucumbido a la locura.

Fueron pocos los que habían ido al menos una vez a ver a la mujer, que permanecía con el rostro relajado y los ojos vidriosos fijos en un punto donde el mar se funde con el cielo. Muchos intentaron hablar con ella, sacarla de aquel trance, esperando que revelara algún dato relevante que desvelara el paradero de su hija o el misterio de su locura. Pero en todos los casos se repitió la misma escena. Llegaban a la playa siempre con algo en las manos, una taza de té, algún alimento cocinado a última hora o un abrigo para colocarle encima del fino chal que ondeaba al viento. Todos se presentaban ante ella con la esperanza de ser ellos quienes despertaran a la mujer, quienes hicieran que sus ojos se despegaran del horizonte y salieran de la agitada calma en la que estaban sumidos para reflejar un trazo de humanidad. Se acercaban, sin cautela, dejando atrás sus zapatos, pues las olas se agitaban cada vez con más furia frente a los pies de la mujer, y le susurraban algunas palabras , buscando una respuesta que nunca llegaba. Entonces, todos elevaban la mano para colocársela en el brazo o puede que en el hombro, seguros de si mismos, de su ingenio y de su verdad. El brazo avanzaba, impasible, y cuando apenas estaba a unos centímetros de aquel chal que la cubría, la mano quedaba congelada en el aire. Se empezó a decir que era porque no se debía despertar bruscamente a un sonámbulo. Ninguno quería admitir la verdadera razón. Nadie quería hablar de que al acercar la mano sentían la sombra de su mirada, una presencia liviana y serena, pero también rebosante de una determinación desenfrenada que infundía el miedo en sus corazones. Los que habían osado acercar un poco más la mano la habían sentido extraña, como si por el mero hecho de haber estado allí, fuera más real. Veían esa mano como nunca la habían visto antes, recordaban todos los actos en los que había participado. Todos los actos de bondad en los que había estado envuelta, y también todos con los que la conciencia se resiente. El aire que envolvía a aquella mujer parecía hecho del agua más pura y clara. Tanto era así que con solo al acercarte a ella podían ver todas las luces y sombras en cada parte de su ser. De todas las manos que lo intentaron, ninguna llegó a tocarla aquel día. Algunas se apartaban como si de fuego se tratase, otras se paraban en el aire, vacilantes, para luego retroceder, asustadas ante la mera intuición de la verdad. Solo unas pocas llegaron a permanecer cerca de ella mientras sus dueños giraban su mirada buscando sus ojos, pero ninguno estaba preparado para entender lo que transmitían, y mucho menos para soportarlo. Los que formaron parte de este último grupo tuvieron que contener las lágrimas al regresar junto al resto. Ninguno la despertó aquel día, y pocos fueron los que consiguieron conciliar el sueño aquella noche, aquejados por la dualidad de su existencia. Los que sí durmieron, lo hicieron entre sueños plagados de bestias y violencia.La verdad les dolía en los oídos, y su mano se sentía demasiado despierta, demasiado real para poder mirarla.

El segundo día amaneció sombrío. Todo aquél que se asomó desde el acantilado al alba pudo contemplar la silueta de la mujer enmarcada por una luz púrpura de rayos filtrados por las nubes turbulentas. Montañas oscuras que se agolpaban, guiadas por un viento veloz y apremiante hacia el horizonte, donde el cielo y el mar se fundían en una oscuridad tormentosa.

De nuevo, los vecinos de aquel pueblo pesquero se congregaron en la playa, a unos metros aquella estatua que en algún tiempo se hizo pasar por mujer. Algunos comenzaron la búsqueda de su hija, mientras que otros repitieron el método del día anterior, cada vez más sorprendidos ante la impasibilidad absoluta de la mujer. Llevaron toallas para secarla, pero ni una sola gota de agua salada había tocado su cuerpo inmóvil. Llevaron agua y comida, más el hambre y la sed no parecían afectar a su cuerpo, anclado a la tierra, estable y duro como el acantilado que los rodeaba. Llevaron abrigo, más el frío no penetraba en su piel. Llevaron palabras de ánimo, pero los quehaceres mundanos no esperan y un día es suficiente para hastiar al hombre, que permanece en este mundo tanto como un suspiro de los Dioses. Pronto la gente se fue, algunos con el recuerdo del día anterior, otros con excusas humanas de trabajo y necesdades, unos pocos con la esperanza de que la solución del problema llegara sin su ayuda. Fueron bastantes los que prosiguieron con las búsquedas y los intentos desesperados de traer de vuelta a la mujer de aquel mundo onírico en el que yacía.

El día pasó entre plegarias y suspiros acallados por un viento cada vez más fuerte. Si los aldeanos no hubieran estado tan preocupados por los acontecimientos y su propia consciencia y hubieran seguido la mirada inquisitiva de la mujer, habrían visto, sin duda, el nacimiento de una tormenta como ninguna otra, y sus almas se habrían encogido ante los rayos de azul vidrioso que se reflejaban en las órbitas de su única expectadora. Pero nadie miró. Y por tanto, nadie vio.

