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Historias Del Extraño Oeste.

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Peich
(@peich)
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Mi primer recuerdo de aquel día es el brutal dolor de cabeza con el que me desperté… maldito Louis, lo que se te está ahorrando sirviendo ese mejunje casero en vez de whisky del bueno, si no fuera porque es el único barman del pueblo, le cosería a balazos.

Aparté a Betty de encima mía y la dejé durmiendo junto a Rainiero, no notaría mucha diferencia entre mis ronquidos y los relinchos de mi fiel jaco, está más que acostumbrada a yacer con animales como nosotros. Tras salir del establo y meter la cabeza en el abrevadero para despejarme, me acerqué al salón a ver si Louis me preparaba alguno de los remedios milagrosos de su abuela con el que poder quitarme la maldita resaca. 

 

El pueblo estaba extrañamente silencioso pero no le di importancia. Me crucé con dos damiselas que apretaron el paso después de dirigirme una mirada de desaprobación y taparse la cara con sus pañuelos, creo que se me olvidó acicalarme para la ocasión, no estoy acostumbrado a pasar mucho tiempo entre la gente "civilizada".

En el porche del salón, el viejo "Pete Pachorras" dormitaba en su mecedora. Cuando quise quitarle la pipa que amenazaba con caerse de su boca, el sonido de un revólver me hizo mirar abajo. ¡Pedazo de bastardo!, ya me tenía encañonado incluso con los ojos cerrados... no consigo quitarle esa condenada pipa ni aunque se haya bebido dos barriles del licor de Louis.

Tras saludarle y dejar que se durmiera de nuevo, llamó mi atención una figura que iba camino de entrar al pueblo, miré con curiosidad e intenté ver quién podía ser.

 

Se trataba de un jinete bastante harapiento, pero no podía distinguirle bien desde donde estaba. Las damiselas que anteriormente me dedicaron tan bonitos gestos corrieron a recibirle, así que supuse que se trataba de alguno de los trabajadores que habían partido días atrás para empezar los trabajos en la nueva mina.

Sin embargo, la alegría de aquellas mujeres se desvaneció rápidamente. Una de ellas empezó a correr en dirección contraria y la otra estaba paralizada mirando al recién llegado. El sheriff salió de su despacho rifle en mano, por lo que entendí que era buen momento para buscar un barril donde cubrirse. 

 

El jinete bajó de su montura… maldito Louis, ojalá aquella visión hubiese sido producto de tu licor; Varios tentáculos le salieron de la espalda y agarró con ellos a la aterrorizada mujer... He visto morir a mucha gente en el desierto pero, todavía no soy capaz de describir lo que la hizo sin sentir náuseas.

El sheriff y varios de los que deambulaban por allí empezaron a disparar, el desgraciado comió plomo por los cuatro costados pero no caía y otros nos acercamos a ayudar. Tras vaciar en él varias veces nuestras armas, por fin cayó al suelo y empezó a ahogarse en la sangre negra que manaba de su garganta... después de varios estertores, dejó de moverse.

 

Varias horas después, la hija del matasanos (ya que todos sabemos que su padre no suele estar en condiciones de curar a nadie) identificó al tipo. Se trataba de John Jackson, uno de los mineros de la nueva explotación… ya llevábamos varios días sin saber de los que se habían marchado en el convoy y esta fue la primera de varias noticias inquietantes.

¿Quién nos iba a decir que aquella mañana, empezaría nuestro viaje al más infernal de los horrores?

https://www.deviantart.com/mig-05/art/Lovecraft-Cowboy-899432299

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Velkan53
(@velkan53)
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Otra noche más durmiendo a la intemperie. Otra noche más que, de no haber sido por mi fiel montura, a saber dónde me habría despertado. Seguramente entre el infierno y ninguna parte, más concretamente, entre aquella mina y el desierto.

Ningún trabajo se merece lo que queda grabado en el cerebro, a fuego, como hacen los rancheros con las reses nuevas. Así fue como dejó su imprenta en mi cerebro. Grotesco. Inexplicable. De pesadilla. Y con el torrente de imágenes en la cabeza, conseguí abrir los ojos. El trote de mi caballo apenas me traía de nuevo al mundo real. ¿Dónde estaba? Quién pudiera darme una respuesta, el desierto de piedra y tierra seca entre la mina y el pueblo más cercano es exactamente igual. Sofocante y baldío.

 

Comprobé con mi mano temblorosa todo mi cuerpo. La chaqueta intacta. El chaleco sucio. Solo el pañuelo de mi cuello estaba retorcido. ¿Cómo era posible?

Mi mano izquierda parecía no querer soltar las riendas de mi caballo, me aferraba a ellas como si fuera el único punto de unión con la realidad. Busqué mi arma en el cinturón y la encontré, ¿por qué me dejó armado? Debía dejar de hacerme esa clase de preguntas, nada de este trabajo tiene sentido. Si en la oficina de los Pinkerton me hubiesen dicho que algo así podría suceder, ni siquiera me habría aventurado a empezar mi carrera con ellos. Nada de esto tiene sentido. Absolutamente nada.

 

Pero aún así seguía en mi cabeza aquel minero, su nombre no podía recordarlo en ese instante, pero algo dentro de mí me decía que debía encontrarlo, aunque la cordura me gritase al oído que debía pedirle más de los míseros veinticinco dólares que decían en el cartel. Una persona que descuartiza a más de veinte mineros valía al menos quinientos. Y después de haberle visto cara a cara, quizá mil.

Mi mano temblorosa sacó mi bolsillo interior el cartel, deshice los dobleces y volví a ver la cara, entre los mareos y las nubes de la propia inconsciencia que se resistía a irse de mi cabeza. La mirada era lo único que era fiel a la orden de captura, el resto, por mi experiencia, no era ni por asomo, parecido. No encontré barbas cerradas en el rostro de aquel tipo, no había cejas que mostrasen el cansancio de cavar en una mina, y juraría que tampoco había nariz que romperle de un puñetazo para noquearlo y llevarlo ante un sheriff o el juez del condado.

Alguien como ese minero, merecía una bala. O seis. En la cabeza, para asegurarse de que no volviera a levantarse pues ya comprobé en mis propias carnes cómo los seis cartuchos de mi Pacificador no habían hecho ni la más mínima mella en su cuerpo. ¿Cómo es posible que un hombre aguante seis disparos de la bala más potente fabricada en este país? En aquel momento, dudaba que mi vieja Winchester hubiera tenido oportunidad contra ese minero.

 

 

Mi caballo me llevó al pueblo más cercano. Todos parecen iguales, una calle ancha central, llena de mierda de caballo, pisadas y huellas de diligencia. Casas de dos plantas, el salón, la oficina del sheriff y, seguramente, la botica del matasanos del pueblo. Qué asco da este país, pensaba hasta que me percaté de que no había ni una sola dama de arriendo en el porche del salón.

