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El Cabrón

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agente_naranja
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Durante la tarde del 23 de noviembre de 2018, un hombre consiguió detener y robar por la fuerza un vehículo en Agüimes para, posteriormente, darse a la fuga con el mismo y despeñarlo contra el lecho rocoso al pie del faro de Arinaga. Después, y tras salir del mismo por sus propios medios, se desnudó y se lanzó al agua, tratando de llegar a nado hasta la cercana playa de El Cabrón. Fue rescatado por los servicios de emergencia y puesto a disposición de las fuerzas de seguridad, quienes cautelarmente ingresaron al mismo en el ala de psiquiatría del hospital Doctor Negrín a la espera de esclarecer los hechos. El suceso ha pasado a la historia sin mayor trascendencia ni relevancia, tachándose el mismo como la desdichada acción de un perturbado que, afortunadamente, quedó en poco más que una anécdota curiosa.

O, al menos, esa es la versión oficial.

Curiosamente, nadie ha preguntado por el suceso a los múltiples instructores de buceo y buzos que se encontraban en las inmediaciones de la playa de El Cabrón, realizando inmersiones de tarde o preparando inmersiones nocturnas, como es habitual en las calas que se encuentran próximas al faro de Arinaga.

A nadie le ha extrañado que varios instructores de buceo de los centros que aquella tarde se encontraban presentes, con décadas de experiencia a sus espaldas, hayan abandonado la profesión y se hayan buscado la vida por otros medios.

Nadie nos ha preguntado a mi marido ni a mí por qué, de repente y sin mediar aviso, hemos abandonado una afición que veníamos cultivando desde hacía años. Por qué no hemos vuelto por la isla, ni por la playa de El Cabrón, uno de nuestros puntos de buceo favoritos por la presencia habitual de tiburones ángel. Ni por qué hemos malvendido todo nuestro equipo de buceo. Por qué no hemos vuelto a acercarnos siquiera a una piscina.

Ningún bombero ni miembro del equipo de rescate ha contado tampoco a los medios lo que aquel hombre gritaba mientras se adentraba desnudo mar adentro. Ni el aspecto que tenía aquello hacia lo que trataba de nadar. Aquella cosa que hace que la cabeza te estalle de dolor sólo con tratar de recordarla.

Tampoco ninguno de los que estuvimos presentes allí aquella tarde hemos querido volver a hablar de ello. No sólo por miedo a acabar en el mismo psiquiátrico que aquel tipo. Hay cosas que es mejor no nombrar. Hay cosas que es mejor no saber.

Hay cosas que, si finges con suficientes firmeza y empeño que no existen, quizá realmente desaparezcan.

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agente_naranja
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Noemí relee la denuncia, aturdida.

La puso ella misma, hace ya varios meses. Recuerda su visita a la comisaría, aún con la cabeza dolorida, pulsante, allí donde un aparatoso vendaje cubría la herida que hoy es una cicatriz rosada e irregular. Recuerda hablar con un policía, un chico joven que parecía más preocupado por su ordenador que por ella misma. Recuerda ver, exasperada, cómo el agente tecleaba parsimoniosamente con dos dedos: el índice de cada mano. El sonido de las teclas, clic, pausa, clic, pausa, al mismo pulso y cadencia que el latido de su herida en la frente.

Recuerda que en aquel momento pensó que le iba a estallar la cabeza, que se estaba volviendo loca.

Sin embargo, por más que lo intenta, no puede recordar lo que le contó al policía. Tampoco recuerda lo que sucedió. Lo último que recuerda, antes de su visita a la comisaría, es que se subió a su coche, después de salir del Castillo de Agüimes, donde había estado jugando al pádel, como hace (o, más bien, como hacía) todas las tardes de los viernes.

No recuerda la pedrada que atravesó el parabrisas de su coche y golpeó su frente. No recuerda haber conseguido frenar a duras penas, ni al tipo que la sacó violentamente del vehículo antes de llevárselo. El mismo tipo que, según los testigos del suceso, llevaba varios minutos lanzando piedras a todos los vehículos que pasaban por la calle, balbuceando incoherencias, entre las cuales sólo se distinguía una frase: "no puedo llegar tarde". Todo eso lo sabe porque lo pone en el informe de la denuncia que tiene ante sus ojos, pero ella no recuerda nada.

Los médicos dicen que puede deberse al traumatismo en la cabeza, aunque siempre lo dicen con dudas en sus ojos. Según los médicos, el golpe no fue tan fuerte como para crear lesiones semejantes. Tampoco han encontrado rastro de daños en las múltiples pruebas que le han efectuado.

Noemí sabe que todos creen que tiene miedo, o que está asustada, traumatizada. Pero ella sabe que le pasa algo. Sus recuerdos de aquellos dias se diluyen lentamente y están siendo reemplazados por el dolor, pulsante e invasivo, que parece llegar hasta el centro de su cerebro. Ese dolor que le acompañó en aquellos dias, y que ha vuelto para quedarse.

A veces le parece oír una voz, algo que susurra a su lado, pero que no alcanza a entender. Una voz que, cuando la percibe, se lleva consigo su dolor; pero que cesa en cuanto intenta prestar atención a lo que dice. En esos momentos el dolor vuelve, cada vez un poco más fuerte, cada vez con un pulso un poco más rápido.

Y, también, con el dolor y la voz, ha nacido una pulsión, cada vez más poderosa, por acercarse al faro de Arinaga. Se trata de un deseo irracional, inexplicable, pero no por ello menos poderoso. En su cabeza, incluso, puede ver las olas rompiendo implacables contra sus cimientos, a un ritmo constante, sincronizadas con la pulsación en su frente.

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agente_naranja
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El doctor Rojo mira a Israel a los ojos.

-Israel, necesito que me cuentes lo que le dijiste a Germán -intenta que su voz suene autoritaria, pero amable al mismo tiempo.

Frente al doctor Rojo se sienta un hombre de mediana edad, a primera vista con un aspecto tan normal y corriente que podría pasar desapercibido en cualquier situación. Sin embargo, como ha podido comprobar el doctor Rojo durante las últimas semanas, eso cambia cuando Israel sonríe. Tiene una sonrisa tan simpática, tan agradable, que es imposible no devolvérsela. Es como si te cayera simpático a la fuerza.

-Pues claro que sí, doctor -contesta Israel, sonriente-. Hablábamos de películas, cómo no. ¿Sabía que Germán era un auténtico fan del cine de David Cronenberg? Había visto todas sus películas. Siempre es un placer hablar con seguidores de Cronenberg.

A pesar de la sonrisa, el doctor Rojo no puede evitar sentir un escalofrío. Israel habla con naturalidad de Germán en pasado, a pesar de lo reciente de los hechos.

-Llámeme Isra, doctor -dice el paciente-. Así me llaman mis amigos. Usted y yo somos amigos ya, ¿verdad?

-¿Y Germán? ¿También te llamaba Isra?

-Pues claro que sí -afirma Israel, contento-. Ya se lo he dicho. Un fan de Cronenberg. Una persona así tiene que ser buena a la fuerza, ¿no cree? Una lástima, doctor. Una auténtica lástima, lo de Germán.

El doctor Rojo se quita las gafas y se frota los ojos, cansado, mientras trata de analizar la situación. Por algún motivo, siente cierta animadversión hacia el paciente que se sienta al otro lado de la mesa. La ha sentido desde el momento en que ingresó, sometido a la fuerza y gritando incoherencias sobre algún tipo de ser marino. Sin embargo, el arrebato le duró apenas una noche. Desde entonces ha estado muy tranquilo y sonriente, sorprendentemente calmado y feliz para una persona en sus circunstancias: se enfrenta a cargos por agresión, robo y resistencia a la autoridad, incluyendo una espectacular fuga que acabó con el tipo rescatado por los bomberos en medio del mar. Es esa tranquilidad lo que hace que Rojo sospeche. En sus años como especialista en psiquiatría nunca ha visto una transformación similar en tan poco tiempo.

