Forum

Ascenso desde lo pr...
 
Avisos
Borrar todo

Ascenso desde lo profundo

1 Mensajes
1 Usuarios
6 Likes
495 Visitas
CoquinArtero
(@coquinartero)
Estimable Member
Registrado: hace 2 años
Respuestas: 124
Iniciador de tema  

Llevo semanas, incluso meses, ¿quién sabe?, levantándome con la esperanza de que algo cambie, que aparezca una piedra nueva en la que aún no he reparado cada vez que cuento. Intento comenzar todos los días por una distinta en pos de variar el resultado final, pero siempre son las mismas piedras y las mismas seis paredes. Ni suelo ni techo... son seis paredes con 7535 piedras en total.

 

Cada mañana me pregunto si volverá a visitarme ese dulce pajarillo que se atrevió a entrar el primer día por entre las roídas barras de la ventana y pienso: quiero creer que es cierto, que existe algo más bonito ahí fuera, como el mar, las mujeres.... Mercedes. Hace tres noches se cumplieron siete años de mi llegada a este apestoso castillo, y el implacable reloj de latigazos del alcaide se encargó de recordármelo, como cada año... Mercedes... tu recuerdo hace que el vello se me erice y vuelvan a sangrar las heridas de la espalda y los costados. Amor, gracias por hacerme sentir vivo. La verdad es que siempre has sabido cómo hacerlo.

 

Tengo la firme convicción de estar volviéndome loco o, como dicen por ahí (¡qué coño!, nadie dice nada por aquí), estoy perdiendo la razón. Me cuesta recordar mi nombre, y no digamos el del barco, bote o navío donde trabajaba antes de venir a parar con mis pellejos dentro de este sitio. Ni siquiera soy capaz de saber si pienso, hablo o grito... esto sí es estar solo. Cómo me encantaría poder atrapar alguna de esas ratas que corren tras las paredes y domesticarla y enseñarle a hablar para que me cuente qué está pasando ahí fuera. Para que llegue nadando hasta mi casa y me traiga noticias de mi padre, y de Mercedes. ¡Por dios!, cómo me duele tu ausencia.

 

Menos mal que al menos me dio tiempo a aprender a contar... creo que a calcular sextantes también. ¿Quién sabe? A lo peor es solo alguna expresión que escuché mientras tiraba de las maromas de los barcos.

 

3400, 3401, 3402…, a este ritmo terminaré la faena antes de que me traigan la comida. Nunca había tenido tanto pelo en la cara y me sorprende que el rancio mejunje que me echan me mantenga en pie.

 

Algo vibra bajo mis pies. ¿Será otra rata? Quizás el mar rompe con demasiada fuerza contra los cimientos del castillo y el temblor llega hasta aquí. Quizá sea mi deseo de sentir algo nuevo y creo que algo se resiste, que se mueve bajo mis pies. Algo con vida. Inteligente tal vez. Si pego la oreja al suelo, la vibración se convierte en tintineo, pero no son campanillas. Creo que las campanillas repiquetean rápido y agudo, es un repique constante, lento pero constante, algo que rasca con uñas de metal. Si aparto la maraña de cabellos anudados, puede incluso que perciba cómo se desplazan algunas piedras aunque no me puedo atrever a asegurarlo porque lo único que se mueve en este cajón somos yo y mi viejo y mellado plato de metal.

 

Abro los ojos y las dudas sobre la cordura de mi mente se acentúan ¿Es posible que las piedras de la pared del suelo se resientan? No caen, es como si se levantasen solo dos de ellas. No, son tres. Algo emerge bajo mis piés... el alboroto de mi pecho no me deja oir bien. No se que pasa, pero será mejor que me aparte. Puede que mi vida corra peligro y no sé cómo evitarlo. No es lo que quisiera en este momento, pero me encuentro paralizado.

 

Vienen recuerdos a mi cabeza, malos recuerdos como la lucha con los soldados que me trajeron aquí mientras hacía movimientos impensables en mi actual estado. Algo surge de entre las piedras. Algo así como una bola de pelo blanco. Una cocorota cubierta de polvo seguida de cejas también blancas y pobladas a las que le siguen dos grande ojos azules e inquietos que me miran fijamente, que seguramente vean en mí algo que ya he olvidado: mi cara.

 

Sigo paralizado. Este parece ser el fin y debo permanecer impasible hasta que todo acabe.

 

—Ruego sepas disculparme, vecino. Tengo que haber errado los cálculos. Creí estar cavando en dirección al mar y he venido a parar a tu humilde cuarto —dijo el visitante.

 

—Soy el Abbé Faría, ¿podría saber con quién tengo el honor de haberme tropezado?

 

Mi nombre... pregunta mi nombre y ahora lo recuerdo y puedo decirlo. No me importa en absoluto que después de todos estos años haya venido a matarme si al menos me permite recordar mi nombre. Siento incluso un confortable calorcito de alivio que me recorre la espalda y respondo.

 

—Edmundo... mi nombre es Edmundo Dantés.


libe_13_, Donchaves, Peich and 3 people reacted
Citar
Compartir: