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									Noviembre Nocturno ~ Forum - Debates Recientes				            </title>
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            <description>Juegos en comunidad y otras tentacularidades</description>
            <language>es</language>
            <lastBuildDate>Thu, 15 Oct 2026 14:44:50 +0000</lastBuildDate>
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                        <title>Club de soñadores de Wicklow Street</title>
                        <link>https://noviembrenocturno.es/forum/los-circulos/club-de-sonadores-de-wicklow-street/</link>
                        <pubDate>Tue, 11 Aug 2026 23:31:20 +0000</pubDate>
                        <description><![CDATA[
&nbsp;
Le damos la bienvenida a nuestra asociación de soñadores. 
&nbsp;
Su enorme interés por la investigación de ...]]></description>
                        <content:encoded><![CDATA[<p></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 14pt">Le damos la bienvenida a nuestra asociación de soñadores. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 14pt">Su enorme interés por la investigación de la oniromancia y sus satisfactorias entrevistas previas demuestran dotes prometedoras en el campo de la investigación donde tanto usted, como la asociación internacional de soñadores puede obtener grandes resultados y avanzar en el conocimiento humano a niveles jamás pensados acerca de los reinos de Morpheo.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 14pt">Su investigación acerca de los ecos de Carcossa resultó ser una lectura altamente edificante e instructiva, así como su trabajo acerca de la parametrización de espacios no euclidianos en el entorno onírico ha abierto multitud de vias de investigación. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 14pt">Nuestro lugar de reunión se encuentra en el número 5 de Wicklow Street. En las dependencias dispondrá de numerosas y confortables camas así como de otro cómodo mobiliario. También disponemos de servicio de guardarropa, una extensa y silenciosa biblioteca privada con libros que cubren aspectostales  como la interpretación de oráculo, cartografía, mitología, alienismo y otras disciplinas afines a nuestro fin.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 14pt">Con el objetivo  de facilitar, catalogar y documentar los hallazgos disponemos de personal especializado en transcribir las experiencias de nuestros invitados y servicio de habitaciones. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 14pt">Esperamos ansiosamente su estancia y que ésta sea próspera.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 14pt">Atentamente: John Wallace II, vicedirector de la asociación de soñadores de Wicklow Street</span></p>]]></content:encoded>
						                            <category domain="https://noviembrenocturno.es/forum/"></category>                        <dc:creator>Don_Chaves</dc:creator>
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                    </item>
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                        <title>Old Hunters</title>
                        <link>https://noviembrenocturno.es/forum/los-circulos/old-hunters/</link>
                        <pubDate>Mon, 22 Jun 2026 18:58:37 +0000</pubDate>
                        <description><![CDATA[“Byrgenwerth es un antiguo centro de aprendizaje. Y la tumba de los dioses, excavada bajo Yharnam, debería ser familiar para todo cazador. Pues bien, en cierta ocasión, un grupo de jóvenes e...]]></description>
                        <content:encoded><![CDATA[<p><em>“</em><em>Byrgenwerth es un antiguo centro de aprendizaje. Y la tumba de los dioses, excavada bajo Yharnam, debería ser familiar para todo cazador. Pues bien, en cierta ocasión, un grupo de jóvenes eruditos de Byrgenwerth descubrió un médium sagrado en las profundidades de la tumba. Esto condujo a la fundación de la Iglesia de la Sanación y al establecimiento de la sanación con sangre. En este sentido, <strong>todo lo sagrado en Yharnam tiene su origen en Byrgenwerth</strong>.</em><em>”</em></p>
<p style="text-align: right"><em>––Alfred, cazador de Vilebloods.</em><em> </em></p>
<div style="text-align: center">Willem.</div>
<div> </div>
<div style="text-align: center">I</div>
<p>Nací en un lugar alejado de estas tierras, en el seno de una familia distinguida y considerada como una de las más importantes de esa ciudad. Entre mis antepasados se pueden contar gran cantidad de consejeros, catedráticos y muchos otros con diversos cargos públicos, todos ellos con una intachable reputación. </p>
<p>Mis aspiraciones eran, por decirlo de alguna manera, algo diferentes. Desde que tuve uso de razón, me vi poseído por una sed insaciable de conocimiento y la convicción de que el intelecto humano era suficiente para desenmarañar los más intrincados designios del universo. Devoré las matemáticas, la física, la astronomía y tratados de medicina en las aulas más prestigiosas de la capital; mis maestros veían en mí al joven erudito que expandiría los horizontes de la ciencia moderna. Poseía —como ya he mencionado — una fe ciega y arrogante en el intelecto humano; estaba convencido de que, si pulíamos lo suficiente nuestros telescopios y refinábamos el rigor de nuestras ecuaciones, el universo eventualmente se desnudaría ante nosotros. </p>
<p>Pero tras apenas unos años como investigador en la universidad de mi ciudad natal, mientras mis colegas se felicitaban por catalogar una nueva especie de planta o calcular la órbita de un cometa, comenzó a asfixiarme una certeza aterradora: la ciencia humana no es un camino hacia el infinito, el cerebro del hombre no es un faro diseñado para iluminar el cosmos, sino una pequeña vela, apenas suficiente para sobrevivir como especie. Comprendí que estamos biológicamente diseñados para calcular la trayectoria de una presa o para distinguir una planta comestible de una venenosa entre la maleza; no para procesar la auténtica, vasta y terrible magnitud del universo. El intelecto humano es, en este sentido, completamente despreciable. Somos seres cuyos sentidos solo captan una fracción miserable de la realidad.  </p>
<p>Abrumado por estas ideas comencé a realizar investigaciones demasiado extravagantes para los estándares de la universidad y estos llamaron la atención hacia mi persona. Al compartir mis inquietudes sobre nuestros límites intelectuales y sesgos que nos condicionan como especie, la comunidad científica se escandalizó, me llamaron blasfemo, hereje de la razón. ¿Cómo pretendía un joven como yo destruir las bases sobre los que se cimienta toda la historia de la ciencia? </p>
<p>Ante estas acusaciones y el descontento general de mis antiguos compañeros, se decidió separarme de manera inmediata de mi cargo. Y solo por consideración a mi ilustre familia, se acordó desterrarme con el título de preboste a un rincón olvidado, rodeado por densos bosques y edificado junto a las aguas grises de un gran lago, una pequeña e insignificante universidad provincial llamada Byrgenwerth. </p>
<p>A menudo pienso en ese hecho, ¿podría llamarse casualidad mi llegada a este lugar? Me pregunto si el azar no será otra forma de nombrar el destino. De todos los condenados al ostracismo, de entre todas las provincias lejanas y todas las universidades insignificantes que pudieron elegir, me enviaron justo a las puertas de la tumba de los dioses. </p>
<p style="text-align: center">II </p>
<p>A lo largo de mi vida he conocido personas que marcaron mi camino y me permitieron alcanzar logros increíbles tanto personales como académicos. Maestros, compañeros y alumnos. Pero de todas ellas sin lugar a dudas la persona más importante fue Caryll. </p>
<p>Debo admitir que mi llegada a Byrgenwerth no fue esperanzadora en ningún sentido. El lugar consistía en un único edificio devorado por la humedad: un par de bibliotecas, un aula polvorienta en la planta baja que se asemejaba más a un pequeño laboratorio y una escasa colección de estudiantes poco instruidos que apenas lograban comprender de forma rudimentaria los conceptos básicos de la filosofía clásica. Si bien requerían un inmenso trabajo y una guía constante, pude vislumbrar entre ellos a unos cuantos jóvenes que mostraban verdadero potencial.  </p>
<p>Por las noches me refugiaba en los rincones más profundos de la vieja biblioteca secundaria. La biblioteca principal — si es que merecía ese nombre— era de dimensiones muy reducidas y se ubicaba en la segunda planta del edificio; la otra, en cambio, era de un tamaño tan increíble que costaba entender cómo podía existir en un lugar como aquel. Contaba con una gran cantidad de libros que no había visto jamás y tocaban temas tan diversos como la metafísica, lenguas extintas, anatomía, religiones antiguas y diversas ramas del conocimiento que me resultaban completamente desconocidas. Muchos de aquellos volúmenes carecían de autor, fecha o lugar de impresión. Algunos estaban escritos en idiomas que no reconocía. </p>
<p>En este lugar fue donde conocí a Caryll, la segunda o tercera noche que visité la biblioteca, mientras me encontraba ojeando un libro lleno de caracteres ininteligibles escuché su voz en una mesa cercana. </p>
<p>—Es un buen libro ¿Lo conoce?</p>
<p>Levanté la vista. Caryll revisaba una pila de volúmenes tan alta que apenas permitía distinguir su rostro. A decir verdad, ni siquiera había notado que estaba ahí.</p>
<p>—Me temo que no —contesté después de un momento—. De hecho, ni siquiera estoy seguro de reconocer el idioma en el que está escrito.</p>
<p>—Habla sobre enfermedades hereditarias y las pequeñas variaciones que aparecen de forma espontánea entre generaciones.</p>
<p>—¿Variaciones?</p>
<p>—Mutaciones, si lo prefiere. Pequeños errores en el diseño de la naturaleza. La mayoría producen deformidades o enfermedades; sin embargo, de vez en cuando aparece una variación capaz de alterar el destino de una especie entera. Según el autor de ese libro seríamos el resultado de una larguísima cadena de mutaciones en función de nuestro entorno, nada más. Dígame ¿Cree usted que el ser humano es un fin diseñado por una voluntad divina? ¿O cree que somos sólo el puente hacia algo superior?</p>
<p>Sonreí mientras volvía a ver el libro y recorría con un dedo el borde de sus páginas.</p>
<p>—Es un tema delicado —respondí—.  </p>
<p>—Claro, esto significaría que no fuimos creados a imagen y semejanza de alguien.  </p>
<p>—Así es, es una postura bastante interesante no lo negaré, pero, para serle franco la última vez que discutí abiertamente un tema controversial como este terminé, pues, aquí.</p>
<p>Dejó por un momento el libro que examinaba y sentí su mirada por primera vez.</p>
<p>—La ciudad de Yharnam tiene más historia que cualquiera de las grandes capitales que usted pueda visitar, o incluso recordar. Estoy seguro que con el tiempo entenderá que este es el lugar correcto.  </p>
<p>—Le pido que me disculpe —le dije apresuradamente— mi intención no era ofenderle a usted o a su ciudad. Es solo que mi llegada fue algo…  </p>
<p>—¿Involuntaria? No se preocupe, yo tampoco nací en Yharnam, al igual que usted llegué aquí por motivos académicos, aunque mis circunstancias fueron completamente diferentes. A diferencia de usted yo busqué este lugar durante mucho tiempo, se podría decir que desde mi infancia escuché que este era mi lugar.</p>
<p>Después de nuestra primera conversación comencé a buscar a Caryll cada vez que visitaba la biblioteca. Con el tiempo nuestras conversaciones se volvieron costumbre. Hablábamos sobre historia natural, medicina, astronomía, filosofía y decenas de disciplinas más. Por primera vez encontré a alguien con quien podía hablar y debatir libremente.</p>
<p>He de reconocer que rara vez conseguía sorprenderle. En más de una ocasión creí haber encontrado una objeción irrefutable a una de sus afirmaciones o una teoría lo suficientemente audaz para despertar su interés, solo para descubrir que Caryll ya había considerado aquella posibilidad mucho antes que yo.</p>
<p>¿Conoce las antiguas catacumbas que se encuentran bajo la ciudad? —Dijo mientras hablábamos sobre antiguas civilizaciones ahora perdidas—.</p>
<p>—Escuché algo sobre ellas a mi llegada. Creí que eran una leyenda local ya que según entendí, nadie conoce su localización exacta.</p>