Algo se esconde detrás de la simpática sonrisa y la actitud extremadamente cordial de Israel. De eso, Rojo está seguro.

-Está bien -suspira el doctor-. Lo haremos a tu manera. Cuéntame lo que viste.

La sonrisa de Israel se hace más ancha.

-Pues lamento no poder ayudarle mucho, doctor. Estábamos aquí, charlando tranquilamente sobre Crash, cuando de repente se levantó como si le hubieran puesto un muelle en el culo y salió corriendo hacia la ventana. Visto y no visto. Se lanzó de cabeza y la atravesó limpiamente. Casi no me dio tiempo a parpadear.

-Pero vamos a ver -se desespera el doctor-. Esa ventana estaba reforzada. No se rompe así como así. Y Germán está -se corrige- estaba aquí por un trastorno alimentario. Pesaba poco más de 50 kilos. Es imposible, repito, imposible que rompiera la ventana de un salto y se precipitara al vacío.

-Así es, doctor.

-Y sin embargo, afirmas que saltó, sin más, recto por la ventana.

-Exactamente -exclama Israel, visiblemente contento-. Usted lo ha dicho muy bien. Recto por la ventana. Bueno, recto, y colon, y páncreas, y el resto de su aparato digestivo. Y todos los demás órganos de su cuerpo también. Oh, lo siento, le he ofendido. Tiene que entenderme, doctor. Mi manera de enfrentarme a los dramas de la vida es este humor negro que me gasto. Sé que es de pésimo gusto pero ¿qué le voy a hacer, si soy así? No se puede cambiar de golpe de la noche a la mañana, ¿verdad, doctor?

El doctor Rojo mira, inquieto, a Israel. Es como si lo supiera, se dice. Es como si supiera que sospecho de él.

-¿Necesita algo más de mí, doctor? -de repente, Israel le mira con seriedad-. Sepa que colaboraré con todo lo que se necesite de mí. Supongo que la policía vendrá por aquí a investigar lo sucedido. Les contaré lo mismo que le he dicho a usted, si es necesario. Estoy dispuesto a cooperar con las autoridades.

Israel mira hacia la ventana rota. Algunas gotas de sangre, ya seca, han dejado un rastro de líneas en los pocos fragmentos de cristal que quedan incrustados en el marco.

-Pobre Germán -suspira Israel, y sonríe.


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agente_naranja
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10 de junio de 2022

El vuelo hasta Las Palmas de Gran Canaria se me hace interminable. Afortunadamente, gracias a las políticas monetarias de la aerolínea, y a nuestra propia política de ratear cualquier cosa que suponga un gasto adicional, no se podían elegir asientos sin pagar un extra. Así que aquí estamos Rubén y yo, sentados en la fila de enmedio, lejos de las ventanas. Aun así, no puedo evitar sentir que el estómago se me contrae cada vez que, por el rabillo del ojo, veo el mar por alguna de las ventanillas.

Tengo que superar esto. Pero no sé si puedo hacerlo.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que visitamos la isla. Esa vez fue en noviembre de 2018, cuando nuestros amigos Juan y Nuria decidieron establecerse allí y nos invitaron a conocer su nueva casa. Aunque fueron ellos los que en su día nos metieron en el cuerpo el gusanillo del buceo, en aquella ocasión estaban muy ocupados con la mudanza y con sus nuevos empleos, y no pudieron bucear con nosotros. Eso que salieron ganando.

En aquella última visita vinieron los traumas. Después, cuando todo empezó a quedar atrás y a parecer que quizá lo que experimentamos fue algún tipo de ilusión, o de paranoia colectiva, vino la pandemia. Y entre pitos y flautas al final hemos estado casi 4 años sin ver a Juan y Nuria. Es verdad que hemos estado en contacto por teléfono, pero hace mucho que no nos vemos las caras. Por ello precisamente nos pilló tan de sorpresa la llamada de Juan, y su invitación a pasar unos días con ellos y recordar los viejos tiempos.

El aterrizaje transcurre sin incidencias, igual que la recogida de equipajes. A la salida del aeropuerto nos esperan Juan y Nuria. Me sorprendo mucho al verlos, pues parecen dos personas totalmente distintas a las que recuerdo. Juan sigue siendo grandote, pero aun así se nota que ha perdido bastante peso. Y a Nuria se le nota el cansancio en la cara; está casi demacrada. Supongo que el paso de simple empleada a socia capitalista de la empresa le ha pasado factura. Aun así, se les ilumina la cara al vernos. En ese momento me doy cuenta de lo mucho que les he echado de menos.

Mientras nos acercamos al aparcamiento, parloteando como cotorras sobre los viejos tiempos, observo que Nuria camina más despacio de lo normal, y con una leve cojera. 

-¿Te encuentras bien? -le pregunto-. ¿Te molestan las zapatillas?

-No es nada, no te preocupes -me dice, y sonríe, con una sonrisa cansada-. Un pequeño accidente. Se curará en nada.

-No tienes buen aspecto. Pareces muy cansada.

-Sí, es por el trabajo. Ser socia es un trabajo más duro del que pensaba. No es que me arrepienta, pero la idea que tenía en la cabeza era muy romántica. Quizá en una gran empresa la situación sea distinta, pero supongo que en una start-up es mucho más complicado.

No me gusta la manera en que desvía la mirada cuando me dice esto. Pero supongo que no quiere contarme lo que le pasa, o al menos, no aún. Nuria mira hacia delante, hacia donde están Juan y Rubén, unos pasos por delante de nosotras, y también hablando como dos cotorros. ¿Quizá tiene algún problema con Juan, y no se siente a gusto contándome nada estando él tan cerca? Decido no presionarla, y empiezo a pensar en algún tema para desviar la conversación. Sin embargo, Nuria se me adelanta.

-Y bien, ¿te has pensado lo de venir a bucear mañana?

Se me encoge el estómago sólo de pensarlo.

-No creo que sea buena idea, Nuria -le digo, tras unos segundos-. Hace muchos años que no buceo. Y me da pánico sólo de pensar en el agua. Me gustaría superarlo, pero... no puedo. Lo he intentado, y no me veo capaz.

En ese momento, Juan se vuelve y me mira. ¿Nos ha estado escuchando todo este tiempo?

-Eres tú quien tiene que tomar la decisión, y por supuesto, si te metes al agua, lo primero es que estés a gusto y segura. Pero creo que, al menos, deberías intentarlo. Si Rubén, que es un gallina, ha decidido dar el paso, ¿por qué no vas a poder tú?

-¿Cómo que un gallina? -se queja Rubén.

-Siempre puedes echarte atrás en cualquier momento, o abortar la inmersión -añade Nuria-. No te lo he contado porque sé que estas cosas te tocan mucho la fibra sensible, pero tuve un problema hace algún tiempo con un regulador, en mitad de una inmersión, y lo pasé muy mal. Me pasó como a ti, que no podía volver a mirar el agua sin entrar en pánico. Pero me ayudaron a superarlo en el centro de buceo, y ahora ya ha quedado todo atrás.

Me muerdo el labio inferior. No sé cómo decirle que, por mucho miedo que puedas pasar si te falla un regulador, dudo que sea mínimamente comparable al miedo ante eso que vimos en el agua. O que creímos ver. Mi parte racional insiste en que lo que vi es una fantasía, producto de mi imaginación. Algún tipo de ilusión óptica o similar.

Pero, si tan terrible era aquello, ¿cómo es que Rubén parece tan dispuesto a dejarlo atrás? Y, después de tanto tiempo, ¿cómo es que nadie ha visto nada? Una cosa así se haría pública y viral enseguida, ¿verdad? Quizá estoy comportándome como una histérica. Y, la verdad sea dicha, realmente echo de menos bucear.

-Está bien, lo pensaré -les digo-. Pero no prometo nada. ¿Sigue Domingo al frente del centro de buceo?

Juan y Nuria intercambian una breve mirada, que no me pasa desapercibida.

