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Historias Del Extraño Oeste.

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JohnClare
(@johnclare)
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El problema de la eternidad era que se hacía estúpidamente larga.

 

Nancy se cambió las riendas de mano; se había acostumbrado a aquella pantomima, a fingir que guiaba a los animales con otra cosa que no fuera su voluntad. Y eso que ella no era especialmente ducha en las artes psíquicas; muchos de sus hermanos podían leer cada pensamiento, cada secreto de una mente mortal. Ella intuía ciertas emociones, como sombras chinas detrás de una sábana blanca, y podía proyectar su voluntad en criaturas más débiles, como los caballos que cruzaban la noche levantando una estela de polvo tras la maltratada carreta. A cambio, había desarrollado otros de sus dones: era rápida, era fuerte, y podía despertar en los seres humanos cierta especie de amor, de admiración, que hacía su vida bastante sencilla en esa pantomima en la que se había acomodado. Porque la vampira había habitado grandes ciudades en épocas doradas, había viajado en pos de conocimiento por las sendas de antiguos peregrinajes, había interpretado cientos de vidas diferentes. Y de todas se había cansado. Se había arrastrado hastiada hasta el agujero que era el pueblecito, donde le era fácil encontrar sustento sin levantar muchas sospechas entre los transeúntes o la misión, para que ni los suyos ni los que le daban caza pudieran encontrarla. Una especie de retiro. Al parecer, los problemas la habían perseguido. Quién le iba a decir a ella que, al final, se encontraría con seres de otros mundos, de otras realidades. Que ella sería de lo más corriente por aquellas tierras ajenas a la voluntad de los dioses.

 

– ¿Crees que Fantasma estará bien?

 

Los ojos de Arthur revelaban una tristeza extraña, adivinables solo en parte por el reflejo de la luna llena en las viejas lentes. Nancy contuvo una sonrisa: le gustaba el médico, tan torturado por esos fantasmas que él mismo creaba, tan dispuesto a la melancolía como para preocuparse por una chiquilla que apenas conocía. Era el narcisismo humano en todo su esplendor: necesitaba sentirse bien consigo mismo, sentirse útil.

 

– Seguramente no – susurró, tratando de no despertar a Pete, que dormitaba en la parte trasera del carro con el sombrero echado sobre los ojos. O eso fingía. Menuda cuadrilla que se había agenciado Nancy para aquella aventura –. Esa chica es idiota, y le gusta tanto buscar problemas como a usted, Doctor. Son tal para cual. Quizás debería pensar en adoptarla si esto sale bien. O en casarse con ella. Alguien debería intentar que no se metiera en líos.

 

La incomodidad de Arthur hizo que ella estuviera infinitamente más relajada. Se llevó la mano libre hacia el amuleto en un gesto inconsciente, tardando en percatarse de que él había seguido la trayectoria de sus dedos hasta el escote, pero no porque le interesara la voluptuosidad que guardaba, sino porque la piedra había captado su atención. Muchos siglos, muchos conocimientos, mucha magia acumulada a sus espaldas. Y nadie a quien legarla. No iba a poner sus intimidades al servicio de la Talamasca, claro, eso ni se le pasaba por la cabeza. Pero Nancy necesitaba poder confiar en alguien para llevar a cabo el ritual. Porque, al final, no podría hacerlo sola

 

– Viene de las estrellas – explicó, apartando la mirada del médico como si estuviera hablando de algo intrascendente –. Fue un regalo que me hicieron hace mucho tiempo. Pero es solo un fragmento del original. Para que tengamos una oportunidad, necesitamos la otra parte.

 

– ¿Y esa parte está en la mina?

 

La carcajada de Nancy hizo que Pete se removiera con un respingo asustado.

 

– No, esa parte está a buen recaudo. O eso espero.

 

La carreta continuó su travesía con un silencio tenso. A Nancy no le gustaba hablar de su pasado, no le gustaba confiar sus secretos a un desconocido. Aun así, sabía que no le quedaba otra opción.

 

– Voy a necesitar que me eche una mano más adelante, Arthur. Que haga algo por mí.

 

Vio cómo el médico palidecía por el rabillo del ojo, pero decidió que era mejor no darle tregua, no permitir que tuviera tiempo para pensar.

 

– Tranquilícese, no le voy a pedir su preciada sangre. Usted la tiene en mucha estima, pero temo que no va a resultarnos de utilidad – la vampira se giró para atravesarlo con una profunda mirada de aquellos ojos que habían visto morir imperios, lanzando su telaraña con la maestría que la práctica le había otorgado. Sin embargo, sabía que con Arthur no la necesitaba. Era de esa clase de tipos que acababa por hacer lo correcto – No, Doctor. Saque su cuaderno, si quiere. Estoy segura de que a sus amos les encantará oír lo que tengo que contarle.

 

– Guardaré sus secretos, Nancy. Dudo que en la Talamasca vuelvan a acogerme sabiendo que he tomado parte en el devenir de los acontecimientos…

 

– Pues es una lástima. Van a echar de menos a un hombre tan capaz como usted.

 

La risilla de Pachorras rompió el silencio entre ambos. Nancy torció la sonrisa; el viejo Pete había vivido lo suficiente como para percibir sus coqueteos, y cómo el médico iba de cabeza hacia la diana que la vampira estaba dibujando.

 

– Como ya le he dicho, su sangre no vale de mucho – continuó, arreando a los caballos para que se dieran prisa. Estaba dispuesta a reventar a los animales si era necesario –. Pero la mía… mi sangre es capaz de hacer muchos prodigios. Incluso puede conceder la eternidad a quien encuentre fuerzas para beberla.

 

>> Sé que ustedes han investigado a fondo el mecanismo de nuestra transformación, Arthur. Sé que han llegado a adivinar que el flujo ha de ser doble: el vampiro ha de beber del huésped, y el huésped de su progenitor. Pero no es tan simple como parece: en nuestra maldición de eternidad hay ciertas condiciones que todos debemos cumplir. Y una de ellas es que no podemos dañarnos a nosotros mismos: yo no puedo entregar mi sangre libremente a cualquier chiquillo… debe ser él quien encuentre la voluntad para robarla. Como hice yo en su día, cuando mi vida pendía de un hilo.

 

Arthur se había quitado las gafas, nervioso, incapaz de mirarla. Nancy le cogió la mano con suavidad, con paciencia. Malditos mortales y sus mentes, tan lentas, tan susceptibles.