<p>—No son una leyenda, tampoco crea que esas cuevas se formaron de manera natural. Verá, hace mucho tiempo, antes de que existiera algo que pudiera remotamente ser llamado humano existió ahí una civilización. Esas catacumbas son una estructura colosal tallada bajo tierra por una raza o como quiera llamarlos, la cual solo conozco por el nombre de Pthumerios. ¿Se da cuenta de lo que podría significar esto? Podría ser una civilización completamente diferente de la nuestra, con su propia historia, escritura y cosmogonía. Algo como eso sacudiría las bases de la ciencia ¿no lo cree?</p>
<p style="text-align: center">III</p>
<p>Después de solo un par de semanas, guiados por las indicaciones de Caryll y con la ayuda de los estudiantes logramos encontrar la entrada a las catacumbas. Para la mayoría de los estudiantes este proyecto era solo una excusa para salir del aula, pero dos de ellos mostraron un verdadero interés en la expedición. Eran, además, los dos estudiantes más avanzados con diferencia del resto, Laurence y Micolash.</p>
<p>Si bien las catacumbas se encontraban efectivamente debajo de Yharnam la entrada estaba en el bosque anexo a la universidad. Como era de esperar solo Laurence y Micolash se ofrecieron para realizar una expedición. Al ser un terreno completamente ajeno para nosotros y desconocer si habría algún otro acceso o lo que podríamos encontrar ahí sugerí que deberíamos buscar a alguien que nos pudiera ayudar a garantizar nuestra seguridad.</p>
<p>—Podríamos pedírselo a Gehrman. Tiene una pequeña armería en la ciudad y según dicen también es bastante hábil con ellas —dijo Laurence mientras alistábamos todo para la primera expedición— puedo preguntarle si le interesaría unirse a nuestra aventura, después de todo las catacumbas son un lugar mítico para cualquier habitante de Yharnam.</p>
<p>Laurence se ofreció a buscar a Gehrman aquella misma tarde. Regresó entrada la noche de buen humor. Gehrman había aceptado acompañarnos al día siguiente. Como cualquier Yharnamita, efectivamente había escuchado historias sobre las antiguas catacumbas, aunque nunca había mostrado un interés particular por encontrarlas. Sin embargo, la posibilidad de explorarlas antes que nadie pareció suficiente para convencerlo.</p>
<p>Laurence, Gehrman, Micolash y yo nos reunimos al amanecer junto a la entrada que habíamos descubierto en el bosque anexo. Nuestro equipo era modesto: unas cuantas antorchas, provisiones para una jornada y una cuerda lo bastante larga para marcar el camino de regreso, Gehrman por su parte había traído un bastón de buen tamaño y un sable curvo. Calculamos que las antorchas nos durarían un poco más de cuatro horas antes de que la oscuridad nos obligara a volver a la superficie.</p>
<p>La entrada resultó ser poco más que una grieta abierta en la roca. Durante los primeros minutos avanzamos por pasadizos estrechos y de techos bajos, obligados a caminar en fila mientras las antorchas proyectaban nuestras sombras sobre las paredes. Como había mencionado Caryll, era evidente que esa estructura no era una formación natural. Cada bloque de piedra había sido cortado con una precisión extraordinaria. Los muros estaban cubiertos de relieves desgastados por el tiempo, tan erosionados que apenas permitían distinguir figuras o símbolos. Aun así, la calidad de la talla era evidente; quienquiera que hubiera levantado aquellas cámaras poseía una destreza que rozaba lo imposible.</p>
<p>Conforme descendíamos, los pasadizos comenzaron a abrirse en galerías más amplias. Al fondo de una de aquellas salas se alzaba una caverna inmensa, surcada por raíces profundas que se hundían en la piedra y daban la impresión de ser venas petrificadas. A ambos lados se levantaban monolitos altos y estrechos, por su disposición por un momento me parecieron ser unas lápidas gigantescas. Varias puertas laterales estaban sepultadas por derrumbes, y otras parecían formar parte de complejos mecanismos de poleas y contrapesos, pero todos ellos se hallaban atascados, inmóviles desde hacía quién sabe cuánto tiempo.</p>
<p>Continuamos nuestro descenso, logramos acceder a las cámaras más profundas al remover unas cuantas piedras que bloqueaban el camino. Gehrman resultó ser bastante útil en estas tareas. Cuando lo conocí comprendí por qué Laurence había pensado inmediatamente en él. Era un hombre alto y robusto, no parecía ser del tipo que hablara mucho y se movía con la cautela de alguien bastante habituado a los peligros.  </p>
<p>Las primeras antorchas estaban cerca de consumirse cuando logramos entrar a una cámara que era bastante distinta de las anteriores. En su interior se hallaban una serie de estatuillas que parecían describir el proceso de desarrollo de un ser humanoide; sin embargo, tras unas cuantas figuras esta comenzaba a perder todo rasgo humano. El cráneo crecía de forma totalmente desproporcionada, como si la cabeza hubiese sido estirada más allá de lo posible. Los brazos habían sido sustituidos por largos tentáculos, y en sus extremos se abrían apéndices más pequeños, semejantes a dedos atrofiados. La espalda se desplegaba en una especie de alas rudimentarias, enormes, plegadas sobre el cuerpo con una torpeza que no parecía natural.</p>
<p>Bajo las estatuillas encontré también una especie de códice primitivo. En ellas aparecían las mismas figuras que habíamos visto representadas en piedra, acompañadas de largas columnas de símbolos escritos en una lengua desconocida.  </p>
<p>Mientras Micolash y yo examinábamos los grabados, intentando encontrar algún patrón que nos permitiera comprenderlos, escuché pasos apresurados acercándose desde un pasadizo contiguo.</p>
<p>Era Laurence.</p>
<p>Apareció jadeando entre las sombras.</p>
<p>—¡Maestro Willem! ¡Por favor, venga! —dijo visiblemente alterado. </p>
<p>Intercambié una mirada con Micolash. Él permaneció junto a las estatuillas, recogiendo cuidadosamente el códice y las figuras de piedra, mientras yo seguía a Laurence hacia la cámara contigua.</p>
<p>Atravesamos un estrecho corredor y, al cruzar el umbral, la oscuridad me envolvió por completo.</p>
<p>La nueva cámara era inmensa. Durante unos instantes no pude distinguir nada. La llama de las antorchas estaba próxima a extinguirse y apenas lograba arrancar fragmentos de la penumbra. Sólo cuando me acerqué a un par de metros de Gehrman pude verlo claramente. Permanecía inmóvil, con la antorcha alzada frente a él.</p>
<p>La luz apenas iluminaba unos pocos metros a nuestro alrededor.</p>
<p>Más allá sólo había oscuridad.</p>
<p>Y en medio de aquella oscuridad se alzaba una figura descomunal. Al principio creí que observaba una formación rocosa. Una columna quizá, o parte de la propia caverna. Sin embargo, a medida que mis ojos se acostumbraron a la penumbra, comencé a distinguir mejor la forma, pude ver ciertos rasgos donde creía ver solo piedra.</p>
<p>Aquello no era parte de la cámara.</p>
<p>Era un cuerpo.</p>
<p>Pedí otra antorcha. Laurence me miró con desconcierto, como si hubiese perdido el juicio.</p>
<p>—Maestro Willem...</p>
<p>No respondí. Tomé la llama, la acerqué a la mecha nueva y esperé a que prendiera. El fuego vaciló un instante antes de afirmarse. Entonces levanté la antorcha con ambas manos.</p>
<p>La luz creció.</p>
<p>La figura emergió poco a poco de la oscuridad, y con ella el horror de su escala. No se trataba de una simple aberración enterrada en la profundidad; era, sin lugar a dudas, el cuerpo representado en las estatuillas y en el códice.</p>
<p>Gehrman retrocedió un paso. Laurence abrió la boca, pero no encontró palabras. Micolash, en cambio, parecía incapaz de apartar la vista de la criatura.</p>
<p>—Es un monstruo —murmuró Gehrman, con la voz tensa.</p>
<p>Estábamos junto a la misma figura y, sin embargo, veíamos cosas totalmente diferentes. Para ellos no era más que un monstruo: una aberración abandonada en aquellas catacumbas para pudrirse en silencio. Para mí, en cambio, aquello era otra cosa. Veía un cuerpo que había atravesado un proceso imposible, una forma que aún conservaba, bajo aquella deformidad terrible, el recuerdo de un origen humanoide. Era posible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>¡Evolución!</strong></p>]]></content:encoded>
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                    </item>
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                        <title>Nuestro señor el desollado</title>
                        <link>https://noviembrenocturno.es/forum/los-circulos/nuestro-senor-el-desollado/</link>
                        <pubDate>Sun, 15 Mar 2026 15:08:28 +0000</pubDate>
                        <description><![CDATA[Recuerdo el roce áspero de la tierra seca en mis palmas cuando aún era un niño. Recuerdo al abuelo contándome la historia del sacrificio de los innumerables mimixcoa, que fallaron en su obli...]]></description>
                        <content:encoded><![CDATA[<p>Recuerdo el roce áspero de la tierra seca en mis palmas cuando aún era un niño. Recuerdo al abuelo contándome la historia del sacrificio de los innumerables <em>mimixcoa</em>, que fallaron en su obligación de alimentar al sol. Recuerdo la siembra y el cuidado de la tierna mata del maíz.</p>
<p>Mírala bien ––dijo el abuelo, mientras sostenía una semilla de maíz––. Para que esta semilla pueda alimentar primero debe aceptar su muerte. Desprenderse de su piel para entregar la tierna carne que se esconde bajo ella. Si quiere dar nueva vida, también debe romperse, entregar su piel a la tierra y de ella, impaciente, brotará esa nueva vida. Aprendimos desde pequeños que la vida necesita sacrificio y que nada en este mundo nace sin un desgarro.  </p>
<p>La sensación de la tierra en mis manos y los recuerdos se disipan. El aire de la plaza ya no es aire, es una mezcla de sangre, sudor y copal. El estruendo de la multitud y los tambores me devuelven al presente con la violencia de un golpe.</p>
<p>Mis ojos se posan en el guerrero. Por la mañana, en la penumbra del templo, antes del ruido y de la gente, pasamos horas preparándolo; mis propios dedos trazaron las franjas rojas y blancas sobre su piel aún intacta. Le colocamos el penacho y las orejeras, transformándolo en la <em>Ixiptla (imagen del dios)</em>, el espejo vivo de nuestro señor. Le dimos de beber, le entregamos <em>el</em> <em>macuahuitl</em> (la macana) ataviado de plumas, lo preparamos para su prueba final.</p>
<p>El propósito del <em>Tlahuahuanaliztli (</em>rayamiento<em>)</em> no es vencer o ser vencido, la <em>Ixiptla (</em>imagen del dios<em>)</em>, debe mostrar que su piel es digna y será una ofrenda agradable a nuestro señor.</p>
<p><em>El</em> <em>temalacatl</em> (La plataforma circular) se convierte entonces en el centro del universo. Allí, atado por un tobillo, la <em>Ixiptla</em> <em>(</em>imagen del dios<em>)</em> se enfrenta a cuatro guerreros. Una danza desigual, una lucha donde la madera emplumada choca contra los filos negros de obsidiana, los guerreros jaguar y águila luchan con todo su ímpetu, turnan sus ataques para agotarlo, fatigar su cuerpo, templarlo. Buscan separar su alma y solo quede un cuerpo exhausto pero sagrado, una piel que ha ganado el derecho de vestir a nuestro señor.</p>
<p>El combate ha sido satisfactorio, el guerrero ha defendido su vida con la dignidad de quien sabe que su sangre tiene un precio cósmico. Ha luchado con su macana de plumas contra los filos de obsidiana de los Jaguares y las águilas, demostrando que su <em>tonalli</em> (fuerza vital) es puro, que su piel es valiosa y que merece el respeto de mi oficio. Cada herida en su cuerpo es un surco abierto en la tierra; cada gota que ha salpicado en el disco de piedra es una promesa de lluvia.</p>
<p>Ahora, exhausto por el combate, lo suben por las escaleras del templo mayor. Es un ascenso lento y pesado. En la parte superior, lo recuestan boca arriba sobre <em>el techcatl</em> (La piedra de sacrificios). La piedra, ardiente y vibrante arquea su espalda ofreciendo su pecho al cielo, la respiración lenta y constante, aguardando el golpe.</p>
<p>El sacerdote levanta el <em>tecpatl</em> (cuchillo ceremonial). El cuchillo de obsidiana, negro como una noche sin estrellas, cumple su función de manera inmediata. Es un tajo limpio, un rayo de sombra que abre su pecho. El corazón es extraído y el ciclo, por un instante, se detiene en un suspenso de sangre. En su punto más alto, el sol, atestigua la ofrenda. El hombre, el guerrero, la <em>Ixiptla</em> <em>(</em>imagen del dios<em>)</em> ha saldado la deuda de los <em>mimixcoa</em>.</p>
<p>Su cuerpo no será arrojado de lo alto del templo, su piel no será arrancada al pie de sus escaleras, los sacerdotes lo entregan con el respeto que ganó. Llevamos su cuerpo hasta el <em>calpulli</em> (barrio) de su captor, lejos del ruido y de la multitud del templo. Lo recostamos sobre petates extendidos en el suelo. Ahora comienza mi labor, una labor que exige manos firmes.</p>