-No, Domingo lo dejó hace mucho -dice finalmente Juan-. Otro tío compró el centro de buceo, hace ya unos meses. Se llama Israel, aunque insistirá en que le llaméis Isra. Es un tocahuevos que pone motes a todo el mundo y que sólo sabe hablar de cine y contar chistes de un humor negrísimo, pero es competente. Mañana os lo presentaré; os caerá bien. No sé cómo lo hace, pero el tío consigue caerle bien a todo el mundo. Si alguien puede conseguir que os metáis al agua de nuevo, es él.

Llegamos hasta el destartalado coche de Nuria, y metemos las maletas en el maletero.

-Bueno, ¿qué os parece si vamos a cenar? Y hablamos de los viejos tiempos. Mañana será otro día.

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agente_naranja
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11 de junio de 2022 - Primera inmersión

-Eres una margarita, linda flor -me dice Israel, mientras trato de coger aire entre arcada y arcada-. Más de campo no puedes ser.

Juan no tenía razón, después de todo. Este tío no me cae nada bien.

En mi defensa, tengo que decir que lo he intentado de verdad. No he pegado ojo en toda la noche, primero por la ansiedad, y luego por las pesadillas. Al final no he dormido por miedo a quedarme dormida. Me he levantado fatal, cansada de no dormir, con el estómago hecho un nudo, y hecha un puro manojo de nervios. Después, al ir al centro de buceo y conocer a Israel y al resto de su equipo, así como para hacer el registro, los papeles y el seguro de buceo, se me ha revuelto todo el cuerpo. No sólo por el grotesco aspecto de la instructora, una tal Luna, que hoy nos acompañaría junto con el propio Israel (esa mujer callada y contrahecha, con sus ojos saltones, sus piernas arqueadas y su color de piel enfermizo, más recuerda a un sapo que a una persona), sino por el sutil olor que impregnaba el propio centro de buceo. Un olor desagradable, demasiado tenue para distinguir con claridad de qué se trataba, pero que no contribuyó a que me encontrara mejor. O quizá fueron solamente aprensiones mías. Nadie más pareció notarlo.

Pero el colofón ha sido llegar a la playa de El Cabrón, el mismo sitio donde todo empezó, para hacer el briefing y empezar a equiparnos. A instancias de Israel, Luna nos proporciona unas botellas de agua para beber e hidratarnos antes de la inmersión. El agua tiene un sabor ligeramente salado y metálico, pero contribuye a calmarme un poco el estómago. Claro que es fácil estar más tranquila; no puedo estar peor de lo que estoy. No me siento cómoda con todo esto, y menos aún, con volver a esta misma playa.

Y en ese momento Juan y Nuria empiezan a quitarse la ropa para ponerse los trajes de buceo, y vomito hasta la primera leche que bebí de las tetas de mi madre. Comprendo claramente por qué Juan ha perdido tanto peso: su torso está lleno de cicatrices, como si le hubieran cortado la carne a rebanadas. En cuanto a Nuria, le faltan tres dedos en su pie izquierdo. Las heridas tienen un color espantoso, como si estuvieran infectadas, o algo peor.

-¿Estás bien? -Rubén me mira, preocupado, e intenta sostenerme para que no me caiga encima de mi propio vómito.

-¿Pero qué coño os ha pasado? -jadeo, dirigiéndome a Nuria y a Juan. Eso sí, con los ojos cerrados. Si vuelvo a ver esas heridas, creo que me desmayaré.

-¿De qué hablas? -me pregunta Rubén. Joder, ¿es que no lo ve?

Una mano, sorprendentemente fuerte, me agarra del brazo y me obliga a ponerme de pie. Es Israel, que me mira con unos ojos que no soy capaz de interpretar. Esa pequeña parte de mí que es fría, cínica y analítica, que nunca deja de dar por culo por muy mal que se pongan las cosas, celebra una pequeña victoria por haberle borrado su estúpida sonrisa de la cara. Ya sólo me falta conseguir que se deje de motes y no vuelva a llamarme linda flor.

-Toma, linda flor, bebe algo más de agua -me tiende otra de esas botellitas-. Te hará sentir mejor. Estás en pleno ataque de pánico.

Apuro el contenido de la botella y trato de respirar hondo, una, dos, tres veces. Cuando por fin me doy la vuelta, lo primero que veo es a Nuria y a Juan, alarmados, mirándome. Juan tiene unos leves arañazos en el torso, pero nada serio. Y Nuria simplemente tiene un cardenal en los dedos del pie, como si se le hubiera caído encima algo pesado.

¿Qué me está pasando?

-Quítate el traje y vístete -me dice Israel-. Estás demasiado nerviosa para meterte hoy al agua. Vas a tener que quedarte por aquí, y en este sitio no hay mucho que hacer aparte de estar en la playa, pero algo me dice que no estás para acercarte al agua. Intenta calmarte, y mañana lo volveremos a intentar.

Rubén insiste en quedarse conmigo. Tengo que echar mano de toda mi persuasión para convencerle de hacer lo que veo en sus ojos que quiere hacer, y que yo no puedo: quitarse el miedo de encima y volver a bucear. Le digo que no se preocupe, que estaré bien. Israel tiene razón y no voy ni a acercarme al agua, pero siempre puedo dar un paseo hasta el faro. Prometo estar de vuelta antes de que finalicen las inmersiones.

Mientras ellos se dirigen al mar, me doy la vuelta y localizo el mejor camino para subir hasta el faro de Arinaga, intentando siempre mirar lo menos posible hacia el mar. No está lejos, pero es un buen paseo cuesta arriba. Si quiero estar de vuelta a tiempo para el fin de las inmersiones, más me vale ponerme en camino y moverme a paso vivo. Tendría que haberle pedido a Israel una de esas botellitas de agua, me digo. No hay ni una puñetera sombra en todo el camino.

Cuando llego al faro, me doy una vuelta por las inmediaciones. El restaurante del faro todavía no está abierto, así que no puedo comprar nada de beber. Me acerco a mirar los carteles pegados a los cristales, y uno de ellos me llama la atención. Está un poco descolorido y amarillento, lo cual me indica que lleva ya algún tiempo colgado. Es un cartel de persona desaparecida; una tal Noemí que, según el propio cartel, fue vista por última vez en las inmediaciones del propio faro. La foto está algo desvaída, pero muestra a una mujer joven, con una cicatriz en su frente. Su cara me suena de algo, pero no consigo determinar de qué.

Miro el reloj. Tengo que desandar el camino enseguida, si quiero volver a tiempo.

 

Interludio

A pesar de vivir inmersa en su universo particular de voces y dolor, Noemí consigue distinguir algunos sonidos en el piso de arriba. Antes, Noemí creía que no había nada peor que el dolor y las voces. Qué equivocada estaba.

Al cabo de ¿minutos? ¿horas? ¿edades? escucha unos pasos pesados, bajando las escaleras. Todos sus sentidos se ponen alerta. Por favor, suplica a un dios en el que hace mucho que no cree. Por favor, que no vengan a por mí. Hoy no, por favor.

Distingue la voz de Israel, el hombre que se la llevó del faro. Está furioso.

-Esa mala puta no me va a joder la vida -brama-. No sé cómo lo vio. Me aseguré de que todos bebieran, y aun así fue capaz de ver a través del velo. Y no ha habido manera de meterla al agua. Voy a tener que emplear medidas más drásticas.

-¿Has contemplado la posibilidad de que esté embarazada? Por lo que me has contado, los síntomas cuadran -la segunda voz, suave y amable, le pone a Noemí los pelos de punta. No puede evitar empezar a sollozar, aunque es inútil. Nadie va a venir a salvarla. Todas las veces que Noemí ha oído esa segunda voz han acabado mal para ella.

-Pero qué dices -exclama Israel, pero su voz suena dubitativa, y pensativa-. No, no creo. Estaba histérica, nada más. Pero aunque así fuera, ¿afectaría eso al ritual?

