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Archivo #123976 - "Los rezos de San Volt"


Archivistas de Miskatonik
(@nemesio-s-liuth)
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[Documento escrito por Elizabeth Wallstrife, Auxiliar del Director del Archivo, como nota informativa para el Archivo #123976 – Referido por el personal del archivo como “San Volt” o “Los rezos de San Volt”.]

 

Nemesio S. Liuth es un individuo que existió, que trabajó para el archivo y durante años continuó su tarea de investigador en diferentes eventos. Sin embargo, más allá de los documentos archivados, no encuentro referencia ninguna a su existencia. No hay informes, documentación o incluso evaluaciones de sus años de estudiante. No existen contratos a su nombre en la secretaría de la universidad ni referencias a su posible jubilación. Por ello, la tarea de recopilación de su correspondencia con otros profesores se ha vuelto prioridad para el grupo del archivo.

 

Yo misma, Lucy Montiek y Lawrence Millstrope estamos actuando como un grupo de investigación, recopilando todo lo posible sobre estos documentos antes de abordarlos. De la misma manera que con el Archivo Kandora, me temo que nos encontramos en la misma situación respecto a los contenidos. Previas transcripciones no concuerdan entre sí. Por ejemplo, en este archivo, tenemos solo dos transcripciones.

 

Spoiler
Transcripciones

Marcus Hall, estudiante de criminología: Su transcripción era para una clase de estudio sociológico, implica que este caso gira alrededor de varios grupos de descontentos con la situación eléctrica a inicios de los años 20 en las zonas más pobres de Nueva York. Destrucción de infraestructuras eléctricas, principalmente.

 

Eduard Stonefield, investigador privado: Su transcripción fue principalmente realizada de manera hablada, los casets se guardarán con este documento. El caso era un fraude de seguros a compañías eléctricas, por daños derivados de mala estructuras.

 

Curiosamente, tras una serie de experimentos, hemos acertado con el hecho de que solamente los trabajadores del archivo pueden leer de manera correcta los documentos dejados por Liuth. No importa su estación o especialización, si están destinados a los archivos de la universidad tienen la capacidad, pero el resto del cuerpo estudiantil y profesorado son incapaces.

 

Afortunadamente, el material no se encuentra en estado de degradación, incluso tras ser primeramente revisado. Hemos hecho fotografías por seguridad, pero por ahora el papel se mantiene siendo papel. Afortunadamente, podemos marcar esto como una característica única del archivo Kandora.

 

[Carta enviada al profesor de ingeniería Edmund Conwald por Edwin Mccall, detective de la policía del distrito de Queens, en referencia a varios delitos cometidos alrededor de sus transformadores eléctricos, enlistándose la ayuda de Nemesio S. Liuth como acompañante del detective. 19 de febrero de 1920]

Estimado profesor Conwald,

El único motivo por el que escribo estas palabras es nuestra amistad a lo largo de los años y su apoyo a las zonas más necesitadas de Nueva York en la tarea de industrializarse. Sus transformadores eléctricos han mejorado la calidad de vida de muchos compañeros míos, que por condición de raza y apariencia no pueden acercarse a las zonas más impolutas y, digámoslo, ricas de la ciudad. Por ello, cuando los primeros casos de quejas respecto a estos empezaron a surgir, tuve mis dudas.

 

Nueva York, tras que la prohibición arrancase a la vida ociosa la mejor de sus armas y se la diese a las mafias, no desconoce lo que es un producto defectuoso. Comida enlatada en mal estado, maquillaje que deja más marcas en la cara que las que esconde…Todo eso son historias habituales en las barriadas y en las calles de los trabajadores honrados. Sin embargo, cuando la policía marchaba hacia el lugar del crimen, sus transformadores tenían todas las marcas de fabrica que garantizaban su producto. Por supuesto, la posibilidad de accidentes fortuitos pasó por nuestra mente. Quizás tenían algún defecto irregular o las circunstancias habían causado una explosión.