 

– Yo no sé si quiero…

 

– No le estoy ofreciendo la inmortalidad– ella le sujetó la cara para obligarlo a mirarla. No había tiempo para esas cosas. Tenía que encontrar a Tala. Tenía que poner su plan en marcha si quería que Fantasma tuviera una oportunidad de sobrevivir. Maldita niña; ella si hubiera sido una buena candidata –. Lo único que le estoy pidiendo es que, llegado el momento, obtenga de mí eso que yo no puedo alcanzar. Necesito saber, Arthur, que cuando haga falta usted estará dispuesto a hacerme sangrar. Porque, como ya le he explicado, con mi sangre se pueden hacer grandes cosas.

 

Arthur tragó saliva, atrapado por la mano férrea de la vampira, por su mirada implacable. Nadie nunca podría negarse a ese rostro. Y, por supuesto, él tampoco. Asintió con solemnidad.

 

– Puede contar conmigo, Nancy.

 

Una tosecilla se interpuso entre ambos; la mano de Pete señaló vagamente delante de la carreta. El cielo se había tornado rojizo, alimentado por el fuego de las explosiones más allá del horizonte, en la dirección que estaban siguiendo.

 

– Tengo la impresión de que llegamos tarde, Nan – la voz de Pete sonaba extraña tan sobria.

 

La respuesta de Nancy quedó ahogada por los gritos de guerra, por el aleteo mecánico. Por el sonido de la batalla. Habían llegado demasiado tarde; los cambiapieles habían empezado la fiesta sin ellos. Nancy volvió a aferrarse a su amuleto. Sabía que delante solo encontraría barbarie y locura.


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shadow_rokhan
(@shadow_rokhan)
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      El manto de la noche cubrió a los nativos durante su marcha nocturna, una a una las tribus fueron llegando hasta el punto de reunión fijado por las visiones de la gran madre; todos deseban una sola cosa recatar a los niños secuestrados y acabar con la horda de insectos para reclamar sus trofeos de guerra.

       La tribu Sioux, Cherokee, Cheyenne, Navajo, Apache y muchas otras enviaron a sus mejores guerreros, cazadores y hombres medicina a combatir, cada uno de ellos está listo para entregar la vida combatiendo. Tallulah y sus hermanos llegaron al punto de reunión según lo planeado y comenzaron a danzar para complacer a los oscuros espíritus que los bendicen con poder. Los tambores tribales resonaron a través de la llanura y todos los nativos se embravecieron, los cantos rituales infundieron el frenesí de combate en los presentes.

      Tallulah se presentó con los lideres guerreros de cada tribu, les obsequio a todos ellos bolsas de cuero con preparados de hierbas y ceniza para que bañaran sus Tomahawks, también entrego botellas que contenían un líquido oscuro y espeso muy similar a la sangre; Tallulah les indico a los guerreros que las puntas de las flechas deben sumergirse en el líquido para que funcionen como veneno contra los insectos.

      Tan pronto como se repartieron las bolsas de cuero y las botellas, Tallulah y los líderes dieron la señal de avanzar, sus hermanos se pusieron en marcha formando columnas de a pie y a caballo. Para cubrir el movimiento del ejercito tribal a través de la llanura Tallulah se transformó en una nube negra de grandes proporciones que cubrió a todos; avanzaron bajo el manto del brujo. Cuando por fin estuvieron en posición cerca de la mina, lograron observar una escena brutal, la horda de insectos de agitaba como un mar embravecido de garras y colmillos, emitían chasquidos y chocaban sus garras.

      En torno a la horda había un grupo de sujetos de apariencia humanoide tratando de contener a la marea de insectos con campos de energía y electricidad pero eso solo parecía enfurecer más a la horda. La colmena pronto se dio cuenta que no podía ser detenida y sobre paso a sus opresores, cayeron víctimas de las violentas oleadas de garras y fueron despedazados salvajemente. Aun protegidos por Tallulah de acercaron hasta a unos doscientos metros de la horda; cuando estuvieron listos el brujo tomo su forma humana y revelo el nutrido ejercito nativo que escondía. 

      Los cambia pieles se arrojaron al combate tomando la forma de osos, lobos, coyotes, tejones y linces. Cada animal podía luchar con decenas de insectos por si mismo y soportaba una gran cantidad de heridas antes de tener que retroceder. Las primeras columnas de nativos a pie se arrojaron sobre los insectos blandiendo sus Tomahawks; el primer contacto fue brutal, se despedazaron mutuamente y los cuerpos tapizaron el suelo, la verde pradera se tiño de un tono carmesí y verdoso por la sangre los indios y los insectos.

      Los nativos a caballo comenzaron a diezmar los flancos de la horda de insectos con sus flechas envenenadas, cada oleada de flechas exterminaba a cientos de insectos. Lla efectividad de los nativos a caballo no conoce igual, la horda pronto comenzó a ser contenida. Talluah decidió destrozar a sus enemigos con la forma del Wendigo. La oscura y poderosa figura del wendigo se abrió paso entre los insectos con brutalidad despedazando y mutilando a todos cuantos pudo. Ante la despiadada embestida de los cambia pieles los insectos de desbandaron y trataron de huir por la padre o por los túneles de la mina, el acoso de la caballería fue incesante y los nativos a pie cortaron la mayoría de los accesos por los túneles.

      Aunque algunos insectos logaron escapar por los túneles que daban hacia la mina; Tallulah le pidió a Tala y a un grupo de cazadores que siguieran a los insectos para saber hacia donde se dirigían, podría haber la oportunidad de encontrar a los niños perdidos. Quizá los amos humanoides se oculten dentro de la mina o posiblemente puedan encontrar el origen verdadero de los insectos.

     

 

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Peich
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No le hizo falta reflexionar mucho. Arnie estaba todo lo deprimido que pudiera estar un androide. Sin objetivos propios y sin una dirección, todos los robots de la mina eran completamente inútiles, y un peligro para la gente normal, como había comprobado tras la explosión de medio pueblo que había provocado él mismo. Deberían morir, pero no de cualquier manera, se inmolarían por la única causa que creía razonable: expulsar del mundo a los alienígenas, al del lago y a los demás.

 

Tendría que recurrir a todos los trucos, a todas las artimañas y estratagemas que se le ocurriesen, e iría más allá, puede que alguno más de los seres mecánicos, muchos de ellos viejos conocidos en otro tiempo, conservasen todo o parte de su cerebro, o del corazón, y pudiesen recuperar algún rastro de la memoria o la voluntad que una vez tuvieron. Les interrogaría a todos y arriesgaría su integridad asaltando la nave Mi-Go, a través del cilindro de luz por donde desaparecían aquellos bichos.

 

Una vez en el depósito de androides, Arnie se dirigió a los antiguos miembros de su banda de forajidos y los nombró, uno a uno. De esa manera, los recuerdos bloqueados de todos ellos fueron reviviendo en sus amputados cerebros. Al poco, la mayoría de los androides en la sala había tomado conciencia de su sometimiento y una ira sin parangón, fue alimentando las voces que clamaban venganza. Satisfecho, Arnie se dispuso a ajustar cuentas con los Mi-Go. 