-No lo sé -suspira la otra voz-. Quizá. Asegurémonos, por si acaso.

Noemí oye los pasos que se aproximan a ella. Solloza, presa del pánico, y trata de gritar, pero debido a la mordaza no se oye más que un levísimo gemido. Siente los dedos de Israel, quitándole la venda de los ojos arrasados de lágrimas. Puede distinguirle borrosamente, al lado de la camilla en que la tienen inmovilizada, portando un objeto metálico en una de sus manos.

-Hola, chatita -dice Israel, con un tono de voz casi dulce-. Necesitamos que nos ayudes a ver las cosas con un poco más de claridad.

A pesar de su terror, bajo la mordaza, Noemí no puede evitar devolver la sonrisa que ilumina la cara de Israel, mientras éste se inclina sobre ella, acercando el escalpelo a su ojo derecho.

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12 de junio de 2022 - Segunda inmersión

Rubén se pone el traje de buceo, con una extraña mezcla de emociones dando vueltas en su cabeza. Por un lado, está la ilusión de volver a bucear. Por otro, la preocupación por Sandra, quien ha decidido no intentarlo siquiera, y se ha quedado en casa de Nuria y Juan. Es cierto que parece bastante indispuesta, pero también está claro que está presa del pánico.

Sería mucho más bonito volver a retomar la afición juntos... pero qué se le va a hacer.

El plan que les ha contado Isra es salir en barco desde el Puerto de la Luz, a la búsqueda de angelotes, chuchos y algún pulpo, si hay suerte. Al parecer ha alquilado los servicios de una embarcación, la Remedios, capitaneada por un catalán parlanchín llamado Jordi. Durante los minutos de navegación, Isra y Jordi hablan animadamente sobre el cine de Tarantino. Parece que se conocen desde hace tiempo, y que se llevan bastante bien.

Al llegar al punto de inmersión, Rubén siente una punzada en el estómago. Parece que hay algo de oleaje, pero además, hay algo que no termina de encajar en el color del agua de esta zona. Algo en la tonalidad de los reflejos del agua, de alguna manera, parece no estar bien. Pero todos los demás -Nuria, Juan, Isra, hasta la propia Luna, si puede asumirse que esa extraña mujer tiene sentimientos reales- parecen tranquilos. Serán los nervios, piensa.

La inmersión se inicia tranquila y sin sobresaltos. Rubén confía en su buena forma física, y también en sus amigos y en los instructores. Si algo pasara, ahí están ellos para ayudarle, ¿no?

Es extraño... no se ve ni un pez, mientras avanzan siguiendo a Isra y Luna. El inusual color de los reflejos en el agua es, sorprendentemente, más acusado aún bajo la superficie, tiñendo todo de un extraño tinte de irrealidad. Rubén se siente, por unos instantes, como si estuviera en un sueño. Sin embargo, pronto, Luna les hace la seña de tiburón y empieza a bucear hacia adelante, avanzando rápidamente, como una sirena. Incluso estando en buena forma física, a Rubén le resulta muy complicado seguir su ritmo. Pero merece la pena... parece que ha habido suerte y, al menos, verán angelotes. Rubén espera ver un angelote, quizá dos si hay suerte. Pero no está preparado para ver lo que hay en el fondo.

Posadas, y en absoluta quietud sobre la arena, se amontonan siluetas cubiertas por la arena hasta donde alcanza la vista. La forma de las siluetas cuadra con la de los angelotes, pero Rubén nunca ha visto tantos juntos, ni tan quietos. Debe de haber cientos, una cifra ya de por sí elevada en cualquier animal, pero más llamativa aún si cabe en una especie amenazada.

Es como si estuvieran ahí, simplemente esperando algo.

Luna, que se mueve en el agua con la elegancia y la precisión de un delfín, bucea sobre los angelotes, visiblemente contenta. Sonríe con la boca abierta, dejando ver unos dientes espantosos, puntiagudos, impropios en la boca de un ser humano. En ese momento Rubén comprende que hay algo más que no va bien. La sensación de irrealidad cae sobre él como una losa. No debería poder ver la sonrisa de Luna, porque el regulador de aire con el que ella debería estar respirando le impediría ver su boca. Pero Luna no lleva puesto ninguno de sus dos reguladores.

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12 de junio de 2022 - La sorpresa (1)

Mientras se dirigen en la Remedios de vuelta al Puerto de la Luz, se oye de fondo la incesante cháchara de la conversación entre Israel y Jordi. Han pasado del cine de Tarantino a la última trilogía de Star Wars.

-Yo es que no entiendo la mitad del argumento -dice Israel, despreocupadamente-. O más bien, no entiendo a dónde lleva. Toda esa mierda de los padres de Rey, que si no son nadie pero sí que lo son, o el personaje de Rose que es como los ojos del Guadiana en toda la trilogía... no sé, será que me hago viejo.

-Será que no tienes el chichi pa farolillos, más bien -le contesta Jordi.

-No sé, me pasa mucho últimamente, y no sólo con el cine. Con la música, lo mismo -continúa Israel-. ¿Qué carajo es una motomami, tío?

-Ni idea -reconoce Jordi-. Un amigo llama así a las damas de hierro del Elden Ring. Si te vale de algo...

Juan mira a Rubén por el rabillo del ojo. Está callado, muy pálido, y no le quita ojo de encima a Luna. Eso a Juan no le extraña; esa mujer pondría los pelos de punta al más pintado. Durante unos instantes, a Juan le duele haber metido a su amigo en todo este lío. Pero entonces Nuria le tiende una toalla, y se le pasa. Esto lo está haciendo por ambos, pero sobre todo por ella.

Al cabo de unos minutos la Remedios se detiene, dejando a sus pasajeros situados muy cerca de un pequeño acantilado. Juan está un poco desorientado; no tiene muy claro dónde están exactamente. Mira alternativamente a Nuria y a Rubén, pero ambos parecen tan confundidos como él.

-Bueno, mis niños -declama Israel, con una gran sonrisa-. Les tengo preparada una sorpresita  Siempre les digo que más no es necesariamente mejor, y tengo por costumbre no hacer más de una inmersión al día...

-Porque eres un vago -apostilla Jordi.

-...pero hoy va a ser la excepción que confirma la regla -continúa Israel, impertérrito-. Hoy vamos a aprovechar que tenemos a nuestro servicio a este gran capitán -dice señalando a Jordi, quien saluda alegremente con la mano como si acabara de aparecer de la nada- para venir a este punto. Si miran ustedes hacia la punta rocosa en ese lado del acantilado, verán que el agua se ve más oscura. Justo por debajo hay un acceso a una chimenea muy amplia que asciende hasta una bonita caverna. No está inundada -hace un ademán para cortar a Rubén, quien ha empezado a interrumpirle-, se encuentra por encima del nivel del mar. De hecho, técnicamente se puede acceder también por tierra, si uno es capaz de llegar hasta ahí arriba, claro -dice, señalando hacia lo alto del acantilado.

-Yo... no me encuentro bien, -dice Rubén. Lo cierto es que está muy pálido-. Agradezco mucho la oferta, pero prefiero no sumergirme más por hoy.

-¿Te ha pegado el malestar la linda flor? Anímate. No es una inmersión larga, son apenas unos minutos hasta la chimenea. Hay que ascenderla despacio, por seguridad, pero estaremos dentro de la caverna en no más de 15 minutos. El interior es realmente espectacular... y dentro de la caverna podremos respirar sin regulador, claro. Nos llevaremos estos focos -dice, señalando a una caja bajo uno de los bancos del barco- para ver mejor dentro de la caverna. Y, por supuesto, esta inmersión corre por cuenta de la casa.

Jordi se aclara la garganta y añade, con una media sonrisa sardónica, mientras Luna empieza a montar los equipos de buceo:

-Creo que Isra no va a aceptar un no por respuesta. De ninguno de los tres.