 

Con el tercer muerto, esta situación se volvió evidentemente algo calculado. Todos muertos por acción de sus transformadores, ya fuese al estallar, al caer sobre ellos o por una electrocución. La mitad de la comisaría siguen la teoría de los accidentes fortuitos, una excusa perfecta para no tener que visitar los barrios donde las bombillas son aún un bien escaso. Yo no estoy tan seguro. Creo que alguien está detrás de estos accidentes.

 

El asistente que mandó, aunque desconozco los motivos por el cual lo hizo, ha sido de ayuda. La primera vez que lo vi, con toda honestidad, el chico parecía que iba a caerse al suelo y no levantarse. Delgado como una rama y con el mismo tono de piel que el queso tras dos semanas a la intemperie. Aunque, honestamente, considerando que nuestro primer encuentro fue en la bahía, no puedo culparle. Ese sitio huele al tipo de mierda del que las ratas huyen.

 

Sin embargo, a pesar de su aspecto frágil y endeble, ha resultado ser un investigador de cojones. En el primer caso, indicó como las tuertas que habían mantenido el transformador a uno de sus postes habían sido manipulados. En el segundo, que las llamas habían sido extendidas con un líquido, pues la extensión de un accidente natural no podía haber causado una extensión. Y, en el tercer caso, se hizo obvio que habían movido los cables que conectaban al mismo y lo habían puesto a la altura del cuello, en una calle sin iluminación.

 

Ahora, ha sido en el cuarto y último caso, en el que se ha ganado el dinero que le estáis pagando por quedarse aquí. Este ha sido el peso en la balanza que ha hecho que mis superiores nos den más recursos.

 

Los eventos se dieron en el número doce de Ashburn St. con Newtown Creek. Era un edificio de cuatro plantas, madera y piedra mal colocada. Los tres últimos edificios eran residenciales, con el primero actuando como tienda de, ríase usted, electrónica. Nada elegante, radios y alarmas. La víctima se llama Arnold Fitz, un judío propietario de la tienda de abajo. En un primer momento, no nos llamaron. Crímenes contra minorías y dueños de pequeños locales no son nada extraño. A lo mejor había sido la mafia cobrándose lo que le debía o algún bastardo con problemas con los judíos. Fue cuando los primeros policías describieron el cuerpo que nos llamaron.

 

Curiosamente, Liuth se encontraba ya en la tienda cuando yo llegué. Esperando, casi acurrucando y temblando, en una esquina. Su mirada fija en la barrera de policías que alejaban a la muchedumbre de la tienda. He conocido a novatos con miradas hambrientas, esperando que el caso en el que se encontraban fuese el momento de gloria, en el que pudiesen ganarse la chapa de detective y empezar a actuar como en los audio-dramas. Esa mirada era mucho peor. Se sentía como que Liuth fuese a saltar entre los policías y entrar de manera forzosa en la tienda, como si su supervivencia dependiese de ello.

 

Al acercarme, le toque el hombro, llamándole la atención. El chico siempre había sido nervioso, saltando a la mínima, pero cuando lo moví no había reacción. No solo eso…se notaba caliente. Como si desprendiese calor. Tras un breve meneo, el chico pestañeó, por primera vez desde que llegué. Durante unos segundos, pensé que a lo mejor estaba tratando con estimulantes de algún tipo, como los caballeros de la academia suelen hacer, pero su voz era demasiado clara y tranquila. Más imponente de lo que había sido.

 

Llegó al punto de que parecía que me arrastraba él hacia la escena del crimen, en vez de que yo le abriese paso entre mis compañeros, cuando nos dispusimos a trabajar. El lugar en el que se había cometido el crimen era la tienda. Según los vecinos, el hombre había empezado a hacer reformas y el local había estado vacío durante varias semanas No habían visto nada más que a un hombre colocando los tablones que ocultaban las ventanas de los ojos indiscretos. El olor es lo que les había advertido. Y, dios, ciertamente era potente.