Los túneles de la mina comenzaron a llenarse con sonidos de lucha y el caos se propagó como un reguero de pólvora, y aunque los metódicos alienígenas disponían de herramientas tecnológicamente avanzadas, los androides poseían una fuerza y resistencia sobrehumanas; la batalla entre los dos bandos se presentaba encarnizada: de haber habido un historiador que pudiese relatar aquella gesta, no hubiera sabido por cuál rival apostar.

 

Con sangre y fuego, Arnie y su pequeño ejército ganaron terreno a los xenos. Durante la batalla, fueron liberando los grupos de prisioneros que encontraban y los equipaban con las mismas armas que arrancaban de las pinzas de cangrejo que parecían hacer de manos en los enemigos abatidos. Y como quiera que los pulsadores de aquellos instrumentos diabólicos no estaban creados para manos humanas, hubo más de un momento tragicómico mientras la banda de Arnie acomodaba sus cuerpos a aquellos chismes informes, y fue más por suerte que por otra cosa que no se hiriesen a sí mismos en el proceso. Tampoco se puede decir que no contribuyesen a la destrucción de la mina desde dentro, cuando las ondas telequinéticas propulsadas hicieron implosionar más de una pared interior sellando innumerables pasillos y galerías.

 

Otro tanto sucedía con el enfrentamiento entre las tribus y los insectos que se cernía en la pradera. El golpetear de los cascos de cientos de caballos, los gritos de los guerreros y el furioso zumbar de los enjambres que habían quedado sin control, retumbaban y formaban extraños ecos en los túneles y cámaras de la mina, como los temporales que reverberan en las cuevas de los acantilados de la costa vaticinando un tornado descomunal.

 

Cuando consiguieron llegar al puerto de embarque de la nave alienígena, Arnie se dispuso a usar el portal de teletransporte. Lo había visto hacer muchas veces mientras se hacía el despistado, trayendo y llevando los restos de carne con los que alimentaba a la bestia del lago: solamente tenía que tocar una luz cuadrada y una circular si era uno el que iba a viajar, y si eran dos o más, tenía que tocar la luz cuadrada y una con varios puntitos. Luego, solo tendrían que situarse en el fondo de la sala sobre una plataforma circular para que un fogonazo de luz les hiciera desaparecer.

Junto a varios de los androides más espabilados, se materializó en el interior de la nave: la hora de la verdad, había llegado.

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Peich
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El líder científico Mi-Go, limpiaba sus numerosos apéndices después de haber despiezado varios sujetos de investigación en el laboratorio principal. Sus vasallos mecánicos habían fracasado en acabar con la vida del mago hiperbóreo, sin embargo, la fallida incursión consiguió confirmar sus sospechas: su poderoso aliado de conveniencia ya no era tan fuerte como antaño y había desaparecido de esta realidad para esconderse como un gusano en los salones del Amenti, en el remoto Inframundo. 

Salió del recinto y atravesó los sinuosos pasillos en dirección al puente de mando donde le esperaban el resto de líderes alienígenas. El jefe de la expedición había perdido la paciencia que caracterizaba a los de su raza, y no estaba dispuesto a perder un minuto más en aquel absurdo planeta, ni con la investigación de aquella humanidad tan imprevisible y anárquica.

 

Desde el día que iniciaron la excavación del templo donde encontraron al primigenio, en aquella oscura, verdosa y fosforescente ciudad submarina, el mago había sido un estorbo continuo. Él sabía que le necesitaban para romper los sellos de contención de aquel ente, y que sería imprescindible para mantener a la bestia aletargada para su posterior estudio. Aquellas delicadas maniobras requerían de un saber ancestral que los alienígenas desconocían, y él estaba dispuesto a vender a un alto precio.

 

A cambio de sus conocimientos en las artes arcanas, las recompensas en tecnología Mi-Go habían sido desmedidas… El mago —que últimamente había ocupado el cuerpo del viejo cura de la misión y se hacía llamar Saturnino— consiguió los medios para crear un ejército personal que obedecía su voluntad sin cuestionarla. Y no contento con ello, había aprendido a crear seres mecánicos a partir de un ser humano: no habría guerrero que pudiera hacerle frente en su regreso triunfal a Hyperborea, ese era su mantra secreto. Incluso se había atrevido a robar parte de la sangre del primigenio para dar un paso más en la búsqueda del soldado perfecto y esto parecía haber sido el error que le había condenado. Naturalmente, los Mi-Go desconocían la verdadera causa del fracaso del mago negro. Sin embargo, ya habían recabado la información que necesitaban para sus fines ocultos, y mantenían en secreto que ya sabían cómo copiar los medios arcanos para mantener a la bestia encadenada, o… eso creían.

 

De pronto, un sonido de alarma se propagó por el puente. Los operarios de comunicaciones informaron a sus líderes de que estaban sufriendo un ataque: los androides se habían rebelado, y no sólo eso, estaban arrasando con todos los Mi-Go que encontraban a su paso. Al rato, las puertas del puente empezaron abombarse, alguien las estaba golpeando desde el exterior. Unas manos cuya piel resquebrajada dejaba ver un esqueleto metálico bajo de sí, perforaron el metal y lo doblaron como un papel de fumar. Un único superviviente, Arnie The Killer, había llegado al puente de mando disponiéndose a terminar con la existencia de aquellos que habían jugado a ser dioses, creando vidas grotescas y carentes de significado. Arnie se abalanzó sobre los alienígenas, pero esta vez no pudo culminar su lucha pues varios rayos impactaron en su ya maltrecho cuerpo haciéndole caer sobre sus rodillas.

 

Los indolentes Mi-Go, se aproximaron lentamente al destrozado androide, que perdía fluidos aceitosos a la vez que intentaba no cerrar los ojos por última vez. Entonces, una sonrisa se dibujó en lo que quedaba de su cara, y clavando la luz rojiza de su mirada en los alienígenas dijo:

―Sayonara, baby.

Y así fue, como una enorme explosión incineró todo y cuánto se encontraba allí: Arnie había dejado de existir, pero se había llevado consigo cualquier esperanza de aquellos seres por dominar a la humanidad.

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Peich
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Kid estaba inmerso en una nueva visión, como las que provocaba el vapor sofocante de una cabaña de sudar pero... recordaba con claridad, que estaba luchando junto a sus medio hermanos contra los insectos gigantes creados por el mago. Tala y él, estaban sentados en una piedra plana al borde de un acantilado, desde el que podían ver la pradera. Amanecía, un augurio favorable según le había dicho el viejo chamán.