El tercer y cuarto día se sucedieron de igual forma, pero con una cadencia cada vez más densa y angustiosa. Los vecinos, en cada vez menor número, se congregaban en la playa, haciéndose preguntas con una energía drenada por momentos. Otros organizaban patrullas para buscar a la pequeña desaparecida. Pero el tiempo pasaba, y una sombría presencia se había adueñado de la aldea. Un peso extraño, viscoso, oprimía el pecho, y el simple movimiento de andar requería de un esfuerzo sobrehumano. Los pulmones se llenaban de una masa densa y húmeda que en nada se podía comparar con el aire. Cada vez había menos gente que osara salir de sus casas, y muchos de los que sí lo hacían se encontraban sentados en alguna esquina, buscando el valor para ordenar a su cuerpo moverse. Los rumores empezaron a correr entre la población. Rumores sobre la naturaleza de la mujer, que parecía haber maldecido al pueblo en el que raptaron a su hija. Unos decían que debía ser una bruja, Otros aseguraban que algún demonio que controlara el tiempo. Algunos rezagados cuyas manos todavía se sentían demasiado vívidas, llegaron a la conclusión de que la mujer que habían conocido no era si no hija perdida de un Dios. Más estas palabras nunca llegaron a ser pronunciadas, pues todo el mundo sabe que los Dioses no deben ser nombrados, o podrían despertar de un letargo eterno en el que al hombre se le permite heredar la tierra.

Al quinto día ni un alma se acercó a la playa. El temporal había llegado, y, pese a haber amanecido, la penumbra se negaba a abandonar la costa. Apenas había un par de personas merodeantes en las calles, esforzándose por arrastrarse en contra del viento y del peso que se cernía sobre sus cabezas, empujándolos cada vez con mayor insistencia hacia el suelo. Nubes negras se escurrían sobre  sus tejados, prestas a un ataque que nunca se daba. Más tarde esa noche, desde sus casas, los vecinos escuchaban el retumbar de la tormenta, esperando en completo silencio. Ni siquiera los niños más pequeños osaron llorar, como si comprendieran la inefable necesidad de pasar desapercibidos, de no ser el foco de la ira de aquella demostración sobrenatural. Los truenos, que empezaron espaciados en el tiempo ahora se agolpaban, solapándose unos con otros, resonando cada vez con más intensidad. Los que se atrevieron a asomar la mirada al exterior comprobaron sorprendidos como entre aquel estruendo sobrenatural, el pueblo se mantenía en calma. El viento azotaba las contraventanas y las nubes se abrían paso en un cielo rebosante, pero ni una gota tocó el viejo adoquinado de la ciudad, ni un trueno resonó entre sus calles. Aquella amalgama de aterradores sonidos que rugían en sus oídos no provenía de su aldea, si no de los bosques que la rodeaban, donde los árboles caían y los relámpagos eran tantos que creaban un resplandor sobrenatural. Una batalla se libraba a su alrededor entre el cielo y la tierra, pero ellos permanecían intactos, protegidos del temporal por alguna fuerza intangible. El sexto día, todos pensaron que la muerte se cernía sobre ellos, que un Dios había despertado, y los obligaría a sucumbir bajo su feroz existencia. Algunos pensaron en terminar con sus vidas antes de que Él llegara y su vida desapareciera entre sufrimientos que ni siquiera eran capaces de imaginar, pero los cuerpos permanecían inmóviles, controlados por una gravedad intensa y sofocante. El paso del tiempo parecía extraño, incierto. Las horas corrían tan rápido como las nubes para luego ralentizarse, retornando a su forma original. Si hubieran podido, habrían advertido que estos cambios se correspondían con las mareas, pero eso no fue posible. Lo único que llenaba las mentes de los oriundos de aquella aldea eran los truenos, el sabor salado y metálico que tenían en la boca y la presión aplastante que sentían en el pecho. La noche se impuso al día entre salmodias de dolor y guerras. El viento se hizo más acuciante, el ambiente más frío, la gravedad más pesada. En la orilla de la playa un punto azul y blanco se destacaba entre un mar desenfrenado que cada vez ganaba más terreno. Las olas se estiraban, rugiendo en medio de un temporal que ningún barco sería capaz de sobrevivir. Y sin embargo, entre aquél movimiento, una mujer se alzaba, impertérrita, entre olas que chocaban contra un escudo que ningún mortal sería capaz de percibir. Dentro de aquel espacio que la rodeaba, su verdad prevalecía a la rabia que se concentraba en el exterior. A su alrededor ningún ser, por muy superior que fuera, podía penetrar.  

