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Historias Del Extraño Oeste.


Peich
(@peich)
Acólito de Confianza
Registrado: hace 11 meses
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Iniciador de tema  

Mi primer recuerdo de aquel día es el brutal dolor de cabeza con el que me desperté… maldito Louis, lo que se te está ahorrando sirviendo ese mejunje casero en vez de whisky del bueno, si no fuera porque es el único barman del pueblo, le cosería a balazos.

Aparté a Betty de encima mía y la dejé durmiendo junto a Rainiero, no notaría mucha diferencia entre mis ronquidos y los relinchos de mi fiel jaco, está más que acostumbrada a yacer con animales como nosotros. Tras salir del establo y meter la cabeza en el abrevadero para despejarme, me acerqué al salón a ver si Louis me preparaba alguno de los remedios milagrosos de su abuela con el que poder quitarme la maldita resaca. 

 

El pueblo estaba extrañamente silencioso pero no le di importancia. Me crucé con dos damiselas que apretaron el paso después de dirigirme una mirada de desaprobación y taparse la cara con sus pañuelos, creo que se me olvidó acicalarme para la ocasión, no estoy acostumbrado a pasar mucho tiempo entre la gente "civilizada".

En el porche del salón, el viejo "Pete Pachorras" dormitaba en su mecedora. Cuando quise quitarle la pipa que amenazaba con caerse de su boca, el sonido de un revólver me hizo mirar abajo. ¡Pedazo de bastardo!, ya me tenía encañonado incluso con los ojos cerrados... no consigo quitarle esa condenada pipa ni aunque se haya bebido dos barriles del licor de Louis.

Tras saludarle y dejar que se durmiera de nuevo, llamó mi atención una figura que iba camino de entrar al pueblo, miré con curiosidad e intenté ver quién podía ser.

 

Se trataba de un jinete bastante harapiento, pero no podía distinguirle bien desde donde estaba. Las damiselas que anteriormente me dedicaron tan bonitos gestos corrieron a recibirle, así que supuse que se trataba de alguno de los trabajadores que habían partido días atrás para empezar los trabajos en la nueva mina.

Sin embargo, la alegría de aquellas mujeres se desvaneció rápidamente. Una de ellas empezó a correr en dirección contraria y la otra estaba paralizada mirando al recién llegado. El sheriff salió de su despacho rifle en mano, por lo que entendí que era buen momento para buscar un barril donde cubrirse. 

 

El jinete bajó de su montura… maldito Louis, ojalá aquella visión hubiese sido producto de tu licor; Varios tentáculos le salieron de la espalda y agarró con ellos a la aterrorizada mujer... He visto morir a mucha gente en el desierto pero, todavía no soy capaz de describir lo que la hizo sin sentir náuseas.

El sheriff y varios de los que deambulaban por allí empezaron a disparar, el desgraciado comió plomo por los cuatro costados pero no caía y otros nos acercamos a ayudar. Tras vaciar en él varias veces nuestras armas, por fin cayó al suelo y empezó a ahogarse en la sangre negra que manaba de su garganta... después de varios estertores, dejó de moverse.

 

Varias horas después, la hija del matasanos (ya que todos sabemos que su padre no suele estar en condiciones de curar a nadie) identificó al tipo. Se trataba de John Jackson, uno de los mineros de la nueva explotación… ya llevábamos varios días sin saber de los que se habían marchado en el convoy y esta fue la primera de varias noticias inquietantes.

¿Quién nos iba a decir que aquella mañana, empezaría nuestro viaje al más infernal de los horrores?

 

https://www.deviantart.com/mig-05/art/Lovecraft-Cowboy-899432299

Este tema fue modificado hace 3 semanas 7 veces por Peich
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¿Qué parte de"Cthulhu R'lyeh Ph'nglui mglw'nafh wgah'nagl fhtagn" no has entendido?


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Velkan53
(@velkan53)
Nuevo Acólito
Registrado: hace 2 días
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Otra noche más durmiendo a la intemperie. Otra noche más que, de no haber sido por mi fiel montura, a saber dónde me habría despertado. Seguramente entre el infierno y ninguna parte, más concretamente, entre aquella mina y el desierto.

Ningún trabajo se merece lo que queda grabado en el cerebro, a fuego, como hacen los rancheros con las reses nuevas. Así fue como dejó su imprenta en mi cerebro. Grotesco. Inexplicable. De pesadilla. Y con el torrente de imágenes en la cabeza, conseguí abrir los ojos. El trote de mi caballo apenas me traía de nuevo al mundo real. ¿Dónde estaba? Quién pudiera darme una respuesta, el desierto de piedra y tierra seca entre la mina y el pueblo más cercano es exactamente igual. Sofocante y baldío.

 

Comprobé con mi mano temblorosa todo mi cuerpo. La chaqueta intacta. El chaleco sucio. Solo el pañuelo de mi cuello estaba retorcido. ¿Cómo era posible?

