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El Cabrón


agente_naranja
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Durante la tarde del 23 de noviembre de 2018, un hombre consiguió detener y robar por la fuerza un vehículo en Agüimes para, posteriormente, darse a la fuga con el mismo y despeñarlo contra el lecho rocoso al pie del faro de Arinaga. Después, y tras salir del mismo por sus propios medios, se desnudó y se lanzó al agua, tratando de llegar a nado hasta la cercana playa de El Cabrón. Fue rescatado por los servicios de emergencia y puesto a disposición de las fuerzas de seguridad, quienes cautelarmente ingresaron al mismo en el ala de psiquiatría del hospital Doctor Negrín a la espera de esclarecer los hechos. El suceso ha pasado a la historia sin mayor trascendencia ni relevancia, tachándose el mismo como la desdichada acción de un perturbado que, afortunadamente, quedó en poco más que una anécdota curiosa.

O, al menos, esa es la versión oficial.

Curiosamente, nadie ha preguntado por el suceso a los múltiples instructores de buceo y buzos que se encontraban en las inmediaciones de la playa de El Cabrón, realizando inmersiones de tarde o preparando inmersiones nocturnas, como es habitual en las calas que se encuentran próximas al faro de Arinaga.

A nadie le ha extrañado que varios instructores de buceo de los centros que aquella tarde se encontraban presentes, con décadas de experiencia a sus espaldas, hayan abandonado la profesión y se hayan buscado la vida por otros medios.

Nadie nos ha preguntado a mi marido ni a mí por qué, de repente y sin mediar aviso, hemos abandonado una afición que veníamos cultivando desde hacía años. Por qué no hemos vuelto por la isla, ni por la playa de El Cabrón, uno de nuestros puntos de buceo favoritos por la presencia habitual de tiburones ángel. Ni por qué hemos malvendido todo nuestro equipo de buceo. Por qué no hemos vuelto a acercarnos siquiera a una piscina.

Ningún bombero ni miembro del equipo de rescate ha contado tampoco a los medios lo que aquel hombre gritaba mientras se adentraba desnudo mar adentro. Ni el aspecto que tenía aquello hacia lo que trataba de nadar. Aquella cosa que hace que la cabeza te estalle de dolor sólo con tratar de recordarla.

Tampoco ninguno de los que estuvimos presentes allí aquella tarde hemos querido volver a hablar de ello. No sólo por miedo a acabar en el mismo psiquiátrico que aquel tipo. Hay cosas que es mejor no nombrar. Hay cosas que es mejor no saber.

Hay cosas que, si finges con suficientes firmeza y empeño que no existen, quizá realmente desaparezcan.

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agente_naranja
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Noemí relee la denuncia, aturdida.

La puso ella misma, hace ya varios meses. Recuerda su visita a la comisaría, aún con la cabeza dolorida, pulsante, allí donde un aparatoso vendaje cubría la herida que hoy es una cicatriz rosada e irregular. Recuerda hablar con un policía, un chico joven que parecía más preocupado por su ordenador que por ella misma. Recuerda ver, exasperada, cómo el agente tecleaba parsimoniosamente con dos dedos: el índice de cada mano. El sonido de las teclas, clic, pausa, clic, pausa, al mismo pulso y cadencia que el latido de su herida en la frente.

Recuerda que en aquel momento pensó que le iba a estallar la cabeza, que se estaba volviendo loca.

Sin embargo, por más que lo intenta, no puede recordar lo que le contó al policía. Tampoco recuerda lo que sucedió. Lo último que recuerda, antes de su visita a la comisaría, es que se subió a su coche, después de salir del Castillo de Agüimes, donde había estado jugando al pádel, como hace (o, más bien, como hacía) todas las tardes de los viernes.

No recuerda la pedrada que atravesó el parabrisas de su coche y golpeó su frente. No recuerda haber conseguido frenar a duras penas, ni al tipo que la sacó violentamente del vehículo antes de llevárselo. El mismo tipo que, según los testigos del suceso, llevaba varios minutos lanzando piedras a todos los vehículos que pasaban por la calle, balbuceando incoherencias, entre las cuales sólo se distinguía una frase: "no puedo llegar tarde". Todo eso lo sabe porque lo pone en el informe de la denuncia que tiene ante sus ojos, pero ella no recuerda nada.