Demasiado extraño, tanto que ni escuché a aquel imberbe virgen ayudante de sheriff pedirme que me identificase. Algo raro pasaba en ese pueblo, quedaba el aroma de la pólvora de demasiadas armas en el ambiente y, mientras le daba mi licencia de Pinkerton, reparé en la marca de sangre que había bajo los cascos de mi caballo. Parecía oro negro recién ordeñado de la tierra. Volví en mí cuando le dio en la manga de la chaqueta.

 

"¿Qué trae a un Pinkerton a este pueblo?", preguntó el ayudante.

"Agente autorizado por el juzgado de Texas, Kentucky, Arkansas y Mississippi", refuté con un gruñido. "Estoy buscando a este hombre."

Al entregarle el cartel, abrió los ojos como si estuviera viendo los ligueros de una furcia y levantó la cara hasta mi altura. Me devolvió la orden temblando como un trozo de tocino, señaló el salón y sin decir más, corrió a la oficina. 

 

Até el caballo en el abrevadero de la entrada, subí los dos peldaños hasta la puerta y pasé. Había una atmósfera muy extraña, demasiado silencio. Necesitaba un whisky, quizá un moonshine para volver a centrarme. El sheriff estaba allí, lo supe por su chaqueta cara y el sombrero que había dejado en la barra. Algo no iba bien, el único que me miraba de reojo, con sospecha y cierto temor era un hombre que había olvidado acicalarse esa mañana. En esos momentos, era más fácil conseguir información con el sexo opuesto.

Mirando a las barandillas del piso superior, di con una mujer de cabellos negros, la señalé y gesticulé con la cabeza. Me dio tiempo a subir las escaleras hasta el piso superior, habiendo pedido mi agua de fuego de Kentucky a un barman que se había quedado mudo, y llegar hasta ella, ni se había movido un ápice. Llevándomela a un cuarto vacío, noté que necesitaba el alcohol más que yo.

 

Conformándome con un sorbo, le tendí el vaso. Solo me dijo su nombre, Alice. Se bebió el trago y, sentándome a su lado, le enseñé la orden. Mataría a quien fuera por saber de qué tenía tanto miedo. Giré su cara por el mentón y alcé las cejas.

"¿Has visto a este hombre? Este es el pueblo más próximo a la vieja mina, debió venir por aquí."

Alice, simplemente, dejó caer el vaso, haciéndose añicos, y me miró llorando.

"John Jackson está muerto... Lo mataron esta mañana", dijo con un hilo de voz nerviosa. "Asesinó a una mujer... La... Hizo pedazos..."


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Peich
(@peich)
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No soy de los que pasan mucho tiempo en un solo lugar. Si tuviese que decir cuál es el primero de mis recuerdos, diría sin duda que es cuando intentaba agarrar pájaros con las manos mientras mi madre, me porteaba en una cuna a su espalda. 

Nunca nos quedábamos parados en el mismo sitio, ella me solía decir que éramos hijos del viento.

 

Sin embargo, este pueblo tiene algo que me embrujó desde el principio, y es que un desconocido sentimiento de hermandad, me había unido a los miembros de la caravana con la que llegué, habiéndome quedado aquí desde entonces.

Siempre hay algún trabajo que hacer, ya sea cuidar caballos, construir una casa o echar a algún indeseable, pero aunque para todo hay una primera vez, nunca se había dado que un monstruo segase la vida de una de nuestras conciudadanas.

 

Después del tiroteo de la mañana, la hermana Lucía, que cuidaba de la vieja misión española dedicada a San Perico, se hizo cargo de dar digna sepultura a la pobre mujer asesinada. 

Sin embargo, el cuerpo del malnacido minero, fue llevado al consultorio médico a petición del Doctor McAngus, ya que su hija Rachel, lo quería para poder llevar a cabo sus estudios de anatomía 

Aunque no nos hacía gracia que ese engendro se mantuviera en el pueblo, pocos se negaron a la mórbida petición de la joven, después de todo, estábamos agradecidos de tener una médica que usaba el whisky para aliviarnos el dolor, no como su padre, que prefería echar unos cuantos tragos mientras nos ponía las tripas en su sitio, con no muy buenos resultados...

 

Ya por la tarde, intentábamos recomponernos a golpe de póker y bebida en el salón. Mientras el sheriff discutía con sus hombres y maldecía al alcalde por no haber aparecido en todo el día, un forastero entró y pidió whisky a Louis. 

Crucé una mirada con el recién llegado, pero este, se fue directo con una de las chicas al piso de arriba y no habló con nadie. 

No puedo decir que en aquel momento nos hiciese gracia la llegada de un extraño, pero antes de que pudiéramos reaccionar, Rachel McAngus entró gritando en el local, sangrando y pidiendo ayuda desesperadamente. 

Aquel minero no estaba tan muerto como pensábamos. Rachel farfullaba entre lágrimas que este se había levantado de la mesa de disección, atacándolos a ella y a su padre, sin mediar palabra.

Pete Pachorras, que dormitaba tranquilo en la barra, arrancó de las manos de un estupefacto Louis la botella con la que servía las copas, se la bebió de un trago, me agarró por la pechera y me dijo: "saca tu revólver chico, es hora de ganarse el pan".

 

Varios hombres armados nos dirigimos al consultorio, donde a pesar del revuelo, reinaba un silencio sepulcral. Al cruzar la puerta, el hedor de la muerte invadió nuestras fosas nasales, dándonos la bienvenida a un espectáculo dantesco que difícilmente olvidaremos. 

Entre los muebles destrozados y los útiles médicos, manchados con una extraña gelatina negra, encontramos el cuerpo devorado del doctor… mejor dicho, lo que quedaba de él.

 

Mientras tanto, el sol se escondía en el horizonte y de pronto, un alarido inhumano que surgió de la lejanía, llenó nuestros corazones con un terror antinatural. No era posible que aquel sonido, pudiese ser emitido por una criatura de este mundo. 

Lo que quiera que fuese aquello en lo que se había convertido Jackson… había huido del pueblo y campaba a sus anchas por las llanuras, dispuesto a cazar a cualquiera que osara cruzarse en su camino.

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Learntofly
(@learntofly)
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Este hilo me recuerda a esta película: https://youtu.be/6uuhkleL_vA


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Velkan53
(@velkan53)
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Alice me entregó la botella a la que había intentando darle un trago, pero que apenas llegó a inclinar tras el primer sorbo, demasiado afectada estaba como para tan siquiera naciera de ella el querer olvidarlo con whisky. Temblando aún, pareció volver ligeramente en sí y me miró.

"¿Qué han hecho con el cuerpo de Jackson?", pregunté antes de acabarme el agua de fuego de Kentucky.

"La hija del doctor, Rachel, es una mujer rara. Dice que estudia usando los cuerpos de los muertos."

Aquello me dejó frío por partida doble. Ya en Europa había tenido contacto con pioneros en aquello de descuartizar cuerpos muertos, hurgar en sus entrañas y fascinarse con lo que encontraban, otra más de aquella secta. Por otro lado, tenía a Alice. Además de puta, temerosa de Dios. Menudo cóctel de costumbres. 

