“Deutsches Requiem” de Jorge Luis Borges

A H.P. Lovecraft | Noviembre Nocturno 5

“Deutsches Requiem” de Jorge Luis Borges

 

La introducción y la conclusión de este relato han sido elaborados con fragmentos de la obra de Eduardo Galeano: “Espejos, una historia casi universal”,

“Nuestro hogar es Auschwitz” del escritor y periodista polaco Tadeusz Borowsky y el análisis de Osvaldo Hugo Cucagna.

 

Munich, Odeonplatz, agosto de 1914.

La bandera imperial flamea en las alturas. A su amparo, una multitud se junta en el éxtasis de la germanidad. Alemania ha declarado la guerra. Guerra, guerra, grita la gente, loca de alegría, ansiosa por llegar cuanto antes a los campos de batalla. En un ángulo inferior de la foto, perdido en el gentío, asoma un hombre en estado de gracia, los ojos al cielo, la boca abierta. Quienes lo conocen podrían contarnos que se llama Adolf, es austríaco y feúcho, habla con voz chillona y está siempre al borde de un ataque de nervios, duerme en un altillo y malvive vendiendo en los bares, mesa por mesa, las acuarelas que pinta copiando paisajes de almanaques. El fotógrafo, Heinrich Hoffmann, no lo conoce. No tiene la menor idea de que en ese mar de cabezas, su cámara ha registrado la presencia del mesías, el redentor de la raza de los nibelungos y las valkirias, el Sigfrido que vengará la derrota y la humillación de esta Gran Alemania, que cantando, marcha desde el manicomio hacia el matadero.

 

En 1935, la Ley para la Protección de la Sangre y el Honor de Alemania y otras leyes simultáneas fundaron la base biológica de la identidad nacional. Quienes tuvieran sangre judía, aunque fueran gotas, no podían ser ciudadanos alemanes ni podían casarse con ciudadanos alemanes. Según las autoridades, los judíos no eran judíos por su religión, ni por su idioma, sino por su raza. Definirlos no resultaba nada fácil. Los expertos nazis encontraron inspiración en la frondosa historia del racismo universal y contaron con la invalorable ayuda de la empresa IBM. Los ingenieros de la IBM diseñaron los formularios y las tarjetas perforadas que definían las características físicas y la historia genética de cada persona. Y pusieron en marcha un sistema automatizado, de alta velocidad y enorme alcance, que permitió identificar a los judíos totales, a los semijudíos y a los que tenían más de una decimosexta parte de sangre judía circulando por sus venas Unos doscientos cincuenta mil alemanes fueron esterilizados entre 1935 y 1939. Después, vino el exterminio. Los deformes, los retardados mentales y los locos estrenaron las cámaras de gas en los campos de Hitler. Setenta mil enfermos psiquiátricos fueron asesinados entre 1940 y 1941.
Acto seguido, la solución final se aplicó contra los judíos, los rojos, los gitanos y los homosexuales.

 

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Espejos, una historia Casi Universal de Eduardo Galeano

El maestro Borges retrató magistralmente la locura encarnada en nuestro relato de esta noche. Muchos han sido los expertos que le dieron la espalda por ello. “En la Argentina poco se habla de este cuento de Borges; no así en las universidades norteamericanas y algunas europeas. “Deutsches Requiem” se publicó por primera vez en febrero del ‘46 en la revista Sur. Posteriormente, en 1949, Borges lo incluyó en su libro El Aleph. Nunca lo incluyó en las selecciones que hizo, tanto en 1961 como en 1967. Parecía consciente de sus múltiples interpretaciones. Un filósofo y especialista en temas literarios, Víctor Farías, chileno, radicado muchos años en Alemania, donde fue discípulo de Martin Heidegger, hizo una prueba con este cuento. Lo tradujo al alemán y sin colocar el nombre del autor lo dio a leer a un grupo de investigadores del nazismo y de los SS en particular. Al concluir la lectura preguntaron quién era el SS que lo había escrito, porque ignoraban ese documento y querían saber del autor. Al responderles que era Borges, no podían creerlo y mucho menos en la fecha en que había sido escrito. No había entonces, y sobre todo para un extranjero, tanto conocimiento sobre el nazismo como para poder escribirlo”.

Osvaldo Hugo Cucagna.

 

 

“Deutsches Requiem” nos situa en este marco terrible y polémico, contrapone una vez más el conflicto entre el yo y el mundo, subsumiendo aquel en éste como solución intelectual, al igual que ya haría en su reato “La escritura del Dios”. Otto Dietrich zur Linde se convierte en una suerte de Tzinacán encerrado a solas con sus pensamientos por una causa que él considera más o menos injusta, y en cuyo encierro llega a la subsunción de su identidad en el propio mundo en el caso del mago, y en la corriente de la historia, en el del oficial. Pero la causa de ambas epifanías son radicalmente opuestas: en la del sacerdote azteca es un conocimiento veraz, aunque aprendido por vías mágicas; en la del alemán, es la creencia en su ideal, surgido a partir de la corrupción de la filosofía de  nietzsche heredada en la ideología nacionalsocialista. El juicio del lector es asimismo desigual: mientras el final de Tzinacán fascina y conmueve, el de zur Linde no causa más que repulsa, pese a la humanización del personaje, y a que el relato en el cual se constituye su discurso no deja de pretender ser la justificación del personaje ante el mundo que está a punto de juzgarle, y ante el cual él se reafirma. Él ha sido una simple manifestación de la Historia, un mero instrumento en aras del progreso. Un progreso que viene dado, a su juicio, por la eliminación de todo lo piadoso y débil, que él ve encarnado en el pensamiento judeocristiano.  Cualquier moral que ampare al débil o se solidarice con él ha de ser arrancada de raíz, aunque ello conlleve la destrucción de su amada Alemania.

 

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Mucho se ha dicho y escrito acerca del nazismo y el holocausto por filósofos, analistas e intelectuales desde hace sesenta años. Hoy día es considerado por muchos como uno de los dos hechos que más han influído en el devenir de la política del siglo XX, junto con el lanzamiento de las dos bombas atómicas sobre Japón. El rechazo hoy en día es unívoco, pero no así la explicación de su génesis. Dejando de lado aquellos que no comprenden cómo llegó a suceder lo que sucedió, hay una corriente mayoritaria que opina que la mezcla de pobreza y paro en la que se sumió a Alemania después de la Primera Guerra mundial fue el facilitador del auge del nazismo en Alemania y del fascismo en Italia, lo cual llevó a un pueblo a elegir la barbarie, lo contrario a la Razón, de una manera democrática. Pero hay quien opina que la Razón no abandonó a Alemania en su actuación en esos oscuros años;  lamentablemente, la razón seguía estando presente, solo que de una manera puramente instrumental. En el juicio de Adolf Eichmann en Israel, encontrado y raptado por el Mossad en Argentina tras la guerra, el acusado se retrataba a sí mismo como un mero burócrata que cumplía órdenes; solo se encargaba del traslado de los prisioneros judíos a los campos, y lo hacía de una forma estrictamente racional, como una mera estadística. La filósofa Hannah Arendt, diría en su libro Eichmann en Jerusalen. Un estudio sobre la banalidad del mal que Eichmann no era un genio del mal, sino un simple ser humano dotado de poder en un estado totalitario, que simplemente hizo lo que pensó que debía hacer; aunque pese a todo, y por ello mismo, merecía su condena a muerte. Tal es lo que ella denomina la banalidad del mal: el poder llegar a cometer monstruosidades sin ser uno mismo un monstruo, simplemente haciendo lo que uno supone que hay que hacer, de acuerdo con su contexto. La racionalidad instrumental equipara el progreso con la simple mejora de los medios para conseguir algo, dejando a un lado las cuestiones morales. Su hegemonía fue la que hizo posible el Holocausto, y la que posibilita cualquier acción en aras del progreso. Es lo que convierte a un hombre en un número, a una vida en una columna de ingresos y gastos; al ser humano en simple cosa.

 

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Así, la desventura nazi no hubiera sido posible sin la ayuda de una serie de entidades y empresas, que hoy en día reniegan de lo sucedido. Como sus colegas Mussolini y Franco, Hitler contó con el temprano beneplácito de la Iglesia Católica. Hugo Boss vistió su ejército. Bertelsmann publicó las obras que instruyeron a sus oficiales. Sus aviones volaban gracias al combustible de la Standard Oil y sus soldados viajaban en camiones y jeeps marca Ford. Henry Ford, autor de esos vehículos y del libro El judío internacional, fue su musa inspiradora. Hitler se lo agradeció condecorándolo. También condecoró al presidente de la IBM, la empresa que hizo posible la identificación de los judíos.