<p>Me arrodillo junto al cuerpo.</p>
<p>Coloco la palma sobre su pecho abierto. Tomo el cuchillo de obsidiana. Su filo es tan fino que apenas necesita presión para abrirse camino, cada corte debe ser limpio, cada movimiento preciso, minucioso. Cualquier daño innecesario a la piel sería una afrenta a nuestro señor, una ofensa a la misma primavera.</p>
<p>Mis manos avanzan con paciencia, como quien despega la cáscara de un fruto sin lastimarlo. La carne, tibia y húmeda se desprende poco a poco, puedo ver el músculo expuesto, la sangre tibia escurriendo por mis dedos, el olor metálico mezclado con el copal.</p>
<p>El esfuerzo y la paciencia rinden como siempre su fruto. La piel cede por completo con facilidad y puedo levantarla con ambas manos, siento su peso, su calor y flexibilidad. Observo las marcas del combate, los rastros de sangre bendecidos por el sol.</p>
<p>La abro como quien despliega un manto sagrado. Inclino la cabeza ante el guerrero por última vez.</p>
<p>Luego, comienzo a vestirme.</p>
<p>Primero los brazos, después el torso. La piel se acomoda lentamente sobre mi cuerpo. Los ayudantes ajustan los bordes y alisan los pliegues con cuidado. Cuando terminan, me pongo de pie.</p>
<p>Alzo la vista al cielo, el sol continúa su trayecto.</p>
<p>La cosecha será buena.</p>
<p>La ofrenda ha sido satisfactoria para Nuestro señor el desollado.</p>]]></content:encoded>
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                        <title>Solsticio de Invierno</title>
                        <link>https://noviembrenocturno.es/forum/los-circulos/solsticio-de-invierno-2/</link>
                        <pubDate>Mon, 09 Mar 2026 11:17:38 +0000</pubDate>
                        <description><![CDATA[Buenos días, tardes o noches, os dejo por aquí un relato que escribí hace tiempo inspirado por la prosa del maestro Lovecraft, quise hacer una obra en su mundo pero a mi estilo, espero que l...]]></description>
                        <content:encoded><![CDATA[<p>Buenos días, tardes o noches, os dejo por aquí un relato que escribí hace tiempo inspirado por la prosa del maestro Lovecraft, quise hacer una obra en su mundo pero a mi estilo, espero que lo disfrutéis. está "acabado", cerrado mejor dicho, pero se puede continuar, os lo subo entero por partes, si alguien quiere continuarlo, aunque el final es cerrado hay varias cosas que se quedan abiertas, todo el que quiera está más que invitado a seguir este relato al que le tengo mucho cariño, sin más dilación, les dejo disfrutar de esta historia: </p>
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<p>Solsticio de invierno</p>
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<p><span>por</span></p>
<p>Hugo Canterla Rodríguez</p>
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<p><em>                                                                            </em></p>
<p>Hay quienes desean ser especiales, también existen los que aborrecen serlo, después están los que se sienten agradecidos, y, por último, están los que, en contra de toda lógica, acaban siéndolo.</p>
<p>Se dice que todo lo guía una fuerza superior llamada Dios, otros la llaman karma, destino, varios piensan que tales cosas no existen y se apoyan en los meros hechos científicos, sustentados por bases sólidas, supuestamente, luego están los “locos” que piensan que todo está conectado, que la magia existe, o, que astros como la Luna pueden afectar al humor de las personas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De eso trata esta historia, de cómo un grupo de chicas que vivían con total tranquilidad, acaban perteneciendo al último grupo que he nombrado, los que, por azar o por destino, sin quererlo ni beberlo, acaban en unas circunstancias o con unas cualidades que haría que las gentes sencillas las cataloguen de “especiales”.</p>
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<p><strong>    <em>CAPITULO I EL UMBRAL DEL DOLOR</em></strong></p>
<p> 18 de diciembre de 2.0…</p>
<p> Una pequeña silueta se desplaza entre la obsesa marabunta, va con su hermana a la clínica, ese odioso lugar que no deja de recordarles lo que ocurrió aquel día.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>                                                 ***</p>
<h2><a name="_Toc2328684"></a> </h2>
<p> -            ­¡Hola chicas!, pasad, pasad. – una mujer alta de pelo largo y ondulado les abre la puerta.</p>
<p>-             Hermanita, me quiero ir a casa.</p>
<p>-             Yo también Aurora, yo también.</p>
<p>-             Bueno, contadme, ¿qué tal ha ido la semana?</p>
<p>-             Bien, hemos aprobado todos los exámenes, de momento.</p>
<p>-             Aja… ¿algo que destacar en estos días?</p>
<p>-             No, lo único que puedo decirle a alguien como usted, es que aún no lo he superado, es lo que quiere oír, ¿verdad? -la joven frunció el ceño y miró fijamente a la doctora.</p>
<p>-             Bueno… es normal, tan sólo hace dos años de aquello.</p>
<p>-             Me quiero ir a casa-la pequeña le tiró a su hermana de la manga con lágrimas en los ojos.</p>
<p>-             La muchacha le dio un beso en la frente-sí, nos vamos ya.</p>
<p>-             ¿dónde vais? La sesión aún no ha terminado.</p>
<p>La chica se levantó y clavó la mirada en la mujer – nos vamos a casa bruja, no pienso permitir que sigas sacándole el dinero a mi abuela.</p>
<p>-             Esa mujer no es tu abuela, ya lo sabes.</p>
<p>-             ¡cállate! - estuvo a punto de abalanzarse sobre ella, y lo habría hecho, si su pequeña hermana no hubiese estado delante.</p>
<p>Vámonos-las dos se levantaron y se marcharon de la consulta dejando el sonido seco de un portazo tras de sí</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CAPITULO II UNA VIDA TRANQUILA</strong></p>
<p> Siempre me lo he preguntado ¿quién soy? ¿De dónde vengo? ¿hacia dónde voy?, estas son preguntas que ya no digo en voz alta, la gente se suele asustar o cambiar de tema, siempre que las he hecho, incluso, hay personas que no me han vuelto a hablar, por eso, a día de hoy, no le hago estas preguntas a nadie más que a mí misma.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>19 de diciembre de 2.0…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Me dirijo a una “cárcel”, demasiado bien hecha y estructurada como para que alguien se dé cuenta de que lo es, ese lugar, llamado escuela. Al menos, puedo estar con mis amigas.</p>
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<p>- ¡Hola chicas! - se lanzó encima de Esther para abrazarla.</p>
<p><br />- Hola Ayla, ¿cómo estás?</p>
<p><br />- ¡muy bien! ¿y vosotras?</p>
<p><br />- Bien… hemos tenido que volver a la loquera… ya te puedes imaginar.</p>
<p><br />- Ya veo...- en ese momento miró a Aurora, la vio algo triste, parecía estar en trance.-¿Qué pasa Aurora?</p>
<p>- Nada… sólo que no me gusta esta conversación…</p>
<p><br />- Aaah, ya veo, bueno, tengo hambre, ¿os apetece ir a comer algo a la cafetería?</p>
<p><br />- ¡Claro! - respondieron al unísono.</p>
<p><br />- Muy bien, vamos allá.</p>
<p>                                                                    ***</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>- ¿qué tal con los chicos? -preguntó Esther con la boca llena.</p>
<p><br />- Bueno… ya sabes jeje.</p>
<p><br />- A mí no me gustan, son todos unos pervertidos, y no tienen nada de consideración- replicó Aurora.</p>
<p>Su hermana y su amiga la miraron fijamente durante unos segundos, luego se miraron mutuamente.</p>
<p>- Jajajajaja, eso dices ahora, veras cuándo te enamores-Esther le guiño un ojo en tono burlón.</p>
<p><br />- ¡¿enamorarme?! ¡ni loca!</p>
<p><br />- Ya verás que sii- su hermana se tiró encima de ella y empezó a hacerle cosquillas-dilo, di que sí te vas a enamorar.</p>
<p><br />- ¡ni en sueños! Jajajaja ¡para, para!</p>
<p>Esther paró en el momento que miro a su alrededor y vio que toda la sala les estaba mirando.</p>
<p>- Oh, eh… esto… - se levantó rápidamente y miró a su hermana algo enfadada.</p>
<p><br />- Jajaja, mirad a Esther, parece una niña pequeña.</p>
<p><br />- Cállate Roy- la chica le clavó una mirada que hizo que se le helara la sangre.<br />- Tranquila… sólo era una broma.</p>
<p><br />- Esther prefirió ignorarlo, las tres se dirigieron rápidamente fuera del comedor, justo cuando sonaba la campana de clase, que les anunciaba el resto del día “libre”.<em>  </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong><em>  </em></strong><em><strong>CAPITULO III KYLÁTI   </strong>                                                                              </em></p>
<p><em>La academia interna Kyláti, nombre bastante adecuado para lo que es, un conjunto de celdas invisibles, en ellas, sus presos se sienten seguros, si supiesen lo que habita en este lugar… dejarían de sentirse privilegiados por estar en este sitio, catalogado como uno de los centros educativos más prestigiosos de todo el mundo, oculta en su pasado una serie de sucesos ahora olvidados, pero que haría que a cualquier persona se le helase la sangre , y, que ni los mismos trabajadores quisieran estar ni una milésima de segundo más aquí.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>- Ufff, por fin viernes, ya estaba cansada, ¿qué queréis hacer este finde?</em></p>
<p><em>- Mmm, ¿qué os parece si vamos de fiesta? He oído que van a abrir una nueva disco aquí al lado.</em></p>
<p><em>- Yo… prefiero quedarme en casa, id vosotras si queréis.</em></p>
<p><em>- No digas tonterías Aurora, no pienso permitir que te quedes en casa aburriéndote jugando con daditos o con la máquina.</em></p>
<p><em>- Es lo que me gusta, ya lo sabes, a ti también te gustan los juegos de mesa.</em></p>
<p><em>- El ajedrez es un juego de estrategia muy sofisticado y altamente difícil, no es como esos jueguecitos de rol tuyos.</em></p>
<p><em>- El rol también tiene mucha estrategia- le reclamó su hermana.</em></p>
<p><em>- Bueno… lo dudo mucho- Esther soltó una risilla burlona.</em></p>
<p><em>- Ya está bien chicas, tranquilizaos. - intervino Ayla en tono relajado. - (otra vez discutiendo por trivialidades, si supiesen lo que hay más allá de este mundo…)</em></p>
<p><em>- Bueno ¿qué hacemos entonces? – preguntó Aurora. </em></p>
<p><em>- Yo voto porque las tres pasemos la noche en mi habitación – propuso Ayla.</em></p>
<p><em>- Mmm, vale, ¿a las 20:00 hoy? Y ya mañana vamos a la nueva disco.</em></p>
<p><em>- Por mí bien, podéis quedaros en mi habitación, pero ya veré si voy a la disco, la epilepsia me puede jugar una mala pasada, ve tú primero y ya me dices como está el panorama.</em></p>
<p><em>- Yo a la habitación de Ayla sí voy, a la disco no, me da mucha vergüenza.</em></p>
<p><em>- Vaya… bueno, supongo que iré sola, ya os contaré.</em></p>
<p><em>- Wiiii- Aurora empezó a dar saltos de alegría.</em></p>
<p><em>- Bueno, voy a hacer unas cosas nos vemos luego chicas- Ayla les dio un abrazo a las dos y empezó a alejarse.</em></p>
<p><em>- Valeee, hasta luego guapa.</em></p>
<p><em>- ¡Llevaremos bebidas y comida! -dijo Aurora casi gritando de emoción.</em></p>
<p><em>- ¡perfecto! ¡nos vemos luego! - Ayla aligeró el paso.</em></p>
<p><strong><em>                                            </em></strong></p>
<p><strong><em> </em><em>CAPITULO IV MAGIA CÓSMICA</em></strong></p>
<p><em>Se dice que la magia, relacionada con el universo, lleva existiendo desde el principio de los tiempos, millones de eones antes de que los primeros humanos caminasen sobre la Tierra, de hecho, se piensa que con ella se creó a la raza humana, cosa que tendría sentido, y explicaría la gran facilidad que tienen estos para acceder al mundo onírico o al astral.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Ayla llegó a su habitación, era una estancia de unos 40 metros cuadrados, tenía paredes marrón claro, una pequeña mesa blanca en la que había una televisión, un armario empotrado también blanco y una pequeña cama con las sábanas del mismo color que los muebles.</em></p>
<p><em>Una vez cerrada la puerta pudo relajarse, se dirigió a su cama, la cuál era grande y tenía unos cajones cerrados con llave debajo de ella, en lugar del típico hueco, esto se debía a dos motivos, el primero es que ahí era donde guardaba todos sus objetos relacionados con lo esotérico y místico, el segundo, era que, de pequeña, Ayla siempre había estado bajo el acecho de cosas, cosas que solían arrastrarse debajo de su cama, para así pasar inadvertidos y poder colarse a altas horas de la madrugada en las tierras oníricas, y así, provocarle pesadillas a la pequeña, especialmente durante el solsticio de Invierno.</em></p>