 

Dejando la botella en la mesilla de al lado de la cama, me puse en pie y me acerqué a la ventana.

"¿Hay más testigos de que el pobre diablo era Jackson?", pregunté. Conociendo a los palurdos de esta parte del desierto, era posible que mi presa siguiera viva.

"¡Claro que los hay! ¡Todos vimos cómo lo mataban a tiros y cómo lo llevaban a la botica del doctor!", se enervó Alice.

 

Entonces, mientas ella seguía gritándome, nerviosa; me fijé en la marabunta de hombres que fueron tras una mujer, en tropel, hacia la casa del matasanos. Todos armados, con sus revólveres en las manos. Pude entreoír a alguno alzar la voz al grito de "Hijo del demonio, ¡a por él!"

¿Qué había pasado para que hubiese tanto revuelo en la clínica del buen doctor? Creí identificar a aquella mujer que les guiaba como la tal Rachel de la que me habló Alice. Les vi pasar como si fueran una tropa de soldados, poco más y a golpes entre ellos. Suspiré de incomprensión y volví a girarme hacia la cortesana.

"Jackson era minero, ¿lleva mucho tiempo abierta esa mina?"

Alice negó, acomodándose la falda para encararse un poco mejor, se limpió las lágrimas y le tendí mi pañuelo. Ella, cogiéndolo, empezó a contarme la historia.

El título de Vieja Mina no era cosa de la coincidencia. Desde la guerra contra los botas rojas, aquella mina de salitre para pólvora se había clausurado, muy peligrosa al parecer. Pero un ricachón apareció y aseguró que esos mismos túneles llegaban a un yacimiento de oro, carbón o hierro, Alice no supo especificarlo, decía tener apenas unos pocos añitos por aquellos días.

Todo cuanto había escuchado eran rumores de antiguos mineros y los más ancianos del pueblo, pero lo que sí recordaba de mejor forma, al ser ya ella una mujer, eran los episodios de los últimos pioneros. Algo no cuadraba en todo aquello.

"¿Vinieron forasteros a trabajar en esa mina?", ella me asintió. "Parece que lo del oro es cierto."

"No estoy segura, pero la vida de cavar la tierra se restauró en los últimos años."

 

Debía ser verdad, el vestido de Alice no parecía demasiado viejo. Con tanto minero habría tenido trabajo de sobra, lo extraño era que no hubiera cogido la tisis. Me confirmó que John Jackson había sido de los últimos en llegar, que al principio era el típico muchacho entusiasta, creyente de ser el futuro nuevo rico al dar con el filón de oro de la vieja mina, y bastante dado a dejarse la paga entre las piernas de una mujer.

Al menos no se dio a la bebida...

Pero, según Alice, fue cambiando a medida que pasaban los meses. Cuando más profundo cavaban, menos quería fornicar y más quería el consuelo de la señora botella "triple X". No sacaría mucho más de ella cortesana. Tirándole una moneda, me dirigí a la puerta.

"Tómate algo. Gracias por todo."

"¡¿A dónde va?!", se levantó ella de pronto.

"A preguntar a la hija del médico. Quiero ver a ese asesino con mis propios ojos", respondí contando las balas de mi Pacificador.

 

Pero entonces, se escuchó un rugido. Alice y yo miramos hacia la ventana, hasta los vidrios habían retumbado. Noté sus brazos y pechos en mi abrigo.

"¡¿Qué ha sido eso?!", me preguntó temblando.

Claro estaba que no era un jaguar del tamaño de un tren. Aquel eco que se quedó en mi cabeza me era familiar.

Giré una última vez el tambor de mi arma, metí la sexta bala y lo armé. Ese rugido también estuvo en la mina.

 

 

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Learntofly
(@learntofly)
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Alice llamó tímidamente a la puerta de Nancy.

—¿Quién es? —Respondió la muchacha—.

—Soy yo, Alice, abre por favor, tengo que contarte algo importante.

—Pasa.

Alice entró al cuarto de su amiga y se sentó en una de las dos butacas tapizadas con unas flores de los colores más  chillones que hubiera visto nunca. Cosa que tampoco era difícil pues Alice, además de ser muy joven, tampoco es que hubiera viajado mucho; no era una chica de mundo como Nancy.

Nancy había llegado a aquel poblacho miserable hacía poco más de dos años y los había dejado a todos sin palabras, cosa no muy difícil la verdad, con su clase, su saber estar, su forma de hablar... con los cuentos que contaba a pesar de su apariencia tan frágil y etérea. Tan fue así, que al poco tiempo era la reina indiscutible del pueblo y su voz era ley. Cualquier hombre que pasase por su cuarto una sola noche salía de allí pálido, con cara de tonto, la bolsa vacía y el gesto agradecido, tal era la experiencia de Nancy en las artes amatorias que había traído de Europa. Eso sí, desde el primer momento había impuesto unas normas que los hombres debían respetar: se darían un baño antes de subir a su cuarto y jamás la invitarían a salir del Salón por ningún motivo.

A Nancy no parecían importarle el dinero, la comida ni ninguna otra cosa que preocupaba a los demás, y guardaba celosamente los motivos por los que se había decidido a vivir en aquel lugar perdido de la mano de Dios. ¿Qué hacía aquella exquisita flor en semejante pocilga?

Alice le contó a Nancy lo que le había dicho el agente Pinkerton y lo que ella misma había visto y deducido acerca de los extraños y violentos acontecimientos de los últimos días. Los ojos de Nancy brillaron fugazmente pero no dejó entrever ninguna emoción, y Alice vio cómo su amiga cavilaba. Y por primera vez desde que se conocían Nancy rebuscó en su joyero y se colgó al cuello un extraño relicario, se puso las botas y el sombrero y salió del Salón a plena luz del día.


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Peich
(@peich)
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Pasé la infancia vagando de un sitio a otro hasta que... no recuerdo la razón, nos quedamos a vivir en una pequeña comunidad religiosa. Esa vida monástica no era lo mío, así que me marché en cuanto vi oportunidad de ganarme la vida por mi cuenta.

Si he sobrevivido en el desierto, ha sido gracias a lo que me enseñó la familia de mi madre, sin embargo, no puedo negar todo lo que aprendí en la pequeña biblioteca de aquel sacerdote que me enseñó a leer. Siempre supe que era mi padre, a pesar de que él nunca me lo dijera.

En los cuentos que leía y en las historias que me contaban junto a la hoguera, aparecían espíritus y extrañas criaturas que viajaban entre mundos, pero por mucho que me gustase imaginar cómo podía ser el encontrarse con alguna de ellas, nunca pensé que realmente se cruzarían en mi camino.

 

Al final de aquel día tan agitado, dejamos que el enterrador se encargase de lo que quedaba del médico, Rachel fue consolada por la hermana Lucía, y los demás, nos reunimos en asamblea para intentar decidir lo que hacer.