Juan siente un escalofrío, y se agarra instintivamente a la mano de Nuria. Ella aparenta tranquilidad, pero su voz tiembla cuando dice:

-Muchas gracias, Isra. Claro que visitaremos con mucho gusto la caverna a la que nos invitas.


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12 de junio de 2022 - La sorpresa (2)

Hasta el propio Israel parece sorprendido por el pequeño caos que se desata a bordo de la Remedios tras las palabras de Nuria. Por un lado, Juan cuestiona que Nuria decida por los tres qué es lo que tienen que hacer. Por otro lado, Rubén grita a todo aquel que quiera escucharle que no piensa meter ni media uña del pie en el agua, y menos (dice mientras señala a Luna) al lado de ese monstruo. Nuria, por su parte, le replica a Juan que sabe de sobra que si Israel quiere que hagan algo, es mejor hacerlo de buenas y no de malas, y que haga un poco de memoria si ya no se acuerda de cómo funcionan las cosas. Luna, mientras tanto, ha terminado de montar los equipos de buceo y renquea de un lado al otro del barco, trasladando botellas, chalecos, cinturones de plomos y aletas hasta sus respectivos usuarios. Jordi, preocupado por la estabilidad de la Remedios, pide a gritos que todo el mundo se esté quieto y tranquilo. Entre tanto jaleo, sólo Israel percibe la llegada de una segunda embarcación, en este caso, una pequeña lancha en la que viaja una única persona: un tipo barbudo y calvo, de aproximadamente la misma edad que Israel. Desde su lancha saluda con la mano a Israel, se pone un equipo de buceo y se sumerge en el agua.

Israel se toma unos momentos para disfrutar del caos. ¿Qué sería de la vida sin estas pequeñas bendiciones? Después, una vez que el recién llegado ha desaparecido bajo la superficie del agua, localiza en el suelo del barco un cinturón de plomos, lo recoge y, con un movimiento sorprendentemente hábil, golpea a Rubén con éste entre los omóplatos, pero sin descargar todo el peso del cinturón sobre su espalda. Rubén se desploma en el suelo de la Remedios, aturdido pero aún consciente, mientras Juan y Nuria, que no se esperaban algo así, se inclinan instintivamente sobre él y tratan de averiguar cómo se encuentra. Distracción que Israel aprovecha para enroscar y amarrar fuertemente el cinturón de plomos alrededor del brazo derecho de Juan y, acto seguido, empujarlo bruscamente y tirarlo por la borda.

Israel sabe que realmente Juan ha corrido más peligro al caer por la borda (podría haberse golpeado la cabeza) que por caer al agua con un cinturón de plomos. Al fin y al cabo están diseñados para soltarse con el gesto de una sola mano y, además, tampoco es que se lo haya podido ajustar bien al brazo, ni que ese sea su sitio correcto. A Nuria seguramente eso le da igual, porque le está chillando un ¿ESTÁS LOCO O QUÉ COJONES TE PASA? mientras le caen lagrimones por las mejillas, y trata de lanzarse al agua a buscar a su pareja, pero Jordi la sujeta por los hombros e impide que salte. Israel supone que esa reacción tan visceral será normal en alguien que ve peligrar la vida de una persona querida. Tanto drama le hace feliz.

Se acerca a Nuria, que sigue inmovilizada por Jordi, y le dice:

-A ver, reina mora. Ya te dije en su día que tienes que aprender a manejar algo mejor a tu machote -dice, señalando la zona por la que ha caído Juan-. Al final siempre se descontrolan ustedes dos, y acaban pasando cositas que ninguno de ustedes dos quieren. Les prometí que, si cumplían con su parte, les dejaríamos a los dos en paz, para siempre. Nos falta hoy aquí la linda flor, claro está, pero si mi Oráculo por Fascículos no se equivoca, y hasta ahora nunca lo ha hecho, tampoco es tan grave. Así que ya puedes hacer uso de toda tu persuasión cuando la cabeza de tu machote asome por encima del agua. Si hoy hacen ustedes dos todo lo que les diga, hoy será la última vez que nos veamos las caras.

Israel hace un gesto a Jordi para que suelte a Nuria, la cual no pierde un segundo en asomarse por la borda, buscando a Juan. Pero lo que ve no es a su pareja, sino algo que la deja confundida por unos instantes.

-Los angelotes... -dice, a media voz.

En las aguas que hay debajo o inmediatamente alrededor del barco se aprecia la silueta de cientos de esos animales, lo bastante cerca de la superficie como para distinguirlos claramente. Están visiblemente inquietos, y nadan en círculos alrededor de la Remedios, con rapidez, en claro contraste con la quietud de los animales que vieron en la anterior inmersión, en las aguas del Puerto de la Luz. Nuria se pregunta si serán los mismos. Pero ahora se diría que hay aún más.

En esos momentos emerge de las aguas la cabeza empapada de Juan, para alivio de Nuria, quien inmediatamente coge aire y tose, tratando de respirar con normalidad y recuperarse del susto. Israel, por su parte, le grita desde el barco:

-¿Me perdiste un cinturón de plomos, so cabrito? Te lo voy a tener que cobrar, ¡el material de buceo se cuida! Y ustedes dos -dice, volviéndose hacia Jordi y Luna-, ¿para qué les pago? Ayúdenle a subir a bordo de nuevo, antes de que le viole el pie un pulpo libidinoso. Y háganme todos un favor y aprendan a mantener la cabeza fría. Como decían en Thelma y Louise, "si nadie pierde la cabeza, nadie perderá la cabeza".

Mientras Jordi coloca la escalerilla para facilitar el ascenso de Juan al barco, y Luna ayuda a Rubén a incorporarse y sentarse en uno de los bancos, Israel continúa:

-Verán, la nueva, reciente y aún calentita legislación en materia de actividades subacuáticas establece que todo buzo debe llevar consigo obligatoriamente, entre otras cosas, un dispositivo de corte -dice, mientras tanto Luna como él sacan de unas pequeñas bolsas adosadas a las perneras de sus trajes de buceo unos cuchillos de aspecto muy afilado-. Esto es algo que ninguno de ustedes lleva encima, claro está, porque como es un cambio legislativo tan reciente, ustedes no se han enterado. Muy mal, mis niños, no van ustedes protegidos. Pero para eso está Papá Isra: para cuidar de sus polluelos...

Jordi ayuda a Juan a subir a bordo. La cara de Juan es un poema de rabia, odio y vergüenza, pero se contiene al ver las armas en manos de Luna e Israel. Se aproxima despacio al banco en que se encuentran sentados Nuria y Rubén, este último todavía con cara de estar atontado, pero Jordi le retiene.

-...y el dispositivo de corte -continúa Israel, meneando el cuchillo- es necesario precisamente para protegerse de los elementos peligrosos que puedan entorpecer la inmersión como, por ejemplo, enredarse con un cabo suelto o -en ese momento, Jordi empuja levemente a Juan hacia Israel y éste le agarra con brusquedad, poniéndole el cuchillo bajo la barbilla, y comienza a elevar el tono de su voz- lidiar con pijos ricos y mimados que se creen que tienen alguna capacidad de decisión hoy aquí, y pretenden poner en peligro esta segunda inmersión. Que es gratis, coño, que no parecen ustedes españoles.

-Isra, por favor -jadea Nuria, espantada por los hilos de sangre que brotan en el cuello de Juan, debido a la creciente presión que está ejerciendo Israel con el cuchillo sobre la nuez de Adán de su pareja-. Está todo claro, ya te he dicho que vamos a ir a donde tú quieras.

-Pues entonces muevan el culo y pónganse de una puta vez los equipos -grita Israel, soltando de golpe a Juan y empujándolo contra Nuria, mientras Jordi grita ¡MI REME! ¡QUE ME LA HUNDÍS! ante el bamboleo de la embarcación-. En cinco minutos los quiero a todos en el agua, cada uno con uno de esos focos en la mano. Primero irá Luna guiando, luego ustedes tres, y yo iré cerrando la marcha. Al que intente cualquier cosa lo rajo sin contemplaciones hasta que entre en razón o se convierta en cebo para los peces. Lo que antes llegue.