<p><em>Por supuesto si hubiesen sido simples pesadillas no habría tomado esas medidas, no, era algo más, lo recordaba bien, los moratones con los que se despertaba por las mañanas… sus padres siempre habían defendido que se los hacia ella misma al dormir, por moverse mucho, pero eso no era cierto, en las tierras del sueño hay cosas, que pueden hacer que cambies para siempre.</em></p>
<p><em>La joven sacó un libro enorme, encuadernado con tapas duras de cuero negro, con el grabado en relieve de un pentagrama en la portada, el título era “</em><em>Dreamlands: creaturae, nec visu magicae</em><em>”. Era un libro muy antiguo, según sabía pertenecía a un grupo de brujas del siglo XV, procedentes de Turquía, el titulo original del libro es “Dreamlands: yaratıklar, büyü ve manzaralar”.</em></p>
<p><em>Se dice que un sacerdote aliado de las brujas tradujo el libro al latín, lengua que Ayla dominaba a la perfección, ya que siempre le había gustado, este idioma se estudiaba en Kyláti, junto con el inglés, el francés, el alemán, el italiano y el chino, aunque exceptuando el inglés y el francés, el resto de lenguas eran voluntarias, se les recomendaba a los alumnos estudiar chino, aunque muy pocos lo hacían, Ayla dominaba el inglés, el español (ya que era nativa de España) lo básico de francés, y, como ya he mencionado latín.</em></p>
<p><em>Después de ojear un poco el libro, el cuál además de hechizos y encantamientos contenía varias ilustraciones de las criaturas y paisajes que estaban en las tierras del sueño, lo dejó a un lado, lo tapó por si entraba alguien y sacó otro, este era un poco más pequeño, pero de un material más pesado, la portada estaba hecha de aleación de plata y un material desconocido, de un color parecido al rojo, que no existe en este planeta, este libro, al contrario que el otro ejemplar, era una especie de diario que se escribía sólo, bueno, no exactamente, se escribía a través del pensamiento; Ayla tradujo a texto en latín todo lo que le había pasado ese día, todo lo del diario estaba en taquigrafía latina o española, ya que una de las lenguas no se estudiaba en la academia, y la otra era de las menos escogidas, los alumnos no la veían útil, seguro que a los cotillas les habría encantado entrar a su habitación en ese momento y saber estos dos idiomas, pero esto no pasó, quién sí entró fue uno de sus profesores, era el de matemáticas, asignatura por la que siempre había demostrado gran interés, pero, que detestaba cursar, según ella, los contenidos eran aburridos y fáciles, además de poco prácticos.</em></p>
<p><em>- Buenas, señorita Ayla, vengo a entregarle su examen, tiene un 6, debería esforzarse un poco más, sé que puede hacerlo mejor – el hombre, que en ese momento rondaría los 50 años le tendió la hoja, ella la cogió, se quedó unos segundos observándola, y se la devolvió.</em></p>
<p><br /><em>- Muchas gracias señor Peter, que pasé un buen día – el hombre cogió el examen y se despidió cerrando la puerta con una amable sonrisa. </em></p>
<p><em>Terminó de “escribir” en su diario, lo dejó donde estaba junto con el otro libro, luego sacó un extraño objeto y se quedó observándolo con los ojos fijos, como en una especie de trance.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>El artilugio era esférico, de color púrpura con extraños símbolos en bajo relieve, algo parecido a una mezcla entre runas nórdicas y kanjis japoneses; aparentemente era mecánico, pero no se parecía en nada a una máquina, más bien, a primera vista alguien diría que era algo orgánico, incluso vivo.</em></p>
<p><em>Nadie excepto ella sabía de la existencia de estos objetos, cuando era pequeña pensaba que se los traía el ratoncito Pérez o papá Noel, ya que siempre eran cosas, que se encontraba al despertar, en fechas clave como Navidad o el solsticio de verano.</em></p>]]></content:encoded>
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                        <title>Solsticio de Invierno</title>
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                        <pubDate>Sat, 07 Mar 2026 19:12:48 +0000</pubDate>
                        <description><![CDATA[Es uno de los primeros relatos que escribí, pero me siento muy orgulloso de él, espero que lo disfrutéis, un enorme abrazo tentacular a todos los caballeros y señoritas que se atrevan a aden...]]></description>
                        <content:encoded><![CDATA[<p>Es uno de los primeros relatos que escribí, pero me siento muy orgulloso de él, espero que lo disfrutéis, un enorme abrazo tentacular a todos los caballeros y señoritas que se atrevan a adentrarse en este onírico y aterrador universo...</p>
<div id="wpfa-65004" class="wpforo-attached-file"><a class="wpforo-default-attachment" href="//noviembrenocturno.es/wp-content/uploads/wpforo/default_attachments/1772910768-Solsticio-de-Invierno.docx" target="_blank" title="Solsticio-de-Invierno.docx"><i class="fas fa-paperclip"></i>&nbsp;Solsticio-de-Invierno.docx</a></div>]]></content:encoded>
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                        <title>HMS Terror</title>
                        <link>https://noviembrenocturno.es/forum/la-red/hms-terror/</link>
                        <pubDate>Sat, 14 Feb 2026 19:56:43 +0000</pubDate>
                        <description><![CDATA[***Es un texto un poco largo :D... así que puse unos guiones para dividirlo en 5 partes.
Mi nombre es Edward Hale. Soy historiador naval. Desde niño me sentí atraído por los barcos fantasma...]]></description>
                        <content:encoded><![CDATA[<br />
<p>***Es un texto un poco largo :D... así que puse unos guiones para dividirlo en 5 partes.</p>
<p>Mi nombre es Edward Hale. Soy historiador naval. Desde niño me sentí atraído por los barcos fantasmas y los relatos que los rodean, algunos de ellos hazañas increíbles de resistencia humana como el caso del Endurance; otras, completamente desconcertantes y terribles como el Ourang Medan. Esa fascinación terminó por determinar mi oficio, de modo que, cuando la Arctic Research Foundation me invitó a integrar el equipo que estudiaría el recientemente hallado HMS Terror, no dudé ni un segundo. Visto por última vez en el verano de 1845 por un barco ballenero, seguía siendo uno de los más grandes enigmas de la historia marítima.</p>
<p>El HMS Erebus y el HMS Terror partieron de Inglaterra el 19 de mayo de 1845 al mando del experimentado capitán Sir John Franklin con la misión de encontrar y cartografiar el paso del Noroeste en el Ártico canadiense.</p>
<p>En las primeras inmersiones que se realizaron en los restos encontrados se lograron recuperar unos pocos materiales escritos, entre ellos había un pequeño diario que se me asignó para su análisis.</p>
<p>El cuaderno llegó a mis manos el primero de octubre. Estaba envuelto en una lona oscura, aún impregnada del olor húmedo de la nave. Me dijeron que lo habían encontrado en la cubierta inferior, encajado detrás de un mamparo cedido. Pese al tiempo transcurrido, muchas páginas permanecían legibles, mientras que otras habían sido arrancadas o estaban tan deterioradas que solo conservaban fragmentos de tinta sin sentido.</p>
<p>Lo abrí dentro del contenedor climatizado, bajo una luz blanca que reducía todo a superficies frías. En las secciones que todavía se podían leer, la letra era firme. En la portada, apenas dos iniciales: A. M. Debajo, la designación, breve y exacta: “Cirujano Asistente”.</p>
<p>Comencé a leer.</p>
<p><strong>15 de diciembre de 1846</strong></p>
<p>Seguimos atrapados. El hielo nos cerró el paso en septiembre y, según las estimaciones del Maestre Blanky, deberemos soportar el invierno tal como estamos. Por ahora, la tripulación mantiene la rutina y una buena moral, ocasionalmente se realizan expediciones en trineo para reconocer la zona y se realiza el mantenimiento pertinente de la nave.</p>
<p>La salud general es buena. Se registran algunas molestias menores: cefaleas persistentes, letargo, irritabilidad ocasional, todas atribuibles al encierro prolongado, a la dieta y a la escasez de luz solar. No he observado, hasta el momento, signos que justifiquen una alarma médica.</p>
<p>El capitán nos ha encomendado al doctor Peddie y a mí prestar especial atención a cualquier alteración del ánimo o de la conducta entre la tripulación. El aislamiento tiende a exacerbar los ánimos y la imaginación, y la disciplina es, en estas condiciones, tan necesaria como el abrigo.</p>
<p><strong>12 de febrero de 1847</strong></p>
<p>El invierno se ha afirmado con una severidad que supera nuestras previsiones iniciales. Afortunadamente los días cada vez tienen más luz solar y solo podemos esperar que esto ayude a mejorar el ánimo de los hombres.</p>
<p>Han surgido los primeros casos médicos que no puedo despachar con explicaciones simples. Varios hombres presentan temblores leves en las manos, torpeza al manipular herramientas, un cansancio que no cede con el reposo. Dos marineros se quejan de un sabor metálico persistente en la boca, probablemente debido a las encías sangrantes propias del inicio del escorbuto. Otro refiere dolores abdominales recurrentes que no responden a los tratamientos habituales, si bien algunos de estos síntomas coinciden, como ya he dicho antes con las etapas iniciales del escorbuto otros resultan bastante infrecuentes para esta aflicción.</p>
<p>El doctor Peddie comparte mis reservas, aunque coincidimos en que no es prudente apartarnos del diagnóstico conocido. La comida es otro asunto que nos inquieta, hemos comenzado a examinar con mayor atención las provisiones. Varias latas presentan un olor desagradable al ser abiertas, y el contenido muestra una coloración extraña. Nada concluyente, pero suficiente para justificar precauciones.</p>
<p>Se ha decidido, con la aprobación del capitán Crozier, descartar aquellas raciones que muestren signos evidentes de deterioro. En la medida de lo posible, el personal médico y algunos oficiales evitaremos consumirlas, reservándonos para la carne salada y la caza fresca cuando la haya. El Capitán Crozier insiste en que no es un privilegio, sino una medida de seguridad: necesitamos mentes claras para guiar a estos hombres. Sin embargo, al ver a los marineros devorar el estofado con gratitud esta noche, no he podido evitar sentir un poco de culpa.</p>
<p>-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p><strong>02 de abril de 1847</strong></p>
<p>En las últimas semanas han ocurrido ciertos incidentes entre la tripulación que me obligan a apartarme, al menos parcialmente, del registro estrictamente médico que he procurado mantener hasta ahora. Mi intención inicial fue registrar únicamente aquello que tuviera relevancia clínica, evitando especulaciones o impresiones personales que pudieran distorsionar los hechos. Sin embargo, temo que los acontecimientos recientes exigen una observación más amplia.</p>
<p>Mantenemos la confianza que depositamos en el capitán Franklin y en el capitán Crozier y sabemos que nos llevaran a casa. Su temple ha sido hasta ahora el ancla moral de la expedición. No obstante, si estas páginas llegasen a ser examinadas en el futuro, considero prudente dejar constancia no solo de los síntomas del cuerpo, sino también de ciertas alteraciones del ánimo y de la conducta que comienzan a repetirse con inquietante frecuencia.</p>
<p>Al principio atribuí tales episodios al desgaste propio del invierno ártico: el encierro, la monotonía, la ausencia completa o por el contrario la persistencia de luz por prolongados días puede afectar el buen juicio de los marineros. Pero algunos de los relatos que he escuchado en los últimos días presentan coincidencias difíciles de ignorar.</p>
<p>El primero en referir incidentes de carácter más… inusual fue el marinero Thomas Kearney, fogonero de segunda clase. Es un hombre competente, con varios años de servicio en aguas del Atlántico Norte. No me parece una persona especialmente supersticiosa, aunque debo admitir que parece poseer un temperamento algo impresionable. La verdad es que no se le puede reprochar demasiado; las circunstancias actuales pueden afectar incluso los ánimos más firmes.</p>
<p>Lo examiné hace unos días, tras haber solicitado consulta por la aparición de varios hematomas en brazos y muslos. Las contusiones eran reales, de bordes irregulares, como producidas por golpes contra superficies duras. Él no recordaba haber sufrido caída alguna.</p>