El alcalde seguía sin dar señales de vida y el sheriff se estaba poniendo muy nervioso, el recién llegado hablaba con él y sus chicos de una forma nada amistosa, es más, les estaba dando órdenes y nadie parecía dispuesto a ceder a sus exigencias.

Yo desconfiaba de ese forastero, tenía algo que me daba mala espina… he visto a demasiados hombres como él, escudándose en un contrato de trabajo para justificar sus asesinatos a sangre fría.

 

Entonces, la lideresa de "las chicas", famosa en todo el pueblo, apareció de pronto para la sorpresa de todos. Muy pocas veces salía de su dormitorio y a más de uno de los allí presentes, casi se le parte el cuello siguiendo el contoneo de sus caderas.

Su belleza siempre me pareció inquietante, me atrevería incluso a decir que no se trataba de una mujer normal, sino de un espíritu hecho carne, ¿Cómo alguien puede mantener la piel tan blanca con este sol y embelesar a todos con su mera presencia?.

Una mujer de armas tomar, desde luego... creo que la única persona a la que he visto capaz de pararla los pies, es la hermana Lucía. No querría verme en medio de una pelea entre esas dos.

 

Ya bien entrada la noche, decidimos que al día siguiente un grupo de nosotros partiría a la mina. No teníamos noticias de nadie desde hace días, de nadie claro está, salvo de... Jackson.

Queríamos salir de cacería en busca de venganza, sin embargo, cuando me fui a dormir, no pude evitar preguntármelo: ¿acaso...no éramos nosotros la presa?

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JohnClare
(@johnclare)
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El chico se pasó la mano por el cabello rubio, sucio, mientras contemplaba las moscas revolotear sobre el cadáver, enredado en la sotana polvorienta. Devolvió el Colt a la funda en la cadera, con el cañón todavía caliente. Era la primera vez que se había visto obligado a disparar, que había luchado contra el retroceso del metal con cada una de las seis balas que el tambor había escupido en una nube de pólvora. Y, aunque todavía no le había abandonado la impresión de ver el cuerpo del viejo sacerdote caer como una pesa de plomo, desmadejado, sabía que no le había quedado otra opción.

Se agachó, rebuscando en la faltriquera del difunto hasta que sus dedos temblorosos encontraron un cigarrillo arrugado y una cajetilla de fósforos. El humo llenó sus pulmones y calmó su ánimo. Cuando era niño solía aspirar los efluvios de la pipa de su padre, fantaseando con el día en el que tendría otra igual. Pero su padre estaba enterrado, con su madre y sus hermanas; él mismo había cavado una fosa bien profunda el día que el cabronazo de Butch Taffin y sus perros le habían prendido fuego a la granja. Solo le había quedado el viejo revólver, la ropa que llevaba puesta, el cuchillo de caza que le habían regalado al cumplir catorce y un agujero tan grande en el pecho que a veces le costaba respirar, aunque esa última parte nunca la confesaría en voz alta.

Volvió a ponerse en pie, sacudiendo la suciedad de su camisa mientras un sol abrasador lo castigaba en aquel secarral dejado de la mano de cualquier divinidad. El sacerdote, en el caso de que el anciano no fuera un impostor como sospechaba, había mostrado una piedad con él demasiado desinteresada como para ser decente. El muchacho estaba famélico cuando se encontraron, así que no le importó que el viejo se pegara a él cuando cabalgaban sobre ese jamelgo decrépito en el que viajaba, ni que lo contemplara por las noches con aquella expresión asquerosa cuando pensaba que dormía. Le había dado comida, le había dado agua, y hasta algo de conversación. Por eso, cuando el cura empezó con aquella tos estruendosa que le dejaba el pañuelo preñado de flemas negras, intentó ignorarlo. Y cuando la piel del viejo comenzó a sudar profusamente, haciendo que las riendas se le escurrieran entre los dedos, las sujetó a escondidas para que el caballo no errara su rumbo.

No obstante, al final, el hombre se había escurrido de la silla, y el chico supo lo que tenía que hacer. Su padre nunca le había dejado probar su puntería con una lata siquiera, aunque él lo había visto cientos de veces tirar del percutor y apuntar con aquellos ojos fríos como el acero. Cuando una de las vacas se hería y ya no podía caminar, había que darle paz. Y eso iba a hacer con el viejo: regalarle un poco de descanso como agradecimiento a su misericordia.

Disparó dos veces: una en el pecho y otra en el estómago. El Colt se había deslizado hasta su mano con naturalidad, y los disparos habían errado por escasos milímetros de los puntos que había fijado como blanco. El viejo dejó de respirar en cuestión de segundos, y él se felicitó por haber sido tan diestro pese a no haber encañonado a nadie en su vida, por poco mérito que tuviera enfrentar a un moribundo. Por eso, cuando el hombre se incorporó de súbito con un quejido ronco, casi se caga encima del susto. Su dedo accionó el gatillo por instinto, y la bala rozó la mandíbula del cura. La sangre manó negra como petróleo sobre la tierra, pegajosa, así que no se lo pensó dos veces y volvió a disparar, esta vez entre los ojos. Los tres proyectiles que restaban se hundieron en la frente del hombre deformando su rostro, formando un pozo gelatinoso que no tardó en derramarse por su barbilla, impregnando la sotana; él no volvió a respirar hasta que el cuerpo yació de nuevo inerte en el suelo. Incluso lo pateó varias veces para asegurarse que esta vez estaba muerto por fin. Solo entonces pensó en que quizás la enfermedad del cura era contagiosa, y llevaba casi una semana soplando detrás de su oreja y restregando el pañuelo infecto con el que se cubría la boca por todas partes.

–Mierda –susurró, dejando caer el cigarrillo y aplastándolo con el tacón de la bota, asqueado. Necesitaba que un matasanos le echara un vistazo. Se hizo sombra con la mano, oteando la distancia para tratar de discernir dónde se encontraba. El viejo había dicho que había un pueblo cerca, junto a las minas; si era cierto tal vez tuviera una oportunidad. Estudió el cadáver un rato más, pensativo, decidiendo qué era lo que debía hacer.

Cuando retomó la marcha hacia el pueblo, cerca del crepúsculo, el brazo cercenado del cura colgaba de la silla de montar con un balanceo lento, al ritmo errático del caballo muerto de hambre. No se había tomado la molestia de enterrar al viejo; no le tenía tanto aprecio. Pero aquel miembro enviaba un mensaje, estaba seguro. Así no tendría que preocuparse de que solo le quedaran veinte balas. Además, era probable que el médico quisiera echar un vistazo a aquella sangre que parecía brea. Al final decidió quedarse con el alijo del viejo: el tabaco, las cerillas, una pequeña petaca llena de alguna suerte de whiskey casero, unos cuantos centavos, que tal vez bastaran para una comida caliente, y el destartalado sombrero de ala ancha del cura, de un negro descolorido, que le daba un aspecto peculiar, incluso cómico. Si aquello era contagioso, casi seguro que él estaba tan jodido como el viejo. Y, si tenía que morirse, mejor que fuera borracho y con la barriga llena.