 

El aroma de carne podrida había permeado el pequeño cuarto oscuro, a un punto en el que había varios novatos vomitando en un callejón. Sin dudarlo, me tape la boca y la nariz con uno de los trapos humedecidos en algún tipo de químico, que uno de los policías repartía para ayudar con el aroma. La estancia había sido iluminada con velas, ya que las luces no parecían operativas, dejando a la vista torres de radios que se habían posicionado como una especie de laberinto. Una encima de otras, ocultando la luz en esquinas y dando la sensación de que se podían caer en cualquier momento. El camino no era corto, pero los susurros de Liuth me pusieron de los nervios. Algo sobre “secretismo necesario”, “velos” y “ceremonias”. No soy un hombre tímido, así que le pregunté que le pasaba y el chico se cayó, cortado o notando mi irritación.

Cuando llegamos a la parte trasera de la tienda, entiendo porque los novatos estaban vomitando. El cuerpo de Arnold Fitz se encontraba suspendido de cables desde el techo, desnudo y mostrando heridas cortantes por todo su cuerpo. Heridas que, de manera brusca, habían sido suturadas con materiales…curiosos. Cables eléctricos, del mismo tipo que podías encontrar dentro de radios o colgando por las ventanas, habían sido usado para sellar los agujeros. A una inspección más cercana, sin embargo, podías ver que algunos de ellos no habían sido cerrados, si no que de ellos salían los cables que lo sostenían en el aire.

 

La bilis quemaba en mi garganta. Estábamos tratando con una mente enferma y repugnante. Y, mi contrario, Liuth soltó un suspiro que no le había escuchado en su duración en la ciudad. Era relajado y tranquilo, como si se hubiese quitado un peso de encima, e incluso su postura se había enderezado. Antes de que pudiese hacer nada, el joven asistente se puso a buscar por la mirada por la estancia, siguiendo más y más conexiones con el cuerpo que se extendían de manera enredada por las paredes. Sus dedos acariciando la superficie, buscando con una mirada frenética, hasta que se tira de rodillas. Durante unos segundos, pienso que va a ponerse a rezar ante esta obscena escena, pero…literalmente abre una puerta en el suelo. Allí, brillante y con algo de polvo, se encuentra un generador. Muchos negocios y sitios usaban generadores cuando la obra para meterse a la red eléctrica era demasiado cara, especialmente en los barrios más viejos. Era una práctica censurada por el ayuntamiento, más que nada por los peligros de incendio en barrios más madera que ladrillo. Liuth encendió el generador, sin dudar.

 

La corriente inundó la estancia con luz ambarina y el gruñido de estática, todos y cada uno de las radios estallando con fuerza. El grito de las radios envolvió el lugar, la misma voz repetida cientos de veces, en una potente cacofonía. Me tape los oídos, pero no pare de mirar. La corriente traspasaba toda la tienda, siguiendo los cables de las paredes. Y eso incluía el cadáver. La electricidad zumbaba con fuerza, haciendo que su cuerpo se moviese como una marioneta, sus ojos abiertos y sin vida tambaleándose como una de esas muñecas con pestañas. Hasta que abrió la boca y un altavoz de pequeño tamaño apareció entre sus labios. El último amago de energía fue apagando todos los aparatos en un crecendo, siendo la boca del muerto el último amago de esa corriente.

 

“Me ofrezco a ti, San Volt…” susurro el altavoz, en un crujido áspero, en lo que regresábamos a la oscuridad.

 

“Dios nos guarde” pensé, apretando los ojos para exorcizar la imagen y el sonido de mi mente. “Fanáticos”.

 

Después regresamos al recinto, desde donde te escribo esta carta. Necesito toda la información que puedas recopilar y si tienes algo que ver con algún culto, por favor, házmelo saber. Hay vidas en juego.

Detective, Edwin Mccall


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