―¿Dónde estamos ahora, Tala? ―Preguntó Kid, extasiado por la belleza de lo que percibía.

―Este es el lugar de tu predilección, es el sitio que te recarga de poder y donde algún día vendrás a morir en el mundo cotidiano. Ahora lo estás viendo con tu cuerpo de ensueño, por eso te abruman los colores y la sensación de belleza. Yo solo te he seguido a ti en tu vuelo, sé que esta será tu siguiente pregunta, y no, no puedo ver lo que tú estás viendo. Esta visión es exclusiva para ti, es el regalo que te hace el Espíritu.

―Entonces, ¿este sitio significa que voy a morir pronto?

Tala entendía a Kid mejor de lo que el muchacho creía, el aprendizaje de los chamanes era despiadado, pues debían comprender que para entrar en el mundo mágico debían desprenderse de cualquier atadura y confrontar a la muerte día a día, y hacer de ella una compañera cotidiana. Además de todo aquello, Tala tenía que traspasar a su joven aprendiz todos sus conocimientos antes de que se cumpliera la profecía de su pueblo. Ya no tenía tiempo que perder, tendría que contárselo todo en aquel momento, estuviese preparado o no para recibir aquel golpe.

―Tu hora todavía no ha llegado, Kid, pero tú representas el fin de nuestro linaje; el fin de los nativos ha llegado y ahora ocupará nuestras tierras el hombre blanco. Hasta el día de hoy, todos los chamanes de nuestro linaje han tenido una configuración energética formada por dos bolas luminosas. La gente común y corriente solo tiene una única bola de luz que algunos de ellos pueden ver y llaman aura, y que la mayoría tiene tan desgastada y fláccida que en lugar de parecer bolas de luz tienen forma de campana con la base arrastrándose penosamente, a esa gente la verás siempre quejándose de algo o enferma de cualquier cosa. Y luego estás tú. Tu configuración energética es única y se da una vez cada diez mil años. Eres quien cierre con broche de oro nuestro linaje, y te corresponde un papel sumamente importante.

―Me estás asustando, Tala, ¿qué es eso tan importante que tendré que hacer?

―Tendrás que hacer un sacrificio de sangre, y no será agradable ni fácil para ti. Este presagio indica que tendrás éxito en la empresa si te entregas a la tarea, pero, aunque así sea, tendrás que continuar tú solo de ahí en adelante, sin un maestro, sin un guía, serás un hombre solitario que trata de entregar un mensaje al que la gente tomará por loco. Estamos en ciernes de un nuevo mundo que ha perdido su alma, la humanidad ya no transitará por la senda del corazón, sino que obedecerá a la razón, a su mente, y no comprende que estar en el mundo de la razón no es igual que estar en el mundo de la cordura. Muchos serán llamados locos por no seguir las ideas pactadas del nuevo mundo. Pero, debo hablarte de la profecía. Esta será mi última y más importante enseñanza.

Tala sacó un pequeño ídolo tallado en piedra negra de la bolsa de cuero que llevaba colgada al cuello y se lo mostró a Kid.

―Este es el símbolo de nuestro linaje. El primer chamán lo talló de una piedra cuando nuestra tribu cruzó el estrecho de Bering, nos hicimos llamar la Tribu del Lobo porque así fue cómo sobrevivimos, gracias a la ayuda de los lobos que nos guiaron a través de los túneles de hielo. Ellos seguían a nuestro primer chamán, Cielo que Grita, en aquella ardua travesía.

»Él traspasó sus conocimientos a su aprendiz, al que explicó que la tradición exigía que este pedazo de piedra debía ser traspasado mediante la sangre, para honrar así la vida de los lobos que nos entregaron sus cuerpos para alimentarnos en aquella dura travesía. Por tanto, tú tendrás que arrebatarme el ídolo mediante la violencia y de la mano del destino quedará que yo sobreviva. Esta piedra pertenece a otro mundo y se ha agotado su tiempo entre nosotros, ya no tiene poder ni capacidad para protegernos, debemos encontrar el modo de enviarla al lugar de donde proviene; esa es la profecía y tal es el deseo del Espíritu.

 

Kid despertó tirado en el suelo del campo de batalla, bocabajo y bañado en sudor, sangre y polvo del desierto. Se tomó unos minutos para pensar en lo que había experimentado. No era la primera vez que viajaba a un mundo extraño, donde los animales le hablaban y todo estaba imbuido de poder místico y sabiduría. Pero esta vez el mensaje había sido determinante y un sentimiento de urgencia, se apoderó de él.

Corrió hacia la entrada de la mina, donde Tala parecía estar esperándole meditando en medio del fragor de la batalla. Tala abrió los ojos antes de que la mano de Kid se posase en su hombro, parecía dormido, pero aquel viejo estaba siempre alerta.

Mientras los tambores de guerra sonaban de fondo, varios de sus hermanos de las tribus llegaron junto a ellos. Del interior de la mina surgía una oscuridad que amenazaba con devorar todo aquello que habían jurado proteger, sin embargo... estaban allí para cumplir su papel en el gran teatro de la vida, confiando en que el "Gran Espíritu", les guiase hacia su destino.

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Peich
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Sor Lucía se dedicó a husmear entre las cosas de Saturnino a ver si encontraba algún otro objeto de poder. No creía posible que alguien que tenía miles de años no hubiera acumulado cientos de cosas y que solo tuviera aquella absurda capa negra. Él había demostrado que no había sido capaz de respetar la norma más básica de su doctrina sucumbiendo al más primitivo de los deseos, sin que ella se lo hubiera propuesto siquiera. En definitiva: que el mago había sido un hombre débil cuyo ego le había llevado de vuelta al Inframundo, seguro que en alguna parte tenía que tener el nido la urraca. Pero la habitación era espartana hasta extremos inauditos, ni la más ascética celda de los monjes cartujos podría competir con aquellas cuatro cosas que hacía lustros que pedían a gritos un repuesto: un catre desvencijado, una caja de fruta puesta boca abajo que hacía de mesilla y un quinqué con la tulipa rajada, una mesa polvorienta sobre la que descansaban ejemplares de algunos diarios como el Tombstone Cochise County o el Salt Lake Daily Herald, una silla coja y el armario por el que se accedía a los túneles de la mina.