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shadow_rokhan
(@shadow_rokhan)
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Esos malditos Diné Bizaad (hombres blancos) lo han hecho de nuevo, la codicia que los caracteriza les ha hecho perforar aun mas profundo en la tierra en busca de oro y otros metales en esa mina de salitre, pero esta vez han despertado un profundo mal que yacía bajo la tierra de ese maldito valle.

Solo un necio pondría un pie en ese valle, las tribus nativas siempre hemos advertido a los foráneos de los peligros que se esconden en los valles y desiertos de Texas, pero siempre nos tachan de supersticiosos e ignorantes, sin embargo esta vez la ambición desmedida les ha cobrado muy caro y lo que han despertado los matara y consumirá a todos sin ningún tipo de piedad.

el hombre medicina de nuestra tribu Onawa, nos relato que durante una epifanía recibió el llamado de los espíritus. Los espíritus estaban inquietos porque los Diné Bizaad estaban profanando la tierra en busca de riqueza, pero donde estaban ellos solo encontrarían muerte y desolación.

Estas visiones perturbadoras hicieron al hombre medicina ir a los poblados cercanos en busca de información que nos diga si esos estúpidos hombres blancos ya han desatado el mal sobre ellos, por lo que me relato el sabio hombre medicina, en un poblado cercano hubo un ataque de un engendro grotesco con tentáculos mato a una mujer y fue cosido a tiros hasta que lo derribaron.

Pero en su ingenuidad lo llevaron hasta un botica para examinar las entrañas de aquel abominable ser y eso también les cobro un alto precio, el medico de aquel pueblo murió a manos de la aberrante creatura.

Ahora ese engendro ronda las llanuras esperando para cazar y despedazar a su siguiente victima, ahora nuestra tribu se encuentra amenazada nuevamente.

El hombre medicina cree que debemos irnos a otro lugar para escapar de la abominación, pero la tribu quiere luchar por sus tierras, tal como lo hemos hechos por siglos en contra de los españoles, los mexicanos o los ingleses.

también creo que debemos combatir contra esa creatura, pero aun no sabemos la magnitud de su poder, pero si entramos en una batalla que no podemos ganar, solo nos quedaría una opción pero para esa salida el hombre medicina tendría que sacrificar su humanidad y principios tribales para obtener el poder suficiente para matar a un engendro salido de las profundidades de la tierra.

Pero pedirle algo así a un hombre medicina es algo que me reusó a hacer si no hay un motivo suficiente para ello, mientras la tribu no corra ningún peligro de desaparecer no pienso pedirle al hombre medicina que haga ese ritual prohibido para obtener ese poder tan siniestro.

 

 

 


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Learntofly
(@learntofly)
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Diario de Nancy.

Me gustaría mucho que mi madre estuviese aquí. Por desgracia, Mazikeen, hija de Lilith, fue masacrada por los primigenios por lo de siempre: por creerse a la altura de los grandes, por saberse igual a Lucifer, igual a los hombres, igual a los primigenios que crearon su estirpe. Oh, mamá, cuánto te echo de menos.

Pero aún conservo los conocimientos de tus viejas artes y la memoria fresca de quién es en verdad nuestro enemigo. No son los hombres, tan torpes siempre, que creen que hay algo maligno entre las piernas de las que les dan la vida, con esos criterios aleatorios con los que diferencian a una madre de una puta. No, ellos no son más que necios hipnotizados con los cuentos para asustar a las viejas. El verdadero mal reside en las mentes foráneas que nos engendraron, que nos hicieron esclavos de sus caprichos desde un principio. Y yo ya estoy harta de todo.

He recorrido el mundo entero buscando a esos demonios cósmicos, tan engreídos ellos, tan superiores se creían que jamás imaginaron que una humana, una humana de la estirpe de Lilith la desterrada, pudiera revolverse contra ellos. Pero esta es la verdad. Pelearé con las armas que conozco hasta su derrota y expulsión de este mundo o moriré luchando por una humanidad que me odia. Este es mi destino.

He acudido a la reunión del pueblo. Los ánimos estaban más que revueltos y es normal. John Jackson ha sido poseído por la entidad primigenia que habita en la Vieja Mina y sospecho, pues tal es mi experiencia, que poco o nada queda de él, salvo los recuerdos que la entidad ha considerado de su conveniencia. Sé que estoy en su mente pues el minero Jackson pasó una vez por mi habitación, solo una, pero eso es suficiente para esos demonios.

Como no podía ser menos, entre las personas que estábamos en la Misión de San Perico hay más de una que no me quiere allí, aunque no tengan ni idea de que podría serles de mucha ayuda y de que queremos lo mismo. La más feroz es la propia hermana Lucía. Sé, porque mi condición y mi edad son suficiente baremo para medir estas cosas, que la monja tiene una pelea en su mente consigo misma. Ella sabe que hay algo diferente en mí, algo que no es solo mi juventud aparente, mi piel blanca, casi translúcida, mis ojos verdes o mi larga cabellera en la que se enredan los hombres y sus voluntades, ella sabe que hay algo más y no está segura de si lo rechaza o le gusta.

Por eso se hizo monja en primer lugar, para estar en compañía de otras mujeres sin ser juzgada. A mí no puede engañarme, y usaré este conocimiento cuando convenga, porque dudo que sea capaz de soportar mucha presión, reconozco en ella a alguien que está al límite: sor Lucía es un saco de frustración que reventará más pronto que tarde. Solo espero que apunte bien y que no ataque a estos pobres infelices.

Me he alistado a la patrulla que irá a la Vieja Mina. Muchos han sido los que se han opuesto, pero poco o nada han podido hacer por expulsarme pues saben que necesitan cualquier ayuda que se les ofrezca. Mientras debatían, quién, cómo y cuándo, me he deslizado hasta la capilla y he hundido el relicario familiar en el agua bendita. Si son tan inteligentes como para que el párroco, o sor Lucía, lleven este agua como prevención y arma, se encontrarán con la sorpresa de que la energía de esta piedra debilita a los primigenios haciendo que las armas ordinarias los puedan matar.

Hay muy pocas cosas que acaben con ellos: la inmersión total en agua —bendecida o maldecida— con este pedazo de roca. La letanía del grimorio con la que los invocamos en primer lugar, que de igual modo que los despertó con la ayuda de nuestra inconsciencia, podría devolverlos a su estado de durmientes; aunque solo el viento sepa dónde está este libro y si alguien lo leyó completo jamás. Los nativos de este lugar conocen algunas artimañas para paralizarlos y mantenerlos aislados, aunque por lo general se mantienen inteligentemente apartados de estos seres, a los que temen por buenas razones podrían sernos de ayuda. En la pequeña comunidad china del arrabal del pueblo, donde viven los trabajadores de la mina y del ferrocarril, es posible que cuenten con alguna sabiduría ancestral sobre cómo tratar con estos seres. Ellos han sufrido tanto como cualquiera las diabluras y las bromas pesadas con las que a veces se entretienen, y han luchado hombro con hombro con algunos emperadores que no eran otra cosa que estas entidades enfundadas en nuestros cuerpos. Yo he visto con mis propios ojos cómo convertían en piedra a un ejército de miles de personas para que lo acompañasen en su último viaje.