Los médicos dicen que puede deberse al traumatismo en la cabeza, aunque siempre lo dicen con dudas en sus ojos. Según los médicos, el golpe no fue tan fuerte como para crear lesiones semejantes. Tampoco han encontrado rastro de daños en las múltiples pruebas que le han efectuado.

Noemí sabe que todos creen que tiene miedo, o que está asustada, traumatizada. Pero ella sabe que le pasa algo. Sus recuerdos de aquellos dias se diluyen lentamente y están siendo reemplazados por el dolor, pulsante e invasivo, que parece llegar hasta el centro de su cerebro. Ese dolor que le acompañó en aquellos dias, y que ha vuelto para quedarse.

A veces le parece oír una voz, algo que susurra a su lado, pero que no alcanza a entender. Una voz que, cuando la percibe, se lleva consigo su dolor; pero que cesa en cuanto intenta prestar atención a lo que dice. En esos momentos el dolor vuelve, cada vez un poco más fuerte, cada vez con un pulso un poco más rápido.

Y, también, con el dolor y la voz, ha nacido una pulsión, cada vez más poderosa, por acercarse al faro de Arinaga. Se trata de un deseo irracional, inexplicable, pero no por ello menos poderoso. En su cabeza, incluso, puede ver las olas rompiendo implacables contra sus cimientos, a un ritmo constante, sincronizadas con la pulsación en su frente.

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agente_naranja
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El doctor Rojo mira a Israel a los ojos.

-Israel, necesito que me cuentes lo que le dijiste a Germán -intenta que su voz suene autoritaria, pero amable al mismo tiempo.

Frente al doctor Rojo se sienta un hombre de mediana edad, a primera vista con un aspecto tan normal y corriente que podría pasar desapercibido en cualquier situación. Sin embargo, como ha podido comprobar el doctor Rojo durante las últimas semanas, eso cambia cuando Israel sonríe. Tiene una sonrisa tan simpática, tan agradable, que es imposible no devolvérsela. Es como si te cayera simpático a la fuerza.

-Pues claro que sí, doctor -contesta Israel, sonriente-. Hablábamos de películas, cómo no. ¿Sabía que Germán era un auténtico fan del cine de David Cronenberg? Había visto todas sus películas. Siempre es un placer hablar con seguidores de Cronenberg.

A pesar de la sonrisa, el doctor Rojo no puede evitar sentir un escalofrío. Israel habla con naturalidad de Germán en pasado, a pesar de lo reciente de los hechos.

-Llámeme Isra, doctor -dice el paciente-. Así me llaman mis amigos. Usted y yo somos amigos ya, ¿verdad?

-¿Y Germán? ¿También te llamaba Isra?

-Pues claro que sí -afirma Israel, contento-. Ya se lo he dicho. Un fan de Cronenberg. Una persona así tiene que ser buena a la fuerza, ¿no cree? Una lástima, doctor. Una auténtica lástima, lo de Germán.

El doctor Rojo se quita las gafas y se frota los ojos, cansado, mientras trata de analizar la situación. Por algún motivo, siente cierta animadversión hacia el paciente que se sienta al otro lado de la mesa. La ha sentido desde el momento en que ingresó, sometido a la fuerza y gritando incoherencias sobre algún tipo de ser marino. Sin embargo, el arrebato le duró apenas una noche. Desde entonces ha estado muy tranquilo y sonriente, sorprendentemente calmado y feliz para una persona en sus circunstancias: se enfrenta a cargos por agresión, robo y resistencia a la autoridad, incluyendo una espectacular fuga que acabó con el tipo rescatado por los bomberos en medio del mar. Es esa tranquilidad lo que hace que Rojo sospeche. En sus años como especialista en psiquiatría nunca ha visto una transformación similar en tan poco tiempo.

Algo se esconde detrás de la simpática sonrisa y la actitud extremadamente cordial de Israel. De eso, Rojo está seguro.

-Está bien -suspira el doctor-. Lo haremos a tu manera. Cuéntame lo que viste.