Conforme el día avanzaba, la tormenta se volvía cada vez más rauda, más voraz. Un intento desesperado en algún fin fútil. En las fronteras del pueblo los truenos rugían amenazantes, los rayos golpeaban contra los árboles, partiéndolos por la mitad. El agua caía como se escapa la vida de un moribundo. Desde sus casas, los aldeanos se arrebujaban unos contra otros, buscando el consuelo del calor humano, la falsa seguridad de no estar solo ante el peligro. Entre todas aquellas gentes ni uno solo osó pronunciar unas palabras invocando entidad alguna. Pareciera que alguna fuerza se lo impidiese. Aquel día anocheció rabioso, con despampanantes arranques de ira que iluminaban un cielo en el que solo las estrellas más osadas se atrevieron a asomarse. La tormenta llegó a su punto culminante El caos reinaba en la orilla de la playa, ignorante de aquel lugar escondido a plena vista. Los truenos retumbaron en un último intento de cazar a su presa mientras la mujer estiraba un brazo hacia delante. En sus ojos, las lágrimas amenazaban con asomar, más su férreo dominio de si misma las detuvo. Mantuvo la mano extendida hacia delante, con la mirada translúcida todavía en un punto del horizonte inexpugnable. Tras unos interminables minutos, una mano surgió de entre las aguas revueltas. Una mano absurdamente pequeña en comparación con la furia a través que se abría paso. Lentamente, pero sin cesar, la mano se acercó a la de la mujer, dejando ver un brazo oscuro conforme salía del mar. Cuando asió la mano de su madre, su cara ya se entreveía entre el oleaje. Sus ojos eran de un azul oscuro que evocaba las fosas submarinas. Su pelo castaño oscuro se arremolinaba sobre su frente, húmedo solo por su sudor. Sus mejillas mostraban la palidez de alguien a quien el miedo ha atenazado el corazón. Se asió a su madre con ansia, en busca de la protección que sabía podía darle. En cuanto sus dedos se entrelazaron, una onda transparente sacudió el mar, creando un pasillo por el que retornar a la tierra. Ambas anduvieron, mientras el viento les agitaba el cabello. La niña se aferró a la mano de su madre como si fuera su único salvavidas en mar abierto y juntas recorrieron el pasillo de paz que las separaba de su tierra. Subieron juntas la cuesta que las llevaría de la playa al pueblo mientras, derrotada, la tormenta se desprendía de su ferocidad a pasos agigantados. La niña miraba a su madre. Junto a ella, la realidad parecía florecer, y aquél tiempo pasado en la oscuridad se entrelazaba con todos su recuerdos apacibles. Junto a ella, la realidad era global, compleja y preciosa. Cuando llegaron a la que era su casa, su madre se detuvo frente a la puerta todavía abierta, se arrodilló ante ella y la miró a los ojos. La niña sintió como sus ojos penetraban en lo más profundo de su ser y se avergonzó. En aquel tiempo en el que había estado perdida había hecho cosas que con sus seis años mortales jamás se había imaginado. Trató de apartar la mirada, pero su madre se lo impidió.

—No — La niña miró a su madre, y en sus ojos vio algo que hizo que dejara de respirar. Le apartó un mechón de pelo y le acarició el rostro. En la mirada translúcida de su madre se veía reconocimiento, pero no reproche. La miró fijamente, sintiendo como la culpa desaparecía de su ser. — Empiezas a comprenderlo, pequeña, pero te queda mucho camino.

Ya rompía el alba cuando entraron en la casa, dejando atrás el viento que azotaba las calles con una velocidad decreciente. El día se abría paso con sus rayos limpios. Madre e hija durmieron por primera vez lo que había parecido una eternidad, abrazadas, conscientes de que lo que habría ocurrido aquella semana ya había terminado. Aunque la pequeña no lo sabía, lo había visto en ojos de su madre: el peligro había pasado y, aunque no estaba muy segura de cómo, había sorteado a aquella sombra que la había atrapado y que la llamaba una y otra vez. Se acercó más a su madre buscando su calor, consciente de que, en gran medida y sin entender bien como, ella la había protegido y durmió.

Para cuando despertó, ni una nube surcaba el firmamento y las gentes de aquella aldea habían retornado a sus quehaceres mundanos, con la vaga noción de que algo inexplicable había ocurrido en aquellos seis días. Más el temor a lo ocurrido y la vergüenza de haber sucumbido a una tormenta que ni tan siquiera había mojado un adoquín del pueblo en el que vivían desembocaron en que las palabras en relación a los últimos días vividos se atragantaran en sus gargantas. La culpa y la vergüenza crecieron en sus corazones, anidando para los años venideros. Ni una palabra se mencionó sobre la niña, la tormenta o los Dioses, y mucho menos sobre la única mujer que había permanecido impertérrita ante las amenazas de la naturaleza por destruirlos. Ni una palabra se habló, pero nadie olvidó.

 

 

Este tema fue modificado hace 4 semanas 2 veces por La Lira

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