He ido a los establos y he comprado el mejor caballo disponible, un potro de cuatro años que el señor Rockefeller tiene en reserva para la cría. Me ha costado un dineral, pero no iré a esa maldita mina en un percherón que le dé alguna ventaja a nuestro adversario. Quizá tenga que sacrificarlo en una galopada mortal si veo que el primigenio me reconoce y descubre que he venido a por él.

Saldremos mañana, por lo que sé se han unido a la fiesta sor Lucía, Pete Pachorras, el sheriff y su ayudante, el agente de la Pinkerton, el señor Olesson de la tienda de ultramarinos y yo misma; solo nos faltaría uno más para ser los odiosos ocho, qué risa.

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Peich
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Partimos al alba; Ocho almas que no creían en nada salvo en sí mismas, ocho vagabundos que no confiaban en quien iba a su lado ni aunque la vida dependiera de ello, pero… no parecía que tuviéramos otra opción, dados los acontecimientos recientes.

Yo hacía de guía del grupo y empezamos a cabalgar mientras el sol asomaba por el horizonte, augurándonos un funesto día de incertidumbre. 

No me fue difícil encontrar el rastro de la bestia que tantos problemas nos estaba causando, ya que todos los indicios, nos llevaban directos hacia la explotación minera donde todos sabíamos ya que algo horrible había ocurrido.

 

No tuvimos ningún percance durante el viaje, hasta que al atardecer, hallamos los restos de una caravana perteneciente al ejército de los EEUU.

Me acerqué sigilosamente mientras los demás me cubrían. no encontré nada más que los cadáveres despiezados de los soldados y varias armas y cajas de munición desperdigadas por el suelo, pero notaba que algo no me quitaba el ojo de encima. Sabía que algo me acechaba, agarré mi puñal e intenté localizar el mal que intentaba darme caza. 

Mis compañeros no pudieron controlar a mi caballo, que acudió galopando a mí encuentro, rompiendo el silencio que reinaba en la zona, por desgracia, esa fue la distracción que aprovechó el bastardo endemoniado que se escondía para atacarme.

Casi no lo vi venir, esquivé como pude el aguijón gigante que iba directo a mi corazón y caí rodando por el pedregal, golpeándome todo el cuerpo. El pobre jaco, relinchaba furioso y asustado mientras peleaba contra el escorpión que le igualaba en tamaño, sin embargo… mi pobre Rainiero no pudo esquivar su mortal látigo venenoso y cayó paralizado, agonizando entre espumarajos mientras la bestia se disponía a devorarlo.

 

Mi mano temblaba demasiado para apuntar bien, los demás me gritaban a la vez que disparaban pero yo no era capaz de reaccionar, de repente, un zumbido insoportable hizo que todos nos protegiéramos los oídos. Un avispón gigante, atacó al escorpión, cortándole el aguijón mientras estaba entretenido con el caballo y le picó varias veces hasta que dejó de moverse.

Corrí como nunca lo había hecho y una luz chisporroteante, pasó volando sobre mi cabeza. Alguien se abalanzó sobre mí, me hizo caer de nuevo al suelo y se puso encima mía mientras me gritaba: "¡Cúbrete imbécil!". Escuchamos una primera explosión, que fue seguida de otra más fuerte y un sonido viscoso como nunca había oído. 

Cuando pude abrir los ojos, la mujer de piel blanca  que me había placado, me dio una bofetada y me preguntó si estaba bien. Tras recuperarme de la conmoción, miré hacia donde estaban aquellos engendros, encontrando un cráter humeante en su lugar.

 

Pachorras había salvado el día, sigo sin entender cómo tiene tan buena puntería con la dinamita estando todo el día borracho… ¡bendito sea el asqueroso licor de Louis!

Los demás se acercaron a nuestro encuentro, el ayudante del sheriff iba el último, intentando ocultar que se había meado en los pantalones, y la hermana Lucía, hacía por controlar el temblor de su ojo derecho a la vez que recitaba un padrenuestro; siempre he sentido dos espíritus en lucha habitando el cuerpo de esta mujer y parecía que en aquel momento, le costaba controlarlos más que nunca

 

Nadie entendía de dónde habían salido esas criaturas enormes. Decidimos llevar con nosotros unos de los carromatos cargado con armas y nos alejamos de la zona, hasta encontrar un lugar donde poder pasar la noche. 

Cuando acampamos, todos estaban exhaustos pero yo no podía dormir, así que me aparté de la hoguera y busqué un lugar tranquilo. Ya en la oscuridad y al abrigo de las estrellas, masqué un poco de hierba sagrada para intentar hablar con los espíritus y pedirles guía. 

Al poco, unas melodiosas flautas espectrales inundaron mis sentidos, dejándome sentir todo lo que se encontraba a mi alrededor mientras las voces del otro mundo, me susurraban.

 

Sorprendido, me di cuenta de que mis primos maternos, estaban cerca.

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shadow_rokhan
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Me temo que algo horrible le ha sucedido a una tribu vecina de nosotros, todos están muertos, fueron masacrados durante la noche aparentemente.

Los cazadores de nuestra tribu me han dicho que esta mañana mientras cazaban búfalos en los pastizales , decidieron pasar a intercambiar algunas pieles y cabelleras con la tribu Cherokee, pero encontraron una escena de horror, las tiendas estaban destrozadas  y marcadas por fuego, los caballos habían huido en estampida y los establos estaban totalmente abandonados; había cuerpos esparcidos por el suelo cubiertos de una especie de brea viscosa y maloliente, algunos cuerpos habían sido parcialmente devorados, lo mas extraño es que no encontraron el cadaver de ningún niño o niña, pero los cazadores me dijeron que en ese asentamiento había muchos niños.

los cazadores hicieron lo posible por encontrar algún superviviente entre los escombros, pero no tuvieron éxito. Dejaron el asentamiento tribal luego de darle digna sepultura a los muertos.

Mientras cabalgan hacia nuestro asentamiento trataron de explicar de algún modo todo lo que habían presenciado pero simplemente no pudieron.

Mis sospechas están casi confirmadas, me temo que él o los engendros que nacieron de las entrañas de la tierra están cazando y alimentándose de la vida de los hombres y mujeres que se cruzan en su camino.

Me reuniré con el hombre medicina, para que intentemos encontrar la manera de defender a nuestra gente y nuestras tierras de esas abominaciones oscuras.

Aun no considero que sea tiempo de pedirle al hombre medicina, que conjure el poder de los espíritus oscuros y se entregue a ellos, para obtener mas poder y así combatir a los adefesios.

Las circunstancias me orillan a pedirle ase hombre tan sabio abandonar sus principios tribales para combatir a un enemigo tan ignoto y evasivo, pero aun me resisto a ello.