Mi mano izquierda parecía no querer soltar las riendas de mi caballo, me aferraba a ellas como si fuera el único punto de unión con la realidad. Busqué mi arma en el cinturón y la encontré, ¿por qué me dejó armado? Debía dejar de hacerme esa clase de preguntas, nada de este trabajo tiene sentido. Si en la oficina de los Pinkerton me hubiesen dicho que algo así podría suceder, ni siquiera me habría aventurado a empezar mi carrera con ellos. Nada de esto tiene sentido. Absolutamente nada.

 

Pero aún así seguía en mi cabeza aquel minero, su nombre no podía recordarlo en ese instante, pero algo dentro de mí me decía que debía encontrarlo, aunque la cordura me gritase al oído que debía pedirle más de los míseros veinticinco dólares que decían en el cartel. Una persona que descuartiza a más de veinte mineros valía al menos quinientos. Y después de haberle visto cara a cara, quizá mil.

Mi mano temblorosa sacó mi bolsillo interior el cartel, deshice los dobleces y volví a ver la cara, entre los mareos y las nubes de la propia inconsciencia que se resistía a irse de mi cabeza. La mirada era lo único que era fiel a la orden de captura, el resto, por mi experiencia, no era ni por asomo, parecido. No encontré barbas cerradas en el rostro de aquel tipo, no había cejas que mostrasen el cansancio de cavar en una mina, y juraría que tampoco había nariz que romperle de un puñetazo para noquearlo y llevarlo ante un sheriff o el juez del condado.

Alguien como ese minero, merecía una bala. O seis. En la cabeza, para asegurarse de que no volviera a levantarse pues ya comprobé en mis propias carnes cómo los seis cartuchos de mi Pacificador no habían hecho ni la más mínima mella en su cuerpo. ¿Cómo es posible que un hombre aguante seis disparos de la bala más potente fabricada en este país? En aquel momento, dudaba que mi vieja Winchester hubiera tenido oportunidad contra ese minero.

 

 

Mi caballo me llevó al pueblo más cercano. Todos parecen iguales, una calle ancha central, llena de mierda de caballo, pisadas y huellas de diligencia. Casas de dos plantas, el salón, la oficina del sheriff y, seguramente, la botica del matasanos del pueblo. Qué asco da este país, pensaba hasta que me percaté de que no había ni una sola dama de arriendo en el porche del salón.

Demasiado extraño, tanto que ni escuché a aquel imberbe virgen ayudante de sheriff pedirme que me identificase. Algo raro pasaba en ese pueblo, quedaba el aroma de la pólvora de demasiadas armas en el ambiente y, mientras le daba mi licencia de Pinkerton, reparé en la marca de sangre que había bajo los cascos de mi caballo. Parecía oro negro recién ordeñado de la tierra. Volví en mí cuando le dio en la manga de la chaqueta.

 

"¿Qué trae a un Pinkerton a este pueblo?", preguntó el ayudante.

"Agente autorizado por el juzgado de Texas, Kentucky, Arkansas y Mississippi", refuté con un gruñido. "Estoy buscando a este hombre."

Al entregarle el cartel, abrió los ojos como si estuviera viendo los ligueros de una furcia y levantó la cara hasta mi altura. Me devolvió la orden temblando como un trozo de tocino, señaló el salón y sin decir más, corrió a la oficina. 

 

Até el caballo en el abrevadero de la entrada, subí los dos peldaños hasta la puerta y pasé. Había una atmósfera muy extraña, demasiado silencio. Necesitaba un whisky, quizá un moonshine para volver a centrarme. El sheriff estaba allí, lo supe por su chaqueta cara y el sombrero que había dejado en la barra. Algo no iba bien, el único que me miraba de reojo, con sospecha y cierto temor era un hombre que había olvidado acicalarse esa mañana. En esos momentos, era más fácil conseguir información con el sexo opuesto.

Mirando a las barandillas del piso superior, di con una mujer de cabellos negros, la señalé y gesticulé con la cabeza. Me dio tiempo a subir las escaleras hasta el piso superior, habiendo pedido mi agua de fuego de Kentucky a un barman que se había quedado mudo, y llegar hasta ella, ni se había movido un ápice. Llevándomela a un cuarto vacío, noté que necesitaba el alcohol más que yo.

 

Conformándome con un sorbo, le tendí el vaso. Solo me dijo su nombre, Alice. Se bebió el trago y, sentándome a su lado, le enseñé la orden. Mataría a quien fuera por saber de qué tenía tanto miedo. Giré su cara por el mentón y alcé las cejas.

"¿Has visto a este hombre? Este es el pueblo más próximo a la vieja mina, debió venir por aquí."

Alice, simplemente, dejó caer el vaso, haciéndose añicos, y me miró llorando.

"John Jackson está muerto... Lo mataron esta mañana", dijo con un hilo de voz nerviosa. "Asesinó a una mujer... La... Hizo pedazos..."


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