Entró en el armario seguida de la rata, se puso la capa y se fue a investigar por los túneles. Fue mientras jugaba con el vuelo de la prenda cuando descubrió el escondite secreto del mago negro. Lucy, ―que así pensaba hacerse llamar en cuanto dejase los hábitos― cogió las puntas de la capa y empezó a moverse como si bailara un vals, y la rata, que tenía que ir esquivando sus pies y corría como pollo sin cabeza poniendo los ojos en blanco pensaba: «Isti tíi is tinti». Fue después de dar tres vueltas a la derecha cuando una luz ambarina irradió desde el interior de la capa y las hizo frenar en seco. ¡Habían entrado en una habitación iluminada por antorchas y velas! Un lugar sin espacio ni tiempo, una habitación enorme, de techo alto abovedado que recordaba a una iglesia, una especie de combinación entre biblioteca y museo. Lucy se dio cuenta de la obsesión que alimentaba el mago: extendidos sobre la mesa que ocupaba el centro de la estancia, había diversos libros, papiros con fórmulas alquímicas, bocetos de insectos gigantes y recortes de periódico relacionados con el libro de Eibon.

La rata estaba en su salsa. En un momento se tragó varias gemas, royó los restos de las velas, lamió el tintero y la plumilla y husmeaba entre los manuscritos que el mago tenía abiertos sobre la mesa, a los que daba algún que otro mordisco en las esquinas. Y cada vez que comía un trocito del Necronomicón, del Cultes des Goules o del De Vermis Mysteriis, se iba haciendo más lista: ¡Aufklärung! ―Gritaba en alemán con su vocecilla chillona―. ¡Conoscenza! ¡Meravigliosi approfondimenti! Aullaba inmersa en un frenesí de sapiencias mágicas. Y unos diminutos tentáculos le iban brotando en la espalda pues la tinta que había lamido no era otra cosa que la sangre del primigenio. Se llevaron consigo varios de los libros más llamativos, unas láminas con unos diseños geométricos sutiles y complicados, y cuanto artilugio les cabían en las manos, y salieron usando el procedimiento de dar tres vueltas hacia la izquierda tal y como habían pensado; no había sido tan difícil, al fin y al cabo. 

Si sor Lucía hubiera sido una persona sensible, hubiera experimentado en aquel lugar el Síndrome de Stendhal. En aquella sala repleta de libros iluminados a mano por monjes artistas, las bellas estatuas de bronce y marfil, los jarrones de diseños exóticos, las coloridas alfombras de la más fina lana, los tapices de seda, las joyas de una complejidad increíble, los mapas de lugares ignotos, la arquitectura gótica y la suave luz que desprendían las velas… Pero era una persona sencilla, por no decir simple, y se conformó con haber aprendido a usar la capa de una forma nueva: sabía que la hacía invisible, y ahora, además, que la podía usar como llave para entrar en otras realidades y abrir puertas.

Empacó cuanto había robado en la guarida del mago y lo envió a Londres, a la última dirección conocida de su tío-abuelo Doyle. Ella volvería a la sala del lago a mirar si desde aquel lugar se abría otra puerta diferente y a dar el último adiós a los restos de su amado.

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Peich
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El carromato frenó en seco cuando Nancy tiró de las riendas bruscamente. Pete saltó de la parte de atrás y soltó a los caballos tan rápido que los demás no se dieron cuenta de la maniobra hasta que estos se encabritaron, asustados por el fragor de la batalla. Corrieron hasta la entrada principal de la mina, donde un grupo de cinco nativos: tres guerreros, Kid y Tala, se enfrentaban a un Mi-Go que parecía infectado por el mismo mal que el pobre minero Jackson; tan demencial y agresivo era. La ansiedad por destruir a sus enemigos fue su perdición, pues centró su atención en los nuevos personajes de la escena, momento en el cual el viejo Tala y uno de los guerreros separaron su informe cráneo del resto de su cuerpo. Sin perder un segundo, el grupo se adentró en la mina buscando el lago abisal.

 

No tardaron en darse cuenta de que no podrían volver por aquel túnel, en el muy improbable caso de que salvasen la vida. Un formidable estruendo hizo retumbar el suelo bajo sus pies y una nube de polvo negruzco les llegó por la espalda adelantándose a ellos, haciéndoles toser y cegándoles en un ya oscuro pasillo, señal inequívoca de que una explosión había cercenado su escapatoria por aquella entrada. Por suerte, el corredor principal se dividía en otras tres posibilidades. Al pasillo de la izquierda se accedía a través de una puerta de madera con remaches de metal viejos y oxidados. La abrieron para curiosear y encontraron que el interior estaba recubierto por unas placas metálicas, lisas y brillantes. Pete se adentró osadamente, seguido de Kid que iba cubriéndole la espalda. Vieron diversas puertas, todas ellas cerradas a cal y canto, y al final una sala excavada en la roca madre que parecía un almacén de trastos mecánicos. Kid volvió sobre sus pasos al comprender que allí no encontrarían lo que andaban buscando, pero la cabeza de Pete ya no funcionaba como debía, y a pesar del peligro que les amenazaba, no pudo controlar la curiosidad que le despertaban aquella especie de trajes de metal.

 

De los dos caminos que restaban, el grupo se decidió por el menos iluminado. El otro, el que no escogieron, lo descartaron porque desprendía una luz verdosa que les hacía pensar en espectros o en bichos venenosos como los escorpiones que brillan violáceos a la luz de la luna. Siguieron por un buen rato por el otro camino, que tenía unos huecos en el suelo aparentemente horadados por las ruedas de una vagoneta, y Nancy, que poseía una visión mucho más aguda que el resto, les informó de que había unas flechas en el zócalo, que ella podía detectar, que indicaban que iban por buen camino; un camino muy transitado al menos. Caminaban por la ruta que había hecho el bueno de Arnie durante años.

Llegaron a la sala del lago, y el olor de agua estancada y restos orgánicos les inundó las pituitarias. En la orilla contraria del lago se representaba una tragedia: el enorme monstruo, que había estado dominado y prisionero por mucho tiempo, estaba recargándose extrayendo la energía vital de Fantasma: la muchacha había sido atraída hasta él de alguna manera y se estaba ofreciendo en sacrificio al primigenio, y la luz azulada que salía de su pecho estaba siendo succionada por el engendro.

 

Una nueva presencia apareció de repente en el lago. Sor Lucía se había quitado la capucha de la capa y parecía una cabeza flotante, contribuyendo a hacer más absurda aquella escena de por sí demencial. Había presenciado el robo de energía de Fantasma y la llegada de los demás, pero no hizo nada hasta que se dio cuenta de que no le convenía que el primigenio recuperase las fuerzas, no por un sentimiento de amistad por Fantasma o los demás, ni mucho menos; su verdadera naturaleza se había hecho patente hacía tiempo y ya no le apetecía disimular.

