“El hombre que plantaba árboles” de Jean Giono

El Hombre que plantaba árboles Noviembre Nocturno

“El hombre que plantaba árboles” de Jean Giono

 

Para poner por escrito todo lo que contengo en este instante
vaciaría el desierto a través de un reloj de arena,
el mar a través de una clepsidra,
gota a gota y grano a grano
a los impenetrables, inconmensurables mares y arenas mutables liberados.

 

Porque los días y las noches de la tierra se desmoronan sobre mí
las mareas y las arenas me atraviesan,
y yo sólo tengo dos manos y un corazón para retener al desierto
y al mar.

 

Si se escapa y me esquiva, ¿qué puedo contener?
Las mareas me arrastran
y el desierto se desliza bajo mis pies.

 

Así se refería la escritora británica Kathleen Raine a los poderes inabarcables de naturaleza. De su alquimia primigenia fuimos engendrados, arrastrados desde el barro primordial, nacidos para destruir algo hermoso. Entre los gritos y llantos de la desesperación por la vida. Somos los portadores condenados de un instinto recóndito que nos empuja hacia el abismo. Y rara vez se aborda en la literatura con tanto acierto la opción opuesta. La que eligen muchos, o unos pocos revolucionarios, según cada generación. Hoy mas que nunca, rodeados como vivimos entre el desgaste de lo inmediato, arrojando a las aguas y los bosques los desperdicios de nuestra propia indolencia.

 

Publicado en 1953, nuestro relato de esta noche Cuenta la historia de los esfuerzos de un pastor para convertir un desolado valle en las estribaciones de los Alpes, cerca de la Provenza, en un bosque a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Jean Giono, su escritor, de orígenes humildes y amplia sabiduría, recibió el encargo de un editor para escribir un relato basado en un personaje real que mereciese reconocimiento. Y así llegamos a Eleazar Bouffier, ese pastor desconocido que nos servirá de guía en nuestra aventura de esta noche. Un paseo por el desierto, una larga marcha hacia un paraje desolado de los Alpes, donde todo parece sumirse en la soledad y la quietud. Pero allá en los campos, entre las lomas y las dunas, alguien desarrolla discretamente, sin más ambición que la de contribuir a la creación a pesar de la destrucción, una tarea lenta pero incesante de maravilloso prodigio.

 

Cada día la Humanidad pierde, sólo por la tala directa, unos dos millones de árboles. Esto viene a significar que cada año desaparece el equivalente a un árbol por cada habitante del planeta. Ante un panorama tan descorazonador, emociona la lectura de esta sencilla historia. Somos uno con la naturaleza, por mucho que nos empeñemos en su destrucción, por mucho que nos separemos de sus lindes en una guerra fratricida, no tardará el destino en llevarnos a la tierra, nutrirán nuestros restos de vida al estrato de los arboles, seremos pasto de las flores. Pálidos sus pétalos, pero fuertes, sus tallos como robles.

 

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