La sonrisa de Israel se hace más ancha.

-Pues lamento no poder ayudarle mucho, doctor. Estábamos aquí, charlando tranquilamente sobre Crash, cuando de repente se levantó como si le hubieran puesto un muelle en el culo y salió corriendo hacia la ventana. Visto y no visto. Se lanzó de cabeza y la atravesó limpiamente. Casi no me dio tiempo a parpadear.

-Pero vamos a ver -se desespera el doctor-. Esa ventana estaba reforzada. No se rompe así como así. Y Germán está -se corrige- estaba aquí por un trastorno alimentario. Pesaba poco más de 50 kilos. Es imposible, repito, imposible que rompiera la ventana de un salto y se precipitara al vacío.

-Así es, doctor.

-Y sin embargo, afirmas que saltó, sin más, recto por la ventana.

-Exactamente -exclama Israel, visiblemente contento-. Usted lo ha dicho muy bien. Recto por la ventana. Bueno, recto, y colon, y páncreas, y el resto de su aparato digestivo. Y todos los demás órganos de su cuerpo también. Oh, lo siento, le he ofendido. Tiene que entenderme, doctor. Mi manera de enfrentarme a los dramas de la vida es este humor negro que me gasto. Sé que es de pésimo gusto pero ¿qué le voy a hacer, si soy así? No se puede cambiar de golpe de la noche a la mañana, ¿verdad, doctor?

El doctor Rojo mira, inquieto, a Israel. Es como si lo supiera, se dice. Es como si supiera que sospecho de él.

-¿Necesita algo más de mí, doctor? -de repente, Israel le mira con seriedad-. Sepa que colaboraré con todo lo que se necesite de mí. Supongo que la policía vendrá por aquí a investigar lo sucedido. Les contaré lo mismo que le he dicho a usted, si es necesario. Estoy dispuesto a cooperar con las autoridades.

Israel mira hacia la ventana rota. Algunas gotas de sangre, ya seca, han dejado un rastro de líneas en los pocos fragmentos de cristal que quedan incrustados en el marco.

-Pobre Germán -suspira Israel, y sonríe.


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agente_naranja
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10 de junio de 2022

El vuelo hasta Las Palmas de Gran Canaria se me hace interminable. Afortunadamente, gracias a las políticas monetarias de la aerolínea, y a nuestra propia política de ratear cualquier cosa que suponga un gasto adicional, no se podían elegir asientos sin pagar un extra. Así que aquí estamos Rubén y yo, sentados en la fila de enmedio, lejos de las ventanas. Aun así, no puedo evitar sentir que el estómago se me contrae cada vez que, por el rabillo del ojo, veo el mar por alguna de las ventanillas.

Tengo que superar esto. Pero no sé si puedo hacerlo.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que visitamos la isla. Esa vez fue en noviembre de 2018, cuando nuestros amigos Juan y Nuria decidieron establecerse allí y nos invitaron a conocer su nueva casa. Aunque fueron ellos los que en su día nos metieron en el cuerpo el gusanillo del buceo, en aquella ocasión estaban muy ocupados con la mudanza y con sus nuevos empleos, y no pudieron bucear con nosotros. Eso que salieron ganando.

En aquella última visita vinieron los traumas. Después, cuando todo empezó a quedar atrás y a parecer que quizá lo que experimentamos fue algún tipo de ilusión, o de paranoia colectiva, vino la pandemia. Y entre pitos y flautas al final hemos estado casi 4 años sin ver a Juan y Nuria. Es verdad que hemos estado en contacto por teléfono, pero hace mucho que no nos vemos las caras. Por ello precisamente nos pilló tan de sorpresa la llamada de Juan, y su invitación a pasar unos días con ellos y recordar los viejos tiempos.

El aterrizaje transcurre sin incidencias, igual que la recogida de equipajes. A la salida del aeropuerto nos esperan Juan y Nuria. Me sorprendo mucho al verlos, pues parecen dos personas totalmente distintas a las que recuerdo. Juan sigue siendo grandote, pero aun así se nota que ha perdido bastante peso. Y a Nuria se le nota el cansancio en la cara; está casi demacrada. Supongo que el paso de simple empleada a socia capitalista de la empresa le ha pasado factura. Aun así, se les ilumina la cara al vernos. En ese momento me doy cuenta de lo mucho que les he echado de menos.