Por su parte, tanto Kid y Tala como Nancy y Arthur, tuvieron claro que lo que tuvieran que hacer deberían hacerlo en aquel preciso momento. Se adelantaron para estar más cerca de aquel monstruo —que aún estaba débil por el encierro y no había podido concluir el robo de energía—, y realizaron sus sangrientas ceremonias. Ni Arthur ni Kid dudaron en provocar la sangre de Nancy y Tala y arrebatarles las piedras. Kid propinó un golpe en la frente a Tala con el Tomahawk que llevaba en la mano y le arrancó la bolsa del cuello, y Arthur besó a Nancy con tanta pasión que ella quedó en tal éxtasis y arrobo, que apenas sintió cuando él le mordía el cuello y, mientras bebía de su sangre, le quitaba el colgante con la piedra.

 

Sor Lucía hizo lo único que sabía hacer con la capa además de hacerse invisible: dio tres vueltas a la derecha, pero esta vez, en lugar de aparecer en la biblioteca-museo de Saturnino, la capa empezó a dar vueltas cual torbellino hasta que la escupió como un hueso de aceituna y se convirtió en un vórtice de un tamaño impresionantemente grande. Solo la rata entendió que sucedía: la abrumadora presencia del primigenio había arrastrado a la capa a abrir un portal a su mundo, a una lejana constelación.

El monstruo comenzó a revolverse inquieto. Se posaba sobre los tentáculos tratando de alejarse de aquel agujero negro que le reclamaba: «no me iré de este mundo sin antes destruirlo por completo», era el pensamiento que llenaba su mente alienígena. Y en un denodado esfuerzo por zafarse de aquella fuerza captora hizo pie, más bien tentáculos, sobre el suelo de la sala, y al incorporarse produjo una brecha en el techo por donde se colaron un millar de estrellas; un río de estrellas.

Aprovechando la confusión provocada por aquel inesperado derrumbe, la monja empujó a Fantasma dentro del vórtice, con ello esperaba que el monstruo la siguiese para terminar de absorber su energía, pues había comprendido que ella no sería capaz de controlar a aquel bicho sin los conocimientos del mago, y sería mucho mejor que desapareciese de este mundo.

Los demás quedaron aturdidos por la mezquindad que demostró aquella que una vez había formado parte de su grupo. Pero nada podían hacer sino intentar expulsar aquel monstruo de la mina, de sus vidas, del pueblo y del mundo. Kid y Arthur arrojaron las piedras al vórtice simultáneamente, ambos sabían que aquellos trozos de mineral no pertenecían a esta realidad y debían volverlos a su lugar de origen. Pero el monstruo les obstruía la visión, y no se percataron de que la rata había saltado como un canguro y había atrapado las piedras al vuelo, metiéndoselas en los carrillos como hacen las ardillas con los frutos secos.

El roedor echó a correr hacia Lucy, que cogió las piedras y las alzó ante sus ojos mientras reía histérica. Pero, como era una completa ignorante en la magia e incapaz de controlar las fuerzas arcanas, cuando las piedras expulsaron un halo de energía que las levantaron del suelo a ella y a la rata, nada pudieron hacer y fueron succionadas por el vórtice, desapareciendo en sus profundidades mientras maldecían a todos y cada uno de los que allí se encontraban.

Los demás habían disparado cuantas balas tenían, se habían quedado sin flechas ni cuchillos y habían agotado los proyectiles de basura que encontraron por el suelo. Solo les quedaba rezar y replegarse contra la pared para tratar de estirar los pocos momentos que les quedaban de vida. Entonces, el eco de unos pasos metálicos rebotó por las galerías de la mina, el primigenio se giró hacía el origen del sonido y un gigante de acero emergió de la oscuridad. En su interior, un Pachorras que miraba con frialdad al monstruo escupió con acritud:

―Mis compadres no se comen, engendro.

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Peich
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El sonido de los motores hidráulicos del exoesqueleto, precedió al rugido de la bestia abalanzándose sobre él. Pachorras contuvo como pudo el monstruoso envite del primigenio, pero no conseguía encontrar la manera de controlar a su alter-ego mecánico como él quería.

En un momento de inspiración, Pete tuvo una revelación: recordando sus primeras lecciones en las artes amatorias que había recibido por parte de la señora Madison —la esposa del plantador durante los años que había pasado recogiendo algodón bajo el asfixiante calor de Alabama—, entendió al momento lo que debía hacer:

—¡Claro!, ¡Este chisme es como una mujer!, ¡Hay que tocar todos los botones hasta encontrar el que funciona!

Y Pete, empezó a pulsar al azar cualquier dispositivo que estaba a su alcance dentro de la cabina. Entonces, el exoesqueleto comenzó a girar sobre sí mismo de cintura para arriba, golpeando al primigenio repetidas veces con sus brazos en lo que parecía ser la cabeza de la abominación. La bestia retrocedió, y un triunfante Pachorras se carcajeaba al sentir que había entendido cómo controlar la máquina que pilotaba. Pero, justo en aquel momento de confianza, la bestia se revolvió y atravesó con uno de sus afilados tentáculos el centro de la estructura del robot, luego lo levantó en vilo y lo lanzó por los aires, dejándolo caer en el agua negra del lago.

—¡¡¡PETE!!! —Gritaron todos horrorizados al ver cómo el robot se hundía con el bueno de Pachorras en su interior.

 

El primigenio se dirigió lentamente hacia el grupo, con la baba cayendo de sus múltiples bocas y un feroz fuego de ira triunfal emanando de lo que parecían sus ojos. Kid lanzó su último Tomahawk hacia el centro de aquella masa informe, pero el monstruo devoró el arma al vuelo, antes de que pudiera siquiera herirle. Mientras todos miraban impotentes cómo se aproximaba su destino final, una conocida voz se dirigió a la bestia:

—Mi amigo Trinidad te manda un mensaje, Gua-pi-to.

 

 

El monstruo miró hacia atrás, recibiendo un golpe de arriba abajo propinado por el canto de una mano metálica; Pete, seguía vivo y con ganas de terminar la faena. Después del primer impacto, no dejó que su contrincante se recuperara, y aprovechando la inercia del movimiento, le propinó un directo con el otro puño, haciéndole perder el equilibrio y derribándolo contra todo pronóstico. Una vez en el suelo, Pete lo agarró con los brazos de metal y lo alzó por encima de la cabina.

La bestia movía todos sus apéndices intentando zafarse, pero entonces, imitando las numerosas veces que a él lo habían echado de bares cuando iba como una cuba, Pete lo lanzó contra el frío suelo sin miramientos, cerca del vórtice de energía y casi sin dar tiempo al resto de sus compañeros a apartarse de la trayectoria.