<p>Durante la revisión, y solo después de cierta vacilación, me confió que desde hacía varias noches padecía sueños vívidos. En ellos —según describió— se encontraba de pie sobre el hielo, lejos del barco, aunque sin recordar haber abandonado su litera. Asegura que en el sueño escucha crujidos bajo sus pies, como si algo se desplazara bajo la superficie helada. No supo precisar si lo que oía era agua, el hielo quebrarse o algo distinto.</p>
<p>Sugirió, con evidente vergüenza, la posibilidad de estar caminando dormido.</p>
<p>Interrogué a sus compañeros de guardia. Ninguno afirmó haberlo visto abandonar la cubierta inferior durante la noche. Las escotillas permanecen aseguradas y, de producirse una salida al exterior, difícilmente pasaría desapercibida.</p>
<p>Le indiqué reposo y observación. En términos médicos, no puedo descartar que sus visiones sean consecuencia de la debilidad progresiva que venimos observando en otros hombres.</p>
<p>En los dos días posteriores recibí a otros cuatro marineros con síntomas notablemente similares. Hematomas inexplicables, distribuidos en brazos, costillas y espalda; insomnio persistente; irritabilidad creciente. Uno de ellos, el contramaestre auxiliar Wilkes, admitió haber experimentado breves lapsos de desorientación durante la guardia nocturna. Refirió haber visto “movimiento” sobre el hielo, más allá del alcance de las lámparas, aunque al enfocar la vista no encontró nada.</p>
<p>Otro aseguró escuchar golpes sordos contra el casco durante la madrugada, distintos del crujir habitual del hielo. No describió el sonido como impacto, sino como algo rítmico, casi deliberado.</p>
<p>Ninguno parece plenamente convencido de lo que afirma haber percibido. Todos lo relatan con la cautela de quien teme ser tomado por débil.</p>
<p>He discutido estos casos con el doctor Peddie. Coincidimos en que el cuadro general podría encajar dentro de una combinación de escorbuto incipiente, deficiencias nutricionales y el deterioro natural del ánimo provocado por la oscuridad prolongada. Sin embargo, la repetición de ciertos elementos —los sueños de caminar sobre el hielo, la sensación de ser observados, los ruidos bajo la nave— resulta difícil de atribuir únicamente a la sugestión.</p>
<p>El doctor me ha prometido elevar estas observaciones al capitán Crozier y, si la ocasión lo permite, comunicarlo también a la oficialidad del Erebus. Confiamos en que, de tratarse de un problema médico emergente, podamos contenerlo antes de que comprometa la disciplina.</p>
<p>Ruego que el capitán autorice nuevas partidas de caza en cuanto las condiciones lo permitan. La carne fresca ha demostrado ser beneficiosa, tanto para el cuerpo como para el ánimo. Necesitamos reducir la dependencia de las provisiones enlatadas, aunque oficialmente no exista motivo para sospechar de ellas más allá de su ocasional deterioro.</p>
<p>Rezo —y no empleo el término a la ligera— para que esto no sea el preludio de una aflicción mayor.</p>
<p>----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p><strong>3 de mayo de 1847</strong></p>
<p>Las condiciones del hielo han mejorado considerablemente. El sol permanece más tiempo sobre el horizonte y, aunque el frío no ha cedido del todo, su crudeza ya no paraliza como en los meses pasados. Con la esperanza de que el deshielo no tarde en manifestarse, los capitanes Franklin y Crozier dispusieron una reunión conjunta entre las tripulaciones del Terror y el Erebus.</p>
<p>El encuentro tuvo lugar a medio camino entre ambos buques, aproximadamente a ciento cincuenta pasos de cada uno. Se improvisó una mesa sobre cajones de provisiones, se distribuyeron raciones adicionales y, por unas horas, el hielo dejó de sentirse como una prisión y se convirtió en plaza pública.</p>
<p>Hubo música, risas, incluso apuestas triviales sobre quién divisaría primero agua libre hacia el sur. Algunos hombres bebieron más de lo prudente, pero todos parecían simplemente agradecer la oportunidad de ver rostros distintos a los habituales.</p>
<p>Observé a varios de los que habían acudido a consulta en semanas anteriores. El ánimo general parecía elevado, aunque no podría asegurar que la inquietud haya desaparecido por completo, el sentimiento general es que lo peor había pasado.</p>
<p>Al retirarme, ya avanzada la tarde, opté por regresar al Terror antes que la mayoría. Fue entonces cuando noté que no era el único alejado del grupo. Un marinero que debía pertenecer al Erebus, caminaba hacia la reunión.</p>
<p>Nos encontramos por casualidad.</p>
<p>Era un hombre de hablar pausado y modales tranquilos. Le pregunté cómo estaba llevando nuestra aventura y me respondió con una gran serenidad. Me comentó que sentía como si hubiese habitado este lugar desde siempre, y que no era la primera vez que se encontraba aguardando entre la nieve. Mencionó que, en expediciones pasadas, había tenido la oportunidad de observar de primera mano las prácticas de caza de los inuit.</p>
<p>Me habló, con notable detalle, de su método para capturar focas: horas inmóviles sobre la superficie congelada, atentos a un único orificio de respiración. Paciencia absoluta. Silencio.</p>
<p>—No es la fuerza o las armas lo que las vence —dijo, mirando hacia los marineros que reían a carcajadas—, sino la paciencia.</p>
<p>Explicó que el cazador permanece inmóvil, convirtiéndose en parte del paisaje, hasta que el animal, vencido por la necesidad, asciende a tomar aire. Solo entonces, en el instante preciso en que se sienten a salvo, arroja el arpón.</p>
<p>También mencionó la posibilidad de cazar renos o bueyes almizcleros cuando el terreno lo permite, aunque aseguró que, al final, nada iguala la eficacia del hielo como aliado.</p>
<p>Añadió, tras una breve pausa, que los inuit evitan ciertas regiones del hielo a toda costa. Según él, no por temor supersticioso, sino porque allí simplemente no hay nada que cazar. Los animales no frecuentan esas extensiones. Ni focas, ni renos, ni siquiera aves en migración. Sin embargo –– dijo, según ciertas creencias inuit, existen lugares que no son compatibles con la vida. Sitios donde ni hombres ni bestias deberían permanecer mucho tiempo.</p>
<p><strong>09 de junio de 1847</strong></p>
<p>El 24 del pasado mes el teniente Gore partió con un destacamento en trineo hacia el sur, con el propósito de dejar constancia escrita de nuestra posición y evaluar las condiciones del terreno más allá de los límites que hasta ahora habíamos explorado. La partida incluyó a varios hombres en condiciones aceptables de salud, y se les proveyó suficiente ración para una marcha prolongada.</p>
<p>Las instrucciones eran claras: avanzar cuanto fuese posible, reconocer la costa occidental de la isla del Rey Guillermo y, de hallarse una ubicación adecuada, dejar una nota formal que registrase el estado de la expedición.</p>
<p>El grupo regresó hace unas horas.</p>
<p>La caza resultó infructuosa. No se divisaron renos ni bueyes almizcleros. Las condiciones del terreno fueron descritas como traicioneras: superficies aparentemente firmes que cedían bajo el peso, grietas que no figuraban en los mapas improvisados de semanas anteriores.</p>
<p>Al internarse más al oeste, el grupo informó haber localizado lo que parecía un asentamiento abandonado. Varias estructuras bajas de piedra, dispuestas en círculo irregular, parcialmente cubiertas por nieve endurecida. Según el teniente Gore, el lugar mostraba señales de considerable antigüedad. No se hallaron indicios de reciente ocupación.</p>
<p>Algunos hombres recogieron ciertos objetos dispersos entre las ruinas: fragmentos tallados en hueso, una pequeña figura de piedra ennegrecida por el tiempo y lo que describieron como tiras de piel curtida con marcas, quizás de carácter ritual o narrativo. No puedo confirmar la naturaleza de dichas marcas; el material se encuentra actualmente resguardado en el Erebus, parecen no ser mas que una mera curiosidad, desgraciadamente no hubo contacto con población inuit.</p>
<p>Los hombres regresaron bastante fatigados. Varios presentan la misma sintomatología que he venido registrando desde febrero, aunque algunos de ellos no habían mostrado signos previos antes de la partida, los mantendremos en observación para descartar alguna complicación derivada del increíble esfuerzo al que fueron sometidos las últimas semanas.</p>
<p>-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p><strong>15 de Julio de 1847.</strong></p>
<p>El capitán Franklin falleció el pasado 11 de junio.</p>
<p>Ha transcurrido ya más de un mes. Los días posteriores a su fallecimiento han sido bastante duros para todos nosotros. Su edad y el peso de nuestras circunstancias hacían previsible un deterioro progresivo; sin embargo, el declive fue más rápido de lo que cualquiera hubiese anticipado.</p>
<p>Hasta principios de junio, pese al cansancio visible, conservaba la lucidez y el aplomo que siempre lo distinguieron. Recibió al teniente Gore y a su partida a su regreso de la expedición con interés genuino. Escuchó el informe con atención y solicitó examinar personalmente los objetos recuperados en el asentamiento abandonado.</p>
<p>Las reliquias —si tal término es apropiado— fueron trasladadas al Erebus. Entre ellas destacaba una pequeña figura de piedra oscura. No representa forma humana ni animal reconocible; más bien sugiere ambas cosas sin definirse por completo. Su superficie presenta hendiduras y marcas que podrían ser ornamentales o tal vez simples efectos del tiempo.</p>
<p>Varios oficiales que estuvieron presentes han comentado que la pequeña figura causó en el capitán una impresión particular. Desde el momento en que la sostuvo entre sus manos, raramente se le vio sin ella. Algunos lo interpretaron como simple curiosidad anticuaria. El capitán siempre mostró interés por las culturas del norte.</p>
<p>En los días previos a su muerte se observó en él una fatiga acentuada, acompañada de episodios de distracción poco habituales. En una ocasión, durante una conversación breve en cubierta, interrumpió su discurso y dirigió la mirada hacia el hielo como si atendiera a un sonido distante. Cuando le pregunté si se encontraba bien, respondió que había creído escuchar un golpe bajo el casco del Erebus. Atribuí el comentario al estrés acumulado.</p>
<p>La noche anterior a su fallecimiento solicitó permanecer solo. Según el mayordomo, sostenía aún la figura de piedra cuando fue visto por última vez con vida.</p>
<p>A la mañana siguiente fue hallado en su litera. La expresión de su rostro no evidenciaba dolor.</p>
<p>Se dispuso un cortejo fúnebre conforme a las circunstancias lo permitieron. El cuerpo fue envuelto en lona y cubierto con la bandera. Los hombres formaron en silencio sobre el hielo, a una distancia prudente del casco. El servicio fue breve; las palabras del capitán Crozier apenas lograban sostenerse contra el viento. El disparo de honor resonó sobre la planicie blanca y se perdió sin eco. El ataúd fue depositado en una tumba abierta a golpe de pico, en un suelo que se resistía a ceder.</p>
<p>Nosotros seguimos a la espera de señales inequívocas de deshielo, pero hasta ahora el horizonte permanece inalterado. El hielo cruje y se desplaza en ocasiones, mas no lo suficiente para ofrecernos esperanza fundada. Julio avanza y, sin embargo, la prisión blanca continúa cerrada en torno a nosotros.</p>
<p>Las consecuencias de una alimentación deficiente comienzan a hacerse evidentes en casi toda la tripulación. Incluso aquellos que hasta hace poco se mantenían vigorosos presentan ahora signos de deterioro. Se han organizado múltiples partidas de caza con el propósito de obtener carne fresca, pero todas han regresado sin éxito. Ni renos, ni bueyes almizcleros, ni rastro alguno que justifique una persecución prolongada.</p>
<p>He recordado entonces la conversación sostenida semanas atrás con aquel marinero del Erebus, quien me describió con detalle las prácticas de caza de los inuit. La paciencia, dijo, es el arma principal. Buscar un respiradero en el hielo y esperar, inmóvil, hasta que la foca se vea obligada a ascender por aire.</p>
<p>Transmití esta idea al teniente encargado de las incursiones recientes. Le sugerí que, en lugar de dispersar hombres y energías en exploraciones extensas y poco fructíferas, se concentraran en identificar orificios de respiración y aguardaran en silencio. Escuchó con atención y agradeció el consejo. Añadió que, dada nuestra situación, no podemos permitirnos despreciar ninguna estrategia razonable. Confío en que el método rinda fruto. Las alternativas comienzan a agotarse.</p>