Mientras nos acercamos al aparcamiento, parloteando como cotorras sobre los viejos tiempos, observo que Nuria camina más despacio de lo normal, y con una leve cojera. 

-¿Te encuentras bien? -le pregunto-. ¿Te molestan las zapatillas?

-No es nada, no te preocupes -me dice, y sonríe, con una sonrisa cansada-. Un pequeño accidente. Se curará en nada.

-No tienes buen aspecto. Pareces muy cansada.

-Sí, es por el trabajo. Ser socia es un trabajo más duro del que pensaba. No es que me arrepienta, pero la idea que tenía en la cabeza era muy romántica. Quizá en una gran empresa la situación sea distinta, pero supongo que en una start-up es mucho más complicado.

No me gusta la manera en que desvía la mirada cuando me dice esto. Pero supongo que no quiere contarme lo que le pasa, o al menos, no aún. Nuria mira hacia delante, hacia donde están Juan y Rubén, unos pasos por delante de nosotras, y también hablando como dos cotorros. ¿Quizá tiene algún problema con Juan, y no se siente a gusto contándome nada estando él tan cerca? Decido no presionarla, y empiezo a pensar en algún tema para desviar la conversación. Sin embargo, Nuria se me adelanta.

-Y bien, ¿te has pensado lo de venir a bucear mañana?

Se me encoge el estómago sólo de pensarlo.

-No creo que sea buena idea, Nuria -le digo, tras unos segundos-. Hace muchos años que no buceo. Y me da pánico sólo de pensar en el agua. Me gustaría superarlo, pero... no puedo. Lo he intentado, y no me veo capaz.

En ese momento, Juan se vuelve y me mira. ¿Nos ha estado escuchando todo este tiempo?

-Eres tú quien tiene que tomar la decisión, y por supuesto, si te metes al agua, lo primero es que estés a gusto y segura. Pero creo que, al menos, deberías intentarlo. Si Rubén, que es un gallina, ha decidido dar el paso, ¿por qué no vas a poder tú?

-¿Cómo que un gallina? -se queja Rubén.

-Siempre puedes echarte atrás en cualquier momento, o abortar la inmersión -añade Nuria-. No te lo he contado porque sé que estas cosas te tocan mucho la fibra sensible, pero tuve un problema hace algún tiempo con un regulador, en mitad de una inmersión, y lo pasé muy mal. Me pasó como a ti, que no podía volver a mirar el agua sin entrar en pánico. Pero me ayudaron a superarlo en el centro de buceo, y ahora ya ha quedado todo atrás.

Me muerdo el labio inferior. No sé cómo decirle que, por mucho miedo que puedas pasar si te falla un regulador, dudo que sea mínimamente comparable al miedo ante eso que vimos en el agua. O que creímos ver. Mi parte racional insiste en que lo que vi es una fantasía, producto de mi imaginación. Algún tipo de ilusión óptica o similar.

Pero, si tan terrible era aquello, ¿cómo es que Rubén parece tan dispuesto a dejarlo atrás? Y, después de tanto tiempo, ¿cómo es que nadie ha visto nada? Una cosa así se haría pública y viral enseguida, ¿verdad? Quizá estoy comportándome como una histérica. Y, la verdad sea dicha, realmente echo de menos bucear.

-Está bien, lo pensaré -les digo-. Pero no prometo nada. ¿Sigue Domingo al frente del centro de buceo?

Juan y Nuria intercambian una breve mirada, que no me pasa desapercibida.

-No, Domingo lo dejó hace mucho -dice finalmente Juan-. Otro tío compró el centro de buceo, hace ya unos meses. Se llama Israel, aunque insistirá en que le llaméis Isra. Es un tocahuevos que pone motes a todo el mundo y que sólo sabe hablar de cine y contar chistes de un humor negrísimo, pero es competente. Mañana os lo presentaré; os caerá bien. No sé cómo lo hace, pero el tío consigue caerle bien a todo el mundo. Si alguien puede conseguir que os metáis al agua de nuevo, es él.