El confundido e iracundo primigenio, sentía el poder de otra dimensión atrayéndole, lo que le enfurecía todavía más. Buscaba a su oponente agitando los tentáculos como enormes aspas musculosas, y cuando por fin lo encontró delante de sí, escuchó la voz de su mortal enemigo diciéndole:

—A la penúltima invito yo, amigo.

Cargando el brazo desde atrás, Pete soltó un golpe con la mano abierta que levantó del suelo al monstruo y lo lanzó directo al vacío del portal, viéndose succionado por este en un instante mientras emitía un brutal alarido que hizo que todos se taparan los oídos de dolor.

 

Nancy salió de su estupor lentamente, su cuerpo había tomado conciencia de la liberación de una maldición que le pesaba como un ancla desde hacía milenios; en aquel espacio inaudito había recobrado la mortalidad tan ansiada; estaba harta de vivir en un mundo sin sorpresas y sin afectos perdurables. Miró a Arthur a los ojos y encontró que él la estaba observando con gran interés, quizás aquella mirada profunda era lo que tantas veces había oído llamara amor. Tendría que comprobarlo: por primera vez en su vida tenía el tiempo contado. Pero en aquella ecuación no debía faltar a la promesa que se había hecho: proteger a Fantasma como si fuera su madre, la más extraña de las madres, pero eso no importaba; encontraría la forma de traerla de vuelta. La fatalidad del destino solo sirve para los débiles de espíritu, su experiencia y los conocimientos de Arthur constituían una baza ganadora.

El vórtice colapsó inmediatamente después de tragarse al primigenio, la capa retomó su forma original y cayó fláccida sobre unas pequeñas irregularidades del suelo, fundiéndose con el negro de la oscuridad pelágica de la cueva.

Kid y Tala se ayudaron a incorporarse y se hicieron mutuamente el gesto nativo de honor y respeto. Sabían lo que debían hacer, Tala volvería con su gente y buscarían prados más verdes para asentar a la tribu, una de las pocas que seguían sus costumbres nómadas y no habían caído en la trampa de vender las tierras a los jefes blancos de Washington. Sabían que era el final de una época, y Kid representaba el nacimiento de una forma distinta de entender el mundo.

Pachorras se acercó a ellos con la ropa rasgada, llena de lamparones de aceite y una sonrisa triunfal en la cara. Le dio una palmada en la espalda a Kid y le soltó:

—Bueno, alcalde, ¿por dónde empezamos a reconstruir el pueblo? — guiñándole un ojo con chispeante picardía. — Creo que... estaría bien montar un nuevo bar.

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JohnClare
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Londres, 9 de Mayo de 1923. 

 

El sótano apestaba a moho por la proximidad del río, a la cola que su maestro había empleado para empapelar las paredes con aquel galimatías que llamaba manuscrito, al perfume marchito de los inciensos y afeites que guardaba en los viejos estantes. Carter había dejado caer la cabeza sobre los brazos, y observaba sin demasiado interés al viejo profesor garabatear sus extraños signos sobre el suelo de madera a medio pudrir, con los dedos teñidos de aquella mezcla de brea y sangre. Que ese hombre estaba loco era una realidad. Que ser su ayudante era la única forma de llevarse algo a su estómago arrugado, también. El niño balanceó los pies, que le colgaban del taburete demasiado alto, luchando contra el sueño, contra el humo de los cirios que hacía que le picaran los ojos.  Debería sentirse agradecido de que aquel hombre no le demandara nada más allá de sus excéntricos recados, de soportar solamente su interminable perorata, sin someterse a las humillaciones que otros de sus compañeros del hospicio debían soportar. Pero Carter sabía que aquel experimento no iba a funcionar, como sucedía siempre, y más le valía estar lejos cuando el viejo se viera consumido por la ira de su fracaso. 

Su maestro se puso en pie con dificultad, la espalda deformada por varias hernias, y renqueó hacia la mesa buscando la caja de plata que el muchacho tenía delante. La empujó hacia él, obediente; el viejo sacó aquellas piedrecitas oscuras, casi iguales, sopesándolas en las manos antes de colocarlas en dos puntos equidistantes del diagrama sobre el que se movía con infinita delicadeza. El anciano se había puesto muy contento cuando le había llegado la segunda gema; había murmurado un leve discurso sobre algo que llamaba “los diarios del cura” y le había revuelto los cabellos antes de llenar sus bolsillos de queso rancio y galletas blandas. En esa ocasión Carter se había escabullido azorado; le había dicho a su maestro que había encontrado la piedra en la tienda de antigüedades de Earlsfield y la había robado. Sin embargo, se la había regalado una señora muy guapa, con los ojos oscuros y el cabello entrecano, y le había puesto tres monedas plateadas en la otra mano para que guardara su secreto. Luego ella había agarrado del brazo a un simpático caballero con gafas y se había perdido entre la multitud. A Carter le importaba poco de dónde había salido la piedra, pero se sentía mal por mentirle al viejo. Al fin y al cabo, era lo único que tenía. Eso, y las ratas del orfanato.  

El anciano profesor comenzó de nuevo con la retahíla de palabras ininteligibles, y Carter se envaró en el taburete, sopesando cuál sería el mejor momento para marcharse sin que se diera cuenta. Los restos de algún animal muerto presidían el centro del dibujo; las moscas habían empezado a rondar el amasijo de tripas apestosas, y el niño arrugó la nariz con asco. Hubiera sido mejor hacer un estofado que desperdiciar la carne de aquella manera. No obstante, el viejo comía poco, y no solía aceptar aquellas observaciones de buenos modos. 

—Chico —llamó el maestro, sacándolo de sus cavilaciones. Carter hundió los hombros; había perdido la oportunidad de escabullirse—. Haz el favor de traerme algo de luz. No entiendo qué puso ese idiota de Arthur aquí, y el ritual debe ejecutarse a la perfección. 

El muchacho se levantó con un respingo, apresurándose a acercar un candil a los ojos cuajados de cataratas de su benefactor. Que aquel hombre todavía pudiera leer algo era casi milagroso. El viejo masculló para sus adentros antes de continuar la letanía, y luego recogió el bastón que tenía apoyado en la chimenea tapiada para señalar uno de aquellos dibujos emborronados. 

—¿Ves esto, Carter? 

—Sí, maestro 

—Esto es un esquema de la octava constelación que se sitúa en proporción áurea con las Híades. ¿Entiendes lo que te digo? 

— Pues no, maestro. 

Carter se encogió para recibir el bastonazo en la espinilla, aunque el golpe había sido ligero, casi afectuoso.  

—No hay manera de llenar esa cabeza tuya de otra cosa que no sea serrín, Carter. 