La Rockefeller Foundation financió investigaciones raciales y racistas de la medicina nazi. Joe Kennedy, padre del presidente, era embajador de los Estados Unidos en Londres, pero más parecía embajador de Alemania. Y Prescott Bush, padre y abuelo de presidentes, fue colaborador de Fritz Thyssen, quien puso su fortuna al servicio de Hitler.
El Deutsche Bank financió la construcción del campo de concentración de Auschwitz. El consorcio IGFarben, el gigante de la industria química alemana, que después pasó a llamarse Bayer, Basf o Hoechst, usaba como conejillos de Indias a los prisioneros de los campos, y además los usaba de mano de obra. Estos obreros esclavos producían de todo, incluyendo el gas que iba a matarlos. Los prisioneros trabajaban también para otras empresas, como Krupp, Thyssen, Siemens, Varta, Bosch, Daimler Benz, Volkswagen y BMW, que eran la base económica de los delirios nazis. Los bancos suizos ganaron dinerales comprando a Hitler el oro de sus víctimas: sus alhajas y sus dientes. El oro entraba en Suiza con asombrosa facilidad, mientras la frontera estaba cerrada a cal y canto para los fugitivos de carne y hueso. Coca-Cola inventó la Fanta para el mercado alemán en plena guerra. En ese período, también Unilever, Westinghouse y General Electric multiplicaron allí sus inversiones y sus ganancias. Cuando la guerra terminó, la empresa ITT recibió una millonaria indemnización porque los bombardeos aliados habían dañado sus fábricas en Alemania.

 

Eduardo Galeano

 

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Nos cansamos de hablar de la maldad de sus símbolos y lemas, reducimos la guerra a la evolución tecnológica de la especie, pero olvidamos nuestra conciencia por el camino, las grandes marcas que hoy pueblan nuestras televisiones y escaparates financiaron una de las mayores atrocidades de la historia. Y todo por despojar a la cifra del juicio moral que la antecede.

El escritor y periodista polaco Tadeus Borowsky, padeció el infierno de los campos. En 1926, su padre fue enviado al Gulag y su madre condenada a trabajos forzados en Yenisey, en Siberia, él quedó viviendo con una tía. En 1932 fue repatriado a Polonia por la Cruz Roja y sus padres también en un intercambio de prisioneros en 1934. Cuando su novia Maria Rundo no regresaba a casa una noche de 1943, Borowski comprobó el arresto y se entregó a si mismo a la Gestapo siendo luego transportado a Auschwitz donde logró contactar a su prometida y mantener relación epistolar. En el campo de concentración fue obligado a trabajar en las vias de tren y luego en la sección de experimentación medica.

A fines de 1944 Borowski fue transportado a Natzweiler-Struthof, y finalmente a Dachau donde fue liberado por los americanos el 1 de mayo de 1945. Seis años después, cuando contaba con veintiocho años, Borowsky se suicidó. Después de haber escapado del horror de los campos, decidió poner fin a su vida respirando el gas de su propio fogón en julio del 51, como queriendo acudir a la cita que el destino le había tenido reservada, y de la que milagrosamente escapó.
Tras ser liberado por las tropas amercicanas, escribiría un libro titulado “Nuestro hogar es Auswitch”, en el que nos brinda un terrible y fascinante testimonio:

 

“Si las paredes de los barracones se derrumbasen, miles de personas quedarían suspendidas en el aire, aplastadas en sus camastros. La imagen resultaría más grotesca que las pinturas medievales sobre el Juicio Final. La visión más estremecedora sería la de un hombre tendido sobre una pequeña porción de su camastro; al fin y al cabo, tiene que ocupar algún lugar, porque es un ser extenso. Un cuerpo que ellos supieron aprovechar al máximo. Le tatuaron un número para ahorrarse el collar; le permitieron dormir por la noche el tiempo preciso para que pudiera seguir trabajando y comer durante el día; le dieron comida, la porción exacta para que su muerte no fuera improductiva. El camastro es el único espacio propio; el resto pertenece al campo, al Estado. Pero ni siquiera el lugar donde duerme, ni la camisa o la pala son suyas. Si se pone enfermo, se lo quitarán todo: la ropa, la gorra, la bufanda que ha comprado en el mercado negro, el pañuelo. Cuando muera le arrancarán los dientes de oro, cuya existencia ya conocían por los reconocimientos médicos. Quemarán su cuerpo, esparcirán sus cenizas sobre el campo para desecar los pantanos. A decir verdad, cuando los queman desperdician mucha grasa, muchos huesos, carne, energía. Y eso que hacen jabón con su carne, pantallas de lámparas con su piel y adornos con sus huesos. ¿Quién sabe? Quizá los alemanes ofrezcan todos esos objetos a las tribus africanas, a las que conquistarán algún día.
Trabajamos bajo tierra y sobre la tierra, bajo techado y a la intemperie, usando palas, picos y palancas. Trabajamos en la plataforma del tren, cargando sacos de cemento, colocando ladrillos o raíles del ferrocarril, vallando fincas, allanando el terreno con nuestros pies… Ponemos los cimientos de una civilización nueva y terrible. Ahora sé qué elevado precio pagaron otros en la Antigüedad. ¡Qué crimen espantoso fueron las pirámides de Egipto, los templos y estatuas griegas! ¡Cuánta sangre tuvo que derramarse sobre las calzadas romanas, las fortificaciones fronterizas y los edificios de las ciudades! La Antigüedad fue un enorme campo de concentración, donde a un esclavo se le marca con un hierro candente en la frente y se le crucificaba si intentaba huir. La Antigüedades la era de la explotación de los esclavos.