Esta noche montare guardia junto con mis hermanos para estar prevenidos en caso de que algún ataque se suscite contra nosotros, debemos estar listos. Pero dudo que las flechas o Tomahawks o incluso las armas de fuego de los hombres blancos puedan dañar a las creaturas.

 

 


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Learntofly
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Diario de Nancy.
 
Anoche, sor Lucía hizo la primera guardia y Sundance Kid, el muchacho mestizo que se ha convertido en el líder de la expedición, se excusó y se fue solo en medio de la noche, encaminándose hacia los tambores de los guerreros de una tribu cercana. Él no lo sabe, pero los espíritus de esta tierra se revuelven inquietos y muy probablemente le entreguen algún mensaje; a veces ni yo misma sé por qué tengo esta sensibilidad tan aguda.
 
Yo también debía pensar, y comer algo, pues me sentía muy debilitada. Las gachas de avena y las alubias cocidas no eran mis platos favoritos, más bien diría que tuve que hacer un esfuerzo considerable para que mi cara luciera normal al rechazar esa comida, con la excusa de que estaba tan cansada que prefería dormir a comer, cuando lo que quería era vomitar por la repugnancia que me provocaban aquellas viandas. Conseguí sobreponerme a duras penas y una vez que los demás se echaron a dormir, le hice una señal a sor Lucía, para darle a entender que quería aliviarme, y salí a la noche en dirección contraria a la de Kid, para no interrumpir su ceremonia.
 
Era una noche preciosa, las estrellas brillaban como diamantes en el cuello de una princesa y el perfume de las plantas del desierto inundaba el aire cada vez que se levantaba la brisa. Llegué paseando a una pequeña corriente de agua, apenas un hilo, que florecía en la superficie y que volvía a hundirse en la tierra a través de unas grandes piedras, señal de que en algún lugar al suroeste el pequeño afluente tributaría en una corriente más grande. Me senté en una de las piedras redondeadas y recité mi mantra para las situaciones críticas; necesitaba comer y no me podía permitir el lujo de hacerlo de mis compañeros, tenía que encontrar otra manera.
 
Estuve unos minutos con los ojos cerrados hasta que me llegó la intuición de que mi súplica había sido escuchada. Abrí los ojos y allí estaba: una serpiente de cascabel con un tercio de su cuerpo erguido, como lo hacen las cobras, y con la cabeza apuntando hacia arriba, de modo que me ofrecía su vientre en la actitud mansa de una oveja. Ella se sacrificaba para que yo pudiera beber su sangre tibia y seguir viviendo. Le di las gracias a la madre serpiente mentalmente, me arrodillé frente a ella, incliné la cabeza en señal de respeto y la devoré allí mismo.
 
Quizá fuera por la sangre de madre serpiente, o por el mismo lugar, quizá no debí beber de aquella agua fresca, ni masticar aquel botón de cactus que me vi impelida a comer, tantas cosas sin sentido hice que lo extraño es que despertase alrededor de los rescoldos de la hoguera y que fuera Kid quien me hiciese una señal para que nos retirásemos para hablar.
 
De algún modo habíamos tenido una experiencia conjunta en el plano astral y habíamos visitado el mismo lugar en nuestra ensoñación. Cotejamos nuestras impresiones y concluimos que sería mucho más complicado acabar con aquel ser de lo que pensábamos en un principio. Ambos habíamos entrado en las galerías de la mina y habíamos visto una serie de pasillos y almacenes donde se guardaba a los seres que habíamos matado el día anterior: escorpiones, serpientes, avispas, lobos, coyotes, caballos, perros y toda clase de animales deformados, torturados hasta hacer desaparecer sus instintos de conservación natural, pobres criaturas sometidas a los más terribles experimentos.
 
Nos fijamos también que todos tenían tatuado en alguna parte de sus cuerpos un sello circular con la inscripción «Rockefeller Eibon’s Book» alrededor del borde, y en el centro un ser que parecía el progenitor del minero Jackson: un rostro lleno de tentáculos, más animal que humano, que ni siquiera a mí me resultó familiar, pues todos los seres primigenios con los que había tenido ocasión de interactuar tenían forma humana o se escondían en las sombras cuando no ocupaban un cuerpo de hombre o mujer.
 
Vimos también maquinaria de todo tipo, mecanismos muy avanzados para aquel remoto lugar. Había un globo aerostático en una sala gigantesca y unas poleas en una pared para poder retirar el techo y dejarlo a cielo abierto, y yo imaginaba que desde la superficie se vería como un trampantojo. Vimos montones de autómatas sentados o tumbados inertes. De tamaños, razas y sexos diferentes, esqueletos metálicos sin piel, y pieles colgadas en espera de ser vestidas cuando fuera necesario.
 
Allí pudimos comprobar que había personas del pueblo que eran artificiales. Uno de estos autómatas tenía una luz roja en uno de sus ojos, alguna especie de batería que no se hubiera apagado del todo. Pero lo que más nos asustó fue su tamaño, pues era un esqueleto metálico de casi dos metros de altura, muy fuerte y musculoso, si fuera posible tal comparación.
 
Tendríamos que preparar una estrategia diferente al plan tan simple que teníamos en mente para destruir todo aquello y debíamos decidir si se lo contábamos a los demás para que supieran a qué nos enfrentábamos en realidad. No podíamos mostrarles ninguna prueba de aquella locura, más allá de volver a los restos de los animales gigantescos que habíamos matado el día anterior y buscar el sello. Solo así les convenceríamos de que no eran seres mágicos o aberraciones de la naturaleza, sino que estaban fabricados por alguien con algún fin que desconocíamos.
 
Un amanecer rojo y negro suspendió en el aire nuestras palabras sobre planear una nueva estrategia...
 
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Peich
(@peich)
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En su ancestral sabiduría, los espíritus decidieron mostrarme las entrañas de la Madre Tierra y como ésta, había sido profanada por unos seres de lo más extraño.

Durante mi visión, pude sentir que no estaba solo. Nancy caminaba a mi lado y los dos pudimos ver algo parecido a una colmena, pero hecha de metal, que descansaba en el interior de la mina. 

Ni siquiera en las historias que leía de niño, había criaturas tan grotescas como las que habitaban en el interior de ese artefacto; eran una mezcla de mosquito y escorpión, algunos rosáceos y otros verdosos, de sus cabezas salían antenas como las de las hormigas y parecían comportarse como un enjambre de abejas, en el que cada individuo, tenía designada su tarea.

Habían levantado un campamento en las galerías de la mina y acumulaban, a modo de ganado, no sólo a animales, sino a hombres, mujeres y niños. Además, algunos de aquellos engendros, estaban usando máquinas que disparaban rayos para cavar en los túneles, tuve la corazonada de que buscaban algo en las profundidades de la tierra, pero... no fui capaz de adivinar qué podía ser.

 

Al amanecer, el señor Olesson preparaba salchichas y café, mientras el resto del grupo se iba despertando. 