<p>En cuanto a los asuntos médicos, la situación es cada vez más preocupante. Una proporción considerable de los hombres presenta temblores persistentes, calambres abdominales y una palidez que en algunos casos adopta un tono amarillento poco saludable. A ello se suman los síntomas ya habituales del escorbuto: encías inflamadas, sangrado frecuente, caída de piezas dentales y dolor en las articulaciones que dificulta incluso las tareas más simples.</p>
<p>Hasta aquí, todo podría explicarse dentro de los límites de nuestras privaciones.</p>
<p>Lo más inquietante, sin embargo, son las alteraciones del ánimo y de la percepción. Las visiones y alucinaciones se han vuelto más frecuentes y, en ciertos casos, lo suficientemente similares como para dejar de ser consideradas episodios aislados. Algunos hombres aseguran escuchar sonidos en el exterior durante la noche: pasos sobre el hielo, golpes sordos contra el casco.</p>
<p><strong>28 de agosto de 1847</strong></p>
<p>La estrategia de caza sugerida semanas atrás demostró, contra toda expectativa, ser efectiva. A finales de julio logramos capturar dos focas en respiraderos localizados al sureste de nuestra posición. La carne fresca produjo una mejoría perceptible en algunos hombres, aunque no tan marcada como hubiésemos deseado.</p>
<p>Fue, en mucho tiempo, la primera noticia verdaderamente alentadora.</p>
<p>Sin embargo, la esperanza depositada en el deshielo no se ha materializado. Agosto concluye sin que el hielo muestre señales consistentes de fractura amplia. Se siguen produciendo crujidos y desplazamientos, pero ninguno suficiente para liberar a los buques.</p>
<p>La perspectiva de afrontar un segundo invierno en estas condiciones pesa sobre todos nosotros.</p>
<p>El ánimo ha decaído notablemente. Se murmura con mayor libertad en cubierta. Algunos hombres han comenzado a insinuar que las reliquias traídas del asentamiento abandonado no debieron ser removidas. No mencionan abiertamente maldiciones, pero el sentido es claro.</p>
<p>He intentado desalentar tales ideas. El hambre y el miedo tienden a buscar causas donde solo hay coincidencias.</p>
<p>No obstante, un incidente ocurrido hace tres noches ha complicado notablemente mi postura.</p>
<p>Tras confirmarse la eficacia del método de espera en los respiraderos, se decidió mantener pequeñas guardias rotativas en los puntos identificados, con el fin de aprovechar cualquier oportunidad de caza. Se eligieron para esta tarea hombres de constitución robusta y sin síntomas avanzados de enfermedad.</p>
<p>Entre ellos se encontraba el marinero William Hartnell, fogonero trasladado temporalmente a labores exteriores por conservar aún fuerza suficiente.</p>
<p>La guardia transcurría sin novedad hasta pasada la medianoche. Según el informe inicial, el hielo permanecía estable y el orificio claramente visible. El relevo debía efectuarse al amanecer.</p>
<p>Sin embargo, poco antes de la hora prevista, Hartnell regresó solo.</p>
<p>Fue visto aproximándose al Terror a paso irregular, tropezando con frecuencia. Al llegar a cubierta se encontraba en estado de agitación extrema. Gritaba que no lo obligaran a volver, que no pensaba regresar “a ese agujero”.</p>
<p>Se necesitaron dos hombres para contenerlo.</p>
<p>Fui llamado de inmediato. Presentaba pulso acelerado, respiración superficial y una palidez más marcada que la habitual. No había señales evidentes de ataque físico, salvo una laceración superficial en la palma de la mano derecha, como si hubiese soltado con violencia el arpón.</p>
<p>Cuando logró articular palabras coherentes, repitió insistentemente:</p>
<p>—No me obligarán a volver. No quiero volver.</p>
<p>El capitán Crozier llegó instantes después que yo y tomó el control de la situación con firmeza habitual. Le ordenó calmarse y explicó que nadie sería enviado de nuevo hasta esclarecer lo ocurrido. Solo entonces Hartnell accedió a responder.</p>
<p>Al preguntársele qué había sucedido, afirmó que algo le había hablado desde el hielo.</p>
<p>No dijo haber visto figura alguna. Ante mi insistencia, negó haber distinguido forma concreta. Sin embargo, aseguró que la voz provenía del respiradero mismo.</p>
<p>Le pregunté qué palabras había escuchado.</p>
<p>Titubeó.</p>
<p>Luego respondió que no podía repetirlas.</p>
<p>No porque no las recordara, sino porque —según él— no eran exactamente palabras, aunque las había comprendido.</p>
<p>Esa fue su expresión.</p>
<p>Sostuvo que el sonido no se parecía al de un hombre, ni al de animal alguno que hubiese oído antes. Lo describió como un murmullo profundo, amortiguado por el agua, que parecía formarse justo bajo la superficie.</p>
<p>Ante aquella declaración, advertí que la mayoría de los marineros se había congregado a nuestro alrededor. Se habían aproximado sin que lo notáramos, formando un círculo en cubierta. En sus rostros se mezclaban incredulidad y miedo.</p>
<p>Ver a un hombre como Hartnell —robusto, reservado, poco dado a demostraciones— llorando abiertamente y suplicando como un niño produjo un efecto devastador en el ánimo general.</p>
<p>—No volveré —repetía—. Prefiero morir aquí que regresar a ese agujero.</p>
<p>El murmullo comenzó a extenderse entre la tripulación.</p>
<p>Fue entonces cuando el teniente Gore irrumpió entre los hombres, apartándolos con brusquedad. Sin mediar palabra, sujetó a Hartnell por el cuello del abrigo y le asestó un puñetazo que lo derribó de espaldas sobre la cubierta helada.</p>
<p>Hartnell quedó tendido, aturdido. Gore se inclinó sobre él y, fuera de sí, comenzó a sacudirlo y golpearlo nuevamente.</p>
<p>—¡Basta de insensateces! —gritaba—. ¡Está usted sembrando pánico!</p>
<p>La escena amenazaba con desbordarse. Los marineros retrocedieron.</p>
<p>El capitán Crozier actuó con rapidez. El doctor Peddie y yo ayudamos a separarlos. Entre los tres logramos contener al teniente, que forcejeaba aún con visible exaltación, y lo condujimos prácticamente a rastras hasta el camarote del capitán.</p>
<p>Una vez dentro, Crozier cerró la puerta con firmeza.</p>
<p>—¡Debe controlarse, teniente! —dijo, en tono severo—. Están asustados. Están hambrientos… —miró brevemente hacia la puerta y bajó la voz— intoxicados, tal vez, por los alimentos. Están enfermos. Nosotros debemos mantener la calma por ellos. No podemos permitirnos perder la cordura también. Tiene que comprenderlo.</p>
<p>El teniente Gore permaneció en silencio unos segundos. La tensión abandonó gradualmente sus hombros. Ya no parecía furioso, sino exhausto.</p>
<p>Cuando alzó el rostro, advertí que sus ojos estaban enrojecidos.</p>
<p>Una lágrima descendió sin que intentara ocultarla.</p>
<p>—Yo también lo he escuchado.</p>
<p>-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------</p>
<p><strong>24 de diciembre de 1847</strong></p>
<p>Desde el incidente con el teniente Gore, todo ha ido empeorando de manera constante. Lo ocurrido aquella noche quebró algo más que la disciplina: quebró la certeza de que aún comprendíamos lo que nos rodea. Las desapariciones —primero esporádicas, luego inquietantemente frecuentes— ya no sorprenden a nadie. Nadie pregunta demasiado cuando una litera amanece vacía.</p>
<p>Dios se ha olvidado de este lugar, no tengo dudas. O quizás, lo que habita aquí es más antiguo.</p>
<p>Escribo esto bajo la luz temblorosa de la última lámpara de aceite que me permito encender. A mi alrededor, el HMS Terror ya no me parece un barco; luce más bien como una tumba. El casco cruje bajo la presión incesante del hielo, un sonido que se ha vuelto tan constante como los latidos de mi propio corazón.</p>
<p>Los últimos meses han sido un descenso a un infierno blanco y silencioso.</p>
<p>La disciplina naval, ese último bastión que el capitán Crozier intentó defender con tanta ferocidad, se ha disuelto completamente. Ya no hay guardias formales, ni mantenimiento, ni siquiera limpieza. Los hombres se agrupan en las cubiertas inferiores, envueltos en harapos sucios, temblando no solo de frío, sino de un terror que no tiene nombre.</p>
<p>El teniente Gore ha desaparecido desde finales de noviembre. No hubo una búsqueda organizada ni nada parecido. Simplemente, durante lo que debería haber sido su guardia, se le vio caminar hacia la borda. Según el testimonio del grumete Hoar —quien lo observaba desde la seguridad de la escotilla—, Gore no llevaba abrigo, ni guantes, ni armas. Caminó con paso firme hacia la oscuridad perpetua, se descolgó por el costado del barco y se adentró en el hielo sin mirar atrás.</p>
<p>Nadie intentó detenerlo. Creo que, en el fondo, muchos lo envidian.</p>
<p>La situación con las "reliquias" ha llegado a un punto crítico. El miedo ha mutado en superstición violenta. Un grupo de marineros, liderados por el contramaestre Tozer, se presentó esta mañana ante el camarote del capitán Crozier. No solicitaron audiencia; exigieron acción.</p>
<p>Sostienen que la figura de piedra traída del asentamiento es la causa de nuestra desgracia y exigen que sea devuelta a su lugar de origen.</p>
<p>El capitán Crozier, visiblemente debilitado por el escorbuto y la carga del mando, intentó razonar con ellos. Les explicó que enviar una partida en plena noche polar, con temperaturas que congelan en minutos, es un suicidio. Pero el miedo de los hombres es mayor que su lógica.</p>
<p>—La llevaremos nosotros —dijo Tozer con una calma que me heló la sangre.</p>
<p>Ante la amenaza de un motín abierto, el capitán accedió a regañadientes a organizar una partida voluntaria para devolver el objeto maldito.</p>
<p>Fue entonces cuando recordé al hombre con el que hablé durante la reunión de mayo. Aquel marinero del Erebus de modales tranquilos, el que conocía tan bien las costumbres de caza y la geografía del hielo. Pensé que su experiencia sería vital para guiar al grupo en la oscuridad o tal vez supiera que era esa figura y esto pudiera de alguna forma calmar a los marineros.</p>
<p>Me dirigí al Erebus aprovechando una breve calma en el viento, cruzando la pasarela de hielo que une nuestras prisiones flotantes. Solicité el registro de la tripulación al teniente Fairholme. Describí al hombre con detalle: su estatura, su voz pausada, su conocimiento específico sobre la caza de focas y los respiraderos.</p>
<p>Fairholme me miró con extrañeza. Revisamos la lista de tripulantes, nombre por nombre. Revisamos las bajas. Preguntamos a los oficiales y a los marineros más veteranos.</p>
<p>Nadie lo conoce.</p>
<p>No existe ningún hombre con esa descripción en el Erebus. Ni en el Terror.</p>
<p>He vuelto a mi camarote con el alma deshecha. He repasado esa conversación en mi memoria una y otra vez. "No es la fuerza lo que las vence, sino la paciencia".</p>
<p>Ahora comprendo el horror de sus palabras. No me estaba enseñando a cazar. Me estaba explicando cómo nos cazaría.</p>
<p>Estuvo entre nosotros. Bebió nuestro vino. Caminó bajo nuestro sol. Y nosotros, ciegos le dimos la bienvenida.</p>
<p>La partida saldrá mañana para devolver la piedra. No creo que regresen. Y temo, con una certeza que me impide dormir, que devolver el ídolo no servirá de nada.</p>
<p><strong>15 de febrero de 1848</strong></p>
<p>El barco ha estado en silencio durante el último mes.</p>
<p>Ya no hay murmullos de motín, ni discusiones, ni siquiera los quejidos de los enfermos. Solo queda el crujido de la madera y, ocasionalmente, el sonido de algo caminando sobre la cubierta superior.</p>
<p>Pasos pesados. Lentos. Pacientes.</p>
<p>La partida que salió en diciembre para devolver la figura de piedra nunca regresó. Tozer y sus hombres fueron tragados por la oscuridad a menos de quinientas yardas del barco. No hubo gritos, ni disparos. Simplemente, las linternas que llevaban se extinguieron una a una.</p>
<p>Desde entonces, otros han desaparecido. Hombres que bajaron a la bodega por carbón y no subieron. Hombres que se durmieron en sus literas y a mitad de la noche, y por voluntad propia aparentemente, abandonaron el barco.</p>
<p>Somos menos de cincuenta en el Terror ahora. No sabemos cuántos quedan en el Erebus, nadie se atreve todavía a cruzar el camino hasta él.</p>
<p>El capitán Crozier ha tomado la decisión final. Abandonaremos los barcos.</p>
<p>Se ha fijado la fecha para finales de abril, cuando la primera luz permita distinguir el horizonte. Cargaremos los botes en trineos, llenaremos nuestras mochilas con las últimas latas —veneno o no, es lo único que nos queda— iremos hasta el Erebus a buscar a los que hayan sobrevivido al invierno y caminaremos hacia el sur. Hacia el río Back.</p>
<p>Es una sentencia de muerte, y todos lo sabemos. Arrastrar botes de tonelada y media sobre el hielo irregular, con hombres que apenas pueden mantenerse en pie por el escorbuto y el hambre, es una locura, pero quedarse aquí es algo peor que la muerte.</p>