Mientras se sumergen en el agua, Rubén, con la espalda dolorida por el golpe y la cabeza aún aturdida, se pregunta si sería capaz de quitarle el cuchillo a Israel. Es una pregunta retórica, claro está. El tipo es asombrosamente fuerte y, además, está Luna, que se mueve en el agua como... bueno, como un pez. Ella también tiene un cuchillo, y no parece que vaya a sentir ninguna pena si tiene que rajarle la garganta. Piensa en Sandra y, por primera vez en todo el viaje, se alegra de que ella no esté aquí para pasar por esto. Mira a su alrededor, sorprendido por la enorme cantidad de angelotes que nadan a su alrededor, y que parecen desplazarse con ellos. Mientras se desplaza sintiéndose torpe y lento detrás de Nuria y de Juan, sin ninguna gana de ir hasta donde Israel quiere llevarles, se vuelve unos instantes para comprobar dónde está Israel. Y, al girarse y mirar atrás, se le hiela la sangre: detrás de Israel, y tras la inmensa comitiva de angelotes que les siguen, se aprecia a cierta distancia la silueta de algo enorme, algo que recuerda a lo que Sandra y él vieron durante aquella inmersión de noviembre de 2018. Aquella cosa que había entonces en el agua y que, está seguro, ahora está de nuevo aquí, acercándose.

De repente, Rubén se siente lúcido, sin rastro de sopor por el tremendo golpe asestado por Israel, y tiene mucha prisa por llegar hasta la caverna.

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12 de junio de 2022 - La caverna

Pablo emerge del agua en el interior de la caverna ya con una mueca de desagrado preparada en la cara. Afortunadamente, hay algunos resquicios de luz en la caverna (no es totalmente estanca, y algunas oquedades se abren paso techo arriba hasta la superficie), y lleva su propia linterna subacuática encendida, así que puede ver bien dónde pisa y esquivar los desechos más desagradables. Desafortunadamente, los huecos hasta la superficie son demasiado escasos como para que la ventilación sea buena, y el aire apesta a sangre, a meados, a comida podrida y a mierda. No puede evitar arrugar la nariz. No entiende cómo se puede vivir allí dentro sin morirse del asco.

Pablo se apresura a buscar la mochila con los enseres (Moi la ha dejado a la vista, en un resquicio relativamente limpio) y a quitarse el equipo de buceo. Isra, Luna y los tres elegidos, por no hablar de La Entidad, no tardarán en llegar, y hay que hacer los preparativos necesarios. Si algo sale mal... bueno, entonces estarán todos jodidos sin remedio. Pero Pablo no quiere estar jodido, si puede evitarlo.

Un roce húmedo en el brazo, cuando se está quitando el traje, le provoca por unos instantes un escalofrío de pavor. Rápidamente mueve la linterna... y se encuentra con la desagradable cara de Germán, o más bien, con lo que queda de ella. Germán sonríe estúpidamente, babeando por la comisura izquierda de su boca, mostrando los pocos dientes rotos que le quedan. Aunque resulte sorprendente, esa es la parte más agradable de la fisonomía de Germán. Para Pablo, es una auténtica maravilla (no en el sentido agradable de la palabra) que Moi haya conseguido traer a Germán de regreso con vida. Al fin y al cabo, Isra hizo un trabajo excelente al matarlo.

Pero en fin... cuando se hacen tratos con La Entidad, todo es posible.

-¿Qué hay, Cronenbergcito? -le pregunta Pablo, mientras se limpia disimuladamente el antebrazo, allí donde Germán le ha tocado. Mierda, es sangre. Ahora no tiene tiempo para limpiársela.

-Mudaaaaaaan -balbucea Germán, señalando a la pared con una mano cubierta de sangre. Por unos momentos, Pablo se pregunta de dónde la habrá sacado. ¿Habrá vuelto a automutilarse, como la última vez? Tampoco es que le importe mucho que ese engendro se muera otra vez, pero ahora mismo necesitan toda la ayuda posible.

Pablo ilumina la pared que señala Germán. Está completamente cubierta de un galimatías de formas geométricas, símbolos de aspecto arcaico y lo que parecen runas, que a pesar de haber sido dibujadas sin duda con sangre, han sido trazados con una precisión milimétrica.  El conjunto posee una extraña armonía, como si todo estuviera en su lugar, de alguna manera. Pablo ilumina el resto de la espaciosa caverna y contempla asombrado el enorme mural arcano que Germán ha trazado por su cuenta, ocupando hasta el último centímetro visible de la cueva, incluyendo los estrechos pasadizos ascendentes que llegan hasta la superficie del acantilado. Se pregunta cómo ese cabezahueca medio zombi ha podido realizar, él solo, un trabajo tan extraordinario, y de dónde habrá sacado toda esa sangre. Hasta ha dibujado en el suelo el círculo de sacrificio, con una perfección que Pablo jamás podría igualar.

-Muy bien, Croni -le felicita Pablo-. Me ahorraste casi todo el trabajo. Pero ahora te tienes que esconder ¿vale? Va a venir Isra.

La fea cara de Germán se arruga en una mueca de miedo.

-Izda baaaaaalo -dice Germán, señalando la masa informe que tiene por cráneo-. Izda do kedo. Kedo Nuna.

-Sí, Luna también va a venir. Y traemos también a otra gente, a lo mejor alguno acaba siendo tu amigo -dice Pablo, mientras termina de vestirse. Puaj, qué asco. Moi le dejó ropa en la mochila además de los machetes, pero todo apesta al olor de la caverna. Va a tener que ducharse con desinfectante cuatro días seguidos para quitarse el olor.

La cara de Germán se ilumina durante unos instantes. Está claro que no le gusta estar solo allí dentro. Pero después su mueca se ensombrece.

-Do abigoz -dice, con un matiz de tristeza en la voz-. Dodoz gobida bada na coza.

El agua se ilumina de repente con un haz de luz. La comitiva está a punto de emerger. Pablo se apresura a coger los machetes de la mochila y a apagar su propia linterna.

-Corre -le dice a Germán, en voz queda-. Isra está a punto de llegar. Escóndete.

Al cabo de apenas un par de minutos, una primera figura emerge del agua. Los andares patosos y, sobre todo, la desenvoltura con que se quita las aletas y el chaleco de buceo (la botella de aire de Luna siempre está vacía) le indican que es Luna. Germán también debe estar viéndolo desde su escondite, pues por toda la caverna resuena un NUNAAAAAA de saludo.

Tras Luna, emerge una segunda figura, bastante menuda, posiblemente femenina. La mujer apenas tiene tiempo de salir del agua; Luna la agarra con fuerza y la arrastra hasta el círculo de sacrificio. El movimiento ha debido ser visible desde dentro del agua, pues rápidamente emerge una tercera figura (un tipo grandote) que no pierde tiempo en intentar salir del agua y tratar de localizar a las dos mujeres. Afortunadamente la caverna es lo bastante oscura para que el tipo no esté aún acostumbrado a la penumbra, así que no ve venir a Pablo, ni al machete con el que le cercena el brazo de un solo golpe. El tipo empieza a bramar como loco y cae al suelo, y Pablo trata de tirar de él hacia el círculo. Pesa mucho; este sería un trabajo más apropiado para Isra, pero por desgracia aún no ha salido del agua.

El que sí sale del agua es el tercer elegido, un tipo delgado, de esos que corren medias maratones como si fueran una carrerita para no perder la guagua, y hacen ejercicio cardiovascular todos los días. A ver a dónde corres ahora, se dice Pablo, mientras sigue tirando con fuerza del grandullón. El tercer elegido parece dudar entre sus ganas de salir del agua y su pánico ante el tumulto que intuye pero no es capaz de ver en la penumbra de la caverna. Finalmente se decide a salir del agua patosamente, aún con las aletas puestas. Isra no tarda en aparecer después, con un cuchillo en una mano y un enorme foco en la otra, que apunta hacia la caverna, iluminando la escena.