Llegamos hasta el destartalado coche de Nuria, y metemos las maletas en el maletero.

-Bueno, ¿qué os parece si vamos a cenar? Y hablamos de los viejos tiempos. Mañana será otro día.

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11 de junio de 2022 - Primera inmersión

-Eres una margarita, linda flor -me dice Israel, mientras trato de coger aire entre arcada y arcada-. Más de campo no puedes ser.

Juan no tenía razón, después de todo. Este tío no me cae nada bien.

En mi defensa, tengo que decir que lo he intentado de verdad. No he pegado ojo en toda la noche, primero por la ansiedad, y luego por las pesadillas. Al final no he dormido por miedo a quedarme dormida. Me he levantado fatal, cansada de no dormir, con el estómago hecho un nudo, y hecha un puro manojo de nervios. Después, al ir al centro de buceo y conocer a Israel y al resto de su equipo, así como para hacer el registro, los papeles y el seguro de buceo, se me ha revuelto todo el cuerpo. No sólo por el grotesco aspecto de la instructora, una tal Luna, que hoy nos acompañaría junto con el propio Israel (esa mujer callada y contrahecha, con sus ojos saltones, sus piernas arqueadas y su color de piel enfermizo, más recuerda a un sapo que a una persona), sino por el sutil olor que impregnaba el propio centro de buceo. Un olor desagradable, demasiado tenue para distinguir con claridad de qué se trataba, pero que no contribuyó a que me encontrara mejor. O quizá fueron solamente aprensiones mías. Nadie más pareció notarlo.

Pero el colofón ha sido llegar a la playa de El Cabrón, el mismo sitio donde todo empezó, para hacer el briefing y empezar a equiparnos. A instancias de Israel, Luna nos proporciona unas botellas de agua para beber e hidratarnos antes de la inmersión. El agua tiene un sabor ligeramente salado y metálico, pero contribuye a calmarme un poco el estómago. Claro que es fácil estar más tranquila; no puedo estar peor de lo que estoy. No me siento cómoda con todo esto, y menos aún, con volver a esta misma playa.

Y en ese momento Juan y Nuria empiezan a quitarse la ropa para ponerse los trajes de buceo, y vomito hasta la primera leche que bebí de las tetas de mi madre. Comprendo claramente por qué Juan ha perdido tanto peso: su torso está lleno de cicatrices, como si le hubieran cortado la carne a rebanadas. En cuanto a Nuria, le faltan tres dedos en su pie izquierdo. Las heridas tienen un color espantoso, como si estuvieran infectadas, o algo peor.

-¿Estás bien? -Rubén me mira, preocupado, e intenta sostenerme para que no me caiga encima de mi propio vómito.

-¿Pero qué coño os ha pasado? -jadeo, dirigiéndome a Nuria y a Juan. Eso sí, con los ojos cerrados. Si vuelvo a ver esas heridas, creo que me desmayaré.

-¿De qué hablas? -me pregunta Rubén. Joder, ¿es que no lo ve?

Una mano, sorprendentemente fuerte, me agarra del brazo y me obliga a ponerme de pie. Es Israel, que me mira con unos ojos que no soy capaz de interpretar. Esa pequeña parte de mí que es fría, cínica y analítica, que nunca deja de dar por culo por muy mal que se pongan las cosas, celebra una pequeña victoria por haberle borrado su estúpida sonrisa de la cara. Ya sólo me falta conseguir que se deje de motes y no vuelva a llamarme linda flor.

-Toma, linda flor, bebe algo más de agua -me tiende otra de esas botellitas-. Te hará sentir mejor. Estás en pleno ataque de pánico.

Apuro el contenido de la botella y trato de respirar hondo, una, dos, tres veces. Cuando por fin me doy la vuelta, lo primero que veo es a Nuria y a Juan, alarmados, mirándome. Juan tiene unos leves arañazos en el torso, pero nada serio. Y Nuria simplemente tiene un cardenal en los dedos del pie, como si se le hubiera caído encima algo pesado.

¿Qué me está pasando?