Pachorras y el sheriff se sentaron junto al fuego con ganas de desayunar. El joven ayudante llegó después, nos dijo que la monja estaba rezando "o algo así", ya que no conocía esas oraciones que recitaba dentro de la caravana. El único que permanecía apartado de los demás, era Velkan, ese agente de la Pinkerton, además… parecía muy nervioso aquella mañana.

Nancy y yo, nos dirigimos una mirada cómplice, queríamos contar a los demás lo que habíamos visto pero, apenas habíamos probado un bocado del desayuno, cuando un sonido en la lejanía, hizo que todos nos pusiéramos alerta. No conseguíamos encontrar de dónde venía, así que preferimos recoger el campamento lo antes posible.

De pronto, algo pasó sobre nosotros, fue tan rápido que no pudimos siquiera distinguir una sombra. Entonces, vimos patidifusos, cómo uno de los seres de mi visión, elevaba a Velkan por los aires delante de nuestras narices.

El monstruo insectoide atrapó al desgraciado mercenario por la espalda, él pataleaba impotente en el aire luchando por zafarse, pero por desgracia, no pudimos hacer nada para evitar que se lo llevara volando y observamos impotentes, cómo desaparecía en el horizonte, batiendo sus alas membranosas con un zumbido ensordecedor.

 

Antes de que pudiéramos si quiera entender qué estaba pasando, vimos con horror como un grupo de varios hombres, venía hacía nosotros en actitud amenazante. Sin embargo, avanzaban de forma torpe y lastimera, emitían gruñidos ininteligibles a cada paso que daban y de sus bocas, caía una saliva viscosa y negruzca. Nos dimos cuenta que eran algunos mineros de nuestro pueblo… pero algo los había cambiado, al igual que a Jackson.

Sin mediar palabra, el sheriff disparó con su Winchester al que iba primero, reventando la mitad de su cabeza cuando la bala le impactó de lleno entre los ojos. Para nuestro asombro, un tentáculo brotó desde la herida del destrozado cráneo, y este empezó a retorcerse sin control mientras el resto del cuerpo, seguía caminando.

 

Empezamos a disparar como locos, pero ellos avanzaban hacia nosotros sin inmutarse. Desesperado, grité a Pachorras que soltase la botella de licor y sacara la dinamita de una maldita vez.

Antes de que le diera tiempo a encender un barreno, la hermana Lucía corrió la lona del carromato donde rezaba, emergiendo majestuosa al mando de una ametralladora gatling con la que apuntó a los mineros. Nunca olvidaré el fuego de su mirada al girar la manivela del arma a la vez que gritaba como una posesa "¡MORID PENDENCIEROS HIJOS DE SATÁN!", y descargaba sobre ellos la ira de sus dios, en forma de plomo candente.

Cuando el humo se disipó, los cuerpos agujereados de aquellos hombres, se retorcían en el suelo de forma agónica y de sus heridas, salía sangre negra a borbotones.

Por fin, Pachorras encendió el cartucho de dinamita, se prendió un cigarro con la mecha y lo lanzó hacia ese montón de escoria maldita. La explosión terminó de desmembrar los cuerpos de los mineros y un peculiar olor a carne quemada, quedó perfumando el aire del desierto.

 

Tras recuperar el aliento, nos apresuramos a recoger todo lo que pudimos, pero realmente no sabíamos dónde ir...

¿Debíamos seguir adelante o volver por dónde habíamos venido?. Solo los espíritus, conocían la respuesta...

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shadow_rokhan
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El manto de la noche nos cubrió rápidamente, la penumbra de la noche sin luna nos dejo con un sentimiento de vulnerabilidad gigantesco.

para atenuar esa sensación de vulnerabilidad encendimos antorchas alrededor de todo el asentamiento tribal, para iluminar la oscuridad que nos embarga.

las primeras horas de la noche estuvieron tranquilas. Quizá demasiado tranquilas, ni siquiera podía escucharse el ruido de los insectos que normalmente a esa hora suelen hacerse escuchar.

mientras mis hermanos patrullaban a pie las inmediaciones del asentamiento a pie, yo y otro grupo nos asegurábamos de que nuestros animales de cría y transporte se encontraran a salvo en sus establos.

una vez que terminamos de patrullar y hacer la comprobación de los animales, nos reunimos en el centro del poblado, para intercambiar la información acerca de lo que encontramos en nuestras labores.

Todo parecía tranquilo así que decidimos mantener la guarda alerta.

aproximadamente a la media noche, comenzó a esparcirse por la llanura cercana un ruido persistente, ese sonido me recordaba el batir de las alas de los insectos, pero el ruido me hizo pensar que los insectos de los que provenía ese ruido eran enormes.

después de unos minutos en lo que nos mantuvimos escuchando ese sonido, repentinamente se detuvo de golpe como si un depredador se abalanzara sobre su presa.

En medio de aquel sepulcral silencio otro ruido súbito nos alcanzo como si un costal o barril muy pesado cayera sobre el suelo, cerca de nosotros. Cuando iluminamos con las antorchas hacia donde cayo el objeto, pudimos ver un insecto similar a una mantis de color negro, pero de un tamaño descomunal, la creatura estaba en posición de  ataque batiendo sus alas y agitaba sus antenas de manera agresiva, mientras de su boca caía un liquido similar a brea pegajosa .

Antes de que pudiéramos reaccionar a esa aberración se abalanzo sobre topanga, el pobre no tuvo tiempo de hacer nada antes de que la mantis clavara sus afiladas garras sobre ese pobre desdichado. 

cuando espabilamos, dejamos caer todos las flechas y disparos que pudimos sobre la creatura, pero su caparazón era muy duro, resistió mucho castigo.

cuando logramos derribar al insecto, ya era tarde los gritos de topanga se habían apagado y su cuerpo cayo al suelo y quedo exánime.

ahora entiendo porque la tribu vecina fue destruida.

Mientras recargábamos nuestras armas y preparábamos nuestros arcos, comenzó a escucharse nuevo ese sonido de alas batientes en la lejanía, parece ser que la creatura que matamos solo era un explorador, ahora probablemente tendríamos que enfrentarnos a un enjambre completo.

nos mantuvimos unidos, esperando el golpeteo contra el suelo, lo que sucedió a los pocos minutos, primero fueron algunos cuentos insectos, pero rápidamente el golpeteo comenzó a ser mas rápido y mas numeroso, pronto nos vimos abrumados y murieron 6 hermanos.

Rápidamente nos vimos rodeados en el centro del asentamiento, eran muchísimos insectos, pensé que vería mi final en se lugar.

Repentinamente apareció el hombre medicina Tala, él agitaba violentamente una especie de tótem contra los insectos, lo que para mi sorpresa les hizo emprender el vuelo y alejarse rápidamente.

Me sentí inmensamente agradecido con el, pero también preocupado, esos malditos insectos no son nada que la naturaleza haya creado.

Lo que sea que hayan desatado los hombres blancos esta corrompiendo a las creaturas de la madre tierra. Por ahora nos hemos salvado pero no se si podamos resistir otra ataque.

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