Luna ya ha conseguido reducir a la mujer y la mantiene inmovilizada en el suelo, justo en el centro del círculo. En cuanto al grandullón, está perdiendo bastante sangre y se ha puesto blanco como la leche, pero aun así trata de localizar a la mujer con la mirada perdida. El tercero contempla horrorizado la escena, paralizado por el shock, momento que Isra aprovecha para agarrarle de un brazo y retorcérselo tras la espalda, inmovilizándole, y para ponerle el cuchillo bajo el mentón.

-Impresiona ¿eh? -grita Isra por encima del barullo-. Ya les dije que el interior de la caverna era espectacular. Como no puede ser de otra manera en la morada de un fan de Cronenberg.

-¡Juan! ¡No! -grita la mujer, al ver al hombretón desangrándose a pocos metros-. ¡Nos lo prometiste! -grita a Isra, acusadora, mientras empieza a sollozar.

-Les prometí que, si me traían a estos viejos testigos, les dejaría en paz para siempre -dice Isra, con su clásica sonrisa-. Y eso es exactamente lo que voy a hacer. Y tú -dice al tipo delgado, mientras detrás de ellos el agua empieza a oscurecerse-, quiero que veas bien todo esto  Da gracias, desgraciado, a tu linda flor. Gracias a que ella no está hoy aquí te necesito con vida. Si no fuera así, hoy habrías acabado como esos dos traidores que creías tus amigos.

Del agua emergen varios tentáculos de color verde oscuro, que comienzan a arrastrarse hacia el círculo. Pablo se apresura a soltar al grandullón y a salir del círculo, mientras Luna suelta a la mujer y entona sonriente un cántico gutural, acariciando con mimo, casi con lascivia, el tentáculo que rodea la cintura de la chica. Otros dos tentáculos agarran al grandullón y empiezan a tirar de él, en direcciones opuestas, mientras el tipo grita de dolor. El sonido de la carne y de los huesos desgarrándose provoca un extraño cosquilleo de placer en la médula espinal de Pablo.

El tipo que Isra mantiene inmovilizado grita mientras ve morir a sus amigos, pero sin embargo, la voz de Isra es perfectamente audible a pesar de todo:

-Te necesito con vida, sí, pero eso no significa que te necesite cuerdo. Así que disfruta del espectáculo.

 

 

 

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Interludio - En casa de Nuria y Juan

Hace ya un rato largo que Rubén, Nuria y Juan deberían haber vuelto del buceo. ¿Les habrá pasado algo? Por Dios, espero que no. ¿Quizá se han entretenido con algo? O quizás haya n ido más lejos de la playa de El Cabrón, puede que a Mogán. La isla no es tan grande como para que lleve tanto tiempo desplazarse, pero quizá haya tráfico, o un accidente, o lo que sea.

Ya deberían estar en casa para ir a comer. ¿Habrán decidido comer por ahí, sin mí? ¿Estarán enfadados conmigo por haberme quedado en casa? Aun así, Rubén me habría dicho algo. Y es verdad que no me encuentro del todo bien. Empiezo a sospechar que lo de mi falta de regla es algo más que un retraso provocado por los nervios.

Llamo por enésima vez a Rubén. No contesta.

Llamo por enésima vez a Nuria. No contesta.

Pruebo a llamar otra vez a Juan. Sigue con el móvil apagado.

Para intentar distraerme, repaso el plan que temgo preparado como regalo tardío de aniversario para Rubén. Como aficionado a la astronomía, seguro que le hace ilusión ir a ver el alineamiento planetario de la noche de San Juan. Esa noche, en una misma línea y muy cerca entre sí, podrán verse a simple vista Mercurio, Venus, la Luna, Marte, Júpiter y Saturno. Y, si añadimos un telescopio, también Urano y Neptuno. Es una ocasión bastante rara que no tendrá lugar de nuevo hasta 2040. No ha sido fácil encontrar un grupo serio de aficionados a la astronomía con el que negociar dos plazas; el alineamiento en sí, unido a la fecha del solsticio de verano ha reunido a un buen puñado de esotéricos y chalados.

Miro el reloj, y me desespero. Vuelvo a llamar a los tres, con el mismo resultado. Finalmente me decido a buscar el número del centro de buceo (Octopus Adventure Dive Arinaga) y a llamar.

El teléfono ni siquiera da señal.

 

Interludio - El almuerzo

La criatura que antes era Germán apenas tiene recuerdos de su vida antes de morir y ser revivido. No recuerda, eso seguro, haber sido un delineante apacible, con mano para el dibujo, aficionado a las artes en general y al cine en particular, con una sensibilidad algo mayor a la media. No recuerda que era capaz de percibir claramente sutilezas que para otras personas pasarían totalmente desapercibidas. Tampoco, que hace unos cuatro años empezó a tener visiones, en las que lo que veía con sus ojos se desangraba en sus retinas, solapándose con otra realidad simultánea, cada vez más oscura, cada vez más terrible. Visiones que afectaban a todo lo que le rodeaba, hasta el punto de ser incapaz de probar bocado: la comida parecía retorcerse y respirar en su plato. No conoce el concepto de "velo" del que con tanta soltura hablan Israel y sus acólitos, pero sí conoce sus efectos. Por culpa de ese velo acabó ingresado en el ala de psiquiatría del Hospital Doctor Negrín, diagnosticado erróneamente con un trastorno alimentario. Allí conoció al doctor Moisés Rojo, y también a Israel, su verdugo. A ellos sí los recuerda. A ellos, y a lo que le hicieron.

En la mente confusa de la criatura que antes era Germán sólo hay sitio para el miedo que siente hacia Israel, la mezcla de agradecimiento y odio que siente hacia el doctor, la indiferencia hacia el hombre que todos llaman Pablo, y una leve simpatía por Luna, la única que no le trata con condescendencia. También hay un cierto instinto de conservación, que le impulsa a ser tranquilo, poco llamativo, y que hace que todos, salvo Luna, le tomen erróneamente por idiota. Pero, sobre todo, hay sitio para el hambre. Un apetito voraz, insaciable, que no se satisface por mucha comida que le echen. Lleva sintiendo esa ansia desde que todo se apagó y, de repente, una luz se encendió a medio gas de nuevo. Ha intentado saciarla cazando gaviotas y otras aves, pero tienen el efecto contrario en su estómago y en su mente.

Hoy, cuando todos ya se han marchado de sus dominios, ha reparado en el brazo amputado de una de las personas que han traído hoy aquí para La Cosa, caído junto a una piedra. Es la primera vez que La Cosa no se lleva enteras a las víctimas que le traen. Algo en el ser que antes era Germán ha sentido la pulsión incontrolable de recuperar ese brazo y devorarlo hasta la última astilla de hueso. Y, por fin, la criatura que antes era Germán se ha sentido saciada. Pero ahora tiene hambre otra vez.

Si la criatura que antes era Germán tuviera acceso a sus recuerdos, sabría lo que es un ghoul. Pero no los tiene, aunque tampoco los necesita. Ahora sabe exactamente lo que quiere. Y debe actuar con astucia si quiere conseguirlo sin llamar la atención.


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15 de junio - La espera

¿Qué se hace cuando las personas que te invitaron a su casa desaparecen? ¿Está bien quedarte a vivir allí, por si aparecen? Intento ocupar mi mente para no pensar.

Hace ya tres días que Rubén, Nuria y Juan salieron por la mañana temprano hacia el centro de buceo, y no regresaron. Pero sólo puedo pensar en Rubén. No quiero pensar en lo peor. No puedo.