<p>Quedarse aquí es esperar. Y ya nadie tolera la espera.</p>
<p>He vuelto a pensar en aquel hombre. En su voz tranquila explicándome la caza. He comprendido, la totalidad de su mensaje.</p>
<p>No somos exploradores varados esperando el rescate. Somos presas que han sido guardadas en una despensa.</p>
<p>La entidad —o lo que sea esa cosa— ha estado ahí afuera con una paciencia infinita. Nos ha dejado debilitarnos, enfermarnos, perder la razón y la esperanza. Y ahora, sabe que el momento ha llegado.</p>
<p>Al ordenar el abandono de los barcos, el capitán Crozier cree que estamos eligiendo luchar por nuestras vidas. Cree que estamos huyendo pero se equivoca.</p>
<p>Al salir de los barcos, al poner el pie en el hielo abierto y alejarnos de estos cascos de madera, estamos haciendo exactamente lo que la foca hace cuando ya no puede aguantar más la respiración.</p>
<p>Estamos saliendo al aire libre. Justo donde el arpón nos espera.</p>
<p>Que Dios se apiade de nuestras almas, porque el hielo no tendrá misericordia con nuestra carne.</p>
<p>­­––A.M.</p>]]></content:encoded>
						                            <category domain="https://noviembrenocturno.es/forum/"></category>                        <dc:creator>calvin0</dc:creator>
                        <guid isPermaLink="true">https://noviembrenocturno.es/forum/la-red/hms-terror/</guid>
                    </item>
				                    <item>
                        <title>Confesiones</title>
                        <link>https://noviembrenocturno.es/forum/la-red/confesiones/</link>
                        <pubDate>Mon, 09 Feb 2026 20:22:37 +0000</pubDate>
                        <description><![CDATA[Confesión 1
Una de las cosas buenas que tiene esto de contar historias es que desde el principio, tanto narrador como público, asumimos que nos movemos en el terreno de la ficción. Llegamos...]]></description>
                        <content:encoded><![CDATA[<p>Confesión 1</p>
<p>Una de las cosas buenas que tiene esto de contar historias es que desde el principio, tanto narrador como público, asumimos que nos movemos en el terreno de la ficción. Llegamos a las puertas del valle inquietante cuando además, el relato se plantea en primera persona. Sobre todo si sucede en una época contemporánea o, como es el caso, conoces personalmente al narrador. En el proceso de la catarsis llegas a ver al personaje con el rostro del narrador y por un momento, ambos se confunden y son la misma persona. Eso me parece, como poco, asombroso.</p>
<p>Dicho esto, quisiera hacerles una pregunta ¿Me creerían ustedes si les digo que en su día yo maté a otras personas?</p>
<p>Sigue siendo un cuento, no se asusten.</p>
<p>La verdad es que pasó hace muchos años, cuando vivía en Barcelona. En ese entonces, a pocos años de comenzar la veintena, me hallaba en una situación complicada. Acababa de separarme de una mujer capaz de guiar mis emociones en el entorno que peor manejaba: el de las relaciones sociales. Era hijo de los 70 y había llenado mi personalidad con los estereotipos que veía en las películas de Kung fu. Era orgulloso como mecánica de supervivencia, tenía poca paciencia, me había acostumbrado a hacer valer la violencia como una opción más, así que usaba a mi pareja de filtro entre el resto del mundo y yo. Nos entendíamos bien, pero nada dura por siempre.</p>
<p>Cuando se hartó de mí, yo trabajaba para mantenerme, pagar el alquiler, la matrícula de la universidad y los créditos que me reclamaban cada día los acosadores del banco. En esas circunstancias, entenderán ustedes que la administración de mi tiempo debía ser muy apurada. No podía permitirme dormir demasiado, no podía salir de fiesta, no podía siquiera tomarme un café fuera de casa y por supuesto, necesitaba cada segundo de mi tiempo.</p>
<p>Si no estaba en la universidad, trabajaba en donde podía o hacía las tareas de clase aunque tuviese que pasar días sin dormir o comer en condiciones. Tenía que sacrificarme y sacarlo todo <em>pa´lante</em>. De otra manera, el esfuerzo de esos años no habría servido de nada y eso me aterraba tanto que avanzar se convirtió en mi única prioridad.</p>
<p>Tuve que convertirme en un reloj con patas, una máquina engrasada, un vector con objetivo fijo. Por eso se me torció el gesto ante la tarea en grupo que nos impusieron en la asignatura de Intervenciones efímeras. Con el poco tiempo que teníamos, un trabajo que podría haber hecho solo en un par de días, amenazaba con convertirse en un caos organizativo que de seguro, me iba a complicar la existencia.</p>
<p>Las sospechas fueron ciertas. La mayor parte del grupo vivíamos en el mismo barrio de Sants, pero se les metió entre las cejas vernos en la puta facultad, así que aparecí en la primera reunión con un esquema redactado durante el trayecto entre mi casa y la Zona universitaria. Lo hice con prisas, pero tuve en cuenta todos los factores para que, después de que cada uno hubiese hecho lo suyo, tan solo nos viésemos una vez más para poner nuestras partes en común.</p>
<p>La primera hostia me la llevé en la frente.</p>
<p>Todos fueron puntuales menos una de las compañeras, que se retrasó más de media hora y encima no pudimos ponernos a trabajar sobre la marcha, porque llegó llorando como un alma en pena. El resto del grupo, una panda de niñatos mantenidos que no necesitaban trabajar, gastó el resto del tiempo reservado intentando consolarla mientras ella de desahogaba. Según decía, su padre era el culpable de todo. Un borracho gandul al que se le iba la mano cada vez que a la niña le daba por respirar distinto a como él quería. Es posible que, en esencia, una situación como la suya podría llegar a ser preocupante… ¿Qué quieren que les diga? Yo solo pensaba en no llegar tarde a la faena y en que esa asignatura me estaba costando la friolera de 11 euros por crédito.</p>
<p>No me dio tiempo a exponer mi propuesta y mi mente se llenó de situaciones en las que arreglaba las cosas con hondonadas de tortas, gritos y amenazas. Al final guardé silencio y abandoné el lugar excusándome con los dientes apretados. Teníamos que haber empezado sin ella.</p>
<p>Esa noche, currando en lo que me daba de comer, la pasé perjurando en contra del padre de la chiquilla hasta que caí en la cuenta de, que si no dirigía la atención del grupo en terminar el proyecto, tendría que volver a pagar la asignatura con un incremento del 25% y me enfadé aún más. Mis murmullos resonaban por todo el almacén. Para cuando terminó la jornada, el ardor que sentía en el ánimo se había vuelto difícil de controlar. Por suerte, daban las 6 de la mañana. Había poca gente por la calle.</p>
<p>Una vez en el barrio, una retahíla de gritos de borracho me recibió al doblar la esquina, a 4 calles de mi casa. El escándalo salía de la ventana de mi compañera. Esa del padre maltratador. La había visto entrar y salir alguna vez de ese portal. Ella decía la verdad. De hecho, reconocí la voz, conocía a ese hombre del mismo modo que lo conocía el resto del barrio. No sabía que ese tipo, el malandro meado del bar, era su padre.</p>
<p>Entonces sonó una torta, un alarido, un llanto y supe de inmediato que con sus mierdas me volverían a retrasar. La rabia me obligó a dar un puñetazo al aire. A veces me pasaba. Así, sin pensar.</p>
<p>Perdí el equilibrio, trastabillé cayendo bajo el andamio de una obra abandonada que había junto al portal. Sin quererlo, tiré un puntal y el ruido se extendió rebotando calle abajo. No tardó en salir el borracho tambaleándose. Para entonces yo ya estaba de pie, pero su mirada turbia no pudo distinguirme en la oscuridad y buscó el origen del sonido en dirección contraria.</p>
<p>— ¡Fills de puta! —gritó al vacío de la noche— ¿Qué cony feu, cabrons? ¡Que volem dormir!</p>
<p>Ahí ya no pude aguantarme. Yo sí que quería dormir y no podía hacerlo por su perra culpa. Tenía la oportunidad de arreglar las cosas y lo iba a hacer.</p>
<p>— Eh, putita —susurré.</p>]]></content:encoded>
						                            <category domain="https://noviembrenocturno.es/forum/"></category>                        <dc:creator>CoquinArtero</dc:creator>
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                    </item>
				                    <item>
                        <title>Psicópata</title>
                        <link>https://noviembrenocturno.es/forum/literatura/psicopata/</link>
                        <pubDate>Mon, 08 Dec 2025 20:57:56 +0000</pubDate>
                        <description><![CDATA[Naciste del odio y la venganza,
Te alimentas del alma de inocentes,
Ser despreciable que mendigas miedo,
Ser abominable, ultrajas las vidas más dignas,
Humillas y aplastas,
Desangras co...]]></description>
                        <content:encoded><![CDATA[<p>Naciste del odio y la venganza,</p>
<p>Te alimentas del alma de inocentes,</p>
<p>Ser despreciable que mendigas miedo,</p>
<p>Ser abominable, ultrajas las vidas más dignas,</p>
<p>Humillas y aplastas,</p>
<p>Desangras corderos inocentes.</p>
<p>Apabullante, muestras a gritos tu inferioridad.</p>
<p>No mereces esa energía vital, ni un microsegundo del microcosmos.</p>
<p>Eres basura cósmica atascada en el planeta,</p>
<p>No eres digno de un solo pensamiento de mentes brillantes.</p>
<p>Un buen día te topaste conmigo,</p>
<p>Creíste encontrar una víctima más a la cual destruir,</p>
<p>Grave error de mentes estrechas.</p>
<p>Tu suerte cambió cuando te cruzaste conmigo,</p>
<p>Tu fin llegó y la justicia divina te sentenció y te atrapó.</p>
<p>Maldecirás el día en que naciste, y más aún</p>
<p>cuando te me cruzaste.</p>
<p>Llorarás sangre y vomitarás rabias que poco a poco te matarán.</p>
<p>Te arrepentirás ya muy tarde, cuando ya no haya nada que hacer.</p>
<p>La maldición te persigue como sino fiel,</p>
<p>Mientras yo observo tus lombricientas manos pidiendo ayuda desde el averno.</p>
<p>Mi empatía te destruyó en mil pedazos,</p>
<p>Mi dignidad te mató.</p>
<p>Mi silencio te enloqueció.</p>
<p>Todo de MÍ...</p>
<p>Hoy soy...</p>
<p>YO.</p>
<p>Dedicado a todos los psicópatas del mundo, nacidos, muertos o que aún no han nacido.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p data-path-to-node="3,0"><b>Obra original. Todos los derechos reservados al autor.</b></p>
<p data-path-to-node="3,1"><b>© 2025 </b></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>]]></content:encoded>
						                            <category domain="https://noviembrenocturno.es/forum/"></category>                        <dc:creator>Natashacasi</dc:creator>
                        <guid isPermaLink="true">https://noviembrenocturno.es/forum/literatura/psicopata/</guid>
                    </item>
				                    <item>
                        <title>Posada Finisterre</title>
                        <link>https://noviembrenocturno.es/forum/la-red/posada-finisterre/</link>
                        <pubDate>Sun, 23 Nov 2025 22:05:03 +0000</pubDate>
                        <description><![CDATA[Posada Finisterre
&nbsp;
La posada Finisterre está asentada en una remota aldea de la Costa da Morte. Dado su extraño origen y su ubicación liminal a ella acuden curiosas criaturas, person...]]></description>
                        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right"><span style="font-size: 12pt"><b>Posada Finisterre</b></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 10pt"><em>La posada Finisterre está asentada en una remota aldea de la Costa da Morte. Dado su extraño origen y su ubicación liminal a ella acuden curiosas criaturas, personajes de todo tipo, algunos totalmente mundanos y otros…otros incluso provenientes del más allá, del alén, aunque también los hay de lugares que nunca nadie ha imaginado…</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 10pt"><em>Eran pocos los que permanecían esa noche de oscura niebla, frío y lluvia en la posada, y los que quedaban, o bien estaban ebrios, o quizás, no estaban sobrios.</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 10pt"><em>Fue un poco después de medianoche cuando una sombría figura entró por el portón, de baja estatura y ataviado con una raída túnica negra. La capucha difícilmente podía esconder sus afilados rasgos, su perilla… Los ruidosos pasos despertaron a los caballos, que en sus cuadras dormitaban plácidamente, y ahora, asustados, relinchaban nerviosos.</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 10pt"><em>Se sentó en la barra, próximo a Carlos y a Nuno, que debido al alcohol que corría por su sistema sanguíneo apenas conseguían mantenerse despiertos y los cuales ni siquiera se dieron cuenta de la nueva compañía. Quitándose el capuchón, el forastero, demandó una taza de vino de la casa a Aldán, el tabernero, y tras unos minutos, habló.  Se dirigió a aquellas embriagadas almas con voz burlona. El extraño narró una historia, una singular historia que ahora os contaré, intentando no olvidar ni el más mínimo detalle.</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 10pt"><em>Así la escuché yo, y así os la transmito.</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Saludos amigosh, hoy estoy muy contento… je, je, je… digamos que esta noche he cerrado un par de negocios muy suculentos,  ji, ji, ji.., y dado que empiezo a aburrirme y hace poco me crucé con esa sucia comitiva, os agasajaré, y sin que sirva de precedente, con el origen de esa antigua historia que por aquí tanto os gusta y que en esta lluviosa tierra, no olvidaréis jamás…</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Ahora es muerte, pero Cumiar era una antigua aldea, escondida en el valle de aquella triste montaña.</span></p>