—No, maestro —corroboró el niño, dando un paso atrás mientras contemplaba el pintoresco espectáculo y soltando la vela en el suelo. El viejo danzaba en torno al círculo, profería unos cantos roncos y guturales que se repetían, ayudándose del bastón para no caer sobre su obra maestra, a la vez torpe y majestuoso. Carter se atrevió a ir más lejos y preguntar—: ¿Y todo esto para qué sirve, señor? 

Parecía que al profesor le había dado un ataque de lo transfigurado que quedó su rostro por la mueca de desprecio. Carter se agazapó contra la pared, arrepintiéndose de cada una de sus palabras al instante. ¿Quién le había mandado a abrir la estúpida boca? 

—Que para qué sirve, pregunta este idiota —el maestro le apuntó con el bastón, amenazador—. Que para qué sirve. Ven aquí, niño del demonio. Ven. 

La mano nudosa del viejo lo agarró por el hombro y lo arrastró hacia los símbolos, obligándolo a agacharse hasta que su nariz quedó pegada al suelo. El hedor del cadáver del animal revolvió las tripas de Carter, que afortunadamente estaba demasiado asustado para vomitar encima del círculo de invocación. 

—Esto es un mapa, muchacho. Una puerta. Una senda para ayudar a llegar a un Dios de un universo que ni siquiera puedes entender dónde está —el profesor le escupía en la oreja las verdades aderezadas con hilachos de saliva—. Es la llave para alcanzar todo el poder, todo el conocimiento. ¿Sabes cuántos reyes desearían tener este saber en su acervo? ¿Sabes todo lo que estarían dispuestos a sacrificar? 

Aquella última palabra sonó como el restallido de un látigo en la mente del chico, que había apoyado las manos en el suelo para que el viejo no lo aplastara contra la brea. Se había criado en la calle, peleando a navajazos por un mendrugo de pan, disputándose las mantas con las prostitutas del canal, y sabía reconocer el peligro cuando le bailaba en la cara. Se revolvió de la garra huesuda del viejo y le mordió la muñeca, aprovechando la sorpresa que se había adueñado de su benefactor para patearle el estómago. El viejo cayó de rodillas sobre meses y meses de trabajo; Carter aprovechó su debilidad para arrebatarle el bastón, y luego le arreó en la cara con todas sus fuerzas. 

Si paraba ahora, se decía, podría perderse por el puerto unas semanas y nadie iría en su busca. La gastada vara se precipitó de nuevo sobre la mandíbula del anciano, desencajada de dolor, mientras el niño se prometía que aún estaba a tiempo de detenerse. Pero su mano no quería obedecer: ese cuartucho había sido el único lugar seguro de la ciudad, el único refugio auténtico que había conocido pese a los desvaríos de su maestro. Golpeó, golpeó y golpeó, esclavo de su rabia, roto por el desengaño, hasta que la sangre manó de la nariz del anciano para perderse entre los símbolos desdibujados por el suelo. Y cuando el maestro ya no se movió más, convertido su cráneo en un festival de sesos, el niño arrojó el bastón contra la chimenea, aovillándose junto a la pared, buscando el amparo de las hojas amarillentas que guardaban una extraña historia sucedida tiempo atrás al otro lado del océano. 

Las letras de aquel lenguaje primigenio se iluminaron una a una, como si se hubiera hecho la noche en el sótano y las estrellas se asomasen con timidez a la tragedia que acababa de suceder. Después, las líneas del intrincado mapa se movieron, dibujando arcos luminosos, y se elevaron del suelo adquiriendo dimensión hasta formar un agujero. Carter, enmudecido por el espanto, tenía la mirada fija en el cuerpo del viejo: la carne efervescía, burbujeando en hilachos viscosos que se doblaban sobre sí mismos, arrastrados hasta dentro del círculo. La sangre había formado coágulos, que danzaban para unirse a la masa de la alimaña, hasta que el hombre y la bestia confluyeron, palpitando a un ritmo similar a los cánticos que el anciano había entonado. Entonces, muy despacio, aquel amasijo de tendones y piel comenzó a cambiar, girando sobre sí mismo como si el dibujo fuera un torno de alfarero, como si la luz tuviera potestad para moldear la carne. Los tentáculos habían manado del suelo como la mala hierba, oscuros, siseantes, acariciando los contornos de una silueta que, poco a poco, se iba tornando humana.  

Carter quiso arrastrarse hasta la escalera, pero estaba paralizado. Aquella cosa profería un gañido horroroso, como si el dolor la consumiera, que le perforaba los tímpanos provocándole una sensación semejante a una puñalada. El niño jadeó, clavando las uñas sobre los tablones para resistir, y terminó por llevarse las manos a la cara ocultando el rostro. Las páginas de los diarios, las cartas, los documentos, toda la investigación del viejo salió despedida de su prisión en las paredes para unirse al caos desatado dentro del círculo de brea, sangre y luz, para formar parte de la criatura que estaba naciendo en ese agujero negro concentrado en un apestoso sótano de Londres. Y cuando Carter creía que ya no podía soportarlo más, que iba a perder el conocimiento, la vorágine se detuvo tan abruptamente como había comenzado. 

El silencio fue tan largo, tan devastador, que el niño no pudo evitar mirar entre los dedos a aquella figura emborronada entre las lágrimas. Era poco más alta que él, con el cuerpo desnudo cuajado de pecas, que reverberaban bajo la luz de los cirios, sucio de polvo; con las pupilas dilatadas en aquellos ojos claros, rebosantes de incredulidad. Se sacudió el cabello corto, rubio, y sacó los dedos impregnados en sangre, agitándolos después con cierto asco antes de limpiárselos en el muslo. 

— Mierda, mierda y mil veces mierda —gruñó la mujer, estirando los brazos hasta que le crujieron los huesos—. Joder, ese hombro todavía me duele. ¿Y tú que miras, niño? ¿Dónde carajos estamos? Parece que hubieras visto un fantasma. 

Se agachó frente a él; Carter nunca había visto tan de cerca a una chica sin ropa, pero tenía que luchar para no mearse encima de miedo. Porque, aunque la tenía delante, aunque sabía que era de carne, el viejo había dicho alguna cosa sobre dioses de otro universo. Y algo le decía que a las diosas no le gustaba que se le quedaran mirando las tetas. 

— ¿Cómo te llamas? —reclamó la joven, agarrando al niño por las muñecas para que se quitarle las manos de la cara con suavidad. 

— Carter —alcanzó a susurrar después de boquear un rato, hasta que la voz consiguió llegarle a la garganta. Ella le dedicó una sonrisa agradable, hasta simpática, antes de preguntar: 

— Y dime, Carter, ¿no tendrás por ahí algún cigarrillo? 

 

 

FIN 


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