-Quítate el traje y vístete -me dice Israel-. Estás demasiado nerviosa para meterte hoy al agua. Vas a tener que quedarte por aquí, y en este sitio no hay mucho que hacer aparte de estar en la playa, pero algo me dice que no estás para acercarte al agua. Intenta calmarte, y mañana lo volveremos a intentar.

Rubén insiste en quedarse conmigo. Tengo que echar mano de toda mi persuasión para convencerle de hacer lo que veo en sus ojos que quiere hacer, y que yo no puedo: quitarse el miedo de encima y volver a bucear. Le digo que no se preocupe, que estaré bien. Israel tiene razón y no voy ni a acercarme al agua, pero siempre puedo dar un paseo hasta el faro. Prometo estar de vuelta antes de que finalicen las inmersiones.

Mientras ellos se dirigen al mar, me doy la vuelta y localizo el mejor camino para subir hasta el faro de Arinaga, intentando siempre mirar lo menos posible hacia el mar. No está lejos, pero es un buen paseo cuesta arriba. Si quiero estar de vuelta a tiempo para el fin de las inmersiones, más me vale ponerme en camino y moverme a paso vivo. Tendría que haberle pedido a Israel una de esas botellitas de agua, me digo. No hay ni una puñetera sombra en todo el camino.

Cuando llego al faro, me doy una vuelta por las inmediaciones. El restaurante del faro todavía no está abierto, así que no puedo comprar nada de beber. Me acerco a mirar los carteles pegados a los cristales, y uno de ellos me llama la atención. Está un poco descolorido y amarillento, lo cual me indica que lleva ya algún tiempo colgado. Es un cartel de persona desaparecida; una tal Noemí que, según el propio cartel, fue vista por última vez en las inmediaciones del propio faro. La foto está algo desvaída, pero muestra a una mujer joven, con una cicatriz en su frente. Su cara me suena de algo, pero no consigo determinar de qué.

Miro el reloj. Tengo que desandar el camino enseguida, si quiero volver a tiempo.

 

Interludio

A pesar de vivir inmersa en su universo particular de voces y dolor, Noemí consigue distinguir algunos sonidos en el piso de arriba. Antes, Noemí creía que no había nada peor que el dolor y las voces. Qué equivocada estaba.

Al cabo de ¿minutos? ¿horas? ¿edades? escucha unos pasos pesados, bajando las escaleras. Todos sus sentidos se ponen alerta. Por favor, suplica a un dios en el que hace mucho que no cree. Por favor, que no vengan a por mí. Hoy no, por favor.

Distingue la voz de Israel, el hombre que se la llevó del faro. Está furioso.

-Esa mala puta no me va a joder la vida -brama-. No sé cómo lo vio. Me aseguré de que todos bebieran, y aun así fue capaz de ver a través del velo. Y no ha habido manera de meterla al agua. Voy a tener que emplear medidas más drásticas.

-¿Has contemplado la posibilidad de que esté embarazada? Por lo que me has contado, los síntomas cuadran -la segunda voz, suave y amable, le pone a Noemí los pelos de punta. No puede evitar empezar a sollozar, aunque es inútil. Nadie va a venir a salvarla. Todas las veces que Noemí ha oído esa segunda voz han acabado mal para ella.

-Pero qué dices -exclama Israel, pero su voz suena dubitativa, y pensativa-. No, no creo. Estaba histérica, nada más. Pero aunque así fuera, ¿afectaría eso al ritual?

-No lo sé -suspira la otra voz-. Quizá. Asegurémonos, por si acaso.

Noemí oye los pasos que se aproximan a ella. Solloza, presa del pánico, y trata de gritar, pero debido a la mordaza no se oye más que un levísimo gemido. Siente los dedos de Israel, quitándole la venda de los ojos arrasados de lágrimas. Puede distinguirle borrosamente, al lado de la camilla en que la tienen inmovilizada, portando un objeto metálico en una de sus manos.

-Hola, chatita -dice Israel, con un tono de voz casi dulce-. Necesitamos que nos ayudes a ver las cosas con un poco más de claridad.

A pesar de su terror, bajo la mordaza, Noemí no puede evitar devolver la sonrisa que ilumina la cara de Israel, mientras éste se inclina sobre ella, acercando el escalpelo a su ojo derecho.

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