Hasta ahora, la policía no ha sido de mucha ayuda. Primero me dijeron que había pasado poco tiempo y que esperara. Hice tiempo llamando a todos los centros de salud, hospitales y clínicas que encontré en internet. Llamé a los bomberos, a los puertos, a otros centros de buceo... nadie sabía nada. Por la noche no pude contenerme más y me planté en la comisaría. Me quedé desolada al ver el panorama. Apenas un puñado de agentes, la mayoría con el mismo extraño aspecto que tenía la ayudante de Israel (Luna, creo que se llamaba). El que me atendió me dijo con voz cavernosa que no me preocupara y que esperase en casa, que seguro que no pasaba nada.

Esta mañana me han llamado y me han dicho que el socio capitalista del centro de buceo también ha denunciado la desaparición de su socio. Que nadie sabe nada de ellos. Que me prepare para lo peor.

Me niego.

Pero lo más raro de todo ha sido la llamada que he recibido hace un rato al móvil. Un tipo me ha llamado, diciendo llamarse Pablo y presentándose como el socio de Israel en Octopus Adventure Dive Arinaga. Dice que lamenta llamarme pero que en el centro de buceo hay algunas mochilas que cree que son de Rubén, Nuria y Juan, y que quizá me interesaría recuperarlas. Me ha dicho que está en el centro de buceo y que va a estar allí un rato más, y que si me viene bien, puedo recogerlas si me apetece.

 

Interludio

Luna manda el mensaje convenido a través del teléfono móvil cuando ve a la mujer abandonar la casa, camino del centro de buceo. Por unos instantes se plantea seguir a la mujer; tiene curiosidad por saber cómo acabará la cosa. Sin embargo, finalmente lo descarta. Luna es plenamente consciente de su aspecto y de lo torpe que es fuera del agua, así que le costaría mucho seguir el paso vivo con el que camina la mujer. Además, llamaría la atención, y si la mujer la descubriera quizá sospecharía algo.

Luna reflexiona sobre todo lo acontecido durante los últimos cuatro años, cuando los más sensibles tanto entre su gente como entre los humanos del lugar empezaron a sentir la llamada. Cuando el velo empezó a rasgarse. De entre todos, quizá Israel fue el más sensible; tanto, que se volvió loco incluso antes de ver al Amo de las Aguas. De hecho, nadie en su sano juicio hubiera ido a buscar al Señor como lo hizo él. Y por eso ha sido elegido. El resto, tanto entre los suyos como entre los humanos, son pequeñas criaturas con pequeñas ambiciones, seres que desean conseguir los dones que el Amo otorga a cambio de ciertos servicios. Dones maravillosos pero que, sin embargo, nunca son lo que uno realmente desea; porque quien ve plenamente satisfecha su ambición ya no tiene incentivo para seguir trabajando en lo que se requiere de ellos. Hasta el médico, que es el más inteligente de todos, ha caído en la trampa.

A Luna siempre le asombra la simpleza de las criaturas menores (como los humanos, o como su propia gente). Siempre se preocupan por qué es lo que pueden conseguir del Amo, pero nunca se preguntan por qué concede esos dones, ni qué es lo que ambiciona conseguir con ello el propio Amo. El único que sí se preocupa por ello es el propio Israel, pero como está loco, está dispuesto a todo. Y ese es el único motivo por el que Luna le obedece, por ahora.

Porque, aunque nadie lo sabe todavía salvo ella, que oye claramente en su cabeza la Voz del Amo, las cosas han empezado a cambiar.


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15 de junio - Las mochilas

El centro de buceo tiene el mismo olor desagradable que percibí la primera vez que entré en él. Pero, esta vez, en la silla que ocupaba Israel se encuentra sentado Pablo, un tipo calvo y con barba, que dice ser el socio de Israel. Me indica que está muy preocupado por la desaparición de su socio, pero algo distante en la mirada que me lanza (esos ojos verdes me sacan escalofríos) me hace pensar que su preocupación es nula o casi nula.

Una parte de mí, esa que es cínica, que mantiene la calma y que siempre me está dando por culo, me dice que este tipo oculta algo. O quizá sea solamente la preocupación de todos estos días. Quizá sólo estoy cansada, o paranoica.

Pablo parece enfrascado en buscar algo en el ordenador, y apenas me mira mientras habla conmigo.

-He dejado las mochilas en el almacén de la planta inferior -dice, haciendo un ademán vago hacia las escaleras-. Si quieres puedes ir bajando; la llave de la luz del sótano está ahí al lado. O si lo prefieres, puedes esperar aquí a que termine, aunque va para largo. Estoy intentando averiguar si Isra dejó algo aquí escrito sobre dónde iba a ser la inmersión, pero es un desastre de hombre y esto es un caos...

Venga ya, me digo a mí misma. ¿El sótano? Ni que esto fuera una peli barata de terror. No puede ser tan burdo. Y, sin embargo, esa escalera me da pavor sólo de mirarla. Pero la parte de mí que es fría, cínica y da por culo decide que soy demasiado orgullosa como para admitir y demostrar mi miedo. Además, ¿qué va a poder haceme ese calvo?

Enciendo la luz y bajo las escaleras. El olor aquí es más fuerte, una rara mezcla a metal, desinfectante y otro olor más desagradable, orgánico, pero que no consigo identificar. Cuando llego al pie de las escaleras y me giro, no obstante, no puedo evitarlo y vomito en el suelo.

En una camilla metálica, y conectada a un revoltijo de catéteres, hay una mujer desnuda y amarrada. O, más bien, lo que queda de ella. Tiene unos grotescos muñones de un color horrible donde deberían estar sus muslos. Uno de sus brazos ha desaparecido por completo, y el otro brazo está amputado a la altura del codo. Tiene multitud de cicatrices en el torso, incluyendo dos especialmente espantosas donde deberían estar sus pechos. Tampoco tiene orejas ni nariz, y uno de sus ojos está cubierto por un aparatoso vendaje sanguinolento. Pero eso no es lo peor.

Lo peor es que su pecho se mueve rítmicamente, arriba, abajo. Lo peor es que sigue viva.

En ese momento una mano sorprendentemente fuerte me agarra de la nuca y me levanta en vilo. No soy como Rubén, yo no estoy en forma como él, pero aun así me levantan como si fuera una muñeca de trapo. Y la alegre voz que me habla al oído mientras me traslada a una segunda camilla vacía junto a la que ocupa esa mujer despeja todas las dudas sobre la identidad de esa persona imposiblemente fuerte.

-Hola, linda flor -cacarea Israel alegremente-. No pensé que picarías en un truco tan burdo,la verdad. Pero me alegro mucho de verte, llegas justo a tiempo.

Me suelta a plomo encima de la camilla, boca abajo, y me inmoviliza con una sola mano apoyada en mi espalda. Me siento estúpida y a estas alturas estoy aterrorizada. ¿Cómo es posible que me puedan inmovilizar tan fácilmente? Me retuerzo con todas mis fuerzas, y por unos instantes consigo moverme, pero entonces siento cómo Israel se me sienta encima a horcajadas y todas mis posibilidades se esfuman. Consigo girar la cabeza un poco, y veo a Pablo descender por las escaleras. ¿Eso que lleva en las manos es un hacha de cocina? En ese momento cobro plena consciencia de la mujer desmembrada que yace inconsciente a escasos centímetros de mí, y no puedo evitar empezar a sollozar de miedo.

Pablo se acerca y le tiende el hacha de cocina a Israel, quien agarra mi brazo izquierdo a la altura del antebrazo, y comienza a estirármelo sobre la camilla.

-Como podrás ver, linda flor, a mi Oráculo por Fascículos le quedan dos telediarios. Y la verdad es que necesito que me eches una manita. Pero no te importa, ¿verdad? Porque a cambio te dejaré ver a tu amorcito. Así que sé buena chica y quédate quietecita, o te devolveré a tu amorcito en cómodas mensualidades.

Lo primero que percibo es el sonido del hacha cayendo y golpeando la superficie metálica de la camilla. Apenas una fracción de segundo después, llega el dolor, y el calor de la sangre en mi muñeca, y la humedad. Y, después, la oscuridad.

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