Me acuerdo de cómo me gustaba Platón. Hoy sé que mentía. Porque los objetos sensibles no son el reflejo de ninguna idea, sino el resultado del sudor y la sangre de los hombres. Fuimos nosotros los que construimos las pirámides, los que arrancamos el mármol y las piedras de las calzadas imperiales, fuimos nosotros los que remábamos en las galeras y arrastrábamos arados mientras ellos escribían diálogos y dramas, justificaban sus intrigas con el poder, luchaban por las fronteras y las democracias. Nosotros éramos escoria y nuestro sufrimiento era real. Ellos eran estetas y mantenían discusiones sobre apariencias.

No hay belleza si está basada en el sufrimiento humano. No puede haber una verdad que silencie el dolor ajeno. No puede llamarse bondad a lo que permite que otros sientan dolor.

¿Qué dice la historia antigua de nosotros? Sólo nos ha legado la memoria del astuto esclavo de Terencio y Plauto, los tribunos del pueblo –los hermanos Graco– y el nombre de un esclavo: Espartaco.

Nosotros hemos hecho la historia, pero la Historia narra la vida de un criminal cualquiera como Escipión o de simples hombres de leyes como Cicerón o Demóstenes. Nos entusiasma la matanza de los etruscos, la conquista de Cartago, las traiciones, astucias y saqueos. ¡La ley romana! ¡Hoy rige la misma ley!

¿Qué sabrá el mundo de nosotros cuando ganen los alemanes? Se levantarán enormes construcciones, autopistas, fábricas y estatuas gigantescas; cada uno de sus ladrillos llevará la huella de nuestras manos, nuestros hombros habrán llevado las traviesas y bloques de hormigón. Mientras tanto, matarán a nuestras familias, a los enfermos y a los viejos. Matarán a los niños.

Y nadie sabrá nada de nosotros. Los poetas, los juristas, los filósofos y los sacerdotes silenciarán nuestro recuerdo. Ellos se encargarán de crear la belleza, la bondad y la verdad. Crearán una nueva religión.
Trabajamos en las fábricas y las minas. Hacemos un trabajo ingente del que alguien saca ganancias increíbles.[…] Aquel de nosotros que sobreviva tendrá que exigir un día una contraprestación por su trabajo. No en dinero ni en mercancía, sino en trabajo duro y pesado de quienes nos esclavizaron.
Cuando los pacientes y mis compañeros se duermen, tengo tiempo para hablar contigo en la distancia. Veo tu rostro en la oscuridad, y a pesar de que hablo con una amargura y un odio que tú desconoces, sé que me escuchas con atención.
Eres parte de mi destino. Solo que tus manos no están hechas para el pico y tu cuerpo no está acostumbrado a la sarna. Nos une nuestro amor y el amor sin límites de los que se han quedado atrás, aquellos que vivieron para nosotros y forman parte ya de nuestro mundo. Los rostros de nuestros padres, de nuestros amigos, las formas de los objetos que dejamos en nuestro hogar. Y todavía queda la cosa más valiosa que podemos compartir: ¡la supervivencia! Y si nos redujeran a unos cuerpos tendidos en el camastro de un hospital, aun nos quedarían nuestros pensamientos y sentimientos.
Creo que la dignidad del hombre reside en sus pensamientos y sentimientos.”

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