<p><span>Muchas de sus casas se apelotonaban, retorcidas, como queriendo protegerse del frío, del frío y también del miedo. Esa es una primitiva táctica que incluso los animales utilizan. </span></p>
<p><span>Sus calles húmedas, estrechas y sin pavimentar, llenas de barro y sombras, se confunden fácilmente con un caprichoso laberinto, pues sus ancianas paredes de granito, musgo y agua han visto tantas almas perderse y perdidas que ahora se ríen en secreto cuando alguien las transita.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span> Me gustaba mucho recorrerlas en las noches de poca luna y algunas noches vuelvo…</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Triste y oscuro pueblo, oscuros y tristes habitantes…</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>En aquellas noches de invierno, tenues luces amarillas salían de los ventanucos, muchas veces se podían atisbar negras siluetas observando la noche y, si se prestaba la suficiente atención, se lograba escuchar susurros, oscuros susurros que no cesaban jamás.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Hambre y envidia…</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Los bosques que la circundan son tan antiguos como el tiempo, los conozco bien, y ellos a mí. </span></p>
<p><span>Todavía hoy, aquellos árboles ancianos, recitan el poema de la lluvia cuando el viento cruza sus incontables hojas.</span></p>
<p><span>Robles, sauces, tejos… Qué ironía…Ellos pueden tocar la profunda muerte con sus raíces y acariciar la vida del cielo con sus ramas.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Ahora el pueblo, su gente, está maldita para siempre…</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Allí vivía Uxía,“la meiga”, así era conocida. Ella sabía del poder de muchas plantas con las que convivía, y eso fue más que suficiente para levantar horrendos prejuicios y viejas habladurías.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Solitaria madre de una preciosa y risueña niña, Aldara, bella alma perdida…</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Su hija, enferma de tos ferina, hubiese sobrevivido con alimento, agua limpia y descanso, pero eran tiempos difíciles y esos eran ingredientes valiosos y muy difíciles de encontrar. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Aquella desesperada madre suplicó ayuda durante tres largos días, viendo como su pequeña se desvanecía.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Nadie…</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Ningún vecino, ningún caminante, ni siquiera el párroco…</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>La pequeña se fue, yo la vi.Todavía descansa en aquel húmedo y olvidado cementerio. Los cuervos saben su historia, los cuervos pueden guiar.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Su madre perdió el deseo de vivir. Enloqueció, habló con ellas, las tres ancianas, Nona, Décima y Morta… </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Recordaba los nombres de todos y cada uno. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Su pequeña…</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Venganza de madre.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Aquella noche, curiosamente, yo paseaba por allí cuando lo hizo. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Por la noche subió a lo alto de la montaña. </span></p>
<p><span>Subió sin luz, sin frío, sin miedo, sola, decidida… y al llegar a la cumbre, donde está aquel olvidado dolmen, se arrodilló.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Cogió una afilada y puntiaguda lasca de pizarra del suelo y gritó el nombre de su hija, Aldara, mientras cortaba las venas de sus muñecas.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Mientras su sangre resbalaba por las manos y tocaba aquella antigua losa ella recitaba todos los nombres de los residentes de aquel maldito pueblo, pueblo que no había ayudado a su indefensa criatura. No se derrumbó hasta que el último nombre salió de sus labios.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Poderosa y antigua maldición, pretérita de Dios, maldición de madre, primitiva como la creación. Yo tampoco puedo hacer nada.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Aquellas asquerosas gentes fueron condenadas a no descansar jamás, condenadas a no morir, pero tampoco a vivir. Almas condenadas que tendrán que pedir la ayuda que nunca ofrecieron.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Muchos son los días que se ven por las viejas sendas.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span>Estantigua, la pantalla, hueste… Santa Compaña, así la llamáis ahora, vomitiva palabra… </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>En cuanto a mí…La razón de que conozca esta remota historia… bueno…ji, ji, ji… Vosotros me conocéis por muchos y variados nombres, no os lo diré. Tengo ya una edad provecta, pero siempre he estado y estaré ahí para aconsejaros, je, je, je… Es suficiente una gota de sangre en un cruce de cuatro caminos, o de algún cruceiro, de esos que tanto abundan por aquí, para que acuda en vuestra ayuda…</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Recordad, yo puedo solucionar cualquiera de vuestros problemas con un sencillo y rápido acuerdo…</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 10pt"><i>Nadie lo escuchaba, algunos por borrachos, otros por dormidos…</i></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 10pt"><i>Aquel curioso personaje, al que por cierto, por más que bebía nunca se le vaciaba la copa de vino, se fue dejando una vieja moneda de oro con un tridente y una pluma con tinta roja en la punta…</i></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-size: 10pt"><i>Pero lo más absurdo de todo era las marcas que dejaron sus pies en el sucio suelo, sus huellas eran como dos dedos, dos dedos con forma de pezuña…</i></span></p>]]></content:encoded>
						                            <category domain="https://noviembrenocturno.es/forum/"></category>                        <dc:creator>iTellado</dc:creator>
                        <guid isPermaLink="true">https://noviembrenocturno.es/forum/la-red/posada-finisterre/</guid>
                    </item>
				                    <item>
                        <title>Odio: Una historia por partes</title>
                        <link>https://noviembrenocturno.es/forum/la-red/odio-una-historia-por-partes/</link>
                        <pubDate>Mon, 17 Nov 2025 19:34:13 +0000</pubDate>
                        <description><![CDATA[Primera: Brote
Le atravesé el hueso del coco. Esperaba, como mucho, que se arrancase un trozo de lengua de un mordisco o saltaran un par de dientes con la presión del impacto, pero sonó un ...]]></description>
                        <content:encoded><![CDATA[<p>Primera: Brote</p>
<p style="margin: 0cm;margin-bottom: .0001pt;text-align: justify;line-height: 150%"><span style="color: black">Le atravesé el hueso del coco. Esperaba, como mucho, que se arrancase un trozo de lengua de un mordisco o saltaran un par de dientes con la presión del impacto, pero sonó un chasquido y su parietal cedió. Como un huevo que se casca para hacer una enorme tortilla.</span></p>
<p style="margin: 0cm;margin-bottom: .0001pt;text-align: justify;text-indent: 36.0pt;line-height: 150%"><span style="color: black">Muchos en el barrio se habrían alegrado al contemplar la escena. Ese tío era un perro cabrón. Así es: dos animales en uno. Por suerte el callejón estaba vacío. Los testigos no son buenos bajo ninguna circunstancia y en esta en concreto, menos aún.</span></p>
<p style="margin: 0cm;margin-bottom: .0001pt;text-align: justify;text-indent: 36.0pt;line-height: 150%"><span style="color: black">Solo tuve que detener su avance pisándole la rodilla en medio de la zancada, desplazarme a un lado y, con un saltito, encajarle un puñetazo descendente en el lateral del cráneo. </span></p>
<p style="margin: 0cm;margin-bottom: .0001pt;text-align: justify;text-indent: 36.0pt;line-height: 150%"><span style="color: black">Era la primera vez que trataba con ese montón de estiércol que en menos de un minuto babeaba en el suelo con la calavera rota. Sin embargo, ya había oído hablar de él y visto llamar la atención como solo una caja de problemas lo puede hacer. Cayó de lado tensando el cuerpo, meneándose igual que un atún recién pescado, con los ojos fijos en el infinito.</span></p>
<p style="margin: 0cm;margin-bottom: .0001pt;text-align: justify;text-indent: 36.0pt;line-height: 150%"><span style="color: black">Corrijo: uno de los ojos miraba hacia la nada y el otro parecía querer escaparse de la cuenca en busca de una explicación por lo que acababa de pasar.</span></p>
<p style="margin: 0cm;margin-bottom: .0001pt;text-align: justify;text-indent: 36.0pt;line-height: 150%"><span style="color: black">No entiendo cómo hago para meterme en líos así. ¿No será porque soy una caja de problemas aún más grande? Por suerte, si podemos llamarlo de esta manera, el último marrón estaba aún reciente y tenía el instinto de conservación activado. Esta vez pude proceder con la cabeza algo más fría y no tuve duda alguna de qué era lo que tocaba a continuación. Si no lo mataba, me señalaría, vendrían a por mí y me tocaría volver al agujero.</span></p>
<p style="margin: 0cm;margin-bottom: .0001pt;text-align: justify;text-indent: 36.0pt;line-height: 150%"><span style="color: black">Cuando le pisé la cabeza, mi mente recreó el recuerdo del martillo de mi abuelo. Ese que llevaba a la playa para cuando enganchaba un pez grande, de los cabezones a los que no les hace gran cosa el cuchillo y hay que aplastarles la testa.</span></p>
<p style="margin: 0cm;margin-bottom: .0001pt;text-align: justify;text-indent: 36.0pt;line-height: 150%"><span style="color: black">La bombilla del cabrón pasó de ser un huevo roto a una sandía aplastada bajo la planta de mis pies. Acabé la faena y lo dejé tirado donde cayó. No intenté ocultarlo. Lo más seguro es que habría dejado un montón de pruebas incriminatorias en el proceso, tardado demasiado y alguien podría verme. </span></p>
<p style="margin: 0cm;margin-bottom: .0001pt;text-align: justify;text-indent: 36.0pt;line-height: 150%"><span style="color: black">Solo me descalcé y me alejé caminando tranquilo a mi casa para meditar cuál sería el siguiente paso. Abandonar la ciudad durante un tiempo.</span></p>
<p style="margin: 0cm;margin-bottom: .0001pt;text-align: justify;text-indent: 36.0pt;line-height: 150%"><span style="color: black">Una vez en la puerta, a tan solo tres calles del callejón, de tanto pensar en lo ocurrido, empezó a parecerme un sueño, algo que alguna vez vi en una película. El tipo exigiendo dinero, asomando la cara desde las sombras, con ese tono insultante, desafiando. Me vi a mí mismo mandándolo a la mierda; él, alzando la voz; las ventanas del callejón llenándose de luces; un paso, dos y todo lo que llevó a la sandía aplastada en el suelo tras un contenedor.</span></p>
<p style="margin: 0cm;margin-bottom: .0001pt;text-align: justify;text-indent: 36.0pt;line-height: 150%"><span style="color: black">Un sueño pasajero a tres calles de distancia. Nada más.</span></p>]]></content:encoded>
						                            <category domain="https://noviembrenocturno.es/forum/"></category>                        <dc:creator>CoquinArtero</dc:creator>
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